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En anteriores entradas de este blog ya comentamos la dificultad que han tenido para llegar al profesionalismo, concretamente al más alto nivel, algunos de los jugadores rusos que en categorías inferiores tenían un alto grado de dominio del juego y de los cuales se esperaba bastante en e futuro. Véase Zavourev, Urazmanov o sin ir tan lejos aunque con una carrera superior a la de estos la de Korolev.

 

Creciendo año a año, viene con fuerza el joven prospecto ruso Sergey Karasev, nacido en 1993 y que recientemente ha cumplido 18 años. Actualmente milita en el BC Triumph ruso, equipo en el que viene desde el año pasado actuando regularmente a nivel profesional en la liga rusa con algunas actuaciones destacados y poco a poco teniendo mucho más protagonismo, hasta el punto que se ha convertido en el alero titular de su escuadra.

 

El alero ruso es uno de los jugadores con más futuro y potencial de la generación del 93. Con sus dos metros de altura es un híbrido entre la posición de dos y de tres, atléticamente muy completo, rápido, con cambio de ritmo y muy buena potencia y timing de salto. Físicamente le falta cuerpo y fuerza, además de tener más consistencia en el choque –aunque ahora parece menos reacio al contacto- y poder trabajar su juego medio e interior con más fluidez, sobre todo ante rivales menores de estatura.


 

 

(Foto FIBA Europe / Tomas Tumalovicius)

 

Puede manejar el balón con facilidad sin ser un gran manejador, aunque tiene facilidad para tratarlo con ambas manos, aunque su mano natural es la zurda. Puede ir hacia dentro con rapidez y fuerza, pudiendo finalizar –con buen tacto en las cercanías-, muchas veces con potentes mates o incluso distribuir, no siendo un mal pasador en absoluto, ya que entiende el juego bastante bien y sabe leerlo y reconocer bien los puntos fuertes en distintas situaciones de juego.

 

En cuanto a tiro, puede crearse sus tiros en muchas situaciones, aunque muchas veces fuerza el tiro exterior en demasía. Realmente su punto fuerte es el tiro tras pase, es decir, recibir y ejecutar, donde muestra una alta fiabilidad.

 

Defensivamente es un jugador de cierta fiabilidad gracias a sus cualidades atléticas, aunque tiene capacidad para crecer mucho más ya que no es ningún factor en este aspecto. Muestra muy buena habilidad y timing en el aspecto taponador para un jugador exterior.

Jon de la Presa

Como de costumbre el vapor de las duchas se colaba hasta el vestuario. Dentro faltaba el aire. Hacía un rato que el entreno terminó. Fue serio. Sin bromas. Con el mazazo de la víspera muy presente. Philly les había empatado la final en casa. Y ahora todos parecían vestirse aprisa en silencio. A su derecha Brad Holland rebuscaba algo entre sus cosas. Lo hacía en vano.

 

- Oh, mierda. Wood, ¿tienes una cuchilla por ahí?

 

Claro que la tenía. Bien sabía él para qué. Y por eso no estaba dispuesto a dejársela. Aunque sólo fuera por higiene.

 

- ¿Dónde está la tuya? –respondió cortante.

 

- Pues… no sé, no la encuentro. Por eso te la pido. ¿Tienes o no?

 

Spencer no sabía cómo quitárselo de encima. Y su ánimo tampoco ayudaba.

 

- Se dice por favor.

 

En un segundo el semblante de Holland se endureció.

 

- Oye, ¡qué coño te pasa! ¡Te he pedido una puta cuchilla, no dinero!

 

Haywood se incorporó y Holland hizo lo mismo –“A mí no hables así…”–. Del otro lado del vestuario se apresuró hasta ellos Jim Chones. O más bien hasta Spencer, al que tenía ganas. Chones compartía con Wood su odio hacia Westhead. Pero también su hartazgo de Haywood, de sus constantes protestas por su falta de minutos. Minutos que se llevaba él. Cuando le agarró del brazo –“¿Qué es lo que te pasa a ti?”– Spencer dio un fuerte tirón quitándoselo de encima. “¡No me toques!”. Antes de enzarzarse otros compañeros se habían echado encima. “¡Basta!”. Entre una maraña de brazos –“Ehhh, vale, ¡vale!"– los ánimos hervían allí dentro como una caldera.

 

El alboroto llegó hasta la sala de fisios, de donde salieron aprisa Paul Westhead y Pat Riley. El primero no preguntó. Se detuvo bajo el marco de la puerta, vio que Haywood era una vez más el motivo de una riña y cortó por la vía rápida. “Spencer, en dos minutos te quiero en mi despacho”. La orden sacudió el aire y el grupo se fue dispersando, quedando Haywood a solas en mitad del vestuario como un pasmarote. Metió aprisa sus cosas en la bolsa y dirigió después sus pasos a la puerta. Al volver la vista atrás todos seguían a lo suyo, como si no existiera. Todos salvo Kareem. Desde su taquilla le dirigió una mirada fugaz, dura. Había algo de desgarrador en sus ojos, que parecían preguntarse “cómo has podido cambiar tanto”. Spencer tuvo entonces la firme impresión de despedirse. Sin ningún adiós.

 

Diez años antes Kareem había sido casi el único en salir en su apoyo. Lo hizo además a la vista de todos. A la llegada de Spencer a Seattle en 1970 siguió un auténtico infierno. La NBA paralizó su fichaje acusándolo de ilegal. De su oficina central salió disparada una carta que advertía a todos los equipos de la liga que aquella operación estaba prohibida, señalando además dos culpables: Spencer Haywood, de 21 años, y Sam Schulman, el dueño de los Sonics.

 

De entrada Spencer no podía jugar. Pero vestía de corto. Incluso calentaba, lo que era tomado por los rivales como una afrenta. En los pabellones se presentaba al equipo entero dejando a Haywood para el final: “Señoras y señores, hay un jugador ilegal en la pista”. El público respondía entonces con un terrible abucheo en el mejor caso. En los peores, arrojándole papeles, cerveza, hielo o monedas. Lo que tuvieran a su alcance.

 

Y a él le entraban entonces unas ganas locas de abofetear al speaker, arrebatarle el micrófono y recordar algo a voces: “Eh, cabrones, ¿no sabéis quién soy? Soy ese chaval que jugó para vuestro país en los Juegos Olímpicos mientras otros renunciaban a representarlo y firmaban contratos profesionales”. Pero hacía de tripas corazón y callaba cabizbajo. Qué otra cosa podía hacer.

 

La estrategia intimidatoria de la liga funcionaba. Allá donde iban los Sonics eran objeto de iras. A veces los equipos se negaban a salir del vestuario mientras Haywood estuviera en chándal. En Chicago irían aún más allá. Su alero Chet Walker se torció el tobillo calentando y los Bulls demandaron a los Sonics por 600 mil dólares alegando que el motivo de la lesión se debía a Spencer Haywood y el ambiente de nerviosismo y distracción que su presencia provocaba.

 

Entre los jugadores había excepciones. Pero en general le dieron también la espalda y a lo menos, indiferencia. Wood estaba convencido que era por envidia, por aquel contratazo firmado sin haber pasado más que dos cursos en la universidad. Por hacer lo que muchos no tuvieron el valor de hacer. Muestras de hostilidad tampoco faltaron. “¿A ti quién te ha dicho que vales como jugador?”, le espetó una noche Bob Lanier. Otra en Milwaukee el público fue subiendo de tono. “Vuélvete al África”, le gritaban. “Mejor a la escuela para aprender a leer las reglas”, se burlaban otros. Acabado el calentamiento los Bucks enfilaron al vestuario cuando Haywood ocupaba la media la pista. Kareem escuchó más gritos, todos de tono racista, y acto seguido rompió la fila en dirección a Spencer, al que dio un abrazo delante de todos. El público de pronto cesó en su ataque. Spencer nunca olvidaría aquel gesto.

 

Entretanto la justicia proseguía su curso. Luego de un agotador desfile por los juzgados el Tribunal Supremo falló en contra de la NBA con una sentencia que tumbaba su derecho de inadmisión hacia jugadores que no hubieran cumplido los cuatros años de universidad. El caso Haywood pondría fin a aquella barrera. Pero pocos se lo agradecieron. Como si el imaginario siguiera contemplando su operación como un acto de arrogancia, un desafío al orden natural de las cosas. No era fácil despegarse del papel de niño demasiado rico demasiado pronto. Era el cartel que llevaba encima.

 

No importaba. Por fin pudo empezar a jugar. En Seattle, su ciudad y su gente, se sintió bien. Pero deportivamente las cosas nunca terminaron de funcionar. La llegada de Bill Russell al banquillo no facilitó las cosas. Antes bien las tensaría demasiado.

 

Russ tenía a Haywood como su jugador favorito, su hombre y enlace. Un contacto tan cercano que acabó separando a Spencer del resto del grupo. Russell era muy tirano con sus jugadores. Cuando no funcionaban las cosas, y de común no lo hacían, no tenía el menor reparo en despreciarlos. A Jim McDaniels, destinado a ser el pívot titular, incluso con crueldad. “¿Pero cómo puedes ser tan estúpido? –le recriminaba a cada fallo– Es que no tienes ni idea de jugar”. McDaniels quedaba así hundido.

 

Russell era una leyenda. Pero un hombre sin paciencia. Quería hacer de los Sonics unos nuevos Celtics. Y eso era imposible. Los jugadores callaban a su autoridad. Pero por dentro le odiaban. Y como el odio es contagioso y Spencer su jugador predilecto, los demás tardaron poco en desdeñarle como el niño mimado. Hasta en romperle alguna amistad, como la de John Brisker, que no perdonó a Spencer que no lo defendiera ante Russell.

 

Haywood no aprobaba los métodos del técnico. Pero sentía poder hacer muy poco para evitarlos. Él había disfrutado allí la suavidad de Lenny Wilkens como jefe. Ahora sufría sin remedio aquel lento deterioro del grupo. Un grupo impracticable a causa de tantos y tantos cambios, de los que también era responsable Bill Russell, entrenador y director deportivo.

 

Era cuestión de tiempo. Durante la temporada del 75 el deterioro afectó también a la relación entre ambos. Spencer se sobrepuso en silencio a varias lesiones. Pero no pudo con la neumonía. Perdió peso y mucha fuerza. Para Russell no había más culpable que el enfermo. “Si comieras más filetes de carne no te pasaría eso”. Spencer era vegetariano. Y para entonces, muy sensible a la dureza de Russ.

 

En adelante se multiplicaron los rumores de traspaso. Los Knicks estaban ya encima. Sin haber abierto aún la boca Spencer volvía a ser objeto de sospecha, como si fuera él quien quisiera largarse. Eso le enfureció. Sentía haberlo dado todo por los Sonics sin que ahora recibiera a cambio la certeza de su fidelidad, como si no fuera apreciado. Era momento de cambiar de actitud. A la primera oportunidad declaró a la prensa: “Quiero irme, no estoy a gusto aquí”. Abierto el campus de pretemporada Russell lo llevó a su despacho. Fue expeditivo.

- ¿Te quieres quedar o te quieres ir?

Haywood también.

- Quiero irme.

- Vete pues.

 

Así acabó todo. A finales de octubre de 1975, por dos millones de dólares más el novato Eugene Short, Spencer Haywood se convertía en nuevo jugador de los Knicks.

 

Spencer fue recibido como Nueva York acostumbra a recibir a las estrellas. Pero empezó con mal pie, cayendo en una trampa durante su presentación oficial, cuando los flashes además de la vista nublan la cabeza.

- Se espera de ti que seas el salvador de esta franquicia.

Él sólo quería agradar.

- Bueno, pues entonces yo la salvaré.

 

Spencer no reparó en su respuesta. De hecho la habría repetido las veces que hiciera falta. Era consciente de su responsabilidad, que además, venía en el salario.

 

Pero su respuesta no gustó a nadie, causando un especial malestar entre sus nuevos compañeros, algunos de los cuales seguían allí desde el doble título de 1970 y 1973 padeciendo la lenta agonía de alejarse de la gloria y perder viejos amigos en el camino.

 

Así Spencer se topó de entrada con grandes dosis de ironía salpicando en su contra cualquier rato de vestuario:

- Oye, esta luz está fundida –gritaba alguien desde una sala.

- No te preocupes, Spencer nos salvará.

 

A lo que seguían grandes carcajadas.

 

Se podía soportar. Hasta que los desaires pasaron a la grada. “Eeeey, Messsíass, Salvadooor, este equipo funcionaba mejor sin ti ¿sabes?”. Otra vez volvía a sentir el veneno del público. Y en un Madison siempre lleno, expectante, implacable. Willis Reed se les había marchado el año anterior. Holzman pondría a Spencer en su lugar. “¡Pero yo no soy pívot!”. El resultado fue desastroso.

 

Cuando en enero los Knicks viajaron a Seattle el Coliseum recibiría a Haywood con un lleno hasta la bandera. El abucheo desatado a su presentación fue de tal magnitud que el partido tuvo que retrasar su inicio hasta calmarse las cosas. Entre aquel ensordecedor rugido Wood no quitaría ojo de un rincón en la grada. No estaba preocupado por él. Lo estaba por su familia. Su hermana lloraba asustada.

 

Los Knicks quedaron fuera de playoffs por primera vez en diez años. No había la menor química en el equipo. Y el sobrepagado Haywood era la diana perfecta. Incluso para sus compañeros. A Frazier le habían llegado rumores de que Spencer lamentaba que no le hiciera llegar el balón lo suficiente. Frazier respondió ante los micrófonos. “Debería conocer sus limitaciones y no empezar a botar desde fuera”. Porque en realidad era lo que seguía haciendo un alero disfrazado de pívot.

 

Al año siguiente el equipo se hundió otra vez por debajo del 50 por ciento. Spencer trató una vez más de sobreponerse al dolor. Su pierna izquierda andaba maltrecha. Durante la temporada recibió hasta 39 inyecciones de cortisona y novocaína antes de ser intervenido en una clínica de Oklahoma. Tampoco esta vez habría playoffs.

 

Cuando tres años después de su llegada, en 1978, por fin lo consiguieron, fueron barridos por Philly (4-0) en semifinales del Este. Hacía tiempo que la prensa cargaba contra él con munición pesada. Peter Vecsey, con cianuro. El tema favorito de sus columnas era Haywood, al que despellejaba sin piedad. Una noche coincidieron en un ascensor, a solas. Y Spencer no se contuvo:

- ¿Sabes que puedes destrozar la vida de una persona con tus palabras?

- Sí.

Lo habría estampado allí mismo como a un insecto.

 

Haywood ya era además abucheado por sistema en el Madison. Un juego que seguir de butaca a butaca, de fila en fila, como una habitual diversión. “Eh, tú, salvador, ¿no eras el que nos iba a salvar? Pero si no puedes salvar ni tu tiro, ladrón”. Era insoportable. Odiaba a esa gente con todas sus fuerzas. Y lo que empezaba a ser peor, a verse hastiado del baloncesto.

 

Recibió otro duro mazazo con la muerte de Joe, su hermano mayor. No lo podía creer. El más fuerte, el hombre que lo podía todo, el rudo mozo que veló por la familia sin padre en Mississippi, había caído. No fue de repente. El regreso de Vietnam fue consumiéndole poco a poco. Solo, despreciado por la nueva sociedad y con las pesadillas del horror despertándole cada noche, Joe se sumergió en el alcohol. Hasta morir. Fue encontrado en su apartamento tres días después de muerto.

 

Spencer sintió como nunca la necesidad de aire, algo que devolverle el sentido. Y para eso podía estar en el mejor sitio. Nueva York brindaba todas las oportunidades. Spencer adoraba el jazz. Y la música, se dijo, mejor de noche, donde terminó por refugiarse rodeándose además de la mejor crema. Wynton Marsalis, Charlie Mingus, Herbie Hancock o Charles McPherson pasaron a serle una elegante compañía. Se le mezclaban además con personajes tan variopintos como Bill Cosby o Clint Eastwood a cada nueva batida, en cada club y rincón donde encontraba la paz perdida.

 

Spencer empezó a sentir mayor atracción por lo que el baloncesto no era que por lo que el baloncesto le daba. Era más feliz de noche que de día. Se propuso así disfrutar su riqueza. Adquirió una vivienda de lujo en el East Side, en el tramo más selecto de la 64. Flanqueaban su bloque de tres plantas vecinos como Richard Nixon, David Rockefeller y Otto Preminger. Y un día entraba con su Jaguar, salía con un Mercedes y al rato con un Rolls. Tan sólo aparcarlos le llevaba miles de dólares al mes. Parecía mentira que alguna vez recogiera algodón. El dinero era un escape. Pero hacía falta algo más.

 

Al otro lado de Manhattan, en Cleo’s, un restaurante de moda donde alternaba gente guapa, conoció a través de la amiga de una vecina a una joven somalí, de nombre Iman, que no llevaba ni un año en América. Su extraordinaria belleza y como una irresistible inocencia nativa cautivaron a Haywood de inmediato. Y ella se dejó cautivar. Ambos se hicieron inseparables. Unieron sus almas descarriadas y en la unión hallaron calor. Y la cosa fue en serio cuando a los cinco meses de conocerse ella cayó embarazada. La noche que nació Zulekha Spencer estaba tan nervioso que acabó bajando las escaleras de la clínica de tres en tres y salió a la calle a celebrarlo, correteando como un chiquillo por la Tercera Avenida. Al cruzarla un claxon le detuvo. La vida tiene estas casualidades.

