ACBBlogs

Si, como escribió una vez Thomas Fuller, “todo es muy difícil antes de ser sencillo”, Sergio Rodríguez ya entró en una fase en la que lo más cómodo es ser decisivo y el camino más corto, la magia. Como si todo lo duro, las dudas, las expectativas sin cumplir o los sueños agridulces, fuesen parte ya solo del pasado.

Los números pueden gritar cualquier cosa. Los números pueden jurar en arameo. Los números pueden decir que hubo hasta tres jugadores con idéntica o mayor valoración que el canario, pero el baloncesto siempre fue idioma de juego y no de cifras.

 

ACB Photo / A. Martínez

 

 

Y en cuanto juego, al menos en el primer partido de los cuartos entre Real Madrid y Blusens Monbus, el Chacho fue el rey. El segundo cuarto, su corona. El base ya avisó al entrar en los compases finales del primer periodo con un coast-to-coast espectacular que murió con la falta de Junyent. Fue como si, mientras se pasaba en carrera el balón entre sus piernas, les dijese a todos sus rivales que el encuentro iba a ser suyo. Lo fue.

Ocurrió en el segundo cuarto, allá cuando decidir, aún tan lejos del final, parece pura quimera. La primera escena, una canasta regalada desde la mismísima nada a Felipe Reyes. A la siguiente jugada, intento de triple, salto y en el aire, como si el tiempo fuese más lento cuando a él le da por inventar, cambio de planes y asistencia a Felipe que, otra vez él, se vio obligado a encestar cuando le salía del alma era aplaudir. Segundos más tarde, un pase más terrenal a Carroll para el 2+1 de Jaycee que confirmaba el despegue blanco. Se cerraba el telón.

Segundo acto, siempre en el segundo cuarto. Adicto al contraataque, a la carrera, a cambiar el encuentro de revoluciones y hasta de concepción, en plena cabalgada bota, mira a la izquierda, dirección la grada y, sin dejar de correr, asiste a Rudy Fernández, que pone a los suyos con 10 de ventaja. Siguiente flash. Coge el balón en su propia zona, atraviesa el campo, amasa el balón, lo siente suyo, se acerca a la zona, da un paso atrás, prueba el tiro literal y anota.

 

Su tercer chispazo haría que todo saltase por los aires. Robo en mitad de la pista y, en lugar de contemporizar o de jugar con el tiempo y la ventaja, un impulso que le pide jugársela y pasar el balón de un lado a otro de la cancha. Mirotic espera debajo del aro y convierte para poner un 48-33 con sabor, orgullo y embestidas visitantes a un lado, a sentencia. Se volvía a cerrar el telón.
 

 

ACB Photo / A. Martínez

 

 

Hubo más. Penetraciones pasándose el balón en el aire por la espalda, un triple, algún guiño más de magia en forma de pase o más carreras entre la locura y la serenidad, pero el choque ya nunca fue el mismo tras sus dos actos determinantes.


Y es que, como partes de su obra, existieron dos partidos. Uno de 16 minutos, sin Sergio Rodríguez, que se llevó el Blusens Monbus por 30-32. Otro, con el canario volando en pista durante 24 minutos, con 60-43 para su Real Madrid. La sencillez de dos momentos.

 Daniel Barranquero

@danibarranquero

ACB.COM

ACB.COM

El choque granítico de Serhiy Lishchuk, el fade-away de Justin Doellman, el rebote ofensivo para mate de Vitor Faverani, la continuación para hundirla de Bojan Dubljevic, el vuelo de Florent Pietrus para interceptar un balón... La variedad interior del Valencia Basket parece encontrar un punto común en la intensidad aparente de todos sus jugadores, excepción hecha, tal vez, de un Doellman constituido por una naturaleza más estética que la de sus compañeros.

 

Contundentes en la finalización, en el tapón, en el cuerpo a cuerpo defensivo, en el derroche de intensidad. En la tortura. Porque eso ha sido el ejército interior del Valencia Basket para el CAI Zaragoza. Unas fuerzas especializadas en el sometimiento hasta la mínima expresión de su oponente. Una sucesión de cuerpos diseñados para el baloncesto capaces de alternarse para que la intensidad acabara rozando el infinito durante prácticamente todo el partido.

 

El ejército interior taronja dejó a los zaragozanos en la mínima anotación en la historia del Playoff y permitió unos 38 de ventaja que son el tope valenciano en las eliminatorias por el título y la sexta mayor diferencia histórica. Números de apisonadora nacida a partir de constantes balones a la pintura, a partir de exteriores que podrían vivir solo de surtir balones a los interiores.

 

El perfil poco anotador de Rodrigo San Miguel y Stefan Markovic, los dos bases, dibuja un escenario que favorece a los hombres interiores, sobre los que ha girado el juego durante buena parte del primer partido de cuartos de final del Playoff de la Liga Endesa. Allí donde el dominio ha sido más aparente. Porque no hay nada más visual que un tapón o un mate. Porque son los interiores los que hacen que el dominio tome una imagen de dominio más bruta.

 

 53 puntos de los interiores valencianistas, 11 más que el CAI Zaragoza al completo. Aunque el dominio del Valencia Basket ha sido tan absoluto que cualquier comparación numérica, por disparatada que fuera, le colocaría como vencedor. Más allá de eso, su juego interior brilla, llegando a final de temporada como solo se podría haber soñado hace un par de meses.

 

Las lesiones, a la vez que han propiciado la alternancia de brillo entre diversos jugadores, han mermado el techo del juego interior de Velimir Perasovic. El que ahora reparte minutos a partes iguales se ha visto obligado a concentrarlos en algunos jugadores y a fichar refuerzos (Lauvergne, Hrycaniuk, Hanley) ante las múltiples bajas. Faverani se ha perdido 14 partidos de la Liga Endesa, Lishchuk y Pietrus ocho cada uno y Doellman y Dubljevic uno.

 

Pero, si el primer partido de cuartos de final fuese la verdad, todo eso ha quedado atrás. Años atrás, parece. Y es que las dos incógnitas de la ecuación interior parecen haberse despejado. Florent Pietrus recupera la plena actividad física tras casi dos meses de baja y Vitor Faverani, cuya aportación en las últimas jornadas de la Liga Endesa no parecía a su altura, se ha desatado con un partido que confirma la fuerza desatada en el pasado Playoff 2011-12, que le valió prácticamente todos los elogios.

 

Si sumamos la gran recta final de temporada de Bojan Dubljevic, que ha despertado la acérrima defensa de la afición, y el MVP de mayo de Justin Doellman, el resultado es un juego interior envidiado. Por impacto, por naturaleza, por variedad, por intensidad. Con el Real Madrid abandonado a su enorme capacidad exterior, el Barça Regal reformándose con la llegada de Mavrokefalidis para suplir a Jawai y esperando todavía el modo estelar de Lorbek, las banderas interiores baskonistas ondeando a media asta, el Valencia Basket busca la legitimidad para autonombrar a su juego interior el más importante de la competición.

 

El primer argumento lo pone una enfermería vacía. El segundo, una exhibición histórica. El tercero, unas semifinales que, tras los 38 de diferencia, parecen más cercanas que nunca.

 

David Vidal

ACB.COM

ACB.COM

 

Hay más de un centenar de libros de entidad en torno a Michael Jordan, una de las poquísimas figuras que ingresar a gusto en ese vano debate sobre el mejor deportista nunca visto. Y aun ese ingente volumen editorial palidece ante la incalculable masa de contenidos publicados en el mundo por su nombre y motivo. Casi con toda seguridad Jordan sea el deportista más referenciado de la historia.

 

Hace no demasiado parecía impensable que Jordan pudiera contar algún día 50 años de edad. Que su existencia misma no luciese siempre de corto y rojo o que fuera de ese cuadro joven y celestial tuviera algún sentido. Es como si durante mucho tiempo, tal vez demasiado, nadie hubiera previsto –ni decir que deseado– este 50 aniversario de Michael, del joven Michael, un cumpleaños entre intruso y absurdo que irrumpe como si no hubiese ahora nada que decir. Nada nuevo de importancia. Porque en su caso, en el extraordinario caso de Michael Jordan, resulta ya muy difícil aportar algo no dicho o sugerido antes.

 

Hubo un momento en su carrera, un tiempo incluso temprano, en que abordar el fenómeno Jordan, hacerlo tangencialmente o en profundidad, desafiaba el uso del lenguaje, como si la mayor herramienta de que se ha dotado el hombre no alcanzara a describir el insondable despliegue de sus realidades. “Words no longer suffice when the subject is Michael Jordan”, reconocía Fortune ya en 1998.

 

Y así ocurre que este dilema, biográfico y semántico, vuelve a asomar nuevamente. Porque el rescate de cualquiera de sus gestas sonará ya contado, como un eco adjetivo que se viene repitiendo sucesivamente el último cuarto de siglo. Y de seguro el siguiente. Porque Michael Jordan no es ya el nombre de nadie, nadie concreto de carne y hueso. Sino toda una expresión –fonéticamente impecable– sinónima de cuanto sugiere la doble noción de gloria y eternidad.

 

Aun con todo, merece la pena intentarlo.

 

…………………………………………………

 

 

Es de sobra conocido que a su llegada a la NBA en 1984 Jordan pretendía a Adidas como firma deportiva. Pero Adidas no correspondió. La compañía concentraba entonces su interés en el mercado internacional y ninguna razón de peso en Michael. En cambio Nike puso todo su empeño en cortejar a la joven promesa, muy suspicaz al pequeño tamaño y gran incertidumbre de la marca.

 

Tras unos escarceos, resumidos en el tenaz deseo de Jordan hacia Adidas en detrimento de Nike, el novato terminó firmando por esta última a condición de que la marca le destinara un modelo exclusivo de zapatillas. Nike aceptó y acuerdo cerrado.

 

El equipo de diseñadores de Nike estaba dirigido entonces por Peter Moore, que tenía ante sí el reto de radiografiar a Jordan con un símbolo publicitario incontestable. Moore reunió a su gente en torno a la mesa de trabajo haciendo acopio de todo el material gráfico disponible, entre el que se encontraba el Especial Olímpico de verano de la revista LIFE. Ojeando entre sus páginas Moore se detuvo en una fotografía que llamó a gritos su atención.

 

 

Life, 1984

 

 

Sobre un decorado crepuscular, presidido por una canasta de exagerada estatura, Jordan volaba al mate con el balón arriba en su mano izquierda y las piernas muy abiertas. Detenido en esa imagen, inspirado por ella, Moore experimentó el espontáneo fogonazo de los creadores, una visión de lo que andaba buscando: la intuición de una silueta.

 

Y con el guión en la mano Moore pasó a la acción de montar un estudio fotográfico al aire libre, aplastar al fondo el skyline de un Chicago también crepuscular y obtener de Michael una réplica mucho más perfecta que el original.

 

Ante una canasta de talla convencional y escuálido andamiaje –un elemento cuya escasa importancia revela la verdadera prioridad del motivo– es, pues, de imaginar la instrucción dada: “Salta abriendo las piernas y lleva el balón arriba con tu mano izquierda como si fueras a hacer un mate”. La imagen de LIFE serviría además de patrón: “Quiero algo como esto”. Pero menos rudimentario y salvaje. Algo como más lineal y simétrico, de mejor acabado, algo en suma más perfecto.

 

Jordan obedeció haciendo su naturalidad el resto. Y la fotografía por la que el equipo de Moore suspiraba se hizo realidad. Una imagen había sido concebida. Pero aún restaba otra gestación hasta el nacimiento del símbolo, al que bautizaron como Jumpman.

 

 

Jumpman


 

 

Es debido reseñarlo. Pese a concebirse como icono Jumpman no nació como tal. Lo hizo como una fotografía que incorporar a la etiqueta de las primeras Air Jordan en marzo de 1985. Y no sería hasta tres años después que la imagen se hizo hombre y el hombre imagen. Y no sin la favorable intervención del destino.

 

En 1988 el contrato de Michael con Nike tocaba a su fin. Y Peter Moore quiso jugar sus cartas tratando de llevarse a Jordan consigo a una nueva compañía de zapatillas de su creación llamada Van Grack. Pretendía hacerlo junto a otro diseñador amigo suyo de nombre Rob Strasser. Para entonces Moore ocultaba un diseño preliminar de las Air Jordan III. Pero el tiempo no jugó a su favor.

 

Enterado de esta operación el director de Nike, Phil Knight, contrario a perder a la joya de su proyecto, ordenó a un diseñador de su confianza, Tinker Hatfield, la creación de las Air Jordan III, para lo cual debía apresurar una idea brillante y evitar así cualquier intento de fuga. Hatfield contó con la ayuda de otro diseñador, Ron Dumas, y juntos obraron el milagro. En dos semanas alumbraron el modelo solicitado, puede que aún hoy el de mayor éxito de la compañía. Por primera vez unas Jordan incorporaban la impresión de la silueta Jumpman en las lengüetas. Una impresión en un vivo color rojo.

 

Cuando Michael descubrió el diseño entre enormes láminas que cubrían una de las paredes del estudio en Brooklyn quedó maravillado. Fue el golpe de gracia, la conquista final. Nike lograría retener así a su figura. Y de paso, ahora sí, dotar a Jumpman de su condición de logo, un terreno que por diversas razones no había sido alcanzado por la también fabulosa Wings.

