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Con la llegada de Micah Downs, el Assignia Manresa ha completado su juego exterior para la próxima temporada. Pero… ¿quién es éste jugador? ¿qué características le definen?. Chema de Lucas, redactor de Solobasket.com y experto en la Adecco Oro, nos presenta al último fichaje del equipo del Bages.

 

(Foto Ford Burgos)
 

Micah Downs ha sido uno de los grandes descubrimientos de la pasada temporada en la Adecco Oro, tras dos experiencias profesionales en Europa la temporada 2009-10, en la que estuvo a caballo entre el KK Zadar y el Leuven.

 

Corre bien el campo, para finalizar el contraataque normalmente en mate. Es un jugador siempre agresivo y duro penetrando hacia canasta, siendo capaz de generarse por sí mismo estas situaciones en uno contra uno, para culminar las acciones con su mano derecha.

 

Buen tirador desde todas las distancias, incluido desde más allá de 6,75 metros, es capaz de hacerlo saliendo de bloqueos y parando o tras bote. Aquí está posiblemente otra de sus grandes virtudes, la lectura de los bloqueos indirectos para ver cómo sacar ventajas.

 

Físicamente es un atleta, pero como él mismo reconoce tiene que ganar masa muscular. Participó en el concurso de mates de la liga croata. De hecho el espectáculo en El Plantío la pasada temporada se iniciaba con las ruedas de calentamiento, donde deleitaba al público con sus mates. Él y Hanga cautivarán a buen seguro al Nou Congost.

 

Tiene buenas piernas para defender, pero su principal debe puede ser su falta de continuidad y regularidad en el juego, que hace que aunque en algunos momentos sea un jugador brillante con grandes rachas, en otros parezca que no está.

 

Resulta curioso que un jugador que ha sido nombrado en este Mundial sub 19 y en el pasado europeo sub 18, como mejor base-escolta de ambas competiciones, se encuentre sin equipo. Él es Dmitry Kulagin, un talentoso base-escolta ruso nacido en el 92 y que esta temporada, en su primer año senior ha promediado 8.6 puntos, 2.4 rebotes y 1.7 asistencias por noche en el Nizhny Novgorod de la Superliga Rusa.

 

 

 

Su impacto fue inmediato en el campeonato ruso, por fin parecía que los rusos encontraban un jugador de real proyección que no se quedara en la estacada como otros tantos anteriormente. Ahora Dmitry espera una segunda oportunidad después de haber sido cortado por su equipo hace ya casi dos meses. ¿La razón? Una supuesta pelea en un bar que acababa con la paciencia de Sergey Panov, General Manager del equipo.

 

 

La primera piedra en su búsqueda para la redención ha sido ser el mejor jugador de Rusia en el mundial sub 19, teniendo un impacto especial en los últimos tres partidos de su equipo. Ahora solo le queda esperar esa oportunidad en vista de no acabar truncada una de las carreras más prometedoras de Rusia.

 

 

Pero, ¿quién es Kulagin? Es un base-escolta de 1.95 con una capacidad atlética notable  y con una buena estructura física que debe seguir creciendo, en vista de poder aprovechar más alguna de sus buenas facultades, tanto defensivas como ofensivas, sobre todo pudiendo finalizar en contacto con más facilidad.

 

 

Ofensivamente es un jugador muy peligroso, muy bueno con el campo abierto, pero también creando con el balón en sus manos en el cinco contra cinco. Tiene un primer paso rápido combinado con un excelente manejo de balón y una gran agresividad, que le permite ir al aro con mucha fuerza y activar su gran creatividad y sentido del juego. Busca el pase definitivo con mucha facilidad. También es capaz de finalizar con ambas manos, aunque realmente le cuesta acabar con jugadores muy físicos.

 

 

Crea una doble amenaza con su juego con el balón. Tiene una mecánica de tiro muy rápida y que puede ejecutar en cualquier ocasión, salidas tras bloqueo, recibir y tirar. Es una constante amenaza, ya que siempre ve el aro y por el rabillo del ojo el pase al hombre abierto o la continuación de un pick and roll o pick and pop, jugadas que juega con una naturalidad y fluidez espectacular en él.

 

 

Un jugador con personalidad, que ha estado jugando a nivel profesional como un líder, como un jugador que parece llevar ya unas cuentas temporadas senior a sus espaldas. Un jugador agresivo, talentoso, que puede amenazar con su juego de anotador pero también con su fluidez como pasador y creador directo de juego. No es un director, sino un excelente creador de juego.

 

 

Defensivamente es un jugador decentemente activo, al que le falta algo de explosividad en la defensa de 1x1 y que tiene una especial actividad en la defensa sin balón para controlar la línea de pase y salir rápidamente al contraataque. Aún así, tiene fallos de concentración defensiva, por una cierta obsesión de ir al robo.

 

 

En definitiva, un jugador con gran potencial, sobre todo por su constante amenaza con el balón. Debe pulir algunos aspectos atléticos y físicos sobre todo concernientes a su capacidad defensiva y aprender a ser un jugador más aprovechable lejos del balón y así trasladarse de forma más constante al puesto de base donde realmente puede ser un factor diferencial gracias a su constante amenaza. 

Jon de la Presa

Andrew James Ogilvy nació en Sidney, Australia, el 17 de junio de 1988. Se atrevió a dar el largo salto a Estados Unidos y con 19 años se enroló en las filas de la Universidad de Vanderbilt, Tennessee. Allá, intercaló buenos números con malos partidos, y finalmente no saldría elegido en el draft de 2010, al que se presentaría como elegible.

 


 

Pero su fama internacional no se la labró allí, sino en el Mundial sub19 de 2007, cuando promedió 22,3 puntos y 9,8 rebotes. Coincidió, curiosamente, con sus hoy compañeros Stefan Markovic y Víctor Claver. Desde aquel momento, su nombre hacía sonar alguna tímida campana entre los aficionados al baloncesto, pero el pasado verano llegó su verdadero momento al dar el salto al profesionalismo desde Vanderbilt. Lo hizo firmando con el Besiktas. Igor Minteguía, colaborador de Solobasket.com y conocedor de la liga turca, comenta que tuvo “una rápida adaptación, rindiendo a un notable nivel prácticamente desde el primer instante. Sus cualidades se adaptan al baloncesto FIBA”, aunque aclara que “necesitará un tiempo prudencial para adaptarse a la ACB, una liga muy exigente, pero con paciencia, en pocas semanas se podrá ver al auténtico Ogilvy”. Invita al optimismo recordando los casos de “Jackson o Baron, llegados a la ACB tras una sola temporada como profesionales en Turquía”.

 

¿Pero cómo juega? Igor cuenta que tiene un “arsenal ofensivo amplio” y unos “buenos movimientos de espaldas al aro”, lo que le convierte en un “pívot muy móvil y activo en la cancha”. No obstante, “debe mejorar sus tiros en suspensión” apunta, a su vez que señala a su “mejorable defensa” y su “movilidad lateral regular” como puntos débiles en los que debe trabajar. En Valencia compartirá pintura con el ucraniano Lishchuk, que de seguro sabrá aconsejarle para aumentar esa agresividad e imponer respeto en la jungla de la ACB.

 

En su periplo estadounidense, Andrew James Ogilvy se labró una fama de “blando” que le martirizó hasta su ultimísimo partido en NCAA, y que finalmente le condenó a no tener un hueco en la NBA. Igor Minteguía opina sobre esto que “le pone ganas, le pone garra, pero su constitución física y su capacidad atlética le hacen sufrir ante pívots más poderosos”. Anota, eso sí, que aunque “sufre para mantener la posición en defensa ante jugadores de este perfil”, estos “tampoco abundan en el baloncesto ACB y en Eurocup”.

 

En Valencia se encontrará con una genial pareja de bases de increíble talento y una visión de juego fuera de lo normal: Markovic y De Colo. ¿Estará al nivel de las exigencias? “Tiene un IQ realmente buena. Lee bien el baloncesto y puede jugar eficientemente el pick and roll. Un jugador maduro en este sentido”. En definitiva, un joven pívot australiano que dará mucho de que hablar en su primer año como jugador ACB.

Por Jesús Morales

Unicaja no ha tardado en completar su dirección. Y ya tiene timones para afrontar una nueva campaña. Tras el primera anuncio de Kristaps Valters, los malagueños han firmado, por dos temporadas, al base Earl Rowland. Norteamericano de 1,88 y con pasaporte búlgaro, procede del Vanoli Cremona italiano. En la Lega ha promediado 32 minutos de juego con 14 puntos, 3 rebotes y casi 4 asistencias por partido. Lo podremos ver en Lituania, en el Eurobasket, defendiendo los colores de Bulgaria. Pero antes, diseccionamos sus características.

 

 

 

 

 

Con su fichaje por Unicaja, Earl Jerrod Rowland ha completado este verano su particular ascensión a la élite del baloncesto continental. Formado en California, este atlético base dio el salto a Europa tras una experiencia en la D-League con Florida Flame. Ya en el viejo continente, Rowland ha ido progresando año tras año y desde el Barons letón, pasó por el Artland Dragons y Telekom Bonn de la liga alemana hasta ser el líder las dos últimas temporadas del Vanoli Cremona de la Lega italiana.

 

 

El buen aficionado le recordará por su pasada participación en el Eurobasket 2009 con Bulgaria. Allí le ganó la partida a Andre Owens con su juego explosivo y facilidad de sumar en ataque. Es un base alto (1,88 centímetros) con una gran capacidad atlética que le hace machacar el aro con asiduidad. Los seguidores de Unicaja, así como el resto de aficionados a la ACB, a buen seguro que disfrutaran con sus vuelos tanto en penetraciones como en transición.

 

 

Y es que estas son dos facetas muy a tener en cuenta en el juego de Rowland. El base es un excelente jugador al contraataque, normalmente es el primero en salir y es un gran finalizador debido a esa facilidad para saltar que tiene. De igual modo, es en campo abierto y jugando en transición donde mejor se aprecian sus virtudes como pasador.

 

 

En estático, Rowland es muy vertical y ataca rápidamente el aro con sus explosivas penetraciones. Tiene un buen manejo de balón aunque normalmente acaba con la derecha. No suele parar y tirar cuando inicia su entrada a canasta. En cuanto al tiro, Rowland es capaz de lanzar tanto después de bloqueo y tras bote como tras recibir, aunque no es un especialista en el tiro de tres.

 

 

Sin ser un especialista defensivo, Rowland también sorprenderá en defensa. Ayuda en el rebote defensivo, pero, sobre todo, es una amenaza para el base rival. Es muy rápido de manos y suele acabar los partidos siempre con un par de recuperaciones. Con él no hay despistes que valgan.

Por Álvaro Paricio

El baloncesto es hermoso. Pero lo es por cualidades que, tomadas en serio, penetran en campos mucho más complejos de lo que se estima a simple vista y que guardan una relación sustantiva con el arte y el diseño. Conceptos como pregnancia, armonía, composición, cadencia, proporción, simetría, equilibrio, simbolismo o plástica apenas suelen referirse en los escritos de nuestro juego o, de hacerlo, se arrojan aprisa al inmenso cubo de la estética.

 

En el baloncesto la física de probabilidades es mayor que en ningún otro lugar deportivo. O de otro modo, el baloncesto es el deporte donde el cuerpo goza de una mayor libertad y, en consecuencia, donde se desborda en mayor medida el repertorio de lo posible.

 

Mientras en el fútbol, por caso, el balón se traslada por percusión (golpes) en el baloncesto lo hace por retención. Y las manos no son los pies. La primera consecuencia habla, pues, en términos de creación.

 

La cuestión es mucho mayor de lo que parece. Por eso tan sólo se subraya aquí la simple noción de repertorio, de yacimiento. Un campo tan fascinante como extenso, material de volúmenes donde lo formal ocuparía de cabo a rabo el historial de la obra. Dentro de esa obra sería preciso incluir un enorme bloque dedicado al lanzamiento. Y muy dentro de ese bloque, otro todavía muy vasto pero mucho más específico destinado a explicar la corrección del lanzamiento en tiempo real, su desdoblamiento durante la ejecución; lo que el baloncesto conoce como rectificado.

 

Cuando un jugador lanza a canasta prevé una secuencia libre: decide lanzar porque puede hacerlo. Si en cambio se interpone un obstáculo en plena ejecución acude en su amparo el rectificado.

