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Estimado Paco (y demás lectores):

Se acabó la aventura, amigo. Me encuentro ya en el hogar superando los efectos del ‘jet-lag’, por eso te escribo la última ‘bola’ con unos días de retraso. Desde que salí del Gloria Plaza Hotel de Pekín a las ocho de la tarde (hora local) del día 25 de agosto hasta que entré por la puerta de mi casa en Barcelona pasaron exactamente 24 horas y 30 minutos. Peor lo habría tenido en caso de ser uruguayo, pues dos periodistas de este país me comentaron que el viaje les duraba más de 30 horas al estar, según ellos, “en el culo del mundo”. El balance de la boludez de estos días sólo puede ser positivo.

La fiesta en el restaurante Mare del domingo pasado para celebrar la actuación del baloncesto español en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 fue tan sana como la de una boda. Jolgorio por todas partes y, aunque no se pudo ganar el oro contra Estados Unidos, se encendió el humo de la victoria en forma de puros, como los que se solía fumar el mítico entrenador del Boston Celtics Red Auerbach. Fue un punto de encuentro entre los deportistas, sus familiares y amistades, los responsables federativos, algunos periodistas y demás personalidades. Al haber finalizado la competición, las ataduras que ella conllevaba desaparecieron y nuestros héroes de la canasta se mostraron muy cercanos con todo aquél que se les dirigía para solicitarle un autógrafo, un posado para una foto o darse un abrazo.

Romay dio clases de baile en la fiesta Durante el parlamento del presidente de la FEB, José Luis Sáez, se recordó a las víctimas del accidente del avión de Spanair en el aeropuerto de Barajas. Fue un momento emotivo dentro de una fiesta a la que asistieron más de un centenar de personas y en la que los jugadores le pidieron a Fernando Romay que bailara. Algo bailó el ex mítico pívot del Real Madrid y actual comentarista técnico (y también un poquito de lo que no lo es) de las transmisiones baloncestísticas de TVE. Y “bailando, me paso el día bailando” fueron cánticos que se escucharon en Mare esa noche, junto con el resto de la discografía de Alaska y Dinarama. Los jugadores, de buen rollo, también vacilaron un poco a María Escario al llamarla repetidamente “Olga Viza”. Y ella les respondía diciendo que no lo era.

Poco antes de marchar, conversé unos minutos con el más sosegado de nuestros baloncestistas, el capitán Carlos Jiménez. No tiene intención de volver a jugar con el equipo nacional porque siente que su etapa como internacional se debe acabar tras más de 10 años (precisamente ese día yo vestía una camiseta de la selección conmemorativa del Mundial de Grecia 1998 que él supo reconocer), cree que es momento de dejarlo para concentrar sus esfuerzos en el baloncesto de clubes. Me da pena que lo deje y un compañero de la Agencia Efe con el que tiene confianza le insistía, sabiendo que sería sin éxito y utilizando incluso argumentos como el caviar de la zona (todo valía), en que aguantara hasta el Mundobasket de Turquía 2010. Con Carlos Jiménez, el capitán El mismo compañero que le alertaba vehementemente de que el sujeto con el que estaba hablando, es decir yo, había sido capaz de presentarse una tarde en el pabellón con una camiseta de Michael Knight. ¡Qué risas!

Porque al día siguiente había que despertarse pronto para ir de excursión a la Gran Muralla, marché de la fiesta sobre la medianoche después de haber estado sólo dos horas en una celebración a la que llegué sobre las diez de la noche. Llegué un par de horas después de su comienzo porque me entretuve mucho más de lo esperado en el pabellón de Wukesong y, por suerte, el taxista que me condujo al sitio no se despistó mucho. Me tuve que comunicar con él por señas y con la tarjeta de visita de Mare y un mapa porque Pekín es tan grande que el conductor no conocía la calle en la que estaba el restaurante español.

Un autobús contratado por TVE nos llevó a una cincuentena de personas al tramo de Mutianyu de la Gran Muralla. En el trayecto, sufrí una pequeña indisposición que me permitió conocer los servicios de carretera que hay en China. Los que utilicé fueron muy sórdidos, como los de algunas películas norteamericanas. A pesar de que en Mare disfruté de un churrasco al estilo español el día anterior, las hamburguesas del payaso McDonald’s que había tomado con regularidad hasta entonces debieron acabar haciendo mella en mí. En ese momento, me acordé de que, en el pasado Eurobasket de 2007, algunos miembros de la organización sufrimos una indisposición alimentaria por culpa de un postre y que una vez recuperados nos reíamos al preguntarnos si era "canela o veneno”, como se hacía en un gag tan absurdo como divertido de “La hora chanante”, protagonizado también por un payaso. Está claro que, en esta última ocasión, el churrasco fue la canela. ¿Y el veneno?

