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Querido y ‘boludo’ Iván:

Por primera vez en este encadenado de correspondencia por la Red, me atrevo a contestarte sin leer tu misiva siempre previa. Intuyo que vas a mostrar tu entusiasmo por el juego, el coraje, la calidad y la entereza de la mejor selección española de todos los tiempos. Adivino calificativos y por temor a ser reiterativo y aceptando y ratificando todo lo que tú digas sobre nuestro equipo, me permito desarrollar ‘La teoría del chicle’.

Hasta hace un decenio, los norteamericanos vencían en competiciones internacionales mascando chicle, con ese aire de superioridad que les permitía ejercitar la mandíbula al mismo tiempo que miraban, de soslayo y presuntuosos, a cualquier cosa que no tuviera que ver con el partido.

No sé si es producto de mi imaginación o simplemente que mi memoria no es tan débil como pienso, pero quiero recordar en los últimos fracasos NBA en Mundiales y Juegos Olímpicos a algún componente del equipo con la goma de mascar triturada por la dentadura y el consiguiente halo de pasotismo. Ya te digo, puede ser fantasía o memoria. El caso es que no he observado eso en el nuevo campeón olímpico. Sería superficial resumir el cambio de los norteamericanos y sus diferencias con respecto a los rivales en esa banalidad. Pero no me negarás que como titular con gancho es pasable lo de ‘La teoría del chicle’.

Superado el mito de la NBA por lo observado en los dos últimos lustros, la selección de Estados Unidos que ha estado en Pekín ha demostrado su superioridad en el torneo, entre otras, por las siguientes causas:

A una calidad indiscutible de sus jugadores se suma una fortaleza física (natural o no, pero ahí está) y una velocidad en la ejecución de movimientos superior a la de los adversarios.

 Producto de ese potencial, la mayoría de sus jugadores son capaces de saltar algo más que los rivales, estar unas décimas de segundo más en el aire y desenvolverse a la perfección para, en esa fase crítica en la que se encuentran rodeados de rivales en la zona, pasar fuera a cualquier compañero que está solo. O sea, lo que para la mayoría es un pase arriesgado, ellos lo convierten en un manual de estilo, en una forma de sacar ventaja en este juego.

 Por ese mismo motivo, su agilidad para presionar les permite conseguir muchos puntos con canastas fáciles. Se sienten tan seguros en esa faceta, que ni siquiera juegan con las líneas; es decir, no aprovechan el pase de la raya central del oponente para frenarlo ahí y que pueda cometer campo atrás, o que esté cerca de una línea de banda. Presionan en el centro de la pista de defensa o debajo de la canasta rival.

El bulo de que no saben atacar zonas ha quedado demostrado. Ese dispositivo lo rompen con conceptos correctos, clarísimos y demoledores.

 Uno de los aspectos más determinantes, quizás el más objetivo de todos –incluso por encima de los pasos de salida–, que justifican la ligera superioridad que mantiene el ‘NBA Team’ con respecto a los demás equipos del mundo es la distancia de la línea de 6,25 metros. Lo que para ellos es un tiro normal, de dos puntos, en el baloncesto FIBA, por ahora, vale triple. Vean porcentajes de acierto de esa distancia y comprobarán esta observación.

 Y quizás el más determinante en una competición de alta escala lo demostraron en la final: España jugaba sin presión, es la campeona del mundo, había cumplido su objetivo, no sin apuros, y afrontaba el duelo con la ilusión adicional de que no tenía nada que perder, nadie le iba a reprochar nada por una derrota; eran héroes o titanes antes de disputar la final. Y plantó cara durante los cuarenta minutos, sin desmayo, con constancia, a la espera de que los norteamericanos mostraran debilidad, errores que se considerarían lógicos en cualquier equipo que parte como claro favorito. Pero no ocurrió. Creo que esa es la gran virtud de este conjunto de Estados Unidos: una capacidad mental extraordinaria para que la presión no les perjudicara. Frente a una soberbia España, los norteamericanos mascaban chicle mentalmente ante la coacción de una frase que ellos desconocen: el miedo a perder.

Con esta peculiar teoría no me queda más remedio que echarme un chicle a la boca para saborear en la intimidad el extraordinario éxito de la mejor selección española de todos los tiempos. Sí, ya lo dije antes. Pero es como lo de la goma de mascar: hay que repetir.

Un abrazo,
Paco Rengel

• Proverbio, obviamente chino: “La generación anterior planta árboles y la posterior se cobija a su sombra”. (En homenaje a quienes trabajaron y trabajan en el anonimato para que nuestro baloncesto lleve tantos años a la sombra de los sueños alcanzados).