 

En sentido estricto el rectificado opera al margen de las distancias al aro. Pero ocurre que en la práctica el 90 por ciento de ellos tiene lugar en sus proximidades. La razón es sencilla: la defensa. Los obstáculos se multiplican cuanto menor es el espacio. Y a los brazos y manos se oponen otros. De ahí que rectificar sea casi por definición reducir y los rectificados suelan oler a hierro.

 

Del rectificado se cuentan por miles los capaces. Pero sólo unos pocos merecen ser referidos en justicia por sus prodigiosas facultades para una de las porciones más hermosas del juego: esa fase terminal donde el jugador, suspendido en el aire y resuelto a lanzar, multiplica sus gestos con el balón en las manos. El material más precioso para la cámara lenta.

 

Y precisamente por esa carísima cualidad el filtro para seleccionar a los más capaces no es muy generoso. Son necesarias cualidades atléticas muy avanzadas (1) y una mecánica psicomotriz a la altura de la exigencia (2).

 

(1) Hangtime.

(2) Body Control + Air Dribbling.

 

Al otro lado, el del espectador, opera la percepción visual exactamente en el mismo cuadrante del cerebro que reacciona al diseño, el arte y el color. De ahí que algunas acciones nos hechicen o deleiten más que otras; nos causen un mayor impacto. “The effect Jordan's actions could have on the human mind” (Carson Cunningham, 2009).

 

Mientras en la sabiduría popular rectificar es de sabios, en el baloncesto rectificar es de atletas. Su lenguaje consiste en movimientos y recursos, a menudo improvisados, donde la inteligencia despliega algunas de sus más misteriosas formas.

 

Gracias a ellas conocemos también el valor más crucial de los rectificados: la evolución del baloncesto es también la de estos paseos del balón en las manos para afrontar la canasta. Algo muy grande tuvo que cambiar en el progreso de la técnica y la física en los más de 60 años de tiempo que separan a Ossie Schectman y Derrick Rose.

 

De manera muy gráfica es posible poner orden a todo ese aparente caos.

 

Para empezar, y resumiendo al extremo, el rectificado en el baloncesto, lo que en su idioma madre no se conoce por un único término –air fake, pump fake o simplemente move– puede agruparse en tres grandes categorías con arreglo al trazado de su ejecución, a la trayectoria del balón en las manos y su causa principal.

 

 

El rectificado quebrado

 

Su forma más elemental, el primer género en nacer por una simple reacción del instinto. El primer jugador que intuyó su lanzamiento taponado efectivamente lo fue, el segundo cometió dobles pero un tercero alteró la dirección de sus manos abriendo un espacio para el balón. Con éxito o sin él, pudo lanzar antes de caer al suelo. Nacía así el rectificado quebrado, una formación accidentada del tiro.

 

Décadas después su evolución como recurso técnico permite describirlo en toda su extensión: el quebrado despedaza el lanzamiento en fragmentos lineales, de trayectoria corta y recta. Ante la oposición los brazos reaccionan con un bandazo del balón en una dirección estable que puede recular hacia el punto inicial proyectando así un dibujo en el aire de ida y vuelta (Show-Down-Up). Al fragmentarse en dos golpes muy visibles la nomenclatura anglosajona lo refirió vulgarmente como double pump, como un repentino impulso que añade un segundo tiro al molde original.

 

De tan básico es el más numeroso y donde mayor cantidad de jugadores blancos se prodigaron. Incluso algunos, como Maravich, Galis, Koudelin, Marciulionis o Ginobili, con esa magistral frecuencia del recurso natural.

 

 

El rectificado curvo o circular

 

El más reconocible y propiamente moderno. Mientras el quebrado escarpa el tiro el rectificado circular dibuja de principio a fin y en muy diversa magnitud formas circulares en el aire o curvas de continuidad.

 

Este género de rectificado es más creativo que corrector. Mientras la ejecución del quebrado se ve a menudo forzada, como una respuesta obligada, el rectificado circular busca sortear la defensa incluso antes del salto, con toda la habilidad del recurso premeditado.

 

En los casos más extremos el género curvo responde a un voluntario recreo del autor, consciente de la belleza de la acción.

 

Su yacimiento es demasiado grande. De Connie Hawkins a Vince Carter pasando por Tiny Archibald o el primer Stacey Augmon son innumerables los jugadores que han contribuido a su extensión; a que de los años 60 a nuestros días sea uno de los recursos que presenta una mayor presencia y evolución.

 

Permanecen intactas la suavidad en las formas y una concentradísima abundancia en toda suerte de bandejas. Una de ellas vive casi por definición del recurso circular: es el aro pasado o reverse layup, para cuya ejecución se precisa un rectificado curvo (una parábola convexa).

 

 

El rectificado de resistencia

 

Podría explicarse tan sólo como un abuso de la suspensión. El tirador bate a duelo al rival a, simplemente, aguantar en el aire.

 

Presenta esta denominación porque los brazos se resisten a lanzar sin apenas alterar la fase terminal del tiro.

 

A diferencia de los dos anteriores géneros, la resistencia no añade al balón un trazado espacial. Sino temporal. Es un rectificado de tiempo. No de espacio. Por eso el jump shot pasa a ser hangtime shot. Es la acusada diferencia que abre una suspensión clásica de Alain Gilles o José Biriukov con Michael Jordan o Kobe Bryant.

 

Cuando llegaban a Europa combinados americanos, especialmente en los años 80 por la presencia de la TV, el aficionado medio podía comprobar la superioridad atlética de la raza negra a través de acciones de salto, fuerza o velocidad. Pero desde un punto de vista técnico se daba un especial asombro en ciertos tipos de lanzamiento donde la suspensión parecía diferirse, retrasarse como más de lo normal. Suspensiones donde los defensores tocaban suelo y los tiradores prolongaban la ejecución del tiro sin vulnerarlo.

 

Aquel retraso decimal en la formación del tiro, como una suspensión diferida o tardía, es la base del rectificado de resistencia, una manipulación temporal del tiro. Un recurso milimétrico que explica una de las más visibles diferencias durante décadas de los jugadores americanos con el resto del mundo.

 

Llevada al extremo esta diferencia se veía acentuada en correctores compulsivos de todo lanzamiento, como fue el caso del norteamericano Larry Spriggs en el Real Madrid.

 

Este tipo de rectificado es el que menos atiende a distancia. Puede hacerlo en las afueras del aro y de hecho acostumbra a hacerlo allí.

 

A pesar de su endiablada velocidad el legendario The Shot (Michael Jordan, 1989) sigue siendo uno de los ejemplos más diáfanos de lo que supone un rectificado de resistencia (con desplazamiento lateral del cuerpo).

 

 

The Shot (1989) como la perfecta armonía entre frontal de impulso, rectificado de resistencia y desplazamiento lateral en el salto

 

Bien por el empleo de uno de estos tres géneros bien por el refinamiento exclusivo en uno de ellos estos son, en una selección elitista hasta el extremo, los cinco mejores correctores del lanzamiento en el aire en la historia de la NBA, los cinco principales manipuladores del balón en el salto a canasta.

 

 

Elgin Baylor

 

Pionero genuinamente natural de los flashy moves en el aire. Hay un gran consenso histórico en estimar a Baylor como el primer jugador propiamente moderno en el curso de la NBA por diversas razones la principal de las cuales hablaría en términos de versatilidad. Pero fue en la apariencia de sus técnicas de anotación donde Baylor abrió camino como el más fiel sucesor de algunas evoluciones expresivas en los viejos Rens y Globetrotters.

 

Su aportación en este sentido es tan incuestionable que la propia reseña biográfica de la liga, tan poco dada a eludir oficialismos, lo expresaba de manera cristalina:

 

“Had Elgin Baylor been born 25 years later, his acrobatic moves would have been captured on video, his name emblazoned on sneakers, and his face plastered on cereal boxes. (…) Baylor played the game with midair body control, employing his ability to change the position of the ball and the direction of his move while floating toward the basket”.

 

Esta segunda oración valdría en realidad para describir a cualquiera de los miembros de esta escueta lista, que abre Baylor al ser el primer jugador en tecnificar –dotar de utilidad técnica, convertir en recurso– la expresiveness en las embestidas al hierro.

 

Donde otros jugadores, en todo ese gran espectro conocido como layup o bandeja, concedían al balón toda la carga de fortuna para sortear los brazos defensivos, Baylor empleaba el uso de los brazos para recular, amagar y dotar de movimiento al balón aún atrapado en las manos. Se valía para ello de su cualidad más dominante, una suspensión hasta entonces desconocida que Bob Cousy metafóricamente describió “como si se quedara quince segundos colgado en el aire”.

 

 

 

 

 

Baylor fue también uno de los primeros jugadores en vulnerar un canon según el cual todo lanzamiento debía producirse de cara al aro. A partir de él también era posible lanzar sin que necesariamente la vista apuntara directamente al hierro –el primer preludio de Michael Jordan–. Y ello abría un enorme abanico de posibilidades al cuerpo, donde el off balance o desequilibrio no impedía el tiro.

 

En este arte del rectificado ejemplares futuros como Vince Carter o Dwayne Wade resultan infinitamente más avanzados. Pero es inevitable la mención al pionero no sólo por iniciar el camino sino por abrir una fractura formal tan enorme con sus contemporáneos.

 

 

Julius Erving

 

El más refinado maestro en la técnica del rectificado circular, que amplió hasta límites aún no igualados en su querencia por el dominio del balón a una sola mano.

 

Como ejemplares arquetipo de lo formal, dotados de una superlativa capacidad para la expresión individual del juego, Julius Erving perdura hegemónico, como si el tiempo no hubiera erosionado ni su legado ni su modernidad. Conceptos tan sólo empleados por aquellos analistas más próximos a lo literario refieren en Doctor J la máxima expresión de lo que se conoce por graceful o finesse. En el arte de la continuidad en la ejecución Erving ocupa igualmente un trono absoluto.

 

La noción de elegancia en el baloncesto, rara vez explicada en breve, podría definirse como la sublimación de la técnica a velocidades aparentemente despaciosas. Como si el jugador elegante cumpliera de cabo a rabo un guión previsto, premeditado, aunque no culminara en acierto, lo que permite separar en el baloncesto –y a un altísimo grado– belleza y evoluciones del marcador; elegancia de eficacia.

 

Ocurre sin embargo que el control de la antología visual de los jugadores, el legado de imágenes que consume el gran público, en manos de la NBAE como principal yacimiento de exportación al mundo, escapa a menudo a la apreciación de la justicia estética en favor de la épica. De manera que una acción acaecida en unas Finales se repetirá hasta la extenuación hasta hacer de ella un icono, un arquetipo. Este proceder conduce a errores tan grandes como olvidar acciones mucho más superlativas de la figura en cuestión.

 

Ello explica por qué The Move (Michael Jordan, 1991) o The Shot (Julius Erving, 1980) gozan de infinita mayor exposición que obras en justicia mejores, como fue el caso de una de las bandejas más circulares de la historia en una velada de Regular de 1977 (seg. 0:18) donde las artes más nobles de Julius Erving quedan exactamente definidas.

 

 

 

 

 

Hay un forzoso nexo de unión, incluso contemporáneo, entre Elgin Baylor, Julius Erving y Connie Hawkins. Y en menor medida George Gervin, Larry Kenon, George McGinnis, Darnell Hillman y David Thompson, lo que ratifica la condición atlética de los más grandes correctores del tiro en el aire.

 

 

Kobe Bryant

 

Una obra que pretendiera abordar en rigor una de sus mayores aportaciones al juego podría llevar por título Geometría espacial en Kobe Bryant. O cómo es posible incorporar el orden más preciso a toda suerte de rectificado.

 

Dentro de su inmensa perfección formal, viciada en el exceso, la estrella angelina, desde su nacimiento como jugador, no podía dejar vacío el menor espacio de su juego ofensivo. De manera que hay un paralelismo natural entre todo su arte de pies y manos con su despliegue dinámico en las fases terminales de sus entradas a canasta.

 

En términos no tan figurados Kobe Bryant ha sido el único jugador capaz de dotar de pleno sentido a la técnica formal lejos del suelo. De ahí que sus rectificados no parezcan improvisados –técnica de orden– sino perfectamente calculados incluso antes de batir. Ello explica la limpieza y geometría de sus trazados. Y sorprendentemente desde su primer día de profesional. El rectificado en Bryant es un aspecto de su juego, un cuadrante enorme, que no ha mermado con el tiempo.

