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Ehadadi
Hamed Hadadi (Foto EFE)

Hace escasamente diez meses tenía lugar en Teherán un encuentro en el que Mahmud Ahmadineyad, presidente de Irán, se reunía con su hermano político, Hugo Chávez. Frases como "pronto no hablaremos de dólares; el dólar se hunde, se hunde el imperio del dólar y con él se hunde el imperio de los Estados Unidos" trufaban el discurso de un Ahmadineyad que, por todos es sabido, posee una especial aversión a todo lo que huela a "imperialismo" en general y a Estados Unidos en particular. Seguramente, el máximo mandatario persa no tuvo en cuenta que, un par de meses antes, el equipo masculino de baloncesto del país de los ayatolás se proclamaba campeón de Asia comandado por un Hamed Hadadi cuyo mayor sueño no era otro que formar parte del show business de la NBA.

 

Por todos es sabido, sin embargo, que, a pesar de los avatares que sacudieron su controvertido fichaje por los Grizzlies, los intereses baloncestísticos primaron sobre quince años de embargo comercial, reflejando el buen hacer de la diplomacia de la Oficina de Control de Activos Extranjeros, que antes de con Hadadi ya había lidiado con menudeces sin importancia como los fondos nazis que pretendían ser repatriados tras la invasión de éstos a Noruega o el capital chino durante la guerra de Corea.

 

Paradójicamente, alguien con su misma altura (y una lentitud de pies similar, por qué no decirlo) tuvo, mientras el bueno de Hadadi se convertía en el mejor jugador del Asiabasket, un problema similar pero, curiosamente, a la inversa. Josh Moore, un 2.18 de prometedora carrera en high-school y turbio paso por la Universidad de Michigan (expulsado del equipo debido a su inelegibilidad académica) se aventuraba, tras un aciago paso por los Clippers en la 2003-2004 (toda la temporada en la injury list, sin llegar siquiera a debutar) y un drama familiar (asesinato de su hermano pequeño) que puso en la cuerda floja el futuro de su carrera deportiva, a desembarcar en el BEEM Mazandaran iraní, al amparo de un jugoso puñado de riales.

 

Bastaron, eso sí, pocas semanas para que la aventura tocase precipitadamente a su fin. Una prohibición del gobierno iraní (¿curioso, verdad?) y algún que otro hilarante impedimento de carácter cultural ("sin Youtube, sin ESPN, sin MySpace... Todas esas webs allí están prohibidas, así que tienes que recurrir al porno") propiciaron la vuelta a casa de Moore.

 

Ahora, su vida parece haber dado un giro. Entregado a la escritura, regenta un curioso blog en el que se autoproclama "el comentarista social más grande (en el sentido estrictamente físico, suponemos) del mundo" y está a punto de lanzar al mercado su autobiografía Embracing Hard Choices: Basketball Politics 101. Destacable, cuanto menos, viniendo de alguien del que muchos decían que era el estudiante más vago que había pisado el campus de Michigan.

 

Quizá estemos ante el sucesor de Michael R. Gordon, el afamado analista militar del New York Times, y veamos a Moore, libreta en mano, cubriendo futuros ataques de su país al Eje del Mal en el Golfo Pérsico. Lo malo (o lo bueno, para algunos) es que sería un blanco fácil.