 

El resto es historia. La historia de un icono cuyo precio, en términos de ingresos, superaría con creces los cinco mil millones de dólares en el siguiente cuarto de siglo.

 

Eso fue todo. Todo lo dispuesto a ingresar en los libros.

 

…………………………………………………

 

 

Sin embargo es posible acudir más allá, incluso cuestionar la hegemonía de lo ocurrido, para lo cual es preciso elevar todo esto a su aspecto semiológico, a una interpretación mayor del símbolo.

 

Lo que Jumpman despierta en el imaginario colectivo reposa sobre un gigantesco equívoco. Ese grafismo promueve la irresistible concepción de un mate, el vuelo al mate de Jordan como no procedería además interpretarlo de otro modo. Y no fue así en realidad.

 

Tratándose de una maniobra publicitaria no hay nada extraño en la existencia de un truco. Pero tampoco en descifrarlo, como así lo haría el mismo protagonista.

 

“…my logo. I wasn't even dunking on that one. People think that I was. I just stood on the floor, jumped up and spread my legs and they took the picture. I wasn't even running. Everyone thought I did that by running and taking off. Actually, it was a ballet move where I jumped up and spread my legs. And I was holding the ball in my left hand” (Hoop, “Michael on Michael”, Apr. 1997).

 

 

Un movimiento de ballet, sellaba el mito.

 

Todo esto carecía, pues, de importancia. Nike no solo se había hecho con Jordan. También con su imagen. Y transcurrido el tiempo suficiente para derramar cuantas glorias quepa imaginar –una década bastaría– la importancia del logo cobraría una dimensión universal, una dimensión superlativa, una sobredimensión en cualesquiera términos. Porque valiéndonos de la atribución más recurrente en Jordan, esa que lo refiere como deidad, es posible concluir que Nike había alumbrado la viva imagen de Dios, fotografiándole para la eternidad, como si ninguna otra radiografía, ningún otro símbolo valiera para cumplir igual cometido, tal es el inmenso poder de una multinacional en su obra maestra.

 

Y no es otro el problema de concepto que traer a colación. Considerar si Jumpman, la silueta de una coartada que muestra a Michael con su balón en la mano izquierda abriendo las piernas, hace justicia plena a su figura; examinar su conveniencia, calibrar su acierto retórico y formularse, por el mero placer de hacerlo, si Jumpman, como la quintaesencia del jugador Michael Jordan comprimido hasta el último átomo, cumple en justicia su valor de arquetipo. Si esa silueta sin suelo ni cielo concentra, en suma, la manifestación simbólica más exacta de cuantas Jordan haya podido legar.

 

La respuesta es no.

 

Y aunque en el motivo de esta pieza pueda figurar el propósito de cuestionar la idea de Jumpman –también llamada The $5.2 Billion Image– lo es mucho menos que encontrar un arquetipo, sea o no silueta, más ajustado a la realidad, a la realidad material de su carrera deportiva sin omitir la cualidad poética de su simbolización.

 

La pregunta formula, pues, la posible existencia de alguna imagen en Jordan de condición netamente superior al resto de cuantas brinda su inmenso legado.

 

Y aquí la respuesta es sí. Y lo es desde incluso antes de Jumpman, por lo que resultaría además muy sencillo encontrarla.

 

Basta invocar esa imagen en el Jordan jugador. Pero casi mejor hacerlo con la memoria gráfica del espectador, la que visualmente quedó grabada con más fuerza en su retina. Al hacerlo se comprende además que las cuestiones técnicamente inabordables no lo son en realidad. Que hay infinidad de aspectos y dimensiones perfectamente manejables bajo prismas de aplicación muy escasa. Hablamos de la gramática del movimiento, de su composición y estructura, de la biomecánica y de eso que algunos técnicos bautizaron como dinámica de replicación –Replicator Dynamics– y, en este particular caso, una pequeña pero espléndida porción de esa fascinante disciplina moderna conocida como Cineantropometría.

 

Tal vez ningún deportista se preste a ella con igual sentido y profundidad que Michael Jordan.

 

 

A modo de prólogo

 

De un tiempo a esta parte ha venido ganando fuerza la idea de que ningún jugador es equiparable a Kobe Bryant en volumen de recursos. Y urge matizar aquí algo.

 

Los recursos son herramientas, útiles que la técnica proporciona, un campo de validez universal que en su momento dimos en llamar técnica de orden. Este campo no recoge el juego en su totalidad. No formalmente. Para encontrar ese valor hemos de ampliar notablemente la perspectiva hasta admitir dominios mucho más vastos que derramar en los márgenes de la estética. Es en esta disciplina donde poder hallar y calibrar el yacimiento formal ofensivo de todos y cada uno de los jugadores habidos.

 

Hecho esto, sigue sin darse en el baloncesto mundial un caudal equiparable al ofrecido por Michael Jordan en toda su extensión. Es lo que tiene la técnica de caos, para la que el mito pareció también haber nacido: que únicamente el tiempo, la salida de escena, el adiós definitivo, es capaz de poner fin.

 

Y en el arte de anotar, de una forma u otra, no hubo una versatilidad mayor, un más abundante yacimiento formal para cuya hegemonía Michael no precisó, en realidad, más que nueve años, su primer ciclo (1984-1993).

 

Una variedad semejante inclinaría a pensar que ningún otro jugador resulta más difícil de radiografiar de una sola vez. Y sin embargo Michael lo puso más fácil que nadie. Fue su elección hacerlo así.

 

Todos los jugadores terminan agrupando sus recursos en categorías que el tiempo hace más y más visibles. Y especialmente los de mayor yacimiento. Mientras el jugador se reconoce en ellas es también a través de ellas que nosotros reconocemos a los jugadores. De un picado en Magic Johnson a un fade away en Bryant a un gancho en Jabbar a una estatua de la libertad en Worthy hay algo poderosamente identitario en cada uno de ellos.

 

Jordan tampoco faltó a la fase dactilar del juego reconociéndose así a través de no pocas categorías. Mucho antes de apagar su fuerza en la técnica de orden (2001-2003) su volumen de categorías técnicas y estéticas operativas fue, como se ha dicho, el más alto y variado de la historia. Se trata, pues, de encontrar la más hegemónica de todas ellas.

 

 

Arquetipo postural en Michael Jordan

 

Dentro de toda esa diversidad en su largo esplendor cabe destacar su profusión en el arte del mate, una relación directa entre Jordan y el aro. Y dentro de ese nutrido volumen una querencia absolutamente natural por una particular tipología, puede que la más sencilla y auténtica de sus elecciones. Se trata de hecho de una de las más impecables formas de abordar el hierro nunca expresadas. Y de tal replicación en su caso, una categoría en sí misma.

 

Durante toda su vida deportiva Michael expió buena parte de su energía viva en un tipo de embate al aro de su exclusiva creación. Esa forma implicaba siempre una variable entrada en carrera, una batida a dos piernas, una visible lateralidad del cuerpo, una irresistible inclinación troncal y una majestuosa culminación a una mano. Éste y no otro es el mate arquetípico en Michael Jordan. Un gesto de específica originalidad que ya prodigaba en North Carolina y que no abandonaría nunca. Un tipo de breakaway de patente exclusiva, dado que antes de Michael este tipo de ensayos al hierro brillaban bien por su ausencia bien por formas muy vagas o rudimentarias.

 

 

 

 

 

El volumen de replicación de Jordan en este mate, en su mate por excelencia, es incontable. Pretender su medición es tarea de otra vida. Aquí solo se subraya su insistencia, derramada sin geografía ni tiempo. Así la batida en Detroit a los pocos días de llegar a la liga, el vuelo sobre Turpin, la rotura del tablero en Trieste, el mate sobre Ewing, su ensañada reiteración en el Madison, su feroz versión en Barcelona o su acción escogida en las Finales de 1996 reiteran un formato estético, dilatado en años y centenares de partidos, sumamente reconocible, exclusivamente suyo y sin duda el más abundante de su inmenso repertorio.

 

De hecho no hay espectador de la era Jordan que no experimente una poderosa familiaridad, una automática adhesión a una de sus acciones de plena categoría formal más repetidas en vida y de inalcanzables vigor y explosión en el Jordan sin anillos.

 

 

 

 

 

Por alguna razón puramente genética, íntimamente ligada a la combinación de potencia y ligereza, Michael gustó siempre de abusar de este privilegio físico, entregando a la psique la inercia de la repetición.

 

En un tiempo incluso temprano hubo quien estimó conveniente perpetuar este particular género de mate. El ojo artístico pertenecía al legendario fotógrafo deportivo Walter Iooss, que a diferencia de Nike tuvo el acierto de permitir a Jordan sumergirse en su hábitat natural sin consigna alguna. Como resultado, una primordial justicia gráfica en la obra conocida como Blue Dunk.

 

 

 Blue Dunk (Lisle, Illinois, 1987)

 

 

Reclamado por Sports Illustrated para un reportaje Iooss pretendía capturar una sombra y aplastarla en el suelo sin ocultar su motivo. Cuando vio el resultado de sus disparos (14 frames/seg) desde lo alto de una plataforma hidráulica para obtener una toma cenital, quedó más que satisfecho. “De todas las fotografías que he tomado de Michael, es mi favorita”. Iooss compartía con Nike la mutua satisfacción a ensayos muy breves con Jordan, como si cualquiera de sus inmersiones en el aire fueran un rotundo éxito sin necesidad de aspavientos. “Nadie había llegado tan lejos”, declaraba orgulloso el autor años después.

 

El fotógrafo llevaba razón. Pero lo hacía con arreglo a la técnica de imagen. No a lo realmente importante de su fotografía, que no eran ni la sombra ni el fondo ni el contraste. Era el cuerpo mismo de Jordan el que moría ya entonces por perfilarse en el aire a través de unas pocas propiedades, de una identidad sin igual.

 

Aquel mismo año Jordan firmaría la más perfecta ejecución de un windmill lateral hasta la fecha. En ella se recoge la quintaesencia de su quintaesencia. Una entrada circular, una batida suave, un majestuoso despegue y la sublimación de un atributo -The Windmill- que incorporar en concurso a su mate matriz.

 

 

 

Seattle, 1987 ("That is Air Jordan at his best", Rick Barry, CBS)

 

 

Este género de breakaway, como un patrimonio genético, presentaba repetidamente una serie de propiedades:

 

 

- Lateralidad en el embate al hierro.

- Inclinación del tronco (a la perpendicular de 20º-35º).

- Extensión superior brazo ejecutor.

- Tensión compensatoria brazo inerte.

 

 

Y otras dos de igual fascinante interés:

 

 

- Hiperextensión de la mano izquierda.

- Distensión lingual.

 

 

 

El aire tenía lengua

 

A la pregunta de por qué su hijo acostumbraba a sacar la lengua James Jordan respondía con la ingenua benevolencia de un padre. Que tanto él como el abuelo solían hacerlo cuando estaban enfrascados en una tarea que precisara concentración. Incluso se animaba a escenificar el gesto sacando únicamente la punta y cerrándola entre los labios. El gesto se explicaba así a simple modo de herencia familiar.

 

Aun siendo veraz esta explicación no obraba su cometido. De hecho quedaba muy lejos de lograrlo.

 

La propulsión de la lengua en Michael Jordan, ese fulminante latigazo reptiliano en la fase terminal de muchas de sus acciones, no era más que el brutal acto reflejo de un excedente de energía creativa al momento mismo de estallar. Una de las fases más complejas en la biomecánica del deportista durante una acción decisiva presenta la azarosa convulsión muscular buena parte de la cual no tiene un sentido claro, definido, útil. En la plástica refleja el cuerpo muscular activa un ingente volumen de resortes. En el caso de Jordan ese excedente reflejo operaba también en la lengua, disparada como acto de fuerza expresiva en quien reclama toda la atención al momento exacto de escenificar su particular número.

 

La distensión lingual en Jordan, uno de los gestos más hipnóticos en la historia del deporte y sin embargo menos abordados, no era más que una pequeña parte visible en la fugaz fase de activación muscular superior, de rendimiento cumbre, de hiperestimulación biomecánica.

 

 

 

 

 

 

La mano izquierda del aire

 

Asimismo sorprende observar la increíble regularidad gráfica de su brazo izquierdo como ala de equilibrio compensatorio. Y aún más la violenta hiperextensión de su mano libre.

 

Mientras el reflejo de la lengua templó con los años la tensión del brazo inerte no lo haría nunca, siendo además un factor increíblemente persistente en toda su variedad de mates. 

 

Adentrarse en las razones importa menos que el resultado gráfico de la obra en su gesto más hegemónico, donde se puede observar, en términos de energía, un celérico desplazamiento del centro de gravedad a la periferia; el llamado efecto de eslabonamiento o propagación –Linkage Effect– poderosamente vinculado al de fijación y cierre –Lock-in Effect– que permitía acompactar la figura en un molde invariable al paso del tiempo. Durante una fase infinitesimal el cuerpo de Jordan adoptaba así una geografía específica que liquidaba toda desviación aleatoria, constituyendo un modelo homogéneo, fuertemente integrado, en el campo menos común para ello: la plástica refleja.

