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En esta nueva actualización os voy a contar una de las experiencias vividas, esta vez  fuera del baloncesto.

La vida como deportista me ha conducido a cumplir sueños, y eso significa vivir sensaciones indescriptibles. Aún así, también hay otro tipo de sensaciones que me gustaría experimentar, y que por ahora deberán esperar.

A lo largo de una temporada se viven momentos de tensión, cansancio físico y mental, victorias, derrotas… Todo un cúmulo de situaciones que provocan la necesidad de romper con la rutina diaria en cuanto finaliza la competición. Hay algunas actividades que me encantaría poder experimentar, y una de ellas se hizo posible el pasado verano

Después de una temporada de mucho desgaste y parte del verano con la selección, necesitaba renovar las pilas y ¡vaya si lo hice! Me desplacé con mi hermano hasta Empuriabrava (Girona) para hacer paracaidismo, ya que él lo había hecho cuatro años atrás y fue una experiencia que me recomendó.

 

 



Antes de subir a la avioneta, me colocaron el arnés y me enseñaron las posiciones que había que seguir en el momento del salto y en la apertura del paracaídas. Tras esta instrucción previa, ya estaba lista para el despegue. Estuve durante unos quince minutos en la avioneta, hasta que alcanzamos los 4.000 metros. Era el momento de saltar. Tengo que reconocer que en ningún momento me sentí nerviosa (saber que iba pegada a un instructor que salta entre 10 y 15 veces al día me daba tranquilidad, jeje). Pero la cosa cambió cuando pude observar cómo iban saltando todos los que estaban en la avioneta y se acercaba mi turno.

 

Cuando asomé la cabeza fuera del avión, ví el salto de mi hermano, que en cuestión de décimas de segundo ya estaba lejísimos… Realmente, ahí sentí una sensación rara en mi estómago.

 

 

 

Mi turno había llegado. Salté y durante aproximadamente un minuto experimenté la caída libre. ¡Woooow! A unos 1.500 metros del suelo, el instructor abrió el paracaídas y planeamos hasta el momento del aterrizaje. El día no era del todo despejado pero, una vez abierto el paracaídas, pude ver la costa desde una perspectiva espectacular y, obviamente, nueva para mí. También debo confesar que durante el aterrizaje sólo me preocupaba no sufrir ningún tropiezo al tocar el suelo y, sobretodo, que si sucedía no fuera grabado en video, jeje. Por suerte, nada de eso pasó.

 


 

Fue increíble. Tanto, que al tocar con los pies en el suelo tenía ganas de volver a saltar. Quién sí respiró tranquilo fue mi padre al recibir la llamada de teléfono confirmando que ya estaba con los dos pies en el suelo, renovada por dentro e intacta por fuera, jeje.

 


 
Tachado ya el salto en paracaídas de mi lista de experiencias por vivir, me encantaría probar otras sensaciones, como practicar snowboard, puenting… Sin embargo, de momento, permanecerán en esa lista que espero poder ir cumpliendo con los años.

Recomiendo esta experiencia a cualquiera porque es algo incomparable. ¿Os atrevéis?

 

Estaba en casa viendo algunas fotos de cuando era pequeña y pensé que sería una buena idea haceros saber cómo empecé a jugar al baloncesto; puede que muchos sepáis cómo es mi día a día, pero quizás desconocéis mis inicios. La verdad es que no elegí jugar a baloncesto por casualidad, si no porque mi hermano era un espejo para mi (de ahí eso de llevar el dorsal 6). Quería jugar, pero el hecho de que hasta los seis años no pudiese empezar a hacerlo en el colegio me llevó a probarlo antes con otro deporte.

 



Mi profesor de Educación Física (bueno, no sé realmente cómo se llamaba la asignatura a esa edad, en P-5, ni siquiera había empezado la primaria) recomendó a mis padres que por mis condiciones físicas me llevaran a un centro de gimnasia artística conocido como “la Fuixarda”. La verdad es que a pesar de tener 5 o 6 años, recuerdo muy bien que se trataba de un centro de alto rendimiento en el que preparaba a las gimnastas para dedicarse profesionalmente a ello (algunas de ellas han participado en mundiales y Juegos Olímpicos), así pues, ya desde pequeñas tenían que tomar la decisión de dedicarse a una disciplina totalmente diferente a la de cualquier niño/a de esa edad: los entrenamientos tomaban mucha importancia en la vida diaria, incluso teniendo que ir a un colegio diferente para poder compaginar los estudios.

