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Hoy no te puedo preguntar que sientes. Hoy no. Lo sé. Lo sabe todo el baloncesto. No disimulaste nada e hiciste bien. Ocultar una alegría es como tan frustrante esconder un amor.

¿Te acuerdas cuando te ilusionaste en verano con Aaron Jackson y nadie te terminaba de creer? Ahora los escépticos son sus mayores fans. ¿Cómo se puede tener tanta hambre, comer tanto en pista y no empacharse jamás? ¿Cómo alguien tan eléctrico no deriva en cortocircuito? Sus cinco últimos minutos, con sus virtudes y fallos -¿los tuvo?- son para grabarlos y enseñárselos a las generaciones futuras, con moraleja incluida: “Creer es ganar”.

 

O. Omeñaka/EFEDOS

 

Tú también, Dimitrios. Te mereces un monumento. Vaya Playoff te estás marcando. ¿Cómo lo haces todo tan sencillo? Viéndote uno mismo piensa que podría salir a la pista y decantar las semifinales con un par de buenas acciones. Tu  seguridad en el momento de la verdad -5/5 en los últimos dos partidos, 17/26 en el Playoff-, tus gritos de rabia tras cada acción positiva y tu fe, infinita, bien valieron una final.

 
Axel, cuéntanos cómo lo hiciste. Desafiaste al tiempo, a la gravedad, a la misma lógica. El aro pasado del belga es una de esas acciones que marcan eras completas, como el no-triple de Ansley o aquel final de Creus. “The shot”, versión Miribilla.

Los números mienten en ocasiones y dicen medias verdades en otras. A veces, solo a veces, se les escapa alguna verdad. Por ejemplo, a la hora de medir la concentración cuando más cuesta mantenerla. 29/31 en tiros libres… ¡94 % en el partido más importante de la historia del Bilbao Basket! Si alguien aún duda de ti, golpéale con ese dato en la cara.

 

“El TAU Cerámica enseña al Lagun Aro Bilbao lo dura que es la ACB”, titulaba ACB.COM en tu debut en la elite, allá por 2004. El cambio de nombre es el menor de los detalles en tu metamorfosis. De aquel 57-104 con el que la ACB te dio la bienvenida a este pase a la final hay un camino de 7 años, con paso firme y seguro, las cosas bien hechas, coherencia. Crecimiento sostenible, que diríamos en otro terreno.  


Los adolescentes siempre tienen prisa por crecer, mas te hiciste adulto sin perder la perspectiva y sin dejar de pisar el suelo. Ahora te toca volar solo, en el reto más apasionante que te has encontrado jamás, el de la final.


Del bucle de la historia –hasta cinco veces la has hecho en este Playoff, uno por triunfo-, al topicazo de los sueños -¡que es una realidad, no un sueño!-, tu camino ya está escrito. Tinta negra, elegante, imborrable, de esa que aún gana valor con el tiempo. Ahora está en tus manos cerrar el libro con el epílogo soñado por los tuyos, que hoy lloran lágrimas entre sonrisas recordando tu machada de anoche, o dejar abierto un final, una esperanza, un “continuará”…

 

O. Omeñaka/EFEDOS
 

 


Es la magia de la primera vez. La primera vez que ves el mar parece más azul que nunca, el primer día que vas al colegio solo te sientes el niño más maduro del mundo y el primer beso te provoca pensar que estás perdidamente enamorado. Pero lo tuyo no es una ilusión, Bilbao Basket. No es espejismo sino machada y heroicidad


“Uno no sabe lo que es la sed hasta que bebe por primera vez”
, escribía Carlos Ruiz Zafón.  Desde ahora tendrás sed, sí, y quizás las gestas del ayer o del mañana te parezcan un poco menores si las comparas con esta. No sería justo. No serías justo contigo mismo.


Gestos, detalles, celebraciones. Lo vivido anoche en Miribilla, por más que hubiera cámaras como testigos, sólo lo sabréis el pabellón y tú, cómplices ya eternos. Y entre vosotros quedará a salvo el secreto más emocionante que vivistéis jamás en el baloncesto. Te espera ahora el Palau, que te hace un hueco encantado. Un lugar con tanta historia crece con visitantes capaces de reescribirla día a día.

¿Qué sientes, Bilbao Basket?

¿Qué sientes cuando tantos sueños empiezan por ti? ¿Qué sientes cuando el cielo se viste de negro?

La primera victoria en Playoff, historia. El primer billete a siguiente ronda, historia.  El primer triunfo en semifinales, el segundo… historia, historia.  Maldita sea, ¿no te cansas de esa palabra? Ya has cumplido tus deudas con ella, ahora solo juegas por ti.

 

 

 

¿La notas? ¿Notas la electricidad de Aaron Jackson? Se siente mago y lo es, aunque su mayor truco no lo hace con el balón. ¿Cómo diablos un tipo de Connecticut parece nacido en la mismísima Plaza del Gas?

El Real Madrid se puso a 5 e intentó meterte miedo hasta que apareció Banic. Ese rebote al final del tercer cuarto. Ese 2+1. Ese grito desde el mismísimo parqué. Cambiaste las tornas, Marko. Ahora te temían a ti. Os temían a vosotros.

Cómo no hacerlo. La muñeca de Blums, como aquel día frente al Power Electronics Valencia. El hambre de Vasileiadis, la constancia de Hervelle, la seriedad de Fisher, la sobriedad de Mavroeidis, el compromiso de Warren o la experiencia y clase de Mumbrú.

“Esto es un baloncesto de ‘nosotros’, no de ‘yo’”
, decía el escritor de sueños Katsikaris al término de partido, con sonrisa de oreja a oreja. Supiste implantar tu filosofía. Creíste en ellos y te creyeron. Ahora el baloncesto cree en vosotros.

Te toman en serio, Bizkaia BB. ¿Cómo no hacerlo tras eliminar a esa máquina taronja de Pesic? ¿Acaso no demostraste, incluso en tu derrota, que para ganarte una guerra tienen que vencerte en mil batallas?

“Setecientas vidas para desafiar a la historia”, titulábamos en la segunda crónica. Quizás tengas aún más. Sobreviviste con agonía y ahí tienes tu recompensa. Disfrútalo, saboréalo, porque esto es un premio que te has ganado por ti mismo.

 

 

 

La final está a un paso, el más largo. A un escalón, el más alto. Pase lo que pase, mira a tu público. Tras tanto asombrar, déjate hipnotizar tú por un día. Repasa cada cara de ilusión en la grada, escucha cada chillido de ese infierno en vida teñido de negro. Piensa en el futuro, cuando los tuyos vuelvan a hablar de ti, bien porque llegaste a la final, bien porque la ganaste o bien porque fuiste uno de los semifinalistas más dignos que la ACB jamás haya visto. Lo harán. Lo haremos.

Dicen que el verdadero éxito consiste en obtener lo que se desea y, la felicidad, en disfrutar lo que se obtiene. Sonríe, Bizkaia Bilbao Basket, sonríe. Tienes motivos de sobra. ¿Qué sientes ahora?

"Cualquiera puede hacer historia, pero solo un gran hombre puede escribirla”, repetía Oscar Wilde. Ese hombre es griego, como no, cual hijo de la filosofía helena post-moderna. Se llama Fotis Katsikaris y está a cuarenta minutos de ser inmortal en la eternidad de Bilbao.


Partido perfecto el planteado en su pizarra, con su equipo planteando batalla desde las trincheras en el primer periodo, apostando por la locura en el segundo y jugando con su ventaja tras el descanso. Cruda paradoja la del técnico que enamoró a Valencia para, años después, poder ser verdugo en la tierra que le permitió crecer.

 

 

ACB Photo/M.A.Polo
 

 


Hace un año y pocos meses, el Bizkaia Bilbao Basket coqueteaba con el descenso hasta que el “Factor K” del griego le permitió escalar hasta rozar el Playoff. Este año sí hubo tiempo. También para el primer triunfo en la trayectoria del club en la fase por el título. Sin embargo, para Katsikaris la única historia posible es la del futuro inmediato: "El domingo hay una oportunidad muy grande de hacer historia".

Bilbao sueña y lo puede hacer. Esta victoria vale más que una victoria. Este estreno en cuartos es más que un estreno en cuartos. Las matemáticas nunca se llevaron bien con la lógica. Las barreras caen, el equipo crece, el orgullo aumenta, el futuro se estremece. ¿Cómo no van a temblar los aficionados del Bizkaia BB tras un partido de tan alto voltaje? La emoción es la antesala de los sentimientos más encontrados, la impotencia y la euforia. Hoy el Guggenheim duerme en la otra orilla.

Dos teóricos secundarios, Mavroeidis (22 de valoración) y Hernández-Sonseca (18) como mejores del partido, marcando sus mejores números de todo el año el día que más hacía falta. Equipo, en Bilbao hay equipo. Si no, no se explica que con un día gris de los cuatro jugadores que más han anotado durante la temporada (10/26 en el tiro entre Banic, Jackson, Mumbrú y Warren, con únicamente 27 puntos entre todos… 15 menos que en liga regular), el conjunto haya controlado el partido en una de las canchas hoy por hoy más difíciles del viejo continente de forma tan insultante.

La dirección silenciosa de Fisher, el paso al frente de Hervelle, el impulso inicial de Vasileiadis… o incluso la llegada a tiempo y explosiva del propio Aaron Jackson, con canastas de sello playground cuando el balón más quemaba. Pinceladas del cuadro más bonito de “los hombres de negro”, que un día juegan, otro pintan y al siguiente hacen volar. Dominio del rebote, generosidad en la pista (¡23 asistencias!), entusiasmo, fe. Si algún día se inventa el cocktail del éxito, debería llevar esos ingredientes procedentes de allí. Del mismito Bilbao.

 

ACB Photo/M.A.Polo
 

 

Restan 40 minutos, un inmenso mundo. Universo con el Power Electronics Valencia al otro lado. Nadie ganó más en ACB desde que Pesic llegó al club. Nadie venderá más cara una derrota o una eliminación. Pero en Bilbao, por una noche –la del sábado será la de los nervios, de esos que se tienen en la Noche de Reyes-, los amantes al baloncesto dormirán en una nube, soñando con y sin almohada y repitiéndose, entre el orgullo y la excitación, que el domingo Miribilla se tiene que vestir de gala para celebrar el partido más importante de la historia del club. ¿Acaso no lo es?

Nada más que con el primer triunfo en un Playoff, el Bizkaia Bilbao Basket ha hecho historia. Cualquiera puede hacerlo, que diría Wilde. La segunda y el billete a semis ya no son terreno para mortales. El escritor Fotis desea llenar otra página. Su público, protagonizarla, leerla y enmarcarla. Tan solo 40 minutos…

Una mexicana, una italiana, una argentina, un par de españolas y otro de estadounidenses. No es un chiste sino el número de películas con ese apellido. Cuatro telenovelas, seis canciones, algunas trilladas hasta el hastío. Nada, nada servía para explicar su significado. Nos tenían engañados, si es que alguna vez hemos dejado de estarlo.

 

Ilústranos tú, RAE:

 

“1. f. Perturbación anímica producida por una idea fija.

 

2. f. Idea que con tenaz persistencia asalta la mente”.

 

¿Y lo tuyo que es, Juan Carlos? Como el que ama y odia al mismo tiempo, consciente de la fatalidad de sus sentimientos, totalmente hipnotizados y cautivos. Como aquel con solo tiene un deseo, un reto o una persona en su cabeza. Navarro y el Unicaja. El Unicaja y Navarro. Amor imposible, enemigos habituales, pasión desatada y sin mesura. Obsesión, pura obsesión. La verdadera película para explicar el concepto la hace él. Director, guionista y protagonista.

 

Hace 13 años, un chico maravilla al que le apodaban “Bomba” se presentó en Málaga sin currículum, sin ser aún campeón del mundo y casi sin vello fácil, anotando 9 puntos en 10 minutos.

 

Sería el principio de un binomio con un claro ganador. 17 puntos en el Playoff 2000, 24 de valoración en la campaña siguiente, 20 puntos en la 2002-03 y unas semifinales de 2004 de auténtico verdugo, con 16,5 puntos de media (24,5 val) en los dos primeros partidos de semifinales para acabar sentenciando al Unicaja (20 val. aquel día) con un 0-15 final culminado con sus tiros libres.

 

 

Foto EFE
 

 

 

En 2006, el año en el que Unicaja se proclamó campeón de la ACB, Juan Carlos Navarro despertó del sueño europeo a su rival preferido, que tenía en su mano una oportunidad histórica, con 18 puntos en el Top16, incluidos dos tiros libres finales para llevarse el partido de Málaga. A la campaña siguiente, 14 puntos para eliminar al Unicaja de su Copa de Málaga. Solo el mítico triple de Pepe Sánchez pudo enterrar la maldición tras una serie de cuartos de Euroliga en la que el escolta barcelonista había promediado 20 puntos (23 val) hasta ese momento.

 

Sus 17 puntos y 18 de valoración en la 2007-08 fueron el anticipo de una exhibición sin precedentes en la prórroga del Palau, con Juan Carlos anotando todos los puntos de su equipo (11), por solo 10 de un Unicaja que se quedaba con la miel en los labios. En la vuelta, otros 25 puntitos marca de la casa, aunque más aún dolió en Málaga su actuación en semifinales, con 26 puntos y 6 asistencias en el primero y 18 puntos definitivos en el tercero para cerrar la serie en Málaga.

 

En la pasada campaña, porque las tradiciones nunca hay que romperlas, la estrella barcelonista despachó con 13 y 18 puntos respectivamente a Unicaja, antes de hacerle 18 de media en cada uno de los tres partidos de semifinales. ¿Resultados? Una víctima, Unicaja; un clasificado, Regal Barça; Un héroe, Navarro.

 

El escolta prolongó su masacre verde de cada año en esta temporada 2010-11, con 25 puntos en el Martín Carpena, 18 en la última jornada de la regular y otros 17 en solo 22 minutos de juego, liderato incluido de su equipo, en el partido que abría los cuartos de final. Unos cuartos que ahora están pintados de blaugrana por el empeño del que quiso pintar sobre rancio lienzo, del que dio color a un gris que parecía sólido.

 

Ni el paso de los años, ni las propias estadísticas, que deberían hacerle fallar algún año. Ni siquiera su eterno amigo y rival Berni Rodríguez, que solo puede frenar su aportación en los partidos de Málaga. ¿Quién diablos frena la herida del que sangra verde? La pregunta lleva 13 años sin respuesta.

 

 

ACB Photo
 

 

 

“Si estás pensando venir por mí, nunca te enfrentes a quien no teme morir”, cantaba el grupo Rata Blanca en su canción "Obsesión" allá cuando el barcelonista aún iba al instituto.