 

De los tres géneros de air fake Bryant mostró un especial empeño en eludir los circulares, como encontrándose mucho más cómodo en los otros dos –quebrados y de resistencia– y haciéndolos uno solo, como una simetría perfecta.

 

Su antología en este sentido es prácticamente infinita. Pero un ejemplo impecable de rectificado quebrado, de tal dominio en el aire como si pisara suelo, tuvo lugar en el quinto partido de las Finales de 2009. Una obra maestra genuinamente Bryant que combinaba un ball fake lineal (quebrado puro) y el desplazamiento del cuerpo, de manera que el balón, el tiro final, aleje la defensa mucho más de lo que un espacio tan reducido hace presumir posible.

 

 

 

 

 

Derrick Rose

 

A lo largo del tiempo ese trono de costumbre referido como “el mejor penetrador del mundo” ha ido dando sucesivos nombres. En el baloncesto moderno, especialmente en los últimos quince años, el ritmo al que esos reyes se iban sucediendo ha sido, por lógica, mucho más rápido que en eras precedentes. De Allen Iverson a Tony Parker, de Tony Parker a Dwayne Wade, de Dwayne Wade a LeBron James, y de LeBron James al mejor penetrador actualmente del planeta: Derrick Rose.

 

No se trata del cambio de nombres. Se trata de que cada generación de misiles supera a la anterior en la amplitud de las destrezas. Como si puestos a prueba en un escenario hipotético que concitara a todos los grandes de esa especialidad, el último en el tiempo fuese el mejor. Una evolución inapelable.

 

Y sin embargo no son sus facultades balísticas las que traen a Rose a esta lista. Lo son los rectificados más celéricos de la historia. Con tan sólo tres años de experiencia Derrick Rose ya es, con el balón en las manos, el mayor velocista que haya dado nunca el baloncesto.

 

Contrariamente a Bryant la velocidad de Rose es símbolo de una improvisación que multiplica la dirección del balón en cualesquiera maneras para conceder finalmente luz al tiro. Ello implica orbitar el balón a cambios de ritmo y dirección impensables en otro tiempo. Por eso desde un punto de vista no tan fabulado sus rectificados equivalen a la misteriosa balística de la presumible tecnología OVNI, a su maniobrabilidad fuera de cauces aparentemente normales.

 

 

 

 

 

Rose es por ello uno de los ejemplares más modernos del baloncesto mundial y pese a lo cotidiano de su estatura, un genuino embrión del siglo XXI.

 

Bastaría remontar a las evoluciones en torno al aro de figuras anteriores como Pete Maravich, Freddie Lewis, Tiny Archibald, W.B. Free o Isiah Thomas para comprobar el colosal salto dado en el centrifugado del balón en apenas unos años, donde también es posible situar al primer Dwayne Wade. Su versión más explosiva no palidece ante Rose.

 

 

Michael Jordan

 

Sin posible discusión Michael Jordan es el corrector de tiro en movimiento más versátil de la historia. El mayor grado de maniobrabilidad conocido. Su material formal es tan inmenso como una enciclopedia varios capítulos de la cual irían exclusivamente destinados al espacio, casi mágico, entre despegue y canasta, el predicado de su simbología universal: AIR.

 

Lo formal informal en Michael Jordan está íntimamente relacionado con la llamada técnica de caos –a diferencia de la técnica de orden en Kobe Bryant. Desde un punto de vista teórico la dinámica de Jordan en el aire, como material de estudio, es sencillamente inaprehensible. No puede ser enseñada y como tal sigue despertando un gran misterio por su condición salvaje, como una incesante secuencia de actos reflejos que en conjunto –y aquí Jordan predomina en la historia del deporte– conquistan un sentido plástico sin parangón. Donde la percepción se retira al dominio de la sensación.

 

Mientras en Bryant es posible descifrar los motivos de un trazado concreto resulta imposible hacerlo en Jordan, habiéndolos grotescos y absurdos, esto es, inverosímiles.

 

Su completa desinhibición para afrontar riesgos en el aire le condujo a un extraño, casi exclusivo dominio, de facetas tan impracticables al común como la bandeja de espaldas o la querencia por resolver el último latigazo de la mano no en base a voluntad propia sino al desplazamiento por contacto ajeno. Ello le concede la cima más absoluta en el número de improvisaciones con éxito que haya dado la NBA hasta el día de hoy.

 

Se han cumplido recientemente veinte años de The Move (1991), una de las tres acciones más repetidas de su carrera, cuando en realidad aquella espectral corrección del tiro -“Creí que Perkins saldría a taponarme”- no debería ocupar, en un rango riguroso, ni un listado de 100 rectificados en su vida deportiva, donde tal vez sea justo despuntar su prodigio ante los Nets, el air dribbling más abundante y dilatado nunca visto.

 

 

 

 

En suma, el arte de la maniobrabilidad terminal en Michael Jordan sólo tuvo la medida del tiempo pese a que, con lógica, fue mermando en volumen a partir de 1992. Aquellos primeros ocho años fueron sobrada prueba de que talento y cuerpo, inteligencia y materia atlética, pueden ser, contrariamente a lo que se cree, una misma realidad.

 

Nadie esperaba el golpe de timón que dio el Gran Canaria 2014 el pasado domingo a la tarde. El intercambio twittero entre Pedro Martínez y el director general y deportivo del club grancanario Himar Ojeda tuvo en vilo a gran parte del mundo ACB durante unas horas, finalmente pasadas las 5 de la tarde saltó la noticia, Marquez Haynes era el elegido para sorpresa de muchos y alegría de otros tantos.

 


 

Fichaje de campanillas, uno de los jugadores más destacados de la France Pro-A en la temporada 2010-2011, con unos números que dan un fiel reflejo de la calidad que atesora el escolta estadounidense. Sus 14.4 puntos, 2.4 rebotes y 3.8 asistencias por partido han llevado al Chalon-Sur-Saone a completar una actuación histórica, consiguiendo la Copa francesa y cayendo en cuartos de final ante el ASVEL Villeurbanne en la lucha por el título.


En sus inicios en la NCAA no tuvo el protagonismo esperado en Boston College, pero al volver a su Texas natal comprobó que hacía mejores estadísticas jugando de escolta que de base. Al no encontrar hueco en el Draft2010 decidió probar fortuna en el viejo continente y aceptar la oferta del Chalon.


Las principales virtudes de Haynes se encuentran en ataque, siendo este año la principal referencia ofensiva del conjunto galo. El paso por el baloncesto europeo le ha servido para mejorar esa faceta, es un director de juego completo que ha progresado mucho en el baloncesto francés. Esta media de 4 asistencias por encuentro se justifica con un gran entendimiento con su ex compañero Aminu, el pick and roll más alley hoop del pívot norte-americano era muy habitual. ¿Funcionará con Savané?. Tampoco es mal defensor, gracias a su velocidad recupera una buena cantidad de balones.


El físico es lo que le hace valer. Con un buen dominio de balón, a semejanza de Carroll, sabe crearse sus propios lanzamientos a través de veloces cambios de ritmo, que dejan al defensor sin recursos para poder frenarle. Otro factor a tener en cuenta es la agresividad con la que encara al aro rival, culminando la mayoría de sus acciones con acierto o forzando la personal. Eso no quiere decir que sea un jugador individualista, ve los espacios donde se encuentran solos sus compañeros con asiduidad, sobretodo el pase al lado débil remontando este la línea de fondo.


Pero si hay que hablar de factores desequilibrantes y que le hacen diferente a los demás empezaríamos por la puntería que tiene desde la línea de 6’75 (puede encestar desde siete metros sin ningún problema), su jugada preferida es recibir y tirar desde cualquier ángulo exterior en suspensión. La joya de la corona es la capacidad de salto que tiene, machacando de forma contundente en contraataque o al encarar la canasta en carrera. Hasta ha participado en el concurso de mates en el All Star galo. Podría ser un asiduo candidato a los TOP5 de ACBTV.


Obviamente nadie es perfecto: los tiros libres y una irregular selección de tiro son sus puntos a mejorar y desarrollar.


Muchos dudan del rendimiento que dan jugadores que proceden de la liga francesa y llegan a la ACB, pero si retrocedemos unos cuantos años atrás vemos como gente del nivel de Laurent Foirest o el propio jugador del Cajasol Luka Bogdanovic tuvieron una buena actuación en su primera incursión en la ACB.


El objetivo no es buscar una copia de Carroll, sino encontrar un complemento que de forma y ayude el grupo en momentos puntuales del juego. Es cierto que en algunos aspectos se asemeja al escolta de Laramie, hasta ocupará la misma posición en la cancha, pero uno y otro son diferentes. Se adaptará sin problemas.


Puede ser una de las grandes revelaciones, apuesten por él, se llama Marquez Haynes y juega en el Gran Canaria 2014.

 

Por Mario Gómez

 

Mientras Regal Barça y Bizkaia Bilbao competían en el tercer partido de la final ACB, el CAI Zaragoza sorprendía con el fichaje de un alero americano poco conocido en España: Jacob Burtschi. Pero... ¿Quién es?

"Me defino como un jugador energético, mi motor no para. Me enorgullezco de ser un jugador versátil que puede jugar en cualquier posición para ayudar, tanto en ataque como en defensa", explicaba el protagonista, mientras su futuro entrenador, José Luis Abós, hablaba de él en estos términos: "Jacob Burtschi es un jugador físicamente fuerte, bueno en el rebote, tanto en defensa como -especialmente- en ataque. Es muy buen tirador exterior, tiene buenos porcentajes tanto de 2 como de 3 y posee una buena utilización de bote para penetrar a canasta. Es además un buen defensor y tiene una gran capacidad para los robos de balón. Es un "alero alto que durante gran parte de su carrera ha jugado de ala pívot. Su dominio del bote, su tiro exterior y su capacidad de jugar de frente a canasta hacen que se le pueda considerar un 3, que en momentos determinados podría jugar de 4".

 

 

 

Para completar el análisis, hablamos con Simon Jatsch, periodista alemán de http://www.in-the-game.org, y que nos cuenta que "llegó a Hagen tras estar tres años en las Fuerzas Aéreas y no jugar profesionalmente, y allí ha jugado a un ritmo alto (el más alto de la liga), con un juego de pequeños en el que actuaba principalmente de ala-pívot, siendo un problema de ajuste para la mayoría de ala-pívots rivales".

¿Alero o ala-pívot? "Si juega de 4, pese a no ser buen defensor, podría tener algunos problemas defendiendo a ala-pívots puros; si juega de 3, se enfrentará a nuevas situaciones en ataque. Hay que tener en cuenta que buena parte de las razones por las que destacó en la BBL son debido a su ventaja en velocidad en ataque. Como 3 se encontrará a defensores más rápidos y esa ventaja no existirá, teniendo que ser más creativo. De todos modos, su tiro de larga distancia y su ética de trabajo no se puede discutir y se puede trasladar perfectamente a la ACB".

Jatsch explica sobre el nuevo fichaje maño que "es enérgico, agresivo (también como reboteador), rápido y buen dominador de balón para un 4. Le encantaba a los aficioandos de Hagen porque era un luchador que se lo dejaba todo en la pista en cada partido. Pero sobre todo, es un gran tirador capaz de meter un 44,2% en tiros de tres con casi cinco intentos de tiro. Lanzó mucho, incluso más de tres (163) que de dos (150) pero sus porcentajes refuerzan sus decisiones. Incluso fue el campeón del concurso de triples en el All Star".

"Estadísticamente, acabó 9º en puntos por partido, 6º en rebotes, 24º en asistencias (primero entre los ala-pívots) y 2º en robos, siendo además tercero en valoración. Los números están algo inflados por el estilo de juego rápido del Hagen y sus minutos en la pista, pero a pesar de ello fue el 12º de la liga en valoración por minuto".

 

Markovic ataca a Satoransky (Foto Euroleague/Getty)
 

 

Cuando los expertos hablan de las grandes perlas del baloncesto serbio, salen a colación nombres como el de Milos Teodosic, Marko Keselj, Nikola Velickovic, Nemanja Bjelica o Milenko Tepic. Pero pocos se acuerdan de Stefan Markovic, base que nació en Belgrado en el año 1988 y que acude a la selección nacional desde la categoría sub16. Estuvo, sin ir más lejos, en la plata de Polonia de 2009 o en el cuarto puesto de Turquía en 2010.

