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16/06/2010

“Yo estuve allí”. Será la frase más utilizada en los años venideros por parte de los 9700 aficionados que un 15 de junio de 2010 acudieron al Buesa Arena. Ellos podrán presumir durante una vida entera por haber vivido algo tan mágico en directo.

Yo también estuve allí, replico, esquivando el ególatra uso de la primera persona si no es sólo como vehículo para trasmitir la orgía de sensaciones que se despertaron en la cancha baskonista. No era un día más en Vitoria, ciudad con perenne aroma a baloncesto, intensificado hasta el infinito en la Final ACB. Sol y lluvia, treguas y chaparrones, el cielo parecía más nervioso que los propios aficionados al Caja Laboral, que acudían al Buesa Arena con adelanto, como si el llegar pronto a la cita les garantizase un final feliz. En las películas pasa a veces. Y esto era un cuento de hadas.

La cancha estaba repleta a falta de 20 minutos antes. Los cánticos se fundían en uno y las caras de los aficionados reflejaban la ilusión del que está a punto de conseguir algo que nadie creía. Las presentaciones, apoteósicas. Aún retumbaran en los oídos visitantes los pitidos del público, con el ex Mickeal como foco de atracción. Más durará en la retina de los locales el estallido sonoro y cromático, rollos de papel higiénico incluidos a lo Argentina '78, cuando se anunciaron sus nombres por megafonía.

 

 

 

Los 45 minutos siguientes de baloncesto provocaron una sucesión de extremos en la grada. Un 6-0 inicial multiplicó el hambre inicial, aunque el oficio del Regal Barça mantuvo el estado de alerta durante 20 minutos. Echar las campanas al vuelo frente a un rival capaz de levantarse tras cada golpe que, para colmo, sólo llega al descanso con 5 de desventaja, sería un suicidio.

Los impulsos de Eliyahu y Herrmann sólo permitían situaciones colectivas de éxtasis de corto recorrido, ya que el cuadro barcelonista seguía haciendo la goma. Finalmente, logró remontar y acabar el tercer cuarto por encima en el luminoso, lo que aprovechó la hinchada de casa para alentar más que nunca a los suyos, conscientes de que habían perdido el timón y el ritmo del encuentro. Un tren así no pasa todos los días.

Dos robos iniciales en el último cuarto del Caja Laboral y una recuperación heroica de Splitter, batallando desde el suelo, levantaron a una afición que creyó subir al cielo con el triple de Ribas, que ponía a los baskonistas con cinco de ventaja en el último minuto. Sin embargo, entre Navarro y Morris se aliaron para empatar el encuentro, lo que sembró la impotencia en Vitoria. Los gestos, los gritos, las mismas expresiones faciales, oscilaban entre el cielo y el infierno de la mano del partido y las dudas ya estaban sembradas. Hasta que Eliyahu se levantó in extremis para probar fortuna con un tiro taponado por Morris que podía estar bajando. Polémica servida, llovieron las protestas.

 

 

 

De la euforia a las dudas y, de ahí, a la indignación. El tiempo corría rápido mas parecía no tener fin. Cruel paradoja la de los que olvidaron su impotencia cuando el Caja Laboral empezó el cuarto a todo gas y recordaron los fantasmas de antaño cuando el Regal Barça les hizo un 0-9.

Turno para las dudas y para el lamento. “Esa canasta bajaba, teníamos 5 puntos, hemos estado todo el partido por delante”. El título liguero se había paseado delante de ellos y ahora huía despavorido. El cuarto encuentro aparecía en el horizonte, la palabra remontada se asomaba, las tragedias de antaño venían a la mente. Pero si sus hombres no arrojaban la toalla, ¿por qué habrían de hacerlo ellos? Teletovic alimentó la reacción, aunque algunos, en caliente, no entendieron su elección de asegurar dos puntos a falta de nueve segundos, en lugar de intentar el triple para forzar la prórroga.

Cuando Basile lanzaba su segundo tiro libre, nadie imaginaba un desenlace similar. Ni los más optimistas ni los más pesimistas de uno y otro bando. Falló. Con 2 abajo en el luminoso y siete segundos por disputar, San Emeterio atrapó el rebote y se encaró con osadía canasta. Murmullo en la cancha, ilusiones contenidas, todo el pabellón de pie. Un bote, dos, dribbling, penetración, aro pasado, canasta, falta. ¿Cómo pudo hacer Fernando tantas cosas en tan poco tiempo? Poco importaba. En esos momentos, el tiempo se detuvo en Vitoria.

El Buesa Arena, el Caja Laboral y cada uno de esos 9700 aficionados en la cancha cambiaron para siempre. Eternamente marcados por la cicatriz del paraíso. Un edén incompleto sin el tiro libre adicional, por cierto. San Emeterio, detuvo repentinamente su carrera, se hizo una señal a sí mismo de calma y acudió a la línea de tiros libres. Ni siquiera hubo un silencio sepulcral en la cancha. Los antecedentes indicaban que el error no era ninguna quimera, mas en una serie marcada por los sentimientos, en una auténtica batalla de la fe, ese tiro entraba sí o sí, como simbolizaban los brazos al aire de muchos aficionados baskonistas cuando el balón salió de manos del jugador en su camino que le reencontró con la red.

Ahora sí, se declaró oficialmente el modo locura. Anarquía de sonrisas y abrazos, avalancha de botes, concierto de cánticos. Superando el listón de la Copa 2009, último título baskonista conseguido con un guión muy parecido al del tercer encuentro, en un encuentro obtenido con sangre, sudor y lágrimas en la prórroga. Nada que ver con esto. Siempre se dice que la primera vez es la que marca por su propia condición, pero el tiempo, el mejor de todos los jueces, dictará con los años sentencias, reconociendo este título de Liga, el más inesperado, el más imposible, el más salvaje, como el hito más importante y celebrado en la historia de la entidad vitoriana.

 

 

 

Quedaba lo mejor, la fiesta. En la pasada Copa, la afición del Caja Laboral nos robaba una parte del corazón en Bilbao a todos los que les vimos, media hora después del descalabro de su equipo en semifinales, saltando, cantando, aclamando a sus héroes destronados. Cuatro meses después, la espera era sinónimo de alegría, para gritar todos juntos el MVP de Splitter o elevar a los altares a San M, para cantar al ritmo de Huertas, para liberar el temblor de piernas de los 45 minutos previos. Cada encuentro era un abrazo. Gente cercana, conocidos, enemigos tal vez. Aroma a Año Nuevo, vorágine de felicitaciones. Sólo que, en esta ocasión, eran de verdad.

San Emeterio había reescrito el guión de la final y el propio guión de una afición que se sintió injustamente desplazada con cada pronóstico de liga bicéfala y que confió en los suyos hasta en los días más grises.

Yo estuve allí, me repito, sintiéndome privilegiado por ver algo único, con abono vitalicio para ocupar un palco VIP de las leyendas de la Liga y, faltaría más, por ser testigo de la reacción tras el milagro de unos aficionados que conocen las dos caras del deporte, que sienten compensadas sus frustraciones de antaño con gestas así y que vuelven, y van 3 de 3, a celebrar un título en casa. Algo tiene el Buesa Arena. Algo tiene este equipo. Algo tiene el baloncesto.