 

Y es que para las maldiciones hay conjuros. Para las obsesiones, no. Aunque… ¿contra qué equipo no ha tenido antes o después una obsesión Navarro? Se hizo el silencio.

Este pasado domingo fue un día especial para unas personas muy especiales. Era el fin de fiesta del equipo infantil de mi club y las jugadoras y los padres habían organizado una jornada de confraternización. Prepararon un partido donde jugaron padres y madres contra hijas en lo que sería el previo a la comida que cerraría la temporada.

 

Este tipo de jornadas hablaban muy bien del ambiente del equipo de los lazos de unión que se crean dentro de él. Ya no es sólo que las jugadoras sean auténticas amigas o que exista una fantástica relación entre las jugadoras con su entrenadora Maribel, sino que es increíble el ánimo y el apoyo que recibe el equipo por parte de los padres.

 

Hace unos meses tuve la oportunidad de llevar al equipo, conocer a los padres durante un corto período de tiempo y puedo asegurar que pocas veces me he encontrado con un grupo humano tan bueno. Como entrenador, tener a unas jugadoras que te respetan y quieren y unos padres que apoyan el equipo es un auténtico tesoro que hay que saber cuidar. Pero claro, todo esto no es fruto de la suerte y sin duda que la entrenadora hace mucho porque todo sea tan especial.

 

Total, que la fiesta del domingo fue de las de grabar en video y colgar en el Facebook. Lo único serio del partido de baloncesto fue el balón y las canastas porque todo lo demás destilaba aroma a cachondeo. Ver a las madres botando el balón a dos manos, a un padre con la mítica camiseta de Fernando (el jugador del Valencia CF) o a otro con una peluca pelirroja no tiene precio. Eso sí, lo mejor de todo fue ver a un padre arbitrando con unas gafas que ni el mismísimo Elton John. Era el sueño de cualquier entrenador y seguro que a éste no se le podía decir ¡árbitro, ponte gafas! Ya las llevaba... y bien grandes que eran.

 

 

 

Gafas que no le sirvieron para disimular su tremenda parcialidad barriendo para el bando de los padres. Ni una vez pitó pasos y eso que juraría a ver visto a alguna madre coger el balón de baloncesto y salir corriendo al más puro estilo rugby. Bueno y el que no corría, emulaba a LeBron James con los pasos... ay! los pasos de salida, ese gran desconocido del baloncesto, jajajaja.  

 

Entre los pasos, los dobles y la táctica futbolera de los padres, el partido fue de todo menos partido. Y es que el estado físico de algunos dejaba un poco que desear y no había más remedio que jugar con uno de libero, sin subir a atacar, y otro en permanente fuera de juego... los otros tres que corrían (poco, eso sí) eran los sufridores. Al final, y como siempre sucede en estos casos, el resultado fue lo de menos. A risas hubo empate.

 

Y tras el partido tocaba ducha, pero claro una ducha global. De salir mojado nadie se libró; las peques no respetaron a los padres o la autoridad de la entrenadora y todos pasaron religiosamente por el ritual del agua. La pista dejó de ser una cancha de baloncesto para convertirse en una piscina de waterpolo.

 

 

 

Luego llegó el momento más deseado por los padres (y leitmotiv del día): la cervecita y la comilona. Un final fantástico para una jornada genial de la que hacen más fuerte el grupo y la que todos recuerda.

 

Si no fuera por estos momentos...

[Jotas]

 

¡Feliz viernes SuperManagers!

 

En primer lugar creo que os debo una disculpa a todos los que, en mayor o menor medida, me habéis ido siguiendo por el blog en estas últimas dos temporadas. Ahora cuando veía la fecha del último post, se me caía la cara de vergüenza. Pero lo cierto es que han sido dos meses complicados: exceso de horas de trabajo, búsqueda de nuevo piso, de posibles nuevos trabajos, de nuevo alojamiento para El Rincón del SuperManager...

 

Más allá de las excusas, centrémonos en lo que de verdad nos interesa: El SuperManager llega este fin de semana a su final un año más. Pero lejos de encontrarnos el paseo por los Champs Elysées que se ganó el año pasado Koke Martínez, partiendo con 63.4 puntos de ventaja, la presente edición llega a la última jornada con un número indeterminado de candidatos al triunfo final. A los cuatro primeros, alefórum, Manu_Ochando, jep e ivansjg, les separan apenas 9.8 puntos, mientras que en la ventaja que tuvo Koke el año pasado hay 12 equipos.

 

No cabe duda: no hay favorito y la única estrategia válida pasa por ARRIESGAR. El que intente ser conservador y calque el equipo de uno de sus predecesores, habrá perdido sin empezar la jornada. Así que el objetivo debe ser montar un equipo único, inigualable por sus rivales... y que sea mejor que el suyo. Misión imposible a la que contribuye el tener 4 cambios disponibles para esta última jornada. El espectáculo está asegurado; lástima que quizá no tendremos la oportunidad de seguirlo en tiempo real como el año pasado.

 

Pero si la general está apretada, no menos lo están las ligas privadas, ese maravilloso invento que permite que hasta los peores managers como un servidor, tengan algún aliciente en la última jornada. Si os acordáis, a principio de liga os presenté a eMe y os invité a que os picaseis con nosotros en una liga con equipos hechos en la jornada 4. El cuñao pronto se descolgó del pelotón; Jotas, quién lo hubiera dicho, llega a esta jornada 2º y a apenas 3.6 puntos del líder, el alicantino elpek, que curiosamente firmó apenas 27 puntos en la jornada inaugural (...)

 

Descartadas mis posibilidades de entrar en el top500 (seré top 1000) y sin nada que jugarme en otras privadas, ganar una liga privada pública (valga la paradoja) como ésta creo que sería un magnífico broche a la temporada. Como en la liga de los buenos, solo nos vale arriesgar, aunque yo daré una pequeña ventaja, poniendo mi equipo y mi razonamiento sobre la mesa:

 

  • Tres equipos se juegan ser o no ser en esta liga. Las ganas y el esfuerzo que van a poner sus jugadores no los vamos a encontrar en el resto de los equipos. Aunque también juegan con un puntito mayor de presión, creo que es bueno confiar en ellos. Sobre todo viendo que alguno tendrá enfrente a hombres que casi están de vacaciones.

 

  • Cajasol y Madrid afrontan con tranquilidad el último partido tras haberse enfrentado el pasado jueves. La ausencia de motivación de los primeros y el cansancio de los segundos me llevan a pensar en que lo mejor es evitarlos.

 

  • Quizá el CAI-Alicante no es el partidazo de la jornada, pero la paz interior de ambos tras conseguir su objetivo puede hacer que más de uno saque lo mejor de sí mismo. Ojito a los jugones de este partido.

 

  • Menorca y Granada ya están en LEB, pero más de uno de sus jugadores querrá ganarse su salvación personal. Un partido no te da un contrato, pero las exhibiciones nunca vienen mal.

 

  • Y con todo eso, ojo con los partidos que puedan decidirse antes de tiempo. Que alguno de los tuyos se pase todo el último cuarto en el banco, puede ser tu sentencia de muerte

Así, mi último equipo de este año, el que tiene que remontar esos 3.6 puntos será el formado por:

Huertas, San Miguel, Valters (por De Colo)

Navarro, San Eme, Rafa M., Fitch (por Carroll)

Freeland, Lorbek, Ayón (por Nik), Báez (por Javtokas)

 

¡¡Mucha suerte a todos!! ¡¡Qué gane el mejor!!

 

Jotas

El chico maravilla ha vuelto a asombrar al mundo. Lo ha vuelto a hacer, el mejor prospect de los últimos años en los Balcanes volvió a deslumbrar con su juego, mezcla de la exquisitez de la profílica escuela  balcánica y un físico privilegiado que le hace ver el juego desde sus 2.05 –descalzo- como nadie. Un erudito, digno sucesor de los más grandes y con una ambición que no ve el horizonte.

 

Pero esta vez él no estaba solo, le acompañaba un dúo de auténtico lujo, que hizo que su participación en el Nike International Junior Tournament no fuera una mera hazaña individual para recordar en los libros de historia de la cita. Junto a Mario Hezonja y Dominik Mavra formó un trío de auténtico lujo que fue la sensación del largo fin de semana. Con un quinteto sólido, los croatas del KK Zagreb –al que los que Saric definió como “una cuadrilla de buenos amigos que juegan al baloncesto”- no encontraron rival que fuera capaz de plantar cara al extremado talento de los tres mejores jugadores croatas salidos entre el 90 y el 95.

 

Dario se llevo el MVP más merecido -20.3 pts, 12.3 reb, 6.3 reb, 29.3 val-, probablemente, de la historia del torneo, finalizando el torneo como un torbellino –casi- imposible de parar, finalizado con un triple-doble que acabó con una bella asitencia. El trío mágico, como se definió en el anexo del Palau a Saric, Hezonja y Mavra, se veía por momentos imparable, tocados por una mágica varita que les proporcionaba seguridad, creatividad, anotación y una transmisión de alegría que contagiaba a la repleta grada hasta llegar al enamoramiento. Esto sin llegar a jugar un juego colectivo redondo, ya que su juego se basaba más en las maravillas individuales más que otra cosa.

 

 

Dario Saric con la bandera de Croacia (Foto FIBA Europe / Marko Metlas)

 

El equipo más joven deslumbraba, sobre todo en el último partido de grupo en el que arrasaron al Fenerbahçe Ülker en una exhibición brutal, delante de promesas del nivel James Metecan Birsen, Erbil Eroglu o Berkay Candan. En ese partido, el trío mágico sumó 74 puntos, 32 rebotes y 13 asistencias para 107 de valoración.

 

Siempre acompañado por su padre, Pedrag Saric, Dario ha mostrado al mundo, a una grada plagada de scouters de todos los lugares de Europa y de Estados Unidos, el porqué de su mito.

 

Saric es un completísimo todo terreno de 2.05, que osa a alcanzar los 2.09 cuando se calza sus Nike blancas y rojas y desde donde ve el mundo mucho más fácil que el resto de los mortales. Una combinación de clase, físico, mentalidad, liderazgo, visión y ejecución extraordinaria, algo que le permite jugar en casi todas las posiciones, si bien su calificación más ajustada sería la de point-forward, es decir, una combinación de alero y ala-pívot, cuya misión de dirección y creación de juego supera incluso a la del base.

 

Con Saric todo fluye, él se lo guisa, él se lo come. Rebotea, sube el balón toda la pista, levanta la cabeza. Examina, manda, crea y ejecuta la acción. No duda en crear para sus compañeros, cree en ellos.

 

Hace de todo, rebotea gracias a su físico –tamaño y buena velocidad-, agresividad y habilidad; sube el balón como un base y manda la acción. Es un jugador que ve muy bien el juego, siendo capaz de ordenar, ver las ventajas y examinar. Lo hace muy bien desde el 1x1 o el 2x2, donde puede ser bloqueador o manejador. Un buen primer paso y unas exquisitas habilidades en el manejo del balón le permiten desbordar con la cabeza bien alta, oteando todas las posibilidades, si finalizar con una de sus dos ambidiestras manos llegando al aro o con un buen tiro o bandeja corto a tablero. Eso, sin ser el mejor atleta del mundo, sino una conjunción de inteligencia y fundamentos que lo hace extraordinario. En el paso de la penetración su cabeza calcula, ve el campo, siempre viendo la posibilidad de sacar un pase a tiro abierto por difícil que sea –gracias a su amplitud de visión y sus largos brazos- o a cortes al aro que crea gracias a las ayudas que recibe.

 

Pero también puede crear desde el poste bajo y medio, donde se encuentra muy cómodo. Lugares donde pide el balón sin cesar para ejecutar él mismo con un buen juego de pies al poste o poniendo el balón en el suelo en el poste medio para hacer medias penetraciones, lanzar o abrir a esquinas. Si está con un jugador inferior en físico le postea, si es inferior en capacidad atlética le rompe en el 1x1.

 

 

Su tiro no es todo lo consistente que podría. A veces abusa de algunas situaciones de tiro algo precipitadas sin haber creado nada. Su tiro es demasiado estático, no busca tiros en suspensión o raramente lo hace, aunque a decir verdad su tamaño se lo permite en cierto modo. Puede tirar con consistencia saliendo de bote, aunque tiene que ganar más regularidad y quizá algo de selección en estas situaciones, a parte de regularizar su mecánica que a veces parece distinta en un tiro y otro.

 

Ciertamente puede dominar en estos aspectos de juego, lo ha demostrado ya ante gente mayor y más física en la liga croata con el Dubrava. Sin embargo, tan solo en el primer tiempo ante el FMP le hicieron una defensa consistente, muy cerrada y algo física, por lo que ha gozado de bastantes facilidades vistas desde la defensa rival durante el torneo. Esta y su capacidad defensiva, han sido los dos aspectos que no se han podido evaluar correctamente para sacar un análisis más completo de su potencial.

 

¿Por qué? Por la pura necesidad de mantener a Saric, Hezonja y Mavra en pista todos los minutos posibles, a poder ser 40. Por ello, Saric no ha podido demostrar ningún tipo de habilidad defensiva, incluso en muchas ocasiones se colocaba en el centro de la zona dirigiendo los movimientos defensivos y avisando de bloqueos y de cortes. Aún así, es un jugador con un buen desplazamiento lateral y que combinado con sus brazos, tamaño y agresividad pueden hacer que sea un más que correcto defensor en un futuro.

 

Más allá de lo puramente técnico, verle jugar es un espectaculo. Es un auténtico líder. Organiza a sus compañeros, echa broncas por errores, dirige y gesticula. Cada canasta clave la celebra como si fuera el tiro ganador de la Euroleague. Es ese tipo de jugador que al verlo no tiene término medio, o lo amas o lo odias.

 

Hezonja y Mavra, sus dos fieles escuderos

 

Pero él no estaba solo en esta aventura. Dos buenos jugadores le acompañaban como fieles escuderos: Mario Hezonja y Dominik Mavra.

 

Mario Hezonja -21 pts, 7.8 reb, 1.1 ass, 22.1 val-  es el que parece que tiene mejor futuro y es que estamos hablando de un jugador de edad cadete,  es decir, dos años menor de la media del torneo. Mario es un swingman –un jugador entre las posiciones de escolta y alero- con una extraordinarias condiciones físicas y atléticas. Mide 1.98, es pura fibra, tiene una capacidad de salto extraordinaria y es rápido. Algo que le permite ir al rebote con extraordinaria fuerza y eficacia.

