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Reconociendo la absoluta singularidad de cada jugador en nuestro deporte, de todos y cada uno de ellos, es realmente difícil encontrar a estas alturas del tiempo ejemplares que aparenten una diferencia mayor de lo común sobre el resto. Jugadores presentados al mundo con su camino bajo el brazo y sobre los que resulte muy complicado establecer analogías.

 

De la actual hornada de novatos hay uno que apenas concentra atención. Y esto es debido principalmente a dos razones: jugar este terrible año en New Jersey y no destacar en ninguna tabla estadística.

 

Si alguien quisiera saber algo más del joven Terrence Williams probablemente acudiría a sus números. Se encontraría con algo como 6.8 puntos, 3.9 rebotes y 1.9 asistencias con un discreto 37 por ciento de acierto en apenas 20 minutos por noche. O sea, una fulminante invitación a pasar a otra cosa.

 

Y sin embargo esos fast finders no saben lo que se pierden.

 

 

 

 

Imaginemos, de entrada, un jugador en torno al 1.96 con unas cualidades atléticas prodigiosas que gusta además de ratificar a la menor ocasión. Lo que de costumbre se conoce por un matador.

 

Ocurre hoy día que términos como matador, tirador o taponador acumulan tal carga histórica consigo que automáticamente se tiende a imaginar el perfil físico -y casi técnico- de cada uno de ellos.

 

Un taponador figura enseguida la imagen del clásico hombre alto de brazos alienígenas. Un tirador al alero algo perezoso de sobresaliente lanzamiento lejano. Y un matador, a esa posición intermedia de anatomía estilizada que se reconoce, y a menudo exclusivamente, por las felinas predaciones al hierro.

 

Se da entonces un interesantísimo caso en el novato Terrence Williams. Porque, reuniendo todas y cada una de las propiedades del matador, y gustando además de ellas, carece en prioridad de todo lo que suele acompañar a ese perfil.

 

A la pregunta de si es Terrence Williams un matador la respuesta es rotundamente sí. Gusta en especial de los salvajes embates en carrera a una mano valiéndose de un vertical en torno al metro. Pero con él se enfrenta uno de entrada al paradójico caso de un matador que parece disfrutar mucho más con todo aquello que el matador no es.

 

Cada vez que sale a pista lo primero que se observa es un jugador que gusta del balón tan sólo para entregarlo. O mejor, con una acusada obsesión de crear juego. Williams posee unas cualidades innatas para el pase que le hacen disfrutar por igual un envío de circulación y uno terminal. Toda la vanidad que podría exhibir con los mates se ve satisfecha con los pases.

 

Ni mucho menos se detiene ahí. Ninguna de sus acciones está a salvo de un convincente sentido espectacular del juego, de forma que cualquiera de sus rebotes (20/10 en Milwaukee, 24 defensivos en dos noches seguidas) tiene lugar siempre a más de tres metros del suelo y a veces de manera innecesaria, con ese natural exceso de algunos guardametas en el fútbol a quienes se acusa de palomiteros.

 

Con el balón en las manos en el juego estático repliega todo su tronco recortando el bote al máximo y manteniendo la cabeza erguida. Adopta entonces la exacta posición de los cambios de ritmo en jugadores como Wade o Rose. Y sin embargo no lo hace. Simplemente está decidiendo a quién pasar el balón.

 

A ello se añade unas fabulosas virtudes para la reacción defensiva. Su velocidad de desplazamiento y una firme voluntad de molestar el ataque rival le convierten en un jugador defensivo de enorme versatilidad.

 

Y nada de lo que hace consiste en ornamento inútil. Se trata al contrario de un impulso natural que resulta técnicamente acertado. Todo ello le hace acreedor a un sentido plástico del juego que remite al primer Michael Jordan y hasta a memorias de culto como Edgar Jones o David Thompson.

 

Terrence Williams es, por todo ello, una extraña forma de shooting guard que traiciona sobre todo el primer término.

 

Cuatro años a las órdenes de Rick Pitino, Williams no ha estado libre de ciertos problemas relacionados con su entrenabilidad. Pero ninguno de ellos tan importante como su definición final como jugador. Porque gustando tanto de las fortalezas de un base no lo es. Delineado su perfil físico hacia un clásico shooting guard se lleva muy mal con el lanzamiento exterior y hasta se diría, como en James Harden, que con todo lanzamiento (su peor racha fue de 33 errores en 44 tiros). Le ocurre, como a Ricky Rubio, que facilitándose todos los accesos al hierro de manera muy favorable suspende en esa cualidad milimétrica conocida como touch.

 

Y sin embargo todas las discusiones que precedieron a su elección en el draft de 2009, que involucraron a responsables de New Jersey, Detroit o Golden State, no pusieron en duda su preciosa condición de all around. Y aquí reside su mayor valor de mercado. Un valor que su falta de minutos no le permite todavía ratificar en forma de números.

 

Williams es el único jugador en la historia de Louisville en recolectar conjuntamente 1500 puntos, 900 rebotes, 500 asistencias y 200 robos. Tras un partido ante Syracuse que le vio firmar 11 puntos, 7 rebotes, 6 asistencias y 7 robos Pitino resumió lo visto bajo el titular: "His normal brilliance". Dos de los cuatro triples-dobles en la historia de Louisville son suyos. 

 

Quienes más lejos han llevado la teoría con él le atribuyen la valiosísima y rara condición de Point Forward, como si estuviésemos ante los mismos poderes de un Pippen o un Turkoglu de menor tamaño.

 

No parecen haber reparado en un problema. Un point, en cualquiera de sus formas, sabe subir el balón en condiciones ligeras y rápidas, como un acto inconsciente. Terrence, en cambio, parece haberse saltado esa lección y ni se encuentra cómodo en ella ni es de su especial interés dirigir el juego desde la propia canasta. Prefiere hacerlo como un segundo base que recibiera el balón de un primero. Otra de sus extrañas características.

 

Así ocurre que el cuerpo técnico de New Jersey, de arriba a abajo, de Thorn a Vandeweghe, está intentando descifrarle tácticamente, lo que que en determinados momentos ofrece capítulos de un interés que difícilmente encontrar con algún otro jugador en la liga.

 

No hay noche sin prueba de ello.

 

En el tercer cuarto del partido ante Philadelphia se dio una curiosa circunstancia que verifica el sumo cuidado que siguen teniendo con su caso. Al término del descanso Del Harris y Kiki Vandeweghe estaban cerca de tomar una decisión, confirmada luego de consultar al propio jugador. Dado el OK, Terrence ejerció de base durante unos minutos sobrados de curiosidad. Para no dejarle a solas, el técnico le arropó con Keyon Dooling y Courtney Lee. A 4:05 la entrada de Hayes a pista dejó únicamente a Williams con Dooling. A 2:31 la entrada de Chris Quinn devolvió a Williams a su posición aparentemente natural. Pero hasta entonces el equipo, atascado de costumbre a mitad de pizarra, salió ileso de varias posesiones apuradas gracias precisamente a la extraña claridad de lectura del joven novato.

 

En el último cuarto volvió a ejercer de base unos minutos con incluso algún visible experimento. Durante un tiempo muerto el técnico ordenó la siguiente acción a ejecutar. TWill como base aguardaría unos segundos en la frontal del triple, se abriría después a un lado con el balón, desplazaría la defensa, enviaría un pase a su izquierda (Dooling) continuado hacia la esquina donde aguardaba Hayes para el triple. La jugada, una media cuerda nacida de Williams, salió perfecta. Esa misma acción fue la orden para la jugada decisiva del partido sin éxito. TWill ya no estaba en pista.

 

Un panorama de este tipo, con un peso inesperado hacia él, no se dio en realidad hasta el 44º partido de temporada. Noche contra los Clippers saldada con victoria, tan sólo la cuarta en la joven carrera del rookie. Terrence disputó el último cuarto al completo, movió al equipo cómo y cuando quiso y acabó siendo decisivo en los 31 minutos que estuvo en pista (7 puntos, 8 rebotes y 9 asistencias). No alcanzaba los 30 minutos desde el mes de noviembre.

 

Es hasta estos últimos partidos, y todavía con sumo cuidado, que parte del cuerpo técnico en New Jersey seguía pensando en su fuero interno por qué no fueron a por Tyler Hansbrough en el último draft. Un lamento que ha podido por fin esfumarse al completo.

 

Y nunca fue la calidad el motivo. Sino lo verdaderamente difíciles que Williams llegó a poner las cosas durante unas semanas. En ese periodo, el más doloroso del equipo, el joven se empeñó en hacerse daño. Tuvo salidas de tono con el mismo poco tacto en los medios que en su año senior en Louisville. Arremetía en el Twitter contra su falta de minutos, desafiaba seguir tirando si su par no estaba encima, perdió un par de autobuses y alguna sesión de tiro, y hasta llegó a asegurar públicamente qué distintas serían las cosas de no haber caído en New Jersey. Como resultado TWill perdió presencia en la rotación. "Durante casi un mes -firmaba Dave D'Alessandro- el novato pareció dominado por la impaciencia, la indiferencia, la frustración y, lo más curioso, el egoísmo". Tildando esta última de curiosa porque en pista Terrence ignora por completo esa conducta.

 

Y también fuera de ella. En los largos ratos de banquillo es el más alegre de todos y no deja de contagiar esa alegría, muy especialmente, a los cadáveres Josh Boone, Tony Battie, Bobby Simmons, hasta hace bien poco Devin Harris y ahora al cada vez más irreconocible Douglas-Roberts. Es, pues, ese tipo de compañero que resulta muy grato al entorno por su espíritu optimista y positivo.

 

Ahora por fin lo es.

 

 

 

 

Consciente de la nueva situación Vandeweghe le va ofreciendo minutos con cada vez mayor exigencia y, sobre todo, le ha desafiado asegurando que no emitirá un juicio sobre él hasta transcurrido un mes de esta aparente mejoría.

 

Una prueba que el chaval debiera tomar muy en serio. Ahora que los Nets parecen ser únicamente noticia por el peligroso récord negativo y el próximo draft. Ahora que no hay partido en casa que no vea sonar en el entorno los nombres de Wall, Henry, Turner, Favor o Wesley Johnson con mayor frecuencia que la propia plantilla actual, es momento para abrir camino al novato y que él decida qué hacer con esa confianza.

 

Así pues, de la dolorosa sobra de tareas que asolan a los Nets -a la que acaba de sumarse la dimisión de Del Harris- una de las más delicadas apunta a descifrar de una vez a un jugador que titula esta pieza como esbozo en paralelo al pensar del cuerpo técnico. Porque de momento, a sus 21 años, no es posible hacer otra cosa con él.

 

Constituyen el 90 por ciento de las monografías sobre jugadores de actualidad los más grandes y los más prometedores. Del 10 por ciento restante cabe sitio tanto para las decepciones como para el eventual rescate de algún jugador que aún no lo es del todo, de un embrión con el que soñar, incluso de un nonato. Pero en todo caso, de un jugador completamente diferente.

 

Aquí es donde a día de hoy cabe incorporar a Terrence Williams.

A menudo las cosas más simples son las más hermosas.

 

Desde mediados de diciembre salpican los grandes canales americanos de TV, especialmente los deportivos, dos pequeñas joyas para la pantalla que merecen por lo poco unas líneas. Y las merecen porque encierran un misterio que tal vez sólo la sensibilidad de los verdaderamente apasionados por el baloncesto esté en condiciones de descifrar.

 

En estas semanas de enero, que anualmente actúan como preludio a la fiesta del All Star Game, no hay emisión NBA en las grandes cadenas que no arranque con ese par de deliciosas promos, de una impecable factura artística parte de cuyo fondo se viene hoy aquí a explicar.

 

A idea original del NBA Entertainment como nueva campaña con que potenciar el Concurso de Mates de 2010, la realización de los dos spots fue solicitada por el gigante Coca Cola a la agencia de publicidad Bartle Bogle Hegarty. Esbozada la idea sobre el papel, un nutrido casting dirigido por Ellen Lucey (directora de negocio de Coca Cola para Norteamérica) culminó con la elección el pasado verano de los protagonistas y el encargo de su realización a la prestigiosa compañía de post-producción británica Absolute, acreedora a varios galardones internacionales a pesar de que su oficina en New York lleva operando apenas tres años. El diseño elaborado por el equipo de asesores y creativos afincado en la Gran Manzana resultó crucial para el resultado final del producto.

 

La filial de la compañía para la que todo estaba elaborado se valía de un escueto pero honesto mensaje a modo de sinopsis: "...spots that showcase the art of Spoken Word with artists Marcus and Kessed from New York City. In each spot, the artists deliver messages meant to inspire great, creative performances from the soon-to-be-announced dunkers of the NBA Slam Dunk Contest".

 

No se trata del primer ensayo que vincula Baloncesto y Poesía Urbana. Pero tal vez nunca con resultados tan singularmente brillantes sin contar con una sola imagen del juego. Se supone que fueron creados para publicitar otro concurso más, trufarlo de referencias recientes (la capa que pende del aro, la cabina...) o como simple elogio del mate. Y sin embargo trascienden de largo esos pequeños motivos. Mediante un magistral uso de la elipsis y el metalenguaje, es tal el volumen de guiños y reflejos recogidos en esos 60 segundos que bien podría hablarse de obra maestra.

 

El primero de los spots es de factura abrumadoramente simple.

 

Sitúa la escena en un cuadro cotidiano que ilumina una pequeña estancia privada y casi oculta de cualquier apartamento del Harlem negro. No hay fecha ni concreta estación. Se trata de una época indeterminada que podría situarse en cualquier punto de los últimos cuarenta años. La presencia de un microondas, el sórdido emparedado y una atmósfera como perteneciente a los encantadores años setenta, tampoco ayudan demasiado. Ni falta que hace. Porque es evidente que al margen del bote de Sprite, de presencia espectral, la intención pasa por penetrar allá donde el paso del tiempo apenas ha cambiado las cosas.

 

Esa indeterminación afecta incluso a la edad del protagonista, un joven negro de rasgos convexos que tan próximos puede tener los veinte como los cuarenta años.

 

 

 

 

Imaginando, todo arranca supuestamente con su despreocupado regreso de la calle, de no muy lejos, seguramente del porche mismo de casa, aburrido de vulnerar esos carteles que inútilmente avisan NO LOITERING.

 

Dentro, allá donde las colmenas de los Projects se humanizan al gusto femenino y se cierra la puerta al peligro, en una estancia comedor donde la madre prepara un socorrido almuerzo -son las dos menos cinco de la tarde-, y luego de sacar de la nevera un Sprite que actúa como detonante, nuestro hombre toma pausado asiento en el centro de la escena para dar paso al verbo, de una dicción seductora, cadente, serena, de poderoso contraste con el espíritu de lo que está contando al extremo de liquidar de la expresión cualquier gesto del cuerpo, detenido y completamente entregado a la declamación.

 

Con ese indolente aplomo que sólo las miles de horas de calle cicatrizan, todo aflora de la boca y el rostro se verá únicamente alterado con ese ceño fruncido ("Man, I mean..." - 0:20) que impone una convicción inamovible y que han heredado como rasgo genético los negros suburbanos. En tan mínimo ademán, a salvo de edades, reposan el espíritu y la memoria de figuras de tan diverso pelaje como Isaac Hayes, Bill Cosby, Malcolm X o Rufus Thomas. Y sin embargo, no hay menos que Basketball en el mensaje. De ahí su enigmática belleza.

 

 

The Show

 

We came to see a show.

 

A creative display that will remind you

of the battles from back in the day

that icons like Spudd and Clyde the Glyde

pulling tricks too vivid to describe.

 

Man, I mean,

dunks that break so many laws of physics

that the cops'll demand to see your poetic license.

So as you ballers set your sights,

on Saturday night,

there's one thing you should know.

 

We came to see a show.

 

 

El segundo, más pretencioso, supera en complejidad artística al primero.

 

Sobre una bicicleta el muchacho se presenta estéticamente incorporado a ese bosque de cemento entre Hamilton y Washington Heights. Contrariamente al primero la expresión es aquí más rica y viva. Diríase que hasta plena. Intervienen no sólo sus gestos, jóvenes, enérgicos y honestos, sino todos los aderezos que hacen de esos treinta segundos una sucesión de sonidos e imágenes que habrían pefectamente ilustrado, como un prólogo visual, la City Game de Axthelm, la Asphalt Gods de Mallozzi y los años dorados de Thelander (Heaven is a Playground) y su oculta memoria fotográfica. De fondo no es otra cosa lo que se escucha que la profunda respiración de la New York City.

 

 

 

 

Insalubre y blanquinegra, enigmática y postmoderna, a ratos sórdida a fogonazos elegante, la gloriosa historia al completo del baloncesto negro sobre el asfalto, de Jackson a Alston, de Sellers a Matthias, sin nadie quedar fuera, aparece recogida en ese breve desfile de imágenes que el muchacho embellece con melódica oratoria y finaliza con agresivo orgullo en ese holgado before, como si una sola palabra tuviera la fuerza suficiente para sostener medio siglo.

 

 

Seen It

 

You seen it all.

 

Tomahawks, superhero capes.

Backboard stickers, measuring tapes.

 

Blowing out candles, jumping blind.

You seen every dunk of every kind.

 

But now that the legends have done their thing,

a new batch of heavyweight are entering the ring

and we wanna know what 2010 will bring.

 

You see there's been history made on our hardwood floor.

So show us something we ain't ever seen before.

 

 

 

 

Para mejor entender el precio de esos segundos, su verdadera profundidad de significado, conviene recordar que musical y artísticamente el baloncesto negro bebe de dos grandes corrientes en el último siglo.

 

Una nace al calor de la Black Expression iniciada en los ballrooms de Harlem y Chicago en los años veinte y está dominaba completamente por el jazz y sus derivados. Hasta los años setenta y la poderosa entrada del funk que arropa la Blaxploitation y la posterior deriva hacia el disco que delinea una futura escisión, la práctica totalidad melódica del mundo negro equivale a la hegemonía del jazz y el swing de altísima calidad. De Washington Jr a Gillespie a Marsalis había como una perfecta identidad entre baloncesto y música dentro de la cultura negra instalada especialmente en la New York City. Una armonía que sabía mucho de cuerda y viento y poco de percusión.

 

Así fue hasta la irrupción de la segunda corriente cuyo inicio es posible datar a partir de MC Hammer y su premonitorio Let's Get It Started (a cuya estética guiña ahora Brandon Jennings). Desde entonces y en creciente oleada, el rap y el hip-hop lo dominan absolutamente todo.

 

Veinte años después la primera corriente ha quedado tan desplazada que casi se da por desaparecida mientras que la segunda ha crecido mucho, demasiado. Tanto como que ha dominado el baloncesto NBA hasta la tiranía, como un movimiento racial y excluyente del que terminó huyendo incluso el hombre blanco. 

 

Lo que consiguen en cambio estos dos spots, de minuciosos arte y metraje, es precisamente liberar a la corriente dominante de todo cuanto la gravó en el paso de los años, remontar a los orígenes y desnudar la voz tal cual musicalmente es. En suma, volver al principio de todo.

 

Seen it y The Show no son más que dos preciosas muestras de la lírica que el baloncesto negro, exclusivamente el baloncesto negro, encierra como rito tribal.

 

Así no pocos de los artistas underground, y sobre todo, sus adoradores como arte de culto, andan molestos por ver incorporarse estas pequeñas muestras de Spoken Words a eso que con despectiva ilustración se conoce comúnmente como Mainstream. Exageran y envidian en el fondo esta salida de la caverna. Pero en su ofensiva reside precisamente la gran verdad de este asunto. Que esa poesía urbana, recogida en unos pocos fotogramas, ha llegado ahora a mucha gente a través de un gigante comercial y su libre exposición al mundo.

 

Y no es mala cosa. Bien al contrario el resultado es sencillamente delicioso y, es de temer, muy superior a la razón comercial que les da motivo, esto es, muy superior a la realidad que nos depare una nueva edición del NBA Slam Dunk, un año más de pobre y descabezado casting.

 

De hecho no es otro el motivo del texto que denunciar el deplorable proceso iniciado según el cual las campañas superan con creces al producto, la traición cometida al espíritu grandilocuente y sagrado de esos versos y lamentar -Show us something we ain't ever seen before- otra ocasión perdida.

Decía Brian Windhorst, con menos razón que intención, que Antawn Jamison podía haber cumplido ya un ciclo en los Wizards, equipo al que en los últimos seis años ha dado todo sin obtener gran cosa a cambio más allá de sumas acordes a su valor.

 

Debido profesionalmente a los Cavaliers el autor trataba así de aprovechar la nefasta coyuntura en la capital para proponer abiertamente a Danny Ferry la adquisición de Jamison, convirtiendo el traspaso en un tercer capítulo de la morbosa serie Winter's Pelotazos precedida por la llegada a Detroit de Rasheed Wallace o de Pau Gasol a los Lakers.

 

 

 

 

Sobre la actual coyuntura en Washington, que DeShawn Stevenson titula "Black Cloud", salta a la vista que es de río revuelto. La reciente muerte del propietario, Abe Pollin, abuelo de todos y muy en especial del propio Jamison, y el lamentable caso Arenas, que nadie sabe dónde puede terminar, han tirado por la borda buena parte de las ilusiones que ganaron al equipo hace un par de meses. Lejos queda la promesa de Arenas que hacía pensar que los Wizards venían a incendiar el Este. Nada de eso queda ahora. Es como si de repente no hubiera futuro en la capital. O no al menos el prometido. Y Saunders, como si no estuviera.

 

Ello ha provocado el descontento de la prensa capitalina, que tampoco se corta en animar al adiós de las vacas sagradas. Matthew Brown, encantado con el destierro de Arenas, apunta el rápido renacimiento sin él de jóvenes como Randy Foye o Nick Young. Y con similar influencia a la que Windhorst pretende en las oficinas de Cleveland invoca: "Los Wizards cuentan con un ramillete de jóvenes que están esperando su momento, pero con el equipo tal y como está ahora eso es imposible. (...) Jamison y Butler son lo más valioso que los Wizards pueden ofrecer. El tiempo del ‘Big Three' ha terminado".

 

Para colmo el propio Jamison ha podido solicitar su marcha.

 

Así las cosas, Windhorst trata de colarse por entre las ruinas, sumarse al calor de los rumores y espolear a la directiva de los Cavs a un (grande) esfuerzo para hacerse con los servicios de un jugador que ha demostrado a lo largo de su carrera que, estando sano, es altamente recomendable no sólo para los Cavaliers sino para cualquier fortaleza con aspiraciones de anillo.

 

Jamison es caro. Le restan dos años en proporción de (11)-13-15 millones. Sus 33 años le convierten en una de esas piezas de mercado de valor inmediato, de las que incorporar a una situación de "aquí y ahora". Y sin embargo nadie duda de que a Jamison le pueden restar aún tres años de óptimo rendimiento.

 

Preguntado Mike Brown por la posibilidad de un traspaso antes de la deadline, el técnico de los Cavs demostró que seguramente no podía dar otra respuesta. Según él este equipo está maduro para el anillo. Esencialmente no precisa de nada externo. Mo Williams se sumaba a decir lo mismo. Uno y otro deben una lógica diligencia en público que, por ejemplo, se saltaron Shaq y LeBron renunciando cucamente a hablar esa misma jornada. Alguien diría entonces que no es posible saber la verdad. Y la verdad es que hay movimiento real en las oficinas de Ohio.

 

Los dos nombres que no hay manera de sacar de la apuesta son Troy Murphy, vía Indiana, y Antawn Jamison, vía Washington. Une a los dos un factor técnico evidente: son falsos interiores con amplio rango de tiro y natural gusto por el ataque.

 

Mientras ellos suenan para llegar, desde casa para salir lo hacen Zydrunas Ilgauskas (expiring) y un J.J. Hickson de interesante progresión más inevitables rondas del draft que ningún equipo como los Wizards pediría con mayor interés. Porque los Wizzs no solamente no se niegan a mover ficha. Es que su directiva, comandada por Ernie Grunfeld, se ha mostrado abierta en la actual situación tanto a posibles intercambios como a una limpieza general que abra una nueva era en la capital. Ahora bien, no a cambio de nada.

 

Pese a su edad Antawn Jamison todavía es una perla. Siendo nominalmente un cuatro su amplísima  cobertura de actuación, su inquebrantable rendimiento anotador (sumará 20 puntos donde esté) y unas condiciones muy ligeras en pista le dotaron siempre de un bonito perfil de alero. Como tweener es un rotundo éxito y la única incertidumbre que asoma es venir a sumarse a una fortaleza defensiva, aspecto en el que nunca destacó. Su valor humano es altísimo y se da la curiosa circunstancia de que Jamison fue de los pocos que quedó fuera del Bron Attack emprendido por los Wizzs en los playoffs de 2008, tal vez como vendetta a lo ocurrido entre ambos equipos los dos años anteriores. Pudiendo, pues, tenerse ganas no parece haberlas en el terreno de los negocios.

 

 

Jamison y Haywood sorprendidos ante la flagrante cometida por DeShawn Stevenson sobre LeBron James en las series de 2008 

 

 

El hecho de que Murphy y Jamison salgan a colación para llegar a Cleveland se puede resumir bajo la compra de un shooting power-forward. Pero un poco más allá ratifica el deseo de los Cavs de hacerse con un interior que abra más espacios en la pintura y, de paso, distorsione la defensa rival.

 

En principio no es mala idea. Powe carece de ello y Varejao, aun mejorando ese aspecto, nunca será una amenaza exterior. Pero con todo, vale preguntarse si es exactamente eso lo que los Cavaliers necesitan con mayor urgencia. Y a la vez, esbozar el cuadro general.

 

Danny Ferry, mánager general, apura su último año de contrato. El proyecto LeBron, que cumple este 2010 el mismo séptimo capítulo que inició el hexanillaje de Michael Jordan, toca ya de una vez al asalto a la gloria. De hecho todo parecía marchar sobre ruedas a la sorprendente aparición de los Cavaliers en las Finales de 2007. El tiempo ha demostrado que aquello no fue más que un hachazo individual a la historia y que los Cavs no eran dignos todavía del subcampeonato. Aquella prematura presencia en las Finales pudo hacer confiar en exceso sobre las posibilidades de James y retrasar ciertos movimientos que desde el verano se apresuran en Cleveland para evitar la marcha de su estrella.