- Hey, Spencer, ¿se puede saber qué demonios andas haciendo?

Era Kareem, al volante de su coche.

- ¡Acabo de ser padre, amigo mío!

- Monta y cuéntamelo todo.

Terminaron en su casa, charlando hasta el amanecer, regado de confidencias y jazz.

 

 

 

 

 

Al poco la carrera de Iman como modelo despegó. Lo haría sin frenos. Y los problemas muy pronto también. Antes de que pudiera darse cuenta aquella tímida jovencita proveniente de una tierra perdida se convirtió en una estrella con su orbe de continuas exigencias y caprichos. Un mundo que a Spencer no le era muy fraternal.

- ¿Cómo puedes anunciar tabaco? ¿No sabes que esa industria mata al año a millones de personas en todo el mundo?

- Soy modelo. Es mi trabajo. Olvida eso.

 

A los primeros desnudos en Vogue y Playboy Spencer frunciría el ceño algo más.

- ¿Fotos artísticas? ¿Eso crees que interpretan los lectores de Playboy?

- Déjalo, no entiendes nada.

 

Otras noches Spencer se comportaba como cualquier americano medio. Se dejaba caer en el sofá, horas a gusto frente al televisor viendo un partido de fútbol al término del cual cortejaba a Iman como cabía esperar. “Déjame, me duele la cabeza, mañana madrugo. Salgo a París”. Spencer ya no recordaba cuándo habían hecho el amor por última vez. Hasta entonces se había mantenido inmune a las incesantes solicitudes de groupies revoloteando a los jugadores. Era como si cada vez le resultara más difícil resistirse.

 

Entretanto los Knicks no levantaban cabeza. Willis Reed fue cesado volviendo Holzman a su viejo cargo. Pero todo parecía en vano.

 

Para entonces Spencer andaba ya a otra cosa. Su vida nocturna había derribado algunas defensas. “¿Cómo podéis meteros eso? –recelaba al principio– Esos cristalitos os destrozarán la nariz”. Pero ahí estaban siempre, brillantes y seductores, junto a los que le animaban una y otra vez. “Vamos, no te hagas el remolón”. Y Spencer no se lo hacía, familiarizándose cada vez más con el polvo blanco. Nada importante. Todos lo hacían. Por qué no iba a hacerlo él.

 

En un Madison irrespirable su traspaso empezaría pronto a estar cantado. Finalmente cayó a principios de año. Con cada nuevo intercambio el precio era menor. Ahora la otra moneda era Joe Meriweather y el destino, Nueva Orleans, sumido al poco tiempo en rumores de venta.

 

En la ciudad del jazz Spencer se reencontró gradualmente con la paz interior. Incluso con su juego, de pronto renovado. Todo allí era más genuino, más pequeño, de menor expectativa. A las órdenes de Elgin Baylor y junto a Maravich se encontró más a gusto. Volvía a ser él pese a que ya andaba lejos de ser una estrella. Pero tampoco allí sus números servirían para mucho. El equipo era un desastre y con la primavera los rumores de venta se transformaron en realidad. Los Jazz se mudaban a Utah. “¿Y qué hago yo ahora en Salt Lake City?”, preguntaba a su abogado Bob Mussehl. “Déjame ver qué puedo hacer”. Mussehl pasó a reunirse con Frank Layden, el director deportivo de los Jazz, ofreciendo a Spencer como cebo. “¿Qué te hace falta?”, preguntó el agente. “Preferiblemente un alero, un anotador”. Pronto lo tendría.

 

Mussehl rastreó el mercado y, como caídos del cielo, los Lakers estaban allí. Diez años después volvían a querer a Haywood. Sólo que ahora de otra manera. Bill Sharman cedió a los Jazz al alero que Layden quería. Así en septiembre Adrian Dantley terminaba en Utah y Spencer recuperaba el entusiasmo perdido. De hecho estaba feliz. Jugaría en Los Angeles. El sueño del anillo a su alcance.

 

Antes de volar a California Spencer recibió una llamada de su nuevo entrenador Jack McKinney, que sólo quería asegurarse:

- Mira, esto es lo que queremos de ti. Queremos que hagas el trabajo sucio, ya sabes, defensa, rebotes, quitar presión a Kareem, que pueda concentrarse en anotar. No queremos lo que te han pedido hasta ahora. Tan sólo que resultes valioso a este proyecto.

Y con la llegada del joven Magic Johnson, tal vez el mejor que le podía tocar.

- Jack, no se hable más. Soy tu hombre.

- Enhorabuena entonces. No sólo te sumas a una plantilla de lujo. Llegas al mejor sitio del mundo: Los Angeles.

 

El día que se estrenaba el training camp, en Palm Springs, Spencer se comportó como un chiquillo, sin disimular para nada su enorme ilusión. Salió al encuentro del dueño, Jerry Buss, para estrecharle un abrazo antes de hacerlo también con McKinney. “Gracias, gracias de todo corazón por haberme traído aquí”, repetía. “Me alegro, Spencer. Sé que nos ayudarás mucho”. Haría lo mismo seguidamente con Kareem –“Amigo mío, cómo estás”–, el novato Magic Johnson, el suave Jamaal Wilkes, el simpático Norm Nixon y todos los demás. Incluso acabó bromeando con Chick Hearn, la voz de los Lakers. Parecía un sueño. Por fin, a una edad ya madura, Spencer sintió incorporarse a un grupo maravilloso, donde vengaría además su condición de jugador problemático haciendo todo lo que estuviera en su mano, como había prometido, para conquistar el mayor anhelo de cualquier jugador: el título de la NBA.

 

Se encontraba además en forma. Los meses de calma en Nueva Orleans ayudaron. Pero tenía intención de más, de ponerse como un mulo. El campus de entrenamiento constaba de dos sesiones diarias, una por la mañana y otra por la tarde. Entre medias el resto subía al hotel a descansar. Spencer, en cambio, echaba unas horas de tenis. Se volvía a sentir joven, renovado por dentro y por fuera. Era la situación perfecta.

 

Al cabo el equipo volvió a Los Angeles para iniciar la pretemporada. Los entrenamientos proseguían su curso. Era momento de fijar residencia: un apartamento en una buena zona y listo para comenzar una nueva vida.

 

 

 

 

Una tarde le aguardaba alguien junto al coche. Un amigo reciente, conocido al poco de llegar a Los Angeles, uno de esos tipos que saben estar ahí, que conocen los gustos de un jugador y se los sirven en bandeja. El tipo estaba además conectado con la crema de la ciudad, con la noche y su gente, esos clubes donde la buena música y la fiesta nunca cesan.

- Hey, Spencer, monto una fiesta en casa. ¿Te vienes?

Cómo decirle que no. Merecía también su diversión.

 

El tipo gastaba un buen domicilio en Beverly Hills, una de esas vistas que hacen sentir el privilegio. Spencer se presentó animadamente. En el amplio salón había un total de seis invitados. Gente guapa, jubilosa, radiante. Uno de ellos era jugador profesional de fútbol.

- Has fichado por el mejor equipo del mundo, Spencer.

- Eso espero, amigo.

- Es hora de celebrarlo ¿no?

- Pues… sí, aquí estoy.

 

Spencer tomó asiento en el sofá. Notó enseguida que sus acompañantes, uno solo cada vez, iban y venían de una habitación. Entraban con una cara y salían con otra. Unos ojos abiertos, una sonrisa hiperbólica, casi una mueca. El anfitrión volvió a dirigirse a Spencer.

 

- Estoy preparando algo ahí adentro. ¿Quieres? Es base. Sé que no te gusta el polvo. Es… como fumar limpio.

- No, no, déjalo –rehusó–. Ya sabes que a mí me va todo lo orgánico –repuso sin mucha convicción.

- Anímate, hombre, ven y lo ves.

Y eso fue lo que hizo.

 

Al cabo de un minuto, a indicaciones del otro, Spencer estaba dentro de la habitación con una pipa de cristal en sus manos, un artilugio como no había visto antes, ni en las fiestas más golfas de Nueva York. El otro mientras tanto insistía con la llama.

- Más fuerte. ¡Más!

Aspiró con toda su fuerza, a pulmón.

- Así, aguántalo ahora dentro.

No hizo falta más. Su cabeza de repente estalló. Y el cuerpo entero con ella. Como mil orgasmos en uno.

- Gracias… Gra... cias… Sí… Es limpio.

Ya no era él quien hablaba.

 

En el salón la pequeña fraternidad lo recibió con los brazos abiertos. Spencer flotaba. Y no quería posarse. Era una sensación como no había conocido jamás. Así cada diez minutos reclamaría su nuevo turno. Una y otra vez. Para qué parar. Así, hasta el amanecer. Al llegar al hotel tenía dos horas antes del entrenamiento. No pudo dormir.

 

Al día siguiente repitió la experiencia.

 

Spencer perdió el vuelo del equipo para un partido en Oklahoma. Tuvo suerte de coger el siguiente. Y de poder jugar. Y de hacerlo además bien. 27 puntos y 14 rebotes. “Esto es fantástico”, se decía. “Estoy deseando volver, celebrarlo”. Y volvieron. Esperaba a los Lakers un doubleheader en casa.

 

Al término del partido hasta doce jugadores de los cuatro equipos, animados por Spencer, acudieron a su apartamento. Su hombre, su contacto, su dealer, no iba a faltar ya de su lado, como una sombra. Recién llegado de Florida traía además consigo la increíble cantidad de un kilo de cocaína de alta pureza. En Los Angeles el gramo solía adquirirse a 150 dólares. Pero en el mundillo NBA, los camellos hacían un descuento por grupos, dejando la unidad a 100 pavos y animando así a los jugadores a comprar cantidad.

 

Apenas arrancó la velada Spencer, su hombre, y otros dos jugadores –John Drew y David Thompson– acudieron a la cocina manos a la obra. El excesivo ardor de sus acompañantes incluso obligó al camello a hacerles una advertencia.

- A ver, es muy pura. Bastará con un poquito cada vez. Así como…

Spencer apartó su mano sin miramientos.

- Qué coño, ¿crees que estás hablando con mujeres? Echa ahí.

 

Los demás rompieron a reír. Con medio gramo era más que suficiente. Spencer puso tres. La llama obraría lo demás, alumbrando una burbuja monstruosa a la que los cuatro estaban pegados como un hechizo. Un segundo después la pipa reventó. Miles de cristalitos restallaron en el aire sufriendo todos pequeños cortes en la cara. Tuvieron suerte. Los ojos estaban intactos. “¡Pero qué demonios os ha pasado!”, exclamaron los de dentro en cuanto les vieron aparecer entre pañuelos y toallas. “Nada, un pequeño accidente doméstico”.

 

No importaba. Había más. Mucho más. Lo suficiente para flotar muy arriba hasta las ocho de la mañana. A esa hora el resto se había marchado. Spencer tenía 40 minutos para echar una cabezada antes de presentarse en el entrenamiento. Se acostó. Y si cerraba los ojos se le volvían a abrir, como pegados al techo.

 

Al principio aquellos “juegos” tenían lugar cada sábado, una vez a la semana. Pero pronto Spencer se dijo que a qué esperar tanto. El miércoles sería también una ocasión perfecta. El único problema, eso de no poder dormir, tendría fácil solución. “Te vendrá bien tener algo de Valium y Metacualona. ¿Cuánto te traigo?”. Y Spencer se encogía de hombros. Enseguida tendría su ensalada de sedantes, con los que bajar a plomo el subidón al final de cada nuevo festín.

 

Hollywood era así maravilloso. La felicidad al alcance de la mano. Bien colocado, podía además sostener cualquier conversación. Uno creía poder opinar de todo, alternar con aquellos tipos ricos y arrogantes que nutrían las mejores fiestas de la ciudad. El dinero tampoco era reparo. Su contrato era por medio millón, que sumar a los muchos que ya tenía. Así que unos cuantos centenares de dólares por semana apenas apretaban el bolsillo.

 

Al tercer partido de la temporada Spencer sufrió un achaque en la cadera. Se perdería los tres siguientes. Si tenía más tiempo para lo suyo, no le importaba gran cosa. De hecho el baloncesto empezó pronto a entrometerse en sus deseos de plenitud. Su ausencia fue ocupada por Jim Chones, que lo haría tan bien que McKinney le dio la titularidad, desplazando a Haywood al banco. Tampoco importaba. El equipo, con uno u otro, funcionaba a las mil maravillas. Tras doce partidos, nueve victorias. Viento en popa.

 

Lo siguiente en ocurrir ya importaba algo más.

 

A principios de noviembre el técnico McKinney tenía prevista una cita con su asistente principal, Paul Westhead, en el domicilio de éste, del que le separaban menos de cuatro kilómetros. McKinney, como todo angelino, se movía en coche. Pero aquel día se lo había llevado su esposa. El técnico cogió la bici y como a mitad de trayecto, bajando una cuesta a toda velocidad, sufrió un aparatoso accidente golpeando brutalmente su cabeza contra el suelo. El percance fue grave. McKinney quedaba fuera del equipo y tendría suerte si podía volver a entrenar. Fue un severo palo para todos. Pero en especial para Haywood. El hombre que más confiaba en él ya no estaba. Su lugar lo ocuparía Westhead, con quien Spencer, más que fría, no tenía relación. Pat Riley, que hacía de comentarista en la emisora local, se acabó incorporando al cuerpo técnico.

 

Entre Haywood y Westhead se precipitó en adelante una peligrosa ecuación. El cada vez peor estado de forma de Spencer redujo drásticamente sus minutos de juego. A las dos semanas y fruto del malestar el jugador reclamó su cita con el nuevo técnico.

- Veré qué puedo hacer. Pero no te puedo prometer nada. Tampoco tú ayudas.

- Ese es el problema –repuso serio–. Sin minutos no sé cómo puedo hacerlo.

 

El encuentro fue breve, gélido.

 

Las fiestas, en cambio, eran otra cosa. Nunca cesaban. Lo hacían a un ritmo cada vez mayor. Siempre había gente dispuesta. Eso era lo bueno de Los Angeles y Spencer apuraba más que nadie, como si empezara a no tener medida. “Oye –su hombre aguantaba con él hasta el final–, vas un poco pasado y es muy tarde. Anda, tómate esto”. Al rato de hacerlo Spencer se sentía incapaz de coger el coche y volver a casa. “No… controlo mucho”, y alzaba unas manos inquietas. Ya en su apartamento y con la intención de calmar los nervios, se tomaba un par de bacardís dobles como quien bebe agua, lo que al cabo encendía otra vez las ganas de coca, aunque no pudiera más. Una vez le sorprendió despertarse en el suelo del baño. Llevaba horas allí tendido, empapado en sudores fríos. Era de día.

 

Al principio empezó a temer las giras del equipo. Eso suponía estar días enteros sin poder darse el atracón. Pero la solución también quedaba a mano, como aprendió una noche en Phoenix. Al término del partido un tipo se le acercó con una libreta: “Eh, Spencer, ¿me firmas aquí?”. Y mientras le firmaba el tipo le dejaba subrepticiamente una nota encima de su bolsa. Era fácil de entender y Spencer ni siquiera se preguntaba por qué aquel individuo le elegía a él. “Toma, vete a esta dirección. Te veo allí en media hora”. Había individuos como aquel en todas las ciudades de la liga. La agenda tenía cabida para todos. Tan sólo había que corresponderles en especie. Si llegaban los Lakers esos tipos tenían butaca en la primera fila.

- Verás, Spencer, hoy vienen unos amigos y me gustaría...

- ¿Cuántos sois?

Siempre había sitio para todos.

 

Mediada la temporada Spencer comenzó a sentir serias dificultades en disimular algunos síntomas. La secuela que peor llevó la revelaban sus manos. Habían perdido toda su fuerza. Y sobre todo, el tacto. Le temblaban en reposo. Un par de carreras y el corazón palpitaba salvaje en su pecho. La inseguridad le dominaba. Era incapaz de atrapar bien la bola. Y tirar a canasta empezó a serle una odisea. Pero ninguno de aquellos males superaba al que no creía tener: la paranoia. Despertaba con fuerza cada vez que perdía un balón. “No soy yo”, se repetía. “Son ellos, me pasan mal la bola. Sobre todo Magic, que lo hace adrede. Imprime veneno al balón… para que se me escape”.

 

Como solución Spencer se hizo con una pelotita que botar en el banquillo para calentar las manos y recuperar sensibilidad. Una noche en Chicago la pelotita se le escapó pista adentro en mitad del juego y los árbitros tuvieron que detener el partido previa técnica. Westhead ni le miraba.

 

Pero Spencer fue aún más allá. Acabó haciéndose con una crema para las manos cuyo adhesivo terminaba por empeguntar el balón y con ello las manos de todos los jugadores. Otra noche le cayó una nueva técnica en cuanto los árbitros supieron del causante de la confusión. Incluso fue multado por la liga cuando llegó a esconderse la crema en las medias y ésta, en un lance del juego, acabó desparramada por la pista. Aquel grotesco proceder despertaba vergüenza en el grupo. “Me persiguen. Todos me persiguen –se convencía–. Buscan mi fracaso”.