 

 

Machaca Mario Hezonja (Foto Jordi Montraveta)

 

Es muy completo ofensivamente, gracias a sus habilidades físicas y a un buen manejo de balón. Puede tirar desde fuera y en suspensiones de media distancia tras bote, aunque también de larga. Realmente letal en situaciones de recibir y tirar, con un tiro muy rápido, con buena mecánica y puntería. Puede atacar el aro gracias a una buena gama de soluciones técnicas con las que atajar obstaculos, su potencia y un buen primer paso. Es muy agresivo finalizando y además puede doblar balones.

 

Donde más agusto se siente es con campo abierto, donde se convierte en un jugador muy poderoso, buscando siempre el aro de forma agresiva y viendo el juego a su alrededor. Él es el que ha dejado las jugadas más espectaculares del campeonato, en forma de tremendos mates –no duda en ir a reventar el aro esté quien esté por medio- o de contrataques en los que se ha atrevido a hacer autopases y caños. Sin duda, se trata de un jugador espectacular y con un futuro brillante.

 

El otro acompañante en este trío mágico es Dominik Mavra -21.3 pts, 7.5 reb, 3.3 ass 27.8 val-, un escolta que también ha tenido sus minutos como base nacido en 1994 –de la edad de Saric y un año más que Hezonja-. En sus 1.94, Mavra ha dado un salto de calidad en estos últimos meses gracias a su experiencia a nivel senior. Su explosión le ha llevado a ser de lo mejor del torneo, teniendo minutos totalmente locos en anotación, como en la segunda parte ante FMP.

 

 Dominik Mavra (Foto Euroleague/Getty)

 

Mavra es un anotador, sobre todo a través del tiro, aunque su manejo y velocidad le hacen también poder atacar el aro directamente. Pero sobre todo su juego se basa en un tiro muy rápido y que se puede crear él mismo, mayoritariamente en suspensiones letales en media distancia. Gana muy fácil el espacio con un paso muy rápido para recular y ejecutar, ahí es letal, tiene unos porcentajes altísimos en la media distancia. Además también puede tirar desde fuera, rebotear y pasar el balón, si bien, cuando juega en la posición de “uno” ha abusado demasiado del sobredribbling y forzando muchas opciones de tiro para él.

 

Finalizamos, con una mención especial para el pegamento de este equipo Filip Knezevic, un jugador que pese a su poca visibilidad y brillantez ha sido un factor fundamental en el rendimiento estelar de las tres figuras clave del equipo y jugadores con un futuro más prometedor.

Jon de la Presa
Querida afición de Salamanca,

Escribir esta carta se hace realmente difícil porque supone un final o, por lo menos, un punto y aparte a una etapa maravillosa de mi vida. Sin embargo, hay momentos en los que hay que tomar decisiones, incluso dolorosas, que forman parte de nuestro camino como profesionales y personas.

Este es uno de esos momentos, pero no quiero ni puedo marcharme de esta maravillosa ciudad, que me ha acogido con los brazos abiertos desde el primer día, sin antes agradecer de todo corazón el apoyo que me han dado todas las personas que han estado a mi lado.

En primer lugar, quiero dar las gracias al Club y a sus directivos por haber confiado en mí a los 19 años, y por darme la oportunidad de crecer tanto personal como profesionalmente a lo largo de todo este tiempo, en el que siempre me he sentido querida, apoyada y respetada. Asimismo, mi agradecimiento a los patrocinadores y a todos aquellos que, de un modo u otro, aportan su granito de arena para que este proyecto salga adelante una temporada tras otra.

Mi recuerdo y agradecimiento a todas las compañeras que han formado parte del equipo a lo largo de estas cinco temporadas inolvidables. Ellas me han ayudado a ser mejor jugadora y me han hecho sentir, en todo momento, parte de una gran familia. Fue un orgullo que me eligieran como capitana del equipo durante las últimas campañas, función que he tratado de desempeñar de la mejor manera posible para estar a la altura de lo que ellas y el Club merecían. Por supuesto, no puedo olvidarme de los entrenadores que he tenido. Sus enseñanzas, confianza y apoyo en cada una de mis decisiones no tienen precio, y también han sido vitales para mi progresión.

Agradecer también a los medios de comunicación todo el seguimiento, la atención y el trato que he recibido en todo momento.

Y, por último, pero no por ello menos importante, sino todo lo contrario, quiero agradecer a la “Marea Azul” todo el cariño y apoyo que el equipo y yo en particular hemos recibido, tanto en los buenos como, sobretodo, en los malos momentos. No podía marcharme sin antes compartir con todos vosotros los títulos que merecíais y por los que tanto hemos luchado todos juntos.

Con vosotros he vivido la que es, hasta el momento, la mejor de mis experiencias como jugadora gracias a vuestros ánimos incondicionales, a los que he intentado corresponder con entrega, lucha, dedicación y profesionalidad. Quiero mostraros una vez más mi gratitud por haber caminado siempre junto al equipo y por haber soñado con nosotras. ¡Sois el corazón y el alma del Club!

Aquí, en Salamanca, he aprendido lo que es el sinsabor de la derrota, llorar por quedarnos a un paso de alcanzar un sueño, levantarnos tras una decepción, seguir creyendo, madurar y, finalmente, experimentar la felicidad por alcanzar una recompensa como la de esta última temporada, en la que se han hecho realidad gran parte de mis sueños. Por todo ello, no podía marcharme sin antes deciros que siempre os llevaré en el corazón. ¡No cambiéis nunca!

Sílvia Domínguez.
S.Domínguez

¿Nunca habéis sentido que el baloncesto es una válvula de escape? Siempre he considerado que, en ocasiones, este bendito deporte actúa como medicina que no se receta para problemas sin diagnóstico clínico. A veces el mundo se detiene un momento, te bajas de su frenético y a veces cruel caminar y te quedas sólo con tu equipo y el baloncesto. Este domingo, para mí, el baloncesto fue como coger aire fresco.

 

Además, el partido era de esos que como entrenador quieres jugar, pero que como jugador lo deseas por encima de todas las cosas. El rival nos había ganado en casa, su apuesta es la contraria a la nuestra (no entiendo cómo se puede dar un discurso positivo sobre la salud del baloncesto femenino cuando en las categorías de base la mediocridad se instala por el deseo de ganar en lugar de formar) y el ambiente que se fue creando es de los que hace más dulce la victoria.

 

Porque sí, el ambiente fue de todo menos agradable. La mala educación está claro que no entiende de edades, pero sigo sin entender como unos padres pueden insultar clara y abiertamente a jugadoras rivales. Y no fue una cosa de los nervios finales sino desde el principio. Como entrenadores ya habíamos avisado del problema educativo que hay en el colegio donde jugamos, si ganan va bien pero como las cosas se les tuerzan son capaces de llamar "hija de p..." a una niña de 15 años.

 

Y conforme se puso el partido tuvimos la suerte de tener un buen arbitraje (gran detalle el que tuvo uno de ellos al dirigirse a una jugadora y animarle ante los insultos del público). Vale que yo me quejé como pocas veces antes, que no me gustó que la violencia (sí, violencia) con la que se empleó el equipo rival no fuera castigada y que, al contrario, la apuesta por el baloncesto formativo se penara con faltas en nuestra presión a todo el campo. Claro esta es mi visión y los pobres colegiados la escucharon durante cuarenta minutos, los mismos en los que no dejé de motivar al equipo.

 

Porque hay partidos donde tus jugadores necesitan de tu táctica, de que seas capaz de leer el partido, pero en días como el de esta semana el partido era emocional y tú no eres entrenador sino psicólogo. De primeras para quitar nervios, luego para levantar el 22-10 con el que terminó el primer cuarto. En la segunda mitad había que provocar una reacción (más visceral que no de juego) y al final había que animar para golpear al rival donde más le dolía, en su orgullo.

 

No fue fácil, pero sí divertido. Al final del partido un árbitro me dijo que me calmara que cualquier día me podía dar algo, pero es que no me conocía. Básicamente cuanto más me insultan o me provocan, más me crezco y motivo. Y eso pasó cuando, en un lance de juego ante la agresividad desatada por un rival que ya se veía por debajo en el marcador, una jugadora mía golpeó con el codo a una rival... mientras intentaba lanzar a canasta. Rápidamente ordenamos que pidiera disculpas por un lance fortuito, pero el adversario no lo entendió y ya no sólo el público, sino que jugadoras y entrenador cruzaron la frontera de lo deportivo... eso fue su perdición.

 

El tiempo muerto siguiente fue muy claro y aleccionador: Nosotros jugamos a BALONCESTO y cuanto más BALONCESTO se juegue mejores seremos. Ahora yo no era una cuestión de ganar por la clasificación o nuestro amor propio, teníamos que ganar por todos los maleducados (un aficionado entró dentro del campo para gritar en la cara a un árbitro) que querían sacarnos de nuestras casillas. Pero ay amigos! uno puede ser bueno, regular o mal entrenador, pero lo que sí tengo claro es que se me da bien motivar al equipo y las jugadoras entendieron que era el momento de sacar todo el orgullo que llevaban dentro.

 

Nota: Quítenle todo el tono bélico del discurso y quédense con el valor emocional del mismo

 

Siempre les hablo de partidos de 40 minutos, de trabajarlos, de agarrarse al parqué en los malos momentos (clave fue el no venirse abajo al comienzo) y de volar en los buenos... pero a falta de 35 mis jugadoras hicieron click y dinamitaron el partido. En un partido emocional, siempre hay alguna canasta que vale mucho más que su propio valor cuantitativo. Sucedió con un 3+0, sí un triple anotado a tablero más adicional fallado. Era el castigo para los que apuestan por una zona que solo espera el fallo y solo se sostiene por la altura de sus jugadoras.

 

Ya estábamos allí. La hostilidad del ambiente había despertado al escuadrón de pequeñas avispas que está hecho mi equipo. El enjambre empezó a zumbar en los oídos del rival y a picar con una presión que, ahora sí rompía el partido. Mirad mi equipo es de 12 jugadoras, 12 tías honestas, justas de calidad pero de voluntad infranqueable que este año ha crecido en confianza a base de hostias y esta semana dieron toda una lección de madurez. No desistieron cuando la cerrada zona rival les provocar tirar a la primera, no cesaron en su empeño cuando la presión fue castigada con faltas y canastas por no hacerla bien. Sabían que, tarde o temprano, quien trabaja bien obtiene recompensa.

 

Con una rotación real de 10 jugadoras, el rival debía de ahogarse físicamente y así sucedió. Mi equipo, mucho más fresco que el rival, comenzó a robar los balones que antes no podía, llegó a cortar pases que antes eran canastas y, sobre todo, creció en animosidad (sinceramente, solté un par de ¡vamos! que ni el mismísimo Rafa Nadal).

 

Y claro, con el triunfo final explotó de felicidad el equipo. Verles el rostro de satisfacción es la recompensa con la que nos quedamos los entrenadores. En mí interior sé que hice el planteamiento correcto (en vista que mis pivots eran más bajas, aposté por aleros como interiores para crear desajustes con la versatilidad y movilidad de ellos), soy consciente que el enfado de la grada y las jugadores fue por el dominio emocional del partido por nuestra parte, pero todo ello no sirve de nada si mis jugadoras no hubieran sonreído al final del encuentro.

 

Lejos de la efusividad del momento estaba calmado y sereno. No puede haber mayor satisfacción de ver a tu equipo entregado a tus ideas y que estas les hacen felices... y eso no se muestra externamente se luce por dentro con mucho orgullo Tantos días de duros entrenamientos, de exigencia sin premio merecieron la pena por ver lo fuerte que gritaban en mitad de la pista tras haber ganado un duro partido. Fue lo justo para unos y otros.

Como todo equipo, el nuestro tiene sus hábitos, sus tradiciones y costumbres que se respetan dentro del vestuario. Ya sé que muchos equipos hacen a lo largo del año concurso de tiro y que al final del año con las preceptivas cenas se entregan medallas o premios.

 

Ésta es una opción que todavía no he utilizado, básicamente porque: A) si es concurso de tiro nos podemos tirar media hora para meter dos triples y B) si hay premios implica que los entrenadores debemos gastarnos dinero y uno es fiel devoto de la cofradía del puño cerrado ¡No se me escapa ni un céntimo de euro!

 

Ahora bien, lo que sí hacemos es poner multas. De estas hay de dos tipos: las de régimen interno de los entrenamientos y la de los partidos. Nosotros tenemos estipulado que la persona que avise más tarde de las 15 horas del día de entrene o llegue 11 minutos tarde paga una multa de un euro. Esto tiene un problema y es que mi móvil echa humo a eso de las tres menos cuarto y supone que mis juniors interrumpen mis sagradas siestas. Es increíble el número de SMS que tengo a las 14:55, aunque de vez en cuando a alguna se le pasa el tiempo y lo envía tarde. La semana pasada cacé uno a las 15:02 ¡zas, un euro para la hucha!

 

Porque sí, tenemos una hucha y no pequeña precisamente. Me la regalaron por navidad (vaya regalo que me hacen, es como cuando regaláis algo a vuestros padres pero sabéis que acabará siendo vuestro) y dentro de poco esa hucha va a empezar a recibir pasta a mansalva porque también hay multa si no se llega a un porcentaje de tiros libres.

 

Los fieles sufridores de este blog recordarán que el año pasado mi equipo palmó en cuartos de copa por los tiros libres. Pues bien, este año pusimos una norma: si el equipo anota menos del 60% paga un euro cada jugadora, si está entre el 60 y 65% nadie paga y si superan el 65% los entrenadores pagamos. No lo tengo muy claro si pagamos 1 o 10 euros (espero que no pero si es esta última cantidad es por el exceso verbal de Román, mi segundo entrenador) porque ¡todavía no nos ha tocado pagar!

 

De 20 partidos sólo en dos ellas se han librado de pagar (hubo un mítico 63,3% errando los dos últimos del partido -gracias, Patri- y en el resto no han llegado a ese 60% ¿malas? Sí, pero a nosotros la cena de final de temporada nos va a salir por la cara. De hecho estoy pensando seriamente irme a Ibiza con el pastizal que adeuda el equipo.

 

La cuestión empezó como reto a las jugadoras para que se centraran en la importancia de los tiros libres y hasta cierto punto a funcionado ya que de no llegar al 50% ahora casi nunca bajamos del 55%, pero claro cuando, días como el pasado domingo, empiezas el partido con un bonito 0/6 hay cosas que no remontas. Total que hay gente que debe la bonita cantidad de casi 30 euros y ahora estamos gestionando los pagos porque ya hay jugadoras que nos están avisando que no podrán pagar todo de golpe. Yo pienso que a malas siempre pueden una línea ICO que he visto en la tele que el banco no pide aval.   

