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Inauguramos hoy este modesto espacio en ACB.com que pretende acercar al lector a los nuevos valores baloncestísticos que emergen cada año en tan diferentes puntos del Globo. No hay ánimo de exhaustividad en el empeño, tampoco se trata de ejercer de futurólogos. Se trata de abrir una puerta a las nuevas hornadas de jugadores llamados a mantener viva nuestra pasión por este deporte.

 

Esta pretensión, esta mirada al futuro del baloncesto, puede parecer fútil al lector, una pérdida de tiempo. ¿Por qué preocuparse por imberbes de dudoso nivel actual si podemos disfrutar hoy de jugadores que se encuentran en el cénit de su carrera? ¿A qué viene tanta preocupación por el futuro cuando cada temporada se hace historia al máximo nivel internacional? Ya habrá tiempo para seguir las evoluciones de estos jóvenes cuando sean capaces de rendir en la élite, ¿no es cierto?

 

No deja de asistir la razón a quienes piensan de esta manera. Indudablemente el baloncesto de más quilates se encuentra en competiciones como la ACB, la Euroliga, la NBA o los campeonatos de selecciones. Y sin embargo, siempre entendiendo esta curiosidad por el baloncesto de base como un complemento al disfrute de la élite, es fácil dejarse atrapar por la fascinación que produce el talento bruto de quienes son más potencia que realidad.

 

En cualquier ámbito de la vida, la juventud suele representar ese estadio donde todavía (casi) todo es posible. Es época de sueños e ilusión, de libertad en tanto en cuanto no se asumen grandes responsabilidades, de descaro ante el status quo.

 

Juventud divino tesoro, que se dice.

 

Ya llegará el momento de las decepciones, los sinsabores, las expectativas no cumplidas, las metas no alcanzadas y el conformismo ante una realidad, a veces cruel, pero que fundamentalmente requiere un trabajo más sólido que el material de que están hechos los sueños.

 

¿Por qué no regalarnos pues un poco de esa juventud? No sólo eso, ¿por qué no atender a ese desafío que supone la maduración, afrontar la consecución de esos sueños, pasar del juego de niños al juego de hombres, el choque del talento virgen ante el establishment, del principiante ante el experto, de David contra Goliat?

 

Recorriendo caminos más prosaicos, también hay algo de morbosa curiosidad por anticipar los protagonistas de las futuras jerarquías, por saber quienes van a marcar la pauta en años venideros. Tampoco hay que olvidar que, sabiendo de dónde viene un jugador, sus características, virtudes y defectos en la etapa de formación, expuestas en categorías donde prevalece cierta libertad de juego y un nivel propicio para enseñarlas, podemos conocer mejor la naturaleza de su baloncesto y sus posibilidades dentro de una cancha.

 

Pero significa, en última instancia, la búsqueda de esos jugadores especiales que nos hacen vibrar al ritmo de su baloncesto, con los que gozamos de este deporte en toda su intensidad.

 

Valga como ejemplo los tres jóvenes que a día de hoy ilustran el margen derecho de este blog. Ricky Rubio, Danilo Gallinari y Milos Teodosic son tres perfectos exponentes de cómo la juventud se abre camino a base de talento, trabajo, inteligencia y descaro. Son tres chicos que, más allá de disfrutar de destacadas características físicas, aúnan una depurada técnica y una privilegiada mente para entender este juego, siendo capaces de hacerse un hueco de creciente importancia en la élite europea a su tierna edad.

 

Tres modelos a imitar, se podría decir, pero su excepcionalidad no entiende de normalizaciones. En el fondo, es la unicidad y el matiz irrepetible donde reside buena parte del encanto, la individualidad de cada uno al servicio de un deporte genuinamente de equipo.

 

Ellos tres, ya a su manera protagonistas en las más exigentes ligas europeas, también lo serán aquí. Ellos y muchos otros jóvenes que reclamarán nuestra atención periódicamente. Sólo queda dejarse seducir.