 

El lenguaje del cuerpo es inescrutable. Pero al igual que ocurría son su lengua esa mano libre sin duda chillaba de pura expresión.

 

Springfield Civic Center (Springfield, Massachusetts, 1988)

 

 

Todo esto no son cualidades fronterizas. Antes bien resultan tan esenciales que acaban por describir un patrón espacial ya después nunca repetido.

 

Una categoría tan básica en el mate ha sido, por supuesto, posteriormente replicada en una inmensa diversidad de matadores de toda posible escala. De Hammonds a Bryant a Carter a Griffin pasando por una dignísima réplica de contagio en Scottie Pippen, esa suerte de embate lateral al hierro sería en adelante muy común.

 

Pero el grafismo esencial sin puntos de ruptura ni dispersión de energía, ese molde entregado a una personalísima plástica figurativa –formar figuras en el aire– tiene en Jordan su más sublime expresión. Un tramo ideal que ni siquiera el baloncesto, en términos de utilidad, está en condiciones de poder explicar.

 

Tal vez haya sido esta dificultad, como sufre el lenguaje ante ciertas piezas de arte, el principal valor en Michael Jordan, la teoría de que su obra repose con absoluta prioridad en lo puramente sensacional, así como acertó a referir Carson Cunningham: “The descriptions indicated the effect Jordan’s actions could have on the human mind”.

 

Nike creó un arquetipo. Puede que el de mayor éxito en la historia del deporte. Pero igualmente un artificio. Y en términos de realidad, de justicia gráfica, de belleza y profundidad de significado, ni remotamente comparable al descrito, sin duda el más predominante, superlativo y genuino de su colosal legado estético. Y el de mayor evidencia además.

 

 

 

 

 

Así pues Jumpman cabe con facilidad en Jordan. No a la inversa.

 

 

 

……………………………….

 

 


Uno de los bocetos preliminares descartados por Nike / La lámina recoge la pregunta del equipo de Hatfield: "How Do We Mark The Air Jordan Product?" (Gotta Be the Shoes, Michael Jordan's 50th Anniversary, ESPN's Sports Center, 2013)

 

 

El pasado 19 de noviembre se anunciaba la salida al mercado de un libro. Es un libro de historia. Es un libro de baloncesto. Es una obra que tenía que existir.

 

Muy gráficamente resume su contenido la nota de prensa.

 

.................................................

 

 

 

 

 


 

Dicen que el tiempo vuela, y aunque mis ganas por graduarme me hagan pensar a veces lo contrario, el hecho de empezar mi cuarta y última temporada (Senior Year) con MSOE hace que me plantee mi vida de otra forma.

 

Hace ya cuatro años que mi amigo Dani Martí y yo nos embarcamos juntos en esta aventura, en Rio Grande, OH. Ahora, años después, en Milwaukee esta vez, sigo pensando que fue la mejor decisión de mi vida. Estados Unidos me abrió puertas que no habría tenido en España. Me dio una gran educación, la posibilidad de no cerrar ninguna puerta y seguir estudiando y jugando al baloncesto. Me permitió conocer a muchísima gente que espero pertenezcan a mi vida un largo tiempo. Y lo más importante, me dio unas memorias, unos recuerdos, que estarán conmigo el resto de mi vida.

 

Aquí, seguimos navegando. Pasé este año mi primer verano en Milwaukee y hay que decir que es bastante mas agradable que los inviernos… Trabajé como ingeniero para una empresa internacional; Carlisle Transportation, y le metí muchas horas a la empresa que 2 compañeros más y yo abrimos el año pasado en MSOE, y con la cual acabamos de abrir en la segunda universidad de Milwaukee.

 

 

 

Después de lo bueno, esos tres meses de “vacaciones” que todo estudiante echa de menos una vez se gradúa, toco volver a la rutina. Empezamos la pre-temporada con 22 jugadores, el número más alto desde que vine a MSOE. Comenzamos con un programa de preparación física muy famoso y duro en USA llamado Insanity (Que viene de Insane, que significa que no estás bien de la cabeza, en otras palabras) y después de 6 semanas de programa, seis días a la semana… ¡llegó el primer entrenamiento!

 

Para ese entonces, ya habíamos perdido 2 jugadores, y uno más decidió no jugar y centrarse en los estudios unas pocas semanas después. Pero como grupo, juntos, dejamos todo atrás, y nos centramos en lo que es importante, hacer piña.

 

Empezamos la temporada jugando el All-Engineering Classic. Un torneo que cada dos años junta a 4 de las mejores universidades del país en ingeniería. Un torneo que universidades como MIT no consiguió ganar y que MSOE ha ganado los 2 últimos años. Este año nos reúne con California Tech, Rose Human (Indiana), y RPI (Nueva York).

 

Comienza por tanto una temporada que será especial, no solo por el gran grupo de personas que tenemos, más unidos que nunca dentro y fuera de la pista; sino por tratarse también de la ultima aquí. Una temporada que tendrá a otro español en las gradas (Miguel, un golfista de Gijón). Una temporada, en la que vuelvo a Ohio, esta vez a jugar un torneo en Cincinnati. Y una temporada, en la que viajo en el tiempo 16 años atrás, cuando jugué mi primer partido de baloncesto con La Dehesa, y que cambió mi vida por completo.

Víctor Sánchez Bande
Si Johann Most hubiera conocido a su nieto no le habría perdonado un tirón de orejas. Cuando el viejo anarquista alemán volcó sus iras en La peste religiosa no imaginó que un siglo más tarde una formación deportiva al otro lado del Atlántico haría de credo para uno de sus descendientes, tal vez, eso sí, el más afín a su vena radical, a su honda visceralidad.

 

Y aunque el nieto, según dijo, no quería saber nada de anarquismos ni políticas daría toda la impresión de aprobar alguna de las muchas diatribas del abuelo, y en especial aquella que proponía “eliminar a todo opositor”. En los términos del nieto, de nombre Johnny, la figura del opositor era la de todo rival de los Celtics. Y si el abuelo Johann, allá por 1882, tuvo que salir de Europa pitando como persona non grata el nieto tampoco es que hiciera amigos más allá de los confines del viejo Garden.

 

Por eso abuelo y nieto, pese a lugar, época y circunstancia remotas, eran sangre de su sangre, almas gemelas; y en las formas del menor se encontraría todavía vivo el espíritu de aquel alemán indomable que defendía a voces el terrorismo sin matar nunca una mosca. Algo hay, mucho tal vez, del subversivo Johann Most en el inclasificable Johnny Most.

 

De este último hablamos.

 

Si pudieran reunirse sus esputos al micrófono los rivales acabarían ahogados en una piscina olímpica. Si pudieran enunciarse de seguido sus improperios y salidas de tono y recogerlas en papel, la Biblia parecería un folletín. Y si en mitad de una pieza de María Calas coláramos uno de sus febriles accesos cabría aplicarle la terrorista por las leyes de la proporción fonética. Y es que el ardiente culto que el mariscal Goehring profesaba hacia Hitler y el nazismo lo sentía en su más profundo ser Most con Auerbach y los Celtics. Si en definitiva quisiéramos trazar el perfil de Johnny Most éstas y otras metáforas, acaso no tan moderadas, harían justicia al legado, único en el mundo, del último narrador deportivo del siglo XX.

 

Nacido en la pequeña Tenafly (New Jersey) en 1923, sus padres aprontaron su traslado al Bronx al regazo de la colonia judía en los años duros. Tan duros como que su padre, también John, trataba de abrirse paso como joven dentista despidiéndose a menudo de los pacientes con una palmada en la espalda. “No te preocupes, ya me pagarás cuando puedas”. La Depresión no perdonaba a nadie. Su madre, una inmigrante rusa, cosía a destajo y entre uno y otro el pequeño Johnny agradecía un plato diario en la mesa que sin embargo no le iba a librar de su condición enclenque.

 

Por eso, como sabiéndose impedido a otras glorias, de chaval soñaba con ser algún día narrador de las series mundiales entre los Dodgers y los Yankees y contarlo desde la mesa de prensa en el viejo Ebbets Field. La culpa la tenía su padre, que se lo llevaba a todos los sitios como un puñado de centavos y a quien había visto jugar a béisbol y hasta boxear. Inflamado de aquellos humos Johnny se hacía luego en casa narrando las peleas y sus pedacillos de épica y empleaba como micro un vaso o una bombilla.

 

En edad de tocar dinero el mozo haría un poco de todo por los subterráneos de la profesión, desde poner voz a cualquier anuncio a maquillar guiones en telenovelas de tres al cuarto. Una pequeña emisora de Pennsylvania le dio sus primeros dólares, a 80 centavos la hora, una miseria por jornadas interminables que abría por la mañana y cerraba a medianoche cacareando a cada hora el boletín de resultados. El dueño era un tirano, un tipo mezquino y detestable que no sentía el menor respeto por sus empleados. A los dos meses de entrar se metió con una compañera en presencia de Johnny y éste se lió a tortazos con él antes de acabar en la calle.

 

 

 

 

 

Después de haber combatido en primera línea de fuego poco podía temer de un sinvergüenza de baja estofa. Piloto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos Johnny había completado un total de 28 misiones al mando de un B-24 durante la Segunda Guerra Mundial, por lo que fue condecorado hasta en siete ocasiones. Y más que dinero o éxito se trajo una tristeza inenarrable por el infierno de la guerra y los compañeros allí perdidos, lo que reflejó en íntimos y susurrantes poemas.

 

.........................................

 

The War Dead

 

I stood among the graves today

and swept the scene with sight

and the corps of men who lay beneath

looked up to say goodnight.

The thunder still, the battle done

the fray has passed them by

but as they rest forever more

they must be asking why.

 

.........................................

 

Su primer empleo decente vendría de otra emisora, la WNOC de Connecticut, donde volvía a vocear los resultados pero ahora se estrenaba narrando los partidos de baloncesto de la pequeña Norwich Free Academy. Gracias a ello, y con intención de volver a casa, pudo permitirse entrar en la WVOS neoyorquina, donde le encomendaron radiar al equipo de instituto de Liberty.

 

Una tarde, en el bucólico club de campo Grossinger, uno de los huéspedes bebía despreocupado en la barra del bar mientras la voz de Johnny salía del transistor inflamada por las evoluciones del equipo del pueblo. Aquel tipo era nada menos que Marty Glickman, la voz deportiva de la Gran Manzana, la música de Giants y Knicks. Glickman se vio atraído por el vivo entusiasmo que desprendía la radio.

Oye -inquirió al camarero-, ese muchacho es realmente bueno. ¿Tienes idea de dónde es? ¿Si puedo verlo por aquí?

Claro, es Johnny. Es cliente habitual.

Déjale un recado de mi parte ¿quieres? Dile que me gustaría verle.

 

Cuando al día siguiente Johnny apareció por allí no tuvo tiempo de pedir nada. “Mueve el culo y llama a este tipo. Quiere verte”. Al descubrir el mensaje del papelito Johnny entendió que el cielo tenía apellido.

¿Glickman? ¿¡Glickman!?

 

Y Glickman le dio así su primer trabajo en condiciones. Era 1948 y Johnny tendría por cometido narrar a Giants y Dodgers fuera de casa.

 

Andando el lustro siguiente Johnny recibió la oportuna llamada de un amigo. Le avisaba que Curt Gowdy, el locutor radiofónico de los Celtics, dejaba el cargo. “Oye, ¿no conocías tú al Auerbach ese?”. En realidad poco, lo que el mundillo deportivo al noreste hacía presumir. Pero tal vez lo suficiente como para atreverse a hacer la llamada. “Estaría encantado, amigo –le confió Auerbach–. Pero es algo que no depende de mí. Depende de Walter”.

 

Walter Brown, el dueño, había acordado realizar con Red una prueba de audición a varios candidatos, entre los que se encontraba Johnny, que tuvo la inmensa fortuna de hacer un Celtics-Knicks para ellos y firmar la mejor prueba de todas, por lo que Red Auerbach animaría a su jefe a decidirse por él no sin antes solventar un pequeño problema.

Si lo sé, Red. Es el mejor. Pero…

Pero qué.

No sé si nuestra audiencia aceptará a un neoyorquino.

Eh, Walter, mírame. ¿Y qué es lo que yo soy, eh? ¿Qué hago entonces aquí? –replicó con ganas el judío de Brooklyn.

 

Y Brown, que era hombre intuitivo, estampó su firma en un contrato a nombre de Johnny Most. Caía el año 1953. Ninguno de los dos hombres tenía entonces ni idea de que la voz algo retorcida de aquel tipo enjuto de 30 años haría de eco a las innumerables glorias que estaban por venir. Porque se olvida a menudo, incluso entre el seguidor más acérrimo, que los Celtics no fueron siempre una monarquía. Que de hecho en los primeros cincuenta padecieron muy serios problemas financieros que nada parecía poder resolver y que amenazaban disolución. Que sin títulos que llevarse a la boca el Garden apenas alcanzaba los tres mil espectadores por velada. Que Brown llegó a avalar la franquicia con su propia casa y que más de una vez pidió a los jugadores paciencia porque no había fondos para pagarles.

