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Escribía el poeta uruguayo Gonzalo Curbelo que la confianza sube por escalera y baja por ascensor. La de Velickovic, aquella perdida en el limbo, entre banquillazos, lesiones y rachas con aroma a maleficio, descendió hasta el sótano en el último año y medio.

Lejos quedaba la expectación de su llegada al Real Madrid. Le preguntaron por Kukoc en su rueda de prensa. Como con Gasol, Navarro o Rubio en España, cualquier talento precoz con sello balcánico pasa por ese filtro y debe responder a las comparaciones con el genio Toni o el malogrado Petrovic.


Velickovic no era Kukoc. Velickovic era Velickovic. Y le daba para ser uno de los jugadores más prometedores de Europa cuando llegó a la ACB y uno de los jugadores más dominadores de la competición en aquella primera parte de la temporada 2009-10. Pero la escalera pareció quedarse sin peldaños y lo que en principio fue un bajón de juego, se convirtió en una temporada aciaga en la 2010-11, con toda la fe en sí mismo derramada por el suelo, ese que tocó de blanco mucho más que el propio cielo.

 

 

 

Laso se propuso recuperarlo en este curso para la causa blanca pero el menisco de su rodilla derecha no tuvo la misma fe que el técnico madridista y Velickovic no volvió a sentirse jugador hasta la segunda vuelta, ilusionando en Copa y regalando destellos, que alternó con presencias más testimoniales que decisivas.

Hasta que llegó el Playoff. “No hay excusas”, decía en la víspera. Primer aviso, al Banca Cívica, con 17 de valoración en el primer duelo y un +25 en la valoración +/- en la gran victoria merengue del segundo, con él como pieza clave y muchos, muchos minutos en su haber. Empero, lo del Caja Laboral sería otra historia.

 
Segundo aviso al Caja Laboral. Y tercero, y cuarto, y quinto… tantos como partidos haya en una serie en la que, junto a Sergio Rodríguez, él es monarca en cuanto a sensaciones y espíritu. Sus 12 puntos en el estreno de la serie contra el Caja Laboral resultaron estériles, mas sus palabras no. El otrora frío Nole hizo un llamamiento a la afición, para que la serie viajase con empate a Vitoria . Sus palabras tuvieron efecto. Su fe y sus 16 puntos, también.

Con 1-1, volvió a dar la cara en el tercer duelo, con otros 13 puntos cargados de fuerza y orgullo. No sirvieron para el 1-2 pero sí para darle más épica a su mayor heroicidad como madridista. Lo de este jueves no fue el mejor partido en cuanto a números, pero por el momento, por la importancia, por el simbolismo y por el baño de confianza, es complicado recordar uno más especial para él en estos últimos tres años en el Real Madrid.
 
¿Qué es poesía?, se preguntaba Bécquer. Sin pupilas azules para responder, Nole se centra en definir otro término cuya riqueza jamás dejará de crecer. ¿Qué es confianza, Novica? ¿Qué diablos es?

Confianza es entrar en el partido con ojos inyectados en sangre, recibir el primer balón , ir de un lado a otro, cual poseso, cambiarse el balón de mano, inventarse un reverso y anotar tras gancho.


Confianza es acariciar el segundo balón del tercer partido y tirar un triple (o eso creía él), que finalmente fue de dos puntos por pisar la línea, y evitar que el Caja Laboral se escapase. O, en la siguiente jugada, postear para atraer a los rivales y asistir entonces a Singler, que le daba la primera ventaja al Real Madrid.


Confianza es su triple escorado y sin pensárselo, para poner el 12-12 en el marcador, con 7 puntos sin fallos en solo cinco minutos, sí, pero también confianza es jugársela otra vez a la siguiente jugada, a pesar de su fallo anterior.

 

 

Confianza es perderse el segundo cuarto entero, comerse las uñas en el descanso y, en frío, sacar las castañas del fuego en el peor momento de su equipo. Buscar fortuna en la zona, pasar, correr hacia el triple, gritarle a Begic para que le devolviese el balón y lanzar como si no hubiera mañana para volver a hacer creer al Real Madrid. 46-40. Había partido.

 

Confianza es recibir, en pleno eléctrico contraataque de Sergio, sin capacidad para frenar, casi debajo del aro, e inventarse una canasta a aro pasado esquivando brazos rivales y, en la siguiente posesión, volver a pedirla con todo tipo de gesticulaciones para lanzar de lejos –y otra vez pisando- y empatar un partido que minutos antes parecía roto.

 

Confianza es mirar fijamente la línea de 6,75 para no volver a acariciarla y, anclado en la lejanía, lanzar como un resorte un minuto más tarde para poner al Real Madrid nuevamente por delante.17 puntos en 17 minutos en aquel momento, tras ese explosivo triple.

 

Pero si todo eso no valía, si acaso su tercer periodo, sus semifinales, sus cuartos o su cambio de actitud no eran suficientemente prueba de que la escalera de la confianza volvía a tener peldaños hasta el infinito, la primera jugada del último cuarto resumió hasta qué punto un jugador puede crecer cuando cree. Simplemente eso. Cree.

 

52-57 para el Real Madrid en el luminoso, ya que Rodríguez también se había apuntado a la fiesta –uno de sus triples tras asistencia de Nole, por otro lado-. El tempo del choque, por primera vez, en las manos del Real Madrid. Las prisas, en el bando rival. No habían pasado ni 10 segundos de cuarto mas él ya estaba gesticulando, poseído, con los brazos en alto mientras Llull botaba el balón, como si fuera la posesión final.

 

 El base jugaba con el tiempo y se olvidaba de su compañero. Balón a Suárez. A Novica solo le faltaba saltar o coger un megáfono para llamar la atención. En silencio, su mirada hablaba. Sus gestos pedían. Sus brazos gritaban. ¡Pasádmela de una vez! Carlos, sin opciones en la pintura, se giró y, cayendo, le envió el balón a Novica. Impertérrito. Imparable.

 

No había lanzado y ese triple ya había entrado. No había encestado y él, su defensor, su equipo, sus rivales, el Buesa Arena, los comentaristas, los telespectadores, Vitoria, Madrid y hasta la misma Belgrado ya sabían el destino de aquel balón. Y acertó, claro, con la emoción de la narración de Marc Brau aún resonando con épica en los oídos de los que le escucharon a través de Orange Arena: “¿Pero cómo puedes ser tan bueno? ¿Dónde te has escondido, Novica, en estos últimos años? ¿Dónde te habías metido?”

 

 

 

52-60. 6-27 de parcial, con 13 puntos salidos de sus manos y 3 de sus ojos en ese arrebato blanco. Y llegaría otra canasta forzada para el 56-66, para acabar con 22 puntos (5/5 T2, 4/7 T3), 5 rebotes, 2 asistencias, 1 robo y 22 de valoración. La dictadura de los números, el imperio de los datos, la moda de las curiosidades.


Que si 4 triples en un momento épico del mismo jugador que hizo un 1/16 en el global de la pasada campaña. Que si el mismo número de triples en los últimos tres partidos (8/15) que en toda la 2011-12 hasta ese momento (8/26), que si cuatro partidos seguidos con dobles figuras en anotación y valoración (63 pt, 61 val) para aquel al que ya no se esperaba. Bendito bucle de cifras que vienen y van, pensará, cuando todo es tan sencilo que cabe en 9 letras. Confianza.


Hojas de estadística a un lado. Triples puntuales a otro. Ya sí, Velickovic es Velickovic. Paso a la realidad, al viejo joven, al joven viejo Velickovic, al que fue lo que fue y lo que una vez dejó de ser para hoy volver a ser. Trabalenguas de emociones, olvidados los bajones, para el quinto es la esperanza con tamaña confianza. Esta vez, sube en ascensor.

 Daniel Barranquero

@danibarranquero

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Cuando Mirza Teletovic lanzó el triple, Nemanja Bjelica aún estaba en posición de recibir el balón. Aún pedía el pase, aún quería ser héroe. Quedaban menos de dos minutos, Sergio Rodríguez parecía dinamitar la prórroga segundos antes con un triple que colocaba por delante al Real Madrid y la serie pendía de un hilo.


Era su momento. Como lo está siendo esta serie, como lo está siendo el Playoff. El Nemanja perdido, el bloqueado, el del infortunio, el frío, el estancado, el de las dudas. Todo eso, tan poco ahora comparado con la inmensidad de la nueva versión, más bien la auténtica… al viento. Papel mojado, papel quemado, papel volado.

 

 

 

No era un espejismo. Ni efectos ópticos, ni rachas pasajeras. Realidad, golpe de realidad del jugador más entonado, hasta el momento, del Playoff de la Liga Endesa. Del más valorado (16,6 de media), tercero en rebotes (5,8), cuarto en puntos (12,6) y en tapones (1), capaz de ser, al mismo tiempo, el segundo triplista más certero (dos por partido, con un 47 % de acierto) y el segundo con un porcentaje más elevado en tiros de 2 (71%), además de sumar, en estos partidos, 8 asistencias (la mitad, este martes), 4 robos… y un mate. El Mate.

Él, que encontró al fin la luz en el último partido de la regular, con 17 puntos, 9 rebotes y 25 de valoración contra el Gescrap Bizkaia, al que aniquiló el cuartos. Él, que tan importante había sido en los dos partidos previos de semifinales. Él, que solo en 5 encuentros de Playoff suma más valoración (83) que en los 22 partidos de la pasada temporada (73) o que casi dobla sus números del global de la primera vuelta (48).

Él, que empezó el último cuarto con 4 puntos y 3 de valoración y que acabó arrasando en la prórroga hasta alcanzar los 19 de valoración merced a una exhibición de recursos sin igual. Él, el de la asistencia desde el cielo, en pleno salto, para que Teletovic se colgara nada más empezar el tiempo extra. Él, el de la penetración frente a Sergio Rodríguez culminada en un reverso fugaz y apoteósico que convirtió, segundos antes del Mate, el lanzamiento más forzado en la canasta más sencilla. El de los malabares, el de la clase, el resucitado. Nemanja.

Cuando Mirza probó fortuna desde más allá de 6,75, Bjelica se olvidó por siempre de pedir el balón para jugársela. Nemanja, situado tan lejos del aro como el propio Teletovic, bajó los brazos, impulsó sus piernas y corrió. Corrió y corrió para volar, como si el destino ya estuviera escrito, como si hubiera tenido algún sueño, en aquel verano de 2010 en el que se debatía entre las ofertas de media Europa, que culminaba en ese orgásmico mate. Perdón, Mate. Él ya lo sabía. Pasillo hacia la gloria, salto hasta el cielo. Y mil recuerdos por el camino.

 

 

Aquella paliza recibida por una banda callejera en Belgrado en su adolescencia, que rompió mucho más que su codo: su sueño de triunfar en el Partizan. Su caída al olvido, su viaje al otracismo en Austria, donde incluso la burocracia y los papeles se aliaban para dejarle sin jugar. Su tentación de abandonar el baloncesto tras romperse allí la pierna, los consejos de su padre, la rehabilitación en Belgrado, el encuentro con Pesic, que se enamoró de él y le vistió de base, de alero todoterreno, de jugador total. La Universiada de 2009, el bombazo de su convocatoria para el Europeo, la plata, la celebración. La explosión definitiva en la segunda parte de la temporada en el Estrella Roja tras la marcha de varios referentes (ahora, curiosamente, su salto llegó tras la llegada de Nocioni) o esa margarita con tantos pétalos del verano de 2010, con aroma baskonista.


“Es la mejor decisión de mi vida”
, afirmaba radiante en su primer día en Vitoria, tras desoír los cantos de sirena del Olympiacos. “La paciencia ha de ser el abono perfecto para que Bjelica explote definitivamente”, escribía Iván Fernández en su apasionada radiografía de 2010 de la estrella en ciernes. Casi dos años después, la confianza encontró premio.


Cuando el aro escupió el balón de Teletovic y lo impulsaba hasta el infinito, el destino parecía ya escrito. Bjelica, que había corrido veloz y sin oposición -¿acaso hubiera podido pararle alguien?- saltó alto, muy alto. Hasta la nueva cúpula si hubiera hecho falta. Se disponía a matar. Pero a matar de verdad.

Un flash, dos, tropecientos. Los días grises, la mala suerte, los momentos en el banquillo, los errores de antaño, los nervios y la lesión, ay, la lesión. Aquella fractura de escafoides en la muñeca izquierda que tanto le había frenado. Aquel maldito 26 de abril de 2011 en el que le confirmaban que su temporada se había terminado. Aquellos extraños términos, en serbio o en castellano (“técnicas artroscópicas percutáneas”) que dejaban helado a aquel que solo entendía la jerga del baloncesto.

¿Cómo no iba a machacar con rabia por encima de Velickovic? Que alguien diera un motivo, ¡solo uno!, por el que esa canasta no debiera convertirse en algo más que una canasta y ese mate en algo más que un mate. Macedonia de recuerdos, de frustraciones, de energía, de ilusión por el futuro, del entusiasmo de un Buesa Arena hipnotizado, entre abrazos, saltos y manos en la cabeza. Tan solo habían pasado 2,4 segundos desde que el balón salió de las manos de Teletovic. Suficiente tiempo para cambiar una trayectoria y quién sabe si incluso, una eliminatoria. De Timinskas a Bjelica. El Mate ya encontró secuela.

 

 

 

 


Tras mirar desafiante con sus ojos a la altura del aro y hacer el mate, con el pabellón entero gritando, Nemanja se retorció un par de veces más en lo más alto, jugando desde los 3,05 de altura como el niño que lo hace en un parque. Piernas arriba, flexionadas. Cabeza al frente. El pabellón, por los aires. El Caja Laboral, por delante. Gritos de MVP. Y él, aterrizando con inocente faz, con sus manos pidiendo calma. Como si solo hubiese anotado una sencilla bandeja en algún momento del primer periodo, solo supo caminar hasta la línea de los tiros libres para lanzar impaciente y romper, con su 2+1, un encuentro que acabó teñido con su clase, inclasificable mezcla de talento, locura, frialdad y elegancia. Dos años en dos segundos. Dos segundos para dos victorias. Dos segundos para una resurreción, una esperanza, un regreso. El basket sonríe. Él no cambia la cara.

