ACBBlogs

En el verano de 2007 algunos scouts y especialistas en baloncesto universitario empezaban a mirar hacia la localidad de West Lafayette, en el estado de Indiana. Anunciaban el nacimiento de uno de los equipos que, según decían, estaban llamados a ser protagonistas a nivel nacional en los cuatro años siguientes. Purdue había reclutado en una misma clase a cuatro jugadores que, junto a otros compañeros, formarían un grupo al llamarían los Baby Boilers, usando el nickname de Boilermakers de la universidad para esos jovencitos que amenazaban con dar mucha guerra. Todos entre los cien mejores prospects de ese año para los diferentes rankings especializados. E´Twaun Moore (coqueteando con el top20), JaJuan Johnson (cerca del top40) y dos chicos del Valparaiso High School, Scott Martin (entorno al top60, y que acabaría transferido a Notre Dame) y Robbie Hummel. Este último, que se movía entre los puestos 50 y 70 de los rankings de ese año 2007, acabó siendo el líder del grupo por su personalidad, energía y carisma.
 
Purdue, al mando del entrenador Matt Painter, revolucionaba la competición universitaria con un juego vistoso y un programa que se tornó ganador enseguida. Le falta un punto de madurez y temple en los momentos decisivos para convertir el potencial en éxito y títulos. Robbie Hummel deslumbraba a aficionados y scouts con su versatilidad, inteligencia, capacidad de tiro e intensidad sobre la pista. En el segundo año de estos Baby Boilers, Hummel comenzó a encender alguna alarma sobre sus debilidades físicas. Entre algunas lesiones menores, aparecían problemas de espalda que acabaron con una fractura por estrés de una vértebra lumbar, lo que le obligó a perderse algunos partidos y limitó su juego y minutaje. A pesar de las limitaciones y dolores, el ahora jugador de Obradoiro, con una incómoda protección para su dañada espalda, lideraba a Purdue al título de conferencia. Esa inercia ganadora fue parada de golpe por UConn en la segunda ronda de la Locura de Marzo.

 

 

 

 

 
Hummel era ya una figura a nivel universitario. Recibía premios y menciones, tenía muchos ojos puestos en él y su futuro parecía brillante y despejado hacia altas cotas. Ese curso 2009-10 era el gran momento. Los Boilers ya no eran tan Babies, estaban en tu tercera temporada y ya había acumulado experiencias (tanto buenas como malas) suficientes para dar el salto definitivo. El equipo era un candidato a Final Four. Catorce victorias seguidas eran un arranque perfecto. Tres tropiezos consecutivos se quedaban en un mal bache con las posteriores nueve victorias encadenadas. Y entonces llegó ese 24 de Febrero de 2010. Purdue, número tres del país por entonces, visitaba el Williams Arena de Minneapolis. A escasos días de su cumpleaños, Hummel brillaba con 11 de los 26 puntos de su equipo pasado el ecuador de la primera parte. Se lucía en un entorno familiar pues ese estado de Minnesota era lugar de veraneo habitual en casa de sus abuelos. Robbie se reencontraba con la confianza y el acierto que le habían faltado en partidos anteriores (a pesar de los 22 puntos del partido previo ante Illinois, no había tirado nada bien) y su equipo se disparaba en el marcador. Hasta que un mal paso lo cambió todo. La zapatilla derecha del de Valparaiso resbalaba sobre la pista y su rodilla no aguantó la tensión ni el movimiento. El ligamento cruzado anterior cedió. Comenzaba el calvario. Rápidamente los médicos confirmaban que Hummel tenía que decir adiós a la temporada (que acababa con Purdue cayendo ante Duke en tercera ronda del torneo nacional), pasar por quirófano y comenzar una larga rehabilitación.
 
Todo un proceso que iba a desembocar a tiempo para comenzar el cuarto y, en teoría, último curso. La temporada 2010-11. La última oportunidad de esa histórica generación de los ya seniors Hummel, Moore y Johnson. Un equipo con tres futuros NBA, un claro candidato a entrar en la final four y pelear por el título nacional. Ilusiones acumuladas que se acabaron de golpe, el 16 de Octubre de 2010, de nuevo con el chasquido de la rodilla derecha de Hummel en uno de los primeros entrenamientos de pretemporada. Otra vez el ligamento anterior cruzado. De vuelta a ese tortuoso proceso de la cirugía, la recuperación, la rehabilitación y, quizá sobre todo, estar apartado de la pista. Robbie haría las veces de ayudante dentro del seno del equipo, dedicaría el año trabajar su musculatura y mejorar sus conocimientos tácticos viendo los partidos desde la banda. Nunca se quejó. Nunca se rindió ni sintió pena de sí mismo. Simplemente fue paciente, maduró, mejoró y trabajó duro. Las malditas lesiones nos habían privado de un jugador exquisito y enérgico. Pero no consiguieron tumbarle.
 