 

Iman voló de Nueva York a Los Angeles a pasar con él unos días. Era poco tiempo. Pero el suficiente para poner en su contra al resto de esposas del equipo. Cosas de mujeres, supuso. Ella las trataba con displicencia y ellas respondían con viva aversión. Por si faltara poca tensión Iman abriría un poco más la brecha de Haywood con el grupo. Para entonces la distancia ya era grande. Iman lo sabía todo de él. Lógico cuando ya ni le pedía sexo. Pero su agenda era la de una estrella. Hoy aquí mañana allí, sin tiempo ni ganas para la vida de su marido, con el que apenas se veía. La hija de ambos, Zulekha, seguía en Nueva York al cuidado de la asistenta.

 

Al cabo Iman se marchó, dejando a Spencer a solas con su verdadera esposa. Un día, de vuelta de un partido, el equipo aterrizó en Los Angeles y su hombre vino a buscarle al aeropuerto. Si llevaba un día de abstinencia Spencer sentía verdaderas ansias por sumergirse en el polvo. Nada más importaba hacer. Ambos se deslizaban por la terminal cuando alguien reclamó su atención por detrás:

 

- Aguarda, Spencer –era Kareem, que venía corriendo–. Oye, ¿os importa acercarme a casa? Odio hacer cola para un taxi.

Qué molesto  contratiempo.

- Eeehh, no, no claro -rezongó Spencer

Antes de montar en el coche encontró el momento de musitar una orden a su hombre. “Acelera. Quiero quitármelo de encima cuanto antes".

Al llegar Kareem le haría una última proposición.

- ¿Por qué no subes y pasamos un rato juntos? Hace tiempo que…

- No, Kareem, gracias –repuso aprisa con torpeza–. Pero… tengo una cita y… y un montón de cosas que hacer.

Sentía una punzada interior al hacer esto. Pero al cabo no era más que alivio.

- Vamos, ¡pisa! –ordenó.

El tráfico en Los Angeles nunca lo ponía fácil.

- Eh, tranquilo. ¿Quieres empezar ahora? La tengo ahí detrás, en la bolsa.

En plena autopista Spencer arrancó la fiesta.

 

Llegó el momento en que ya no había días. Ni noches. O todo era noche. Noches enteras que volaban en minutos. Dormir era una molestia, un tiempo perdido. El baloncesto también. Sentado en el banquillo sólo suplicaba que no hubiera prórroga. Antes de sonar la bocina ya estaba en pie. Final del partido. Corría entonces a vestuarios. El primero en hacerlo. El primero en ducharse, aprisa como los gatos. El primero en vestirse. El primero en salir. Volaba a través del túnel hasta la salida sur del Forum, donde pegaba el Rolls, que rugía entonces con un acelerón.

 

Spencer ya no acudía a fiestas. Las montaba a solas en su casa. Su hombre ya no le hacía falta. En algún rincón de su conciencia sabía lo que estaba haciendo. Por eso empezó a temer que alguien lo viera. Bajaba así las persianas, echaba el cerrojo. “Este salón es muy grande”. Se metía entonces en su habitación. Pero allí figuraba a su madre, viéndole hacer lo que hacía. Y se encerraba en el baño. Hasta llegó a poner algodón bajo la puerta. Para que nadie supiera que estaba dentro.

 

Nunca sobraba el tiempo. Antes bien faltaba. Había partido a las siete y media. “Me pondré entonces hasta las cinco. Estaré en el pabellón como a las seis”. Spencer ya no se veía a sí mismo, como si no hubiera espejos. Perdía peso. Y su rostro, sin descanso, demacraba. El hombre que alguna vez comía vegetales y velaba minuciosamente por su dieta estaba de suerte si el menú diario alcanzaba una docena de donuts.

 

 

 

 

 

Muy pronto ni siquiera sería ya divertido. A las pocas horas de encerrarse sufría convulsiones, un temblor incontrolable, sudores y taquicardias. “Dios mío, voy a morir”. Pero nada le detenía. El deterioro era tal que Spencer se había vaciado por completo como jugador de baloncesto. En los entrenos ni lanzaba tiros libres. Hacía como que estiraba en el suelo, suplicando en su fuero interno que aquello terminara cuanto antes.

 

Jim Chones era el alero titular. Westhead tiraba de Landsberger para darle descanso. Y hasta de Magic como alapívot. Cualquier cosa antes de hacer salir a Haywood en minutos de peso. Spencer empezó el año como titular. Ahora salía, a lo sumo, en los minutos de la basura. Así, cuando sonara la bocina era todavía más fácil llegar el primero a vestuarios. Hubo un momento en que dejó de ducharse. Salía disparado de corto hasta el coche.

 

Con todo, su orgullo seguía intacto. Y no rehusó denunciar ante la prensa su falta de minutos. Westhead respondió quitándoselos por completo.

 

Spencer comenzó a tener serias dificultades para presentarse a tiempo a cualquier cita. O simplemente para presentarse. Un día se perdió el entrenamiento. La siguiente noche había partido. Y antes del descanso, inesperadamente, Westhead se dirigió a él:

 

- Vamos, sal.

Spencer se vio superado.

- No… no puedo.

- ¡Por qué!

- No… no puedo ver.

- Qué es eso de que no puedes ver.

- Mis ojos –ideó aprisa-. Tengo alergia. Veo mal. Casi no veo.

 

El técnico se quedó con la palabra en la boca.

 

Al descanso Spencer nutrió algo más su fabulación con Jack Curran, el preparador del equipo. “No te noto nada extraño –le exploraba–. Un poco venosos, pero nada más. Oye, ¿no estás muy delgado?”.

 

Al día siguiente habría también entrenamiento. Spencer se presentó pero alegó que no podía hacer nada, que la alergia se lo impedía, que le estaba afectando seriamente. El domingo llegaban los Spurs. Westhead le dejaría sin jugar. Pero en los últimos minutos el público del Forum, sensible a sus declaraciones, comenzó a corear su nombre. “Hay-Wood! Hay-Wood!”. Lo que Spencer aprovechó para alzar el puño al compás de los gritos. Aquel bálsamo reforzaba sus convicciones. Era una víctima de Westhead.

 

Difícilmente podía verlo así el técnico, para quien Spencer era ya un dolor, el único problema serio en el seno del equipo, a cuyos miembros iba a empezar a tomar el pulso a espaldas de Haywood. Con especial atención a su hombre más cercano en el vestuario, Jamaal Wilkes.

 

 

 

El martes el equipo salía para Chicago antes de viajar a Atlanta. Westhead le iba a librar de la gira. “Spencer –le dijo muy serio–, vete al médico y trata la alergia o lo que coño sea eso. Quiero a todos mis jugadores disponibles”.

 

Con el equipo fuera no había médico que visitar. Y en el grupo circuló el rumor de que Haywood se estaba saltando aquellos viajes, como los malos estudiantes las clases. A la vuelta el cuerpo técnico improvisó una reunión que contó con la presencia de Jerry Buss. Sobre la mesa, la idea de un posible traspaso que Westhead iba a apoyar contra dos objetores. Uno era McKinney, que afortunadamente se había recuperado y ocupaba ahora funciones de consultor. “Nos va a hacer falta en mayo –defendía–. No necesitamos nada más”. El otro, Jerry Buss. “Dejadme que hable con él. Yo me encargaré”. Lo haría además a su estilo. El dueño invitó a Spencer a una de sus fiestas en Beverly Hills, en el seno del elegante Pipps, un club de millonarios. Como para calmar las cosas. Confianza por confianza. Spencer aguantó el tipo esa noche. Los baños acudirían en su ayuda.

 

En adelante nada pondría freno a su abismo. Pero al menos Haywood procuró por todos los medios evitar la menor sospecha. El equipo volaba. 40-17. 50-20. 55-21. Y él sólo tenía que estar en su sitio a la hora adecuada. Poco más. Una vez fuera de pista sólo cabía hacer una cosa. Y siempre con el mismo anhelo de resucitar aquella primera cima, aquel orgasmo infinito, sin tener la más mínima idea de que cada vez le quedaba más y más lejos. Y el mando nunca era suyo.

 

Qué cruel ironía. Cuando llegó a Los Angeles el sol era el primer reclamo. Una ciudad luminosa donde contrariamente acabaría convirtiéndose en un vampiro. Meses desfilando entre la oscuridad de la noche para terminar encerrado en el baño de su apartamento donde temía encender la luz.

 

Le suponía un gran esfuerzo. Pero en el tramo final de la temporada incluso rehusó algún ofrecimiento de su hombre. “No, hoy no. No puedo”. Hasta desconectó el teléfono de casa. Para entonces Spencer o lo que quedaba de él había tomado la determinación de solicitar ayuda. La necesitaba con urgencia. Pero tenía que acabar el año. No podía hacerlo ahora. Trató así de sobreponerse y luchó por centrarse.

 

Y llegaron por fin los playoffs. Primero los Lakers se deshicieron cómodamente de los Suns (4-1). En las finales del Oeste les aguardaban los vigentes campeones, su ex equipo de los Sonics, que lograron dar un mazazo la noche del estreno en el Forum. Westhead puso a Haywood en pista a pocos segundos de agotarse el tercer cuarto. Spencer aparecía activo, con ganas. Anotó sus dos primeros tiros con un mate y un balón a tabla bajo aro. Quedó así en pista unos minutos más en el cuarto periodo. En realidad, porque Wilkens dejó allí al novato James Bailey, al que marcaba Spencer en un emparejamiento que tenía algo de triste. Al poco, cuando una posesión forzada le obligó a lanzar el resultado fue desolador. Su tiro, tradicionalmente una de sus fortalezas, había desaparecido. Westhead lo sentó de inmediato.

 

No fue más que un susto. Los Lakers resolvieron la eliminatoria ganando los cuatro siguientes. Siete años después regresaban a unas Finales. Esta vez, contra los Sixers de Julius Erving, que aguardaban rival desde días atrás.

 

El Forum celebró aquella victoria un miércoles. Las series por el título arrancaban el domingo. El jueves había entrenamiento. Una vez terminado fueron a buscarle. Su hombre y otro tipo le esperaban junto al coche. “Hey, amigo ¿dónde te metes últimamente? Habrá que celebrar esto, ¿no?”. Y Spencer quiso tomarse un respiro. La noche volvía a ser joven.

 

Cuando horas después, que volaron como minutos, Spencer era incapaz de tomar asiento supo que tampoco dormiría, que de nada serviría acostarse. Pero tenía que hacerlo, debía bajar aquello como fuese. Tal vez se había pasado un poco. Se le fue entonces la mano con los sedantes. Suficientes para tumbar a un caballo. Y sonó el despertador. Y se incorporó pesadamente, como un zombi camino del Rolls. No estaba en condiciones de conducir. Pero tenía que llegar a casa. Luego había entrenamiento. Se quedó dormido en un semáforo que hacía esquina en Fairfax. No lo despertó el claxon de los vehículos que incordiaba. Lo hizo un tipo que golpeaba la ventanilla. “¿Está usted bien?”. Spencer arrancó de nuevo. Pocos minutos después volvió a ocurrirle lo mismo. Volvieron a despertarle. El coche enfiló por fin la avenida de su casa. Le costó horrores reconocer su puerta, incluso abrirla. Tenía tiempo de pegarse una ducha. Minutos después salía en dirección al campus de Loyola. Antes de llegar se desplomó una vez más contra el volante. El aparcamiento era enorme. Pero se le cruzaban las líneas y detuvo el coche al azar.

 

En el vestuario se desvistió a solas. Cuando entró en pista no supo cuánto tiempo llevaban ya todos allí. Curran les había pedido calentar en el suelo. Tumbados. Eso fue lo que hizo Spencer. Le pesaban los párpados. Le despejó una palmada al aire. “¡Vamos, arriba!”. Creía no poder levantarse, sintiendo vagamente que todos le miraban. Cuando por fin lo hizo no sentía el suelo y el mundo comenzó a nublarse. Aprisa. Y de pronto, la oscuridad. Ni siquiera sintió el fuerte golpe al caer.

 

- ¡Wood! ¡Wood! ¡Despierta! ¿Estás bien?

 

Era Michael Cooper. Sus ojos estaban a un palmo de los suyos y sin embargo su voz le llegaba como de otro mundo. Había otros jugadores a su alrededor. Les había llevado unos minutos interminables despertarlo. Spencer presentaba un aspecto patético. Pálido si es que una piel negra puede aclararse a la vista, con la boca abierta, desencajada y los ojos a medio abrir, como sin vida.

 

Lo siguiente que pudo escuchar era otra voz desde la letanía. Pero ésta con tono muy crudo:

- Vete a casa.

Era la voz de Westhead. Aunque se lo hubiese propuesto Spencer no podía ni contestar.

 

 

 

Durmió horas, muchas horas. No tenía noción de cuántas cuando le despertó el teléfono. Era su compañero Jamaal –“¿Cómo estás? ¿Estás mejor?"–, el único de todo el equipo que quiso saber de él.

 

Al día siguiente pudo entrenar con aparente normalidad. Enterada de lo ocurrido, la prensa se concentró en Spencer. Su respuesta era sólo suya: “¿Que por qué me quedé dormido? Lo diré claro. Sé que el equipo me va a necesitar en estas series y no he tenido mucho tiempo de juego para alcanzar la forma. Así que madrugué, acudí a Loyola y a las siete de la mañana ya estaba corriendo, bajo un sol de justicia, varias millas y después una hora con pesas. Cuando empezó el entrenamiento todo eso me pasó factura. Demasiado sol en la cabeza”.

 

El domingo los Lakers salvaban el estreno en casa. 109-102. Westhead dio a Spencer tres minutos tras los que no mancharía ni un solo casillero en ningún apartado del juego. Como un espectro ambulante.

 

No habría partido hasta el miércoles y Spencer no pudo esperar. Tenía tiempo para una nueva noche de desenfreno. El martes se presentó así diez minutos tarde al entreno. Enojado, Westhead le impuso una multa. Evitó echarle de allí pero lo separó del resto, al que no podía ni acercarse.

 

El miércoles los Lakers perdieron en casa. 104-107. Philadelphia empataba la serie.

 

Al día siguiente, tras el entrenamiento, tuvo lugar el incidente del vestuario con Holland y los demás que Westhead zanjó sin miramientos ordenando a Haywood una cita a solas. Tras el altercado Spencer sintió de pronto caérsele el mundo encima. Aguardando en el despacho la entrada del técnico decidió que era momento de declararlo todo. “Sí, me ayudarán –pensó aprisa–. Deben hacerlo”.

 

Westhead entró dejando un portazo a su espalda. Cuando el técnico se disponía a intervenir Spencer se adelantó. El tono de su voz, la cadencia de sus palabras, eran las de un enfermo:

 

- Quería hablar contigo, quería hablar contigo hace tiempo. Tengo un problema. Un problema grave. La cocaína… ¡Necesito ayuda!

 

Westhead no abrió la boca. Lo miró como si lo hiciera a un alienígena antes de saltar de la silla como un resorte.

 

- Aguarda aquí. Ahora vengo –fulminó.

 

Mientras escuchaba al técnico volar escaleras arriba Spencer se quedó a solas temiendo lo peor mientras luchaba por controlar aquel incipiente temblor.

 

Algo fuera de sí Westhead trataba de reunir a su comandancia al instante. Encontró a Buss en la sala de prensa y a Sharman en el despacho de West. Pat Riley fue quien bajó a avisar a Spencer mientras en la sala de reuniones, antes de entrar el jugador, Westhead dejaba clara su postura al resto. “Se tiene que largar ahora mismo. ¡Ni un minuto más!”. Al cabo el alero estaba frente a cinco hombres sin piedad. La reunión duró dos horas durante las cuales Spencer concentró todos sus esfuerzos en relatar a aquellos ojos incrédulos la atroz situación a la que su vida se había abocado.

 

Luego de una patética exposición, sincopada por lamentos y gestos de súplica, no todos fueron capaces de mirarle a los ojos. Y tal vez por ello la sentencia fue rápida.

- Así que… ¿quieres que Spencer se marche? –preguntó Buss a su técnico.

- Eso es.

- ¿Ninguna otra opción?

- No la veo.

 

Westhead no miraba al condenado. Lo hacía a su dueño. Una mirada firme que reclamaba ahora su autoridad.

- Pues lo siento, Spencer –resopló finalmente Buss–. Pero quedas suspendido.

 

Acto seguido se levantaron y abandonaron la sala. Ya habían perdido bastante tiempo. En plenas finales.

 

Spencer salió de allí a rastras, dejando que el Rolls le llevara a casa. Una vez allí comprobó cuánta droga tenía resolviendo metérsela toda. Le daba igual morir. La vida se había oscurecido totalmente y no veía salida. Once años después de iniciado el camino era apartado de un empujón a dos metros de la cima.

 

A la mañana siguiente se despertó tendido en el suelo. La cabeza le estallaba y maldijo no haber muerto. Recibió una llamada. Una sola llamada. “¿Qué tal estás?”. Era Jamaal, sólo Jamaal, siempre Jamaal.

 

Preguntado por la extraña decisión Westhead se explicaría públicamente con la debida discreción: “No, no es nada concreto. Es una acumulación de cosas. No sólo ese último incidente en el vestuario. Siento que la actitud de Spencer no ha estado en sintonía con el resto del grupo. (…) Desgraciadamente su actitud no ha hecho más que empeorar”.

 

Días después, cuatro partidos más sin Haywood, los Lakers salían victoriosos de las Finales. Eran los nuevos campeones de la NBA. Un responsable de la organización angelina, un cargo anónimo, previno a Spencer de hacer acto de presencia en la celebración del equipo por la ciudad. Pero eso no era todo. Wilkes le iba a informar de algo más.