La verdad es que a mí no me entusiasmaba la gimnasia tanto como para llegar a hacer ese sacrificio. Lo que realmente me gustaba era el baloncesto, así que le dije a mis padres que no quería seguir con aquello. Aún así, debería esperar hasta el curso siguiente para poder empezar a jugar en el equipo del colegio... así que también cabía la posibilidad de practicar atletismo hasta ese momento. Ya sabéis cual fue mi elección ¿verdad?

Hasta entonces me tenía que conformar con ir a ver a mi hermano a sus entrenamientos y partidos. Durante los entrenamientos aprovechaba cualquier momento en el que utilizaran sólo media cancha o parasen para beber agua, para meterme yo ahí en medio a tirar… Me metí en más de un lío por eso jeje.

Aún así, mi hermano me enseñó las primeras cosas en una canasta que teníamos en el sótano, donde me pasaba horas y horas jugando. Así que cuando pude empezar por fin en el colegio no lo hacia desde cero. El entrenador tuvo que hablar con mis padres a final de año para que me llevaran a algún club en el que pudiera aprender más. Así que al año siguiente fui al Sant Josep de Badalona, dedicado básicamente a los chicos, y en el que entrenaba alguna que otra chica. Entrenaría con chicos, pero no podría jugar los partidos por lo que al año siguiente me recomendaron ir a un colegio en el que los equipos femeninos tenían buen nivel: la escuela Gitanjali, donde pude coincidir con la jugadora de LF Anna Cruz compartiendo con ella unas cuantas temporadas.

Allí fue donde realmente empecé a disfrutar del baloncesto, a sentirme nerviosa los viernes por la noche pensando en levantarme pronto para ir a jugar un sábado a las nueve de la mañana, sin importarme el frío que hiciera en el patio del colegio.

La verdad es que en aquel entonces tan sólo pensaba en jugar sin importarme las condiciones. Nunca sabré si la gimnasia artística o el atletismo me podían haber conducido donde sí lo ha hecho el baloncesto, pero lo que sé es que éste me proporciona una felicidad inmensa. La ilusión con la que se vive cada uno de esos momentos permanece siempre dentro de una misma y revivirlos no hace otra cosa que empujarme en el presente a seguir hacia delante. Por eso es tan importante disfrutar jugando a los seis, a los veinte…

 

Aunque ha pasado un tiempo desde la última actualización lo prometido es deuda así que hablaré de la experiencia de compartir la noche de fin de año con mis compañeras de equipo.

 

 

Como ya os dije, intentaríamos contribuir individualmente o con la ayuda de alguna compañera en el menú y la verdad es que creo que deberíamos organizar cenas así a menudo porque fue un gran acierto. Yo incluso estaba dispuesta a volver al día siguiente a rebanar lo que había sobrado, jeje. Fue una cena repleta de entrantes (entre ellos se encontraban los buñuelos de bacalao "recetas de la familia Domínguez") y acompañada de unos platos de matrícula de honor: entre estos, una pasta hecha por Anke de Mondt que llevaba una salsa buenísima y un rollo de carne relleno de jamón, tortilla y queso elaborado por Anna Montañana. Eso sí, tuvimos que dejar un hueco para la última delicia de la noche, un postre típico italiano: panettone relleno de vainilla y cubierto de chocolate... ¡Sin palabras!

 

 

También tiene mención especial el momento de tomarnos las uvas. Algunas ya conocen esta tradición pero otras soltaban un "Spain is diferent" en mitad de las campanadas. La llegada al 2008 empezó con interesantes conversaciones de sobremesa. Y es que, aunque no lo creáis, a pesar de que compartimos muchas horas juntas durante todo el año siempre quedan cosas que contar y risas para compartir.

 

 

Ésa no fue la única noche en la que estuve con mis compañeras, ya que tuve el placer de vivir con algunas de ellas la noche mágica del año, la llegada de los Reyes Magos. La verdad es que no me puedo quejar porque me trajeron bastantes cosas pero también puedo decir que los reyes vinieron bastante cargados de cachondeo... Había cada regalito que...

 

 

Hasta aquí puedo contar sobre estas experiencias  y aunque se que he tardado mas de lo previsto, hasta ahora no he encontrado un momento para poder resumir estas "vacaciones" .