 

Y un buen día llegó Bill Russell. Y en torno a él una manada de hombres que sin frenos, a golpe de calendario, edificarían la más prolongada dinastía que el deporte americano iba a conocer. Johnny no anotaría una sola canasta. A veces ni pisaba la pista. Johnny tenía su rincón allá en lo alto de la balconada, “high above courtside” como gustaba de presentar; y desde su asiento, a sus ojillos de mochuelo, el baloncesto quedaba entonces reducido a un batallón verde, como si él mismo lo fuera, en una suerte de trayecto que entraba por los ojos, dirigíase al corazón y era a su través que la batalla salía por la boca, se hacía voz, viva voz rasgada, apelotonada, cavernosa y como prematuramente gastada.

 

Most sería el explosivo resultado de habituar una pasión desmedida a un espíritu incandescente. En 16 años el empacho fue tal que para 1969, cuando Russell se quita del medio, Most había vivido como narrador dos o tres vidas. Sus partidos se contaban por miles, las gestas por centenares. Y de cada uno de los títulos sentíase un pedacito.

 

Con esa fuerza que admiten los episodios más célebres, como epítome de una época casi irreal, el capítulo que más engordará la historia de aquel vasto entonces no pertenecía a una de las incontables Finales, ni siquiera a un duelo ante los Lakers. La escena elegida por el destino sería aquel robo de Havlicek en los últimos segundos de las Finales del Este de 1965 en su séptimo partido, cuando Philly, con Chamberlain en pista, disponía del balón con uno abajo.

 

La simbiosis que había formado con Boston era de tal armonía que pasaba por creíble imaginar al Leprechaun vivo. Y apoyado en el bastón era un micro y no un balón lo que llevarse a la mano. Johnny había erigido una fortaleza que nadie podría horadar en adelante, circunstancia que más de un inocente pudo sufrir sin saberlo.

 

En 1970 le fue ofrecido a Jim Karvellas, entonces voz de los Bullets, el cargo de narrador de televisión para los Celtics. Karvellas, como hubiera hecho cualquier otro, se vio atraído por la oportunidad. Pero fue lo bastante prudente antes de dar el paso. Decidió camuflarse en el anonimato y tomar el pulso a los aficionados directamente en Boston, a pie de calle. Como resultado lo único que extrajo en limpio fue que una gran mayoría bajaba el volumen del televisor para escuchar a Most. Y desconcertado, acudió a Wyn Baker, el director de la emisora que le había ofrecido el cargo:

- Wyn, es imposible hacer algo en esta ciudad junto a Johnny Most. Es como desaparecer, como jugar a perder.

 

Hasta entonces Baker ignoraba aquel problema. Si los anunciantes terminaban enterándose de que los espectadores no les oían los ingresos por publicidad corrían peligro de fugarse en tropel a pelear por su pedacito de radio. Baker dio vueltas al asunto buscando consejo.

Lo que tienes que hacer es sincronizar el audio de las dos señales –le repetían–. Mete la voz de Johnny en tu cadena.

¿Cómo? ¿Sin nadie en el estudio? Ni hablar.

Al diablo el maldito estudio. ¿No quieres espectadores de verdad?

 

Pero el director rechazaba la idea. La WBZ acababa de adquirir los derechos para emitir a los Celtics y Baker era uno de esos nuevos ejecutivos que llegaban pisando fuerte. En lugar de aliarse con la realidad quiso adelantarse a ella. Most no era cosa de los nuevos tiempos. Además, le resultaba feo, chillón y mal encarado, un tipo desagradable. De manera que Baker no movió ficha alguna.

 

No hasta que tres años más tarde la cadena decidió como solución intermedia llevar a Most a la pantalla y unirlo a Len Berman, un figurín impecable, de una corrección de manual.

 

El resultado, como cabía esperar, no pudo ser peor. Habituado a las aventuras en solitario, a interpretar la escena con escorzos y una mímica histérica Johnny aparecía junto a un muñeco de traje, perfectamente apuesto, junto al que debía además mirar a cámara. Johnny era monologuista. Y ni sabía ni quería ni podía dejar el aire pertinente a su acompañante, al que ignoraba por completo y cuya pulcritud convertía a la pareja en una grotesca contradicción. Al momento de darle paso, y no sin algún oportuno pisotón a escondidas, concedía a Berman cinco segundos y gracias. Johnny no sentía deber el menor peaje a imparcialidades y otras memeces.

 

- Vaya, es alucinante la brutalidad con que esos tipos se están empleando bajo los tableros.

- Bueno, John -matizaba suavemente Berman con una sonrisa-, ahora mismo el equipo está con un parcial reboteador favorable de 15 a 6.

- ¡Bah, lo único que eso demuestra es la garra de los Celtics!

 

Una sola temporada duró el estropicio.

 

El credo de Johnny Most era integrista. Y no había en su fe el menor disimulo. “En su mundo de color verde –recogería William Taaffe– todo jugador de los Celtics fue concebido sin culpa. En cambio todos los demás –árbitros, rivales y dueños, y en Philadelphia especialmente– lo hicieron corruptos".

 

Philadelphia, que Johnny vivió en sus dos grandes épocas, le era un escenario muy hostil. Con ningún otro locutor se las tuvo nunca tan tiesas como con Dave Zinkoff. Se ponía de los nervios cuando Zinkoff, a unos metros, se lanzaba a celebrar cada canasta de los Sixers. Johnny sentía que Zinkoff lo hacía para interferir en su narración, motivo por el que no reparaba en dardos en plena locución. “Ahí está otra vez el histérico, ¡encantado de escuchar su propia voz!”, elevaba Most para que el otro le oyera.

 

Su temeridad no tenía límites. Por eso no se arrugaba ante los espectadores rivales con los que no era raro verle engancharse. Tapaba entonces el micro y respondía desafiante. Y en los hogares de Boston, ante aquellos habituales vacíos que el transistor repiqueteaba, los oyentes no podían evitar la sonrisa sabiendo que Johnny se las estaba teniendo tiesas en plena grada, a solas, representándoles a todos ellos.

 

Most se hacía impensable en otras latitudes y culturas, donde habría concentrado en sus huesos las iras públicas. En cambio su figura despertaba esa entrañable benevolencia de los personajes auténticos, del verdadero motivo por el que Sports Illustrated lo calificó como “el locutor más exagerado del mundo”, descripción que ni el mismísimo Auerbach era capaz de objetar. “Every time we got fouled, we were killed. En términos artísticos Most era la viva representación de la comedia y la burla más absoluta a la coherencia.

 

Que un jugador fuera el auténtico demonio o un ángel de la justicia dependía de portar o no la camiseta verde. Los ejemplos son todo lo incontables que una prolongadísima carrera cabe suponer. Mientras Paul Silas no jugó para los Celtics era el carnicero, mientras Dennis Johnson no fue verde era el sucio, papel que pasó a representar Rick Robey en cuanto ambos fueron objeto de intercambio. Dennis sería ya por siempre D.J., que Most pronunciaba apretando los dientes. Cuando Jim Loscutoff repartía a diestro y siniestro era Jungle Jim. Pero cuando Mahorn y Ruland lo harían en los Bullets a mitad de escala que aquél eran McFilthy (guarro) y McNasty (asqueroso). Preguntado por estas salvajes incoherencias Johnny se defendía: “Bueno, es la angelical influencia que ejercemos en algunos”, en referencia a los villanos que un buen día decidían convertirse.

 

Most no soportaba a ningún rival por el mero hecho de interponerse entre la victoria y los Celtics. Si ese rival, en su objetivo, se propasaba de veras Most no reparaba en descargar toda su artillería. Tras la pelea con Jerry Sichting se refirió a Sampson como un “cobarde que elige pelear contra pequeñitos”. Lo mismo que a Moses Malone cuando engatilló algún puñetazo a un Bird aprisionado por su pelea con Julius Erving en el centro del Garden. Con Sampson y Moses incluso pudo mostrarse suave en comparación a Wilt Chamberlain, uno de sus enemigos más encarnizados al representar, primero, la hostilidad de Philadelphia, y después, de Los Angeles. Con Chamberlain, tal vez el momento más cruel, como elegido además para la cita, tuvo lugar tras consumarse la victoria verde en el séptimo partido de 1969, cuando el dueño de los Lakers, Jack Kent Cooke, había preparado desde horas antes la celebración para la victoria final con la banda de música, globos y demás confeti en cada butaca del Forum. Al término un Most desatado se relamía a placer: “Pinchamos sus globos, la orquesta de USC está recogiendo sus bártulos y el champán se ha quedado sin gas. Y luego ahí está el pobre Wilt, que probablemente esté poniendo hielo en su pupita mientras esconde su llorera con una toalla”.

 

 

 

 

Con Johnny tampoco había tabúes. Nadie le era intocable. A Magic Johnson le llamaba Crybaby, como lo había hecho antes con Rick Barry. Y si era Kareem quien estaba en juego repetía sarcástico “cuidado con tocarle, si le tocas es falta”. Johnny frecuentaba ficticios diálogos con algunas de sus dianas favoritas. “Tripucka es un quejica sin remedio. ¡Anda y llora, Kelly, llora!”. Y es que los Pistons, cuando el viejo Most acumulaba ya más de tres décadas largas a sus espaldas, pudieron representar su cloaca favorita, con quienes el odio se hacía psicosomático (“Me han llamado el idiota de la semana (…). Bueno, no sería como ellos ni por todo el dinero del mundo”). Así Laimbeer fue el jugador a quien más perlas endilgó hasta hartarse de llamarle farsante o llanamente “sucia basura”. Con Isiah Thomas elevaba su desprecio a nivel literario al referirle como Little Lord Fauntleroy, con toda aquella carga homosexual que la cultura popular atribuía al personaje de la novela de 1885.

 

En nuestros días Most se habría puesto las botas con los llamados floppers, muy reales también en aquel entonces con Jerry Sloan a la cabeza de su lista y cuyas actuaciones describía como “hacer un Stanislavski” en referencia al método del artista.

 

En At The Buzzer firmaría Bryan Burwell, el hombre que describió su voz “como un puñado de gravilla resonando en una taza”, que Johnny Most nunca disculpó su devoción por los Celtics. A diferencia de su homólogo amarillo, Chick Hearn, que no tenía el menor reparo en criticar a los Lakers si lo estimaba justo, Most rara vez lo hacía con los Celtics igual que un hijo rehúsa hacerlo con sus padres entre extraños. “Oye, viajo con ellos, como con ellos, he compartido habitación con ellos, estoy con ellos constantemente y son mis amigos. ¿Cómo coño voy a ser objetivo? Pretender que me importe un bledo que ganen o pierdan es tomarme por un farsante y mira, eso es algo que no soy”, se despachaba el tipo a quien el baloncesto debe, entre otras decenas, la expresión “from dowtown”, que bautizó admirando los lanzamientos a distancia de Dolph Schayes.

 

Bajo sus lentes gruesas pero limpias Johnny ignoraba lo que los años ochenta le tenían preparado. De aspecto veinte años mayor de lo que su partida de nacimiento dictaba Most se sumergiría en la última gran era del equipo con el peor estado de voz imaginable. Será de hecho la voz que pase a la historia como un fósil que rechazara salir del culo de la garganta. Por desgracia su voz era el termómetro real de su salud.

 

[En apenas dos minutos que recogen el periodo 1969-1986 se observa el gradual deterioro de su voz hasta parecer hacerla brotar del mismísimo averno]

 

Desde hacía ni se sabe Johnny venía fumándose dos cajetillas diarias. “Llevo muerto desde 1955”, repetía. Y no bromeaba. Poco antes de morir confesó que podía fumar unos 80 cigarros al día, nada menos que cuatro cajetillas. El tabaco le birló la dentadura tan prematuramente que en 1959, durante uno de sus accesos en un partido de playoffs ante Syracuse, se le salió de la boca, anécdota que siempre recordaría “cogiendo la pieza al vuelo, antes de caer balcón abajo”. Un infarto le paralizó la mano derecha en 1983. Aquel fue el primer achaque serio.

 

 

 

 

No importaba. Most, que nunca supo lo que era bajar la guardia, se iba a dar tan por entero en aquella década, la de su último gran banquete, que acabaría haciendo de sí mismo un viejo duende, una parodia, un paroxismo. Son muchos, tal vez demasiados los episodios rabiosamente instalados en la épica del deporte que llevan la insalubre impronta de su voz quebrada.

 

Así Johnny pondría especial intensidad a los últimos segundos de las Finales del Este de 1981, que consumaban la remontada (1-3/4-3) ante Philadelphia; el robo de Gerald Henderson a James Worthy que forzaría la prórroga y el empate en las Finales (1-1) de 1984, la canasta decisiva de Bird en el cuarto, su increíble buzzer a los Blazers en 1985 o el más célebre robo de balón en la historia moderna de la NBA dos años después. Pero acaso sus más desgarradoras series fueron precisamente las de 1986, como quien apura la última copa de vino, como si en lo más hondo de su ser supiera que era la última gloria que llevarse a la boca. El rebote de Walton al error de Dennis Johnson en el quinto de aquellas Finales coincidiría, para colmo, con una distorsión radiofónica que retorció su voz hasta lo grotesco.

