Entre Unalaska, un pequeño pueblo de algo menos de 5.000 habitantes situado muy cerca de las Islas Aleutianas, e Eastport, el municipio más al este del estado de Maine, se extiende una superficie de 9.631.418 kilómetros cuadrados que abraza un país, los Estados Unidos de América, donde el deporte huele a palomitas pero también a focos quemados. Donde el glamour tiene tanta importancia como el sudor y donde la tradición y la innovación se abrazan formando un indisoluble matrimonio.
Desde la Tobacco Road, la particular Ruta 66 del baloncesto norteamericano, a cualquier punto de la geografía estadounidense, es indiscutible que, en los States, al deporte de la canasta le rodea un halo especial.
El espectáculo del Forum de Inglewood, el gesto torcido de Spike Lee, el genio de Adolph Rupp, los sueños de Harlem, la censura de las Air Jordan, la sonrisa de Magic Johnson, los pick and roll de Stockton y Malone, los anillos de Bill Russell, los peinados afros de la Old School, la banda de música de la universidad de Ohio, la tragedia de Len Bias, la euforia de Jim Valvano, el tobillo de Grant Hill, la épica de los Hoosiers, las palabras de Charles Barkley, los triples-dobles de Oscar Robertson, los puros de Red Auerbach, las lágrimas de Michael Jordan, la irónica sonrisa de Jack Nicholson, la nieve de Massachusetts, los pantalones vintage de los 70, el codo de Jason Williams, el pez que salvó Pittsburgh, los tiros libres "a cuchara" de Rick Barry, el flequillo de Mike Fratello, los buzzer beaters de Reggie Miller, el viaje de Maurice Podoloff, los marcajes de Bowen, el espíritu de Texas Western, los centímetros de Manute Bol, los jerseys de Rick Majerus, el zen de Phil Jackson, los kilos de Oliver Miller, los "gallos" de Dick Vitale, los tatuajes de Allen Iverson, las esperanzas de los high-schools, los nervios del Draft, el tablero roto de Darvin Ham, los coast to coast de Shaquille O´Neal, la serenidad de Jim Larrañaga, el tapón de Earl Boykins, el sonido del órgano del Madison Square Garden, la elegancia de Pat Riley, los cencerros del Arco Arena, los 100 puntos de Wilt Chamberlain, el alma del Hall of Fame de Springfield, los triples de Steve Kerr, el carisma de Dick Bavetta, la sobriedad de David Stern, los hijos no reconocidos de Shawn Kemp, la mirada de Wes Unseld, la mente de James Naismith, la genialidad de Pete Maravich, el salto de Vince Carter, las palmadas de Joakim Noah, el dedo apuntando al cielo de Larry Bird, las canas de Lute Olson, los ganchos de Kareem Abdul-Jabbar, las cheer-leaders del American Airlines Arena, las gafas de John Wooden, el parquet del Boston Garden, los bíceps de David Robinson, los pies de Hakeem Olajuwon, el espectáculo del Run TMC, las tiendas de campaña en Krzyzewskiville, la magia del Dream Team, las maletas de Tony Massenburg, la nostalgia del One Shining Moment, los spots de las Converse Weapon o la silla de Bobby Knight.
Todo ello forma parte de la idiosincrasia de un país trufado de pequeñas leyendas. Un país en el que late el baloncesto. Un país en el que conviven héroes y villanos repartidos en un sinfín de historias que, sin alejarse de la pelota naranja, van más allá de lo meramente deportivo, sumiéndose de lleno en lo social, en lo que transpiran sus habitantes. Blancos o negros, demócratas o republicanos, ricos o pobres, adolescentes o ancianos. La realidad de Estados Unidos a través del tamiz del deporte de la canasta. Bienvenidos a All American.