 

Daniel Barranquero

@danibarranquero

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“Del éxtasis a la agonía, oscila nuestro historial”, cantaba el grupo de rock argentino Bersuit Vergarabat, el favorito de Pablo Prigioni, viaje de ida y vuelta el suyo, conocedor como nadie de las dos caras, la más extrema y la más cruel, de los siempre igualados Real Madrid-Baskonia.

24 años han pasado ya desde el primer duelo entre ambos en un Playoff. Corría 1988 y los cuartos se pusieron al rojo vivo muy pronto, con victoria inicial del entonces denominado Taugrés. Los madridistas remontaron, pero aquel 2-1 sería el mejor aviso de lo que vendría en los años siguientes. El cruce de los canastones.

 

 

ACB Photo / L. García
 

 

 

Playoff 89: El 2+1 de Llorente


Nadie mejor que Pablo Laso, hoy técnico del Real Madrid, pare recordar el apoteósico final de la serie de cuartos de final del Playoff 89. Los de la capital habían ganado en la ida, aunque aquel Taugrés era mucho Taugrés y, en el infierno de Mendizorroza, se atrevió a desafiar al cuadro liderado por Petrovic.


Aquel 30 de abril, Drazen pareció humano. Totalmente anulado por los baskonistas (2/13 en el tiro), su rival aguantó a duras penas en el partido, con la amenaza del 1-1 cada vez más importante por las diabluras de McPherson y Micheaux. Sin embargo, cuando quedaba un minuto y el marcador estaba 72-72, Petrovic falló pero cogió su propio rebote para anotar. Dos arriba.


A la siguiente jugada, que decidía el partido, Llorente le robó el balón a Laso y corrió de una parte a otra de la pista para anotar, recibir la falta y sentenciar el partido desde la personal. A semifinales. A pesar de aquella mítica canasta de Llorente, la afición alavesa se mostró orgullosa de su equipo y los jugadores tuvieron que salir incluso a recibir una emocionante ovación al terminar el encuentro. Y todos contentos.


Playoff 90: El triple de Cargol


La historia se repetía. Otro Real Madrid-Baskonia en cuartos. Tres años seguidos ya. El primer partido fue ganado de forma cómoda por los madridistas (96-85), aunque el Taugrés se propuso dar otra vez guerra como local y planteó una batalla que desarboló al Real Madrid durante muchos minutos.


Los vitorianos rozaron la machada, tras un partidazo de Rivas (27), y llegaron a mandar por 13 puntos, ya en la segunda mitad (62-49). Sin embargo, los visitantes se enchufaron al partido con Antonio Martín en estado de gracia y se pusieron un punto arriba. La afición del Taugrés seguía animando, hasta que Llorente, otra vez verdugo y, especialmente, Cargol, con un triple final totalmente letal, dictó sentencia: 93-100.

Playoff 2001: Lucio Angulo decide


Tras esas tres primeras eliminatorias entre baskonistas y madridistas, hubo otras dos más, y además, de forma consecutiva, en 1991 y 1992, aunque sin canastas finales tan decisivas como las mencionadas. En 2001 se recuperó la tradición, de la mano precisamente de otro jugador que pasó por los dos equipos, Lucio Angulo.


Eran las semifinales. El entonces llamado TAU Cerámica había vencido por 72-81 el primer encuentro y quería volver a su tierra con un 0-2 en el bolsillo, lo que estuvo a punto de conseguir, con un partidazo de Scola. Tras un 0-11 de parcial, se puso a un solo punto a falta de dos minutos y el mido inundó a su rival… hasta que le llegó el balón a Lucio.


Angulo no tuvo miedo a tirar y su triple dinamitó el partido, con un intento final de Corchiani para forzar la prórroga que no encontró fortuna. 65-63 y 1-1 en la serie, que acabó 3-2 para los madridistas. Sin ese triple, el billete a la final podría haber sido sellado por otro pasajero.


Playoff 2005: El rebote de Felipe


La Final del Playoff 2005 fue la del triple de Herreros, la canasta decisiva más importante de todas las vistas en estos duelos. Pero hubo mucho más. En el primer partido, el Real Madrid le arrebató el factor cancha al TAU Cerámica gracias a un final in extremis en el que Felipe Reyes fue el más listo de la clase.


80-82, 40 segundos por jugar. Macijauskas había remontado (29 puntos aquel día) y el Real Madrid empezaba a notar la presión. Tanto que Pat Burke falló un tiro sencillo... aunque ahí apareció Felipe Reyes para atrapar un rebote en ataque que valió un partido. Bullock sentenció segundos después desde el tiro libre (82-84 acabó el partido) y el 0-1 fue el primer ladrillo hasta el título liguero blanco.


Playoff 2005: Scola recupera el factor cancha


El TAU había igualado la eliminatoria en el segundo partido y todos querían ponerse por delante en ese tercer round, disputado en Madrid. El choque fue precioso, un homenaje al basket. Tenso, igualado, trepidante, ofensivo… y tuvo un protagonista que brilló con luz propia: Luis Scola.


El argentino se picó con Louis Bullock (26 puntos para el estadounidense) con 21 puntos de todos los colores, todos simbólicos y logrados en momentos clave del partido. Con 82-81 para el Real Madrid, Luis recibió en la zona, se inventó un reverso finalizado en semigancho, y consumó la venganza baskonista sobre la bocina, dejando helado Vistalegre. Los vitorianos, a un paso de un triunfo final que nunca llegó gracias a la heroicidad de Herreros.

 

 


Playoff 2010: El triple imposible de Marcelinho


Un año antes, se las habían visto en semifinales, con 2-1 para el TAU, que quería repetir en aquellas semis de 2010 para regresar a la final. El primer partido, muy igualado, no dio opción a canastas heroicas, ya que Bullock falló el triple que le hubiera dado el triunfo a los suyos, con 62-60 final para los de casa, para alegría del Buesa Arena.


Eso sí, el segundo encuentro reservaba como regalo una de las canastas más impresionantes y que más daño han hecho a un rival en un Playoff de la Liga Endesa. 68-69, quedaba un minuto para el bocinazo final. Los baskonistas habían fallado un tiro pero el balón no tocó aro, por lo que la cuenta de posesión no volvió a 24.

Cuando Marcelinho recuperó la posesión, 4 segundos antes de que sonase el bocinazo, se dio cuenta de la situación y corrió, saltando para lanzar, desde más desde 8 metros, en plena carrera y en situación forzada, un triple que acabó entrando y haciendo saltar por los aires el segundo choque. Gracias a esa canasta, el partido llegó a la prórroga, decidida finalmente para el cuadro baskonista por 85-80.

Playoff 2010: Eliyahu, el invitado sorpresa


La serie, bella y épica, se merecía un quinto partido. El Real Madrid no se dejó intimidar por el 2-0 inicial de su oponente e igualó la serie jugando como local, por lo que habría desempate para llegar a la gran final.

Pocas veces una canasta decisiva llega a tres minutos para el final, pero aquel día, con tan pocos puntos y tanta emoción, lo que hizo Eliyahu fue realmente demoledor. Cuatro puntos consecutivos del invitado sorpresa, que despertó al fin, habían alejado a su Caja Laboral por primera vez en el cuarto final.


Con 58-54, el invitado sorpresa Lior Eliyahu cogió el balón a media pista, corrió hacia canasta, se sacó de la manga un uno contra uno, hizo en plena carrera el reverso y anotó. 60-54. La final, en el bolsillo (el cuadro blanco solo anotó 2 puntos más). A la postre, el título liguero... también.

¿Crecerá la lista este año?

 

Daniel Barranquero

@danibarranquero

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Qué lejos y qué cerca al mismo tiempo queda aquel 25 de junio de 2001, cuando el Gipuzkoa Basket Club tomaba cuerpo y forma para vestirse de equipo de baloncesto dispuesto a crecer sin mesura, aceptando con naturalidad cualquier sonrisa o lágrima que el destino les tuviese preparado.


A veces, cuando el éxito emborracha, el aficionado del equipo poderoso pierde la perspectiva y considera que el único placer del deporte, que el único gozo del baloncesto, es el mero título. Como en otras tantas cosas de la vida, el camino cuenta tanto como la propia meta.

 

¿Quién osaría decir que en este periodo de más de una década ya, en San Sebastián no se ha disfrutado? Las mieles del éxtasis están en un trofeo, sí, mas también, tan salvajes y auténticas como aquellas, en un ascenso, en una permanencia, en una machada, en una clasificación sorprendente.


Pocas veces se puede encontrar un partido más trascendental que el de esta noche para la historia de un club. El 22 de mayo de 2012, sea cual sea el resultado, será siempre ya historia en el baloncesto donostiarra. O para recordar el instante en el que volaron más alto o como simbolismo del día en el que se hicieron mayores.


“Nos sobran los motivos”
, cantaba Sabina. ¿Y a Panko? ¿Y a Doblas? ¿Y a Sito Alonso? Imposible más acicates para luchar por un sueño. Por el espíritu del Askatuak, por los días de anonimato en LEB-2. Por aquella decepción en La Laguna o el posterior boom tras su debut en LEB. Por los 3-0 a Drac Inca y CB León, que bien valieron un ascenso.


Por los recuerdos del pabellón Gasca o aquel debut sin complejos en ACB venciendo en el Martín Carpena y en el Palau. Por las sinceras lágrimas de Fisac tras el descenso o por el resurgir de las cenizas con Laso. Por esa fiesta en Cáceres tras tumbar al Tenerife. Por los derbis vascos conquistados al año siguiente. Por la primera vez que rozaron estar en una Copa, con esa derrota definitiva en Fuenlabrada. Por los ilusionantes inicios, y también por saber sufrir cuando las vacas flacas llegaban. 


Por la paciencia, por la ilusión, por la remontada en Murcia para meterse entre los gigantes coperos. Por la segunda vuelta. Por cada noticia, por cada elogio, por cada salto dado en Illunbe. Por los guerreros, por los modestos, por los que no están, por los dos autobuses que han salido a las 10 de la mañana para cruzar el país por pasión y devoción.


Por la apuesta de Datac, Bruesa y Lagun Aro. Porque, 170 días después de rozar el abismo, con un 2-8 de balance inicial, y 3.984 amaneceres más tarde de aquel que iluminó el nacimiento del club, el GBC tiene en su mano convertirse en el primer debutante en un Playoff –más allá de los participantes en el primero, obviamente- en alcanzar unas semifinales ligueras. Sí, les sobran los motivos.

 

 

Como también les sobran a un Valencia Basket que necesita este impulso para volver a sentirse tan grande como el resto lo ve. Para un equipo que, hace cuatro meses y dos días, no podía imaginar un futuro tan feliz.

 

Loco aquel, que en la pesadilla del 22 de enero, tras la derrota en Badalona, sin Copa, con cambio en el banquillo, sin moral, hubiera vislumbrado un horizonte teñido de taronja y aderazado con finales europeas, puestos de privilegio en liga y partidos a vida o muerte para entrar en semifinales.


Porque Perasovic dio vida, mas la afición supo creer en lugar de reprochar y confiar en vez de hacer balances, con medio año aún por jugar. Porque en aquel momento era más fácil dejarse llevar, entrar en crisis y dejar arder el proyecto en lugar de encontrar la pieza que faltaba para el puzzle de la reacción. Para el puzzle de la reconquista.


Y es que esto, más que un partido de cuartos y más que un desempate, es una reconquista. Regresar a la verdadera elite, volver a meter la cabeza entre los cuatro mejores, enterrar maldiciones absurdas y sacar pecho en su tierra, sin tener que cruzar los Pirineos para acariciar finales. 40 minutos pueden pesar más que 3.281 días, los transcurridos desde ese inolvidable 29 de mayo de 2003, cuando los Montecchia, Liadelis, Hopkins y Rodilla guiaron a la 'Naranja Mecánica' hasta semifinales.


"Ha sido una cita histórica después de 16 años de la entidad"
, exclamaba Olmos. "El Pamesa ya se ha quitado muchas espinas este año", confesaba Rodilla. Aquella vez, como hoy, se hablaba del trauma de pasar los cuartos, del golpe en la mesa de entrar en unas semis, de crecimientos, de anhelos, de presente y futuro.


En esa 2002-03, el entonces denominado Pamesa no se conformó, superando al Unicaja en una agónica serie a 5 partidos para entrar por la puerta grande en la Final ACB. El Barça del triplete cerró por la vía rápida su Playoff más idílico, sí, pero derrumbado un muro psicológico, siempre es más fácil volverse a atrever a hacerlo. Volver a atreverse a soñar.

 

Por los fundadores del 86, por los que vivieron el ascenso ACB logrado en Santa Coloma en 1988 y sufrieron el descenso de 7 años más tarde. Por Rodilla levantando la Copa de Valladolid, y, por qué no, también por la derrotas en la final de la Saporta contra la Benetton de Nicola y el Siena del letal Naumoski. Irá por el mejor conjunto que Valencia vio jamás, aquel de Oberto o Tomasevic que bajó a la tierra el mito de semifinales semanas después  de conquistar la ULEB contra el Novo Mesto. Por la final copera de 2006, el quinto puesto de 2008, la Eurocup de 2010 y el coqueteo con la Final Four de 2011.

 

 


Por enterrar el 5º partido contra Unicaja en 2004, los tiros libres de Reyes en 2007, la exhibición de su ex Rakocevic en 2008, el tapón de Basile en 2009, la canasta sobre la bocina de Dowdell en 2010 o el increíble 12-1 final sufrido en Miribilla la pasada campaña para perder el factor cancha.