 

Bueno esta es una de las costumbres que tenemos pero la que sin duda más me interesa a mí es la de los cumpleaños. Comenzó como gracieta pero ahora ya es casi norma estricta el traer a los entrenamientos pasteles cuando una jugadora cumple años. Los entrenadores somos unos gordacos de cuidado y contamos con dos estómagos (uno dulce y uno salado) por lo que somos capaces totalmente de comer una tarta a las 21 de a noche y luego cenar... ¡y tomar postre! Ahora que mis jugadoras no se quedan atrás eh. Un día trajo unas galletas caseras y no veáis como todas sacaban codos y peleaban la posición para coger galletas ¡Ay si el balón fuera una Chip ajoy! No se nos escapa ni un rebote.

 

Esta es una foto momentos antes de que la cumpleañera se llenara la cara de chocolate

 

PD: Digo de traer dulces en un entrenamiento y no en un partido porque hubo una vez que una trajo una tarta después de un partido de palmar 40. Están que me voy a comer una tarta con la mala leche que se me puso, jajajaja

- Oficina de la NBA, ¿dígame?

 

La llamada era una formalidad. O eso creía Lon, que esperaba hablar directamente con el comisionado O'Brien.

 

- Un momento, por favor.

 

Pero en su lugar recibió la voz de una señorita cortante, fría, que hacía de figura homóloga a la suya dentro de la propia liga. Lon Rosen llevaba un año como director promocional de los Lakers. A pesar de su juventud era hombre de amplias miras, hábil en mercadotecnia y con grandes dotes comerciales. No habían sido otros los motivos para que Jerry Buss le ofreciera el cargo.

 

Rosen tan sólo necesitaba la aprobación de la liga, con la que no había negociado aún nada. Y esa inexperiencia se dejó notar. Alargó demasiado la introducción hasta llegar a su propuesta con la incómoda sensación de hacerlo despaciosamente, como si las palabras cayeran lentas y pesadas, a lo que contribuía el ártico silencio del otro lado.

 

- ...por eso, siguiendo un poco nuestra política de selección habíamos pensado en un artista de calidad contrastada, en alguien realmente conocido por el gran público, un gran cantante, usted sabe -e hizo una pausa-. Habíamos pensado en... Lionel Richie.

- ¿Quién?

- Lionel Richie -repitió alzando la voz.

- ¿Quién es Lionel Richie?

- ¿Cómo? -se sorprendió.

 

Rosen no se lo creía. Richie era una estrella nacional y aquella estúpida pregunta decepcionó profundamente al promotor. Ya no era tener que renunciar al hombre cuyo concurso había asegurado. Era la desoladora sensación que no pocos le habían confiado de ocupar las oficinas de la NBA una logia de funcionarios obsoletos sin ninguna perspectiva.

 

Lon se había quedado con la palabra en la boca y a punto estuvo de sacar a colación a los Commodores, de hacerlo con alguno de sus discos o cualquiera de las canciones que habían sido número uno en las listas durante semanas. No hizo falta. No tendría ocasión.

 

- Lo lamento, señor Rosen. No podemos aceptar su propuesta. Deberán buscar a otra figura más representativa.

 

Un año en los Lakers era tiempo suficiente para sentir aquella conversación como una charla con el Kremlin.

 

Para 1983 los Lakers llevaban años de ventaja al resto de franquicias en cuestiones de imagen. Al modelo que en muy poco tiempo acabaría triunfando. Cuatro años antes, en 1979, Jerry Buss, un millonario que había hecho fortuna en el mercado inmobiliario, se hizo con todo cuanto puso en venta el anterior propietario del equipo, Jack Kent Cooke, a quien el divorcio forzó a cortar ciertos hilos de uno de los cuales tiraría Buss a gusto. Hacerse con los Lakers, los Kings de hockey, el Forum de Inglewood y hasta un rancho de 13 mil acres en Kern County por poco más de 67 millones de dólares era la operación más cara en la historia del deporte. Pero un negocio redondo.

 

 

Desde el primer día Buss tomó los Lakers como un lienzo. Tenía muy claro por dónde había estado fallando la liga y no sólo trató de rellenar los vacíos. Hizo de ellos su principal fortaleza.

 

El equipo de Los Angeles debía ser el equipo de Hollywood y su más selecta fauna.

 

Y Buss dio la vuelta a la escenografía. Creó las Laker Girls, dotó al pabellón de música en vivo a través de las bandas universitarias de UCLA y USC. Y mediante Jack Nicholson o Walter Matthau promovió un efecto contagio que buscaría atraer a otros muchos famosos, algunos de los cuales -Dyan Cannon, los Jackson's, Muhammad Ali o Jeffrey Osborne- comenzaron a dejarse ver fuera del palco privado de 30 asientos en torno a Buss para extenderse por la primera línea de pista.

 

- Escúchame, Lon -había ordenado a Rosen-. A nuestra gente no se le molesta. No quiero a nadie con micros y cámaras encima de ellos. Vienen a divertirse. No a ser asaltados.

 

Como contrapartida la CBS recibía de manos de los Lakers una lista de famosos que acudirían esa noche y cuáles eran sus localidades. Los técnicos recibían un mapa perfectamente cartografiado del Forum y durante una velada esos rostros, los más selectos del deporte americano, consumían decenas de planos que al parecer la pantalla tanto agradecía.

 

Como resultado el Forum se convirtió en el Night Club más famoso de Los Angeles. El centro neurálgico donde el famoso ratificaba su fama, la pasarela donde mejor exhibirse, una mansión de Playboy donde el baloncesto era una excusa, parte de la fiesta, un divertimento que no terminaba con el final de los partidos.

 

En la amplia sala de prensa, habilitada como un restaurante, las veladas podían prolongarse hasta el amanecer haciendo el propio Buss de maestro de ceremonias. Rodeado de playmates las partidas de póker acogían en su mesa a los rostros más célebres de Hollywood, a los que Chick Hearn servía copas y Nicholson cartas, lo que sumado a los resplandores del equipo evocaba una atmósfera que -curiosamente- recogía a la perfección el cálido estribillo de All Night Long, el hit que había elevado a Lionel Richie al primer plano musical de entonces y que hacía de preludio, como un himno, a los años más dulces.

 

Once you get started you can't sit down.

Come join the fun, it's a merry-go-round.

Everyone's dancing their troubles away.

Come join our party, see how we play!

 

(...)

 

Every one you meet (all night)

They're jamming in the street (all night)

All night long! (all night)

Yeah, I said.

 

Como el santuario de la coolness, Buss culminó así la obra iniciada por Kent Cooke haciendo del Fabulous Forum el Hottest Night Club in L.A.

 

 

Kareem Abdul-Jabbar y Jerry Buss en el Forum (1980) 

 

 

A principios de 1983 el amo de la mansión había logrado su objetivo de acoger la trigésimo tercera edición del NBA All Star Game. Y dejó en manos de su gente la organización de un evento que debería ser un rotundo éxito, un baño de la imagen que Buss pretendía exportar a la nación. Dirigían el equipo de trabajo Josh Rosenfeld, su relaciones públicas, y Lon Rosen, encargado de todos los actos que deberían hacer resplandecer la cita.

 

De esos actos uno se le estaba enquistando, tal vez el principal. Necesitaba un intérprete del himno americano. Y no cualquiera. Un preludio a la altura.

 

Por eso Rosen, empapado hasta los huesos de aquella superflua modernidad, no podía entender que la liga emplazara a las franquicias a organizar la fiesta de las estrellas para tener luego que pedir aprobación del guión. A ello se añadía un aspecto personal. Richie era su apuesta de rigor. Su artista favorito. Su doloroso descarte.

 

Tenía menos de cinco días y no supo qué hacer.

 

El miércoles 9 el equipo jugaba en casa ante Utah. Era el último partido antes de la gran cita y aprovechó la velada para consultar al vestuario.

 

- ¿Te han tirado a Richie? ¿Pero qué coño quieren?

 

Ser miembro de los Lakers trascendía la condición de jugador. Algunos miembros de la plantilla eran auténticos relaciones públicas. De una de ellas se iniciaba entonces un romance que acabaría en matrimonio. "Habla con Norm si necesitas una profesora de baile", ironizaban entre risas aludiendo a Norm Nixon y la profesora de Fama Debbie Allen. Lon sin embargo no buscaba eso. Quería tomar el pulso a aquellos tipos, jóvenes, estrellas, vanguardia de una cultura musical que tal vez a él se escapara. Los chicos tenían olfato para esas cosas. Magic Johnson se adelantó con un nombre y Kareem, de costumbre indiferente a la farándula, reaccionó como un resorte. "Si lo vais a traer podéis contar conmigo. Ya era hora".

 

Rosen pasó a la acción.

 

Lo primero que hizo fue hablar con el relaciones del equipo.

- ¿Marvin Gaye? ¿No estaba en Europa?

- No lo sé. ¿Qué te parece?

- Bueno, me parece fantástico. Es un mito. Pero déjame que consulte...

 

Rosenfeld llevaba mucho terreno ganado a su colega y su experiencia se hizo notar. A las celebridades que todo el mundo conocía se unía un buen número de músicos, productores y directivos de grandes discográficas. Porque también habituales del Forum eran el presidente de MCA, Irving Azoff, su homólogo en Elektra Records, Joe Smith, el productor Lou Adler y a menudo Quincy Jones. Rosenfeld sólo tenía que hacer algunas llamadas.

 

- Escúchame. A Gaye lo llevan ahora en CBS Records. ¿No tenías un amigo allí?

 

Rosen vio el cielo abierto cuando a través de esa amistad pudo establecer contacto con Larkin Arnold, productor de la discográfica para la que ahora trabajaba Gaye. Arnold recibió aquella petición de muy buen grado. "Puedes contar con nosotros, Lon. Pero no hasta que hable con él". Rosen apremió la respuesta y Arnold cumplió su palabra. "Lo tenemos. Ha aceptado".

 

La NBA también lo hizo y Rosen respiró aliviado. Creyó que ya tan sólo tenía que esperar al domingo. Y Buss felicitó a Rosen por una elección que parecía inmejorable.

 

Porque Marvin Gaye era un mito. Una leyenda a la que sin embargo el fuerte acelerón de los tiempos parecía estar adelantando. Tiempos que empezaban a estar dominados por la imagen del videoclip, por el solista bailarín de un pop infinitamente más popular y por la superación definitiva del suave juego de octavas que le había conducido a ser The Prince Of Soul en los 60 y 70. Lionel Richie primero y Michael Jackson después corrían a sepultar el estilo Marvin Gaye a principios de los ochenta.

 

Su nombre podía sonar con fuerza a un joven ejecutivo como Lon Rosen. Pero para saber en qué punto se hallaba su vida era preciso conocer demasiado de ella. Qué había sido del Marvin persona en los últimos años. Y Rosen apenas sabía nada.

 

- ¿Has podido hablar con él?

- No -respondió confiado-. Yo sólo sé que cantará el himno el domingo.

 

Dos fracasos sentimentales culminados en divorcio habían marcado la vida y obra de Marvin al final de la década anterior. Para 1980 el artista debía al fisco americano unos 8 millones de dólares, había roto con la Motown y experimentó por primera vez el amargo sabor del fracaso, lo que le llevó a descreer de los directivos bajo los que había grabado y de las giras y directos gracias a los cuales alivió en parte sus deudas. Pero no una profunda depresión que le condujo a abismarse en una espiral de droga de la que parecía imposible escapar.

 

A principios de 1981, a causa de una situación crítica, Marvin huyó a Europa y lo hizo casi al azar. Se ocultó en Bélgica, en la pequeña localidad costera de Ostende y en aquel exilio encontró la paz espiritual que tanto anhelaba. Allí logró detener su autodestrucción y cortar su adicción a la cocaína. Adoraba el clima, el anonimato y para alguien criado en los hacinados suburbios de D.C., la serenidad del mar y la cadencia de las olas inspiraron el que sería su último gran trabajo.

 

En menos de dos años Gaye rehízo su espíritu. Acudía a diario a cafés y clubes nocturnos, se mezclaba en los bares con los lugareños con los que se comunicaba por gestos y jugaba con ellos a los dardos donde el genio disfrutaba su torpeza. A veces cantaba en la iglesia para solaz de los feligreses y recuperó su forma física corriendo en la playa y en un pequeño gimnasio donde practicaba boxeo. Hasta acudía con frecuencia a presenciar partidos del mejor equipo belga de entonces, el Sunair Ostende, doble campeón de liga y copa y con dos de cuyos miembros, Mark Browne y John Heath, los americanos del equipo, trabó relación.

 

Porque el baloncesto no le era extraño. Antes bien era su deporte favorito y no había dejado de jugar desde que era niño. Mediada la década anterior había llegado a invertir cien mil dólares en los Jazz de Nueva Orleans olvidando después aquel préstamo. Uno de sus escoltas, Dave Simmons, le acompañaba y servía en los partidillos en el hogar de Marvin en la pequeña Calabasas y en los estudios de CBS Records en Hollywood. A veces, durante una grabación, cortaba por lo sano: "Let's play basketball". Y el paréntesis podía durar todo el día.

 

 

 

Marvin Gaye (Ostende, 1981)

 

 

Aquel retiro daría sus frutos y en septiembre de 1982 la figura de Gaye logró renacer con inusitada fuerza a través de Sexual Healing y su álbum Midnight Love, un rotundo éxito internacional por el que ganará dos grammys y cuya gestación había tenido lugar en la paz del aire belga.

 

Pero a finales de año Marvin se vio obligado a un abrupto regreso a Los Angeles, donde el cáncer consumía a su madre en lugar de a su padre, a quien nunca dejó de odiar por los malos tratos recibidos de niño. "Sepárate de él, mamá. Hazlo de una vez para siempre", le había repetido innumerables veces en vano.

 

El retorno fue lo peor que pudo ocurrir a su vida. Marvin volvió a sumergirse en el abismo y redobló su personal infierno con la cocaína, de la que precisaba a diario en cantidades suicidas con resultados paranoides.

 

- En cuanto mi madre sane, volveré a Europa y la llevaré conmigo. A Bélgica o Francia, da igual. Hay gente que no quiere que siga aquí.

- ¿Quién, Marvin? -se inquietó su amigo y confidente David Ritz.

- No puedo decírtelo por teléfono.

 

De las muchas obsesiones que asolaban su cabeza una de ellas persistía en recordar lo ocurrido con John Lennon.   

 

Rosen en definitiva tenía a su hombre sin saber que su hombre era, en febrero de 1983, la persona más vulnerable del mundo.