Descanso en la muralla china La Gran Muralla, impulsada por el primer emperador Qin Shi Huang (cuya dinastía acabó dando nombre al país: de “Qin” (pronunciado “Chin”) a “China”), es en realidad una sucesión de murallas de la antigüedad construidas en varios ramales, aunque se podría decir que había uno principal que transcurría de Este a Oeste durante más de 7.000 kilómetros, protegiendo la Ruta de la Seda y la frontera norte de China, separándola de Mongolia y Manchuria. Este dispositivo defensivo era indefendible, valga la paradoja, porque no había recursos humanos para hacerlo de forma permanente en toda su extensión. Su función principal, en tanto que obstáculo físico en sí, era retrasar el avance a caballo de los guerreros nómadas que atacaban a los chinos y alertar a la población mediante señales de humo efectuadas desde las torres de vigilancia.

La muralla tiene unos pocos tramos preparados para acoger las visitas de los turistas, como Mutianyu o Badaling, y es que fuera de ellos uno puede encontrar ruinas y vegetación y sentirse como 'Iván de la Muralla Salcedo'. El tramo que visité se encuentra en la cima de unas montañas, por lo que subí en telesilla al lugar. Al entretenerme haciendo fotos pude superar el vértigo y olvidarme de que, literalmente, en ese momento mi vida pendía de un hilo (o cable, mejor dicho) y de una barra protectora sobre mi cintura que me daba menos confianza que una atracción de feria ambulante.

La bajada fue una pasada, pues parecía que estaba compitiendo en una prueba de skeleton o luge al deslizarme por un gran tobogán serpenteante. En el inicio del recorrido, volé pero tuve que frenarme a los pocos metros porque el individuo con pinta de jamaicano que tenía delante iba más lento que un trámite administrativo kafkiano. Tras ver en su día la película 'Elegidos para el triunfo', creía que los de Jamaica eran unos fenómenos del bobsleigh, pero está claro que el hombre que tenía delante era la excepción que confirmaba la regla.

Por la tarde, visité en grupo los alrededores del hotel y penetramos en callejuelas que no había pisado hasta entonces. Aunque estuviéramos en el escenario de rodaje de una película estilo 'Kárate a muerte en Bangkok' no nos sentimos inseguros. Además, toda la ciudad estaba llena de comisarios políticos de las juventudes del Partido que controlaban el orden en todo momento. En este paseo vimos que, por ejemplo, el plato más caro de un restaurante tipo tasca valía un euro. Si en el Pekín visible que me encontré ya me parecía barata la comida, en el Pekín no-escondido-pero-sí-menos-visible ya estaba tirada de precio para un occidental. Creo que unos 100 o 200 millones de chinos están empezando a disfrutar de los efectos de la economía de mercado que tenemos en Occidente (aunque las autoridades lo quieran llamar de otra manera) pero que los demás 1.000 millones de compatriotas tienen que seguir con la vida de siempre para que el sistema funcione. Una vida de siempre en la que debe ser un pequeño lujo pagar tres euros por un menú de McDonald’s.

En el Aeropuerto Internacional de Pekín tuve que sacar todos los bártulos del maletín del ordenador portátil y la policía que me pasó el escáner de mano por el cuerpo me hizo muchas cosquillas (esta vez era de verdad que las tenía). ¡Cómo palpaba la tía y eso que tenía la acreditación olímpica colgando! Intenté disimular la risa como pude, porque una cosa era vacilar a los voluntarios y a los agentes de seguridad en un control de acceso al recinto olímpico y otra cosa era hacerlo en el aeropuerto y, además, llevando encargos piratas encima. Por si las moscas, no quería acabar a medianoche como el tipo de 'el expreso de ídem'. Y en esas circunstancias tampoco podía recurrir a mi abogado, el que tenía ahí col… bueno, que no podía hacer gran cosa en esa situación.

Eso sí, la primera toma de contacto esa noche con las autoridades aeroportuarias fue muy simpática, en el control de pasaportes, con un agente que no paraba de chapurrearme “Muy bien, muy bien”. Me despedí con un “De nada y adiós”; creo que no se enteró de lo que le dije.

A medianoche en el aeropuerto no encontré nada mejor para cenar que dos bolas de helado y dos bolsas de patatas chips. Se dice, Paco, que con estas chucherías se les va el apetito a los niños porque luego no comen. ¡Mentira! ¡Qué hambre tenía! ¡Y menos mal que pude cenar algo a bordo del avión!

