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Gary Payton, ¿futuro propietario de unos Seattle Clippers?

Todo comenzó en Julio de 2006. En la citada fecha, el denominado Basketball Club LLC, un grupo empresarial de Oklahoma City encabezado por Clay Bennet, quien fuese principal responsable de la reubicación temporal de los Hornets tras el desastre del Katrina, compró los Seattle Supersonics, completando el pack con las Storm de la WNBA. Un montante de 350 millones de dólares tenía la culpa de que la franquicia deportiva con más arraigo de la Emerald City cambiara el delicioso salmón a la madera, típico de la cocina del noroeste del Pacífico, por el rudo grill de la Oak City.
 
La nueva franquicia, una suerte de pseudo equipo de NBDL venido a más (tanto por lo insípido de su uniforme como por la juventud del roster que dirige ese hombre con el que Latrell Sprewell jugó a ser Albert DeSalvo), llenará el Ford Center, pero, gozando de un carisma ciertamente nulo, el hueco que deja en el corazón de todos los aficionados es patente. No hay un enamorado de la pelota naranja en Seattle que no desee recuperar aquello que Howard Schultz, el mandamás de Starbucks, se quitó de encima.
 
Nora Ephron, una excelente guionista (ella fue la que ideó aquella inmortal escena del orgasmo fingido de Meg Ryan en Cuando Harry encontró a Sally) que no pasa, sin embargo, de discreta tras la cámara, dirigió en 1993 una película llamada Algo para recordar (cuyo título original es, curiosamente, Sleepless in Seattle). El film (indecentemente empalagoso, todo hay que decirlo) trata sobre un arquitecto que, tras perder a su mujer fruto de un cáncer, decide mudarse a Seattle pensando en hacer borrón y cuenta nueva en su vida. La cuestión es que, por motivos que no vienen al caso, su historia acaba trascendiendo y, de golpe y porrazo, decenas de conmovidas mujeres se agolpan a su puerta queriendo llenar el vacío que dejó su difunta cónyuge.

 

Algo muy parecido se está cociendo últimamente en el estado de Washington. Todos quieren ocupar el doloroso hueco dejado por la trágico fallecimiento (y posterior reencarnación algunos quilómetros más allá) de los Sonics. Steve Ballmer, presidente de Microsoft (ahí es nada), encabeza, supuestamente, un sólido grupo de inversores que anhelan devolver la NBA a Seattle, previo remozado profundo del Key Arena a través de una inyección de unos 75 millones de dólares; mientras que, por su parte, el demócrata Greg Nickels, alcalde de la ciudad, no pierde una oportunidad de dejar claro en público lo abiertas que están las puertas de la ciudad al retorno del baloncesto de elite. Incluso el propio David Stern ha confirmado que los contactos existen.

 

Por si esto fuera poco, el mismísimo Gary Payton, a la sazón el mejor y más querido jugador de la era contemporánea de los Sonics, manifestó hace bien poco su intención de aliarse con el ex-ACB James Donaldson y hacer que la NBA regrese a la Rain City. Su osadía, bien conocida por todos los aficionados al baloncesto, hizo que The Glove incluso se atreviese a fijar una fecha para la consumación de su proyecto: 2011. Las voces más optimistas (y realistas), sin embargo, ven esto inviable hasta, por lo menos, el año 2014.

 

Quizá son castillos en el aire. O quizá no es más que el resultado del feroz agravio comparativo que se establece después de que, para más inri, la ciudad en 2009 estrene franquicia de la Major League Soccer: los Sounders.

 

Lo cierto es que la rumorología no cesa. Y entre las cábalas y ocurrencias de unos y de otros, destaca sobremanera el guante lanzado por Henry Abbott en su True Hoop: ¿y si fueran los Clippers la franquicia ideal para hacer las maletas rumbo a Seattle?

 

Otra mudanza. Algo en absoluto novedoso para el patito feo de la NBA. Buffalo, San Diego, Los Ángeles... ¿Seattle? Pocos resultados. Demasiado movimiento. ¿Próxima estación? Quizá, parafraseando a Manu Chao: esperanza.

