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Ojos marrones, ni duros ni blandos, más bien calmos. Y una mirada escarpada, menos fría que tibia, lo que abría al recién llegado un territorio como infranqueable. Para retirar el telón había que ganarle. Y nunca era breve el tiempo de conquista. Si se lograba, luego de un inolvidable momento de sorpresa, cuentan que merecía la pena descubrir los misterios que se ocultaban tras aquellos ojos fronterizos.

 

 

Pero sanos y limpios.

 

 

Eran los ojos de un joven de 20 años. Un jugador espigado y monumental.

 

 

A unos días de la Navidad de 1967 la universidad de Bradley venía invicta en sus ocho primeros partidos. Era cuestión de medirse a la vigente campeona UCLA, que no tuvo la menor piedad aplastando a su rival por 109 a 73. El equipo de John Wooden, una cosa imbatible, sumaba así su 38ª victoria consecutiva. Pero el viejo no estaba contento. Había ocurrido algo feo. Al poco de la reanudación su pívot Lew Alcindor, que era como decir el equipo entero, había sido golpeado accidentalmente en el ojo izquierdo, causándole esa insoportable molestia de picores húmedos y ciegos que sólo al cabo de largos minutos devuelve la vista a la normalidad. Wooden aguardó, lo sentó y preguntó. “¿Estás listo?”. Lew presentaba un ojo más cerrado pero había dejado de lagrimar. Volvió a salir. Pero al poco el simple contacto con el aire le dejaba tuerto. A falta de 13 minutos –y con 13 puntos y 11 tapones– Wooden plegó el mástil y Lew enfiló a vestuarios con una toalla en el rostro.

 

 

A las pocas horas todo volvería a su sitio. Había sido un golpe y los golpes remiten. Jugaría contra Notre Dame.

 

 

Apenas dos semanas después, el 12 de enero, UCLA se medía a su rival de California en Berkeley. En las postrimerías del encuentro, y con todo dominado por los de Wooden, una lucha por el rebote terminaría con un dedo del alero Tom Henderson en el ojo de Alcindor, que juraría haber sido víctima de un balazo con vuelta. Otra acción fortuita. Pero esta vez parecía más seria. Lastimado de nuevo por el mismo sitio Alcindor se llevó la mano a la cara retirándose de inmediato del partido con 44 puntos a sus espaldas.

 

 

Al término el pívot no estaba para nadie. A las preguntas de cómo se encontraba, el director deportivo de UCLA, J.D. Morgan, no pudo ser más escueto: “Dice que ve borroso”.

 

 

Debía ser éste el motivo de que la siguiente velada ante Stanford la viera lisiado desde el banquillo. Un aparatoso vendaje cubierto por unas gafas de sol era la guisa de Alcindor en el primer partido ausente de su carrera universitaria.

 

 

 

 

 

 

Su ausencia, o más bien la incertidumbre sobre su estado, inquietaba a demasiada gente. El sábado 20 de enero UCLA debía medirse a la número dos del país, Houston, en el colosal Astrodome y desde tiempo atrás este enfrentamiento estaba siendo promocionado como el más grande en la historia del college. A dos días de la cita Alcindor tampoco jugaría contra Portland. Le habían dejado ingresado en la Clínica Oftalmológica Jules Stein de UCLA, donde a primera hora del lunes Wooden impartía órdenes a todo el que se cruzara. “Te vas a quedar aquí lo que haga falta”. Su visita fue un monólogo. Lew no tenía ganas de hablar. De hecho no abrió la boca. A la media hora Wooden se despedía con un último dictado: “Señorita, no le pasen ni una sola llamada”. El viejo cerró la puerta de la habitación persistiéndole pasillo adelante la grotesca imagen de unos enormes pies saliendo de la cama.

 

 

El miércoles el doctor Paul Reinhardt, a cuyo cargo quedaba el paciente, hacía público el diagnóstico: “Extremely superficial abrasion”. Reposo y poca luz. Tres días y medio después del ingreso le daban el alta y aquella misma jornada Lew empezaba a correr. Un par de sesiones suaves acompañado de Wooden para recuperar, en lo posible, el tono muscular. Nada más. El viernes a la noche, víspera del gran partido, le retiraban el vendaje.

 

 

- ¿Cómo ves?

 

- No veo.

 

- Es normal. Acuéstate, duerme y mañana estarás mejor.

 

 

El partido ante Houston, retransmitido para toda la nación, cumplió las expectativas de audiencia muy por encima incluso de lo previsto. Lo tuvo todo, y por tener, tuvo hasta sorpresa. La universidad texana ponía fin a 47 victorias de UCLA ante el delirio de casi 53 mil espectadores, cerca de 35 mil más que el mayor aforo registrado hasta entonces en un partido universitario. Dos tiros libres de Elvin Hayes a falta de 28 segundos adelantaban a Houston con el resultado que a la postre sería definitivo (71-69). Hayes hizo el partido de su vida. 39 puntos en una espléndida serie de 17 de 25. Muy al contrario Alcindor había presentado una versión sombría, pobre, casi remota. Sus 15 puntos cayeron a cuentagotas en sólo 4 aciertos de 18 intentos.

 

 

Al término la prensa le apretaría por el mismo lado y Alcindor despachó el asunto aprisa: “No, no han sido los ojos. Físicamente no estaba bien”. Y tampoco Wooden tendría mayor problema en reconocer lo ocurrido, elogiar a su rival y aclarar a todos que incluso después de lo visto: “No cambiaría a Alcindor por Hayes”.

 

 

Al día siguiente saldrían a colación desde la misma clínica de UCLA algunas secuelas que al parecer no habían sido del todo publicitadas. El ojo izquierdo de Alcindor presentaba una irritación severa que le provocaba visión doble y distorsión de la profundidad. “No es una excusa –declaraba anónimamente un miembro del cuerpo médico–. Pero es obvio que en el partido ante Houston no medía bien sus tiros”.

 

 

Aquella misma semana sería examinado otras dos ocasiones dado que viernes y sábado tocaba doble velada en Nueva York ante Holy Cross y Boston College. Lew rompió su silencio para expresar su deseo de jugar ambos partidos en su urbe natal, ante su gente. “John, quiero jugar. Como sea pero no quiero faltar a la cita”. De hecho medirse a Holy Cross, a la que entrenaba Jack Donahue, su técnico en el instituto, tenía para él un añadido muy personal. Wooden consultó al doctor Reinhardt y éste dio el visto bueno. “Está bien, contamos contigo”.

 

 

Y Lew pudo así cumplir sus deseos. Volvió para superar a Boston College sumando 28 puntos, 17 rebotes y 5 asistencias. El Madison también se llenaría el sábado para verle hacer 33 puntos a Holy Cross. Wooden aseguraba tras el partido que su jugador principal estaba “fuera de forma”. Y no faltaba a la verdad. Alcindor apenas había entrenado desde la lesión. Pero al 60 o 70 por ciento seguía siendo el jugador más desequilibrante del país. Y sanado el ojo sanada la forma.

 

 

Antes de arrancar la primavera de 1968 Alcindor se alzaba con su segundo título nacional. Al año siguiente la misma historia. Era como si con él fuera imposible perder.

 

 

Para entonces el mayor cambio de todos pertenecía a su vida interior. Había abrazado la religión islámica. Pero no sería hasta tres años después, cumplido el lento trámite legal, que su nombre cambiaría del todo. Conquistó su primer título de la NBA en 1971 como Lew Alcindor. Arrancaría la temporada siguiente como Kareem Abdul-Jabbar. Generoso. Sirviente de Alá. Poderoso. “Ese es mi nombre y así quiero que me llaméis”. Ese era su nombre y así quería que le llamaran. Era la exigencia de un hombre cuyas apariciones públicas tenían algo de profunda y vital reclamación. Donde la sola presencia, portando el féretro de Martin Luther King o renunciando a los Juegos de México, subrayaba el acto por el acto, esa protesta pacífica y silenciosa que de Cristo a Gandhi admitía el genuino lenguaje de la dignidad.

 

 

 

 

 

 

Incluso su mirada había cambiado. Acaso más contraída, incluso apagada. Pero más firme y grave, como esos días de nubes bajas sin lluvia. Era como si en apenas dos o tres años su vida mental hubiera avanzado diez o doce, consecuencia de vivir un compromiso. Personal, social y político. Eran tiempos difíciles. De cruzar la línea aun ganándose la aversión. “Traidor”, pudo leer en medio de un contexto, agitado y cruel, al cabo del cual el deportista, como figura pública, había enfriado hasta convertirse –ya para siempre– en un tipo necesariamente ártico.

 

 

Así la templanza de Abdul-Jabbar sería una de las cosas más difíciles de quebrar dentro de la misma NBA. Y si alguna vez lo hacía hasta podía percibirse el motivo. Una de aquellas raras ocasiones tendría lugar en el interminable sexto partido de las Finales de 1974, resuelto luego de dos prórrogas con un sky hook que igualaba la serie camino de un séptimo y definitivo en Milwaukee. Boston y su tonelaje de raza blanca eran motivo suficiente para estallar de rabia y así lo hizo. Breve. Muy breve. Porque los Celtics rematarían el título a domicilio. Y no mucho después Oscar Robertson abandonaba. Pronto perderían además a Lucius Allen camino de Los Angeles. El equipo se deshacía a pedazos. Más motivos para no sonreír.

 

 

Con todo, pasado el verano los Bucks eran los vigentes subcampeones y seguían contando con el mejor jugador del mundo, como probaba además su tercer galardón en cinco años. Pero sin más avances, corrían el riesgo de una excesiva confianza.

 

 

A principios de octubre un partido de pretemporada medía en el Dayton Arena de Ohio a Portland y Milwaukee, lo que básicamente equivalía a hacerlo con Bill Walton y Kareem Abdul-Jabbar, las dos últimas grandes estrellas de UCLA. De hecho no era otro el reclamo.

 

 

El promotor de aquel encuentro era Don Nelson, que sacaba con estas exhibiciones algún pellizco que sumar al contrato con los Celtics. Como cualquier otro promotor Nelson pretendía una rueda de prensa de los dos grandes para airear el evento en condiciones. Con Walton, más disperso que difícil, no habría mucho problema. Con Kareem, en cambio, era distinto. Su entorno sabía bien de lo complicado que a veces resultaba sacarle de la habitación del hotel en las giras. Nelson buscó entonces la ayuda del director deportivo de los Bucks, Wayne Embry, para obtener así el permiso del jugador y poder, simplemente, hablar con él. El problema era que Nelson no podía personarse en Dayton dado que los Celtics, también en pretemporada, viajaban a Toronto para medirse a Buffalo. Finalmente el teléfono acudiría en su ayuda. Una de esas charlas que con Kareem tenían siempre algo de soliloquio pero a cuyo final Nelson se ganó el acuerdo del pívot, no sin antes aclarar sus cosas como en él era habitual.

 

 

- Está bien. Pero a condición de que estén todos sentados cuando yo entre y todos los micrófonos listos donde yo me siente.

 

 

Nelson asintió –“Claro, claro”– como un acto reflejo. Devolvería aquella petición a Wayne Embry, que bien la conocía, trasladándola éste al portavoz de Dayton, Joe Mitch, para cumplir el deseado protocolo. El programa proclamaba deslumbrante: “University of Dayton Arena: First Historic Meeting: Jabbar Vs. Walton”. Uno de aquellos focos que tan poca gracia hacían al gigante.

 

 

Apenas tres días después Nelson tendría ocasión de agradecer personalmente todo aquello a Kareem. Celtics y Bucks se medían la noche del sábado 5 de octubre en el Auditorium de Buffalo. Era el enfrentamiento de las últimas Finales. Pero entrado el juego saltaba a la vista ser un partido más de pretemporada, donde rodar a los titulares y dar lastre a los banquillos sin que la intensidad ocupara en ningún momento el primer plano.

 

 

A mitad del último cuarto Kareem, aún en pista, llevaba 24 puntos y la victoria corría sencilla cuando en la lucha por un rebote recibió un codazo fortuito de Don Nelson. Exactamente, en la cuenca de su ojo izquierdo, como una pedrada. El gigante cayó al suelo con la mano en la cara y acto seguido, dolorido y furioso por no escuchar siquiera el silbato como prueba del delito, se incorporó, avanzó un par de pasos y descargó su ira con un puñetazo al soporte de la canasta, tan flaco de protección que el golpe resonó seco en todo el pabellón. Fue lo peor que pudo hacer. Aterido de dolor su mano izquierda seguía pegada al rostro y su derecha bajo la otra axila. Se acababa de romper la mano.

 

 

En unos minutos una ambulancia trasladaba al jugador al hospital Millard Fillmore de Buffalo. Durante el trayecto no dejó de maldecirse. “¡Mierda! ¡Mierda! ¡Cómo coño he podido ser tan estúpido!”. Un primer diagnóstico confirmaba la lesión: “Right Hand: 4th Metacarpal Bone – Fracture”. El preparador del equipo, Bill Bates, anunciaba allí mismo una desagradable previsión: “Kareem estará fuera del equipo de tres a seis semanas”. Era la noche del día cinco. La temporada arrancaba el quince.

 

 

De urgente regreso a Milwaukee y apartado de toda preparación Kareem quedaba en manos del doctor George Korkos. Pero recién ingresado en el Hospital Elmbrook el cuerpo médico cambió su veredicto. El problema más serio no estaba en la mano. “No veo. O sí. Veo muy mal… y me duele”. Sentía haber interpretado antes aquella misma escena. Repetir hasta el mismo balbuceo al techo. “Me duele… mucho”. Korkos acudió al especialista en oftalmología Thomas Aaberg y poco después un nuevo diagnóstico se imponía al primero. “Severe Corneal Abrasion”. Otra vez los ojos.

 

 

Sabido esto Embry se encargaría de lo público. “Les transmito lo que indican los médicos. La mano puede sanar. Pero el ojo podría ser algo más”. Preocupaba al directivo el estado de Kareem. Pero aún más saber imposible la tarea de suplirlo. El pívot reserva Dick Cunningham, que apenas había jugado el año anterior por problemas de tobillos, estaba ahora tocado en la espalda. De modo que el alero Cornell Warner debería jugar de pívot temporalmente.

 

 

Al arrancar la temporada el desastre era total. Cunningham no podía. Se rompió tras dos partidos. Embry su sumergió de cabeza en el mercado de restos a hacerse con Bob Rule, alternando hasta mitad de diciembre a Warner y el novato Kevin Restani como pívots. El resultado era igualmente desolador. Sin Kareem no había equipo. No había nada. Se hundieron en un terrible comienzo de 1 victoria y 13 derrotas, once de ellas seguidas. Hasta les abucheaban en casa. “¿Oyes eso, coach?”, ironizaba Dandridge. “Así estamos. No tenemos pívot. ¿Qué se supone que vamos a hacer?”. Y Costello se rascaba la barbilla.

 

 

Semanas atrás y fuera de las luces de temporada la soledad tenía en Kareem, por primera vez en su carrera, un sabor distinto. Sentía temor de volver a pista. Tan sólo por sus ojos. Por volver a ser golpeado. Hasta tenía pesadillas. En la habitación del hospital, a solas con Embry, sentado a su lado, era momento de pedir algo. La cadencia de sus palabras, casi susurros, anticipaba algo grave que decir.

 

- Había pensado en hablar con el doctor…

 

- ¿A qué te refieres?

 

- No sé, lo he pensado mucho. ¿No puedo jugar con unas gafas o algo que me proteja?

 

Automáticamente Embry restó importancia a la solicitud, como si no fuera más que fruto del miedo.

 

- Sé que parece mucha casualidad. Yo también he sufrido esos golpes. No sé, no creo que sea…

 

- Wayne, no sabes, no te puedes hacer una idea de cómo pegan ahora ahí abajo.

 

- Bueno, lo sé. Pero… ¿unas gafas? –añadía algo incrédulo.

 

- Sí, unas gafas.

 

- ¿Y crees que verás mejor con ellas?

 

- No quiero más golpes –repuso en seco–. Quiero seguir jugando pero no quiero perder la vista. Es lo único que tengo claro ahora mismo.

 

Luego de una larga pausa Embry se incorporó para despedirse.

 

- Bueno, déjame ver qué puedo hacer.

 

 

Días después la solución llegaba a las oficinas de los Bucks desde una factoría dedicada a la fabricación de material de protección. Wisconsin, tipo industrial, modelo de serie, plexiglás de resistencia obrera, como probaba además su peso. “¿Pero con esto se puede jugar?”. Embry y Bates fueron testigos de la primera prueba. Las gafas apenas le entraban por la cabeza.

 

- ¿Ves bien?

 

- Por los lados nada.

 

- ¿Seguro?

 

- Nada.

 

- Hay que cambiarlas.

 

 

Ni un minuto después de fuertes tirones al pelo las correas, de goma muy arisca, se le habían tatuado momentáneamente al rostro.

 

 

Dos días más tarde llegaban otras, tres pulgadas más anchas y de cristales igualmente duros. Irrompibles, decía el prospecto. Tendrían que hundirle el cráneo para quebrarlos.

 

- ¿Qué tal ahora?

 

- Mucho mejor.

 

- ¿Ves bien?

 

- Veo.

 

Y sacudía la cabeza a ambos lados como aguardando la amenaza.

 

- Fantástico.

 

 

Sanado el ojo y escudado el problema ya sólo restaba adelantar su vuelta. El jueves 21 de noviembre era un día perfecto. Dos partidos fuera de casa, uno en Kansas City el siguiente en Nueva York. Por primera vez desde aquel fatídico día de octubre, más de mes y medio después, Kareem volaría con el resto del equipo. Se unía por fin a la expedición.

 

 

Nadie imaginaba entonces que en el vestuario del Kemper Arena aguardaría aún otra sorpresa. Tan desagradable que los compañeros lo supieron en cuanto Kareem arrojó con ira su bolsa al suelo. “Fuck, the goggles!”. Se las había dejado en casa. Durante unos segundos los demás le miraron algo perplejos. Y sin él salieron a pista.

 

 

Se sentía un imbécil informando de su torpeza al cuerpo técnico. “Pero… ¿te has dado cuenta ahora?”. El problema no era pequeño. Se podía correr el riesgo de hacer jugar a Kareem sin gafas, como había hecho el resto de su vida. “¿Estás seguro? ¿Has mirado bien en tus cosas?”. El problema era que sin ellas el riesgo sería el mismo para el partido de Nueva York. Y tal y como estaban las cosas los Bucks no se podían permitir más ausencias del pívot. “¡Ni una más!”, había gritado Costello la misma víspera. Ahora también era él quien tomaría la decisión. “Bill, corre, busca un teléfono”. No podían perder tiempo.

 

 

El publicista del equipo, John Steinmiller, pasaba la tarde en casa cuando recibió una llamada desde el pabellón. Al otro lado, Bill Bates, el preparador.

 

- John, coge el coche y ve corriendo a casa de Kareem. Necesitamos sus gafas cuanto antes.

 

- ¿Las gafas? Pero…

 

- No hay tiempo que perder. Cuéntale a Habiba lo que ocurre y buscadlas entre los dos. Lo mismo ella sabe dónde están. Él dice que las gafas están allí.

 

Steinmiller no daba crédito.

 

- Dadme un teléfono donde poder llamaros.

 

- Aguarda a que me den uno del pabellón. Te vuelvo a llamar en un rato.

 

- ¡Espera! –urgió el publicista– ¿Y si ella no está? ¿Sabes si Kareem tiene perros en casa? No quiero sustos.

 

Bates colgó.

 

 

Informado de todas las líneas del pabellón el trainer de los Bucks supo al cabo que el teléfono más a mano para un asunto como aquél era el de la mesa de anotadores.

 

- Disculpen, tenemos que usar el teléfono.

 

- ¿Para qué? –preguntó algo suspicaz un oficial.

 

- Para…

 

Bates no supo muy bien qué decir.

 

 

Entretanto los equipos calentaban y todo estaba a punto. Kareem, en chándal y con la equipación al completo, también lo hacía con el resto. Hasta que Costello le reclamó al fondo de un banquillo vacío, donde el pívot se dejó caer con una de aquellas levísimas muecas que indicaban preocupación. El técnico, que bien le conocía, lo entendió a su manera. “No. Sin las gafas no vas a jugar”. No habría réplicas.

 

 

Cuando Steinmiller llegó al apartamento se dejó el dedo en el timbre. Habiba, la esposa de Kareem, no estaba en casa. Luego de presentarse y relatar la incidencia, el portero, un anciano que se movía a cámara lenta, le abrió la puerta. El hombre no sabía por dónde empezar. Y luego de un rápido vistazo por el interior sin éxito pasó a revolverlo todo.

 

 

Cuando sonó por primera vez el teléfono de la mesa el partido llevaba ya un buen rato en juego. El gesto de aviso de un oficial al banquillo de Milwaukee dio enseguida con Bates al auricular y no muy buenas noticias.

 

- Me estoy volviendo loco. Aquí no veo nada.

 

Desde allí Bates sacudió la cabeza a Costello en señal negativa. Un ademán del técnico bastó.

 

- Aguarda un segundo. No cuelgues.

 

 

El trainer corrió la banda trasera en busca de Kareem, sentado al fondo. Cuando se incorporó daba toda la impresión de que iba a saltar a pista, como alentaba además el murmullo general. Pero no era así. Con el partido en marcha y los oficiales peligrosamente distraídos el pívot se acercó hasta la mesa, cogió el teléfono y antes de que empezara a dar instrucciones escuchó perfectamente la voz de uno de aquellos hombres sentados. “Oye, ¿esto es una broma?”. Visiblemente incómodo Kareem siguió a lo suyo no sin antes cubrir con su enorme mano la conversación.

 

- Dime, rápido, dónde has mirado.

 

- En toda la casa.

 

- ¿Has mirado en la mesa de la cocina? ¿Y en la sala? ¿Encima del sofá? ¿En el baño? ¿En la cama? ¿Encima de…?

 

A cada pregunta Bates asentía.

 

- Aquí no hay nada te digo. ¡He abierto hasta los cajones de tu dormitorio!

 

 

Kareem no sabía qué decir. Agotándosele las sospechas siguió con la mirada una bandeja de su compañero Mickey Davis que abría a diez la ventaja de Milwaukee. Bates aguardaba a su lado el término de la conversación. Todo aquello resultaba algo embarazoso. Entre uno y otro llevaban casi el tercer cuarto entero al teléfono y, como algo avergonzado, el preparador consultó a la mesa:

 

- Oigan, ¿necesitan ustedes el teléfono?

 

Recibió una sorna por respuesta.

 

- Como no llamen para desalojar el pabellón...

 

- ¡Espera! –cortó Kareem– Vete al coche, coge antes las llaves. Están…

 

 

En la guantera del Mercedes negro propiedad del jugador, Steinmiller encontró un paquete cerrado que contenía las gafas. Había que volver a llamar al pabellón.

 

- ¿Y ahora qué hago?

 

Bates había corrido a informar a Costello. El plan era sencillo.

 

- Llévatelas a casa. Wayne pasará a por ellas.

 

 

Wayne Embry se encargaría de llevarlas consigo a Nueva York. Había tiempo. El partido en Kansas que estaba a punto de finalizar daría con la victoria de los Bucks. Era jueves. El siguiente ante los Knicks, el sábado.

 

 

Otra vez Nueva York y su enorme carga de simbolismo en Abdul-Jabbar.

 

 

Para cuando Milwaukee se presentó en la Gran Manzana Kareem se había perdido un total de veinte partidos. Apenas había entrenado y su estado de forma era una incógnita. Pero ya no se podía esperar más. Y aún entonces Costello fue muy prudente. “No tengo intención de ponerte de inicio. Seguramente tampoco en el primer cuarto. Si te digo la verdad, con que juegues unos minutos en la segunda parte me es suficiente”. En realidad el límite que se había impuesto Costello hacía mucho que quedaba atrás. Los vigentes subcampeones registraban 3 victorias y 13 derrotas. El retraso era ya muy grande. “Pero tampoco quiero perder aquí. ¿De acuerdo?”. Kareem asintió y ocupó un asiento en el banquillo bajo el que dejaría una bolsita y su extraño contenido. Todo estaba listo en el grandioso Madison Square Garden.

 

 

El técnico no tenía intención de vulnerar su plan inicial. Pero a decir verdad peor no se podía empezar. Cuando el escuálido John Gianelli anotó cinco puntos seguidos sobre un Warner incapaz Costello reclamó a gritos la presencia del gigante. Kareem se incorporó no sin antes desenvolver la bolsa. “Sal ahí fuera y haz lo que puedas. Siéntete cómodo. Los demás volverán a estarlo contigo”. Mientras decía esto el pívot agarraba con sumo cuidado su protección y pasaba a anudarla en la cabeza. Eran grandes, aparatosas y de un solo cristal. A falta de 7:37 Kareem entraba en pista entre una generosa ovación trufada por un murmullo de sorpresa ante aquella extraña guisa. “¡Eh, lleva unas gafas! ¿Son de aviador?”, exclamaba un espectador. “Son de buzo”, reponía otro. “¿Y por qué? ¿No ve bien?”. Nada de aquello quebraría un solo músculo en la expresión del gigante, fría como el hielo.

 

 

 

 

 Madison Square Garden, New York (23/XI/1974)

 

Entró con 9-2 en el marcador. Desde el primer momento los Knicks emplearon dos y hasta tres hombres con él. Todo ello en vano. Kareem se bastaba solo para invertir por completo el signo del partido. A mitad del último cuarto, y con el encuentro resuelto, Costello le retiró de pista, ahora sí, entre una atronadora ovación. Al pasar a su lado el técnico le dio las gracias. Kareem llevaba las gafas en la mano, suspendidas entre sus dedos al caer a plomo en el banquillo. Costello le había dado 29 minutos de cancha. Sin haber jugado uno solo en los últimos 48 días se fue con 17 puntos, 10 rebotes y 4 tapones. Los Bucks conquistaban la victoria (72-90) y, sobre todo, volvían a saborear el lujo que era jugar a su lado.

 

 

Tardó una eternidad en salir de la sala de fisios. Sabía lo que le aguardaba y no lo había echado de menos. En cuanto salió una nube de prensa se le echó encima. De cuantas preguntas le cayeron una rápida secuencia de dos llamaba lo resumía todo.

 

- Bueno, ¿cómo te has encontrado?

 

- He jugado con miedo. Sólo quería terminar sin sufrir ninguna incidencia.

 

(…)

 

- Kareem, ¿vas a jugar algún partido más con esas… gafas?

 

El gigante giró la cabeza hacia su pequeño interlocutor.

 

- Durante el resto de mi carrera.

 

 

A continuar en Los Angeles desde el verano siguiente.

 

 

 

Aquel temor tardaría mucho en remitir. De hecho nunca lo haría del todo. Y menos cuando tiempo después sintió que había más motivos que nunca. Abdul-Jabbar fue uno de los jugadores que cargaría con mayor fuerza contra una epidemia que asolaría la competición a finales de década. Una alarma que Sports Illustrated reflejó a secas como “escalada de violencia” y contra la que el monarca de los interiores rompería finalmente su silencio. “Mientras este juego se interprete como un deporte de contactos, una filosofía que a mi juicio es altamente cuestionable, las faltas violentas seguirán campando a sus anchas. (…) Y esto no va a cambiar mientras los árbitros lo permitan y se siga despreciando el riesgo de las reacciones violentas”. La peor de sus amenazas consistía en aprontar su retirada si no cambiaban las cosas.

 

 

De una de aquellas reacciones violentas sería precisamente él protagonista. Y de una manera como ni siquiera habría concebido posible. Los Lakers abrían la temporada de 1978 en el terreno que tan bien conocía Kareem, Milwaukee. No se llevaban ni dos minutos de partido, de temporada, cuando Abdul-Jabbar respondió al codazo en el estómago de su par, Kent Benson, con un derechazo directo a su rostro. Noqueado el novato cayó al suelo.

 

 

De nuevo a causa de un puñetazo, de una reacción a ciegas, Kareem volvió a fracturarse la mano. El mismo hueso que entonces. Pero esta vez, y sin mediar el azar, acababa de devolver lo que él había sufrido antes. Se perdería los siguientes 20 partidos.

 

 

 

 

 

 

En Los Angeles le confeccionarían unas gafas a medida, mucho más ligeras y de una visión periférica completamente limpia, incluso a prueba de vaho. Hasta no sentir llevarlas. Con el paso del tiempo el pívot neoyorquino, gafas hacia afuera, ojos hacia dentro, granjearía con ellas una imagen arquetípica, como un tótem de la competición.

 

 

Y sin prever nada, terminando la temporada de 1979, Kareem no respondería esta vez negativamente a un olvido. Al contrario repitió la experiencia y se permitió jugar sin ellas aquellos playoffs. Seguidamente la llegada de Magic Johnson cambiaría tantas cosas en el equipo como en la vida personal del gigante, que decidía tras un lustro romper con las gafas olvidándolas, pretendía entonces, para siempre.

 

 

Bien entrada la temporada los cronistas hacían notar una gran transformación en su juego y carácter. Se le veía distinto por jugar como un “chiquillo, con vitalidad y emoción –escribía John Papanek–, liderando los contraataques, machacando con autoridad, chocando las manos con sus compañeros y hasta sonriendo”. Y como si hubiera alguna relación se añadía haber dejado de portar aquellas “infernales gafas”. Sin ellas Kareem conquistaba su sexto galardón de jugador más valioso y el título de la NBA nueve años después del primero.

 

 

Daba entonces la impresión de que las gafas habían pasado a vivir sólo en fotografías. Y de hecho sin ellas se presentó Kareem la noche del estreno de la siguiente temporada en Seattle, noche de viernes. El domingo los Lakers se estrenaban en casa frente a los Rockets. Al poco de arrancar el tercer cuarto Kareem intentaba taponar un lanzamiento de Rudy Tomjanovich. Estaba escrito. El dedo del alero terminó clavándose en el ojo izquierdo de Abdul-Jabbar. Corriendo a vestuarios. Otra vez el dolor. Otra vez un vendaje. Más partidos ausente. Un diagnóstico familiar: "Corneal Abrasion". Y por todo ello las gafas, y esta vez sí, para siempre.

 

 

Cuando regresó con ellas ante Golden State anotaba la canasta número 10 mil de su carrera. Cuatro años después rompería la barrera anotadora de la historia, esta vez en Utah, con un gancho del cielo. Johnny Kerr, en la televisión de los Bulls, y tras presenciar otra exhibición, suave y asesina, aseguraba que no había manera de hacerle frente. Que lo único que se le ocurría era “pegarse a él y echarle el aliento a las gafas hasta empañarlas del todo”.

 

 

Con la extraña solidaridad de algunos fenómenos el destino iba a decidir no mucho después que uno de sus compañeros, de los más importantes en su interminable carrera, sufriera en sus carnes el episodio que Kareem tan bien conocía. En marzo de 1985, con los Lakers jugando en Utah, una entrada a canasta de James Worthy en el primer minuto del tercer cuarto terminó frustrada por un codazo en el ojo de Rich Kelley. No hizo falta más. “Quiero unas como las tuyas”. Worthy llevaría también para siempre las mismas gafas que Abdul-Jabbar.