Las derrotas, los cambios en el banquillo, la impotencia europea contra el inspirado Planinic, el cabreo tras caer en la prórroga contra el Lagun Aro el pasado domingo. Todo ello puede ser transformado, en un segundo, en la mayor de las euforias pasadas las diez de la noche tras un partido en el que unos y otros rivalizarán cantando los versos de Sabina.

Daniel Barranquero

@danibarranquero

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Cuatro series, cuatro 1-0. Los derrotados, desde el bocinazo final, se prometen a sí mismos intentar forzar de todas las formas posibles el desempate y mantener la esperanza de sus aficionados, sin descartar la remontada. “Queremos regresar a esta pista”, “Hay que alargar el cruce”, “Aprenderemos de nuestros errores”… las declaraciones se suceden y recuerdan a las de cada Playoff, aunque los precedentes nos indican que sus opciones van más allá de la palabrería.


Es complicado prepararse mentalmente para el segundo encuentro, con el abismo a un solo paso y con el único premio de un tercer partido y en cancha contraria, mas hay tres precedentes que deberían animar a Lagun Aro GBC, Gescrap Bizkaia, Banca Cívica y Lucentum Alicante para seguir creyendo. Tres equipos que vencieron sus series de cuartos al mejor de tres, con 1-0 en contra y ganando el tercero en cancha ajena. Estas son sus historias.


CAI Zaragoza 1984: El orgullo de Magee


El ejemplo maño es el más extremo de todos, ya que el formato de la eliminatoria, en aquel primer Playoff de la historia, era diferente al actual, con dos partidos consecutivos en la cancha del mejor clasificado. Los zaragozanos arrancaron en casa con mal pie contra un Cajamadrid liderado por Beirán (26), McKoy (18) y José Luis Llorente (17) que se paseó por la cancha de su rival hasta el 83-96 final.

 

Foto: Gigantes

 

Las semifinales estaban a un paso pero el CAI dio la sorpresa en el segundo duelo, con el mítico Magee (33) y López Rodríguez (23) rompiendo la igualdad en los últimos minutos, a pesar de la inspiración de Beirán (31). El final no pudo ser más agónico, con el Cajamadrid de los {Brabender, Del Corral, Beirán y compañía haciendo faltas a la desesperada (12 en el último minuto) que no impidieron el triunfo final de los maños por 101-103.


Se había ganado una batalla pero la guerra parecía imposible, con un tercer partido, al día siguiente, en la pista del Cajamadrid. Aquel 19 de marzo sería histórico para el antiguo CAI, que tras haber ganado la Copa esa temporada, se doctoró en el Playoff con su segunda machada consecutiva en un duelo que dominó de principio a fin pese a la lesión inicial de Magee. Se lo dedicarían a él. Los aragoneses, guiados por Allen (21), llegaron a mandar por 24 puntos pero se desfondaron y los locales estuvieron a punto de culminar una remontada histórica (83-84). No lo lograron y la verdadera historia la hizo el CAI, que estuvo a punto de redondear la gesta en semifinales frente a un Barça al que intimidó (2-1).

 

Taugrés 1992: La mayoría de edad


Dos caminos se cruzaron en aquel Playoff de la 91-92. El del CAI, que perdió una ocasión histórica para ir a la Liga Europea, y el de un Taugrés al alza que empezó a ser grande, ya sin complejos, desde aquella temporada. Y eso que en cuartos, empezó con un 1-0 adverso, con Gerald Paddio vestido de crack local para sentenciar por 87-83 el primer envite.


En el segundo, los de Herb Brown llevaron el partido a su terreno y, con 7.000 almas empujándoles y un excelso Sibilio (6 triples), tomaron una renta cómoda que les permitió vencer con menos apuros de los previstos: 86-75. Habría tercero. Habría bombazo.


Los aficionados baskonistas que lo vivieron jamás olvidarán aquel 26 de abril del 92. Sin {Carlos Dicenta}, pero con un compromiso inmenso, una zona desquició a un CAI que fue poniéndose más nervioso a medida que los minutos pasaban sin que pudieran escaparse en el luminoso. Los Arcega funcionaban pero, para su desgracia, los Arlauckas (21), Wood (19), Sibilio (17), Laso (13) y compañía, también. Una zona del Taugrés anuló al conjunto de {Comas} y un tapón de Rivas a Paddio confirmó la machada, la enorme remontada y la primera clasificación para las semis del Baskonia (88-92).

 

TDK Manresa 1996: El espíritu de Creus


El Unicaja venía de ser subcampeón liguero, con aquel triple de Ansley que nunca entró, había realizado una fantástica fase regular, llegando incluso a ser líder (acabó 3º) y partía como favorito contra el TDK, algo que se multiplicó tras el primer duelo, un aplastante 90-69 para los de Imbroda, con 20 puntos de Nacho Rodríguez y 16 de Ávalos, en un paseo militar desde el primer minuto que le daban a la serie aroma de 2-0.

Nada más lejos de la realidad. “Es el momento de sacar el orgullo”, afirmaba Salva Maldonado, que contagió con su fe al Nou Congost. Con el público entregado, los de casa plantearon una respuesta excelsa al favoritismo rival y lograron forzar la prórroga, merced al talento de Williams (24) y la sangre fría de Peñarroya. Habría un segundo tiempo extra, con los malacitanos amagando con escaparse, pero un triple de Townes y otra canasta del héroe Peñarroya (20 puntos desde el banquillo), le dieron la vuelta al partido de forma apoteósica (106-100) y forzaron el desempate. Sería su guinda.

 


“Vamos con ilusión. Se pensaban que íban a ganarnos y ahora tienen la presión”, comentaba Rafa Vega, en una sentencia que bien valdría para cualquier conjunto que logre este domingo igualar la serie a 1. Todo le salió al TDK aquel 5 de mayo. Babkov se lesionó, Rodríguez se cargó de faltas, la defensa funcionó, a Esteller le entraba todo (25 puntos) y pese al orgullo de Kenny Miller (34, con 15/16 T2), masacraron al Unicaja en Ciudad Jardín, logrando diferencias que superaron los 20 puntos, y sellando su pase a semifinales con un contundente 82-98 final. Sería la semilla del inolvidable título de Liga ACB, que llegaría dos años después.


Ellos representan el más grande motivo de optimismo para los cuatro derrotados en el primer partido de cuartos, que jugarán como si no hubiera un mañana. A la vez, son el mejor toque de atención para que FC Barcelona Regal, Real Madrid, Caja Laboral y Valencia Basket no se confíen. La historia avisa. El basket juzga.

Daniel Barranquero

@danibarranquero

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Con voz bajita, tímidos sus gestos, De Colo respondió nada más aterrizar en Valencia, hace ya tres primaveras, a aquella comparación con Antoine Rigaudeau, que siempre fue de la mano de su carrera. Raíces en el Cholet, todoterrenos exteriores, jóvenes precoces forjados con talento. Realeza. ¿La continuación de Le Roi? Por falta de ambición no sería: “No sé si seré el sucesor de Rigaudeau pero sí, los dos tenemos los mismos objetivos”.

 

ACB Photo / M. A. Polo

 

Y si el mítico Antoine se llevó un mal sabor de boca de su experiencia en Playoff, Nando De Colo está dispuesto a usar hasta el final el disfraz de héroe para conducir a su Valencia Bsaket a lo más alto. Por lo pronto, las semifinales están a un solo paso. Él es el gran culpable.

Su hambre, infinita. Un bote, dos, dribling, paso atrás y tiro. Nada más empezar. El balón no entró, ¿y qué más daba? Este sería su partido. A la siguiente jugada, coast-to-coast esquivando a medio Lagun Aro para inaugurar el marcador. A continuación, triple para dejar claro que monólogo, en ocasiones, también es sinónimo de exhibición. Su segundo acierto exterior, dinamitaba el inicio del partido (16-7) y cuando el GBC recuperó el aliento, el francés volvió a escena para anotar cuatro tiros libres consecutivos y taponar a Salgado, para conservar la renta al descanso: 44-37.

Era el mejor en números. Era el mejor en sensaciones. Y, sin embargo, sus dos primeros cuartos parecieron una broma en comparación con el derroche de facultades del tercero. Cuando Vidal anotaba desde 6,75 poco antes del ecuador del periodo, el encuentro parecía más vivo que nunca (49-44), mas un pequeño rey que viste de taronja no estaba dispuesto a que la igualdad se estirase hasta el infinito. Y ya se sabe que es ley la que quiere el rey.

Flashes. Chispazos. Latigazos. Calidad exprimida, zumo de genio. Balón a sus manos y triple. A la siguiente, se viste de Pietrus para aparecer en la zona y anotar a placer tras pase de un Florent con traje de Nando. Diez arriba y al banquillo. Un minuto de tregua y vuelta a la carga. Alley oop de concurso para mate de Faverani y, segundos más tarde, contraataque de libro y pase mágico entre las piernas para Caner-Medley. Por si fuera poco, De Colo elevó el show a categoría de obra maestra con otros cinco puntos consecutivos con olor a 1-0. Cuando regresó al banquillo, simplemente ya no había partido.

65-47. 16-3 en cinco minutos y todas las canastas valencianas con protagonismo directo suyo, excepto una de San Miguel. Y porque Rodrigo encestó en ese minuto que Nando pasó en el banquillo. Según él estuviera en una parte de la pista u otra, hubo dos partidos. Con él de suplemente durante casi 15 minutos, 22-26 para el Lagun Aro. Con él en pista, 60-34 a favor del Valencia Basket. Incontestable.

En total, 26 puntos (5/8 T2, 4/6 T3, 4/4 TL), 4 asistencias, 2 rebotes y 29 de valoración en 26 minutos, en la mejor actuación ofensiva de un taronja en Playoff desde el Shammond Williams en 2008. Y todo, el día en el que se vestía de centenario en la Liga Endesa y jugando una gran cantidad de minutos de base. Pues menos mal que no era fiable…

Elegante, rompedor, eléctrico, estelar. “¿Por qué siempre contra nosotros?”, se preguntará un Lagun Aro para el que De Colo se ha convertido en su más grande verdugo en su historia reciente.

 

En liga regular, 28 puntos, 9 rebotes y 37 de valoración en la ida… ¡en solo 21 minutos de juego! Aquella vez fue el Jugador de la Jornada y estableció topes históricos en la competición, como el máximo número de puntos o la segunda valoración más alta jamás vista en menor tiempo en pista. En la vuelta, 18 puntos, 4 asistencias y 3 rebotes para una media de 24 puntos y 27,3 de valoración cada vez que tiene al GBC enfrente.

 

Un cartel gigante de 5 metros de ancho y 8 de alto preside una de las entradas de La Fonteta. Visual metáfora de aquel que no dejó de crecer, especialmente en los momentos importantes. De los 3 puntos de valoración en el global de los tres partidos de los cuartos del Playoff 2010 o los 7 de valoración media en la lucha por el título de 2011 a un arranque excelso y prometedor del que en Francia apodan ya como el “Rey de España”. Le Petit Roi, al menos, que no el Principito. Él ya rige.

 

 Daniel Barranquero @danibarranquero ACB.COM

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El pequeño Erazem Lorbek tenía 4 días de vida. San Emeterio un mes, Triguero y los Urtasun un par, Caner-Medley cuatro y Taquean Dean, un añito, mientras que las mamás de Víctor Sada y de Kostas Vasileiadis estaban a punto de dar a luz. A Pablo Prigioni y Andrew Betts, con 7 años, les pillaba en otras latitudes y, con jugadores como el barcelonista Josep Pérez o el taronja Alberto Pérez a más de una década de nacer, probablemente el único que se acuerde de algo sea Nacho Ordín, que ya había cumplido 6 primaveras. 25 de febrero de 1984. Recuerdos en blanco y negro.

 

Allá cuando las manifestaciones cambiaban cosas y los derbis futboleros eran compatibles con el resto de deportes. Entre pancartas en la calle y la expectación por el Real Madrid-FC Barcelona del Bernabeu, había hueco para un deporte al alza, en pleno boom, culminado meses más tarde en el sueño de verano de Los Angeles.

 

El baloncesto crecía en España y, desde aquel día, todo cambió. El Playoff había aterrizado. Ese nombre tan sonoro llegado desde el otro lado del charco, adaptado desde Italia, que prometía un giro de todo lo visto hasta ese momento. “La Liga, transformada en Copa”, explicaban los diarios a aquellos que aún no entendían ese término que, en territorio ACB, llegó a escribirse con guion o sin él, con y sin comillas, junto y separado, en mayúsculas y en minúsculas, o en singular y en plural por parte de todos.

 

En realidad, el Playoff había nacido mucho antes, de la mano del florecimiento de la Asociación de Clubes. La ACEB, que se llamó así, en su gestación, propuso un modelo de competición diferente, que diese un giro de 180 grados y le diese más emoción a una liga que acababa decidiéndose en un par de encuentros de la regular. El modelo fue concretado el 27 de noviembre de 1982 y acabó aprobado de forma firme el 5 de marzo del año siguiente, tras una reunión maratoniana en un hotel de la capital.

 

Se trataba de dividir, en primer lugar, la liga en dos grupos de 8 equipos, ordenados según su clasificación en la pasada campaña: impares (1-3-5-7-9…) y pares (2-4-6-8…). Estos jugarían 14 partidos entre sí y, los primeros cuatro conjuntos de cada liguilla, pasarían, en segunda instancia, al grupo A-1. Los ocho restantes, al A-2. Volvería a jugarse otra fase a ida y vuelta que daría paso, una vez concluida, al esperado Playoff. Todo encajaba.

 

 

Cuadro Playoff
 

 

 

Los cuatro primeros de la A-1, exentos de jugar los cuartos. A partir de ahí, la batalla campal: A5-B4, A6-B3, A7-B2 y A8-B1, mientras que los cuatro últimos de la B-2 jugarían un Playout en dos fases para evitar el descenso. Se garantizaban más partidos, más beneficios para los clubes y mucha más emoción y vida para una liga que no tendría ganador hasta el ecuador del mes de abril.