 

En la profundidad de aquella cálida década es donde mejor situar a la tradición de colmar los bares y hogares de Boston la extrema acidez de la prosodia Johnny Most. En los últimos minutos de aquella última gloria Most pondría voz, cómo no, a la cima más alta en la carrera de Larry Bird. “Pandemonium”, repetía entonces en su enésimo trance desgarrado.

 

Aquella perfecta simbiosis prolongada en una década inigualable condujo a Mark Brenden a describir a Most como el pintor sonoro de las grandes obras de Bird. Del mismo modo que nadie imprimió mayor fuerza fonética a su apellido.

 

Transcurrida aquella última edad dorada el gran público había absorbido a Most como la cultura popular a los grandes cómicos. El personaje era necesariamente entrañable. Para entonces bastaba escuchar las innumerables promos y resúmenes en que su voz, como salida del infierno, hacía sufrir a los televisores. El público sabía reconocer la reliquia, el personaje de otro tiempo, el arquetipo del micro americano que el cine había parodiado hasta la extenuación. Y sin embargo Most era completamente real.

 

En un partido contra los Bucks de 1988 le ocurrió lo que podía haberle ocurrido muchas veces antes. Junto a sus vasitos de café, se agenciaba siempre un pequeño cenicero al que, entrado el ardor del juego, no hacía el menor caso. Con la ciega inercia del fumador empedernido que tira la ceniza sin saber dónde le acabó cayendo un pedacito de lumbre sobre el pantalón, del que empezó a salir un fino hilo de humo. Fue Glenn Ordway, a su lado, quien oliendo a quemado descubrió que el regazo de John estaba ardiendo avisándole de inmediato, momento en que los oyentes pudieron disfrutar de lo lindo:

 

Most: “OOOOOOHHHHH MY!!!!!”.

 

Ordway: “This is a first [risas]... Johnny has [risas]... lit [más risas]... his pants are on fire!!!! [carcajada]".

 

Mientras Ordway trataba de contenerse Most resoplaba abofeteando su pierna, al descubierto por la abertura encendida del pantalón, del tamaño, según confesó, “de una pelota de béisbol”.

 

Una de las más recordadas anécdotas de Most tuvo lugar durante el Open McDonald’s de Madrid en 1988. Los Celtics abrían fuego ante Yugoslavia y Johnny tenía el eterno defecto de no prepararse en absoluto los partidos. Se conocía la NBA al dedillo y los novatos se los descifraba la planilla que con un poco de suerte despachaba un Smith, un Brown o un Williams. Un equipo no americano, balcánico para más señas, le era la más absoluta oscuridad. De manera que tras el salto inicial el resultado fue el que cabía esperar:

 

“On the right, quickly it goes to... uh... I'm going to have a little trouble with the names at first”.

 

(…)

 

“Now the rebound is picked up by one of the big guys. This one... is... uh... Divatch [sic] underneath. He lost the ball but he gets it back outside to one of the little guards. And the shot is no good. The rebound by... uh...".

 

(…)

 

“Now quickly to a big guy and now to lefty. And he lost the ball. And now the little feller. Oh boy, I'm having trouble with the names”.

 

Apagando la década y los Celtics también lo haría él. Comenzó a padecer problemas de oído y, aun peor, de corazón. Sufrió un infarto y un triple bypass tras intervención a corazón abierto en septiembre de 1989. Tenía previsto volver a su asiento en noviembre, con el arranque de temporada, pero una recaída le previno de hacerlo hasta el partido número 29 del año. Aquel 4 de enero ante Washington el viejo Garden le recibió con una cerrada ovación y el viejo rompió a llorar. Se llevo la mano a una cara ferozmente arrugada. Era un anciano doblado, un pulmón consumido entre un puñado de kilos. Su energía vital se había disipado hasta el susurro.

 

Sería su última campaña en activo. Quiso volver en octubre, en la pretemporada como había hecho siempre. Pero su voz no tenía ya fuerza. Johnny quería. Pero no podía más y hasta costaba descifrar sus palabras.

 

Así en aquel mes de octubre de 1990, treinta y siete años después de la primera vez, en torno a tres mil partidos, cinco emisoras y 16 títulos narrados, la prescripción médica le apartó del micrófono, cuya retirada aprontaron con diligencia los Celtics el 3 de diciembre. Allí en lo alto del pabellón reposa, junto a las demás, una bandera en su nombre.

 

 

 

 

 

Y sin voz, que era todo lo que Johnny era, desapareció de la escena como una de sus bocanadas de humo. Por eso lo demás tendría lugar, como es infame costumbre occidental en los ancianos retirados, a espaldas del mundo. A principios de 1992 tuvieron que amputarle las dos piernas bajo las rodillas. Había contraído una terrible infección vascular. Meses después fallecía completamente mudo. Empleaba así su misma vida para protagonizar su mil veces repetido “It’s all over”. Se fue. Como si sus ojillos rechazaran asistir al desastre de los 90. Por primera dejaba a solas a Red Auerbach, que quedaba entonces como el único hombre vivo en formar parte de los Celtics durante sus 16 títulos.

 

Se había marchado un ejemplar único en el mundo, el último narrador deportivo del siglo XX. Hasta su muerte la gloriosa historia de los Celtics fue también la de un disco rayado de Johnny Most.

 

 

.................................................................

 

 

 

 

“The only thing worse than having heard Johnny Most

is never having heard him”

(Bob Ryan)

Cuatro letras aparecen a modo de sello de garantía en la biografía de Michael Roll: UCLA. El éxito de un jugador depende de muy diversos factores, bastantes de ellos difícilmente controlables, pero cinco años en una universidad que respira baloncesto puro por todos sus poros, con un rendimiento notable en su temporada senior, sí aseguran una serie de conceptos de juego, un rigor, un saber estar en la pista. Dan un punto de tranquilidad respecto a la adaptación de un americano a cualquier tipo de baloncesto.

Roll es un escolta con garantía UCLA, pese a que su paso por la universidad no fue un camino de rosas. Tras dos temporadas con números discretos (no llegó a cinco puntos ni a diecisiete minutos de media), Roll afrontaba su año junior con la esperanza de dar un paso más en la rotación y empezar a adquirir galones en ataque. Pero todo se truncó. La culpa, una doble lesión en la fascia del pie izquierdo. La primera rotura llegó en un entrenamiento de pretemporada, el 27 de noviembre. Roll se perdió siete partidos y volvió a las canchas, pero seis más tarde, llegó la recaída. Fue el día de nochevieja de 2007. En total, se perdió 33 de los 39 partidos de la campaña.

Por ello, tuvo la oportunidad de repetir su año junior en los Bruins. Mejoró algo sus números (cerca de siete puntos en 17 minutos), pero se plantaba en su temporada senior con la necesidad de aprovecharla para dar un salto. Y lo hizo. Subió hasta 35 minutos, en los que firmó catorce puntos, 2,5 triples y 3,6 asistencias por partido. Números destacados en una de las grandes del país.

Su etapa profesional comenzó en el Bornova turco, donde rindió a buen nivel. Terminó su primera temporada en los Giants de Amberes, donde también disputó la pasada campaña con muy buenos números, sobre todo en Eurochallange (más de un 51% en triples).

De 25 años y 1,96, Roll destaca principalmente por su excelente muñeca. Un pequeño grupo de ocho huesos en los que guarda la siempre difícil combinación de rapidez y elegancia. Su tiro es estético a la vez que veloz, basado en sus sólidos apoyos de pies. Tiene capacidad para colocarlos de cara al aro y saltar sobre ellos en décimas de segundo. Puede tirar en estático y saliendo de bloqueos. Recibe, se encara y ejecuta mucho antes de que usted haya terminado de leer esta frase. Y sobre todo, su tiro es efectivo, letal.

Pero Roll no es sólo una muñeca. El sello UCLA le aporta lectura de juego. Es un muy buen pasador, de parado o desde bote. Muy hábil para conectar con los interiores y ofrecerles buenos balones en posiciones favorables. Si los pívots del CAI amenazan desde la pintura pueden formar una cocktail muy peligroso con el estadounidense, que les dará de comer y aprovechará los espacios que genere. Sumará asistencias.

Durante su periplo universitario y europeo ha demostrado que puede poner el balón en el suelo para eludir primeras defensas y generarse tiros más cercanos. Será interesante ver si es capaz de hacerlo ante defensas ACB. No es un jugador especialmente dotado en el apartado físico, por lo que puede sufrir para crearse ese tipo de ventajas con el primer paso. Si no lo hace, su juego podría limitarse al tiro de tres, lo que le haría sufrir marcajes más pegajosos que pondrían en peligro su aportación.

La defensa del uno contra uno puede ser otro de sus puntos débiles sobre el papel. Es inteligente y rápido de manos, pero no tanto de desplazamientos y quizás pueda sufrir ante atacantes explosivos. Su adaptación en estos aspectos se presume clave para que Roll pueda desplegar su baloncesto en la Liga Endesa. Porque la garantía UCLA, la tiene.

Borja Santamaría
Diario Vasco

@borjasanta

 

El nombre de Brian Asbury puede sonar mucho esta temporada, por lo que es conveniente apuntarlo. Nacido el 1 de octubre de 1986 en Miami, Florida, quién le iba a decir a Brian que acabaría jugando en España, la tierra de donde proviene el idioma que hablan la mayoría de sus conciudadanos. Este alero de 2’01 metros se crió deportivamente en la South Miami High School, desde donde dio el salto a los Hurricanes de la Universidad de Miami. No destacó en demasía. Su mejor año, el de sophomore, dejó unos registros de 11’7 puntos y 6 rebotes por partido, que dejaba entrever una gran habilidad para rebotear, pero que no era suficiente para ser drafteado.

 

De padre guineano y madre estadounidense, Asbury cuenta con pasaporte Cotonou, lo que le convierte en un jugador aún más interesante. Se encargó de confirmarlo en Israel, la tierra prometida que le dio la oportunidad nada más cruzar el charco. Nadie fue capaz de imaginar que Asbury explotaría como un auténtico ‘killer’. En su primera temporada con el Hapoel Kiryat Tivon, el jugador se fue hasta los 28’3 puntos y 7’5 rebotes por noche, convirtiéndose en una referencia absoluta de la ‘Israel National League’, segunda división del país. No fue fruto de un año mágico, la temporada siguiente conquistó el título de máximo anotador de la liga con 27 tantos por choque en las filas del Hapoel Usishkin Tel-Aviv, al que acompañó a la final.

 

Tan sólo le quedaba la asignatura de jugar al máximo nivel en Israel, y cumplió con creces con el Green Tops Netanya, con unos números escandalosamente prometedores de 18 puntos y 7’6 rebotes y 1’7 asistencias, para un total de 21’7 puntos de valoración, siendo el segundo mejor de la competición en ese apartado.

 

Asbury es un ‘3’ con un físico prodigioso que acompaña a una mentalidad anotadora letal. La canasta entre ceja y ceja, siempre. Este jugador es la referencia ofensiva ideal para cualquier equipo. Mucho más para un Cajasol prácticamente nuevo. Fuerte y rápido de manos, Brian Asbury es un jugador muy difícil de defender. Posee ese estatus de jugador especial que puede llegar a ser imparable. Lo lleva en las manos. Tiene una gran capacidad de salto y una zancada espectacular, lo que le permite driblar a su defensor con un primer paso mortífero que le ayuda a encarar la canasta con potencia. Siempre busca el aro, penetra constantemente y es capaz de rectificar muy bien ante los contactos en el aire de sus defensores.

 

Sin embargo, en ataque no todo son virtudes. Uno de los grandes lunares de este ‘3’ es el tiro exterior. Sufre mucho cuando se trata de lanzar, y aunque el año pasado gozó de un porcentaje de tres más que aceptable (40%), apenas se prodigó desde el 6’75 (14 de 35 intentos). Éste es uno de los grandes déficits a mejorar y que a buen seguro podrá pulir con Aíto, que también trabajará con él movimientos en el poste, donde Asbury aún puede progresar para convertirse en un jugador muy completo en recursos. Un año en la Liga Endesa le puede convertir en un jugador total.

 

Pero, posiblemente, su gran problema se encuentra en que a veces peca de individualista. Acostumbrado a ser la referencia ofensiva desde que llegó a Europa, tiene problemas para pasar salvo que la acción sea clara y evidente. En la Liga Endesa se encontrará con marcajes más duros y será de vital importancia que mejore esa compenetración con sus compañeros. Ello le hará un jugador aún más imprevisible y difícil de secar.

 

Con tanta vocación ofensiva, podría parecer que Asbury hace aguas en defensa, pero nada más lejos de la realidad, estamos ante un ladrón de pura cepa. Su gran envergadura, con unos largos brazos, ya le permitió promediar 2’3 recuperaciones en su primera temporada en Israel. El año pasado, en la ya competitiva Superliga israelí, destacó con 1’3 robos por choque. Su carácter e instinto reboteador mostrado en su época universitaria, no se ha perdido, sino que no ha hecho más que crecer considerablemente, como se puede comprobar en sus promedios del año pasado con el Green Tops Nepanya.