 

 

Los Lakers se convertían así en un equipo de gafas. Todas de muy diferente significado. Las de Rambis simbolizaban la rudeza, las de Worthy la velocidad y las de Kareem, la finesse, el sky hook o todo aquel baloncesto en voz baja que le acompañaría, como las gafas, hasta la última noche de carrera.

 

 

Más allá la eternidad de un símbolo indisociable del recuerdo. Como si objeto y sujeto fueran para siempre la misma cosa.

 

 

 

"Y una mirada escarpada... que abría al recién llegado un territorio como infranqueable"

16/11/2011

Como de costumbre el vapor de las duchas se colaba hasta el vestuario. Dentro faltaba el aire. Hacía un rato que el entreno terminó. Fue serio. Sin bromas. Con el mazazo de la víspera muy presente. Philly les había empatado la final en casa. Y ahora todos parecían vestirse aprisa en silencio. A su derecha Brad Holland rebuscaba algo entre sus cosas. Lo hacía en vano.

 

- Oh, mierda. Wood, ¿tienes una cuchilla por ahí?

 

Claro que la tenía. Bien sabía él para qué. Y por eso no estaba dispuesto a dejársela. Aunque sólo fuera por higiene.

 

- ¿Dónde está la tuya? –respondió cortante.

 

- Pues… no sé, no la encuentro. Por eso te la pido. ¿Tienes o no?

 

Spencer no sabía cómo quitárselo de encima. Y su ánimo tampoco ayudaba.

 

- Se dice por favor.

 

En un segundo el semblante de Holland se endureció.

 

- Oye, ¡qué coño te pasa! ¡Te he pedido una puta cuchilla, no dinero!

 

Haywood se incorporó y Holland hizo lo mismo –“A mí no hables así…”–. Del otro lado del vestuario se apresuró hasta ellos Jim Chones. O más bien hasta Spencer, al que tenía ganas. Chones compartía con Wood su odio hacia Westhead. Pero también su hartazgo de Haywood, de sus constantes protestas por su falta de minutos. Minutos que se llevaba él. Cuando le agarró del brazo –“¿Qué es lo que te pasa a ti?”– Spencer dio un fuerte tirón quitándoselo de encima. “¡No me toques!”. Antes de enzarzarse otros compañeros se habían echado encima. “¡Basta!”. Entre una maraña de brazos –“Ehhh, vale, ¡vale!"– los ánimos hervían allí dentro como una caldera.

 

El alboroto llegó hasta la sala de fisios, de donde salieron aprisa Paul Westhead y Pat Riley. El primero no preguntó. Se detuvo bajo el marco de la puerta, vio que Haywood era una vez más el motivo de una riña y cortó por la vía rápida. “Spencer, en dos minutos te quiero en mi despacho”. La orden sacudió el aire y el grupo se fue dispersando, quedando Haywood a solas en mitad del vestuario como un pasmarote. Metió aprisa sus cosas en la bolsa y dirigió después sus pasos a la puerta. Al volver la vista atrás todos seguían a lo suyo, como si no existiera. Todos salvo Kareem. Desde su taquilla le dirigió una mirada fugaz, dura. Había algo de desgarrador en sus ojos, que parecían preguntarse “cómo has podido cambiar tanto”. Spencer tuvo entonces la firme impresión de despedirse. Sin ningún adiós.

 

Diez años antes Kareem había sido casi el único en salir en su apoyo. Lo hizo además a la vista de todos. A la llegada de Spencer a Seattle en 1970 siguió un auténtico infierno. La NBA paralizó su fichaje acusándolo de ilegal. De su oficina central salió disparada una carta que advertía a todos los equipos de la liga que aquella operación estaba prohibida, señalando además dos culpables: Spencer Haywood, de 21 años, y Sam Schulman, el dueño de los Sonics.

 

De entrada Spencer no podía jugar. Pero vestía de corto. Incluso calentaba, lo que era tomado por los rivales como una afrenta. En los pabellones se presentaba al equipo entero dejando a Haywood para el final: “Señoras y señores, hay un jugador ilegal en la pista”. El público respondía entonces con un terrible abucheo en el mejor caso. En los peores, arrojándole papeles, cerveza, hielo o monedas. Lo que tuvieran a su alcance.

 

Y a él le entraban entonces unas ganas locas de abofetear al speaker, arrebatarle el micrófono y recordar algo a voces: “Eh, cabrones, ¿no sabéis quién soy? Soy ese chaval que jugó para vuestro país en los Juegos Olímpicos mientras otros renunciaban a representarlo y firmaban contratos profesionales”. Pero hacía de tripas corazón y callaba cabizbajo. Qué otra cosa podía hacer.

 

La estrategia intimidatoria de la liga funcionaba. Allá donde iban los Sonics eran objeto de iras. A veces los equipos se negaban a salir del vestuario mientras Haywood estuviera en chándal. En Chicago irían aún más allá. Su alero Chet Walker se torció el tobillo calentando y los Bulls demandaron a los Sonics por 600 mil dólares alegando que el motivo de la lesión se debía a Spencer Haywood y el ambiente de nerviosismo y distracción que su presencia provocaba.

 

Entre los jugadores había excepciones. Pero en general le dieron también la espalda y a lo menos, indiferencia. Wood estaba convencido que era por envidia, por aquel contratazo firmado sin haber pasado más que dos cursos en la universidad. Por hacer lo que muchos no tuvieron el valor de hacer. Muestras de hostilidad tampoco faltaron. “¿A ti quién te ha dicho que vales como jugador?”, le espetó una noche Bob Lanier. Otra en Milwaukee el público fue subiendo de tono. “Vuélvete al África”, le gritaban. “Mejor a la escuela para aprender a leer las reglas”, se burlaban otros. Acabado el calentamiento los Bucks enfilaron al vestuario cuando Haywood ocupaba la media la pista. Kareem escuchó más gritos, todos de tono racista, y acto seguido rompió la fila en dirección a Spencer, al que dio un abrazo delante de todos. El público de pronto cesó en su ataque. Spencer nunca olvidaría aquel gesto.

 

Entretanto la justicia proseguía su curso. Luego de un agotador desfile por los juzgados el Tribunal Supremo falló en contra de la NBA con una sentencia que tumbaba su derecho de inadmisión hacia jugadores que no hubieran cumplido los cuatros años de universidad. El caso Haywood pondría fin a aquella barrera. Pero pocos se lo agradecieron. Como si el imaginario siguiera contemplando su operación como un acto de arrogancia, un desafío al orden natural de las cosas. No era fácil despegarse del papel de niño demasiado rico demasiado pronto. Era el cartel que llevaba encima.

 

No importaba. Por fin pudo empezar a jugar. En Seattle, su ciudad y su gente, se sintió bien. Pero deportivamente las cosas nunca terminaron de funcionar. La llegada de Bill Russell al banquillo no facilitó las cosas. Antes bien las tensaría demasiado.

 

Russ tenía a Haywood como su jugador favorito, su hombre y enlace. Un contacto tan cercano que acabó separando a Spencer del resto del grupo. Russell era muy tirano con sus jugadores. Cuando no funcionaban las cosas, y de común no lo hacían, no tenía el menor reparo en despreciarlos. A Jim McDaniels, destinado a ser el pívot titular, incluso con crueldad. “¿Pero cómo puedes ser tan estúpido? –le recriminaba a cada fallo– Es que no tienes ni idea de jugar”. McDaniels quedaba así hundido.

 

Russell era una leyenda. Pero un hombre sin paciencia. Quería hacer de los Sonics unos nuevos Celtics. Y eso era imposible. Los jugadores callaban a su autoridad. Pero por dentro le odiaban. Y como el odio es contagioso y Spencer su jugador predilecto, los demás tardaron poco en desdeñarle como el niño mimado. Hasta en romperle alguna amistad, como la de John Brisker, que no perdonó a Spencer que no lo defendiera ante Russell.

 

Haywood no aprobaba los métodos del técnico. Pero sentía poder hacer muy poco para evitarlos. Él había disfrutado allí la suavidad de Lenny Wilkens como jefe. Ahora sufría sin remedio aquel lento deterioro del grupo. Un grupo impracticable a causa de tantos y tantos cambios, de los que también era responsable Bill Russell, entrenador y director deportivo.

 

Era cuestión de tiempo. Durante la temporada del 75 el deterioro afectó también a la relación entre ambos. Spencer se sobrepuso en silencio a varias lesiones. Pero no pudo con la neumonía. Perdió peso y mucha fuerza. Para Russell no había más culpable que el enfermo. “Si comieras más filetes de carne no te pasaría eso”. Spencer era vegetariano. Y para entonces, muy sensible a la dureza de Russ.

 

En adelante se multiplicaron los rumores de traspaso. Los Knicks estaban ya encima. Sin haber abierto aún la boca Spencer volvía a ser objeto de sospecha, como si fuera él quien quisiera largarse. Eso le enfureció. Sentía haberlo dado todo por los Sonics sin que ahora recibiera a cambio la certeza de su fidelidad, como si no fuera apreciado. Era momento de cambiar de actitud. A la primera oportunidad declaró a la prensa: “Quiero irme, no estoy a gusto aquí”. Abierto el campus de pretemporada Russell lo llevó a su despacho. Fue expeditivo.

- ¿Te quieres quedar o te quieres ir?

Haywood también.

- Quiero irme.

- Vete pues.

 

Así acabó todo. A finales de octubre de 1975, por dos millones de dólares más el novato Eugene Short, Spencer Haywood se convertía en nuevo jugador de los Knicks.

 

Spencer fue recibido como Nueva York acostumbra a recibir a las estrellas. Pero empezó con mal pie, cayendo en una trampa durante su presentación oficial, cuando los flashes además de la vista nublan la cabeza.

- Se espera de ti que seas el salvador de esta franquicia.

Él sólo quería agradar.

- Bueno, pues entonces yo la salvaré.

 

Spencer no reparó en su respuesta. De hecho la habría repetido las veces que hiciera falta. Era consciente de su responsabilidad, que además, venía en el salario.

 

Pero su respuesta no gustó a nadie, causando un especial malestar entre sus nuevos compañeros, algunos de los cuales seguían allí desde el doble título de 1970 y 1973 padeciendo la lenta agonía de alejarse de la gloria y perder viejos amigos en el camino.

 

Así Spencer se topó de entrada con grandes dosis de ironía salpicando en su contra cualquier rato de vestuario:

- Oye, esta luz está fundida –gritaba alguien desde una sala.

- No te preocupes, Spencer nos salvará.

 

A lo que seguían grandes carcajadas.

 

Se podía soportar. Hasta que los desaires pasaron a la grada. “Eeeey, Messsíass, Salvadooor, este equipo funcionaba mejor sin ti ¿sabes?”. Otra vez volvía a sentir el veneno del público. Y en un Madison siempre lleno, expectante, implacable. Willis Reed se les había marchado el año anterior. Holzman pondría a Spencer en su lugar. “¡Pero yo no soy pívot!”. El resultado fue desastroso.

 

Cuando en enero los Knicks viajaron a Seattle el Coliseum recibiría a Haywood con un lleno hasta la bandera. El abucheo desatado a su presentación fue de tal magnitud que el partido tuvo que retrasar su inicio hasta calmarse las cosas. Entre aquel ensordecedor rugido Wood no quitaría ojo de un rincón en la grada. No estaba preocupado por él. Lo estaba por su familia. Su hermana lloraba asustada.

 

Los Knicks quedaron fuera de playoffs por primera vez en diez años. No había la menor química en el equipo. Y el sobrepagado Haywood era la diana perfecta. Incluso para sus compañeros. A Frazier le habían llegado rumores de que Spencer lamentaba que no le hiciera llegar el balón lo suficiente. Frazier respondió ante los micrófonos. “Debería conocer sus limitaciones y no empezar a botar desde fuera”. Porque en realidad era lo que seguía haciendo un alero disfrazado de pívot.

 

Al año siguiente el equipo se hundió otra vez por debajo del 50 por ciento. Spencer trató una vez más de sobreponerse al dolor. Su pierna izquierda andaba maltrecha. Durante la temporada recibió hasta 39 inyecciones de cortisona y novocaína antes de ser intervenido en una clínica de Oklahoma. Tampoco esta vez habría playoffs.

 

Cuando tres años después de su llegada, en 1978, por fin lo consiguieron, fueron barridos por Philly (4-0) en semifinales del Este. Hacía tiempo que la prensa cargaba contra él con munición pesada. Peter Vecsey, con cianuro. El tema favorito de sus columnas era Haywood, al que despellejaba sin piedad. Una noche coincidieron en un ascensor, a solas. Y Spencer no se contuvo:

- ¿Sabes que puedes destrozar la vida de una persona con tus palabras?

- Sí.

Lo habría estampado allí mismo como a un insecto.

 

Haywood ya era además abucheado por sistema en el Madison. Un juego que seguir de butaca a butaca, de fila en fila, como una habitual diversión. “Eh, tú, salvador, ¿no eras el que nos iba a salvar? Pero si no puedes salvar ni tu tiro, ladrón”. Era insoportable. Odiaba a esa gente con todas sus fuerzas. Y lo que empezaba a ser peor, a verse hastiado del baloncesto.

 

Recibió otro duro mazazo con la muerte de Joe, su hermano mayor. No lo podía creer. El más fuerte, el hombre que lo podía todo, el rudo mozo que veló por la familia sin padre en Mississippi, había caído. No fue de repente. El regreso de Vietnam fue consumiéndole poco a poco. Solo, despreciado por la nueva sociedad y con las pesadillas del horror despertándole cada noche, Joe se sumergió en el alcohol. Hasta morir. Fue encontrado en su apartamento tres días después de muerto.

 

Spencer sintió como nunca la necesidad de aire, algo que devolverle el sentido. Y para eso podía estar en el mejor sitio. Nueva York brindaba todas las oportunidades. Spencer adoraba el jazz. Y la música, se dijo, mejor de noche, donde terminó por refugiarse rodeándose además de la mejor crema. Wynton Marsalis, Charlie Mingus, Herbie Hancock o Charles McPherson pasaron a serle una elegante compañía. Se le mezclaban además con personajes tan variopintos como Bill Cosby o Clint Eastwood a cada nueva batida, en cada club y rincón donde encontraba la paz perdida.

 

Spencer empezó a sentir mayor atracción por lo que el baloncesto no era que por lo que el baloncesto le daba. Era más feliz de noche que de día. Se propuso así disfrutar su riqueza. Adquirió una vivienda de lujo en el East Side, en el tramo más selecto de la 64. Flanqueaban su bloque de tres plantas vecinos como Richard Nixon, David Rockefeller y Otto Preminger. Y un día entraba con su Jaguar, salía con un Mercedes y al rato con un Rolls. Tan sólo aparcarlos le llevaba miles de dólares al mes. Parecía mentira que alguna vez recogiera algodón. El dinero era un escape. Pero hacía falta algo más.

 

Al otro lado de Manhattan, en Cleo’s, un restaurante de moda donde alternaba gente guapa, conoció a través de la amiga de una vecina a una joven somalí, de nombre Iman, que no llevaba ni un año en América. Su extraordinaria belleza y como una irresistible inocencia nativa cautivaron a Haywood de inmediato. Y ella se dejó cautivar. Ambos se hicieron inseparables. Unieron sus almas descarriadas y en la unión hallaron calor. Y la cosa fue en serio cuando a los cinco meses de conocerse ella cayó embarazada. La noche que nació Zulekha Spencer estaba tan nervioso que acabó bajando las escaleras de la clínica de tres en tres y salió a la calle a celebrarlo, correteando como un chiquillo por la Tercera Avenida. Al cruzarla un claxon le detuvo. La vida tiene estas casualidades.

- Hey, Spencer, ¿se puede saber qué demonios andas haciendo?

Era Kareem, al volante de su coche.

- ¡Acabo de ser padre, amigo mío!

- Monta y cuéntamelo todo.

Terminaron en su casa, charlando hasta el amanecer, regado de confidencias y jazz.

 

 

 

 

 

Al poco la carrera de Iman como modelo despegó. Lo haría sin frenos. Y los problemas muy pronto también. Antes de que pudiera darse cuenta aquella tímida jovencita proveniente de una tierra perdida se convirtió en una estrella con su orbe de continuas exigencias y caprichos. Un mundo que a Spencer no le era muy fraternal.

- ¿Cómo puedes anunciar tabaco? ¿No sabes que esa industria mata al año a millones de personas en todo el mundo?

- Soy modelo. Es mi trabajo. Olvida eso.

 

A los primeros desnudos en Vogue y Playboy Spencer frunciría el ceño algo más.

- ¿Fotos artísticas? ¿Eso crees que interpretan los lectores de Playboy?

- Déjalo, no entiendes nada.

 

Otras noches Spencer se comportaba como cualquier americano medio. Se dejaba caer en el sofá, horas a gusto frente al televisor viendo un partido de fútbol al término del cual cortejaba a Iman como cabía esperar. “Déjame, me duele la cabeza, mañana madrugo. Salgo a París”. Spencer ya no recordaba cuándo habían hecho el amor por última vez. Hasta entonces se había mantenido inmune a las incesantes solicitudes de groupies revoloteando a los jugadores. Era como si cada vez le resultara más difícil resistirse.

 

Entretanto los Knicks no levantaban cabeza. Willis Reed fue cesado volviendo Holzman a su viejo cargo. Pero todo parecía en vano.

 

Para entonces Spencer andaba ya a otra cosa. Su vida nocturna había derribado algunas defensas. “¿Cómo podéis meteros eso? –recelaba al principio– Esos cristalitos os destrozarán la nariz”. Pero ahí estaban siempre, brillantes y seductores, junto a los que le animaban una y otra vez. “Vamos, no te hagas el remolón”. Y Spencer no se lo hacía, familiarizándose cada vez más con el polvo blanco. Nada importante. Todos lo hacían. Por qué no iba a hacerlo él.

 

En un Madison irrespirable su traspaso empezaría pronto a estar cantado. Finalmente cayó a principios de año. Con cada nuevo intercambio el precio era menor. Ahora la otra moneda era Joe Meriweather y el destino, Nueva Orleans, sumido al poco tiempo en rumores de venta.

 

En la ciudad del jazz Spencer se reencontró gradualmente con la paz interior. Incluso con su juego, de pronto renovado. Todo allí era más genuino, más pequeño, de menor expectativa. A las órdenes de Elgin Baylor y junto a Maravich se encontró más a gusto. Volvía a ser él pese a que ya andaba lejos de ser una estrella. Pero tampoco allí sus números servirían para mucho. El equipo era un desastre y con la primavera los rumores de venta se transformaron en realidad. Los Jazz se mudaban a Utah. “¿Y qué hago yo ahora en Salt Lake City?”, preguntaba a su abogado Bob Mussehl. “Déjame ver qué puedo hacer”. Mussehl pasó a reunirse con Frank Layden, el director deportivo de los Jazz, ofreciendo a Spencer como cebo. “¿Qué te hace falta?”, preguntó el agente. “Preferiblemente un alero, un anotador”. Pronto lo tendría.

 

Mussehl rastreó el mercado y, como caídos del cielo, los Lakers estaban allí. Diez años después volvían a querer a Haywood. Sólo que ahora de otra manera. Bill Sharman cedió a los Jazz al alero que Layden quería. Así en septiembre Adrian Dantley terminaba en Utah y Spencer recuperaba el entusiasmo perdido. De hecho estaba feliz. Jugaría en Los Angeles. El sueño del anillo a su alcance.

 

Antes de volar a California Spencer recibió una llamada de su nuevo entrenador Jack McKinney, que sólo quería asegurarse:

- Mira, esto es lo que queremos de ti. Queremos que hagas el trabajo sucio, ya sabes, defensa, rebotes, quitar presión a Kareem, que pueda concentrarse en anotar. No queremos lo que te han pedido hasta ahora. Tan sólo que resultes valioso a este proyecto.

Y con la llegada del joven Magic Johnson, tal vez el mejor que le podía tocar.

- Jack, no se hable más. Soy tu hombre.

- Enhorabuena entonces. No sólo te sumas a una plantilla de lujo. Llegas al mejor sitio del mundo: Los Angeles.

 

El día que se estrenaba el training camp, en Palm Springs, Spencer se comportó como un chiquillo, sin disimular para nada su enorme ilusión. Salió al encuentro del dueño, Jerry Buss, para estrecharle un abrazo antes de hacerlo también con McKinney. “Gracias, gracias de todo corazón por haberme traído aquí”, repetía. “Me alegro, Spencer. Sé que nos ayudarás mucho”. Haría lo mismo seguidamente con Kareem –“Amigo mío, cómo estás”–, el novato Magic Johnson, el suave Jamaal Wilkes, el simpático Norm Nixon y todos los demás. Incluso acabó bromeando con Chick Hearn, la voz de los Lakers. Parecía un sueño. Por fin, a una edad ya madura, Spencer sintió incorporarse a un grupo maravilloso, donde vengaría además su condición de jugador problemático haciendo todo lo que estuviera en su mano, como había prometido, para conquistar el mayor anhelo de cualquier jugador: el título de la NBA.

 

Se encontraba además en forma. Los meses de calma en Nueva Orleans ayudaron. Pero tenía intención de más, de ponerse como un mulo. El campus de entrenamiento constaba de dos sesiones diarias, una por la mañana y otra por la tarde. Entre medias el resto subía al hotel a descansar. Spencer, en cambio, echaba unas horas de tenis. Se volvía a sentir joven, renovado por dentro y por fuera. Era la situación perfecta.

 

Al cabo el equipo volvió a Los Angeles para iniciar la pretemporada. Los entrenamientos proseguían su curso. Era momento de fijar residencia: un apartamento en una buena zona y listo para comenzar una nueva vida.

 

 

 

 

Una tarde le aguardaba alguien junto al coche. Un amigo reciente, conocido al poco de llegar a Los Angeles, uno de esos tipos que saben estar ahí, que conocen los gustos de un jugador y se los sirven en bandeja. El tipo estaba además conectado con la crema de la ciudad, con la noche y su gente, esos clubes donde la buena música y la fiesta nunca cesan.

- Hey, Spencer, monto una fiesta en casa. ¿Te vienes?

Cómo decirle que no. Merecía también su diversión.

 

El tipo gastaba un buen domicilio en Beverly Hills, una de esas vistas que hacen sentir el privilegio. Spencer se presentó animadamente. En el amplio salón había un total de seis invitados. Gente guapa, jubilosa, radiante. Uno de ellos era jugador profesional de fútbol.

- Has fichado por el mejor equipo del mundo, Spencer.

- Eso espero, amigo.

- Es hora de celebrarlo ¿no?

- Pues… sí, aquí estoy.

 

Spencer tomó asiento en el sofá. Notó enseguida que sus acompañantes, uno solo cada vez, iban y venían de una habitación. Entraban con una cara y salían con otra. Unos ojos abiertos, una sonrisa hiperbólica, casi una mueca. El anfitrión volvió a dirigirse a Spencer.

 

- Estoy preparando algo ahí adentro. ¿Quieres? Es base. Sé que no te gusta el polvo. Es… como fumar limpio.

- No, no, déjalo –rehusó–. Ya sabes que a mí me va todo lo orgánico –repuso sin mucha convicción.

- Anímate, hombre, ven y lo ves.

Y eso fue lo que hizo.

 

Al cabo de un minuto, a indicaciones del otro, Spencer estaba dentro de la habitación con una pipa de cristal en sus manos, un artilugio como no había visto antes, ni en las fiestas más golfas de Nueva York. El otro mientras tanto insistía con la llama.

- Más fuerte. ¡Más!

Aspiró con toda su fuerza, a pulmón.

- Así, aguántalo ahora dentro.

No hizo falta más. Su cabeza de repente estalló. Y el cuerpo entero con ella. Como mil orgasmos en uno.

- Gracias… Gra... cias… Sí… Es limpio.

Ya no era él quien hablaba.

 

En el salón la pequeña fraternidad lo recibió con los brazos abiertos. Spencer flotaba. Y no quería posarse. Era una sensación como no había conocido jamás. Así cada diez minutos reclamaría su nuevo turno. Una y otra vez. Para qué parar. Así, hasta el amanecer. Al llegar al hotel tenía dos horas antes del entrenamiento. No pudo dormir.

 

Al día siguiente repitió la experiencia.

 

Spencer perdió el vuelo del equipo para un partido en Oklahoma. Tuvo suerte de coger el siguiente. Y de poder jugar. Y de hacerlo además bien. 27 puntos y 14 rebotes. “Esto es fantástico”, se decía. “Estoy deseando volver, celebrarlo”. Y volvieron. Esperaba a los Lakers un doubleheader en casa.

 

Al término del partido hasta doce jugadores de los cuatro equipos, animados por Spencer, acudieron a su apartamento. Su hombre, su contacto, su dealer, no iba a faltar ya de su lado, como una sombra. Recién llegado de Florida traía además consigo la increíble cantidad de un kilo de cocaína de alta pureza. En Los Angeles el gramo solía adquirirse a 150 dólares. Pero en el mundillo NBA, los camellos hacían un descuento por grupos, dejando la unidad a 100 pavos y animando así a los jugadores a comprar cantidad.

 

Apenas arrancó la velada Spencer, su hombre, y otros dos jugadores –John Drew y David Thompson– acudieron a la cocina manos a la obra. El excesivo ardor de sus acompañantes incluso obligó al camello a hacerles una advertencia.

- A ver, es muy pura. Bastará con un poquito cada vez. Así como…

Spencer apartó su mano sin miramientos.

- Qué coño, ¿crees que estás hablando con mujeres? Echa ahí.

 

Los demás rompieron a reír. Con medio gramo era más que suficiente. Spencer puso tres. La llama obraría lo demás, alumbrando una burbuja monstruosa a la que los cuatro estaban pegados como un hechizo. Un segundo después la pipa reventó. Miles de cristalitos restallaron en el aire sufriendo todos pequeños cortes en la cara. Tuvieron suerte. Los ojos estaban intactos. “¡Pero qué demonios os ha pasado!”, exclamaron los de dentro en cuanto les vieron aparecer entre pañuelos y toallas. “Nada, un pequeño accidente doméstico”.

 

No importaba. Había más. Mucho más. Lo suficiente para flotar muy arriba hasta las ocho de la mañana. A esa hora el resto se había marchado. Spencer tenía 40 minutos para echar una cabezada antes de presentarse en el entrenamiento. Se acostó. Y si cerraba los ojos se le volvían a abrir, como pegados al techo.

 

Al principio aquellos “juegos” tenían lugar cada sábado, una vez a la semana. Pero pronto Spencer se dijo que a qué esperar tanto. El miércoles sería también una ocasión perfecta. El único problema, eso de no poder dormir, tendría fácil solución. “Te vendrá bien tener algo de Valium y Metacualona. ¿Cuánto te traigo?”. Y Spencer se encogía de hombros. Enseguida tendría su ensalada de sedantes, con los que bajar a plomo el subidón al final de cada nuevo festín.

 

Hollywood era así maravilloso. La felicidad al alcance de la mano. Bien colocado, podía además sostener cualquier conversación. Uno creía poder opinar de todo, alternar con aquellos tipos ricos y arrogantes que nutrían las mejores fiestas de la ciudad. El dinero tampoco era reparo. Su contrato era por medio millón, que sumar a los muchos que ya tenía. Así que unos cuantos centenares de dólares por semana apenas apretaban el bolsillo.

 

Al tercer partido de la temporada Spencer sufrió un achaque en la cadera. Se perdería los tres siguientes. Si tenía más tiempo para lo suyo, no le importaba gran cosa. De hecho el baloncesto empezó pronto a entrometerse en sus deseos de plenitud. Su ausencia fue ocupada por Jim Chones, que lo haría tan bien que McKinney le dio la titularidad, desplazando a Haywood al banco. Tampoco importaba. El equipo, con uno u otro, funcionaba a las mil maravillas. Tras doce partidos, nueve victorias. Viento en popa.

 

Lo siguiente en ocurrir ya importaba algo más.

 

A principios de noviembre el técnico McKinney tenía prevista una cita con su asistente principal, Paul Westhead, en el domicilio de éste, del que le separaban menos de cuatro kilómetros. McKinney, como todo angelino, se movía en coche. Pero aquel día se lo había llevado su esposa. El técnico cogió la bici y como a mitad de trayecto, bajando una cuesta a toda velocidad, sufrió un aparatoso accidente golpeando brutalmente su cabeza contra el suelo. El percance fue grave. McKinney quedaba fuera del equipo y tendría suerte si podía volver a entrenar. Fue un severo palo para todos. Pero en especial para Haywood. El hombre que más confiaba en él ya no estaba. Su lugar lo ocuparía Westhead, con quien Spencer, más que fría, no tenía relación. Pat Riley, que hacía de comentarista en la emisora local, se acabó incorporando al cuerpo técnico.

 

Entre Haywood y Westhead se precipitó en adelante una peligrosa ecuación. El cada vez peor estado de forma de Spencer redujo drásticamente sus minutos de juego. A las dos semanas y fruto del malestar el jugador reclamó su cita con el nuevo técnico.

- Veré qué puedo hacer. Pero no te puedo prometer nada. Tampoco tú ayudas.

- Ese es el problema –repuso serio–. Sin minutos no sé cómo puedo hacerlo.

 

El encuentro fue breve, gélido.

 

Las fiestas, en cambio, eran otra cosa. Nunca cesaban. Lo hacían a un ritmo cada vez mayor. Siempre había gente dispuesta. Eso era lo bueno de Los Angeles y Spencer apuraba más que nadie, como si empezara a no tener medida. “Oye –su hombre aguantaba con él hasta el final–, vas un poco pasado y es muy tarde. Anda, tómate esto”. Al rato de hacerlo Spencer se sentía incapaz de coger el coche y volver a casa. “No… controlo mucho”, y alzaba unas manos inquietas. Ya en su apartamento y con la intención de calmar los nervios, se tomaba un par de bacardís dobles como quien bebe agua, lo que al cabo encendía otra vez las ganas de coca, aunque no pudiera más. Una vez le sorprendió despertarse en el suelo del baño. Llevaba horas allí tendido, empapado en sudores fríos. Era de día.

 

Al principio empezó a temer las giras del equipo. Eso suponía estar días enteros sin poder darse el atracón. Pero la solución también quedaba a mano, como aprendió una noche en Phoenix. Al término del partido un tipo se le acercó con una libreta: “Eh, Spencer, ¿me firmas aquí?”. Y mientras le firmaba el tipo le dejaba subrepticiamente una nota encima de su bolsa. Era fácil de entender y Spencer ni siquiera se preguntaba por qué aquel individuo le elegía a él. “Toma, vete a esta dirección. Te veo allí en media hora”. Había individuos como aquel en todas las ciudades de la liga. La agenda tenía cabida para todos. Tan sólo había que corresponderles en especie. Si llegaban los Lakers esos tipos tenían butaca en la primera fila.

