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Hoy hablaremos de las frecuentes insensateces que podeis encontrar en cualquiera de los aeropuertos del mundo. Hasta el punto que es posible que en alguna ocasión os veais inmersos en estas situaciones más de lo que deseeis.

 

Advertencia a los lectores: Cuando esto suceda, dejad de leer.

 

Los aeropuertos son lugares donde suceden cosas extrañisimas, tantas que es posible que pasen desapercibidas ante nuestras narices, PERO no ante las mías.

 

Nada más llegar, se abren las puertas automáticas de un universo paralelo, te cruzas con un grupo de chinos a toda velocidad que persiguen una banderita azul cual si fueran galgos de carreras, tres cadáveres acampados en las inmediaciones con un territorio y una ley propia, un tío de Nápoles que intenta revender los billetes –es una ganga-, una familia que a primera vista parece sensata pero que pierde absolutamente la cordura cuando empieza a plastificar una maleta, y otra, el equipaje de mano, el perro, los hijos y la abuela… y  todo esto bajo la atenta mirada de una multitud de japoneses hi-tech haciendo fotos como locos. Clic.

 

En medio de esta aventura, te posicionas en la cola del check-in teniendo la sensación que las demás filas que te rodean van siempre más rápidas. Al final del check-in te despides con una lágrima de tus maletas, esperando volverlas a ver algún día sin pagar un rescate.
Antes de pasar al mágico mundo de los pasajeros en tránsito, todavía debes atravesar la puerta estelar, en la que sólo a las almas más puras y delicadas se les permite la entrada, aquí lo llamamos detector de metales.


Primero debes atravesar un cúmulo de gente vaciando impulsivamente botellas y botellas de líquidos cual si estuvieran en mitad de un oasis, te diriges a una nueva cola, y conforme te colocas echas un camaleónico vistazo a tu alrededor (otra vez la sensación del check-in). Al acercarte al detector, los guardias empiezan a desnudar a la gente, especialmente al tío que no tenemos ninguna gana de ver en paños menores porque el detector no deja de pitar e iluminarse. Sin embargo a aquella rubia de perfectas medidas, a la cual no le hacen quitarse ni el abrigo, el detector no le dice ni mu, como mucho podría silbarle o sacarle una alfombra roja.

 

To be continued…