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¿Sabes, Josean? A veces la página en blanco te lo pone realmente difícil. Te sientes incapaz de contar lo que debes porque no quieres contar algo así. Ni siquiera sabes por dónde empezar. Pero le echaré arrestos. Y más que ir al grano, iré directamente al corazón, como una puñalada, que es precisamente lo que sentí cuando el otro día recibí tu llamada.

 

No te lo dije. Pero mientras el teléfono sonaba tuve una extraña sensación. No llamabas a las horas acostumbradas, a esas horas en que todos duermen para que tú y yo pudiéramos charlar. Eran siempre nuestras horas, como la noche que las envolvía. Pero esta vez ni era noche ni dormían ni las horas tenían magia. Y tardaste poco en darme la noticia.

 

- Este viernes el tren de Basketaldia llega a su última estación.

- ¿¡Qué!?

- Sí, amigo, Basketaldia dice adiós. Se acabó.

 

¿Sabes, Josean? No te lo había dicho, pero los minutos siguientes no te escuché. No me entiendas mal, no es que no lo hiciera. Es que no podía. De repente no supe o pude pronunciar palabra. Se me había encogido el alma y oleadas de sensaciones y recuerdos se me vinieron encima agolpada, cruel, absurdamente. Y tu voz me llegaba entonces como un zumbido. Era indescifrable. Las razones lo eran. Porque no había razones, nunca las hay, para anunciar el adiós de un ser querido. Sí, Josean, eso es lo que sentí.

 

Me aplastaron entonces nueve años, nueve de tus años, de los que yo, ya lo sabes, tan sólo he conocido la segunda mitad. Pero como si hubiese sido una décima. Porque ya Basketaldia formaba parte de mi vida. Y ni me acuerdo de cómo era todo antes, antes de ser yo también, permíteme, Basketaldia.

 

Antes de que sonara aquel maldito teléfono muchas cosas me habías contado. Demasiadas para darles aquí línea. Pero fíjate que me vino enseguida la primera. Que Basketaldia no nació así, que lo hizo con otro nombre. NBA, el programa, lo llamaste con sencilla puntería aquel 20 de octubre de 2000. Y cómo habías tenido que pelear su parto en la emisora, junto a Óscar Araujo, mano a mano, como dos pioneros allá en la pequeña Segura, en mitad de la nada entre los montes del bucólico Goierri. Pocos invitados, algún entrenador, alguna vieja gloria... y vosotros dos. "La clave del invento era la química", me repetías una y otra vez.

 

Cuántos nombres me diste, Josean. Cuántos de los que forjaron el programa. Ni tú mismo lo sabes. A todos ellos tuviste siempre la manía de llamarles amigos. Porque tú eres así. Llamas amigo al que mucho antes tendría que hacerlo contigo. Gentes que entraron y se quedaron. Otras que pasaron. Pero gentes todas del baloncesto. Gentes que nunca reclamaron su premio. Y tenías razón. Amigos todos. Amigos que prolongaron la llama de eso que una vez uno de ellos, de nosotros, el romántico Rem, refirió como "ese proyecto imposible, acaso el último desván de juegos en el panorama mediático del basket". Cuántos, dime. Tú les habías puesto nombre a todos. David Rodríguez, Iurgi Caminos, Rubén Gazapo, Asier Urteaga, Nicolás Iparragirre, Fran Herrera, Manu Moreno, Xabier Añúa, Moncho Monsalve, Bob Arrillaga, Iñigo Goñi, Joseba Sánchez, Santiago Juárez... ¿Cuántos, Josean?

 

¿Sabes? Le di muchas vueltas a qué escribir en esta maldita carta. Y me dije que debería ser honesto y hacerlo en primera persona. No suelo. Pero tampoco puedo hacerlo de otra manera. Porque no conozco experiencia más íntima que Basketaldia. O lo que yo entendía que era. 

 

Basketaldia, te lo dije muchas veces, era mi Dulcinea. El programa de radio con el que me habría gustado acostarme todas y cada una de las noches de mi vida. Porque no concibo mejor ni más dulce preludio al sueño. El baloncesto no ya tratado como merece, sino de la forma más cercana a como siempre lo comprendí yo. Una experiencia ética, estética y romántica. El juego de la inteligencia. La vida pasar entre dos aros. Siempre iguales, siempre distintos. Basketaldia era la paz. La feliz armonía de quien te escribe. Y esa ilusa quimera de que lo bueno no tendrá jamás su final. 

 

Un proyecto imposible, decía Rem. Y qué razón tenía. Cómo si no entender a cuatro locos abriendo en canal a la vetusta ABA aquella noche de abril. ¿Acaso no tuvo nadie el valor de rescatar a Xabier más que tú? Sí, Josean. Y no sólo a él. Llevábamos camino de poner voz a los más grandes. A los de verdad. A los que nadie más prestaba voz y carta blanca. Tú mismo me lo repetías con sereno orgullo. "Aquí no vienen caras, nombres o ventas. Aquí vienen los que de verdad tienen algo que decir". Y así nos juntábamos todos, como en un teatrillo de sueños.

 

Pero ¿sabes, Josean? Me has dejado ahora sin muchas cosas. Tú me conoces. Y sabes que la tertulia era mi plato favorito. Que a lento paladar adoraba saborear a Iñigo García, ese genial gruñón con el insoportable privilegio de siempre acertar. A Edgar Paz, nuestro gallego infinito que tiene por apellido su nombre. Y a Agustín, al gran Hernández Paniagua y su hospitalaria cadencia de viejo maestro de escuela.

 

Me dejas sin el acogedor verbo de Sergio Azurmendi y el simpático contraste que rato después me brindaba frente a él nuestro agitado Salva Navarro. Me dejas sin la eterna sonrisa de Alfredo de la Fuente, y hasta sin el indomable Natxo Mendaza. Me dejas sin la lucidez histórica de José Manuel García, el mejor y único heredero de nuestro Santiago Juárez, por ti conocido como El Viajero. Y me dejas sin la envidiable bohemia de un artista de la vida como Enrique Zaldua. 

 

Me dejas también sin la dulzura femenina de Naia Fernández, sin la joven perspicacia de Matías Castañón y Fran Guillén, sin la nostalgia soviética de Iñigo Goñi, sin la serena claridad de Fernando Ruiz y sin los esporádicos fogonazos de Javi Gancedo o Pablo Malo. Me pierdo a mi hermano del aire Igor Murillo y hasta a mi tierno Iker Sagasti. Me dejas sin tantas cosas como tenías, Josean. Porque por tener, hasta versos en el poeta Iñaki Apalategi.

 

¿Sabes, Josean? Hace ya muchos años, tal vez demasiados, había un programa en la televisión cuando la televisión era algo importante. Lo llamaban A Fondo. Y la cosa era sencilla. Un hombre, y cuando digo hombre pronuncio todas las letras, era entrevistado hasta sus últimas consecuencias. No había prisa. Ni vacío. Todo era saber. Todo placer. Y por allí pasaron Borges, Cortázar o Dalí. Te lo cuento, amigo mío, porque acaso sin darte cuenta rescataste aquella butaca en otra de tus nuevas ideas. Tú lo llamaste Segundos Fuera. Y así pudimos, en unas pocas entregas, disfrutar del baloncesto en la práctica totalidad de su sabia extensión. Eran también hombres, ¿recuerdas? José Luis Rubio, Franco Pinotti, Xabier Añúa, Jordi Robirosa, Santxon, Mario Pesquera, Antonio Rodríguez, Jordi Román, Ramón Trecet (a éste lo tuve entero para mí y cumplía con ello un viejo sueño de juventud). Del torrencial saber al torrencial vivir. Y entre todos ellos el sagrado juego del baloncesto. La vida del juego y el juego de la vida. Conservo esos diálogos y conmigo permanecerán para siempre. Pero dime, cuántos otros hombres nos quedaban por conocer.

 

Uno de ellos formaba feliz parte de la familia. Incluso tal vez era el más basketáldico de todos. Su nombre lo decía todo: Remember. He de decir, por si no lo sabías, que Juan Carlos Garnica comparte conmigo la incurable enfermedad del pretérito. Del inveterado sabor a lo añejo, del amor por lo romántico y el baloncesto en blanco y negro. Rem hacía de la nostalgia virtud y de la belleza razón de ser. Cuando toca desnudar a un jugador como hombre, hacerlo de arriba abajo, con su vida en un puño y el alma en el otro, créeme, nadie como él. Magee, Roberts, Sugar Ray o Spencer Haywood colmaron de lúcido sentido esa vieja estación en el camino eterno que el propio Rem bautizó como Calle Melancolía.

 

¿Sabes, Josean? Alguna vez pude disfrutar de lo que tú mismo llamabas El Tercer Tiempo. Cerrabas el programa pero mantenías las líneas abiertas para que los que allí todavía estuviéramos pudiéramos gracias a ti proseguir la conversación. Qué ingenuos éramos. Porque teníamos pegado el auricular cuando ni siquiera hacía falta, de lo cercanos, casi pegados, que estábamos siempre todos a tu alrededor.

 

Qué ironía el momento del adiós. O es que acaso sea muy grande tu destino. ¿No te das cuenta? Es como si Gasol decidiera ahora mismo dejarlo.

 

Supongo también, amigo mío, que ahora tendré que decírtelo.

 

En el mismísimo centro de todos nosotros, como un cálido Sol alrededor del que siempre girar, estabas tú. Sé que no quieres leer esto. Nunca quisiste para ti el menor elogio. Pero ¿sabes, Josean? Sin ti estas líneas no tendrían sentido. Nada lo tendría. Porque Basketaldia eras tú. Su corazón y latido. Todos lo sabíamos pero nunca te lo dijimos. Esa dulce y profunda parsimonia fonética, esa vaga letanía de voz, era el fuego lento del programa y su divina burla del tiempo.

 

¿Te lo dije alguna vez? Durante todos estos años has orquestado la sinfonía de radio con el baloncesto por coartada más perfecta y hermosa que uno pueda imaginar. Si te digo la verdad Basketaldia puso voz como experiencia a ese atávico sueño mío de alumbrar, algún día, Le Cahiers Du Basket.

 

Josean, ahora lo entiendo todo. Cada viernes había aquelarre. Basketaldia era la noche. Tú la hoguera. Y los demás, su abrazo.

 

Por eso no estoy triste. Porque no, amigo, por mucho que te empeñes esa hoguera, aunque hoy decida dormir, no se apagará nunca.

 

En el nombre de todos, Josean, me toca darte las gracias. No puedo decir más.

 

Gracias, Basketaldia.

 

Su hechizo, espíritu y memoria permanecerán con nosotros para siempre.

22/06/2009

- Usted ha sido campeón olímpico, usted de Euroliga y usted de la NBA. Pasen, pasen... ¿Y usted? ¿Ganó algún título?

- No, pero yo...

- Entonces apártese y deje pasar.

 

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Esta ridícula viñeta no lo es tanto. De hecho así funciona la lógica mayor del espectador universal. Una lógica simple y poderosa que ejerce de convicción y se impone cada vez con mayor fuerza y rudeza. Basta comprobar esos listados de jugadores que de vez en cuando instituciones y medios sacan a colación y la encendida controversia que despiertan. No habrá pasado un minuto de debate antes de que asome sin pudor una de las preguntas más recurrentes y estúpidas que el presunto aficionado, nunca sin vivo desprecio, puede formular: "Y éste, ¿qué fue lo que ganó?"

 

Dicta la costumbre que no hay conquistas más elevadas en el baloncesto que esas cimas periódicas que llevan la etiqueta de títulos. Anualmente hay en juego uno nacional y otro continental de clubes. Cada dos, otro continental de naciones. Y cada cuatro uno mundial y otro olímpico. Entretanto se ofrecen títulos de rango menor pero títulos a fin de cuentas. Por haber, hay hasta títulos por edades. Y entre unos y otros, entre trofeos y torneos, hay en suma títulos a porrillo.

 

Los títulos son cosa de equipos. Pero los equipos, lo son de jugadores. Y cuando esta delirante carrera por conquistar algún título llega a su fin, cuando el jugador ha cubierto su vida deportiva, no es otro su triste final que desaparecer. Y a nadie importa si pasa a ser ciudadano o padre. En adelante su nombre importará, quedará con mayor o menor fuerza y prestigio grabado a la memoria colectiva, en tanto haya sido acto y parte de títulos. A tal extremo que en algunos casos el nombre de un jugador suele automáticamente ir ligado a un número. Tal jugador, tres anillos. Tal otro, dos copas y dos Euroligas.

 

A ese gigantesco cementerio donde se agolpan nombres y números en lápidas vacías y todo lo que verdaderamente importa ha desaparecido lo llaman palmarés. Y al parecer nada más grande y deseable que inscribirse allí para el resto de los tiempos.

 

De ese voluminoso palmarés, el de la exclusiva gloria ganadora, forman parte, y esto sí es seguro, los mejores equipos habidos. Pero ocurre que del registro histórico, el más superficial pero también el más visible, quedan ausentes infinidad de jugadores. A bote pronto, de cuarenta años para acá, emergen nombres en la NBA tales como Walt Bellamy, Gus Johnson, Nate Thurmond, Lou Hudson, Bob Lanier, Dave Bing, Pete Maravich, David Thompson, George Gervin, Walter Davis, Alex English, Bernard King, Adrian Dantley, Dominique Wilkins, John Stockton, Charles Barkley, Chris Mullin, Karl Malone, Pat Ewing, Kevin Johnson, Mark Price, Reggie Miller, Chris Webber, Allen Iverson, Jason Kidd o Steve Nash. Une a todos ellos un denominador común: No Rings.

 

De no haber existido quienes les privaron de la gloria final, bastaría su producto conjunto para firmar un fabuloso capítulo en la Historia del Baloncesto de igual calibre al de sus peores enemigos. Sin embargo no preside el titular de sus biografías ningún aspecto formal del juego, por muy brillante que pueda ser. Mucho antes lo hará, como una condena eterna, la ausencia de anillo.

 

Los ejemplos a ras de suelo resultan mucho más gráficos.

 

Rajon Rondo obtuvo a los 22 años aquello que en 19, casi toda la vida de aquel, nunca pudo alcanzar John Stockton. La más necia de las conclusiones establecería que acaso contara el joven con virtudes que en el otro brillaban por su ausencia. El sentido común dictaría que Rondo disfrutó de equipo y circunstancia más favorables que Stockton. Pero nunca faltarán quienes observando a ambos en uno de esos listados, con uno por encima del otro, crean que la distancia abierta resida en justicia en el anillo.

 

 

 

 

 

 

Tras catorce años de carrera, catorce años de trabajo a la altura de los más grandes, Mitch Richmond salió a pista en los últimos minutos del cuarto partido de las Finales de 2002, justo en el momento en que los Lakers tenían ya sellado su 14º anillo. El rostro de aquel veterano de guerra lo decía todo. Ni necesitaba aquella maldita limosna ni ese anillo espectral merecía más que todo lo batallado en su vida profesional anterior. Viene a colación el caso del más infeliz de los ganadores, como acude el de Steve Smith en San Antonio o las lágrimas de Dennis Hopson en los Bulls de 1991, no por la alegría del título sino por todo lo contrario: su nula contribución a la conquista.

 

Estremece imaginar el día que alguno de sus nietos dirija su dedo a la vitrina y señale: "Abuelo, tú ganaste un anillo. Cuéntame cómo fue". Y el abuelo no tendrá nada que contar o, por el contrario, tendrá que contar todo aquello que el anillo no fue. Ellos son el perfecto ejemplo del absoluto vacío que puede suponer un anillo en los dedos, el mismo que abrumaría a un montañero que coronó el Everest alzado en un ataúd por el resto de la expedición.

 

El ejemplo de los jugadores vale con igual crueldad para los técnicos. Phil Jackson cuenta con diez anillos en su haber por ninguno Jerry Sloan. La lógica selectiva podría asegurar entonces que entre Jackson y Sloan hay una diferencia equivalente a la de un rascacielos y una chabola. Como si las facultades de uno ridiculizaran por completo a las del otro. Y sin embargo todos lo sabemos. Nada más lejos de la realidad.

 

De una realidad que acumula cada vez más adeptos en la corriente que desestima la idea de fortuna en la incesante película del Deporte. Como si todo su argumento no fuera más que selección natural quedando el azar para la fabulación de los lunáticos.

 

Por eso a los propietarios de manos vacías asola siempre el mismo peligro. A la hora de enfrentarlos a los titulados no se les suele aplicar la atenuante sino la eximente de gloria. Ello significa que si mañana muriera LeBron James, al tiempo que se le convierte en mito por la no menos estúpida necrofilia social, se le privará de la gloria mayor bajo un epílogo cruel que siempre estará dispuesto a asomar: "Nunca ganó nada. No pertenece, pues, a la estirpe de los elegidos".

 

No debería restarse la menor importancia a la selecta especie de los ganadores, con seguridad la principal de todas. Pero entre ellos y el resto no es tanta la diferencia como se acostumbra a creer. De hecho la diferencia vive de dos pulsos: o es grande y justa, o no responderá más que a los caprichos de la propiedad asociativa. Propiedad de la que tantos ejemplares de segunda fila disfrutaron muy por encima de muchos de los mejores. Propiedad que reparte cuatro anillos a John Salley y ninguno a Karl Malone.

 

Es como si la Historia del Deporte, con la Victoria como único eje, atendiera entonces a dos visiones raramente compatibles: la épica, prioritaria hasta la tiranía, laminadora hasta consecuencias darwinistas -el derrotado merece la derrota-; y la estética, aquella que abriría capítulos de tono formal, técnico, personal o historiográfico. La que permite entrar al detalle y denunciar, llegado el caso, ejemplos de humano azar, como el que concede a Mark Aguirre un anillo en detrimento de Adrian Dantley. O a Dikoudis un Europeo en perjuicio de Nowitzki, de quien el palmarés lo callará todo.