Sí que estaban abiertas tres tiendas, la oficial de 'merchandise' olímpico y dos de tipo 'duty free'. Por primera vez hice unas compras libres de impuestos, para lo que tuve que mostrar el pasaporte y la tarjeta de embarque. Todo lo que me pude haber ahorrado en el Mercado de la Seda lo dilapidé con las últimas compras del viaje. Quise comprar un bote de colonia de Christian Dior para ahorrarme lo mucho que vale en España, pero al preguntarme la vendedora si tenía que hacer un tránsito durante el viaje de regreso tuve una reacción intestinal a dicho tránsito porque pensé: ¡me cago en…! Al tener que hacer escala en Bruselas para pasar de nuevo un control no podía llevar encima un bote de colonia por aquello de las restricciones al transporte en mano de líquidos. Mi gozo en un pozo.

Me compré unos artículos de seda, como pañuelos de mano, gallumbos de tipo pantalón corto y pijamas. Con estas compras la pifié económicamente hablando, como ya te he comentado, porque debí adquirir los artículos en el famoso mercado en el que mi 'old brother' Diego Martínez tiene su foto expuesta al lado de la de Mao Zedong, pero qué se le iba a hacer. Ya no había remedio. Uno de los gallumbos tenía unos estampados de billetes de dólar… como vuelva a sufrir los efectos de 'canela-veneno' igual me vienen a buscar a casa los boinas verdes para enchironarme en el penal de Guantánamo por ultraje a los valores (monetarios en particular y de estilo de vida en general) norteamericanos.

Y, sobre los pijamas, pues debo decirte, Paco, que tengo una anécdota monumental. La vendedora que me atendió no pudo dejar de reírse en general por cómo fue la transacción comercial de los sedosos productos (sobre todo cuando me probaba el género y comprobaba la largura de las mangas hasta dar con la talla correcta). Resulta que me fijé en un pijama azul marino de estilo tradicional chino y le pregunté si lo tenía con mangas y en una talla superior. Después de unos segundos intentándoselo explicar me comentó un poco extrañada si el artículo que quería llevarme era para mi uso personal. Le contesté afirmativamente y ella me informó de que el pijama era de señora. ¡Qué chasco! Le pedí el mismo modelo pero en versión de caballero y apenas noté cambios en el diseño cuando me lo mostró. ¡Bendita ignorancia occidental! Lo acabé comprando, evidentemente.

El viaje de Pekín a Bruselas se me hizo muy duro. Me tuve que sentar junto a la ventaja, no podía estirar las piernas y además el respaldo apenas bajaba. No sé cómo pude dormir unas dos horas de las 10 de vuelo. Y por supuesto no pude seguir leyendo la autobiografía de Pablo Neruda en el vuelo de Hainan Airlines. Proseguí con la lectura de 'Confieso que he vivido' ya en la escala que efectué en la capital belga (en la que comprobé que el precio del botellín de Fanta valía 3,5 euros; es decir, siete veces más que en China) y en el vuelo de Brussels Airlines a Barcelona.

Todavía sigo sin haber terminado de leer el libro pero estoy cerca del final. Espero acabarlo en breve. Cuando leí el pasaje de la accidentada huida del insigne poeta de Chile a Argentina por medio de bosques y demás accidentes geográficos me acordé de la parte destartalada de la Gran Muralla china que había visitado la mañana del día anterior. En mi bloc de notas me apunté el recordatorio de hacer un paralelismo entre las dos situaciones, pero ahora mi imaginación ya no da para mucho. Debo aprovechar la quincena de días de vacaciones que me quedan para cargar las pilas antes de reincorporarme al curro.

Por eso tampoco me extenderé mucho al hablarte de una majestuosa mezquita que veía siempre estando de camino al MPC. Me piden, Paco, que no me olvide hablarte de ella. Su minarete, desde el cual el muecín debe llamar a los fieles para ponerlos orando a La Meca, tiene una forma balística que me recuerda a la Torre Agbar de Barcelona y, por ello, es inevitable calificar al monumento con una expresión tan comprensible como informal: “Es la polla”.

Los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 se terminaron. ¿Repetir experiencia en Londres 2012? Tal vez. ¿Cambiar de registro? Entre quizás y probablemente. ¿Formar parte del equipo de enviados especiales de TVE? Imposible, pero ojalá me equivoque. ¿Qué será, será? No lo sé, pero sé que, sea lo que sea, seré.

Un abrazo,
Iván

P. D.: “El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta”, dice Pablo Neruda en 'Confieso que he vivido'. Además de porque el juego es una base del aprendizaje, y ya antes de conocer esta frase de Neruda, mis aventuras olímpicas en Atenas y Pekín y mi vida en general se orientan en este lúdico sentido. Hay momentos para la responsabilidad, sí, pero también seamos niños siempre que sea posible.