 

La propia competición, en aquella temporada regular de la 82-83, le hizo un guiño al futuro más próximo del basket nacional. FC Barcelona y Real Madrid, que lo ganaban todo, quedaron en tablas en su doble enfrentamiento, con un triunfo para cada equipo. O alguno tropezaba contra otro rival o el nuevo palabro se usaría antes de lo imaginado. Y se usó. No era exactamente eso, pero toda la prensa habló de adelanto del Playoff cuando ambos conjuntos se vieron a disputar un encuentro de desempate para dirimir la liga.

 

“El Playoff ha llegado”, decía un periódico. “Un Playoff decidirá el campeón”, titulaba otro. Enemigos íntimos, barcelonistas y madridistas tendrían que jugar una batalla a vida o muerte, en campo neutral, para que el trofeo tuviese dueño. Oviedo ganó aquella subasta para acoger el “partido del siglo”, que se lo llevó el Barça, el gran triunfador junto a aquel invento de nombre anglosajón en aquel año. La moda del Playoff había calado.

 

En la posterior 1983-84, ya en época ACB, todos tenían muy presente que no habría nada decidido hasta el último día. “Aunque ganemos, no podremos decir que somos campeones. Aún queda el Playoff”, afirmaba Antonio Serra, técnico barcelonista, antes del Clásico. “Nosotros queremos ganar para llegar al primer puesto y tener ventaja en la fase final de la Liga”, replicaba Lolo Sáinz, que ya pensaba en clave Playoff.

 

Aquella temporada regular acabó a lo grande, con los históricos 54 puntos de Epi contra la Penya en la última jornada y con Real Madrid, Barça, Cajamadrid y Cacaolat, que le robó la plaza al Joventut en el último suspiro, clasificándose directamente para cuartos. Desde allí esperarían rival. Ellos, como otros tantos españoles, no se despegaron de la pequeña pantalla en aquellos días de locura baloncestística. “Como tocada por una varita mágica, la Liga se nos convierte de pronto en Copa. O, para que nos entendamos, en Playoff”, escribía El Mundo Deportivo, a cuya hemeroteca hay que agradecerles los gráficos.

 

El Playoff arrancó un sábado. A las 18:00, Caja de Ronda y OAR Ferrol encendían la mecha. Media hora más tarde, turno para el Licor 43-Baskonia, el primer choque televisado en un Playoff. Lo hizo TV3. Ninguno decepcionó. Fede Ramiro se salió en Málaga, con un 11/11 en el tiro frente al que sería su equipo en el futuro, que sirvió para el triunfo del favorito gallego. En la otra serie, sorpresa, con la pizarra de Manel Comas, técnico entonces del Cotonificio, anulando al anárquico Baskonia de Essie Hollis. 1-0 y para tierras vascas, en un formato en el que el mejor clasificado empezaba jugando fuera. En caso de desempate, tercer partido 24 horas después del segundo, en esa misma cancha. Y ocurrió, precisamente en esa serie.

 

 

Playoff 84
 

 

 

El antiguo Arabatxo Baskonia forzó el tercer partido, aunque los “licoreros” sentenciaron en el tercero. En el resto de las series, 2-0 por la vía rápida para OAR Ferrol, Joventut Massana y CAI Zaragoza. Más emoción habría en cuartos, con tres semifinales yendo al partido de desempate. El propio Licor 43 puso en aprietos al Real Madrid, mientras que Joventut y CAI vencieron, con factor cancha en contra, a Cajamadrid y Cacaolat respectivamente. Incluso en semifinales, el CAI Zaragoza estuvo a punto de dar la campanada (2-1) contra un Barça que entró, junto al Real Madrid, en una final que nunca tuvo final. No obstante, el Playoff había calado en su estreno, allá cuando Erazem Lorbek casi ni abría los ojos. 28 años después solo dos cosas permanecen: el anglosajón término se sigue escribiendo de mil formas… y, de solo oírlo, el corazón late más rápido. Hoy empieza todo.

 

Daniel Barranquero

@danibarranquero

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Radovan Kouril debutó en la Liga Endesa en el mes de enero con el Lucentum Alicante a la tierna edad de 16 años, 10 meses y 18 días. Fue ante el Blu Sens Monbus, dando Txus Vidorreta un premio a un jugador que alterna el junior del equipo alicantino con los entrenamientos en la primera plantilla.

 

El fichaje del base checo se produjo después del brillante campeonato de Europa que realizó, liderando con su compañero Martin Peterka a la República Checa a una segunda posición en este campeonato, siendo batidos en la final por la Croacia de Mario Hezonja o del jovencísimo y extraordinario Marko Arapovic. Llegaron hasta ahí sin su estrella, Adam Pechacek –del que ya hablamos en este blog- lesionado.

 


 

 

Kouril se ganó un puesto en el quinteto titular del campeonato, firmando unos brillantes 15.4 puntos, 4.2 rebotes y 6.1 asistencias, asumiendo mucho peso del juego del equipo, tanto en creación, como en ejecución de tiros.

 

Radovan Kouril es un base de 1.82, quizá algo bajo para los estándares actuales y es uno de los peros que se ciernen sobre su futuro. Aún así tiene una buena estructura física y una buena rapidez y control de piernas. Algo que le puede convertir también con mucho trabajo en un buen defensor conjuntamente con su rapidez de manos, aunque aún le queda trabajo y fuerza para poder defender con fiabilidad a jugadores potentes tanto de piernas como de estructura fica. ﷽﷽﷽﷽ trabajo y fuerza para poder defender con fiabilidad a jugadores potentes tanto de piernas como de estructura fera plaísica.

 

En ataque le gusta jugar con el campo abierto, en el que puede dar muchas soluciones, desde ver el pase adecuado para llevar el balón al aro, como doblar balones a tiros exteriores, ir al aro o paradas para suspensiones.

 

Tiene un buen manejo con ambas manos, si bien sufre ante defensores físicos y rápidos de piernas y manos, sobre todo subiendo el balón a cancha contraria, cuando no puede romperlos por velocidad.

 

Es rápido de piernas, puede atacar ambos lados para jugar al aro o pasar el balón con facilidad. Lee bien los espacios propios y de sus compañeros, para dar pases a cortes o tiros abiertos. Puede tirar, aunque su mecánica no es la más rápida del mundo y conjuntamente con su talla menor a la de la mayoría de rivales le hace bajar los porcentajes. Puede tirar abierto, esperando recibir el extra-pass. Le gusta mucho jugar tras bloqueo, bien para ver el juego, los cortes y los espacios abiertos, pero también para hacer suspensiones de media distancia, sobre todo atacando por su lado derecho.

 

En definitiva se trata de un jugador con talento, velocidad -aunque debe mejorar en velocidad de ejecución, sobre todo para salvar sus "deficiencias" físicas- y buen control del juego. Su pero más grande es su altura, la cual podrá solventar si mejora en velocidad y en templanza en algunas de sus acciones.

Jon de la Presa

Después de una buena carrera en categorías inferiores, tanto a nivel internacional con Eslovenia, como en la liga junior y en la primera división eslovena, Klemen Prepelic está consiguiendo afianzarse como uno de los jugadores a seguir en la Liga Adriática debido a su gran papel con el KK Helios Domzale.

 

Aunque realmente esto no viene de nuevas, ya que Prepelic fue uno de los mejores de la selección de Eslovenia en el campeonato de Europa sub 20 en Bilbao y además formó parte de la preselección de la selección absoluta este verano, lo cual nos habla de un jugador que puede dar mucho que hablar en los próximos años a nivel europeo ya que hace tres meses cumplió tan solo 20 años.

Está firmando 14 puntos, 2,4 rebotes, 2,6 asistencias y 6 faltas recibidas para 13,8 de valoración por noche en la liga Adriática, siendo el jugador clave de su equipo, con algunas actuaciones estelares como hace dos semanas en la victoria en la prórroga ante Hemofarm con 28 puntos, 7 rebotes y 7 asistencias.

Prepelic es un escolta puro de 1,91, de esos en los que el físico no es realmente lo más importante. Aún así, presenta un buen cambio de ritmo y es un jugador notablemente rápido en transiciones. Su principal arma es el tiro el exterior, tiro que ejecuta con facilidad y que usa en muchas situaciones, pudiéndoselo crear el mismo tras bote, pero con mayor eficacia en salidas de bloqueos, tras pase y paradas y tiro.

Como buen escolta presenta un buen manejo con ambas manos, puede ir hacia ambos lados para atacar con un buen cambio de ritmo y atacar el aro, parar y tirar una suspensión de media distancia –sobre todo con su mano “mala”- o ver con cierta facilidad, cada vez más, los espacios, los cortes y los hombres abiertos, siendo un jugador que puede sacar de vez en cuando una faceta de escolta creador. Puede que antes fuera un jugador más centrado en el tiro exterior, pero cada vez más se muestra más agresivo de cara al aro.

Él es el líder de su equipo, algo a lo que viene estando acostumbrado desde muy joven, y es algo que se nota, puesto que le gustan las bolas calientes.

Aún así, no es un base, ya que no es un jugador director, ni creador al 100%, es un escolta que aglutina las buenas artes del “dos puro”. Ya que a pesar de que en su búsqueda al aro puede crear, sus intenciones son más anotadoras, aunque leyendo notablemente el juego y sin abusar del tiro. Además su uso de bloqueos y pantallas son donde suele sacar buenas ventajas y espacios para sus lanzamientos.

Defensivamente es un jugador comprometido, bastante agresivo en el 1 contra 1, sobre todo atacando al balón. Aún así tiene problemas con gente muy explosiva o más grande, así como en salidas de pantallas. Tampoco es un gran reboteador. Pero en la faceta defensiva va mejorando, sobre todo en cuestiones de desplazamiento lateral.

Se trata en definitiva de otro talentoso jugador de la prolífica cantera eslovena, al que habrá que seguir su evolución con atención en los próximos años y ver si es capaz de dar el salto.

Jon de la Presa

Este año está volando. Desde noviembre que escribí el ultimo blog, han pasado inmensidad de cosas en todos los aspectos de mi vida, tantas que no he tenido tiempo hasta ahora de compartirlas con vosotros. Cada día que pasa veo la gran suerte que tuve de poder venir aquí y la gran decisión que tomé de cambiarme de Rio Grande a MSOE. Las clases siguen duras como siempre, pero ya la mayoría de ellas están dedicadas a mi carrera, cosa que me gusta y me ilusiona. Ya tengo las primeras experiencias de vida real en el sector, cursando el “Junior Project”, una pequeña experiencia previa al proyecto fin de carrera, 3 meses trabajando como consultor para una empresa de Milwaukee. El cuatrimestre que viene tendré otra clase con experiencia de vida real y, aparte, estoy en conversaciones con varias empresas, entre ellas Harley Davidson, para empezar a trabajar allí en marzo o junio. La vida académica empieza a cobrar sentido. Después de 3 años se ve la luz a lo lejos, algo que te hace que cada día lo empieces con más ilusión y ganas que nunca.

Todo esto, lo compagino encantado con mi trabajo en la universidad (hacer las estadísticas para el resto de deportes), con mi empresa (una plataforma online dedicada a la los estudiantes y profesores universitarios americanos), que yo junto con mis tres socios y con la ayuda de varios profesores y la organización “Entrepreneurs” de la universidad hemos abierto, y por supuesto mi gran pasión; el baloncesto.

 

 

 

 

La temporada va mejor de lo esperado. El duro calendario de partidos de no conferencia ha hecho que nuestro récord no sea tan bueno como el año pasado, pero aun así estamos cumpliendo en los partidos de conferencia que son los importantes. Ganamos a Aurora College, después de 4 años sin que MSOE les ganara, y ganamos también, en un gran partido, a Edgewood, el líder de la conferencia, colocándonos lideres nosotros. Finalmente, el fin de semana pasado perdimos contra Concordia Wisconsin, colocándonos empatados por el primer puesto. Después de que varios jugadores dejaran el equipo por estudios, o motivos personales, nadie esperaba nada de nosotros, y aquí estamos dando guerra y sin parar de trabajar y soñar al mismo tiempo.

Así que, así va mi vida, viviendo un sueño académico y profesional que no tendría oportunidad de vivir en España, compitiendo como siempre en la mayor de mis pasiones, y disfrutando de cada momento. Por lo que tengo entendido, casi una decena de jugadores de baloncesto españoles están intentando a través de AGM Sports vivir una experiencia parecida a la mía. Desde aquí solo tengo una frase para ellos:

 

“A por ello, y nunca dejéis de luchar”

Víctor Sánchez Bande
 

Buenas una vez más,

 

Me reengancho a la narración de esta temporada tras la Navidad. Para muchos un período más de cenas de equipo y pachanguitas en los entrenamientos que, propiamente dicho, duros entrenamientos. Ahí, no os voy a engañar, en mi club mantuvimos la tradición. No faltó la pachanguita donde los entrenadores llevamos nuestro talento de la teoría a la práctica. Como es evidente después de tanto tiempo sin jugar estaba algo más que oxidado. Por suerte si yo lanzaba un pase a las nubes mi compañero Román lo pillaba en la clásica jugada "pincho" que, efectivamente, viene en homenaje a Andrés Montes. De lo que no me salvé fue de mis pases fallados y triples sin sentido, pero es que claro como me voy a jugar con la camiseta de Stephen Jackson ¡El espíritu de su camiseta me invadió!

 

Hasta aquí todo normal, pero de ahora en adelante fue algo ligeramente diferente. En primer lugar porque he estado pegado a una silla y a un ordenador todas las navidades dale que te pego con trabajos del curso de entrenador. Es lo bueno y lo malo que tienen los cursos a distancia, no tienes que ir a clase... porque la clase la tienes en casa. Total que al final he acabado del "playbook" hasta los mismísimos... triangulitos, jejeje.

