Hasta yo mismo me he quedado un poco impresionado por el título de esta entrada, que seguro que para muchos ya parecerá lo que no es. Pero dejadme que os cuente...
El Lunes llegué al trabajo con la incertidumbre de ver el resultado de la pasada jornada en mi lucha con Roberto en el SM. Yo tenía bastante claro que podía ser la jornada definitiva de mi culminación, de mi coronación como Rey del SM, ya que los 253,6 puntos realizados me parecían una puntuación excelente.
Tenía además la esperanza de que Roberto no hubiera tenido tiempo de ver que Marko Tomas se había lesionado en el último momento y lo tuviera en su equipo, con la consiguiente comida. Roberto, que ya os dije en alguna ocasión anterior que es del Madrid hasta el corvejón, es pro-Tomas al máximo. Es de los que se tira de los pelos por el cambio Tomas / Pelekanos, y tiene al croata como uno de sus fijos en el equipo.
También os he comentado que en el curro han capado los accesos a toda web que huela a deporte, entre otras muchas otras, así que ACB.COM no se pilla ni con enchufe; y mira que llevo gastado en cafés con Mayte, la administradora de sistemas, para que me diga cómo pasarme el filtro por el Arc de Triomphe, pero no hay manera. ¡Que integridad tiene la tía! Digo yo que una breve línea de comando en el proxy, el filter o lo que coño sea que capa el acceso que diga:
User: Germán Aller
Action: allow
tampoco sería tan grave, ¿no?
Bueno, pues al final ni coronación, ni Tomas ni Cristo que lo fundó. El caso es que Roberto apareció sobre las diez por mi cubículo. Sonriente y con su cara de desayunarse el mundo me espetó su habitual saludo: ¿Qué tal, campeón?
Malo –pensé yo– si me viene de entrada con la dichosa preguntita es que no le ha debido ir nada mal la jornada. Menos mal que yo estaba cubierto con mis 253,6.
Tras aludir en sucesivas ocasiones a mi suerte, porque de otra manera no se explica como un paquete como yo puede haber llegado tan alto, y otros adjetivos en similar tono de vacile, resulta que se enteró de lo de Tomas el mismo Sábado por la tarde hablando por teléfono con un colega, y que pudo cambiarlo por Mumbrú a pesar de que estuvo a punto de quedarse con 10 porque se le colgó el equipo en varias ocasiones, ¡que pena! Al final pudo hacer el cambio y terminar con 243,4.
¡Mi gozo en un pozo! Yo, que pensaba colocarle 40 ó 50 puntos en la jornada, me tenía que conformar con 10 míseros puntillos. Pero bueno, tampoco está mal.
Lo que me dejó con la mosca detrás de la oreja es lo que vino después.
- Oye tío, quería proponerte una cosilla
- Tu dirás –le respondí suponiendo que era ya algo del trabajo–
- ¿Qué tal si comemos juntos un día de esta semana?
Yo suelo comer con los de mi calaña, curritos de tres al cuarto, epsilones mileuristas sin mayor compromiso ni orgullo de pertenencia a la empresa mas allá de lo que dura la alegría de los días 1 de cada mes con su consabido papelito azul con la nómina. La comida es muchos días a base de tupperware que me prepara mi madre si un día hace lentejas en casa y le mete dos puñados más para que sobre para el día siguiente, un poco de fruta y andando. Otros días en plan basura en una especie de burger con mas mugre que el sobaco de un grillo, algún día en un chino donde por 6 ó 7 euros nos ponemos morados ¡aunque no sabemos muy bien de qué!, y de pascuas a ramos en un sitio medio decente de Menú del Día a 11,50, pan, bebida, postre y café incluidos. Lo de comer en el VIPS y similares queda para los jefes en sus distintas escalas: jefecillos de pacotilla, medio jefes, jefes, jefazos y super-jefes. Roberto diría yo que pertenece al orden intermedio de los simplemente jefes. Yo pertenezco al orden inferior de las ratas infectas; así que fijaros si me queda capacidad de ascenso en esta empresa.