Las normas de la NCAA le permitían pasar ese año en blanco (redshirt) y poder disfrutar de un cuarto año de elegibilidad la temporada siguiente. La 2011-12, aunque ya sin sus compañeros de andanza, Johnson y Moore. Sin Hummel, ambos habían conseguido meter al equipo en la Locura de Marzo de nuevo, aunque cayeron ante VCU, la gran revelación del torneo, en segunda ronda. Esta pasada temporada Purdue no ha conseguido acercarse al nivel ofrecido en años anteriores. Pero al menos los aficionados al baloncesto universitario hemos tenido la oportunidad de disfrutar, de nuevo, de Robbie Hummel en una pista de baloncesto. Un jugador algo diferente, más fuerte y en un claro proceso de adaptación a sus nuevas condiciones físicas. Recuperado por completo, según explicaban médicos y entrenadores, pero aún retomando sensaciones perdidas, movilidad, agilidad y explosividad. Sólo con algún problema aislado de calambres en las piernas como único susto médico/físico. Robbie volvía a brillar en las canchas NCAA con números extraordinarios (16´4 puntos y 7´2 rebotes) y ese despliegue de inteligencia y pasión por el juego. Los Boilermakers cayeron ante Kansas en segunda ronda del torneo final y Hummel decía adiós a su etapa universitaria, entre lágrimas, en la rueda de prensa posterior a la derrota ante los Jayhawks.
 
Se había convertido en historia de la Universidad de Purdue. Sus estadísticas figurarán entre las mejores del programa de West Lafayette a pesar de estar sesgadas por las lesiones, y quizá habríamos visto alguna bandera más colgar del techo del pabellón de la universidad de no ser por ese maldito ligamento. Pero lo que significó para aficionados, entrenadores y el equipo no podrá ser mermado por nada ni nadie. Premios deportivos y académicos le condecoraban. Hummel, en palabras de sus compañeros y técnicos, ha dejado un legado imborrable.
 
 
Cerrada la etapa de Purdue, Robbie Hummel afrontaba el gran reto. El gran salto. Su futuro profesional se había complicado bastante, pues esas dos lesiones de rodilla y otros recurrentes problemas físicos habían creado muchas dudas entre los managers y scouts de la NBA. Nadie dudaba de su talento por un segundo, pero su fragilidad física era un factor de riesgo elevado en un jugador que además partía con ciertas dudas sobre su proyección y adaptación a la NBA. Robbie recorrió medio país y acumuló un work-out tras otro con varias franquicias de la liga estadounidense. Las sensaciones parecían positivas, el propio Hummel se mostraba muy animado y esperaba poder salir en la zona media-alta de la segunda ronda del draft. Sin embargo, las dudas pudieron demasiado y las elecciones pasaban sin que su nombre apareciese. Fue ya casi al final, en la 58º elección, cuando los Timberwolves se hacían con sus derechos. Precisamente Minnesota, ese lugar de buenos recuerdos veraniegos que acabó tornándose en escenario de pesadilla aquel Febrero de 2010.
 
Muchos esperaban que Hummel pudiese pelear por un puesto en el roster de los Wolves en el training camp, pero el jugador ha optado por venir a Europa como trampolín de vuelta a la NBA. Santiago de Compostela, Obradoiro y la liga Endesa…parecen un destino perfecto.
 
 
Robbie Hummel era definido como “combo-forward” en su etapa universitaria. Un jugador que podía operar como tres y cuatro, si bien en Purdue fue básicamente un ala-pívot abierto. En casi todas las noticias y comentarios que han salido al respecto sobre su fichaje como Obradoiro, se le presenta, o se le destaca, como un tirador. Pero Hummel es mucho más que eso. Seguramente sean su inteligencia baloncestística, por así llamarlo, su tremenda energía en la pista, su visión de juego y su ejecución y adaptación tácticas los factores que hacen de Robbie el jugador que es. Es talentoso, técnico, equilibrado y maduro. Un tipo de jugador y persona que ya casi parece un rara avis en el baloncesto universitario estadounidense.
 
Bien es cierto, claro, que el tiro exterior es uno de sus grandes puntos fuertes. Jugando como cuatro abierto, Hummel atrae al interior rival, crea espacios y desequilibrios y “agranda” la pista. Es un buen tirador de larga distancia en estático, que ha ido mejorando su mecánica y acierto de forma progresiva en la universidad. No es especialmente efectivo cuando lanza saliendo de dribbling, sobre todo ahora que parece que ha perdido algo de potencia en las piernas para equilibrarse y armar mejor el tiro empezando por la base. Puede anotar también así, pero se ha mostrado bastante menos acertado que tirando en estático. Se eleva bien y el release es alto y relativamente rápido, lo que ayuda a poder sacar el lanzamiento sin necesitar tanto espacio, tanto en estático como saliendo del bloqueo. Algo importante en un jugador al que, en cierto modo, le cuesta crear su tiro propio.
 