 

Pero los dos años siguientes sí tienen mucho que decir: la derrota en el séptimo partido de las semifinales del Este ante Boston, futuro campeón, comenzó a delinear el bocetto de por dónde podían ir las cosas. Y ese bocetto quedó ratificado en las últimas Finales del Este ante Orlando.

 

Desde entonces los Cavs han venido a sumar tonelaje interior con que hacer frente a la artillería pesada de los Celtics a la vez que ejercer de contrapeso a Dwight Howard. Aun con eso, sumaron a Anthony Parker y Jamario Moon como perros de perímetro con virtudes de ataque, en especial del fino Parker. Integrar ahora a Antawn Jamison supondría ganar en fortaleza allá donde no la tienen Hickson, Varejao y Leon Powe, esto es, dotarían al frontcourt de lanzamiento exterior aun a riesgo de perder el de Ilgauskas.

 

Pero el problema principal que pueden tener los Cavaliers, problema que otros muchos equipos desearían por su solitaria condición, lo pudo subrayar esta pasada semana su partido en Denver. Un backcourt rápido y agresivo puede causarles mucho daño si Delonte West no está en pista.

 

En la primera parte fue sentarse Delonte y anotar Billups 8 puntos. Volvió a pista y Chauncey no anotó. Brown volvió a sentar a West y Billups lo celebró anotando 12 puntos en 5 minutos. Todo ello por no hablar de J.R. Smith. En suma, el papel de Delonte West en este equipo es mucho más importante de lo que pudiera parecer. Y no tanto por su aportación ofensiva como por ser el único capaz de hacer de sombra a pequeños anotadores y directores de juego. No es otra la razón de que Mike Brown esté dando mayor entrada a Jawad Williams y experimentando con él, como en Portland, incluso para defender a estaturas menores. Un riesgo que probaría una flaqueza muy localizada.

 

Cleveland ha podido ver cumplidas sus aspiraciones de pintura. Son el segundo equipo de mejor diferencial reboteador en toda la liga y defensivamente están al nivel esperado. Fuerzan al equipo rival al peor porcentaje de tiro pero no así en su defensa al triple, allá donde tantas veces los asesinaron los Magic. Equipos como Knicks, Celtics o Clippers lo hacen mejor que ellos.

 

Y vale recordar además que algunas derrotas sufridas (Chicago, Dallas, Memphis y unos Bobcats muy abiertos por partida doble) invitan a pensar una vez más en la solitaria condición defensiva de Delonte.

 

De los tres equipos en los que estos Cavaliers pueden estar pensando -Celtics, Lakers y Magic- son estos últimos los que motivan devanarse los sesos con mayor razón. Con los otros dos, a una presunta igualdad interior, vale batallar el exterior con lo puesto. Pero con Orlando en mayo el problema de la defensa al backcourt podría seguir terriblemente vivo para el grupo de James.

 

David Falk, una sombra de lo que fue, asistió al partido que enfrentó en el Quickens a Wizards y Cavs. Falk sigue siendo el agente de Danny Ferry, a quien proporcionó en su día un pucherazo de 37 millones. Es de sobra conocido el recelo del propietario de los Cavaliers, Dan Gilbert, a largas extensiones contractuales (que se lo digan a Mike Brown). Por todo ello el órdago para Danny Ferry está claro: éste debe ser el año.

 

Y la adición de Jamison como última pieza garantizaría, hasta junio por lo menos, la configuración de una plantilla para la que, por fin, no puede haber queja en lo que al James Supporting Cast respecta. Pero sólo hasta junio. Y si hay anillo. Más allá todo es misterio. Porque perder a James es hacer desaparecer a Ferry del mapa, y lo que es más importante, a los Cavaliers al completo.

 

No habrá una razón superior si finalmente Antawn Jamison aterriza en Ohio.

A cerca de dos horas del inicio una expectación inusual domina el interior del Izod. Centenares de aficionados llegaron mucho antes que de costumbre y ya se apiñan tras de la canasta que ocuparán los Cavaliers. Allí calientan Ilgauskas, Hickson, Jackson, Gibson y Powe junto a parte del staff técnico. Al otro lado sorprende el vacío que rodea a los pocos Nets que ya han salido a rodar.

 

Es obligado mirar a donde el todo el mundo lo hace. Obligado acudir allí si es posible.

 

Porque a esa hora el tramo que va de la pista hasta el vestuario rival, de unos treinta metros, es un hervidero de gente muy difícil de controlar. Los miembros de seguridad se concentran allí sin aparente orden. Sólo sus chaquetas granates y las incesantes consignas que sin mucho éxito van profiriendo sirven para reconocerlos. No les será una jornada fácil.

 

De pronto se abre paso Shaquille O'Neal. A su aparición nadie parpadea. Es como si todos compartieran la misma sensación: difícilmente puede haber una criatura de mayor tamaño en todo el planeta. Cuesta creer que un simple corazón sea capaz de bombear sangre a los confines de ese colosal cuerpo que aparenta pesar toneladas.

 

La distracción dura muy poco. Porque de pronto un grito da la señal. "Here he isssss!". El revuelo torna entonces oleada. Todos miran a esa dirección y allá que corre parte de la masa. La de grada se apelotona peligrosamente en las vallas. Dentro, son inútiles hoy las cintas de protección. Ni se ven.

 

Está llegando. Lo hace por la amplia nave trasera de acceso al pabellón.

 

Al fondo, sobre la marea de cabezas, lo primero que se observa son luces, como un resplandor que se acerca. No menos de siete cámaras le rodean. El resto no se puede contar. No hay duda. Es él. Tan sólo sus andares, sueltos y decididos, con esa inconfundible supinación de los pies, le hacen brutalmente reconocible.

 

Se acerca. La reacción general es de pasmo. Al fondo se escucha repetidamente su nombre. Y eso que ni lo pueden ver. Los que están más cerca, en cambio, no pueden pronunciar palabra. Sólo ansían contemplarlo.

 

Calza unos vaqueros cómodos y un generoso plumas negro de amplio gorro que le cubre por entero la cabeza. Es como si no viera lo que ocurre a su alrededor. De tal muralla de gente debiera chocar contra ella. Y sin embargo la muralla le abre paso como a un monarca. Sale Mo Williams del vestuario y bromea con él. Se agarran y a punto están de caer al suelo. De repente la seguridad se interpone. Hasta ahí vale pisar. Desaparece en el vestuario.

 

La corriente vira entonces 180 grados. El regreso a la pista sobrecoge. Tan sólo han pasado unos minutos y el cambio es sorprendente. Una nutrida multitud, de pronto triplicada, rodea el rectángulo en toda su extensión formando un anillo de entre cinco (en la canasta de los Nets) y veinte filas (en el fondo de los Cavs). La muchedumbre espera algo que está a punto de aparecer. Finalmente lo hace. Parece un trueno. El rugido aumenta cien grados. Los que estaban más lejos descienden grada abajo para una mejor visión.

 

Ahí está. El griterío es la respuesta. Ha acelerado para llegar cuanto antes. Lleva la sudadera del chándal y unos cascos que parecen adheridos a la piel. Parece mentira que no se muevan. Con la música a tope deben de actuar como escudos, estableciendo así una extraña relación con la escena que le rodea, de la que se aísla tanto como se convierte en ella. Porque LeBron James es entonces la escena, el poderoso vórtice de todo cuanto allí ocurre.

 

Sus evoluciones, cada uno de sus movimientos, por pequeño que sea, resultan un espectáculo visual sin parangón en el mundo. No tiene que buscar el balón. Le llegan a razón de uno cada dos o tres segundos. Lanza desde toda posición a tal ritmo que en pocos minutos ha completado tiros en toda la superficie de ataque.  

 

Es momento de algo más. Un regalo.

 

Inicia la carrera a ocho metros en diagonal, desata un reverso a su mitad y culmina el número con un mate salvaje que deja el pabellón temblando y eleva a todos los presentes al paroxismo. La fuerza con la que entra el balón habría matado a quien recibiera ese proyectil. "Hey, Bron, do it again! I miss it!", se escucha. Así no tarda ni medio minuto en batir nuevamente, esta vez desde mucho más lejos sin apenas carrera y soltarse un windmill tan sobrado que podían haber sido tres. Los flashes no cesan.

 

Ha durado una centésima de segundo. Suficiente para grabar de por vida en la retina de los privilegiados una imagen imborrable. Tal vez la que ha formado en el aire antes del estallido final. O acaso esos ojos inyectados a la altura del hierro que, de proponérselo, destrozaría de una sola dentellada. Tras la acción abre la boca en señal de orgasmo mientras brama algo tan sólo descifrable como potencia. Eso no es un hombre. Son diez o veinte en uno.

 

Despide calor, su fuerza no tiene límite y hasta el aire en torno a él se rinde. Es, cómo decirlo, es aterradoramente perfecto. Millones de años de evolución han dado en esa anatomía superlativa que aparenta ser de acero. Una bala contra eso no haría fluir sangre. Seguramente magma, como un pedazo de energía que pudiera alimentar una estrella durante eones.

 

Nada como la expresión de la gente: domina a todos una mueca de asombrada satisfacción, de felicidad instantánea. LeBron James es un narcótico público. Un peligro real.

 

Los dos equipos regresan a vestuarios y la gente ocupa sus asientos. Todo se reordena en un abrir y cerrar de ojos. Durante el himno, interpretado por James Taylor, todos permanecen quietos. Todos salvo él como prueba de que alguna clase de fuego prende en su interior.

 

Todo está a punto de comenzar.

 

El primer rugido del público coge a toda la grada de prensa desprevenida. "What is it?", grita uno. "Half court shot!", responde otro. "Why he does that, mum?", pregunta un niño. "'Cause he can", responde con impecable precisión la mujer, que en ese momento ignora el significado real de ciertos rituales y que a su tercera venida al mundo Michael Jordan resumió con admirable lucidez: "Nunca imaginé que necesitara tanto esa sensación de dominio que sólo allí obtenía".

 

Han terminado las presentaciones de las que han sobrado nueve. Toca el número de la foto al banquillo y, por supuesto, los polvos al espacio exterior. Allá van. Fiuuuuu... Dos palmadas de fuego y listo. Acaba de conectar con el Olimpo. Ambos ritos logran su propósito. Han calentado al público de tal forma que cuando los diez se dan cita en pista hay algo en ella que ninguno de los miles allí presentes no desea ver estallar.

 

 

 

 

Sucede al salto inicial una primera calma. Está emparejado con Douglas Roberts, la mitad de su cuerpo.

 

James empieza como es habitual: suave, haciendo entrar a los suyos con pases de confianza, de calor, ofreciéndose al rebote defensivo para que todos corran y se sientan cómodos, libres.

 

Viéndole manejarlo todo, de principio a fin, sorprende que exista en el primitivo baloncesto de hoy, cuando aún se manejan las posiciones. ¿Es un base? ¿Un alero? Acaba de subir el balón, ha dispuesto a los suyos y en un abrir y cerrar de ojos está abajo recibiendo como un pívot. La bola no entra y es el primero en llegar a defensa. ¿Qué es entonces?

 

Los Nets empiezan bien. Prometen demasiado como de costumbre. Pero ganan una ventaja que no cederán hasta bien entrada la noche.

 

A un tiro libre de Shaq, que acaba de culminar un alley oop como diez años antes, Bron se estira la camiseta desde las axilas dejando entrever otra interior en forma de malla dorada que cubre un torso titánico.

 

Cuando no tiene el balón también es el juego. O el eje sobre el que todo gira. No hay en él un solo segundo de quietud. Y cuando lo aparenta es que está hablando con los árbitros, o con el banquillo, o con los suyos, o consigo mismo. Su rostro no es una expresión. Es otro músculo más. Una bomba de mil tendones en constante agitación. Se come las uñas incluso en pista.

 

Restan poco más de cuatro minutos para el final del primer cuarto cuando Varejao ve cortar a la bestia a la velocidad de la luz y allá que envía el balón. El mate es suyo en toda su extensión. El público alcanza el éxtasis. Todo entonces ha tenido sentido. Nadie de los que allí están lo están para ver algo que no fuera exactamente eso.

 

 

 

 

LeBron gusta de mirar a la grada de arriba abajo. No son miradas perdidas, sin fondo. Tienen destino y miran a los ojos. Hasta escucha y responde a las primeras filas. Parece mentira que la concentración resulte así posible.

 

De entre el hoy marginal resto de cosas llama la atención un constante movimiento de Shaq que repite una y otra vez. Precisa de un saltito de impulso para iniciar la carrera de un lado a otro de la pista. La edad y su enorme tamaño le obligan a ello. Hace no demasiado, o tal vez mucho, él era también un pedazo de energía que se adivinaba inagotable.

 

Ahora mismo es lo que parece James. Va más rápido que todos y le ocurre con su movimiento táctico lo mismo que a Magic Johnson con su velocidad de pase. Va demasiado aprisa. Atraviesa varias veces el reverso del tablero pidiendo el balón arriba. Pero no da tiempo al envío. No para jugadores de hoy.

 

Un descanso. No le hace la menor falta pero Brown lo decide así. Enseguida vuelve, a 7:10 con 26-32 en contra. Le espera Terrence Williams, todavía más menudo que Roberts. Lo va a destrozar.

 

Nadie le puede seguir. Gusta tanto de moverse, de exhibirse, que tras recibir una falta termina su desplazamiento más allá de media pista. No tiene ninguna vergüenza.

 

Si gana el rebote de manera clara, al caso de un tiro libre, desata un manotazo al balón como en señal de poder. Todo es una continua demostración de fuerza, de energía, de plenitud.

 

A 5:25 remonta la línea de fondo, falla pero captura su propio rebote. De proponérselo podría repetir esa acción cuanto quisiera.

 

Llega después uno de tantos pases abiertos. Otra asistencia al triple de Mo. Qué bien se lleva con él y con Parker. En realidad con todos los jugadores abiertos. De tan habituado a las defensas de cierre (todos a él) podría enviar esos pases a ciegas.

 

Mo le devuelve el favor aprisa a una penetración. Acto seguido Varejao recibe una asistencia suya. James se está calentando. Todos lamentan que llegue el descanso. A él se va con 15 puntos para 7 tiros, 6 rebotes y 3 asistencias. No hay números que le hagan justicia.

 

A la reanudación entra en pista galopando y llega a uno de sus fondos. Remite el acto a ese Garnett desafiante que llega a los fondos de público hostil con un par de golpes al pecho. Bron no se golpea. Pero es como si cada uno de sus pasos, frenéticos, hipermotivados, buscara aplastar toda resistencia.

 

Pronto el público vuelve a estallar. Parece mentira que a costa de uno de los suyos. Douglas Roberts no se confía a la entrada. Pero nada puede evitar el taponazo que recibe con la mano izquierda. El mundo ha perdido la cuenta de los salvajes tapones que James acumula remontando la pista.

 

Minutos después un pase inverso a Parker y una fantástica dejada a Hickson ratifican, por si hacía falta, su increíble condición de pasador. Es un jugador total. Una bestia a cuyo juicio perjudica su condición de Terminator. Nada de la porción física del juego le es inalcanzable. Nada de la táctica tampoco. Pero sólo parece irradiar la primera. 

 

A 3:53 vueve a colocar otro sin validez. A 1:08 escapa libre a canasta pero Dooling lo evita zarpándole por detrás como un quarterback. James pudo con él como un guiñapo pero el silbató actuó. El público la emprende una vez más con un suyo.

 

A un triple de ocho metros que queda a un palmo del aro responde con otro que clava. Nada le está desafiando en ese momento. Pero se comporta como si así fuera. Si la actitud, si la voluntad de juego pudiera medirse en grado 100, la de James no bajaría ni un solo segundo del 114.

 

Brown le da descanso al inicio del último cuarto. El marcador refleja un 61-71, pero nadie se moverá de aquí sin volver a verlo.

 

La terrible falta de Yi sobre Shaq a 6:19 da con el gigante en una bonita charla con Derrick Collins, uno de los árbitros. Cuántos aprendieron rápido a golpear a Shaquille. Para eso no hace falta ninguna escuela.

 

A 6:19 regresa a pista con el marcador engañoso. 73-79. Dos minutos después Gibson se deshace de un balón que recoge James hiriendo seriamente el aro al rematarla a dos manos. Qué fácil jugar con alguien así. El pase no tiene que ser ni preciso. Tan sólo basta que atrape la bola.

 

A 2:40 James escapa libre de nuevo y se arrojan a él Harris y Lee con todo. No es posible cruzar la pista más rápido. Derribaría un muro de cemento de chocar con él. Hay no menos de tres faltas en la acción y de nada sirven. La bandeja termina con el dos más uno. Ahora sí, se golpea el pecho repetidas veces y desata uno de sus movimientos reflejos más característicos: sacudir los hombros. Es un acto natural, como un instinto atávico. Pero viéndole hacerlo daría la impresión de ser la criatura más arrogante del planeta.

 

A poco más de un minuto dispensa una última ofrenda. El pase a Varejao remite al mejor Magic Johnson. Su último tacto en el picado deja su mano derecha inerte para subrayar el acto. Tiene que hacerlo porque nadie parece reclamarle sutilezas. No es su primera de la noche pero pasa completamente inadvertida ante una nueva demostración de fuerza bruta. El taponazo a Devin Harris despide el balón directamente a la grada.

 

La victoria está servida. Es hora de sentarse. El pabellón entero responde con una sonora ovación en rendido pie. La gente está plena y feliz. Lo ha visto en vivo. Es cierto. No puede haber nada más monstruoso. Ni lo monstruoso más bello.  

 

James sonríe camino del banquillo, donde se deja caer luego de desatar unos rápidos pasecitos de baile. De esos que indignan a los que no están aquí. Le sale de dentro. Y es difícil imaginar a otro dios de 25 años que no fuera él que no bailara tan sólo por los dones recibidos del cielo.

 

Cuando todo termina la impresión es exacta. El partido, todo lo que supone una velada NBA, la maquinaria que incorpora con milimétrica precisión a centenares de personas, esa colosal organización, incluso el baloncesto mismo, todo, no ha sido más que una coartada. Porque nada importaba allá adentro salvo él.

 

Es como si bajo el estrato deportivo se comprendiera la NBA como un cuerpo gigantesco diseñado única y exclusivamente para alimentar y reproducir esa relación sexual entre masa y estrella. Como una ecuación física que rezara NBA=me2.

 

Es momento de correr al túnel a coger sitio. Es inútil. Sobreviene una vez más el desorden y cuando hay permiso para pasar adentro se forma un embudo de gente que, una vez dentro del vestuario, quintuplica en número a la expedición de los Cavaliers al completo. Una nube de periodistas se arremolina en torno a él. Es imposible verlo. Pero se le escucha. "Yeahh, I'm happy". Cómo no estarlo. "Step by step the team's improving". Alguien le recuerda sus cifras: 28 puntos, 9 rebotes, 7 asistencias. "It's all about the team". Le preguntan si podrá venir aquí. Elogia al joven equipo de New Jersey. No vendrá.

 

Allá adentro es tal el número de gente en torno a él que parte de sus compañeros no pueden ocupar su taquilla y acuden a vestirse de pie en un rincón opuesto. Nadie les presta atención. Deben de estar acostumbrados. 

 

De pronto se escucha: "Finished!". Y acto seguido, chocando unos con otros, los cinco anillos de gente se abren. Se acaba de incorporar y sólo lleva una toalla. Su visión estremece. De haberlo visto Miguel Ángel su Adán sería negro.

 

La prensa se ha dado un festín y sin embargo nadie abandona, como si esperaran algo más de Titán. La seguridad interviene. Vacían el vestuario.

 

Unos metros más allá la nave posterior de salida es otro caos. Familias enteras con los niños por delante como señuelo, jugadores del equipo de casa (Battie, Douglas Roberts, Dooling...), cheerleaders con sus mejores galas. Hay tanta gente con alguna presunta ventaja para cazar foto o autógrafo que la credencial pierde todo su valor y la prensa es enviada más allá del área de seguridad.

 

Sólo la picardía puede burlar el asunto. Pegarse al cuerpo de marines, al joven minusválido habitual del Izod, a quien su guía ha abandonado para buscar también su premio, o hacer de familiar lejano de Douglas Roberts permite la cercanía cuando James vuelve a salir.

 

Da la impresión que hiciera un minuto que llegó al pabellón. Salpica a unos y otros con alguna sonrisa y lo que parecen saludos cuando al cabo enfila camino del autobús. Todos se mueven en la dirección en que él lo hace. De quererlo, podría amagar y volverlos locos a todos. Ya lo están en realidad.

 

Tiene antes que pasar un control de seguridad. El joven encargado del detector casi le suplica el perdón por hacer su trabajo. Más que pasarle el detector simplemente se lo enseña y automáticamente le abre su mano. James se la estrecha y dirige sus pasos, como si flotara, al autobús.

 

Ha desaparecido.

 

Pero en el pabellón, ya casi vacío, flota todavía como un residuo general de ese soma que alguien derramó durante las tres últimas horas allí y que ninguna televisión del mundo puede recoger en centésima realidad.

 

Todo se repetirá en pocas horas. En algún otro lugar. Da igual. Todo volverá a ser lo mismo una y otra vez. Allá donde pise.

 

Extraña vida la de los dioses. De los que han sido dados a la felicidad de la gente.

El fenómeno está pasando algo desapercibido. Pero el jugador blanco nacido en los Estados Unidos atraviesa su momento más crítico en la historia de la NBA.

 

Sólo uno de cada diez jugadores, el diez por ciento del total, es americano de raza blanca, el menor porcentaje que nunca haya conocido la gran liga. Precisando algo más, el 71.8 de los jugadores es de raza negra, el 18.3 de origen no americano y tan sólo un 9.9 blancos de origen estadounidense. Y este último dato, se insiste, pertenece al fondo del registro histórico.

 

Ni es información prioritaria ni ha movido por ello al debate. Pero la pasada semana Mark Schwarz elaboraba un revelador reportaje bajo el título White Out que subrayaba el momento especialmente crítico para las actuales generaciones que en un tiempo ya muy lejano coparon por completo la entera fauna de la liga.

 

Tal vez ningún indicador más claro que las plantillas elegidas para disputar el All Star Game, un evento que, guste o no, sigue siendo el mejor termómetro para tomar el pulso a lo más granado que va legando el curso de la liga. Y en ese pulso anual los datos arrojados por la última década resultan mortíferos para un sector de población al que hace tiempo empieza a faltar el aire.

 

Aún hoy la titularidad de John Stockton en el All Star de 1997 sigue siendo la última para un blanco americano. Y el último en simplemente disputar un All Star fue Brad Miller en 2004. Entretanto las últimas diez ediciones han visto pasar un precioso desfile de nombres también de color blanco pero de origen extranjero. Vlade Divac, Pedja Stojakovic, Zydrunas Ilgauskas, Steve Nash, Dirk Nowitzki, Andrei Kirilenko, Yao Ming, Mehmet Okur, Manu Ginobili y Pau Gasol apalizan en presencia desde el año 2000 a John Stockton (2000), Wally Szczerbiak (2002) y Brad Miller (2003 y 2004).

 

La poca relevancia dada a un hecho históricamente tan relevante expresa mejor que nada la profunda crisis de un género de jugador al que nadie parece echar en falta. Porque hoy día resulta tan automática la mención a Dirk Nowitzki, Steve Nash, Manu Ginobili o Pau Gasol como emblemas de la más brillante fauna blanca en la reciente NBA que se olvida que bajo ellos, muy bajo ellos, se encuentra una familia desintegrada y cada vez como más marginal que trata de sobrevivir a base de golpes y nombres que puntualmente, una noche de cada diez, reclaman su atención. 

 

La proporción de drafteados tampoco mejora las cosas. Es de hecho otro cruel indicador de una situación que no avista retorno. En los últimos cinco drafts fueron elegidos 195 jugadores afroamericanos, 80 jugadores internacionales y únicamente 25 nativos blancos.

 

Esta situación se ha instalado con aparente normalidad en el panorama actual. A tal extremo que preguntado Jerry West por el mejor jugador americano de raza blanca actualmente en la liga contestó entre incómodo e irónico: "Ah, no sabía que hubiera. Me vas a tener que ayudar porque no me viene ninguno a la cabeza". Se da la morbosa circunstancia de que Jerry West recibió no pocas cartas de aficionados durante sus años de director deportivo en los Lakers. Cartas que le acusaban de racista por no elegir en el draft a ningún jugador blanco.

 

 

 

 

 

El sistema que subyace a la NBA no ha variado sustancialmente. El modelo universitario se reproduce a la misma proporción y velocidad de siempre. La NCAA no se ha movido del sitio. Lo que en efecto ha cambiado son los criterios de selección y los canales de abastecimiento. Respecto a los primeros tampoco se da una excesiva variación. Tan sólo se han reforzado los criterios que priorizan los valores atléticos. Es en los segundos donde el cambio resulta dramático. La globalización ha inclinado la mirada hacia fuera en detrimento de lo interno. Y muy en especial de determinado modelo de jugador, dicho en claro, de raza blanca.

 

Entre los responsables de seleccionar jugadores para el mundo profesional, desde ojeadores a directores deportivos, de entrenadores al capricho de algún propietario, hay un juicio general, cada vez menos disimulado, que dice preferir a los internacionales sobre los americanos porque trabajan más duro, comienzan antes su formación y se entregan con una mayor dedicación que los nativos. Como si en términos generales fueran más coachables o llegaran mucho más jóvenes a la comprensión del juego. Hacia el otro lado, en cambio, West empleaba con cierta ambigüedad el término estigma.

 

Preguntado por esta cuestión Mark Price reconocía sin ambages los estrechos valores que parecen primar en esta selección nadie sabe cuánto de natural. Price hablaba de atletismo y velocidad, esa fortaleza que siempre se conoció por lo físico.