 

Horas después de decir que sí Marvin sufrió un repentino ataque de pánico por la actuación. Y repetidas veces testigo de aquel temor, el mismo destinatario, una de sus amistades más inquebrantables.

 

- Luther -cortó con voz desesperada- necesito que me hagas un favor. Quiero que lo hagas. ¡Tienes que hacerlo!

El también cantante y compositor Luther Vandross sintió una tremenda lástima. En aquella voz quebrada no reconocía a su viejo amigo

- No puedo hacerlo -insistió Marvin-. Te suplico que lo hagas tú.

 

Vandross se negó. A cada llamada con más fuerza y son sentimientos más encontrados.

 

- ¿No te das cuenta, Marvin? ¿Quieres dejar de hacer el imbécil?

 

Entendía que su elección era importante, que el mérito debía obtener su premio y dado el estado en que Marvin se encontraba, que un pequeño esfuerzo podía hacer, aun por unos días, que volviera a vestirse como un hombre.

- Lo vas a hacer. Y lo vas a hacer mejor que nunca. Quiero verte, Marvin. Quiero verte cantar el domingo. ¿Lo has entendido?

 

El tiempo corría en su contra y Marvin buscó amparo en su cuñado, el músico Gordon Banks, que tantas giras suyas había dirigido.

 

Banks tuvo una visión más amplia de la situación, como si fuera posible pegar un tirón comercial sin traicionar en espíritu la obra de Gaye. Al contrario era una ocasión magnífica de armonizar ambas fuerzas. Y tal vez, por qué no, a mayor altura que nunca.

 

La jornada del viernes los dos hombres se encerraron en el estudio de grabación de Banks, que propuso el preámbulo sin dilación ni paños calientes. Era conversación de músicos.

 

- Dime qué quieres.

 

La petición encerraba el gran misterio de aquella cita. Un cantante como Marvin no precisaba ayuda para entonar el himno nacional. Banks supo desde el primer momento que Marvin buscaba algo distinto.

 

- Quiero algo sexual, algo espiritual, quiero gospel, quiero beat y blues, quiero groove y quiero reggae, quiero...

- Quieres -interrumpió Gordon con una de aquellas blancas y reverenciales sonrisas- que el himno sea completamente negro.

Marvin no contestó. Era una apreciación retórica.

- ¿O tuyo?

- Qué diferencia hay -repuso Marvin.

- ¿En quién estás pensando? -insistió Gordon- Dame una idea y vamos a por ella.

- No sé, Gordon -y empezó a chasquear los dedos rítmicamente-. Estoy pensando en... Mahalia Jackson.

Banks resopló.

- Estás loco. ¿Eso pretendes? ¿Ante todo el país?

 

Gordon repuso esto con una cómplice sonrisa y las palabras dieron paso a las notas.

 

Las siguientes horas el talento de los dos hombres se sumergió en las profundidades de la música. Banks dejó que el genio fluyera. Sólo tenía que alfombrar su voz y para ello empleó una guitarra y una batería. Algo muy poderoso se estaba quebrando allí dentro. Una de esas ideas por las que a un artista no importa morir. "Toma. No olvides llevártela". Gordon le hizo entrega de la cinta. El cantante tenía ensayo en el Forum el sábado al mediodía.

 

Para entonces Marvin era un hombre incapaz de llegar a una cita. Y no se presentó. "¡Cómo puedo localizarle! ¿Alguna explicación para esto? ¡Que alguien me diga dónde está!". Lo haría horas más tarde.

 

Aquella falta en la víspera de la actuación inquietó seriamente a Rosen y su equipo, un puñado de hombres que no hablaban el mismo idioma del artista.

 

La tarde de aquel sábado el Forum proseguía sus preparativos y los operarios salpicaban el interior con sus tareas. La pista estaba igualmente disponible para aquellos jugadores que quisieran practicar una sesión de tiro. Julius Erving prolongó la suya hasta quedarse a solas y al momento de abandonar la escena vio con el rabillo del ojo que uno de sus mitos entraba en pista seguido por un técnico que le facilitaba un micrófono. Erving se detuvo a observar tras la banda. Y unos pasos a su izquierda, apostados en la mesa de anotadores, Rosen, su compañero Josh y el técnico de sonido.

 

Instantes después una suave melodía embriagaba el interior del recinto. Cuando Marvin dio entrada los operarios cesaron sus golpes mirando hacia el centro.

 

No fueron más que unos segundos y una mezcla de estupefacción y furia dominó entonces a Rosen. "¿Qué coño es eso? ¡Eso no es el himno!" -exclamó mientras Josh se encogía de hombros. "¡Maldita sea! ¡Eso no es lo que aprendimos en la escuela!".

 

Con el paso de las notas el problema se agudizó. El auxiliar de sonido, un joven que mascaba chicle indiferente, añadió: "Lleva cuatro minutos". Y Rosen perdió definitivamente los nervios irrumpiendo en pista en dirección a Marvin cuando éste terminaba su actuación. El artista no sabía nada de aquel tipo que inició una serie de molestas consignas y reproches, y en cuanto lo vio allí levantó suavemente su mano por encima del costado antes de reponer con aire distinguido: "Déjeme en paz. No quiero hablar con usted".

 

Atento a la escena Julius Erving apresuró sus pasos hacia allí y buscó hacer de intermediario.

- ¿Cuál es el problema?

Julius había alejado a Rosen unos metros.

- Pero... pero... ¿tú has oído eso? Eso... eso no es el himno. Me juego mi puesto, ¿sabes? ¡Cuatro minutos! -prosiguió sin bajar la voz- Pero ¿¡dónde se cree que está!?

 

Rosen llevaba su razón. Se limitaba a cumplir. Los directos de la CBS concedían dos minutos para el previo musical antes de la publicidad y la cabecera. Ni un segundo más. Y los tiempos para el tip-off eran innegociables.

- Cálmate. Déjame hablar con él.

 

Julius tuvo un aparte con Gaye. Aquella conversación era otra cosa. Ambos se conocían como se conocen dos artistas que respetan mutuamente su arte. Que incluso se admiran. Al cabo Julius hizo un ademán a Rosen para acercarse a ellos. Y el promotor, algo más calmado, pudo exhortar sus demandas. "Señor Gaye, se lo ruego. Nos dan dos minutos. ¡Dos minutos! Es completamente necesario reducir su actuación". Marvin miraba hacia abajo mientras sus dedos jugueteaban con la letra del himno.  "Le ruego -terminó Rosen- que mañana a las once, hora y media antes del partido, hagamos un nuevo y último ensayo".

 

En eso quedaron. Y Rosen no se privó de despedirse con la misma última súplica: "¡Dos minutos!".

 

Había anochecido en Los Angeles cuando un taxi cruzaba la ciudad en dirección al hogar de Gordon Banks. Marvin necesitaba una vez más de su cuñado, al que contó lo ocurrido.

 

- ¿Es la duración? ¿Eso ha sido todo?

- No, no lo creo -y exhaló una densa bocanada de humo de lo que también consumía a diario-. Saben que lo he cantado otras veces. Que puedo hacerlo en dos minutos. Pero es otro su miedo. El de muchos.

 

Marvin ya había interpretado el himno en otras ocasiones. No podía ser de otro modo para una figura de su talla cuando el protocolo en actos deportivos se cumplía a rajatabla desde el término de la Segunda Guerra Mundial.

 

Lo hizo en Nueva Orleans durante la Super Bowl de 1971. Y también un 29 de septiembre de 1979 como previa al combate entre Ernie Shavers y Larry Holmes por el título de los pesados después de que un púgil al que tenía gran aprecio, Andy Price, sufriera un KO en el primer asalto frente a Sugar Ray. Aquella noche un gran disgusto le hizo interpretar un himno triste, como una señal de duelo que parecía un funeral.

 

Una década antes, en 1968, Marvin se había estrenado durante el cuarto partido de las World Series en Detroit. Y a cada nueva cita había conocido a un Rosen. En aquella ocasión cumplía ese molesto papel Ernie Harwell, la voz de la NBC Radio y el responsable de elegir vocalistas para el himno. Harwell había sido persuadido por su directiva para hablar con Marvin y pedirle que, por favor, se limitara a cantar el himno sin ninguna otra consigna. Les preocupaba la estrecha relación de Marvin con la Motown apenas un año después de que los gravísimos disturbios raciales estuvieran cerca de arrasar la ciudad. Y Marvin comenzaba a liderar una corriente humanista que respiraba a través de sus letras, de la vida como insectos en el guetto a la muerte como alimañas en Vietnam.

 

 

 

Detroit (1967)

 

 

Aquel mes de octubre, que vio también a Tommie Smith y John Carlos alzar los puños en los Juegos de México, despertó en propietarios y directivos un cierto temor a los actos públicos sospechosos de protesta. Harwell habló con Marvin rogándole una interpretación estricta del himno y Marvin cumplió con ella. Cantó con sagrada solemnidad.

 

Al día siguiente el portorriqueño José Feliciano, armado con una guitarra acústica y su perro guía Trudy, sorprendió a una audiencia de más de 50 millones de espectadores entre los que se encontraban los más de 53 mil que abarrotaban el Tiger Stadium, con una interpretación libre del himno, la primera de gran calado nacional en la historia.

 

El escándalo fue inmediato y no cesó con el abucheo del estadio al artista invidente. Enfureció a tanta gente que la centralita de la NBC quedó colapsada por las llamadas arremetiendo contra aquel ultraje, que parte del establishment interpretó como una intolerable forma de autopromoción comercial.

 

Feliciano no se detuvo ahí. Declaró que Marvin había podido decepcionar a su gente con su interpretación ‘recta' del himno.

 

La respuesta del artista negro no se hizo esperar. Elogió a Feliciano como un artista "original" así como respetar su derecho a sentir el himno de manera personal. Pero cargó contra aquella crítica que encerraba cuestiones de raza, como si Feliciano hubiera hecho lo que Gaye debió hacer sin atreverse. "Acuerdo con él que muchas cosas deben cambiar en este país y que es momento para que la juventud lidere esos cambios. Pero sus comentarios hacia mí no son los de un colega de profesión". Siguieron a esas palabras años de íntimo silencio.

 

En el más profundo rincón de su alma aquella herida nunca cerró. Más aún cuando al año siguiente, en 1969, Jimmy Hendrix fue todavía más lejos que Feliciano friendo el himno a estridentes acordes de guitarra en Woodstock.

 

Era ya madrugada cuando Banks había refinado del todo la base musical. Quedaban unas pocas horas para la cita y ambos necesitaban, aunque fuera poco, un sueño reparador. "¿A qué hora te pidió que estuvieras?", preguntó Banks cuando Marvin se despedía en la puerta. "Creo que a las once", respondió sin ninguna convicción.

 

Había que dormir antes de que amaneciera.

 

El domingo 13 de febrero el Forum de Inglewood, en Los Angeles, volvía a acoger la cita del NBA All Star Game once años después. En 1972 Jerry West había dado la victoria al Oeste con una canasta en el último segundo. Había pasado una década. Pero parecía haber transcurrido mucho más.

 

Cuando dieron las once y cuarto y Marvin no había hecho acto de presencia Rosen dispuso a varios miembros del personal por diversas zonas del exterior para localizar la llegada del artista. Al poco de darles la consigna -"Una limusina, un Royce, algo grande... Vendrá en uno de ellos"- se dio cuenta de lo absurdo de ella y matizó que apresuraran su paso por la VIP Entrance.

 

A las doce, media hora antes del salto inicial, Marvin seguía sin aparecer y Rosen era un manojo de nervios. A las doce y cuarto obró en consecuencia. Aseguró la presencia de una joven acomodadora, conocida entre los empleados del Forum por su magnífica voz y por haber hecho no pocas veces pruebas de sonido. Mandó a vestirla acordemente -"¡En cinco minutos tienes que estar lista!"- y la chica obedeció con gran susto en el cuerpo.  

 

A las doce y veinte cubría los graderíos del Forum un manto de público que en pocos minutos superaría los 17 mil quinientos espectadores, entre los que se encontraban autoridades y famosos. La plana mayor de una NBA que aguardaba el inicio de su gran fiesta.

 

A las doce y veinticinco el responsable de la megafonía, Lawrence Tanter, se puso los cascos e indicó a la joven, a la salida de bastidores, que en unos segundos saldría a escena. Tras él Rosen no parpadeaba. Los jugadores, los árbitros y la corte militar del himno, estaban en pista y se disponían a formar. En ese preciso instante alguien agarró a Rosen por detrás con riesgo de infarto para éste. "¡Lon! ¡Lon! ¡Ahí viene! ¡Aquí está!".

 

"Cabrón", musitó para sí mientras corría a recibirle. Junto a Marvin, Gordon Banks. Rosen detuvo a los dos hombres un último segundo mientras recibía la cinta de manos de Banks antes de pasarla al técnico de sonido que corrió hacia la pletina. "¿Dos minutos?". Miraba fijamente a Marvin a quien no podía ver los ojos pero sí sujetar el brazo. Banks empujó a su hombre hacia dentro mientras Rosen pudo percibir que Marvin asentía.

 

10, 9, 8...

 

Tanter pronunció el nombre.

 

4, 3, 2...

 

"ON AIR!!" -se escuchó en los estudios de la CBS. Dick Stockton ya estaba dentro.  

 

Los espectadores, del Forum y de la pantalla americana, pudieron apreciar la entrada a pista de una distinguida figura, de elegante traje oscuro, chaqueta cruzada y corbata, pañuelo de seda azul al pecho y generosas, brillantes gafas de sol como espejos. Parecía un dios. 

 

Segundos después un hipnótico beat bañaba el interior del recinto. Y antes de manar la voz Tanter aún tuvo tiempo de confiar preocupado al técnico de sonido: "Esa no es la cinta. No puede ser".

 

Daba igual. Todo había empezado.

 

Sobre el refulgente amarillo que devolvía siempre el Forum le flanqueaban a su izquierda, en ordenada fila, Alex English, Mo Lucas, Kareem Abdul-Jabbar, Magic Johnson, David Thompson, George Gervin, Jamaal Wilkes, Jack Sikma, Artis Gilmore, Gus Williams, Jim Paxson, Kiki Vandeweghe y Pat Riley. A su derecha, Larry Bird, Julius Erving, Moses Malone, Maurice Cheeks, Isiah Thomas, Sidney Moncrief, Marques Johnson, Robert Parish, Andrew Toney, Buck Williams, Reggie Theus, Bill Laimbeer y Billy Cunningham.

 

"...say can you se-e-e-e-euh" -bouncing the word ‘see' in delicious melisma (Dyson).