Hummel es bastante habilidoso en el dribbling, capaz de cambiar dirección y manejar la pelota con confianza, aunque no se le podría catalogar como un penetrador verdaderamente disruptivo. De nuevo, la pérdida de potencia y movilidad provocada por la doble lesión de rodilla se hace patente, y sin demasiada explosividad no le resulta fácil sacar ventaja al defensor. No es un mal atleta, pero tampoco ha sido un privilegiado físicamente. En determinadas situaciones, sobre todo ya en movimiento y con la defensa más desequilibrada, si debería poder ser incisivo en su ataque al aro y desbordar con más garantías.
 
A priori, el ex de Purdue parece que recibirá un papel principal en el ataque gallego. Hummel ha demostrado esta pasada temporada que es capaz de recibir una mayor carga ofensiva, con mayor atención de la defensa rival, sin perder prácticamente eficacia. Una eficiencia, por cierto, que es otra de sus grandes virtudes. Inteligente con el balón en sus manos, toma buenas decisiones y rara vez fuerza acciones. Así pues, Robbie parece preparado para convertirse en un referente anotador, aunque tendrá que demostrar que está capacitado para generar en ataque en una liga de tanto nivel como la española. No cabe pensar en problemas de adaptación a la dinámica de equipo, pues el jugador nunca ha mostrado ni tan siquiera insinuado altivez ni egoísmo, encajando bien en un ambiente de equipo y aceptando repartos de roles. Liderando con el ejemplo, trabajando al máximo, pero sin necesidad de sentirse protagonista o absorber juego por decreto. Además, juega bien sin balón, es activo sin la bola, y es capaz de distribuirla y repartir asistencias con cierta solvencia.
 
Durante los largos periodos de inactividad (baloncestística) debidos a las lesiones de rodilla, Hummel dedicó mucho tiempo a trabajar en el gimnasio para fortalecer su tren superior. Ya progresaba a buen ritmo en sus dos primeras temporadas, pero de vuelta de la lesión la evolución era aún más contundente. Esto le ha permitido pelear con más garantías frente a los cuatros rivales en la pintura, buscar algunas acciones de poste bajo y resistir mejor contactos a la hora de finalizar sus penetraciones.
 
Junto a la concatenación de serias lesiones y continuos problemas físicos, la defensa era el otro aspecto que más dudas generaba entre los scouts NBA. Robbie Hummel queda a medio camino entre los puestos de tres y cuatro en este sentido. Le falta la velocidad lateral, explosividad y movilidad (más aún tras la lesión) para sujetar a un exterior explosivo y habilidoso. Y a su vez, aunque la altura no es del todo mala para el puesto de cuatro, no posee una longitud (bastante standard) ni fortaleza de garantías para aguantar las embestidas de un interior poderoso. Se le veía como un tweener, estancado entre dos posiciones, considerándosele una posible liability (lastre o debilidad) defensiva. El fortalecimiento de su tren superior y la menor exigencia física del baloncesto europeo le permitirán rendir mejor en defensa, aunque está por ver que sea capaz de ser solvente en dicha faceta, evitando sufrir demasiado ante cuatros de corte interior. Tácticamente si está bien preparado y trabajado en defensa (defensa sin balón, rotaciones, ayudas, etc.), y el esfuerzo y la intensidad es algo que se entienden como asegurados.

 

Foto Obradoiro CAB

 
El jugador ayudará en tareas reboteadoras tal y como ha hecho en la universidad, aunque también tiene que demostrar que puede moverse en guarismos similares una vez la exigencia física y competitiva será mayor. Producirá intangibles y sería extraño que no se ganase rápidamente el cariño de la afición gallega.
 
Robbie Hummel, ahora que comienza la pretemporada, despierta dos grandes e intensas sensaciones. Ilusión y emoción, gracias a su juego, su personalidad, su estética como jugador de baloncesto, y la promesa de todo lo bueno que pueda aportar a Obradoiro. Al otro lado, surgen las dudas y la tensión, producto de la fragilidad de un jugador que ya ha visto su carrera demasiado herida por las lesiones y que podría ser un factor inestable en la planificación táctica y deportiva del equipo. Si está sano, sería muy raro no verle rendir a buen nivel. Los aficionados gallegos, y cualquier amante del baloncesto, desearán (y desearemos) con todas sus fuerzas que se cumpla eso que se dice cuando no te toca la lotería de navidad: “al menos que no nos falte salud, que es lo importante”. Obradoiro tendrá su hombre referencia. El resto disfrutaremos de un jugador exquisito. Y Robbie Hummel recibirá el justo premio al talento, la pasión y el trabajo siempre ha demostrado y que ahora trae consigo a España.

 

Alejandro González
@Eil82