 

Jon Barry se mostraba en cambio más crítico. A su juicio lo que los nuevos esclavistas han conseguido con esta masiva compra de anatomías es convertir al baloncesto en atletismo y a éste en religión. "Athleticism has trumped fundamentalism in the NBA", decía. Curiosamente su hermano Brent en una primera etapa, Bob Sura o el más aguerrido Dan Majerle parecieron importar esos atributos de la otra raza. Un tipo de energía que en estaturas algo mayores permite la digna supervivencia a ejemplares como David Lee o Chris Andersen.

 

A la inevitable barrera física se añade otra no menos implacable, más novedosa y de muy difícil publicidad. De por qué Goran Dragic cuenta con las oportunidades que parecieron no darse con J.J. Redick es algo que entra en un terreno más difuso y delicado, una mentalidad más próxima a la que concedió a Bargnani el número 1 del draft, y que siempre podrá justificar algún entrenador omitiendo el radical erotismo actual por lo internacional y su masivo contagio por cabezas y despachos de la gran liga. Una situación que alcanza incluso al aficionado cuando el Madison vuela diez veces más alto con un acierto de Gallinari que con otro de David Lee y con la que algunos empiezan a mostrarse críticos.

 

Porque empieza a ocurrir con los extranjeros lo mismo que en su momento sucedió con los highschoolers. Que en el exceso reside también la trampa. La trampa que no comprende que Dirk Nowitzki es a lo extranjero tan poco común como Kobe Bryant a la edad.  

 

Es como si, en términos de raza blanca, el proceso actual de internacionalización y la vieja tradición americana se negaran rotundamente. Como si fueran incompatibles.

 

Y no habiendo ninguna razón para que esto ocurra la realidad se empeña en arrojar que mientras la preferencia por lo negro no sólo no cesa sino que parece aumentar, el espacio antaño ocupado por las nuevas generaciones blancas ha estrechado drásticamente su cerco. De las tres fuentes de que beber una discurre ya a gotas.

 

El cambio no es baladí. A caballo entre la vieja liga blanca y la confusa globalización de hoy el mundo conoció no hace mucho una NBA uno de cuyos principales símbolos era Larry Bird. Al extremo de no ser posible explicar la Edad de Oro sin él. Como tampoco porciones enteras de historia reciente sin el rescate de casos dispares pero bien presentes como los de Rick Barry, Chris Mullin, Danny Ainge, Kiki Vandeweghe, Bill Walton, Kevin McHale, Dan Issel, John y Jim Paxson, Bobby Jones, Mike Newlin, Scott Wedman, Tom Chambers, Jeff Hornacek, John Stockton, Christian Laettner, Mark Price, Jack Sikma, Rex Chapman o Dan Majerle.

 

Aquella clásica fisonomía de la liga, con una presencia nativa blanca de relativa importancia, ha desaparecido casi por completo. Y el resultado no es una Era del Vacío. Sino algo completamente distinto, una proporción desconocida, una especie de ajedrez sin blancas. Sin aquellas blancas que ocupaban orgullosas la primera fila del tablero.

 

Así ahora sólo vemos peones y un espacio vacío que nadie parece añorar. Un vacío que no pueden satisfacer Ryan Anderson, Steve Blake, Chris Kaman, Troy Murphy o Luke Walton.

 

Es como si los profesionales que observan y eligen hubieran visto su paciencia agotada. Como si estuvieran muy desencantados con el resultado de las promesas que nunca terminan de explotar.  Promesas que fueron de Keith Van Horn a Mike Dunleavy, de Kirk Hinrich a Nick Collison, de Jason Kapono a Kyle Korver. Por no mencionar el cadavérico capítulo abierto por Adam Morrison.

 

Por eso cualquier sorpresa en el otro sentido mueve enseguida al contento y despierta un exagerado interés. Así se aplaude el nuevo papel de Redick o se pone una fresca atención en las evoluciones de Chase Budinger. Se aguarda la explosión -una más- de Kevin Love o Spencer Hawes o se espera a poder hablar por fin de Tyler Hansbrough.

 

Pero con todo, el panorama general resulta algo desolador. Sin referentes que llevarse a la boca el gran público prefiere a menudo moverse entre la honesta benevolencia que despierta un Matt Bonner al casi cómico aprecio de Brian Scalabrine, una mascota de carne y hueso.

 

No parece haber intención de veto. No voluntad de exclusión. Pero la realidad indica que la crisis profesional del jugador blanco americano se ha convertido en poco tiempo en un uso. Y los usos, como el saludo, no tienen nombre ni culpa. Son actos terriblemente automáticos de los que el baloncesto siempre supo lavarse las manos.
15/12/2009
Al quebrar el dedo índice de la mano derecha un jugador diestro pierde su principal sustento. Ocurrido esto Kobe puso en marcha su mano izquierda con un fabuloso pase alto a Shannon Brown, siguió lanzando con aparente normalidad y ni remotamente figuró por un instante la invalidez de un lisiado. Habría que mutilarle las cuatro extremidades para lograr algo así.

 

El tiempo debería haberse detenido la noche del buzzer a Miami, una de esas acciones sobrehumanas que trasladar a laboratorio. Porque, no ya para anotar. Sino simplemente para poder lanzar en carrera (sobre un solo pie) Kobe burló la cinética contraria a su mano de lanzamiento, el desequilibrio de un cuerpo arrojado al aire en desplazamiento lateral y el tiempo de reacción. Burló en suma tal volumen de factores físicos en contra que al calificar después aquel milagro de "afortunado" mentía por pura inmodestia.

 

La calidad técnica de una obra semejante escapa al difuso campo de la fortuna. Aunque hubiese sido su primera vez. Pero como a estas alturas ha logrado hacer de la fortuna costumbre convendría empezar a tener muy seriamente en cuenta la apreciación de J.A. Adande sobre Kobe como "the best option for a last-second shot in the history of the NBA".

 

Y sin embargo no es éste el debate. Ni tampoco su definitivo ingreso en la pulsión de juego, el último estadio a conquistar por un deportista de equipo. Lo que se presenta como tal guarda mayor relación con las palabras que recientemente le dedicaba también Larry Coon al decir que Kobe ofrece momentos de inspiración y destreza similares a los que Picasso o Beethoven destilaron en sus artes. Porque el virtuosismo, alabado sea para los amantes del deporte, no conoce límites de aplicación.

 

No hay por qué esperar a su retirada. Es tiempo suficiente y demasiado lo volcado ya para poder afirmar, y con especial rotundidad ahora mismo, que hay algo muy próximo a la perfección formal en el actual número 24 de los Lakers. Una excelencia de tal calibre que la sorpresa y el elogio no safisfacen en justicia lo que su baloncesto proporciona. Es necesario ya inscribir a Kobe en algún tipo de sagrada antología, enfrentarlo al curso histórico de nuestro juego y coronarlo allí por motivos cada vez más precisos que también va siendo hora de exponer.

 

Vamos a intentarlo.

 

 

 

 

Empieza a ser frecuente referir a Bryant como el jugador con mayor número de recursos ofensivos en la historia de la NBA. Una conclusión de este tipo induce a error. Porque Kobe Bryant no dispone de mayor repertorio que Michael Jordan como éste tampoco en relación a él. Y esto es debido a que en ese plano superior que los hace exclusivos, tan sólo allá arriba, se movió cada uno en un terreno distinto que es saludable discriminar. No sólo por ellos dos sino por todos aquellos jugadores pretéritos de técnica sobresaliente que mantuvieron con el aro un tipo de relación muy próxima a lo sexual.

 

Afortunadamente el baloncesto es demasiado rico como para computar la creación de canastas en una línea de cuenta aritmética. Lo formal no pertenece a cuenta ni plano único. Lo formal es un espacio multidimensional que se hincha como cuentan los astrónomos que sucede al Universo.

 

Contra lo que se suele presumir distingue a Kobe Bryant y Michael Jordan un terreno formal que pertenece al ultimísimo tramo de la técnica y que distinguía también a Drazen Petrovic de Pete Maravich, a Bodiroga de George Gervin o a Delibasic de Kudelin.

 

Desde un punto de vista teórico la diferencia se antoja fascinante y arranca de la base formal que conocemos como técnica. Para empezar se la presupone muy avanzada a todos los supremos creadores de canasta. Pero en su progresiva conquista unos prefirieron seguirla a rajatabla, tomarla como dogma de fe y perfeccionar su manual hasta las últimas consecuencias y otros hacerse a un lado en su misma cima.

 

Para comprender esto con facilidad nada mejor que abrir una doble categoría entre jugadores de orden y jugadores de caos. Kobe Bryant pertenece de raíz al primer grupo. De hecho podemos estar asistiendo al más excelente prototipo técnico que haya dado nunca el baloncesto.

 

Los jugadores de orden comprenden desde un principio el increíble yacimiento formal que brinda la técnica conocida y convierten su carrera en un progresivo refinamiento de los recursos llamados de manual. No hay lugar en ellos a lo indómito o desordenado. Toda acción, aun la más compleja, debe venir precedida de protocolo y geometría. Debe ser técnica en sentido radical. Así Kobe Bryant se entregará tan religiosamente a la técnica de orden que al lanzar por detrás del tablero ajustará su mecánica a canon. Y antes muerto que no hacerlo.

 

Los jugadores de caos comprenden igualmente ese vasto repertorio. Pero a diferencia de los de orden no quieren ni oír hablar de patrones y prefieren exhibir su talento mediante formas no fijadas, modos de interpretación natural que no pertenecen al campo de lo escrito o domesticable. Prefieren dotar a lo suyo de formas que siendo técnicas se expresan libres como en espontánea combustión. Este tipo de repertorio o técnica de caos en el que domina lo inconsciente y reflejo, repertorio de personal hegemonía en Michael Jordan, está a salvo de copia. 

 

De ahí que mientras los jugadores de orden tienden hacia la perfección formal los jugadores de caos nacen y mueren en su especialísimo original. Este último rasgo distintivo permite abrazar casos tan dispares como Dennis Rodman y Orlando Woolridge. 

 

 

 

 

En un artículo de papel quien suscribe venía a decir algo que debiera tenerse muy en cuenta cada vez que Kobe y Jordan compartan la misma frase. Se afirmaba allí que "sobre un inquebrantable acuerdo de formas, tan sólo les separa el abuso de ellas. Así Kobe es más barroco: acentúa el recreo de los recursos que adora replicar porque llegó antes a comprenderlos. Esto le hace técnicamente más perfecto pero menos imprevisible y salvaje que su maestro, hasta el último día a salvo de los modos que registrar en los libros. Uno es aprendizaje. El otro no es posible enseñarlo".

 

Es crucial este último punto. Lo que no es posible enseñar es todo aquello que derivando de la técnica escapa simultáneamente de ella. Magic Johnson y Michael Jordan rebosaron de actos y obras en este genial sentido.

 

Esto no quiere decir que Jordan no fuera ordenado. Su carrera no fue otra cosa que un progresivo ordenarse. Pero conservó hasta el último día esa decisiva porción del juego, exclusiva de sus acciones terminales, donde el orden no tenía cabida. Allá donde lo salvaje, lo improvisado y lo radicalmente propio de su naturaleza única, ocupaban el primer plano. Kobe sabe lo que va a ejecutar ante seis brazos (un orden técnico perfecto). Jordan se enfrentaba a ellos en instante y forma (caos de creación). Y ambos paréntesis resumen a la perfección la mayor diferencia abierta entre ellos.

 

Los jugadores de caos, más proclives a la consideración de genio, no son por ello superiores en ningún sentido a quienes eligen el camino de la técnica y a ella se aferran de por vida. El caos en Isiah Thomas no vale más que el orden en John Stockton. La diferencia debería abrirse en otros terrenos, como en este caso pueda ser la resolución de partidos a lanzamientos decisivos. Pero en lo formal sería justo no abrir jerarquía entre ellos.

 

Como tampoco procede hacerlo técnicamente entre Jordan y Bryant.   

 

 

 

 

Kobe Bryant es a la técnica lo que el diamante a los materiales preciosos. Difícilmente puede concebirse un nivel de excelencia superior.

 

Como jugador ha llegado a convertir cada uno de sus segundos con balón en un delicioso desfile de actos que van de la mímica microscópica a los más visibles aciertos. Y no hay parte del cuerpo, por pequeña que sea, que no termine poniendo simétricamente en juego. No es entonces que Kobe resulte técnico. Es que agotado el manual incorpora a cada uno de sus gestos semejante caudal de órdenes que incluso uno de sus fallos es capaz de incertidumbres físicas que sólo es posible explicar a través de una destreza superlativa, un caudal técnico casi excesivo y al alcance de nadie.

 

Donde el orden alcanza el barroquismo y éste resulta además útil, allá se mueven ejemplares como Kobe Bryant, Drazen Petrovic o Dejan Bodiroga. Donde la técnica llega a su fin y en su lugar emerge el caos de lo natural, lo espontáneo y ajeno a la métrica, allá se mueve el genio de Pete Maravich, Michael Jordan o Dwayne Wade. Y a caballo entre orden y caos, donde la técnica se retuerce plástica y generosa, es lugar para Julius Erving, Isiah Thomas, Clyde Drexler o Tim Hardaway.

 

Hoy interesa especialmente el caso de Kobe Bryant.

 

Y lo hace por una razón muy poderosa: actualmente es tal la diferencia abierta con el resto de jugadores que hasta se diría que Kobe juega a otra cosa. Algo distinto a lo que piensan, procesan y ejecutan los demás.

 

Con el balón en las manos hay una representación común a la práctica totalidad de jugadores. Una fisonomía general. Si en cambio está en manos de Kobe la secuencia se fragmenta en oportunos, cadentes y milimétricos episodios ninguno de los cuales escapa a intención técnica. Donde en otros parece darse un irregular discurso hay en Kobe como una insobornable y permanente composición (musical).

 

Europa conoció este tipo de rarísima pulsación en el joven Drazen Petrovic y de manera casi enfermiza, en Arijan Komazec.  

 

Un error muy común tiende a identificar técnica y manos. Como si todo se redujera a ellas. Y es precisamente mediante los mejores jugadores de orden que descubrimos que la técnica se desprende de cualquier parte del cuerpo, incluso por separado.

 

Nada explica esto mejor que los pies. Es costumbre atribuir el mejor juego de pies en la historia de la NBA a Hakeem Olajuwon, Kevin McHale o el joven Bill Walton. Como si el juego de pies fuera exclusivo de los hombres altos o recurso privado a los aledaños del aro. Pensar así liquida de un plumazo a los jugadores exteriores y al mayor espacio de pista. Y va siendo hora de señalar la mecánica inferior de Kobe Bryant como una de las más avanzadas y perfectas exhibidas nunca por un jugador. Y no porque ahora postee abajo con mayor frecuencia. Sino porque todo en él parte de los pies.

 

En suma Bryant, su actual exponente al cubo, puede haber conquistado ya el más absoluto trono de los jugadores de orden, allá donde la técnica alcanza su cumbre maestra y el jugador su condición magistral. De haber un tope, es como si estuviese ahora mismo allí pegado.

 

Por todo ello, mientras siempre será razonable oponerse a estimaciones de Kobe como el mejor clutch o el mayor yacimiento ofensivo conocido, empieza a ser conveniente no hacerlo si lo que se afirma es que nadie alcanzó nunca mayor excelencia técnica que él. Porque tal vez sea cierto.

07/12/2009
Me vais a perdonar. No hay deporte en esta entrada ni esa habitual tercera persona del periodismo neutro. Muy al contrario soy yo, Gonzalo, quien escribe esta vez. Son días demasiado delicados como para que una sola palabra escape a la personalísima profundidad de esta increíble experiencia. Nada de lo que haya vivido anteriormente guarda la menor relación con esta dimensión en la que, todavía no sé muy bien cómo, me he sumergido. Parece mentira que sólo haya pasado una semana.

 

Era noche cerrada cuando a través de la ventanilla del avión se abrió de repente un inmenso océano de luces. Del tropel de sensaciones una era la dominante: un minúsculo granito de arena estaba a punto de caer sobre ese infinito Sáhara de cemento y destellos al que llaman, sigo sin creerlo, Nueva York.  

 

En el JFK los taxistas no ven a nadie. Tan sólo esperan recibir una voz a su espalda y un puñado de dólares. El mío, un negro cerrado fundido al asiento, al ver que yo no pronunciaba palabra en los primeros segundos balbuceó algo en un inglés indescifrable, por lo que decidí que el papelito hablara por mí aguardando un pequeño ademán de aquel hombre con la esperanza de que comprendiera mi dirección.

 

Hubo suerte. En media hora llegué a mi primer destino, un pequeño albergue situado al norte del Adam Clayton Powell Boulevard, en los confines de Harlem. Allí se hospedan a diario jóvenes del mundo noble, la mayoría nórdicos y algún brasileño de aspecto escandinavo. El albergue era una especie de frontera entre un pequeño enjambre de occidentales acomodados y la cruda realidad cotidiana de Harlem, al que cada fin de jornada me entregué con una fascinación que no puedo en justicia describir.  

 

Porque Harlem es tal y como lo había imaginado. Sus paredes y gentes son indisolubles. Y sólo el frío reinante impide que los centenares de negros que salpican las aceras se arracimen en esos peldaños adocenados que presiden cada portal. Digamos que mi primera experiencia allí se limita al área comprendida entre la 116 y la 120 y sus eternas avenidas de raza negra: la Lenox, la Frederick Douglass y la Malcolm X.

 

 

 

 

 

Sí, Harlem sigue siendo negro. Completamente negro. Y ni siquiera la abundante presencia de hispanos consigue vulnerar un color que en esencia le pertenece. Miles de fotos de Obama empapelan cada escaparate y rincón. "Vote for hope", rezan. 

 

Una noche, al salir de una cafetería de la 116 por cuya decoración habría matado cualquier garito chic en Madrid, comprobé que yo era el único blanco en demasiados metros de calle, sospechosamente atestada a esas horas. Un resorte muy profundo, podridamente cultural, me hizo acelerar el paso. Las sombras se dirigían a mí. Y pronto supe por qué. Iba fumando un cigarrillo (Marlboro a 9.75 $) y de haber correspondido a todas las peticiones habría vaciado la cajetilla en tres calles. Conmueve la gratitud que los homeless muestran a quien les da un cigarrillo y rechaza las monedas que ofrecen a cambio. "Me something?". No, hombre, no, qué coño voy a pedirte si en una mano llevas una manta y en la otra un carro de supermercado con toda tu vida dentro.

 

Sorprende lo mucho que puede llegar a reconfortar el resplandor de una dentadura en mitad de la noche. Es como si Harlem, mi tan soñado Harlem, no fuera agresivo conmigo. Antes bien supiera todo cuanto de corazón le dediqué.

 

Por eso la 155 me espera. Sé que enjuagaré los ojos cuando pise el Rucker Park. Porque fue hacerlo con el Marcus Garvey y no pude contener la emoción.

 

Un tipo de emoción muy distinto me despertó Queens. Las calles son allí cicatrices, como rajas en mitad de la ciudad. Queens y el Bronx hablan castellano o algo que se le acerca. Acudí hasta la 48 del distrito a visitar una de las miles de habitaciones que se ofrecen en NY. Pero la experiencia terminó siendo surreal. Me aguardaba Marcos, un brasileño de avanzada edad y de aspecto juro que similar al zombi de Tourneur. Su abismática voz resonaba como si proviniera del mismísimo centro de algo muy antiguo y sagrado. "Gonsalo, tengo algo muy desagradable que contarte. Siéntate acá conmigo que paso a explicarte con detalle tan lamentable insidente". Era un magnífico orador como correspondía al arte que decía dominar -"siensias esotéricas"- y el caso merecía para mi credibilidad de aquella larga media hora de alocucion en una minúscula cocina en penumbra. Un italiano despechado le había reventado la cerradura de la habitación a que yo aspiraba y el hombre no podía enseñarme el motivo por el que yo había cruzado toda la ciudad. Para entrar en la habitación había que salir a las escaleras del bloque, como si después de ducharte tuvieras que cruzarte con los vecinos camino de ella. "No te preocupes, mañana un buen amigo que deserraja...". Me apenó aquel hombre, la verdad. Porque parecía valorar la palabra ajena y yo no tenía tiempo ni ganas para volver allí.

 

Queens tiene algo de marginal. Una familia mexicana que regentaba una pequeña cafetería sintió tanta curiosidad por mi entrada como yo por su insistencia en rellenarme el café en cuanto la taza quedaba a medias. "Así que viene usted de Madrid. ¿Pues no fue allá que trataron mal al vasco Aguirre en ese equipo de chingosos?". Había que tener mucha hambre para animarse a pedir algo de allí. Las estanterías presentaban sin pudor lo que parecía comida disecada.

 

Una semana es tiempo más que suficiente para entender el poco valor que tiene aquí el ritual que nosotros entendemos como la hora de la comida. A cada esquina el olor a frito seduce la boca tanto como traiciona el estómago. Tuve que tirar cinco piezas de pollo porque aquella salsa roja portorriqueña me hizo arder la boca como mil guindillas juntas.

 

La gente come además en cualquier sitio. Vi gente comer corriendo, en una cabina de teléfonos, sobre un coche o junto a un escaparate. El colmo lo vi en el metro. Una joven de rasgos indios sacó de su bolso un huevo duro y allí sentada lo peló antes de tragarlo en tres bocados. El huevo tenía pinta de haberse cocido la noche anterior.

 

El metro de Nueva York es una ratonera humana. Un interminable subterráneo vivo. Acaso la primera prueba de que Wells acabará teniendo razón y la especie se escindirá entre seres bajo tierra y hombres de superficie. Allá abajo malviven ya los primeros morlocks. Uno de ellos era una mujer de aspecto torturado que hincó sus rodillas en uno de los vagones pidiendo a gritos una limosna y lo único que recibió fue una respuesta que jamás olvidaré: "Lo siento pero sólo llevo tarjetas de crédito". Es difícil no estremecerse ante escenas así. No para un alma todavía no inmune.

 

Harlem, Queens, el Bronx. Nada que ver con lo que me aguardaba poco después. El universal Nueva York de las postales.

 

Cuando me vi en Times Square tuve la increíble sensación de haber sido transportado al futuro. El escenario es sencillamente indescriptible. Caída la noche hay gigantescas porciones de asfalto más iluminadas que a pleno sol. La nota dominante es allí la confusión. Era tal el número de viandantes, vehículos (la mayoría tanques a cuatro ruedas), policía, comercios, pantallas gigantes y megafonía, todo ello en plenitud de actividad y aprisionado por rascacielos sin fin, que es imposible que un hombre normal pueda razonar. Todo ataca principalmente a tres sentidos: la vista, el oído y el olfato.

 

No había espacio circundante que no estuviera absolutamente dominado por el dólar. Allá donde posara uno la vista tenía lugar algún tipo de transacción. Quedaba prohibida la inactividad, aparentar quietud o no estar camino de alguna compra o venta.

 

Esto era la Roma del siglo XXI.

 

 

 

 

 

En cualquier dirección se veía uno envuelto en algo grande, imparable y poderoso. Sin yo saberlo me fui a enredar en medio de una multitud frente al Rockefeller Center porque tenía lugar el encendido del árbol de Navidad. Un coro de gospel que no necesitaba altavoces sobre una grada instalada en la pista de patinaje y todo ello frente a la catedral de St. Patricio inundaron el momento de irrealidad. Un completo absurdo de un resplandor demasiado convincente.

 

Algo abrumado di con mis pasos en un museo de oddities y agradecí aquella paz instantánea. Una joven se dirigió a mí con una sonrisa. Era Nadia, marroquí residente en New Jersey que en pocos minutos acabó dándome su teléfono. Sus rasgos respondían a la genética de su geografía. Pero su cultura iba mil millas por delante de su país de origen. Había estudiado empresariales y vivido en varios países. Su expresión revelaba que estar en aquel mostrador expendiendo entradas a chiquillos con ganas de risas no era exactamente lo que esperaba de la vida. A mí sólo se me ocurrió preguntarle: "¿Vendrás conmigo al Izod?". Precisamente el Daily News había dedicado una doble página ese día a los derrumbados Nets. Y ella asintió.

 

Es de hacer notar la incuestionable cortesía con la que me he encontrado. No hay una sola persona que se acerque a medio metro de uno sin excusarse o directamente pedir perdón. Es un tipo de educación tan común en un Deli del Bronx como en el Tiffany's de Wall Street. Dicen por aquí que todo hombre es una posible venta. Aunque Gustavo, un mexicano que conocí en una bolera de la 42, sugiere otra cosa: "Aquí todos quieren ser ‘celebrities'. Por eso funsionan cada minuto como ‘public relations'". Gustavo se excedió conmigo. Me invitó a quedar cuando quisiera y, de paso, conseguirme un trabajo si me hiciera falta. "Si tú nesesitas yo llamo a mis contactos. Acá siempre dólares hasen falta".

 

Otra de las impresiones que rápidamente acuden es que los inmigrados hispanos aprenden tan rápido el inglés como olvidan su lengua materna. "Hablan muy mal. Pero no sólo ellos. Yo una vez abandoné un taxi porque el muy sinverguenza no abría la boca para dirigirse a mí, no vocalizaba. No lo habría entendido ni su madre y yo soy una señora". La señora en cuestión es Paulina, una veterana exiliada chilena de la que ahora soy vecino. Porque ahora toca lo bueno, lo que sigo sin asimilar del todo, lo que el destino me tenía deparado como entrada a este otro mundo.

 

Seré rápido. La noche del jueves recibí una llamada de vuelta. Una de las decenas que yo había enviado a fotógrafos, bohemios y usureros en mi desesperada búsqueda de nido. Era cerca de la medianoche cuando al otro lado del teléfono una mujer se dirigía a mí en ese castellano herido por demasiados años aquí. "Si quieres puedes venir a verlo ahora. Es la única hora que puedo enseñarlo. Apunta la dirección: Central Park West / 108th Street". Salí del albergue de cabeza y tomé un taxi. En pocos minutos estaba allí hablando con una mujer de aspecto jovial y nacionalidad chilena que trabajaba en una ONG internacional. Según me dijo pasaba meses fuera embarcada en grandes proyectos en África, Sudamérica y la India. El precio que pedía no era normal. No allí. Digamos que se ajustaba entonces a ese tipo de persona que parecía representar.