 

Y para rematar mi sobredosis de baloncesto, en estas fiestas, además, campus y entrenamientos con el Ciudad Ros Casares. Sí, como lo oís, por mor de tener que hacer prácticas en el curso, yo y mi compañera de club Maribel, solicitamos hacer la formación continua con la primera plantilla del club. Desde luego que nos parece mucho más interesante y práctico ver como se gestionan entrenamientos y la preparación de un partido a asistir a unas charlas o clínics que, quien más o quien menos, ya ha estado en unos cuantos o ha visto en DVD.

 

Gracias a la amabilidad de Carme y David y con la colaboración de Andrea y los técnicos Roberto y Toni, pudimos seguir los entrenamientos del equipo justo antes del primer partido del año y en la semana en la que se incorporó Maya Moore.

 

Imagen Ciudad Ros Casares

 

Qué deciros de los cambios entre un equipo profesional y cualquiera de los equipos que nosotros, en la base o en categorías menores, podemos llevar. Sinceramente, los entrenamientos y sistemas no me parecen que estén fuera del alcance de unos profesionales con ganas de aprender, pero lo que sí noto la diferencia es en la capacidad de las jugadoras para asimilar conceptos.

 

Asistimos a varias sesiones y la más enriquecedora desde luego fue la táctica. Ver cómo ejecutan sistemas, trabajan transiciones y desde la banda se fomenta la creatividad me parece espectacular. En nuestros niveles cuesta horrores que ejecuten sistemas algo complejos (perdonadme pero es que a mí me tira mucho la táctica), pero aún más que rompan los sistemas y creen algo de la nada. En las profesionales es muy diferente, pero claro todo es más fácil si en la pista tienes Laia Palau, Sílvia Domínguez, Lauren Jackson, Sancho Lyttle... o Maya Moore.

 

Desde luego que lo de esta chica nos impresionó desde el primer día. Por si no lo sabéis es la número uno del draft y talento tiene para dar y repartir pero lo que más nos llamó la atención a Maribel y a mí fue la intensidad que mostraba en cada entrenamiento. Como entrenadores ver la actitud y predisposición al trabajo con la que se mostraba me parecía encomiable.

 

Dentro de la formación vimos como se programaba la semana de trabajo para afrontar el partido y pudimos seguir de cerca ese encuentro. Siempre me fascinan los sonidos del baloncesto, tanto cuando se ve en la tele con los micros a entrenadores como cuando tengo la suerte de estar cerca de un banquillo. Un encuentro tiene muchas intrahistorias y como entrenadores también aprendemos cómo llevar un partido y gestionar encuentros viendo a compañeros.

 

Desde luego que fueron unas sesiones largas (se entrenó en nochevieja y año nuevo) pero, como estudiantes de la materia, desde luego que merece la pena tener la oportunidad de ver la profesionalidad con la que trabajan jugadoras y entrenadores de primer nivel.

 

Y así fueron las navidades, entre apuntes, programas informáticos y los entrenamientos en la Fuente de San Luis... No sé si de todo ello aprendí algo, pero el primer partido del año lo ganamos y ya nos hemos asegurado ser terceras de grupo, que es el mejor récord que hemos tenido en los tres años que estamos Román y yo llevando al equipo júnior... Esto lo dejo caer por si los directivos del club tienen a bien recompensarnos con un aguinaldo postrero jejeje.

 

Ojos marrones, ni duros ni blandos, más bien calmos. Y una mirada escarpada, menos fría que tibia, lo que abría al recién llegado un territorio como infranqueable. Para retirar el telón había que ganarle. Y nunca era breve el tiempo de conquista. Si se lograba, luego de un inolvidable momento de sorpresa, cuentan que merecía la pena descubrir los misterios que se ocultaban tras aquellos ojos fronterizos.

 

 

Pero sanos y limpios.

 

 

Eran los ojos de un joven de 20 años. Un jugador espigado y monumental.

 

 

A unos días de la Navidad de 1967 la universidad de Bradley venía invicta en sus ocho primeros partidos. Era cuestión de medirse a la vigente campeona UCLA, que no tuvo la menor piedad aplastando a su rival por 109 a 73. El equipo de John Wooden, una cosa imbatible, sumaba así su 38ª victoria consecutiva. Pero el viejo no estaba contento. Había ocurrido algo feo. Al poco de la reanudación su pívot Lew Alcindor, que era como decir el equipo entero, había sido golpeado accidentalmente en el ojo izquierdo, causándole esa insoportable molestia de picores húmedos y ciegos que sólo al cabo de largos minutos devuelve la vista a la normalidad. Wooden aguardó, lo sentó y preguntó. “¿Estás listo?”. Lew presentaba un ojo más cerrado pero había dejado de lagrimar. Volvió a salir. Pero al poco el simple contacto con el aire le dejaba tuerto. A falta de 13 minutos –y con 13 puntos y 11 tapones– Wooden plegó el mástil y Lew enfiló a vestuarios con una toalla en el rostro.

 

 

A las pocas horas todo volvería a su sitio. Había sido un golpe y los golpes remiten. Jugaría contra Notre Dame.

 

 

Apenas dos semanas después, el 12 de enero, UCLA se medía a su rival de California en Berkeley. En las postrimerías del encuentro, y con todo dominado por los de Wooden, una lucha por el rebote terminaría con un dedo del alero Tom Henderson en el ojo de Alcindor, que juraría haber sido víctima de un balazo con vuelta. Otra acción fortuita. Pero esta vez parecía más seria. Lastimado de nuevo por el mismo sitio Alcindor se llevó la mano a la cara retirándose de inmediato del partido con 44 puntos a sus espaldas.

 

 

Al término el pívot no estaba para nadie. A las preguntas de cómo se encontraba, el director deportivo de UCLA, J.D. Morgan, no pudo ser más escueto: “Dice que ve borroso”.

 

 

Debía ser éste el motivo de que la siguiente velada ante Stanford la viera lisiado desde el banquillo. Un aparatoso vendaje cubierto por unas gafas de sol era la guisa de Alcindor en el primer partido ausente de su carrera universitaria.

 

 

 

 

 

 

Su ausencia, o más bien la incertidumbre sobre su estado, inquietaba a demasiada gente. El sábado 20 de enero UCLA debía medirse a la número dos del país, Houston, en el colosal Astrodome y desde tiempo atrás este enfrentamiento estaba siendo promocionado como el más grande en la historia del college. A dos días de la cita Alcindor tampoco jugaría contra Portland. Le habían dejado ingresado en la Clínica Oftalmológica Jules Stein de UCLA, donde a primera hora del lunes Wooden impartía órdenes a todo el que se cruzara. “Te vas a quedar aquí lo que haga falta”. Su visita fue un monólogo. Lew no tenía ganas de hablar. De hecho no abrió la boca. A la media hora Wooden se despedía con un último dictado: “Señorita, no le pasen ni una sola llamada”. El viejo cerró la puerta de la habitación persistiéndole pasillo adelante la grotesca imagen de unos enormes pies saliendo de la cama.

 

 

El miércoles el doctor Paul Reinhardt, a cuyo cargo quedaba el paciente, hacía público el diagnóstico: “Extremely superficial abrasion”. Reposo y poca luz. Tres días y medio después del ingreso le daban el alta y aquella misma jornada Lew empezaba a correr. Un par de sesiones suaves acompañado de Wooden para recuperar, en lo posible, el tono muscular. Nada más. El viernes a la noche, víspera del gran partido, le retiraban el vendaje.

 

 

- ¿Cómo ves?

 

- No veo.

 

- Es normal. Acuéstate, duerme y mañana estarás mejor.

 

 

El partido ante Houston, retransmitido para toda la nación, cumplió las expectativas de audiencia muy por encima incluso de lo previsto. Lo tuvo todo, y por tener, tuvo hasta sorpresa. La universidad texana ponía fin a 47 victorias de UCLA ante el delirio de casi 53 mil espectadores, cerca de 35 mil más que el mayor aforo registrado hasta entonces en un partido universitario. Dos tiros libres de Elvin Hayes a falta de 28 segundos adelantaban a Houston con el resultado que a la postre sería definitivo (71-69). Hayes hizo el partido de su vida. 39 puntos en una espléndida serie de 17 de 25. Muy al contrario Alcindor había presentado una versión sombría, pobre, casi remota. Sus 15 puntos cayeron a cuentagotas en sólo 4 aciertos de 18 intentos.

 

 

Al término la prensa le apretaría por el mismo lado y Alcindor despachó el asunto aprisa: “No, no han sido los ojos. Físicamente no estaba bien”. Y tampoco Wooden tendría mayor problema en reconocer lo ocurrido, elogiar a su rival y aclarar a todos que incluso después de lo visto: “No cambiaría a Alcindor por Hayes”.

 

 

Al día siguiente saldrían a colación desde la misma clínica de UCLA algunas secuelas que al parecer no habían sido del todo publicitadas. El ojo izquierdo de Alcindor presentaba una irritación severa que le provocaba visión doble y distorsión de la profundidad. “No es una excusa –declaraba anónimamente un miembro del cuerpo médico–. Pero es obvio que en el partido ante Houston no medía bien sus tiros”.

 

 

Aquella misma semana sería examinado otras dos ocasiones dado que viernes y sábado tocaba doble velada en Nueva York ante Holy Cross y Boston College. Lew rompió su silencio para expresar su deseo de jugar ambos partidos en su urbe natal, ante su gente. “John, quiero jugar. Como sea pero no quiero faltar a la cita”. De hecho medirse a Holy Cross, a la que entrenaba Jack Donahue, su técnico en el instituto, tenía para él un añadido muy personal. Wooden consultó al doctor Reinhardt y éste dio el visto bueno. “Está bien, contamos contigo”.

 

 

Y Lew pudo así cumplir sus deseos. Volvió para superar a Boston College sumando 28 puntos, 17 rebotes y 5 asistencias. El Madison también se llenaría el sábado para verle hacer 33 puntos a Holy Cross. Wooden aseguraba tras el partido que su jugador principal estaba “fuera de forma”. Y no faltaba a la verdad. Alcindor apenas había entrenado desde la lesión. Pero al 60 o 70 por ciento seguía siendo el jugador más desequilibrante del país. Y sanado el ojo sanada la forma.

 

 

Antes de arrancar la primavera de 1968 Alcindor se alzaba con su segundo título nacional. Al año siguiente la misma historia. Era como si con él fuera imposible perder.

 

 

Para entonces el mayor cambio de todos pertenecía a su vida interior. Había abrazado la religión islámica. Pero no sería hasta tres años después, cumplido el lento trámite legal, que su nombre cambiaría del todo. Conquistó su primer título de la NBA en 1971 como Lew Alcindor. Arrancaría la temporada siguiente como Kareem Abdul-Jabbar. Generoso. Sirviente de Alá. Poderoso. “Ese es mi nombre y así quiero que me llaméis”. Ese era su nombre y así quería que le llamaran. Era la exigencia de un hombre cuyas apariciones públicas tenían algo de profunda y vital reclamación. Donde la sola presencia, portando el féretro de Martin Luther King o renunciando a los Juegos de México, subrayaba el acto por el acto, esa protesta pacífica y silenciosa que de Cristo a Gandhi admitía el genuino lenguaje de la dignidad.

 

 

 

 

 

 

Incluso su mirada había cambiado. Acaso más contraída, incluso apagada. Pero más firme y grave, como esos días de nubes bajas sin lluvia. Era como si en apenas dos o tres años su vida mental hubiera avanzado diez o doce, consecuencia de vivir un compromiso. Personal, social y político. Eran tiempos difíciles. De cruzar la línea aun ganándose la aversión. “Traidor”, pudo leer en medio de un contexto, agitado y cruel, al cabo del cual el deportista, como figura pública, había enfriado hasta convertirse –ya para siempre– en un tipo necesariamente ártico.

 

 

Así la templanza de Abdul-Jabbar sería una de las cosas más difíciles de quebrar dentro de la misma NBA. Y si alguna vez lo hacía hasta podía percibirse el motivo. Una de aquellas raras ocasiones tendría lugar en el interminable sexto partido de las Finales de 1974, resuelto luego de dos prórrogas con un sky hook que igualaba la serie camino de un séptimo y definitivo en Milwaukee. Boston y su tonelaje de raza blanca eran motivo suficiente para estallar de rabia y así lo hizo. Breve. Muy breve. Porque los Celtics rematarían el título a domicilio. Y no mucho después Oscar Robertson abandonaba. Pronto perderían además a Lucius Allen camino de Los Angeles. El equipo se deshacía a pedazos. Más motivos para no sonreír.

 

 

Con todo, pasado el verano los Bucks eran los vigentes subcampeones y seguían contando con el mejor jugador del mundo, como probaba además su tercer galardón en cinco años. Pero sin más avances, corrían el riesgo de una excesiva confianza.

 

 

A principios de octubre un partido de pretemporada medía en el Dayton Arena de Ohio a Portland y Milwaukee, lo que básicamente equivalía a hacerlo con Bill Walton y Kareem Abdul-Jabbar, las dos últimas grandes estrellas de UCLA. De hecho no era otro el reclamo.

 

 

El promotor de aquel encuentro era Don Nelson, que sacaba con estas exhibiciones algún pellizco que sumar al contrato con los Celtics. Como cualquier otro promotor Nelson pretendía una rueda de prensa de los dos grandes para airear el evento en condiciones. Con Walton, más disperso que difícil, no habría mucho problema. Con Kareem, en cambio, era distinto. Su entorno sabía bien de lo complicado que a veces resultaba sacarle de la habitación del hotel en las giras. Nelson buscó entonces la ayuda del director deportivo de los Bucks, Wayne Embry, para obtener así el permiso del jugador y poder, simplemente, hablar con él. El problema era que Nelson no podía personarse en Dayton dado que los Celtics, también en pretemporada, viajaban a Toronto para medirse a Buffalo. Finalmente el teléfono acudiría en su ayuda. Una de esas charlas que con Kareem tenían siempre algo de soliloquio pero a cuyo final Nelson se ganó el acuerdo del pívot, no sin antes aclarar sus cosas como en él era habitual.

 

 

- Está bien. Pero a condición de que estén todos sentados cuando yo entre y todos los micrófonos listos donde yo me siente.