 

Markovic es un base corpulento que mide 192 centímetros. Formado en el Atlas Novi Beograd, uno de los muchos equipos de la ciudad en la que nació, su salto al profesionalismo fue 2006, cuando contaba con apenas 18 años, y de la mano del Hemofarm serbio. Su trayectoria ya le avalaba: oro europeo sub16 y oro mundial sub19. Le faltaría aún dar otro estirón, pero ya por entonces se erigía como un portento físico, superior a los rivales de su edad. Sus buenos números le llevaron a la Benetton de Treviso, con la que llegó hasta la Final Four de la Eurocup. En la competición continental, Markovic fue el tercer mejor pasador promediando 4,9 asistencias, además de 6,8 puntos, 4,1 rebotes y 1,7 robos.

 

Su año en Italia fue el argumento definitivo para creer en la validez del jugador en una competición de mayor exigencia que la liga serbia. El serboaustraliano (su madre es de Australia) es un base alto, de 1,92, que sabe tomar ventaja de esa superioridad física, tanto en aspectos ofensivos como defensivos. A Markovic le gusta correr, y sabe hacer correr a su equipo, dotándole de un ritmo de juego difícilmente alcanzable por los rivales. Pero también sabe dirigir en estático y crear ocasiones de tiro para él o para sus compañeros, gracias a un gran manejo de la bola que por momentos recuerda al de un jugador callejero.

 

Su físico le valida para jugar como escolta, si bien uno de los puntos flojos de su juego es, precisamente, el del tiro de tres. Con su rápido movimiento de pies es capaz de desequilibrar y crear buenos espacios, pero siempre ha tenido problemas con los aciertos desde el perímetro. Además, no hay que olvidar que es un gran pasador, con una gran visión de juego y una inteligencia en la pista característica de un exterior balcánico. En circunstancias extraordinarias, ha sabido adaptar su juego al de ‘2’, por lo que el Power Electronics Valencia de seguro que tendrá en mente esa opción, ya que también tienen en sus filas a otro alto playmaker como Nando de Colo.

 

Su intensidad y dedicación le han convertido, tanto en el Hemofarm como en la Benetton, en uno de los líderes del vestuario. También hay que destacar su influencia en la selección serbia. Stefan Markovic es un base muy habilidoso, con un físico importante para su posición en la cancha, y que carga bien el rebote gracias a su altura.

 

Por Jesús Morales

 

 

 

Nacido en Zadar el 5 de noviembre de 1984, Luka Zoric es un pívot de 2,09 que llega al Unicaja para apuntalar el juego ofensivo con su intensidad, su capacidad de rebote y su intimidación. Además, Zoric viene a la ACB tras firmar su mejor temporada como profesional, y con ganas de demostrar su valía en la mejor liga del continente. En sus palabras, “llevo 6 meses esperando este momento, y sólo me planteé salir de mi equipo para venir a Málaga, por eso ahora estoy realmente feliz”.

 

 

Y es que Luka debía estar muy cómodo en su país. Se va de Croacia dejando al KK Zagreb campeón nacional, desbancando contra todo pronóstico a la potente Cibona. Fue MVP de la competición, pero también de la más exigente Liga Adriática, en la que promedió 19,4 puntos, 8,2 rebotes y 23,6 de valoración, alcanzando topes como 30 (en anotación), 11 (en rechaces) o 42 en valoración. No pudo lucir su juego en Europa, pues quedaron apeados de la Eurocup en la ronda clasificatoria por el Gran Canaria 2014. No obstante, en el partido de ida, disputado en el país balcánico, Zoric ya dejó claro de qué pasta está hecho al lograr 16 puntos y 12 rebotes, superando a los interiores del equipo insular.

 

Zoric es un pívot que también puede desenvolverse adecuadamente en la posición de cuatro. A pesar de ello, no se puede ver al jugador de Zadar como un ‘4’ contemporáneo, de esos abiertos que saben tirar a canasta. Si bien tiene buenos porcentajes de tiro y, además, de tiro libre (firmó un impresionante 17/18 en un encuentro de la pasada Liga Adriática), no es un jugador que suela tirar de tres. Su buena muñeca de media distancia, eso sí, le garantiza ser una amenaza interior jugando de ala-pívot o de pívot. Además, complemente esta buena técnica con unos buenos fundamentos ofensivos en el poste medio.

 

Su altura le convierte en un buen intimidador. Sin ir más lejos, colocó más de un tapón por encuentro en la pasada temporada, llegando a un tope de 5 en Liga Adriática, donde dejó a su equipo al borde de la gran Final Four. Es un jugador inteligente, que sabe leer los bloqueos y correr la pista. Además, tiene una buena visión de juego, lo que le hace ser una amenaza para las defensas que opten por hacerle un 2x1 en defensa. Ante el KK Cedevita, finalista de la pasada Eurocup, se quedó a sólo tres asistencias de lograr un triple-doble.

 

A sus 26 años, llega en su mejor momento de forma. En muy poco tiempo, ha pasado de la sombra de Ante Tomic a ensombrecer a Mario Kasun, su pareja de baile en el KK Zagreb.  Después de toda una carrera desarrollada en los Balcanes (salvo un breve inciso en Alemania en 2004), y tras tener pretendientes a lo largo y ancho del continente, Zoric da el salto a Málaga con la idea clara de “poner todo mi corazón para poder dar lo máximo al equipo como he hecho en Croacia. Estoy preparado para jugar 5 ó 40 minutos, para mí lo importante es el equipo”.

 

Por Jesús Morales

El Assignia Manresa fue el equipo más madrugador a la hora de comenzar a confeccionar la plantilla 2011-12. Había transcurrido poco más de una semana, tras la finalización de la liga regular, y el club del Bages anunciaba el fichaje de su primer refuerzo, el húngaro Adam Hanga, quien con sólo 22 años da el salto a la ACB.

 

Para conocer un poco mejor al jugador, nos hemos puesto en contacto con Pere Capdevila, director deportivo del club manresano, quien ha explicado que “es un jugador polivalente, muy atlético”. Aunque ha jugado de base casi todo el año, “pese a sus casi dos metros de altura, puede llegar a jugar en tres posiciones, tanto de base, como de escolta, como de alero”.

 

Esa capacidad atlética, le convierten en un jugador “muy explosivo, habiendo cerrado la temporada como uno de los mejores bases del campeonato húngaro, en el que quedó subcampeón”.

 


 

Además, Capdevila, quien recuerda que Hanga “lleva un par de años en la selección, con muchas responsabilidades, siendo uno de los jugadores más importantes del combinado nacional húngaro”, ha señalado que “destaca mucho por su visión de juego y porque es un excelente pasador”.

 

Esas serán las cualidades que aportará Adam Hanga al Assignia Manresa la próxima temporada, aunque el director deportivo del club reconoce que “es un jugador que tiene que trabajar mucho, pero que tiene mucha capacidad de mejora”.

 

Pere Capdevila cree que tendrá “que mejorar en el tema físico. Atléticamente es muy bueno, pero no está acostumbrado al nivel físico de esta liga. Además, ha estado tirando muy bien en Hungría, pero en la ACB deberá mejorar aún más su tiro”.

 

Igualmente, considera que le va a costar adaptarse a la ACB, porque es un jugador con mucha capacidad pero que está acostumbrado a un juego bastante diferente al nuestro”.

 

Lo que está claro es que tiene juventud y ganas de crecer, lo que le convierte en “un jugador de futuro, aunque desde el primer día tendrá que aportar cosas”.

 

Está claro que Adam Hanga tiene mucho que ofrecer, pero sobre todo “mucha capacidad física y atlética y mucha polivalencia y capacidad para jugar en diferentes posiciones”, concluye Pere Capdevila.

 

Por Paloma Canosa

Si bien Mario Hezonja ganaba el campeonato de Croacia cadete anotando este fin de semana 46 puntos, la generación europea del 95 no se queda tan solo ahí. Hoy hablamos de la nueva perla del bósforo, James Metecan Birsen, cuyo potencial es realmente ilusionante, al nivel del propio Hezonja o de otros talentos destacados de la generación como Dusan Ristic o Agustí Sans. Además, llega con fuerza otro buen proyecto desde la República Checa, Adam Pechacek.

 

El turco Birsen es un jugador de gran talento y con una planta física, aunque por desarrollar,  muy buena. Es alto -2.03- y versátil, ya que su posición natural se encuentra en el juego exterior, en un futuro, probablemente como un swingman, es decir, un híbrido entre el escolta y el alero. A pesar de ello, físicamente aún le falta por desarrollar, ganar fuerza y definir, mientras que atléticamente le falta dar un pasito en temas de explosividad, cosa que con el trabajo diario que realiza en el Fenerbahçe dará sin duda alguna.

 

 

(Foto FIBA Europe / Marko Metlas)
 

Aún así, ya tiene la fluidez y la velocidad para ejecutar su juego, si bien, le va a venir bien ganar esa chispa de explosividad que le haga dar un salta cualitativo tremendo, que haga que sus enormes capacidades técnicas se multipliquen de forma exponencial.

 

 

Toda esta combinación hace que actualmente en juniors sea capaz de jugar en prácticamente cuatro posiciones. En el NIJT le pudimos ver en muchísimos momentos jugando como base, gracias a su capacidad para doblar balones y ver el juego en 360 grados.

 

Desde un buen manejo de balón puede crear juego, normalmente para él mismo, atacando el aro directamente con su capacidad de cambiar de dirección y ritmo para finalizar con ambas manos. Puede llevar a sus rivales al poste, atacar directamente y tirar con una buena mecánica aunque de momento muchas veces con cierta inconsistencia.

 

Sin duda un proyecto de futuro muy interesante, por su capacidad para poder mejorar sus buenos fundamentos físico-técnicos y por su ya impacto en el juego.

 

Adam Pechacek representa a la nueva generación checa post-Vesely. El jugador checo es un espigado ala-pívot de 2.08 con unas capacidades atléticas bastante interesantes. Su envergadura es bastante buena, aunque da la impresión de ser mayor de lo que es por su capacidad atlética.

 

Muy versátil, rápido y con un tren superior fuerte, el jugador de la Virtus de Bolonia tiene un físico tremendamente útil para jugar en las posiciones de 4 y de 5, aunque su juego está mucho más orientado a la posición de ala pívot. Su juego siempre va de fuera hacia dentro, aunque puede hacer daño en posiciones interiores pero siempre jugando de cara en situaciones en las que desborda por su velocidad y su gran habilidad para poner el balón en el suelo, sobre todo con su mano buena, la izquierda.

 

(Foto FIBA Europe / Siim Semiskar)

 

Realiza con mucha fluidez las continuaciones para finalizar muy fácil en las cercanías al aro, con bandejas, tiros cortos a una mano o mates. Además puede tirar con cierta facilidad de distancia media e incluso de larga distancia.

 

En defensa, tiene unas facultades muy buenas para ser un buen defensor, tiene capacidad atlética, muy buen timing y un cuerpo que aún puede moldear más, fibroso y fuerte. En un futuro puede ser una buena arma en missmatches, dada su buena versatilidad.

 

Un jugador realmente interesante, sobre todo por su capacidad atlética, su tren superior y su habilidad para poner el balón en el suelo y tirar. Habrá que seguir de cerca su evolución, ya que se puede convertir en el futuro en un jugador importante.

Jon de la Presa

*Se respetan en casi su totalidad las declaraciones vertidas en su idioma original.

 

 

 

 

LeBron James es un caso clínico, infinitamente más sociológico que deportivo y así rezará en los libros del futuro. Como el compendio de adónde han llegado las tecnologías de la información, cuál es su uso, cómo su contagio y con qué fines.

 

Resulta prácticamente imposible poner orden en torno a una figura sobre la que se vuelca en tiempo real un volumen de información tan colosal que más que a precisión obliga a embarcarse en una sola dirección, arrastrado por la virulencia de una corriente que gana fuerza a cada minuto y que, en perspectiva, celebra una unanimidad monstruosa.

 

Con James ocurre que el juicio es diario (horario en las últimas semanas). Y lo sucedido hoy prima sobre lo de ayer. De manera que James es tiempo presente con toda su instantánea crudeza. Ambos factores, propaganda masiva y velocidad instantánea, nublan como con ninguna otra figura deportiva las consideraciones que dejar intactas.

 

Su carrera en vivo se ha convertido además en un Reality de interacción universal, un espacio de infinita magnitud donde lo informe suplanta a lo informativo.