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Vitale, con su sempiterna pajarita

Seamos realistas: no es difícil que te caiga mal Dick Vitale. De hecho, es vox populi que un nutrido número de aficionados al baloncesto de los States no aguantan a Dickie V (cifra que aumenta exponencialmente si nos centramos únicamente en los aficionados al deporte universitario). Es, sin duda alguna, el tipo más cargante de todo el vasto conglomerado del periodismo deportivo yankee (sólo igualado por Sir Charles en sus horas más bajas) y su voz de bocina y su inherente capacidad para no callarse ni debajo del agua consiguen poner de los nervios hasta al más paciente de los telespectadores.

 

Con todo, es de recibo señalar que, hace algunos años, Vitale era uno de los periodistas más queridos dentro del gremio televisivo norteamericano. Es un personaje ciertamente carismático, afable, bonachón y, por si esto fuera poco, tiene cierta propensión a hilarantes idas de olla verbales en antena. Sin embargo, en algún momento (nadie sabe exactamente cuándo), Dick Vitale se convirtió en una especie de parodia de sí mismo. Únicamente es necesario localizar material de no hace tanto (finales de los ochenta, por ejemplo) para reparar en la palpable degradación del bueno de Dick.

 

Pero si hoy tienen sentido estas palabras, es porque, a pesar de su desmedida y nunca oculta afinidad (algunos dirán fanatismo) por la Universidad de Duke (John Chaney, el coach de Temple, dijo una vez que era imposible que pasasen quince segundos en una retransmisión sin que Vitale nombrase a Duke... Aunque no estuviesen jugando los Blue Devils), a pesar de que sus sesudos análisis tácticos pasasen a mejor vida en favor de sus archiconocidas muletillas y a pesar de las irrefrenables ganas de apretar el mute en el mando a distancia que entran al aficionado medio en muchos momentos de sus partidos, guste o no guste, Dick Vitale es historia viva del periodismo deportivo estadounidense.

 

Son ya más de mil partidos comentados en la que ha sido su casa durante casi treinta años: la ESPN. De hecho, él ya participó en la primera retransmisión de baloncesto universitario, allá por el año 79, y el crecimiento del mismo ha ido ineludiblemente de su mano. Y gracias a ello, el Hall of Fame le permitió, hace algo más de un mes y tras varios intentos frustrados, formar parte del listado de nombres más brillante de la historia de nuestro deporte.

 

Por su desmedido amor por Shane Battier, porque no recuerdo una entrevista con motivo de su entrada en el Salón de la Fama en la que no haya terminado llorando o, incluso, por las pintas que llevó cuando entrenó a los Pistons. Hay miles de razones por las cuales, si Dick Vitale no existiese, habría que inventarlo. Y la principal es que personajes como él son los que le dan a este deporte la solera que merece.   

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Allan Houston (Foto EFE)

No deben correr buenos tiempos para ese neoyorkino de los de toda la vida, orondo oficinista aficionado al baloncesto que desempolva cada cierto tiempo (siempre más del que a él le gustaría) sus añejas Reebok Pump y se marcha, con su desgastado balón bajo el brazo, a tirar un rato a las pistas del Agnes Haywood, en la Barnes Avenue.

 

 

Ese hombre alguna vez soñó con ser Mark Jackson. O Rod Strickland. Y ahora, superada la treintena, comprueba que, salvo los intermitentes destellos de Jamaal Tinsley o Sebastian Telfair, la mítica figura del ‘base neoyorkino' (que es en baloncesto lo que decir ‘delantero brasileño' en fútbol) languidece. Los más cínicos dirán, incluso, que el hecho de que el futuro dependa de un individuo como Telfair es la más palpable muestra de la crisis. Si esta decadencia, además, la confirma alguien como Scoop Jackson, que conoce los mentideros baloncestísticos neoyorkinos como la palma de su mano, la decadencia es ciertamente preocupante.

 

 

Claro que todo esto le inquieta al aficionado al baloncesto, sin más. El que es de los Knicks bastante tiene con lo suyo. Con vivir preocupado con un equipo cada año más rico, cada año más caro, cada año más caótico y cada año más lejano del anillo. Es verdad que, posiblemente, la nueva era post-Isiah invita a un tímido optimismo, aunque, a primera vista, que las esperanzas de los Knickerbockers se apelliden D'Antoni y Gallinari sólo parece poder tener contento a Paul DiMarco, capo del clan de los Genovese y, por consiguiente, hombre más poderoso de la mafia neoyorkina.