 

 

Nelson asintió –“Claro, claro”– como un acto reflejo. Devolvería aquella petición a Wayne Embry, que bien la conocía, trasladándola éste al portavoz de Dayton, Joe Mitch, para cumplir el deseado protocolo. El programa proclamaba deslumbrante: “University of Dayton Arena: First Historic Meeting: Jabbar Vs. Walton”. Uno de aquellos focos que tan poca gracia hacían al gigante.

 

 

Apenas tres días después Nelson tendría ocasión de agradecer personalmente todo aquello a Kareem. Celtics y Bucks se medían la noche del sábado 5 de octubre en el Auditorium de Buffalo. Era el enfrentamiento de las últimas Finales. Pero entrado el juego saltaba a la vista ser un partido más de pretemporada, donde rodar a los titulares y dar lastre a los banquillos sin que la intensidad ocupara en ningún momento el primer plano.

 

 

A mitad del último cuarto Kareem, aún en pista, llevaba 24 puntos y la victoria corría sencilla cuando en la lucha por un rebote recibió un codazo fortuito de Don Nelson. Exactamente, en la cuenca de su ojo izquierdo, como una pedrada. El gigante cayó al suelo con la mano en la cara y acto seguido, dolorido y furioso por no escuchar siquiera el silbato como prueba del delito, se incorporó, avanzó un par de pasos y descargó su ira con un puñetazo al soporte de la canasta, tan flaco de protección que el golpe resonó seco en todo el pabellón. Fue lo peor que pudo hacer. Aterido de dolor su mano izquierda seguía pegada al rostro y su derecha bajo la otra axila. Se acababa de romper la mano.

 

 

En unos minutos una ambulancia trasladaba al jugador al hospital Millard Fillmore de Buffalo. Durante el trayecto no dejó de maldecirse. “¡Mierda! ¡Mierda! ¡Cómo coño he podido ser tan estúpido!”. Un primer diagnóstico confirmaba la lesión: “Right Hand: 4th Metacarpal Bone – Fracture”. El preparador del equipo, Bill Bates, anunciaba allí mismo una desagradable previsión: “Kareem estará fuera del equipo de tres a seis semanas”. Era la noche del día cinco. La temporada arrancaba el quince.

 

 

De urgente regreso a Milwaukee y apartado de toda preparación Kareem quedaba en manos del doctor George Korkos. Pero recién ingresado en el Hospital Elmbrook el cuerpo médico cambió su veredicto. El problema más serio no estaba en la mano. “No veo. O sí. Veo muy mal… y me duele”. Sentía haber interpretado antes aquella misma escena. Repetir hasta el mismo balbuceo al techo. “Me duele… mucho”. Korkos acudió al especialista en oftalmología Thomas Aaberg y poco después un nuevo diagnóstico se imponía al primero. “Severe Corneal Abrasion”. Otra vez los ojos.

 

 

Sabido esto Embry se encargaría de lo público. “Les transmito lo que indican los médicos. La mano puede sanar. Pero el ojo podría ser algo más”. Preocupaba al directivo el estado de Kareem. Pero aún más saber imposible la tarea de suplirlo. El pívot reserva Dick Cunningham, que apenas había jugado el año anterior por problemas de tobillos, estaba ahora tocado en la espalda. De modo que el alero Cornell Warner debería jugar de pívot temporalmente.

 

 

Al arrancar la temporada el desastre era total. Cunningham no podía. Se rompió tras dos partidos. Embry su sumergió de cabeza en el mercado de restos a hacerse con Bob Rule, alternando hasta mitad de diciembre a Warner y el novato Kevin Restani como pívots. El resultado era igualmente desolador. Sin Kareem no había equipo. No había nada. Se hundieron en un terrible comienzo de 1 victoria y 13 derrotas, once de ellas seguidas. Hasta les abucheaban en casa. “¿Oyes eso, coach?”, ironizaba Dandridge. “Así estamos. No tenemos pívot. ¿Qué se supone que vamos a hacer?”. Y Costello se rascaba la barbilla.

 

 

Semanas atrás y fuera de las luces de temporada la soledad tenía en Kareem, por primera vez en su carrera, un sabor distinto. Sentía temor de volver a pista. Tan sólo por sus ojos. Por volver a ser golpeado. Hasta tenía pesadillas. En la habitación del hospital, a solas con Embry, sentado a su lado, era momento de pedir algo. La cadencia de sus palabras, casi susurros, anticipaba algo grave que decir.

 

- Había pensado en hablar con el doctor…

 

- ¿A qué te refieres?

 

- No sé, lo he pensado mucho. ¿No puedo jugar con unas gafas o algo que me proteja?

 

Automáticamente Embry restó importancia a la solicitud, como si no fuera más que fruto del miedo.

 

- Sé que parece mucha casualidad. Yo también he sufrido esos golpes. No sé, no creo que sea…

 

- Wayne, no sabes, no te puedes hacer una idea de cómo pegan ahora ahí abajo.

 

- Bueno, lo sé. Pero… ¿unas gafas? –añadía algo incrédulo.

 

- Sí, unas gafas.

 

- ¿Y crees que verás mejor con ellas?

 

- No quiero más golpes –repuso en seco–. Quiero seguir jugando pero no quiero perder la vista. Es lo único que tengo claro ahora mismo.

 

Luego de una larga pausa Embry se incorporó para despedirse.

 

- Bueno, déjame ver qué puedo hacer.

 

 

Días después la solución llegaba a las oficinas de los Bucks desde una factoría dedicada a la fabricación de material de protección. Wisconsin, tipo industrial, modelo de serie, plexiglás de resistencia obrera, como probaba además su peso. “¿Pero con esto se puede jugar?”. Embry y Bates fueron testigos de la primera prueba. Las gafas apenas le entraban por la cabeza.

 

- ¿Ves bien?

 

- Por los lados nada.

 

- ¿Seguro?

 

- Nada.

 

- Hay que cambiarlas.

 

 

Ni un minuto después de fuertes tirones al pelo las correas, de goma muy arisca, se le habían tatuado momentáneamente al rostro.

 

 

Dos días más tarde llegaban otras, tres pulgadas más anchas y de cristales igualmente duros. Irrompibles, decía el prospecto. Tendrían que hundirle el cráneo para quebrarlos.

 

- ¿Qué tal ahora?

 

- Mucho mejor.

 

- ¿Ves bien?

 

- Veo.

 

Y sacudía la cabeza a ambos lados como aguardando la amenaza.

 

- Fantástico.

 

 

Sanado el ojo y escudado el problema ya sólo restaba adelantar su vuelta. El jueves 21 de noviembre era un día perfecto. Dos partidos fuera de casa, uno en Kansas City el siguiente en Nueva York. Por primera vez desde aquel fatídico día de octubre, más de mes y medio después, Kareem volaría con el resto del equipo. Se unía por fin a la expedición.

 

 

Nadie imaginaba entonces que en el vestuario del Kemper Arena aguardaría aún otra sorpresa. Tan desagradable que los compañeros lo supieron en cuanto Kareem arrojó con ira su bolsa al suelo. “Fuck, the goggles!”. Se las había dejado en casa. Durante unos segundos los demás le miraron algo perplejos. Y sin él salieron a pista.

 

 

Se sentía un imbécil informando de su torpeza al cuerpo técnico. “Pero… ¿te has dado cuenta ahora?”. El problema no era pequeño. Se podía correr el riesgo de hacer jugar a Kareem sin gafas, como había hecho el resto de su vida. “¿Estás seguro? ¿Has mirado bien en tus cosas?”. El problema era que sin ellas el riesgo sería el mismo para el partido de Nueva York. Y tal y como estaban las cosas los Bucks no se podían permitir más ausencias del pívot. “¡Ni una más!”, había gritado Costello la misma víspera. Ahora también era él quien tomaría la decisión. “Bill, corre, busca un teléfono”. No podían perder tiempo.

 

 

El publicista del equipo, John Steinmiller, pasaba la tarde en casa cuando recibió una llamada desde el pabellón. Al otro lado, Bill Bates, el preparador.

 

- John, coge el coche y ve corriendo a casa de Kareem. Necesitamos sus gafas cuanto antes.

 

- ¿Las gafas? Pero…

 

- No hay tiempo que perder. Cuéntale a Habiba lo que ocurre y buscadlas entre los dos. Lo mismo ella sabe dónde están. Él dice que las gafas están allí.

 

Steinmiller no daba crédito.

 

- Dadme un teléfono donde poder llamaros.

 

- Aguarda a que me den uno del pabellón. Te vuelvo a llamar en un rato.

 

- ¡Espera! –urgió el publicista– ¿Y si ella no está? ¿Sabes si Kareem tiene perros en casa? No quiero sustos.

 

Bates colgó.

 

 

Informado de todas las líneas del pabellón el trainer de los Bucks supo al cabo que el teléfono más a mano para un asunto como aquél era el de la mesa de anotadores.

 

- Disculpen, tenemos que usar el teléfono.

 

- ¿Para qué? –preguntó algo suspicaz un oficial.

 

- Para…

 

Bates no supo muy bien qué decir.

 

 

Entretanto los equipos calentaban y todo estaba a punto. Kareem, en chándal y con la equipación al completo, también lo hacía con el resto. Hasta que Costello le reclamó al fondo de un banquillo vacío, donde el pívot se dejó caer con una de aquellas levísimas muecas que indicaban preocupación. El técnico, que bien le conocía, lo entendió a su manera. “No. Sin las gafas no vas a jugar”. No habría réplicas.

 

 

Cuando Steinmiller llegó al apartamento se dejó el dedo en el timbre. Habiba, la esposa de Kareem, no estaba en casa. Luego de presentarse y relatar la incidencia, el portero, un anciano que se movía a cámara lenta, le abrió la puerta. El hombre no sabía por dónde empezar. Y luego de un rápido vistazo por el interior sin éxito pasó a revolverlo todo.

 

 

Cuando sonó por primera vez el teléfono de la mesa el partido llevaba ya un buen rato en juego. El gesto de aviso de un oficial al banquillo de Milwaukee dio enseguida con Bates al auricular y no muy buenas noticias.

 

- Me estoy volviendo loco. Aquí no veo nada.

 

Desde allí Bates sacudió la cabeza a Costello en señal negativa. Un ademán del técnico bastó.

 

- Aguarda un segundo. No cuelgues.

 

 

El trainer corrió la banda trasera en busca de Kareem, sentado al fondo. Cuando se incorporó daba toda la impresión de que iba a saltar a pista, como alentaba además el murmullo general. Pero no era así. Con el partido en marcha y los oficiales peligrosamente distraídos el pívot se acercó hasta la mesa, cogió el teléfono y antes de que empezara a dar instrucciones escuchó perfectamente la voz de uno de aquellos hombres sentados. “Oye, ¿esto es una broma?”. Visiblemente incómodo Kareem siguió a lo suyo no sin antes cubrir con su enorme mano la conversación.

 

- Dime, rápido, dónde has mirado.

 

- En toda la casa.

 

- ¿Has mirado en la mesa de la cocina? ¿Y en la sala? ¿Encima del sofá? ¿En el baño? ¿En la cama? ¿Encima de…?

 

A cada pregunta Bates asentía.

 

- Aquí no hay nada te digo. ¡He abierto hasta los cajones de tu dormitorio!

 

 

Kareem no sabía qué decir. Agotándosele las sospechas siguió con la mirada una bandeja de su compañero Mickey Davis que abría a diez la ventaja de Milwaukee. Bates aguardaba a su lado el término de la conversación. Todo aquello resultaba algo embarazoso. Entre uno y otro llevaban casi el tercer cuarto entero al teléfono y, como algo avergonzado, el preparador consultó a la mesa:

 

- Oigan, ¿necesitan ustedes el teléfono?

 

Recibió una sorna por respuesta.

 

- Como no llamen para desalojar el pabellón...

 

- ¡Espera! –cortó Kareem– Vete al coche, coge antes las llaves. Están…

 

 

En la guantera del Mercedes negro propiedad del jugador, Steinmiller encontró un paquete cerrado que contenía las gafas. Había que volver a llamar al pabellón.

 

- ¿Y ahora qué hago?

 

Bates había corrido a informar a Costello. El plan era sencillo.

 

- Llévatelas a casa. Wayne pasará a por ellas.

 

 

Wayne Embry se encargaría de llevarlas consigo a Nueva York. Había tiempo. El partido en Kansas que estaba a punto de finalizar daría con la victoria de los Bucks. Era jueves. El siguiente ante los Knicks, el sábado.

 

 

Otra vez Nueva York y su enorme carga de simbolismo en Abdul-Jabbar.

 

 

Para cuando Milwaukee se presentó en la Gran Manzana Kareem se había perdido un total de veinte partidos. Apenas había entrenado y su estado de forma era una incógnita. Pero ya no se podía esperar más. Y aún entonces Costello fue muy prudente. “No tengo intención de ponerte de inicio. Seguramente tampoco en el primer cuarto. Si te digo la verdad, con que juegues unos minutos en la segunda parte me es suficiente”. En realidad el límite que se había impuesto Costello hacía mucho que quedaba atrás. Los vigentes subcampeones registraban 3 victorias y 13 derrotas. El retraso era ya muy grande. “Pero tampoco quiero perder aquí. ¿De acuerdo?”. Kareem asintió y ocupó un asiento en el banquillo bajo el que dejaría una bolsita y su extraño contenido. Todo estaba listo en el grandioso Madison Square Garden.

 

 

El técnico no tenía intención de vulnerar su plan inicial. Pero a decir verdad peor no se podía empezar. Cuando el escuálido John Gianelli anotó cinco puntos seguidos sobre un Warner incapaz Costello reclamó a gritos la presencia del gigante. Kareem se incorporó no sin antes desenvolver la bolsa. “Sal ahí fuera y haz lo que puedas. Siéntete cómodo. Los demás volverán a estarlo contigo”. Mientras decía esto el pívot agarraba con sumo cuidado su protección y pasaba a anudarla en la cabeza. Eran grandes, aparatosas y de un solo cristal. A falta de 7:37 Kareem entraba en pista entre una generosa ovación trufada por un murmullo de sorpresa ante aquella extraña guisa. “¡Eh, lleva unas gafas! ¿Son de aviador?”, exclamaba un espectador. “Son de buzo”, reponía otro. “¿Y por qué? ¿No ve bien?”. Nada de aquello quebraría un solo músculo en la expresión del gigante, fría como el hielo.

