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10/12/2007

Bienvenidos a una nueva entrega del blog, que en esta ocasión viene con nieve hasta las orejas y un poco de cansancio acumulado. Cuando decidí que la próxima actualización trataría sobre el viaje a Ekaterimburgo (Rusia), donde disputábamos el partido correspondiente a la quinta jornada de la Euroliga, no pensé que éste se fuera a convertir en toda una odisea.

Para afrontar un tute de estas características, lo primero que hay que hacer es preparar el kit de viaje. Y para esta ocasión tenía que ser completo: PSP, DVD portátil con monólogos, la serie Perdidos y alguna que otra película, un libro de sudokus (que recuperé para este viaje), además de las zapatillas y la ropa de juego (por si nos pierden las maletas, que nunca se sabe…). ¡Ah! ¡Y la máscara! Ésas eran algunas de las cosas que se encontraban en mi equipaje de mano.

El partido era el miércoles, pero el viaje empezó el lunes a las 19:30, cuando todo el equipo se desplazó hasta Madrid para coger el vuelo que nos llevaría hasta Moscú. El vuelo tenia una duración de 4 horas y media y, como el avión no iba lleno, pudimos repartirnos por los asientos, ocupando tres cada una para “descansar” mejor.

Al llegar a Moscú, primera sincronización de relojes: siete horas de espera para coger el siguiente vuelo, con destino a Ekaterimburgo. Siete horas en las que, básicamente, no hicimos otra cosa que dormir. Algunas aprovecharon para desayunar, y también tuvimos un reencuentro con Nicole Powell (ex jugadora de Perfumerías Avenida, ahora en las filas del CSKA de Moscú). Después de pasar los infinitos controles de seguridad (incluso miran si la maleta que coges es la que está identificada en tu billete), facturamos otra vez para dirigirnos a nuestro destino final: Ekaterimburgo. ¿Las primeras sensaciones? Simplemente… ¡mucho frío!

 

Los trineos, regalo estrella
 

 

Finalmente llegamos a la ciudad del partido, la capital de los Urales, la frontera entre Europa y Asia, a casi 1.700 kilómetros de Moscú. Ese día no pudimos apreciar la ciudad porque ya había oscurecido, pero por lo poco que vimos en el trayecto hasta el hotel, Ekaterimburgo estaba mejor de lo que pensábamos.

Al día siguiente, mientras nos dirigíamos a la sesión de tiro, a parte de verlo todo cubierto por la nieve, pudimos observar algo curioso: el regalo estrella de Navidad para los niños rusos debe de ser el trineo. Algunos convierten los trayectos rutinarios al colegio o al súper en algo más divertido, ya que tienen la posibilidad de hacerlo sentados en su “vehículo”, que va siempre arrastrado por la madre o el padre.

 

Sílvia, junto a Peter, el muñeco de nieve
 

 

Nosotras también quisimos jugar un poco con la nieve, e intentamos hacer un muñeco (Peter para los amigos). Aunque, dada nuestra poca experiencia… Mejor juzgáis vosotros mismos como quedó. Hay que decir que la nieve no estaba en el mejor estado y que tampoco teníamos la intención de dedicarle mucho tiempo. Pero no seáis tan listillos como algunas de nuestras compañeras que no nos aconsejaron pero luego todas sabían cómo hacerlo…

En cuanto al  pabellón donde íbamos a disputar el encuentro, tenía una capacidad para 6.000 espectadores… ¡Y se llenó! Vestuarios grandes con taquillas personales, sala para el fisio incluida… La presentación de las plantillas antes del partido fue todo un show, al más puro estilo NBA, sólo que en ruso. Pero eso sí: luces apagadas, cheerleaders, video de sus jugadoras en una pantalla gigante… Y es que el equipo de Ekaterimburgo está repleto de estrellas. El show seguía incluso en los descansos: concurso de besos entre las parejas en la grada, retransmitido a través de la pantalla gigante, premios para los más pequeños…

 

Sílvia en el vestuario del lujoso pabellón
 

 

El partido lo perdimos y, una vez terminado, había que volver a Salamanca. Parecía que el regreso iba a ser algo más tranquilo, puesto que no debíamos esperar tantas horas en el aeropuerto de Moscú, pero acabó por convertirse en algo difícil de olvidar.

Al llegar al aeropuerto de Ekaterimburgo nos comunicaron un retraso de cinco horas en nuestro vuelo. Problema: perdíamos el enlace a Madrid en Moscú. 30 minutos después, el problema se convirtió en problemón: nuestro vuelo se había cancelado. Entonces, decidimos comprar billetes de otra compañía y volar a Moscú,  aunque con un ligero inconveniente: aterrizaríamos en otro aeropuerto, situado a unos 80 kilómetros del aeródromo desde el que salía nuestro vuelo a Madrid. Lo peor de todo es que, contando que todo fuera bien, íbamos a llegar con sólo dos horas y media de margen para ir de un sitio al otro. Bueno, si sólo fuera eso… El avión en el que nos desplazamos hasta Moscú era… En fin, no quiero pensar de qué año era, pero si os digo que tenía asientos con respaldos que se movían cómo y cuando querían, carros de comida que atropellaban las piernas de nuestras pivots, que naturalmente no cabían en los asientos… Tremendo.

 

 



Al llegar a Moscú -increíble, pero cierto-, las señoritas de la compañía de taxis con las que negociamos el desplazamiento hasta el otro aeropuerto nos comunicaron que, seguramente, no llegaríamos a tiempo, puesto que a esa hora había mucho tráfico. Llegados a este punto, sólo voy a añadir que el taxi en el que yo viajé llegó veinte minutos más tarde que el primero de nuestra expedición, y en algunos momentos fue a más de 140 km/h y cambiando de carril en plan “too fast too furious” por una autopista de cinco carriles. Os podéis hacer una idea de cómo iría el primero en llegar para sacarnos tal ventaja. Como si de una película de persecuciones se tratara, esos intrépidos taxistas consiguieron que llegáramos diez minutos antes de que cerraran el vuelo. Y menos mal que fue así, porque si no hubiésemos tenido que hacer noche en Moscú.

 

Las horas de espera en el aeropuerto, una constante


Y aunque en todas las fotografías salgamos así de sonrientes, la situación era muy diferente. Pero bueno, debe de ser aún más duro vivirlo sin el apoyo de tus compañeras. Por eso, me compadezco del comisario FIBA al que le tocó desplazarse solo hasta allí. En fin, entenderéis que, después de este viaje, cualquier otro que hagamos será mucho más light (incluso si tuviésemos que jugar en EE.UU.). Eso sí, la semana que viene volvemos a viajar, ya que afrontamos el tercer partido consecutivo fuera de Salamanca. Esta vez nuestro destino será Cracovia, en Polonia, y el rival el Wisla, el equipo de Marta Fernández.

PD: La máscara con la que estaba jugando hasta ahora me limitaba mucho la visión, hasta el punto de pensar que un pase me venía a las manos y luego ni siquiera rozaba el balón (mis compañeras se quejaban porque les apuntaban a ellas los balones perdidos,  jejeje). Por eso me he hecho una máscara nueva, a mi medida y con un campo de visión más amplio. Espero que me vaya mucho mejor con ella.