 

Más allá de la frialdad de los datos y estadísticas, Asbury alberga en su interior unos intangibles valiosos y preciados que le convierten en un líder fiable. Para nada es un jugador anárquico, es un bregador nato y lucha siempre para hacerse con el balón, estando en multitud de ocasiones en el momento y lugar oportunos. También se crece en los partidos importantes y momentos calientes. El año pasado lo demostró ante el poderoso Maccabi Tel-Aviv, al que endosó 18 puntos y 7 rebotes, o en su etapa universitaria, donde más de una vez fue fundamental para su equipo en los últimos minutos de partido, con canastas ganadoras inclusive.

 

En definitiva, Brian Asbury es un jugador brillante, un arma punzante en ataque para este remozado Cajasol, que ha pasado de fichar experiencia ACB por jugadores novatos en la liga. Nunca se es una garantía, pero si Asbury se aclimata bien a la Liga Endesa dará que hablar. Tal como se empezó, habrá que apuntar su nombre

 

Daniel Moya
Zonadostres.com

@danmoylop

Subcampeones ligueros en 2011, cuartos de final en la Euroliga la temporada pasada, los incuestionables éxitos recientes del Gescrap Bizkaia Bilbao Basket han colocado el umbral de exigencia para el club de Miribilla en unas cotas difícilmente imaginables apenas hace unos años. Con esas premisas, la necesaria tarea de reconstrucción y ajuste con la vuelta a la Eurocup pasa por ser un ejercicio de equilibrismo en el que, las exigencias económicas han de intentar cuadrar con un solvencia deportiva encaminada a mantener la fortaleza de uno de los proyectos más ilusionantes de los últimos tiempos. Con la continuidad en el banquillo de Fotis Katsikaris, el cuadro vizcaíno aseguraba un primer pilar en el que asentar una nueva deriva en la que no estarán jugadores tan importantes como Aaron Jackson o D’Or Fischer o tan emblemáticos como Marco Banic o Janis Blums. Con la búsqueda de perfiles más que de nombres, la llegada al Gescrap Bizkaia Bilbao Basket del croata Fran Pilepic muy bien pudiera corresponder al hueco dejado por el buen tirador letón. 



Aunque en los últimos años la preeminencia del baloncesto croata haya estado centrada casi en exclusiva en su capital Zagreb, hay un viejo dicho que relaciona el nacimiento de sus grandes figuras con la costa dálmata. Con la posible excepción de un Kresimir Cosic nacido en Zagreb pero criado ya en Zadar, los Djerdja, Kukoc, Komazec, Radja, Petrovic o incluso el emergente Dario Saric podrían ser magníficos ejemplos de una afirmación que, aunque lejos del nivel de los anteriores, bien pudiera servir para un Fran Pilepic que llegaba al mundo un 5 de Mayo de 1989 en Rijeka.

 

Formado en el baloncesto local, el precoz escolta alcanzaba las filas del Kk Rijeka en la temporada 2004/05 dentro de la A2 croata y ese mismo verano formaba parte de la selección cadete en el Eurobasket de León, para a continuación ser cedido al Triglav y al Crikvenica. Tras su “préstamo”, Pilepic vuelve a Rijeka ya con el Kvarner de la A1, con el que durante dos temporadas comienza a mostrar sus credenciales como tirador. En la temporada 2009/10, el croata pasa a las filas del Svjetlost de Slavonski Brod. Allí, en la ciudad del Sava, Pilepic se va a los 16 puntos por partido comenzando a llamar la atención de varios equipos de la liga adriática, optando finalmente por la opción del Siroki bosnio. Tras quedarse sin anotar en su debut ante el Krka Novo Mesto, Pilepic se va hasta los 13 puntos ante la Cibona y a los 17, siendo clave en el tramo final, en el prestigioso triunfo ante el Partizan logrando la confianza de su nuevo club con el que firma casi 11 tantos por noche en la liga adriática y en el que resulta clave para lograr el doblete nacional. Tras un duro verano, en el que el club bosnio pierde a varios de sus referentes, la última temporada de Pilepic supone un punto de inflexión disparando sus medias anotadoras hasta los 15 tantos por noche, pero sobre todo mostrando una madurez competitiva clave en un equipo que, por momentos, llega a acariciar la Final Four para terminar finalmente en un más que meritorio quinto puesto. Tras revalidar el título liguero, Pilepic recibía en verano el premio con la convocatoria a la selección absoluta, aunque sin llegar a debutar en el preeuropeo. 

 

 

 

Su juego: Capaz de alternar las posiciones de base y escolta, el nuevo jugador del Gescrap Bizkaia Bilbao Basket parece definitivamente encaminado a la función de 2, en la que destaca principalmente como un tirador (138 triples intentados en liga adriática por tan solo 89 de 2). Con un más que interesante rango y con una mecánica limpia, Pilepic presenta además una importante velocidad de ejecución, siendo habitual verle lanzar saliendo del bloqueo o tras corte, situaciones en las que parece sentirse más cómodo que generando sus propios tiros. Algo intermitente en su juego aunque suele mostrar paciencia sin mostrar síntomas de agobio cuando no recibe balones. Excepcional desde el tiro libre, su otra gran fuente de anotación llega en las transiciones donde gracias a su potencia de piernas se muestra como un contundente finalizador. Discreto manejador de balón, el cambio de intensidad física puede hacerle pagar un peaje en los primeros meses de competición ya que tiende a sufrir ante marcajes agresivos. Por lo demás, sin tener un gran uno contra uno, sabe sacar partido a una buena visión de juego para asistir y suele gustar de ir a por el rebote ofensivo en carrera. Defensivamente, posee buenas piernas pero le cuesta mantener la intensidad, lo que, unido a su tendencia a usar las manos, puede acarrearle problemas de faltas. En definitiva, Pilepic se trata de un jugador aún en progresión con amplio espacio de mejora, pero que a corto plazo bien pudiera ser ya un excelente revulsivo saliendo desde el banquillo como dinamizador del juego exterior bilbaíno.

 

 

Iván Fernández

Jonathan James Scheyer nació en Nortbrook (Illinois), el 24 de agosto de 1987 y es el menor de tres hermanos. Tres precisamente es la edad con la que Scheyer comenzó a jugar al baloncesto con gran perseverancia hasta lograr su sueño. Pero antes de lograrlo, su espíritu ganador le llevó a escenas como la que protagonizó en el instituto cuando una noche se negó a irse a casa hasta anotar 50 tiros libres consecutivos. Ese es Scheyer el nuevo fichaje del Gran Canaria 2014.

 

Formado en la Universidad de Duke -a donde llegó por medio de Chris Collins, hijo de Doug Collins y entrenador asistente en Duke-, y permaneciendo desde 2006 hasta el 2010 a las órdenes de Mike Krzyzewski-, fue nombrado en el ACC All-Freshman Team en su primer año -anteriormente había sido designado Illinois Mr. Basketball (en 2006)-. En el segundo, perdió el puesto de titular pero fue considerado uno de los mejores sextos hombres de la nación. Incrementó su protagonismo en la 2008-2009, logrando promediar casi 15 puntos por encuentro. Su última temporada, en la que fue campeón de la NCAA promedió 18,2 puntos, 3,6 rebotes y 4,9 asistencias.

 

A pesar de haber compartido equipo con "estrellas", sus números siempre han estado por encima de la decena de puntos. Posee esa vena anotadora sin la necesidad de amasar el balón, sabe rendir sin tener que ser el centro de atención. Su toma de decisiones es excelente, un claro ejemplo de ello es que su ratio de asistencias-pérdidas es el segundo mejor en la historia de Duke. Además comparte con Chris Duhon el récord de más partidos consecutivos jugados (144), y el tercero con más minutos en Duke y la ACC (4.579), por detrás de una leyenda en Duke como es Bobby Hurley.

 

 

No fue drafteado como se preveía, pero jugó la Summer League en las filas de Miami Heat hasta que se produjo la lesión en un ojo -en la que se vieron afectados el nervio óptico y la retina- por un golpe de Joe Ingles. Desde ese momento, juega con gafas para evitar más problemas.

 

Antes de llegar a Maccabi la pasada temporada donde no disputó demasiados minutos, Scheyer -aún convaleciente de la lesión- probó en Estados Unidos. El verano de 2010 jugó la Summer League con los Clippers, pero acabó recalando en Río Grande -conjunto de la D-League- para posteriormente ponerse a las órdenes de David Blatt. Este verano jugó en Philadelphia antes de llegar a Gran Canaria.

 

Puede jugar en la posición de escolta y de base -aunque no sea un "1" convencional- ya que atesora la capacidad de dirigir al equipo asumiendo responsabilidades -no le tiembla la mano en momentos calientes-. Tiene un gran lanzamiento tras bote, sabe crearse sus propios tiros y posee grandes movimientos con o sin balón para obtener buenas posiciones en búsqueda de la canasta. Al ser su recurso natural, puede pecar en alguna ocasión de abusar del tiro en un mal día.

 

Sus capacidades físicas pueden no ser las más destacadas, pero Jon ha aprendido a sacar partido de ellas penetrando y rectificando sus movimientos de entrada al aro, además de tolerar el contacto para sacar falta o acabar anotando. No es un especialista defensivo pero no desentona en esta faceta, muy atento a su par y rápido de manos (su último año promedió 1,6 recuperaciones por encuentro).

 

Se presenta una gran oportunidad para reivindicarse tras su paso por Israel en el club canario. "Hacer mejor a mis compañeros, es un objetivo que siempre me marco", declaró en su presentación como nuevo jugador amarillo. Con su llegada, se dio por cerrada la plantilla de un Gran Canaria 2014 que ilusiona.

Samuel Melián

Zonadostres.com

No cabe duda que el deporte corre por la sangre de Kim Tillie, nuevo fichaje del UCAM Murcia. Este pívot francés de 24 años es hijo de deportista, aunque ni su padre ni su madre practicaron alguna vez el baloncesto de forma profesional. Si dieron saltos y manejaron con sus manos un balón, pero tanto Laurent como Caroline Tillie se dedicaron al Volley ball llegando a ser incluso olímpicos con la selección francesa y holandesa respectivamente.

 

Con semejante antecedente la constitución fina, estirada y atlética de Tillie bien podía seguir los pasos de sus progenitores, pero en cambio Kim Tillie no salta para golpear ningún balón, sino para machacar aros. Formado en la cantera del Paris Basket Racing, Tillie ha competido con las categorías inferiores de la selección francesa logrando ser campeón de Europa junior en 2006 (eliminando a la España de Colom, Rabaseda, Claver y Aguilar en semifinales) y bronce en el Mundial de 2007 en una selección donde compartía minutos con Nicolas Batum, Antoine Diot y el reciente fichaje bilbaíno, Adrien  Moerman.

 

En 2006, Tillie viajó a la Universidad de Utah para compaginar su carrera deportiva (promediando 7 puntos y 5,5 rebotes por partido) con los estudios y no fue hasta el 2010 que decidió volver a Europa para jugar en el ASVEL Villeurbanne. Allí, y tras una primera temporada irregular, Tillie se convirtió el pasado verano en uno de los jugadores destacados del equipo. Firmó notables actuaciones en Eurocup (11,8 puntos y 5,7 rebotes por partido) y liga nacional (10,8 puntos, 4,9 rebotes y 1,4 asistencias), pero, sobre todo, pareció demostrar que la inconsistencia de su juego es cosa del pasado.

 

Kim Tillie destaca por su versatilidad y físico destacado. Quizá es por la genética, pero Tillie es un jugador muy físico, con gran capacidad de salto (ha participado en concurso de mates en la NCAA y Francia) y que soporta muy bien el contacto en el aire mientras entra en canasta. También es buen reboteador, siendo peligroso en el rebote ofensivo llegando desde fuera.

 

Es un interior moderno, de los que gustan con jugar espacios y moverse en la distancia del aro. Tiene un buen rango de lanzamiento, siendo nada despreciable su efectividad desde la línea de tres puntos aunque le falta regularidad. Si en ataque Tillie es un perfecto cuatro, en defensa ha mejorado para poder defender como un cinco, aunque quizá carece de algo de músculo y consistencia para aguantar a rivales de mayor peso. En cualquier caso puede suplir esta carencia con su potencia de salto a la hora de desviar lanzamientos de los oponentes.

 

El potencial de Kim Tillie es innegable tal y como atestigua que este año fuera uno de los invitados a formar parte de la preparación francesa de cara a los Juegos Olímpicos. El futuro es suyo y su presente es Murcia y la Liga Endesa.

En el verano de 2007 algunos scouts y especialistas en baloncesto universitario empezaban a mirar hacia la localidad de West Lafayette, en el estado de Indiana. Anunciaban el nacimiento de uno de los equipos que, según decían, estaban llamados a ser protagonistas a nivel nacional en los cuatro años siguientes. Purdue había reclutado en una misma clase a cuatro jugadores que, junto a otros compañeros, formarían un grupo al llamarían los Baby Boilers, usando el nickname de Boilermakers de la universidad para esos jovencitos que amenazaban con dar mucha guerra. Todos entre los cien mejores prospects de ese año para los diferentes rankings especializados. E´Twaun Moore (coqueteando con el top20), JaJuan Johnson (cerca del top40) y dos chicos del Valparaiso High School, Scott Martin (entorno al top60, y que acabaría transferido a Notre Dame) y Robbie Hummel. Este último, que se movía entre los puestos 50 y 70 de los rankings de ese año 2007, acabó siendo el líder del grupo por su personalidad, energía y carisma.
 