 

La habitación era amplia y sencilla. Una cama y un armario. "Pero... ¿si digo que me gusta y que me quedaría aquí?". No podía creer que me estuviera ofreciendo quedarme. Imaginaba a cientos por delante de mí. "Entonces es tuya". De vuelta al albergue sabía que no pegaría ojo. Lo había conseguido.

 

En la noche del domingo me instalé. Es de hecho el primer momento en que me detengo un par de horas, horas que por fin he empleado en contar algo y volver a sentirme el que todavía creo ser. Todavía no consigo creerlo. Me lo repito una y mil veces sin éxito. Vivo en Manhattan. Joder. ¡Vivo en Manhattan!

 

 

 

 

 

Además de Mónica, la dueña, comparto piso con una hermosa joven taiwanesa de formas hipnóticas que enseña mandarín a altos cargos de Wall Street. "Slowly, Li-Lei, slowly", le digo cada vez que me avasalla con su perfecto inglés. Más quisiera decírselo en otras circunstancias. Porque he dicho hermosa y bien que lo es. Como hermosas me resultan el ochenta por ciento de las mujeres de piel café. Tiene que ser algo seguramente relacionado también con mi enfermedad. Como si viera en ellas una especie de sexual enebeá.

 

Debo reconocerlo. El destino me ha sido de momento muy grato.

 

Si subo la 108 camino de Amsterdam Avenue dejo a mi izquierda el Booker T. Washington Junior High School, donde el rechinar de las zapatillas sobre el parqué llega hasta la calle. Un poco más al norte me esperan la universidad de Columbia y el City College of New York. Y a tiro de piedra Broadway y el Hudson.

 

Pero lo más increíble, mucho más que estar a pocos metros de Central Park, que abre su inmenso verde bajo mi ventana, es que el C Train, cuya estación queda a 30 metros del portal, me lleva directamente y en menos de 20 minutos a la 34 de Penn Station, esto es, al Madison Square Garden.

 

Y aquí es exactamente donde empieza mi nueva vida, el únivo y verdadero motivo por el que estoy aquí. Porque para mí Nueva York no es la capital del mundo. Para mí Nueva York es exactamente el corazón de lo que Pete Axthelm definió como The City Game. Y juro que ya lo huelo desde aquí.

 

Así que vamos a ello. Me aguarda una soledad astronómica. Pero cueste lo que cueste, allá vamos.

 

Porque esta minúscula unidad invisible que soy aquí y ahora tiene ante sí una colosal batalla que comenzar a librar. Dios me asista.

Revelar a estas alturas ciertos pasajes en la vida de Phil Jackson es como mover un Picasso a cualquier museo. Brillará en todos, como si se pone del revés.

 

El técnico más laureado en la historia del baloncesto profesional americano ha alcanzado ese estadio de invulnerabilidad exclusivo de las leyendas de verdad. Nada negativo le afecta y hasta quedó atrás aquella molesta etiqueta de aristócrata. Por lo visto ya no son los jugadores quienes le hicieron grande. Sino él quien permitió a los más grandes simplemente serlo.

 

Jackson goza hoy de un respeto sagrado. Hasta sabe a poco pensarle como entrenador. Porque sugiere ya la reverente condición de maestro, guía, docente, psicólogo, escritor, intelectual y al paso, un icono de la alta canasta, como un Christian Dior del baloncesto. Toda aquella aureola que a no pocos irritaba -incluido Auerbach-, esa sobredimensión de su figura, ha adquirido ya una condición de realidad que nadie se atreve a cuestionar, aunque en una de sus habituales boutades asegure que Abdul Jabbar no responde a su ideario de líder.

 

La prensa, incluso la más habitual y convecina, se dirige a él en actitud que mezcla súplica, temor y connivencia, a lo que Jackson, eludiendo los ojos de los periodistas, pequeñas sombras que le llegan como un zumbido, responde con cada vez mayores dosis de ironía y desprecio. Hace tiempo que ganó todas las batallas. Y demasiado que ganó la guerra.

 

Hasta hay algo en su porte de vieja majestad. Con una planta envidiable y palabras que parecen salmos, rebosa de esa insondable posición que el gusto femenino observa como irresistiblemente interesante. Cuando camina, pesadamente por la fascitis y una espalda doblada, lo hace como aquellos viejos maestros que aguardaban el fin de jornada para caer a plomo en su sillón de biblioteca. A Jackson le aguarda un trono en cada pabellón.

 

 

 

 

 

Y todo esto parece mentira recordando lo que Jackson fue, dónde creció y a qué parecía destinada su existencia. El castellano refiere vulgarmente a esos individuos como paletos de pueblo.

 

Criado en las profundidades de la América rural, fronteriza entre Montana y Dakota del Norte, la vida del joven Phil no era sino estricta vida religiosa. En el seno de una familia entregada al Pentecostalismo ninguna aspiración superior a la santidad del creyente.

 

En Williston un chico aprendía a conducir con siete u ocho años. Todo para que a los diez supiera manejar el tractor. Allí no había tele, ni fiestas ni bailes, ni alcohol ni cigarrillos, ni chicas ni tebeos. Y tampoco música que no fuera el coro evangélico de los domingos, donde Phil, a juicio de los feligreses, apuntaba maneras de tenor o barítono. La misa era diaria. Como la lectura de la Biblia al acostarse. Si practicaba algún deporte, nada de violencia o ensañamiento con los derrotados. Y entre aquellos tiernos sudores, clases de piano y trombón así como pequeños papeles en obras teatrales de la escuela, con los clásicos y apóstoles por bandera.

 

A pocos días de cumplir Phil los 17 años, desdentado por la embestida de un buey al que tocaba alimentar a diario, su hermano mayor, Joe, recibió permiso para llevarle al cine. La película, Siete Novias Para Siete Hermanos. Hasta entonces el muchacho no sabía ni lo que era una película ni lo que era el cine. Y tan maravillado debió quedar que Joe quiso repetir la experiencia de sorprender a su hermano. Pero esta vez sin permiso. Montó al pequeño en el coche y lo condujo hasta fuera del estado. "Te voy a llevar a ver mundo", bromeaba. Y en su inocencia Phil lo creía a pies juntillas, como si aquellas otras montañas, carreteras y piedras fueran todo el mundo que había de conocer.

 

 

 

 

Como suele, fue su estatura lo que llamó la atención del entonces técnico jefe en la Universidad de Dakota del Norte, Bill Fitch, y su asistente Jimmy Rodgers. Era fácil reclutar a un mozo allí. Y tres años de educación universitaria bastaron para abrazar el darwinismo y granjearse el interés de los Knicks a través de su técnico Dick McGuire, que poco después dejaría su sitio a Red Holzman abriendo así el periodo más brillante -el único en realidad- en la historia de New York.

 

Deportivamente Phil Jackson era un joven desgarbado sin trazas de atleta. Su única virtud era el gancho, que formaba lenta y pesadamente a la zurda. Su facilidad para cometer faltas no tenía parangón y cada vez que le llegaba el balón un nervioso murmullo inundaba el Madison. "Podía oírles perfectamente. Comencé a ocultarme, a estar lo más lejos posible de él". Pero ya no fue posible cuando tocó suplir al lesionado Reed en la campaña del 72, en la que llegó a recibir una carta que deseaba su muerte. Jackson fue el primer jugador de la historia en reclamar de la liga que el seguro médico incluyera tratamiento psiquiátrico. 

 

Pero había algo misterioso en él que gustaba a Holzman. Era un tipo sacrificado, generoso y alegre. "Te prohibo driblar -le ordenó-. Ya aprenderás todo aquello donde seas útil". Holzman habría acogido como un hijo a aquel joven meditabundo de apariencia confusa. Pero al momento de conocerse respondían a perfiles diametralmente opuestos. Conservador uno, libertario ya el otro, un incidente vino a unir sus percepciones y materializarlas sobre el papel.

 

La temporada de 1970, la del feliz título, la perdió Jackson entera por lesión. Pero ganó algo cuyo verdadero valor entonces desconocía. "Ver los partidos desde fuera -recordaba- me convirtió en un tipo mucho más crítico sobre lo que en realidad ocurre ahí dentro. Comencé a ver equipos en lugar de simples jugadores y desarrollé una percepción más precisa de qué es lo que necesita realmente un equipo y qué no". Y el viejo Holzman comenzó a reclamar su opinión como scout de los equipos rivales, tarea en la que Jackson se sentía muy cómodo. "Yo no era lo que se dice un buen deportista. Pero sí valía en situaciones de tensión. Sabía reaccionar en escenarios difíciles". El suyo con el Madison acabó en la feliz temporada del 73.

 

Nada hay aquí de Sacred Hoops ni la manida filosofía Zen. Son demasiados los decepcionados con una obra cuyas intenciones mejor satisfacen otros autores. Cierto que su fondo está reflejado en multitud de episodios y conductas a lo largo y ancho del Jackson entrenador. Pero interesa mucho más su recorrido anterior, un trayecto perfectamente trazado en el periodo comprendido entre los últimos sesenta y los primeros setenta en la capital del mundo. Una mezcla explosiva.

 

En apenas una década (1965-1975) el bandazo de Jackson fue total. De la granja a la urbe, del catecismo al mentalismo y de los aperos del campo a la túnica del alma. 

 

New York hizo de Jackson un hippie moderado. Abrazó sus causas pero no renunció al orden material de la vida. Y tanto desaliñó su aspecto como engalanó su ideario. El joven Jackson se sumergió plenamente en las vivencias psicodélicas de la época. Vivencias que transitaban de lo político a lo artístico, de lo ecológico a lo sexual. Y entre tanta agitación hundiría sus retinas entre páginas de Huxley, Pirsig, Castaneda, Whitman y Leary. Especialmente en este último, a cuyo recordado eslogan -"Sintoniza, despierta, descuélgate"- se entregó en cuerpo y alma con la debida discreción.

 

Jackson nunca ocultó su experimentación con las drogas. No con todas. Tan sólo con las llaves que descifraban aquel recurrente misterio que Huxley y Morrison universalizaron como The Doors. No eran de su interés ni los estimulantes ni los narcóticos. Tampoco el alcohol por su corto recorrido. Con aquella poderosa obsesión por el psiquismo, se vio inevitablemente seducido por los amplificadores. Consumado el anillo de 1973 Jackson se embarcó en un desfile de vivencias introspectivas marcadas por el LSD, la mescalina y la marihuana, con la que llevaba tiempo conviviendo como jugador. Hoy alarma lo que entonces era el vórtice juvenil de la época. Con gusto Jackson habría aprobado aquella fantasía de Leary de contaminar con LSD los depósitos de agua de una gran ciudad.

 

Aquel verano del 73, verano de noches lisérgicas junto a una actriz de segunda fila en las playas de Malibú, "resultó personalmente algo tan dramático como ganar el título con los Knicks. (...) El LSD me brindó una de las experiencias cumbre de mi vida. (...) Aprendí a amarme a mí mismo y me convertí en un jugador completamente orientado a la filosofía de equipo".

 

Publicada en su primera obra autobiográfica -la inencontrable Maverick (1975)-, aquella honesta confesión equivalía también a un material delicado y al riesgo de que los medios abusaran de su lado más vulgar y morboso. Contrariamente al bizarro caso de Dock Ellis, Jackson sabía lo que hacía. En sus viajes al centro del alma nunca dejó de pactar con el mundo real. Tan sólo sumirse en su más allá y transferir a su conducta toda aquella profundidad de conocimiento.

 

 

 

 

No dejan de ser curiosas algunas consecuencias de sus memorias. Al poco de iniciar Jackson su desfile de anillos Pat Riley no tuvo reparos en elogiar su figura: "Es un hombre de amplia perspectiva y nuevas dimensiones que aplicar al significado de ser entrenador". Pero cuando Jackson anticipó el anillo del 99 como un punto débil en la historia la reacción de Riley fue de muy distinto signo: "Creo que son los efectos del LSD que todavía le duran. Qué coño sabrá él. Debería cerrar la boca ahora que no está en la liga. El problema es que no quiere conceder ningún crédito a nadie". Para entonces hacía demasiado que Jackson conocía el valor de una sonrisa como escudo.

 

Cuando colgó las botas en 1980 después de codirigir los Nets junto a Kevin Loughery su futuro como técnico estaba escrito. Pero previsiblemente no más allá de una cuarta fila.

 

Tras su paso como comentarista para los Nets desapareció del mapa. Como si el baloncesto no fuera ya con él. Y de hecho así fue hasta que la CBA llamó a sus puertas para darle una oportunidad. En Albany puso una insólita doble condición basada en el más absoluto igualitarismo:

 

- Todos jugarán y descansarán los mismos minutos.

- ¿¡Qué!?

- Y también ganarán lo mismo. No voy a romper el equilibrio de este equipo por unos cuantos dólares. Sólo los casados ganarán un suplemento de 25 pavos más a la semana -advirtió al directivo de los Patroons y presidente de la liga, Jim Coyne, que también accedió a su segunda petición-. Y por favor, sabes que yo valgo más.  

- De acuerdo. Treinta mil. Ni más ni menos.

- Te prometo que el año que viene ganaremos el título.

 

Y la promesa  fue cumplida.

 

En adelante serían innumerables los episodios reflejo de su personalidad. Es célebre la primera -y fracasada- cita con Chicago Bulls. Presentado por Jerry Krause a Stan Albeck por un puesto de asistente, el técnico tardó dos segundos en disolver la cita. "¿Qué clase de tipo se presenta con esas pintas?". Vaqueros anchos, gruesos tirantes y un enorme sombrero panameño que el candidato había adquirido en Puerto Rico para protegerse del sol. "Lo siento, Phil", se disculpó Krause antes de que Jackson maldijera: "Y esto me lo hace un tío que se riza el pelo".

 

La siguiente fue la buena. Aunque hiciera falta algo más.

- Esta vez -advirtió Krause- haz el favor de presentarte en condiciones.

 

El resto es historia. Una historia que arranca pasando por encima de Collins y que culmina con el anillo de 1991, tras del cual Jacko aceptó a regañadientes acudir a la tradicional cita con el presidente. Como las lejanas noches bíblicas George Bush encarnaba todo aquello de lo que había huido.

 

Su madre, Elizabeth, abrazaría de buen grado la fortaleza económica de Phil. No hay religión que lo resista. Pero no dejaba de presentarle sus dudas acerca de su deriva espiritual, ante lo que Jackson respondía con esa magistral ambigüedad inmune al engaño: "Madre, sigo siendo lo mismo: tu hijo".

 

Phil Jackson no es mentira. Su vida le avala. Pero desde un punto de vista estrictamente humano, resulta mil veces más interesante escrutar su camino hacia la madurez que su gloriosa carrera en la NBA. De aquel andar de juventud se hace obligado rescatarle para comprender parte de su hermosa complejidad.

 

La muerte de Timothy Leary cogió a Jackson en plenas Finales del 96. Lejos de separar su profesión de la rendida admiración hacia un sacerdote de juventud, Jackson actúo con la coherencia de un hombre para quien profesión y vida fueron siempre la misma cosa. Antes de un entrenamiento tributó junto al equipo un minuto de silencio que coronó con estas palabras: "Creedme, fue un tipo impresionante. Pero terminó demonizado por la prensa cuando había causado una profunda impresión a toda la gente de mi edad. Fue un verdadero portavoz de mi generación".

 

Se comprende así más fácilmente su habitual proceder: las ofrendas de libros, personalizadas al carácter de cada jugador, sus entrenamientos sin balón, sus sesiones de video con música adecuada, sus películas mensaje o sus tiempos muertos de silencios y burlas a la ciencia táctica: "Hay que anotar y como hay que anotar ya sabéis quién lo tiene que hacer" (1993 NBA Finals). Donde otros muchos técnicos blindaron su persona bajo el acero del cargo, Jackson hizo de sus jugadores depositarios de sus inquietudes, ejerciendo, y la metáfora es obligada, el papel de padre maestro de hijos alumnos. Con tal éxito que Michael Jordan o Shaquille O'Neal pondrían la condición de seguir con él o no seguir.

 

 

 

 

 

A su mano Rodman funcionó. Artest lleva camino. Es como si Jackson fuera capaz de enderezar a Manson, Chikatilo o toda alma perdida. Su epitafio bien podría firmar: "Aquí yace un hombre al que la vida devolvió la sonrisa". Esa finísima mueca, no olvide el espectador, encierra a estas alturas demasiadas cosas que torpemente hemos aquí perfilado.

 

Diez veces campeón de la NBA. Y cabe preguntarse si eso es suficiente para descifrar su legado.  

 

Brandon Jennings es un encendido debate. Una controversia política y deportiva que su nombre ya tiene por condena. Future shock, titulaba con acierto aquella portada de SLAM. Porque shock es la sensación y la idea. El perfecto reflejo de la irrupción de Jennings en esta NBA que sabe ya a 2010.

 

El fenómeno merece una atención muy especial. A sus 20 años Jennings ha derramado más tinta que infinidad de carreras al completo y burlado en dos semanas la lógica de lo ascendente. Cuando todo recién llegado brega por subir, se presenta Jennings a tal altura que da vértigo remontar el pasado para encontrar algo parecido.

 

Se ha contado ya de mil maneras. Pero la noche de Golden State, su séptima de carrera, Jennings alcanzó esa indescifrable migración al aro, conocida como zone, que millares de jugadores ni pudieron imaginar en vida. Jennings lo metía todo (12 de 13 para 29 sin pérdidas en un tercer cuarto de 223.1 en Offensive Rating / 45 en la segunda mitad). De triples en carrera a largos tablazos frontales, como si hubiera hecho falta una carambola al suelo. Estaba tocado. Y lo sabía. No precisaba de tiempo ni reflexión. Cuanto antes pisara ataque antes consumaba el acierto. Jennings hizo carne aquella sobrehumana sensación que Jordan definió como anhelo. Anhelo de que los partidos "no terminaran nunca".

 

Moneda de Vaccaro y las presuntas mafias que mercantilizan infantes, Jennings se ha convertido en sinónimo de subversión. Se vino a Europa porque Arizona no aceptaba su deficiente índice académico. Eludió la tarima de presentación en el draft y maldijo en silencio su posición, contra la que ahora libra batalla cada noche. Y tanto burla protocolos como aspira a derribar mitos. Del artificial límite de edad ordenado por el último Stern al desesperado grito universitario por preservar privilegios, Jennings emerge como icono del camino inverso, "with modern lead guard skills -añadía Ryan Jones- and a healthy ego".

 

Esto es Jennings. Un ansia de triunfo en lo único que tal vez sepa hacer. Un hijo de nuestro tiempo. Del difícil tiempo americano.

 

Con él es inevitable otra sorpresa. Una sorpresa en forma de incoherencia entre el Jennings de Roma y el Jennings de Milwaukee. No pocos aprovechan el presunto fiasco del chaval aquí para sacralizar la dificultad del baloncesto europeo, que lo es al más alto nivel. Pero no es una razón suficiente.

 

A los 19 años, inoculado de repente en un mundo completamente nuevo, de idioma y cultura desconocidas, resulta muy difícil no ya brillar sino simplemente desatar a gusto todas las cualidades que uno encierra. Sin un minutaje amplio, incorporado a la grave arquitectura de una escuadra europea (sumida en problemas de orden interno), sobre un baloncesto de tempo mucho más lento y diseño en estáticos, sin apenas espacios ni carreras, bien vale apreciar en el joven su silenciosa integración en ese mundo igual que vale hacerlo con el Childress de Grecia. "Es un estilo muy distinto. (...) -elogiaba el chaval en Roma-. Un tipo de juego mucho más en equipo y por eso comparto minutos. (...). Estoy aprendiendo y creo que es una gran situación". Tanto como que su temporada de novato no existe. Porque ya pasó.

 

La severa experiencia de Jennings en Europa le ha servido de mucho. De muchísimo. Igual que su viaje de Compton a Oak Hill -"por fin mi vida no se distrae con nada que no sea baloncesto y escuela"- Europa puso freno a todo ese peligroso excedente que su ego podía observar como ilimitado. Libre ahora de esos férreos correajes Jennings ha explotado todo lo que, en la intimidad, ha seguido trabajando. Igual que Saras dejó de extrañarse a su regreso, Jennings ha vuelto a casa y así lo siente todo su potencial. Potencial que Dejan Bodiroga no tuvo reparo en alabar cuando otros sólo atendían a la pobreza de los números: "Es uno de los mejores talentos que he visto en mi vida".

 

Más allá del escepticismo, de la lógica sorpresa generada por un jugador que en lugar de aspirar pesadamente a la cima parece arrancar de ella, cierto ideario conservador, típico de nuestra vieja Europa, parece recelar y temer de su repentina explosión, como si al hacerlo el baloncesto como juego perdiera consistencia, credibilidad, razón de ser. 

 

Y una vez más, es de hacer notar la deplorable devaluación mental a que ha conducido el largo siglo de progreso en nuestro juego, especialmente a este lado del mundo.

 

No hace tanto tiempo que aquí mismo los dioses se nombraban a golpe de Galis, Petrovic u Oscar. Los dioses eran los que veían aro con misteriosa facilidad. Ahora, en cambio, se hace trono de cualquier cosa que no implique directamente canasta. Dos pases certeros, cuatro robos en defensa, manejarse en el poste alto, "innovar" cociendo el juego, ser joven y centroeuropeo de apellido impronunciable o esa ridícula coartada de los intangibles valen, en suma, mucho más que anotar. Es como si el viejo aficionado, sobrado de medios y años, hubiera perdido toda frescura, y lo que es peor, el sentido original que lo aficionó al baloncesto para terminar convencido de que las canastas son lo último que celebrar y sus autores lo primero que condenar.

 

 

 

 

Así Jennings cumple con esos requisitos que hacen del negro un negrata, del desafío soberbia, del talento sospecha y del tatuaje delito, esto es, todo ese maléfico orbe de cosas del que el viejo europeo, por puro esnobismo, sale disparado.

 

Tal vez todo resultara más sencillo de no estar Ricky Rubio por medio. Ninguno de los dos tiene la culpa. No están enfrentados. Mucho antes hermanados por la histórica circunstancia de que los dos mejores bases adolescentes estaban fuera de los EE UU. Pero el gran público ha caído en la morbosa trampa de enemistar lo que representan observando, en un lado, a Rubio como la quintaesencia del genio generoso y a Jennings como el millonario egoísta. Y en el otro, al overrated huido frente a una valiente realidad.

 

Porque Jennings batalla también analogías por allí. No deja de ser curiosa la observación de Kurt Rambis en la maliciosa comparativa que la prensa corrió a establecer con Jonny Flynn, cuatro posiciones por encima de Brandon en la noche del draft. Objetaba Rambis con razón que Flynn está sometido al aprendizaje del triángulo incorporado ahora a los jóvenes Wolves. Se siente por ello menos libre que Jennings en el nuevo grupo de Skiles. Y siendo cierto, no deja de resultar sumamente interesante que el vocablo libertad aparezca en la misma frase que Scott Skiles. Así de imposible resultaba hasta ahora. Así hasta que Skiles no ha querido oponerse a lo que el novato, muy por encima de tácticas, está resolviendo por sí mismo.

 

"Y Milwaukee ¿qué está ganando?", me preguntaba con sorna un buen amigo cuando la pregunta correcta sería qué ganaría Milwaukee sin él. Porque los Bucks no están para ganar mucho este año. Y ése suele ser terreno abonado para el aprendizaje, el rodar y madurar de jóvenes recién llegados, tal y como experimentó Calderón a su llegada a Toronto.

 

De momento ganar es lo único que ha conocido el joven Jennings. Sin su concurso aquel 45-0 con el quinteto intacto (Jennings - Hackett - Story - King - Love) no habría sido posible. Igual que rivales como Derrick Rose y Eric Gordon no sabrían lo que es perder ante un equipo liderado por él. De tan brutalmente joven no es posible tirar muy atrás en su vida sin caer en la niñez.

 

Si el debate fuera simplemente deportivo, la reacción debería ser otra. No es un hecho diario descubrir a un jugador que, a la espera de detonar potencias de pase -cosa que ya hizo con suficiencia en HS-, tiene algo de Tiny Archibald y Isiah Thomas, un descaro anotador que rescata por lo menudo del cuerpo la memoria de Calvin Murphy o hasta lo mejor de Allen Iverson antes de enfermar de sí mismo; una zurda tan eléctrica y tan del gusto del balón que sus días en Oak Hill remitían al recuerdo de Kenny Anderson. Igual que disparando suspensiones vivas tiene mucho de aquel Elliot Perry que burló en Phoenix diez miserables días de contrato.

 

Jennings tiene algo de todos y nada de nadie.

 

Nunca mejor noticia que la irrupción de un jugador joven que parece no serlo. De algo así nada hay que temer. Acaso únicamente, advertía Hollinger, determinado establishment muy localizado que habla en forma de siglas (NBA/NCAA). Porque el debate más profundo allí es esencialmente político. Como política parecía la maniobra que pudo hundirle la noche del draft.

 

De hacerse Jennings con el Rookie of the Year la amenaza de fuga juvenil a Europa tendría en él su punto de partida. Igual que Rubio (#5) ha abierto la espera como una posibilidad. Hasta eso los une, como avisaba Lang Whitaker en nombre de ambos: "The quo has lost status".

 

El único riesgo plausible en Brandon Jennings, su única culpa, es haberse presentado en la cumbre. Cosa con la que todo joven ha soñado alguna vez.

11/11/2009

- ¿Su hermano?

- Sí. Voy hacia allá.

- No sabía que... -se sorprendió Fitzgibbon- El caso es que él no está aquí. Tal vez debería usted decírselo.

- No, no. Mejor no. Le daré una sorpresa.

 

..................................................

 

 

A lo largo de 35 años la vida de Kevin Williams transitó entre la neurosis y los celos. Tan inteligente y calculador como desconfiado, nunca terminó de soportar el éxito de su hermano pequeño, como si éste le privara constantemente de cada pequeña victoria. El cariño de mamá, la atención de las mujeres, el triunfo en los deportes, la facilidad para el dinero y la popularidad. Todo ese desigual repertorio de cosas que a ojos de Kevin, para colmo asmático, le convertían en un perfecto desgraciado.