 

Julius y el productor Joe Smith cruzaron una mirada cómplice, como si algo no estuviera funcionando bien. Mientras, el travelling de cámara pudo captar a un sonriente George Gervin por la sola condición de testigo.

 

"Broad stripes" in rigorous staccato.

"Star" to at least nyne syllables!

"Through the perilous fight" with a gospel echo.

"The Rockets red glare" with clenches fists and bended knees.

"Home of the bra-a-a-a-ve, Oh, Lord".

"(...) He took the song to church". (M.E. Dyson)

 

 

 

 

 

Superados los dos minutos la CBS no cortaría. Era imposible hacerlo.

 

"Suelo entonar para mí el Padre Nuestro cada vez que suena el himno. No pude" (Alex English).

 

Abdul-Jabbar mantuvo erguida su barbilla en señal de íntimo orgullo. "It illuminated the concept ‘We're black and we're Americans. We can have a different interpretation of the anthem'".

 

"A serenity overcame me. His voice just took over -you couldn't think about anything else" (Marques Johnson).

 

"It was very churchlike" (Lou Adler).

 

 

Una cerrada ovación coronó la magia de unos instantes para los que demasiada gente no estaba aún preparada.

 

"Sr. Rosen, han llamado de la oficina central". La secretaria hizo una pausa. "Están muy enfadados. Y lamento decirle que ha llamado mucha más gente para quejarse". De hecho varios teléfonos seguían chillando. Rosen resopló por última vez antes de articular el único temor que arrastró durante todo el fin de semana: "Bueno, supongo que hasta aquí he llegado. Estoy despedido".

 

Semanas después la petición de copias desde innumerables puntos del país era de tal magnitud que CBS Records acabó comprando los derechos. Rosen conservó además su empleo.

 

El paso del tiempo no hizo sino aumentar la calidad de lo ocurrido, pasando muy pronto a la unánime consideración de uno de los momentos cumbre en la historia del deporte americano. Sin saberlo Marvin Gaye acababa de santificar en ceremonia el inicio de una Edad de Oro sin precedentes, como un parto celestial.

 

 

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Poco más de un año después, el 1 de abril de 1984, en la víspera de su 45 cumpleaños, Marvin fallecía en el hogar familiar de West Adams como consecuencia de los disparos de su padre, a quien había regalado el arma en Navidad.

 

Father, father

We don't need to escalate

You see, war is not the answer

For only love can conquer hate

You know we've got to find a way

To bring some lovin' here today

 

(What's going on, Marvin Gaye, 1971)

 

 

 

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Divided Soul: The Life Of Marvin Gaye (David Ritz, 1985) / Troubled Man (Gregory Katz, American Way, 2006) / Red, Hot, and Blue (David Davis, Los Angeles Magazine, 2003) / Mercy, Mercy Me: The Art, Loves & Demons of Marvin Gaye (Michael Eric Dyson, 2004) / Transit Ostend (Richard Olivier, 1981) / The New H.N.I.C: The Death of Civil Rights and the Reign of Hip Hop (Todd Boyd, 2002) / NBA at 50: A Musical Celebration (NBAE, 1996)

 

Siempre he oído decir que el baloncesto es un deporte para altos. Bien no voy a ser yo el temerario que lo niegue, pero tengo una predisposición física y psicológica a cuestionar hasta cierto punto esta afirmación. Es más siempre me gusta pensar (y a veces decir en voz alta) que el baloncesto es un deporte para altos, que dominan los bajos.

 

De verás, por cada ejemplo de jugador dominante en la liga soy capaz de contestarle con el nombre de un base o escolta. Vale que mi estatura nunca me dejó ir más lejos en la pista, pero creo firmemente en la valía del base y de eso voy hablar.

 

Como jugador he disfrutado siempre del hecho de controlar el balón, distribuirlo y ser responsable de organizar al equipo. Tampoco voy a engañarles no soy el típico que dice que una canasta hace feliz a uno y una asistencia a dos. No, yo soy más bien de un pase espectacular mola más que una asistencia. Siempre vi el lado más lúdico y temerario a al posición de base con lo que no tengo la menor duda de que mi YO JUGADOR hubiera durado muy poco con mi YO ENTRENADOR.

 

Lo reconozco, siento admiración por estos jugadores porque son los que más responsabilidad tienen y muchas veces a los que menor reconocimiento se les da. Por eso siempre que puedo barro para casa y les doy bola. Recientemente he podido hablar con dos de las mejores bases de España y Europa. Se trata de Sílvia Domínguez y Laia Palau y en cada una de sus palabras reconozco el orgullo de ser la responsable de mover al equipo y el carácter de una autentica base. Ambas ensalzaban las virtudes de jugar como uno y lo gratificante que era ver jugar bien al equipo. Lo era en sí por el equipo, pero también porque esa es la responsabilidad directa del base, hacer que el juego del equipo tenga sentido.

 

Y por eso el base es tan importante para el entrenador. Dicen que es la prolongación del técnico en la pista y no le falta razón. Seguramente porque muchos entrenadores también han jugado en esa posición. No tengo el dato en la cabeza, pero piensen detenidamente en la cantidad de entrenadores que hay en ACB o NBA y cuántos han sido bases o escoltas. Muchísimos.

 

A otro nivel, de los cinco primeros entrenadores que hay en mi club, cuatro hemos jugado en esa posición y, curiosamente, a los otros tres de ellos les he dirigido. Así que del tema de la confianza que un entrenador deposita en el base sé un poco... aunque en ocasiones no haya sido un buen ejemplo para alguno de ellos.

 

Siempre he pensado que la confianza es un camino de doble sentido: se da y se gana y en el caso del base es fundamental que se la gane. Yo puedo vivir tranquilo sin un pívot de calidad, de verás me he llegado a acostumbrar a no jugar con pivots (de hecho juego mejor con cinco "bajitas"), pero no puedo jugar sin un base.

 

¿Adivinan quién es mi base? Por la atención que me presta es fácil de decir

¿Adivinan quién es mi base? por la atención que presta es fácil de decir

 

Es esencial ver a los ojos del base y sentir que entiende lo que estas pensando y lo intenta hacer. Claro está, cuando hablamos de edades precoces esto es un poco quimérico, pero al menos quiero tener la seguridad de que puede subir el balón y transmitir seguridad a los compañeros. En ataque seguridad y en defensa agresividad. El base suele suponer la primera línea defensiva de cualquier equipo y más cuando se presiona a toda pista, por eso es esencial que este base lo dé todo en defensa. Debe ser el espejo donde se miren sus compañeros y la motivación que encuentren para redoblar esfuerzos.

 

Por suerte, debo decir que siempre he tenido buenos bases en mis equipos e incluso este año donde no parecía tener un base muy definido me he encontrado con una agradabilísima sorpresa. Resulta que en principio tengo una base asignada, pero ésta se empeña en no querer jugar de base y claro esto me resta confianza en su juego (aunque juega bien en esa posición y suelo combinarlas). Sin embargo, hay otra jugadora que nunca dice que no y se esfuerza en ser la mejor base posible.

 

Es de lo poco de lo que puedo estar orgulloso en esta temporada. Ha mejorada muchísimo porque hace un año era la tercera o cuarta opción de su equipo y ahora es fundamental. Ha evolucionado tanto que ya ha debutado con el primer equipo y lo mejor de todo es que todavía es junior de 1º. Ahora le queda el paso más difícil: dar un salto cualitativo es relativamente fácil cuando se viene de abajo, pero cuando ya alcanzas un nivel, cada vez es más difícil progresar y eso es lo que espero (y trabajaré) para el próximo año.

 

Y mientras seguiré fabricando a mi base ideal. Seguro que no es un reflejo mío en la pista, sino algo más cerebral en ataque y con más carácter en defensa. Por que sí, para mí es fundamental el carácter en cualquier jugador, pero sobre todo en un base. Ojalá se le oyera a mis bases en pista, así mi voz descansaría y los oídos del público sentirían alivio.

[Jotas]

El SuperManager entra en su último cuarto de competición y llega la hora de quemar nuestras últimas naves en, quizá otra vez, la edición más complicada del SuperManager. Buena muestra de ello es que poca gente habrá salido totalmente satisfecha de la doble jornada de la semana pasada. Personalmente,  sigo en mi montaña rusa: el jueves subí hasta el puesto 240 y pico y el domingo ya volvía a estar el 397º de la general tras mis pésimos 150.8 puntos (¡ay, qué tiempos aquellos en los que pasar de 200 era casi una obligación…!). No puedo poner excusas cuando entre los tres bases y mis dos aleros más caros apenas sumé 30.2 puntos.

 

Pero mientras mi equipo de la general sigue dando bandazos, mi equipo de la privada del blog (ése que creamos en la J4 para picarnos con vosotros, por si no os acordáis :) ) sigue on fire. Una vez asumido que mi cuñado no era una amenaza, el objetivo pasó a ser el de ganar la liga. Tras una espectacular remontada, sólo 30.8 puntos me separan de la cima. Para 9 jornadas, se presenta como un bonito a la par que alcanzable reto. Simplemente hay que tener claras las claves de este final de liga.

 

Ricky Rubio. El claro ejemplo de que, hasta los más puristas de las estadísticas, no siempre nos guiamos por los números y nos dejamos llevar en ocasiones por los nombres. Con la temporada que está haciendo, sus últimos partidos y su tremenda irregularidad, si en vez de Ricky se llamase Miguel Pérez, hace semanas que nadie pensaría en él como una opción. Mucho he aguantado ya y, por mucho que espabile, no parece que no llevar a Ricky pueda ser motivo de hacer una mala jornada. Más aún cuando hay otros compañeros de posición, como Cabezas o De Colo, en mucho mejor momento.

 

La pareja de extras. El abanico de posibilidades es más amplio que nunca. Desde jugadores que han ganado un protagonismo enorme a otros que parecen despertar después de no firmar los números que se esperaban de ellos. Ayón, Panko, Slaughter, Caner-Medley, Wallace e incluso los imprevisibles Fitch, Karl y Jackson, se presentan como buenas opciones. Pero ojo, que las tendencias cambian rápido. Por ejemplo, cómo afectará el regreso de Gabriel, cuya ausencia ha encumbrado a su compañero Caner-Medley (36.65 de media cuando no juega Gabriel y 15.76 cuando sí lo hace).

 

Los teóricos fijos. San Emeterio lleva cinco jornadas seguidas por debajo de su media y en tres de ellas no ha llegado a 3 puntos. Pobre bagaje para alguien de 1.3 millones, pero apenas hace 5 jornadas superó los 40. Carlos Suárez, por su parte, ha bajado broker en 9 de sus últimos 10 partidos. Jugárselas sin ellos parecía prohibitivo; ahora, muchos celebran el haber tomado el riesgo en las últimas jornadas. ¿Conservadurismo o riesgo? Bajo mi punto de vista, ya no existe ni una cosa ni otra. Los fijos ya no existen, pero mucho cuidado a perderte una de sus valoraciones de escándalo; pueden sentenciarte definitivamente.

 

Jugadores on fire. Además de Caner-Medley, hay otros jugadores que están mostrando su mejor cara en las últimas jornadas. Hombres menos habituales como Pere Tomàs (11 partidos seguidos sin bajar de 9), Mainoldi (6 por encima de 12), Llull (4 por encima de 14) o Beirán (4 por encima de 15). Jugadores que han alcanzado una excelente regularidad pero que difícilmente marcarán excesivas diferencias. Si el presupuesto no da para más, pueden ser buenísimas opciones, pero no parecen la clave para protagonizar una remontada.

 

Nuevas irrupciones. Seguro que no soy el único ingenuo que piensa que Garbajosa puede volver a ser importante en el Unicaja, y no sólo en el vestuario. Aunque probablemente Jorge y Middleton no vayan a ser los que nos hagan ganar nuestra privada, habrá que estar atentos a la llegada de nuevos jugadores a la liga, especialmente aquéllos que lleguen para ser importantes en sus nuevos equipos. Tucker, Borchardt o Mensah-Bonsu llegaron así un día y luego fueron clave para nuestros equipos.

 

Suerte. Para bien o para mal, siempre, y más esta temporada, el factor suerte determinará si nuestras decisiones son buenas, malas, peores o excelentes. Intentad buscarla, pero si no llega, no os obsesionéis, no sois tan malos managers como parece :)

 

Eso sí, dejar lesionados en tu equipo o no hacer cambios porque se te ha olvidado que la jornada 26 empieza el viernes a las 20:30 no es mala suerte… :)

 

¡¡Mucha suerte a todos!!

Jotas

La noción del futuro neuroscouting hacía de preludio a una de las conferencias más sugerentes de la edición al viajar todavía más adelante en el tiempo. Y de hacerlo tal vez menos lejos de lo que el encabezado de la charla hacía presumir.

 

El informe central partía del trabajo firmado por Tarek Kamil bajo el seductor titular 2061: A Sports Odyssey - How Technology Will Redefine Competition in Sports o cómo los ordenadores acabarán siendo incorporados a la operativa real de los partidos y asumirán una importancia que acaso hoy sólo acertamos a imaginar. Y de lograrlo, es en el campo acertado: la toma de decisiones tácticas.

 

 

 

 

En palabras de Beckley Mason, cuando el baloncesto de pizarra esté ya en condiciones de incorporar la inteligencia artificial a la manera de los grandes programas de ajedrez que con el total de variables en juego resuelvan la opción más favorable, los entrenadores pasarán a ocupar el papel de motivadores y líderes de grupo.

 

En un escenario que aún hoy sabe a ciencia ficción la tecnología sería la encargada del factor estratégico resolviendo instantáneamente ecuaciones de diseño operativo. Una optimización de las decisiones a tomar. Que sea la tecnología y no el hombre el autor de la propuesta.

 

En esa gráfica última jugada con pocos segundos en el reloj el programa atendería a factores tales como los cambios, la fatiga, la debilidad del rival, la intervención de desajustes, la posición de la salida del balón, fortaleza potencial, tiempo material y cuantas variables imaginables puedan ser computadas para un asalto eficaz.

 

Poniéndonos en situación y una vez hecha la solicitud al programa, el cuerpo técnico debería durante el tiempo muerto 1) descifrar el resultado que vuelca la pantalla y 2) explicarlo a los jugadores.

 

No deja de sorprender una situación en la que ambos banquillos dispongan de igual tecnología. Una igualdad que incluso tranquiliza. Dado que en la práctica seguiríamos contando con la intervención humana y el baloncesto con su principio de incertidumbre. Con ello, la irónica apreciación de que “en la pizarra todas las jugadas salen bien” seguiría teniendo la misma validez.