 

Hubo una votación del equipo para que Spencer tan sólo percibiera un cuarto de los ingresos por playoffs. Según el convenio cualquier jugador que superase los 60 partidos tenía derecho a cobrar la totalidad de su parte. Spencer había jugado 76 y 11 de postemporada. Ahora todos le negaban su parte. Tan sólo Jamaal votaría en su favor.

- Hijos de puta, miserables –sollozaba a Wilkes–. ¿Sabes? Hasta ocho de ellos se han estado poniendo conmigo este año. ¡En mi propia casa! Yo lo he callado todo… ¡Todo!

- Tranquilo, Spencer, todo se arreglará.

 

Pero Spencer ya no estaba para arreglos. Una furia como jamás conoció se apoderó por completo de lo que quedaba de él. Le urgía vengarse de alguna manera. Él podía morir. Pero tenía que llevarse a alguien por delante. No costaba decidirse. Westhead fue el elegido.

 

Spencer cogió el teléfono. Marcó el número de un viejo amigo de Detroit, un sicario que conocía bien el negocio de la muerte.

- Tienes que venir de inmediato. Quiero que lo mates. Westhead debe morir. Necesito tu ayuda.

- Voy para allá, no te preocupes. Déjalo en mis manos. No hables más –le previno.

- Y dime de cuánto dinero hablamos.

- De nada. No puedo cobrar a un amigo. Y cálmate.

 

Al día siguiente, en el apartamento de Spencer, ambos hombres urdían la trama que acabaría con la vida del entrenador de Los Angeles Lakers. Su residencia, en Palos Verdes, coronaba una colina desde la cual tomaba a diario el coche para bajar a la ciudad. Aquel era el tramo ideal. Unas manos expertas harían lo demás y el vehículo saldría de la carretera precipitándose ladera abajo. Sobre este acuerdo el sicario y un acompañante se ocultaron en algún rincón de la ciudad.

 

Si salía bien Spencer estaba animado a que siguieran la suerte de Westhead también los demás. Kareem, Chones, Magic, Nixon, todos.

 

En pleno estado de cólera volvió a sonar el teléfono.

- Hijo, qué es lo que está pasando.

 

La peor llamada que podía recibir en aquel momento. Era madre, a la que el cáncer consumía desde tiempo atrás. Los viejos mantos de DDT sobre las plantaciones de Mississippi se cobraban así su factura. Dios, la había olvidado.

- Nada, mamá, no pasa nada.

Pero una culpa sin nombre le hirió en lo más hondo. Maldijo así el peor de sus olvidos.

 

Una madre sabe perfectamente cuando las cosas van mal. No le iba a dejar en paz. Llamaba cada cuarto de hora. Y para colmo el sicario tampoco calmaría las cosas: “Spencer, el FBI tiene pinchada tu línea. Está empleando a tu madre como cebo”. La paranoia otra vez. En un ataque de ansiedad Wood arrojó toda la cocaína por el baño. El siguiente en hacerlo podía perfectamente ser él.

 

Cuando su hermana Ivory y dos amigos, Vernell y Wiley, dos de aquellas amistades a salvo del tiempo, pudieron por fin doblegar la puerta que Spencer rechazaba abrir, llegaron a tiempo de evitar que cometiera una locura. A tiempo de recoger sus pedazos. A tiempo de sacarlo de allí. A tiempo de rehacer lo que no mucho antes había sido un hombre. Incluso un gran hombre.

 

 

 

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* Spencer Haywood no recibiría el pago completo de su temporada en los Lakers hasta once años después, en 1991. En el largo litigio resultó crucial la ayuda de Kareem Abdul-Jabbar.

** En 1988 Haywood acudió a la Universidad de Loyola a visitar a Paul Westhead con la intención de obtener su perdón por todo lo ocurrido. Cuando Westhead aceptó las disculpas Spencer, emocionado, rompió a llorar.

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The Rise, The Fall, The Recovery, Scott Ostler & S. Haywood (1992)

 

Nuevo año en MSOE. Después de casi 2 meses de deberes, proyectos para empresas, y entrenamientos físicos todos los días, llega el momento de lo bueno, BA-LON-CES-TO!

 

El verano ha sido de lo más agradable. Volver a casa, ver a los seres queridos de nuevo, viajar, jugar torneos, 3x3, entrevista para Antena 3 sobre AGM Sports y los deportistas en USA… Esos tres meses han pasado volando, demasiado rápido para mi opinión, pero tuve tiempo para hacer 2 semanas de pretemporada con el EBA del Estudiantes y así volver en buena forma física a USA. Desde aquí quiero agradecer a todos los jugadores, cuerpo técnico y directivo del Estudiantes, por permitirme entrenar con ellos y tratarme de lujo. Desde aquí les deseo la mejor suerte del mundo en esta temporada.

 

Respecto a MSOE, el equipo es prácticamente nuevo, somos 18 jugadores, de los cuales sólo 4 han jugado grandes minutos en la liga el año anterior. Dos de nuestros mejores jugadores se graduaron el año pasado y tres de los júnior han decidido no jugar este año por diferentes motivos (trabajo y proyecto fin de carrera). Aun así, creo que el cuerpo técnico ha hecho un gran trabajo reclutando nuevos jugadores que vienen con ganas de trabajar y ayudar en lo que puedan.

 

Los entrenamientos comenzaron un viernes con un horario un poco inusual (de 11 de la noche a 2:30 de la madrugada). Después ir a casa (me he mudado de los dormitorios y vivo en una casa con seis jugadores de baloncesto, volleyball, baseball y soccer), dormir 8 horas y entrenar otras tres al día siguiente y cuatro más para cerrar la semana.

 

 


 

La gente empieza a responder. Vemos los primeros “freshmen” dando pasos hacia adelante y la verdad es que tengo muchas ganas de que empiecen los partidos y veamos el potencial que tenemos y a qué podemos aspirar este año. Los amistosos empiezan la semana que viene, y la temporada la empezamos en un torneo en Minnesota el día 18.

 

Mi Junior year empieza ahora, solo me quedan dos años de baloncesto universitario, así que esperemos que esta temporada se pinte buena y emocionante.

Víctor Sánchez Bande

La puerta devolvió un par de golpes gastados.

 

- Adelante.

 

Bill cruzó el marco agachándose. No podía precisar las veces que había entrado allí. Sólo que cada vez que lo hacía refunfuñaba contra el responsable de aquellas puertas enanas. Siempre pensó en algún tipo de los Bruins.

 

- Hey, Russ, pasa, hombre, cómo te va. Siéntate, haz el favor.

 

El despacho de Red era más bien pequeño y opresivo. El aire se había pegado a los cientos de cosas que reposaban en paredes y estanterías, como si no quisiera salir. Trofeos y recuerdos que hacían de aquel rincón un museo entabacado. La chaqueta de Red, como contrapunto, colgaba del perchero anunciando un año más la primavera. Bill tomó asiento separando a ambos hombres una mesa de roble repleta de papeles.

 

- Tú dirás.

 

Siempre cruzaba los dedos sobre las rodillas. Era su postura de escucha.

- Bien, Russ. Te he hecho venir por algo que quiero confesarte. Llevamos diez años juntos. Sabes que nunca te oculté nada, que fuiste siempre el primero en saber cualquier decisión que tomara. Eres mi capitán, sí, pero sobre todo tú y yo somos viejos amigos, ¿no es así?

 

Con un tímido recelo Bill asintió levemente.

- Iré al grano, hijo. Lo dejo.

- ¿Qué?

- Que lo dejo. Es mi último año.

Red esperó paciente una reacción.

- ¿Te vas?

- No –subrayó además con la mano–. Quiero seguir aquí. Ésta es mi casa. Pero no como entrenador.

Bill guardó silencio.

 

Un principio que había prevalecido intacto entre ambos aseguraba que ninguno de los dos forzaría al otro a cambiar de opinión. Era una muestra de respeto. Aun así Bill lo intentó. No podía hacer otra cosa.

 

- No lo veo claro, Red. ¿Por qué… por qué no aguantas un año más? ¿Por qué ahora?

- No, Russ. Ya he tenido suficiente. Lo he meditado y es mi decisión.

- ¿Y qué pasa si perdemos?

Restaban pocos días para los playoffs y los Celtics abrían fuego ante Cincinnati.

- Nada. No tiene nada que ver con eso –y añadió una larga pausa–. Además, no vamos a perder.

 

Bill apretaba los labios contrariado. Era su única respuesta. Red se incorporó ligeramente, abrió la vieja cigarrera y extrajo un puro al que cortó la boquilla con hábito de veterano fumador. “Discúlpame”. Al cabo el despacho se llenaba de humo, de un humo blanco y denso que no iba a aflojar la fuerza de la pregunta, el único motivo de la cita.

 

- Russ, ¿quieres el trabajo?

No lo podía creer.

- No, no y no.

- ¿Seguro?

- Seguro.

No había que explicar más. Otra larga bocanada.

- Bien, pues no me queda más remedio que buscar a un entrenador. Pero quiero garantizarte algo más. No voy a contratar a nadie que no sea de tu gusto. Es el primer riesgo que quiero evitar.

- No sé qué voy a hacer sin ti. No se me ocurre ningún otro entrenador para el que yo quiera jugar.

Red lo agradeció con una suave sonrisa.

- Vamos a hacer una cosa. Vete a casa y piénsalo. Pero hazme un favor. El próximo día que vuelvas ven con una lista de cinco entrenadores. Cinco opciones. Yo haré lo mismo y los discutiremos aquí. ¿Te parece?

Bill bajó la mirada negando con la cabeza.

- No sé qué voy a hacer sin ti –repitió.

 

 

Bill Russell decía la verdad. Su verdad. Nunca pensó que Auerbach pudiera marcharse. No mientras él estuviera allí. En un segundo se había desbaratado la seguridad de que ambos estarían juntos hasta el último día. Red le era al baloncesto lo que su esposa a la vida. Mientras Marilyn había sido la única persona en hacerle creer en el amor, Auerbach fue el único entrenador que le hizo entender la necesidad de ese cargo, aceptar esa jerarquía. El único en lograrlo en toda su vida.

 

En la universidad de San Francisco el técnico Phil Woolpert no contó nunca con su impresión. Woolpert no era mal tipo y combatió por él toda la carga de odio recibida por integrar en el equipo a uno de los nueve únicos negros de todo el centro. Pero le obligaba a jugar de otra forma que no era la suya. Lo supo desde el primer momento. En su estreno Bill taponó los seis primeros tiros del rival y su reacción lo decía todo: “Oye, Russell, no puedes defender así. ¡Eso no se hace!”.

 

El siguiente en conocer, Gerald Tucker en los Juegos de Melbourne, era otro tipo que imponía su criterio. Sin matices. Al final la victoria lo cubría todo. Pero todo aquel velado desdén era algo que Bill llevó muy adentro durante años en un carácter también moldeado por las crudas renuncias de raza que la América sureña había estampado en su alma. Aquel venal recelo hacia los señores de traje, sus jefes, terminó el día que conoció a Red Auerbach.

 

La primera vez que Russell y Auerbach se vieron acompañaba al técnico en la grada Walter Brown, el dueño de los Celtics. Ambos fueron a verle jugar a Maryland, donde el equipo olímpico preparaba su cita australiana. En aquel partido Bill lo hizo tan rematadamente mal que al término se disculpó ante ellos prometiéndoles que jamás volvería a ocurrir. “Estoy impresionado, Walter –le confesó de vuelta–. Ningún jugador me había dicho jamás algo así. Cuando juegan mal todo son excusas. No sé, puede que el viejo tenga razón”.

 

El viejo era Bill Reinhart, el técnico de Auerbach en George Washington. Tan pronto vio jugar a Russell cogió el teléfono con destino a su pupilo y amigo. “Hazme caso, Red. Ese chico os hará campeones”. Y Red, más que de consejos, entendía de consejeros. Russell se convirtió así en su principal objetivo. El problema, y no flaco, era que la restricción territorial del draft no facilitaba las cosas. Y St. Louis y Rochester tenían prioridad. Por lo que Red maniobró un plan de acción que reclamaba de Brown una buena cuota de poder. “Sin tu ayuda, Walter, no podré conseguirlo”.

 

Ed Macauley, un hombre de la casa, atravesaba una honda crisis personal. Su hijo estaba muy enfermo y anhelaba volver a su St. Louis natal para estar a su lado. Auerbach empleó a Macauley como cebo prometiendo a Ben Kerner, el dueño de los Hawks, cederle también a Cliff Hagan.

 

Eso agotaba los cartuchos para, seguidamente, convencer a Rochester. Era ingenuo creer que los Royals dejarían pasar de largo a Russell por contar ya en sus filas con Maurice Stokes. “Walter, lo que sea. Ofréceles lo que sea”. Y Walter Brown accedió. Como hombre de negocios trataría personalmente el asunto con Les Harrison, el dueño de los Royals. “Les, vamos a hacer una cosa. Sabes que soy presidente de los Ice Capades. Bien. Déjanos a Russell y busca una fecha. Te enviaré a los Capades a tu pabellón durante dos semanas. Tendrás hockey las noches que tú quieras”. Aquello era un buen monto de pasta y Harrison mordió el anzuelo. Vía libre.

 

Así los Celtics se hicieron con Russell. Y al momento de su elección ningún miembro de la organización le había visto jugar en realidad.

 

La vuelta de Melbourne y la firma del contrato retrasaron su incorporación al equipo un total de 25 partidos. Bill era el único negro de la plantilla. Y tan pronto aterrizó en Boston tuvo la impresión de que también de la ciudad entera.

 

El joven Russell debutaría ante los Hawks, a los que el Garden recibía luego de dos derrotas seguidas. Antes del comienzo Red le había llevado a un aparte.

- Oye, he oído que no sabes tirar. ¿Es eso cierto?

El joven estaba hecho un manojo de nervios.

- No mucho. Todo está en la cabeza.

- Bien, sal ahí y haz lo tuyo. Yo no contraté un anotador. Me importan un comino esos tipos. Sólo quiero que hagas lo que sepas y que todo cuanto hagas nos ayude a ganar, ¿de acuerdo?

 

Bill asintió. Ningún entrenador se le había dirigido nunca así. No en términos de libertad.

 

Red le dio entrada en el primer cuarto y al poco un tapón de Bill fue anulado por goaltending. Auerbach estalló como de costumbre. “¡Eh, pero qué coño pitas!”, profirió entre una retahíla de insultos que le valieron una técnica. “Jajaja, venga, deja de arbitrar y ponte a tocar en una banda, muchacho”.

 

Cuando todo terminó y los Celtics ganaron Bill abordó a su nuevo entrenador en un rincón del vestuario.

- Gracias por defenderme.

- No me des las gracias –le advirtió–. Es mi trabajo. No puedo esperar de vosotros que luchéis por mí si yo no lo hago antes por vosotros. Sólo hago saber a esos bastardos que cada vez que nos castiguen voy a estar apretándoles el culo.

 

Bill aprendió rápido que con razón o sin ella Red era el azote de los árbitros. Especialmente de Sid Borgia, al que ahumaba con el puro a su paso por el banquillo verde alejándole pista adentro, lo que divertía a los muchachos. Pero en el fondo Russell seguía sorprendido. Aun a su tosca manera ningún hombre blanco le había defendido antes. Entrada la relación le fue inevitable descubrir a Red los reveses raciales sufridos por él y su familia. Para quitar hierro al asunto y demostrar que compartían muchas más cosas de las que el novato imaginaba, el técnico le hacía ver que su juventud no había sido mucho más gratificante.

- ¿Sabes? Me alegra que tu pellejo no sepa lo que era ser judío en Brooklyn. [“I got to deal with the same shit”].

 

Los primeros once partidos Russell salía desde el banquillo. A la duodécima vez, de visita en St. Louis, Red le dio la alternativa. “Eh, Russ, hoy saldrás en el cinco titular”. Era su gran oportunidad. Pero sin que el joven lo supiera Bob Cousy, el capitán, cruzó un par de ideas con Auerbach antes del comienzo. “Oye, Red, creo que puedo llevar a Martin al poste. Sí, déjame. Les confundirá”. Al rato Bill Sharman vino a reclamar poco menos que lo mismo. “Creo que hoy puedo hacer daño ahí abajo. Tommy y Loscy [Heinsohn y Loscutoff] tienen buena mano y yo opciones de hacerles llegar el balón”.

 

Así cuando todo comenzó Sharman y Cousy ocupaban continuamente los aledaños del aro, obligando al novato Russell a permanecer fuera y sentirse, con qué pavor lo sufrió, terriblemente inútil. En el segundo cuarto los Celtics perdían por 18 puntos y Red mordió la mesa con otro tiempo muerto. Era tradición formar corro en torno a él y hacerlo en pie, como los hombres. Pero el novato no lo hizo. Se deslizó cabizbajo hasta el fondo del banquillo y allí se dejó caer a plomo cubriéndose la cara con una toalla. Su ausencia saltaba demasiado a la vista.

- Eh, Russell, ¿¡se puede saber qué demonios haces!?

 

Para Bill era, como ganarse el respeto, ahora o nunca.

 

- Yo juego de pívot. Siempre lo hice. Juego ahí adentro, ¿sabéis? –y enardecido señalaba a los pies del aro–. No necesito ningún corro para saber cómo quitarme del medio.

Un silencio glacial se hizo en el grupo. ¿Un novato negro hablando así? En un segundo Bill se convenció de que su carrera en Boston había terminado. Pero Red era una caja de sorpresas y su pupilo le había arreglado el tiempo muerto.