Purdue, al mando del entrenador Matt Painter, revolucionaba la competición universitaria con un juego vistoso y un programa que se tornó ganador enseguida. Le falta un punto de madurez y temple en los momentos decisivos para convertir el potencial en éxito y títulos. Robbie Hummel deslumbraba a aficionados y scouts con su versatilidad, inteligencia, capacidad de tiro e intensidad sobre la pista. En el segundo año de estos Baby Boilers, Hummel comenzó a encender alguna alarma sobre sus debilidades físicas. Entre algunas lesiones menores, aparecían problemas de espalda que acabaron con una fractura por estrés de una vértebra lumbar, lo que le obligó a perderse algunos partidos y limitó su juego y minutaje. A pesar de las limitaciones y dolores, el ahora jugador de Obradoiro, con una incómoda protección para su dañada espalda, lideraba a Purdue al título de conferencia. Esa inercia ganadora fue parada de golpe por UConn en la segunda ronda de la Locura de Marzo.

 

 

 

 

 
Hummel era ya una figura a nivel universitario. Recibía premios y menciones, tenía muchos ojos puestos en él y su futuro parecía brillante y despejado hacia altas cotas. Ese curso 2009-10 era el gran momento. Los Boilers ya no eran tan Babies, estaban en tu tercera temporada y ya había acumulado experiencias (tanto buenas como malas) suficientes para dar el salto definitivo. El equipo era un candidato a Final Four. Catorce victorias seguidas eran un arranque perfecto. Tres tropiezos consecutivos se quedaban en un mal bache con las posteriores nueve victorias encadenadas. Y entonces llegó ese 24 de Febrero de 2010. Purdue, número tres del país por entonces, visitaba el Williams Arena de Minneapolis. A escasos días de su cumpleaños, Hummel brillaba con 11 de los 26 puntos de su equipo pasado el ecuador de la primera parte. Se lucía en un entorno familiar pues ese estado de Minnesota era lugar de veraneo habitual en casa de sus abuelos. Robbie se reencontraba con la confianza y el acierto que le habían faltado en partidos anteriores (a pesar de los 22 puntos del partido previo ante Illinois, no había tirado nada bien) y su equipo se disparaba en el marcador. Hasta que un mal paso lo cambió todo. La zapatilla derecha del de Valparaiso resbalaba sobre la pista y su rodilla no aguantó la tensión ni el movimiento. El ligamento cruzado anterior cedió. Comenzaba el calvario. Rápidamente los médicos confirmaban que Hummel tenía que decir adiós a la temporada (que acababa con Purdue cayendo ante Duke en tercera ronda del torneo nacional), pasar por quirófano y comenzar una larga rehabilitación.
 
Todo un proceso que iba a desembocar a tiempo para comenzar el cuarto y, en teoría, último curso. La temporada 2010-11. La última oportunidad de esa histórica generación de los ya seniors Hummel, Moore y Johnson. Un equipo con tres futuros NBA, un claro candidato a entrar en la final four y pelear por el título nacional. Ilusiones acumuladas que se acabaron de golpe, el 16 de Octubre de 2010, de nuevo con el chasquido de la rodilla derecha de Hummel en uno de los primeros entrenamientos de pretemporada. Otra vez el ligamento anterior cruzado. De vuelta a ese tortuoso proceso de la cirugía, la recuperación, la rehabilitación y, quizá sobre todo, estar apartado de la pista. Robbie haría las veces de ayudante dentro del seno del equipo, dedicaría el año trabajar su musculatura y mejorar sus conocimientos tácticos viendo los partidos desde la banda. Nunca se quejó. Nunca se rindió ni sintió pena de sí mismo. Simplemente fue paciente, maduró, mejoró y trabajó duro. Las malditas lesiones nos habían privado de un jugador exquisito y enérgico. Pero no consiguieron tumbarle.
 
Las normas de la NCAA le permitían pasar ese año en blanco (redshirt) y poder disfrutar de un cuarto año de elegibilidad la temporada siguiente. La 2011-12, aunque ya sin sus compañeros de andanza, Johnson y Moore. Sin Hummel, ambos habían conseguido meter al equipo en la Locura de Marzo de nuevo, aunque cayeron ante VCU, la gran revelación del torneo, en segunda ronda. Esta pasada temporada Purdue no ha conseguido acercarse al nivel ofrecido en años anteriores. Pero al menos los aficionados al baloncesto universitario hemos tenido la oportunidad de disfrutar, de nuevo, de Robbie Hummel en una pista de baloncesto. Un jugador algo diferente, más fuerte y en un claro proceso de adaptación a sus nuevas condiciones físicas. Recuperado por completo, según explicaban médicos y entrenadores, pero aún retomando sensaciones perdidas, movilidad, agilidad y explosividad. Sólo con algún problema aislado de calambres en las piernas como único susto médico/físico. Robbie volvía a brillar en las canchas NCAA con números extraordinarios (16´4 puntos y 7´2 rebotes) y ese despliegue de inteligencia y pasión por el juego. Los Boilermakers cayeron ante Kansas en segunda ronda del torneo final y Hummel decía adiós a su etapa universitaria, entre lágrimas, en la rueda de prensa posterior a la derrota ante los Jayhawks.
 
Se había convertido en historia de la Universidad de Purdue. Sus estadísticas figurarán entre las mejores del programa de West Lafayette a pesar de estar sesgadas por las lesiones, y quizá habríamos visto alguna bandera más colgar del techo del pabellón de la universidad de no ser por ese maldito ligamento. Pero lo que significó para aficionados, entrenadores y el equipo no podrá ser mermado por nada ni nadie. Premios deportivos y académicos le condecoraban. Hummel, en palabras de sus compañeros y técnicos, ha dejado un legado imborrable.
 
 
Cerrada la etapa de Purdue, Robbie Hummel afrontaba el gran reto. El gran salto. Su futuro profesional se había complicado bastante, pues esas dos lesiones de rodilla y otros recurrentes problemas físicos habían creado muchas dudas entre los managers y scouts de la NBA. Nadie dudaba de su talento por un segundo, pero su fragilidad física era un factor de riesgo elevado en un jugador que además partía con ciertas dudas sobre su proyección y adaptación a la NBA. Robbie recorrió medio país y acumuló un work-out tras otro con varias franquicias de la liga estadounidense. Las sensaciones parecían positivas, el propio Hummel se mostraba muy animado y esperaba poder salir en la zona media-alta de la segunda ronda del draft. Sin embargo, las dudas pudieron demasiado y las elecciones pasaban sin que su nombre apareciese. Fue ya casi al final, en la 58º elección, cuando los Timberwolves se hacían con sus derechos. Precisamente Minnesota, ese lugar de buenos recuerdos veraniegos que acabó tornándose en escenario de pesadilla aquel Febrero de 2010.
 
Muchos esperaban que Hummel pudiese pelear por un puesto en el roster de los Wolves en el training camp, pero el jugador ha optado por venir a Europa como trampolín de vuelta a la NBA. Santiago de Compostela, Obradoiro y la liga Endesa…parecen un destino perfecto.
 
 
Robbie Hummel era definido como “combo-forward” en su etapa universitaria. Un jugador que podía operar como tres y cuatro, si bien en Purdue fue básicamente un ala-pívot abierto. En casi todas las noticias y comentarios que han salido al respecto sobre su fichaje como Obradoiro, se le presenta, o se le destaca, como un tirador. Pero Hummel es mucho más que eso. Seguramente sean su inteligencia baloncestística, por así llamarlo, su tremenda energía en la pista, su visión de juego y su ejecución y adaptación tácticas los factores que hacen de Robbie el jugador que es. Es talentoso, técnico, equilibrado y maduro. Un tipo de jugador y persona que ya casi parece un rara avis en el baloncesto universitario estadounidense.
 
Bien es cierto, claro, que el tiro exterior es uno de sus grandes puntos fuertes. Jugando como cuatro abierto, Hummel atrae al interior rival, crea espacios y desequilibrios y “agranda” la pista. Es un buen tirador de larga distancia en estático, que ha ido mejorando su mecánica y acierto de forma progresiva en la universidad. No es especialmente efectivo cuando lanza saliendo de dribbling, sobre todo ahora que parece que ha perdido algo de potencia en las piernas para equilibrarse y armar mejor el tiro empezando por la base. Puede anotar también así, pero se ha mostrado bastante menos acertado que tirando en estático. Se eleva bien y el release es alto y relativamente rápido, lo que ayuda a poder sacar el lanzamiento sin necesitar tanto espacio, tanto en estático como saliendo del bloqueo. Algo importante en un jugador al que, en cierto modo, le cuesta crear su tiro propio.
 
Hummel es bastante habilidoso en el dribbling, capaz de cambiar dirección y manejar la pelota con confianza, aunque no se le podría catalogar como un penetrador verdaderamente disruptivo. De nuevo, la pérdida de potencia y movilidad provocada por la doble lesión de rodilla se hace patente, y sin demasiada explosividad no le resulta fácil sacar ventaja al defensor. No es un mal atleta, pero tampoco ha sido un privilegiado físicamente. En determinadas situaciones, sobre todo ya en movimiento y con la defensa más desequilibrada, si debería poder ser incisivo en su ataque al aro y desbordar con más garantías.
 
A priori, el ex de Purdue parece que recibirá un papel principal en el ataque gallego. Hummel ha demostrado esta pasada temporada que es capaz de recibir una mayor carga ofensiva, con mayor atención de la defensa rival, sin perder prácticamente eficacia. Una eficiencia, por cierto, que es otra de sus grandes virtudes. Inteligente con el balón en sus manos, toma buenas decisiones y rara vez fuerza acciones. Así pues, Robbie parece preparado para convertirse en un referente anotador, aunque tendrá que demostrar que está capacitado para generar en ataque en una liga de tanto nivel como la española. No cabe pensar en problemas de adaptación a la dinámica de equipo, pues el jugador nunca ha mostrado ni tan siquiera insinuado altivez ni egoísmo, encajando bien en un ambiente de equipo y aceptando repartos de roles. Liderando con el ejemplo, trabajando al máximo, pero sin necesidad de sentirse protagonista o absorber juego por decreto. Además, juega bien sin balón, es activo sin la bola, y es capaz de distribuirla y repartir asistencias con cierta solvencia.
 
Durante los largos periodos de inactividad (baloncestística) debidos a las lesiones de rodilla, Hummel dedicó mucho tiempo a trabajar en el gimnasio para fortalecer su tren superior. Ya progresaba a buen ritmo en sus dos primeras temporadas, pero de vuelta de la lesión la evolución era aún más contundente. Esto le ha permitido pelear con más garantías frente a los cuatros rivales en la pintura, buscar algunas acciones de poste bajo y resistir mejor contactos a la hora de finalizar sus penetraciones.
 
Junto a la concatenación de serias lesiones y continuos problemas físicos, la defensa era el otro aspecto que más dudas generaba entre los scouts NBA. Robbie Hummel queda a medio camino entre los puestos de tres y cuatro en este sentido. Le falta la velocidad lateral, explosividad y movilidad (más aún tras la lesión) para sujetar a un exterior explosivo y habilidoso. Y a su vez, aunque la altura no es del todo mala para el puesto de cuatro, no posee una longitud (bastante standard) ni fortaleza de garantías para aguantar las embestidas de un interior poderoso. Se le veía como un tweener, estancado entre dos posiciones, considerándosele una posible liability (lastre o debilidad) defensiva. El fortalecimiento de su tren superior y la menor exigencia física del baloncesto europeo le permitirán rendir mejor en defensa, aunque está por ver que sea capaz de ser solvente en dicha faceta, evitando sufrir demasiado ante cuatros de corte interior. Tácticamente si está bien preparado y trabajado en defensa (defensa sin balón, rotaciones, ayudas, etc.), y el esfuerzo y la intensidad es algo que se entienden como asegurados.

 

Foto Obradoiro CAB

 
El jugador ayudará en tareas reboteadoras tal y como ha hecho en la universidad, aunque también tiene que demostrar que puede moverse en guarismos similares una vez la exigencia física y competitiva será mayor. Producirá intangibles y sería extraño que no se ganase rápidamente el cariño de la afición gallega.
 
Robbie Hummel, ahora que comienza la pretemporada, despierta dos grandes e intensas sensaciones. Ilusión y emoción, gracias a su juego, su personalidad, su estética como jugador de baloncesto, y la promesa de todo lo bueno que pueda aportar a Obradoiro. Al otro lado, surgen las dudas y la tensión, producto de la fragilidad de un jugador que ya ha visto su carrera demasiado herida por las lesiones y que podría ser un factor inestable en la planificación táctica y deportiva del equipo. Si está sano, sería muy raro no verle rendir a buen nivel. Los aficionados gallegos, y cualquier amante del baloncesto, desearán (y desearemos) con todas sus fuerzas que se cumpla eso que se dice cuando no te toca la lotería de navidad: “al menos que no nos falte salud, que es lo importante”. Obradoiro tendrá su hombre referencia. El resto disfrutaremos de un jugador exquisito. Y Robbie Hummel recibirá el justo premio al talento, la pasión y el trabajo siempre ha demostrado y que ahora trae consigo a España.

