Durant suele sacar una cabeza a sus rivales
Después de su fulgurante paso por la Universidad de Texas, convirtiéndose posiblemente en el mejor jugador de toda la NCAA a pesar de su condición de novato, su elección en el draft y posterior aterrizaje en la NBA ha venido envuelto en la aureola propia de quien ya se le considera una figura de este deporte. Es el hombre, el particular elegido de los Sonics para cambiar el rumbo de la franquicia del estado de Washington y entrar en una nueva era de éxitos deportivos a rebufo de sus portentosas cualidades para practicar este deporte.
Sin embargo, sus primeras semanas como profesional están deparando una sensación de moderada decepción, no tanto en relación al potencial percibido una vez que ha entrado en contacto con un baloncesto maduro, sino a su rendimiento inmediato. Durant se está mostrando muy errático en su juego, especialmente fallón en sus tiros, que son al fin y al cabo el eje principal de su baloncesto.
Es una suerte el tiro a la que Durant accede con sonrojante facilidad. 206 centímetros de altura, con unos interminables brazos que abarcan unos increíbles 225 centímetros de envergadura, en un jugador tremendamente móvil y con una extraordinaria técnica individual, son argumentos de un peso difícilmente contestable. Desde todas las distancias posibles, de parado y tras bote, atacando izquierda o derecha, con fade away y a la media vuelta, viniendo de un corte y tras recibir en el poste bajo, girando sobre su hombro izquierdo o derecho; y especialmente, mostrando esa casi imparable habilidad para vivir sobre la cabeza de su rival. Tirando de frases hechas, las puede meter de todos los colores, aunque últimamente podríamos adaptarlo a un las puede tirar de todos los colores.
Su poco acierto en los lanzamientos a canasta, y su limitada aportación en otras facetas del juego, está haciendo más evidente la particularidad del papel que ha asumido desde su primer partido oficial en la NBA vistiendo la camiseta de los Sonics. Como refleja el manido título de estas líneas, Durant tiene licencia para tirar.
Da igual que sólo tenga 19 años, que sea un recién llegado sin experiencia previa a ese nivel, que comparta equipo con un puñado de veteranos con varias temporadas a sus espaldas (por flojo que sea su nivel), o que no meta sus tiros; no hay periodo de adaptación o acoplamiento, no hay jerarquía que valga, o sí la hay, pero es el propio Durant quien asoma en lo alto de la misma. Entrenador incluido.
Basta trazar una situación paralela en Europa para darse cuenta del abismo que separa ambos baloncestos. Aunque el caso de Durant no es frecuente y está limitado a auténticos fueras de serie en equipos flojos, igualmente sería inimaginable en nuestro continente que un jugador de esa edad, recién llegado a un club, sin experiencia previa a ese nivel, se le permitiese partido tras partido tirarse hasta las zapatillas con pésimos porcentajes mientras su equipo acumula derrotas. Al contrario, con mucha frecuencia se impone la secuencia error-banquillo.
Pero en el fondo, tiene toda la lógica del mundo que existan estas diferencias. La NBA es una liga donde el medio y el largo plazo importan a menudo más que el ahora, porque no hay descensos y existe una relativa paridad auspiciada por una normativa salarial que favorece la continuidad de los proyectos deportivos y de sus estrellas. Es la liga de las superestrellas, jugadores que marcan diferencias y que no se compran o venden, a lo sumo se traspasan y en contadísimas ocasiones se fichan como agentes libres. Por eso suelen ser el principal activo de cada franquicia, de ahí su enorme importancia y poder.
Durant está llamado a convertirse en uno de ellos, y si las cosas no se tuercen en algún punto, podría fácilmente ser el referente de los Sonics en los próximos tres lustros. De hecho, uno de los objetivos de la franquicia esta temporada, si no el principal, será consolidarle como una estrella en la liga. Su entrenador lo sabe y él lo sabe.
Creo que caben pocas dudas sobre el papel estelar que aguarda a Durant en futuras temporadas, y sin embargo asaltan interrogantes sobre el posible efecto de esta enorme libertad de actuación, esta relativa ausencia de responsabilidad, tanto en lo referido a sus propios actos como al resultado de su equipo partido a partido. ¿Podrá afectar en algún grado a la competitividad futura del jugador?, ¿quizás a su capacidad para ser parte integral y liderar grupos humanos?
En una secuencia lógica de hechos, Durant empezaría a meter sus tiros y entraría en una vorágine estadística que en muy pocas temporadas debería llevarle a codearse con los máximos anotadores de la NBA. La pregunta es, ¿será capaz de arrastrar a sus compañeros hacia la senda victoriosa con igual éxito?
Al final, el propio carácter de Durant será más determinante que sus circunstancias a estas alturas de la película (es muy joven, pero está relativamente formado). Sin embargo, de alguna manera me parece una cierta perversión de lo que debería ser entrar en un baloncesto competitivo, donde los retos y el afán de superación personal, pero siempre en el marco de la corresponsabilidad por unos resultados de equipo, deberían marcar la pauta de crecimiento para un jugador en este estadio de su carrera.