 

- Ok, nadie va a jugar ahí adentro salvo Russell. ¿Habéis oído bien? Nadie.

 

Russell nunca olvidaría aquel gesto ni la noche en que nació como jugador en la NBA. El momento exacto en que ocuparía su sitio. No era sólo jugar adentro. Era hacerlo además de principio a fin.

 

La relación entre ambos maduró muy aprisa. Incluso peligrosamente, por encima del resto. Porque en el fondo aquel partido dio también vida a una nueva jerarquía en el grupo. Y todos lo sabrían en adelante.

 

Tras el All Star de 1958 un entrenamiento vio la ausencia de Russell. Y Auerbach nunca tuvo nada que esconder. “Bien, hoy tampoco estará Russ con nosotros”. Como no era la primera vez y Red sabía del recelo que aquel trato especial había despertado entre varios compañeros, era momento, pues, de aclarar las cosas. “Escuchad, no lo repetiré más veces. En este equipo hay dos tipos de reglas. Unas para Russell y otras para el resto. Punto”.

 

Todo venía de un año atrás, cuando Bill sufrió un repentino bajón de rendimiento. Red había abusado. Una vez supo de sus poderes Russ no tendría descanso. Jugaría todos los minutos de todos los partidos. Así que la primera vez que escuchó de boca del jugador “Estoy cansado” el técnico respondió con sentido común. Había que dosificarle. Y eso incluía también los entrenos.

 

Todo salió a las mil maravillas.

 

Pero aquel trato especial iba aún más lejos. En los partidos y entrenamientos Auerbach insultaba y arremetía contra sus muchachos con el único fin de motivarles. Sabía cómo inflamarles ardor y funcionaba. Cada uno se llevaba así su buena dosis de gritos. Todos salvo Russell, especialmente sensible a las afrentas.

 

Consciente de que algo así ponía en riesgo el equilibrio del grupo Red le pidió un favor muy simple. “Oye, Russ, sé que te molesta que alguien te hable mal. Pero lo siento, voy a tener que hacerlo. Sólo quiero que sepas que es por una razón. Por el grupo. Déjame insultarte a gusto, que vean que también lo hago contigo. Pero escúchame bien: nada de lo que diga tiene valor. ¿Lo entiendes? Y deja esto entre nosotros”. Bill lo aceptó sin problema.

 

En realidad no hacía más que corresponder a la fidelidad que Red le había dispensado desde el principio. Incluso alguna vez, en aquel profundo registro que sólo Bill parecía apreciar. En su primer año ambos salían del Garden cuando un aficionado les detuvo: “¡Eh, usted es… usted es Red Auerbach! ¡El entrenador de mis Celtics! ¿Me firmaría aquí, por favor?”. Russell, a quien el aficionado no prestó la menor atención, aguardó en silencio cuando el tipo se dirigió a él: “Aquí. Tú también”. Bill estalló: “¡Una mierda! ¡A mí no me hables así!, ¿te enteras?”. Y siguió a paso firme dejando a técnico y aficionado con un palmo de narices.

 

Red nunca haría la menor mención a aquel episodio que otro técnico habría interpretado como un desaire a él y su gente. Conocía además cuál era la difícil relación entre Russ y la ciudad de Boston, esencialmente blanca. Durante años Bill tragaría en silencio no pocas pruebas, algunas de cruda sorpresa. En una ocasión un hombre negro le abordó en el relajado ambiente de un bar: “Eh, Russell, formo parte de una familia de Boston. Soy miembro de su cuarta generación. ¿Y sabes una cosa? Nunca, ¿has oído? Nunca te aceptaré”.

 

Para estas cosas Red solía emplearse igual que K.C. Jones venía haciendo con Bill desde sus años en San Francisco. “No le des importancia. Tendrías que haber visto a esta gente cuando no elegí a Cousy”.

 

Pero donde la mutua protección más veces había sido puesta a prueba, era en plena pista. Y con especial intensidad, en los momentos calientes. Auerbach los tenía prácticamente a diario con todo rival. Desesperaba al técnico de los Lakers Fred Schaus encendiendo el puro, en señal de victoria, antes de terminar un partido en el que los Celtics podían ir por detrás. “Ese imbécil se pondrá nervioso. Los últimos minutos hará de todo menos dirigir bien a su equipo”. Bill solía pasarlo mal las noches de Chamberlain. En realidad nadie lo pasaba bien con él. Pero el de Boston debía además lidiar con la suicida manía de Red de arremeter con especial fuerza contra él incluso cuando apenas dos palmos los separaban. Wilt lo habría aplastado de un puñetazo. Y para evitarlo Russell corría siempre a ponerse en medio.

 

 

 

En un partido en el Convention Hall de Philadelphia Celtics y Sixers se enzarzaron en una pelea multitudinaria que algunos aficionados aprovecharon para bajar a pista. Uno de ellos cogió a Red por la espalda donde le descargó un fuerte golpe. Bill, que lo había visto con el rabillo del ojo, abandonó la melé y se apresuró hacia el tipo, al que agarró por el cuello mientras el alero local Chet Walker avisaba a sus compañeros suyos: “¡Hey, Russell va a matar a uno de los nuestros!”. Y Bill aguardaba en guardia una embestida que no se producía.

 

Era una cuestión de fidelidad. Aunque a veces Red se lo pusiera realmente difícil. Al tercer partido de las Finales de 1957 Auerbach no presentaba de inicio su mejor versión. Aún le duraba el enfado por haber perdido el estreno en casa tras dos prórrogas. Al segundo los Celtics empataron y ahora hacían de visitantes en la hostil St. Louis. En los minutos previos al choque, antes incluso del calentamiento oficial, Red ordenó a sus muchachos una informal sesión de tiro. Al poco Bill Sharman se acercó a Auerbach con una inesperada advertencia.

 

- Oye, creo que esa canasta no está a diez pies.

 

Red no lo pensó dos veces y actuó como si estuviera en su Garden. Urgió a los árbitros a que midieran delante de sus propios ojos la altura del aro. Con un operario encaramado a lo alto de la escalera Ben Kerner, el dueño de los Hawks, bajó a pista visiblemente enfurecido.

 

- ¿Se puede saber qué demonios estáis haciendo?

- Esa canasta no mide lo que debería –respondió Auerbach con calculado aplomo.

- ¿Me estás llamando tramposo, hijo de puta?

 

Red se giró y sin mediar palabra propinó a Kerner un puñetazo en la boca que no olvidaría en su vida. Russell evitó aprisa lo que a esas alturas en el Auditorium podía terminar en tragedia. Sintió que su técnico había hecho lo mismo que hizo él en la universidad ante el tipo que decidió extender por el centro el sobrenombre de snowball.

 

La canasta, antes y después de la gresca, estaba a diez pies.

 

Los Celtics ganaron aquella serie. Era la primera victoria juntos. En 19 meses Bill Russell había encadenado el título nacional de la NCAA, la medalla de oro olímpica y el anillo de la NBA. En realidad no habían hecho más que empezar. Era el primero de los muchos que vendrían después. Al año siguiente una lesión en el tobillo de Russell permitió a St. Louis tomar la revancha. Pero en los siguientes ocho ningún otro equipo pudo hacer sombra a los Celtics en la NBA.

 

Ocho años eran demasiados para cuantos sufrieron la tiranía. Pero no para los tiranos.

 

Cuando Red citó a Bill en su despacho los Celtics estaban cerca de poner fin a un periodo donde 9 de los 10 títulos en juego habían ido a parar a la ciudad de Boston. Ya no estaban Heinsohn, Cousy, Loscutoff, Sharman, Ramsey o Lovellette. Pero se habían sumado al grupo jóvenes como Nelson y Havlicek. Y aún seguían muy vivos sus viejos amigos Sam y K.C. Jones además de Satch Sanders.

 

Bill respetaba su decisión. Pero no la compartía. Era la cosa más inoportuna del mundo. Le habría gritado allí mismo que no. Que no los dejara huérfanos ahora. Que aún quedaba gloria por disfrutar. Pero no podía. Y tampoco debía hacerlo. Habría tenido el mismo efecto que Red denunciaba en otro escenario: “¿Abroncar a los jugadores tras una derrota? Sólo a un imbécil se le podría ocurrir creer que algo de lo que les digas va a entrarles en esos momentos”.

 

Así pues, la siguiente cita en el despacho presentaría las dos listas prometidas. La de Russell ni siquiera estaba completa. Ya le costaba encontrar un solo nombre como para enunciar cinco. Red en cambio podía hacerlo con varios más. Mientras Bill buscaba un buen hombre que hacerse cargo de los Celtics, Auerbach lo haría pensando en alguien que preservara a Russell intacto, libre, líder. Pero en realidad Bill había llegado sin nada, como a un examen en blanco pensando que Red captaría así el mensaje.

 

- Qué desastre, Russ. Así no hay manera. Te diría que volvieras mañana. Pero sé que harás lo mismo –y acto seguido sacó del bolsillo de la camisa un papelito que extendió en sus manos–. Mira, yo en cambio creo que tengo a tu hombre.

 

Pronunció su nombre y Bill reaccionó aprisa, con furia, casi como si lo estuviera esperando.

 

- ¿¡Qué!? Ni loco, Red. No pienso jugar para ese tipo. Si de verdad quieres traerlo haré lo mismo que tú. Dejo de jugar ahora mismo. No estaría ni en la misma habitación con ese hijo de perra.

- Vaya, no tenía ni idea de esto. No sé muy bien por qué pero aun así creo que sabrá…

- ¡No¡ –cortó en seco– ¿Qué crees, que no sé de qué individuo me estás hablando?

 

El sureño contaba con una ventaja sobre Auerbach. Y esa ventaja se traducía en información que los jugadores negros de la liga, con quienes guardaba una estrecha relación, le hacían llegar. Y especialmente aquellos que no eran estrellas. En las jornadas de los partidos le enteraban de todo. De todo cuanto merecía ser contado.

 

Bill prosiguió su encendida objeción.

 

- Ese tipo, Red, soltó en una fiesta que no podía soportar que un negro se viera con una mujer blanca. Que él estaba casado con una de ellas y que sólo de pensarlo se le removía el estómago. ¿Sabes? A mí también individuos así. Uno de mis mejores amigos ha sido entrenado por él. Estuvo a punto de prohibirle que hablara conmigo durante la temporada. No, amigo, no jugaría para ese tipo ni por todo el oro del mundo.

 

Auerbach dejó caer el papel sobre la mesa, se reclinó y luego de resoplar añadió:

- Entonces… ¿qué quieres que haga?

Bill se encogió de hombros mirando a ambos lados de la oficina, como buscando una respuesta en vano.

- No lo sé. Déjame que lo piense y te llamo.

 

Russell tomó camino a casa incapaz de pensar en otra cosa.

- Cariño, tienes la cena lista –le informó Marilyn desde la cocina.

- No quiero cenar.

 

Lo que Red por primera vez le pedía era mucho más grave que cualquier otro reclamo anterior. Mucho más difícil de cumplir. Por muchas vueltas que le diera terminaba siempre en el mismo lugar. “No hay nadie en el mundo que pueda suplirle. Al menos para mí”.

 

Acariciando la medianoche enganchó el teléfono y al rato la voz de Red salpicaba la línea:

 

- De acuerdo. Acepto.

- ¿Que aceptas qué?

- Acepto el trabajo. Yo entrenaré al equipo.

- ¿Vas a seguir jugando?

- Sí. De eso se trata.

 

Y creyó sentir, sin equivocarse, una enorme sonrisa al otro lado.

 

- ¿Sabes, Russ? Es la decisión correcta. Nadie puede motivarte mejor que tú.

Bill callaba vagamente satisfecho.

- Ah, y una última cosa. Escribirán que eres el primer negro en entrenar a un equipo en esta liga. Cállate, no les hagas el menor caso y demuéstrales que se equivocan. Demuéstrales que eres el nuevo entrenador de los Celtics.

 

No era que Red dijera la verdad. Era que siempre se anticipaba a ella.

 

 

 

Año de la cita (1966)

 

Ambos hombres volvieron así a acertar. En los tres años siguientes sólo Wilt Chamberlain reclamó por fin su trono. Era un espejismo que murió aprisa. En 1968 y 1969 los Celtics volvieron a saborear la gloria. Era la undécima vez que lo hacían en trece años. Por alguna misteriosa razón aquel espigado negro de Louisiana no podía perder. Nada había cambiado.

 

Bill lo dejó entonces y el resto de la liga suspiró de alivio. Pero a diferencia de Red, que lo meditó largamente, Russell se inclinó al mando de una revelación espontánea: “¿Qué hago yo de esta guisa delante de toda esta gente?”.

 

Ahora sí, había envejecido. Era momento de decir adiós.

 

 

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Más en: Red and Me, B. Russell & Alan Steinberg, HarperCollins Publishers, NY, 2009.

Cuando Joey Dorsey era un niño, Charlene, su madre, no quería que jugara a baloncesto. Las calles de West Baltimore, donde el hoy jugador del Caja Laboral se crió, no eran precisamente las más seguras. La aclamada serie "The Wire" ha mostrado los barrios marginales de Baltimore como un paraiso de drogas, bandas callejeras, violencia y corrupción. En una entrevista a ESPN, aún en su época universitaria, Dorsey afirmó que este retrato no se ajustaba a la realidad. "Es mucho peor", respondió.

 

Criado en un duro ambiente familiar, con un padre que abandonaría el hogar cuando Joey sólo tenía dos años (no lo vería de nuevo hasta 22 años después), Dorsey acabó saliendo de las duras calles de Baltimore gracias al baloncesto. El temor de su madre, quien necesitaba dos trabajos para poder mantener a Joey y a su hermana, era que su hijo acabara envuelto en peleas. Pero el talento de Dorsey acabaría desvaneciendo los miedos de Charlene. Su increíble físico y dominio del juego llevaría a su instituto, Frederick Douglass, a una perfecta campaña de 28-0 en su año senior, su último en Baltimore.

 

Antes de aterrizar en la prestigiosa Universidad de Memphis, Dorsey necesitaría dos años extra de preparatorio para poder ser elegible académicamente. Aún así, sería el primer miembro de su familia en conseguir acabar el instituto. El sueño de Dorsey no era sólo baloncestístico, sino también social. El primer objetivo era salir de las calles de Baltimore, y lo consiguió...

 

En 2011, Joey Dorsey aterriza en Vitoria para reconducir una carrera profesional sin el brillo de sus años de instituto. Pese a sus aptitudes defensivas, y una capacidad atlética perfectamente digna de NBA, el ala-pívot no ha conseguido consolidarse en ninguna de las franquicias en las que ha jugado. Ni en Houston, ni en Sacramento, ni en Toronto, ha conseguido brillar más allá de algunas actuaciones puntuales.

 

Dicho esto, su llegada al baloncesto FIBA puede ser la mejor noticia para Dorsey, de 27 años, ahora que entra de pleno en la madurez en su carrera. Si en ataque nunca ha destacado (ni siquiera en la NCAA pasó de los 10 puntos de media), en defensa puede ser uno de los jugadores interiores más dominadores de Europa, a pesar de no ser especialmente alto (2.03). Su momento más mediático llegó en la Summer League 2009 tras conseguir igualar el record de rebotes de la competición (20) con los Rockets ante los Lakers, donde curiosamente jugaba el que sería su futuro compañero en el Caja Laboral: Reggie Williams.

 

Tras ser el contrapunto defensivo de los Memphis Tigers de Derrick Rose y Chris Douglas-Roberts (llegando a ser comparado con Ben Wallace) en 2008, Dorsey era drafteado por los Blazers, siendo inmediatamente traspasado a Houston, su primer equipo como profesional. Pero más allá de sus chispazos en la Summer League, Dorsey nunca tuvo minutos ni oportunidades para brillar en los Rockets, pasando la mayor parte de su etapa en Texas asignado a los Rio Grande Valley Vipers de la D-League. En el "Showcase", el mejor escaparate posible en la liga de desarrollo, Dorsey volvió a tener otro destello de clase, firmando en uno de los partidos un 27+22, pero seguía careciendo de la consistencia necesaria para hacerse un hueco en la rotación de Houston.

 

Dorsey recalaría en Sacramento en febrero de 2009 gracias al traspaso que, entre otros movimientos, llevaría a Tracy McGrady y Sergio Rodríguez a New York. Tras ocho partidos en la capital de California, la carrera de Dorsey llegaría a su punto más bajo, siendo cortado sólo un mes después de su aterrizaje en los Kings. El motivo, según se filtró a los medios, su comportamiento especialmente "chistoso" y una actitud excesivamente "relajada" en los entrenamientos.

 

Tras dos años en la NBA, el balance de Dorsey era de sólo 18 partidos y 112 minutos jugados...

 

Sólo en la pasada campaña un equipo apostó por darle protagonismo: Toronto. Dorsey firmó un contrato no garantizado con la franquicia canadiense, pero acabó ganándose un puesto en la rotación, aunque por detrás de Reggie Evans (un jugador de características muy similares) y Amir Johnson. La lesión de Evans le acabó dando minutos de calidad que, si bien no se tradujeron en estadísticas brillantes, si le valió para ser considerado como útil especialista defensivo en la zona.