 

Contra esta cruel memoria ciega urge incorporar al imaginario colectivo una concepción menos agresiva y aristocrática de la justicia deportiva. No se trata de aprobar aquel ingenuo sueño de Borges de inventar un juego en el que nadie ganara. Se trata de trascender de una vez la titulación como único dogma de fe y hacer algo más compatibles victoria y derrota en la memoria histórica. Comprender que el ganador no será únicamente quien finalmente lo sea, sino también quien lo dio todo por la victoria, tanto o más que aquel.

 

Contra la totalitaria condición del palmarés debiera alzarse orgulloso el cementerio feliz de los derrotados. Acaso los mejores que la historia conoció.

 

En realidad la demanda no es más que una quimera. El problema es mucho mayor. En un orden social esencialmente depredador no es que el éxito se abra paso. Es que parece hacerlo únicamente a través de los cadáveres que deja a su paso. Y a mayor genocidio, mayor gloria. "Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo", reclamaba el sabio. Pero el palmarés, el gran tótem a que rendir culto, no sabe de sabios ni puntos de apoyo. Tan sólo precisa un nombre que inscribir en la placa y salir corriendo.

 

La mentalidad que desde aquí se invoca sí debiera, en cambio, saber algo. Saber del camino y sus transeúntes. Del largo camino y la inagotable belleza que precede a su final. Y si así fuera esos ridículos listados verían incluidos a Champions y Contributors en igual medida. Y no sólo a los primeros.

15/06/2009

Cuando un deportista alcanza la cima y no se avista cerca la retirada, el ojo analítico se mueve entre dos cuestiones que rivalizan casi a golpes por ocupar la hegemonía del momento. Una mira al pasado y se pregunta por qué todo esto. La otra, escapa a la fugacidad de la gloria y mira hacia adelante. Busca adentrarse en el qué será, o coloquialmente, el ahora qué.

 

Más que cruciales, las dos cuestiones son sencillamente apasionantes.

 

La primera tiene sin embargo mucho más recorrido. Porque permite observar la película de una vida y preguntarse si aquello que se apuntaba en un principio ha correspondido sucesivamente hasta llegar a hoy. Si ha habido coherencia entre lo que se esperaba y lo sido.

 

Y hoy, hoy más que nunca, el titular es tan abrumador -PAU GASOL CONQUISTA EL ANILLO DE LA NBA- que parece no haber hueco para otro tipo de análisis. Ni siquiera para el análisis, tal es la absoluta y masiva admiración que despierta el logro. Y sin embargo puede no haber momento más ideal que éste para asomarse a la panorámica de su biografía técnica.

 

Ocho años después de llegar a la NBA, Pau Gasol, el jugador de baloncesto, sigue siendo desde un punto de vista técnico un enigma. Un absoluto y fascinante enigma. Para tratar de comprenderlo bastaría con hacer un simple ejercicio de memoria. 

 

Con Gasol sigue siendo inevitable formularse algunas preguntas: ¿Es Gasol el mejor Gasol posible? ¿Hay coherencia entre su principio y su hoy? Si es tan bueno y valioso, ¿por qué tan recurrentes algunas críticas? Y finalmente: ¿es más ambicioso el gran público que él? ¿O soñaba Gasol con ser esto mismo que ahora es?

 

Todavía hoy rodea a la figura de Gasol un enorme material difuso, no definido, como si el mismo Gasol estuviera inacabado. En el fondo asoma una poderosa razón para ello. Objetivamente Pau Gasol carece de precedente. No hay en todo el pasado un jugador con quien enfrentarlo directamente. Esto significa, de entrada, que es más único de lo que pensábamos.

 

 

Gasol. Fase 1.

 

El perfil técnico inicial de Pau se nos fue escapando aprisa de las manos. En aquella temporada de 2001, todavía aquí en España, el mayor de los Gasol alcanzó tal cima de juego que no había posibilidad de análisis más allá de la perplejidad. No sabíamos si era un tres, un cuatro o un cinco. Parecía que Bob Pettit se había reencarnado en un jovencito de Sant Boi tantos años después como su mejora genética aparentaba. Más alto, más rápido, más poderoso y mejor.

 

Aquel espigado mástil de 2.15 que merodeaba unos ridículos 100 kilos gustaba de moverse en todo espacio con igual éxito y soltura. Vimos a Pau desequilibrar iniciando sus entradas desde fuera del triple. Rebotear a una altura que ahorraba incluso el salto a los rivales. Tirar o intentarlo desde toda posición imaginable y dominar el interior, ofensiva y defensivamente, como el joven Sabonis soviético. Vimos a un tipo tan abrumadoramente superior que cuando nos quisimos dar cuenta se lo habían llevado. Porque de tan insólito no parecía un deportista español.

 

La altura de aquella cima, la Fase 1, fue un absoluto espejismo.

 

Era falso, como lo había sido con Sampson, que estuviésemos ante el tres más alto de la historia.

 

 

 

Gasol. Fase 2.

 

Llegado a la NBA la primera resistencia fue su peso. Un hombre tan alto no podía ser tan flaco. Ello supuso un proceso que difícilmente negar. Aquella supernova versátil sin límite aparente fue concentrándose paulatinamente en márgenes de seguridad cada vez más pequeños y dando con sus pasos cada vez más cerca del hierro, al que empezó a dar la espalda con cada vez mayor frecuencia. Y cuanto menos miraba al aro más lo hacía con los compañeros.

 

Con el paso del tiempo ya apenas importaba si era un cuatro o un cinco. Tan sólo que nada en él figuraba un tres y todo, en cambio, una referencia interior.

 

Pau renunció a la aventura exterior y con ello se disolvía una buena parte de aquellas fortalezas que mucho antes que él, el gran público había imaginado. Rápidamente Gasol fue incorporado a un destino colectivo: los Grizzlies de rotacion y playoffs. Su ascenso puramente individual empezó a detenerse y en su lugar lo hizo la carrera colectiva. Como Bill Walton, pero sin un anillo ni lesión de por medio.

 

Con todo, Gasol seguía sin tener precedente. Se habían alejado ya por completo quimeras futuristas que remitían a un gigantesco Tom Chambers del siglo XXI. Incluso fue haciéndose menos Alvan Adams y más Kevin McHale. Como a caballo entre uno y otro. Y tan sólo porque parecía eludir la mirada al hierro de cara, dado que ni tenía el tiro de Adams ni el barroquismo de pintura de McHale. Pero concentraba, y a mayor estatura además, algunas de las mejores virtudes de ambos. 

 

 

 

 

 

 

 

Gasol. Fase 3.

 

Para cuando Pau aterriza en Los Angeles, el viaje de su vida, es ya un jugador que viene tozudamente a sumar mucho antes que a ser la suma entera. A lo largo de siete años había demostrado que cuanto más pesara el entorno menos lo haría él. Y el peso del entorno en los Lakers era incomparablemente superior al que había experimentado en Memphis.

 

Con Kobe Bryant de monarca anotador, incluso Lamar Odom de alternativa, del Gasol ofensivo, aquel que bobamente concebimos como si estuviera solo en pista, empezaron a no quedar más que los restos. Pero sobre ellos emergió con un poder de transformación admirable el jugador que domina, en silencio, todas aquellas facetas del juego más sumergidas a ojos del espectador. Desde la defensa no numérica a la extremada generosidad del desplazamiento sin balón. O lo que es lo mismo, todo aquello que permite al resto brillar y a él sumergirse cómodamente en el fondo por donde todos caminan.

 

No deja de ser curioso su carácter. Porque al mismo tiempo que demandaba balones no hacía más que doblarlos en cuanto disponía de ellos. El hecho de ser tiránicamente generoso ha favorecido tanto al equipo como a él perjudicado para determinadas ópticas, tan críticas como estrechas.

 

Y aún en Los Angeles sigue sin tener precedente. Porque su extremada sensibilidad como hombre interior, cuyo estándar histórico corresponde al ejemplar fuerte, rudo y a menudo violento, le hace parecer más volátil y suave que todos aquellos interiores del pasado hasta Tim Duncan.

 

Y todavía se le exige más. Por eso Pau sigue siendo un enigma. Porque figura una contradicción que Norbert Bilbeny atribuía a otro género de hombre. "Pedirle que represente el papel contrario equivale a exigirle que ejecute el papel que ha aprendido a rechazar".

 

El enigma es de tal calibre que aún hay quienes, ingenuamente, aguardan de su perfil individual nuevas conquistas. Y no las hay. Como no existe lo individual en su cabeza. No más allá de lo colectivo, el exclusivo terreno para el que nació este jugador de baloncesto silencioso.

 

Los Angeles y este anillo de 2009 son el techo para su perfil. El techo de su vida deportiva. Y así queda respondida aquella segunda pregunta que formulaba el ahora qué. Hasta es posible que mermando poco a poco su atletismo en favor de un baloncesto cada vez más intuitivo, seamos testigos aún de una fase terminal de jugador que remita a un plano incluso superior al del Vlado Divac maduro. 

 

Un perfil tan enigmático como sagrado. Es lo que en el descanso del quinto partido vino a asegurar el mayor mito en la historia de los Lakers, Magic Johnson, como corolario a un video sublime que la propia ABC había decidido emitir como si Gasol fuera el verdadero motivo de una nueva gloria angelina.

 

Y en el fondo lo es. Un fondo del que ni quiere ni tal vez haya deseado nunca salir como jugador de baloncesto. 

Era pretemporada y era en Detroit. Podía ser por ingenuidad o simplemente por miedo. Pero la primera vez que Randy Smith puso pie en una pista NBA tuvo una extraña sensación de ridículo. De pie en la banda Dolph Schayes se había dado media vuelta y dirigido a él. "¡Eh, Randy!". Y Randy se levantó como un resorte y del manojo de nervios que era casi chocó contra el técnico. "Coges a Jimmy Walker, ¡vamos!". Y al novato no se le ocurrió otra cosa que dirigirse a la mesa de anotadores y hacer el gesto del cambio balbuceando a los presentes: "Smith for Walker!".

 

Aunque acaso la explicación más plausible fuera que, sencillamente, Randy no se lo creía aún. 

 

Es habitual recurrir al tópico de la superación cada vez que toca retrospectiva. Sobre todo si a ésta la mueve la muerte. Pero en el caso especial de Randy Smith tal vez sea justo hablar de superación. No por ninguna tragedia en particular. Sino por la fuerza que conduce a salir de la nada.

 

Para empezar era mala señal que su nombre no apareciera en el draft de la ABA de 1970 cuando la ABA se arrojaba de cabeza a por todo bicho viviente. Y tampoco al año siguiente, fecha en la que su nombre apareció finalmente en la séptima ronda del draft de la NBA. La elección número 104 no era más que la dolorosa prueba de que Randy no tenía futuro como jugador profesional, que ningún ojeador NBA había pisado jamás la pequeña universidad de Buffalo State y que aquella nueva franquicia de expansión, Buffalo Braves, tenía reservada alguna de sus plazas marginales como mero acto de cortesía hacia alguno de los jugadores crecidos en el estado de Nueva York. En el fondo nada más había. Y cabía preguntarse por qué.

 

 

 

 

 

 

Criado en Bellport, Long Island, Randy se hizo célebre en la pequeña Buffalo State por ser tal vez el mejor jugador de soccer de todo el estado. O por convertirse en el mejor saltador de altura a edad junior en aquel mismo área. O por ser el joven más callado del mundo por temor a demostrar su tartamudez. O por ser al cabo y en el mismo centro el mejor jugador de baloncesto, deporte a cuya inclinación tuvo que ser convencido por Howie MacAdam, su técnico en la escuela de Brookhaven, cuando Randy no era más que un chiquillo. "Eso del fútbol está bien, pero aquí no tiene futuro".

 

Randy había coronado cuatro años en la universidad que le hacían soñar más a él que a su entorno. Sobre todo tras su último año, sembrado de dudas. Había pasado todo el curso anotando sus puntos a base de penetraciones olvidando fortalecer el lanzamiento, su auténtico punto débil. Hasta su año junior había jugado de alero. Pero en aquel último curso fue obligado a hacerlo de base, creyendo Randy que por su estatura, un 1.90 raspado, estaba obligado a dirigir el juego antes que a cualquier otra cosa.

 

Y ése era el problema. Ni creían en su talla ni en su tiro. Y aún peor: era un absoluto desconocido para el circuito pre-profesional.

 

Ser elegido en el draft abría una invitación automática para el training camp de julio. Pero Randy se olía su destino. Que hiciera lo que hiciera la decisión con respecto a él ya estaba tomada de antemano. Que acudiría a las pruebas más como sparring de algún otro jugador preferido que como candidato real a quedarse.

 

Por eso aceptó la única otra invitación recibida. Ahora la ABA le entreabría una puerta a través de Indiana Pacers y lo hacía un mes antes de la cita con Buffalo. Randy no lo hizo allí nada mal. De hecho lo hizo tan bien que de los 30 jugadores en liza él fue uno de los seis elegidos para integrar la pretemporada. Pero esta vez tampoco estaba satisfecho. Él quería demostrar su valía en el equipo de su estado. El que le había dedicado una elección para que su nombre apareciera en la prensa del día siguiente y la familia guardara el rotativo en algún cajón que abrir cada vez menos.

 

Entretanto Randy había decidido trabajar su lanzamiento a diario. Y hacerlo hasta que sus brazos no pudieran levantar el balón.

 

El chico tenía razón. Comenzado el campus de verano el cuerpo técnico de los Braves le tenía reservado el papel de sparring ante Fred Hilton, la segunda elección del equipo. Pasados unos días el juego de papeles se había invertido. Hilton no podía con Smith. En realidad nadie podía con él. El desconocido era rapidísimo, contaba con un bote diestro infranqueable y con un tiro en movimiento en estado de gracia. Siempre estaba abierto y hasta machacaba sobradamente a dos manos. Había impresionado a todos pero especialmente al trainer Jerry McCann. Era de largo el mejor atleta de los presentes.

 

Schayes lo tuvo claro. Randy formaría parte de la plantilla. No así el técnico, despedido tras el primer partido del curso. Su sustituto, Johnny McCarthy, concedió la primera titularidad a Randy en su tercera noche, en casa ante los poderosos Lakers y con la tarea de marcar a una leyenda viva como Elgin Baylor. Randy flotaba. Fue el momento en que por fin supo dónde estaba.

 

Dos semanas después llegó su momento. Su primer momento como profesional. El 5 de noviembre los Braves visitaban Atlanta y entre los presentes el cronista del Courier Express, Jim Baker, a quien un periodista local, sorprendido de aquel titular desconocido, preguntó quién era exactamente ese tal Smith. Dos horas después el propio jugador se había encargado de responderle. Randy anotaría 15 de sus 21 lanzamientos a canasta, destrozado a la defensa de Atlanta con 35 puntos y sumado ocho en la prórroga para salir de allí con victoria por 117 a 122.

 

Había comenzado la carrera del extraño futbolista negro de Buffalo. Y con él, la de los Braves en su década de vida. Porque como ellos, o como Maravich o Van Lier, Randy Smith fue un hijo de los setenta. Con todo lo que ello supone de apelativo. Nadie lo definió mejor que el técnico llegado al equipo el verano del 72, Jack Ramsay, el hombre que mejor comprendió su perfil. Además de un hijo Randy fue para él un absoluto ballplayer, un alma de balón y cesto. Uno de aquellos pequeños y rebeldes revolucionarios del juego que dotaron de identidad a la década como originaria del small ball.

 

Tal era así que cuando Ramsay percibió que Smith abusaba de su mano derecha (nunca dejó de hacerlo) le obligó a integrar también su mano izquierda para hacer de él un ejemplar más versátil. Crecido tras el trabajo Randy suplicó al técnico que le dejara correr y liderar el contraataque. Y Ramsay se negó en redondo. Buffalo había destinado su primera elección del 1973 al base de Providence Ernie DiGregorio, un auténtico visor de juego, y el técnico expuso la cuestión a Smith de la siguiente manera: "Imagina que tú eres yo. Dime, ¿qué preferirías? ¿Que Randy condujera el contraataque y se encontrara a Ernie en el ala o al revés? Sinceramente nadie como tú en este equipo sabe culminar el juego rápido". Y Randy, con su brevedad acostumbrada, respondió: "You're right, coach".

 

Y la tenía. Ramsay consiguió hacer de los Braves uno de los mejores equipos de la NBA en el ecuador de la década. Había sellado un quinteto formado por Ernie DiGregorio, Randy Smith, Jim McMillian, Gar Heard y Bob McAdoo. Un quinteto a fuego que en los tres años siguientes sólo vio el ingreso de Jack Marin en lugar del lesionado DiGregorio y el de John Shumate por el enviado a Phoenix Gar Heard. Con Randy Smith como segundo estilete del equipo tras el inalcanzable McAdoo los Braves pasaron del fondo de la liga a disputar con los Celtics la cabeza de la Atlantic. Y sobre todo, a ser uno de los grandes animadores de la postemporada entre 1974 y 1976, trienio en el que cayeron sucesivamente ante el campeón de la NBA (Boston) en seis partidos, el subcampeón (Washington) en siete y otra vez el campeón (Boston) en seis.  

 

Ramsay se largó a Portland para el milagro del 77 y el equipo se diluyó en meses. McAdoo ya no estaba y Randy Smith se convirtió de repente en la estrella de una galaxia oscura, el jugador más destacado de una franquicia que moriría de inanición en apenas dos años. Entre 1975 y 1979 Randy nunca descendió de los 20 puntos por noche. Incluso había alcanzado el All Star de 1976 cuando ingresó en el segundo equipo ideal de la liga. Con el equipo destrozado regresaría a la fiesta en 1978 para convertirse, por una noche, en el mejor jugador del mundo. Más allá de sus 27 puntos, 7 rebotes y 6 asistencias, o su increíble 11 de 14, legó dos canastas para la historia al cierre del primer y segundo cuartos. Y como recordando viejos tiempos, había salido desde el banquillo.

 

 

 

 

 

Para entonces su posición en la liga era sobradamente conocida. "Odio jugar contra este tipo", había declarado Walt Frazier. "Es el mejor defensor contra el que he jugado en mi vida", reconocería Wolrd B. Free. "Nunca vi a alguien tan rápido como él", añadiría McAdoo. Le habían apodado Iron Man por una sencilla razón: entre 1972 y 1983 Randy había llegado a disputar 906 partidos de manera consecutiva. 906 partidos sobre 906 posibles. Proeza que el cronista del Buffalo News, Bob DiCesare, resumió en términos más humanos que deportivos: "Smith never stopped repaying his debt of gratitude".