- Verás, Spencer, hoy vienen unos amigos y me gustaría...

- ¿Cuántos sois?

Siempre había sitio para todos.

 

Mediada la temporada Spencer comenzó a sentir serias dificultades en disimular algunos síntomas. La secuela que peor llevó la revelaban sus manos. Habían perdido toda su fuerza. Y sobre todo, el tacto. Le temblaban en reposo. Un par de carreras y el corazón palpitaba salvaje en su pecho. La inseguridad le dominaba. Era incapaz de atrapar bien la bola. Y tirar a canasta empezó a serle una odisea. Pero ninguno de aquellos males superaba al que no creía tener: la paranoia. Despertaba con fuerza cada vez que perdía un balón. “No soy yo”, se repetía. “Son ellos, me pasan mal la bola. Sobre todo Magic, que lo hace adrede. Imprime veneno al balón… para que se me escape”.

 

Como solución Spencer se hizo con una pelotita que botar en el banquillo para calentar las manos y recuperar sensibilidad. Una noche en Chicago la pelotita se le escapó pista adentro en mitad del juego y los árbitros tuvieron que detener el partido previa técnica. Westhead ni le miraba.

 

Pero Spencer fue aún más allá. Acabó haciéndose con una crema para las manos cuyo adhesivo terminaba por empeguntar el balón y con ello las manos de todos los jugadores. Otra noche le cayó una nueva técnica en cuanto los árbitros supieron del causante de la confusión. Incluso fue multado por la liga cuando llegó a esconderse la crema en las medias y ésta, en un lance del juego, acabó desparramada por la pista. Aquel grotesco proceder despertaba vergüenza en el grupo. “Me persiguen. Todos me persiguen –se convencía–. Buscan mi fracaso”.

 

Iman voló de Nueva York a Los Angeles a pasar con él unos días. Era poco tiempo. Pero el suficiente para poner en su contra al resto de esposas del equipo. Cosas de mujeres, supuso. Ella las trataba con displicencia y ellas respondían con viva aversión. Por si faltara poca tensión Iman abriría un poco más la brecha de Haywood con el grupo. Para entonces la distancia ya era grande. Iman lo sabía todo de él. Lógico cuando ya ni le pedía sexo. Pero su agenda era la de una estrella. Hoy aquí mañana allí, sin tiempo ni ganas para la vida de su marido, con el que apenas se veía. La hija de ambos, Zulekha, seguía en Nueva York al cuidado de la asistenta.

 

Al cabo Iman se marchó, dejando a Spencer a solas con su verdadera esposa. Un día, de vuelta de un partido, el equipo aterrizó en Los Angeles y su hombre vino a buscarle al aeropuerto. Si llevaba un día de abstinencia Spencer sentía verdaderas ansias por sumergirse en el polvo. Nada más importaba hacer. Ambos se deslizaban por la terminal cuando alguien reclamó su atención por detrás:

 

- Aguarda, Spencer –era Kareem, que venía corriendo–. Oye, ¿os importa acercarme a casa? Odio hacer cola para un taxi.

Qué molesto  contratiempo.

- Eeehh, no, no claro -rezongó Spencer

Antes de montar en el coche encontró el momento de musitar una orden a su hombre. “Acelera. Quiero quitármelo de encima cuanto antes".

Al llegar Kareem le haría una última proposición.

- ¿Por qué no subes y pasamos un rato juntos? Hace tiempo que…

- No, Kareem, gracias –repuso aprisa con torpeza–. Pero… tengo una cita y… y un montón de cosas que hacer.

Sentía una punzada interior al hacer esto. Pero al cabo no era más que alivio.

- Vamos, ¡pisa! –ordenó.

El tráfico en Los Angeles nunca lo ponía fácil.

- Eh, tranquilo. ¿Quieres empezar ahora? La tengo ahí detrás, en la bolsa.

En plena autopista Spencer arrancó la fiesta.

 

Llegó el momento en que ya no había días. Ni noches. O todo era noche. Noches enteras que volaban en minutos. Dormir era una molestia, un tiempo perdido. El baloncesto también. Sentado en el banquillo sólo suplicaba que no hubiera prórroga. Antes de sonar la bocina ya estaba en pie. Final del partido. Corría entonces a vestuarios. El primero en hacerlo. El primero en ducharse, aprisa como los gatos. El primero en vestirse. El primero en salir. Volaba a través del túnel hasta la salida sur del Forum, donde pegaba el Rolls, que rugía entonces con un acelerón.

 

Spencer ya no acudía a fiestas. Las montaba a solas en su casa. Su hombre ya no le hacía falta. En algún rincón de su conciencia sabía lo que estaba haciendo. Por eso empezó a temer que alguien lo viera. Bajaba así las persianas, echaba el cerrojo. “Este salón es muy grande”. Se metía entonces en su habitación. Pero allí figuraba a su madre, viéndole hacer lo que hacía. Y se encerraba en el baño. Hasta llegó a poner algodón bajo la puerta. Para que nadie supiera que estaba dentro.

 

Nunca sobraba el tiempo. Antes bien faltaba. Había partido a las siete y media. “Me pondré entonces hasta las cinco. Estaré en el pabellón como a las seis”. Spencer ya no se veía a sí mismo, como si no hubiera espejos. Perdía peso. Y su rostro, sin descanso, demacraba. El hombre que alguna vez comía vegetales y velaba minuciosamente por su dieta estaba de suerte si el menú diario alcanzaba una docena de donuts.

 

 

 

 

 

Muy pronto ni siquiera sería ya divertido. A las pocas horas de encerrarse sufría convulsiones, un temblor incontrolable, sudores y taquicardias. “Dios mío, voy a morir”. Pero nada le detenía. El deterioro era tal que Spencer se había vaciado por completo como jugador de baloncesto. En los entrenos ni lanzaba tiros libres. Hacía como que estiraba en el suelo, suplicando en su fuero interno que aquello terminara cuanto antes.

 

Jim Chones era el alero titular. Westhead tiraba de Landsberger para darle descanso. Y hasta de Magic como alapívot. Cualquier cosa antes de hacer salir a Haywood en minutos de peso. Spencer empezó el año como titular. Ahora salía, a lo sumo, en los minutos de la basura. Así, cuando sonara la bocina era todavía más fácil llegar el primero a vestuarios. Hubo un momento en que dejó de ducharse. Salía disparado de corto hasta el coche.

 

Con todo, su orgullo seguía intacto. Y no rehusó denunciar ante la prensa su falta de minutos. Westhead respondió quitándoselos por completo.

 

Spencer comenzó a tener serias dificultades para presentarse a tiempo a cualquier cita. O simplemente para presentarse. Un día se perdió el entrenamiento. La siguiente noche había partido. Y antes del descanso, inesperadamente, Westhead se dirigió a él:

 

- Vamos, sal.

Spencer se vio superado.

- No… no puedo.

- ¡Por qué!

- No… no puedo ver.

- Qué es eso de que no puedes ver.

- Mis ojos –ideó aprisa-. Tengo alergia. Veo mal. Casi no veo.

 

El técnico se quedó con la palabra en la boca.

 

Al descanso Spencer nutrió algo más su fabulación con Jack Curran, el preparador del equipo. “No te noto nada extraño –le exploraba–. Un poco venosos, pero nada más. Oye, ¿no estás muy delgado?”.

 

Al día siguiente habría también entrenamiento. Spencer se presentó pero alegó que no podía hacer nada, que la alergia se lo impedía, que le estaba afectando seriamente. El domingo llegaban los Spurs. Westhead le dejaría sin jugar. Pero en los últimos minutos el público del Forum, sensible a sus declaraciones, comenzó a corear su nombre. “Hay-Wood! Hay-Wood!”. Lo que Spencer aprovechó para alzar el puño al compás de los gritos. Aquel bálsamo reforzaba sus convicciones. Era una víctima de Westhead.

 

Difícilmente podía verlo así el técnico, para quien Spencer era ya un dolor, el único problema serio en el seno del equipo, a cuyos miembros iba a empezar a tomar el pulso a espaldas de Haywood. Con especial atención a su hombre más cercano en el vestuario, Jamaal Wilkes.

 

 

 

El martes el equipo salía para Chicago antes de viajar a Atlanta. Westhead le iba a librar de la gira. “Spencer –le dijo muy serio–, vete al médico y trata la alergia o lo que coño sea eso. Quiero a todos mis jugadores disponibles”.

 

Con el equipo fuera no había médico que visitar. Y en el grupo circuló el rumor de que Haywood se estaba saltando aquellos viajes, como los malos estudiantes las clases. A la vuelta el cuerpo técnico improvisó una reunión que contó con la presencia de Jerry Buss. Sobre la mesa, la idea de un posible traspaso que Westhead iba a apoyar contra dos objetores. Uno era McKinney, que afortunadamente se había recuperado y ocupaba ahora funciones de consultor. “Nos va a hacer falta en mayo –defendía–. No necesitamos nada más”. El otro, Jerry Buss. “Dejadme que hable con él. Yo me encargaré”. Lo haría además a su estilo. El dueño invitó a Spencer a una de sus fiestas en Beverly Hills, en el seno del elegante Pipps, un club de millonarios. Como para calmar las cosas. Confianza por confianza. Spencer aguantó el tipo esa noche. Los baños acudirían en su ayuda.

 

En adelante nada pondría freno a su abismo. Pero al menos Haywood procuró por todos los medios evitar la menor sospecha. El equipo volaba. 40-17. 50-20. 55-21. Y él sólo tenía que estar en su sitio a la hora adecuada. Poco más. Una vez fuera de pista sólo cabía hacer una cosa. Y siempre con el mismo anhelo de resucitar aquella primera cima, aquel orgasmo infinito, sin tener la más mínima idea de que cada vez le quedaba más y más lejos. Y el mando nunca era suyo.

 

Qué cruel ironía. Cuando llegó a Los Angeles el sol era el primer reclamo. Una ciudad luminosa donde contrariamente acabaría convirtiéndose en un vampiro. Meses desfilando entre la oscuridad de la noche para terminar encerrado en el baño de su apartamento donde temía encender la luz.

 

Le suponía un gran esfuerzo. Pero en el tramo final de la temporada incluso rehusó algún ofrecimiento de su hombre. “No, hoy no. No puedo”. Hasta desconectó el teléfono de casa. Para entonces Spencer o lo que quedaba de él había tomado la determinación de solicitar ayuda. La necesitaba con urgencia. Pero tenía que acabar el año. No podía hacerlo ahora. Trató así de sobreponerse y luchó por centrarse.

 

Y llegaron por fin los playoffs. Primero los Lakers se deshicieron cómodamente de los Suns (4-1). En las finales del Oeste les aguardaban los vigentes campeones, su ex equipo de los Sonics, que lograron dar un mazazo la noche del estreno en el Forum. Westhead puso a Haywood en pista a pocos segundos de agotarse el tercer cuarto. Spencer aparecía activo, con ganas. Anotó sus dos primeros tiros con un mate y un balón a tabla bajo aro. Quedó así en pista unos minutos más en el cuarto periodo. En realidad, porque Wilkens dejó allí al novato James Bailey, al que marcaba Spencer en un emparejamiento que tenía algo de triste. Al poco, cuando una posesión forzada le obligó a lanzar el resultado fue desolador. Su tiro, tradicionalmente una de sus fortalezas, había desaparecido. Westhead lo sentó de inmediato.

 

No fue más que un susto. Los Lakers resolvieron la eliminatoria ganando los cuatro siguientes. Siete años después regresaban a unas Finales. Esta vez, contra los Sixers de Julius Erving, que aguardaban rival desde días atrás.

 

El Forum celebró aquella victoria un miércoles. Las series por el título arrancaban el domingo. El jueves había entrenamiento. Una vez terminado fueron a buscarle. Su hombre y otro tipo le esperaban junto al coche. “Hey, amigo ¿dónde te metes últimamente? Habrá que celebrar esto, ¿no?”. Y Spencer quiso tomarse un respiro. La noche volvía a ser joven.

 

Cuando horas después, que volaron como minutos, Spencer era incapaz de tomar asiento supo que tampoco dormiría, que de nada serviría acostarse. Pero tenía que hacerlo, debía bajar aquello como fuese. Tal vez se había pasado un poco. Se le fue entonces la mano con los sedantes. Suficientes para tumbar a un caballo. Y sonó el despertador. Y se incorporó pesadamente, como un zombi camino del Rolls. No estaba en condiciones de conducir. Pero tenía que llegar a casa. Luego había entrenamiento. Se quedó dormido en un semáforo que hacía esquina en Fairfax. No lo despertó el claxon de los vehículos que incordiaba. Lo hizo un tipo que golpeaba la ventanilla. “¿Está usted bien?”. Spencer arrancó de nuevo. Pocos minutos después volvió a ocurrirle lo mismo. Volvieron a despertarle. El coche enfiló por fin la avenida de su casa. Le costó horrores reconocer su puerta, incluso abrirla. Tenía tiempo de pegarse una ducha. Minutos después salía en dirección al campus de Loyola. Antes de llegar se desplomó una vez más contra el volante. El aparcamiento era enorme. Pero se le cruzaban las líneas y detuvo el coche al azar.

 

En el vestuario se desvistió a solas. Cuando entró en pista no supo cuánto tiempo llevaban ya todos allí. Curran les había pedido calentar en el suelo. Tumbados. Eso fue lo que hizo Spencer. Le pesaban los párpados. Le despejó una palmada al aire. “¡Vamos, arriba!”. Creía no poder levantarse, sintiendo vagamente que todos le miraban. Cuando por fin lo hizo no sentía el suelo y el mundo comenzó a nublarse. Aprisa. Y de pronto, la oscuridad. Ni siquiera sintió el fuerte golpe al caer.

 

- ¡Wood! ¡Wood! ¡Despierta! ¿Estás bien?

 

Era Michael Cooper. Sus ojos estaban a un palmo de los suyos y sin embargo su voz le llegaba como de otro mundo. Había otros jugadores a su alrededor. Les había llevado unos minutos interminables despertarlo. Spencer presentaba un aspecto patético. Pálido si es que una piel negra puede aclararse a la vista, con la boca abierta, desencajada y los ojos a medio abrir, como sin vida.

 

Lo siguiente que pudo escuchar era otra voz desde la letanía. Pero ésta con tono muy crudo:

- Vete a casa.

Era la voz de Westhead. Aunque se lo hubiese propuesto Spencer no podía ni contestar.

 

 

 

Durmió horas, muchas horas. No tenía noción de cuántas cuando le despertó el teléfono. Era su compañero Jamaal –“¿Cómo estás? ¿Estás mejor?"–, el único de todo el equipo que quiso saber de él.

 

Al día siguiente pudo entrenar con aparente normalidad. Enterada de lo ocurrido, la prensa se concentró en Spencer. Su respuesta era sólo suya: “¿Que por qué me quedé dormido? Lo diré claro. Sé que el equipo me va a necesitar en estas series y no he tenido mucho tiempo de juego para alcanzar la forma. Así que madrugué, acudí a Loyola y a las siete de la mañana ya estaba corriendo, bajo un sol de justicia, varias millas y después una hora con pesas. Cuando empezó el entrenamiento todo eso me pasó factura. Demasiado sol en la cabeza”.

 

El domingo los Lakers salvaban el estreno en casa. 109-102. Westhead dio a Spencer tres minutos tras los que no mancharía ni un solo casillero en ningún apartado del juego. Como un espectro ambulante.

 

No habría partido hasta el miércoles y Spencer no pudo esperar. Tenía tiempo para una nueva noche de desenfreno. El martes se presentó así diez minutos tarde al entreno. Enojado, Westhead le impuso una multa. Evitó echarle de allí pero lo separó del resto, al que no podía ni acercarse.

 

El miércoles los Lakers perdieron en casa. 104-107. Philadelphia empataba la serie.

 

Al día siguiente, tras el entrenamiento, tuvo lugar el incidente del vestuario con Holland y los demás que Westhead zanjó sin miramientos ordenando a Haywood una cita a solas. Tras el altercado Spencer sintió de pronto caérsele el mundo encima. Aguardando en el despacho la entrada del técnico decidió que era momento de declararlo todo. “Sí, me ayudarán –pensó aprisa–. Deben hacerlo”.

 

Westhead entró dejando un portazo a su espalda. Cuando el técnico se disponía a intervenir Spencer se adelantó. El tono de su voz, la cadencia de sus palabras, eran las de un enfermo:

 

- Quería hablar contigo, quería hablar contigo hace tiempo. Tengo un problema. Un problema grave. La cocaína… ¡Necesito ayuda!

 

Westhead no abrió la boca. Lo miró como si lo hiciera a un alienígena antes de saltar de la silla como un resorte.

 

- Aguarda aquí. Ahora vengo –fulminó.

 

Mientras escuchaba al técnico volar escaleras arriba Spencer se quedó a solas temiendo lo peor mientras luchaba por controlar aquel incipiente temblor.

 

Algo fuera de sí Westhead trataba de reunir a su comandancia al instante. Encontró a Buss en la sala de prensa y a Sharman en el despacho de West. Pat Riley fue quien bajó a avisar a Spencer mientras en la sala de reuniones, antes de entrar el jugador, Westhead dejaba clara su postura al resto. “Se tiene que largar ahora mismo. ¡Ni un minuto más!”. Al cabo el alero estaba frente a cinco hombres sin piedad. La reunión duró dos horas durante las cuales Spencer concentró todos sus esfuerzos en relatar a aquellos ojos incrédulos la atroz situación a la que su vida se había abocado.

 

Luego de una patética exposición, sincopada por lamentos y gestos de súplica, no todos fueron capaces de mirarle a los ojos. Y tal vez por ello la sentencia fue rápida.

- Así que… ¿quieres que Spencer se marche? –preguntó Buss a su técnico.

- Eso es.

- ¿Ninguna otra opción?

- No la veo.

 

Westhead no miraba al condenado. Lo hacía a su dueño. Una mirada firme que reclamaba ahora su autoridad.

- Pues lo siento, Spencer –resopló finalmente Buss–. Pero quedas suspendido.

 

Acto seguido se levantaron y abandonaron la sala. Ya habían perdido bastante tiempo. En plenas finales.

 

Spencer salió de allí a rastras, dejando que el Rolls le llevara a casa. Una vez allí comprobó cuánta droga tenía resolviendo metérsela toda. Le daba igual morir. La vida se había oscurecido totalmente y no veía salida. Once años después de iniciado el camino era apartado de un empujón a dos metros de la cima.

 

A la mañana siguiente se despertó tendido en el suelo. La cabeza le estallaba y maldijo no haber muerto. Recibió una llamada. Una sola llamada. “¿Qué tal estás?”. Era Jamaal, sólo Jamaal, siempre Jamaal.

 

Preguntado por la extraña decisión Westhead se explicaría públicamente con la debida discreción: “No, no es nada concreto. Es una acumulación de cosas. No sólo ese último incidente en el vestuario. Siento que la actitud de Spencer no ha estado en sintonía con el resto del grupo. (…) Desgraciadamente su actitud no ha hecho más que empeorar”.

 

Días después, cuatro partidos más sin Haywood, los Lakers salían victoriosos de las Finales. Eran los nuevos campeones de la NBA. Un responsable de la organización angelina, un cargo anónimo, previno a Spencer de hacer acto de presencia en la celebración del equipo por la ciudad. Pero eso no era todo. Wilkes le iba a informar de algo más.

 

Hubo una votación del equipo para que Spencer tan sólo percibiera un cuarto de los ingresos por playoffs. Según el convenio cualquier jugador que superase los 60 partidos tenía derecho a cobrar la totalidad de su parte. Spencer había jugado 76 y 11 de postemporada. Ahora todos le negaban su parte. Tan sólo Jamaal votaría en su favor.

- Hijos de puta, miserables –sollozaba a Wilkes–. ¿Sabes? Hasta ocho de ellos se han estado poniendo conmigo este año. ¡En mi propia casa! Yo lo he callado todo… ¡Todo!

- Tranquilo, Spencer, todo se arreglará.

 

Pero Spencer ya no estaba para arreglos. Una furia como jamás conoció se apoderó por completo de lo que quedaba de él. Le urgía vengarse de alguna manera. Él podía morir. Pero tenía que llevarse a alguien por delante. No costaba decidirse. Westhead fue el elegido.

 

Spencer cogió el teléfono. Marcó el número de un viejo amigo de Detroit, un sicario que conocía bien el negocio de la muerte.

- Tienes que venir de inmediato. Quiero que lo mates. Westhead debe morir. Necesito tu ayuda.

- Voy para allá, no te preocupes. Déjalo en mis manos. No hables más –le previno.

- Y dime de cuánto dinero hablamos.

- De nada. No puedo cobrar a un amigo. Y cálmate.

 

Al día siguiente, en el apartamento de Spencer, ambos hombres urdían la trama que acabaría con la vida del entrenador de Los Angeles Lakers. Su residencia, en Palos Verdes, coronaba una colina desde la cual tomaba a diario el coche para bajar a la ciudad. Aquel era el tramo ideal. Unas manos expertas harían lo demás y el vehículo saldría de la carretera precipitándose ladera abajo. Sobre este acuerdo el sicario y un acompañante se ocultaron en algún rincón de la ciudad.

 

Si salía bien Spencer estaba animado a que siguieran la suerte de Westhead también los demás. Kareem, Chones, Magic, Nixon, todos.

 

En pleno estado de cólera volvió a sonar el teléfono.

- Hijo, qué es lo que está pasando.

 

La peor llamada que podía recibir en aquel momento. Era madre, a la que el cáncer consumía desde tiempo atrás. Los viejos mantos de DDT sobre las plantaciones de Mississippi se cobraban así su factura. Dios, la había olvidado.

- Nada, mamá, no pasa nada.

Pero una culpa sin nombre le hirió en lo más hondo. Maldijo así el peor de sus olvidos.

 

Una madre sabe perfectamente cuando las cosas van mal. No le iba a dejar en paz. Llamaba cada cuarto de hora. Y para colmo el sicario tampoco calmaría las cosas: “Spencer, el FBI tiene pinchada tu línea. Está empleando a tu madre como cebo”. La paranoia otra vez. En un ataque de ansiedad Wood arrojó toda la cocaína por el baño. El siguiente en hacerlo podía perfectamente ser él.

 

Cuando su hermana Ivory y dos amigos, Vernell y Wiley, dos de aquellas amistades a salvo del tiempo, pudieron por fin doblegar la puerta que Spencer rechazaba abrir, llegaron a tiempo de evitar que cometiera una locura. A tiempo de recoger sus pedazos. A tiempo de sacarlo de allí. A tiempo de rehacer lo que no mucho antes había sido un hombre. Incluso un gran hombre.

 

 

 

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* Spencer Haywood no recibiría el pago completo de su temporada en los Lakers hasta once años después, en 1991. En el largo litigio resultó crucial la ayuda de Kareem Abdul-Jabbar.

** En 1988 Haywood acudió a la Universidad de Loyola a visitar a Paul Westhead con la intención de obtener su perdón por todo lo ocurrido. Cuando Westhead aceptó las disculpas Spencer, emocionado, rompió a llorar.

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The Rise, The Fall, The Recovery, Scott Ostler & S. Haywood (1992)

 

20/10/2011

La puerta devolvió un par de golpes gastados.

 

- Adelante.

 

Bill cruzó el marco agachándose. No podía precisar las veces que había entrado allí. Sólo que cada vez que lo hacía refunfuñaba contra el responsable de aquellas puertas enanas. Siempre pensó en algún tipo de los Bruins.

 

- Hey, Russ, pasa, hombre, cómo te va. Siéntate, haz el favor.

 

El despacho de Red era más bien pequeño y opresivo. El aire se había pegado a los cientos de cosas que reposaban en paredes y estanterías, como si no quisiera salir. Trofeos y recuerdos que hacían de aquel rincón un museo entabacado. La chaqueta de Red, como contrapunto, colgaba del perchero anunciando un año más la primavera. Bill tomó asiento separando a ambos hombres una mesa de roble repleta de papeles.

 

- Tú dirás.

 

Siempre cruzaba los dedos sobre las rodillas. Era su postura de escucha.

- Bien, Russ. Te he hecho venir por algo que quiero confesarte. Llevamos diez años juntos. Sabes que nunca te oculté nada, que fuiste siempre el primero en saber cualquier decisión que tomara. Eres mi capitán, sí, pero sobre todo tú y yo somos viejos amigos, ¿no es así?

 

Con un tímido recelo Bill asintió levemente.

- Iré al grano, hijo. Lo dejo.

- ¿Qué?

- Que lo dejo. Es mi último año.

Red esperó paciente una reacción.

- ¿Te vas?

- No –subrayó además con la mano–. Quiero seguir aquí. Ésta es mi casa. Pero no como entrenador.

Bill guardó silencio.

 

Un principio que había prevalecido intacto entre ambos aseguraba que ninguno de los dos forzaría al otro a cambiar de opinión. Era una muestra de respeto. Aun así Bill lo intentó. No podía hacer otra cosa.

 

- No lo veo claro, Red. ¿Por qué… por qué no aguantas un año más? ¿Por qué ahora?

- No, Russ. Ya he tenido suficiente. Lo he meditado y es mi decisión.

- ¿Y qué pasa si perdemos?

Restaban pocos días para los playoffs y los Celtics abrían fuego ante Cincinnati.

- Nada. No tiene nada que ver con eso –y añadió una larga pausa–. Además, no vamos a perder.

 

Bill apretaba los labios contrariado. Era su única respuesta. Red se incorporó ligeramente, abrió la vieja cigarrera y extrajo un puro al que cortó la boquilla con hábito de veterano fumador. “Discúlpame”. Al cabo el despacho se llenaba de humo, de un humo blanco y denso que no iba a aflojar la fuerza de la pregunta, el único motivo de la cita.

 

- Russ, ¿quieres el trabajo?

No lo podía creer.

- No, no y no.

- ¿Seguro?

- Seguro.

No había que explicar más. Otra larga bocanada.

- Bien, pues no me queda más remedio que buscar a un entrenador. Pero quiero garantizarte algo más. No voy a contratar a nadie que no sea de tu gusto. Es el primer riesgo que quiero evitar.

- No sé qué voy a hacer sin ti. No se me ocurre ningún otro entrenador para el que yo quiera jugar.

Red lo agradeció con una suave sonrisa.

- Vamos a hacer una cosa. Vete a casa y piénsalo. Pero hazme un favor. El próximo día que vuelvas ven con una lista de cinco entrenadores. Cinco opciones. Yo haré lo mismo y los discutiremos aquí. ¿Te parece?

Bill bajó la mirada negando con la cabeza.

- No sé qué voy a hacer sin ti –repitió.

 

 

Bill Russell decía la verdad. Su verdad. Nunca pensó que Auerbach pudiera marcharse. No mientras él estuviera allí. En un segundo se había desbaratado la seguridad de que ambos estarían juntos hasta el último día. Red le era al baloncesto lo que su esposa a la vida. Mientras Marilyn había sido la única persona en hacerle creer en el amor, Auerbach fue el único entrenador que le hizo entender la necesidad de ese cargo, aceptar esa jerarquía. El único en lograrlo en toda su vida.

 

En la universidad de San Francisco el técnico Phil Woolpert no contó nunca con su impresión. Woolpert no era mal tipo y combatió por él toda la carga de odio recibida por integrar en el equipo a uno de los nueve únicos negros de todo el centro. Pero le obligaba a jugar de otra forma que no era la suya. Lo supo desde el primer momento. En su estreno Bill taponó los seis primeros tiros del rival y su reacción lo decía todo: “Oye, Russell, no puedes defender así. ¡Eso no se hace!”.

 

El siguiente en conocer, Gerald Tucker en los Juegos de Melbourne, era otro tipo que imponía su criterio. Sin matices. Al final la victoria lo cubría todo. Pero todo aquel velado desdén era algo que Bill llevó muy adentro durante años en un carácter también moldeado por las crudas renuncias de raza que la América sureña había estampado en su alma. Aquel venal recelo hacia los señores de traje, sus jefes, terminó el día que conoció a Red Auerbach.

 

La primera vez que Russell y Auerbach se vieron acompañaba al técnico en la grada Walter Brown, el dueño de los Celtics. Ambos fueron a verle jugar a Maryland, donde el equipo olímpico preparaba su cita australiana. En aquel partido Bill lo hizo tan rematadamente mal que al término se disculpó ante ellos prometiéndoles que jamás volvería a ocurrir. “Estoy impresionado, Walter –le confesó de vuelta–. Ningún jugador me había dicho jamás algo así. Cuando juegan mal todo son excusas. No sé, puede que el viejo tenga razón”.

 

El viejo era Bill Reinhart, el técnico de Auerbach en George Washington. Tan pronto vio jugar a Russell cogió el teléfono con destino a su pupilo y amigo. “Hazme caso, Red. Ese chico os hará campeones”. Y Red, más que de consejos, entendía de consejeros. Russell se convirtió así en su principal objetivo. El problema, y no flaco, era que la restricción territorial del draft no facilitaba las cosas. Y St. Louis y Rochester tenían prioridad. Por lo que Red maniobró un plan de acción que reclamaba de Brown una buena cuota de poder. “Sin tu ayuda, Walter, no podré conseguirlo”.

 

Ed Macauley, un hombre de la casa, atravesaba una honda crisis personal. Su hijo estaba muy enfermo y anhelaba volver a su St. Louis natal para estar a su lado. Auerbach empleó a Macauley como cebo prometiendo a Ben Kerner, el dueño de los Hawks, cederle también a Cliff Hagan.

 

Eso agotaba los cartuchos para, seguidamente, convencer a Rochester. Era ingenuo creer que los Royals dejarían pasar de largo a Russell por contar ya en sus filas con Maurice Stokes. “Walter, lo que sea. Ofréceles lo que sea”. Y Walter Brown accedió. Como hombre de negocios trataría personalmente el asunto con Les Harrison, el dueño de los Royals. “Les, vamos a hacer una cosa. Sabes que soy presidente de los Ice Capades. Bien. Déjanos a Russell y busca una fecha. Te enviaré a los Capades a tu pabellón durante dos semanas. Tendrás hockey las noches que tú quieras”. Aquello era un buen monto de pasta y Harrison mordió el anzuelo. Vía libre.

 

Así los Celtics se hicieron con Russell. Y al momento de su elección ningún miembro de la organización le había visto jugar en realidad.

 

La vuelta de Melbourne y la firma del contrato retrasaron su incorporación al equipo un total de 25 partidos. Bill era el único negro de la plantilla. Y tan pronto aterrizó en Boston tuvo la impresión de que también de la ciudad entera.

 

El joven Russell debutaría ante los Hawks, a los que el Garden recibía luego de dos derrotas seguidas. Antes del comienzo Red le había llevado a un aparte.