 

Y en un juego interior como el baskonista con jugadores dotados de un variado poder ofensivo como Mirza Teletovic, Kevin Seraphin o Maciej Lampe, Dorsey puede ser un perfecto contrapunto. Su capacidad de salto y su "timing" le hacen especialmente temible al rebote (su promedio durante su carrera NBA, extrapolado a 36 minutos por encuentro, sería de unos nada desdeñables 13.3 rebotes por partido), especialmente en ataque con compañeros de pintura con tendencia a lanzar desde fuera.

 

Dos grandes dudas se ciernen sobre Dorsey en su primera experiencia "overseas". La primera, inherente a prácticamente cualquier debutante, es su adaptación al baloncesto europeo, especialmente en cuanto al contacto bajo el tablero. Dorsey tendrá que medir mucho su agresividad y su intimidación para no cargarse de personales, más teniendo en cuenta que no tendrá una pretemporada larga. La segunda, especialmente teniendo en cuenta el carácter de su nuevo técnico, Dusko Ivanovic, será en su actitud, aunque sin duda su paso por Toronto, con jugadores de intachable profesionalidad como Reggie Evans, le ha evitado repetir los errores de su breve etapa en Sacramento.

 

Pero más allá de los interrogantes de Dorsey, sus certezas han pesado más en Vitoria, y con razón. Pocos jugadores más explosivos y atléticos se podrán gozar en las zonas de Europa la próxima temporada. Si un jugador puede convertir la defensa en espectáculo, ese es Joey Dorsey.

 

Alberto de Roa

El Cajasol Banca Cívica ha fichado talento balcánico en el mercado, haciéndose con un Milenko Tepic que llega con pedigrí: multicampeón en torneos de selecciones de categorías inferiores, plata en el Eurobasket 2009 con Serbia y campeón de Europa con el Panathinaikos.

A Tepic se le vio por primera vez en España en el Europeo Cadete de 2003, del que fue campeón y hombre muy destacado. Repetiría títulos en 2005 (Oro Sub18), 2006 (Oro Sub20) y 2007 (Oro Sub20). En total, cuatro oros antes de unirse a la selección senior para el Eurobasket 2007.

Su papel fue testimonial, pero alcanzó un nuevo nivel en el Eurobasket 2009, en el que fue pieza clave de la Serbia subcampeona, haciendo 24,6 minutos con 8,0 puntos y 2,9 rebotes. Repitió en el Mundial 2010 y en el Eurobasket 2011.

 

 

 

 

 

A nivel de clubes, Tepic es también un ganador incansable: lleva cinco ligas consecutivas (tres con Partizan, dos con Panathinaikos), cuenta con tres Ligas Adriáticas y es el presente campeón de la Euroliga con el Panathinaikos.

En resumen: con apenas 24 años, Tepic tiene una Euroliga, ocho ligas, cuatro oros en categorías inferiores, una plata europea y experiencia en cuatro campeonatos internacionales de máximo nivel.

Ya sabemos que ganar se le da bien, pero... ¿Cómo juega? Tepic es especialmente bueno en las penetraciones a canasta, tanto a la hora de finalizarlas como doblando el balón a sus compañeros. Y es que Tepic es también un excelente pasador.

Inteligente en toda la pista, le saca partido atrás, donde es un muy buen defensor más por sus buenos conceptos que por un físico especial. Además, es un buen reboteador para su condición de escolta-alero.

Si hubiera que destacar un punto débil, éste sería el tiro exterior, en el que es muy inconstante.

El sensacional triple de Juan Carlos Navarro en la semifinal del Europeo ante Macedonia encierra una lectura distinta a la mera épica del marcador (68-60) y la sentencia del cuarto (+8 / 1:26). Su factura, un lanzamiento exterior batido a una sola pierna, trae a colación una de las acciones menos frecuentes aun en la sobreabundancia del baloncesto moderno.

 

El tiro [exterior] en carrera sigue siendo hoy día una probabilidad más bien remota. Una estimación ligera hablaría de uno por cada centenar de tiros de media y larga distancia. Lo sorprendente es que durante la primera mitad del siglo pasado esa proporción era de uno a tres. E incluso menos.

 

Desde un punto de vista histórico el molde original de este género de acción equivale a un fósil que en los últimos cuarenta años han rescatado –sin la frecuencia suficiente para el valor de recurso técnico– no más de una docena de jugadores en la mejor liga del mundo.

 

Es posible interpretar la historia del baloncesto desde un sinfín de grandes y pequeñas evoluciones, algunas incluso aparentes minucias de una crucial importancia. A este último grupo pertenece ese gesto que hoy traemos a examen. Porque vale también para ello y no carece de interés advertir el hallazgo de una analogía formal entre Juan Carlos Navarro y Slater Martin a pesar de una infranqueable distancia de 60 años.

 

Sobre la muestra del ejemplo inicial lo que un espectador percibe a simple vista es que la ejecución del lanzamiento acontece “a una sola pierna”. Y aquí cabe establecer el primer corte. Mientras las entradas a canasta tienen lugar en carrera y baten, por definición, a una pierna tras el primer o segundo paso no ocurre lo mismo con el lanzamiento exterior, batido académica, naturalmente sobre los dos pies.

 

Esta automática evidencia condujo hace unos meses al cronista Bill Pennington a preguntarse si, viendo el baloncesto actual en cualquier parte del mundo, no parecía mentira que alguien tuviera que inventar el lanzamiento exterior en suspensión. Se urgía así a recordar que baloncesto y jump shot no nacieron juntos. Que este último es de hecho una herencia sorprendentemente tardía. Y que de los 120 años de vida del juego cerca de la mitad no conocieron el salto al momento de lanzar.

 

Con el fin de acertar el balón en la red a unos metros del aro la mecánica de los jugadores experimentó tres grandes fases hasta nuestros días. Basándose exclusivamente en los apoyos, en la relación de los pies con el suelo, esa historia emplea tres capítulos:

 

1. Dos pies.

2. Un pie.

3. Salto a dos pies o jump shot.

 

Las dos primeras fases pervivieron juntas hasta bien entrados los años cincuenta, cuando el jump shot vino a quedarse, como la electricidad o la rueda, para siempre.

 

Mientras los historiadores acuerdan la imposibilidad de establecer un origen concreto al nacimiento del tiro en suspensión se acepta en cambio el periodo de gestación en torno a los años treinta y en la escena universitaria como laboratorio de ensayo.

 

A finales de los años noventa un autor vino a romper con esta indefensión teórica en la publicación de la obra The Origins of Jump Shot: Eight Men Who Shook the World of Basketball (John Christgau, 1999), algunas de cuyas aristas no fueron aceptadas por el total de investigadores por la presunta flaqueza en la metodología empleada. Con todo, la tesis central hacía gala de gran fortaleza al rescatar de las profundidades al ramillete de jugadores cuyo influjo fue erosionando la técnica en el lanzamiento de media y larga distancia que hasta entonces imperaba hegemónica.

 

Para la crítica el problema residía en la audacia desmedida de Christgau al conceder el origen del jump shot a un único jugador. John Miller Cooper figuraba así como el inventor durante un partido de su equipo, la Universidad de Missouri, en 1931. Cooper, fallecido en 2010 a la edad de 98 años, no faltó a la ocasión de dotar al momento de la debida épica –“My feet left the hardcourt surface, and it felt good. It was free and natural, and I knew I had discovered something”– y a la honestidad de reconocer que se inspiró en un jugador de la Universidad de Chicago a quien vio entrenar el gesto en la clandestinidad de un pabellón de instituto.

 

A diferencia de Christgau el Basketball Hall of Fame de Springfield otorga la condición de pionero a Kenny Sailors, cuya trayectoria evidencia un mayor número de pruebas al darse hasta 1951 en el baloncesto profesional.

 

Valga uno u otro, es de común y valiosa aceptación el grupo de ocho pioneros a partir de Cooper enunciado en el ensayo: Kenny Sailors, Belus Van Smawley, Bud Palmer, John Gonzalez, Whitey Skoog, Dave Minor, Johnny Adams y Joe Fulks, siendo este último el más célebre dada su pionera condición –sancionada por su sobrenombre de ‘Jumpin’– como el primer gran anotador que la NBA conoció.

 

Los años de zozobra teórica arrojaron igualmente un nutrido anecdotario, decisivo para iluminar algunas áreas de penumbra e incorporar curiosas correcciones, una de las cuales tiraba por la borda el papel, monumentalmente admitido hasta entonces, de Hank Luisetti como socio fundador de la suspensión clásica. “I never had a jump shot –aclaraba el italoamericano–; it was a running one-hander kind of near the basket” (“In Search Of The First Jump Shot”, Bill Pennington, TNYT, 2/IV/11). Luisetti se declaraba así más próximo a un gesto sumamente extendido en el segundo cuarto de siglo, de formal encaje en lo que hoy conocemos en Navarro como bomba y cuyo origen, desde el escrúpulo técnico, es posible referir como bandeja frontal inversa* (*la posición de la mano bajo el balón es la opuesta a la lay up).

 

En realidad el papel inicialmente atribuido a Luisetti corresponde en justicia a Paul Arizin (1950-1962), el principal culpable de la vertiginosa divulgación del jump shot en la NBA camino de la modernidad en los años sesenta. Arizin triplicaba la importancia de Fulks en la extensión de aquella técnica. E incluso sin saberlo acabaría dando origen a lo que la nomenclatura refirió en adelante como leaning jumper, un pequeño molde de la suspensión –opuesto al fadeaway– que consistía en despegar el salto hacia delante dejando atrás al par defensivo. La técnica de Arizin nació sin esa intención ofensiva, de manera que su ejecución persistía similar aun lanzando a solas.

 

Por encima de la controversia y el rápido sucederse los cambios el verdadero legado del ensayo de Christgau residía en alumbrar el proceso histórico, dotarlo de sociología –la ruptura juvenil con la estricta cultura rural– y perpetuar al grupo responsable de la larga y difícil transición, entre el ecuador de los años treinta y cincuenta, hacia lo que el baloncesto universal conocerá para siempre como jump shot.

 

Hasta entonces, durante cerca de 60 largos años, el lanzamiento exterior había vivido estancado en dos formatos complementarios: uno, con los pies plantados en el suelo, y dos, con uno solo. Únicamente en este último, y de manera residual, intervenía el salto.

 

 

Hª del lanzamiento exterior: Fig. 1. Formación parada / 2. Alzada / 3. Suspensión

 

La primera de las técnicas es fácilmente asumible en un baloncesto que aún no había conocido la suspensión. El jugador resuelto a lanzar consumía unas décimas para cuadrarse al aro descargando toda la fuerza en los brazos sin necesidad de levantar el cuerpo del suelo (fig. 1). Una rudimentaria pericia que llevaba congelada desde finales del XIX y algunos de cuyos más brillantes resultados, como en el caso de Barney Sedran, sorprenderían incluso hoy.

 

La segunda técnica, alzando un pie, encierra en cambio otra explicación de doble motivo. Aquella suerte de lanzamiento que incorporaba ligeramente una pierna, como escenificando un caballito (fig. 2), era el resultado de proyectar hacia el exterior el método de la bandeja y las entradas a canasta. De hecho tenía su origen en el aprendizaje de la relación cruzada (brazo de tiro-pierna de batida) que la técnica preceptiva imponía bajo el aro. Técnica que durante los entrenamientos los jugadores repetían hasta interiorizarla de manera natural. El jugador replicaba la misma secuencia del cuerpo a medida que el tiro ganaba distancia.

 

A ello se añadió un segundo factor: los jugadores pequeños, una demografía mayoritaria por debajo del 1.95, encontraban acomodo en una técnica que favorecía la necesidad de imprimir fuerza a la parábola. Hallaban así una mayor soltura en el lanzamiento lejano. Y ello incluía no sólo a los jugadores más menudos. El gesto era tan automático que no era extraño ver a Clyde Lovellette ejecutarlo en sus escasos intentos a distancia.

 

Lo curioso de la técnica de alzado residía en su empleo por igual tanto en carrera como en estático. Una tradición que superó generosamente el ecuador de siglo. Así por ejemplo en la NBA de 1953 jugadores como Joe Fulks, Slater Martin, Ed Macauley, Whitey Skoog, Dick McGuire o Carl Braun exhibían el alzado en lanzamientos exteriores sin desplazamiento, esto es, totalmente parados.

 

La otra interpretación, compartida también por ellos, hablaba en términos de velocidad. Lanzamientos exteriores ejecutados en carrera y, como tal, mediante la técnica de alzado interiorizada desde tiempos pretéritos en las entradas a canasta.

 

Este último género de lanzamiento, el tiro en carrera, fue el principal afectado por el advenimiento del jump shot. Al extremo de hacerlo desaparecer en pocos años culminando con ello el mayor genocidio de un recurso técnico conocido hasta entonces.

 

Cuando quedó claro que la suspensión exterior servía para sortear la defensa a la vez que favorecía la eficacia –del 29.3 de acierto en 1948 a un 43.7 en 1968 (NCAA) / 34.0 en 1950 a 44.6 en 1968 (NBA)– el tiro en carrera adquirió automáticamente la condición de maldito, y muy en especial para los entrenadores, que lo contemplaban como una licencia innecesaria y un riesgo a evitar.

 

Si ya en 1931 el técnico de Missouri, George Edwards, condenó a Miller Cooper al banquillo por su jump shot bajo la amenaza “No lo vuelvas a hacer” la percepción negativa hacia su precedente en carrera persiste [universal] hasta nuestros días. “Los entrenadores mirábamos para otro lado cuando algunos de nuestros jugadores, casi siempre con resultado lamentable, lo intentaban” (Sergio Scariolo, Diario Marca, 7/IX/07).

 

Para finales de los años sesenta el tiro en carrera prácticamente había desaparecido. Todo residuo técnico en su ejecución fue liquidado y de su molde original es posible encontrar hoy recursos como el running hook shot –donde abundaron Magic Johnson y Scottie Pippen– o el floater. Pero mientras ambos finalizan por definición a una sola mano el tiro en carrera lo hace a dos. Mientras aquéllos pertenecen al género entrada éste lo hizo siempre a los márgenes del lanzamiento exterior.

 

Llegados a este punto crucial urge definir qué fue exactamente lo que desapareció.

 

El tiro en carrera constituye una suerte de lanzamiento en desplazamiento que consiste, y aquí reside su misterio, en preservar académicamente la mecánica de brazos pero no así de los pies, que siguen una secuencia propia de las entradas a canasta liberando los pasos reglamentarios sin bote (técnica de alzado). Por eso el tiro en carrera no se define por la velocidad de entrada previa al lanzamiento. Si así fuera, serían tiro en carrera las magistrales paradas a dos pies en transición de ejemplares como Drazen Petrovic, Lafayette Lever o Ferdinando Gentile.

 

Gráficamente se trata de todo aquel lanzamiento en suspensión que preserva intacta la mecánica superior de los brazos batiendo a una sola pierna (el ejemplo inicial de Navarro acude como arquetipo). De manera que un jugador detenido puede descargar uno o dos pasos tras bote sorteando a su par y lanzar, y su acción seguirá siendo considerada un tiro en carrera.

 

Este particular gesto técnico favorece notablemente la fuerza de impulso en el lanzamiento al aprovechar la cinética del cuerpo. Pero al mismo tiempo vulnera el equilibrio que conviene a la parábola del tiro. De manera que la vivacidad de su ventaja asume el riesgo de la imprecisión. Y esta doble característica, especialmente la primera, provoca una relación mayoritaria de esos lanzamientos con las inmediaciones de la bocina –a final de tiempo– y una masiva presencia de la tabla a causa del excedente de impulso. He aquí el espacio del juego donde mayor número de tiros en carrera encontrar, una predilección técnica en el primer Michael Jordan y algunos de sus aciertos desde medio campo. Aun al final de sus días aquella primeriza querencia (1:32), adquirida como un automatismo, le permitía expresarlo con asombrosa facilidad.

 

Con todo, es el margen cotidiano del juego donde mayor pérdida se experimentó. Tras el descenso casi a cero que sufre el tiro en carrera en la década de los setenta, donde apenas despunta Walt Frazier, jugadores como Isiah Thomas y Larry Bird salpican los años ochenta con ocasionales muestras que en el caso del jugador de Boston alcanzaron apogeos hoy en día sepultados en la memoria dormida.

 

El 26 de febrero de 1983 Bird sentenciaba una agónica victoria en Phoenix (101-103) con un alzado a media vuelta (1:30) en el Veterans de Phoenix y cinco años después, esta vez en el Capital de Washington durante el segundo partido de Boston en Regular, el alero sellaba un increíble final con tres canastas consecutivas las dos últimas de las cuales eran un triple en carrera y un calco del buzzer en Phoenix.

 

 

 

 

 

Con la extraña solidaridad de algunas destrezas de camarilla, su compañero Danny Ainge fue uno de los jugadores con mayor número de tiros en carrera durante sus años en activo. Como icono de aquella particular habilidad acude el aplastante final del primer cuarto en el Memorial Day Massacre (1985 NBA Finals / Game 1). Ainge certificaba el 38-24 para Boston. Era su punto número 15 y el séptimo acierto de nueve intentos (7/9). Este particular episodio (2:20) añade un factor clave que remite al caso Navarro ante Macedonia: la confianza del tirador hermana la licencia y la eficacia a esos extraños grados del acierto.

 

En el baloncesto contemporáneo la rara presencia del tiro en carrera es, más allá de la destreza, indisoluble de la vívida suficiencia que en esos momentos atraviesan sus protagonistas.

