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Emmanuel A. Quezada Martínez nació el 13 de abril de 1985 en Washington Heights, uno de los barrios más problemáticos y pobres del estado de Nueva York, y cuya demografía destaca por el 74% de familias con ascendencia dominicana. Quezada, como su amigo James Feldeine, es uno de esos neoyorquinos de familia de la República Dominicana.

 

 

Desde muy pequeñito empezó a jugar al baloncesto y destacó por su gran rapidez. Su periplo universitario no fue fácil: solo aguantó un año en Rutgers, donde apenas jugó 6 minutos por encuentro. La Universidad de Dakota no quiso arriesgarse con él por estimarle ''muy bajo'', y finalmente encontró su sitio con los San Francisco Dons de la West Coast donde jugó tres temporadas.

 

Tanto en la universidad de Nueva Jersey como en la californiana, Quezada jugó de base. Era un base, eso sí, muy americano: gran baza anotadora de la Universidad de San Francisco, él era tanto el guionista, director y actor del juego ofensivo de los Dons. En sus tres años allá, promedió 12,5 puntos, 3,5 asistencias y 3,1 rebotes, erigiéndose como un jugador con carisma y vocación ofensiva, con la vista puesta siempre en la canasta.

 

Este estilo no pasó desapercibido para el Baloncesto León. El cuadro leonés fichó a Manny Quezada para que fuese el escolta del equipo -después de que el de Puerto Plata jugase en el Sameji de Dominicana, y en los Gaiteros de Zulia venezolano, promediando 16 y 15 puntos por partido respectivamente-, la referencia anotadora, y no base, como había sido hasta ahora. La adaptación del neoyorquino, tanto al cambio de posición como al cambio de juego, fue óptima. En su primer año en la Adecco Oro, Quezada fue capaz de aportar 14,1 puntos por noche al León, confirmándose su apuesta como un acierto. Sus porcentajes no fueron del todo buenos: 47% en tiros de dos y 28% en triples, pero añadió a sus números 3,2 asistencias y 2,9 rechaces. Estas estadísticas mejoraron en su segunda campaña: 16,5 puntos con 47% en tiros de dos y 40% en triples, 3,4 asistencias y 3,1 rebotes. En valoración, pasó de 11,2 a 15.

 

Quezada es escolta por naturaleza. Su juego en NCAA, a pesar de realizarlo desde el puesto de 'point guard', era de 'shooting guard'. Se le nota cómodo siendo la referencia ofensiva y busca siempre el contacto con el balón. Tiene un buen físico que, en unión con su velocidad de piernas, le permite buscar las cosquillas a su defensor en los 1x1. También sabe jugar sin la pelota y es capaz de tirar tras bloqueo gracias a su rápida y fluida mecánica de tiro. Si bien no es un tirador, ha mejorado durante su carrera su tiro desde el perímetro, pero no reniega nunca de la esencia callejera, del 1x1, del dribbling y de penetrar en busca de la bandeja.

 

Es un jugador, sin lugar a dudas, espectacular. Pero tiene carencias. Su altura, que le puede venir bien para atacar a rivales más corpulentos y no tan rápidos, es un hándicap cuando las tornas se giran y es a él a quien le toca defender. Si bien es un jugador arrojado, que se lo deja todo, a veces le es imposible contrarrestar el poder de sus rivales sobre él. Esta brega y pasión, siempre bien recibida por el aficionado que disfruta de él, le juega a veces muy malas pasadas. En ocasiones se obstina, ya sea con un jugador o con una situación, y la pasión le hace decidir mal. En la Adecco Oro promedió 3,1 pérdidas en sus dos campañas, casi todas provenientes de penetraciones demasiado arriesgadas. En otras ocasiones, su ímpetu provoca que se borre del partido. Debe controlarse más en esas situaciones para ser útil a su equipo, y no ser un lastre.

 

La traducción de su altura al juego de la Liga Endesa es la gran duda. En cuanto a talento, está claro que pertenece al grupo de los mejores. Pero deberá trabajar muchísimo en su defensa y en su concentración para convertirse en el referente anotador que el FIATC Joventut necesita desde el perímetro. 

Jesús Morales
@MoralesJAlmeida