 

El verano de 1978 la franquicia de Buffalo toca a su fin y con ella Randy Smith. En adelante su figura se difumina en medio de la cruda batalla de renovación de los equipos en los que irá tocando en desgracia. Cleveland, New York, San Diego (heredero de Buffalo) antes de una última parada en Atlanta para colgar las botas al término de la temporada de 1983.

 

Treinta años después de salir de los Clippers Randy sigue siendo el líder histórico de la franquicia en nada menos que diez categorías del juego, incluyendo puntos, partidos, asistencias y robos. Tal vez por ello Tim Wendel, autor de la obra Buffalo, Home of the Braves, elevó a su portada a la figura más representativa en la historia de aquel equipo que los Clippers parecen haber desterrado de su memoria.

 

Durante los playoffs de 2006, cuando los Clippers batallaban frente a Phoenix por las WCF, el cronista del Washington Post, David Neiman, encontró a Randy Smith apostado en el Staples como un espectador más. De hecho era un habitual de los Clippers desde hacía años. Los mismos en que ningún miembro de la franquicia se había dirigido a él. Neiman preguntó por ello al técnico de la casa, Mike Dunleavy, y éste respondió que los Clippers "carecían realmente de historia". El periodista no se detuvo en el técnico y al cabo firmaría en su artículo lo siguiente: "A Clippers spokesman declined when asked to comment about whether the team had made any effort to connect with the past players".

 

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La pasada semana Randy Smith fue encontrado muerto en su casa de Connecticut. Hacía carrera sobre una cinta cuando su corazón dijo basta. Tenía 60 años. Hacía mucho, tal vez demasiado, que su nombre se había separado del baloncesto. Pero mejor sería decir que el baloncesto NBA le había dado la espalda exactamente a como lo hizo en la primavera de 1971. Y tal vez el tiempo no debería pasar para el mejor jugador en la historia de una franquicia, conocida hoy como L.A. Clippers, que sigue sin tener un número retirado, ni siquiera el de McAdoo.

 

Y a la muerte de Randy Smith uno también se pregunta por qué. Descanse en paz.

El draft de 1998 no fue una experiencia muy grata para Rashard Lewis. Criado y crecido en Houston esperaba -le habían prometido- salir elegido por los Rockets en una de las tres elecciones de primera ronda de su propiedad. Por algo así había renunciado a ingresar en la Universidad de Houston. O en cualquier otra. Por algo así renunció a cuanto no fuera jugar en la NBA. Pero todo salió al revés. Con el número 14 los Rockets elegían a Michael Dickerson; con el 16, a Bryce Drew y con el 18 a Mirsad Turckan. Se completó la primera ronda y el adolescente, a cada rato más consolado por su madre Juanita en la green room, sintió venírsele el mundo encima antes de que los Sonics le ofrecieran cobijo en la posición número 32. Incluso habían preferido en la 27 a Vladimir Stepania.

 

Le ofrecieron dos años. Ya era jugador NBA. Pero no iba a resultar fácil. Rashard vivió los últimos estertores en Seattle de Payton y Baker mientras su panorama de juego discurrió entre la aparente anarquía de Westphal y la repentina militarización posicional de McMillan. Rashard fue gradualmente sumando un mayor protagonismo en el equipo pero nunca con una idea clara de en qué grado y hacia qué dirección exacta. Sólo la llegada de Ray Allen, según siempre reconoció, contribuyó a favorecer su progresión y sobre todo su estabilidad mental.

 

Nueve años en Seattle fueron suficientes para reconocerle sus virtudes como armador de tiro, como munición ofensiva exterior. Pero al mismo tiempo como un extravagante lujo que el equilibrio posicional de muchos equipos no se podía permitir. ¿Un 2.09 sin verdadera solvencia interior? Puede. Pero nunca a un precio de superestrella.

 

El verano de 2007 se convirtió en el verano de Rashard. Antes de que Orlando le ofreciera una cantidad que inflamaría la masa crítica de la liga (118 millones de dólares por seis años), volvieron a aparecer en escena los Rockets. Después de declarar abiertamente "Queremos a Rashard", su mánager general, Daryl Morey, le envió una camiseta roja con su nombre y número serigrafiados. Pero era insuficiente. La repentina oferta de unos Magic que habían perdido la vez para hacerse con Chauncey Billups era irrenunciable y, firmado el contrato, llovieron palos desde todos los rincones del firmamento NBA. Era demasiado dinero para un jugador todavía no definido.

 

Resumidamente las objeciones eran dos: 1) Rashard Lewis no vale ese dinero y, 2) Un equipo que cuenta con Dwight Howard no puede permitirse el lujo de sobrepagar a un segundo de la talla de Lewis. Un año después de su llegada al cargo, del bofetón que le supuso la negativa de Fran Vázquez, Otis Smith se lo había jugado todo a una carta.

 

Lejos del lenguaje de despacho Stan Van Gundy aclaró la ecuación en términos de pista: "Puede haber otras vías pero la fórmula más ensayada en esta liga, la más eficaz, consiste en contar con un gran jugador de perímetro y otro gran jugador interior". Daba igual. De poco servía aquella declaración de intenciones. Los críticos recordaban que a pesar de sus más de 22 puntos por noche, Rashard no había recibido ni un solo voto para el equipo ideal de la temporada. Que lo habían hecho Eddy Curry, Ben Gordon, Jason Terry o Tyson Chandler. Que incluso Paul Pierce, ausente 35 partidos, había recibido votos. No así Rashard Lewis. Como si ésa fuera la prueba decisiva de su condición deficitaria. Rashard arrastraba una inquebrantable fama de jugador frío, frágil y unidimensional. Fama de la que más de una vez tuvo que defenderse: "No soy uno de esos jugadores que hablan constantemente. Cuando tengo que decir algo es porque es algo verdaderamente importante".

 

Han pasado dos años de aquel órdago en Florida. Y bien o mal, sobrepagado o no, el experimento ratifica un rendimiento deportivo que toca ahora a su plenitud y que expresa un ascenso que más que lineal resulta explosivo: de 40 victorias a las Finales en tres temporadas.

 

 

 

 

 

 

Técnicamente Rashard ha cambiado entre poco y nada. Pero tácticamente muchísimo. Dwight Howard le ha dado lo que Magic Johnson a Abdul Jabbar y que éste refirió como My Liberation. La presencia de Howard en la pintura es tan sumamente grande y poderosa, tan exclusiva de su fortaleza, que Rashard puede por fin mirar al aro de cara durante porciones enteras de juego, desde y cómo le plazca.

 

Ya el año pasado, a caballo entre su naturaleza y el silencioso compromiso de demostrar su valor, se convirtió en el jugador más alto de la historia en anotar el mayor número de triples en una temporada. Van Gundy tomó buena nota a lo largo de todo el año, pero muy especialmente en el cuarto partido de primera ronda en Toronto (27 pts) cuando Rashard demostró su condición de indefendible o en la única victoria de Orlando ante Detroit a la siguiente (33 pts con un 73% en tiros de dos y un increíble 83% en triples). Era cuestión de tiempo si la progresión tocaba al cuerpo general del equipo.

 

Y así llegamos al mes de mayo de 2009. El punto álgido en la carrera de quien ha subrayado hasta la extenuación: "Puedo salir ahí fuera y jugarme 20 o 25 tiros por noche. Pero algo así no es bueno para mi equipo". Orlando se deshizo de los molestos Sixers en primera ronda, de los vigentes campeones en la segunda y de los líderes de la Regular en la batalla por el trono del Este. Lewis fue el jugador decisivo en el sexto partido en Philadelphia, la noche más difícil para unos Magic sin Howard ni Lee. Se convirtió en la pesadilla de unos Celtics que no le hallaron respuesta y replicó a mayor grado el papel de verdugo ante unos Cavaliers cuyo juego interior quedó completamente fracturado a manos de lo que precisamente Van Gundy consignaba con la llegada de Lewis al equipo. Todo había resultado perfecto.

 

Once años después Rashard Lewis ha alcanzado una condición que, de no existir Nowitzki, seguramente le correspondiera: la quintaesencia de aquel rasgo que Sporting News denunció a principios de siglo bajo el título The Shooting 4-man como una epidemia que ya se gestaba en college a través de jugadores como Shane Battier, Sam Clancy, Tayshaun Prince, Justin Reed o Tahj Holden. No es que Lewis naciera así. Es que ya en su último año de instituto su técnico Jerrel Hartfield reprimió su distribución de pase en favor del tiro exterior, mejor cuanto más lejano. Tenía demasiado talento ofensivo como para no intentarlo, venía a decir su primer maestro.  

 

Desde entonces Rashard parece haber estado buscando su sitio. Como un patito feo con plumas de oro o un extraño late bloomer a un contrato pegado. Es un alero con cuerpo de cuatro o un cuatro con cuerpo de alero. Pero es en definitiva tecnología táctica siglo XXI. El tweener por excelencia o como Michael Pina refería hace unos días: "The biggest matchup problem in the NBA". Su rango de tiro no conoce límite.

 

Ni ha perdido su apariencia de jugador frío ni su frecuente flotar por la pista con aspecto pasivo durante tres de cuatro periodos. Sólo que, contrariamente al jugador común, es perfectamente capaz de aparecer en los minutos finales para ser la respuesta, o como gusta la prensa NBA, para ser The Execution.

 

No sólo los Lakers. Cualquier equipo que ahora mismo tuviera enfrente a los Magic se habría de enfrentar a numerosos problemas. Y por lo visto hasta la fecha Rashard Lewis es uno de los dos principales. Porque no asoma actualmente en el baloncesto mundial una respuesta táctica clara a esa especie de sofisticado tecnoalero en estado de gracia que por fin, tanto tiempo después, parece haber encontrado su pleno sentido.

Hace ahora un año quien suscribe firmaba un artículo descriptivo de la extraña y paradójica situación que vivía LeBron James desde su llegada a la NBA. Comenzaba con una evidencia casi pueril: "LeBron James no puede ir contra la Historia. (...) Todos y cada uno de los mejores estiletes ofensivos que ha dado este juego fracasaron en sus intentos de alcanzar la cima a solas". La cosa fue entendida a medias. Porque lo  que parecía una acusación era en realidad una denuncia.

 

El espíritu de aquella pieza, escrita al término del séptimo partido en Boston pero inspirada a lo largo de todo un año, era dolorosamente simple. Oponía dos realidades. De un lado, LeBron James, uno de esos rarísimos factores de Historia; de otro, su entorno y circunstancia, algo más que cuestionable.

 

Ha pasado un año y la distancia abierta entre el nivel de uno y el fundamento real del resto, como proyecto y producto, puede ser la más grande que haya conocido jamás un superjugador en la historia de la Liga. Ha pasado un año y el fantasma de esta fractura ha vuelto a quedar completamente en evidencia cuando, tal vez, menos se esperaba.

 

Un año transcurre tan rápido que es posible radiografiar todo lo ocurrido en unos pocos trazos. ¿Qué se hizo de entonces acá? ¿Fue suficiente?

 

La llegada de Mo Williams despertó inicialmente dudas razonables sobre si era eso lo que precisaban los Cavs. ¿Un nuevo base? ¿Un director de juego junto a James? ¿No necesitaban un segundo anotador? En principio así era. Pero entrado el curso las dudas iniciaron un rápido desalojo. De repente Mo Williams se convirtió en ese ansiado estilete y el mundo conoció al mejor Delonte West. Los interiores se sumaron a la fiesta y el bloque exhibió sus fortalezas defensivas de siempre con el sorprendente añadido de atacar la canasta rival con una solvencia ignorada en la Era James. Hasta corrían.

 

Todo ello permitió por fin liberar a LeBron de su parte de juego más arriesgada: el tiro exterior. Los lanzamientos se repartieron eficazmente entre un backcourt menos definido pero más extenso mientras los interiores accedieron con regularidad al balón antes de apurar la posesión. El ataque dejó de estar fragmentado y las asistencias de ser tan sólo cosa de uno. Y así los Cavaliers devoraban el año como líderes.

 

Las derrotas ante equipos que adivinaban presencia en la fase terminal del año (Los Angeles, Boston, Orlando) no fueron tomadas como excesivamente relevantes y el curso prosiguió su rápido avance devolviendo el juego y moral del equipo a los cauces normales. Cauces que hablaban de la primera posición de la liga (66 victorias), el futuro MVP del año y hasta el mejor entrenador de la temporada. Cauces que aumentaron drásticamente su caudal con el arranque de los playoffs, unos playoffs que venían más de cara que nunca sin Kevin Garnett ni la esperada revancha ante los vigentes campeones Celtics. El 8-0 para plantarse en las ECF parecía responder a un divino guión que hubiese sido escrito en las oficinas del Quicken.

 

Y en éstas llegó Orlando, un equipo que había derrotado a los Cavs en siete de sus últimos diez enfrentamientos. Un equipo de muchas más letras que fue creciendo en el transcurso del mes de mayo hasta alcanzar una cota seguramente ignorada en sus veinte años de historia.

 

En el primero el susto entró en el cuerpo. LeBron se fue hasta los 49 puntos y el equipo no ganó. Cabía preguntarse por qué razón LeBron se había tenido que ir hasta los 49 pero no se hizo. Parecía un tropiezo del que salir más espabilados. Pero tampoco ocurrió en el segundo, donde otra vez asomó sin pudor la batalla de un jugador contra ocho al extremo de evitar la muerte prematura del equipo con una acción más propia de la Play Station que del mundo real.

 

Tras esos dos choques LeBron había anotado 80 puntos. Sus compañeros, 118. El primero lo hizo con un 60 por ciento de acierto. Los segundos, con un 41. Algo muy grande pero familiar estaba fallando.

 

En el tercero el producto resultante de Ilgauskas, Williams, West, Varejao, Smith, Gibson y Pavlovic fue de un espléndido 14 de 48 (29 %). LeBron no estuvo fino en el tiro. Pero anotó casi la mitad del total del equipo. Una vez más.

 

En el cuarto un abrasado Mo Williams aparentó resucitar anotando 18 puntos hasta sumergirse por completo en el cuarto periodo y la prórroga, en los que intentó únicamente dos tiros. Brown había sentado a James en el segundo cuarto y Orlando respondió con un 14-6. Tras el descanso sus compañeros hicieron un 11 de 27 sin que James encontrase manera de que sus reiterados pases al lado débil fueran respondidos con acierto. A esas alturas John Schuhmann podía ser el más rezagado de la prensa americana al insinuar que tal vez LeBron pudiera estar "empezando a perder fe en sus compañeros".

 

Pero el mencionado no hizo el menor caso y salió a la siguiente redoblando sus esfuerzos por implicar a los suyos, como había hecho siempre, en el juego colectivo. Porque precisamente en el juego colectivo los estaban matando. Y los titulares de prensa repetían por doquier la misma consigna: HELP WANTED.

 

Tras la reanudación del quinto los Cavs estaban muertos. Habían dilapidado una ventaja de 23 puntos y la temperatura del equipo rozaba el cero absoluto. Y así fue hasta que James volvió a decir basta e ingresar en ese estado que Zach McCann refirió en el Orlando Daily como "no perteneciente a este mundo". Al margen del triple doble, o partiendo de ello, fue el mejor jugador del partido en puntos, rebotes, asistencias y rebotes ofensivos. Cuando una vez más el entorno abismó por sí solo y con ello todo ese grupo llamado Cavaliers, momento situado en torno al final del tercer cuarto, LeBron resolvió que su ingenua empresa de involucrar a todos y cada uno en la acción colectiva no tenía solución. No la había tenido nunca. Y ya no es que a partir de ese entonces anotara 17 puntos. Es que el total de 32 siguientes o cayeron por sus propias manos o fueron fruto de sus pases. Finalizado el éxtasis, a 1:07 del término, la ventaja de los suyos fue de 11 y el equipo seguía vivo.

 

Hasta hubo que aplaudir la noticia: por primera vez la eliminatoria había visto a un compañero de James alcanzar los 20 puntos (Mo se fue a los 24).

 

El sexto y último, cruelmente la peor noche de James, sirvió para hacer justicia y premiar al equipo que había ejercido como tal en la serie. Porque el Baloncesto, como ingenuamente se consignaba más arriba, no premia jugadores. Sigue y seguirá premiando equipos. 

 

Y el de LeBron James no lo es.

 

 

 

 

Lo que él ha firmado en esta serie queda para los libros de estadística. Para sus páginas de oro. Porque en 62 años de historia nadie había alcanzado esas cifras. Nadie. Y busquen el nombre que quieran. Pero esas cifras sirven precisamente para recordar que ha pasado un año de aquel artículo denuncia y sin embargo nada parece haber cambiado desde entonces. De hecho nada ha cambiado y era mentira todo lo ocurrido después.

 

Y lo que es peor. Han pasado ya seis desde su llegada a la NBA y siguen valiendo como puñaladas preguntas de este calibre:

 

¿Dónde está Pippen? ¿Dónde Grant?

¿Dónde están Pippen, Rodman y Kukoc?

¿Dónde los Worthy, Scott y Abdul Jabbar de LeBron James?

¿Dónde los McHale y Parish? ¿Dónde los Walton y Archibald?

¿Dónde los Odom y Gasol? ¿Dónde está el Shaq de LeBron?

¿Dónde está ese compañero -uno solo- cuya presencia junto a James le encumbre a ese cielo que el tiempo suele llamar HOF?

 

Son preguntas retóricas. Desgraciadamente baldías. Su sentido ni siquiera reside en la ayuda general de que dotar a un jugador de las características de LeBron James. Su riqueza y miseria sigue instalada en los mismos flancos de siempre.

 

Riqueza por una cuestión a estas alturas demasiado evidente. LeBron James es el jugador no gigante más desequilibrante en la Historia de la NBA con menos de 25 años. Por sí solo lo es. Basta saber que ha engañado al mundo haciendo creer que este equipo estaba maduro para el anillo.