- Oye, he oído que no sabes tirar. ¿Es eso cierto?

El joven estaba hecho un manojo de nervios.

- No mucho. Todo está en la cabeza.

- Bien, sal ahí y haz lo tuyo. Yo no contraté un anotador. Me importan un comino esos tipos. Sólo quiero que hagas lo que sepas y que todo cuanto hagas nos ayude a ganar, ¿de acuerdo?

 

Bill asintió. Ningún entrenador se le había dirigido nunca así. No en términos de libertad.

 

Red le dio entrada en el primer cuarto y al poco un tapón de Bill fue anulado por goaltending. Auerbach estalló como de costumbre. “¡Eh, pero qué coño pitas!”, profirió entre una retahíla de insultos que le valieron una técnica. “Jajaja, venga, deja de arbitrar y ponte a tocar en una banda, muchacho”.

 

Cuando todo terminó y los Celtics ganaron Bill abordó a su nuevo entrenador en un rincón del vestuario.

- Gracias por defenderme.

- No me des las gracias –le advirtió–. Es mi trabajo. No puedo esperar de vosotros que luchéis por mí si yo no lo hago antes por vosotros. Sólo hago saber a esos bastardos que cada vez que nos castiguen voy a estar apretándoles el culo.

 

Bill aprendió rápido que con razón o sin ella Red era el azote de los árbitros. Especialmente de Sid Borgia, al que ahumaba con el puro a su paso por el banquillo verde alejándole pista adentro, lo que divertía a los muchachos. Pero en el fondo Russell seguía sorprendido. Aun a su tosca manera ningún hombre blanco le había defendido antes. Entrada la relación le fue inevitable descubrir a Red los reveses raciales sufridos por él y su familia. Para quitar hierro al asunto y demostrar que compartían muchas más cosas de las que el novato imaginaba, el técnico le hacía ver que su juventud no había sido mucho más gratificante.

- ¿Sabes? Me alegra que tu pellejo no sepa lo que era ser judío en Brooklyn. [“I got to deal with the same shit”].

 

Los primeros once partidos Russell salía desde el banquillo. A la duodécima vez, de visita en St. Louis, Red le dio la alternativa. “Eh, Russ, hoy saldrás en el cinco titular”. Era su gran oportunidad. Pero sin que el joven lo supiera Bob Cousy, el capitán, cruzó un par de ideas con Auerbach antes del comienzo. “Oye, Red, creo que puedo llevar a Martin al poste. Sí, déjame. Les confundirá”. Al rato Bill Sharman vino a reclamar poco menos que lo mismo. “Creo que hoy puedo hacer daño ahí abajo. Tommy y Loscy [Heinsohn y Loscutoff] tienen buena mano y yo opciones de hacerles llegar el balón”.

 

Así cuando todo comenzó Sharman y Cousy ocupaban continuamente los aledaños del aro, obligando al novato Russell a permanecer fuera y sentirse, con qué pavor lo sufrió, terriblemente inútil. En el segundo cuarto los Celtics perdían por 18 puntos y Red mordió la mesa con otro tiempo muerto. Era tradición formar corro en torno a él y hacerlo en pie, como los hombres. Pero el novato no lo hizo. Se deslizó cabizbajo hasta el fondo del banquillo y allí se dejó caer a plomo cubriéndose la cara con una toalla. Su ausencia saltaba demasiado a la vista.

- Eh, Russell, ¿¡se puede saber qué demonios haces!?

 

Para Bill era, como ganarse el respeto, ahora o nunca.

 

- Yo juego de pívot. Siempre lo hice. Juego ahí adentro, ¿sabéis? –y enardecido señalaba a los pies del aro–. No necesito ningún corro para saber cómo quitarme del medio.

Un silencio glacial se hizo en el grupo. ¿Un novato negro hablando así? En un segundo Bill se convenció de que su carrera en Boston había terminado. Pero Red era una caja de sorpresas y su pupilo le había arreglado el tiempo muerto.

 

- Ok, nadie va a jugar ahí adentro salvo Russell. ¿Habéis oído bien? Nadie.

 

Russell nunca olvidaría aquel gesto ni la noche en que nació como jugador en la NBA. El momento exacto en que ocuparía su sitio. No era sólo jugar adentro. Era hacerlo además de principio a fin.

 

La relación entre ambos maduró muy aprisa. Incluso peligrosamente, por encima del resto. Porque en el fondo aquel partido dio también vida a una nueva jerarquía en el grupo. Y todos lo sabrían en adelante.

 

Tras el All Star de 1958 un entrenamiento vio la ausencia de Russell. Y Auerbach nunca tuvo nada que esconder. “Bien, hoy tampoco estará Russ con nosotros”. Como no era la primera vez y Red sabía del recelo que aquel trato especial había despertado entre varios compañeros, era momento, pues, de aclarar las cosas. “Escuchad, no lo repetiré más veces. En este equipo hay dos tipos de reglas. Unas para Russell y otras para el resto. Punto”.

 

Todo venía de un año atrás, cuando Bill sufrió un repentino bajón de rendimiento. Red había abusado. Una vez supo de sus poderes Russ no tendría descanso. Jugaría todos los minutos de todos los partidos. Así que la primera vez que escuchó de boca del jugador “Estoy cansado” el técnico respondió con sentido común. Había que dosificarle. Y eso incluía también los entrenos.

 

Todo salió a las mil maravillas.

 

Pero aquel trato especial iba aún más lejos. En los partidos y entrenamientos Auerbach insultaba y arremetía contra sus muchachos con el único fin de motivarles. Sabía cómo inflamarles ardor y funcionaba. Cada uno se llevaba así su buena dosis de gritos. Todos salvo Russell, especialmente sensible a las afrentas.

 

Consciente de que algo así ponía en riesgo el equilibrio del grupo Red le pidió un favor muy simple. “Oye, Russ, sé que te molesta que alguien te hable mal. Pero lo siento, voy a tener que hacerlo. Sólo quiero que sepas que es por una razón. Por el grupo. Déjame insultarte a gusto, que vean que también lo hago contigo. Pero escúchame bien: nada de lo que diga tiene valor. ¿Lo entiendes? Y deja esto entre nosotros”. Bill lo aceptó sin problema.

 

En realidad no hacía más que corresponder a la fidelidad que Red le había dispensado desde el principio. Incluso alguna vez, en aquel profundo registro que sólo Bill parecía apreciar. En su primer año ambos salían del Garden cuando un aficionado les detuvo: “¡Eh, usted es… usted es Red Auerbach! ¡El entrenador de mis Celtics! ¿Me firmaría aquí, por favor?”. Russell, a quien el aficionado no prestó la menor atención, aguardó en silencio cuando el tipo se dirigió a él: “Aquí. Tú también”. Bill estalló: “¡Una mierda! ¡A mí no me hables así!, ¿te enteras?”. Y siguió a paso firme dejando a técnico y aficionado con un palmo de narices.

 

Red nunca haría la menor mención a aquel episodio que otro técnico habría interpretado como un desaire a él y su gente. Conocía además cuál era la difícil relación entre Russ y la ciudad de Boston, esencialmente blanca. Durante años Bill tragaría en silencio no pocas pruebas, algunas de cruda sorpresa. En una ocasión un hombre negro le abordó en el relajado ambiente de un bar: “Eh, Russell, formo parte de una familia de Boston. Soy miembro de su cuarta generación. ¿Y sabes una cosa? Nunca, ¿has oído? Nunca te aceptaré”.

 

Para estas cosas Red solía emplearse igual que K.C. Jones venía haciendo con Bill desde sus años en San Francisco. “No le des importancia. Tendrías que haber visto a esta gente cuando no elegí a Cousy”.

 

Pero donde la mutua protección más veces había sido puesta a prueba, era en plena pista. Y con especial intensidad, en los momentos calientes. Auerbach los tenía prácticamente a diario con todo rival. Desesperaba al técnico de los Lakers Fred Schaus encendiendo el puro, en señal de victoria, antes de terminar un partido en el que los Celtics podían ir por detrás. “Ese imbécil se pondrá nervioso. Los últimos minutos hará de todo menos dirigir bien a su equipo”. Bill solía pasarlo mal las noches de Chamberlain. En realidad nadie lo pasaba bien con él. Pero el de Boston debía además lidiar con la suicida manía de Red de arremeter con especial fuerza contra él incluso cuando apenas dos palmos los separaban. Wilt lo habría aplastado de un puñetazo. Y para evitarlo Russell corría siempre a ponerse en medio.

 

 

 

En un partido en el Convention Hall de Philadelphia Celtics y Sixers se enzarzaron en una pelea multitudinaria que algunos aficionados aprovecharon para bajar a pista. Uno de ellos cogió a Red por la espalda donde le descargó un fuerte golpe. Bill, que lo había visto con el rabillo del ojo, abandonó la melé y se apresuró hacia el tipo, al que agarró por el cuello mientras el alero local Chet Walker avisaba a sus compañeros suyos: “¡Hey, Russell va a matar a uno de los nuestros!”. Y Bill aguardaba en guardia una embestida que no se producía.

 

Era una cuestión de fidelidad. Aunque a veces Red se lo pusiera realmente difícil. Al tercer partido de las Finales de 1957 Auerbach no presentaba de inicio su mejor versión. Aún le duraba el enfado por haber perdido el estreno en casa tras dos prórrogas. Al segundo los Celtics empataron y ahora hacían de visitantes en la hostil St. Louis. En los minutos previos al choque, antes incluso del calentamiento oficial, Red ordenó a sus muchachos una informal sesión de tiro. Al poco Bill Sharman se acercó a Auerbach con una inesperada advertencia.

 

- Oye, creo que esa canasta no está a diez pies.

 

Red no lo pensó dos veces y actuó como si estuviera en su Garden. Urgió a los árbitros a que midieran delante de sus propios ojos la altura del aro. Con un operario encaramado a lo alto de la escalera Ben Kerner, el dueño de los Hawks, bajó a pista visiblemente enfurecido.

 

- ¿Se puede saber qué demonios estáis haciendo?

- Esa canasta no mide lo que debería –respondió Auerbach con calculado aplomo.

- ¿Me estás llamando tramposo, hijo de puta?

 

Red se giró y sin mediar palabra propinó a Kerner un puñetazo en la boca que no olvidaría en su vida. Russell evitó aprisa lo que a esas alturas en el Auditorium podía terminar en tragedia. Sintió que su técnico había hecho lo mismo que hizo él en la universidad ante el tipo que decidió extender por el centro el sobrenombre de snowball.

 

La canasta, antes y después de la gresca, estaba a diez pies.

 

Los Celtics ganaron aquella serie. Era la primera victoria juntos. En 19 meses Bill Russell había encadenado el título nacional de la NCAA, la medalla de oro olímpica y el anillo de la NBA. En realidad no habían hecho más que empezar. Era el primero de los muchos que vendrían después. Al año siguiente una lesión en el tobillo de Russell permitió a St. Louis tomar la revancha. Pero en los siguientes ocho ningún otro equipo pudo hacer sombra a los Celtics en la NBA.

 

Ocho años eran demasiados para cuantos sufrieron la tiranía. Pero no para los tiranos.

 

Cuando Red citó a Bill en su despacho los Celtics estaban cerca de poner fin a un periodo donde 9 de los 10 títulos en juego habían ido a parar a la ciudad de Boston. Ya no estaban Heinsohn, Cousy, Loscutoff, Sharman, Ramsey o Lovellette. Pero se habían sumado al grupo jóvenes como Nelson y Havlicek. Y aún seguían muy vivos sus viejos amigos Sam y K.C. Jones además de Satch Sanders.

 

Bill respetaba su decisión. Pero no la compartía. Era la cosa más inoportuna del mundo. Le habría gritado allí mismo que no. Que no los dejara huérfanos ahora. Que aún quedaba gloria por disfrutar. Pero no podía. Y tampoco debía hacerlo. Habría tenido el mismo efecto que Red denunciaba en otro escenario: “¿Abroncar a los jugadores tras una derrota? Sólo a un imbécil se le podría ocurrir creer que algo de lo que les digas va a entrarles en esos momentos”.

 

Así pues, la siguiente cita en el despacho presentaría las dos listas prometidas. La de Russell ni siquiera estaba completa. Ya le costaba encontrar un solo nombre como para enunciar cinco. Red en cambio podía hacerlo con varios más. Mientras Bill buscaba un buen hombre que hacerse cargo de los Celtics, Auerbach lo haría pensando en alguien que preservara a Russell intacto, libre, líder. Pero en realidad Bill había llegado sin nada, como a un examen en blanco pensando que Red captaría así el mensaje.

 

- Qué desastre, Russ. Así no hay manera. Te diría que volvieras mañana. Pero sé que harás lo mismo –y acto seguido sacó del bolsillo de la camisa un papelito que extendió en sus manos–. Mira, yo en cambio creo que tengo a tu hombre.

 

Pronunció su nombre y Bill reaccionó aprisa, con furia, casi como si lo estuviera esperando.

 

- ¿¡Qué!? Ni loco, Red. No pienso jugar para ese tipo. Si de verdad quieres traerlo haré lo mismo que tú. Dejo de jugar ahora mismo. No estaría ni en la misma habitación con ese hijo de perra.

- Vaya, no tenía ni idea de esto. No sé muy bien por qué pero aun así creo que sabrá…

- ¡No¡ –cortó en seco– ¿Qué crees, que no sé de qué individuo me estás hablando?

 

El sureño contaba con una ventaja sobre Auerbach. Y esa ventaja se traducía en información que los jugadores negros de la liga, con quienes guardaba una estrecha relación, le hacían llegar. Y especialmente aquellos que no eran estrellas. En las jornadas de los partidos le enteraban de todo. De todo cuanto merecía ser contado.

 

Bill prosiguió su encendida objeción.

 

- Ese tipo, Red, soltó en una fiesta que no podía soportar que un negro se viera con una mujer blanca. Que él estaba casado con una de ellas y que sólo de pensarlo se le removía el estómago. ¿Sabes? A mí también individuos así. Uno de mis mejores amigos ha sido entrenado por él. Estuvo a punto de prohibirle que hablara conmigo durante la temporada. No, amigo, no jugaría para ese tipo ni por todo el oro del mundo.

 

Auerbach dejó caer el papel sobre la mesa, se reclinó y luego de resoplar añadió:

- Entonces… ¿qué quieres que haga?

Bill se encogió de hombros mirando a ambos lados de la oficina, como buscando una respuesta en vano.

- No lo sé. Déjame que lo piense y te llamo.

 

Russell tomó camino a casa incapaz de pensar en otra cosa.

- Cariño, tienes la cena lista –le informó Marilyn desde la cocina.

- No quiero cenar.

 

Lo que Red por primera vez le pedía era mucho más grave que cualquier otro reclamo anterior. Mucho más difícil de cumplir. Por muchas vueltas que le diera terminaba siempre en el mismo lugar. “No hay nadie en el mundo que pueda suplirle. Al menos para mí”.

 

Acariciando la medianoche enganchó el teléfono y al rato la voz de Red salpicaba la línea:

 

- De acuerdo. Acepto.

- ¿Que aceptas qué?

- Acepto el trabajo. Yo entrenaré al equipo.

- ¿Vas a seguir jugando?

- Sí. De eso se trata.

 

Y creyó sentir, sin equivocarse, una enorme sonrisa al otro lado.

 

- ¿Sabes, Russ? Es la decisión correcta. Nadie puede motivarte mejor que tú.

Bill callaba vagamente satisfecho.

- Ah, y una última cosa. Escribirán que eres el primer negro en entrenar a un equipo en esta liga. Cállate, no les hagas el menor caso y demuéstrales que se equivocan. Demuéstrales que eres el nuevo entrenador de los Celtics.

 

No era que Red dijera la verdad. Era que siempre se anticipaba a ella.

 

 

 

Año de la cita (1966)

 

Ambos hombres volvieron así a acertar. En los tres años siguientes sólo Wilt Chamberlain reclamó por fin su trono. Era un espejismo que murió aprisa. En 1968 y 1969 los Celtics volvieron a saborear la gloria. Era la undécima vez que lo hacían en trece años. Por alguna misteriosa razón aquel espigado negro de Louisiana no podía perder. Nada había cambiado.

 

Bill lo dejó entonces y el resto de la liga suspiró de alivio. Pero a diferencia de Red, que lo meditó largamente, Russell se inclinó al mando de una revelación espontánea: “¿Qué hago yo de esta guisa delante de toda esta gente?”.

 

Ahora sí, había envejecido. Era momento de decir adiós.

 

 

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Más en: Red and Me, B. Russell & Alan Steinberg, HarperCollins Publishers, NY, 2009.

El sensacional triple de Juan Carlos Navarro en la semifinal del Europeo ante Macedonia encierra una lectura distinta a la mera épica del marcador (68-60) y la sentencia del cuarto (+8 / 1:26). Su factura, un lanzamiento exterior batido a una sola pierna, trae a colación una de las acciones menos frecuentes aun en la sobreabundancia del baloncesto moderno.

 

El tiro [exterior] en carrera sigue siendo hoy día una probabilidad más bien remota. Una estimación ligera hablaría de uno por cada centenar de tiros de media y larga distancia. Lo sorprendente es que durante la primera mitad del siglo pasado esa proporción era de uno a tres. E incluso menos.

 

Desde un punto de vista histórico el molde original de este género de acción equivale a un fósil que en los últimos cuarenta años han rescatado –sin la frecuencia suficiente para el valor de recurso técnico– no más de una docena de jugadores en la mejor liga del mundo.

 

Es posible interpretar la historia del baloncesto desde un sinfín de grandes y pequeñas evoluciones, algunas incluso aparentes minucias de una crucial importancia. A este último grupo pertenece ese gesto que hoy traemos a examen. Porque vale también para ello y no carece de interés advertir el hallazgo de una analogía formal entre Juan Carlos Navarro y Slater Martin a pesar de una infranqueable distancia de 60 años.

 

Sobre la muestra del ejemplo inicial lo que un espectador percibe a simple vista es que la ejecución del lanzamiento acontece “a una sola pierna”. Y aquí cabe establecer el primer corte. Mientras las entradas a canasta tienen lugar en carrera y baten, por definición, a una pierna tras el primer o segundo paso no ocurre lo mismo con el lanzamiento exterior, batido académica, naturalmente sobre los dos pies.

 

Esta automática evidencia condujo hace unos meses al cronista Bill Pennington a preguntarse si, viendo el baloncesto actual en cualquier parte del mundo, no parecía mentira que alguien tuviera que inventar el lanzamiento exterior en suspensión. Se urgía así a recordar que baloncesto y jump shot no nacieron juntos. Que este último es de hecho una herencia sorprendentemente tardía. Y que de los 120 años de vida del juego cerca de la mitad no conocieron el salto al momento de lanzar.

 

Con el fin de acertar el balón en la red a unos metros del aro la mecánica de los jugadores experimentó tres grandes fases hasta nuestros días. Basándose exclusivamente en los apoyos, en la relación de los pies con el suelo, esa historia emplea tres capítulos:

 

1. Dos pies.

2. Un pie.

3. Salto a dos pies o jump shot.

 

Las dos primeras fases pervivieron juntas hasta bien entrados los años cincuenta, cuando el jump shot vino a quedarse, como la electricidad o la rueda, para siempre.

 

Mientras los historiadores acuerdan la imposibilidad de establecer un origen concreto al nacimiento del tiro en suspensión se acepta en cambio el periodo de gestación en torno a los años treinta y en la escena universitaria como laboratorio de ensayo.

 

A finales de los años noventa un autor vino a romper con esta indefensión teórica en la publicación de la obra The Origins of Jump Shot: Eight Men Who Shook the World of Basketball (John Christgau, 1999), algunas de cuyas aristas no fueron aceptadas por el total de investigadores por la presunta flaqueza en la metodología empleada. Con todo, la tesis central hacía gala de gran fortaleza al rescatar de las profundidades al ramillete de jugadores cuyo influjo fue erosionando la técnica en el lanzamiento de media y larga distancia que hasta entonces imperaba hegemónica.

 

Para la crítica el problema residía en la audacia desmedida de Christgau al conceder el origen del jump shot a un único jugador. John Miller Cooper figuraba así como el inventor durante un partido de su equipo, la Universidad de Missouri, en 1931. Cooper, fallecido en 2010 a la edad de 98 años, no faltó a la ocasión de dotar al momento de la debida épica –“My feet left the hardcourt surface, and it felt good. It was free and natural, and I knew I had discovered something”– y a la honestidad de reconocer que se inspiró en un jugador de la Universidad de Chicago a quien vio entrenar el gesto en la clandestinidad de un pabellón de instituto.

 

A diferencia de Christgau el Basketball Hall of Fame de Springfield otorga la condición de pionero a Kenny Sailors, cuya trayectoria evidencia un mayor número de pruebas al darse hasta 1951 en el baloncesto profesional.

 

Valga uno u otro, es de común y valiosa aceptación el grupo de ocho pioneros a partir de Cooper enunciado en el ensayo: Kenny Sailors, Belus Van Smawley, Bud Palmer, John Gonzalez, Whitey Skoog, Dave Minor, Johnny Adams y Joe Fulks, siendo este último el más célebre dada su pionera condición –sancionada por su sobrenombre de ‘Jumpin’– como el primer gran anotador que la NBA conoció.

 

Los años de zozobra teórica arrojaron igualmente un nutrido anecdotario, decisivo para iluminar algunas áreas de penumbra e incorporar curiosas correcciones, una de las cuales tiraba por la borda el papel, monumentalmente admitido hasta entonces, de Hank Luisetti como socio fundador de la suspensión clásica. “I never had a jump shot –aclaraba el italoamericano–; it was a running one-hander kind of near the basket” (“In Search Of The First Jump Shot”, Bill Pennington, TNYT, 2/IV/11). Luisetti se declaraba así más próximo a un gesto sumamente extendido en el segundo cuarto de siglo, de formal encaje en lo que hoy conocemos en Navarro como bomba y cuyo origen, desde el escrúpulo técnico, es posible referir como bandeja frontal inversa* (*la posición de la mano bajo el balón es la opuesta a la lay up).

 

En realidad el papel inicialmente atribuido a Luisetti corresponde en justicia a Paul Arizin (1950-1962), el principal culpable de la vertiginosa divulgación del jump shot en la NBA camino de la modernidad en los años sesenta. Arizin triplicaba la importancia de Fulks en la extensión de aquella técnica. E incluso sin saberlo acabaría dando origen a lo que la nomenclatura refirió en adelante como leaning jumper, un pequeño molde de la suspensión –opuesto al fadeaway– que consistía en despegar el salto hacia delante dejando atrás al par defensivo. La técnica de Arizin nació sin esa intención ofensiva, de manera que su ejecución persistía similar aun lanzando a solas.

 

Por encima de la controversia y el rápido sucederse los cambios el verdadero legado del ensayo de Christgau residía en alumbrar el proceso histórico, dotarlo de sociología –la ruptura juvenil con la estricta cultura rural– y perpetuar al grupo responsable de la larga y difícil transición, entre el ecuador de los años treinta y cincuenta, hacia lo que el baloncesto universal conocerá para siempre como jump shot.

 

Hasta entonces, durante cerca de 60 largos años, el lanzamiento exterior había vivido estancado en dos formatos complementarios: uno, con los pies plantados en el suelo, y dos, con uno solo. Únicamente en este último, y de manera residual, intervenía el salto.

 

 

Hª del lanzamiento exterior: Fig. 1. Formación parada / 2. Alzada / 3. Suspensión

 

La primera de las técnicas es fácilmente asumible en un baloncesto que aún no había conocido la suspensión. El jugador resuelto a lanzar consumía unas décimas para cuadrarse al aro descargando toda la fuerza en los brazos sin necesidad de levantar el cuerpo del suelo (fig. 1). Una rudimentaria pericia que llevaba congelada desde finales del XIX y algunos de cuyos más brillantes resultados, como en el caso de Barney Sedran, sorprenderían incluso hoy.

 

La segunda técnica, alzando un pie, encierra en cambio otra explicación de doble motivo. Aquella suerte de lanzamiento que incorporaba ligeramente una pierna, como escenificando un caballito (fig. 2), era el resultado de proyectar hacia el exterior el método de la bandeja y las entradas a canasta. De hecho tenía su origen en el aprendizaje de la relación cruzada (brazo de tiro-pierna de batida) que la técnica preceptiva imponía bajo el aro. Técnica que durante los entrenamientos los jugadores repetían hasta interiorizarla de manera natural. El jugador replicaba la misma secuencia del cuerpo a medida que el tiro ganaba distancia.

 

A ello se añadió un segundo factor: los jugadores pequeños, una demografía mayoritaria por debajo del 1.95, encontraban acomodo en una técnica que favorecía la necesidad de imprimir fuerza a la parábola. Hallaban así una mayor soltura en el lanzamiento lejano. Y ello incluía no sólo a los jugadores más menudos. El gesto era tan automático que no era extraño ver a Clyde Lovellette ejecutarlo en sus escasos intentos a distancia.

 

Lo curioso de la técnica de alzado residía en su empleo por igual tanto en carrera como en estático. Una tradición que superó generosamente el ecuador de siglo. Así por ejemplo en la NBA de 1953 jugadores como Joe Fulks, Slater Martin, Ed Macauley, Whitey Skoog, Dick McGuire o Carl Braun exhibían el alzado en lanzamientos exteriores sin desplazamiento, esto es, totalmente parados.

 

La otra interpretación, compartida también por ellos, hablaba en términos de velocidad. Lanzamientos exteriores ejecutados en carrera y, como tal, mediante la técnica de alzado interiorizada desde tiempos pretéritos en las entradas a canasta.

 

Este último género de lanzamiento, el tiro en carrera, fue el principal afectado por el advenimiento del jump shot. Al extremo de hacerlo desaparecer en pocos años culminando con ello el mayor genocidio de un recurso técnico conocido hasta entonces.

 

Cuando quedó claro que la suspensión exterior servía para sortear la defensa a la vez que favorecía la eficacia –del 29.3 de acierto en 1948 a un 43.7 en 1968 (NCAA) / 34.0 en 1950 a 44.6 en 1968 (NBA)– el tiro en carrera adquirió automáticamente la condición de maldito, y muy en especial para los entrenadores, que lo contemplaban como una licencia innecesaria y un riesgo a evitar.

 

Si ya en 1931 el técnico de Missouri, George Edwards, condenó a Miller Cooper al banquillo por su jump shot bajo la amenaza “No lo vuelvas a hacer” la percepción negativa hacia su precedente en carrera persiste [universal] hasta nuestros días. “Los entrenadores mirábamos para otro lado cuando algunos de nuestros jugadores, casi siempre con resultado lamentable, lo intentaban” (Sergio Scariolo, Diario Marca, 7/IX/07).

 

Para finales de los años sesenta el tiro en carrera prácticamente había desaparecido. Todo residuo técnico en su ejecución fue liquidado y de su molde original es posible encontrar hoy recursos como el running hook shot –donde abundaron Magic Johnson y Scottie Pippen– o el floater. Pero mientras ambos finalizan por definición a una sola mano el tiro en carrera lo hace a dos. Mientras aquéllos pertenecen al género entrada éste lo hizo siempre a los márgenes del lanzamiento exterior.

 

Llegados a este punto crucial urge definir qué fue exactamente lo que desapareció.

 

El tiro en carrera constituye una suerte de lanzamiento en desplazamiento que consiste, y aquí reside su misterio, en preservar académicamente la mecánica de brazos pero no así de los pies, que siguen una secuencia propia de las entradas a canasta liberando los pasos reglamentarios sin bote (técnica de alzado). Por eso el tiro en carrera no se define por la velocidad de entrada previa al lanzamiento. Si así fuera, serían tiro en carrera las magistrales paradas a dos pies en transición de ejemplares como Drazen Petrovic, Lafayette Lever o Ferdinando Gentile.

 

Gráficamente se trata de todo aquel lanzamiento en suspensión que preserva intacta la mecánica superior de los brazos batiendo a una sola pierna (el ejemplo inicial de Navarro acude como arquetipo). De manera que un jugador detenido puede descargar uno o dos pasos tras bote sorteando a su par y lanzar, y su acción seguirá siendo considerada un tiro en carrera.

 

Este particular gesto técnico favorece notablemente la fuerza de impulso en el lanzamiento al aprovechar la cinética del cuerpo. Pero al mismo tiempo vulnera el equilibrio que conviene a la parábola del tiro. De manera que la vivacidad de su ventaja asume el riesgo de la imprecisión. Y esta doble característica, especialmente la primera, provoca una relación mayoritaria de esos lanzamientos con las inmediaciones de la bocina –a final de tiempo– y una masiva presencia de la tabla a causa del excedente de impulso. He aquí el espacio del juego donde mayor número de tiros en carrera encontrar, una predilección técnica en el primer Michael Jordan y algunos de sus aciertos desde medio campo. Aun al final de sus días aquella primeriza querencia (1:32), adquirida como un automatismo, le permitía expresarlo con asombrosa facilidad.

 

Con todo, es el margen cotidiano del juego donde mayor pérdida se experimentó. Tras el descenso casi a cero que sufre el tiro en carrera en la década de los setenta, donde apenas despunta Walt Frazier, jugadores como Isiah Thomas y Larry Bird salpican los años ochenta con ocasionales muestras que en el caso del jugador de Boston alcanzaron apogeos hoy en día sepultados en la memoria dormida.

 

El 26 de febrero de 1983 Bird sentenciaba una agónica victoria en Phoenix (101-103) con un alzado a media vuelta (1:30) en el Veterans de Phoenix y cinco años después, esta vez en el Capital de Washington durante el segundo partido de Boston en Regular, el alero sellaba un increíble final con tres canastas consecutivas las dos últimas de las cuales eran un triple en carrera y un calco del buzzer en Phoenix.

 

 

 

 

 

Con la extraña solidaridad de algunas destrezas de camarilla, su compañero Danny Ainge fue uno de los jugadores con mayor número de tiros en carrera durante sus años en activo. Como icono de aquella particular habilidad acude el aplastante final del primer cuarto en el Memorial Day Massacre (1985 NBA Finals / Game 1). Ainge certificaba el 38-24 para Boston. Era su punto número 15 y el séptimo acierto de nueve intentos (7/9). Este particular episodio (2:20) añade un factor clave que remite al caso Navarro ante Macedonia: la confianza del tirador hermana la licencia y la eficacia a esos extraños grados del acierto.

 

En el baloncesto contemporáneo la rara presencia del tiro en carrera es, más allá de la destreza, indisoluble de la vívida suficiencia que en esos momentos atraviesan sus protagonistas.

 

En una proporción algo menor a Ainge, Rex Chapman mostró igualmente cierta soltura en esta suerte del juego, grabando para la historia su buzzer a los Sonics en la primera ronda de 1997. Y seis años después los Suns sorprendían a San Antonio en el estreno de la serie con otro ejemplo muy gráfico, esta vez obra de Stephon Marbury que recuerda el frecuente factor fuerza traducido en el balón a tabla.

