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Massey
Jeremiah Massey (Foto Eurolegue/Getty)

Jeremiah Massey es un animal. Un jugador con un físico espectacular que combina con una enorme intensidad y movilidad; tampoco exento de calidad, en ocasiones resulta imparable.

 

Lo más llamativo del fichaje del Real Madrid es que está en todos los sitios. No es un jugador atlético de aparición a cuentagotas, sino un hombre muy intenso y agresivo, un hard-nosed que siempre está luchando en rebote y defensa.

 

Así es como Massey ha logrado nombre y ‘status' en el baloncesto europeo. No le ha sido fácil: llegó al baloncesto continental de la mano del modesto Larissa y sin un paso destacado por la NCAA, pero encontró en el Aris Salónica un oasis donde explotar todas sus condiciones atléticas y desarrollar su juego.

 

Poco a poco fue aprendiendo a competir contra los más grandes, a sacar el máximo partido a sus 202 centímetros, quizá escasos para competir en la NBA pero no para hallar espacio bajo tableros en Europa. Que le pregunten a Felipe Reyes, su nuevo compañero. En cierto modo, se parecen. Son dos jugadores empecinados en triunfar, en anotar bajo tableros ante rivales que les superan en altura... pero no en corazón y habilidad.

 

Porque Massey no tira de tres, tampoco es un genio en movimientos en el poste bajo ni reversos, pero es uno de esos hombres que consigue cosas. Dale el balón cerca del aro y él anotará o sacará falta. Ofrécele un balón suelto y él se lanzará a por él, sea un rebote o una pelota dividida. Tiene limitaciones técnicas pero ha encontrado el modo de superarlas... basta una mirada a sus estadísticas (17,0 puntos y 8,4 rebotes por partido en la Euroliga 2007-08) para darse cuenta.

 

Massey es también un jugador destinado a ofrecer espectáculo. Suyos han sido algunos de los mejores mates y tapones de la Euroliga en los dos últimos años y suyas serán jugadas para el recuerdo en la 2008-09.

 

¿Qué puede aportar al Real Madrid 2008-09? Sin duda, intensidad, rebote y capacidad para anotar bajo tableros. Por supuesto, también espectáculo.

 

por Pablo Malo de Molina