 

Espero volver pronto para traeros muchas anécdotas nuevas, y sobre todo no tardar tanto en actualizar, que luego me lo recuerdan por el megáfono desde la grada y me sacan los colores jeje.

 

Un saludo muy grande
21/12/2007

Se acercan ya las fiestas navideñas y, en mi caso, el reencuentro con mi querida familia. Eso sí, serán unas fiestas compartidas entre familia y compañeras de equipo, ya que estaré sólo una semana en casa y el día 30 regresaré a Salamanca para empezar de nuevo la dinámica de los entrenamientos.

 

 



Estos días en Barcelona van a servir para desconectar totalmente de baloncesto y recargar las pilas. Más vale que controle un poco las comidas, puesto que uno de los temas de preocupación de mis padres es que coma bien. Así que cuando hace tiempo que no me ven y teniendo en cuenta que estos días nos reuniremos unos cuantos, digamos que la preocupación se extiende entre todos los familiares…

Por otro lado, tenemos la costumbre de hacer el amigo invisible. Normalmente, el día de Navidad se realiza el sorteo y en fin de año, el reparto de regalos. El año pasado ya me perdí este acontecimiento familiar porque pasé el fin de año en Salamanca y como este año la historia se repite, han decidido adelantar el sorteo y celebrar el día del amigo invisible al 26 de diciembre (festivo en Cataluña).

Así que una mano inocente ha tenido que sacar papelito por mí y, dado el riesgo de que algún familiar pueda leerlo, no desvelaré quién me ha tocado jeje. Va a ser una semana intensa entre familiares, amigos, compras de última hora… ¿alguien dijo descanso?

Además tendré que guardar tiempo para mirarme alguna receta del libro de Arguiñano ya que necesitaré ayuda para fin de año. Igual que el año pasado, nos reuniremos todas las del equipo para celebrar la llegada del 2008 y hemos tomado la decisión de colaborar todas en la elaboración del menú. Así  pues, tendremos que sorprender de alguna forma con nuestras habilidades culinarias. Ya os contaré quién se lleva más elogios…

Para acabar tan sólo me queda desearos a tod@s unas Felices Fiestas, pedir que el 2008 venga cargado de emociones y triunfos y, por supuesto, que se vean cumplidos todos vuestros sueños. ¡Yo ya tengo mi lista hecha!

 



PD: a mis compañeras de equipo decirles que se “estiren” un poco ya que tengo la esperanza de recoger algo debajo de nuestro árbol de Navidad en Salamanca… (A última hora, pero para eso lo hemos hecho, ¿no?)

 

10/12/2007

Bienvenidos a una nueva entrega del blog, que en esta ocasión viene con nieve hasta las orejas y un poco de cansancio acumulado. Cuando decidí que la próxima actualización trataría sobre el viaje a Ekaterimburgo (Rusia), donde disputábamos el partido correspondiente a la quinta jornada de la Euroliga, no pensé que éste se fuera a convertir en toda una odisea.

Para afrontar un tute de estas características, lo primero que hay que hacer es preparar el kit de viaje. Y para esta ocasión tenía que ser completo: PSP, DVD portátil con monólogos, la serie Perdidos y alguna que otra película, un libro de sudokus (que recuperé para este viaje), además de las zapatillas y la ropa de juego (por si nos pierden las maletas, que nunca se sabe…). ¡Ah! ¡Y la máscara! Ésas eran algunas de las cosas que se encontraban en mi equipaje de mano.

El partido era el miércoles, pero el viaje empezó el lunes a las 19:30, cuando todo el equipo se desplazó hasta Madrid para coger el vuelo que nos llevaría hasta Moscú. El vuelo tenia una duración de 4 horas y media y, como el avión no iba lleno, pudimos repartirnos por los asientos, ocupando tres cada una para “descansar” mejor.

Al llegar a Moscú, primera sincronización de relojes: siete horas de espera para coger el siguiente vuelo, con destino a Ekaterimburgo. Siete horas en las que, básicamente, no hicimos otra cosa que dormir. Algunas aprovecharon para desayunar, y también tuvimos un reencuentro con Nicole Powell (ex jugadora de Perfumerías Avenida, ahora en las filas del CSKA de Moscú). Después de pasar los infinitos controles de seguridad (incluso miran si la maleta que coges es la que está identificada en tu billete), facturamos otra vez para dirigirnos a nuestro destino final: Ekaterimburgo. ¿Las primeras sensaciones? Simplemente… ¡mucho frío!