 

En una proporción algo menor a Ainge, Rex Chapman mostró igualmente cierta soltura en esta suerte del juego, grabando para la historia su buzzer a los Sonics en la primera ronda de 1997. Y seis años después los Suns sorprendían a San Antonio en el estreno de la serie con otro ejemplo muy gráfico, esta vez obra de Stephon Marbury que recuerda el frecuente factor fuerza traducido en el balón a tabla.

 

En los últimos quince años los casos más recurrentes se siguen contando por muy pocos. En diferente grado, Dana Barros, Michael Jordan, Allen Iverson, Tracy McGrady, Kobe BryantJason Williams, Dwayne Wade o Manu Ginobili son dignos de mención por ofrecer en suma el mayor número de ejemplos. Y tal vez por encima de todos ellos, Steve Nash, especialmente dotado para el tiro en carrera cualquiera que sea el ritmo de posesión, al igual que el brasileño Marcelinho Huertas.

 

Finalmente, reduciendo toda velocidad y por ello inscrito en la atávica suerte del alzado, en ese lanzamiento que bate a una sola pierna sin intervención de la carrera, sin apenas desplazamiento, predomina actualmente un monarca mundial que, vulnerando toda relación anterior con los jugadores de backcourt, ya ha instalado su figura en la hegemonía histórica de esta rara especialidad, como la más vanguardista versión de una reliquia. El alemán Dirk Nowitzki supera en órbitas un viejo recurso empleado por Adrian Dantley en los años ochenta –deadly step back– consistente en abrir espacio para el lanzamiento a través del alzado de una pierna y la amplitud del ángulo de tiro, burlando así hasta lo insultante la preceptiva conveniencia del equilibrio. Lo que arrancó en Nowitzki como una alternativa ocasional ha terminado en tal afectación que figura así como una de sus principales señas de identidad. Al extremo de poder traducir su one-legged shot, donde legged refuerza al extremo su condición adjetiva, como [lanzamiento] unípedo o monoapiernado. Un recurso que el alemán ha elevado a la cuota maestra.

 

 

 

 

 

 

Ésta es pues, a muy grandes rasgos, la accidentada trayectoria del tiro en carrera y su formación alzada. Un recurso que fue durante cerca de seis décadas fisonomía predominante hasta la aparición del jump shot y su posterior desaparición sin terminar de hacerlo nunca del todo. Porque no es posible e incluso su estado latente permite especular sobre su presente y futuro.

 

El presente se empeña en demostrar que una derivación corta como el floater, a medio camino entre la entrada y el mid-range shot, tomó el mando de su espectral herencia. El floater es el recurso ofensivo que ha experimentado un mayor crecimiento en el último lustro. Se trata del tiempo de reacción al ajuste reglamentario que condujo a principios de los dos mil a la supresión de la no lay-up rule y el restablecimiento defensivo ante toda una nueva horda de penetradores a los que gradualmente se va impidiendo entrar hasta la cocina.

 

Actualmente el floater está ganando distancia y altura. Por lo que no es descartable que, de proseguir este doble incremento, sea necesario en un futuro no muy lejano fortalecer la precisión del lanzamiento con el término de tiro a dos manos, esto es, con la mecánica tradicional del jumper, al modo de Navarro ante Macedonia.

 

Desde un punto de vista estrictamente técnico y pese a ser una reliquia el tiro en carrera es uno de los recursos más modernos del baloncesto. Ejecutado en un pequeño espacio su apariencia de restallido ofensivo por altura y velocidad le conceden una ventaja surgida del athletic talent, precisamente el factor de mayor desarrollo en la selección genética del baloncesto contemporáneo.

 

Ese jugador que dote de instrumento técnico cotidiano al tiro en carrera está por llegar. Y mientras siga adelante el histórico proceso de contagio de los jugadores ejemplares al resto, tal vez estemos, propiamente, ante un recurso del futuro que hoy no alcanzamos a ver, de la misma manera que Naismith no imaginó a Bill Bradley (fig. 3) ni éste a Ray Allen.

Gran Canaria 2014 y Assignia Manresa soprendieron el mercado con sólo un día de diferencia con dos fichajes poco conocidos para el gran público. Laurence Ekperigin, con un año de experiencia profesional a caballo de Corea del Sur e Italia, y Kieron Achara, desde la LegaDue, tendrán que afrontar un importante salto de calidad en sus nuevos equipos. ¿Qué llevó a ambos clubs de la Liga Endesa a apostar por ellos?

 

Ekperigin, nacido en New York hace 23 años (aunque con pasaporte británico gracias a la nacionalidad de su madre), se dio a conocer en 2010 durante el tradicional Portsmouth Invitational Tournament, lugar de encuentro de los mejores seniors, tras su paso por la poco conocida Universidad de La Moyne. Allí lo descubrió Himar Ojeda, director deportivo del Gran Canaria 2014, quien lo define como "un jugador joven, atlético, muy intenso".

 

Sam Neter, editor de la web especializada en baloncesto británico Hoopsfix.com, ahonda en la descripción de Ekperigin, a quien describe como "un alero de gran envergadura, que puede alternar los puestos de "3" y "4", pese a no ser muy alto. Trabaja extremadamente duro simpre que está en la cancha y aportando energía desde el banquillo. Es un gran reboteador para su tamaño, y puede salir afuera, con un decente tiro desde media distancia, e incluso lanzar de tres".

 

Tras intentar ganarse un puesto en la NBA en la Summer League de Las Vegas con los Denver Nuggets, Ekperigin decidió aceptar una oferta de la exótica liga coreana para debutar como profesional de la mano del Mobis Phoebus, en Ulsan. Sólo a final de temporada, en abril, otro equipo que, como el Gran Canaria 2014, también se había fijado en Ekperigin el verano anterior, decidió apostar por él: el Angelico Biella.

 

Alessandro Giulani, general manager del equipo italiano, dijo tras fichar a Ekperigin que "le seguíamos por su agresividad y su feroz competitividad en la pintura", algo que necesitaba el Biella para evitar el descenso a la LegaDue. La aportación de Ekperigin no fue especialmente destacada en los números (3.7 puntos y 3.7 rebotes en sólo tres partidos jugados), aunque su equipo pudo salvar la categoría.

 

Su siguiente paso fue su primera convocatoria a nivel internacional tras llamar la atención de Chris Fitch, seleccionador británico. En la preparación para el Eurobasket, que no disputará al no pasar el último corte, llegó a coincidir con el que será uno de sus rivales en la Liga Endesa la próxima temporada: Kieron Achara.

 

Nacido en Stirling (Escocia), de padre nigeriano y madre escocesa (para más señas, ex-jugadora de la selección nacional), Achara también se forjó en la liga universitaria estadounidense, en Duquesne, donde pasó cinco años (uno de ellos casi en blanco por una lesión de hombro). En la NCAA, Achara destacó especialmente como buen jugador defensivo (llegando a formar parte del All-Defensive Team de la conferencia Atlantic-10 en 2007, y coincidiendo con otro nuevo fichaje de la Liga Endesa, esta vez del Obradoiro: Stephane Lasme), siendo a la vez uno de los mejores jugadores ofensivos del equipo.

 

Tras no entrar en el draft de 2008, Achara empezó su carrera como profesional en Italia, el país que más le ha visto jugar tras su paso por la universidad. Tras pasar por la Fortitudo Bologna y Angelico Biella en Lega A, y el Sigma Barcellona en LegaDue (más una breve estancia en los Scottish Rocks de su país natal), la oportunidad de dar un paso más en su carrera ha llegado este verano de la mano del Assignia Manresa.

 

"Achara es fundamentalmente un "4" que se siente más cómodo desde el perímetro que dentro", describe Sam Neter, "puede lanzar de tres y tiene también una gran envergadura, permitiéndole taponar ocasionalmente pese a no ser muy atlético".

 

Pere Capdevila, director deportivo de su nuevo club, ahonda en las palabras de Neter, al afirmar que aportará "polivalencia en el juego interior, ya que se puede desenvolver en las posiciones de '4' y '5'. Tiene habilidad para ir al rebote y para hacer tapones, gracias a su envergadura, y en ataque es capaz de jugar cerca de canasta y también de lanzar de fuera".

 

Pero más allá de lo que Achara aporte en cancha, también será muy interesante lo que aportará fuera, un aspecto muy apreciado por su nuevo entrenador, Jaume Ponsarnau. "Kieron Achara es una de las personas más afables que podrás conocer", explica Neter, "siempre tiene una sonrisa en la cara y más que dispuesto a pasar tiempo con la gente. Un persona realmente agradable que representará bien a cualquier organización."

 

Tanto Achara como Ekperigin debutarán en la Liga Endesa como el que será, quizás, el reto más importante de sus carreras. ¿Darán la talla?. "Pueden ocupar un rol en la ACB, aunque por supuesto será un paso adelante respecto a lo que han jugado antes durante la temporada regular", responde Neter, "la experiencia internacional que ambos han sumado jugando con la selección británica debería servirles también, y con suerte será una transición suave".

 

Por Alberto de Roa

"Creo que tiene un don, y ni siquiera él sabe lo grande que es porque acabamos de descubrirlo. Es un jugador de baloncesto especial, por lo que puedo ver. Tiene la capacidad mental de entender el juego en su totalidad, y de ver quién está abierto. Puede leer defensas, puede anotar, y es rápido. No es egoista pero sabe que es un anotador. Creo que es un jugador especial".

 

Quien así habló en declaraciones recogidas por NBC Sports en marzo de 2010 no era otro que Don Nelson, el histórico entrenador de los Golden State Warriors. Y el objetivo de sus elogios se llamaba Reggie Williams, hoy flamante fichaje del Caja Laboral.

 

Poco antes, Williams había anotado 25 puntos con sus Warriors ante los Clippers, liderando a su equipo a la victoria. Nada mal para un jugador que había llegado a Oakland procedente de la D-League con un inestable contrato de 10 días sólo dos meses antes.

 

Para entonces, Williams ya había demostrado que tenía un puesto en la NBA, aunque el camino no había sido nada fácil. De poco le había servido ser el máximo anotador de toda la NCAA durante dos temporadas consecutivas (2006-07 y 2007-08), algo sólo al alcance de nueve jugadores, incluídos Oscar Robertson o Pete Maravich.

 

Criado en una base militar, Williams explotó en una pequeña universidad de su estado, Virginia Military Institute (VMI). Pese a no estar especialmente cómodo con la mentalidad cartrense de la institución ("hubo ocasiones en las que quise irme", reconoció Williams años después en una entrevista a Dime), acabó convirtiéndose en todo un líder sobre la cancha. Dos años después de licenciarse, en 2010, su número 55 sería retirado.

 

Williams no sería drafteado ese año pese a dejar buenas impresiones en el Portsmouth Invitational Tournament (evento que sirve a las franquicias NBA para conocer de primera mano a los seniors universitarios), y empezaría su carrera profesional en Francia. En el Dijon, Williams daría alguna muestra de su talento anotador, pero no lo suficiente para dejar huella en la LNB francesa.

 

Al año siguiente, Williams decide regresar a Estados Unidos para perseguir su sueño NBA más de cerca. Seleccionado por los Sioux Falls Skyforce en el draft de 2010 en un sorprendentemente bajo 45º puesto, llega su gran explosión. Gracias a su incontinencia ofensiva, con un 26.3 puntos por encuentro conseguidos con una efectividad envidiable (57.6% en tiros de campo, 41.0% en triples y 82.4% en tiros libres), acabaría recibiendo un contrato temporal por los Warriors que la franquicia no dejaría de renovar hasta que el lockout cerró las puertas de la NBA.

 

A las órdenes primero de Nelson, y luego de Keith Smart, Williams tendría via libre para desarrollar sus fundamentos. En un equipo con atacantes de primera clase como Monta Ellis o Stephen Curry, y con uno de los mejores triplistas de la liga como Dorell Wright, Williams se convertía en el encargado de mantener la producción ofensiva en la segunda unidad del equipo. Su principal virtud, su muñeca tremendamente regular capaz de grandes noches, como la del pasado 8 de diciembre. Ante los potentes Spurs, Williams enchufaría 8 de sus 10 triples intentados para acabar con 31 puntos en 35 minutos jugados. Ser zurdo, además, le da un plus de imprevisibilidad que sabe aprovechar.

 

Durante su carrera, Williams ha alternado el puesto de "2" con el de "3", el más habitual durante su etapa en Golden State. Si su gran virtud está en el ataque, sus debilidades se centran en el otro lado de la pista. Puede ser un defensor incómodo ante rivales sin un gran manejo de balón en el uno contra uno, forzando pérdidas con una cierta facilidad, pero sufre especialmente ante atacantes rápidos y hábiles.

 

En los eminentemente ofensivos Warriors, Williams no estaba exigido especialmente en defensa, algo que en el Caja Laboral sin duda va a cambiar. En su favor, pero, tiene una de las herencias que recibió (quizás a su pesar) en su universidad militar. Su capacidad de esfuerzo y sacrificio, y una mente centrada absolutamente en el baloncesto le han permitido mejorar en todos sus aspectos desde su discreta primera experiencia como profesional en Francia. A punto de cumplir los 25 años, aún tiene margen de mejora y de adaptación al baloncesto europeo.

 

En la entrevista que concedió a Dime, en 2010, Williams no dudo en afirmar que "sé que soy conocido por ser un anotador, pero quiero enseñar a la gente que puedo hacer todo lo demás. Puedo anotar 25 puntos por partido, pero quiero también conseguir seis o siete rebotes, cinco o seis asistencias. Creo que puedo aportar mucho más". En Vitoria, podrá demostrarlo.

 

Por Alberto de Roa

El Obradoiro CAB ha atado en el exterior al nigeriano Ebi Ere, alero procedente de una de las sorpresas de la Lega italiana 2010-11, el Pepsi Caserta. Giuseppe Nigro, periodista de La Gazzetta dello Sport y Basketworld.com, nos cuenta algo más sobre la nueva incorporación gallega:



"Pese a su edad (tiene 30 años), Ere muestra en su juego una frescura atlética que le asegura a su equipo una presencia física en su puesto... y eso que midiendo 1,95 a veces puede encontrarse con rivales más altos en su posición"


"Lo más curioso de sus dos temporadas en Caserta es que ha realizado exactamente la misma media anotadora (14,1 puntos) pese a cambiar un poco su juego: la pasada campaña lanzó un poco más pero peor de dos y un poco menos pero mejor desde la línea de tres, cambiando en parte su juego con la nueva distancia pero también consiguiendo menos puntos en contraataques, generados más por su intensidad que por sus conceptos defensivos"


"Es un gran anotador de rachas, aunque no excesivamente regular; puede llevar varios partidos malos y seguir tirando sin éxito y de repente, meter 4-5 tiros lejanos consecutivos y cambiar totalmente el desarrollo de un partido. También es capaz de atacar el aro o anotar con una suspensión de media distancia"

 

 

 

 


"En Caserta encajaba perfectamente en un juego de estilo libre, basado en el talento de sus jugadores y en muchos más aclarados que juego colectivo. Hay que ver cómo se adapta a un estilo de juego diferente"

El Obradoiro CAB se ha hecho con los servicios de Stephane Lasme, un pívot de Gabón que ha tenido una doble experiencia en la Euroliga, jugando para el Partizan y posteriormente para el Maccabi Tel Aviv. Llega desde Estados Unidos, donde militó la pasada campaña en los Maine Red Claws de la liga de desarrollo americana. Hablamos con Javier Gancedo, redactor de Euroleague.net, que nos presenta las virtudes y defectos del nuevo jugador del equipo gallego:

"Es un buen taponador, un jugador muy físico y muy fuerte con buen timing de salto y, como digo, tapona muchísimo. Cuando jugó en la Universidad de Massachusets, consiguió un récord de la NCAA en triples dobles [NdR: más triples dobles en una temporada con cuatro, igualando a Jason Kidd y al ex ACB Michael Anderson. Lasme es el único que lo ha logrado con tapones). En defensa, tiene todo lo que ha de tener: rebote, timing, intensidad... todo lo hace bien"

 

 

 

 

 

"En ataque es más resolutivo de lo que mucha gente cree. Tiene un par de movimientos muy efectivos, concretamente un semigancho y una media vuelta, además de que puede meterla desde 4-5 metros. A mí personalmente me gusta mucho y me sorprende que no triunfase en el Maccabi, donde sí estuvo fino en defensa pero no tanto en ataque y no acompañó que el equipo cayera eliminado en la Euroleague contra el Partizan, su ex equipo. Luego hubo algo raro con el Spartak San Petersburgo, porque firmó allí y acabó yéndose a Estados Unidos antes de empezar la temporada".

"Es principalmente un ala-pívot, aunque puede llegar a jugar de "5" buscando combinaciones defensivas. Creo que a Obradoiro le ha quedado un juego interior guapo con él, Kendall, Hopkins etc..."

El Club Baloncesto Fuenlabrada ha vuelto a demostrar su habilidad en los despachos al hacerse con el pívot senegalés Mouhamed Saer Sene (2.11, 25 años), que estaba libre al haber concluido su vinculación contractual con el BCM Gravelines- Dunkerque de la liga ProA francesa. 