 

Las consecuencias más radicales de ese escenario futuro nos permiten evocar un panorama donde los técnicos cubrieran la parte humana del equipo que el programa informático no alcanza a cubrir y la táctica inmediata hubiera desaparecido de su mando.

 

Esta última es, sin duda, la consecuencia más difícil de concebir.

 

No por la enorme sustracción de poder que ello supone, sino mucho antes por la regresión del cargo de entrenador a su sentido original: el desarrollo de los jugadores y su integración en equipo. Es esa regresión la que el ideario actual se resiste a concebir por lo drástico del cambio. Que los llamados entrenadores de élite volvieran a ser entrenadores de formación, maestros donde la dimensión psicológica y enseñanza técnica ocuparía nuevamente el doble pilar de su cargo.

 

Es muy probable que nunca veamos una sustracción de esa índole en la profesión técnica. Que con seguridad la decisión última siga corriendo a cargo de los técnicos jefe. Pero ello no impide el desarrollo del nuevo fenómeno que la actual generación acabará conociendo: la implantación de programas informáticos de táctica inmediata para su aplicación real. La herramienta, he ahí el gran cambio, más importante en los banquillos.

 

De momento esa hipotética batalla corresponde a los programadores. A los primeros capaces de crear un Big Blue del baloncesto.

 

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Dejar en manos de Mark Cuban la ponencia central sobre el arbitraje era asegurar un chorro de combustible que al cabo resultó menos desaforado de lo previsto pero sí la materia central del debate.

 

A través de la referencia a la obra del cronista de Sports Illustrated Jon Wertheim que lleva por nombre Scorecasting: The Hidden Influences Behind How Sports Are Played and Games are Won se ilustraba, como más tarde resumió Kevin Arnovitz, uno de esos códigos no escritos que nunca aceptará como cierto el estamento arbitral:

 

Game steps up

Refs step down

 

Lo que vendría a decir que cuando el partido aprieta los árbitros desaparecen.

 

Esta oscura costumbre de cuya existencia Cuban sigue tan convencido, era el motivo central de su alocución. La encendida crítica del propietario de los Mavericks se resume de manera simple en sus exigencias:

 

1) Uniformidad en el arbitraje durante los 48 minutos de partido, sin crestas ni depresiones.

2) Indiferencia a todo contexto de presión.

3) Objetividad en la aplicación de las normas.

4) Igualdad para todos, sin discriminación entre las estrellas y el común de los jugadores.

 

Expuesta de corrido movía a la impresión que Cuban hacía de portavoz de un comunicado firmado por el mismísimo David Stern. Luego el problema no residía en la redacción de la carta, en el espíritu del reglamento, sino en las diferentes realidades de aplicación, esto es, en la percepción de las mismas.

 

En un terreno mucho más práctico Cuban se mostró partidario del empleo de la Instant Replay. Pero con un matiz decisivo: que sea posible el rearbitraje. Y el ejemplo era muy gráfico: si durante una revisión arbitral que decide para qué equipo será la posesión por un fuera de banda se observa una falta cometida que no había sido señalada, urge posibilitar la inmediata sanción de la misma. Que se castigue olvidando el fuera de banda.

 

La corrección de las faltas queda actualmente excluida de la operativa Instant Replay, por lo que el cambio afectaría a toda su política de empleo. Pasaría, de hecho, a ocupar su primer nivel de importancia.

 

Bill Simmons, "owner of himself" como fue presentado, aprovechaba el calor del discurso para poner sobre la mesa el componente humano de los árbitros como un mal necesario. Lo hacía sobre dos puntos que estimaba incuestionables: 1) El poder de represalia. Y 2) El deterioro por edad.

 

Para exponer los riesgos de la primera se valía de un ejemplo: la forma en que Antoine Walker solía dirigirse a los árbitros, con un irreverente "tú", tenía que provocar necesariamente consecuencias adversas sobre el jugador y su equipo.

 

Sorprendía la concreción de un ejemplo para exponer una situación tan vieja como la propia NBA. Un uso no tan extraño ni oculto en que los árbitros, muy de vez en cuando, y desde siempre además, hicieron velado empleo de personales decisiones que resarcían conductas en pista. Una escala lo suficientemente amplia y sibilina que precede al grueso de la expulsión.

 

La antología de amenazas recogidas por micrófonos y cámaras, anecdotario de libros, es tan extensa que si bien no es una prueba concluyente invita a pensar en simples y mordaces abusos de autoridad. Sin mayores escándalos.

 

Precisamente esta semana emergía a los titulares de prensa la demanda interpuesta por el colegiado Bill Spooner contra el periodista Jon Krawczynski, quien a través de Twitter recogía una presunta amenaza de represalia hacia el técnico Kurt Rambis. Se corre el riesgo de creer que la noticia está en la invocación de la represalia captada por un periodista cuando en realidad lo verdaderamente novedoso, traído a la escena de hoy, se resume en dos elementos: Twitter y la demanda.

 

 

 

 

Sobre el segundo punto de Simmons, los riesgos de la edad, no sólo no hubo acuerdo sino que abrió una de las más fuertes discordias, especialmente por parte del colegiado de la NFL Mike Carey.

 

De un lado se hacía ver el natural deterioro de la edad y se dejaba caer a la NBA un máximo de permanencia. De otro, en sentido contrario, se elogiaba como sagrado el valor de la experiencia.

 

Se evitaron nombres por lógica discreción. Aquí no se tiene ese reparo y se sostiene que mientras algunos fallos flagrantes en Joe Crawford parecen naturalmente debidos a falta de reflejos y pérdida de visión periférica, otros como los veteranísimos Earl Strom o Darel Garretson se retiraron maestros. Lo que invita a considerar que igual que las cualidades innatas separan a los jugadores también lo hacen en los árbitros. Que los hay correctos y discutibles. Pero sobre todo debe admitirse a estas alturas la inevitabilidad de los errores en márgenes razonables.

 

Cuban terminó alabando la llegada de árbitros jóvenes a la NBA al tiempo que acusaba de nepotismo al proceso de reclutamiento por el que la mayoría proviene del Northeast.

 

La última postulación se basaba en la diferente percepción de los árbitros ante acciones similares. Y ésta en particular sigue siendo una de las batallas dentro del propio comité arbitral. Allá donde la propia NBA incide más año tras año.

 

En definitiva una edición más la problemática del silbato lamentaba la cantinela del “humano, demasiado humano”. Y como apuntaba Kevin Arnovitz mientras el arbitraje sea 'humano' el conflicto generado por ello es ya de por sí apasionante. Como un deporte dentro del deporte. Un subjuego. Puede, he ahí el peligro, que el más importante de todos.

 

 

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El viernes, en la sala 207, habilitada para las temáticas en torno a la “Evolución del Deporte”, Henry Abbott presentaba una interesante ponencia bajo el sello Bad Decisions in Sports Skew Macho.

 

Abbott, autor del más controvertido artículo de la temporada NBA al cuestionar a Kobe Bryant como ‘clutch player’, acudía un poco más lejos integrando su caso y figura en un fenómeno mucho más generalizado y emblemático de la cultura deportiva norteamericana: lo que refería como Macho Decissions.

 

Esto es: la monarquía absoluta del último tiro.

 

Este asunto en particular excede con creces la mera tozudez en repetir este tipo de acciones. Su cuestionamiento ataca directamente al ideario más enquistado del Star System cuando éste no deja aire para más; cuando no permite más opciones.

 

No hay costumbre más propiamente NBA, escena más arquetípica de esta liga, que la del balón a la estrella para resolver la jugada de partido. La caricatura expuesta en su día por Bob Batchelor en referencia a Michael Jordan –Hit the [fucking] game winner- no dista tanto de la realidad.

 

La exposición de Abbott no cargaba concretamente sobre Bryant pero se valía de su ejemplo para exponer que lanzamientos sobre dos o tres defensores no eran, no podían ser, la mejor decisión que el baloncesto pueda proporcionar.

 

Abbott se preguntaba lo siguiente: Si en lugar del tiro más difícil Kobe hubiese doblado el balón con casi paralela frecuencia ¿sería su currículo tan impresionante como es?

 

A partir del acuerdo en que la indiscutible calidad de una estrella facilita este tipo de decisiones, se abría el debate. Pero forzosamente caía en la America Sports Culture.

 

Desde un punto de vista psicológico el ego del macho impide las llamadas concesiones. Una de ellas hacía referencia a la explícita renuncia de Shaq a los tiros libres a cuchara cuando en los entrenos había registrado así sus mejores porcentajes. Asimismo, a Bryant por no permitir otras opciones que no fueran su lanzamiento final al igual que con otras muchas estrellas.

 

Porque no es cosa de Kobe.

 

De hecho, no hay código más dominante que el del macho dominante decidiendo a solas el final del partido.

 

La casuística es tan voluminosa que su origen se pierde en el tiempo. Pero pocas veces asomó con tal cruel claridad como la conducta en 1994 de Scottie Pippen a la consigna de su entrenador de que fuera otro jugador (Kukoc) el encargado de jugarse la última bola.

 

La condición de mejor jugador parece llevar implícita la resolución (individual) de esos conflictos. Como apuntaba Zach Harper, “es la forma de demostrar que efectivamente eres el mejor”. Y en caso de eludir esta [forzosa] responsabilidad sobreviene el peor etiquetado posible. Un mes de malos finales de partido ha conducido a LeBron James a recordar el peaje público a pagar. Y eso a pesar de que desde 2003 ha anotado más canastas en los últimos 30 segundos que permitieran a su equipo igualar o adelantar al rival en el marcador (29/107) que el mismísimo Kobe Bryant (22/63), posiblemente el jugador mejor diseñado del mundo para el buzzer beater.

 

 

 

 

En la previa del Heat-Lakers del pasado día 10 decía Kenny Smith que cuando el balón pasa por demasiadas manos en los últimos instantes el equipo termina confuso. Y en un sentido muy próximo se reconocía Kevin Pritchard al señalar que la unión de tres machos en el mismo grupo termina por incomodar las nuevas resoluciones finales en la ausencia del espacio de que antaño gozaban libres. Como si la isolation no lo fuera del todo.

 

Abbott y su visión cada vez más humanista de las cosas sostenía que sacrificar en ocasiones determinados parámetros machistas favorecía también la consecución del éxito. Se valía del ejemplo de Chris Paul o la amenaza múltiple en el modelo San Antonio como pruebas de que proseguir la propuesta ofensiva inicial al término de los partidos no sólo es posible sino que directamente cuestiona la existencia del clutch player.

 

Lo que de paso se cuestionaba con gravedad es que ese bello principio del sacrificio por el equipo tenga forzosamente que sufrir una sintomática suspensión al final de los partidos. “El macho puede ser muy importante. Pero no lo es todo”, finalizaba a modo lapidario.

 

A partir de Michael Jordan, especialmente de Michael Jordan, sabemos que cuanto mayor la magnitud de la estrella mayor el peso de la exigencia de resolver a solas.

 

El concepto de killer va asociado a la quintaesencia del macho. Es la parte del baloncesto que toca el cine negro. De manera que uno puede ser silencioso, ermitaño, oscuro y reservado, sin faltar a las dotes del macho alfa.

 

Esta mitología, como en su día tildaba Mike Bianchi, está tan instalada en el imaginario deportivo que Otis Smith pidió a Dwight Howard reducir a cero sus sonrisas en pista para honrar ese código de caballeros que reza “frown on your face, fire in your heart”. Y recientemente Phil Jackson, sobre lo sucedido en el vestuario de Miami, se despachaba en ese mismo sentido alertando: “Los hombres no lloran. Vete al baño donde no te vean”. Este año también hemos visto que merced a Chris Bosh el vulgarismo fake tough guy ha vuelto a cobrar fuerza.

 

La política de David Stern ha ido erosionando gradualmente las mostrencas exhibiciones del macho con el propósito de reprimir a nivel cero las explosiones de violencia. Por lo que la condición del ‘alfa’ ha debido sofisticarse hacia formas más finas pero igualmente tangibles que van de no tender la mano al rival en el suelo a las reacciones al acierto y su teatralidad aún permitida.

 

Sin embargo el baloncesto NBA difícilmente extirpará algún día la morbosa soledad del clutch, aunque ésta sólo persista como prueba última de selección natural. Como prueba de que el macho está, sigue ahí y es dominante por algo.

 

Para reconocer la salud de un deporte bueno es atender al cuerpo. Pero casi mejor hacerlo a sus partes. Al interés que demuestran unas por otras.

 

Desde hace cuatro años se celebra al apagar el invierno la MIT Sloan Sports Analytics Conference, una convención que pudiera semejar un amplio gabinete de crisis sin crisis por medio. Un par de intensas jornadas donde especialistas y gestores, árbitros y autores, técnicos y periodistas estrechan la mano inteligente por el placer de la especulación y el valor de la utilidad. Una experiencia admirable que convierte al deporte en materia de Think Tank y lo hace de manera multidisciplinar, abierta y democrática con resultados tan espléndidos que las ideas salientes acaban decuplicando las temáticas inicialmente propuestas.

 

La edición de este año, quinta en lista y una vez más en el Boston Convention&Exhibition Center, ha conservado su frescura y audacia. Y ello a pesar de que los grandes campos temáticos se repiten anualmente y es en la profundidad del debate donde encontrar el interés por los matices, donde presentar renovadas ideas o superar las viejas.

 

El contenido es, en el fondo, inabarcable. Sucesivamente y sin pausa se expone más información de la que es posible digerir dado que los asuntos abren pero no cierran, dando así a la problemática la relevancia que merece y al deporte un nivel cognitivo de primera clase. Por medios y fines.

 

Y tal vez también por volumen. Como hacía notar Michael Schwartz, tan sólo los aeropuertos movilizan a más gente que el deporte en los Estados Unidos.

 

Se escoge aquí un somero repaso a unos pocos de los asuntos tratados. Asuntos que desde la panorámica del resumen saben a recurrentes porque un año más el mayor peso ha recaído en las grandes cuestiones que a todos suenan: el desarrollo del jugador, las nuevas visiones numéricas, el arbitraje, la construcción de campeones, el estudio de la propiedad y las diferentes lecturas de la ‘eficiencia’.

 

Los vientos de la actualidad trajeron también a colación una diagnosis del modelo ‘Big Three’, los parámetros del conflicto patronal, el problema de las faltas prematuras y la repercusión de la innovación estadística, campo siempre dominante y que acabó abriendo una de las más acertadas dobleces al aclararse que una estadística interesante no tiene por qué ser importante; una elegante manera de separar la teoría de la práctica.

 

Un año más la NBA se lleva la palma en Facebook: 7.6 millones de usuarios por 2.6 para el fútbol americano (NFL) y menos de 1 millón para el béisbol (MLB), tal y como presentaba Nick Grudin en su estudio Facebook and the Fan-Centric Experience.