 

Los trineos, regalo estrella
 

 

Finalmente llegamos a la ciudad del partido, la capital de los Urales, la frontera entre Europa y Asia, a casi 1.700 kilómetros de Moscú. Ese día no pudimos apreciar la ciudad porque ya había oscurecido, pero por lo poco que vimos en el trayecto hasta el hotel, Ekaterimburgo estaba mejor de lo que pensábamos.

Al día siguiente, mientras nos dirigíamos a la sesión de tiro, a parte de verlo todo cubierto por la nieve, pudimos observar algo curioso: el regalo estrella de Navidad para los niños rusos debe de ser el trineo. Algunos convierten los trayectos rutinarios al colegio o al súper en algo más divertido, ya que tienen la posibilidad de hacerlo sentados en su “vehículo”, que va siempre arrastrado por la madre o el padre.

 

Sílvia, junto a Peter, el muñeco de nieve
 

 

Nosotras también quisimos jugar un poco con la nieve, e intentamos hacer un muñeco (Peter para los amigos). Aunque, dada nuestra poca experiencia… Mejor juzgáis vosotros mismos como quedó. Hay que decir que la nieve no estaba en el mejor estado y que tampoco teníamos la intención de dedicarle mucho tiempo. Pero no seáis tan listillos como algunas de nuestras compañeras que no nos aconsejaron pero luego todas sabían cómo hacerlo…

En cuanto al  pabellón donde íbamos a disputar el encuentro, tenía una capacidad para 6.000 espectadores… ¡Y se llenó! Vestuarios grandes con taquillas personales, sala para el fisio incluida… La presentación de las plantillas antes del partido fue todo un show, al más puro estilo NBA, sólo que en ruso. Pero eso sí: luces apagadas, cheerleaders, video de sus jugadoras en una pantalla gigante… Y es que el equipo de Ekaterimburgo está repleto de estrellas. El show seguía incluso en los descansos: concurso de besos entre las parejas en la grada, retransmitido a través de la pantalla gigante, premios para los más pequeños…

 

Sílvia en el vestuario del lujoso pabellón
 

 

El partido lo perdimos y, una vez terminado, había que volver a Salamanca. Parecía que el regreso iba a ser algo más tranquilo, puesto que no debíamos esperar tantas horas en el aeropuerto de Moscú, pero acabó por convertirse en algo difícil de olvidar.

Al llegar al aeropuerto de Ekaterimburgo nos comunicaron un retraso de cinco horas en nuestro vuelo. Problema: perdíamos el enlace a Madrid en Moscú. 30 minutos después, el problema se convirtió en problemón: nuestro vuelo se había cancelado. Entonces, decidimos comprar billetes de otra compañía y volar a Moscú,  aunque con un ligero inconveniente: aterrizaríamos en otro aeropuerto, situado a unos 80 kilómetros del aeródromo desde el que salía nuestro vuelo a Madrid. Lo peor de todo es que, contando que todo fuera bien, íbamos a llegar con sólo dos horas y media de margen para ir de un sitio al otro. Bueno, si sólo fuera eso… El avión en el que nos desplazamos hasta Moscú era… En fin, no quiero pensar de qué año era, pero si os digo que tenía asientos con respaldos que se movían cómo y cuando querían, carros de comida que atropellaban las piernas de nuestras pivots, que naturalmente no cabían en los asientos… Tremendo.

 

 



Al llegar a Moscú -increíble, pero cierto-, las señoritas de la compañía de taxis con las que negociamos el desplazamiento hasta el otro aeropuerto nos comunicaron que, seguramente, no llegaríamos a tiempo, puesto que a esa hora había mucho tráfico. Llegados a este punto, sólo voy a añadir que el taxi en el que yo viajé llegó veinte minutos más tarde que el primero de nuestra expedición, y en algunos momentos fue a más de 140 km/h y cambiando de carril en plan “too fast too furious” por una autopista de cinco carriles. Os podéis hacer una idea de cómo iría el primero en llegar para sacarnos tal ventaja. Como si de una película de persecuciones se tratara, esos intrépidos taxistas consiguieron que llegáramos diez minutos antes de que cerraran el vuelo. Y menos mal que fue así, porque si no hubiésemos tenido que hacer noche en Moscú.