 

Alejandro González
@Eil82

Uno de los fenómenos más interesantes del ultimo lustro baloncestistico en Europa ha sido sin duda, la fulgurante aparición de Montenegro como selección a tener en cuenta. Apenas tres años después de su debut como selección independiente, Montenegro culminaba en Lituania una primera etapa de su trayectoria marcada por el denominador común del éxito. Tras ascender en 2009 a la división A sin conocer la derrota, en el verano siguiente la selección montenegrina conseguía la clasificación directa al eurobasket liderando el grupo el grupo A, por delante de selecciones de la talla de Israel o Italia. Si bien en la cita baltica los resultados no fueron los esperados, la buena labor en categorías de formación y la excelente marcha en el actual Preeuropeo, donde ya ha sido capaz de imponerse a selecciones como Israel o la propia Serbia en Belgrado, confirman la buena salud del emergente baloncesto montenegrino.

Más allá de las cuestiones clasificatorias, si algo llama la atención en las formaciones del pequeño país (no llega a los 700.000 habitantes), es la abundancia de jugadores grandes, dotando a los balcánicos de una las “pinturas” más extensas del continente. Con los Nikola Pekovic y Vucevic en la Nba, la liga endesa ha visto pasar estos años a toda una serie de jugadores montenegrinos de un perfil preponderantemente interior entre los que se podría citar los casos de Mirotic, Todorovic, Dragicevic, Milko Bjelica, Dasic, Sekulic o Dragicevic. A esta amplia nomina se une ahora, el reciente fichaje del Valencia Basket Bojan Dubljevic, una apuesta a medio plazo que llega avalada por su papel importante en la actual selección y por una gran temporada en la que, entre otras cosas, fue elegido en el segundo mejor equipo de la Eurocup.

 

Valenciabasket.com
 

 

Nacido en Niksic el 24 de octubre de 1991, Dubljevic comenzó a dar sus primeros pasos en el KK Nilsic local, debutando en el primer equipo en la temporada 2008/09, alternando su presencia con el vinculado, el KK Ibon de la 1B montenegrina. Tras lograr el tercer puesto ese verano el bronce en el europeo U 18 b de Sarajevo, las buenas maneras ofensivas del joven pivot llaman la atención de un Buducnost que tras firmarle, le cede al Lovcen.

Con el club de Cetinje, el nuevo jugador valencianista, explota definitivamente liderando al conjunto de la antigua capital y llevándolo tanto a la final de la liga balcánica como a la de la competición domestica. Tras su buen papel, el Buducnost le recupera y le amplía el contrato consciente del potencial que comienza a atesorar. Tras una 2009-10 de toma de contacto, Dubljevic impresiona en el europeo U-20 de Bilbao formando parte del quinteto ideal del torneo con más de 22 puntos por tarde y casi 10 rebotes por partido. La última temporada, comienza para el Buducnost marcada por la presencia de un excepcional Nikola Vucevic, pero tras la resolución del lock-out y la marcha de este a los sixers, Dublijevic se convierte en la principal referencia interior del club de Podgorica, en un año en el que el Buducnost añade a su habitual hegemonía local la presencia en los cuartos de final de la Eurocup y en la final four de la liga adriatica, en lo que muy bien pudiera ser su mejor temporada desde la histórica 85/86 cuando liderados por Dusko Ivanovic y Zarko Paspalj alcanzaban el tercer puesto liguero en la antigua Yugoslavia.

A muy buen nivel estos días en el preeuropeo, Dubljevic se incorporará a un Valencia que ha perdido a algunos referentes claros como Nando de Colo, Claver o Caner Medley, pero que al fin parece haber logrado la estabilidad en los banquillos de la mano de un Velimir Perasovic que puede ser clave en la adaptación del joven jugador montenegrino.

Su juego/su impacto: Habitualmente los jugadores procedentes de la Liga Adriática, y en especial si son jóvenes, tienden a acusar el salto en cuanto a intensidad física, algo que en el caso de Bojan Dubljevic puede agravarse dado que sus 2´05 se antojan un poco escasos para la posición de 5. Con todo, su buen papel en la Eurocup y en el preeuropeo, su buen tono físico y una cada vez mayor naturalidad en el juego abierto apuntan a que el puesto de 4 no le esta ni mucho menos vetado.

Activo en defensa, sufre cuando lo aíslan en el poste bajo y tiene alguna dificultad para leer cuando debe ayudar en las penetraciones lo que junto a su falta de intimidación constituye quizás su mayor lunar. Por el contrario, su actividad y su capacidad para defender por delante le garantizan buenos recursos frente a jugadores de más tamaño, amen de que el extenso juego interior valenciano le permitirá no acusar los problemas de faltas.

 

 

Foto: FIBA.COM
 

 

Ofensivamente, Dubljevic tiende a partir abierto, destacando por su buena capacidad para poner bloqueos y por su facilidad para alternar el juego abierto con las continuaciones a canasta. Dotado de un buen tiro exterior, necesita un punto más de velocidad de ejecución ya que rango y variedad ya forman parte de su repertorio habitual con porcentajes interesantes (42% en triples en la Liga Montenegrina, 32 % en la Adriática y 41% en la Eurocup).

Relativamente ágil y rápido, carece de grande fundamentos atléticos, pero es fuerte y maneja adecuadamente su mano izquierda en las finalizaciones donde en general presenta muy buen tacto. Buen reboteador ofensivo gracias a su sentido de la colocación, en defensa se muestra más seguro bloqueando que capturando. Por lo demás, necesita mejorar su capacidad de pase, tanto a nivel de rapidez como sobre todo de lectura pues en ocasiones le cuesta doblar el balón cuando recibe ayudas defensivas.

Con estas premisas, las buenas referencias en cuanto a su disposición al trabajo y en especial la naturalidad que transmite en su juego, auguran una sólida carrera a un jugador que, si bien puede pagar un pequeño peaje en los primeros meses, apunta a ser importante ya esta misma temporada.

Iván Fernández

Fuera de la pista, Ekenechukwu Ibekwe es un tipo de sonrisa fácil. Aparenta simpatía, sentido del humor. Cuando se calza las botas, según sus palabras, salta a la cancha a “divertirse”. Y tiene su propia forma de hacerlo: básicamente, intimidando.

 

 

 

Pívot de 2,06, espigado y con una envergadura y capacidad atlética imponentes, Ekene, o E, llega al Lagun Aro para convertirse en el guardián del ‘skyline’ de Illumbe. El jugador nacido en Los Ángeles y con pasaporte nigeriano velará por la seguridad de todo lo que ocurra por encima del aro del GBC.

 

Su estadística avala su cartel de intimidador. Los números de Ibekwe han sido siempre notables en materia taponadora. En su etapa en el High-school promedió 4,4 tapones por partido y es uno de los máximos taponadores de la historia de la prestigiosa universidad de Maryland. En su año senior, su media ascendió a 2,7 tapones por noche.

 

La pasada campaña, con el Bayreuth alemán, firmó 1,6 tapones en 23 minutos. Una capacidad que, unida a sus cualidades atléticas, le convierten en una pieza importante para sostener el entramado defensivo del Lagun Aro. A Sito Alonso siempre le ha gustado tener un jugador de ese perfil en sus plantillas para poder desarrollar un estilo defensivo valiente, arriesgado, con las líneas muy arriba.

 

El año pasado no lo tuvo, por lo que su defensa se vio obligada a ajustarse dando un paso atrás. La llegada de Ibekwe puede permitir que el GBC vaya a buscar al ataque rival, que aumente su intensidad sobre las líneas de pase. Porque a su espalda estará Ekene aplicando con mano firme el derecho de admisión de la canasta guipuzcoana.

 

La defensa de contacto y, sobre todo, las faltas emergen como sus asignaturas pendientes. En la Bundesliga, su promedio superó las cuatro por partido. Puede resultar un problema, especialmente si le unimos su condición de novato en la Liga. El Lagun Aro deberá cuidar ese aspecto, ya que también Doblas y Guille Rubio son interiores con tendencia a cargarse de personales.

 

En ataque, Ibekwe se alimentará de las ventajas que generen sus compañeros. No es un pívot con habilidad para anotar de espaldas en el poste bajo o resolver en uno contra uno puro. Es básicamente un finalizador, por lo que la mayoría de sus puntos llegarán después de continuaciones o de rechaces ofensivos. Sus muelles y sus largos brazos le convierten en un peligro cargando el rebote ofensivo desde atrás, acabando a veces hacia abajo. Tiene una mano correcta desde cuatro o cinco metros, e incluso puede lanzar de tres en ocasiones, aunque su mecánica conlleva su tiempo. Es decir, para tirar necesita espacio.

 

Tras su paso por Israel, Francia, Turquía y Alemania, afronta su debut en la Liga Endesa. Curiosamente, no será el primer Ibekwe en jugar en nuestro país. Su hermana Ify disputó seis partidos en el Jopisa Ciudad de Burgos, de Liga Femenina, la pasada temporada, con más de diez puntos de media. Ala-pívot de 1,87, ha llegado incluso a jugar en la WNBA. A los 27 años, al sonriente E le llega la gran oportunidad de su carrera.

Borja Santamaría

Diario Vasco

Emmanuel A. Quezada Martínez nació el 13 de abril de 1985 en Washington Heights, uno de los barrios más problemáticos y pobres del estado de Nueva York, y cuya demografía destaca por el 74% de familias con ascendencia dominicana. Quezada, como su amigo James Feldeine, es uno de esos neoyorquinos de familia de la República Dominicana.

 

 

Desde muy pequeñito empezó a jugar al baloncesto y destacó por su gran rapidez. Su periplo universitario no fue fácil: solo aguantó un año en Rutgers, donde apenas jugó 6 minutos por encuentro. La Universidad de Dakota no quiso arriesgarse con él por estimarle ''muy bajo'', y finalmente encontró su sitio con los San Francisco Dons de la West Coast donde jugó tres temporadas.

 

Tanto en la universidad de Nueva Jersey como en la californiana, Quezada jugó de base. Era un base, eso sí, muy americano: gran baza anotadora de la Universidad de San Francisco, él era tanto el guionista, director y actor del juego ofensivo de los Dons. En sus tres años allá, promedió 12,5 puntos, 3,5 asistencias y 3,1 rebotes, erigiéndose como un jugador con carisma y vocación ofensiva, con la vista puesta siempre en la canasta.

 

Este estilo no pasó desapercibido para el Baloncesto León. El cuadro leonés fichó a Manny Quezada para que fuese el escolta del equipo -después de que el de Puerto Plata jugase en el Sameji de Dominicana, y en los Gaiteros de Zulia venezolano, promediando 16 y 15 puntos por partido respectivamente-, la referencia anotadora, y no base, como había sido hasta ahora. La adaptación del neoyorquino, tanto al cambio de posición como al cambio de juego, fue óptima. En su primer año en la Adecco Oro, Quezada fue capaz de aportar 14,1 puntos por noche al León, confirmándose su apuesta como un acierto. Sus porcentajes no fueron del todo buenos: 47% en tiros de dos y 28% en triples, pero añadió a sus números 3,2 asistencias y 2,9 rechaces. Estas estadísticas mejoraron en su segunda campaña: 16,5 puntos con 47% en tiros de dos y 40% en triples, 3,4 asistencias y 3,1 rebotes. En valoración, pasó de 11,2 a 15.

 

Quezada es escolta por naturaleza. Su juego en NCAA, a pesar de realizarlo desde el puesto de 'point guard', era de 'shooting guard'. Se le nota cómodo siendo la referencia ofensiva y busca siempre el contacto con el balón. Tiene un buen físico que, en unión con su velocidad de piernas, le permite buscar las cosquillas a su defensor en los 1x1. También sabe jugar sin la pelota y es capaz de tirar tras bloqueo gracias a su rápida y fluida mecánica de tiro. Si bien no es un tirador, ha mejorado durante su carrera su tiro desde el perímetro, pero no reniega nunca de la esencia callejera, del 1x1, del dribbling y de penetrar en busca de la bandeja.

 

Es un jugador, sin lugar a dudas, espectacular. Pero tiene carencias. Su altura, que le puede venir bien para atacar a rivales más corpulentos y no tan rápidos, es un hándicap cuando las tornas se giran y es a él a quien le toca defender. Si bien es un jugador arrojado, que se lo deja todo, a veces le es imposible contrarrestar el poder de sus rivales sobre él. Esta brega y pasión, siempre bien recibida por el aficionado que disfruta de él, le juega a veces muy malas pasadas. En ocasiones se obstina, ya sea con un jugador o con una situación, y la pasión le hace decidir mal. En la Adecco Oro promedió 3,1 pérdidas en sus dos campañas, casi todas provenientes de penetraciones demasiado arriesgadas. En otras ocasiones, su ímpetu provoca que se borre del partido. Debe controlarse más en esas situaciones para ser útil a su equipo, y no ser un lastre.

 

La traducción de su altura al juego de la Liga Endesa es la gran duda. En cuanto a talento, está claro que pertenece al grupo de los mejores. Pero deberá trabajar muchísimo en su defensa y en su concentración para convertirse en el referente anotador que el FIATC Joventut necesita desde el perímetro. 

Jesús Morales
@MoralesJAlmeida