 

Pero su terrible miseria es como diez veces mayor. Todo lo que ingenuamente se creyó haber ganado tras el verano de 2008 -una incorporación relevante y una temporada regular de ensueño- se han venido abajo en el momento decisivo. Es como si de repente hubiese quedado demostrado que ese grupo, compacto y alegre, practicó un juego ventajoso cuando las ventajas vinieron de cara. Que todos se subieron a un carro del que bajarse en el momento de la verdad. Porque la realidad escupe con sospechosa crueldad que en cuanto el grupo se ha topado con un equipo de elevadísima democracia de juego la miseria ha vuelto a quedar literalmente en cueros. Nadie lo explicó mejor que Matt Moore hace unos días.

 

La miseria reside en haber convertido a ese semental de 24 años en una especie de Santo al que exigir a cada minuto un nuevo milagro. Como si los milagros le fuesen una obligación cuando en realidad no son más que la dolorosa prueba de que nació, creció y sigue muriendo completamente solo.

 

O alguien hace algo con la carrera de este chico o habrá que empezar a escribir su biografía como la triste suma de todo aquello que hubiera sido evitable. 

 

No es momento de especular sobre si LeBron James es peor jugador que Michael Jordan o Kobe Bryant. No digamos ya Magic Johnson o Larry Bird. Es simplemente momento de denunciar con fuerza que, por ahora, ha contado con infinita menos fortuna que todos ellos. Una fortuna que en el mundo del Deporte se conoce con el preciso nombre de equipo.   

El miércoles 29 de octubre uno de los equipos más emblemáticos de la aristocracia NBA, Detroit Pistons, iniciaba un nuevo curso en el Palace, un pabellón que cumplía además veinte años de vida. Suficiente para haber sido testigo de lo más sagrado en la historia de la franquicia: Tres Anillos en dos Edades de Oro.

 

El estreno se solventó con victoria ante Indiana. Pero más cómoda resultó aún la segunda noche ante los Wizards. Los dos partidos, las dos victorias, partieron con un quinteto que salvo Amir Johnson estaba formado por cuatro jugadores de los que recitar de memoria para siempre. A esas alturas nadie sabía con exactitud cuántos minutos, horas, días y meses de juego en pista acumulaban juntos Chauncey Billups, Richard Hamilton, Tayshaun Prince y Rasheed Wallace.

 

Era momento de abandonar la ciudad. De tomar el primer avión de la temporada.

 

Días antes no era difícil percibir un aire extraño en el equipo. O más bien en su entorno. Joe Dumars, jefe de la expedición, apenas si se había dejado ver en los primeros entrenos del grupo, de los que incluso Michael Curry, el entrenador, se veía a ratos ausente en cerradas conversaciones con Darrell Walker y Pat Sullivan, dos de sus asistentes.

 

Aquellos primeros días Chauncey no notó nada especial en su rutina de trabajo de no ser que tan sólo sus compañeros habían sido destino de sus palabras. No problem. Podía tener su lógica cuando el verdadero director de operaciones de pista llevaba años en el equipo y parecía poder dirigirlo con los ojos vendados. Pero al mismo tiempo algo se estaba tramando a sus espaldas. O tal vez peor. Algo se había cerrado antes incluso de tomar el avión con destino a Charlotte para disputar allí el primer partido a domicilio, tercero de una temporada de ochenta y dos.

 

Poco antes de tomar el avión Chauncey habló con su padre:

 

- ¿Todo bien?

- No sé qué decirte, papá. Ni Joe ni ninguno de los entrenadores me han dirigido la palabra estos días. Ni siquiera me han mirado a la cara. Es como si no existiera. No sé, me huelo algo que no me gusta...

 

El vuelo a Charlotte no disipó la incertidumbre. Antes bien reinaba un extraño silencio entre todos que se vio acentuado luego de que Antonio McDyess fuera reclamado por los asientos delanteros, donde acompañaban a Joe Dumars su entrenador, el equipo de asistentes y el jefe de relaciones, Kevin Grigg. Antonio regresó al rato a su asiento con aspecto muy serio para no abrir la boca el resto del viaje. Era como si obedeciera a algún tipo de orden de acusada discreción.

 

El avión tomó tierra y antes de que el equipo se dirigiera al hotel, Antonio pegó sus pasos a los de su compañero Chauncey:   

 

- Escúchame. No digas nada. Nos traspasan. Todavía no es oficial pero tiene toda la pinta de que ya está todo hecho. Nos mandan a Denver. En realidad te envían a ti. Yo sólo formo parte del paquete. Lo único que me han dicho es que esté tranquilo. Porque no llegaré a jugar con ellos. Los Nuggets me cortarán y volveré a jugar aquí. Me lo han garantizado. Te lo cuento porque tú no sabes nada aunque me imagino que hoy mismo te lo dirán.

 

Chauncey no contestó. Apretó los labios enderezando aún más su expresión mientras proseguía paso firme en el aeropuerto. Tuvo ganas de preguntar quién llegaba a Detroit. Pero reprimió la pregunta. Qué importaba.

 

Tras la cena Chauncey no podía parar en su habitación. Decidió bajar al vestíbulo y con la cabeza bien alta apostarse unos metros a la izquierda del equipo técnico, que conversaba agitadamente en uno de los salones. En el fondo el jugador estaba esperando a que uno de ellos, de una vez, se le acercara y le diera la buena nueva. O tal vez que alguien le estrechara la mano o le diera un abrazo que, aunque hipócrita, convenía en el trato personal futuro.

 

Pero nadie lo hizo. Y al rato Chauncey subió a su habitación a pasar la noche.

 

En la mañana del lunes 3 de noviembre, día de partido, la prensa deportiva nacional se desayunaba con un titular extrañamente poderoso:

 

ALLEN IVERSON TRADED TO DETROIT

 

 

Pero el titular no había llegado a la habitación de Chauncey, al que faltaban minutos para estar listo de cara a la sesión de tiro prevista por la mañana. Al cabo llamaron a la puerta. Eran Rip Hamilton y Tayshaun Prince, sus compañeros y amigos. Sin mediar palabra comenzaron los abrazos. No había que contar más. Ya era oficial.

 

Lo siguiente fueron unos cuantos nudos en la garganta. Hacía seis años que Chauncey ignoraba el significado de un traspaso. Había conocido hasta tres. Siempre era difícil. Pero esta vez lo era infinitamente más. Y Hamilton y Prince no se lo pusieron fácil.

 

Hamilton parecía el más afectado. Acababa de firmar una extensión de contrato con el equipo y sin embargo sentía que en ese momento le habían traicionado. "Si lo llego a saber no firmo, ¿sabes? Ahora sí que no quiero seguir aquí".

 

Un rato después los tres coincidirían en hacer una llamada desde la habitación. El destinatario ya no era compañero, pero sí amigo.

 

- Ben, ¿ya lo sabes?

- Ya os dije cómo son esos tipos.

 

La siguiente llamada se produciría a solas:

 

- Vuelvo a casa, cariño.

- Estate tranquilo. Te quiero.

- Joder... -ahora sí que cabía derrumbarse- Si son como mis hermanos...

 

La sesión de tiro tuvo lugar ya sin Chauncey, para quien las horas siguientes fueron un apresurar sus cosas camino de Denver. Y hacerlo como un autómata. La despedida, como cabía esperar, fue improvisada, confusa y sobre todo dolorosa.

 

Todo allí había terminado.

 

 

 

 

 

 

 

Esta simple y algo cruel cronología de los hechos ha sido hecha pública estos días por el cronista Tom Friend. El pasado domingo el Free Press de Detroit arrojaba una encuesta entre sus lectores. La pregunta era sencilla: "¿Quién de estos cuatro jugadores desearías que volviera a Detroit?". Había cuatro opciones y tres deportes: Jair Jurrjens, Ryan Mallett, Roy Williams y Chauncey Billups. Uno de los cuatro ganó la encuesta por goleada.

 

Pocas veces los hechos hablan tan a las claras del espíritu de un traspaso. Quien haya tenido ocasión de seguir muy de cerca las evoluciones de los dos equipos implicados, su temporada y avatares, comprenderá perfectamente el porqué tan reciente este recuerdo.

 

El recuerdo de un asunto todavía inacabado.

"Mamá, voy a ser entrenador de baloncesto. Y me apuesto lo que quieras a que algún día ganaré diez mil dólares al año".

 

Así despachaba un mozalbete su futuro hará ahora un millar de años. Porque aunque parezca mentira Chuck Daly fue una vez un chaval. Uno de tantos muchachos inquietos con los ojos bien abiertos y mil pájaros en la cabeza. O tal vez diez mil. Porque más alto se vuela cuanto mayor es el peso de la realidad a la tierra que uno pisa.

 

Antes de que la barba asomara el pequeño Chuck acompañaba a su padre, vendedor ambulante, a recorrer los duros años de la Depresión en la sufrida Pennsylvania. Y cada vez que tocaba a padre soltar uno de aquellos imparables chorros de palabras para poder llevar a casa un puñado de dólares, el pequeño se le quedaba mirando hipnotizado. Un descarnado sacrificio de comunicación que marcaría a sangre y fuego el carácter del muchacho. "Antes de que te comprendan, tienes que comprenderles". Era como si ya en el colegio, donde le granjearon el apodo de Hungry, intuyera que su misión en la vida sería la de convencer a los demás. Convencerles de cosas. De algo con lo que poder avanzar.

 

Chucky jugó al baloncesto, como todos. Porque el baloncesto era el reverso de esa vida. Una vida que aunque joven tenía que ascender haciendo de lavaplatos, vigilante nocturno, cargamuebles, peón de obra, operario en una factoría de cueros y hasta portero de discoteca. Eran tiempos difíciles. Y aunque pronto el trabajo se multiplicaría bajo las piedras, sorprendía la capacidad del joven Chuck por convencer de inmediato a pequeños empresarios, chupasangres y buscavidas de que valía.

 

Lejos de todo aquello el baloncesto era encantador. Un juego también de clientes donde todas las cualidades de padre habrían encontrado sentido. Él encarnaría esa tarea.

 

Estaba decidido.

 

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Si uno observa con detenimiento la carrera de este hombre que acaba de abandonarnos para siempre comprobará cómo resulta imposible concebir una secuencia más paciente, gradual y elaborada en el lento ascender hacia eso que llaman éxito y que alguna vez se convierte en gloria y cima universal. A golpe de episodios genéricos el crono de su inmensa obra marcaría las siguientes horas:

 

 

Jugador.

Entrenador de instituto.

Entrenador de un pequeño college.

Entrenador de otro college.

Entrenador de otro college.

Entrenador asistente en la NBA.

Entrenador frustrado.

Entrenador de proyecto.

Entrenador de primera fila NBA.

Entrenador campeón.

Entrenador campeón.

Entrenador del mejor equipo en la Historia del Deporte.

Padre de banquillo.

Mito viviente.

Hombre retirado.

Muerte.

Figura histórica.

 

 

Y entre el principio y el fin de aquel camino elegido de muchacho, unos sesenta años de pasos. Unos sesenta años dedicados íntegramente a los sujetos reales del deporte de la canasta. Porque Daly, antes que cualquier otra cosa, fue un entrenador de jugadores. Y ya después, cumplido ese propósito, un organizador del juego.

 

"Antes de que te comprendan, tienes que comprenderles".

 

Por cortesía histórica suele ser ingenuamente recurrente perpetuar la memoria de aquellos técnicos a quienes se atribuye la invención de algún tipo de operación táctica con que ser recordados. El Corte de UCLA o el Triple Post son ejemplos que favorecen esta pleitesía general. Tales reconocimientos merecen un gran respeto. A veces el mayor de todos. Pero en el fondo suelen ser casos algo sobredimensionados que ocultan una enorme dispersión de contenido. Influencia sí. Pero ¿dónde? ¿Baloncesto universitario? ¿Profesional? ¿Un equipo propiamente? ¿Unos años de vida?

 

A esta escala de valores escaparía rotundamente Chuck Daly. Su caso sí que permite hablar de absoluta concreción y un destino material de su influjo. Nada menos que la Liga mayúscula. Un escenario profesional, su cuadrilátero y sus legiones. Y una duración tan indefinida como que su fondo perdura hoy y seguramente lo seguirá haciendo mañana.

 

Su trabajo no forma parte de ninguna de esas rollizas obras de vector y diagrama. Ni tampoco su lenguaje resultó nunca indescifrable al común de los mortales. De hecho no pocos recelaron de su conocimiento del juego. "Timing, not ability", decían a sus espaldas siguiendo las futuras palabras del mismísimo Laimbeer: "Sus asistentes sabían más del juego que él mismo". Y sin embargo técnicos y profanos entendieron a la perfección lo que aquel hombre estaba haciendo. Lo entendieron y admiraron en profundo silencio. A tal punto lo harían que de repente su modelo se convirtió en un modelo ejemplar. Algo que alteraría las estructuras de juego de ese Olimpo conocido como el mejor baloncesto del mundo.

 

No se exagera al decir que Chuck Daly constituye la figura de banquillo más influyente en la NBA en los últimos cuarenta años. Acaso la más decisiva desde Red Auerbach. Los entrenadores capaces de extender un misterio en el tiempo, capaces de que su visión de las cosas despierte adhesión general y mueva a la imitación automática se pueden contar con los dedos de una mano.

 

Todo el baloncesto militar de los años noventa, toda esa férrea década de atrincherada isolation, los años de músculo y reducción espacial, la reconversión del juego hacia la industria defensiva, tienen su detonante principal en el trabajo realizado por Chuck Daly en un equipo, Detroit Pistons, que llevará su firma para siempre. Una obra de tal perfección que muy pronto terminaría inundando el paisaje NBA al completo. 

 

A vista de los más críticos Daly pudo hacer del baloncesto un rugby flanqueado por aros. A la de los románticos pudo incluso ser un maldito. Su figura pone fin al sueño narcótico de los años ochenta en plenos años ochenta. Como si enterrase la monárquica bicefalia Celtics-Lakers y aplastara de un plumazo el sueño de una década que había concebido el baloncesto como algo ligero, hermoso y retórico. Un sueño que gracias a él supimos que no era eterno.

 

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Nada de esto habría sido posible de no ser rescatada su vida de un momento terrible, casi definitivo. Chuck estrenó cargo de primer técnico entrada la temporada de 1982 en unos Cavaliers a la deriva. Un equipo que habría acabado con cualquier entrenador en el mundo. Ganó 9 de 41 partidos antes de ser despedido y salir del hotel donde malvivió encerrado durante 93 días.  

 

Más de un año después un inquieto director deportivo en Detroit pensó en él.

 

"Chuck, te he traído aquí -le diría Jack McCloskey- porque confío en ti. Pero quiero que hagas algo por nosotros. Algo muy concreto. Quiero que defensivamente seamos respetados. Creo que a partir de ahí llegarán los resultados"

 

Daly volvió a encerrarse. La ocasión lo merecía. Revisó horas y horas de cintas con el trabajo que Scotty Robertson había realizado allí. Le dio vueltas al asunto y no supo muy bien por dónde empezar. "Realmente no sabía cómo mejorar aquello. Pero respiré aliviado por los dos años de contrato garantizados y la opción a uno más. Tenía tiempo. Y si lo que querían de mí era que mejorara la defensa del equipo, muy bien, I'd work on the defense".

 

Y al poco el equipo pasó de ocupar el pozo de la liga en puntos encajados a convertirse en uno de los más complicados de batir. Un ensayo inacabado que a medida que brindaba resultados era preciso proseguir.

 

La revelación alumbrada en su fuero interno fue la siguiente:

 

"He aquí una liga donde los equipos anotan un promedio en torno a los 110 puntos. Todo esto se reduce en cuanto llegan los Playoffs. Allí los equipos templan el ritmo y ocupan la mitad de la pista en lugar de correrla entera. Bien. ¿Por qué no obligo a mis rivales a replicar en Regular ese baloncesto de Playoffs? Quiero hacerlo. 'By slowing it down, we could frustrate the rest of the league. Our identity is going to be our defense. On offense we want to establish a half-court game that could produce about 100 points a night. Our goal is to play every game as if it were a playoff game'".

 

Daly se puso manos a la obra. Primero resolvió deshacerse de un anotador como Kelly Tripucka. Y trajo en su lugar a un tozudo ralentizador del juego llamado Adrian Dantley. Un extraño escolta que gustaba de postear en los aledaños de la pintura en barrocas orgías de fintas y faltas. Su abusivo número de tiros libres permitiría dosificar las piernas del resto en beneficio de la energía defensiva.

 

Isiah Thomas compensaría la baja de Tripucka. Al igual que un termostato de banquillo de nombre Vinnie Johnson. El equipo contaba además con un interior no especialmente dotado para nada, Bill Laimbeer, que encontraría su pleno sentido precisamente en la elevación al primer plano de los más viles y eficaces subterráneos del juego.  

 

Pronto se sumarían otros ejemplares que harían del proyecto el más definido de la historia. Rick Mahorn, un terrible enforcer que parecía reencarnar la figura de Mo Lucas. Joe Dumars, un silencioso perro de presa que incluso ocultó en el draft sus fabulosas virtudes ofensivas. Dennis Rodman, un inclasificable ejemplar que haría de la molestia un arte. Y finalmente James Edwards y John Salley, complementos de indefinida pero material versatilidad interior. Todos juntos  se pusieron a rodar. Y todos juntos se convirtieron en un rodillo.

 

En la primavera de 1988 la legión que Daly procesó en un sistema de incesante rotación e insultante democracia acabó definitivamente con la era Bird en el Este. En realidad el equipo de Detroit acabaría con el Este al completo durante cinco años. Los Pistons redujeron en 14 puntos a los Celtics y hasta en 23 a los Lakers en la conquista de sus primeras Finales. Primera y última derrota. Los dos años siguientes la entera NBA fue cómodo y hasta burlesco pasto de aquel equipo monstruoso. Los ochenta habían muerto.

 

 

 

 

 

 

Era el justo logro de un equipo total antes de que el baloncesto se rindiera a los pies de Michael Jordan.