 

 

Deberán entonces los románticos aferrarse a dos mitos. O mejor dicho, a un mito y al hijo de otro. En dos operaciones de dudoso peso deportivo pero de incontable peso sentimental, Donnie Walsh, general manager de la franquicia, ha firmado a Allan Houston y a Patrick Ewing Jr., dejando a toda la ciudad en shock y haciendo que todos los fans tengan un déjà vu de diez años. De un plumazo.

 

Decía John Jay Chapman, ensayista neoyorkino, que el presente es tan poderoso en Nueva York que el pasado se ha perdido. Se notaba que no era de los Knicks.
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Hamed Hadadi (Foto EFE)

Hace escasamente diez meses tenía lugar en Teherán un encuentro en el que Mahmud Ahmadineyad, presidente de Irán, se reunía con su hermano político, Hugo Chávez. Frases como "pronto no hablaremos de dólares; el dólar se hunde, se hunde el imperio del dólar y con él se hunde el imperio de los Estados Unidos" trufaban el discurso de un Ahmadineyad que, por todos es sabido, posee una especial aversión a todo lo que huela a "imperialismo" en general y a Estados Unidos en particular. Seguramente, el máximo mandatario persa no tuvo en cuenta que, un par de meses antes, el equipo masculino de baloncesto del país de los ayatolás se proclamaba campeón de Asia comandado por un Hamed Hadadi cuyo mayor sueño no era otro que formar parte del show business de la NBA.

 

Por todos es sabido, sin embargo, que, a pesar de los avatares que sacudieron su controvertido fichaje por los Grizzlies, los intereses baloncestísticos primaron sobre quince años de embargo comercial, reflejando el buen hacer de la diplomacia de la Oficina de Control de Activos Extranjeros, que antes de con Hadadi ya había lidiado con menudeces sin importancia como los fondos nazis que pretendían ser repatriados tras la invasión de éstos a Noruega o el capital chino durante la guerra de Corea.

 

Paradójicamente, alguien con su misma altura (y una lentitud de pies similar, por qué no decirlo) tuvo, mientras el bueno de Hadadi se convertía en el mejor jugador del Asiabasket, un problema similar pero, curiosamente, a la inversa. Josh Moore, un 2.18 de prometedora carrera en high-school y turbio paso por la Universidad de Michigan (expulsado del equipo debido a su inelegibilidad académica) se aventuraba, tras un aciago paso por los Clippers en la 2003-2004 (toda la temporada en la injury list, sin llegar siquiera a debutar) y un drama familiar (asesinato de su hermano pequeño) que puso en la cuerda floja el futuro de su carrera deportiva, a desembarcar en el BEEM Mazandaran iraní, al amparo de un jugoso puñado de riales.

 

Bastaron, eso sí, pocas semanas para que la aventura tocase precipitadamente a su fin. Una prohibición del gobierno iraní (¿curioso, verdad?) y algún que otro hilarante impedimento de carácter cultural ("sin Youtube, sin ESPN, sin MySpace... Todas esas webs allí están prohibidas, así que tienes que recurrir al porno") propiciaron la vuelta a casa de Moore.

 

Ahora, su vida parece haber dado un giro. Entregado a la escritura, regenta un curioso blog en el que se autoproclama "el comentarista social más grande (en el sentido estrictamente físico, suponemos) del mundo" y está a punto de lanzar al mercado su autobiografía Embracing Hard Choices: Basketball Politics 101. Destacable, cuanto menos, viniendo de alguien del que muchos decían que era el estudiante más vago que había pisado el campus de Michigan.

 

Quizá estemos ante el sucesor de Michael R. Gordon, el afamado analista militar del New York Times, y veamos a Moore, libreta en mano, cubriendo futuros ataques de su país al Eje del Mal en el Golfo Pérsico. Lo malo (o lo bueno, para algunos) es que sería un blanco fácil.
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El calor de Los Angeles tiene algo especial. Debe ser eso lo que está haciendo que reliquias como PJ Brown o, incluso, el mismísimo Chris Webber dibujen su retiro dentro de las fronteras del estado de los Beach Boys y de la tierra dorada.