 

Desde un punto de vista deportivo, y muy a grandes rasgos, James fue el mejor jugador del nuevo proyecto de Miami durante la complicada temporada regular de 2011. Lo fue como lo había sido el año anterior en Cleveland. Y el anterior. Y el anterior. Tal y como llegado un punto, en torno a los 22 años, en torno al milagro de colar a los Cavs en las Finales de 2007, se instaló un incuestionable consenso entre los pilares que sostienen el negocio NBA de que el jugador con mayor potencial para hacer a cualquier equipo campeón era James. Y todo el largo y pesado prolegómeno del verano de 2010 no hizo sino confirmarlo.

 

Incluso la furia de Cuban al materializarse el proyecto Miami se sustentaba en realidad en no haber podido hacerse con él (meses antes cortejaba al jugador y su business manager Maverick Carter a través de mensajes de móvil).

 

Sin embargo el tratamiento recibido desde cualquier arista del mundo deportivo no ha reflejado un paralelo respeto por estatus. Antes bien todo lo contrario. A un extremo, el fenómeno hater, sin precedentes –comienza a haber acuerdo– en la historia del deporte americano. Su caso, a día de hoy, ya rebasa con creces los duros episodios que pesaron sobre Kobe Bryant, Rick Barry y Wilt Chamberlain.

 

Sobre la pista, una vez apagado el monumental Tim Duncan, si un jugador podía ser desplazado del trono NBA por James, ése era Kobe Bryant.

 

El verano de 2001 un chaval de 16 años, una de cuyas primeras definiciones mezclaba a Kobe Bryant y Magic Johnson, se presentaba al ABCD Camp en New Jersey como la máxima atracción. Ya entonces lo era a pesar de la presencia de muchachos algo mayores como Carmelo Anthony, Chris Bosh, Charlie Villanueva, Raymond Felton, Sebastian Telfair o Deron Williams. Y precisamente como invitado de honor, Kobe Bryant, del que el jovencito, natural de Akron (Ohio), no quiso despegarse por la profunda admiración que le profesaba. Era la primera vez que ambos se veían y Bryant ya era dos veces campeón de la NBA.

 

Diez años después, a pocos días de volver a verse las caras para el partido de Navidad, LeBron recordaba aquella jornada y actualizaba sus sensaciones hacia Bryant. “Mi impresión hacia él sólo ha aumentado. Es uno de los mejores competidores que hay. (…) He does whatever it takes; he puts himself and his teammates in a position to win. He holds himself to a higher standard”. Para terminar desmarcando su corta y aún infructuosa carrera de la del mito amarillo. “I'm trying to do that”. En aquel partido, que Miami se anotó por 80 a 96, un lance del juego dio con esa versión enojada de Bryant durante unos segundos hacia él, a quien recordaba: “Eh, I’m a champ”.

 

Bryant ya había destinado una pequeña perla un par de meses atrás cuando, a la pregunta de quién ganaría un 1x1 entre ambos, repuso con seguridad: “I'd win, I'd win. That's what I do. One-on-one is ... that's easy for me, you know”. Lo cual era perfectamente posible y no debería entrañar polémica alguna. No mientras el portavoz de una declaración así no fuera LeBron James, cuya temporada en términos de aire, de libertad de expresión, ha estado como con ningún otro jugador jamás “under the microscope. (...) His every mis-step and perceived mistake (have been) examined and consumed by a public desperate for another chunk of his scalp” (S. Powell).

 

Si en cambio las declaraciones, de múltiple origen, iban dirigidas contra él o el proyecto de Miami, siendo el primer destinatario lo único relevante, no solamente no habría problema. Serían jaleadas como lo fueron las primeras reacciones de Charles Barkley, Magic Johnson o Michael Jordan, del mismo modo que las repetidas imitaciones de Dwight Howard hacia el chalk toss. Por simpáticas, por graciosas. No como aquellos bailes de James que, más de un año después, siguen sin caducar en el imaginario. Ni probablemente lo hagan nunca.

 

La temporada de 2010 no terminó pues con el anillo angelino. Entró hasta bien cocido agosto formándose una segunda temporada o una larga previa de la 2011. El volumen de información NBA arrojada durante aquel mes de julio decuplicaba el del lustro anterior en esas mismas fechas en su totalidad. Las reacciones, simplemente, no podían contarse. Abarcaban el completo orbe social y ello incluía a políticos de todas las alas hasta llegar a la Casa Blanca (“You could see LeBron fitting in [Chicago] pretty well”, deseaba Obama). La LeBron James Fever, que llamó la ABC, no remitió. Ardería de entonces a nuestros días.

 

Delito y condena coincidían: The Decision. Fondo, forma o ambas.

 

Contra el fondo, y como principales portavoces, Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird y Charles Barkley. Según ellos unirse a dos estrellas era un error histórico por renunciar a su condición de macho alfa. Especialmente virulenta la reacción de un Barkley –“You don’t leave anywhere”– que parecía olvidar sus días de “trade me” en Philly o precedentes como Wilt Chamberlain, Moses Malone o el más reciente Shaquille O’Neal, cuyo anuncio de fuga a Los Angeles, como recordaba Araton, tuvo lugar entre la víspera de los Juegos de Atlanta y horas después de la conmoción nacional por la tragedia del vuelo 800 de la TWA.

 

En la segunda semana de julio, con el pueblo alzado en armas, un sorprendido Mark Sheehan, el responsable del club Boys&Girls en Virginia (ONG destinada a la protección de jóvenes desfavorecidos), se valía de un pequeño medio como plataforma. Informaba que para mantener a uno de sus muchachos fuera de problemas la Fundación precisaba de unos 1.500 dólares al año. Sheehan acudió a los medios buena parte de los cuales le dieron la espalda para agradecer que James había donado dos millones y medio de dólares (2.500.000) a la Fundación. La donación, la distribución de cuyo programa debía incluir la compra de más de 1.000 ordenadores con fines educativos, no sólo fue mayormente silenciada –como el caso del niño paciente de cáncer Stephan Gutierrez– sino que, de referirse, se hizo como sucio artificio compensatorio.

 

En octubre LeBron era el único miembro en la plantilla de Miami en quedarse a solas, a veces durante horas, con el novato gravemente lesionado Da'Sean Butler para compartir con él duelos de tiros libres. La única utilidad de aquellas veladas en privado era que el joven no cayera en depresión. No hubo nada que hacer y el cuerpo técnico se deshizo de Butler a finales de mes.

 

La Opening Night, que acabó con la humillante derrota en Boston, se convirtió en el partido de Regular más visto en la historia de la TV por cable. Los medios tomaron buena nota. ABC, TNT, ESPN, NBA TV habían cerrado ya la emisión de los Heat a nivel nacional con picos de hasta 14 partidos entre febrero y marzo. Aquella derrota, la aplastante forma en que se produjo, alentó nuevamente la primera oleada de temporada.

 

La voracidad de la información en una dirección prácticamente uniforme cuestionaba incluso el sentido de la profesión periodística a nivel global. De ahí el lúcido artículo, obviamente desapercibido, obra de Ben Wanatabe en el Express bajo el revelador título Victim Of a Global Society donde exponía cómo un asunto menor podía extenderse hoy en día por todo el planeta en cuestión de segundos liquidando todo razonamiento o la exposición de hechos que contravinieran el único y prioritario objetivo.

 

Según el autor, que denunciaba casos anteriores por simple analogía (Charles Barkley, Michael Jordan, John Elway o Eli Manning), el razonable espacio crítico estaba dando paso a niveles de Red Code, una línea que ya se había cruzado repetidamente en innumerables medios, uno de los cuales, el Daily News, elevó a LeBron a portada con igual tratamiento gráfico que un genocida, encriptando el calificativo de “Hijo de Puta”.

 

 

 

 

 

Tiradas agotadas, excedentes de ventas, niveles de audiencia imprevistos, éxito asegurado.

 

Daba inicio en adelante el suculento negocio del odio, recogido de manera inmejorable por las ediciones digitales deportivas de todo el mundo. La ecuación era sencilla: bastaba un titular de LeBron y un predicado contra él. La audiencia lectora, alentada previamente al ardor de los comentarios, ese recurso cuyo origen no vino motivado, como se cree, por la cortesía del feedback sino por la multiplicación de entradas (page views), se convertía así en el perfecto combustible para regocijo de directivos y publicistas.

 

La temporada de 2011 podía perfectamente retratarse como una pira de fuego con un muñeco incombustible.

 

Ante un panorama (informativo) desaforadamente tóxico algunos profesionales reaccionaron en justicia. Ya en octubre Ben Golliver aseguraba que contra la imagen que se ha exportado de él, “James has always reflected a happy go-lucky playful nature. He dances with teammates. He raps on-court (and in the locker room, loudly). He chuckles in interviews and smiles for the camera. This man is not a brooder. (...) This is not a man fueled by rage and hatred. (...) James is not who we want him to be, and that's really been and continues to be his biggest crime”.

 

Con la temporada iniciada las citas de Miami –en Boston, Los Angeles, Cleveland– marcaban el calendario. Así en un cómplice seguidismo a la gigantesca ESPN se orquestó desde los mass media una campaña donde el morbo de su regreso a Cleveland, para el 2 de diciembre, lo permitía prácticamente todo.

 

Aquel regreso, una caza de bruja(s) a placer de la pantalla nacional, marcado por la deplorable sensación de que ocurriera algo, uno de esos incidentes que la farisaica moral mediática arrimarse luego a lamentar, fue visto por algo más de 7 millones de espectadores, superando los 5 puntos de 'share' en la TNT, lo que equivalía a un aumento del 257% respecto a la misma emisión NBA el año anterior (Celtics-Spurs) y un punto superior al Eagles-Texans de la NFL; iguales éxitos que la Opening Night o la posterior Christmas en Los Angeles.

 

El público respondía así al reclamo James en pantalla dentro de una fabulosa inflación de audiencias que la NBA ha acusado positivamente durante toda la temporada de 2011. La pira de fuego al muñeco probaba a cada minuto su rentabilidad. “An entire season under a national microscope unmatched in the history of team sports. Every itch is documented, every scratch is scrutinized, every star is questioned about every public act, every day is another chance for them to embarrass or enrage” (Bill Plaschke).

 

Porque el mensaje matriz había quedado claro en las ediciones deportivas de todo el mundo: cargar contra LeBron James era altamente rentable, lo que rápidamente dio lugar a un nuevo proceso donde pasar de la observación a la persecución.

 

Uno de estos actos de acecho dio con la preocupante derrota de Miami en Dallas el 27 de noviembre. En un tiempo muerto el choque fortuito entre LeBron y Spoelstra fue globalizado con el arma privada de Youtube y sentenciado como una visible agresión del jugador a su técnico. Había nacido el Bump Gate, otra billonaria conspiración en la que James aparecía a los ojos del mundo como el verdugo de su joven, inexperto y frágil entrenador. Sin haber un solo precedente suyo de agresión hacia jugadores o complot hacia técnicos la ruptura entre ambos, así se hizo creer, se daba por hecha. Incluso se vinculaban como prueba las declaraciones de James tras la derrota en Boston de octubre donde se dijo sorprendido de su minutaje (obviando su intención de abrir el roster en la promesa del técnico), tal y como Pau Gasol haría con Jackson entrado diciembre.

 

Lo que en cualquier otro equipo hubiese sido pasado por alto de manera interna obligó a ambas partes a una reunión para poder negociar no sólo aquella situación sino las que vendrían en adelante. “We can’t do it without one another. He’s captain of the ship, and I’m one of the soldiers” (James). “A reminder for both of us that we have to manage all the noise outside and keep it to what's real. (…) We needed to be able to manage that and not let it be a distraction” (Spoelstra).

 

Preguntado un miembro del vestuario Heat por quien suscribe su respuesta fue tajante: “El ambiente entre nosotros es fantástico. Era de esperar. Si miras nuestra plantilla te das cuenta de que hay un montón de jugadores veteranos que llevan años jugando en esta liga, que tienen toda la experiencia para saber lo importante que es un vestuario unido. Conocen su rol en el equipo y el de los demás, y vamos todos a una. Todos estamos preparados. (…) LeBron es una gran persona, un tremendo líder y un compañero increíble. Es alguien a quien importa lo que piense el compañero. Es un tipo humilde ante todos nosotros. Ha venido aquí a realizar el trabajo más fuerte. Como compañero te digo que nos agrada mucho su presencia”. Palabras que no hacían sino confirmar la ausencia de crítica alguna hacia él por parte de compañeros, ex compañeros, ex técnicos y miembros del entorno que, efectivamente, había convivido con él en los últimos ocho años.

