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Foto: ACBUn amague, otro. Amenazas con lanzarte hacia canasta, botas por fin, cambias de rumbo con un bote entre las piernas. Vistazo al aro, mirada con rabia, ya es algo personal para ti. Bullock espera y aceptas el reto. Contra él, contra el Madrid, contra el mundo. Estás en unas semifinales de Playoff y eres el protagonista. Quién lo diría hace nada. Entras como una exhalación en la zona rival dispuesto a dinamitar el partido. Nadie te para, nadie podría hacerlo. Vuelas hacia el aro y, cuando la bola sale de tus manos dispuesta a besar la red, el tiempo se detiene (92:05).

Y lo vuelves a ver todo. Puro flashback. Hace calor. Verano del 2009, Fuenlabrada. Acabas de ser el Jugador Revelación y eres el caramelo del mercado. La prensa te viste de blanco y el rumor se acaba concretando. ¿Seguro? Reflexionas. Intentas traer a tu memoria tu presentación con el Real Madrid o tu primera foto con la camiseta de tu nuevo equipo. En ese instante, acabas inmerso, una vez más, en tu propia telenovela. Eres el protagonista de un culebrón que no sabes ni cómo ni por qué nació. Sin debutar con la elástica blanca, la prensa te relaciona con el Baskonia. Y pasan los días, las semanas, incluso los meses, y todo sigue igual. Te lesionas, maldita sea, lo que no impide que sigan apostando por ti desde Vitoria, aunque hasta los últimos días de agosto no respiras tranquilo. Acabas de firmar por el Caja Laboral. Como si fuera un videojuego, sólo acabas de superar una fase. La siguiente, la del pasaporte, no llega hasta el epílogo de octubre. La más importante, una lesión con tintes de monstruo final, amenaza con ser eterna.

Tu tobillo te aleja de la Supercopa y, tras tu estreno, te pierdes varios encuentrosporque no terminas de recuperarte. Dejabas pinceladas de tu talento pero las sensaciones no eran buenas y en noviembre te hacen parar. “Reposo activo” lo llamaban. Los partidos, desde la grada y el dolor no remitía ni con un tratamiento más conservador. Maldita sea, Brad. Tocaba volver a empezar.

En diciembre te resignabas a pasar por el quirófano para curarte una dolencia con apellido impronunciable. Pequeño arrancamiento parcial de la tuberosidad posterior del astrágalo, con reacción inflamatoria y fobrosis reactiva. Menos mal que era pequeño, te repetías con sorna. Llegaste a tiempo para la Copa, donde te fuiste cabizbajo y sin valoración positiva. Ya jugabas y eso resultaba una gran noticia, pero no eras tú. No eras el que enamoraste en Fuenlabrada, donde en tus primeros tres partidos de liga lograste más valoración (84) que en toda la campaña como baskonista. Mas no parecía una cuestión de números sino de sensaciones. Otra vez en pista, de vez en cuando mostrabas tu clase, porque esa nunca la has perdido, pero tu tobillo te impedía navegar, como el ancla que llega a nuevo puerto dispuesto a quedarse, como las cadenas que aprisionan al hombre que anhela con echar a correr por su libertad.

 

Foto:  ACB360
 

Hasta hoy, claro. Saliste titular, el día pintaba bien. La primera nube surgió por sorpresa, cuando perdiste el primer balón que llegaba a tus manos. El sol se encondía cuando enfilabas el banquillo tras 7 minutos sin puntos y seguía sin salir al descanso, con sólo una canasta en 14 minutos, tu par –Bullock- ganándote la partida y tu rival, 8 arriba en el luminoso. El vendaval estaba al caer pero las gotas las pusiste tú. No te desmoralizaste. Total, ya son tantas piedras en el camino que ya no cierras más por desprendimiento. Sonaban los primeros truenos. Un par de puntos más con tu firma en el tercer cuarto precedían a tu mejor momento como baskonista. En el periodo final, regresaste al parqué con 51-51 en el marcador y todo por decidir. El partido era tuyo.

 

Lo fue cuando aprovechaste un bloqueo para recibir, mirar y tirar, sin más pensamiento que el de la certeza de su triple. Acertabas. Dos minutos más tarde, después de varios rebotes (¡Vaya muelles! ¡Acabaste con 7!) claves, vuelves a surgir de la nada para convertir tu canasta de 6,24 más celebrada –dos puntos pisando la raya que valían un empate a 56-, el mejor anticipo para tu momento de gloria. Tormenta con aroma a Alaska.

 

Todo había viajado por tu cabeza en esas décimas, eternas y fugaces. De Fuenlabrada a Vitoria pasando por Madrid, ahora rival. Del cielo al infierno por el atajo más corto para volver a ponerse en pie. Las lesiones, las dudas, los días malos, el maldito sufrimiento… todo iba en aquel tiro, todo iba en aquella canasta. A modo de película, el tiempo se paró sólo para ti, para que saboreases más si cabe más tu enceste, tu penetración imposible, tus siete puntos consecutivos para ponerle tu sello al partido y a la propia serie. 58-57. El Buesa Arena explotaba.

Tres minutos más tarde, 'Sweet Lou', el perfecto antagonista de tu particular cuento de hadas, pudo cambiar con un triple aquel instante mágico pero tú no estabas dispuesto a que tus buenos recuerdos siguiesen siendo en blanco y negro. Te pegaste a él en esa última jugada para completar un choque redondo en defensa y le obligaste a hacer un tiro forzado que nunca terminó de asustar a la red. El triunfo se quedaba en casa y, por un día, tú eras el héroe. Ya tocaba.

 

 

Foto: ACB360

 

 

Récords, muchos. Igualaste el tope de minutos, puntos y valoración y marcaste más canastas en ACB que nunca como baskonista. Pero tus compañeros no te abrazaban por las estadísticas ni tu recibías, con esa cara que más que satisfacción reflejaba redención y venganza, los elogios por el frío baile de números. Ni siquiera por tu trabajo atrás, tu defensa a Bullock o tus 7 puntos seguidos. La clave estaba en las piernas, el círculo se cerró. Te felicitaban porque por fin no hubo noticias de tu maldita lesión. Con tu tren inferior a tope, el viejo Brad ya es historia. Devuélveles la sonrisa, Oleson, porque el mensaje de la felicitación fue claro. Vuelves a ser tú, Brad.