 

Hasta los terribles abusos del padrastro parecieron concentrarse con mayor sadismo en el primogénito. Era como si el destino se hubiera ensañado con él, eligiendo al pequeño Brian para proseguir la gloria del abuelo, Calhoun Williams, pianista con Duke Ellington, y del padre, Gene Williams, cantante de los Platters, un talento admirable y un devorador de aventuras, la primera de las cuales terminó en matrimonio cuando madre, Patricia Phillips, contaba con 17 años.

 

Cinco después el divorcio.

 

A edad adolescente, cuando un mozo aguarda ser convencido para tomar un camino en la vida, los dos hermanos pasaron un año entero en Las Vegas junto a su padre, el gran artista. La vida adquirió allí una nueva dimensión. Actuaciones, grandes hoteles, night clubs y casinos. Una fascinante parafernalia que hasta palidecía ante aquellas fantásticas historias de padre y sus viajes alrededor del mundo. Kevin también lo envidiaba. Tal vez porque ya entonces se sabía vetado a ese tipo de conquistas. Brian, en cambio, había sido conquistado. En su tierno espíritu prendió la mecha de la aventura, como si no fuera otro el sentido de vivir.

 

No es que los hermanos no se quisieran. Es que los sentimientos ardían en permanente colisión. Las pequeñas riñas y reyertas forman parte de lo habitual entre chiquillos hermanos. Pero cuando el tiempo avanza lo suficiente como para hablar de dos jóvenes por encima de los veinte años y los dos metros, uno informático el otro estrella de la canasta en Arizona, el asunto escapa incluso a la pedagogía.

 

Ningún episodio más revelador que la excursión que madre quiso disfrutar con ellos el verano de 1990 en el Gran Cañon. Ni un solo instante de aquel infernal fin de semana se libró de la batalla. No bastaban los gritos y amenazas, llegando ambos a las manos y los pies sin que una mujer, fuera madre o santa, pudiera hacer nada por evitar la pelea, la vergüenza y la atónita mirada de los testigos. Patricia no entendía nada. Sobre todo en el menor de sus hijos, a cuya educación había entregado un exquisito cuidado desde que fuera niño, cuando flanqueaban sus horas de escuela el jazz y el yoga. Madre habría dado la vida por volver a aquellas tarde en casa, cuando sus dos pequeños convivían en paz enfrascados en montar aviones de miniatura, ayudándose en silencio, como si un solo cuerpo moviera las cuatro manos.

 

Y aquel primer núcleo familiar corrió una vez más a dispersarse. Padre en Nevada, madre en Phoenix con su segundo marido, Kevin en California y Brian, poco después, en Florida. Porque Orlando Magic había decidido apostar por él como número 10 del draft de 1991. La carrera profesional de Brian Williams había, pues, comenzado.

 

En los seis años siguientes fueron pocos los periodos de paz. Pocos y muy frágiles.

 

En su segundo año fue apartado del equipo por depresión. Un término demasiado flaco para describir algunos de sus extraños tormentos. Se despertaba inquieto a medianoche sin que pudiera volver a coger el sueño. Le aterraba la idea de abandonar la cama para acudir a entrenar. Una mañana, marcando a Shaquille, cayó a plomo al desmayarse en mitad de una sesión. Otra quedó dormido al volante y fue a estrellarse contra una torre de alta tensión. Al cruel insomnio, al que una noche llegó a combatir con la ingesta de 15 pastillas, se sumaba lo inconveniente de su educación vegetariana. Dos mil calorías cuando necesitaba el triple. Odiaba con todas sus fuerzas Orlando, una ciudad -solía decir- "hecha para turistas".

 

El técnico Matt Guokas creyó estar tratando con un loco cuando tras una derrota en Dallas un comentario suyo en el vestuario -"No podemos seguir así"- despertó la ira de Brian como si fuera con él. Allí se acabó la charla. Al inmediato reproche de Skiles -"¡Cállate, esto no va contigo!"- ya no hubo manera de detenerlo. Ni siquiera en los días siguientes a cuyo primer entrenamiento terminó a puñetazos con Jeff Turner. En adelante ningún componente del equipo se referiría a él sin emplear la palabra "medicación".

 

Donde otros veían glamour Brian sólo ridículo. No le impresionaba la NBA. Antes bien añoraba las andanzas con su odiado padrastro, Ron Barker, al que nunca podría pagar en gratitud haberle ingresado tiempo atrás en los hipnóticos mundos de Coltrane, Adderley o Miles Davis. 

 

 

 Miles Davis

 

 

Este último era lo único en el mundo que parecía poner de acuerdo a los dos hermanos. Ambos idolatraban hasta lo indecible su obra y figura. "Si yo tuviera por el baloncesto -reconocía el pequeño- la misma pasión que Miles Davis por la música, sería uno de los mejores jugadores de la historia".

 

Brian fue sometido a un severo tratamiento médico.

 

Para cuando despertó lo hizo en Denver, en aquellos Nuggets que una noche reventaron la liga por liquidar a los Sonics, el primer equipo de la temporada. La noche que las cámaras recogieron el éxtasis de Mutombo en el suelo de Seattle Brian Williams había sido el mejor (17 puntos y 19 rebotes). Dulce y fugaz alegría. No mucho después acabaría en el equipo pobre de Los Angeles antes de pasar la temporada del 97 casi en blanco por una intervención quirúrgica.

 

 

Seattle, 7 de mayo de 1994

 

 

Para entonces la figura de Brian Williams era la más insondable y enigmática de toda la NBA, un mundo voraz que lo observaba como un bicho raro sobre el que circulaban todo tipo de rumores, desde que fuera gay por no ceder a las veleidades sexuales comunes en la liga o atiborrarse de desodorante antes de entrenar a que, obsesionado por los nutrientes, hubiese llegado a comer tierra. Y tampoco él ayudaba:

 

- ¿Qué opinión te merece que haya mujeres árbitros?

- Soy partidario de la igualdad de derechos.

- Entonces, ¿qué te parece?

- Una absoluta memez.

 

En temporada era imposible quedar con él. Bohemio de dormitorio y autor de poesía urbana, se ocultaba del mundo entregando sus horas al saxo, la trompeta, el bajo y la guitarra o leyendo a Kant, Nietzsche y Kierkegaard. Entretanto sumergía al extremo su aislamiento buceando en el gigantesco acuario que había hecho construir en casa.

 

En una ocasión rompió a llorar amargamente para asombro de sus compañeros. ¿El motivo? Una película sobre el Apartheid. Tampoco era menor la sorpresa de quienes, antes de cada entrenamiento, le veían correr por las gradas del pabellón y, de repente, ocultarse unos segundos bajo los asientos. Una noche, volando junto a sus compañeros de Denver, Brian se incorporó súbitamente y corrió pasillo atrás antes de hacerse oír por todo el avión: "¿Y qué pasaría si abro ahora esta compuerta, eh?". Al parecer se trataba de una broma. Pero todos callaron.

 

Tampoco nadie sabía muy bien qué decir cada vez que en el autobús de Detroit se preguntaba: "Bien, ¿estamos ya todos?". Y alguien respondía: "No, falta el de siempre".

 

Era como si el baloncesto le pesara amargamente y Brian estuviera ansioso por que todo terminara para dar rienda suelta a sus ensoñaciones, como hacía cada verano. Piloto de aeroplanos, había corrido en San Fermín, alquilado camellos para perderse en Egipto, apostado dinero en los casinos de Mónaco, disfrutado de la noche en Cuba, México y Marruecos, disparado ráfagas de ametralladora en Beirut, gozado de la prostitución de lujo en el sur de Francia y recorrido en bicicleta travesías de mil trescientos kilómetros por el desierto americano.

 

El 2 de abril de 1997 el baloncesto le recuperó en el mejor lugar imaginable: Chicago Bulls. La baja por lesión de Bill Wennington rescató a Brian de la agencia libre para disputar junto a Jordan, Pippen y Rodman dos meses de auténtico ensueño y conquistar el anillo, algo por lo que muchos otros dotaban de sentido a sus vidas.

 

Jordan había sido muy claro con él: "Aquí vas a hacer esto, esto y esto. Y mientras no haya partidos, entrenamientos o viajes, al gimnasio". En apenas semanas Brian alcanzó su plenitud, la de un rocoso ala-pívot en torno a los 2.08 de hábil zurda y formidable destreza para rematar en los aledaños del hierro.

 

Y todo ello sin dejar de ser él mismo. Durante las Finales Jackson le previno de las noches con Dennis Rodman. "Ten cuidado con él. Acabará contigo". Y Brian respondió compartiendo habitación en el hotel de Utah con el vocalista y guitarra de Smashing Pumpkins, Billy Corgan, tan encantado inicialmente con la experiencia como devastado poco después por un entusiasmo y vitalidad que sentía incapaz de secundar. "Espera, espera, escucha esta otra que he compuesto". Asolado por la noche y el sueño Corgan había perdido la cuenta. "Por favor, basta ya, acuéstate y duerme". Pero Brian seguía a lo suyo.

 

Fueron días de verdad fabulosos. En Chicago, por primera y única vez, Brian experimentó algo cercano a la felicidad en esa profesión que el destino le había deparado.

 

Una profesión que aquel verano le premiará finalmente al extenderle Detroit un cheque por valor de siete años y 42 millones de dólares. De entre el mucho trabajo que urgía a Doug Collins había una pequeña parte, menos técnica que humana, que le afectaría personalmente. El cuidado de aquel enigmático muchacho que a ratos le resultaba tan brillante como frágil. "Me hizo un regalo por Navidad. Es el único jugador en toda mi carrera que ha hecho algo así conmigo". Una sensibilidad de la que no eran muy partícipes los compañeros, especialmente Christian Laettner, que no eludió acusar a Brian de ser un continuo motivo de distracción para el equipo. 

 

Una noche en Philadelphia Derrick Coleman le desafió camino de vestuarios para iniciar una pelea, a la que Brian renunció de inmediato a pesar del fuerte empujón recibido. Collins le felicitó por el gesto. A su juicio había obrado bien por el equipo. Pero el equipo no pensaba lo mismo y en el autobús Brian lamentó escuchar el murmullo de desaprobación por lo que algunos consideraban un acto indigno de un hombre. Tiempo atrás había sido multado por la liga por ingresar en pista para poner fin a una reyerta entre Chambers y Mutombo.

 

Collins fue de los pocos en agradecerle personalmente los diez mil dólares que costó invitar a cenar a todos los miembros de la plantilla.

 

Así Brian celebró la huelga del 99 como nadie. Acaso tan sólo como Rodman. Disponía por fin de tiempo para sumergirse en profundas travesías en solitario, de transfigurarse en un Kerouac africano, de alterar incluso su identidad por la de Bison Dele en honor a sus ancestros. Aquel nuevo nombre incorporaba la pureza Cherokee, la libertad del bisonte y la doliente sangre vertida por el esclavismo negro.

 

En adelante Bison perdería su rastro al pasado mientras su nombre colgaba inerte en las listas de la Free Agency.

 

Y ya nada podía detenerle. Aquel verano compró una casa flotante en Lake Powelll (Arizona) y la llenó de amigos, entre los que se encontraba una persona muy influyente en su vida, hijo de un parlamentario libanés, Ahmad El Husseini, a quien había conocido en sus años de universidad. Ambos no tardaron mucho en abandonar el lago y viajar juntos por Europa antes de terminar nuevamente en Beirut, donde se hicieron con una planta depuradora.

 

Beirut y las pocas noticias que llegaban de Brian despertaron un inquieto desfile de llamadas que culminaron con un correo que dejó completamente perplejo a su agente Dwight Manley:

 

"Estimado Dwight. No tengo intención de seguir jugando. Habla con los Pistons y haz oficial mi retirada. Es irrevocable".

 

Detroit corrió a ocupar su puesto con el fichaje de Terry Mills pero el equipo no desfalleció hasta apurar insospechados recursos.

 

- Oye, chico, soy Bill Davidson, dueño de Detroit Pistons -a petición de su amigo era Ahmad quien cogía el teléfono-. Quiero hablar con él. Es urgente.

- Lo lamento, señor Davidson. No volverá.

 

Otras comunicaciones iban incluso más allá.

 

- ¡Guau! ¡Un telegrama de Phil Jackson! Y quiere que juegues en sus Lakers.

La propuesta llegó días después de que Jacko reconociera abiertamente a la prensa que Dele había sido "uno de los alumnos más aventajados que he conocido en mi vida".

 

Aquel revuelo se debía al optimismo de Manley y a unas infundadas declaraciones en las que insinuaba que el jugador consideraba volver, momento en que un nutrido ramillete de equipos mostraron su abierto interés en contratarle. Pero Manley no tenía nada que ofrecer. Su jugador no estaba, como si no existiera, lo que despertó una corriente de rumores sobre que el jugador se hallaba metido en serios problemas.

 

- Ahmad, soy Jesse Jackson. Necesito hablar con él.

- Es inútil, reverendo. No quiere hablar con nadie.

 

Aquel fue el último recurso al que apeló su representante, incapaz de creer que un joven de 30 años pudiera renunciar a más de 30 millones de dólares.

 

- Pero... ¿qué es lo que tengo que hacer para que me dejen en paz? -repetía Bison al libanés.

 

Fueron cuatro meses de desenfreno, un ritmo que El Husseini no pudo aguantar haciéndolo saber a su amigo con la mejor de sus intenciones: "Oye, no me entiendas mal, pero ¿por qué no te vas un mes a algún sitio y luego vuelves? Tengo que trabajar, no sé, hacer una vida algo más normal". Bison se sintió menos ofendido que traicionado. Cogió sus cosas y emprendió dolido su marcha. Esta vez, se prometió, para siempre. 

 

Huyó en solitario a través de la India e Indonesia antes de instalarse en un pequeño islote de las índicas Seychelles, al noreste de Madagascar. El joven había cortado definitivamente los hilos que le unían al mundo que hasta entonces había conocido.

 

A finales de 1999 llegaba a Australia, donde en la noche del 31 de diciembre se perdía entre la jubilosa multitud congregada en Sydney para recibir al nuevo milenio. Días después compraba un camión gigantesco con el que pretendía recorrer el país. La nave contaba con cocina y dormitorio y portaba víveres, ropa, una moto, una tabla de surf, un kayak, un equipo de submarinismo y un camping. Más de lo necesario para sobrevivir.

 

Su itinerario se vio sin embargo detenido al caer hechizado de la localidad costera de Fremantle, al sudoeste de Perth. Allí se instaló por un tiempo y allí comenzó a hacer amigos que nada sabían de él.

 

De aquellas amistades la más cercana y sincera se despertó con una joven australiana de nombre Megan Moody, que un buen día le inquirió la pregunta decisiva:

 

- ¿Por qué estás aquí?

Bison respiró hondo antes de hacer un escueto retrato de su pasado.

- No me gustaba quién era en mi anterior vida. Una mañana me levanté y sentí asco de mí. Del tipo de persona en que me había convertido. No quiero fama ni dinero. Allí nunca encontraré la paz que estoy buscando.

 

Poco después el nuevo hechizo le vino del mar. Adquirió por 650 mil dólares un catamarán de 17 metros que en adelante sería su hogar, al que llamó Hakuna Matata, en suajili "no hay problema". Buscó un patrón y lo encontró en el veterano Jon Sanders.

 

El 8 de febrero de 2001 Bison Dele dejaba atrás Fremantle y la tierra firme. Emprendía una aventura sin destino. Una aventura para la que no contemplaba fin.

 

En las siguientes semanas Dele, Moody y Sanders surcarían la costa del sudoeste australiano hasta que el primer incidente vulneró la paz de aquellos días. El patrón y la chica no se tragaban y la joven no tardó mucho en confiar el malestar a su amigo.

 

- Oye, ¿qué es lo que pasa con Megan?

- Lo mismo que con tu marihuana en el barco. No me gusta.

- Lamento recordarte que el barco es mío.

- Un barco siempre es de quien lo maneja.

 

Sanders, que había dado hasta tres veces la vuelta al mundo, se comportaba como un lobo de mar, un hombre demasiado severo para tolerar determinadas cosas a bordo. Bison no quería problemas y decidió prescindir de sus servicios en favor de un nativo algo más relajado de nombre Mark Beal.

 

El Hakuna retomó la marcha por las costas del sudoeste australiano con seis personas a bordo. Bison, Megan, Mark y otros tres amigos, entre los que destacaba un alemán al que llamaban Drema y que Bison había conocido en uno de sus trayectos por el desierto.

 

Juntos pasaron semanas inolvidables. Reían y charlaban en cubierta hasta altas horas de la noche. De noches serenas y estrelladas bañadas por aquel hipnótico deep tan del gusto de Bison que embriagaba a todos y se extendía libre por el infinito. Y aunque no lo pretendiera terminaba siempre siendo él protagonista. Adoraba conversar y hacía gala de una cultura desorbitada. Pero mucho menos que de una empatía natural que ganaba aprisa a quienes le conocían. Parecía constantemente inflamado por una inagotable energía que sólo la marihuana calmaba a cada última hora del día. A veces, se retiraba largos ratos como si necesitara meditar. Y al cabo, reaparecía completamente renovado.

 

Y todos, sin excepción, caían de sueño antes de que lo hiciera él, como si quisiera coronar cada jornada como testigo solitario de toda aquella hermosa majestad.

 

 

 

 

- ¿Por qué... eres tan generoso? -se preguntaba a menudo el alemán, como si supiera de algunos pasajes en la vida de Bison. Como cuando entregaba fajos enteros en los suburbios de México a todo aquel que pareciera necesitarlo. Como si supiera que mensualmente le hacía llegar a madre cinco mil dólares o que regalaba entradas a niños, personal de limpieza y empleados en cada equipo que vistió de corto.

 

Y Bison respondía encogiéndose de hombros mientras esbozaba una cálida sonrisa.

- Te deseo mucha suerte, amigo -añadió Drema al despedirse camino de tierra firme.

 

El resto prosiguió su aventura por los mares del Sur.

 

Una mañana de febrero, a pocos días de alcanzar la costa de Melbourne, el Hakuna recibió un inesperado correo.

 

"Bison, quiero volver a jugar. Lo haré en los Wizards. Me gustaría que formaras parte de este proyecto. Quiero que volvamos a jugar juntos".

 

Para otros muchos resultaría realmente complicado negarse a la petición de aquel remitente. Para Bison era en cambio algo sencillo.

 

"Agradezco enormemente tu solicitud, Michael. Pero lo siento, me debo a mi nueva vida. Aquí soy feliz y no volveré a jugar. Gracias de todo corazón".

 

 

Bison & Michael (1997)

 

 

Aquel correo, la noticia que portaba, que de hacerse pública habría recorrido el planeta en pocos minutos, fue el último contacto que estableció el baloncesto con Bison Dele, como si éste hubiera arrojado al mar para siempe la brújula del juego.

 

Llegados a Melbourne, Megan Moody decidió poner pie en tierra. Decía adiós a la aventura no sin dolor ni motivo. Una mujer sabe exactamente dónde reside el amor del hombre al que apunta. Y su fuero interno temía caer enamorada de aquel alma libre, que sin embargo no había olvidado a su único amor, de quien precisamente tanto habló con ella. Esa chica era Serena Karlan, a quien Bison conociera en Los Angeles durante su año con los Clippers.

 

Bison no la había olvidado. Sabía que a su marcha ella había emigrado a Nueva York con el sueño de encender allí su carrera artística. Tenía que llamarla. Tal vez con ella la felicidad fuera completa.

 

Poco después tocó el turno a Mark Bears. El patrón había cumplido con creces su tarea de conducir a la tripulación camino de las costas del norte. Cerca del puerto de Brisbane su lugar lo ocupó otro navegante, Ben Fitzgibbon, y un amigo personal de éste de nombre Mark Benson. Juntos alcanzarían en abril de 2001 las exóticas tierras de Papúa Nueva Guinea.

 

Para entonces Bison parecía un hombre completamente nuevo. Había calmado visiblemente sus nervios y empleado buena parte del tiempo en las destrezas marítimas, de la navegación a la pesca.

 

- Te gusta rodearte del mar -le inquirió Fitzgibbon en alguna ocasión.

- Mucho menos que de las buenas personas.

 

Acaso faltara una de ellas.

 

Así el joven puso en adelante todo su empeño en encontrar a Serena Karlan. Lo consiguió en el mes de octubre accediendo también al favor de su patrón, Fitzgibbon, de llevar al barco a su novia, Yvonne Moore, que enseguida se mostró algo incómoda con la situación.

 

- Me haré cargo de todos los gastos.

- Pero yo no quiero que tú...

- Por favor.

 

La remota isla de Vanuatu, al norte de Nueva Caledonia, fue testigo de la cita. La nueva tripulación, compuesta por Bison Dele, Serena Karlan, Ben Fitzgibbon, Yvonne Moore y la cocinera Sheri Bromley, acabó formando en pocas semanas una confortable familia.

 

Ahora sí, la felicidad de Bison Dele era completa.

 

Pero otra vez breve. A medida que pasaron las semanas Serena Karlan se vio invadida por la melancolía. Comenzó a ver su futuro como algo incierto. Había dejado abruptamente compromisos, familia y amigos al otro lado del mundo, donde tenía una vida que acometer. Así el 24 de noviembre, igual que habían llegado, Karlan y Moore abandonaron la embarcación camino del mundo real.

 

Apenado por aquel desenlace Dele prosiguió su aventura, a la que pronto se uniría un nuevo patrón, el francés Bertrand Saldo, un adinerado joven propietario de un yate afincado en Vanuatu, donde había conocido a Bison. Saldo no era mal tipo. Y tampoco alardeaba de su curiosa condición. Era sobrino del que fuera ministro de defensa francés, Charles Hernu, dimitido de su cargo por la destrucción del Rainbow Warrior de Greenpeace.

 

Era cuestión de tiempo y Bison sucumbió a la ausencia de Serena. Ni un solo día había dejado de enviar correos y llamadas telefónicas a su amada. Su perseverancia acabó dando fruto. Serena lo dejaría todo por él. Bison le envió 50 mil dólares para que saldara sus deudas en Nueva York y ambos unieran definitivamente sus destinos. En enero de 2002 el Hakuna gozaba otra vez de la presencia de Serena Karlan.

 

La pareja voló hasta Auckland (Nueva Zelanda) para pasar allí unas semanas a solas. La embarcación quedó a cargo de cuatro tripulantes: los dos patrones, Mark Benson y la cocinera.

 

La casualidad quiso que el Hakuna recibiera entonces una inesperada llamada. Una llamada que cogió desprevenidos a todos.

 

(retoma el diálogo inicial)

- Está bien, pero creo que debería llamarle y hacérselo saber -insistió Fitzgibbon, algo confuso por lo alterado de aquel hombre.

- Preferiría que no lo supiera. Hace años que mi hermano no sabe de mí. Créeme, será una gran sorpresa para los dos.

 

Y así fue en un principio. A su encuentro Bison Dele (Brian Williams) y su hermano Miles Dabord (Kevin Williams) se fundieron en un estrecho abrazo que emocionó a todos, ignorantes del personal abismo al que desde hacía tiempo aquel hombre se había precipitado. El cambio de identidad -Miles por Miles Davis y Dabord por un familiar- apenas había mejorado su vida.

 

Sin empleo, Dabord estaba en la ruina y al borde del derrumbe cuando su hermano pequeño, otra vez él, acudió a su cabeza como una tabla de salvación. Tal vez la única. El primogénito disimuló hasta la ocultación todas aquellas circunstancias, incluyendo la deuda de cuatro mil dólares que había contraído con su novia, Deanne Heinrichs, por el alquiler del apartamento en Palo Alto.

 

Fitzgibbon desconfiaba. Aquel visitante venía para quedarse. En los ratos a solas el patrón quería llegar a la verdad del asunto.

 

- Ya te lo he dicho. Quiero hacer las paces con mi hermano. Unirme a él para siempre. (...) Han sido años difíciles. (...) Sí, éste es también mi camino. ¿Te he dicho que me encanta el mar?

 

Por sus gestos, palabras y miradas, todo ello a una velocidad desacostumbrada en aquella cubierta, era evidente que aquel hombre acababa de caer de la urbe arrastrando consigo toda su buena carga de problemas.

 

El Hakuna y su tripulación se adentraron en las profundidades del Pacífico Sur, una travesía que hasta entonces se había visto privada de todas aquellas contingencias que hacían soñar a Verne, Conrad o Melville. Fueron días de calma chicha. Días también de paz a pesar del recién llegado.

 

Dabord mostraba gran interés en aprender el funcionamiento de la embarcación. Con la ayuda de Fitzgibbon y Saldo pronto supo lo necesario.

 

Nunca había asomado la jerarquía a bordo. No hasta la llegada del aquel hombre ambicioso de conducta inestable y desaforada oratoria. Siempre tenía a su hermano en boca. Con elogios a su presencia y una fuerte carga de ironía a su ausencia. Esta última apreciación se hacía muy patente en relación a la salud de que decía gozar su hermano pequeño, dado el visible deterioro de Dabord, algo avejentado y ganado por el sobrepeso.

 

Continuamente narraba pequeñas rencillas de la infancia de ambos, riendo a mandíbula batiente cuando encontraba la anécdota que hiciera salir mal parado al pequeño. "Y se marchaba llorando, jajajaj...". Tampoco se privó de sacar a colación la carrera NBA de Bison. Algo de lo que él mismo se había guardado cuidadosamente. "¿¡Y a quién coño le importa eso!?", interrumpía molesto. Pero Dabord seguía como si nada. 

 

Así las desavenencias no tardaron en aparecer, precipitándose ambos a discusiones nacidas en torno a asuntos sin importancia. Asuntos que hasta entonces no habían despertado la menor irritación de Bison. Discusiones cada vez más frecuentes y acaloradas. Tan frecuentes como la intervención de los testigos cuando el conflicto rebasaba lo conveniente. "Venga, basta ya, por favor".