 

Las horas de espera en el aeropuerto, una constante


Y aunque en todas las fotografías salgamos así de sonrientes, la situación era muy diferente. Pero bueno, debe de ser aún más duro vivirlo sin el apoyo de tus compañeras. Por eso, me compadezco del comisario FIBA al que le tocó desplazarse solo hasta allí. En fin, entenderéis que, después de este viaje, cualquier otro que hagamos será mucho más light (incluso si tuviésemos que jugar en EE.UU.). Eso sí, la semana que viene volvemos a viajar, ya que afrontamos el tercer partido consecutivo fuera de Salamanca. Esta vez nuestro destino será Cracovia, en Polonia, y el rival el Wisla, el equipo de Marta Fernández.

PD: La máscara con la que estaba jugando hasta ahora me limitaba mucho la visión, hasta el punto de pensar que un pase me venía a las manos y luego ni siquiera rozaba el balón (mis compañeras se quejaban porque les apuntaban a ellas los balones perdidos,  jejeje). Por eso me he hecho una máscara nueva, a mi medida y con un campo de visión más amplio. Espero que me vaya mucho mejor con ella.

 

Silviapetrovic
Sílvia Domínguez junto a la camiseta retirada de Petrovic
¡Saludos a todo! Esto que os voy a contar lo he tenido que escribir deprisa y corriendo, antes de salir hacia el aeropuerto, ya que durante las tres próximas semanas disputamos partidos de Euroliga como visitantes y apenas voy a disponer de tiempo para estar en casa. Todo el día viajando de un lado para otro.

Pues bien, ésta es la historia. El sábado pasado, en el partido contra Hondarribia, sufrí un golpe en la nariz que me obligó a abandonar el parqué. Al principio pensé que sólo sería un pequeño corte, pero resultó ser algo más: una fractura en los huesos propios de la nariz. Por suerte, eso no va a impedir que pueda jugar esta misma semana, aunque con la incomodidad de tener que dirigir el juego tras una máscara de protección. Doy por sentado que me pasarán mil cosas. Ayer mismo entrenando ya veía el aro un poco raro… jeje.

Bromas a parte, espero adaptarme rápido a esta nueva situación, a ser posible sin llevarme ningún balonazo en la cabeza por no ver el balón y sin sufrir ningún caño por no ver un pase picado…

Eso sí, ¡se acabaron las apuestas de tiros estratosféricos después de los entrenamientos! Normalmente suelo perder, así que imaginaros si hago esos tiros desde medio campo, de espaldas y con una máscara… Aunque me he llegado a plantear si el “factor máscara” podría convertirse en la clave para ganar alguna vez… En fin, ya os contaré.

Y para terminar, una exclusiva: os avanzo que la próxima actualización (con reportaje fotográfico incluído) será sobre el tremendo viaje que nos espera la próxima semana a Ekaterimburgo (en la Rusia más profunda). Si tenéis alguna propuesta sobre qué hacer durante siete horas en un aeropuerto, se aceptan sugerencias.

Por cierto, os dejo una foto de nuestro primer desplazamiento de Euroliga a Croacia. Seguro que a los amantes de Drazen Petrovic les encantará.


PD: Gracias a tod@s l@s que os habéis preocupado por mi salud en estos momentos. Si  queréis saber algo en especial o si os gustaría que hablara de algún tema en particular, se admiten propuestas.

Los que habéis seguido este verano el europeo femenino U20 sabréis todas las anécdotas puramente deportivas, pero desde aquí intentaré acercaros a la otra cara de esta convivencia.

El Europeo se disputaba en Sofía y nos hospedábamos en el Hotel Rodina, de 22 plantas, situado en el centro de la ciudad. Viendo que en el ascensor llamaban a la última planta “Panorama”, nos decidimos a subir las 12 jugadoras equipo en un ascensor para supuestamente contemplar unas magníficas vistas de la ciudad. Y digo supuestamente porque todo se quedó en eso, suposiciones. La realidad era bien distinta. Imaginaos las caras de todas al abrirse las puertas del ascensor y encontrarnos en un rellano en el que apenas había luz y con algunas cortinas rojas que decidimos que era mejor no atravesar. Era una planta para visitas, pero... para otro tipo de vistas.

En cuanto a las habitaciones, pues el problema de siempre: camas incómodas y pequeñas… pero eso era un inconveniente para las pívots más que para el resto.
 