 

Hasta entonces el curso de la NBA no había conocido una proposición defensiva equiparable a la de aquella escuadra de acero. Pero contra lo que la Historia se empeña en recordar, el equipo de Detroit atacaba la canasta rival con una maestría incluso superior a todo modelo precedente.

 

Era en conjunto un bloque perfecto.

 

Sin saberlo Detroit iba a cortar la Historia en dos. Una prolongada era en la que los jugadores miraban al aro y otra en la que los jugadores comenzaron a mirarse entre ellos. A recelar muy seriamente del camino que conducía a canasta. Era nada menos que el Fin de la Inocencia.

 

En adelante el principio defensivo sería ya religioso. Y la década posterior se convirtió en una batalla generalizada por emular aquel modelo, configurando en poco tiempo un panorama militar como el baloncesto no había conocido. Los Knicks del ecuador de la década o los Heat de finales replicaron de manera sinverguenza las principales fortalezas del modelo Bad Boy pero sin alcanzar ni remotamente ni el equilibrio ni la excelencia ofensiva de los muchachos de Daly.

 

Así no fue de extrañar que la más importante misión encomendada jamás a técnico alguno fuera a parar a sus manos. El ensamblaje del mejor equipo de la Historia y su exposición al mundo en unos Juegos Olímpicos era tarea de aquel hombre al que todo jugador parecía respetar.

 

El Dream Team no fue un equipo al uso. Fue la joya de la corona. La más hermosa cima del más hermoso Deporte. En el fondo tampoco interesaba la esperada secuencia de victorias ni el abultado margen de cada una de ellas. Fue la cumbre a cien años de Historia. Una fiesta universal. Y sobre aquellos doce apóstoles un padre al que ninguno cuestionó un solo minuto de juego ni una sola formación diferente. Todo rodó de tal forma que Daly no pidió un solo tiempo muerto. Bastaba una mirada fulminante de aquel hombre que siempre mantenía inclinado hacia delante el rostro y cuya visión, in situ o a través de pantalla, desprendía un irresistible calor, para entender que la fiesta tenía también su trabajo. Porque no procedía que la perfección flaqueara. Y el mundo era testigo.

 

 

 

 

"Mira, yo no estoy tratando con 12 hombres. Estoy tratando con 12 compañías. Cada uno de esos tipos es el presidente de su propia compañía. Cada uno genera centenares de millones cada año. En consecuencia te toca tratar con el presidente de cada una de esas compañías. A diario. Siempre".

 

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Sobre sus días en Detroit escribía hace unos días Krista Jahnke: "He had a collection of athletes who would frighten almost any coach working today". La reconocida adhesión que despertaba su presencia y psicología en su entorno queda incluso dramáticamente retratada en el intento de suicidio de Dennis Rodman cuando Daly, el padre que el joven nunca tuvo, ya no estaba junto a él. "He gave us the freedom to play", señalaba Isiah Thomas, a quien Daly llegó a dar un día libre por la rabia contraída por el jugador a causa de una dura columna contra él. "Si estás mal lo estás. Ellos te cubrirán". Preguntados Laimbeer, Mahorn y Thomas sobre la posibilidad de haber conseguido lo mismo sin Daly a su lado, la respuesta fue no.

 

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Un buen día Daly se retiró. Y todos sabían que era uno de los cinco únicos entrenadores de la historia en repetir título en la NBA. Y sin embargo nunca fue galardonado con el premio al mejor entrenador del año.

 

Porque su legado no cabe en un galardón. Un premio recoge lo hecho en unos meses precedentes que empaquetar como regalo. Pero no hay premio posible ni justo para quien extiende su creación en el futuro. Para quien extiende su creación sin fin.

 

El año pasado la NBA coronó a Boston Celtics. Habían pasado 18 años desde el último anillo de Daly. Pero en aquella comunión verde a lo largo y ancho del año había mucho del Daly Planet. Como también lo hubo en todos y cada uno de los anillos de San Antonio. Es como si cada vez que emergiera un bloque de acero hacia la conquista del título luego de haber desplegado al máximo nivel democracia y autoridad, sutileza y castigo, retórica y mecánica, y todo ello en fraternal armonía, remontara inextricablemente a aquel modelo original de Daly cuyo legado puede que nunca llegue a su fin.

 

"Win a championship. There's no feeling like that in sports. It lasts forever".

 

Como su memoria. Porque todos los años el baloncesto NBA contempla un nuevo campeón. Pero el día que no deba nada al legado de Daly será que el baloncesto habrá conquistado un territorio que hoy, todavía hoy, el mundo ignora.

 

Descanse en paz el hombre que lo cambió todo. 

07/05/2009

Han pasado ya unos días y qué difícil olvidar. De las miles de lecturas abiertas al término de la serie entre Boston y Chicago, bien vale la pena rescatar una muy personal que toca al grupo de jugadores eliminados. Tal vez al menos eliminado de todos.

 

En un periodo muy corto de tiempo pocas cosas tan atractivas como lo inesperado. Y sobre ello nada más fascinante que asistir al despertar, posiblemente el nacer de un jugador que de repente sugiere maneras de único y que responde al nombre de Joakim Noah.

 

Un espectador que se asomara a Noah por primera vez en esa serie estaría completamente engañado. Y también lo estaría quien le hubiese perdido de vista tras la Final Four universitaria de 2007 que coronaba un doblete para Florida. Uno y otro estarían engañados. Y mucho. Porque hasta hace nada Joakim Noah encarnaba como nadie la más peligrosa de las incertidumbres. La misma que asola a Adam Morrison y que insinúa el estigma No NBA Player.

 

Decía Jon Greenberg que el deporte profesional padece de cierta laminación que lo convierte en monótono, previsible y hasta aburrido. Que faltan protagonistas de cierto resplandor personal y genuino. Esto lo decía al quedar, como quien suscribe, completamente erotizado por el despliegue mortal de energía y baloncesto de Noah en este final de temporada. De cómo ha sido posible no importa. Únicamente importa el sido. Y mucho.

 

Primero fue la etiqueta. Noah llegó a la NBA como doble campeón universitario. Después el perfil. Lo hizo como complemento interior. Y ya por último como enigma. Porque Noah era la ecuación cuya incógnita nadie sabía resolver. Uno de esos jugadores que parecen representar, más que el baloncesto de college, la vida universitaria y su ingenua creencia de eternidad. Así no eran pocos los que anunciaban su fracaso. El vaciado de su utilidad en la jungla profesional.

 

La realidad no los desmintió. Antes de poder hablar del deportista se hacía de ese extraño joven de pelo ingobernable. Porque Noah pasó a formar prioritaria parte del malogrado grupo de jugadores que incendió un vestuario y que acabó sucesivamente con Scott Skiles y Jim Boylan. Un equipo que venía de barrer a los campeones y del que se esperaba todo. Pero que bien al contrario se precipitó a la dinámica de la derrota y terminó condenado a la autodestrucción. Unos meses de disturbios donde la imagen peor parada era la del inclasificable Noah. Fue suspendido por un calentón verbal con el asistente Ron Adams. También lo tuvo con Ben Wallace. Y cuando el vestuario votó lo hizo en su contra. Culpable. Sólo su condición de novato salió en su ayuda. Pero la temporada roja había resultado un fracaso y Noah el perfecto ejemplo de inadaptado.

 

Un amigo personal lo definió con acierto: Joakim es una anomalía social. Hijo de una díscola estrella del tenis y una mujer de pasarela su existencia está marcada por el crisol cultural del New York que lo vio nacer y la incesante itinerancia de sus progenitores. Por sus venas corre sangre francesa, sueca y camerunesa. Por su carácter, una educación de altos pagos todavía más ecléctica que une tradición europea y alegría americana, jazz y rap, libros y juego. Y sobre todo, viajes. El pasado verano Noah puso los pies en Hawai, Las Vegas, Miami, Francia y Suecia. Noah devora el mundo como quien coge el metro. Aunque tal vez se tratara de olvidar un mal curso. Y algo todavía peor. Una fiesta, un poco de alcohol, otro de marihuana y un poli que lo descubre. Él creía estar haciendo algo normal, como si aún siguiera apostado entre amigos en el césped del campus. El mundo no. Y así Noah volvía a las portadas de infamia y su futuro al borde del precipicio.

 

Tras el verano Vinny Del Negro era la nueva oportunidad de relanzar el equipo. Y sobre todo un explosivo novato número uno del draft llamado Derrick Rose. La temporada rodó con otros aires y todo calmó notablemente a pesar de ciertos altibajos. Sólo que en enero un último episodio, esta vez en Cleveland y con una acción de lo más cotidiana terminó con un salvaje "¡Qué cojones dices!" a cargo del Txapu Nocioni que resonó en todo el Quickens y que tenía por destino al propio Noah, otra vez suspendido. Era como si una vez más el joven alero estuviera en el disparadero de los males de vestuario. Como si el respeto de los suyos le eludiera una vez más poniéndole de nuevo bajo sospecha.

 

 

 

 

Una sospecha que por fin comenzaría a disipar la silenciosa y creciente solidez de su juego. Un papel como más definido que terminó de encontrar barra libre en el traspaso del argentino a Sacramento y la llegada a Illinois de Brad Miller y John Salmons.

 

En las ultimísimas semanas de regular, cuando Chicago enfilaba 12 victorias de 16 posibles, Noah ya venía avisando. 11 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias a Charlotte; 11 puntos y 13 rebotes a Detroit y, sobre todo, un increíble 20 de 26 en tiros de campo. Al poco reconocía sentirse cómodo en un sistema de juego que parecía por fin entenderle. Todo encajaba.

 

Pero tal vez nadie esperaba una orgía ni remotamente similar a su estallido ante los vigentes campeones en siete partidos que no olvidar jamás. De repente Noah se incendió como jugador, encarnó el alma más visible de la batalla roja e incluso parecía suspirar por la presencia de Powe y Garnett. Pese a promediar por momentos más de un rebote por minuto su producción de juego quedaba fuera de la estadística que no terminara reflejada en el marcador del pabellón. Noah protagonizó planos de gloriosa emoción, instantes de superlativa épica y coronando todo ello la jugada de la serie. A tal extremo alcanzó su influjo que el segundo cuarto del partido decisivo fue una súplica desesperada del perímetro de Chicago por enviarle balones que no le correspondían camino de su hábitat ideal, los aledaños del aro.

 

Fue como si en pocas semanas Noah hubiese alcanzado un nivel por el que tanto tiempo luchó Varejao. Un rendimiento extraordinario. Un grado diez sobre diez y un nivel que de mantener -señalaba Bob Horse- haría del desgarbado francófono uno de los diez mejores defensores de pintura del mundo. Incluso el siempre controvertido Sam Smith se sumaba a la fiesta sorprendido de que sus Bulls hubiesen resucitado una figura que renovara el recuerdo de Tom Boerwinkle, Clifford Ray o Nate Thurmond.

 

No es que la prensa se rindiera por fin a Noah. Es que Noah ha rendido a todos a la evidencia que él mismo ha disparado más allá de todo límite previsto.

 

Chicago entonces está de enhorabuena. Y Noah aparece como uno de los principales motivos. Un motivo todavía enigmático porque de tan extraordinario el nivel cabe preguntarse cuál será su continuidad en los Bulls de 2010 y siguientes.

 

Decía el mismo Greenberg que ver jugar a Noah era como lamentar las torpes carreras detrás de un balón de un aprendiz de futbolista. Y es que Noah, en su carácter como involuntariamente rebelde, huye de principio a fin de cánones estéticos. Su aspecto no es hermoso. Su baloncesto tampoco. Y sin embargo nada más hermoso que un jugador absolutamente genuino a quien Derrick Rose definió con genial sinceridad: "That's Jo. All energy, giving his all".

 

Porque con Noah tiene uno la sospechosa impresión de no caber término medio. Y que sólo le valdría el elogio mayúsculo sobre el precepto 'giving his all'.

 

Por eso lo que ahora cuenta no es lo que Noah ha sido. Lo que cuenta es lo que por fin parece que quiere ser. Ese es el jugador que acaba de nacer. El espíritu libre y genuino que Greenberg añoraba. Un ejemplar único en su especie.

Ningún equipo ha consumado mejor curso que los Cavaliers y ninguno lo ha terminado con menos dudas. Ellos mismos han respondido a aquella incómoda pregunta que a finales de noviembre formulaba si eran los de Ohio el mejor equipo del mundo. Cinco meses después nadie ha acumulado más méritos para responder con un rotundo sí. Pero un sí, mucho ojo, hasta la fecha.

 

Las cifras del grupo formado en torno a LeBron James asustan: 66 victorias, 39 de ellas en casa con un promedio a favor en torno a los 14 puntos. El mejor registro frente a equipos del Oeste es suyo (26-4) así como el mejor diferencial y el menor número de puntos encajados de toda la liga. Más allá de los poderes numéricos, de una fortaleza aplastante, el equipo de Mike Brown ha logrado encontrar una perfecta armonía que arranca en el vestuario y alcanza a la práctica totalidad de aspectos del juego. A la espera de sumar de una vez a Ben Wallace tienen al equipo al completo y sobre todo, muy sobre todo, cuentan con el jugador más decisivo del planeta.

 

De las cientos de lecturas habituales tras 82 partidos convendría destacar una abrumadora. Los Cavs acumulan un 55-3 cuando lideran el marcador al término del tercer cuarto. Algo que no tendría una importancia desmedida de no haber sellado buena parte de esos triunfos en un tiempo récord, como si les sobrara partido. Así los veteranos, incluido un LeBron con el menor minutaje de su vida, llegan frescos al momento de la verdad.

 

Cleveland reúne en conjunto tres valores impagables: estructura, armonía y, como destacaba John Krolik, muy por encima de ambas, hungry

 

Los Cavs no son nuevos en su candidatura al anillo. Desde 2006 representan el alumno más tozudo en esa aspiración hacia el título, un camino que históricamente hace de antesala a la gloria final. Alcanzaron las Finales de 2007 y el año pasado fueron el más duro rival de los vigentes campeones. Si no fuera por el prudente respeto que merecen los Celtics, se diría sin pudor que son los Cavs el principal favorito y el verdadero equipo a batir. Un equipo plenamente maduro para el anillo. Y eso incluye la prudencia de recordar el desgraciado ejemplo de Dallas hace ahora dos años. 

 

Todo lo que esté por encima del 85 por ciento de la regularidad ofrecida hasta ahora debería bastarles para culminar el camino con éxito, un camino que no se inició el pasado verano con la incorporación de Mo Williams, sino hace exactamente seis años en una noche del draft. Es como si los Cavs estuvieran a pocos peldaños de su primera cima, exactamente la misma alcanzada por los Bulls de 1991, los Rockets de 1994 o los Spurs de 1999.

 

Un momento decisivo que sólo el anillo puede ratificar.

 

 

 

 

 

 

Son días, horas, que se repiten como un rito año tras año. El momento en que las páginas de prensa de todo el mundo corren a ser invadidas por previas y más previas de lo que, al parecer, ofrecerán los playoffs. Y convendría esta vez rescatar aquella acusación de Joey Litman hacia la NBA como una de las competiciones deportivas de solución más conservadora. Mucho partido de fogueo para que al final unas pocas balas disparen de verdad al anillo. Y muy posiblemente este año, especialmente este año, haya menos balas que nunca y el anillo sea cosa de tres. Salvo sorpresa, y mayúscula, todo indica que uno de estos tres equipos alzará el trofeo de campeones a mediados de junio (orden al azar):

 

 

Boston Celtics

Cleveland Cavaliers

Los Angeles Lakers

 

 

El Oeste ha decepcionado un año más. Decepción porque el curso pasado, por la sola razón de que separaban al primero y octavo únicamente siete victorias, se aguardaba una postemporada poco menos que histórica. Una esperanza frustrada en apenas dos semanas. La superioridad exhibida por los Lakers en su trayecto hacia las Finales y la falta de un rival de entidad que les opusiera resistencia hizo de la batalla del Oeste una mera formalidad de un mes de duración.

 

Este año la igualdad en ese lado vuelve a rescatar su rostro más aparente.

 

Un aficionado angelino debería estar seguro del camino abierto para que los Lakers repitan presencia en las Finales. Pese a los últimos tropiezos (especialmente dolorosa la noche de Portland) no hay en todo el Oeste un volumen de recursos comparable al que concentra el Staples. Lo curioso del segundo mejor equipo del año es que, tal y como apuntaba Mark Heisler, aún no conocen estos Lakers su pico de competición, su cien por cien de potencial. Ni siquiera en el 11-1 tras la lesión de Andrew Bynum, con el que ahora vuelven a contar, supuestamente, a jornada completa. De ahí el oportuno subrayado de Hollinger al decir que nada más importante ahora que una plantilla sana. Y tarde o no, la angelina lo está. Incluso más que Cavs y Celtics, a quienes derrotaron en la gira más fantástica que haya realizado equipo alguno este curso.

 

Otra cosa es el tan trillado cansancio de la terna formada por Kobe, Pau y Fisher. Una acusación de la que el primer descreído es el propio Phil Jackson.

 

Tampoco deja de ser cierto que sigue contando el Oeste con equipos que pueden dificultar ese camino de los Lakers hacia la última serie del año. Pero dificultades que se adivinan en última instancia menores; equipos, en los términos empleados por Hollinger, "good enough to make some noise" y poco más.

 

Un equipo joven como Portland puede dar el año por cerrado con lo hecho hasta ahora. Los Blazers han cumplido al modo de los Sonics de McMillan de 2005: una Regular sobresaliente para soñar con logros futuros y no presentes. Igualmente los mejores Nuggets desde 1976 no parecen aún capacitados para liquidar a los Lakers en una serie a siete partidos. El caso de los Spurs es, de todos, el más desolador. El adiós de Ginobili grava todavía más a un sobrecargado Parker y deja en manos de un Duncan mermado el milagro de convertirse en el rival de entidad que hasta ahora se creía único en el Oeste. Dicho en claro: San Antonio sano era la única alternativa real a Los Angeles.