 

En los últimos quince años los casos más recurrentes se siguen contando por muy pocos. En diferente grado, Dana Barros, Michael Jordan, Allen Iverson, Tracy McGrady, Kobe BryantJason Williams, Dwayne Wade o Manu Ginobili son dignos de mención por ofrecer en suma el mayor número de ejemplos. Y tal vez por encima de todos ellos, Steve Nash, especialmente dotado para el tiro en carrera cualquiera que sea el ritmo de posesión, al igual que el brasileño Marcelinho Huertas.

 

Finalmente, reduciendo toda velocidad y por ello inscrito en la atávica suerte del alzado, en ese lanzamiento que bate a una sola pierna sin intervención de la carrera, sin apenas desplazamiento, predomina actualmente un monarca mundial que, vulnerando toda relación anterior con los jugadores de backcourt, ya ha instalado su figura en la hegemonía histórica de esta rara especialidad, como la más vanguardista versión de una reliquia. El alemán Dirk Nowitzki supera en órbitas un viejo recurso empleado por Adrian Dantley en los años ochenta –deadly step back– consistente en abrir espacio para el lanzamiento a través del alzado de una pierna y la amplitud del ángulo de tiro, burlando así hasta lo insultante la preceptiva conveniencia del equilibrio. Lo que arrancó en Nowitzki como una alternativa ocasional ha terminado en tal afectación que figura así como una de sus principales señas de identidad. Al extremo de poder traducir su one-legged shot, donde legged refuerza al extremo su condición adjetiva, como [lanzamiento] unípedo o monoapiernado. Un recurso que el alemán ha elevado a la cuota maestra.

 

 

 

 

 

 

Ésta es pues, a muy grandes rasgos, la accidentada trayectoria del tiro en carrera y su formación alzada. Un recurso que fue durante cerca de seis décadas fisonomía predominante hasta la aparición del jump shot y su posterior desaparición sin terminar de hacerlo nunca del todo. Porque no es posible e incluso su estado latente permite especular sobre su presente y futuro.

 

El presente se empeña en demostrar que una derivación corta como el floater, a medio camino entre la entrada y el mid-range shot, tomó el mando de su espectral herencia. El floater es el recurso ofensivo que ha experimentado un mayor crecimiento en el último lustro. Se trata del tiempo de reacción al ajuste reglamentario que condujo a principios de los dos mil a la supresión de la no lay-up rule y el restablecimiento defensivo ante toda una nueva horda de penetradores a los que gradualmente se va impidiendo entrar hasta la cocina.

 

Actualmente el floater está ganando distancia y altura. Por lo que no es descartable que, de proseguir este doble incremento, sea necesario en un futuro no muy lejano fortalecer la precisión del lanzamiento con el término de tiro a dos manos, esto es, con la mecánica tradicional del jumper, al modo de Navarro ante Macedonia.

 

Desde un punto de vista estrictamente técnico y pese a ser una reliquia el tiro en carrera es uno de los recursos más modernos del baloncesto. Ejecutado en un pequeño espacio su apariencia de restallido ofensivo por altura y velocidad le conceden una ventaja surgida del athletic talent, precisamente el factor de mayor desarrollo en la selección genética del baloncesto contemporáneo.

 

Ese jugador que dote de instrumento técnico cotidiano al tiro en carrera está por llegar. Y mientras siga adelante el histórico proceso de contagio de los jugadores ejemplares al resto, tal vez estemos, propiamente, ante un recurso del futuro que hoy no alcanzamos a ver, de la misma manera que Naismith no imaginó a Bill Bradley (fig. 3) ni éste a Ray Allen.

El baloncesto es hermoso. Pero lo es por cualidades que, tomadas en serio, penetran en campos mucho más complejos de lo que se estima a simple vista y que guardan una relación sustantiva con el arte y el diseño. Conceptos como pregnancia, armonía, composición, cadencia, proporción, simetría, equilibrio, simbolismo o plástica apenas suelen referirse en los escritos de nuestro juego o, de hacerlo, se arrojan aprisa al inmenso cubo de la estética.

 

En el baloncesto la física de probabilidades es mayor que en ningún otro lugar deportivo. O de otro modo, el baloncesto es el deporte donde el cuerpo goza de una mayor libertad y, en consecuencia, donde se desborda en mayor medida el repertorio de lo posible.

 

Mientras en el fútbol, por caso, el balón se traslada por percusión (golpes) en el baloncesto lo hace por retención. Y las manos no son los pies. La primera consecuencia habla, pues, en términos de creación.

 

La cuestión es mucho mayor de lo que parece. Por eso tan sólo se subraya aquí la simple noción de repertorio, de yacimiento. Un campo tan fascinante como extenso, material de volúmenes donde lo formal ocuparía de cabo a rabo el historial de la obra. Dentro de esa obra sería preciso incluir un enorme bloque dedicado al lanzamiento. Y muy dentro de ese bloque, otro todavía muy vasto pero mucho más específico destinado a explicar la corrección del lanzamiento en tiempo real, su desdoblamiento durante la ejecución; lo que el baloncesto conoce como rectificado.

 

Cuando un jugador lanza a canasta prevé una secuencia libre: decide lanzar porque puede hacerlo. Si en cambio se interpone un obstáculo en plena ejecución acude en su amparo el rectificado.

 

En sentido estricto el rectificado opera al margen de las distancias al aro. Pero ocurre que en la práctica el 90 por ciento de ellos tiene lugar en sus proximidades. La razón es sencilla: la defensa. Los obstáculos se multiplican cuanto menor es el espacio. Y a los brazos y manos se oponen otros. De ahí que rectificar sea casi por definición reducir y los rectificados suelan oler a hierro.

 

Del rectificado se cuentan por miles los capaces. Pero sólo unos pocos merecen ser referidos en justicia por sus prodigiosas facultades para una de las porciones más hermosas del juego: esa fase terminal donde el jugador, suspendido en el aire y resuelto a lanzar, multiplica sus gestos con el balón en las manos. El material más precioso para la cámara lenta.

 

Y precisamente por esa carísima cualidad el filtro para seleccionar a los más capaces no es muy generoso. Son necesarias cualidades atléticas muy avanzadas (1) y una mecánica psicomotriz a la altura de la exigencia (2).

 

(1) Hangtime.

(2) Body Control + Air Dribbling.

 

Al otro lado, el del espectador, opera la percepción visual exactamente en el mismo cuadrante del cerebro que reacciona al diseño, el arte y el color. De ahí que algunas acciones nos hechicen o deleiten más que otras; nos causen un mayor impacto. “The effect Jordan's actions could have on the human mind” (Carson Cunningham, 2009).

 

Mientras en la sabiduría popular rectificar es de sabios, en el baloncesto rectificar es de atletas. Su lenguaje consiste en movimientos y recursos, a menudo improvisados, donde la inteligencia despliega algunas de sus más misteriosas formas.

 

Gracias a ellas conocemos también el valor más crucial de los rectificados: la evolución del baloncesto es también la de estos paseos del balón en las manos para afrontar la canasta. Algo muy grande tuvo que cambiar en el progreso de la técnica y la física en los más de 60 años de tiempo que separan a Ossie Schectman y Derrick Rose.

 

De manera muy gráfica es posible poner orden a todo ese aparente caos.

 

Para empezar, y resumiendo al extremo, el rectificado en el baloncesto, lo que en su idioma madre no se conoce por un único término –air fake, pump fake o simplemente move– puede agruparse en tres grandes categorías con arreglo al trazado de su ejecución, a la trayectoria del balón en las manos y su causa principal.

 

 

El rectificado quebrado

 

Su forma más elemental, el primer género en nacer por una simple reacción del instinto. El primer jugador que intuyó su lanzamiento taponado efectivamente lo fue, el segundo cometió dobles pero un tercero alteró la dirección de sus manos abriendo un espacio para el balón. Con éxito o sin él, pudo lanzar antes de caer al suelo. Nacía así el rectificado quebrado, una formación accidentada del tiro.

 

Décadas después su evolución como recurso técnico permite describirlo en toda su extensión: el quebrado despedaza el lanzamiento en fragmentos lineales, de trayectoria corta y recta. Ante la oposición los brazos reaccionan con un bandazo del balón en una dirección estable que puede recular hacia el punto inicial proyectando así un dibujo en el aire de ida y vuelta (Show-Down-Up). Al fragmentarse en dos golpes muy visibles la nomenclatura anglosajona lo refirió vulgarmente como double pump, como un repentino impulso que añade un segundo tiro al molde original.

 

De tan básico es el más numeroso y donde mayor cantidad de jugadores blancos se prodigaron. Incluso algunos, como Maravich, Galis, Koudelin, Marciulionis o Ginobili, con esa magistral frecuencia del recurso natural.

 

 

El rectificado curvo o circular

 

El más reconocible y propiamente moderno. Mientras el quebrado escarpa el tiro el rectificado circular dibuja de principio a fin y en muy diversa magnitud formas circulares en el aire o curvas de continuidad.

 

Este género de rectificado es más creativo que corrector. Mientras la ejecución del quebrado se ve a menudo forzada, como una respuesta obligada, el rectificado circular busca sortear la defensa incluso antes del salto, con toda la habilidad del recurso premeditado.

 

En los casos más extremos el género curvo responde a un voluntario recreo del autor, consciente de la belleza de la acción.

 

Su yacimiento es demasiado grande. De Connie Hawkins a Vince Carter pasando por Tiny Archibald o el primer Stacey Augmon son innumerables los jugadores que han contribuido a su extensión; a que de los años 60 a nuestros días sea uno de los recursos que presenta una mayor presencia y evolución.

 

Permanecen intactas la suavidad en las formas y una concentradísima abundancia en toda suerte de bandejas. Una de ellas vive casi por definición del recurso circular: es el aro pasado o reverse layup, para cuya ejecución se precisa un rectificado curvo (una parábola convexa).

 

 

El rectificado de resistencia

 

Podría explicarse tan sólo como un abuso de la suspensión. El tirador bate a duelo al rival a, simplemente, aguantar en el aire.

 

Presenta esta denominación porque los brazos se resisten a lanzar sin apenas alterar la fase terminal del tiro.

 

A diferencia de los dos anteriores géneros, la resistencia no añade al balón un trazado espacial. Sino temporal. Es un rectificado de tiempo. No de espacio. Por eso el jump shot pasa a ser hangtime shot. Es la acusada diferencia que abre una suspensión clásica de Alain Gilles o José Biriukov con Michael Jordan o Kobe Bryant.

 

Cuando llegaban a Europa combinados americanos, especialmente en los años 80 por la presencia de la TV, el aficionado medio podía comprobar la superioridad atlética de la raza negra a través de acciones de salto, fuerza o velocidad. Pero desde un punto de vista técnico se daba un especial asombro en ciertos tipos de lanzamiento donde la suspensión parecía diferirse, retrasarse como más de lo normal. Suspensiones donde los defensores tocaban suelo y los tiradores prolongaban la ejecución del tiro sin vulnerarlo.

 

Aquel retraso decimal en la formación del tiro, como una suspensión diferida o tardía, es la base del rectificado de resistencia, una manipulación temporal del tiro. Un recurso milimétrico que explica una de las más visibles diferencias durante décadas de los jugadores americanos con el resto del mundo.

 

Llevada al extremo esta diferencia se veía acentuada en correctores compulsivos de todo lanzamiento, como fue el caso del norteamericano Larry Spriggs en el Real Madrid.

 

Este tipo de rectificado es el que menos atiende a distancia. Puede hacerlo en las afueras del aro y de hecho acostumbra a hacerlo allí.

 

A pesar de su endiablada velocidad el legendario The Shot (Michael Jordan, 1989) sigue siendo uno de los ejemplos más diáfanos de lo que supone un rectificado de resistencia (con desplazamiento lateral del cuerpo).

 

 

The Shot (1989) como la perfecta armonía entre frontal de impulso, rectificado de resistencia y desplazamiento lateral en el salto

 

Bien por el empleo de uno de estos tres géneros bien por el refinamiento exclusivo en uno de ellos estos son, en una selección elitista hasta el extremo, los cinco mejores correctores del lanzamiento en el aire en la historia de la NBA, los cinco principales manipuladores del balón en el salto a canasta.

 

 

Elgin Baylor

 

Pionero genuinamente natural de los flashy moves en el aire. Hay un gran consenso histórico en estimar a Baylor como el primer jugador propiamente moderno en el curso de la NBA por diversas razones la principal de las cuales hablaría en términos de versatilidad. Pero fue en la apariencia de sus técnicas de anotación donde Baylor abrió camino como el más fiel sucesor de algunas evoluciones expresivas en los viejos Rens y Globetrotters.

 

Su aportación en este sentido es tan incuestionable que la propia reseña biográfica de la liga, tan poco dada a eludir oficialismos, lo expresaba de manera cristalina:

 

“Had Elgin Baylor been born 25 years later, his acrobatic moves would have been captured on video, his name emblazoned on sneakers, and his face plastered on cereal boxes. (…) Baylor played the game with midair body control, employing his ability to change the position of the ball and the direction of his move while floating toward the basket”.

 

Esta segunda oración valdría en realidad para describir a cualquiera de los miembros de esta escueta lista, que abre Baylor al ser el primer jugador en tecnificar –dotar de utilidad técnica, convertir en recurso– la expresiveness en las embestidas al hierro.

 

Donde otros jugadores, en todo ese gran espectro conocido como layup o bandeja, concedían al balón toda la carga de fortuna para sortear los brazos defensivos, Baylor empleaba el uso de los brazos para recular, amagar y dotar de movimiento al balón aún atrapado en las manos. Se valía para ello de su cualidad más dominante, una suspensión hasta entonces desconocida que Bob Cousy metafóricamente describió “como si se quedara quince segundos colgado en el aire”.

 

 

 

 

 

Baylor fue también uno de los primeros jugadores en vulnerar un canon según el cual todo lanzamiento debía producirse de cara al aro. A partir de él también era posible lanzar sin que necesariamente la vista apuntara directamente al hierro –el primer preludio de Michael Jordan–. Y ello abría un enorme abanico de posibilidades al cuerpo, donde el off balance o desequilibrio no impedía el tiro.

 

En este arte del rectificado ejemplares futuros como Vince Carter o Dwayne Wade resultan infinitamente más avanzados. Pero es inevitable la mención al pionero no sólo por iniciar el camino sino por abrir una fractura formal tan enorme con sus contemporáneos.

 

 

Julius Erving

 

El más refinado maestro en la técnica del rectificado circular, que amplió hasta límites aún no igualados en su querencia por el dominio del balón a una sola mano.

 

Como ejemplares arquetipo de lo formal, dotados de una superlativa capacidad para la expresión individual del juego, Julius Erving perdura hegemónico, como si el tiempo no hubiera erosionado ni su legado ni su modernidad. Conceptos tan sólo empleados por aquellos analistas más próximos a lo literario refieren en Doctor J la máxima expresión de lo que se conoce por graceful o finesse. En el arte de la continuidad en la ejecución Erving ocupa igualmente un trono absoluto.

 

La noción de elegancia en el baloncesto, rara vez explicada en breve, podría definirse como la sublimación de la técnica a velocidades aparentemente despaciosas. Como si el jugador elegante cumpliera de cabo a rabo un guión previsto, premeditado, aunque no culminara en acierto, lo que permite separar en el baloncesto –y a un altísimo grado– belleza y evoluciones del marcador; elegancia de eficacia.

 

Ocurre sin embargo que el control de la antología visual de los jugadores, el legado de imágenes que consume el gran público, en manos de la NBAE como principal yacimiento de exportación al mundo, escapa a menudo a la apreciación de la justicia estética en favor de la épica. De manera que una acción acaecida en unas Finales se repetirá hasta la extenuación hasta hacer de ella un icono, un arquetipo. Este proceder conduce a errores tan grandes como olvidar acciones mucho más superlativas de la figura en cuestión.

 

Ello explica por qué The Move (Michael Jordan, 1991) o The Shot (Julius Erving, 1980) gozan de infinita mayor exposición que obras en justicia mejores, como fue el caso de una de las bandejas más circulares de la historia en una velada de Regular de 1977 (seg. 0:18) donde las artes más nobles de Julius Erving quedan exactamente definidas.

 

 

 

 

 

Hay un forzoso nexo de unión, incluso contemporáneo, entre Elgin Baylor, Julius Erving y Connie Hawkins. Y en menor medida George Gervin, Larry Kenon, George McGinnis, Darnell Hillman y David Thompson, lo que ratifica la condición atlética de los más grandes correctores del tiro en el aire.

 

 

Kobe Bryant

 

Una obra que pretendiera abordar en rigor una de sus mayores aportaciones al juego podría llevar por título Geometría espacial en Kobe Bryant. O cómo es posible incorporar el orden más preciso a toda suerte de rectificado.

 

Dentro de su inmensa perfección formal, viciada en el exceso, la estrella angelina, desde su nacimiento como jugador, no podía dejar vacío el menor espacio de su juego ofensivo. De manera que hay un paralelismo natural entre todo su arte de pies y manos con su despliegue dinámico en las fases terminales de sus entradas a canasta.

 

En términos no tan figurados Kobe Bryant ha sido el único jugador capaz de dotar de pleno sentido a la técnica formal lejos del suelo. De ahí que sus rectificados no parezcan improvisados –técnica de orden– sino perfectamente calculados incluso antes de batir. Ello explica la limpieza y geometría de sus trazados. Y sorprendentemente desde su primer día de profesional. El rectificado en Bryant es un aspecto de su juego, un cuadrante enorme, que no ha mermado con el tiempo.

 

De los tres géneros de air fake Bryant mostró un especial empeño en eludir los circulares, como encontrándose mucho más cómodo en los otros dos –quebrados y de resistencia– y haciéndolos uno solo, como una simetría perfecta.

 

Su antología en este sentido es prácticamente infinita. Pero un ejemplo impecable de rectificado quebrado, de tal dominio en el aire como si pisara suelo, tuvo lugar en el quinto partido de las Finales de 2009. Una obra maestra genuinamente Bryant que combinaba un ball fake lineal (quebrado puro) y el desplazamiento del cuerpo, de manera que el balón, el tiro final, aleje la defensa mucho más de lo que un espacio tan reducido hace presumir posible.

 

 

 

 

 

Derrick Rose

 

A lo largo del tiempo ese trono de costumbre referido como “el mejor penetrador del mundo” ha ido dando sucesivos nombres. En el baloncesto moderno, especialmente en los últimos quince años, el ritmo al que esos reyes se iban sucediendo ha sido, por lógica, mucho más rápido que en eras precedentes. De Allen Iverson a Tony Parker, de Tony Parker a Dwayne Wade, de Dwayne Wade a LeBron James, y de LeBron James al mejor penetrador actualmente del planeta: Derrick Rose.

 

No se trata del cambio de nombres. Se trata de que cada generación de misiles supera a la anterior en la amplitud de las destrezas. Como si puestos a prueba en un escenario hipotético que concitara a todos los grandes de esa especialidad, el último en el tiempo fuese el mejor. Una evolución inapelable.

 

Y sin embargo no son sus facultades balísticas las que traen a Rose a esta lista. Lo son los rectificados más celéricos de la historia. Con tan sólo tres años de experiencia Derrick Rose ya es, con el balón en las manos, el mayor velocista que haya dado nunca el baloncesto.

 

Contrariamente a Bryant la velocidad de Rose es símbolo de una improvisación que multiplica la dirección del balón en cualesquiera maneras para conceder finalmente luz al tiro. Ello implica orbitar el balón a cambios de ritmo y dirección impensables en otro tiempo. Por eso desde un punto de vista no tan fabulado sus rectificados equivalen a la misteriosa balística de la presumible tecnología OVNI, a su maniobrabilidad fuera de cauces aparentemente normales.

 

 

 

 

 

Rose es por ello uno de los ejemplares más modernos del baloncesto mundial y pese a lo cotidiano de su estatura, un genuino embrión del siglo XXI.

 

Bastaría remontar a las evoluciones en torno al aro de figuras anteriores como Pete Maravich, Freddie Lewis, Tiny Archibald, W.B. Free o Isiah Thomas para comprobar el colosal salto dado en el centrifugado del balón en apenas unos años, donde también es posible situar al primer Dwayne Wade. Su versión más explosiva no palidece ante Rose.

 

 

Michael Jordan

 

Sin posible discusión Michael Jordan es el corrector de tiro en movimiento más versátil de la historia. El mayor grado de maniobrabilidad conocido. Su material formal es tan inmenso como una enciclopedia varios capítulos de la cual irían exclusivamente destinados al espacio, casi mágico, entre despegue y canasta, el predicado de su simbología universal: AIR.

 

Lo formal informal en Michael Jordan está íntimamente relacionado con la llamada técnica de caos –a diferencia de la técnica de orden en Kobe Bryant. Desde un punto de vista teórico la dinámica de Jordan en el aire, como material de estudio, es sencillamente inaprehensible. No puede ser enseñada y como tal sigue despertando un gran misterio por su condición salvaje, como una incesante secuencia de actos reflejos que en conjunto –y aquí Jordan predomina en la historia del deporte– conquistan un sentido plástico sin parangón. Donde la percepción se retira al dominio de la sensación.

 

Mientras en Bryant es posible descifrar los motivos de un trazado concreto resulta imposible hacerlo en Jordan, habiéndolos grotescos y absurdos, esto es, inverosímiles.

 

Su completa desinhibición para afrontar riesgos en el aire le condujo a un extraño, casi exclusivo dominio, de facetas tan impracticables al común como la bandeja de espaldas o la querencia por resolver el último latigazo de la mano no en base a voluntad propia sino al desplazamiento por contacto ajeno. Ello le concede la cima más absoluta en el número de improvisaciones con éxito que haya dado la NBA hasta el día de hoy.

 

Se han cumplido recientemente veinte años de The Move (1991), una de las tres acciones más repetidas de su carrera, cuando en realidad aquella espectral corrección del tiro -“Creí que Perkins saldría a taponarme”- no debería ocupar, en un rango riguroso, ni un listado de 100 rectificados en su vida deportiva, donde tal vez sea justo despuntar su prodigio ante los Nets, el air dribbling más abundante y dilatado nunca visto.

 

 

 

 

En suma, el arte de la maniobrabilidad terminal en Michael Jordan sólo tuvo la medida del tiempo pese a que, con lógica, fue mermando en volumen a partir de 1992. Aquellos primeros ocho años fueron sobrada prueba de que talento y cuerpo, inteligencia y materia atlética, pueden ser, contrariamente a lo que se cree, una misma realidad.

*Se respetan en casi su totalidad las declaraciones vertidas en su idioma original.

 

 

 

 

LeBron James es un caso clínico, infinitamente más sociológico que deportivo y así rezará en los libros del futuro. Como el compendio de adónde han llegado las tecnologías de la información, cuál es su uso, cómo su contagio y con qué fines.

 

Resulta prácticamente imposible poner orden en torno a una figura sobre la que se vuelca en tiempo real un volumen de información tan colosal que más que a precisión obliga a embarcarse en una sola dirección, arrastrado por la virulencia de una corriente que gana fuerza a cada minuto y que, en perspectiva, celebra una unanimidad monstruosa.

 

Con James ocurre que el juicio es diario (horario en las últimas semanas). Y lo sucedido hoy prima sobre lo de ayer. De manera que James es tiempo presente con toda su instantánea crudeza. Ambos factores, propaganda masiva y velocidad instantánea, nublan como con ninguna otra figura deportiva las consideraciones que dejar intactas.

 

Su carrera en vivo se ha convertido además en un Reality de interacción universal, un espacio de infinita magnitud donde lo informe suplanta a lo informativo.

 

Desde un punto de vista deportivo, y muy a grandes rasgos, James fue el mejor jugador del nuevo proyecto de Miami durante la complicada temporada regular de 2011. Lo fue como lo había sido el año anterior en Cleveland. Y el anterior. Y el anterior. Tal y como llegado un punto, en torno a los 22 años, en torno al milagro de colar a los Cavs en las Finales de 2007, se instaló un incuestionable consenso entre los pilares que sostienen el negocio NBA de que el jugador con mayor potencial para hacer a cualquier equipo campeón era James. Y todo el largo y pesado prolegómeno del verano de 2010 no hizo sino confirmarlo.

 

Incluso la furia de Cuban al materializarse el proyecto Miami se sustentaba en realidad en no haber podido hacerse con él (meses antes cortejaba al jugador y su business manager Maverick Carter a través de mensajes de móvil).

 

Sin embargo el tratamiento recibido desde cualquier arista del mundo deportivo no ha reflejado un paralelo respeto por estatus. Antes bien todo lo contrario. A un extremo, el fenómeno hater, sin precedentes –comienza a haber acuerdo– en la historia del deporte americano. Su caso, a día de hoy, ya rebasa con creces los duros episodios que pesaron sobre Kobe Bryant, Rick Barry y Wilt Chamberlain.

 

Sobre la pista, una vez apagado el monumental Tim Duncan, si un jugador podía ser desplazado del trono NBA por James, ése era Kobe Bryant.

 

El verano de 2001 un chaval de 16 años, una de cuyas primeras definiciones mezclaba a Kobe Bryant y Magic Johnson, se presentaba al ABCD Camp en New Jersey como la máxima atracción. Ya entonces lo era a pesar de la presencia de muchachos algo mayores como Carmelo Anthony, Chris Bosh, Charlie Villanueva, Raymond Felton, Sebastian Telfair o Deron Williams. Y precisamente como invitado de honor, Kobe Bryant, del que el jovencito, natural de Akron (Ohio), no quiso despegarse por la profunda admiración que le profesaba. Era la primera vez que ambos se veían y Bryant ya era dos veces campeón de la NBA.

 

Diez años después, a pocos días de volver a verse las caras para el partido de Navidad, LeBron recordaba aquella jornada y actualizaba sus sensaciones hacia Bryant. “Mi impresión hacia él sólo ha aumentado. Es uno de los mejores competidores que hay. (…) He does whatever it takes; he puts himself and his teammates in a position to win. He holds himself to a higher standard”. Para terminar desmarcando su corta y aún infructuosa carrera de la del mito amarillo. “I'm trying to do that”. En aquel partido, que Miami se anotó por 80 a 96, un lance del juego dio con esa versión enojada de Bryant durante unos segundos hacia él, a quien recordaba: “Eh, I’m a champ”.

 

Bryant ya había destinado una pequeña perla un par de meses atrás cuando, a la pregunta de quién ganaría un 1x1 entre ambos, repuso con seguridad: “I'd win, I'd win. That's what I do. One-on-one is ... that's easy for me, you know”. Lo cual era perfectamente posible y no debería entrañar polémica alguna. No mientras el portavoz de una declaración así no fuera LeBron James, cuya temporada en términos de aire, de libertad de expresión, ha estado como con ningún otro jugador jamás “under the microscope. (...) His every mis-step and perceived mistake (have been) examined and consumed by a public desperate for another chunk of his scalp” (S. Powell).

 

Si en cambio las declaraciones, de múltiple origen, iban dirigidas contra él o el proyecto de Miami, siendo el primer destinatario lo único relevante, no solamente no habría problema. Serían jaleadas como lo fueron las primeras reacciones de Charles Barkley, Magic Johnson o Michael Jordan, del mismo modo que las repetidas imitaciones de Dwight Howard hacia el chalk toss. Por simpáticas, por graciosas. No como aquellos bailes de James que, más de un año después, siguen sin caducar en el imaginario. Ni probablemente lo hagan nunca.

 

La temporada de 2010 no terminó pues con el anillo angelino. Entró hasta bien cocido agosto formándose una segunda temporada o una larga previa de la 2011. El volumen de información NBA arrojada durante aquel mes de julio decuplicaba el del lustro anterior en esas mismas fechas en su totalidad. Las reacciones, simplemente, no podían contarse. Abarcaban el completo orbe social y ello incluía a políticos de todas las alas hasta llegar a la Casa Blanca (“You could see LeBron fitting in [Chicago] pretty well”, deseaba Obama). La LeBron James Fever, que llamó la ABC, no remitió. Ardería de entonces a nuestros días.

 

Delito y condena coincidían: The Decision. Fondo, forma o ambas.

 

Contra el fondo, y como principales portavoces, Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird y Charles Barkley. Según ellos unirse a dos estrellas era un error histórico por renunciar a su condición de macho alfa. Especialmente virulenta la reacción de un Barkley –“You don’t leave anywhere”– que parecía olvidar sus días de “trade me” en Philly o precedentes como Wilt Chamberlain, Moses Malone o el más reciente Shaquille O’Neal, cuyo anuncio de fuga a Los Angeles, como recordaba Araton, tuvo lugar entre la víspera de los Juegos de Atlanta y horas después de la conmoción nacional por la tragedia del vuelo 800 de la TWA.

 

En la segunda semana de julio, con el pueblo alzado en armas, un sorprendido Mark Sheehan, el responsable del club Boys&Girls en Virginia (ONG destinada a la protección de jóvenes desfavorecidos), se valía de un pequeño medio como plataforma. Informaba que para mantener a uno de sus muchachos fuera de problemas la Fundación precisaba de unos 1.500 dólares al año. Sheehan acudió a los medios buena parte de los cuales le dieron la espalda para agradecer que James había donado dos millones y medio de dólares (2.500.000) a la Fundación. La donación, la distribución de cuyo programa debía incluir la compra de más de 1.000 ordenadores con fines educativos, no sólo fue mayormente silenciada –como el caso del niño paciente de cáncer Stephan Gutierrez– sino que, de referirse, se hizo como sucio artificio compensatorio.

 

En octubre LeBron era el único miembro en la plantilla de Miami en quedarse a solas, a veces durante horas, con el novato gravemente lesionado Da'Sean Butler para compartir con él duelos de tiros libres. La única utilidad de aquellas veladas en privado era que el joven no cayera en depresión. No hubo nada que hacer y el cuerpo técnico se deshizo de Butler a finales de mes.

 

La Opening Night, que acabó con la humillante derrota en Boston, se convirtió en el partido de Regular más visto en la historia de la TV por cable. Los medios tomaron buena nota. ABC, TNT, ESPN, NBA TV habían cerrado ya la emisión de los Heat a nivel nacional con picos de hasta 14 partidos entre febrero y marzo. Aquella derrota, la aplastante forma en que se produjo, alentó nuevamente la primera oleada de temporada.

 

La voracidad de la información en una dirección prácticamente uniforme cuestionaba incluso el sentido de la profesión periodística a nivel global. De ahí el lúcido artículo, obviamente desapercibido, obra de Ben Wanatabe en el Express bajo el revelador título Victim Of a Global Society donde exponía cómo un asunto menor podía extenderse hoy en día por todo el planeta en cuestión de segundos liquidando todo razonamiento o la exposición de hechos que contravinieran el único y prioritario objetivo.