La solicitada habitación wifi, a pleno rendimiento

Estábamos repartidas en 5 habitaciones +1. Digo +1 porque una de ellas más que una habitación parecía un ciber ya que era la única desde la que se detectaba la señal WiFi, por lo que en muchas ocasiones nos reuníamos allí casi todas las del equipo... a la vez. Era imposible encontrar un hueco para sentarte en la cama y menos aún mantener una conversación por el Messenger un poco privada.

 

 

Algo que nunca entenderé es que cada año hemos tenido el mismo conflicto en los europeos: las habitaciones no tienen persianas, sino cortinas que dejan pasar la luz totalmente. Las consecuencias: a las 6 de la mañana teníamos un primer despertar, digamos, no muy agradable.

El famoso tendedero improvisadoPor otro lado estaba el servicio de lavandería. Puesto que en el hotel era bastante caro, la delegada buscó una lavandería situada relativamente cerca. La sorpresa fue que al devolvernos la ropa limpia del primer día habían desaparecido algunos pantalones y camisetas de entrenamiento. Así pues, por seguridad, decidimos que las equipaciones de juego las lavaríamos nosotras para no sufrir más robos… teniendo que fabricar unos tendederos para la ropa con el tape de la fisio.

 

Y para acabar cuento la última anécdota. Normalmente, en las ceremonias de inauguración de los campeonatos, desfilan los equipos con todas sus componentes. Esta vez, nuestro equipo español se presentó de manera diferente y os cuento el porqué. Nuestro primer partido se jugó al mediodía con lo que regresamos al hotel a ducharnos y comer con el tiempo justo para volver al pabellón para el desfile inaugural. Un atasco monumental de camino al pabellón y un intento de timo en los taxis (protestamos porque querían cobrarnos 20 levas de más, 10 euros al cambio, entre unos y otros) provocaron que llegáramos a la ceremonia justo cuando finalizaba. Por eso el equipo español desfiló únicamente con la presencia de Susana García (entrenadora)  Carlos Moreno (doctor) y Jesús Blanco (jefe de expedición) al ritmo de un pasodoble, por cierto.

 

A pesar de las dificultades, el oro fue español

La verdad es que me pongo a pensar y salen mil y una anécdotas. Y es que la convivencia de 24 horas al día y el buen feeling de esta selección, aparte de conducirnos al oro, nos dejó recuerdos de por vida.

Antes que nada, creo que para inaugurar este blog lo mejor será presentarme. Aunque quizás a algunos les suene mi nombre, la gran mayoría seguramente no me conozca. Soy Silvia Domínguez, base del Perfumerías Avenida de Salamanca y jugadora de la selección sub-20 (¡las del oro! jeje) durante este verano.

 

Bueno, pues una vez hechas las presentaciones, hablemos de baloncesto. Porque si algo se respira en Salamanca es eso: baloncesto. Y más concretamente, baloncesto femenino. Una ciudad volcada con el equipo, una afición que es la mejor sexta jugadora del campeonato. Quizás os parecerá poco si os hablo de las 3.000 personas que acuden a todos los partidos que se disputan en el pabellón de Wurzburg; o del apoyo de la televisión y la radio, además de tres periódicos locales que nos siguen incluso por Europa. Y es que, aunque el baloncesto femenino va creciendo poco a poco, el ambiente que se vive aquí, afortunadamente para nosotras y desgraciadamente para el resto, es difícil de encontrar.

 

Este es el segundo año que el equipo disputa la Euroliga y lo afrontamos con mucha ilusión, con el objetivo de seguir mejorando y creciendo como equipo. En esta competición  nos encontramos con las mejores jugadoras del mundo, ya que la WNBA se disputa durante los meses de verano y eso permite a muchos equipos hacerse con las mejores jugadoras (especialmente en Rusia), por lo que siempre siento una motivación especial al tenerlas enfrente. 

 

A parte del baloncestístico, Salamanca también respira, y mucho, ambiente universitario. El hecho de que la mayoría de mis compañeras de equipo y yo vivamos en un edificio situado al lado de una residencia de estudiantes hace que tengamos muy presente este ambiente, y no sólo durante el día. Pero eso ya os lo contaré en otro momento... ¡Menos mal que ya se acabaron las novatadas!

 

Un saludo a todos los que leáis este Blog  y una sugerencia: dad una oportunidad al baloncesto femenino. Os sorprenderá gratamente. Y si no, preguntadle a los 3.000 que vienen a vernos en Salamanca (y porque no caben más...).