 

 

 

 

 Madison Square Garden, New York (23/XI/1974)

 

Entró con 9-2 en el marcador. Desde el primer momento los Knicks emplearon dos y hasta tres hombres con él. Todo ello en vano. Kareem se bastaba solo para invertir por completo el signo del partido. A mitad del último cuarto, y con el encuentro resuelto, Costello le retiró de pista, ahora sí, entre una atronadora ovación. Al pasar a su lado el técnico le dio las gracias. Kareem llevaba las gafas en la mano, suspendidas entre sus dedos al caer a plomo en el banquillo. Costello le había dado 29 minutos de cancha. Sin haber jugado uno solo en los últimos 48 días se fue con 17 puntos, 10 rebotes y 4 tapones. Los Bucks conquistaban la victoria (72-90) y, sobre todo, volvían a saborear el lujo que era jugar a su lado.

 

 

Tardó una eternidad en salir de la sala de fisios. Sabía lo que le aguardaba y no lo había echado de menos. En cuanto salió una nube de prensa se le echó encima. De cuantas preguntas le cayeron una rápida secuencia de dos llamaba lo resumía todo.

 

- Bueno, ¿cómo te has encontrado?

 

- He jugado con miedo. Sólo quería terminar sin sufrir ninguna incidencia.

 

(…)

 

- Kareem, ¿vas a jugar algún partido más con esas… gafas?

 

El gigante giró la cabeza hacia su pequeño interlocutor.

 

- Durante el resto de mi carrera.

 

 

A continuar en Los Angeles desde el verano siguiente.

 

 

 

Aquel temor tardaría mucho en remitir. De hecho nunca lo haría del todo. Y menos cuando tiempo después sintió que había más motivos que nunca. Abdul-Jabbar fue uno de los jugadores que cargaría con mayor fuerza contra una epidemia que asolaría la competición a finales de década. Una alarma que Sports Illustrated reflejó a secas como “escalada de violencia” y contra la que el monarca de los interiores rompería finalmente su silencio. “Mientras este juego se interprete como un deporte de contactos, una filosofía que a mi juicio es altamente cuestionable, las faltas violentas seguirán campando a sus anchas. (…) Y esto no va a cambiar mientras los árbitros lo permitan y se siga despreciando el riesgo de las reacciones violentas”. La peor de sus amenazas consistía en aprontar su retirada si no cambiaban las cosas.

 

 

De una de aquellas reacciones violentas sería precisamente él protagonista. Y de una manera como ni siquiera habría concebido posible. Los Lakers abrían la temporada de 1978 en el terreno que tan bien conocía Kareem, Milwaukee. No se llevaban ni dos minutos de partido, de temporada, cuando Abdul-Jabbar respondió al codazo en el estómago de su par, Kent Benson, con un derechazo directo a su rostro. Noqueado el novato cayó al suelo.

 

 

De nuevo a causa de un puñetazo, de una reacción a ciegas, Kareem volvió a fracturarse la mano. El mismo hueso que entonces. Pero esta vez, y sin mediar el azar, acababa de devolver lo que él había sufrido antes. Se perdería los siguientes 20 partidos.

 

 

 

 

 

 

En Los Angeles le confeccionarían unas gafas a medida, mucho más ligeras y de una visión periférica completamente limpia, incluso a prueba de vaho. Hasta no sentir llevarlas. Con el paso del tiempo el pívot neoyorquino, gafas hacia afuera, ojos hacia dentro, granjearía con ellas una imagen arquetípica, como un tótem de la competición.

 

 

Y sin prever nada, terminando la temporada de 1979, Kareem no respondería esta vez negativamente a un olvido. Al contrario repitió la experiencia y se permitió jugar sin ellas aquellos playoffs. Seguidamente la llegada de Magic Johnson cambiaría tantas cosas en el equipo como en la vida personal del gigante, que decidía tras un lustro romper con las gafas olvidándolas, pretendía entonces, para siempre.

 

 

Bien entrada la temporada los cronistas hacían notar una gran transformación en su juego y carácter. Se le veía distinto por jugar como un “chiquillo, con vitalidad y emoción –escribía John Papanek–, liderando los contraataques, machacando con autoridad, chocando las manos con sus compañeros y hasta sonriendo”. Y como si hubiera alguna relación se añadía haber dejado de portar aquellas “infernales gafas”. Sin ellas Kareem conquistaba su sexto galardón de jugador más valioso y el título de la NBA nueve años después del primero.

 

 

Daba entonces la impresión de que las gafas habían pasado a vivir sólo en fotografías. Y de hecho sin ellas se presentó Kareem la noche del estreno de la siguiente temporada en Seattle, noche de viernes. El domingo los Lakers se estrenaban en casa frente a los Rockets. Al poco de arrancar el tercer cuarto Kareem intentaba taponar un lanzamiento de Rudy Tomjanovich. Estaba escrito. El dedo del alero terminó clavándose en el ojo izquierdo de Abdul-Jabbar. Corriendo a vestuarios. Otra vez el dolor. Otra vez un vendaje. Más partidos ausente. Un diagnóstico familiar: "Corneal Abrasion". Y por todo ello las gafas, y esta vez sí, para siempre.

 

 

Cuando regresó con ellas ante Golden State anotaba la canasta número 10 mil de su carrera. Cuatro años después rompería la barrera anotadora de la historia, esta vez en Utah, con un gancho del cielo. Johnny Kerr, en la televisión de los Bulls, y tras presenciar otra exhibición, suave y asesina, aseguraba que no había manera de hacerle frente. Que lo único que se le ocurría era “pegarse a él y echarle el aliento a las gafas hasta empañarlas del todo”.

 

 

Con la extraña solidaridad de algunos fenómenos el destino iba a decidir no mucho después que uno de sus compañeros, de los más importantes en su interminable carrera, sufriera en sus carnes el episodio que Kareem tan bien conocía. En marzo de 1985, con los Lakers jugando en Utah, una entrada a canasta de James Worthy en el primer minuto del tercer cuarto terminó frustrada por un codazo en el ojo de Rich Kelley. No hizo falta más. “Quiero unas como las tuyas”. Worthy llevaría también para siempre las mismas gafas que Abdul-Jabbar.

 

 

Los Lakers se convertían así en un equipo de gafas. Todas de muy diferente significado. Las de Rambis simbolizaban la rudeza, las de Worthy la velocidad y las de Kareem, la finesse, el sky hook o todo aquel baloncesto en voz baja que le acompañaría, como las gafas, hasta la última noche de carrera.

 

 

Más allá la eternidad de un símbolo indisociable del recuerdo. Como si objeto y sujeto fueran para siempre la misma cosa.

 

 

 

"Y una mirada escarpada... que abría al recién llegado un territorio como infranqueable"

 

La psicología en el deporte. Seguro que muchos lectores habrán leído algo sobre ella, quizá incluso sus bibliotecas particulares luzcan libros que versan sobre esta materia pero ¿hasta qué punto influye la mente en un deportista? Y es más ¿de qué manera un entrenador puede influir en un grupo?

 

Desde estas líneas voy a exponer mi punto de vista, el cual, como es lógico, poco tiene que ver con la ortodoxia del baloncesto. Desde luego que no se tratará de sentar cátedra con lo que aquí diga, pero me daré por satisfecho si alguien reconoce lo aquí expuesto y algún temerario decide poner en práctica lo comentado.

 

De primeras debo reconocer que soy un psicólogo confeso. Creo absolutamente en el poder de la mente de las personas y quizá sea por mi escaso bagaje técnico-táctico pero soy un apasionado de la faceta psicológica de los entrenadores. De hecho yo tengo una máxima y es que un entrenador tiene una escasa capacidad de influencia en los grupos. Sinceramente creo que un mal entrenador puede hacer mucho daño a un grupo, pero un gran entrenador influye menos en un grupo.... pues bien esa moderada influencia estará íntimamente ligada a la habilidad del técnico para influir en la mentalidad y la capacidad de respuesta emocional de sus jugadores (en mi caso jugadoras).

 

Siempre he sido un apasionado de los entrenadores de grandes discursos, posiblemente esta devoción venga de mi poca capacidad para la oratoria. Muy cerca tengo a una entrenadora que con pocas palabras logra grandes locuciones y la admiro por ello, pero a mí me cuesta mucho y debo fijarme atentamente en estas personas que tienen un brillante don para dirigirse a grupos.

 

Dicho esto, siempre he practicado mucho la palabra, confieso que hace años mis entrenamientos perdían mucho dinamismo porque hablaba más de la cuenta. En tono de broma ahora digo que he pasado de los 30 minutos de charla a los 30 segundos de discurso. Como cualquier faceta de la dirección del equipo, intento aprender.

 

También tengo mis truquillos pues aunque mis jugadoras piensan que me preparo las charlas como un psicólogo, no es cierto. Sólo marco un leitmotiv de la conversación, lo demás es improvisación como un buen monologuista.

 

Y es que me encanta buscar temas para motivar. Estuve en el Eurobasket de 2009 y comprobé la capacidad que tiene un entrenador para motivar, vi como Sergio Scariolo preparó una charla antes de la final enfocándola sobre las dificultades separadas y no sé si aquellas palabras fueron o no el motivo, pero ya sabéis como se ganó aquel torneo. Admiro a gente como Scariolo, Mourinho o Guardiola pues con diferencias, pero todos sacan la mejor mentalidad de sus jugadores.... Y en edades de formación la mentalidad es fundamental.

 

 

 

 

Las y los jóvenes se despistan con gran facilidad, cuesta mucho motivarlas por ello es clave planificar retos y temas al igual que entrenamientos y partidos. Eso me pasó hace una semanas cuando teníamos por delante un partido muy importante. Nos medíamos a un rival contra el que perdimos cuatro veces el año pasado, dos de ellas por un punto y una por tres (la otra fue por siete). Era como un muro psicológico y planteé esa batalla desde la semana previa.

 

Antes teníamos a un rival imposible de ganar y como tal perdimos. Lo malo es que lo hicimos de la peor forma posible y eso me enfureció. Era la excusa perfecta para conseguir lo que quería: ponerles las pilas, y ésta se presentó sin buscarla. Las cosas se dieron de tal manera que yo, con mis palabras y enfado postpartido en el vestuario, me convertí en el foco del enfado del grupo.

 

Sé que se enfadaron por mis formas y desde el primer entrenamiento de esa semana quisieron tener reunión. Por uno u otro motivo la fui eludiendo y aumentando el cabreo y cuando llegó aquella reunión no di mi brazo a torcer. Me había encontrado la excusa perfecta para que el equipo sintiera un punto de unión y orgullo, debían de demostrar que, aquel que les dijo que no venía a hacer amigas, era un tonto y que iban a callarme la boca. En definitiva, era ponerme en su contra para motivarlas.

 

Lógicamente antes del partido la charla fue muy sencilla y básicamente se resumió en "pensáis que estoy equivocado, pues salid allí y cerrarme la boca". Me gustaría pensar que llegamos a ir ganando por 20 puntos antes del descanso por aquellas palabras, pero sería sobrevalorar mi capacidad de manipular mentes (por mucho que alguno se empeñe en decir que yo manipulo, jejeje). Supongo que después de esa semanita de cuchillos voladores y algo más que tensión en los entrenes, el equipo salió muy motivado y con el punto de acierto necesario para ganar. Ojo, luego casi nos remontan, pero habíamos trabajado tan bien durante 20 minutos que el partido se había decidido antes.

 

Al final del partido suelo comentar dos o tres cosas (nada técnico, para eso están los entrenamientos), pero aquel día sólo les dije que sí, durante una semana había sido el malo de la película (bueno, a decir verdad, dije algo más fuerte) pero que ahora ellas sonreían... y eso les debía hacer pensar un poco.

 

Sirva este ejemplo para muchos otros. Creo que nosotros los entrenadores debemos jugar con la psicología del grupo, ser los más fríos en los planteamientos y distanciarnos de posiciones emocionales. Lo fácil en la formación es hacerse amiguito del grupo pero eso no es ser honesto con nuestro trabajo. Tengo claro que no quiero ser amigo de mis jugadores/as, sino que debe ser la honestidad de mi trabajo y forma de actuar la que hable por mí.

 

Este año tengo el orgullo de decir que algunas ex jugadoras vienen a entrenar con el equipo junior y ahora seguramente hablamos mucho más que hace unos meses cuando les entrenaba. No sé lo he preguntado pero quizá ahora me vean con mejores ojos, incluso puede que alguna piense en mí (en mi segundo tengo claro que sí, pero desde mucho antes) como un amigo.

 

Por cierto, como tampoco soy el ogro Shrek del baloncesto, la semana siguiente fue la del relax. Incluso jugué una pachanguita con ellas para que la que quisiera me diera un par de "palos" jugando. De eso se trata, de jugar al palo y la zanahoria.

 

La psicología es tan compleja que seguiré estudiando a los/las mejores, a los/las que tengo al lado como a los que están lejos para quizá algún día sí poder decir con orgullo que soy un psicólogo manipulador de colectivos.... de momento no paso de ser un mero aprendiz, jajaja.

 

De Katowice a Cuenca sin tiempo para pensar. Un día estaba pensando en las olimpiadas y casi a la semana siguiente hacía las maletas para viajar a Cuenca. Ciudad ésta que tendrá muchos encantos pero que creo que no se hubiera cruzado en mi camino de no ser por el baloncesto ¿Por qué digo esto? simplemente porque la segunda parte de mi verano tiene que ver con el curso de entrenador de nivel II que realicé en aquella ciudad manchega.

