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En esta nueva actualización os voy a contar una de las experiencias vividas, esta vez  fuera del baloncesto.

La vida como deportista me ha conducido a cumplir sueños, y eso significa vivir sensaciones indescriptibles. Aún así, también hay otro tipo de sensaciones que me gustaría experimentar, y que por ahora deberán esperar.

A lo largo de una temporada se viven momentos de tensión, cansancio físico y mental, victorias, derrotas… Todo un cúmulo de situaciones que provocan la necesidad de romper con la rutina diaria en cuanto finaliza la competición. Hay algunas actividades que me encantaría poder experimentar, y una de ellas se hizo posible el pasado verano

Después de una temporada de mucho desgaste y parte del verano con la selección, necesitaba renovar las pilas y ¡vaya si lo hice! Me desplacé con mi hermano hasta Empuriabrava (Girona) para hacer paracaidismo, ya que él lo había hecho cuatro años atrás y fue una experiencia que me recomendó.

 

 



Antes de subir a la avioneta, me colocaron el arnés y me enseñaron las posiciones que había que seguir en el momento del salto y en la apertura del paracaídas. Tras esta instrucción previa, ya estaba lista para el despegue. Estuve durante unos quince minutos en la avioneta, hasta que alcanzamos los 4.000 metros. Era el momento de saltar. Tengo que reconocer que en ningún momento me sentí nerviosa (saber que iba pegada a un instructor que salta entre 10 y 15 veces al día me daba tranquilidad, jeje). Pero la cosa cambió cuando pude observar cómo iban saltando todos los que estaban en la avioneta y se acercaba mi turno.

 

Cuando asomé la cabeza fuera del avión, ví el salto de mi hermano, que en cuestión de décimas de segundo ya estaba lejísimos… Realmente, ahí sentí una sensación rara en mi estómago.

 

 

 

Mi turno había llegado. Salté y durante aproximadamente un minuto experimenté la caída libre. ¡Woooow! A unos 1.500 metros del suelo, el instructor abrió el paracaídas y planeamos hasta el momento del aterrizaje. El día no era del todo despejado pero, una vez abierto el paracaídas, pude ver la costa desde una perspectiva espectacular y, obviamente, nueva para mí. También debo confesar que durante el aterrizaje sólo me preocupaba no sufrir ningún tropiezo al tocar el suelo y, sobretodo, que si sucedía no fuera grabado en video, jeje. Por suerte, nada de eso pasó.

 


 

Fue increíble. Tanto, que al tocar con los pies en el suelo tenía ganas de volver a saltar. Quién sí respiró tranquilo fue mi padre al recibir la llamada de teléfono confirmando que ya estaba con los dos pies en el suelo, renovada por dentro e intacta por fuera, jeje.

 


 
Tachado ya el salto en paracaídas de mi lista de experiencias por vivir, me encantaría probar otras sensaciones, como practicar snowboard, puenting… Sin embargo, de momento, permanecerán en esa lista que espero poder ir cumpliendo con los años.

Recomiendo esta experiencia a cualquiera porque es algo incomparable. ¿Os atrevéis?