 

Uno de los portavoces de aquella ruptura, Chris Broussard, mantendría un aparte con James tras el partido en el Madison de diciembre en términos disculpatorios. “No problem, Chris. It’s not an issue”. Ninguna rectificación al respecto fue publicada.

 

Ante el cariz que estaban tomando las cosas el veterano Sam Smith, galardonado este pasado mes de mayo con el Phil Jasner Lifetime Achievement Award como reconocimiento a toda su carrera, se pronunciaba ya en el mes de enero en términos algo perplejos: “James, like no one before him, has become some sort of personification of sporting evil, if not entirely clear why this all occurred. It's real now”. Según Smith había sobrevenido un panorama imprevisto por el propio deportista, “events he has no idea how to contend with yet control. He walked innocently into that "Decision" TV which started all this. (...) I'm fairly sure James had none of this planned. I'm fairly sure James never wanted any of this. He's not an evil person as far as anyone can tell”.

 

Precisamente Chicago había sido el equipo con el que LeBron prolongó más sus reuniones solicitando incluso alguna cita más antes de tomar su decisión. Durante un tiempo indefinido en aquel principio de julio, que Wade y James recalaran en los Bulls fue una posibilidad real.

 

Con el cambio de año Miami conquistó un nuevo nivel de juego venciendo en 21 de 22 partidos y encadenando 13 de ellos a domicilio. Para el 9 de enero, con la victoria en la prórroga en Portland (100-107) y jugando unos minutos como pívot, LeBron había sido probado en las cinco posiciones del juego dando un salto cualitativo como fortaleza defensiva a cualquier nivel. No mucho después Spoelstra aseguraba que defensivamente podía “arrojarlo contra cualquiera” con éxito.

 

Para cuando los Cavs visitaron Miami el último día de enero el que fuera equipo de James acumulaba 30 derrotas en sus últimos 31 partidos, 23 de ellas consecutivas a domicilio. Preguntado con esa reiterada insistencia sobre cuestiones de fondo especialmente morboso James insistió: “I have nothing bad to say about the players that I left and the team. I wish the organization the best. And I wish the fans, more than anything, the best because we had a lot of great years together”. Sobre una parte de la atmósfera creada en torno al jugador que parecía convertir en Clevelander a todo americano, uno de sus ex compañeros había confesado a quien suscribe (10 nov.): “No lo entiendo. No entiendo cómo la gente olvida que él ha sido un jugador que ha hecho mucho por el equipo y sobre todo alguien que ha hecho muchas cosas por la ciudad de Cleveland. Muchas”.

 

Precisamente para el día de Acción de Gracias el jugador organizaba, como acostumbra anualmente, la distribución de más de 700 cenas entre homeless y jóvenes desfavorecidos en el área de Akron, su localidad natal. Todo ello a cargo de la LeBron James Family Foundation, una de las asociaciones fuera de la órbita del NBA Cares con menor calado mediático. Así toda mención brilló por su ausencia.

 

La escenografía de la temporada en el total de pabellones de la NBA, ciudades sobre las que James jamás se había pronunciado, vino marcada por virulentos abucheos cada vez que tocaba el balón. A cercanía de grada los insultos y procacidades se multiplicaban hacia él. Así el 11 de febrero en Detroit las cámaras recogían una de las consecuencias de la atmósfera irrespirable en torno al jugador. Un espectador de las primeras filas cruzaba la línea calificando de “puta” a su madre Gloria. De manera instantánea, evitando esa trampa donde algún deportista maldijo caer, James daba una auténtica lección de aplomo.

 

Una nueva embestida tendría lugar entre finales de febrero y principios de marzo cuando Miami acumuló por primera vez cinco derrotas consecutivas (6/7) encadenando LeBron ante Chicago, New York y Orlando tres partidos con error de clutch. Las consecuencias no se hicieron esperar y de repente James, el jugador que más canastas decisivas* había anotado en la NBA desde 2003 (* canastas en los últimos 30 segundos que permitan igualar o adelantar al rival en el marcador), fue aniquilado como clutch player o figura a la que entregar finales de partido.

 

A la siguiente derrota ante Chicago, Spoelstra entraba ingenuamente en el terreno de la emoción asegurando que había jugadores “llorando en el vestuario”. El reclamo era perfecto y la reacción recogida, una vez más coralmente por todos los medios, lo que Brian Windhorst refirió como “National Joke”.

 

James declaraba entonces que el justo MVP de la temporada era Derrick Rose. De su candidatura, cerrada entre ambos, lo descartaría en adelante la racha de cinco derrotas más la serie de malos finales de partido donde sus fallos despuntaron demasiado. Rose aprovechaba aquellas dos semanas para pegar un aldabonazo arrastrando con ello a Chicago, que para colmo vio a Rose como líder de una victoria más sobre los Heat en Miami (3-0). Era el escenario perfecto. Donde Rose tomaría la directa hacia el galardón.

 

La oleada de críticas hacia LeBron más sus palabras hacia Rose provocaron en éste una honesta reacción contra lo que se venía publicando. Rose se sintió entonces tan agradecido que a principios de mes acabaría filtrando el mensaje de texto que envío a James para acabar con las informaciones según las cuales Rose no quería jugar con él. SMS: “I’m just hitting you up to kill all the rumors that I don’t want to play with you. I’d like to play with you. I just want to win”.

 

Aquella cuádruple racha de derrotas abriendo marzo sería el punto de inflexión para la trayectoria de los de Florida hasta el final de temporada. Miami se convertía, junto a Dallas, en el equipo más peligroso a domicilio y encadenaba para cerrar el año 15 victorias en 18 partidos. No así el trono del Este, en manos de Chicago.

 

En su primer episodio los Heat se habían quedado a dos victorias de las 60. Sin el concurso de Udonis Haslem ni prácticamente Mike Miller, con una rotación de múltiples cambios, un baloncesto de poca luz sustentado en una defensa feroz más la variable mordiente en ataque de sus tres estrellas y alternativas del resto, Miami se plantó en los playoffs sin la unanimidad del favorito. A lo sumo, potencial en algo que podía rajar la carrera de James en dos partes: “(Now) LeBron gets to pass the ball to Dwyane Wade in the playoffs instead of Mo Williams. Big difference” (Shaun Powell).

 

En aquellos días de abril LeBron empleó su tiempo en el baloncesto, su único hábito, a niveles de entrenamiento intensivo. Y a ello añadió el minucioso visionado de playoffs NBA de todas las épocas para terminar con la revisión íntegra de las Finales de 2006. Preguntado después por ellas respondió: “Unbelievable. Unreal”, en palabras dirigidas a la actuación de Dwayne Wade, que con el 2-0 ante Philly tuvo aún que afrontar preguntas motivadas en realidad por su compañero y amigo. “Dwayne, ¿te resulta difícil creer que no hayas ganado una serie de playoffs desde 2006?”. Aquello condujo a Spoelstra a recordar a la prensa otra suspicaz rumorología que hacía referencia a que la amistad entre Wade y James no era tan real como se presumía. Otra información infundada.

 

El 4 a 1 a los Sixers cumplía como prevista la primera parte del guión, donde James comienza a convencerse, salvo en la defensa a Iguodala, de que su desalerización no afectaría negativamente al equipo, con momentos ese particular brillo que inspiró a Hubie Brown durante la retransmisión ante Oklahoma del 16 de marzo a asegurar que “viniendo en transición y a campo abierto LeBron James es el mejor jugador en la historia del baloncesto”. A la intención del jugador de potenciar su distribución contribuyó igualmente la ausencia de un verdadero playmaker, uno de los más visibles defectos del equipo durante todo el año que había dejado en permanente suspensión ese vacío primero con Arroyo y posteriormente con Chalmers y Bibby.

 

A finales de abril Mark Gillespie cometía un acto de valiente honestidad al publicar en el Plain Dealer de Cleveland que LeBron había donado otro millón de dólares (1.000.000 $) en material didáctico, informático y deportivo para un total de 59 centros benéficos a lo largo y ancho del país.

 

Ante la nula publicidad del caso la directora de una de las Fundaciones del área noreste de Ohio, Teresa LeGrair, rogó al cronista que reseñara: “It's not the first thing he had done for this community and there will be many more to come. He loves kids and he's proven that time and time again”. El problema residía en que ni a través de Nike ni su Fundación privada James había querido la menor promoción, confirmando así el tóxico efecto lose-lose que, apuntado ya por algunos autores, pesaba sobre cualquiera de sus actos. A través de LeGrair, Gillespie se había hecho con una carta firmada por el jugador que terminaba diciendo: “These additions are great for the neighborhood, and thank you for giving me the opportunity to give back to the Cleveland community”.

 

Para la segunda semana de abril salieron a colación análisis sobre uno de los avances más reseñables de James en su última temporada. Sin apenas depuración, su juego al poste era superior en eficiencia a la suma de Kobe Bryant y Carmelo Anthony en iguales situaciones. De ahí a final de temporada esa aparente fortaleza del juego fue diluyéndose como táctica en los Heat hasta prácticamente desaparecer.

 

Con el 2-0 a Boston no pocas líneas comenzaron a aprobar la lógica de su decisión como entendiendo que LeBron no habría podido batir a los Celtics en una situación distinta, postura que abanderó entonces el New York Times. “James made a perfectly logical choice. He was a superstar in need of superstar assistance. The Cavaliers could not provide it. The Heat did, in a major way” (Howard Beck).

 

El final de aquella serie parecía el soñado por el propio jugador. Con 3-1 a favor, 87-87 en el cuarto y algo más de dos minutos por jugar James estalló como un artefacto nuclear:

 

Triple desde la diagonal.

Triple desde la frontal.

Robo de balón y mate.

Bandeja con la izquierda en 'traffic'.

10 puntos consecutivos, 16-0 de parcial, la victoria y la muerte de los Celtics, la que había sido su principal bestia negra desde 2008.

 

Con la bocina final Kevin Garnett y Rajon Rondo huyeron a vestuarios sin felicitar al vencedor, precisamente el motivo mil veces repetido como denuncia en su contra a la eliminación a manos de Orlando en 2009. En la prensa, esta vez, no hubo artículos al respecto. Tan sólo James, pese a protagonizarlo una sola vez en su carrera, era acreedor a esa culpa.

 

Por unos días parecía que lo estrictamente deportivo comenzaba a ocupar un primer plano y así Tom Haberstroh sentenciaba: “We just witnessed one of the best clutch performances in playoff history. And it came from the hands of LeBron James”.

 

Con la eliminación de Boston y uno de los finales más grandiosos en toda su carrera un LeBron nervioso, casi disculpado, abría así su intervención ante la pantalla nacional junto a Craig Sager:

 

“First of all thanks to the Boston Celtics, coach Rivers, that coaching staff, those players, they make you fight for everything. You can never take a second off”.

 

Minutos después, en rueda de prensa, pedía públicamente perdón por la forma en que todo había ocurrido meses atrás: “I knew I had to go through Boston at some point. I went through a lot signing to be here and the way it panned out. I apologize for the way it happened, but I knew that this opportunity was once in a lifetime”.

 

Por fin, lo que con inusitado empeño se le había exigido a diario durante once meses, fue consumado. Se intuía entonces una tregua y el término ‘maturity’ empezaba a multiplicarse en su nombre dado que era momento de hacer balance a un año de discreción, resistencia y conducta impecables, la principal intención de LeBron durante toda la temporada en su ingenua percepción de que le sería posible “no dar que hablar”.

 

A ello contribuyó el propio Doc Rivers, que correspondía en justicia:

 

“I've never seen a team more criticized in my life, and a guy, LeBron, criticized for doing what was legal. He didn't break a law, and he didn't do anything wrong. The preseason parade may have been a little much, but other than that? (...) I don't think you can play this sport and be a winner without emotion. For me, it was good to see”.

 

Rivers de hecho responsabilizaba en buena parte a los medios de que LeBron, de que Miami, hubiese despertado como bestia:

 

“I didn't like (the criticism) because I thought it helped them. They got booed for everything. I said it all year that I wished (the media) would leave them alone, because it allowed them to go through something and prepare for the playoffs”.

