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Estaba en casa viendo algunas fotos de cuando era pequeña y pensé que sería una buena idea haceros saber cómo empecé a jugar al baloncesto; puede que muchos sepáis cómo es mi día a día, pero quizás desconocéis mis inicios. La verdad es que no elegí jugar a baloncesto por casualidad, si no porque mi hermano era un espejo para mi (de ahí eso de llevar el dorsal 6). Quería jugar, pero el hecho de que hasta los seis años no pudiese empezar a hacerlo en el colegio me llevó a probarlo antes con otro deporte.

 



Mi profesor de Educación Física (bueno, no sé realmente cómo se llamaba la asignatura a esa edad, en P-5, ni siquiera había empezado la primaria) recomendó a mis padres que por mis condiciones físicas me llevaran a un centro de gimnasia artística conocido como “la Fuixarda”. La verdad es que a pesar de tener 5 o 6 años, recuerdo muy bien que se trataba de un centro de alto rendimiento en el que preparaba a las gimnastas para dedicarse profesionalmente a ello (algunas de ellas han participado en mundiales y Juegos Olímpicos), así pues, ya desde pequeñas tenían que tomar la decisión de dedicarse a una disciplina totalmente diferente a la de cualquier niño/a de esa edad: los entrenamientos tomaban mucha importancia en la vida diaria, incluso teniendo que ir a un colegio diferente para poder compaginar los estudios.

La verdad es que a mí no me entusiasmaba la gimnasia tanto como para llegar a hacer ese sacrificio. Lo que realmente me gustaba era el baloncesto, así que le dije a mis padres que no quería seguir con aquello. Aún así, debería esperar hasta el curso siguiente para poder empezar a jugar en el equipo del colegio... así que también cabía la posibilidad de practicar atletismo hasta ese momento. Ya sabéis cual fue mi elección ¿verdad?

Hasta entonces me tenía que conformar con ir a ver a mi hermano a sus entrenamientos y partidos. Durante los entrenamientos aprovechaba cualquier momento en el que utilizaran sólo media cancha o parasen para beber agua, para meterme yo ahí en medio a tirar… Me metí en más de un lío por eso jeje.

Aún así, mi hermano me enseñó las primeras cosas en una canasta que teníamos en el sótano, donde me pasaba horas y horas jugando. Así que cuando pude empezar por fin en el colegio no lo hacia desde cero. El entrenador tuvo que hablar con mis padres a final de año para que me llevaran a algún club en el que pudiera aprender más. Así que al año siguiente fui al Sant Josep de Badalona, dedicado básicamente a los chicos, y en el que entrenaba alguna que otra chica. Entrenaría con chicos, pero no podría jugar los partidos por lo que al año siguiente me recomendaron ir a un colegio en el que los equipos femeninos tenían buen nivel: la escuela Gitanjali, donde pude coincidir con la jugadora de LF Anna Cruz compartiendo con ella unas cuantas temporadas.

Allí fue donde realmente empecé a disfrutar del baloncesto, a sentirme nerviosa los viernes por la noche pensando en levantarme pronto para ir a jugar un sábado a las nueve de la mañana, sin importarme el frío que hiciera en el patio del colegio.

La verdad es que en aquel entonces tan sólo pensaba en jugar sin importarme las condiciones. Nunca sabré si la gimnasia artística o el atletismo me podían haber conducido donde sí lo ha hecho el baloncesto, pero lo que sé es que éste me proporciona una felicidad inmensa. La ilusión con la que se vive cada uno de esos momentos permanece siempre dentro de una misma y revivirlos no hace otra cosa que empujarme en el presente a seguir hacia delante. Por eso es tan importante disfrutar jugando a los seis, a los veinte…