 

 

Por si alguien no lo sabe y está interesado hay tres niveles dentro de las titulaciones de entrenador. Todos conocen el título superior, el que te posibilita entrenar en la Liga Endesa, pero antes hay dos niveles (I y II) que te capacitan para poder entrenar equipos de diferentes categorías. Con el I, que es el que tenía, prácticamente puedes llevar toda la formación, pero poco puedes hacer en categorías senior. Así, después de varios años de pensarlo y ver que en mi comunidad no salía, decidí ir, junto a mi amiga Maribel, y probar suerte en un curso intenso con la Federación de Castilla La Mancha.

 

Recordando los tiempos de estudiante desempolvé mi mochila, saqué punta a un lápiz roñoso que tenía por casa y robé de la oficina un par de bolis (¿para qué más? pensé). Ya lo tenía todo para ir a Cuenca... y allí que me fui con mi super KIA (toma promo que hago a uno de nuestros patrocinadores, jejeje), road to Cuenca.

 

Y para no engañaros la verdad que el primer día es como el de todo estudiante que inicia un curso, con dudas y nervios por lo que estaba por llegar. Por qué sí, uno puede ser muy friki de esto y haber visto o vivido mucho baloncesto, pero una cosa es escribir de baloncesto y otra cosa es que te examinen de ello... y no las tenía todas conmigo. Además, como hace ya cierto tiempo que eso de estudiar lo dejé de lado, mi cagometro se disparó pensando solamente en la posibilidad de tener que hacer muchos exámenes.

 

Está opción pronto quedó desechada ya que la semana intensa estaba exenta de exámenes, sólo teoría y trabajos. Ahora bien quedaba una segunda incógnita por despejar ¿Qué nivel tendría el curso? Para no engañaros uno nunca sabe muy bien el nivel que tiene y bien podría ser un genio de la canasta (va a ser que no) o un paleto de pueblo. La tendencia catastrofista que me asume me inclinaba a esta última opción y más cuando en el curso había gente de Madrid, Fuenlabrada o Barcelona donde el nivel de los equipos suele ser bastante más alto del que nos manejamos aquí en Valencia.

 

Recuerdo la primera noche hablar hasta fundir la batería de mi móvil con Maribel sobre este tema. La verdad es que a ambos nos preocupaba estar al nivel de los compañeros pero pronto se vio que este temor también era infundado. De hecho entre los dos, en la amalgama de compañeros que había, pronto creamos el frente de resistencia al profesorado. ¿Cómo? Sí, os explico.

 

Suelo ser bastante mosca cojonera, alumno puñetero donde los haya que busca los tres pies al gato, no paro de interrumpir las clases... y más cuando me pican, jejeje. Por suerte nos encontramos a unos profesores que nos daban toda la libertad del mundo para participar en clase (es muy de agradecer que pese a ser simples alumnos nos trataran con respeto y atención en cada una de nuestras explicaciones). Ellos no lo sabían, pero esa fue su perdición.

 

Pronto me crecí como un burdo paquete que mete tres triples seguidos y se cree Jordan y al segundo ya estaba dando guerra, casi a cada oportunidad que tenía ahí estaba el frente porteño para dar la réplica a los sufridos profesores. Si profes como Gabi, Higinio o Kiko decían blanco, yo decía negro... y claro como coincidía con Maribel, pues ale yo que salía reforzado, me crecía por momentos y me lanzaba todo motivado a dar charlas. Algunas veces cuando se dejaban preguntas al aire ya nos miraban a los del Puerto a ver si dábamos réplica, sí la escuela porteña dejó huella en Cuenca... aunque sólo fuera por contestarios, jejeje.

 

Fuera de bromas es muy de agradecer que los profesores dieran rienda suelta a nuestra creatividad y no se pusieran en un pedestal. Podrían porque más conocimientos tenían pero su trato fue exquisito tanto en lo profesional como en lo personal. Recuerdo los cafés previos a clase, los paseos nocturnos y las charlas con ellos. Y como no me gusta hablar ni nada... yo en mi salsa, hablando de baloncesto, que tengo cuerda para rato y puedo aburrir hasta el más friki. Lo malo es que hasta los profesores me animaban y si no era uno era el otro el que me picaba (algo que no es muy difícil, para que engañaros)... hasta tengo a un profe en twitter!!!

 

La verdad es que el buen rollito que había con los profesores también lo había con los compañeros. Como buenos valencianos que somos, nosotros nos situamos a mitad camino entre el núcleo fuenlabreño y el de barceloneses. Era divertido ver la forma de plantear contenidos, de hablar, mal por supuesto, de las zonas (en Valencia le llamamos barraquera, mientras que en Tobarra y Castilla la Mancha, zonas baldoseras!!!). No con todos, pero nos echamos unas cuantas risas con el baloncesto como telón de fondo.

 

Recuerdo especialmente la frase del gran Gon en mitad de una clase de anatomía. Ahí, entre las infumables horas de explicación de lesiones, músculos, huesos y demás partes del cuerpo humano, Gon tuvo la genialidad de soltar la ya mítica frase !Hay tantas formas de morir! Qué hipocondríaco estás hecho chaval jajaja.

 

Con la salvedad de aquella tarde donde literalmente di cabezazos contra la mesa, el contenido del curso no fue nada pesado. Para ser crítico, un poquito de más caña no hubiera estado mal. Soy masoca y un poco de más temas en la parte de conceptos baloncestísticos lo hubiera agradecido y de hecho creo que se lo reclamé a alguno de los profes. Por suerte en estos cursos uno puede intercambiar información y entre lo que decía uno y otro pudimos sacar un buen dossier de ejercicios e información que ya estoy poniendo en práctica en mis entrenamientos.

 

Por que sí, queridos profesores, estoy haciendo lo que muchos me decíais. Soy un alumno aplicado y ahora trabajo mucho más en detalle, disecciono los sistemas, mis jugadoras hacen buenos estiramientos y ¡doy charlas de 30 segundos y no de 30 minutos! Con lo que eso a mí me cuesta, jejeje.

 

Con el paso del tiempo Cuenca queda como un agradable recuerdo, una interesante vivencia con gente procedente de la diferente geografía del país y profesores con gran disposición a ayudar. Por delante quedan horas de trabajos en casa, prácticas en clubes y federación y una firmita que diga que soy entrenador de Nivel II. Liga Endesa prepárate, un curso más y ya tendrás un nuevo entrenador!!!

Siempre me dijeron que más vale tarde que nunca, así que, aunque tarde, ya estoy de regreso para contar como es el día a día de un pedazo de mi vida, mi vida entrenando.

 

Las excusas para el injustificado retraso en escribir pueden ser tan variopintas como reales, pero básicamente ninguna sería de suficiente peso así que es mejor que me disculpe, vaya al grano y os pase a detallar qué fue de mi vida en estos meses.

 

Porque sí, mi vida como entrenador cambió mucho en este verano... para acabar donde empecé. Fue un verano que arrancó en Linares, continuó por Estambul, Polonia giró rumbo a Cuenca y acabó donde siempre: en mi casa, aunque bueno ahí sí que hubo un cambio y ya volé del nido del cuco.

 

Pero como toda historia tiene un comienzo, la de mi verano arranca en un tren rumbo a Linares. Nueve horas de viaje infernal, con el cuerpo rumbo a Andalucía y la cabeza en casa. Sinceramente, fue uno de los peores días de mi vida, cuando curiosamente debía ser uno de los más felices porque iba a convertirme en el responsable de prensa de la selección femenina de baloncesto.

 

Como lo oís, durante este verano conviví con el mejor equipo de baloncesto femenino de España. Imaginaros lo orgulloso que podía sentirme que Kiko Martín, como responsable de comunicación, y todo el equipo de la FEB hasta terminar en Ángel Palmi  y José Luis Sáez confiaran en mi. A nivel profesional no creo que pueda estar en un mejor equipo, pero a nivel personal mi vida estaba a punto de irse un poco más a la ruina. Ha sido una constante en mí, cuanto mejor me ha ido en el trabajo, peor me han funcionado los asuntos personales... y nueve horas de tren dan para mucho que pensar.

 

Pero como esto es un blog de baloncesto, vamos a lo que os interesa ¿Qué como es eso de estar dentro de una selección? Sencillamente ES-PEC-TA-CU-LAR Desde el delegado de expedición, Carlos, hasta cada una de las chicas del equipo pasando por el staff técnico, sólo tengo palabras de agradecimientos para todos ellos. Me hicieron sentir como de la familia y sé que no fue fácil porque era el nuevo y porque no siempre soy la persona que me gustaría ser... suelo ser bastante complejo y reservado.

 

 

Como periodistas el poder estar al otro lado de la barrera fue un lujo, poder conocer a auténticas profesionales un placer y como entrenador sólo puedo decir que aprendí muchísimo den Susana, Roberto y José Ignacio. Yo era el chico de prensa (cuando me decían que era el jefe me daba cosa... tampoco tenía nadie a quien mandar jejeje) pero intentaba también involucrarme en cosas técnicas como charlas o sesiones de scoutings porque, como entrenador, era estar haciendo un master intensivo del más alto nivel.

 

Cuando el trabajo me lo permitía siempre me gustaba ver los entrenamientos para aprender o, simplemente, hablar. No sé si leerá el blog o no, pero me gustaría que José Ignacio supiera lo agradecido que le estoy por haberse portado conmigo de forma tan fantástica. Me encantaba hablar con él y me hacía ilusión que escuchara algún comentario técnico que pudiera hacer. Seguramente serían tonterías pero me hacía sentir bien el hecho de que todo un maestro como es él te escuchara.

 

En ese mes largo que estuve aprendí más que en todos los años que he podido estar entrenando. Cada detalle, técnico, táctico o psicológico se cuida al máximo y es tal el grado de profesionalidad que resulta complejo trasladarlo a mi vida diaria de entrenador. Pese a ello, de los tres técnicos saco tantas ideas como experiencias he vivido. Ahora trato de ver las partes buenas que he aprendido de ellos y busco extrapolarlas a mi modesto modo de vida como entrenador de base. Para ellos, mi gratitud.

 

¿Conclusiones que puedo sacar? Lo importante que es el trato emocional con el jugador, lo importante que es saber manejar un grupo y a nivel técnico lo importante que es dar toda la información al jugador. Me encanta el scouting, me gusta fijarme en los, como me decía Susana, tics de los jugadores y me parece fundamental ver como se desglosan a los rivales, como se detallen sus defectos o, simplemente como se desmenuza los sistemas propios y se trabajan para construir los ataques o defensa. Quizá esto sea lo más técnico que me llevo de mi experiencia.

 

 

Y qué puedo contaros de mi experiencia en el campeonato. Hay miles de recuerdos con cada una de las jugadoras, pero permitirme que me los guarde para mi intimidad. Sólo deciros que fue un orgullo y un lujo poder haber estado trabajando con personas que se merecen no sólo mi respeto y admiración (que lo tenían ya antes) sino que creo que todos los seguidores del baloncesto deberían tenerlo hacia un equipo al que la mala suerte se le cruzó en el camino.

 

En mi mente siempre quedará el pasillo de un hotel en Estambul donde reunido el equipo conoció la noticia de que se había producido un cambio en la reglamentación del torneo y en lugar de 14 sólo podían inscribirse 12 jugadores. Hubo muchas cosas que no salieron bien, pero creo que todo fue mal desde aquella decisión de los organismos de competición. Ahora pienso lo vivido y escucho las palabras de mi amigo Román y aún me mosqueo más, "Álvaro, estuviste a dos victorias de ir a unos Juegos Olímpicos". Qué cabroncete es mi amigo, pero cuánta razón tiene. Seguramente que profesionalmente lo daría todo por ir a una olimpiada y trabajar en unos Juegos Olímpicos. No lo pensé antes, pero estuvo tan cerca...

 

Y con todo fue una experiencia inolvidable, con personas maravillosas. Sí, seguro que cualquiera hubiera preferido estar en los momentos dulces, en esos donde todo sale bien, pero quizá el ver a grandes campeonas en malos momentos hizo que valorara muchas cosas que antes no hacía. Espero que ellas tengan un buen recuerdo, porque el que tengo yo de ellas es imborrable. A Laura, Cindy, Sílvia, Alba, Luci, Laia, Elisa, Marta, Anna, Amaya, Sancho, Anna, Cristina, Maria y Laura, gracias.

 

 

De igual modo espero que como profesional los compañeros de la FEB quedaran satisfechos. Fue una gozada trabajar con ellos, sólo tengo palabras de agradecimientos para un grupo de trabajo que se lo curra mucho y con una implicación total que comienza desde el presidente, quien en la victoria y en la derrota siempre estuvo al lado de las jugadoras para darles palabras de ánimo y apoyo.

 

La verdad chicos, que esto de ser jefe de prensa es complicado y ahora, como periodista, les valoro más jejeje. Fue una locura, creo que acabé utilizando tres teléfonos móviles... ahora que lo que nunca pensé es que me tocaría ser traductor en las ruedas de prensa. Imaginaros al tío más nervioso del mundo hablando inglés con acento valenciano, puff menos mal que no se grabaron las ruedas de prensa... espero.

 

Sí fue maravilloso, pero con todo me hubiera quedado en casa. A punto estuve de hacerlo por dos motivos personales. Porque sí, el trabajo era el soñado, pero la vida se vive despierto y había personas que me necesitaban cerca. Ya fuera para dar un abrazo, permanecer en silencio o simplemente cuidarlas. No fue así y en estas que perdí a un familiar. Irremediable sí, pero no os niego que llegar a casa y saber de la ausencia de tu abuelo fue duro. Él siempre fue la parte racional de mi mente, quien me decía lo correcto y actuaba de ejemplo. Es duro saber que ya no está y que no le puedo cuidar.

 

Esa fue mi primera parte de verano, una en la que la felicidad profesional y la tristeza personal se dieron la mano y bailaron durante un mes. Baile en el que tropezé y pisé algún pie.