 

Al inicio de las Finales del Este ante Chicago LeBron era, con 28.9 puntos, el jugador con mayor promedio anotador en playoffs de toda la NBA.

 

Después de una hiriente derrota en el estreno, Miami volcó el completo de sus fuerzas a la destrucción defensiva dejando buena parte del ataque en manos de sus tres estrellas y una rotación convincente.

 

El apabullante final de aquella serie (18-3), con nuevamente varias canastas decisivas de James en los últimos segundos, vulneró incluso el esquema previsto según el cual James iría dejando paso a Wade como principal referencia ofensiva. Un papel que el genial Beckley Mason refirió como “The Cerebral Side of LeBron James”, o de otro modo, “what his coaches during his professional career, Mike Brown and Erik Spoelstra, have many times repeated: LeBron is one of the smartest players they’ve ever seen”.

 

 

 

 

 

Durante la eliminatoria Wade mostró un peligroso estado fuera de forma al que sólo el resultado final pudo poner término. Pero no así con su compañero de equipo, decidido a una maniobra que poner en marcha más adelante.

 

Precisamente debido a aquel dominante final y en perspectiva, al subidón de juego de James, Scottie Pippen, testigo presencial de su actuación en el United, realizaba sin mayor intención unas declaraciones a ESPN Radio en las que insinuaba una posibilidad: que James pudiera convertirse algún día en el mejor jugador de la historia. El revuelo de aquellas palabras, sospechosamente volcadas al mundo como B mejor que A, inexplicablemente mutiladas del más crucial matiz –“Don’t get me wrong, M.J. was and is the greatest”–, no tuvo el menor límite y el debate se movió entre el escándalo y la intransigencia. Un bloque de acero contra el que las tiernas palabras del propio James chocaron en silencio:

 

“Mike was an unbelievable player. I got a long way, long way to be mentioned as one of the all-time greats. Not even just Jordan – there are a lot of great players who have played in this league: Larry Bird, Kareem Abdul-Jabbar and all these guys that are floating around with multiple rings. Bill Russell. All of these guys who have pioneered the game.

 

(…)

 

“I’m gracious, humbled by Scottie’s comments with him being a teammate of his and seeing Michael on a day-to-day basis. But as far as me?”.

 

Miami estaba en las Finales. A fuerte tirones el experimento había salido bien a la primera.

 

En vísperas de las series por el título, y demasiado seguro de que el equipo funcionaba a márgenes amplios de versatilidad, LeBron y Wade mantuvieron una reunión en privado a petición del primero. En ella James pidió a su compañero su versión más anotadora, su más agresiva, su versión de las Finales de 2006 por cuyo concurso había quedado hechizado. Con ello pretendía dos cosas: 1) Recuperar la confianza de su compañero (perdida en buena parte de las ECF ante Chicago) y 2) 'Playmakear' cómodamente sobre ese eje en la creencia de que el equipo, a esas alturas, funcionaría a pleno rendimiento. Y así fue durante el primero y casi el segundo partido.

 

Ello se tradujo automáticamente en las cifras previstas pero, a la vez, en un efecto muy contrario al deseado. En los cinco primeros partidos de cada serie LeBron pasó de 108 (Boston) a 94 (Chicago) a 75 (Dallas) tiros a canasta. A su vez Wade tomó el testigo pasando de 79 (Chicago) a 92 (Dallas). Para cuando quisieron darse cuenta el 2-3 en la eliminatoria cuestionaba muy seriamente el plan iniciado al que Spoelstra había dado el visto bueno en la también ingenua convicción de que funcionaría.

 

No funcionó.

 

Y Dallas, una genuina apología de la experiencia, perfilaba así su último y fabuloso asalto al cetro, consumado en un sexto partido que cumplía la vieja tradición de dominio terminal en los Campeones.

 

Si bien parecía que era imposible incrementar la presencia mediática contra él, las críticas redoblaron su número y fuerza. En lo deportivo, legítimas. En lo demás, asomaron durante las series rumores en modo bomba que corrieron como la tinta asegurando que Rashard Lewis se había acostado con la madre de sus dos hijos, exactamente un año después del rumor que apuntaba a la relación entre Delonte West y Gloria James. Emergieron asimismo informaciones procedentes de fuentes anónimas que cargaban contra James con el peregrino –y falso– argumento de escribir sus mensajes como King James o de prodigar el peor trash-talk en pista cuando, en realidad, se trata de uno de los jugadores de menor ofensiva oral en juego. Siendo todas ellas fuentes anónimas se publicaban y extendían igualmente.

 

Aun sin apagar el curso Shaun Powell certificaba: “LeBron is a public obsession”.

 

En su última intervención del año James sustentaba su alocución en tres ejes:

 

Autocrítica: “I wasn’t able to help us in this series. (…) It hurts me, and I get on myself when I’m not able to play well and help my teammates win”.

 

Elogio al rival: “They did a great job of every time I drove. A great job defensively. Very underrated defensive team. (…) They did a great job. Much respect to them”.

 

El deber profesional: “I can only prepare myself each year. In the summertime I’ll put a lot of hard work into my game (…), work hard every day to go out there and perform at a high level for my teammates”.

 

Y una (tierna) defensa personal: “I know how much work as a team we put into it. I know how much work individually that I’ve put into it, when you guys are not around. That’s something people don’t see. I think you can never hang your head low when you know how much work, how much dedication you put into the game of basketball when the lights are off and the cameras are not on”.

 

A la pregunta de qué diría a esa billonaria masa humana que ambiciona su fracaso, que siente hacia él un desprecio infinito y que celebra su pública humillación, LeBron respondió con un trasfondo cuyo significado final era la indiferencia. De sus diez nutridas respuestas tan sólo ésta fue multiplicada hasta la extenuación en los medios. La única del completo de su intervención.

 

Muy por encima de ello la percepción del macho alfa que toma el mando de unas series Finales al modo en que algunos de los más grandes jugadores de la historia consumaron no fue el caso de LeBron James cuando más procedía hacerlo. “A complete reversal from the Eastern Conference finals” (Powell). En ese sentido la percepción del fracaso, al primer intento en su nuevo ciclo, era difícilmente eludible.

 

Como abismo personal, sus 8 puntos en el cuarto partido, no podían sostenerse desde ningún punto de vista. Especialmente siendo la primera vez en sus últimos 434 partidos (incluyendo regular y playoffs) que anotaba menos de 10 puntos, y la novena ocasión en 717 partidos a lo largo de su carrera.

 

Algo dentro de sí, a todas luces inexplicable más allá de una profunda incapacidad para superarse, renovaba esa versión oscura, abismal y frágil de un jugador aún indescifrable.

 

Precisamente por esa dificultad de comprensión Mike Wise se adentraba en el delicado terreno psicológico aportando un audaz punto de vista como posible explicación al por qué LeBron James pudiera ser el mejor jugador del mundo en el baloncesto de crucero para humanizarse tan dramáticamente con la orilla a la vista. Para ello se valía de una regresión a su (difícil) infancia:

 

“He needed something to latch onto that he couldn’t get at home: Trust. Safety. Security. The idea that LeBron James doesn’t have to do it all himself -- hoist a mother and extended family out of abject poverty, make a franchise profitable while ensuring economic prosperity for a struggling Midwestern city. (...) Can the gifted child shake his boyhood demons and rise above more LeBron Bash-a-thon?”.

 

La respuesta, hasta el momento, es negativa. Y por ello Wise reforzaba la teoría en contraste con la inexpugnable fortaleza de Michael Jordan o Kobe Bryant.

 

La exposición de Wise vino días después a ser compartida en una interesante pieza obra de Eric Adelson, que incidía en la compleja relación cerebral entre la producción de testosterona y cortisol en los momentos críticos. De otro modo: una radiografía del miedo.

 

La completa disolución en las Finales del jugador que venía siendo reside en una causa completamente endógena, propia, suya. No hay razones tácticas o externas. No se explica de otro modo que una estrella habituada a copar tronos numéricos se haya coronado de pronto como el jugador que arrastrando promedios superiores a 25 puntos haya acusado el mayor descenso de anotación en unas series Finales (-8.9 James 2011 / -7.7 Chamberlain 1964 / -6.0 West 1972). Una conclusión firmemente apoyada además en la experiencia al darse precedente en las series de 2010 ante los Celtics. Y de no haberla, la eliminatoria asistió a un jugador visiblemente distinto, vaciado de todas sus facultades previas.

 

El término de la temporada, completamente dominado por esa universal percepción del fracaso, ocultó algunas piezas de incluso velada identificación hacia la víctima no desde el punto de vista deportivo sino humano. Una de ellas, la deliciosa It’s not hard to imagine de Bill Plaschke días antes compartida por la habitual sobriedad de Harvey Araton en el New York Times y Sally Jenkins en el Washington Post

 

El trasfondo de ambas piezas había sido ya gráficamente resumido por Shaun Powell contra la completa demonización de un deportista y el público regocijo en su destrucción: “A player who has never been pulled over for a DUI, or punched a fan, left his children, been busted with drugs or committed a crime continues to endure public abuse, all because of a silly 60-minute TV show”.

 

Irónicamente uno de sus principales detractores, periodista en poder de una de las agendas más valiosas de toda la NBA, Adrian Wojnarowski, encarnizado abanderado en la cruzada contra su figura, a la que no perdona no filtrarle información en exclusiva como sí hace alguna otra estrella en la liga, reconocía en una decimal tregua previa a la derrota que “LeBron James is the deepest, darkest swirling vortex of insanity that modern sports has ever seen”.

 

Tras la caída final todos y cada uno de los diques de contención vencieron y el estallido, la universal propagación de toneladas editoriales contra James, difícilmente integrables en el marco del deporte, condujo a la revista Atlantic Wire a filtrar una selección bajo el revelador título: “What to Read if You Want to Revel in LeBron James's Defeat”.

 

Más allá de los denunciables casos de Skip Bayless o Scott Raab, cuyo periodismo hacia el jugador titula cada sujeto como “The Whore of Akron” (La Puta de Akron), una oleada de incalculable magnitud, información donde la reflexión o la proporcionalidad son los últimos principios a cumplir, ha venido incluso arropada por políticos de Ohio hermanados con Dallas.

 

El descontrol del proceso está haciendo asomar incluso la sugerencia, en algún caso lanzada directamente a Pat Riley, de incorporar un equipo de psicólogos a la organización se ignora si como terapia preventiva o como asesoría de imagen.

 

 

 

 

La visible desnaturalización del jugador en la pasada campaña, una sucesión diaria de declaraciones forzadas, artificiales, la total desaparición de escenas de alegría colectiva ‘a la Cleveland’, la suspensión del chalk toss entradas las Finales o el público rechazo a su venal expresiveness, no son suficientes. En el fondo, nada parece serlo.

 

Ignorar el infecto espacio creado en torno a este jugador es ocupar un rango muy inferior de realidad o dar directamente la espalda a ella. Vincular este masivo fenómeno a cuestiones meramente deportivas escapa con creces a la veracidad.

 

Vale por todo ello cuestionarse si las posibles culpas no han sido ya expiadas, formular dónde se encuentran los límites a todo esto y su difuso origen. Y urge muy especialmente preguntarse en nombre de qué ética profesional, ética en definitiva, la sangre, el linchamiento, la venganza y la selección interesada de información en una sola e inquebrantable dirección, han pasado a ocupar la prioridad del Periodismo en este exclusivo asunto.

 

Hace una década América encendía toda su maquinaria mediática al servicio de alumbrar a un niño prodigio la mayoría de cuyos portavoces se erigen ahora como abanderados de su total aniquilación. Este desaforado ideario, presuntamente respetable, convierte a aquel niño hoy en día en el enemigo público número uno, el peor que haya conocido la historia del deporte en los Estados Unidos.

 

Son los guardianes de la moral, los defensores del Deporte de cuyos valores tan cristalino y admirable ejemplo están dando estos días.

 

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“I like when I smile and the flashes go off” (LeBron James).

Cuando la razón pudo con el ansia, la lógica se disfrazó de femme fatal y el 2-0 tiñó la serie de blaugrana, toca apelar a la locura. Golpes de genialidad, de ímpetu, de ganas, de sueños. Chispazos que aviven la llama de Miribilla, que quiere llevar en volandas a su equipo hasta el quinto encuentro de la Final ACB.

