El calor de Los Angeles tiene algo especial. Debe ser eso lo que está haciendo que reliquias como PJ Brown o, incluso, el mismísimo Chris Webber dibujen su retiro dentro de las fronteras del estado de los Beach Boys y de la tierra dorada.
Pero todo tiene su doble lectura. Y, como cantan los californianos Sugarcult, this city's killing me in the heat of Los Angeles. Y si no, que se lo pregunten al bueno de OJ Mayo, que, buscando acomodo para su más que cantado one and done, dio con sus huesos en la ilustre, adinerada y eminentemente footballera USC. Y, lamentablemente para el muchacho de Huntington, en lo referente a la pelota naranja, el college es más que probable carne de NIT.
Quizá todo sería distinto si Nick Young y Gabe Pruitt siguiesen en las aulas, enfundándose sus cazadoras rojigualdas, pero lo cierto es que hombres como Davon Jefferson, Taj Gibson o el italo-americano Daniel Hackett deberían ser suficiente arsenal para desplegar una temporada más que decorosa sobre el parquet del Galen Center. Y que no me venga nadie diciendo que los malos porcentajes de tiro (y, si me apuran, hasta la profunda unidimensionalidad de Mayo) no se veían venir.
Saco a colación la crisis de los Trojans porque, si en un estado es particularmente cruel ser devorado por las expectativas en lo que a deporte universitario se refiere, ese es, sin duda, California (Carolina del Norte puede hacer sombra en las canchas, pero en lo demográfico está a años luz). Las tres universidades con mejor palmarés (UCLA, Stanford y la propia USC, por ese orden) están en territorio schwarzeneggeriano, por lo que las rivalidades y el consiguiente agravio comparativo resultan feroces.
El Cardinal (sí, en singular), flojo en la Pac-10, vive del record que cosechó en pretemporada y de la inspiración del bueno de los gemelos Lopez. Pero, al fin y al cabo, en Palo Alto están más atentos de lo que hagan los Golden Bears en Berkeley; y no tanto de lo que se cueza en Los Angeles. Sin embargo, los chicos de UCLA, vecinos mal avenidos de los Trojans, están siendo una de las dulces sorpresas de esta temporada. Con un equipo muy renovado en sus roles (los galones de Arron Afflalo los ha recogido, sin titubear, Kevin Love, un auténtico superdotado de esto), los Bruins aparecen en multitud quinielas para repetir billete rumbo a su tercera Final Four consecutiva.
Pero no se preocupen si Mayo les ha sabido a poco, porque Tim Floyd no está, ni mucho menos, en la Luna (si desvelo que Neil Armstrong e, incluso, George Lucas, son ilustres antiguos alumnos de USC, el chiste fácil viene solo, ¿verdad?), y se ha apuntado el tanto del reclutamiento de una bestia parda similar (aunque sin tanta pompa mediática) de cara al curso que viene: Demar DeRozan. ¿Se imaginan a una fiera como Amare Stoudemire dentro del cuerpo de un escolta de casi dos metros? Pues dejen de imaginar.
El hecho de que el que fuese entrenador de los Chicago Bulls más penosos de la historia reciente de la franquicia también haya reclutado al ¿rapero? y ¿actor? Lil Romeo (en adelante, Percy Miller) sospecho que alimentará más columnas en la VIBE (algo así como un ¡HOLA! en versión gangsta) que en la Sports Illustrated.
Pero no todo es baloncesto universitario en Los Angeles. Y mucho menos si en los Lakers juega alguien como Andrew Bynum, quien prefirió los cálidos brazos de su mentor en LA, Kareem Abdul-Jabbar, antes que a la fría Connecticut. El bueno de Socks, que ha mostrado una evolución en su juego absolutamente sideral, estaba, primero, en boca de todos porque parecía, por fin, ser el compañero de fatigas que tanto necesitaba Kobe para estar a gusto en Hollywood (“con él en la alineación, somos un equipo del calibre de los candidatos al título”, afirmaba, sin titubear, el propio Bryant), y ahora, después, por una luxación de la rótula, agravada con un hematoma en el hueso de su rodilla izquierda, lo que le va a mantener alejado de las canchas casi dos meses. Por lo pronto, en el primer partido post-Bynum, 48 puntos del "24" (canasta ganadora a cuatro segundos del final incluida). "El día de la Marmota", pensarán muchos, pero lo cierto es que echaremos de menos esa particular comunicación, que tantos y tan buenos réditos proporcionaba y proporcionará a los fans de los Lakers y a los amantes del baloncesto en general. Igual a eso se refería Anthony Kiedis con su californication.