- Cuando quieras Roberto. Pero dímelo al menos un día antes para que no me traiga el tupper –le dije yo con mi proverbial pragmatismo, y también pensando en evitar a mi madre echar el extra en el puchero del día anterior–
- Pues mejor quedamos ya, ¿te hace el miércoles?
- OK –respondí– el miércoles. No me atreví a preguntarle de qué quería hablar conmigo, porque lo que era seguro es que no iba a ser una comida de colegas ni de confraternización entre cuñados, o futuros cuñados para ser más precisos. Algo concreto y oculto debía haber. ¡Y vaya si lo había!
En el tiempo desde la cita hasta la comida se me pasaron por la cabeza mil posibles razones, de todo orden y condición, aunque a fuerza de ser sinceros reconozco que la mayoría de las que yo daba por posibles sólo se podrían clasificar entre el desastre y la absoluta catástrofe. Si el tema era laboral, no podía ser otra cosa que me iban a dar boleto de la empresa. Cualquier posibilidad sobre mejoras, económicas o funcionales, me la hubieran comunicado en un despacho, e igual Roberto pensaba que un despido se digería mejor si se recibía acompañado de una judías con chorizo.
Si el tema era familiar, sólo podía tener que ver con mi hermana Lorena, y muy probablemente con que iba a pedirle matrimonio, o, lo que era peor, que ya se lo había pedido. La sola idea de tener a Roberto como familiar directo (cuñadísimo) no podía catalogarse de otro modo que de catástrofe natural.
Finalmente, si el tema era personal estaba claro que solo podía tener que ver con el SuperManager, y mas concretamente con que había descubierto el pastelazo del Blog , donde una rata como yo exponía día sí y día no de forma pública parte de su vida y milagros como jefe, rival del SM y, Dios no lo quiera, futuro cuñado.
Lo único que me consolaba ligeramente era que la cita era en público, y por lo tanto y fuera lo que fuera, o bien él (si era el tema del Blog) o bien yo (si era lo del despido) deberíamos contener nuestra primaria intención de tirarnos al cuello del otro y rebanárselo de la misma manera que se parte en dos un kiwi.
La comida fue en un restaurante cercano a la oficina, con menú del día, sí, pero a 16 euros por cabeza, café aparte. El tema, ya os adelanto, no tuvo nada que ver con mis temores. Lo único negativo de la comida de trabajo, porque así debe calificarse el evento, fue que me tocó pagar a mí, lo que forzó Roberto con su natural “sutileza”:
- Bueno tío, después del notición que te he dado lo menos es que pagues la comida, ¿no?
Todavía con la boca abierta y la baba a medio colgar levanté el índice, pedí la dolorosa al camarero y aboné los 34,60 eurazos sin pestañear. Mi mente seguía anclada en el instante mágico que se acababa de producir 45 minutos antes, cuando Roberto me comunicó que habían pensado en mí para integrarme en un equipo de desarrollo de una nueva aplicación, para lo cual había que seguir un cursillo previo de formación para una de las herramientas software que se deben utilizar: seis semanas en el Centro de Formación de la empresa en ... ¡¡¡¡¡¡¡ Paris !!!!!!
En ese momento tenía una cucharada generosa de judías blancas recién metida en la boca, incluida su porción de tocino entreverado, y entre el run run que tenía por dentro desde el Lunes pasado, el come come que me había entrado al ver el precio del jodido menú del día, y el super notición que me acababa de dar Roberto, algo se me fue por el otro lado, no sé aún si una judía o el tocino, y a poco acaba mi existencia en ese bendito restaurante entre toses, estertores y otros efluvios que se sobrevinieron.
Imaginaros: seis semanas en Paris, con alojamiento pagado y dietas para sobrevivir muy decentemente. Desde ese mismo momento juré amor eterno a Roberto, y ahora me arrepiento en público de los dardos que le he dedicado, e incluso me estoy pensando meter en mi equipo SM otra vez a Berni, Claver, Baxter, Morandais y similares para que vuelva a recuperar el liderato de la Privada, y yo verle como disfruta a base de humillarme cada Lunes.
Lo dicho: ¡Roberto, te quiero!


