Seamos realistas: no es difícil que te caiga mal Dick Vitale. De hecho, es vox populi que un nutrido número de aficionados al baloncesto de los States no aguantan a Dickie V (cifra que aumenta exponencialmente si nos centramos únicamente en los aficionados al deporte universitario). Es, sin duda alguna, el tipo más cargante de todo el vasto conglomerado del periodismo deportivo yankee (sólo igualado por Sir Charles en sus horas más bajas) y su voz de bocina y su inherente capacidad para no callarse ni debajo del agua consiguen poner de los nervios hasta al más paciente de los telespectadores.
Con todo, es de recibo señalar que, hace algunos años, Vitale era uno de los periodistas más queridos dentro del gremio televisivo norteamericano. Es un personaje ciertamente carismático, afable, bonachón y, por si esto fuera poco, tiene cierta propensión a hilarantes idas de olla verbales en antena. Sin embargo, en algún momento (nadie sabe exactamente cuándo), Dick Vitale se convirtió en una especie de parodia de sí mismo. Únicamente es necesario localizar material de no hace tanto (finales de los ochenta, por ejemplo) para reparar en la palpable degradación del bueno de Dick.
Pero si hoy tienen sentido estas palabras, es porque, a pesar de su desmedida y nunca oculta afinidad (algunos dirán fanatismo) por la Universidad de Duke (John Chaney, el coach de Temple, dijo una vez que era imposible que pasasen quince segundos en una retransmisión sin que Vitale nombrase a Duke... Aunque no estuviesen jugando los Blue Devils), a pesar de que sus sesudos análisis tácticos pasasen a mejor vida en favor de sus archiconocidas muletillas y a pesar de las irrefrenables ganas de apretar el mute en el mando a distancia que entran al aficionado medio en muchos momentos de sus partidos, guste o no guste, Dick Vitale es historia viva del periodismo deportivo estadounidense.
Son ya más de mil partidos comentados en la que ha sido su casa durante casi treinta años: la ESPN. De hecho, él ya participó en la primera retransmisión de baloncesto universitario, allá por el año 79, y el crecimiento del mismo ha ido ineludiblemente de su mano. Y gracias a ello, el Hall of Fame le permitió, hace algo más de un mes y tras varios intentos frustrados, formar parte del listado de nombres más brillante de la historia de nuestro deporte.
Por su desmedido amor por Shane Battier, porque no recuerdo una entrevista con motivo de su entrada en el Salón de la Fama en la que no haya terminado llorando o, incluso, por las pintas que llevó cuando entrenó a los Pistons. Hay miles de razones por las cuales, si Dick Vitale no existiese, habría que inventarlo. Y la principal es que personajes como él son los que le dan a este deporte la solera que merece.