 

Los Hornets, a la espera de sumar a Chandler y Posey al cien por cien, pasan por una irregularidad manifiesta y quedan a un nivel remoto al del año pasado. Finalmente Rockets, Mavericks y Jazz constituyen la tríada de "tapados" que podrían reventar una ronda de apuestas. Pero difícilmente tres.

 

En definitiva, no han conocido los Lakers post-Shaquille un año más favorable para alcanzar las Finales que éste de 2009. Todo lo que no sea estar vivos en el mes de junio habrá resultado un fracaso.

 

Entretanto los aficionados de Boston andan algo preocupados. Razón por la que escribanos verdes como Robb o Spears han tratado estos días de levantarles la moral recordándoles, entre otras, que la desastrosa noche de Cleveland:

 

  • Tuvo lugar sin Garnett ni Powe.
  • Que una debacle de ese tipo es imposible que se repita.
  • Que los Cavs sufrieron algo parecido hace bien poco ante Orlando.
  • Y que la forma (algo humillante) en que la derrota se produjo es la mejor motivación que pueden encontrar estos Celtics.

 

Habría también que recordarles más cosas. Ante todo el mayor símbolo de todos, al que se aferran como un mantra: el título es suyo mientras nadie lo arrebate. Tal y como reconocía LeBron James: "Until you knock off the NBA champs, that's the team to beat".

 

No vale olvidar el mayor valor de los Celtics: ser una armadura tozudamente diseñada para estos dos meses de batalla. Su mentalización y recursos, aun sin estar al completo, les convierte en el equipo más difícil de batir en una serie a siete partidos. Sin duda el más peligroso. Y que hasta la última colisión prevista ante los Cavs contarán con la ventaja campo. Ganar en Boston en plenos playoffs sigue siendo, para cualquier equipo del mundo, una de las tareas más complicadas.

 

Ahora bien, los aficionados verdes tampoco son ingenuos. Saben, como apunta estos días todo análisis, que cualquier posibilidad de reválida pasa de principio a fin por Kevin Garnett. Por contar con él en unas condiciones que alejen de una maldita vez ese espectro que ha dado apenas ochenta minutos de pista desde el All Star.   

 

Se suma a ello la aparente dificultad que puede encontrar ahora Doc Rivers para seleccionar la rotación con que afrontar estos dos meses, mucho más compacta y definida por estas mismas fechas el año pasado. Pero incluso sin Garnett, o al menos a ese 75 por ciento que suplicaba Paul Pierce, el producto acumulado por Powe, Davis y Moore puede ser suficiente para alcanzar las Finales del Este. De esta previsión se ausenta a los Magic por dos razones: una, la desventaja campo, y dos, el principal y casi único agujero por el que hacen aguas. Entre ese brillantísimo perímetro y Howard sigue sin haber, como acertaba a recordar Zach McCann, un solo enforcer. Orlando muere, como Toronto estos años, por exceso de ecología.

 

Con Boston ocurre que a medida que avancen las semanas se irán haciendo más fuertes. Conocerles a fondo obliga a pensar que ganarán en confianza hasta alcanzar el punto culminante que podría atestiguar un séptimo partido para la historia en el Quickens. Un momento tan decisivo que abriría de repente tres cuestiones sencillamente apasionantes:

 

 

¿Arranca la Era James en 2009?

¿Sobreviven los Celtics campeones?

¿Cumplirá Kobe el sueño del anillo sin Shaq?

 

 

En definitiva, es como si el anillo de 2009 no abriera ninguna otra pregunta.

 

Ninguna salvo sorpresa.

 

Pero no una cualquiera. Sino una de las que abren página dorada en la Historia de la NBA.

 

De los miles de enviados a Pekín el pasado verano pocos tan intrigados como los americanos en descubrir a esa joven perla blanca sobre la que circulaban fantásticas historias y sobre todo una que hablaba de cierta similitud. Uno de ellos, Scott Ostler, del San Francisco Gate, incluso reconoció experimentar una especie de visión en cuanto Ricky Rubio hizo acto acto de presencia ante sus ojos: "¡Dios mío, es Pistol!". Pero ni Ostler había sido el primero ni el único en exclamar algo así.

 

De un tiempo para acá domina el espacio siempre vivo de las comparaciones una que vincula a Ricky Rubio con Pistol Pete Maravich. Esta analogía nació de un irresistible parecido físico y se extendió como la pólvora convirtiéndose en un fenómeno que ratifica la velocidad a la que se desliza hoy la información sin encontrar ninguno de esos muros de resistencia que añoraba Umberto Eco y cuyo objetivo sería separar el grano de la paja, la anécdota de lo importante, la realidad de lo aparente y en última instancia la verdad de la mentira.

 

La literatura deportiva americana, tan rica y extensa que centuplica por sí sola en volumen a la del resto del planeta, gustó especialmente siempre de tres grandes campos de emoción: la glorificación de la épica, la mitología de la tragedia y la analogía. Este último campo, el más especulativo pero igual de fascinante que los otros dos, consiste en una primera fase en averiguar los precedentes y semejanzas de los deportistas que antes comienzan a despuntar. En una fase más madura y numérica el juego de la analogía se acerca algo más a la ciencia que busca enfrentar a los mejores en interminables y complejas listas. Marty Blake es un digno ejemplo de lo primero y Neil Paine de lo segundo.

 

Sin embargo el maridaje Rubio-Maravich no pertenece en rigor a ninguno de esos campos. Y si no fuera porque los niveles de obsesión incluso complican encontrar referencias a Rubio sin la compañía del mito de Louisiana despacharíamos el asunto como parecido razonable. Pero es que el fenómeno se ha escapado de las manos y forma ya viva parte de toda esa esotérica iconografía que tanto seduce a la industria de la información. Al extremo de haberse instalado cómodamente una metáfora que observaría a Ricky Rubio como la reincarnation (Ostler) de Pistol Pete o directamente como el Spanish Pistol (Michael Lee, Washington Post).

 

Suponiendo que la prensa de cada lado del mundo conozca bien a lo suyo da la impresión de que los americanos suspenden en el conocimiento de la figura española del mismo modo que la europea lo hace en el recuerdo de Maravich. Por eso se viene a denunciar aquí precisamente lo contrario: que Ricky Rubio y Pete Maravich no guardan el menor parecido, o mejor sería decir, que representan dos patrones bien diferentes de juego cuando no directamente opuestos.

 

En el origen está el problema. El inmenso atractivo de los dos pilares que han sustentado y favorecido la metáfora se resume en:

 

  • La semejanza física. La sorpresa de Ostler es universal y nadie sería capaz de encontrar las siete diferencias en el cuadro que él mismo describía: "Same long (Maravich was 6'5", Rubio 6'4"), skinny, loose-jointed frame; same slouchy, lazy-shuffle walk; same dark, mop-top hair, same prominent nose".

 

  • El componente mágico del juego. Todo ese espíritu irracional que en términos creativos separa a los jugadores cotidianos de los jugadores geniales. Acertaba Travis Heath (Hoopsworld) al decir que ambos comparten la propiedad de instintos que no pueden ser enseñados.

 

De la primera nada que objetar. Seduce hasta la fantasía que un adolescente de origen remoto con pintas de revolucionarlo todo guarde tan increíble parecido con un revolucionario maldito muerto joven y sido leyenda. Pero incluso el segundo punto resulta, para suerte del baloncesto, demasiado disperso. Las acrobacias de Michael Jordan, la enigmática sensibilidad visual de Larry Bird o el resplandor en los subterráneos del juego de Dennis Rodman tampoco pertenecen al terreno de la academia. Y sin embargo todos ellos fueron bien distintos; emplearon un idioma diferente en el lenguaje del baloncesto.  

 

 

 

 

 

 

Pete Maravich era, ante todo, un anotador compulsivo y un sujeto tocado por una divina relación con el aro, lo que relegaba a su entorno a un segundo e incluso tercer plano. En el caso de Rubio parece haber también una relación divina. Pero no con el aro, sino precisamente con su entorno, al que sitúa en un absoluto primer plano. Por eso Rubio no es ni un anotador ni un jugador especialmente dotado para el tiro a canasta, aspecto por el que Maravich pasaría a la historia como Pistol. Es la decisiva diferencia entre el que dispara y el que suministra fusiles.

 

Sorprende igualmente que la segunda analogía más vinculada a la figura de Rubio, de especial gusto en la Europa no española, sea la de Drazen Petrovic, como si también se le buscara en el viejo continente un replicante de Maravich, lo que duplicaría los mismos errores en los dos espejos. Y no deja de ser curioso que fuera un cronista americano, Alexander Wolff, quien despachara con mayor acierto el asunto Petrovic insinuando que lo único que tal vez compartan ambas figuras en su sangre deportiva sea la "mediterranean expresiveness" explotada a edades muy tiernas. El mismo Wolff fue autor de un trazo genial al sugerir que las siglas ESP que calzaba Ricky en la camiseta en Pekín no correspondían a España sino a su principal huella dactilar: Extra-Sensory Perception.

 

Es indudable que Maravich y Petrovic tenían mucho de ESP. Pero el pacto que ambos mantenían miraba exclusivamente al aro y rara vez a los compañeros. No así el joven Rubio, comprometido casi antes que con los compañeros con las ventajas. De hecho Pistol y Drazen, figuras algo sociópatas, compartían en el superlativo dominio de balón y esa terca vanidad de los que se saben superiores, un pequeño espacio reservado para el pase terminal o dramatic pass, mejor cuanto más brillante. Es decir: compartiendo los tres una formidable capacidad de pase la realidad de aquellos dos exhibía un manifiesto desequilibrio. Un pase genial por cada cien canastas.

 

Pero en ningún área se observa una brecha mayor que en el instinto defensivo, aspecto completamente esterilizado en Maravich (y el croata) cuando en Rubio puede ser una de sus virtudes más sobresalientes. Ninguna cualidad sorprendió más al ojo americano que la precocidad de Rubio para molestar con éxito el ataque rival. De ahí que Wolff recordase la figura de Walt Frazier y Bill Simmons la de Scottie Pippen.

 

Sorprende más la persistencia de la imagen cuando Lang Whitaker, el pionero en universalizar la figura de Rubio, fuese el primero en objetar la comparativa con Pistol. Para mejor situar a sus lectores Whitaker esbozó un perfil de Rubio mediante analogías mucho más honestas. A su juicio la visión de juego de Ricky remite a Jason Kidd, su dribbling a Steve Nash, su defensa a Gary Payton, la longitud de sus brazos a Rajon Rondo, su fisonomía atlética a Rip Hamilton, su distancia con los bases rivales a Steve Smith y, en conjunto, el genio del joven Magic Johnson. Un cuadro, en definitiva, más acertado pero mucho menos comercial que la cosmética referencia a Pete Maravich.

 

Y puede que en el fondo no haya ninguna diferencia mayor que la más simple de todas: por definición Rubio pertenece a la rara estirpe de jugadores -y no posiciones- capaces de dominar un partido sin lanzar a canasta. Algo así era sencillamente imposible en Pete Maravich, un absoluto genio de todo ese baloncesto que arranca y termina en las mismas manos. Maravich era una pasión técnica. Rubio, una pasión táctica.

 

De acuerdo en lo bonito de las referencias a Maravich. Pero no más allá de un bonito parecido razonable.

 

Pensar lo contrario es hacer flaco favor al chaval. Y de seguir inflando las cosas, las expectativas que América podría situar sobre los endebles hombros de Ricky Rubio podrían acabar en mayúscula decepción. Y todo porque se le confundió con la persona equivocada.

De la fascinante terminología del mundo del misterio maravillan los llamados ooparts (out-of-place artefacts), literalmente objetos fuera de lugar y tiempo, pruebas que no parecen pertenecer al hogar cronológico en el que fueron descubiertas. Piezas que vulneran la delicada línea evolutiva y burlan el sentido de la Historia. Un reloj suizo dentro de un sarcófago egipcio o la huella de un homínido en un estrato de unos sesenta millones de años forman parte ejemplar del universo oopart. Ampliando las miras tal vez el vuelo de Bob Beamon en México siga siendo lo más cercano a un oopart que el mundo del deporte haya conocido.

 

Para que en la arqueología del baloncesto encontrásemos ooparts tendríamos que incendiar el imaginario a extremos fantásticos: el hallazgo en un gimnasio de la YMCA de una canasta retráctil de soporte hidráulico y tablero de fibra de vidrio fechada en 1915, o un mate similar al que sirvió a Jason Richardson para hacerse con el título de 2003 atribuido en 1927 al alero de los Arcadians, Joe Wallace. Incluso no es necesaria la fantasía. Para no pocos Wilt Chamberlain bien pudo ser un oopart.

 

Se supone que el deporte vive de una sucesión de acontecimientos escritos en sentido ascendente. Lo primero que la Historia enseña es que los diversos cuadrantes tienden a ser superados en el curso del tiempo. Un tiempo que nunca es poco. Hasta llegar a la robótica precisión de Korver o Kapono fueron necesarias sacrificadas generaciones de brazos aplicados, billones de tiros y calorías y sobre todo tiempo, mucho tiempo, todo el tiempo necesario para ir derribando barreras y conquistar los territorios no sidos. 

 

Así la noción de lo prodigioso ha variado con el paso de los años. En la década de los veinte un par de aciertos seguidos de Barney Sedran desde seis o siete metros era suficiente. En los sesenta los vuelos al mate de Elgin Baylor o Cazzie Russell se creían atléticamente insuperables, como hoy pueden observarse los 13 puntos en 35 segundos de Tracy McGrady. Lo prodigioso es un listón que el tiempo no deja de elevar.

 

Sin embargo en el otoño de 1967 el pequeño Memorial Auditorium de Dallas fue testigo de un episodio que, en rigor, no pertenece a esta lógica de acontecimientos. No al lento ascender de las cosas increíbles. Uno de esos sucesos que de tan inesperados e improbables sólo pueden calificarse, con toda la fuerza original del lenguaje, de milagros. La competición en la que tuvo lugar no fue la NBA, sino la entonces recién nacida ABA, un experimento arrojado a la Historia completamente desnudo.

 

En la práctica la ABA nunca terminará de escribirse. Pero sobre el papel nació con muy pocas prendas, la más innovadora de las cuales era eso que hoy conocemos de sobra y llamamos triple.

 

La canasta de tres puntos había sido idea recurrente en pequeños sectores de vanguardia durante los años cincuenta. Un trasunto de salón del que Howard Hobson, entonces técnico de Yale, se confesaba casi en privado abiertamente devoto. Una idea que tan sólo la audacia de Abe Saperstein pudo materializar en la experimental ABL de 1961. Pero una idea que hasta la aparición de la ABA no vino para quedarse y alterar el curso del baloncesto para siempre.

 

Aquel lunes 13 de noviembre el triple contaba con un mes de vida, un tiempo demasiado corto para verle salir los dientes. Pero al menos despuntó uno, el primer triplista que pudo conocer el mundo: el pequeño base de Anaheim Les Selvage. En aquellas primeras semanas sólo él anotaría más triples (4+4+5+6) que el resto de equipos de la liga, lo que indicaría que aun en la ABA el triple no era inicialmente más que una anécdota, o como creía Gottlieb, el suicida recurso de los perdedores por la remontada.

 

Aquel día los Chaparrals de Dallas recibían a uno de los mejores equipos de la competición, Indiana Pacers. El partido respondió al habitual guión de aquella liga durante sus nueve años de vida: ataques ligeros, muchos puntos y poco público. Pero de repente, sin que terminara el partido, el guión abandonó el mundo real.

 

Todo sucedió muy rápido. En los últimos segundos y con empate a 116 atacaba el equipo de casa hasta que Johnny Beasley anotó una suspensión corta desde un lateral que puso el 118 a 116 para los Chaps. El reloj reflejaba un segundo. Pero en esos momentos que suceden al acierto decisivo a nadie parecía importar aquel residuo del crono. Un segundo no era entonces más que eso. Así que público y jugadores, en especial Cliff Hagan (capitán y entrenador de los Chaps) y Charlie Beasley, celebraban abiertamente la victoria.

 

El instinto movió entonces a Oliver Darden a capturar el balón y acudir cabizbajo a la línea de fondo para realizar un último saque que agotara el tiempo y sellara la derrota. Igual impulso movió a Jerry Harkness, casi pegado a Darden para recibir el saque de la nada. De hecho únicamente les separaba una cosa: la línea de fondo.

 

Harkness ocupaba entonces una posición intermedia entre la línea y el tablero, que el jugador observaba a su izquierda. De manera que, más que pasar el balón, lo que hizo Darden fue entregárselo en mano. En el mismo instante en que lo hizo, Harkness giró sobre sí mismo y con su brazo derecho describió una parábola al modo de los lanzadores de disco arrojando el balón hacia el otro lado del pabellón con anárquica rabia y toda la fuerza de que fue capaz. Mientras el balón no había alcanzado su máxima altura el clamor de la bocina invadió el recinto, un recinto todavía presidido por un objeto volante de órbita imprevista.

 

Una órbita que parecía escrita en el aire. Porque mil años después aquel balón acabó golpeando el tablero rival y colándose en la canasta con increíble violencia.

 

Era imposible. Pero el lanzamiento de Harkness había entrado.

 

Los apenas dos mil espectadores del oscuro Auditorium formaron un silencio repentino, como si algo extraño, ajeno al mundo conocido, hubiese descendido de los cielos.

 

Acto seguido, la confusión.

 

 

 

 

 

 

El árbitro principal del encuentro, Joe Belmont, a caballo entre la formalidad y el instinto, acudió a la mesa de anotadores consciente de que él era el único juez de lo que todos acababan de contemplar. Cabía a todos ellos la pasiva perplejidad. A él en cambio el incómodo turno de la decisión. Al cabo dio media vuelta y de cara a los jugadores hizo un gesto de validez acompañado por un simple: "It's over". Su camino a la mesa había servido al menos para que alguien informara de la sentencia a todos los presentes. Lo hizo el speaker del pabellón en unos términos hoy en día impensables: "The basket is good. Because it was from behind the three-point line, it counts as three points. Pacers win, 119-118".