Pero todo tiene su doble lectura. Y, como cantan los californianos Sugarcult, this city's killing me in the heat of Los Angeles. Y si no, que se lo pregunten al bueno de OJ Mayo, que, buscando acomodo para su más que cantado one and done, dio con sus huesos en la ilustre, adinerada y eminentemente footballera USC. Y, lamentablemente para el muchacho de Huntington, en lo referente a la pelota naranja, el college es más que probable carne de NIT.


Quizá todo sería distinto si Nick Young y Gabe Pruitt siguiesen en las aulas, enfundándose sus cazadoras rojigualdas, pero lo cierto es que hombres como Davon Jefferson, Taj Gibson o el italo-americano Daniel Hackett deberían ser suficiente arsenal para desplegar una temporada más que decorosa sobre el parquet del Galen Center. Y que no me venga nadie diciendo que los malos porcentajes de tiro (y, si me apuran, hasta la profunda unidimensionalidad de Mayo) no se veían venir.


Saco a colación la crisis de los Trojans porque, si en un estado es particularmente cruel ser devorado por las expectativas en lo que a deporte universitario se refiere, ese es, sin duda, California (Carolina del Norte puede hacer sombra en las canchas, pero en lo demográfico está a años luz). Las tres universidades con mejor palmarés (UCLA, Stanford y la propia USC, por ese orden) están en territorio schwarzeneggeriano, por lo que las rivalidades y el consiguiente agravio comparativo resultan feroces.


El Cardinal (sí, en singular), flojo en la Pac-10, vive del record que cosechó en pretemporada y de la inspiración del bueno de los gemelos Lopez. Pero, al fin y al cabo, en Palo Alto están más atentos de lo que hagan los Golden Bears en Berkeley; y no tanto de lo que se cueza en Los Angeles. Sin embargo, los chicos de UCLA, vecinos mal avenidos de los Trojans, están siendo una de las dulces sorpresas de esta temporada. Con un equipo muy renovado en sus roles (los galones de Arron Afflalo los ha recogido, sin titubear, Kevin Love, un auténtico superdotado de esto), los Bruins aparecen en multitud quinielas para repetir billete rumbo a su tercera Final Four consecutiva.


Pero no se preocupen si Mayo les ha sabido a poco, porque Tim Floyd no está, ni mucho menos, en la Luna (si desvelo que Neil Armstrong e, incluso, George Lucas, son ilustres antiguos alumnos de USC, el chiste fácil viene solo, ¿verdad?), y se ha apuntado el tanto del reclutamiento de una bestia parda similar (aunque sin tanta pompa mediática) de cara al curso que viene: Demar DeRozan. ¿Se imaginan a una fiera como Amare Stoudemire dentro del cuerpo de un escolta de casi dos metros? Pues dejen de imaginar.

 

El hecho de que el que fuese entrenador de los Chicago Bulls más penosos de la historia reciente de la franquicia también haya reclutado al ¿rapero? y ¿actor? Lil Romeo (en adelante, Percy Miller) sospecho que alimentará más columnas en la VIBE (algo así como un ¡HOLA! en versión gangsta) que en la Sports Illustrated.

 

Pero no todo es baloncesto universitario en Los Angeles. Y mucho menos si en los Lakers juega alguien como Andrew Bynum, quien prefirió los cálidos brazos de su mentor en LA, Kareem Abdul-Jabbar, antes que a la fría Connecticut. El bueno de Socks, que ha mostrado una evolución en su juego absolutamente sideral, estaba, primero, en boca de todos porque parecía, por fin, ser el compañero de fatigas que tanto necesitaba Kobe para estar a gusto en Hollywood (“con él en la alineación, somos un equipo del calibre de los candidatos al título”, afirmaba, sin titubear, el propio Bryant), y ahora, después, por una luxación de la rótula, agravada con un hematoma en el hueso de su rodilla izquierda, lo que le va a mantener alejado de las canchas casi dos meses. Por lo pronto, en el primer partido post-Bynum, 48 puntos del "24" (canasta ganadora a cuatro segundos del final incluida). "El día de la Marmota", pensarán muchos, pero lo cierto es que echaremos de menos esa particular comunicación, que tantos y tan buenos réditos proporcionaba y proporcionará a los fans de los Lakers y a los amantes del baloncesto en general. Igual a eso se refería Anthony Kiedis con su californication.