 

El mal presagio que rodeaba a Miles Dabord se materializó incluso en forma de correo. Desde California Deanne Heinrichs le reclamaba el dinero que adeudaba. La respuesta del acreedor, más que una declaración de intenciones, era todo un retrato de sí mismo:

 

 

 

 

El instinto femenino de Serena Karlan actuó entonces con discreción. Convenció a Bison para pasar unas semanas a solas en la paradisíaca isla de Moorea. Karlan sabía dónde estaba el problema. Pero Bison no podía enviar a casa a su hermano. No podría dormir en paz.

 

Desde el hotel de la isla, Bison se puso en contacto con su amigo y asesor financiero, Kevin Porter. "Vigila las cuentas. Me preocupa mucho. Ten cuidado, por favor. No quiero gastos inútiles. Sólo yo puedo dar orden, ¿de acuerdo?".

 

Sin la pareja a bordo Miles Dabord redobló las sospechas en torno a su carácter. Su descaro no encontraba resistencia y así se arrogó el timón de la embarcación, lo único que pareció concentrar su atención en los días siguientes. Quería probar la velocidad de la nave y ponerla al máximo. Alcanzaron las costas de Tahiti el 19 de junio. Habían empleado un tiempo récord de tres semanas.

 

El 21 zarparon rumbo a Moorea para recoger a la pareja. Una semana después Mark Benson abandonaba al grupo de regreso a Australia. El sábado 6 de julio el Hakuna viraba una vez más. Lo hacía con cuatro personas a bordo. Los dos hermanos, la novia del menor y el patrón francés ponían rumbo a Honolulu desde las inmediaciones de la remota isla de Maiao.

 

Aquel destino en los confines del mundo estaba maldito.

 

 

 Maiao

 

Nadie sabe lo que ocurrió ni qué pudo pasar por la cabeza de Miles Dabord aquella luminosa mañana de domingo. Pero todo tuvo que precipitarse muy rápidamente.

 

La pelea entre los hermanos alcanzó su masa crítica cuando Serena cayó herida sobre cubierta en su empeño por intermediar, lo que inflamó a Bison a una erupción sin control. Instantes después rajaban el aire los disparos de una Glock, un arma propiedad de Bison que Miles habría encontrado a su ausencia.

 

Kevin Williams, de 35 años, disparó a bocajarro sobre su hermano Brian, de 33, acabando allí mismo con su vida. Acto seguido descerrajó otros dos, también mortales, sobre Serena Karlan (30) y Bertrand Saldo (32). El cielo azul y el inmenso océano quedaban como únicos testigos de la masacre.

 

El asesino alejó la embarcación unas millas más de la costa antes de arrojar los tres cuerpos por la borda, a merced de las corrientes del Pacífico Sur.

 

Y con la misma frialdad puso rumbo a Moorea, donde le aguardaba una vieja amiga con quien estaba citado, Erica Wiese. Meses atrás, antes de aparecer en la embarcación pero sabiendo de su ubicación, había pasado con ella una semana como turista en atolones cercanos. En aquella ocasión Dabord desapareció también de su vista.

 

- No te preocupes, nena. Tengo que arreglar algún asunto. Nos veremos aquí. Te llamaré. Vendré a buscarte en mi catamarán, pasaremos unos días juntos y volveremos a casa.

- ¿Tienes un catamarán?

 

Miles cumplió lo prometido, ocupando su regreso en borrar el sello de la embarcación, a la que llamó Aria Bella, y sobre todo las huellas de cubierta (con tal precisión que los investigadores apenas hallarían restos). Para entonces creía tener una coartada:

 

- Mi hermano y ella se quedaron en Raiatea. Y el francés salió hace un rato a buscar a unos amigos para quedarse aquí unos días con ellos.

 

El día 15 Erica Wiese volaba a California. A la mañana siguiente el club náutico de Tahiti recibía una llamada de urgencia. Un catamarán había encallado en los arrecifes con una persona a bordo. "Disculpen mi torpeza". Las autoridades lo remontaron hasta la costa. No hubo preguntas pero Dabord apresuró la maleta con destino a Palo Alto.

 

Allí se reencontró con Erica Wiese.

 

Las fechas siguientes fueron una alocada e incoherente carrera para el triple homicida. En un mes cambió tres veces de domicilio. De San Franciso a Miami, de Miami a Belice, previo paso por Phoenix, donde suplantó a su hermano con un cheque por valor de 152 mil dólares a cambiar por oro. Portaba consigo el pasaporte, la chequera y dos tarjetas de crédido de su hermano. Pero ignoró el hecho de que la desaparición de Bison Dele ya estaba en conocimiento de la policía, que arrestó a Dabord en cuanto supo de su paradero.

 

Durante el trayecto a comisaría el detenido, visiblemente nervioso, no paró de hablar:

 

- ¿Sabe, agente? Estoy orgulloso de mi hermano. Sí, de su carrera y su forma de ser... Estoy deseando volver a verle.

- Y usted, ¿no juega a baloncesto?

- No -repuso en seco-. Todo el talento de la familia se lo quedó él.

 

En las siguientes siete horas de interrogatorio Miles Dabord presentó todos los síntomas de un maníaco. Nervioso y balbuceante, pronunciaba frases inconexas antes de romper a reír o estallar en sollozos, estrechando varias veces las manos de los agentes o inflamándose de ira al minuto siguiente. Así hasta que la sargento Mary Roberts lo intentó por última vez.

 

- ¿Sabe dónde están los desaparecidos?

- No.

- ¿Ninguno de ellos?

- Ya le he dicho que no.

- Muy bien. Aguarde un momento. Hay alguien que quiere verle.

 

Era Kevin Porter, el estrecho asesor a quien oportunamente Bison advirtió del peligro. Los dos quedaron a solas.

 

- Créeme... fue... fue él mismo quien me pidió que sacara ese oro.

- Miles, él no ha extendido ni un solo cheque en diez años. No puede hacer ese tipo de operaciones. Sólo yo.

- Pero... ¡él me lo pidió! ¿Qué quieres que te diga?

- Sólo una cosa, por favor. ¿Están vivos?

- Maldita sea, lo estaban cuando yo me marché. Les dejé allí, felices y completamente libres.

 

Para entonces la policía especulaba con la posibilidad de que la tripulación hubiese sido apresada por piratas de la Polinesia. Dabord quedó libre. No había pruebas contra él.

 

Pero puede que pronto las hubiera. El tiempo corría en su contra y tan pronto volvió a reunirse con Wiese, en un motel de San Ysidro (California), ésta fue objeto de una curiosa confesión entre agitados sollozos.

 

- Él y yo forcejeamos... y ella, mierda... ella se interpuso y... cayó y se golpeó muy fuerte en la cabeza... Mi hermano se puso nervioso. Sabía que el francés hablaría y... y... también lo mató. Venía a por mí... ¿sabes? ¡Tuve que matarle! Fue en defensa propia... ¿¡me entiendes!? ¡Tengo miedo!

- Pero...

- Los tiré al mar. ¿Qué podía hacer? ¿Yo solo con tres cadáveres?

- ...

- Voy a llamar a Paul. ¡Él me creerá! ¡Sí... tengo que contárselo todo!

           

Pero su amigo Paul Davis quedó tan perplejo como Erica Wiese.

 

Cuando la conversación terminó ella se había ido.

 

Dabord estaba solo. Era momento de huir.

 

Pero antes una llamada. Necesitaba hablar con un abogado.

 

- Su historia es demasiado increíble -resopló-. Me temo que pelear algo así podría salirle por unos 200 mil pavos.

- ¿¡Qué!?

 

Era cuestión de horas que Paul o Erica largaran. Ella pasó la noche sola en el viejo apartamento. Bajo la almohada escondía un cuchillo.

 

Para entonces el cielo se había cerrado del todo sobre Dabord, que pisaba a fondo el acelerador como si eso le ayudara a escapar.

 

Cruzó la frontera de México y acabó dando con sus pasos en Tijuana, en una de cuyas calles fue encontrado poco después en estado de coma. Ni siquiera la insulina y el Valium le ayudaron a quitarse la vida.

 

Los tres días anteriores Miles había hablado con su madre. Nada extraño si en tres años la hubiera llamado alguna vez. La última todavía golpea con fuerza la memoria de Patricia Phillips: "¡Mamá, necesito que me creas! ¡Nunca haría daño a mi hermano! ¡Necesito saber que me quieres antes de morir! ¡Nadie creerá mi historia! ¡Nadie!".

 

El viernes 27 de septiembre el corazón de Miles Dabord dejaba de latir en el hospital californiano de Chula Vista.

 

A miles de kilómetros de allí una pequeña embarcación guardaría eternamente el secreto de lo ocurrido haciendo por fin honor a su nombre. Porque también ella descansaba en paz.

 

 

 

 

 Kevin y Brian (1976)

 

 

 

Con especial gratitud a Michael Bedan y Brian D. Crecente, Grant Wahl, Mark Beech, John Ed Bradley y René Radoi.

 

 

 

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De otras cavernas y tragedias:

 

 

La última noche

 

El inexplicable adiós de Ricky Berry

 

Holocausto caníbal

 

Cinco anillos para un padre

 

El extraño caso de Johnny Moore

 

 

No toca abundar en el Shannon Brown jugador, al que todo elogio sería actualmente poco. Es hoy aquí lugar y momento para rendirle otra cosa. Una razón muy poderosa por la que puede estar quedando completamente a solas en el panorama mundial de la canasta. Palabras mayores.

 

En los pocos meses que lleva vistiendo de amarillo, esto es, el compacto periodo en el que su carrera remonta aprisa desde cero, Shannon Brown ha protagonizado buen número de acciones de las que la NBA, el baloncesto o cualquier competición en el mundo incluida la olímpica, puede sentirse verdaderamente orgullosa de recoger. Y aun con eso, ni siquiera se trata de su inesperada condición de Highlight Machine. Se trata de algo más. Algo que difícilmente unas líneas pueden describir con justicia.

 

De un tiempo a esta parte la proliferación de acciones insólitas, especialmente las del aire, ha disminuido considerablemente aquellos masivos asombros que los años ochenta hicieron suyos como el rostro más universal de la NBA. El tiempo no pasa en balde y son hoy muchos los capaces y demasiadas las acrobacias verticales como para despertarnos la misma sorpresa.

 

Por eso vivimos hoy una era difícil. Porque a la saturación de las proezas se añade un factor bastante más peligroso. La tecnología se apresura a desbordar la pereza del ojo y no pasará una década antes de que seamos incapaces de distinguir la realidad virtual de la realidad a secas. Como si ésta empezara a agotar su repertorio formal y diera rendido paso al nuevo imperio del fake. De ahí que cada vez sea más complicado encontrar algo distinto o superior. Alguien que de repente sitúe sus dones atléticos como uno o dos grados por encima del panorama más selecto. 

 

Pues bien, afortunadamente lo hay. Y no es otro el caso que ese joven nativo de Maywood (Illinois) que no hace tanto dio un buen susto a su padre, el sargento de policía Chris Brown habituado a llamadas de fea urgencia, tras recibir una en tono muy severo:

 

-Señor, Brown. Acuda al instituto a la mayor brevedad posible.

-¿¡Qué ocurre!?

-Su hijo.

-Mi hijo... ¿¡qué!?

-Su hijo ha destrozado una de las canastas de la escuela.

 

En Proviso el presupuesto era bien escaso y reponer todo aquel aparataje habría de correr a cargo del bolsillo familiar. Es de imaginar la bronca y el premonitorio calado que ésta debió causar en el tierno alma del chico.

 

En adelante Shannon no renunciaría a los mates como prueba su concurso en el McDonald's de 2003. Pero pronto supo que ni eran suficientes ni su privilegiada genética habría de concentrarse únicamente en ellos. Hacer carrera era cosa bastante más seria. Michigan St., Cleveland, Chicago, Albuquerque, Rio Grande y Charlotte en apenas tres años en los que su potencial como jugador acusó una excesiva represión.

 

Represión que llega a su fin el pasado mes de febrero en los ahora vigentes campeones, cuando Shannon demuestra al dorado grupo de Phil Jackson que su sacrificio como humilde engranaje del Team Work merece la pena, un contrato y la permanencia en el mejor equipo del mundo. Y ahora sí, Shannon puede añadir algo más: detonar con sospechosa frecuencia el mayor de los dones de que está superdotado.

 

Y aquí llegamos al asunto en cuestión.

 

El asunto por el que otros jugadores, de clásico perfil estilizado en torno a los dos metros, consiguen una rápida celebridad de pantalla en la High Definition Era. Un terreno como de exclusiva propiedad de LeBron James, Dwight Howard, Josh Smith o Gerald Green, ejemplares instalados a placer en el objetivo de las cámaras gracias a sus deslumbrantes conquistas de las regiones más altas del hierro.

 

Ocurre sin embargo que este género de conquistas mayores, como inventario registrado, flaquea por el lado oficial y su reconocimiento se pierde en la masiva memoria de los aficionados. Ahora que el atletismo y sus registros se calibran en millonésimas de láser, en el baloncesto, por su infinita riqueza, todo se sigue entregando al contraste visual. Cuando el ojo asiste al increíble rebote ofensivo de Jamario Moon en San Antonio, sabe muy bien del calibre de la acción pero ignora a qué o a quién exactamente enfrentarla. 

 

 

 

 

Por eso da la impresión de que determinado material, a la desaforada velocidad a la que discurre la competición diaria, pasa desoladoramente inadvertido. O al contrario, no todo lo advertido que debiera.

 

Shannon Brown roza el 1.90 descalzo. En estos meses de amarillo ha prodigado innumerables episodios de mate o tapón que recoger prioritariamente cualquier Top Ten de temporada. Pero ni siquiera eso es suficiente.

 

Lo que verdaderamente le encumbra a lo sobrenatural pertenece a un pequeñísimo ramillete de acciones donde ha conseguido disparar en torno al 95 por ciento de su portentosa capacidad de salto vertical. En esta particular métrica, cuando Brown ha contado con todo a su favor incluida la ausencia del balón en las manos, ha demostrado poder alcanzar los 112-114 centímetros de batida en estático. O lo que es lo mismo, situarse a la altura de los mayores prodigios que ha dado este deporte.

 

Lo insólito de su capacidad movió incluso a la prensa a sondear al cuerpo de fisios angelino por si Brown seguía algún tipo de programa específico en su tronco inferior. La negativa de su director, Chip Schaefer, fue rotunda: el único misterio pertenece a su genética natural.

 

Pero todo esto mejor se comprueba a través de tres acciones que ratifican esa condición verdaderamente única en Shannon Brown. Por la magnitud de cada acción su orden desfila de menor a mayor.

 

 

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6 de mayo de 2009 / L.A. Lakers - Houston Rockets

 

Segundo partido de aquella serie de segunda ronda. El desenlace de un salto entre dos da con el balón a la carrera de Kyle Lowry. Shannon actúa como de costumbre. Reacciona al balance defensivo con mayor empeño que nadie.

 

Tiene suficiente espacio para la batida en carrera y lo demuestra con un ejercicio salvaje de un solo impulso al aire, como acostumbraba en la longitud el soviético Robert Emmiyan. Shannon no llega a tocar el balón porque su codo derecho impacta de lleno con la frontal del hierro, cosa que recoge perfectamente el micro del aro y su posterior ademán de dolor cuando Bill Spooner anula la jugada.

 

 

 

 

 

Parece mentira observando cada una de las repeticiones. Pero el salto en carrera, contrariamente a LeBron James o el primer Robert Pack, no es el fuerte de Shannon Brown, que en una décima de segundo reacciona bajando la cabeza para no golpearse contra el cristal.

 

 

 

30 de octubre de 2009 / L.A. Lakers - Dallas Mavericks

 

La más reciente y el oportuno motivo de esta pieza.

 

La jugada consiste en un rechace a dos manos donde la colosal batida a dos piernas de Shannon encuentra su sentido más pleno.

 

 

 

 

En la frenética secuencia se aprecia tanta diferencia de estatura con su compañero Josh Powell (15 cm) como de pura stamina. Al extremo que Powell sale despedido al violento contacto con Brown. En el primer frame de la imagen sorprende la increíble distancia a la que se encuentra el balón cuando Shannon ha decidido acudir a por él. En el central, momento de máxima altura, las rodillas de Shannon superan la cintura de un Powell (2.06) que está como a 20 cm del suelo. En el último instante del video, cuando el matador desprende todo su peso al hierro, se observa con precisión -la ocasión lo merece- la tecnología de los ultramodernos Total Spring-Loaded Rims, basculantes en toda su circunferencia y no sólo en la frontal como en los anteriores modelos.

 

Para encontrar un rechace de esta naturaleza, de culminación a dos manos a una altura semejante, es necesario remontar hasta 1993 cuando Stacey Augmon resolvió corregir un lanzamiento libre de Kevin Willis en Milwaukee.

 

 

 

 

La estatura de Augmon es once centímetros superior a la de Brown.

 

 

17 de febrero de 2009 / L.A. Lakers - Atlanta Hawks

 

Era la noche de su debut con los Lakers, fecha que el calendario asocia anualmente con el nacimiento de Michael Jordan. Para los locales fue una cómoda velada en el Staples, dando Jackson al recién llegado una generosa entrada en el último cuarto de un partido resuelto.

 

En medio de ese agitado desorden típico del garbage time un mal pase de Farmar permite a Mario West escapar a canasta con la automática persecución del pequeño Shannon, consciente de que aquellos minutos iniciales eran demasiado importantes como para no entregarse en cuerpo y alma. A la viva carrera ambos detonan el salto simultáneamente.

 

 

 

 

Lo siguiente escapa a toda descripción. Uno de esos sagrados momentos para la retina donde el fragor de un instante aleja hasta lo remoto a dos contendientes por mera selección natural.

 

La diferencia del salto es tan grande que en el cénit de ambos la cabeza de uno está a la altura del ombligo del otro. De forma que el tapón, y aquí tapón significa bien poco, forma un brutal colapso entre el balón, el antebrazo derecho de Brown y el tablero.

 

 

 

 

 

VIDEO.

 

El embate es tan brutal y acontece a tal velocidad que Bill Kennedy comete el error de señalar falta. Como si lo ocurrido no fuera humanamente posible o quedara al margen de la legalidad.

 

El Staples reacciona. Y su rugido mezcla la perplejidad de lo que acaba de ver y la certeza de que, en efecto, no hubo falta.

 

Especialmente en la tercera repetición se adivina una insólita ascensión, como un extraño double pump en pleno vuelo hacia una altura cuyo final tan sólo parece determinar el violento choque contra el tablero.

 

La acción es absolutamente monstruosa, de las que no agota su repetida visualización.

 

Hace cosa de dos años un equipo de especialistas del programa Sport Science llevó a cabo un interesante estudio, curiosamente con Jordan Farmar como modelo de pruebas, en el que se llegaba a la conclusión que por muy gigantesco que fuera un salto de un jugador de baloncesto jamás una suspensión podría alcanzar a durar 100 centésimas. A vuelapluma el hang time de Shannon Brown aquella noche supera con creces las 80.

 

Con la insalvable diferencia de la estatura el momento remite a un brutal rebote ofensivo de Dominique Wilkins en el Forum de Los Angeles en 1986 -irónicamente mismos rivales en la misma ciudad- donde el alero excedió su salto al extremo de ocultar bajo su entrepierna la cabeza de Magic Johnson (2.05) y detener con su brazo derecho el seguro golpe de la cabeza con el tablero.

 

 

 

 

 

Sin tener la menor idea de ello, el pequeño debutante acababa de protagonizar, en pleno año 2009, uno de los saltos de mayor dimensión en bruto en la historia de la NBA.

 

Y aquí reside precisamente su mayor fortaleza. Porque contrariamente a todo lo dicho Shannon Brown no cuenta con una destreza especial para los atributos del mate. No incorpora a sus saltos creatividad o plástica alguna. Se trata de la misma legendaria facultad en bruto que la intrahistoria atribuye a mitos como Knowings o Manigault. Brown es un matador de partido. Aprovecha la menor circunstancia favorable para hacer estallar el volumen del salto a niveles incluso superiores a los de Fontenette

 

Así el próximo mes de febrero en Dallas valdrá más la presencia de un DeRozan que de un Brown sin que ello suponga el menor perjuicio para el jugador que, a día de hoy, está consiguiendo reclamar una mayor atención gráfica a la espera de que produzca otro milagro.

 

Por eso se insiste. Hay algo sobrenatural en Shannon Brown. Una perfecta invitación a resucitar el asombro. 

Era cuestión de tiempo. En cuanto Detroit estrenara curso y Ben Gordon partiera desde el banquillo como estimulante ofensivo, tenía que salir a colación el térmico nombre de Vinnie Johnson.

 

La mención, habiendo quedado ahí, hasta tendría su punto. Porque ni es la primera ni será la última vez. Pero la cosa se afeó bastante por un titular de Dan Feldman, habitual firma digital de la Motor City, al poco de despachar a los Grizzlies (74-96) con una buena actuación del recién llegado (22 pts). Impaciente y algo entusiasmado, Feldman se apresuró a rescatar a Vinnie no se sabe si para desmontar una posible comparativa, de tanta simpleza como cabos sueltos, entre ambos jugadores. Sin atar ninguno el cronista subrayaba a Ben Gordon como mejor jugador que Vinnie Johnson. Pero todo lo cargaba al titular señalando que el nuevo escolta de Detroit no merece algo así. Como si Vinnie fuera poca vara de medir para el calibre de Gordon.

 

Rara vez un titular mueve a respuesta en este rincón. Pero la ocasión lo merece. Porque las comparativas, si se pretenden justas, deben serlo del todo.

 

Ben Gordon y Vinnie Johnson. Para empezar la analogía resulta atractiva. Y casi automática. Porque enseguida acude a la cabeza cierta importancia del banquillo en la carrera de ambos. Ahora que las rotaciones están de moda en otros deportes, en la puesta en escena del baloncesto ocurre desde hace mucho que determinados jugadores, como los relevistas, quedan a salvo del primer acto. Éste fue el caso de Vinnie y no tanto el de Gordon.

 

Si John Kuester pretende remontar a los orígenes de Gordon y que éste eleve la temperatura ofensiva de Detroit saliendo desde el banco, la comparativa con Vinnie Johnson puede valer. Mismo equipo, parecidas virtudes y mismo orden de entrada. Hasta ahí vale. Pero si la comparativa entra en profundidades, hace aguas. Y lo hace por varios motivos que interesa precisar.

 

 

 

 

En cierto modo Ben Gordon y Vinnie Johnson atienden a perfiles como nacidos para iniciar la segunda unidad de pista. La carrera de Johnson en Detroit se explica precisamente a través de su no starter condition y su valiosa utilidad ofensiva entrado el juego y como al margen de lo que estuviera ocurriendo. Johnson era todo autonomía. Y tanto podía encender un partido apagado como sumarse al calor de uno encendido. Esta circunstancia se instaló en el primer Gordon a un extremo todavía mayor. Es el único jugador de la historia en conquistar el galardón de mejor sexto hombre como novato.

 

Ambos comparten, pues, algo de esa fortaleza en la segunda línea de salida. Y sin embargo aquí reside la primera gran diferencia, de tipo táctico.

 

Vinnie Johnson formaba en un equipo donde el backcourt titular alternó, en el periodo de mayor autoridad (1987-1991), entre Thomas-Dumars-Dantley y Thomas-Dumars-Aguirre. Una tríada prioritaria que desplazaba al Johnson veterano en razón de un presunto juego de calidades. Dado el óptimo resultado Daly optó por esa jerarquía y le dio continuidad.

 

En Gordon no hubo en cambio tiempo para resultados. Aun siendo podio en el draft fue su condición de novato lo que le confinó inicialmente al banquillo. Circunstancia que el escolta aprovechó para desatar sus virtudes anotadoras en un tiempo reducido y hacerlo además con una inesperada condición de clutch. Únicamente LeBron James anotó más puntos que él en los últimos cuartos de aquella temporada.

 

Ello brindó a Gordon un extraño perfil que parecía inclinar a Skiles a retrasar su entrada a pista, a su dosificación y a un difuso papel de revulsivo. No es que la tríada Hinrich-Duhon-Deng fuera preferente por calidad. Es que Gordon se forjó enseguida el mismo tipo de jugador que en su día figuró Ricky Pierce.

 

Con el añadido de que Gordon tampoco escapó en adelante a cierta etiqueta de jugador de riesgo, a ratos desconectado y con una peligrosa tendencia a perder el balón. Un sello diametralmente opuesto a Vinnie Johnson.

 

No importó. Skiles prefirió su corte anotador a todo lo demás y empezó a olvidar su papel de banquillo. Así en cinco años de carrera el inglés ha sido más veces titular (204) que Johnson en trece (187). A partir de su segundo año Gordon vio incrementarse sucesivamente su titularidad a las 47, 51 y 76 veces de 2009. Así pues, el tiempo revocó en parte aquella primera condición de anotador de tiempo reducido y ahora Kuester, algo receloso de hacerle titular, le devuelve aquel primer papel donde más peligroso, cómodo y cercano a Vinnie Johnson se encuentra. Una cercanía que nace en realidad en el mánager general. Porque Joe Dumars busca replicar aquella 3-guard line offense de los viejos Bad Boys y así se lo confió personalmente a Gordon.

 

Esa línea se resuelve con Stuckey, Gordon y Rip Hamilton. Pero a juicio de Kuester y sin un Isiah Thomas en el equipo, no de entrada. De hecho no han sido pocas las dudas en torno a la pareja Hamilton-Gordon. Tras el infierno del año pasado Rip se sigue viendo como el líder natural del ataque. Y a la vez Gordon difícilmente como el segundo de alguien. Por eso Kuester ha optado de inicio por ese orden. Para evitar riesgos en la UConn-ection.

 

El estreno en el Palace y la derrota (83-91) ante Oklahoma ratifican este diseño del entrenador. A la primera ausencia de Hamilton, Gordon fue titular ahogándose en un exceso de minutos (39:35), responsabilidad y lanzamientos (8-20) en los que sigue sin encontrarse cómodo.