En la batalla de la locura, Kostas Vasileiadis es rey. “No hay un gran genio sin mezcla de locura”. De Aristóteles a Kostas, de griego a griego, de filósofo a jugador. Un definitivo 0-3 es una situación imaginable. Empatar la serie sin genialidades de Vasileiadis, improbable. Un 2-2 sin su entusiasmo, su pasión y su locura, simplemente imposible.

 

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El Bizkaia Bilbao Basket apela al corazón para recuperar su baloncesto. No es mal camino. Un disco, un libro o el más bello desde los deportes, da igual. El arte se perfecciona desde la inspiración, desde el sentimiento. Y con 0-2 en contra, los argumentos técnicos o baloncestísticos se multiplicarán con cada latido. Ahí entra en escena Kostas.

Lejos queda aquel chaval irreverente por el que pagaron 3,5 millones de dracmas –unos 10.000 euros- cuando aún casi ni se afeitaba. Ese chico de 16 que cuando debutó se atrevió a tirar. Y después, otra vez. Y otra. Y otra. El miedo, para los que no creen.

Aquel codazo en la cara de Kenny Miller -“En ese momento dejé de ser niño para convertirme en hombre”-, sus 25 puntos por encuentro en el Europeo Sub20 o su llegada a Málaga para ser campeón, con una timidez de inicio que se quedó en espejismo.

“Solo acabo de llegar. Necesito expresarme en la pista”
. Y lo hizo. Y lo hace. Conexión total con las aficiones de Unicaja, Obradoiro y Bilbao Basket las del alero que aterrizó en las orillas del Guggenheim obligándose a jugar Copa y Playoff, quizás sin imaginar que rozó ser leyenda en el torneo por sus 7 triples y que su Bizkaia BB acabaría plantándose entre los dos mejores equipos ACB.

 

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Profético, anunciaba en el ecuador de la liga que su equipo, mitad genio y mitad irregular, como él, había demostrado jugar mejor contra los equipos grandes. Que pregunten por Valencia o Madrid, tras un Playoff en el que, más tarde o más temprano, siempre aparece. ¿Esconderse? ¿Y qué es eso?

Su irrupción en el final del primer partido de cuartos para poner a su equipo a 2 a falta de 5 minutos, su sangre fría en el segundo para dejar sentenciar con incontables tiros libres finales, ese par de triples en el último cuarto del tercer choque para confirmar el triunfo bilbaíno o, tras un par de partidos más discreto –que no cobarde-, sus dos triples consecutivos para hacer soñar a toda una afición con la remontada en el Palau.

“Vasileiadis le está haciendo un ‘Navarro’ al Barcelona”
, apuntaba con precisión e ironía Natxo Mendaza por Twitter. “Me encanta cómo tira Vasileiadis… incluso cuando mete”, espetaba Javier Ortiz para definir a un jugador cuyo simbolismo trasciende los números. Jamás un 31% en tiros de 2 y un 32% en triples habían inspirado tanto temor a un rival que sabe que el griego lanzará todo lo que haga falta con tal de cumplir sus sueños.

A 0,62 puntos por minuto –en lugar de los 0,51 de la regular-, a solo 15 de llegar a los 1000 en ACB, hombre a parar en el esquema de Pascual y la chispa que necesita el Bizkaia Bilbao Basket para volver a creer.

 “Mi expresividad es buena, si no tienes esa confianza no puedes hacer las cosas que sabes hacer: dar un buen pase, tirar… todos los jugadores nos divertimos en la cancha. Podemos ganarle a cualquiera”
, afirma aquel que cree que, tras la presión, toca “jugar como antes”.

 

Bandera griega a una mano, camiseta de Toquero en el torso. Sonrisa sin mesura, ambición con sobrecarga. Un grito, mil. Brazos al viento, al mismísimo cielo de Miribilla. El pabellón se cae. El pabellón cree. Su equipo confía. La locura enciende la mecha.



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¿Diversión, locura? ¿Y qué más da el nombre? ¿Y quién es el loco en este caso, el que sueña o el que baja los brazos? ¿El que grita y jalea o el que no siente?

“El individuo bien equilibrado está loco”
, escribía Bukowski. Quizás en Miribilla, el equilibrio en la serie empiece por ahí. Por la locura. Por su chispa. Por la diversión. Por Vasileiadis.

 

"Hola, me llamo Erazem Lorbek y soy tan bueno que consigo que parezca que tú también podrías dinamitar una #FinalACB sin despeinarte"

No sé bien por qué puse esta frase en Twitter y aún menos por qué más de 50 personas la “retwittearon” por la noche, pero sí que Lorbek, Erazem Lorbek, fue un factor diferencial demasiado grande como para que el Bizkaia Bilbao Basket tuviese alguna opción este jueves. Menuda perogrullada decir eso de alguien que acabó con 24 puntos y 28 de valoración, ¿verdad?

Pablo Malo de Molina
se sumergía en una orgía de números y datos que hacían aún más grande el encuentro de Lorbek. “Me lo pido para el blog”. “No, no, ya voy a hacer yo un artículo con sus cifras”. Y lo hizo. 59-35 con él en la pista, 15-24 para el Bilbao sin su presencia, récord en Playoff y la curiosidad que sus tres topes anotadores de siempre en ACB han sido frente a los bilbaínos.

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¿Y de que escribo pues? De sensaciones. De ese pequeño universo donde el esloveno siempre sale vencedor, digan lo que digan los números. “La frialdad se ha fijado en mi recuerdo; era tan fría, ¡tan fría!, que al estrecharla en mi pecho su corazón no latía”, escribía Niestzche.

Este jueves el corazón de Erazem no latía. Frío como el témpano, sin escrúpulos, se propuso romper el partido sin hacer ruido. Y eso es tan complicado como hacer bailar sin música. Sólo unos pocos, fríos todos ellos, lo consiguen. Un triple por aquí, otro por allá, un tercero para romper el partido.

“Sin fallo. Bailo en la zona y la dejo dentro, muestro mi juego de pies y mareo al rival, por aquí, no… por allí, y vuelve a entrarme. ¿Qué me vienen tres rivales? Pues la doblo y canasta. ¿Qué me dejan solo? Tiro a 5 metros y acierto. No fallo. Tan suave, tan sencillo y tan frío que parece imposible hacerlo”.

Ya lo hiciste en cuartos de final, contra Unicaja, con números menos estridentes pero una actuación decisiva. Repetiste en semifinales, con un choque a un nivel casi tan alto como el primero de la final, que ya es decir.

“Asesino silencioso” te llamaba Pep Sales, aturdido por la exhibición y por lo fácil que parece el baloncesto con jugadores que lo tienen tan claro. ¿A que parecía que cualquiera de nosotros repitiendo el poco complejo guion éramos capaces de imitarle? Ahí reside su grandeza. La sencilla frialdad.

Empero, no solo de Lorbek vivió un Regal Barça que, y ya perdimos la cuenta, vive, actúa y morirá, si hace falta, siempre como un equipo. Solo Ricky Rubio se quedó sin anotar un punto, aunque el base de El Masnou ofreció un par de guiños nostálgicos que recordaron a su mejor versión. Esa asistencia tras pasarse el balón por la espalda y ese tirarse al parqué, con toda su alma, para rozar un balón y convertirlo en pase. Y en dos puntos. Rickyrubiesco.

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Soberbio Perovic, cuya puesta en escena asustó. En sus primeros 6 minutos, 5 puntos sin fallo, 4 rebotes, 2 robos, 1 tapón, 1 asistencias, 1 falta forzada y 14 de valoración. Si el segundo hombre con menos minutos durante la regular es capaz de eso, es para pillar un trauma. Y al Bizkaia Bilbao Basket le costó salir de él.

Cada vez que lo intentaba, otra puñalada de talento. El primer balón que tocaba Ingles acababa en triple, Grimau lo hacía todo bien y Ndong no se aburría de tocar y atrapar todo balón que rechazaba el aro. Si el día en el que entre Navarro y Anderson suman un 7/22 de tiros de campo el equipo sigue sin inmutarse, apaga y vámonos.

No tan rápido. Que enfrente está el Bizkaia Bilbao Basket. “Setecientas vidas para un sueño”, recordemos. Que las tienen, que las tienen de verdad. Banic decía hace 48 horas que ni un 0-2 les aterraba porque estaban preparados para cualquier escenario posible. Miribilla también. Aunque volver a casa con 1-1 convertiría el reto en sueño. Y de esto, en Bilbao, han aprendido mucho esta temporada…

Hoy no te puedo preguntar que sientes. Hoy no. Lo sé. Lo sabe todo el baloncesto. No disimulaste nada e hiciste bien. Ocultar una alegría es como tan frustrante esconder un amor.

¿Te acuerdas cuando te ilusionaste en verano con Aaron Jackson y nadie te terminaba de creer? Ahora los escépticos son sus mayores fans. ¿Cómo se puede tener tanta hambre, comer tanto en pista y no empacharse jamás? ¿Cómo alguien tan eléctrico no deriva en cortocircuito? Sus cinco últimos minutos, con sus virtudes y fallos -¿los tuvo?- son para grabarlos y enseñárselos a las generaciones futuras, con moraleja incluida: “Creer es ganar”.

 

O. Omeñaka/EFEDOS

 

Tú también, Dimitrios. Te mereces un monumento. Vaya Playoff te estás marcando. ¿Cómo lo haces todo tan sencillo? Viéndote uno mismo piensa que podría salir a la pista y decantar las semifinales con un par de buenas acciones. Tu  seguridad en el momento de la verdad -5/5 en los últimos dos partidos, 17/26 en el Playoff-, tus gritos de rabia tras cada acción positiva y tu fe, infinita, bien valieron una final.

 
Axel, cuéntanos cómo lo hiciste. Desafiaste al tiempo, a la gravedad, a la misma lógica. El aro pasado del belga es una de esas acciones que marcan eras completas, como el no-triple de Ansley o aquel final de Creus. “The shot”, versión Miribilla.

Los números mienten en ocasiones y dicen medias verdades en otras. A veces, solo a veces, se les escapa alguna verdad. Por ejemplo, a la hora de medir la concentración cuando más cuesta mantenerla. 29/31 en tiros libres… ¡94 % en el partido más importante de la historia del Bilbao Basket! Si alguien aún duda de ti, golpéale con ese dato en la cara.

 

“El TAU Cerámica enseña al Lagun Aro Bilbao lo dura que es la ACB”, titulaba ACB.COM en tu debut en la elite, allá por 2004. El cambio de nombre es el menor de los detalles en tu metamorfosis. De aquel 57-104 con el que la ACB te dio la bienvenida a este pase a la final hay un camino de 7 años, con paso firme y seguro, las cosas bien hechas, coherencia. Crecimiento sostenible, que diríamos en otro terreno.  


Los adolescentes siempre tienen prisa por crecer, mas te hiciste adulto sin perder la perspectiva y sin dejar de pisar el suelo. Ahora te toca volar solo, en el reto más apasionante que te has encontrado jamás, el de la final.


Del bucle de la historia –hasta cinco veces la has hecho en este Playoff, uno por triunfo-, al topicazo de los sueños -¡que es una realidad, no un sueño!-, tu camino ya está escrito. Tinta negra, elegante, imborrable, de esa que aún gana valor con el tiempo. Ahora está en tus manos cerrar el libro con el epílogo soñado por los tuyos, que hoy lloran lágrimas entre sonrisas recordando tu machada de anoche, o dejar abierto un final, una esperanza, un “continuará”…

 

O. Omeñaka/EFEDOS
 

 


Es la magia de la primera vez. La primera vez que ves el mar parece más azul que nunca, el primer día que vas al colegio solo te sientes el niño más maduro del mundo y el primer beso te provoca pensar que estás perdidamente enamorado. Pero lo tuyo no es una ilusión, Bilbao Basket. No es espejismo sino machada y heroicidad


“Uno no sabe lo que es la sed hasta que bebe por primera vez”
, escribía Carlos Ruiz Zafón.  Desde ahora tendrás sed, sí, y quizás las gestas del ayer o del mañana te parezcan un poco menores si las comparas con esta. No sería justo. No serías justo contigo mismo.


Gestos, detalles, celebraciones. Lo vivido anoche en Miribilla, por más que hubiera cámaras como testigos, sólo lo sabréis el pabellón y tú, cómplices ya eternos. Y entre vosotros quedará a salvo el secreto más emocionante que vivistéis jamás en el baloncesto. Te espera ahora el Palau, que te hace un hueco encantado. Un lugar con tanta historia crece con visitantes capaces de reescribirla día a día.