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Entre Unalaska, un pequeño pueblo de algo menos de 5.000 habitantes situado muy cerca de las Islas Aleutianas, e Eastport, el municipio más al este del estado de Maine, se extiende una superficie de 9.631.418 kilómetros cuadrados que abraza un país, los Estados Unidos de América, donde el deporte huele a palomitas pero también a focos quemados. Donde el glamour tiene tanta importancia como el sudor y donde la tradición y la innovación se abrazan formando un indisoluble matrimonio.

 

Desde la Tobacco Road, la particular Ruta 66 del baloncesto norteamericano, a cualquier punto de la geografía estadounidense, es indiscutible que, en los States, al deporte de la canasta le rodea un halo especial.

 

El espectáculo del Forum de Inglewood, el gesto torcido de Spike Lee, el genio de Adolph Rupp, los sueños de Harlem, la censura de las Air Jordan, la sonrisa de Magic Johnson, los pick and roll de Stockton y Malone, los anillos de Bill Russell, los peinados afros de la Old School, la banda de música de la universidad de Ohio, la tragedia de Len Bias, la euforia de Jim Valvano, el tobillo de Grant Hill, la épica de los Hoosiers, las palabras de Charles Barkley, los triples-dobles de Oscar Robertson, los puros de Red Auerbach, las lágrimas de Michael Jordan, la irónica sonrisa de Jack Nicholson, la nieve de Massachusetts, los pantalones vintage de los 70, el codo de Jason Williams, el pez que salvó Pittsburgh, los tiros libres "a cuchara" de Rick Barry, el flequillo de Mike Fratello, los buzzer beaters de Reggie Miller, el viaje de Maurice Podoloff, los marcajes de Bowen, el espíritu de Texas Western, los centímetros de Manute Bol, los jerseys de Rick Majerus, el zen de Phil Jackson, los kilos de Oliver Miller, los "gallos" de Dick Vitale, los tatuajes de Allen Iverson, las esperanzas de los high-schools, los nervios del Draft, el tablero roto de Darvin Ham, los coast to coast de Shaquille O´Neal, la serenidad de Jim Larrañaga, el tapón de Earl Boykins, el sonido del órgano del Madison Square Garden, la elegancia de Pat Riley, los cencerros del Arco Arena, los 100 puntos de Wilt Chamberlain, el alma del Hall of Fame de Springfield, los triples de Steve Kerr, el carisma de Dick Bavetta, la sobriedad de David Stern, los hijos no reconocidos de Shawn Kemp, la mirada de Wes Unseld, la mente de James Naismith, la genialidad de Pete Maravich, el salto de Vince Carter, las palmadas de Joakim Noah, el dedo apuntando al cielo de Larry Bird, las canas de Lute Olson, los ganchos de Kareem Abdul-Jabbar, las cheer-leaders del American Airlines Arena, las gafas de John Wooden, el parquet del Boston Garden, los bíceps de David Robinson, los pies de Hakeem Olajuwon, el espectáculo del Run TMC, las tiendas de campaña en Krzyzewskiville, la magia del Dream Team, las maletas de Tony Massenburg, la nostalgia del One Shining Moment, los spots de las Converse Weapon o la silla de Bobby Knight.

 

Todo ello forma parte de la idiosincrasia de un país trufado de pequeñas leyendas. Un país en el que late el baloncesto. Un país en el que conviven héroes y villanos repartidos en un sinfín de historias que, sin alejarse de la pelota naranja, van más allá de lo meramente deportivo, sumiéndose de lleno en lo social, en lo que transpiran sus habitantes. Blancos o negros, demócratas o republicanos, ricos o pobres, adolescentes o ancianos. La realidad de Estados Unidos a través del tamiz del deporte de la canasta. Bienvenidos a All American.