 

De vuelta a la comparativa, sale sin embargo algo más favorecida en otros apartados.

 

Físicamente incluso se hace entendible. Aunque la mayor fortaleza de Johnson residía en sus poderosas piernas, es de recibo referir el tronco superior de ambos como fuerte y desarrollado. Gordon presenta una mayor definición en brazos y dorsales -la ventaja del tiempo- pero los dos comparten proximidad de estatura -una pulgada de diferencia- y hombros anchos y robustos, de los que cuesta defender al contacto. Sí. Hay algo de cuadrilátero en la fisonomía de ambos.

 

Pero es técnicamente donde la relación gana interés. Los dos responden a ese felino patrón de grandes lanzadores en movimiento con enorme capacidad de crearse los puntos a solas. Compartiendo un primer paso decisivo Johnson podía pelear metros con su par encima mientras que Gordon gusta menos de avanzar con balón y defensor a cuestas.

 

Una diferencia pequeña cuando la enfrentamos a la mayor de todas: Vinnie perdía buena parte de sus poderes más allá de la mid-range mientras que Gordon domina todas las distancias y parece inclinarse cada vez más por la lejanía, allá donde menos se resiste la defensa y menos daña el desgaste. Cabe rescatar aquella noche de abril de 2006 en que Gordon no falló ante los Wizzs ni uno solo de los nueve triples que intentó.

 

Ambos coinciden sin embargo en ser mentalmente fríos, en compartir esa figura algo ártica del silent killer de aspecto serio y distante. Lo defensivo disgustaba algo menos a Vinnie que a Gordon, dando la impresión de que aquél, al rebote, tapón y robo, era un poco más sacrificado. Hasta es posible señalar que Vinnie Johnson resultó un tipo mucho más coachable de lo que la experiencia concede a Gordon.

 

Todo sea por la diferencia de entrenadores y la incuestionable realidad de que Ben Gordon ha formado hasta el momento en plantillas donde su importancia ha sido mucho mayor que la que tocó en suerte a Vinnie Johnson. Importancia que se traduce en minutos y puntos (21.4 / 20.7 / 23.5). Cifras que nunca estuvieron al alcance del viejo Vinnie. Y sin embargo el legado de éste sigue siendo superior al del británico no tanto por los anillos como por una mera cuestión de contexto. 

 

Johnson formó en un equipo de oro. Cumplió el mejor de sus papeles. Incluso conquistó por una noche la cima más alta de todas. Pocos jugadores entregaron a la Historia una canasta arquetipo de algún título determinado. Vinnie Johnson, el sujeto al que Danny Ainge bautizó como microwave para la eternidad, es uno de ellos. No es posible rescatar el anillo de 1990 sin la última puñalada del toro de Brooklyn, un episodio mortífero que coronaba una de aquellas remontadas que tanto caracterizaron a los mejores Pistons habidos. Un equipo que antes que jugar al baloncesto lo hacía con el rival, siendo el propio Vinnie uno de sus principales iconos. Pura vanguardia de una sobresaliente formación en su época más dorada.

 

Por algo así suspira Ben Gordon. Porque nada de eso conoce aún.

 

"Ben Gordon doesn't deserve Vinnie Johnson comparison", arrojaba el titular. Y puede que Feldman tenga razón en que Ben Gordon no lo merece. Pero infinitamente menos la figura de Vinnie Johnson un titular así. De hecho, ahora que Internet permite un rápido feedback, la cosa tampoco ha gustado demasiado en Detroit. Ni seguramente mucho más allá. Es lo que tiene hurgar en los monumentos de la memoria.

Era la segunda noche de playoffs en el Garden y Chicago el rival. Corría el segundo cuarto cuando Leon Powe supo que algo no iba bien. Otra vez la rodilla. Al banquillo. Al vestuario. Casi al hospital. Había que operar. Adiós a la temporada.

 

Pero la importancia del momento hizo que la baja de Powe no fuera comprendida como la baja de Powe. Sino como parte residual de la desgracia en que repentinamente parecían haber caído los Celtics. Seguía sin haber nada más relevante, prioritario y decisivo que:

 

  • La ausencia de Garnett.
  • Y la supervivencia del equipo en una postemporada a la que la historia nunca debería perdonar que los Campeones no pudieran disponer de sí mismos para la reválida.

 

Garnett y la plantilla en vivo. Nada más importaba entonces que ese doble pulso. Y por ello el infortunio de Powe quedó como en un tercer plano.

 

O más al fondo aún. Porque nadie en Boston imaginaba que Leon Powe acababa de sellar su lápida allí. Otra de esas crueldades que el deporte lamina en calidad profesional. Un año antes había sido James Posey el desechado. Y sin uno ni otro resulta difícil concebir el primer anillo verde en el presente siglo.

 

Que Powe no llorase públicamente no significa que no padeciera en silencio aquella salida por la trasera de servicio. Es que Powe aprendió demasiado pronto a extirpar el llanto de su repertorio vital.

 

 

 

 

 

 

 

Nada más vicioso en la literatura deportiva que esas figuras malditas que algún día remontaron las peores cordilleras de la vida. Pero de tan comunes y recurrentes muchas fueron objeto de abuso y exageración. Con Powe, muy en cambio, la vida real supera toda ficción y tragedia. Es sobradamente conocida su historia. Pero no por ello pierde un ápice de fuerza.

 

Nacido en la suburbia de Oakland su madre fue abandonada cuando Leon contaba dos años. A los siete el pequeño nido familiar fue pasto de las llamas sin más alternativa que precipitarse al nomadismo durante los siguientes seis años de homeless en los que malvivieron en una veintena de cloacas. Madre se vio obligada a robar comida y, como no sabía robar, tuvo que hacer frente a una condena de cárcel. A los 14 años, cuando Leon hacía las de niñera con sus dos hermanos perdiéndose hasta todo un año de escuela, los tres fueron internados en un centro de acogida. Cuatro días antes de disputar el título estatal de High School, su madre fallecía a la tierna edad de 40 años.

 

Pero la naturaleza es caprichosa. Un crío que nunca supo lo que era un desayuno americano terminó dando en un mocetón de dos metros y una fuerza física como mil veces inferior a su voluntad, de auténtico acero. El robusto tronco de Leon encarnaba, como los anillos del árbol, todas y cada una de las traiciones de la vida.

 

Para entonces Powe era uno de los mejores prospectos nacionales como alero fuerte. Calidad que años después, tras su periplo en la Universidad de California, no terminó de refrendar el draft NBA, receloso de su condición de undersized. Sin mayor interés en él que un intercambio de rondas, Denver lo empaquetó camino de Boston, el único hogar profesional que Leon Powe había conocido hasta ahora.

 

Dos años después se convertía en una pieza absolutamente clave en el 17º título de los Celtics. Lo fue durante todo el curso. Pero sus prodigiosos 21 puntos en 15 minutos incandescentes durante el segundo partido de las Finales le hicieron tocar la cima del mundo sin que nunca fuera consciente de ello. Porque Powe sigue siendo niñera y obrero, infantería de trincheras, un mandado y esclavo, una eterna wild card.

 

Sobra abundar en la multitud de pequeñas exhibiciones ofrecidas por ese jugador de nombre honesto. Cuando a falta de Garnett, Davis y Scalabrine en una velada ante Memphis, Rivers le pidió ayuda inmediata, Powe respondió con 30 puntos (10/14), 11 rebotes y 5 tapones. Ni fue la primera ni la última vez que valía preguntarse: "Is this man really a role player?". Él mismo respondía agradeciendo al destino haberle concedido la compañía -"Sabes a quien defiendo en todos los entrenamientos"- de Kevin Garnett.

 

Leon Powe, esa fiera imposible de retorcer que no puede lanzar si no se le resisten seis brazos, lleva siendo en los dos últimos años el cuatro con mejor ratio de rebotes ofensivos de toda la NBA y sólo Dwight Howard renta más faltas que él en la pintura. En el caos bajo el aro, cuando combaten los cuerpos a empujones, codazos y dentelladas, Leon no tiene rival ni mal gesto.

 

Tampoco sabe lo que es promediar una mitad de partido en juego. De haber nacido en otro tiempo Powe bailaría a gusto junto a Luke Jackson, Tom Hoover o Wayne Embry, la vieja raza de enforcers con un inesperado rendimiento ofensivo.

 

Y sin embargo su precio es de saldo. Las rodillas le han saqueado.

 

Un artículo de esta traza podría perfectamente haber sido escrito este verano. En realidad en cualquier momento de los últimos dos años si de justicia se trata. Pero esta pasada semana Leon Powe se reencontraba con sus ex compañeros y la fotografía merecía la pena.

 

Sus palabras, recogidas prioritariamente por la prensa de Boston, rezumaban la honesta sinceridad de un alma noble que nada quiere saber de negocios. "Todos se alegraron mucho de verme, tanto como yo a ellos". Tocaba después confesar. "Al principio estuve muy dolido. No entendía el porqué. (...) No por parte de Doc, sino por parte de los directivos. Uno de ellos me dijo que no podían esperar. El otro que no había suficiente dinero. Diferentes razones pero ninguna válida". Aunque la precaución llevó a Leon a poner en marcha a su agente su sentimiento era bien distinto. "Pensaba que volvería al equipo. No me quitaba la idea de la cabeza de que volvería al equipo". Donde equipo significa realmente familia

 

Pero no volvió. Y ahora Leon Powe es jugador de los Cavaliers, quienes están dispuestos a esperarle cuatro o cinco meses para el tramo decisivo de la temporada. Aguardan al jugador que en enfrentamientos directos mayor daño les había causado: 18 de 23 en tres partidos el año pasado incluyendo el 20/11 del pasado 6 de marzo y un 71.4 por ciento en el total de siete disputados.

 

Shaquille, Ilgauskas, Varejao, Powe, Hickson y Jackson. Una tonelada de artillería interior en torno a LeBron con la que los Cavs se arrojan de cabeza a un nuevo asalto al anillo. Una gloria que Powe ya conoce.

 

Los Celtics vuelven a ser candidatos a todo. Sobreviven. Pero en dos años se han deshecho de dos de los jugadores que la historia recordará con fuerza si es que el anillo verde queda a solas en el actual ciclo. No es posible comprender lo ocurrido en 2008 sin la presencia de ambos.

 

Tal vez por ello advertía Tas Melas que habrá un momento de la temporada 2010 en que los Celtics se acordarán de Powe tras una derrota decisiva ante los Cavaliers.

 

Bonita apuesta.

Corren días un tanto judíos. Primero era Pini Gershon haciendo de Bobby Knight en el Madison. Apenas sol y medio después un mito como Moni Fanan se quitaba la vida protagonizando una tragedia, ironía cultural, mucho menos hebrea que griega.

 

La vida y obra de Fanan en el baloncesto israelí pesa tanto como el Quijote en la literatura española. Fanan se quitó de en medio porque le habían quitado de en medio. Pero poco antes de morir vio cumplido un sueño. No era suyo únicamente. Era el de todo un pueblo. Y una vez cumplido, era como si su destino tocara también a su fin.

 

Moni Fanan hizo llegar a Omri Casspi a Maccabi en 2005. El espigado muchacho contaba con 17 años. Al término de su primer entrenamiento su compañero Yaniv Green le agarró por los hombros y mirándole fijamente a los ojos le espetó: "Tú vas a ser el primero".

 

Cuatro años después Casspi lo fue.

 

 

 

 

 

El joven alero, natural de Yavne, terminó siendo elegido por Sacramento Kings en el draft de 2009. Primera ronda. Número 23. Tres años y tres y millones y medio de dólares. El debut, ante Portland, fue un escándalo. Entró en el último cuarto y en 16 segundos ya había capturado dos rebotes antes de encadenar cuatro aciertos consecutivos de canasta. Un primer flash.

 

Es pronto. Demasiado pronto para disipar dudas. Pero Casspi ya ha hecho historia. Es el primer jugador israelí en jugar en la NBA. Y podría también llegar a ser el primero en desplazar al Maccabi de la corona de atenciones deportivas en la entusiasta Israel.

 

Es curioso si uno se formula la más lógica pregunta. Por qué tanto tiempo para ver a un hebreo debutar en la mejor liga del mundo.

 

Quien haya estudiado a fondo la historia del baloncesto en los Estados Unidos sabe de la crucial importancia de la comunidad judía en su prosperidad y desarrollo. Pero al mismo tiempo cabe recordar el proceso inverso. La importancia de lo norteamericano en el baloncesto judío.

 

Oportunamente remontamos el tiempo hasta situarnos en los recién iniciados años setenta.

 

En sentido diametralmente opuesto a la fractura del mundo entre las dos superpotencias enfrentadas (USA/URSS) y como ejemplo sobradamente revelador de cómo las relaciones políticas ejercían un influjo directo en la escena deportiva, asomaba entonces como un vértice de enorme significado el caso de Israel y su cada vez más estrecha relación con los Estados Unidos.

 

En el albor de aquella década revolucionaria la Administración Nixon incorporó a su ofensiva diplomática en el tablero mundial las graves dificultades que los ciudadanos judíos padecían para poder abandonar la Unión Soviética. En 1968 únicamente se había permitido emigrar del país a un total de 400 judíos. Con el objetivo de mejorar su imagen exterior el gobierno comunista moderó gradualmente esta situación y para 1973 la cifra anual de emigrantes judíos alcanzó los 35 mil. No obstante, el verano anterior el Kremlin decidió cobrar un impuesto de salida a estos emigrantes, conocidos como refuseniks, con el fin de que el Estado reembolsara el gasto por haber educado a los ciudadanos que decidían salir del país. Esta circunstancia no sólo detuvo la presumible sangría sino que en años posteriores la redujo casi a cero sin que se observaran cambios considerables hasta el ocaso de la URSS. Entre finales de los años ochenta y principios de los noventa más de 500 mil judíos abandonaron el país soviético. De aquel contingente humano, en torno a 350 mil se dirigieron a Israel y los restantes 150 mil lo hicieron con destino a los Estados Unidos. Irónicamente en 1976, con los refuseniks otra vez impedidos a emigrar, el baloncesto soviético había vuelto a otorgar el mando de su selección absoluta al judío Alexander Gomelsky.

 

Aquel gesto norteamericano favoreció aún más las ya de por sí amistosas relaciones con el estado de Israel y favoreció en adelante el flujo de jugadores estadounidenses hacia la nación hebrea. Para finales de los años setenta varios de aquellos fraternales visitantes habían obtenido la nacionalidad israelí y pasado a integrar la mejor selección de baloncesto que Israel había conocido en su corta historia. Casos como los de Tal Brody, Barry Leibowitz, Steve Kaplan, Lou Silver o el seleccionador Ralph Klein refrendan una implicación para la que resultaba difícil encontrar parangón. De ese formidable grupo tan sólo Tal Brody estaría ausente de la medalla de plata obtenida por Israel en el Europeo de Turín de 1979.

 

Aquella relación cada vez más estrecha entre Estados Unidos e Israel tendría su máximo exponente en el Maccabi de Tel Aviv. El equipo más poderoso y emblemático de la nación hebrea se había proclamado campeón de Europa en 1977 con una plantilla en la que el número de miembros de origen americano (Aulcie Perry, Eric Minkin, Bob Griffin, Jim Boatwright, Tal Brody, Lou Silver y el entrenador Ralph Klein) era incluso superior al número de los nacidos en Israel (Motti Aroesti, Yehoshua Schwartz y Miki Berkowitz). Con una proporcion algo más moderada el Maccabi repetiría corona europea cuatro años después, en 1981, bajo la dirección de un técnico también americano, el neoyorquino Rudy D'Amico. 

 

A raíz del fichaje el verano de 1976 del pívot Aulcie Perry merced a la presencia del director deportivo del equipo macabeo, Shmuel Maharovsky, en el campus de verano de los Knicks, y tras convertirse el propio Perry en uno de los jugadores mejor pagados del circuito europeo, el Maccabi se convertirá en adelante en uno de los destinos más apetecibles para el mercado europeo de jugadores americanos. Junto a estadounidenses nacionalizados como Brody o Silver, protagonistas de las gestas israelíes en la escena continental, Perry encabezó la apertura de una vía deportiva entre ambos países que redujo considerablemente aquellos prejuicios que identificaban a Israel con un permanente y peligroso escenario de guerra.

 

No menos cierto era que la transacción de jugadores parecía moverse en una única dirección. El nivel del baloncesto israelí, como ocurría en Grecia, aumentaba aprisa debido principalmente a las adquisiciones procedentes de los Estados Unidos. Pero aquel crecimiento general no corría paralelo al que podían experimentar los jugadores nacidos y crecidos en Israel. Tan sólo hubo una excepción, la de una figura natural de Kfar Saba de enorme personalidad que respondía al nombre de Mickey Berkowitz.

 

Como suele ocurrir con los condenados al éxito la precocidad fue su primera condición. La tutela deportiva del Maccabi le amparó desde los 11 años. A los 15 pasaba a formar parte del equipo junior y a los 17 debutaba con el senior. El verano de 1972 se convertía con 19 puntos en el hombre clave de la histórica victoria israelí (70-63) sobre la escuadra soviética en la fase previa del Europeo junior de Zadar. En los siguientes catorce años Berkowitz será un fijo en la selección hebrea, su líder natural. Nada extraño para quien no tardaría mucho en convertirse en el mejor jugador del mejor equipo de Israel. El Maccabi se alzaría con sendas Copas de Europa en 1977 y 1981. Berkowitz resultaría decisivo en ambas y crucial con la última canasta del segundo título.

 

Berkowitz fue el primer jugador israelí en materializar un sentido inverso en aquella vía abierta con Norteamérica. En 1975 ingresaba en la Universidad de Nevada-Las Vegas donde jugará un año con los Rebels -un grueso apenas testimonial de once partidos- antes de que la directiva macabea solicite su regreso por motivos obvios. No sería la única ocasión. Cuatro años después el peso de Berkowitz en el equipo de Tel Aviv y la selección de Israel era ya tan grande que difícilmente se le concebía un futuro lejos del baloncesto hebreo. En pocos años se había convertido en un emblema en el seno de una nación que concedía un valor demasiado importante a sus símbolos. El verano de 1979 Israel conquistaba su mayor gloria deportiva en la plata del Europeo de Turín. Berkowitz (33 puntos a España, 26 a Checoslovaquia) terminó siendo considerado el mejor jugador del torneo.

 

 

 Tal Brody y Mickey Berkowitz

 

Inteligente y rápido, en torno al 1.92 y diestro en las tres primeras posiciones del juego, de creciente fuerza debido a su permanente obsesión por la forma física, gran defensor, tan hábil en el juego estático como en el contraataque, con muy buen lanzamiento y un sensacional manejo del tempo de juego, Berkowitz representaba en sí mismo lo mejor de la fina evolución del baloncesto llamado europeo. Un valor específico al que añadía un cierto bagaje propiamente americano aun a pesar de su corta estancia allí.

 

Una de sus cualidades más descollantes era el dominio de situaciones de juego que presumiblemente atemorizaban a muchos otros jugadores. Ese valor eterno de las grandes estrellas que sugiere la idea de crecerse ante situaciones adversas.

 

En septiembre de 1978 los vigentes campeones de la NBA, Washington Bullets, aterrizaban en Tel Aviv para disputar un partido de exhibición ante el Maccabi. Lo que otras naciones ni habían soñado con presenciar lo disfrutó Israel con una facilidad únicamente entendible a través del sólido vínculo político antedicho entre ambos países aliados. El equipo israelí se acabó imponiendo sorprendentemente (98-97) a los Bullets con 26 puntos de Berkowitz, cinco de los cuales tuvieron lugar en los instantes cruciales de partido para tomar una ventaja (96-91) que a la postre fue definitiva. La historia ocultó durante muchos años aquel partido así como una segunda cita, acaecida dos años después cuando un combinado NBA que incluía a jugadores del calibre de Julius Erving, Moses Malone y Micheal Ray Richardson volvió a morder el polvo (114-112) en Tel Aviv otra vez ante el Maccabi. El concurso de Berkowitz en aquel encuentro volvió a resultar tan decisivo que a pesar de disputar únicamente la segunda mitad terminó anotando 20 puntos. Era como si Berkowitz no sólo no tuviera el menor problema ante los profesionales americanos, sino que incluso gustara de incrementar su valor frente a ellos.

 

A pesar de los años de oscuridad ambas citas han pasado a la historia como las primeras derrotas de equipos NBA en territorio FIBA. En un formidable trabajo de investigación publicado en 2002 bajo el insuperable título Expedientes X, Javier Gancedo arrojaba luz sobre estos y otros episodios futuros que no sólo ponían fecha a desenlaces sin precedentes, sino que radiografiaban aquella progresión geométrica del baloncesto de vanguardia fuera de los Estados Unidos. Un baloncesto de valores y estructuras que aproximaban a equipos y jugadores en infinito mayor grado que la peregrina condición amateur que postulaba la FIBA. Nadie lo expresó mejor que el técnico de los Bullets, Dick Motta, tras la derrota del 78. "El Maccabi mereció ganar porque jugaron mejor que nosotros. No jugamos contra amateurs, sino contra profesionales como nosotros".

 

En sentido contrario pero dentro de semejante relación deportiva vale recordar otras dos citas en aquella segunda mitad de los setenta. En junio de 1976, días antes de iniciarse el preolímpico de Hamilton (Ontario) con vista a los Juegos de Montreal, la selección de Israel jugaba un amistoso ante la potente selección norteamericana en el Cole Field de Maryland. Los hebreos fueron un auténtico sparring ante los americanos y la paliza (123-69) se fraguó con un espectacular 54 de 66 tiros de campo para los hombres de Dean Smith. La escuadra hebrea contaba con hasta tres nacionalizados: Tal Brody, Steve Kaplan y Ya'akov Eisner (anteriormente Jack Aizner). En el equipo israelí tan sólo el base Avigdor Moskowitz anotó más puntos (16) que Berkowitz (12), a quien correspondió la difícil papeleta de marcar a un Adrian Dantley que también se quedó en la docena.

 

Tres años después el Maccabi seguía estrechando relaciones norteamericanas. Pero por aquel entonces nadie lo haría en mayor grado que el propio Berkowitz. En la primera semana de julio se erigía como el máximo anotador (20 puntos) en un partido de exhibición que un combinado NBA disputaba en Tel Aviv con cómoda victoria americana (108-79) en la que destacaron Steve Mix (16) y Randy Smith (14). En las siguientes semanas el vínculo estadounidense de la estrella israelí se estrechó como nunca. 

 

Para finales de mes Berkowitz se encontraba en Atlanta. El motivo no era otro que probar con los Hawks en su campus de verano. Su técnico, Hubie Brown, había estado presente en Turín durante el Europeo y gustó lo suficiente de las cualidades del israelí como para concederle una invitación. Cortesía que Berkowitz aceptó encantado.

 

El programa previsto era intensivo. Cinco sesiones de entrenamiento en tres días para un total de 26 jugadores entre novatos y agentes libres. El propio Brown reconocía que era un tiempo más que suficiente para que el ojo clínico de un entrenador supiera separar el grano de la paja. No tan expresa era la realidad, ya que la plantilla definitiva abriría a lo sumo dos plazas. Y cualquier operación correspondía al técnico de manera unilateral. El nuevo mánager general, Lewis Schaffel, procedente de New Orleans, acababa de aterrizar en su nuevo empleo hacía escasamente dos semanas, por lo que Hubie Brown quedaba al mando de toda nueva contratación.

 

Terminadas las pruebas era innegable que Berkowitz contaba con virtudes que ratificaban la invitación. Su seriedad, buen hacer defensivo y una manifiesta aversión a cometer errores, si bien no sirvieron inicialmente para recibir una oferta en firme sí al menos para que Brown no lo eliminara de su libreta de opciones. Y algo así suponía su traslado a otros campus NBA; su continuidad por unas semanas en el circuito de verano de la liga profesional. Así a mediados de agosto el hebreo viajó a Nueva York con una agenda de citas muy concreta.

 

Primeramente fue invitado a disputar un partido entre profesionales, la edición número 21 del Maurice Stokes Charity Game, celebrado en Monticello, y que dio con la victoria del Blue Team sobre el Yellow Team por 109 a 106. Red Holzman, técnico de los Knicks, dirigía a los azules, liderados por Bob McAdoo y Ray Williams. A los amarillos, otro veterano de los banquillos como Red Auerbach. Berkowitz formó parte de estos últimos junto a Cedric Maxwell, el prometedor novato de Duke Jim Spanarkel y M.L. Carr, un alero fuerte que estaba a punto de firmar por los Celtics y que curiosamente había jugado en la temporada de 1975 en la liga israelí con los Sabers. Berkowitz no desentonó. Anotó cuatro puntos en un partido disputado hasta el último segundo. Un encuentro cuyo carácter amistoso no contravenía la normativa FIBA y por ello preservaba intacta la condición amateur del invitado extranjero.

 

Dos días después Berkowitz formaba parte del campus de verano de New Jersey Nets dirigido por su técnico Kevin Loughery y su director deportivo, Charlie Theokas. Durante el fin de semana entre el 16 y 18 de agosto el pabellón Montclair State College fue testigo de la dura pugna de 26 jugadores por ganarse un hueco en la plantilla. Berkowitz era el único extranjero de los presentes en un campus cuyo coste, en torno a los 12 mil dólares, había sido financiado por los dos nuevos propietarios de la franquicia, Joe Taub y Alan Cohen. Incluso el director deportivo de los Knicks, Eddie Donovan, tuvo acceso en la jornada del viernes a las evoluciones de Berkowitz y el resto de novatos y agentes libres.

 

El campus finalizó sin mayores sorpresas para el hebreo. No al menos procedentes de los Nets. Sí en cambio del equipo por el que había probado en primera instancia. Los Hawks volvieron a contactar con Berkowitz ofreciéndole la posibilidad de quedarse y disputar con ellos la pretemporada. Una operación que podía suponer un principio de acuerdo para firmar un contrato.