 

Desde 2008 los recientes modelos de Boston y Miami continúan ejerciendo un gran peso en la hoja de ruta en forma de continua reevaluación de la ingeniería por el título. La presunta novedad de ambos patrones quedaba en entredicho por las palabras del copropietario Wyc Grousbeck explicando cómo había forjado la actual era de los Celtics: “Sólo tuve que echar un vistazo a los últimos 25 campeones. Y comprobé que 24 de los 25 tenían como eje el concepto Big Three: un Top-50 de la historia y dos compañeros 'all star'”.

 

En el lado opuesto se alumbró este año la llamada Mediocrity Trendmill o rutina de la mediocridad. Purgatorios entre el subsuelo y el acceso a playoffs donde parecen instaladas franquicias de temperatura fría. Casos de estudio y propuestas de solución.

 

Al hilo, la convicción de Kevin Pritchard de que la cercanía al título equivale al momentum en que los gestores deberían aumentar los riesgos de traspaso. O cómo la irrupción de Blake Griffin ataca directamente a la conciencia dormida del propietario de los Clippers Donald Sterling.

 

Al mismo tiempo la revolución estadística actual, a la que no se avista fin, presenta nuevos instrumentos cada vez más sofisticados que van del fenómeno óptico de la Holy Grail, que rozamos más abajo, a las nuevas versiones de la ‘eficiencia’ que examinan porciones del juego no investigadas con anterioridad. Una de ellas, la Dynamic Efficiency obra de Matthew Goldman, estudia el momento de posesión en que se realiza el tiro y como resultado fracciona a los jugadores en Undershooters/Overshooters.

 

También presente un año más el imposible acuerdo sobre la presunta ventaja de la comisión de falta en los últimos instantes con tres arriba y posesión rival, abriéndose con ello tanto la fe en la exposición de datos como la creencia en los técnicos que decidan situarse por delante de ellos. Una resistencia que busca salvaguardar pese a todo la autoridad del entrenador jefe en términos de intuición y circunstancia.

 

En suma, ni pocas ni fáciles. Destacamos en una doble entrega no más que algunas líneas de pensamiento por sesión abordada. Con el único filtro de lo interesante, lo genérico o lo entendible por todo buen aficionado.

 

 

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La edición 2011 abría fuego con la seductora teoría del intrépido Malcolm Gladwell en su libro Outliers según la cual se precisan unas 10 mil horas de trabajo para adquirir la condición de experto en cualquier materia.

 

Era un punto de partida. Una idea general sobre la que formular una vieja cuestión, nunca resuelta, traducida en preguntas tales como: ¿Se nace o se hace? ¿Naturaleza o educación? ¿Herencia o desarrollo? Qué es, a fin de cuentas, lo más importante.

 

Ponentes y audiencia acordaban que el talento, siendo el combustible natural del éxito, precisa de un conducto que el deporte encuentra en la figura del entrenador. Que la práctica dirigida es más útil que la práctica libre –como si el baloncesto despreciara autodidactas- y que en definitiva no parece muy conveniente entregar a los jugadores su propio desarrollo, lo que equivaldría a incorporarles en la cadena educativa como hijos y no como adultos.

 

Este punto de vista salpicó incluso otras ponencias donde el peso del college como periodo de formación seguía ganando a su contrario. A lo sumo, se empleaba como coartada el tiempo de observación para que las franquicias tengan un mayor conocimiento de los jugadores a seleccionar en el draft. Como una suerte de legitimidad en el ojo de Indiana para Tyler Hansbrough y no así en Minnesota para O.J. Mayo.

 

En realidad la idea de equilibrio entre los talentos del jugador y la disciplina superior, además de no suponer mayor avance, calma una vez más la vieja conciencia paternalista en el deporte americano a pesar de que figuras como Mo Malone, Kevin Garnett, Kobe Bryant o LeBron James, casos descollantes de early entries, se sigan admitiendo como producto de una doctrina escolástica, lo que en la nación del Star System implica una poderosa paradoja de la que la NBA es abanderada.

 

Durante el debate gravitó con fuerza la ambición personal en la ética del trabajo, lo que unido al cuidado externo hizo asomar el ejemplo de dos desarrollos divergentes con igual origen: dos productos de Alabama HS y su evolución diametralmente opuesta: Jamario Moon y Gerald Wallace.

 

Aportando una arista necesaria Jeff Van Gundy abogaba por la comprensión psicológica del jugador antes que por su dimensión técnica. Levantaba el primer murete al nuevo ensayismo numérico que reduce a los jugadores a engranajes y módulos y alertaba a los directivos del vacío que suponen las transacciones que no atienden a la personalidad del jugador.

 

Fue entonces cuando el director deportivo de los Rockets, Daryl Morey, célebre por sus extravagantes ideas de recruit pero padre de estas jornadas, mencionó cualidades tales como el “entusiasmo” y la “pasión”: cuánto de su vida está dispuesto el jugador a entregar por el baloncesto. Eso que la poética americana refiere como “love of the game”.

 

En uno de sus antiguos rastreos Morey contaba que preguntando a un joven Marcus Banks “qué quieres hacer realmente con tu vida”, el jugador de Nevada Las Vegas no dudó en contestar: “Be a male fashion model”. Y con ello, la posible elección se había descartado a sí misma.

 

Animado por ello Van Gundy apuntaba a Tracy McGrady como el contraejemplo de las 10 mil horas. Alabando su talento incalculable señalaba que T-Mac habría llegado a lo sumo a las mil horas de trabajo, una gratuita donación a las ediciones digitales para controversia.

 

 

 

Van Gundy terminó con la efectista pero incierta idea de que “un jugador puede ser blando, egoísta o estúpido. Una de las tres. Pero no dos”.

 

A última hora apenas hubo discordia en aplicar la teoría de Gladwell a los entrenadores, seguramente debido a la ausencia en la sala de Mark Jackson.

 

La solución final, como un colgante siempre a la misma altura, quedó un año más fijada en el equilibrio entre talento y trabajo como el mejor atajo hacia el éxito.

 

 

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Hace dos años Sandy Weil presentó una seductora ponencia bajo el título El mito de la mano caliente. Sus trabajos han proseguido la línea de derribar ciertas creencias, más visuales que ciertas, y que culminaron con la presentación en sociedad de la Data Holy Grail, muy gráficamente, un delicado software de información óptica que vectoriza la posición y movimiento de los jugadores en pista y descifra el producto resultante. Tres cámaras recogen desde diferentes posiciones la película de cada partido y los ‘bytes’ superan lo humanamente calculable.

 

El principal problema de una herramienta tan aparentemente avanzada, propiedad de Stats, LLC., se encuentra en el colosal volumen de información inútil. Un instrumento que computa la distancia entre los jugadores desprecia al mismo tiempo la posesión del balón, el sentido de los pases intermedios y el defensor principal al tiro.

 

Por ello la mayoría de datos salientes guardaba relación con rangos porcentuales y distancias entre todos los elementos de juego. Weil presentó así tres aportes principales:

 

1) Una buena defensa puede descender el acierto rival una media de un 12%.

2) Se gana un punto porcentual de acierto por cada 45 centímetros de acercamiento al aro.

3) Y conclusiones más favorables al acierto del jugador que recibe y tira –catch&shoot- del que difiere su lanzamiento, lo que dejaría en muy buen lugar a Ray Allen en detrimento de Dwayne Wade.

 

La DHG, como una de las principales novedades de análisis estadístico, aguarda a fin de cuentas ostensibles mejoras en su programación.

 

 

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Lejos de dar la espalda a la actualidad la Convención, a propuesta de Marc Stein, recayó en el morboso modelo de Miami Heat y su sospechoso 2-12 ante equipos de registro positivo y marcadores no superiores a los 5 puntos. Mientras que el hipernumérico John Hollinger tildó de arbitrario el corte de los 5 puntos en nombre de casuísticas que a él en particular interesaban, otros abrieron distintas líneas de tratamiento.

 

Sorprendió Mark Cuban resumiendo la problemática Heat de modo gráfico y sencillo:

 

1) Se convierten en sumamente previsibles cuando marcador y reloj aprietan.

2) Presentan un flagrante desequilibrio de talento en una misma plantilla. Y en consecuencia:

3) Si los tiradores de relleno no suponen mayor amenaza la defensa rival puede cargarlo todo sobre cualquiera de las tres estrellas principales, lo que repercute nuevamente en el primer punto.

 

Cuban dejaba sin embargo una puerta abierta al escenario de los playoffs donde, recordaba, todo es esencialmente distinto.

 

Kevin Pritchard echaba también una mano a los Heat en contraposición a Lakers y Celtics donde el mucho tiempo juntos, cosidos, favorece la memoria táctica en toda situación del juego, incluidos finales apretados.

 

Stein cerraba el asunto con el oportuno ejemplo de Miami en 2006, equipo que había caído repetidamente ante rivales de entidad en Regular incluyendo un 2-0 y 49 puntos de diferencia a favor de los Mavs, a quienes acabaron doblegando en las Finales hasta cuatro veces seguidas.

 

Días después de la Convención Phil Jackson, en su año más desinhibido, su año final, culpaba al propio Cuban del tratamiento arbitral recibido en aquellas series.

 

 

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Precisamente otro de los apartados dedicaba su motivo a la relación de los propietarios con su unidad de negocio o franquicia. No desde un punto de vista económico sino personal.

 

Se dio un acuerdo bastante generalizado sobre que la NBA necesita propietarios de estilo Cuban (Mavericks) en detrimento de otros estilo Shinn (Hornets).

 

Dado que el ramillete de dueños son tipos 1) Muy ricos que 2) han adquirido su riqueza fuera del deporte, 3) se expresaba un deseo razonable de que para estos billonarios la propiedad de una franquicia NBA resulte más un hobby que un negocio sensu stricto y que su tratamiento se asemeje más al cuidado del coleccionista por una de sus piezas predilectas que a los rigores financieros del cargo.

 

En palabras del propio Grousbeck: “The whole reason to buy the team was Celtic pride”. Y que esa personal pasión, como un capricho de rico, sea compatible con el beneficio de una gestión digna.

 

Dados los desagradables sucesos en torno a la propiedad de New Orleans Hornets el tiempo ha relajado enormemente la visión que durante años tuvo David Stern hacia el dueño de los Mavericks. Como si en virtud de la seguridad del negocio, fueran preferibles los riesgos del alborotador a los del advenedizo.

 

 

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A través de un riguroso estudio a cargo de Arup Sen y J.B. Rice, del Departamento de Economía de la Universidad de Boston, que medía el rendimiento de los jugadores con arreglo a la resolución de contratos se dejaba caer sobre la mesa, para tranquilidad de muchos, que la estadística no tiene por qué estar reñida con algunas de las percepciones más instaladas en el imaginario popular. El trabajo hacía precisamente referencia al incremento productivo de los jugadores cuando la extensión o renovación de sus contratos estaba en juego.

 

Como hacía ver Rob Mahoney los analistas numéricos no tienen a menudo por qué demostrar que sus trabajos vulneran algunas de las convenciones más arraigadas. Y que la estadística avanzada no tiene por qué ser contraria a lo que pensamos.

 

El problema parece, pues, residir en que la repercusión aumenta exponencialmente en el sentido opuesto. De manera que cuanto más audaces y contrarias a la creencia común mayor es la controversia generada porque mayor será su presencia en los medios. Y como prueba, el reciente cuestionamiento de Kobe Bryant como ‘clutch’.

 

Así la estadística comportaría además un atractivo material de venta.

 

 

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Otra de las exposiciones, en torno a un copioso estudio obra de Philip Z. Maymin, Allan Maymin y Eugene Shen, aludía a la inclinación de los técnicos a sacar de pista a los titulares que entran en problemas de faltas. Tal vez, por lo gráfico de su definición, valga mencionar al menos la fórmula más sencilla de lo que, individualmente, se conoce como Foul Trouble:

 

Q + 1

 

Donde Q equivale a cuarto. Esto es, se estimaría foul trouble el momento en que el jugador suma una falta más que el cuarto en que la comete.

 

 

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La prospección del talento es ya fenómeno global.

 

De igual modo que la ciencia numérica tiende a una mayor complejidad, el scouting sobre el potencial de jugadores jóvenes propende al empleo de herramientas de mucha mayor precisión. Y lo que hoy conocemos por resultados psicotécnicos, aún de corto alcance, podría en no mucho tiempo sufrir una honda complejización y emplearse con uso real para la valoración de jugadores y su adquisición en cualquier nivel.

 

Para abordar este punto entraron en juego los neurólogos Brian Miller y Wesley Clapp, quienes a través de la FMRI o Functional Magnetic Resonance Imaging trataban de mostrar cómo algunos sujetos son capaces de una coordinación psicomotriz muy superior en la resolución de problemas complejos de naturaleza atlética mientras que otros, simplemente, parecen incapaces de mostrar progresos.

 

Nada de esto es nuevo. Pero los doctores acudieron al mapeo cerebral de zonas calientes y frías y a través de un discurso propiamente científico complicaron seriamente la toma de notas. Un punto de encuentro fue la noción de ‘intangibles' como factores que incluso hoy quedan fuera de la geografía del cerebro.

 

Se supone que el aprendizaje basa su existencia en la rutina y la natural destreza en combinar nuevos recursos para la resolución de problemas. Sobre el primer punto Kevin Pritchard exponía un perfecto ejemplo de que la rutina puede resultar insuficiente ante situaciones de grave presión.

 

Su hipótesis era tan sencilla como demoledora. Según él, podía tomar a cualquier jugador y pedirle que anotara seis tiros libres de diez intentos. 6 de 10. Muchos serían capaces de ello. Pero si en lugar de una petición inofensiva la amenaza real fuera perder la vida de no lograrlo, la situación se altera a tal extremo que muy posiblemente los porcentajes se verían drásticamente alterados, incluso en los maestros de la rutina mecánica.

 

Y soportar la presión sí era materia propiamente cerebral. Y materia sin resolver.

 

 

 

 

Sobre el segundo punto, la adaptabilidad, los ejemplos aludieron a directores de juego que en formación actuaron como escoltas o aleros y en la NBA deben hacerlo como bases. Esa adaptabilidad, exigida por igual a ejemplares como Russell Westbrook, Derrick Rose o Jared Bayless, es la que finalmente marca, en los casos de éxito, la neuroflexibilidad a que los doctores acudieron como prueba de inteligencia superior.

 

Dicho de otro modo: cómo afrontan unos y otros las situaciones de incertidumbre.

 

(mañana jueves, segunda y última entrega)