 

Según el autor, que denunciaba casos anteriores por simple analogía (Charles Barkley, Michael Jordan, John Elway o Eli Manning), el razonable espacio crítico estaba dando paso a niveles de Red Code, una línea que ya se había cruzado repetidamente en innumerables medios, uno de los cuales, el Daily News, elevó a LeBron a portada con igual tratamiento gráfico que un genocida, encriptando el calificativo de “Hijo de Puta”.

 

 

 

 

 

Tiradas agotadas, excedentes de ventas, niveles de audiencia imprevistos, éxito asegurado.

 

Daba inicio en adelante el suculento negocio del odio, recogido de manera inmejorable por las ediciones digitales deportivas de todo el mundo. La ecuación era sencilla: bastaba un titular de LeBron y un predicado contra él. La audiencia lectora, alentada previamente al ardor de los comentarios, ese recurso cuyo origen no vino motivado, como se cree, por la cortesía del feedback sino por la multiplicación de entradas (page views), se convertía así en el perfecto combustible para regocijo de directivos y publicistas.

 

La temporada de 2011 podía perfectamente retratarse como una pira de fuego con un muñeco incombustible.

 

Ante un panorama (informativo) desaforadamente tóxico algunos profesionales reaccionaron en justicia. Ya en octubre Ben Golliver aseguraba que contra la imagen que se ha exportado de él, “James has always reflected a happy go-lucky playful nature. He dances with teammates. He raps on-court (and in the locker room, loudly). He chuckles in interviews and smiles for the camera. This man is not a brooder. (...) This is not a man fueled by rage and hatred. (...) James is not who we want him to be, and that's really been and continues to be his biggest crime”.

 

Con la temporada iniciada las citas de Miami –en Boston, Los Angeles, Cleveland– marcaban el calendario. Así en un cómplice seguidismo a la gigantesca ESPN se orquestó desde los mass media una campaña donde el morbo de su regreso a Cleveland, para el 2 de diciembre, lo permitía prácticamente todo.

 

Aquel regreso, una caza de bruja(s) a placer de la pantalla nacional, marcado por la deplorable sensación de que ocurriera algo, uno de esos incidentes que la farisaica moral mediática arrimarse luego a lamentar, fue visto por algo más de 7 millones de espectadores, superando los 5 puntos de 'share' en la TNT, lo que equivalía a un aumento del 257% respecto a la misma emisión NBA el año anterior (Celtics-Spurs) y un punto superior al Eagles-Texans de la NFL; iguales éxitos que la Opening Night o la posterior Christmas en Los Angeles.

 

El público respondía así al reclamo James en pantalla dentro de una fabulosa inflación de audiencias que la NBA ha acusado positivamente durante toda la temporada de 2011. La pira de fuego al muñeco probaba a cada minuto su rentabilidad. “An entire season under a national microscope unmatched in the history of team sports. Every itch is documented, every scratch is scrutinized, every star is questioned about every public act, every day is another chance for them to embarrass or enrage” (Bill Plaschke).

 

Porque el mensaje matriz había quedado claro en las ediciones deportivas de todo el mundo: cargar contra LeBron James era altamente rentable, lo que rápidamente dio lugar a un nuevo proceso donde pasar de la observación a la persecución.

 

Uno de estos actos de acecho dio con la preocupante derrota de Miami en Dallas el 27 de noviembre. En un tiempo muerto el choque fortuito entre LeBron y Spoelstra fue globalizado con el arma privada de Youtube y sentenciado como una visible agresión del jugador a su técnico. Había nacido el Bump Gate, otra billonaria conspiración en la que James aparecía a los ojos del mundo como el verdugo de su joven, inexperto y frágil entrenador. Sin haber un solo precedente suyo de agresión hacia jugadores o complot hacia técnicos la ruptura entre ambos, así se hizo creer, se daba por hecha. Incluso se vinculaban como prueba las declaraciones de James tras la derrota en Boston de octubre donde se dijo sorprendido de su minutaje (obviando su intención de abrir el roster en la promesa del técnico), tal y como Pau Gasol haría con Jackson entrado diciembre.

 

Lo que en cualquier otro equipo hubiese sido pasado por alto de manera interna obligó a ambas partes a una reunión para poder negociar no sólo aquella situación sino las que vendrían en adelante. “We can’t do it without one another. He’s captain of the ship, and I’m one of the soldiers” (James). “A reminder for both of us that we have to manage all the noise outside and keep it to what's real. (…) We needed to be able to manage that and not let it be a distraction” (Spoelstra).

 

Preguntado un miembro del vestuario Heat por quien suscribe su respuesta fue tajante: “El ambiente entre nosotros es fantástico. Era de esperar. Si miras nuestra plantilla te das cuenta de que hay un montón de jugadores veteranos que llevan años jugando en esta liga, que tienen toda la experiencia para saber lo importante que es un vestuario unido. Conocen su rol en el equipo y el de los demás, y vamos todos a una. Todos estamos preparados. (…) LeBron es una gran persona, un tremendo líder y un compañero increíble. Es alguien a quien importa lo que piense el compañero. Es un tipo humilde ante todos nosotros. Ha venido aquí a realizar el trabajo más fuerte. Como compañero te digo que nos agrada mucho su presencia”. Palabras que no hacían sino confirmar la ausencia de crítica alguna hacia él por parte de compañeros, ex compañeros, ex técnicos y miembros del entorno que, efectivamente, había convivido con él en los últimos ocho años.

 

Uno de los portavoces de aquella ruptura, Chris Broussard, mantendría un aparte con James tras el partido en el Madison de diciembre en términos disculpatorios. “No problem, Chris. It’s not an issue”. Ninguna rectificación al respecto fue publicada.

 

Ante el cariz que estaban tomando las cosas el veterano Sam Smith, galardonado este pasado mes de mayo con el Phil Jasner Lifetime Achievement Award como reconocimiento a toda su carrera, se pronunciaba ya en el mes de enero en términos algo perplejos: “James, like no one before him, has become some sort of personification of sporting evil, if not entirely clear why this all occurred. It's real now”. Según Smith había sobrevenido un panorama imprevisto por el propio deportista, “events he has no idea how to contend with yet control. He walked innocently into that "Decision" TV which started all this. (...) I'm fairly sure James had none of this planned. I'm fairly sure James never wanted any of this. He's not an evil person as far as anyone can tell”.

 

Precisamente Chicago había sido el equipo con el que LeBron prolongó más sus reuniones solicitando incluso alguna cita más antes de tomar su decisión. Durante un tiempo indefinido en aquel principio de julio, que Wade y James recalaran en los Bulls fue una posibilidad real.

 

Con el cambio de año Miami conquistó un nuevo nivel de juego venciendo en 21 de 22 partidos y encadenando 13 de ellos a domicilio. Para el 9 de enero, con la victoria en la prórroga en Portland (100-107) y jugando unos minutos como pívot, LeBron había sido probado en las cinco posiciones del juego dando un salto cualitativo como fortaleza defensiva a cualquier nivel. No mucho después Spoelstra aseguraba que defensivamente podía “arrojarlo contra cualquiera” con éxito.

 

Para cuando los Cavs visitaron Miami el último día de enero el que fuera equipo de James acumulaba 30 derrotas en sus últimos 31 partidos, 23 de ellas consecutivas a domicilio. Preguntado con esa reiterada insistencia sobre cuestiones de fondo especialmente morboso James insistió: “I have nothing bad to say about the players that I left and the team. I wish the organization the best. And I wish the fans, more than anything, the best because we had a lot of great years together”. Sobre una parte de la atmósfera creada en torno al jugador que parecía convertir en Clevelander a todo americano, uno de sus ex compañeros había confesado a quien suscribe (10 nov.): “No lo entiendo. No entiendo cómo la gente olvida que él ha sido un jugador que ha hecho mucho por el equipo y sobre todo alguien que ha hecho muchas cosas por la ciudad de Cleveland. Muchas”.

 

Precisamente para el día de Acción de Gracias el jugador organizaba, como acostumbra anualmente, la distribución de más de 700 cenas entre homeless y jóvenes desfavorecidos en el área de Akron, su localidad natal. Todo ello a cargo de la LeBron James Family Foundation, una de las asociaciones fuera de la órbita del NBA Cares con menor calado mediático. Así toda mención brilló por su ausencia.

 

La escenografía de la temporada en el total de pabellones de la NBA, ciudades sobre las que James jamás se había pronunciado, vino marcada por virulentos abucheos cada vez que tocaba el balón. A cercanía de grada los insultos y procacidades se multiplicaban hacia él. Así el 11 de febrero en Detroit las cámaras recogían una de las consecuencias de la atmósfera irrespirable en torno al jugador. Un espectador de las primeras filas cruzaba la línea calificando de “puta” a su madre Gloria. De manera instantánea, evitando esa trampa donde algún deportista maldijo caer, James daba una auténtica lección de aplomo.

 

Una nueva embestida tendría lugar entre finales de febrero y principios de marzo cuando Miami acumuló por primera vez cinco derrotas consecutivas (6/7) encadenando LeBron ante Chicago, New York y Orlando tres partidos con error de clutch. Las consecuencias no se hicieron esperar y de repente James, el jugador que más canastas decisivas* había anotado en la NBA desde 2003 (* canastas en los últimos 30 segundos que permitan igualar o adelantar al rival en el marcador), fue aniquilado como clutch player o figura a la que entregar finales de partido.

 

A la siguiente derrota ante Chicago, Spoelstra entraba ingenuamente en el terreno de la emoción asegurando que había jugadores “llorando en el vestuario”. El reclamo era perfecto y la reacción recogida, una vez más coralmente por todos los medios, lo que Brian Windhorst refirió como “National Joke”.

 

James declaraba entonces que el justo MVP de la temporada era Derrick Rose. De su candidatura, cerrada entre ambos, lo descartaría en adelante la racha de cinco derrotas más la serie de malos finales de partido donde sus fallos despuntaron demasiado. Rose aprovechaba aquellas dos semanas para pegar un aldabonazo arrastrando con ello a Chicago, que para colmo vio a Rose como líder de una victoria más sobre los Heat en Miami (3-0). Era el escenario perfecto. Donde Rose tomaría la directa hacia el galardón.

 

La oleada de críticas hacia LeBron más sus palabras hacia Rose provocaron en éste una honesta reacción contra lo que se venía publicando. Rose se sintió entonces tan agradecido que a principios de mes acabaría filtrando el mensaje de texto que envío a James para acabar con las informaciones según las cuales Rose no quería jugar con él. SMS: “I’m just hitting you up to kill all the rumors that I don’t want to play with you. I’d like to play with you. I just want to win”.

 

Aquella cuádruple racha de derrotas abriendo marzo sería el punto de inflexión para la trayectoria de los de Florida hasta el final de temporada. Miami se convertía, junto a Dallas, en el equipo más peligroso a domicilio y encadenaba para cerrar el año 15 victorias en 18 partidos. No así el trono del Este, en manos de Chicago.

 

En su primer episodio los Heat se habían quedado a dos victorias de las 60. Sin el concurso de Udonis Haslem ni prácticamente Mike Miller, con una rotación de múltiples cambios, un baloncesto de poca luz sustentado en una defensa feroz más la variable mordiente en ataque de sus tres estrellas y alternativas del resto, Miami se plantó en los playoffs sin la unanimidad del favorito. A lo sumo, potencial en algo que podía rajar la carrera de James en dos partes: “(Now) LeBron gets to pass the ball to Dwyane Wade in the playoffs instead of Mo Williams. Big difference” (Shaun Powell).

 

En aquellos días de abril LeBron empleó su tiempo en el baloncesto, su único hábito, a niveles de entrenamiento intensivo. Y a ello añadió el minucioso visionado de playoffs NBA de todas las épocas para terminar con la revisión íntegra de las Finales de 2006. Preguntado después por ellas respondió: “Unbelievable. Unreal”, en palabras dirigidas a la actuación de Dwayne Wade, que con el 2-0 ante Philly tuvo aún que afrontar preguntas motivadas en realidad por su compañero y amigo. “Dwayne, ¿te resulta difícil creer que no hayas ganado una serie de playoffs desde 2006?”. Aquello condujo a Spoelstra a recordar a la prensa otra suspicaz rumorología que hacía referencia a que la amistad entre Wade y James no era tan real como se presumía. Otra información infundada.

 

El 4 a 1 a los Sixers cumplía como prevista la primera parte del guión, donde James comienza a convencerse, salvo en la defensa a Iguodala, de que su desalerización no afectaría negativamente al equipo, con momentos ese particular brillo que inspiró a Hubie Brown durante la retransmisión ante Oklahoma del 16 de marzo a asegurar que “viniendo en transición y a campo abierto LeBron James es el mejor jugador en la historia del baloncesto”. A la intención del jugador de potenciar su distribución contribuyó igualmente la ausencia de un verdadero playmaker, uno de los más visibles defectos del equipo durante todo el año que había dejado en permanente suspensión ese vacío primero con Arroyo y posteriormente con Chalmers y Bibby.

 

A finales de abril Mark Gillespie cometía un acto de valiente honestidad al publicar en el Plain Dealer de Cleveland que LeBron había donado otro millón de dólares (1.000.000 $) en material didáctico, informático y deportivo para un total de 59 centros benéficos a lo largo y ancho del país.

 

Ante la nula publicidad del caso la directora de una de las Fundaciones del área noreste de Ohio, Teresa LeGrair, rogó al cronista que reseñara: “It's not the first thing he had done for this community and there will be many more to come. He loves kids and he's proven that time and time again”. El problema residía en que ni a través de Nike ni su Fundación privada James había querido la menor promoción, confirmando así el tóxico efecto lose-lose que, apuntado ya por algunos autores, pesaba sobre cualquiera de sus actos. A través de LeGrair, Gillespie se había hecho con una carta firmada por el jugador que terminaba diciendo: “These additions are great for the neighborhood, and thank you for giving me the opportunity to give back to the Cleveland community”.

 

Para la segunda semana de abril salieron a colación análisis sobre uno de los avances más reseñables de James en su última temporada. Sin apenas depuración, su juego al poste era superior en eficiencia a la suma de Kobe Bryant y Carmelo Anthony en iguales situaciones. De ahí a final de temporada esa aparente fortaleza del juego fue diluyéndose como táctica en los Heat hasta prácticamente desaparecer.

 

Con el 2-0 a Boston no pocas líneas comenzaron a aprobar la lógica de su decisión como entendiendo que LeBron no habría podido batir a los Celtics en una situación distinta, postura que abanderó entonces el New York Times. “James made a perfectly logical choice. He was a superstar in need of superstar assistance. The Cavaliers could not provide it. The Heat did, in a major way” (Howard Beck).

 

El final de aquella serie parecía el soñado por el propio jugador. Con 3-1 a favor, 87-87 en el cuarto y algo más de dos minutos por jugar James estalló como un artefacto nuclear:

 

Triple desde la diagonal.

Triple desde la frontal.

Robo de balón y mate.

Bandeja con la izquierda en 'traffic'.

10 puntos consecutivos, 16-0 de parcial, la victoria y la muerte de los Celtics, la que había sido su principal bestia negra desde 2008.

 

Con la bocina final Kevin Garnett y Rajon Rondo huyeron a vestuarios sin felicitar al vencedor, precisamente el motivo mil veces repetido como denuncia en su contra a la eliminación a manos de Orlando en 2009. En la prensa, esta vez, no hubo artículos al respecto. Tan sólo James, pese a protagonizarlo una sola vez en su carrera, era acreedor a esa culpa.

 

Por unos días parecía que lo estrictamente deportivo comenzaba a ocupar un primer plano y así Tom Haberstroh sentenciaba: “We just witnessed one of the best clutch performances in playoff history. And it came from the hands of LeBron James”.

 

Con la eliminación de Boston y uno de los finales más grandiosos en toda su carrera un LeBron nervioso, casi disculpado, abría así su intervención ante la pantalla nacional junto a Craig Sager:

 

“First of all thanks to the Boston Celtics, coach Rivers, that coaching staff, those players, they make you fight for everything. You can never take a second off”.

 

Minutos después, en rueda de prensa, pedía públicamente perdón por la forma en que todo había ocurrido meses atrás: “I knew I had to go through Boston at some point. I went through a lot signing to be here and the way it panned out. I apologize for the way it happened, but I knew that this opportunity was once in a lifetime”.

 

Por fin, lo que con inusitado empeño se le había exigido a diario durante once meses, fue consumado. Se intuía entonces una tregua y el término ‘maturity’ empezaba a multiplicarse en su nombre dado que era momento de hacer balance a un año de discreción, resistencia y conducta impecables, la principal intención de LeBron durante toda la temporada en su ingenua percepción de que le sería posible “no dar que hablar”.

 

A ello contribuyó el propio Doc Rivers, que correspondía en justicia:

 

“I've never seen a team more criticized in my life, and a guy, LeBron, criticized for doing what was legal. He didn't break a law, and he didn't do anything wrong. The preseason parade may have been a little much, but other than that? (...) I don't think you can play this sport and be a winner without emotion. For me, it was good to see”.

 

Rivers de hecho responsabilizaba en buena parte a los medios de que LeBron, de que Miami, hubiese despertado como bestia:

 

“I didn't like (the criticism) because I thought it helped them. They got booed for everything. I said it all year that I wished (the media) would leave them alone, because it allowed them to go through something and prepare for the playoffs”.

 

Al inicio de las Finales del Este ante Chicago LeBron era, con 28.9 puntos, el jugador con mayor promedio anotador en playoffs de toda la NBA.

 

Después de una hiriente derrota en el estreno, Miami volcó el completo de sus fuerzas a la destrucción defensiva dejando buena parte del ataque en manos de sus tres estrellas y una rotación convincente.

 

El apabullante final de aquella serie (18-3), con nuevamente varias canastas decisivas de James en los últimos segundos, vulneró incluso el esquema previsto según el cual James iría dejando paso a Wade como principal referencia ofensiva. Un papel que el genial Beckley Mason refirió como “The Cerebral Side of LeBron James”, o de otro modo, “what his coaches during his professional career, Mike Brown and Erik Spoelstra, have many times repeated: LeBron is one of the smartest players they’ve ever seen”.

 

 

 

 

 

Durante la eliminatoria Wade mostró un peligroso estado fuera de forma al que sólo el resultado final pudo poner término. Pero no así con su compañero de equipo, decidido a una maniobra que poner en marcha más adelante.

 

Precisamente debido a aquel dominante final y en perspectiva, al subidón de juego de James, Scottie Pippen, testigo presencial de su actuación en el United, realizaba sin mayor intención unas declaraciones a ESPN Radio en las que insinuaba una posibilidad: que James pudiera convertirse algún día en el mejor jugador de la historia. El revuelo de aquellas palabras, sospechosamente volcadas al mundo como B mejor que A, inexplicablemente mutiladas del más crucial matiz –“Don’t get me wrong, M.J. was and is the greatest”–, no tuvo el menor límite y el debate se movió entre el escándalo y la intransigencia. Un bloque de acero contra el que las tiernas palabras del propio James chocaron en silencio:

 

“Mike was an unbelievable player. I got a long way, long way to be mentioned as one of the all-time greats. Not even just Jordan – there are a lot of great players who have played in this league: Larry Bird, Kareem Abdul-Jabbar and all these guys that are floating around with multiple rings. Bill Russell. All of these guys who have pioneered the game.

 

(…)

 

“I’m gracious, humbled by Scottie’s comments with him being a teammate of his and seeing Michael on a day-to-day basis. But as far as me?”.

 

Miami estaba en las Finales. A fuerte tirones el experimento había salido bien a la primera.

 

En vísperas de las series por el título, y demasiado seguro de que el equipo funcionaba a márgenes amplios de versatilidad, LeBron y Wade mantuvieron una reunión en privado a petición del primero. En ella James pidió a su compañero su versión más anotadora, su más agresiva, su versión de las Finales de 2006 por cuyo concurso había quedado hechizado. Con ello pretendía dos cosas: 1) Recuperar la confianza de su compañero (perdida en buena parte de las ECF ante Chicago) y 2) 'Playmakear' cómodamente sobre ese eje en la creencia de que el equipo, a esas alturas, funcionaría a pleno rendimiento. Y así fue durante el primero y casi el segundo partido.

 

Ello se tradujo automáticamente en las cifras previstas pero, a la vez, en un efecto muy contrario al deseado. En los cinco primeros partidos de cada serie LeBron pasó de 108 (Boston) a 94 (Chicago) a 75 (Dallas) tiros a canasta. A su vez Wade tomó el testigo pasando de 79 (Chicago) a 92 (Dallas). Para cuando quisieron darse cuenta el 2-3 en la eliminatoria cuestionaba muy seriamente el plan iniciado al que Spoelstra había dado el visto bueno en la también ingenua convicción de que funcionaría.

 

No funcionó.

 

Y Dallas, una genuina apología de la experiencia, perfilaba así su último y fabuloso asalto al cetro, consumado en un sexto partido que cumplía la vieja tradición de dominio terminal en los Campeones.

 

Si bien parecía que era imposible incrementar la presencia mediática contra él, las críticas redoblaron su número y fuerza. En lo deportivo, legítimas. En lo demás, asomaron durante las series rumores en modo bomba que corrieron como la tinta asegurando que Rashard Lewis se había acostado con la madre de sus dos hijos, exactamente un año después del rumor que apuntaba a la relación entre Delonte West y Gloria James. Emergieron asimismo informaciones procedentes de fuentes anónimas que cargaban contra James con el peregrino –y falso– argumento de escribir sus mensajes como King James o de prodigar el peor trash-talk en pista cuando, en realidad, se trata de uno de los jugadores de menor ofensiva oral en juego. Siendo todas ellas fuentes anónimas se publicaban y extendían igualmente.

 

Aun sin apagar el curso Shaun Powell certificaba: “LeBron is a public obsession”.

 

En su última intervención del año James sustentaba su alocución en tres ejes:

 

Autocrítica: “I wasn’t able to help us in this series. (…) It hurts me, and I get on myself when I’m not able to play well and help my teammates win”.

 

Elogio al rival: “They did a great job of every time I drove. A great job defensively. Very underrated defensive team. (…) They did a great job. Much respect to them”.

 

El deber profesional: “I can only prepare myself each year. In the summertime I’ll put a lot of hard work into my game (…), work hard every day to go out there and perform at a high level for my teammates”.

 

Y una (tierna) defensa personal: “I know how much work as a team we put into it. I know how much work individually that I’ve put into it, when you guys are not around. That’s something people don’t see. I think you can never hang your head low when you know how much work, how much dedication you put into the game of basketball when the lights are off and the cameras are not on”.

 

A la pregunta de qué diría a esa billonaria masa humana que ambiciona su fracaso, que siente hacia él un desprecio infinito y que celebra su pública humillación, LeBron respondió con un trasfondo cuyo significado final era la indiferencia. De sus diez nutridas respuestas tan sólo ésta fue multiplicada hasta la extenuación en los medios. La única del completo de su intervención.

 

Muy por encima de ello la percepción del macho alfa que toma el mando de unas series Finales al modo en que algunos de los más grandes jugadores de la historia consumaron no fue el caso de LeBron James cuando más procedía hacerlo. “A complete reversal from the Eastern Conference finals” (Powell). En ese sentido la percepción del fracaso, al primer intento en su nuevo ciclo, era difícilmente eludible.

 

Como abismo personal, sus 8 puntos en el cuarto partido, no podían sostenerse desde ningún punto de vista. Especialmente siendo la primera vez en sus últimos 434 partidos (incluyendo regular y playoffs) que anotaba menos de 10 puntos, y la novena ocasión en 717 partidos a lo largo de su carrera.

 

Algo dentro de sí, a todas luces inexplicable más allá de una profunda incapacidad para superarse, renovaba esa versión oscura, abismal y frágil de un jugador aún indescifrable.

 

Precisamente por esa dificultad de comprensión Mike Wise se adentraba en el delicado terreno psicológico aportando un audaz punto de vista como posible explicación al por qué LeBron James pudiera ser el mejor jugador del mundo en el baloncesto de crucero para humanizarse tan dramáticamente con la orilla a la vista. Para ello se valía de una regresión a su (difícil) infancia:

 

“He needed something to latch onto that he couldn’t get at home: Trust. Safety. Security. The idea that LeBron James doesn’t have to do it all himself -- hoist a mother and extended family out of abject poverty, make a franchise profitable while ensuring economic prosperity for a struggling Midwestern city. (...) Can the gifted child shake his boyhood demons and rise above more LeBron Bash-a-thon?”.

 

La respuesta, hasta el momento, es negativa. Y por ello Wise reforzaba la teoría en contraste con la inexpugnable fortaleza de Michael Jordan o Kobe Bryant.

 

La exposición de Wise vino días después a ser compartida en una interesante pieza obra de Eric Adelson, que incidía en la compleja relación cerebral entre la producción de testosterona y cortisol en los momentos críticos. De otro modo: una radiografía del miedo.

 

La completa disolución en las Finales del jugador que venía siendo reside en una causa completamente endógena, propia, suya. No hay razones tácticas o externas. No se explica de otro modo que una estrella habituada a copar tronos numéricos se haya coronado de pronto como el jugador que arrastrando promedios superiores a 25 puntos haya acusado el mayor descenso de anotación en unas series Finales (-8.9 James 2011 / -7.7 Chamberlain 1964 / -6.0 West 1972). Una conclusión firmemente apoyada además en la experiencia al darse precedente en las series de 2010 ante los Celtics. Y de no haberla, la eliminatoria asistió a un jugador visiblemente distinto, vaciado de todas sus facultades previas.

 

El término de la temporada, completamente dominado por esa universal percepción del fracaso, ocultó algunas piezas de incluso velada identificación hacia la víctima no desde el punto de vista deportivo sino humano. Una de ellas, la deliciosa It’s not hard to imagine de Bill Plaschke días antes compartida por la habitual sobriedad de Harvey Araton en el New York Times y Sally Jenkins en el Washington Post

 

El trasfondo de ambas piezas había sido ya gráficamente resumido por Shaun Powell contra la completa demonización de un deportista y el público regocijo en su destrucción: “A player who has never been pulled over for a DUI, or punched a fan, left his children, been busted with drugs or committed a crime continues to endure public abuse, all because of a silly 60-minute TV show”.

 

Irónicamente uno de sus principales detractores, periodista en poder de una de las agendas más valiosas de toda la NBA, Adrian Wojnarowski, encarnizado abanderado en la cruzada contra su figura, a la que no perdona no filtrarle información en exclusiva como sí hace alguna otra estrella en la liga, reconocía en una decimal tregua previa a la derrota que “LeBron James is the deepest, darkest swirling vortex of insanity that modern sports has ever seen”.

 

Tras la caída final todos y cada uno de los diques de contención vencieron y el estallido, la universal propagación de toneladas editoriales contra James, difícilmente integrables en el marco del deporte, condujo a la revista Atlantic Wire a filtrar una selección bajo el revelador título: “What to Read if You Want to Revel in LeBron James's Defeat”.

 

Más allá de los denunciables casos de Skip Bayless o Scott Raab, cuyo periodismo hacia el jugador titula cada sujeto como “The Whore of Akron” (La Puta de Akron), una oleada de incalculable magnitud, información donde la reflexión o la proporcionalidad son los últimos principios a cumplir, ha venido incluso arropada por políticos de Ohio hermanados con Dallas.

 

El descontrol del proceso está haciendo asomar incluso la sugerencia, en algún caso lanzada directamente a Pat Riley, de incorporar un equipo de psicólogos a la organización se ignora si como terapia preventiva o como asesoría de imagen.

 

 

 

 

La visible desnaturalización del jugador en la pasada campaña, una sucesión diaria de declaraciones forzadas, artificiales, la total desaparición de escenas de alegría colectiva ‘a la Cleveland’, la suspensión del chalk toss entradas las Finales o el público rechazo a su venal expresiveness, no son suficientes. En el fondo, nada parece serlo.

 

Ignorar el infecto espacio creado en torno a este jugador es ocupar un rango muy inferior de realidad o dar directamente la espalda a ella. Vincular este masivo fenómeno a cuestiones meramente deportivas escapa con creces a la veracidad.

 

Vale por todo ello cuestionarse si las posibles culpas no han sido ya expiadas, formular dónde se encuentran los límites a todo esto y su difuso origen. Y urge muy especialmente preguntarse en nombre de qué ética profesional, ética en definitiva, la sangre, el linchamiento, la venganza y la selección interesada de información en una sola e inquebrantable dirección, han pasado a ocupar la prioridad del Periodismo en este exclusivo asunto.

 

Hace una década América encendía toda su maquinaria mediática al servicio de alumbrar a un niño prodigio la mayoría de cuyos portavoces se erigen ahora como abanderados de su total aniquilación. Este desaforado ideario, presuntamente respetable, convierte a aquel niño hoy en día en el enemigo público número uno, el peor que haya conocido la historia del deporte en los Estados Unidos.

 

Son los guardianes de la moral, los defensores del Deporte de cuyos valores tan cristalino y admirable ejemplo están dando estos días.

 

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“I like when I smile and the flashes go off” (LeBron James).

- Oficina de la NBA, ¿dígame?

 

La llamada era una formalidad. O eso creía Lon, que esperaba hablar directamente con el comisionado O'Brien.

 

- Un momento, por favor.

 

Pero en su lugar recibió la voz de una señorita cortante, fría, que hacía de figura homóloga a la suya dentro de la propia liga. Lon Rosen llevaba un año como director promocional de los Lakers. A pesar de su juventud era hombre de amplias miras, hábil en mercadotecnia y con grandes dotes comerciales. No habían sido otros los motivos para que Jerry Buss le ofreciera el cargo.

 

Rosen tan sólo necesitaba la aprobación de la liga, con la que no había negociado aún nada. Y esa inexperiencia se dejó notar. Alargó demasiado la introducción hasta llegar a su propuesta con la incómoda sensación de hacerlo despaciosamente, como si las palabras cayeran lentas y pesadas, a lo que contribuía el ártico silencio del otro lado.

 

- ...por eso, siguiendo un poco nuestra política de selección habíamos pensado en un artista de calidad contrastada, en alguien realmente conocido por el gran público, un gran cantante, usted sabe -e hizo una pausa-. Habíamos pensado en... Lionel Richie.

- ¿Quién?

- Lionel Richie -repitió alzando la voz.

- ¿Quién es Lionel Richie?

- ¿Cómo? -se sorprendió.

 

Rosen no se lo creía. Richie era una estrella nacional y aquella estúpida pregunta decepcionó profundamente al promotor. Ya no era tener que renunciar al hombre cuyo concurso había asegurado. Era la desoladora sensación que no pocos le habían confiado de ocupar las oficinas de la NBA una logia de funcionarios obsoletos sin ninguna perspectiva.

 

Lon se había quedado con la palabra en la boca y a punto estuvo de sacar a colación a los Commodores, de hacerlo con alguno de sus discos o cualquiera de las canciones que habían sido número uno en las listas durante semanas. No hizo falta. No tendría ocasión.