 

Los ecos recogidos en la prensa en los días siguientes remitían con increíble precisión a las informaciones UFO, nunca portadas ni abriendo página. Sino en reseñas que hallar a vistazo, con titular de cuerpo medio y a doble columna corta. Era como si sólo faltaran aquellas grotescas ilustraciones de la Marvel que exhibían a los ciudadanos dirigiendo asustados sus brazos al cielo. 

 

 

 

 

 

 

 

THE SHOT WHICH TRAVELLED THE LENGTH OF THE EARTH / HE'LL NEVER MAKE A LONGER ONE / UNBELIEVABLY IT WAS ON TARGET / THE LONGEST FIELD GOAL IN HISTORY

 

 

Ninguno de los presentes olvidaría jamás lo ocurrido. Era imposible salir del pabellón, acostarse o despertar sin hablar de ello. Hasta el punto de que poco después del milagro alguien tuvo la idea de trazar con pintura acrílica azul una pequeña línea en el suelo, en el punto desde el que había sido disparado el misil.

 

Sólo que no era exacto. Cuando los Pacers regresaron al Auditorium fue el propio Harkness quien denunció que había un error. No era aquél el lugar. Sino cuatro pies atrás. Uno de los testigos de la hazaña, el hoy editor de la NBA Jan Hubbard, entonces un jovenzuelo de 19 años, ocupaba uno de los asientos del fondo desde el que partió el lanzamiento. Y desde entonces su testimonio, además del de otros presentes, ha servido para perpetuar la veracidad del milagro.

 

En una competición que ha visto el mayor número de long shots o bombs away en la historia del baloncesto debería sorprender hasta la parálisis que la mayor de todos los tiempos y para colmo decisiva en términos de victoria tuviera lugar en el primer mes de nacimiento del triple.

 

Hoy, más de cuarenta años después, el baloncesto profesional en la era de la imagen sigue sin ser testigo de nada igual. Porque nunca nadie igualó la magnitud de aquel prodigio. No sería hasta finales de los setenta que la liga universitaria comenzó a ver meteoritos de un calibre aproximado. No hasta 1986 que Herb Williams se acercaría a aquella distancia en la poderosa NBA.

 

Jerry Harkness, el pequeño negro nacido en el Bronx, el héroe de Loyola de 1963 y fallido proyecto de los Knicks, fue incluso condecorado por la Marina de los Estados Unidos con la Sharpshooter's Medal. Como Beamon, Harkness había completado el juego sin pretenderlo en su primera partida. Y como Beamon jamás repitió algo parecido. Dos años después su carrera terminó. En 1969 fue contratado como comentarista en el área de Indianápolis antes de dedicar todo su tiempo como miembro de dos fundaciones a defender los derechos civiles de los negros. Había sido invadido por una corazonada que él entendió como mensaje providencial.

 

Llámenlo oopart o como quieran. La NBA tiene su Roswell particular en aquel lanzamiento que, ante pocos testigos, cayó del cielo. Y desde entonces aquel remoto capítulo tiene su vitrina especial en el Hall of Fame bajo la inscripción: "Jerry Harkness hits a 92-FOOTER".

 

Casi sobra añadir que nunca ha sido superado. Porque para serlo deberían incluso ampliarse las dimensiones del campo, de 94 pies para ser exactos.

 

A finales de agosto de 1997 Michael Jordan había decidido seguir un año más por el módico precio de 36 millones de dólares (a casi 440 mil por partido). Entrado el otoño y con una nueva temporada encima la prensa nacional se preguntaba a diario si serían los Bulls capaces de sellar una segunda trilogía y Jordan un sexto anillo; y por supuesto, dónde encontrar la mayor resistencia. Una fórmula suficiente para arropar de poderosa atracción al nuevo curso.

 

Bien al contrario poca atención despertaban los subterráneos de la liga, un oscuro fondo donde parecía estar sumergido el equipo de Golden State. Un año más no pintaban bien las cosas en San Francisco. La principal novedad era la llegada de P.J. Carlesimo en lugar de Rick Adelman y el nombramiento de Garry St. Jean como nuevo director deportivo. Despedido todo el equipo asistente de Adelman, de quien por lo visto no querían ni huellas, Carlesimo fue rodeado por Ed Gregory, Paul Westhead, Gary Fitzsimmons y Bob Staak. Era como si desde arriba todo se resumiera en una fuerte inyección de disciplina.

 

Si a la espera de resultados estas novedades podían suscitar indiferencia la siguiente medida era directamente impopular. En agosto Chris Mullin, el jugador más emblemático del equipo en sus últimos doce años, abandonaba Oakland por la puerta de atrás. Y el elenco de incorporados se resumía en Brian Shaw y Tyrone Bogues.

 

En suma, mucho humo para tan poca hoguera y apenas nada para satisfacer a Latrell Sprewell, la solitaria estrella del equipo, tal y como parecía haber quedado claro el verano anterior cuando renovó por cuatro años y un total de 32 kilos.

 

Sprewell era un jugador explosivo. Pero al mismo tiempo un explosivo de mecha corta.

 

 

 

 

 

 

De lo complicado de su carácter ya había demasiados testigos. Y algunos muy directos, como Don Nelson y Bob Lanier, sus dos primeros entrenadores. Y también compañeros como Tim Hardaway y Byron Houston. Este último despertaba temor en el grupo por su monstruosa anatomía y extraña seriedad. No así a Sprewell. Durante un entrenamiento desató tres puñetazos sobre Houston antes de que éste supiera qué demonios pasaba.

 

Lo que pasaba era que el paso del tiempo no había favorecido la paz de Latrell. Antes bien el alero parecía chamuscarse partido tras partido, derrota tras derrota y año tras año. Dos operaciones ajenas a su voluntad marcarían la distorsión de su carácter en una pira inflamable. En junio del 94 el equipo permitía la marcha de Chris Webber y, en noviembre, la de Billy Owens. En cinco meses sus dos compañeros y amigos habían desaparecido a cambio de nada. Sprewell despreció profundamente su solitaria condición de jugador franquicia y durante un tiempo jugaría con zapatillas en las que había manuscrito el nombre de los dos fugados. Nada parecía poder hacerle sonreír. Ni siquiera sus cada vez más frecuentes incursiones en las noches de la Bay Area. Muy pronto el número de multas por faltar a entrenamientos, retrasos y conducta inadecuada excedería los dedos de las manos.

 

En el verano del 95 la policía detuvo su vehículo. No era la primera vez que corría demasiado. Pero en aquella ocasión Sprewell hizo lo posible por terminar arrestado. Molesto con la detención amenazó a un agente en términos algo suicidas: "¿Sabes? Puedes recibir un disparo por hacer esto. Por aquí hay gente que lo haría". A la temporada siguiente el volumen de incidentes con su compañero Jerome Kersey alcanzó tal extremo que en un entrenamiento ambos terminaron a puñetazos antes de que Sprewell abandonara el pabellón y volviera para tratar de rematarle.  

 

Puede que uno de los episodios más reveladores de su extraña personalidad acaeciera en su propia casa y en el seno de su propia familia, a la que años más tarde haría mundialmente famosa con la célebre sentencia "Tengo que alimentar a mi familia" después de rechazar por humillante la cantidad de 21 millones de dólares por tres años cuando él ya contaba 34. El incidente ocurrió en octubre del 94 cuando la menor de sus dos hijas, de cuatro años, fue atacada por uno de los cuatro 'pit bull' propiedad de Latrell que campaban a sus anchas en su casa de Hayward, a las afueras de Oakland. La niña fue intervenida de urgencia. Presentaba serios daños en el rostro y una de sus orejas había quedado destrozada. Afortunadamente salvó la vida.

 

El cronista Phil Taylor rescataría en Sports Illustrated una entrevista concedida por Latrell al reportero del San Francisco Chronicle, Tim Keown, dos meses después de aquel incidente que bien pudo terminar en tragedia.

 

Keown: No parece que aquello te afectara demasiado.

Spree: No. ¿Acaso debería?

- Es... tu hija.

- Esas cosas suceden sin más.

- Pero no en casa.

- Mira, todos los días muere un montón de gente. Si la cosa hubiese sido más seria, podría haberme afectado...

- ¿Te deshiciste de los perros?

- No. Los sigo teniendo y cuido de ellos.

- ¿Después de algo así?

- No fue nada.

 

Nacido en Milwaukee pero criado en la durísima Flint, Sprewell no conoció el baloncesto organizado hasta su último año de instituto. Tanto allí como en sus dos cursos en Alabama, donde coincidió con Robert Horry, se le ignoraban altercados de entidad. Ya como profesional era muy celoso de su vida privada y, a lo sumo, circulaban rumores que le acusaban de haber olvidado a su familia y amigos, a su Milwaukee natal.

 

Desde su ingreso en la NBA Sprewell no dejó de mejorar. Pero el equipo parecía correr en la dirección opuesta. Y ya desde aquel doble episodio de traición los Warriors no volvieron a pisar los playoffs y su promedio de derrotas en tres años superaba las cincuenta.

 

Así fue que al inicio de la temporada del 98, y a pesar de estrenar pabellón, nada hacía prometer buenos tiempos en la Bahía. Carlesimo era algo célebre por su dureza verbal y Sprewell por su inestabilidad. No había por dónde coger aquel matrimonio y enseguida la realidad se encargó de demostrarlo. El equipo perdió sus nueve primeros partidos y en uno de ellos la mala sangre asomaría ya sin pudor.

 

Durante un tiempo muerto en Los Angeles, siendo apalizados por los Lakers, Carlesimo comprobó atónito cómo Latrell se estaba riendo a mandíbula batiente mientras daba las instrucciones. El técnico tuvo cuidado en dirigirse a él cuando dijo: "Por favor, vamos a ponernos serios". Y apuntando con su dedo a Duane Ferrell añadió: "Duane, sales ahora por Latrell". Acto seguido Sprewell redobló su carcajada antes de detenerla y proferir delante de todos: "You're a fuck joke!".

 

Nada fue igual en adelante. El día 22 el equipo salía escaldado de Houston. En el autobús, camino del aeropuerto, se podía escuchar perfectamente a Latrell, sentado atrás, criticar abiertamente al entrenador y su sistema de juego. Vociferar mientras todos callaban.

 

Para entonces alguien estaba filtrando a la prensa que Latrell hacía huelga de brazos caídos en los entrenamientos hasta el punto de renunciar a tirar en los partidillos. Días después se ganaba otra multa por perder el vuelo a Salt Lake City. El siguiente partido, en casa ante Houston, sumaría la derrota número trece. Un número fatal. Pero no tanto como para pensar que una camiseta podría haber desaparecido para siempre.

 

Aquel lunes primero de diciembre no era víspera de partido. Hasta el miércoles no llegaban los Cavaliers y era una jornada perfecta para entrenar. Presente en el Convention Center, la práctica totalidad de jugadores. Además de Sprewell, allí estaban Donyell Marshall, Joe Smith, Erick Dampier, Bimbo Coles, Tyronne Bogues, Brian Shaw, Todd Fuller, Felton Spencer, David Vaughn, Tony Delk y Adonal Foyle. El programa era sencillo. Un poco de carrera, sesión de tiro y un partidillo en el que limar asperezas.

 

En la sesión de tiro se abrían dos o tres jugadores para ejercitar mientras otros tantos se colocaban al rebote. Uno de éstos era Sprewell y como receptor de sus pases el pequeño Tyrone Bogues.

 

La actitud de Sprewell era algo desalentadora. Diríase que estaba allí a la fuerza. Carlesimo fijó entonces su mirada en él. Y acto seguido espetó:

 

- Venga, un poco más de ganas en los pases.

 

Era como si lo estuviera esperando. Sin dirigir la mirada a ningún sitio replicó a cierto volumen:

 

- Hoy... paso de escucharle...

 

 

El entrenador congeló su rostro antes de apresurar sus pasos a la posición que Sprewell ocupaba bajo el aro. Inmediatamente todos los demás se movieron en la misma dirección, como con intenciones de interponerse sin llegar a hacerlo del todo. Era como si adivinaran que algo estaba muy próximo a estallar.

 

Como a dos metros del jugador Carlesimo se detuvo. Y por dos veces repitió: "No me rechistes".

 

No hubo tiempo para más. Un segundo después Sprewell era pasto de la ira. "¡Te voy a matar, hijo de puta!". Acto seguido se abalanzó sobre su entrenador agarrándole fuertemente del cuello y arrojándole al suelo como a un guiñapo. Durante unos diez o quince segundos, interminables para la víctima -¿¡Me oyeeess!? ¡Te voy a matarrrrr...!-, Carlesimo creyó no volver a respirar jamás.

 

En medio de la confusión reinante sorprendía la diversa reacción del resto de jugadores. Al cabo todos estaban allí para despegar a Latrell de su jefe, pero algunos de ellos sin aparente prisa.

 

Los compañeros sacaron a Sprewell rápidamente de allí antes de que se sacudiera de aquellas manos y abandonara por su propio pie el pabellón. Tenía que largarse. Pero era imposible conducir en esas condiciones. Caminó a ciegas por el parking. Pero lejos de dominar los nervios redobló su furia y al cuarto de hora regresó a la escena. Corrió hacia Carlesimo y volvió a prenderle, desatando esta vez sobre él tres puñetazos uno de los cuales impactó en el rostro de su víctima. Nuevamente se le echaron encima.

 

Spree había ido demasiado lejos.

 

Minutos antes se había iniciado una conversación telefónica en la primera planta del Convention. El mánager general, Garry St. Jean, visiblemente nervioso, informaba del gravísimo incidente al agente del jugador, Arn Tellem. De repente la puerta del despacho se abrió violentamente. Como si lo estuviera intuyendo, Latrell había llegado hasta allí.

 

- ¿¡Con quién estás hablando!? -interpuso.

Algo asustado el directivo respondió:

- Con... tu agente.

Sprewell avanzó firme y le arrancó el teléfono de las manos.

- ¡Arn, ¿eres tú!? ¡Sácame de aquí ahora mismo! ¿¡Me oyes!? ¡Ahora!

 

No haría falta. Sprewell había allanado el camino. De repente no había equipo ni baloncesto. Era turno de la empresa, de la compañía y los gigantes ante los que palidece cualquier empleado en el mundo. Primero fue una señal automática. Diez días de suspensión que ni siquiera la Asociación de Jugadores iba a recusar. Un espejismo. Porque acto seguido le sería remitida una carta en la que los Warriors resolvían unilateralmente el despido acogiéndose a una cláusula en la 16ª sección del contrato que prohibía terminantemente "acts of moral turpitude". Aquel mismo día Converse se sumó a la fiesta. La firma rompió todo vínculo con el jugador y las pérdidas entre una y otra sanciones superaban los 25 millones de dólares.

 

En la noche del miércoles Sprewell aparecía unos minutos en una televisión local de San Francisco: "Lo admito. Cometí un error". Pero en ningún momento asomó disculpa hacia Carlesimo.

 

Al día siguiente David Stern anunciaba la sentencia final: un año de suspensión total de empleo y sueldo durante el cual Sprewell no podría recibir ni un solo dólar de franquicia alguna perteneciente a la NBA. Era la sanción más grave hacia un deportista profesional en la historia del país. Un castigo que ridiculizaba los destinados a Kermit Washington y Lenny Randle, ambos negros, veinte años atrás.

 

Ahora sí, su agente, la Asociación de Jugadores e innumerables think tanks a lo largo y ancho de la nación acudieron en apoyo del acusado. Tras conocer la noticia el director ejecutivo de la NBPA, Billy Hunter, anunció que volaría junto a Sprewell a Nueva York para entrevistarse con el politburó de la NBA. La respuesta de su vicepresidente Russ Granik fue inmediata y tampoco mejoraba las cosas: "Ni te molestes. Ya hemos tomado la decisión".

 

En adelante hubo dos temporadas. La deportiva y la mediática, detonante esta última de uno de los debates más encendidos en la prensa deportiva y generalista nunca abiertos en los Estados Unidos. Y con cuestiones tales como el racismo, la disciplina, la crisis de valores, la relación de poderes y el concepto de ciudadanía, seguramente nunca cerrados.

 

El 21 de enero de 1999, a dos semanas de remontar la crisis más grave en la historia de la NBA, Sprewell regresó al mundo de la mano de New York Knicks. En apenas cinco meses vivieron con él sus últimos días de gloria. Y también con Sprewell disfrutaría Minnesota tiempo después de los días más dorados de su historia.

 

La de Sprewell, en cambio, estaba abocada a terminar de manera abrupta y destructiva, como si nunca hubiera terminado de pronunciar su última palabra.

 

En noviembre de 2004 Ron Artest tomaría su relevo. El relevo de los malditos condenados a expiar culpas que seguramente ni siquiera les correspondan.

No deja de ser curioso que de las veintiuna Finales que uno ha podido ver en directo ningunas igualen en impresión y recuerdo a las primeras de todas ellas. Y la convicción, tan poderosa hoy como entonces, de que a medida que discurría la serie la temperatura de competición era cada vez mayor, como si todo se dispusiera a encontrarse en algún final explosivo, algo lo bastante poderoso como para poder escribir todavía hoy sin que la idea, la imagen, resulte reiterativa o haya perdido fuerza. 

 

Pues eso es precisamente lo que hoy se trae aquí a colación.

 

Agolpada, muy emocional y resumidamente, tal cual se comporta el recuerdo, paso pues a relatar la secuencia de aquel momento que sigue sin abandonarme como decisivo ni permite la calma a cada nuevo revisado.

 

Antes de nada es necesario visualizar este video y elevar el volumen a ese exceso que nos traslade imaginariamente allí mismo.  No tanto verlo de golpe como descorrerlo poco a poco para comprender el texto del que es motivo, como si fuéramos leyendo juntos el guión hasta llegar al clímax de lo que finalmente se quiere destacar con mayor fuerza.

 

 

1988 NBA Finals / Game 7

 

Obviemos todo lo anterior, las toneladas de prolegómenos que preceden al momento en que irrumpe la imagen. Pongamos que todo empieza cuando la policía de Los Angeles bajó a pista en cuanto el minutero del Forum quedó a cero y el segundero a treinta.