 

El reclamo de Atlanta se había mantenido sospechosamente en secreto. El 30 de julio Hubie Brown había comunicado a la prensa que de los 26 jugadores del campus un total de 13 pasaría a ingresar en septiembre al campus de veteranos de pretemporada. Brown incluso daba la lista de los elegidos. James Bradley, Larry Wilson y Don Marsh -sus tres primeras elecciones de draft- además de Dedrick Reffigee, T.J. Robinson, Keith Herron, Ricky Brown, Sam Pellman -el único pívot puro- y los exteriores Phil Walker, Art Collins, Kevin Woods y Tim Claxton. Una lista de doce y no trece como había anunciado.

 

Faltaba uno. Y no era otro que Mickey Berkowitz.

 

Era evidente que había un problema. Berkowitz tenía contrato en vigor con el Maccabi y sus dirigentes no estaban por la labor de perder no sólo a su principal jugador sino al líder natural de la selección hebrea cuya afición le refería como Rey de Israel. Un emblema del país convertido en el primer extranjero en ingresar en la NBA podía ser un motivo de orgullo nacional. Pero el precio a pagar tal vez era demasiado alto. Prueba de ello fue que desde el primer momento en que el equipo macabeo supo de la aventura americana de Berkowitz, hizo llegar a las oficinas de la NBA en Nueva York una notificación que informaba del contrato vigente que vinculaba al jugador con el club de Tel Aviv.

 

La NBA obró en consecuencia y para finales de julio, mientras Berkowitz estaba probando con el equipo de Atlanta, hizo llegar a todas las franquicias el aviso de aquella información remitida. Las intenciones de Hubie Brown de quedarse con Berkowitz eran del todo plausibles. Con una oferta en firme tal vez todo se redujera a entablar una negociación con el Maccabi. Pero no hubo ocasión. La negativa del club israelí partía como un presupuesto inamovible bajo la velada amenaza de acudir a los tribunales. Una circunstancia que inhibió en Berkowitz todo ánimo de emprender una escapada por su cuenta y riesgo. Se añadía además que su presencia en el campus de pretemporada tampoco era garantía de un contrato en firme. Y ello a pesar de que Brown buscaba efectivamente reforzar el backcourt del equipo. No en vano Atlanta firmaría a finales de agosto a Andre McCarter, que ni siquiera llegó a debutar con el equipo, y más tarde a Ron Lee vía traspaso con los Jazz. 

 

Todo quedó en nada. Berkowitz regresó a Israel. Y lo hizo con la doble satisfacción de saberse valorado incluso por un equipo NBA al tiempo que ratificaba su condición de héroe por haber elegido seguir debiéndose a su club y selección.

 

En Tel Aviv respiraron tranquilos.

 

Pero de aquella tranquilidad acabaron hartos.

 

Pocos imaginaban que en los siguientes treinta años, cuando la NBA había acogido a más de sesenta nacionalidades distintas, Berkowitz mantendría su espectral condición de pionero. Habría que esperar hasta 1999 para que otro jugador israelí estuviera muy cerca de ingresar en la NBA. Unos años atrás Nadav Hanefeld y Doron Sheffer, jugadores en distintos periodos de la Universidad de Connecticut, tampoco lo consiguieron. El también macabeo Oded Katash lo tuvo todo a su favor para convertirse en jugador de los Knicks. Todo salvo la huelga de la propia competición que impidió que aquella operación llegara a buen término. Lior Eliyahu y Yotam Halperin fueron los siguientes en 2006. Pero a su doble elección en aquel draft no sucedió la garantía de un contrato. Tres años después Omri Casspi es el elegido del pueblo elegido.

 

Y en éstas que Israel, uno de esos extraños países con el baloncesto por bandera, estalla de júbilo.

 

Un júbilo que irónicamente se ha teñido estos días de luto.


 

Cuando apaga una década es momento de mirar atrás. No tanto por la desazón que nos produce el cambio de dígitos como como por la humana costumbre de medir la vida histórica a palmos de diez, cincuenta o cien años. Inercia que el deporte hace suya como el libro sus páginas. Toca ahora pasar una. Una de esas páginas que en el futuro revisarán los cirujanos del tiempo.

 

Del gremio de curiosos que se asoman a radiografiar la década es difícil superar la quirurgia operada estas semanas por el doctor Haubs recogiendo lo suyo y lo de otros. Aquí se ofrece menos un exhaustivo recuento que una ligera memoria y un obligado reclamo a los lectores cercanos. 

 

 

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2000 Los Angeles Lakers

2001 Los Angeles Lakers

2002 Los Angeles Lakers

2003 San Antonio Spurs

2004 Detroit Pistons

2005 San Antonio Spurs

2006 Miami Heat

2007 San Antonio Spurs

2008 Boston Celtics

2009 Los Angeles Lakers

 

 

Sobre una panorámica muy general, como a cien órbitas del suelo, podría decirse que los años dos mil, contrariamente a los años sesenta y ochenta, nos han legado un precioso desfile de superjugadores y no tanto de superequipos. Suena extraño cuando a la tesis se oponen enseguida Los Angeles Lakers ('00, '01, '02, '09) y San Antonio Spurs ('03, '05, '07). Los primeros, como acostumbra su eterna aristocracia, protagonistas de una trilogía de incontestable dominio más un glorioso cierre de década. Los segundos, acaso el más fiable paradigma de equipo que quepa concebir. Pero en ambos casos tal vez proceda más hablar de dinastía, gestión de franquicia o extensión del éxito.

 

Lo que se quiere decir es que los años dos mil no nos dejan unos Lakers del 72, unos Celtics del 86, unos Lakers del 87 o unos Bulls del 96. No nos dejan un superequipo de temporada de cabo a rabo. Nos los dejan. Pero no de corona histórica. De celebrarse hoy un 75 aniversario de la NBA resultaría difícil elegir uno solo de los diez equipos campeones que nos han brindado estos diez años. Uno por encima de todos. Uno como el más dominante.

 

Los Celtics de 2008 (66-16), con el mayor diferencial de puntos a favor de toda la década, forman ya elenco de los mejores modelos defensivos habidos. Pero incorporaron a su postemporada una inesperada carga (4-3/4-3/4-2/4-2) de la que por ejemplo carecieron los Lakers de 2001 (15-1), cuya Regular (56-26) no brilló en exceso. De este último modelo de dos velocidades al que nos habituaron los Pistons de Daly nadie ha bebido en mayor grado que San Antonio. Sin un curso inferior a las 53 victorias los Spurs acostumbraron a disparar el acelerón a cada nuevo mes de abril. De hecho, el detonado entre mayo y junio de 2007 ante Jazz y Cavaliers podría ser considerado como el de mayor excelencia táctica de toda la década con permiso de los Pistons de junio de 2004. 

 

Porque precisamente el brutal acelerón de Detroit entonces tuvo lugar en plenas Finales. Como algo menos intenso pero más prolongado fue el de la sorprendente Miami en 2006, uno de esos raros títulos que la historia contempla en solitario.

 

Esta ausencia de un año verdaderamente hegemónico -lo más próximo son los Lakers de 2000- permite hablar de diez años de una bonita y diversa igualdad bajo los equipos campeones, más recurrentes de lo que la realidad hizo presumir. Por debajo del anillo desfiló una corte de equipos (Sacramento, New Jersey, Detroit, Dallas, Phoenix) que ha enriquecido enormemente la década. Una sólida corte que permite afirmar que el nivel de competición en la parte alta de la liga se vio incrementado en estos diez años respecto de las dos décadas anteriores. Que los segundos y terceros de turno figuran en definitiva modelos mucho más definidos y avanzados, más poderosos y competitivos que sus homólogos del decenio anterior.

 

Diez años no es nada. Pero tanto a la vez pueden ser que entre dos subcampeones como la Indiana de 2000 y el Orlando de 2009 hay un siglo de distancia. Aquellos Pacers son lejana historia. Estos Magic radiante presente. Es el seductor juego que permite aprisionar una década.

 

Una década marcada en exceso por un defecto de estructura. En este tiempo la NBA pareció articulada entre un Tercer Mundo (Este) y un Primero (Oeste). Una tendencia algo ingrata que el tiempo ha tendido a reparar del mismo modo que lo hizo a principios de los setenta (entre 1959 y 1971 ningún equipo del Oeste conoció el anillo). En pleno desequilibrio dos candidatos del Este, Detroit y Miami, lograron vulnerar la corriente. Lo que venía a significar que por encima de sus miserias el Este podía ofrecer un último representante que vengara la diferencia.

 

Para cuando Boston conquista su 17º cetro el desnivel había comenzado a remitir y tres de los más sólidos representantes del lado fuerte -Spurs, Mavs y Suns- iniciado su ocaso.

 

Es fácil revisar el decenio a través de sus campeones. El futuro se ocupará únicamente de ellos. Pero algo más adentro, ahora que el recuerdo es cercano, la década presta también su memoria al resplandor de varios patrones de juego, acaso los más valientes, genuinos y encantadores que nos legaron estos diez años:

 

 

Sacramento (2000-03): Sellaron un quinteto a fuego (Bibby-Christie-Stojakovic-Webber-Divac) y un estilo brillante y novedoso que rescataba la media pintura como riquísimo espacio de circulación que remontaba a los mejores Celtics de los años ochenta. Murieron en reiterada cercanía a la meta por carecer de suficiente potencial interior con que hacer frente a los Lakers de O'Neal así como por una desventaja final en recursos de desgaste. Su delicada exuberancia en el uso del balón, con frecuentes secuencias de pase corto a través de líneas defensivas aparentemente cerradas, situaron su intención táctica muy por encima del panorama general de la década, donde ocupan el trono en el llamado juego de memoria.

 

Dallas (2000-04): El perímetro abierto más fértil de principios de siglo terminó aceptando con el tiempo la necesidad de fortaleza interior. Preservando en lo básico la táctica abierta al perímetro sumó más backcourt de resolución anotadora hasta prescindir de Steve Nash, el eje director de una circulación que invertía de manera firme y limpia el balón entre postes altos. El adiós de Don Nelson en favor de Avery Johnson integró gradualmente el modelo en el seno de aquella política de bloques que, como San Antonio, acumulaba resortes de amenaza en todos los puntos del juego. Así los Mavericks se hicieron más poderosos sin perder aquel ataque saneado con el perímetro abierto como eje medular. En apenas dos años -Dallas (2005-07)- el equipo fue redefinido defensiva y posicionalmente hasta convertirse en el modelo más versátil del mundo. Pero aquel radiante The All Tempo Team (127-37) sufrió dos sucesivos golpes de muerte (Finales 2006 / 1ª Ronda 2007) cuyas terribles consecuencias, especialmente mentales, se prolongan hasta el día de hoy.

 

Phoenix (2004-07): Sin duda la mayor conquista formal sin título que embolsar. Todo se resumía en director y alas proyectivos. La continua interacción de estos cinco recursos ofensivos en permanente agresión y estado de urgencia produjo como resultado una pronunciada silueta de verticalidad, de voluntad de ataque, de afán de aro, como no había conocido el baloncesto desde los mejores años del Showtime angelino (1985-1988), una diferente interpretación del fast break que optimizaba las posibilidades de la circulación vertical a través de una brillante economía del pase. Por la importancia de su jugador más emblemático: ver más abajo Steve Nash.

 

Golden State (2006-07): Como heredando lo mejor del modelo PHX los Warriors volvieron a ser laboratorio de la vanguardista interpretación del más genial Don Nelson. Si en 1991 el motor de aquel experimento llamado TMC corrió a cargo de Tim Hardaway dieciseis años después tomaría el relevo Baron Davis. Desaforado juego en transición, agresivos ataques de cinco y un brutal shuffle a toda pista que acabaron por rematar a los mejores Mavericks de la historia (67-15). El problema de los equipos de Nelson desde que abandonara Milwaukee es que tanto agradaban la vista y reventaban cuadros de playoffs como terminaban muriendo enseguida. Nelson y Warriors: iconos del baloncesto suicida de corto recorrido.

 

L.A. Lakers (nov. dic. 2003): Vale rescatar de la memoria el espléndido inicio de temporada de aquel radiante experimento referido en sus días como Big Four gracias a la pomposa unión de Shaquille O'Neal, Kobe Bryant, Karl Malone y Gary Payton. Durante apenas una veintena de partidos a salvo de lesiones los Lakers parecían un equipo sencillamente imbatible con el privilegio de agradar. Siete meses después la humillación en las Finales hizo trizas el vestuario y sepultó aquel ensayo como pieza de museo.

 

 

 

Orlando (mayo 09): Fue una serie (ECF). Pero bien valió la pena. Su estructura radicalmente perimetral remitía a los Mavericks de principios de década sólo que las cuerdas de circulación, de nítida factura e inagotable extra-pass, retrasaban los pies hasta el anillo del triple ganando un precioso espacio que trastornó la defensa de los Cavs como lo habrían hecho con cualquier otra en el mundo. Nunca los estáticos habían exhibido semejante fractura entre un jugador interior (Dwight Howard) y el exterior, por momentos de hasta cuatro hombres abiertos de lanzamiento mortífero.

 

 

Todo ello formalmente. Porque en lo que al factor de competición concierne equipos como los Timberwolves (2004), Clippers (2006), Hornets (2008), Cavaliers (2007), Magic (2009), Nets (2002/2003) y Nuggets (2009) -ambos no ABA-, alcanzaron su cima histórica en esta década. Diez años de pizarra presidida por el mismo nombre que en los años noventa, Phil Jackson. Y a la par, un insobornable Gregg Popovich. Bajo la comandancia de ambos se agitaron a ratos Larry Brown y Mike D'Antoni, Byron Scott y Pat Riley, Mike Brown y Doc Rivers, Rick Adelman y George Karl. Y apurando, hasta el mismísimo Larry Bird. 

 

 

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En este subrayar lo hegemónico nos salen en cambio jugadores a manadas. Tanto los principales culpables de que diez equipos conquistaran la gloria como aquellos que sin lograrlo opusieron resistencia haciendo de paso más grandes a los primeros. A lo generoso son muchos. Tal vez demasiados. Por eso urge cortar desde arriba y elegir lo mejor entre lo más selecto.

 

 

 

 

El primero de todos, Tim Duncan. Nunca será posible revisar este decenio sin la honorífica, prioritaria y casi monárquica referencia a Duncan como el jugador más decisivo de todos, el secreto perfecto. Sólo uno de sus cuatro anillos escapa a esta década. Incluso cuando creímos vista su obra al completo, como eternamente igual, nos volvió a postrar con un lanzamiento para el que sus manos no parecían hechas. Su último acierto desde aquella distancia lo había logrado más de un año atrás. Y cuatro en circunstancias algo parejas, cuando brindó a los Lakers cuatro décimas para el milagro de Fisher.

 

No vale extenderse. Duncan es el jugador de la década.

 

Y sin embargo cabe insistir con la misma fuerza que la cima más alta conquistada por un jugador en algún momento de este mismo periodo pertenece sin duda a Shaquille O'Neal.

 

De no haber existido Wilt Chamberlain, de no hacerlo además en un siglo que no le correspondía, bien podría asegurarse que el Shaq del primer tercio de década (2000-03) es el jugador más complicado de defender en la historia de la NBA. El más poderoso, la más óptima combinación de tamaño, velocidad y fuerza que haya podido conocer el inmenso continente del Deporte. Recordando ahora lo que Shaq fue, incluso la trilogía se antoja corta. En un tiempo en que la estructura del Baloncesto NBA se creía ya producto acabado la emergencia de la Gran Bestia obligó tanto a refundar la matemática del espacio y la consideración de las faltas como a evidenciar el absurdo de la defensa al hombre y en un sentido no tan retórico, la justicia misma del reglamento.

 

Duncan y Shaq. Siete de los diez anillos tienen su sello. Ambos escapan al estrecho cerco de un decenio.

 

Pero no son los únicos.

 

Por encima de ellos Sporting News concedía el galardón del jugador de la década a Kobe Bryant. Una concesión valiente y como airada a la que subyace ese pérfido simbolismo que seguiría instalando en el imaginario a Michael Jordan como el hegemónico paradigma del que derivar todo lo demás. Para Sporting News la elección de Kobe responde a una formulación mental de expresión muy gráfica:

 

- El imaginario dictaba: "Pasará mucho tiempo antes de que alguien se aproxime a Michael Jordan".

- La realidad objeta: "No creas que es tan huidiza esa sombra. Kobe Bryant la ha llegado a tocar con la mano".

 

Si lo que se pretende es que Kobe Bryant forme podio la idea no puede ser más acertada. Flanqueado por Duncan y Shaq, de quienes parecía provenir todo anillo, Kobe ha extendido en estos últimos diez años el total de sus poderes. Poderes que ningún otro jugador salvo Duncan ha exhibido de manera más regular y compacta. Por una simple cuestión cronológica los años dos mil trazan un cuadro más preciso de Kobe que de Shaq.

 

Hace nueve años era un jovencito con infinitas ansias de protagonismo cuando sus 8 puntos resolvían la prórroga del cuarto partido de las Finales de 2000 sin Shaquille. Transcurrido el verano Kobe comenzaba a reclamar de veras su sitio:

 

"Arrancando el curso de 2001 Phil Jackson no encontraba cómodo a su escolta y le preguntó qué era lo que le ocurría. "No sé, este sistema es tan simple que no le deja demasiado hueco a mi talento ofensivo". Jacko no alteró el sistema. Kobe se encargaría de ello. En el mes de mayo Bryant asesinaba a los Kings en semifinales del Oeste con 48 puntos y 16 rebotes. Contaba con 22 años, 8 meses y 21 días. Ni un solo partido dejó transcurrir para burlar nuevamente las presuntas fronteras de la edad. En el estreno de las Finales del Oeste masacró a los Spurs con 45 puntos y 10 rebotes. Las crónicas titulaban "Jordanesque" y Shaq tuvo que subrayar a la prensa que en absoluto bromeaba al rendirse a Kobe como "el mejor jugador de esta liga de largo"". (Edades de blasfemia, Basket Life, enero '09).

 

Kobe ha cerrado la década igual que la abrió: con un anillo. Siendo este cuarto el que más ansiaba. Haters Beware!, ironizaba SLAM. Y en esa brecha de tiempo no dejó de ser nunca protagonista en mil escenarios tres de los cuales -ruptura con Shaq, tribunales y trade me- no ensombrecen algunas de las proezas anotadoras más extremas desde Wilt Chamberlain. El completo mes de febrero de 2003 se fue hasta los 40.6 por partido. Del 16 al 23 de marzo de 2007 encadenaría un total de 225 puntos en cuatro noches: un promedio alienígena de 56.2. Un año atrás, el 22 de enero de 2006, apenas un mes después de endosarle 60 en tres cuartos a Dallas, firmaba la mayor hazaña individual de los tiempos modernos: la mágica velada de los 81 puntos, una sobrenatural migración al aro que una noche Tracy McGrady fragmentó en 35 segundos y 13 puntos para liquidar a San Antonio.

 

Kevin Garnett, Dirk Nowitzki y Jason Kidd completan un círculo que ampliar por sectores de tiempo junto a Allen Iverson, Paul Pierce, Chauncey Billups o Dwayne Wade. Y muy especialmente con la más poderosa irrupción de la década: LeBron James, el jugador de mayor potencial que haya podido conocer este juego.

 

Ahora que el siglo es joven, James, Garnett, Shaq y Nowitzki llevan tiempo insinuando tal que embriones cómo será el común de la fauna NBA para mediados del XXI.

 

Con todo, en lo referente a las irrupciones, acaso nunca se deba omitir la más inesperada y como hermosa de todas. Por espontánea y subversiva.

 

La década arrancó prolongando algunos de los peores vicios heredados de la anterior. Emprendió el camino marcada por un colosal tonelaje defensivo que delineó el imperio de los bloques de acero. De repente un modelo radical de juego y muy en especial su jugador emblema venían como a quebrar el curso de los acontecimientos. Por eso cabe aquí formular la pregunta sobre qué es lo que verdaderamente importa en el Steve Nash del ecuador de la década. De los Suns a su mano entregados. De aquella locura que parecía salir de unos animados Cartoons. La respuesta nunca debería ser otra:

 

"Importa su conquista absoluta de una de esas parcelas que muy rara vez la historia concede a las novedades verdaderamente reseñables. Su radiante Baloncesto clarividente, que dotaba de alas al balón y compañeros y arrojaba por la borda las medidas de tiempo, que hacía del juego una inagotable creación de energías vivas, irrumpió en una escena NBA que no aguardaba cambios de guión en su previsible política de bloques. Nash es el principal culpable de cuestionar muy seriamente el sustrato ideológico que había promovido la NBA durante más de una década hacia una colisión generalizada de las potencias defensivas y su paralela devaluación anotadora. Nash vino a abrir un nuevo destino y así lo premió la Liga, que por primera vez no lo hacía con los números sino con el espíritu que observa al Baloncesto como algo bello, inteligente y eternamente joven". (Una mente maravillosa, Basket Life, mayo '08).

 

 

 

 

De repente Steve Nash abrió puertas y ventanas y una fragante corriente de aire fresco invadió el completo panorama NBA. Su legado forma parte de todas aquellas conquistas que nunca reflejarán el palmarés.

 

A lo largo y ancho de la década merecen también especial atención por muy diversos motivos jugadores tales como Chris Webber, Vince Carter, Peja Stojakovic, Reggie Miller, Tracy McGrady, Ray Allen, Jermaine O'Neal, Stephon Marbury, Ben Wallace, Sam Cassell, Robert Horry, Baron Davis, Yao Ming, Manu Ginobili, Tony Parker, Gilbert Arenas, Shawn Marion, Rasheed Wallace, Amare Stoudemire, Carmelo Anthony, Dwight Howard, Pau Gasol, Chris Paul, Deron Williams o Brandon Roy. Una diversa y riquísima generación que la revisión del decenio encorseta torpemente. Porque buena parte de ella escapa ya hacia el futuro.

 

 

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Los dos mil fueron generosos. Se abrieron con la mejor noche de mates que el mundo haya podido conocer (Oakland, 2000) y sin darnos cuenta volvimos a contemplar a Michael Jordan de corto, ahora lo sabemos, como un sereno last dance de dos años. Vimos el milagro de Fisher y el fracaso de Portland. El triunfo de lo internacional (Nowitzki y Parker) y la revisión de lo nacional (Redemption Team). A un jugador de 22 años, LeBron James, abismándose a la historia al derribar a solas (25 últimos puntos de su equipo) a una de las mejores defensas colectivas del mundo. La pantalla universal fue innumerables veces paralizada por hazañas y glorias de los únicos protagonistas que verdaderamente merecen la pena.

 

Pero la década, como todas, fue también cruel y tramposa. Seattle falleció traicionada. El desdichado Livingston nos recordó de manera espantosa que el hombre no es invertebrado, como Jay Williams que el destino puede ser el peor enemigo, triste condición que terminó alcanzando Isiah Thomas.

 

En noviembre de 2004 el Palace de Detroit asistió al más deplorable capítulo que haya escrito esta liga. En medio de un anodino Pistons-Pacers, que meses atrás habían protagonizado la serie más árida nunca vista, estalló el polvorín que algunos alarmistas tanto tiempo llevaban advirtiendo. La NBA había conocido batallas de todo calibre. Pero todas juntas pasaban por travesuras en relación a lo ocurrido aquella fatídica noche, testigo no de una pelea de jugadores. Sino, aún cuesta creerlo, de jugadores y público. Y Ron Artest se convirtió en el chivo expiatorio de una pesadilla que nadie habría podido imaginar.

 

 

 

 

El verano de 2007 otro gravísimo escándalo salpicó a la NBA en su más profundo seno. El árbitro Tim Donaghy, con 13 años de experiencia a sus espaldas, era encontrado culpable de las acusaciones de conspiración y fraude en el ejercicio de su cargo por una trama de apuestas. El riesgo era demasiado grande. Estaba en juego la credibilidad misma del campeonato.

 

Dos peligrosas transgresiones que David Stern, siempre Stern, logró sepultar como hechos aislados. Al primero sucedió el código de vestimenta y entretanto el establecimiento de un límite mínimo de edad para ingresar en la liga. Al segundo responde el final de la década con un irónico desenlace: la ruptura total entre la liga y el colectivo arbitral.

 

La década tampoco fue menos trágica que otras. Se llevó también su buen ramillete de almas. Almas jóvenes como Bobby Phills, Malik Sealy, Eddie Griffin, Jason Collier o Wayman Tisdale. Almas pretéritas como Paul Arizin, George Yardley, Al McGuire, Guy Rodgers, Larry Costello, Happy Hairston, Jimmy Walker, Norm Van Lier, Phil Smith, Marvin Webster o Bill Musselman. Y hasta porciones enteras de historia en Alex Hannum, Red Auerbach, Pete Newell, Chuck Daly, Darell Garretson, George Mikan o Dennis Johnson. Se llevó a otros muchos. Pero tratándose de baloncesto, seguro que no muy lejos.

 

 

 

 

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Y como este juego, por muy grande el universo que lo rodee, está forzosamente articulado en partidos, de entre los miles y miles de encuentros que jalonaron esta década próxima a fallecer ahí va una simple docena que recordar eternamente:

 

2000 WCF Game 7 - L.A. Lakers-Portland T. Blazers

2001 Finals Game 1 - L.A. Lakers-Philadelphia 76ers

2002 WCF Game 7 - Sacramento Kings-L.A. Lakers

2003 West SF Game 3 - Sacramento Kings-Dallas Mavericks

2004 West SF Game 5 - San Antonio Spurs-L.A. Lakers

2005 West SF Game 6 - Dallas Mavericks-Phoenix Suns

2005 Finals Game 5 - Detroit Pistons-San Antonio Spurs

2006 West SF Game 7 - San Antonio Spurs-Dallas Mavericks

2007 ECF Game 5 - Detroit Pistons-Cleveland Cavaliers

2008 Round I - Game 1 - San Antonio Spurs-Phoenix Suns

2008 Finals Game 4 - L.A. Lakers-Boston Celtics

2009 Round I - Game 6 - Chicago Bulls-Boston Celtics

 

 

El tiempo pasa. Pero lo hace felizmente para quien haya podido disfrutar otros diez años de belleza que llevarse a la tumba.

 

La década agoniza. Y con ella una preciosa parte de nosotros.