 

- Lo lamento, señor Rosen. No podemos aceptar su propuesta. Deberán buscar a otra figura más representativa.

 

Un año en los Lakers era tiempo suficiente para sentir aquella conversación como una charla con el Kremlin.

 

Para 1983 los Lakers llevaban años de ventaja al resto de franquicias en cuestiones de imagen. Al modelo que en muy poco tiempo acabaría triunfando. Cuatro años antes, en 1979, Jerry Buss, un millonario que había hecho fortuna en el mercado inmobiliario, se hizo con todo cuanto puso en venta el anterior propietario del equipo, Jack Kent Cooke, a quien el divorcio forzó a cortar ciertos hilos de uno de los cuales tiraría Buss a gusto. Hacerse con los Lakers, los Kings de hockey, el Forum de Inglewood y hasta un rancho de 13 mil acres en Kern County por poco más de 67 millones de dólares era la operación más cara en la historia del deporte. Pero un negocio redondo.

 

 

Desde el primer día Buss tomó los Lakers como un lienzo. Tenía muy claro por dónde había estado fallando la liga y no sólo trató de rellenar los vacíos. Hizo de ellos su principal fortaleza.

 

El equipo de Los Angeles debía ser el equipo de Hollywood y su más selecta fauna.

 

Y Buss dio la vuelta a la escenografía. Creó las Laker Girls, dotó al pabellón de música en vivo a través de las bandas universitarias de UCLA y USC. Y mediante Jack Nicholson o Walter Matthau promovió un efecto contagio que buscaría atraer a otros muchos famosos, algunos de los cuales -Dyan Cannon, los Jackson's, Muhammad Ali o Jeffrey Osborne- comenzaron a dejarse ver fuera del palco privado de 30 asientos en torno a Buss para extenderse por la primera línea de pista.

 

- Escúchame, Lon -había ordenado a Rosen-. A nuestra gente no se le molesta. No quiero a nadie con micros y cámaras encima de ellos. Vienen a divertirse. No a ser asaltados.

 

Como contrapartida la CBS recibía de manos de los Lakers una lista de famosos que acudirían esa noche y cuáles eran sus localidades. Los técnicos recibían un mapa perfectamente cartografiado del Forum y durante una velada esos rostros, los más selectos del deporte americano, consumían decenas de planos que al parecer la pantalla tanto agradecía.

 

Como resultado el Forum se convirtió en el Night Club más famoso de Los Angeles. El centro neurálgico donde el famoso ratificaba su fama, la pasarela donde mejor exhibirse, una mansión de Playboy donde el baloncesto era una excusa, parte de la fiesta, un divertimento que no terminaba con el final de los partidos.

 

En la amplia sala de prensa, habilitada como un restaurante, las veladas podían prolongarse hasta el amanecer haciendo el propio Buss de maestro de ceremonias. Rodeado de playmates las partidas de póker acogían en su mesa a los rostros más célebres de Hollywood, a los que Chick Hearn servía copas y Nicholson cartas, lo que sumado a los resplandores del equipo evocaba una atmósfera que -curiosamente- recogía a la perfección el cálido estribillo de All Night Long, el hit que había elevado a Lionel Richie al primer plano musical de entonces y que hacía de preludio, como un himno, a los años más dulces.

 

Once you get started you can't sit down.

Come join the fun, it's a merry-go-round.

Everyone's dancing their troubles away.

Come join our party, see how we play!

 

(...)

 

Every one you meet (all night)

They're jamming in the street (all night)

All night long! (all night)

Yeah, I said.

 

Como el santuario de la coolness, Buss culminó así la obra iniciada por Kent Cooke haciendo del Fabulous Forum el Hottest Night Club in L.A.

 

 

Kareem Abdul-Jabbar y Jerry Buss en el Forum (1980) 

 

 

A principios de 1983 el amo de la mansión había logrado su objetivo de acoger la trigésimo tercera edición del NBA All Star Game. Y dejó en manos de su gente la organización de un evento que debería ser un rotundo éxito, un baño de la imagen que Buss pretendía exportar a la nación. Dirigían el equipo de trabajo Josh Rosenfeld, su relaciones públicas, y Lon Rosen, encargado de todos los actos que deberían hacer resplandecer la cita.

 

De esos actos uno se le estaba enquistando, tal vez el principal. Necesitaba un intérprete del himno americano. Y no cualquiera. Un preludio a la altura.

 

Por eso Rosen, empapado hasta los huesos de aquella superflua modernidad, no podía entender que la liga emplazara a las franquicias a organizar la fiesta de las estrellas para tener luego que pedir aprobación del guión. A ello se añadía un aspecto personal. Richie era su apuesta de rigor. Su artista favorito. Su doloroso descarte.

 

Tenía menos de cinco días y no supo qué hacer.

 

El miércoles 9 el equipo jugaba en casa ante Utah. Era el último partido antes de la gran cita y aprovechó la velada para consultar al vestuario.

 

- ¿Te han tirado a Richie? ¿Pero qué coño quieren?

 

Ser miembro de los Lakers trascendía la condición de jugador. Algunos miembros de la plantilla eran auténticos relaciones públicas. De una de ellas se iniciaba entonces un romance que acabaría en matrimonio. "Habla con Norm si necesitas una profesora de baile", ironizaban entre risas aludiendo a Norm Nixon y la profesora de Fama Debbie Allen. Lon sin embargo no buscaba eso. Quería tomar el pulso a aquellos tipos, jóvenes, estrellas, vanguardia de una cultura musical que tal vez a él se escapara. Los chicos tenían olfato para esas cosas. Magic Johnson se adelantó con un nombre y Kareem, de costumbre indiferente a la farándula, reaccionó como un resorte. "Si lo vais a traer podéis contar conmigo. Ya era hora".

 

Rosen pasó a la acción.

 

Lo primero que hizo fue hablar con el relaciones del equipo.

- ¿Marvin Gaye? ¿No estaba en Europa?

- No lo sé. ¿Qué te parece?

- Bueno, me parece fantástico. Es un mito. Pero déjame que consulte...

 

Rosenfeld llevaba mucho terreno ganado a su colega y su experiencia se hizo notar. A las celebridades que todo el mundo conocía se unía un buen número de músicos, productores y directivos de grandes discográficas. Porque también habituales del Forum eran el presidente de MCA, Irving Azoff, su homólogo en Elektra Records, Joe Smith, el productor Lou Adler y a menudo Quincy Jones. Rosenfeld sólo tenía que hacer algunas llamadas.

 

- Escúchame. A Gaye lo llevan ahora en CBS Records. ¿No tenías un amigo allí?

 

Rosen vio el cielo abierto cuando a través de esa amistad pudo establecer contacto con Larkin Arnold, productor de la discográfica para la que ahora trabajaba Gaye. Arnold recibió aquella petición de muy buen grado. "Puedes contar con nosotros, Lon. Pero no hasta que hable con él". Rosen apremió la respuesta y Arnold cumplió su palabra. "Lo tenemos. Ha aceptado".

 

La NBA también lo hizo y Rosen respiró aliviado. Creyó que ya tan sólo tenía que esperar al domingo. Y Buss felicitó a Rosen por una elección que parecía inmejorable.

 

Porque Marvin Gaye era un mito. Una leyenda a la que sin embargo el fuerte acelerón de los tiempos parecía estar adelantando. Tiempos que empezaban a estar dominados por la imagen del videoclip, por el solista bailarín de un pop infinitamente más popular y por la superación definitiva del suave juego de octavas que le había conducido a ser The Prince Of Soul en los 60 y 70. Lionel Richie primero y Michael Jackson después corrían a sepultar el estilo Marvin Gaye a principios de los ochenta.

 

Su nombre podía sonar con fuerza a un joven ejecutivo como Lon Rosen. Pero para saber en qué punto se hallaba su vida era preciso conocer demasiado de ella. Qué había sido del Marvin persona en los últimos años. Y Rosen apenas sabía nada.

 

- ¿Has podido hablar con él?

- No -respondió confiado-. Yo sólo sé que cantará el himno el domingo.

 

Dos fracasos sentimentales culminados en divorcio habían marcado la vida y obra de Marvin al final de la década anterior. Para 1980 el artista debía al fisco americano unos 8 millones de dólares, había roto con la Motown y experimentó por primera vez el amargo sabor del fracaso, lo que le llevó a descreer de los directivos bajo los que había grabado y de las giras y directos gracias a los cuales alivió en parte sus deudas. Pero no una profunda depresión que le condujo a abismarse en una espiral de droga de la que parecía imposible escapar.

 

A principios de 1981, a causa de una situación crítica, Marvin huyó a Europa y lo hizo casi al azar. Se ocultó en Bélgica, en la pequeña localidad costera de Ostende y en aquel exilio encontró la paz espiritual que tanto anhelaba. Allí logró detener su autodestrucción y cortar su adicción a la cocaína. Adoraba el clima, el anonimato y para alguien criado en los hacinados suburbios de D.C., la serenidad del mar y la cadencia de las olas inspiraron el que sería su último gran trabajo.

 

En menos de dos años Gaye rehízo su espíritu. Acudía a diario a cafés y clubes nocturnos, se mezclaba en los bares con los lugareños con los que se comunicaba por gestos y jugaba con ellos a los dardos donde el genio disfrutaba su torpeza. A veces cantaba en la iglesia para solaz de los feligreses y recuperó su forma física corriendo en la playa y en un pequeño gimnasio donde practicaba boxeo. Hasta acudía con frecuencia a presenciar partidos del mejor equipo belga de entonces, el Sunair Ostende, doble campeón de liga y copa y con dos de cuyos miembros, Mark Browne y John Heath, los americanos del equipo, trabó relación.

 

Porque el baloncesto no le era extraño. Antes bien era su deporte favorito y no había dejado de jugar desde que era niño. Mediada la década anterior había llegado a invertir cien mil dólares en los Jazz de Nueva Orleans olvidando después aquel préstamo. Uno de sus escoltas, Dave Simmons, le acompañaba y servía en los partidillos en el hogar de Marvin en la pequeña Calabasas y en los estudios de CBS Records en Hollywood. A veces, durante una grabación, cortaba por lo sano: "Let's play basketball". Y el paréntesis podía durar todo el día.

 

 

 

Marvin Gaye (Ostende, 1981)

 

 

Aquel retiro daría sus frutos y en septiembre de 1982 la figura de Gaye logró renacer con inusitada fuerza a través de Sexual Healing y su álbum Midnight Love, un rotundo éxito internacional por el que ganará dos grammys y cuya gestación había tenido lugar en la paz del aire belga.

 

Pero a finales de año Marvin se vio obligado a un abrupto regreso a Los Angeles, donde el cáncer consumía a su madre en lugar de a su padre, a quien nunca dejó de odiar por los malos tratos recibidos de niño. "Sepárate de él, mamá. Hazlo de una vez para siempre", le había repetido innumerables veces en vano.

 

El retorno fue lo peor que pudo ocurrir a su vida. Marvin volvió a sumergirse en el abismo y redobló su personal infierno con la cocaína, de la que precisaba a diario en cantidades suicidas con resultados paranoides.

 

- En cuanto mi madre sane, volveré a Europa y la llevaré conmigo. A Bélgica o Francia, da igual. Hay gente que no quiere que siga aquí.

- ¿Quién, Marvin? -se inquietó su amigo y confidente David Ritz.

- No puedo decírtelo por teléfono.

 

De las muchas obsesiones que asolaban su cabeza una de ellas persistía en recordar lo ocurrido con John Lennon.   

 

Rosen en definitiva tenía a su hombre sin saber que su hombre era, en febrero de 1983, la persona más vulnerable del mundo.

 

Horas después de decir que sí Marvin sufrió un repentino ataque de pánico por la actuación. Y repetidas veces testigo de aquel temor, el mismo destinatario, una de sus amistades más inquebrantables.

 

- Luther -cortó con voz desesperada- necesito que me hagas un favor. Quiero que lo hagas. ¡Tienes que hacerlo!

El también cantante y compositor Luther Vandross sintió una tremenda lástima. En aquella voz quebrada no reconocía a su viejo amigo

- No puedo hacerlo -insistió Marvin-. Te suplico que lo hagas tú.

 

Vandross se negó. A cada llamada con más fuerza y son sentimientos más encontrados.

 

- ¿No te das cuenta, Marvin? ¿Quieres dejar de hacer el imbécil?

 

Entendía que su elección era importante, que el mérito debía obtener su premio y dado el estado en que Marvin se encontraba, que un pequeño esfuerzo podía hacer, aun por unos días, que volviera a vestirse como un hombre.

- Lo vas a hacer. Y lo vas a hacer mejor que nunca. Quiero verte, Marvin. Quiero verte cantar el domingo. ¿Lo has entendido?

 

El tiempo corría en su contra y Marvin buscó amparo en su cuñado, el músico Gordon Banks, que tantas giras suyas había dirigido.

 

Banks tuvo una visión más amplia de la situación, como si fuera posible pegar un tirón comercial sin traicionar en espíritu la obra de Gaye. Al contrario era una ocasión magnífica de armonizar ambas fuerzas. Y tal vez, por qué no, a mayor altura que nunca.

 

La jornada del viernes los dos hombres se encerraron en el estudio de grabación de Banks, que propuso el preámbulo sin dilación ni paños calientes. Era conversación de músicos.

 

- Dime qué quieres.

 

La petición encerraba el gran misterio de aquella cita. Un cantante como Marvin no precisaba ayuda para entonar el himno nacional. Banks supo desde el primer momento que Marvin buscaba algo distinto.

 

- Quiero algo sexual, algo espiritual, quiero gospel, quiero beat y blues, quiero groove y quiero reggae, quiero...

- Quieres -interrumpió Gordon con una de aquellas blancas y reverenciales sonrisas- que el himno sea completamente negro.

Marvin no contestó. Era una apreciación retórica.

- ¿O tuyo?

- Qué diferencia hay -repuso Marvin.

- ¿En quién estás pensando? -insistió Gordon- Dame una idea y vamos a por ella.

- No sé, Gordon -y empezó a chasquear los dedos rítmicamente-. Estoy pensando en... Mahalia Jackson.

Banks resopló.

- Estás loco. ¿Eso pretendes? ¿Ante todo el país?

 

Gordon repuso esto con una cómplice sonrisa y las palabras dieron paso a las notas.

 

Las siguientes horas el talento de los dos hombres se sumergió en las profundidades de la música. Banks dejó que el genio fluyera. Sólo tenía que alfombrar su voz y para ello empleó una guitarra y una batería. Algo muy poderoso se estaba quebrando allí dentro. Una de esas ideas por las que a un artista no importa morir. "Toma. No olvides llevártela". Gordon le hizo entrega de la cinta. El cantante tenía ensayo en el Forum el sábado al mediodía.

 

Para entonces Marvin era un hombre incapaz de llegar a una cita. Y no se presentó. "¡Cómo puedo localizarle! ¿Alguna explicación para esto? ¡Que alguien me diga dónde está!". Lo haría horas más tarde.

 

Aquella falta en la víspera de la actuación inquietó seriamente a Rosen y su equipo, un puñado de hombres que no hablaban el mismo idioma del artista.

 

La tarde de aquel sábado el Forum proseguía sus preparativos y los operarios salpicaban el interior con sus tareas. La pista estaba igualmente disponible para aquellos jugadores que quisieran practicar una sesión de tiro. Julius Erving prolongó la suya hasta quedarse a solas y al momento de abandonar la escena vio con el rabillo del ojo que uno de sus mitos entraba en pista seguido por un técnico que le facilitaba un micrófono. Erving se detuvo a observar tras la banda. Y unos pasos a su izquierda, apostados en la mesa de anotadores, Rosen, su compañero Josh y el técnico de sonido.

 

Instantes después una suave melodía embriagaba el interior del recinto. Cuando Marvin dio entrada los operarios cesaron sus golpes mirando hacia el centro.

 

No fueron más que unos segundos y una mezcla de estupefacción y furia dominó entonces a Rosen. "¿Qué coño es eso? ¡Eso no es el himno!" -exclamó mientras Josh se encogía de hombros. "¡Maldita sea! ¡Eso no es lo que aprendimos en la escuela!".

 

Con el paso de las notas el problema se agudizó. El auxiliar de sonido, un joven que mascaba chicle indiferente, añadió: "Lleva cuatro minutos". Y Rosen perdió definitivamente los nervios irrumpiendo en pista en dirección a Marvin cuando éste terminaba su actuación. El artista no sabía nada de aquel tipo que inició una serie de molestas consignas y reproches, y en cuanto lo vio allí levantó suavemente su mano por encima del costado antes de reponer con aire distinguido: "Déjeme en paz. No quiero hablar con usted".

 

Atento a la escena Julius Erving apresuró sus pasos hacia allí y buscó hacer de intermediario.

- ¿Cuál es el problema?

Julius había alejado a Rosen unos metros.

- Pero... pero... ¿tú has oído eso? Eso... eso no es el himno. Me juego mi puesto, ¿sabes? ¡Cuatro minutos! -prosiguió sin bajar la voz- Pero ¿¡dónde se cree que está!?

 

Rosen llevaba su razón. Se limitaba a cumplir. Los directos de la CBS concedían dos minutos para el previo musical antes de la publicidad y la cabecera. Ni un segundo más. Y los tiempos para el tip-off eran innegociables.

- Cálmate. Déjame hablar con él.

 

Julius tuvo un aparte con Gaye. Aquella conversación era otra cosa. Ambos se conocían como se conocen dos artistas que respetan mutuamente su arte. Que incluso se admiran. Al cabo Julius hizo un ademán a Rosen para acercarse a ellos. Y el promotor, algo más calmado, pudo exhortar sus demandas. "Señor Gaye, se lo ruego. Nos dan dos minutos. ¡Dos minutos! Es completamente necesario reducir su actuación". Marvin miraba hacia abajo mientras sus dedos jugueteaban con la letra del himno.  "Le ruego -terminó Rosen- que mañana a las once, hora y media antes del partido, hagamos un nuevo y último ensayo".

 

En eso quedaron. Y Rosen no se privó de despedirse con la misma última súplica: "¡Dos minutos!".

 

Había anochecido en Los Angeles cuando un taxi cruzaba la ciudad en dirección al hogar de Gordon Banks. Marvin necesitaba una vez más de su cuñado, al que contó lo ocurrido.

 

- ¿Es la duración? ¿Eso ha sido todo?

- No, no lo creo -y exhaló una densa bocanada de humo de lo que también consumía a diario-. Saben que lo he cantado otras veces. Que puedo hacerlo en dos minutos. Pero es otro su miedo. El de muchos.

 

Marvin ya había interpretado el himno en otras ocasiones. No podía ser de otro modo para una figura de su talla cuando el protocolo en actos deportivos se cumplía a rajatabla desde el término de la Segunda Guerra Mundial.

 

Lo hizo en Nueva Orleans durante la Super Bowl de 1971. Y también un 29 de septiembre de 1979 como previa al combate entre Ernie Shavers y Larry Holmes por el título de los pesados después de que un púgil al que tenía gran aprecio, Andy Price, sufriera un KO en el primer asalto frente a Sugar Ray. Aquella noche un gran disgusto le hizo interpretar un himno triste, como una señal de duelo que parecía un funeral.

 

Una década antes, en 1968, Marvin se había estrenado durante el cuarto partido de las World Series en Detroit. Y a cada nueva cita había conocido a un Rosen. En aquella ocasión cumplía ese molesto papel Ernie Harwell, la voz de la NBC Radio y el responsable de elegir vocalistas para el himno. Harwell había sido persuadido por su directiva para hablar con Marvin y pedirle que, por favor, se limitara a cantar el himno sin ninguna otra consigna. Les preocupaba la estrecha relación de Marvin con la Motown apenas un año después de que los gravísimos disturbios raciales estuvieran cerca de arrasar la ciudad. Y Marvin comenzaba a liderar una corriente humanista que respiraba a través de sus letras, de la vida como insectos en el guetto a la muerte como alimañas en Vietnam.

 

 

 

Detroit (1967)

 

 

Aquel mes de octubre, que vio también a Tommie Smith y John Carlos alzar los puños en los Juegos de México, despertó en propietarios y directivos un cierto temor a los actos públicos sospechosos de protesta. Harwell habló con Marvin rogándole una interpretación estricta del himno y Marvin cumplió con ella. Cantó con sagrada solemnidad.

 

Al día siguiente el portorriqueño José Feliciano, armado con una guitarra acústica y su perro guía Trudy, sorprendió a una audiencia de más de 50 millones de espectadores entre los que se encontraban los más de 53 mil que abarrotaban el Tiger Stadium, con una interpretación libre del himno, la primera de gran calado nacional en la historia.

 

El escándalo fue inmediato y no cesó con el abucheo del estadio al artista invidente. Enfureció a tanta gente que la centralita de la NBC quedó colapsada por las llamadas arremetiendo contra aquel ultraje, que parte del establishment interpretó como una intolerable forma de autopromoción comercial.

 

Feliciano no se detuvo ahí. Declaró que Marvin había podido decepcionar a su gente con su interpretación ‘recta' del himno.

 

La respuesta del artista negro no se hizo esperar. Elogió a Feliciano como un artista "original" así como respetar su derecho a sentir el himno de manera personal. Pero cargó contra aquella crítica que encerraba cuestiones de raza, como si Feliciano hubiera hecho lo que Gaye debió hacer sin atreverse. "Acuerdo con él que muchas cosas deben cambiar en este país y que es momento para que la juventud lidere esos cambios. Pero sus comentarios hacia mí no son los de un colega de profesión". Siguieron a esas palabras años de íntimo silencio.

 

En el más profundo rincón de su alma aquella herida nunca cerró. Más aún cuando al año siguiente, en 1969, Jimmy Hendrix fue todavía más lejos que Feliciano friendo el himno a estridentes acordes de guitarra en Woodstock.

 

Era ya madrugada cuando Banks había refinado del todo la base musical. Quedaban unas pocas horas para la cita y ambos necesitaban, aunque fuera poco, un sueño reparador. "¿A qué hora te pidió que estuvieras?", preguntó Banks cuando Marvin se despedía en la puerta. "Creo que a las once", respondió sin ninguna convicción.

 

Había que dormir antes de que amaneciera.

 

El domingo 13 de febrero el Forum de Inglewood, en Los Angeles, volvía a acoger la cita del NBA All Star Game once años después. En 1972 Jerry West había dado la victoria al Oeste con una canasta en el último segundo. Había pasado una década. Pero parecía haber transcurrido mucho más.

 

Cuando dieron las once y cuarto y Marvin no había hecho acto de presencia Rosen dispuso a varios miembros del personal por diversas zonas del exterior para localizar la llegada del artista. Al poco de darles la consigna -"Una limusina, un Royce, algo grande... Vendrá en uno de ellos"- se dio cuenta de lo absurdo de ella y matizó que apresuraran su paso por la VIP Entrance.

 

A las doce, media hora antes del salto inicial, Marvin seguía sin aparecer y Rosen era un manojo de nervios. A las doce y cuarto obró en consecuencia. Aseguró la presencia de una joven acomodadora, conocida entre los empleados del Forum por su magnífica voz y por haber hecho no pocas veces pruebas de sonido. Mandó a vestirla acordemente -"¡En cinco minutos tienes que estar lista!"- y la chica obedeció con gran susto en el cuerpo.  

 

A las doce y veinte cubría los graderíos del Forum un manto de público que en pocos minutos superaría los 17 mil quinientos espectadores, entre los que se encontraban autoridades y famosos. La plana mayor de una NBA que aguardaba el inicio de su gran fiesta.

 

A las doce y veinticinco el responsable de la megafonía, Lawrence Tanter, se puso los cascos e indicó a la joven, a la salida de bastidores, que en unos segundos saldría a escena. Tras él Rosen no parpadeaba. Los jugadores, los árbitros y la corte militar del himno, estaban en pista y se disponían a formar. En ese preciso instante alguien agarró a Rosen por detrás con riesgo de infarto para éste. "¡Lon! ¡Lon! ¡Ahí viene! ¡Aquí está!".

 

"Cabrón", musitó para sí mientras corría a recibirle. Junto a Marvin, Gordon Banks. Rosen detuvo a los dos hombres un último segundo mientras recibía la cinta de manos de Banks antes de pasarla al técnico de sonido que corrió hacia la pletina. "¿Dos minutos?". Miraba fijamente a Marvin a quien no podía ver los ojos pero sí sujetar el brazo. Banks empujó a su hombre hacia dentro mientras Rosen pudo percibir que Marvin asentía.

 

10, 9, 8...

 

Tanter pronunció el nombre.

 

4, 3, 2...

 

"ON AIR!!" -se escuchó en los estudios de la CBS. Dick Stockton ya estaba dentro.  

 

Los espectadores, del Forum y de la pantalla americana, pudieron apreciar la entrada a pista de una distinguida figura, de elegante traje oscuro, chaqueta cruzada y corbata, pañuelo de seda azul al pecho y generosas, brillantes gafas de sol como espejos. Parecía un dios. 

 

Segundos después un hipnótico beat bañaba el interior del recinto. Y antes de manar la voz Tanter aún tuvo tiempo de confiar preocupado al técnico de sonido: "Esa no es la cinta. No puede ser".

 

Daba igual. Todo había empezado.

 

Sobre el refulgente amarillo que devolvía siempre el Forum le flanqueaban a su izquierda, en ordenada fila, Alex English, Mo Lucas, Kareem Abdul-Jabbar, Magic Johnson, David Thompson, George Gervin, Jamaal Wilkes, Jack Sikma, Artis Gilmore, Gus Williams, Jim Paxson, Kiki Vandeweghe y Pat Riley. A su derecha, Larry Bird, Julius Erving, Moses Malone, Maurice Cheeks, Isiah Thomas, Sidney Moncrief, Marques Johnson, Robert Parish, Andrew Toney, Buck Williams, Reggie Theus, Bill Laimbeer y Billy Cunningham.

 

"...say can you se-e-e-e-euh" -bouncing the word ‘see' in delicious melisma (Dyson).

 

Julius y el productor Joe Smith cruzaron una mirada cómplice, como si algo no estuviera funcionando bien. Mientras, el travelling de cámara pudo captar a un sonriente George Gervin por la sola condición de testigo.

 

"Broad stripes" in rigorous staccato.

"Star" to at least nyne syllables!

"Through the perilous fight" with a gospel echo.

"The Rockets red glare" with clenches fists and bended knees.

"Home of the bra-a-a-a-ve, Oh, Lord".

"(...) He took the song to church". (M.E. Dyson)

 

 

 

 

 

Superados los dos minutos la CBS no cortaría. Era imposible hacerlo.

 

"Suelo entonar para mí el Padre Nuestro cada vez que suena el himno. No pude" (Alex English).

 

Abdul-Jabbar mantuvo erguida su barbilla en señal de íntimo orgullo. "It illuminated the concept ‘We're black and we're Americans. We can have a different interpretation of the anthem'".

 

"A serenity overcame me. His voice just took over -you couldn't think about anything else" (Marques Johnson).

 

"It was very churchlike" (Lou Adler).

 

 

Una cerrada ovación coronó la magia de unos instantes para los que demasiada gente no estaba aún preparada.

 

"Sr. Rosen, han llamado de la oficina central". La secretaria hizo una pausa. "Están muy enfadados. Y lamento decirle que ha llamado mucha más gente para quejarse". De hecho varios teléfonos seguían chillando. Rosen resopló por última vez antes de articular el único temor que arrastró durante todo el fin de semana: "Bueno, supongo que hasta aquí he llegado. Estoy despedido".

 

Semanas después la petición de copias desde innumerables puntos del país era de tal magnitud que CBS Records acabó comprando los derechos. Rosen conservó además su empleo.

 

El paso del tiempo no hizo sino aumentar la calidad de lo ocurrido, pasando muy pronto a la unánime consideración de uno de los momentos cumbre en la historia del deporte americano. Sin saberlo Marvin Gaye acababa de santificar en ceremonia el inicio de una Edad de Oro sin precedentes, como un parto celestial.

 

 

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Poco más de un año después, el 1 de abril de 1984, en la víspera de su 45 cumpleaños, Marvin fallecía en el hogar familiar de West Adams como consecuencia de los disparos de su padre, a quien había regalado el arma en Navidad.

 

Father, father

We don't need to escalate

You see, war is not the answer

For only love can conquer hate

You know we've got to find a way

To bring some lovin' here today

 

(What's going on, Marvin Gaye, 1971)

 

 

 

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Divided Soul: The Life Of Marvin Gaye (David Ritz, 1985) / Troubled Man (Gregory Katz, American Way, 2006) / Red, Hot, and Blue (David Davis, Los Angeles Magazine, 2003) / Mercy, Mercy Me: The Art, Loves & Demons of Marvin Gaye (Michael Eric Dyson, 2004) / Transit Ostend (Richard Olivier, 1981) / The New H.N.I.C: The Death of Civil Rights and the Reign of Hip Hop (Todd Boyd, 2002) / NBA at 50: A Musical Celebration (NBAE, 1996)

La noción del futuro neuroscouting hacía de preludio a una de las conferencias más sugerentes de la edición al viajar todavía más adelante en el tiempo. Y de hacerlo tal vez menos lejos de lo que el encabezado de la charla hacía presumir.

 

El informe central partía del trabajo firmado por Tarek Kamil bajo el seductor titular 2061: A Sports Odyssey - How Technology Will Redefine Competition in Sports o cómo los ordenadores acabarán siendo incorporados a la operativa real de los partidos y asumirán una importancia que acaso hoy sólo acertamos a imaginar. Y de lograrlo, es en el campo acertado: la toma de decisiones tácticas.

 

 

 

 

En palabras de Beckley Mason, cuando el baloncesto de pizarra esté ya en condiciones de incorporar la inteligencia artificial a la manera de los grandes programas de ajedrez que con el total de variables en juego resuelvan la opción más favorable, los entrenadores pasarán a ocupar el papel de motivadores y líderes de grupo.

 

En un escenario que aún hoy sabe a ciencia ficción la tecnología sería la encargada del factor estratégico resolviendo instantáneamente ecuaciones de diseño operativo. Una optimización de las decisiones a tomar. Que sea la tecnología y no el hombre el autor de la propuesta.

 

En esa gráfica última jugada con pocos segundos en el reloj el programa atendería a factores tales como los cambios, la fatiga, la debilidad del rival, la intervención de desajustes, la posición de la salida del balón, fortaleza potencial, tiempo material y cuantas variables imaginables puedan ser computadas para un asalto eficaz.

 

Poniéndonos en situación y una vez hecha la solicitud al programa, el cuerpo técnico debería durante el tiempo muerto 1) descifrar el resultado que vuelca la pantalla y 2) explicarlo a los jugadores.

 

No deja de sorprender una situación en la que ambos banquillos dispongan de igual tecnología. Una igualdad que incluso tranquiliza. Dado que en la práctica seguiríamos contando con la intervención humana y el baloncesto con su principio de incertidumbre. Con ello, la irónica apreciación de que “en la pizarra todas las jugadas salen bien” seguiría teniendo la misma validez.