 

 

30 segundos

 

Detroit pone el balón en juego desde la banda con 105 a 100 en contra. Tres segundos después de hacerlo Isiah Thomas el pase invertido de Laimbeer es demasiado arriesgado y Joe Dumars pierde el equilibrio y finalmente el balón. El bramido del pabellón, colmado hasta su tope histórico, basta para entender la importancia del momento. Pero el juego sigue. Y cuando Magic escapa con la posesión bajo el aro acude una remota impresión que recuerda los diez segundos (ahora ocho) para pasar de medio campo. No es necesario. Dumars comete falta sobre Cooper. Sobreviene entonces el primer decisivo delirio porque el Forum entiende que esa acción equivale al momentum de la temporada.

 

Nada para comprobarlo como todo lo que ocurre a continuación. Son tantos los puntos de atención que colman la pantalla que la CBS decuplica el desfile de planos a partir de ese momento, inflamado por el inmenso rugido de un pabellón, una ciudad y un estado que se saben cerca de la gloria, de seguro la más importante de los últimos 20 años. La muerte de The Jinx estaba más próxima que nunca. 

 

Magic Johnson es tal vez el más consciente de lo que se viene encima. El espacio circundante torna hacia su lado más amenazador, aquel que cuatro años antes movió a Larry Bird en el Garden a barrer literalmente con sus antebrazos a cuantos espectadores le salían al paso. Johnson pide calma al público (0:45-47) y se dirige al creciente número de individuos que comienza a ocupar uno de los fondos antes de que también lo haga con el del otro lado (1:01).

 

 

 

 

Cuando Johnson envía el balón hacia el árbitro principal, Earl Strom, varios espectadores invaden la pista por el ala derecha (0:33).

 

El cámara de la CBS, que ocupaba la posición que ahora toma la policía, se ve obligado a abandonar el centro de la pista y acude a confundirse con el mismísimo banquillo angelino (2:31 - 2:41). La toma es privilegiada para el espectador. Pero la prueba más insobornable del creciente caos que se está apoderando de la escena.

 

Michael Cooper yerra los dos tiros libres.

 

 

19 segundos

 

Chuck Daly agota su cupo de tiempos muertos. Se acabaron las instrucciones. La suerte está echada.  

 

La mesa resta el segundo de petición de tiempo muerto a Detroit y deja el reloj en 20 segundos. Enmienda un error ya que fue Daly quien solicitó el tiempo y no los jugadores.

 

Ahora es Rodman quien pone el balón en juego para que el máximo de receptores de tiro (Isiah, Dumars, Vinnie) esté disponible.

 

Vinnie falla el triple. Pero el rebote bajo es aprovechado por Dumars para poner el 105 a 102. Laimbeer comete falta rápida sobre Worthy con 14 segundos en el reloj. La CBS dispara (2:23) un riquísimo plano de Adrian Dantley completamente desencajado. "Y Dantley en el banquillo con una cara asesina, Ramón", sentenciaba a gusto Salaner en TVE cuando ya había despuntado el día aquí en España. No le faltaba razón. Eran las primeras Finales de Dantley desde que ingresara en la NBA en el ya remoto 1976. Ni antes ni después dispondría de una oportunidad semejante.

 

Dick Stockton, la VOZ, queda lejos de entibiar el ambiente. Aprovecha para insinuar a toda la nación que aquellos dos tiros libres de Worthy pueden ser los más importantes en la historia de la franquicia.

 

El caos prosigue su curso y por tercera vez Magic Johnson pide orden bajo la canasta que los Lakers atacan (2:35). Worthy falla el primero. Durante una décima de segundo el instinto mueve a Riley a dirigir su mirada (2:49) hacia el banquillo rival. Sabe que Daly moverá ficha.

 

Y Daly sienta a Rodman regresando Isiah a pista. Urge calidad de tiro. Nada se detiene. Worthy acaba de fallar su primer intento desde la línea. Es momento de sobreimpresionar en pantalla sus increíbles cifras (35 puntos, 16 rebotes, 10 asistencias). Worthy anota el segundo. 106-102. El Forum aumenta un grado su rugido.

 

No es ocioso el asunto del pabellón como entidad prioritaria y colosal figura protagonista. Si hubiera un termómetro que indicara la temperatura ambiente en los instantes finales de una temporada, de 1988 a nuestros días ninguna alcanzaría el fragor de aquellos momentos en el Forum. Incluso el caso de Boston del pasado junio resulta muy distinto al resolverse el anillo demasiado pronto y repartirse el calor a lo largo y ancho de la noche sin una única cima.

 

 

14 segundos

 

Sobreviene la última gran acción del año, un ejemplo fugaz del porqué los Pistons están aquí a estas alturas. Dumars amaga el tiro, cede a Isiah que inmediatamente envía a Laimbeer para un triple desde ocho metros que entra como un obús en la canasta angelina. 106-105. ¡Los Pistons a uno! El tiempo se detiene en uno de esos momentos exclusivos que invitan a lo sobrenatural. Pero sólo para el espectador. Porque los Lakers, estos Lakers, aquellos Lakers de toda la década, jamás se detuvieron.

 

 

6 segundos

 

Corre Byron Scott a sacar de fondo. Magic se ha abierto hacia su izquierda. Sólo su genio es capaz de ver en medio segundo que A.C. Green ha escapado arriba completamente solo. Hacia él va la última asistencia del año, de 22 metros de longitud. Bandeja de Green. 108-105.

 

 

2 segundos

 

2 segundos por jugar.

Los últimos 2 segundos del partido número 1966 de la temporada de 1988

2 segundos de un séptimo partido de unas Finales NBA con tres puntos de diferencia

 

El delirio es tan abrumador que en esos momentos de irrealidad parece que todo valga. Ya no quedan tiempos muertos y los cinco segundos reglamentarios para poner el balón en juego aplastan la decisión de Laimbeer, que figura entonces la urgencia del portero de fútbol cuyo equipo está eliminado en pleno descuento.

 

Todo el banquillo angelino está dentro de la pista. No sólo sus integrantes. Varios espectadores y personal angelino ocupan la esquina opuesta a cámara. Observando la escena, estremece pensar que todo lo que ha conducido a la más poderosa organización deportiva del planeta a ese momento cumbre equivalga en realidad a cualquier noche de verano en la Rucker o en la barriada ateniense de Nikea. No hay diferencias entre una y otra escenas. La imagen más impresionante la ofrece el fotógrafo que está apostado en plenas letras de la bombilla (donde los jugadores aguardan el rebote en los tiros libres), de espaldas al saque de fondo y como un integrante más del juego.

 

 

 

 

 

La pregunta es, por supuesto, retórica: ¿Por qué Strom no decide pararlo todo? ¿Ordenar un simple desalojo de pista e iniciar el juego?

 

¿Por qué?

 

Eran mis primeras Finales en vivo. Y aunque algo me convenciera de que aquel maravilloso caos formaba parte de la pornografía NBA que tan ingenuamente había concebido, algo al mismo tiempo me decía que Detroit no podía poner el balón en juego en esas condiciones. Que si ya era difícil anotar, hacerlo así sería directamente imposible.

 

¿Tan poco valían dos segundos con tres abajo en el marcador?

 

En ese mismo escenario, 18 años atrás, Jerry West había enviado el partido a la prórroga después de anotar una canasta desde 16 metros también con dos segundos por jugar. Dos segundos. En ese lapso ridículo para la vida normal fueron anotados decenas, centenares de milagros. Y otros tantos lo serían después.

 

Daba igual. El saque de Laimbeer era irreversible. Así lo realiza penosamente entre el cuarto y quinto segundo.  

 

Con el barrido de cámara que sigue al pase, esto es, con la oportunidad de descubrir el cuadrante de pista que no veíamos, se observa una situación infinitamente más deplorable y cómo parte de las primeras filas de grada han ocupado el escenario, tal y como muestra el sur del encuadre en esta segunda captura.

 

 

 

 

 

De hecho, en esos instantes en que narra el instinto del ojo y no la cabeza dijo Ramón: "¡Invasión de la pista...!". E inmediatamente después: "Isiah Thomas se cae...". En ese preciso orden y no al revés.

 

Cuando recibe Isiah Thomas, si es que lo hace, y con un segundo en el reloj... ¡suena el silbato! Pero el siguiente segundo ya es el 00:00 y el inmediato asalto a la pista, la huida de Riley a vestuarios, la explosión del desorden y el undécimo título angelino forman entonces una onda expansiva imparable.

 

Se acabó.

 

La historia es la que es. Mejor, la que fue. Y nada puede hacerse salvo recordar. Pero nunca comprendí cómo fue posible despreciar de aquel modo aquellos dos segundos. Veintiún años después, no hago más que poner letra a ese viejo y martilleante recuerdo. Aunque no sirva para nada.

 

Nadie jamás hizo referencia alguna a este episodio, lo que sin duda ha contribuido a reprimir la redacción de este texto durante todo este tiempo.

 

Lo más que asomó tuvo lugar dos días después, cuando el cronista del L.A. Times Scott Ostler, en modo excusatio non petita a no ser por el artículo publicado cinco días antes en el Bee ('Officials Having Big Impact'), formulaba una pregunta con Strom y O'Donnell como fondo y la dirigía incuestionablemente hacia el otro lado del país: "Didn't they call a clean game, and keep it under control?". Ostler prevenía una posible herida bajo el título Questions Remain. Pero precisamente "clean" era un verbo que podría, que debería haber sido empleado con los dos segundos por jugar.

 

Desde Michigan nadie dijo nada porque tal vez nada había que decir.

 

El minutero acariciaba las siete de la mañana cuando se nos ofreció la increíble experiencia de entrar en el vestuario de los Campeones.

 

En Prado del Rey la locuacidad de Salaner tomaba el mando sobre un tiernísimo Esteban Gómez que parecía aguardar una despedida de Ramón, todavía enfrascado en la algarada de pista y ciego a lo que ocurría en el vestuario. En plena celebración del anillo tan sólo el abrazo entre Julius Erving y Billy Cunnhingham cinco años atrás podía resultar más emotivo que el que estrecharon Riley y Magic Johnson entonces. El momento fue sencillamente maravilloso. Salaner proseguía con su habitual grandilocuencia recordando que crecían gigantes en el Oeste a una velocidad mucho mayor que los Lakers, y que de alcanzar las Finales por tercera vez consecutiva con ese mismo equipo estaríamos ante una de las hazañas más grandes en la historia de la NBA.

 

Pues aquella hazaña tuvo lugar. Aunque la traición del azar nos dejara sin Finales.

 

El sol entraba con fuerza por las persianas aquella mañana del miércoles 22 de junio de 1988. Madre había preparado el desayuno en la cocina. Aunque el colegio ya no esperaba yo había prometido que aquella era la última noche.

 

Nunca lo fue.

En el invierno de 1982, terminado el instituto, Steve Kerr no sabía cuál era su lugar exacto en el mundo. Tan sólo tenía claro querer seguir jugando al baloncesto. Y poder hacerlo en buenas condiciones.

 

Recibió entonces una llamada de la universidad de Gonzaga. Cuando se presentó al campus le aguardaba un partidillo de prueba con algunos miembros del equipo. Durante casi dos horas el tipo con el que fue emparejado humilló a Steve a tal extremo que los responsables académicos tardaron nada en devolverle a su casa. De vuelta maldecía su mala suerte y el nombre de aquel tipo, un tal John Stockton, no dejaría de martillearle hasta mucho tiempo después.

 

Casi el mismo en que volvió a recibir otra llamada. La universidad de Arizona buscaba completar la plantilla del equipo con algún jugador de rotación. Pensaron en Steve Kerr y, ahora sí, el muchacho tuvo ocasión de cumplimentar la beca ofrecida.

 

Fue un momento de inmensa alegría, uno de esos momentos que compartir aprisa con el entorno más cercano y querido. Para ello tenía que hacer una llamada antes de que sus tres hermanos e incluso su madre se enterasen de la noticia.

 

- Padre, me quedo en Arizona. Me han ofrecido una beca y formaré parte del equipo. Estudiaré Historia y Sociología. ¿No es fantástico?

 

Padre no era un hombre normal. Malcolm Kerr era el presidente de la Universidad Americana de Beirut y uno de los más consumados expertos del país en política árabe. En 1954, cursando estudios donde entonces impartía docencia, conoció a Ann Zwicker, y con ella contrajo matrimonio dos años después. Madre tampoco era una mujer normal. Sus padres, profesores del centro, habían discutido hasta la extenuación qué hacer con ella, adónde enviar a su hija. Ellos querían enviarla a estudiar a Europa, tal vez Oxford o Cambridge. Y ella estaba empeñada en hacerlo en la India. Finalmente Líbano fue el acuerdo de paz entre ambas partes. Fruto de aquella relación vendría al mundo en 1965 y allí mismo en Beirut el tercero de sus cuatro hijos, al que llamaron Steve.

 

- Naturalmente, hijo mío. Estoy muy orgulloso.

 

Cuando el matrimonio finalizó sus estudios en Líbano la familia se mudó a Los Angeles. Durante veinte años el doctor Kerr impartiría magisterio en UCLA antes de regresar a Beirut, vivir los años más duros de la guerra civil y ocupar la presidencia del organismo que combatía ideológicamente los principios más rígidos del Islam.

 

Malcolm Kerr era un hombre muy respetado. El mismísimo Kissinger estaba al corriente de su cargo y algunos de los extractos más relevantes de sus obras -Lebanon in the Last Years of Feudalism, Islamic Reform y la más influyente de todas: The Arab Cold War, todo un preludio de lo que se avecinaba en aquel polvorín- llegaron a ocupar en algún momento las estratégicas manos de Nixon y Ford en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

 

El joven Steve inició en otoño su vida universitaria. No era uno más. Era el novato más tímido que imaginar. Y como tal se comportó durante aquellas primeras semanas. Sin apenas hacer ruido.

 

Aquel miércoles de enero, su primer enero en Arizona, era otro día lectivo. Y si uno quería estar bien despierto tocaba acostarse pronto, más aún en pleno invierno. Así que cuando dieron las tres de la mañana Steve Kerr dormía profundamente en su dormitorio de la universidad. En aquel preciso instante el silencio de la noche se vio roto por el repentino clamor del teléfono. Steve tuvo la impresión de tardar horas en descolgar el aparato. Cuando lo hizo no sabía si aún soñaba por la especie de agitado jadeo que llegaba desde el otro lado.

 

- ...¿quién?

 

- ¡Steve!, ¿eres tú?

 

- Dios mío, Vake... ¿cómo me llamas a estas horas?

 

Vake Simonian era un viejo amigo de la familia Kerr. Un hombre demasiado hecho y derecho como para llamar de madrugada donde no correspondía.

 

- Steve, escúchame -Vake hizo una pausa-. ¡Han disparado a tu padre!

 

Como un resorte Steve se incorporó a ciegas en medio de la oscuridad.

 

- ¿¡Qué!?

 

- Han disparado... a tu padre.

 

Una indescriptible confusión dominó entonces al joven. Tenía que tratarse de una pesadilla. Tal vez por eso pasó violentamente su otra mano por el rostro como queriendo desperezar el aturdimiento o probar que en efecto había despertado.

 

- Pero ¡qué dices, Vake! Que han disparado...

 

- Sí.

 

- Pero él... ¿¡dónde está!? ¿¡se encuentra bien!?

 

Ahora la pausa se hizo de verdad interminable.

 

- Steve, tu padre era un gran hombre...

 

 

Malcolm Kerr había sido asesinado. La noticia corrió como la pólvora. En la prensa había muerto un alto cargo americano. Un buen titular para arrancar la mañana. En aquella habitación, en cambio, lo había hecho el sentido mismo de la vida.

 

Como todos los días el profesor se dirigía a su despacho en la universidad cuando dos hombres irrumpieron en el edificio siguiendo sus pasos. Uno de ellos disparó a bocajarro dos balas que atravesaron la cabeza del padre de Steve. La única huella del asesino era la traza que las balas habían dejado en la pared de las escaleras. Al cabo de unas horas una llamada al centro en nombre de Hezbolá se atribuyó la autoría del atentado. Pero nunca sería descubierta la identidad del terrorista. Tan sólo la certeza de que un extremista pretendía así causar daño al enemigo americano. Malcolm Kerr contaba entonces con 52 años. Steve, con 18.

 

 

 

 

"La terrible ironía -escribiría su esposa años más tarde- fue que mataron a un hombre que comprendía y amaba Oriente Próximo mucho más que cualquier otro ciudadano extranjero".

 

Dos días después de su muerte Steve se sintió aplastado por el minuto de silencio rendido en el McKale Center. En el primer balón que tocó anotó un triple. Se fue hasta los 12 puntos, su máximo hasta entonces. Cuando días más tarde llegó a escuchar desde la grada "Eh, Steve, ¿dónde está tu papá?" la sangre le hirvió lo suficiente como para matar. Pero se prometió tributar a su padre el único homenaje que podía brindarle: luchar en su nombre por algún tipo de gloria que le hiciera justicia.

 

En 1986 sufrió una grave lesión de rodilla que le apartó un año entero del equipo. Una de esas lesiones que retiraron a no pocos jugadores. Pero no podía rendirse. Luchó como un poseso por su recuperación y cuando reapareció era otro hombre. Era un hombre. Steve pasó de ser el blanco frágil y lento con las horas contadas a convertirse en uno de los emblemas de aquel equipo que alcanzó la Final Four de 1988.

 

Hoy, veinticinco años después, Steve Kerr es el director deportivo de Phoenix Suns. Pero eso apenas importa. Cuenta en su haber con nada menos que cinco anillos de la NBA y ha pasado a la historia, por una u otra razón, como uno de los secundarios más importantes que haya conocido equipo campeón y tal vez el mejor tirador que haya formado con Michael Jordan.

 

Si lo que pretendía era superar aquel terrible episodio brindando el mejor tributo posible a su padre, pocos ejemplos acuden con igual fuerza que el suyo. No era texto para entrar en detalles de sus cinco anillos, uno por cada familiar vivo. Sino de asomarse desde lo más arriba posible a una carrera deportiva que tuvo como eterno fondo aquella maldita noche de invierno algo desconocida para el gran público.