 

Saer Sene (o Mo, como es conocido entre sus amigos), nació en Thiès, la tercera ciudad de Senegal. Pese a su voluntad en ser mecánico, su padre se empeñó en que jugase al baloncesto, y no comenzó a practicarlo con seriedad hasta los 17 años, en la SEED Basket Academy de su ciudad natal, una academia para el desarrollo de jóvenes valores baloncestísticos senegaleses perteneciente a la Fundación SEEDS (Sports for Education and Economic Development in Senegal), una organización sin ánimo de lucro fundada en el año 2002 por Amadou Gallo Fall, nacido en Senegal y scout internacional de los Dallas Mavericks. Hace una década, el deporte rey en Senegal era el fútbol, y muy pocos niños jugaban con la pelota naranja, pues no hay ligas para jugadores menores de 13 años. Esa es la razón de la dedicación tardía de Saer Sene al baloncesto, al igual que su predecesor en la NBA, DeSagana Diop, que confesaba en una entrevista que prefería el fútbol y que no le gustaba el baloncesto, pero que era mucho más grande que el resto de los niños a su edad, y que eso fue lo que hizo que comenzase a jugar al basket. 

 

Mientras vivía en la SEED Academy, tiene ocasión de jugar en el US Rail de la D1 senegalesa, donde disputa la temporada 2003-04. En 2004, se proclama campeón en los Juegos Universitarios Africanos en Nigeria, y es invitado a participar en el Reebok Euro Camp de Treviso y en el Adidas Superstar Camp Europe de Berlín, donde es elegido para el equipo All-Star. A finales de ese año, formaba parte del Interhoop African All-Stars, un equipo formado para jugar partidos de exhibición contra varias universidades estadounidenses. La temporada 2004-05 era contratado por el Spirou Charleroi belga, para formar parte de su equipo junior, y en junio de 2005 tenía la oportunidad, nuevamente, de mostrar su juego a los scouts NBA en el Reebok Big Man Camp de Treviso, pero seguía estando demasiado verde. Es conveniente recordar que sólo llevaba dos años jugando al baloncesto.  

 

Su primera experiencia profesional tuvo lugar en la Liga Ethias, en Bélgica, en las filas del RBC Verviers-Pepinster. Según Sene, en una entrevista concedida poco antes del draft a Jorge Sierra en hoopshype.com, fue una experiencia difícil en el aspecto personal, sintiendo la soledad en su apartamento, pues tenía a su familia en su país natal, y debía adaptarse a la vida en Europa. La ayuda de sus compañeros fue fundamental para integrarlo y, pese a ser un jugador de banquillo en pleno aprendizaje (su promedio fue de 4 puntos, 5.2 rebotes y 1 tapón por partido), destacó en algunos encuentros donde logró cifras espectaculares en rebotes (más de 20 en algún partido). 

 

Su descubrimiento al mundo tuvo lugar en el Nike Hoop Summit del año 2006, donde lograba 15 puntos (6/8 en tiros de campo), 6 rebotes y 9 tapones, igualando el récord taponador del partido de exhibición logrado por Kevin Garnett años atrás. Un récord que rompería el congoleño Bismack Biyombo este mismo año, al lograr diez tapones. Su gran actuación en el Nike Hoop Summit provocó que muchas franquicias NBA se fijaran en un jugador cuya participación en la liga belga había sido muy escasa.  

 

Quizás demasiado pronto, llegó  el sueño americano para Saer Sene. La historia de los jugadores senegaleses en la NBA comienza en la temporada 1998-99, cuando Makhtar N'Diaye, miembro de los Tar Heels de North Carolina en la Final Four NCAA de 1998, junto con Vince Carter y Antawn Jamison, firmó como agente libre por los Vancouver Grizzlies. Su carrera en la liga profesional no fue muy exitosa, pues sólo apareció en 4 partidos y anotó cinco puntos. Dos años después, Mamadou N'Diaye, que logró el récord de tapones en Auburn, superando el precedente de Charles Barkley, se convertía en el primer senegalés drafteado, al ser seleccionado en el puesto 26 del draft de 2001 por los Denver Nuggets. Malik Badiane fue elegido por Houston Rockets en el puesto 44 en el draft de 2003, y Pape Sow fue elegido en el puesto 47, el año siguiente, por Miami Heat. Pese a no ser drafteado, Boniface Ndong jugaría con Los Angeles Clippers en la temporada 2005-06, y llegaba el año 2006, cuando dos senegaleses eran drafteados. Cheikh Samb era seleccionado en el puesto 56 por Los Angeles Lakers, y Mouhamed Saer Sene era elegido en puestos de lotería: décima elección por Seattle Supersonics. 

 

La historia de su relación intermitente con la NBA y su relativo fracaso es de sobras conocida. Hasta 2009, alternó la liga profesional con la liga de desarrollo, y pasó por un sinfín de equipos: Seattle SuperSonics (NBA); Idaho Stampede (NBDL); Oklahoma City Thunders (NBA); Alburquerque Thunderbirds (NBDL) y New York Knicks (NBA), jugando un total de 47 partidos en la NBA, con 2.2puntos, 1.6 rebotes y 0.5 tapones en 5.5 minutos de promedio. En la NBDL, Sene fue proclamado (junto con Stephane Lasme, reciente fichaje de Obradoiro) jugador defensivo de la temporada 2007-08, en su etapa en Idaho. Sus números en los 52 partidos disputados en la NBDL fueron 11.2 puntos, 8.8 rebotes y 2.1 tapones en 26.7 minutos. 

 

En su retorno a Europa, en la temporada 2009-10, Saer Sene recaló en la liga francesa, en el Hyères- Toulon Var Basket, convirtiéndose en el máximo reboteador (11.3) y taponador (2.41) de la ProA, lo que le sirvió para ser nombrado mejor defensor de la liga. Promedió, además, 12.4 puntos. 

 

A inicios de la pasada temporada, concretamente en junio, el Charleroi hizo público que había contratado a Saer Sene para que jugase en el equipo belga durante dos temporadas. Poco después se fue de vacaciones a Senegal, y no se incorporó a su nuevo equipo cuando comenzó la temporada, alegando que tenía problemas con su pasaporte y que no podía salir de Senegal. Pese a sonar para algún equipo ACB como Manresa, finalmente, los problemas con su visado acabaron liquidando el contrato con Charleroi de común acuerdo. Charleroi pasaba la ronda previa y se clasificaba para la fase de grupos de la Euroliga sin la participación de Sene. No era la primera vez que Sene manifestaba problemas burocráticos para salir de Senegal. No en vano, mientras militaba en el HTV, la temporada anterior, se había perdido algún partido en febrero porque no podía salir de Senegal al haber extraviado su pasaporte. 

 

En noviembre de 2010, el conjunto francés BCM Gravelines- Dunkerque anunció el fichaje de Saer Sene hasta el final de la temporada, ocupando la plaza libre que había dejado Chris Owens al marchar al Mariupol ucraniano. El hecho de que Sene se encontrara sin equipo había provocado que su caché bajara sensiblemente, por lo que el equipo marítimo lograba ficharlo por la mitad de lo que pedía el jugador inicialmente. 

 

La temporada pasada, en Gravelines- Dunkerque, fue un jugador importante para su entrenador Christian Moschau. Pese a no ser uno de los jugadores interiores titulares, responsabilidad que recaía en Dounia Issa y Cyril Akpomedah, Mo se convertía en una de las presencias más determinantes en la pintura de la liga, en el equipo más intimidador para los jugadores rivales. Sene era el cuarto mejor taponador de la ProA francesa (1.30 tapones por partido en liga regular), y junto con sus compañeros Issa (quinto mejor taponador, con 1.28) y Akpomedah (mejor taponador, con 2 tapones de media), conformaban un muro infranqueable. Acabó como octavo mejor reboteador de la liga (7.30) y tercer mejor reboteador ofensivo (3.25). Tuvo partidos muy destacables, como los 20 puntos, 16 rebotes (7 ofensivos) y 4 tapones en 26 minutos, en el triunfo de su equipo frente a Orléans; los 22 puntos y 12 rebotes (8 ofensivos) en la derrota del BCM con la Chorale Roanne, o los 13 puntos, 14 rebotes (6 ofensivos) y 2 tapones en el triunfo marítimo frente a su antiguo equipo, Hyères-Toulon. 

 

Su participación fue decisiva para que Gravelines- Dunkerque se proclamara campeón de la Semaine des As (competición calcada a la Copa del Rey de la ACB), especialmente por su actuación en el partido de cuartos frente a la Chorale Roanne: 24 puntos, 6 rebotes y 3 tapones, e imponiéndose a Uche Nsonwu- Amadi, center roannais y uno de los pívots más dominantes del campeonato francés. 

 

Saer Sene destaca por su constitución atlética, que le permite saltar a taponar tiros rivales y, en la misma jugada, correr el contraataque para culminarlo con un poderoso mate. Dotado de una gran envergadura, sus largos brazos le permiten rebotear y taponar con facilidad, convirtiéndose en una pesadilla para sus rivales. Aunque, en ocasiones, ese ansia taponadora que posee le hace saltar a destiempo, cayendo en las argucias del pívot rival e incurriendo en falta. 

 

Una de sus jugadas favoritas que, a bien seguro veremos este año en muchas ocasiones en la Liga Endesa, es capturar el rebote ofensivo tras lanzamiento de un compañero, y hundir la pelota con un mate imponente, levantando las rodillas hasta la altura de su barbilla. 

 

Aunque su corte sea eminentemente defensivo (ha sido comparado muchas veces con Dikembe Mutombo), ha desarrollado un curioso ganchito por elevación bastante efectivo. El tiro en suspensión no es uno de sus fuertes y no resulta habitual verlo practicarlo aunque, si se le flota mucho, es capaz de sorprender a su defensor con un tiro de media distancia. Pero el que quizás sea su mayor problema es su errático lanzamiento en los tiros libres, algo preocupante en un jugador interior que acude con frecuencia a la línea. 

 

Pese a su perfil defensivo, Saer Sene ha declarado que él es algo más que un defensor y que desea progresar en ataque. En una entrevista concedida a sport24.com, en su época con el HTV francés, manifestaba que su intención es progresar en ataque y desarrollar su técnica. Si los entrenadores de Fuenlabrada consiguen que Sene evolucione en ataque, podemos encontrarnos ante uno de los mejores fichajes de la temporada.

Con el fichaje de Manolis Papamakarios, el Lagun Aro GBC ha completado su perímetro. El jugador griego se une a Jimmy Baron en la posición de "2" y podría ayudar en la rotación a los bases Javi Salgado y Raulzinho Neto. Pero... ¿Cómo juega? Javier Gancedo, redactor de Euroleague.net, nos da algunas pistas:

 

"Es un gran jugador de equipo y nunca se rinde. Además, es un muy buen defensor para las posiciones de "1" o de "2". Se puede decir que es un currante, un trabajador, y que se pone a disposición del equipo. Además, le he podido conocer en persona y tiene muy buen trato con la prensa y es muy amable con los aficionados. Él era siempre el primero en dar la cara; tiene carácter, pero positivo y no destructivo".

 

 

 

 

 

"Su posición natural es la de escolta, pero ha jugado más de base que en otras posiciones hasta ahora. Creo que puede ser un buen complemento para Baron, ya que pueden jugar juntos porque son muy distintos. En ataque, Papamakarios a veces puede abusar del tiro de tres. Su mayor problema es que no han terminado de triunfar los exteriores griegos que han venido a España; excepto Vasileiadis, no recuerdo ninguno que le fuera especialmente bien. Creo que con Papamakarios puede ser distinto porque tiene sentido del juego".

Kahiem Seawright, o el premio al trabajo y la perseverancia. Ese podía ser el titular que mejor define al reciente fichaje de Blancos de Rueda Valladolid. Pívot de 2,03 metros de altura y 24 años (17 de diciembre de 1986), el norteamericano ya destacó en el High School (Uniondale HS), siendo seleccionado para disputar el Jordan Classic 2005 que reúne en el Madison Square Garden a los mejores jugadores de instituto.

 

Sin abandonar el área de New York, fue reclutado por Rhode Island para iniciar su formación, completando el ciclo universitario de cuatro temporadas. Uno de sus grandes apoyos para no dejarse influir por un ambiente difícil fue su madre, que siempre se sentaba detrás del banquillo local de los Rams para ver jugar a su hijo. En su año sénior, justo después de que su madre falleciera, KS promedió 14,2 puntos (50% de dos y 69% en tiros libres), 7,5 rebotes, 2,2 asistencias y 1 tapón en casi 31 minutos de media, siendo uno de las claves del equipo junto al jugador de Lagun Aro GBC Jimmy Baron.

 

 

 

 

 

Llegarían hasta la Final de la Conferencia Atlantic 10 y a título individual Seawright conseguiría una invitación para el PIT (Portsmouth Invitational Tournament), uno de los grandes escaparates para los jugadores que ponen fin al ciclo universitario y se preparan para dar el salto al baloncesto profesional.

 

Su primera experiencia como profesional le llevó a recalar en C.B. Tarragona 2017 de la Adecco Oro, ayudando al equipo a conseguir la permanencia en un año siempre difícil para un rookie. Fue la temporada pasada cuando explotó en la segunda categoría del baloncesto español en las filas de Baloncesto León, siendo el referente absoluto en la pintura del equipo que dirige Javier de Grado: quinto máximo anotador (15,53 puntos), cuarto mejor reboteador (7,68 rechaces) y segundo jugador más valorado de la categoría con 18,74 p.v.

 

Pese a no contar con muchos centímetros cuenta con un buen físico. Excelente defensor y reboteador (le gusta cargar el rebote ofensivo), finaliza bien corriendo bien la pista en contraataque o construyendo desde fuera hacia dentro ya que no tiene tiro de larga distancia, su principal talón de Aquiles pero que puede ir consolidando con trabajo y el tiempo. Suele finalizar con tiros cortos a la media vuelta, ganchos o mates.

 

Pero no solo destaca por sus cualidades táctico-técnicas dentro de la pista. Es el jugador americano que todo equipo busca o querría tener, una persona que se integra desde el primer día, valorado por sus entrenadores y compañeros, se involucra con el equipo y la ciudad en la que está y un trabajador nato que no se pierde siquiera un entrenamiento voluntario.

 
Por Chema de Lucas (Solobasket.com)

Raul Neto, conocido también como Raulzinho. Este es el nombre del flamante fichaje del Lagun Aro GBC. Quizá no les suene demasiado a muchos, pero jugar un Mundial de baloncesto con 18 años, en una selección con el nombre de Brasil, no es algo que esté al alcance de muchos.

 

Este dato nos sirve como introducción a uno de los mayores talentos emergentes en toda Sudamérica, que promete dar muchas alegrías a la afición donostiarra. Quizá –probablemente– no sea en este primer año, ya que va a tener que cobrar un peaje que quizá en un comienzo le resulte un poco duro –nuevo país, nueva competición, nuevas exigencias, pulir detalles…–, pero en un futuro cercano puede convertirse en un extraordinario jugador, por cualidades y entrega no quedará.

 

 

Raulzinho ya ha debutado con la selección brasileña (Foto Aitor Bouzo)

 Raulzinho ya ha debutado con la selección brasileña (Foto Aitor Bouzo)

 

 

Raulzinho es un base brasileño de 1.88, notablemente fibrado y potente y con unas grandes cualidades atléticas que lo diferencian del resto. Tremendamente explosivo es un jugador muy difícil de parar con el campo abierto, por su manejo de balón y tremenda velocidad tanto de piernas como de ejecución. Normalmente le gusta ir hacia el aro, acabar por sí mismo, obcecándose a veces en demasía con la anotación. Este es un factor que ha de mejorar –tiene las facultades para ello, es un notable pasador, muchas veces incluso arriesgando demasiado en un exceso de creatividad–, mezclando esas habilidades para finalizar como para crear ventajas para la creación de juego sacando una visión más panorámica.

 

En estático, debe aprender a dirigir y saber llevar al equipo de una forma más pausada, ya que no es un base director puro, aunque jugar con Javi Salgado le ayudará para saber leer mejor el juego y los tiempos del mismo. A pesar de ello, es un jugador con mucho desparpajo, que pone mucho ímpetu en sus acciones y que podría evolucionar en un buen líder.

 

Es más un jugador creador que director, sobre todo por su facilidad para desbordar en el 1x1, con un primer paso endiablado y una buena gama de soluciones técnicas en su camino al aro y bastante facilidad para finalizar en bandejas, tiros cortos en carrera o bombas a una mano. Puede pasar el balón, viendo los cortes, aunque realmente es algo en lo que tiene que mejorar, sobre todo en la lectura, ya que deja destellos de buena visión, pero muchas veces solo ve el aro. Esto es algo que aprenderá a leer mejor con la competición, no me cabe duda alguna.

 

En cuanto al tiro, tiene buen ejecución y rapidez, aunque aún demasiado racheado y que gana en porcentaje cuando lanza con los pies orientados. Puede crearse sus tiros de media y larga distancia, ejecutar situaciones difíciles tras bote-dribbling y saliendo de bloqueos, aunque debe ganar estabilidad en esta situaciones.

 

Defensivamente es un jugador entregado, que se va a emplear a fondo, sobre todo porque de su trabajo defensivo inicial van a depender mucho los minutos que pueda arañar. Tiene un buen desplazamiento lateral, es rápido de manos y lee muy bien las líneas de pase para salir volando. Puede aguantar el choque y atacar el rebote de fuera hacia dentro con bastante fuerza.

 

Definitivamente, un muy buen movimiento por parte del Lagun Aro GBC. Si bien su explosión se espera en un futuro corto y no tanto en esta temporada que le servirá de un aprendizaje impagable.

Jon de la Presa