 

Las consecuencias más radicales de ese escenario futuro nos permiten evocar un panorama donde los técnicos cubrieran la parte humana del equipo que el programa informático no alcanza a cubrir y la táctica inmediata hubiera desaparecido de su mando.

 

Esta última es, sin duda, la consecuencia más difícil de concebir.

 

No por la enorme sustracción de poder que ello supone, sino mucho antes por la regresión del cargo de entrenador a su sentido original: el desarrollo de los jugadores y su integración en equipo. Es esa regresión la que el ideario actual se resiste a concebir por lo drástico del cambio. Que los llamados entrenadores de élite volvieran a ser entrenadores de formación, maestros donde la dimensión psicológica y enseñanza técnica ocuparía nuevamente el doble pilar de su cargo.

 

Es muy probable que nunca veamos una sustracción de esa índole en la profesión técnica. Que con seguridad la decisión última siga corriendo a cargo de los técnicos jefe. Pero ello no impide el desarrollo del nuevo fenómeno que la actual generación acabará conociendo: la implantación de programas informáticos de táctica inmediata para su aplicación real. La herramienta, he ahí el gran cambio, más importante en los banquillos.

 

De momento esa hipotética batalla corresponde a los programadores. A los primeros capaces de crear un Big Blue del baloncesto.

 

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Dejar en manos de Mark Cuban la ponencia central sobre el arbitraje era asegurar un chorro de combustible que al cabo resultó menos desaforado de lo previsto pero sí la materia central del debate.

 

A través de la referencia a la obra del cronista de Sports Illustrated Jon Wertheim que lleva por nombre Scorecasting: The Hidden Influences Behind How Sports Are Played and Games are Won se ilustraba, como más tarde resumió Kevin Arnovitz, uno de esos códigos no escritos que nunca aceptará como cierto el estamento arbitral:

 

Game steps up

Refs step down

 

Lo que vendría a decir que cuando el partido aprieta los árbitros desaparecen.

 

Esta oscura costumbre de cuya existencia Cuban sigue tan convencido, era el motivo central de su alocución. La encendida crítica del propietario de los Mavericks se resume de manera simple en sus exigencias:

 

1) Uniformidad en el arbitraje durante los 48 minutos de partido, sin crestas ni depresiones.

2) Indiferencia a todo contexto de presión.

3) Objetividad en la aplicación de las normas.

4) Igualdad para todos, sin discriminación entre las estrellas y el común de los jugadores.

 

Expuesta de corrido movía a la impresión que Cuban hacía de portavoz de un comunicado firmado por el mismísimo David Stern. Luego el problema no residía en la redacción de la carta, en el espíritu del reglamento, sino en las diferentes realidades de aplicación, esto es, en la percepción de las mismas.

 

En un terreno mucho más práctico Cuban se mostró partidario del empleo de la Instant Replay. Pero con un matiz decisivo: que sea posible el rearbitraje. Y el ejemplo era muy gráfico: si durante una revisión arbitral que decide para qué equipo será la posesión por un fuera de banda se observa una falta cometida que no había sido señalada, urge posibilitar la inmediata sanción de la misma. Que se castigue olvidando el fuera de banda.

 

La corrección de las faltas queda actualmente excluida de la operativa Instant Replay, por lo que el cambio afectaría a toda su política de empleo. Pasaría, de hecho, a ocupar su primer nivel de importancia.

 

Bill Simmons, "owner of himself" como fue presentado, aprovechaba el calor del discurso para poner sobre la mesa el componente humano de los árbitros como un mal necesario. Lo hacía sobre dos puntos que estimaba incuestionables: 1) El poder de represalia. Y 2) El deterioro por edad.

 

Para exponer los riesgos de la primera se valía de un ejemplo: la forma en que Antoine Walker solía dirigirse a los árbitros, con un irreverente "tú", tenía que provocar necesariamente consecuencias adversas sobre el jugador y su equipo.

 

Sorprendía la concreción de un ejemplo para exponer una situación tan vieja como la propia NBA. Un uso no tan extraño ni oculto en que los árbitros, muy de vez en cuando, y desde siempre además, hicieron velado empleo de personales decisiones que resarcían conductas en pista. Una escala lo suficientemente amplia y sibilina que precede al grueso de la expulsión.

 

La antología de amenazas recogidas por micrófonos y cámaras, anecdotario de libros, es tan extensa que si bien no es una prueba concluyente invita a pensar en simples y mordaces abusos de autoridad. Sin mayores escándalos.

 

Precisamente esta semana emergía a los titulares de prensa la demanda interpuesta por el colegiado Bill Spooner contra el periodista Jon Krawczynski, quien a través de Twitter recogía una presunta amenaza de represalia hacia el técnico Kurt Rambis. Se corre el riesgo de creer que la noticia está en la invocación de la represalia captada por un periodista cuando en realidad lo verdaderamente novedoso, traído a la escena de hoy, se resume en dos elementos: Twitter y la demanda.

 

 

 

 

Sobre el segundo punto de Simmons, los riesgos de la edad, no sólo no hubo acuerdo sino que abrió una de las más fuertes discordias, especialmente por parte del colegiado de la NFL Mike Carey.

 

De un lado se hacía ver el natural deterioro de la edad y se dejaba caer a la NBA un máximo de permanencia. De otro, en sentido contrario, se elogiaba como sagrado el valor de la experiencia.

 

Se evitaron nombres por lógica discreción. Aquí no se tiene ese reparo y se sostiene que mientras algunos fallos flagrantes en Joe Crawford parecen naturalmente debidos a falta de reflejos y pérdida de visión periférica, otros como los veteranísimos Earl Strom o Darel Garretson se retiraron maestros. Lo que invita a considerar que igual que las cualidades innatas separan a los jugadores también lo hacen en los árbitros. Que los hay correctos y discutibles. Pero sobre todo debe admitirse a estas alturas la inevitabilidad de los errores en márgenes razonables.

 

Cuban terminó alabando la llegada de árbitros jóvenes a la NBA al tiempo que acusaba de nepotismo al proceso de reclutamiento por el que la mayoría proviene del Northeast.

 

La última postulación se basaba en la diferente percepción de los árbitros ante acciones similares. Y ésta en particular sigue siendo una de las batallas dentro del propio comité arbitral. Allá donde la propia NBA incide más año tras año.

 

En definitiva una edición más la problemática del silbato lamentaba la cantinela del “humano, demasiado humano”. Y como apuntaba Kevin Arnovitz mientras el arbitraje sea 'humano' el conflicto generado por ello es ya de por sí apasionante. Como un deporte dentro del deporte. Un subjuego. Puede, he ahí el peligro, que el más importante de todos.

 

 

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El viernes, en la sala 207, habilitada para las temáticas en torno a la “Evolución del Deporte”, Henry Abbott presentaba una interesante ponencia bajo el sello Bad Decisions in Sports Skew Macho.

 

Abbott, autor del más controvertido artículo de la temporada NBA al cuestionar a Kobe Bryant como ‘clutch player’, acudía un poco más lejos integrando su caso y figura en un fenómeno mucho más generalizado y emblemático de la cultura deportiva norteamericana: lo que refería como Macho Decissions.

 

Esto es: la monarquía absoluta del último tiro.

 

Este asunto en particular excede con creces la mera tozudez en repetir este tipo de acciones. Su cuestionamiento ataca directamente al ideario más enquistado del Star System cuando éste no deja aire para más; cuando no permite más opciones.

 

No hay costumbre más propiamente NBA, escena más arquetípica de esta liga, que la del balón a la estrella para resolver la jugada de partido. La caricatura expuesta en su día por Bob Batchelor en referencia a Michael Jordan –Hit the [fucking] game winner- no dista tanto de la realidad.

 

La exposición de Abbott no cargaba concretamente sobre Bryant pero se valía de su ejemplo para exponer que lanzamientos sobre dos o tres defensores no eran, no podían ser, la mejor decisión que el baloncesto pueda proporcionar.

 

Abbott se preguntaba lo siguiente: Si en lugar del tiro más difícil Kobe hubiese doblado el balón con casi paralela frecuencia ¿sería su currículo tan impresionante como es?

 

A partir del acuerdo en que la indiscutible calidad de una estrella facilita este tipo de decisiones, se abría el debate. Pero forzosamente caía en la America Sports Culture.

 

Desde un punto de vista psicológico el ego del macho impide las llamadas concesiones. Una de ellas hacía referencia a la explícita renuncia de Shaq a los tiros libres a cuchara cuando en los entrenos había registrado así sus mejores porcentajes. Asimismo, a Bryant por no permitir otras opciones que no fueran su lanzamiento final al igual que con otras muchas estrellas.

 

Porque no es cosa de Kobe.

 

De hecho, no hay código más dominante que el del macho dominante decidiendo a solas el final del partido.

 

La casuística es tan voluminosa que su origen se pierde en el tiempo. Pero pocas veces asomó con tal cruel claridad como la conducta en 1994 de Scottie Pippen a la consigna de su entrenador de que fuera otro jugador (Kukoc) el encargado de jugarse la última bola.

 

La condición de mejor jugador parece llevar implícita la resolución (individual) de esos conflictos. Como apuntaba Zach Harper, “es la forma de demostrar que efectivamente eres el mejor”. Y en caso de eludir esta [forzosa] responsabilidad sobreviene el peor etiquetado posible. Un mes de malos finales de partido ha conducido a LeBron James a recordar el peaje público a pagar. Y eso a pesar de que desde 2003 ha anotado más canastas en los últimos 30 segundos que permitieran a su equipo igualar o adelantar al rival en el marcador (29/107) que el mismísimo Kobe Bryant (22/63), posiblemente el jugador mejor diseñado del mundo para el buzzer beater.

 

 

 

 

En la previa del Heat-Lakers del pasado día 10 decía Kenny Smith que cuando el balón pasa por demasiadas manos en los últimos instantes el equipo termina confuso. Y en un sentido muy próximo se reconocía Kevin Pritchard al señalar que la unión de tres machos en el mismo grupo termina por incomodar las nuevas resoluciones finales en la ausencia del espacio de que antaño gozaban libres. Como si la isolation no lo fuera del todo.

 

Abbott y su visión cada vez más humanista de las cosas sostenía que sacrificar en ocasiones determinados parámetros machistas favorecía también la consecución del éxito. Se valía del ejemplo de Chris Paul o la amenaza múltiple en el modelo San Antonio como pruebas de que proseguir la propuesta ofensiva inicial al término de los partidos no sólo es posible sino que directamente cuestiona la existencia del clutch player.

 

Lo que de paso se cuestionaba con gravedad es que ese bello principio del sacrificio por el equipo tenga forzosamente que sufrir una sintomática suspensión al final de los partidos. “El macho puede ser muy importante. Pero no lo es todo”, finalizaba a modo lapidario.

 

A partir de Michael Jordan, especialmente de Michael Jordan, sabemos que cuanto mayor la magnitud de la estrella mayor el peso de la exigencia de resolver a solas.

 

El concepto de killer va asociado a la quintaesencia del macho. Es la parte del baloncesto que toca el cine negro. De manera que uno puede ser silencioso, ermitaño, oscuro y reservado, sin faltar a las dotes del macho alfa.

 

Esta mitología, como en su día tildaba Mike Bianchi, está tan instalada en el imaginario deportivo que Otis Smith pidió a Dwight Howard reducir a cero sus sonrisas en pista para honrar ese código de caballeros que reza “frown on your face, fire in your heart”. Y recientemente Phil Jackson, sobre lo sucedido en el vestuario de Miami, se despachaba en ese mismo sentido alertando: “Los hombres no lloran. Vete al baño donde no te vean”. Este año también hemos visto que merced a Chris Bosh el vulgarismo fake tough guy ha vuelto a cobrar fuerza.

 

La política de David Stern ha ido erosionando gradualmente las mostrencas exhibiciones del macho con el propósito de reprimir a nivel cero las explosiones de violencia. Por lo que la condición del ‘alfa’ ha debido sofisticarse hacia formas más finas pero igualmente tangibles que van de no tender la mano al rival en el suelo a las reacciones al acierto y su teatralidad aún permitida.

 

Sin embargo el baloncesto NBA difícilmente extirpará algún día la morbosa soledad del clutch, aunque ésta sólo persista como prueba última de selección natural. Como prueba de que el macho está, sigue ahí y es dominante por algo.

 

Para reconocer la salud de un deporte bueno es atender al cuerpo. Pero casi mejor hacerlo a sus partes. Al interés que demuestran unas por otras.

 

Desde hace cuatro años se celebra al apagar el invierno la MIT Sloan Sports Analytics Conference, una convención que pudiera semejar un amplio gabinete de crisis sin crisis por medio. Un par de intensas jornadas donde especialistas y gestores, árbitros y autores, técnicos y periodistas estrechan la mano inteligente por el placer de la especulación y el valor de la utilidad. Una experiencia admirable que convierte al deporte en materia de Think Tank y lo hace de manera multidisciplinar, abierta y democrática con resultados tan espléndidos que las ideas salientes acaban decuplicando las temáticas inicialmente propuestas.

 

La edición de este año, quinta en lista y una vez más en el Boston Convention&Exhibition Center, ha conservado su frescura y audacia. Y ello a pesar de que los grandes campos temáticos se repiten anualmente y es en la profundidad del debate donde encontrar el interés por los matices, donde presentar renovadas ideas o superar las viejas.

 

El contenido es, en el fondo, inabarcable. Sucesivamente y sin pausa se expone más información de la que es posible digerir dado que los asuntos abren pero no cierran, dando así a la problemática la relevancia que merece y al deporte un nivel cognitivo de primera clase. Por medios y fines.

 

Y tal vez también por volumen. Como hacía notar Michael Schwartz, tan sólo los aeropuertos movilizan a más gente que el deporte en los Estados Unidos.

 

Se escoge aquí un somero repaso a unos pocos de los asuntos tratados. Asuntos que desde la panorámica del resumen saben a recurrentes porque un año más el mayor peso ha recaído en las grandes cuestiones que a todos suenan: el desarrollo del jugador, las nuevas visiones numéricas, el arbitraje, la construcción de campeones, el estudio de la propiedad y las diferentes lecturas de la ‘eficiencia’.

 

Los vientos de la actualidad trajeron también a colación una diagnosis del modelo ‘Big Three’, los parámetros del conflicto patronal, el problema de las faltas prematuras y la repercusión de la innovación estadística, campo siempre dominante y que acabó abriendo una de las más acertadas dobleces al aclararse que una estadística interesante no tiene por qué ser importante; una elegante manera de separar la teoría de la práctica.

 

Un año más la NBA se lleva la palma en Facebook: 7.6 millones de usuarios por 2.6 para el fútbol americano (NFL) y menos de 1 millón para el béisbol (MLB), tal y como presentaba Nick Grudin en su estudio Facebook and the Fan-Centric Experience.

 

Desde 2008 los recientes modelos de Boston y Miami continúan ejerciendo un gran peso en la hoja de ruta en forma de continua reevaluación de la ingeniería por el título. La presunta novedad de ambos patrones quedaba en entredicho por las palabras del copropietario Wyc Grousbeck explicando cómo había forjado la actual era de los Celtics: “Sólo tuve que echar un vistazo a los últimos 25 campeones. Y comprobé que 24 de los 25 tenían como eje el concepto Big Three: un Top-50 de la historia y dos compañeros 'all star'”.

 

En el lado opuesto se alumbró este año la llamada Mediocrity Trendmill o rutina de la mediocridad. Purgatorios entre el subsuelo y el acceso a playoffs donde parecen instaladas franquicias de temperatura fría. Casos de estudio y propuestas de solución.

 

Al hilo, la convicción de Kevin Pritchard de que la cercanía al título equivale al momentum en que los gestores deberían aumentar los riesgos de traspaso. O cómo la irrupción de Blake Griffin ataca directamente a la conciencia dormida del propietario de los Clippers Donald Sterling.

 

Al mismo tiempo la revolución estadística actual, a la que no se avista fin, presenta nuevos instrumentos cada vez más sofisticados que van del fenómeno óptico de la Holy Grail, que rozamos más abajo, a las nuevas versiones de la ‘eficiencia’ que examinan porciones del juego no investigadas con anterioridad. Una de ellas, la Dynamic Efficiency obra de Matthew Goldman, estudia el momento de posesión en que se realiza el tiro y como resultado fracciona a los jugadores en Undershooters/Overshooters.

 

También presente un año más el imposible acuerdo sobre la presunta ventaja de la comisión de falta en los últimos instantes con tres arriba y posesión rival, abriéndose con ello tanto la fe en la exposición de datos como la creencia en los técnicos que decidan situarse por delante de ellos. Una resistencia que busca salvaguardar pese a todo la autoridad del entrenador jefe en términos de intuición y circunstancia.

 

En suma, ni pocas ni fáciles. Destacamos en una doble entrega no más que algunas líneas de pensamiento por sesión abordada. Con el único filtro de lo interesante, lo genérico o lo entendible por todo buen aficionado.

 

 

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La edición 2011 abría fuego con la seductora teoría del intrépido Malcolm Gladwell en su libro Outliers según la cual se precisan unas 10 mil horas de trabajo para adquirir la condición de experto en cualquier materia.

 

Era un punto de partida. Una idea general sobre la que formular una vieja cuestión, nunca resuelta, traducida en preguntas tales como: ¿Se nace o se hace? ¿Naturaleza o educación? ¿Herencia o desarrollo? Qué es, a fin de cuentas, lo más importante.

 

Ponentes y audiencia acordaban que el talento, siendo el combustible natural del éxito, precisa de un conducto que el deporte encuentra en la figura del entrenador. Que la práctica dirigida es más útil que la práctica libre –como si el baloncesto despreciara autodidactas- y que en definitiva no parece muy conveniente entregar a los jugadores su propio desarrollo, lo que equivaldría a incorporarles en la cadena educativa como hijos y no como adultos.

 

Este punto de vista salpicó incluso otras ponencias donde el peso del college como periodo de formación seguía ganando a su contrario. A lo sumo, se empleaba como coartada el tiempo de observación para que las franquicias tengan un mayor conocimiento de los jugadores a seleccionar en el draft. Como una suerte de legitimidad en el ojo de Indiana para Tyler Hansbrough y no así en Minnesota para O.J. Mayo.

 

En realidad la idea de equilibrio entre los talentos del jugador y la disciplina superior, además de no suponer mayor avance, calma una vez más la vieja conciencia paternalista en el deporte americano a pesar de que figuras como Mo Malone, Kevin Garnett, Kobe Bryant o LeBron James, casos descollantes de early entries, se sigan admitiendo como producto de una doctrina escolástica, lo que en la nación del Star System implica una poderosa paradoja de la que la NBA es abanderada.

 

Durante el debate gravitó con fuerza la ambición personal en la ética del trabajo, lo que unido al cuidado externo hizo asomar el ejemplo de dos desarrollos divergentes con igual origen: dos productos de Alabama HS y su evolución diametralmente opuesta: Jamario Moon y Gerald Wallace.

 

Aportando una arista necesaria Jeff Van Gundy abogaba por la comprensión psicológica del jugador antes que por su dimensión técnica. Levantaba el primer murete al nuevo ensayismo numérico que reduce a los jugadores a engranajes y módulos y alertaba a los directivos del vacío que suponen las transacciones que no atienden a la personalidad del jugador.

 

Fue entonces cuando el director deportivo de los Rockets, Daryl Morey, célebre por sus extravagantes ideas de recruit pero padre de estas jornadas, mencionó cualidades tales como el “entusiasmo” y la “pasión”: cuánto de su vida está dispuesto el jugador a entregar por el baloncesto. Eso que la poética americana refiere como “love of the game”.

 

En uno de sus antiguos rastreos Morey contaba que preguntando a un joven Marcus Banks “qué quieres hacer realmente con tu vida”, el jugador de Nevada Las Vegas no dudó en contestar: “Be a male fashion model”. Y con ello, la posible elección se había descartado a sí misma.

 

Animado por ello Van Gundy apuntaba a Tracy McGrady como el contraejemplo de las 10 mil horas. Alabando su talento incalculable señalaba que T-Mac habría llegado a lo sumo a las mil horas de trabajo, una gratuita donación a las ediciones digitales para controversia.

 

 

 

Van Gundy terminó con la efectista pero incierta idea de que “un jugador puede ser blando, egoísta o estúpido. Una de las tres. Pero no dos”.

 

A última hora apenas hubo discordia en aplicar la teoría de Gladwell a los entrenadores, seguramente debido a la ausencia en la sala de Mark Jackson.

 

La solución final, como un colgante siempre a la misma altura, quedó un año más fijada en el equilibrio entre talento y trabajo como el mejor atajo hacia el éxito.

 

 

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Hace dos años Sandy Weil presentó una seductora ponencia bajo el título El mito de la mano caliente. Sus trabajos han proseguido la línea de derribar ciertas creencias, más visuales que ciertas, y que culminaron con la presentación en sociedad de la Data Holy Grail, muy gráficamente, un delicado software de información óptica que vectoriza la posición y movimiento de los jugadores en pista y descifra el producto resultante. Tres cámaras recogen desde diferentes posiciones la película de cada partido y los ‘bytes’ superan lo humanamente calculable.

 

El principal problema de una herramienta tan aparentemente avanzada, propiedad de Stats, LLC., se encuentra en el colosal volumen de información inútil. Un instrumento que computa la distancia entre los jugadores desprecia al mismo tiempo la posesión del balón, el sentido de los pases intermedios y el defensor principal al tiro.

 

Por ello la mayoría de datos salientes guardaba relación con rangos porcentuales y distancias entre todos los elementos de juego. Weil presentó así tres aportes principales:

 

1) Una buena defensa puede descender el acierto rival una media de un 12%.

2) Se gana un punto porcentual de acierto por cada 45 centímetros de acercamiento al aro.

3) Y conclusiones más favorables al acierto del jugador que recibe y tira –catch&shoot- del que difiere su lanzamiento, lo que dejaría en muy buen lugar a Ray Allen en detrimento de Dwayne Wade.

 

La DHG, como una de las principales novedades de análisis estadístico, aguarda a fin de cuentas ostensibles mejoras en su programación.

 

 

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Lejos de dar la espalda a la actualidad la Convención, a propuesta de Marc Stein, recayó en el morboso modelo de Miami Heat y su sospechoso 2-12 ante equipos de registro positivo y marcadores no superiores a los 5 puntos. Mientras que el hipernumérico John Hollinger tildó de arbitrario el corte de los 5 puntos en nombre de casuísticas que a él en particular interesaban, otros abrieron distintas líneas de tratamiento.

 

Sorprendió Mark Cuban resumiendo la problemática Heat de modo gráfico y sencillo:

 

1) Se convierten en sumamente previsibles cuando marcador y reloj aprietan.

2) Presentan un flagrante desequilibrio de talento en una misma plantilla. Y en consecuencia:

3) Si los tiradores de relleno no suponen mayor amenaza la defensa rival puede cargarlo todo sobre cualquiera de las tres estrellas principales, lo que repercute nuevamente en el primer punto.

 

Cuban dejaba sin embargo una puerta abierta al escenario de los playoffs donde, recordaba, todo es esencialmente distinto.

 

Kevin Pritchard echaba también una mano a los Heat en contraposición a Lakers y Celtics donde el mucho tiempo juntos, cosidos, favorece la memoria táctica en toda situación del juego, incluidos finales apretados.

 

Stein cerraba el asunto con el oportuno ejemplo de Miami en 2006, equipo que había caído repetidamente ante rivales de entidad en Regular incluyendo un 2-0 y 49 puntos de diferencia a favor de los Mavs, a quienes acabaron doblegando en las Finales hasta cuatro veces seguidas.

 

Días después de la Convención Phil Jackson, en su año más desinhibido, su año final, culpaba al propio Cuban del tratamiento arbitral recibido en aquellas series.

 

 

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Precisamente otro de los apartados dedicaba su motivo a la relación de los propietarios con su unidad de negocio o franquicia. No desde un punto de vista económico sino personal.

 

Se dio un acuerdo bastante generalizado sobre que la NBA necesita propietarios de estilo Cuban (Mavericks) en detrimento de otros estilo Shinn (Hornets).

 

Dado que el ramillete de dueños son tipos 1) Muy ricos que 2) han adquirido su riqueza fuera del deporte, 3) se expresaba un deseo razonable de que para estos billonarios la propiedad de una franquicia NBA resulte más un hobby que un negocio sensu stricto y que su tratamiento se asemeje más al cuidado del coleccionista por una de sus piezas predilectas que a los rigores financieros del cargo.

 

En palabras del propio Grousbeck: “The whole reason to buy the team was Celtic pride”. Y que esa personal pasión, como un capricho de rico, sea compatible con el beneficio de una gestión digna.

 

Dados los desagradables sucesos en torno a la propiedad de New Orleans Hornets el tiempo ha relajado enormemente la visión que durante años tuvo David Stern hacia el dueño de los Mavericks. Como si en virtud de la seguridad del negocio, fueran preferibles los riesgos del alborotador a los del advenedizo.

 

 

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A través de un riguroso estudio a cargo de Arup Sen y J.B. Rice, del Departamento de Economía de la Universidad de Boston, que medía el rendimiento de los jugadores con arreglo a la resolución de contratos se dejaba caer sobre la mesa, para tranquilidad de muchos, que la estadística no tiene por qué estar reñida con algunas de las percepciones más instaladas en el imaginario popular. El trabajo hacía precisamente referencia al incremento productivo de los jugadores cuando la extensión o renovación de sus contratos estaba en juego.

 

Como hacía ver Rob Mahoney los analistas numéricos no tienen a menudo por qué demostrar que sus trabajos vulneran algunas de las convenciones más arraigadas. Y que la estadística avanzada no tiene por qué ser contraria a lo que pensamos.

 

El problema parece, pues, residir en que la repercusión aumenta exponencialmente en el sentido opuesto. De manera que cuanto más audaces y contrarias a la creencia común mayor es la controversia generada porque mayor será su presencia en los medios. Y como prueba, el reciente cuestionamiento de Kobe Bryant como ‘clutch’.

 

Así la estadística comportaría además un atractivo material de venta.

 

 

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Otra de las exposiciones, en torno a un copioso estudio obra de Philip Z. Maymin, Allan Maymin y Eugene Shen, aludía a la inclinación de los técnicos a sacar de pista a los titulares que entran en problemas de faltas. Tal vez, por lo gráfico de su definición, valga mencionar al menos la fórmula más sencilla de lo que, individualmente, se conoce como Foul Trouble:

 

Q + 1

 

Donde Q equivale a cuarto. Esto es, se estimaría foul trouble el momento en que el jugador suma una falta más que el cuarto en que la comete.

 

 

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La prospección del talento es ya fenómeno global.

 

De igual modo que la ciencia numérica tiende a una mayor complejidad, el scouting sobre el potencial de jugadores jóvenes propende al empleo de herramientas de mucha mayor precisión. Y lo que hoy conocemos por resultados psicotécnicos, aún de corto alcance, podría en no mucho tiempo sufrir una honda complejización y emplearse con uso real para la valoración de jugadores y su adquisición en cualquier nivel.

 

Para abordar este punto entraron en juego los neurólogos Brian Miller y Wesley Clapp, quienes a través de la FMRI o Functional Magnetic Resonance Imaging trataban de mostrar cómo algunos sujetos son capaces de una coordinación psicomotriz muy superior en la resolución de problemas complejos de naturaleza atlética mientras que otros, simplemente, parecen incapaces de mostrar progresos.

 

Nada de esto es nuevo. Pero los doctores acudieron al mapeo cerebral de zonas calientes y frías y a través de un discurso propiamente científico complicaron seriamente la toma de notas. Un punto de encuentro fue la noción de ‘intangibles' como factores que incluso hoy quedan fuera de la geografía del cerebro.

 

Se supone que el aprendizaje basa su existencia en la rutina y la natural destreza en combinar nuevos recursos para la resolución de problemas. Sobre el primer punto Kevin Pritchard exponía un perfecto ejemplo de que la rutina puede resultar insuficiente ante situaciones de grave presión.

 

Su hipótesis era tan sencilla como demoledora. Según él, podía tomar a cualquier jugador y pedirle que anotara seis tiros libres de diez intentos. 6 de 10. Muchos serían capaces de ello. Pero si en lugar de una petición inofensiva la amenaza real fuera perder la vida de no lograrlo, la situación se altera a tal extremo que muy posiblemente los porcentajes se verían drásticamente alterados, incluso en los maestros de la rutina mecánica.

 

Y soportar la presión sí era materia propiamente cerebral. Y materia sin resolver.

 

 

 

 

Sobre el segundo punto, la adaptabilidad, los ejemplos aludieron a directores de juego que en formación actuaron como escoltas o aleros y en la NBA deben hacerlo como bases. Esa adaptabilidad, exigida por igual a ejemplares como Russell Westbrook, Derrick Rose o Jared Bayless, es la que finalmente marca, en los casos de éxito, la neuroflexibilidad a que los doctores acudieron como prueba de inteligencia superior.

 

Dicho de otro modo: cómo afrontan unos y otros las situaciones de incertidumbre.

 

(mañana jueves, segunda y última entrega)

A petición de algunos usuarios, especialmente de Twitter, se dedica esta pequeña entrada a recopilar algunas piezas, no más que unas pocas, publicadas entre 2004 y 2008 fuera del blog. No son todas las que fueron pero si por algún motivo merecen estar aquí, aquí están (y eso excluye a las publicadas entre 2001 y 2004).

 

 

El puñetazo (nov. 2004)

 

La noticia que conmovió al mundo (I) (Dic. 2004)

 

La noticia que conmovió al mundo (y II)

 

Hack-a-Shaq: Crónica de un calvario (Feb. 2005)

 

Retrato de un odio (I) (Mar. 2005)

 

Retrato de un odio (y II)

 

El partido que fueron dos (Sep. 2005)

 

Alguien voló sobre el nido de Kukoc (Mar. 2006)

 

Alguien voló sobre el nido de Kukoc (y II)

 

El sueño ario (May. 2006)

 

Viaje al Año 2095 (Jul.-Ago. 2006)

 

La última noche (I-II-III-IV-V) (Oct. 2006)

 

Composición de la Mecánica Superior. Nomenclatura Universal. (Dic. 2006)

 

El secreto perfecto (May. 2007)

 

Baloncesto y saber (Ago. 2007)

 

Cuarenta años del “no matarás” (Nov. 2007)

 

Apología del cuerpo (Dic. 2007)

 

No desafíes a Jordan (Ene. 2008)

 

Pequeño gran hombre (Feb. 2008)

 

Los últimos días de Rodman (I) (Jun. 2008)

 

Los últimos días de Rodman (II)

 

Los últimos días de Rodman (y III)

 

Hasta siempre, Jason Williams (Oct. 2008)

 

El inexplicable adiós de Ricky Berry (Dic. 2008)

 

Desde octubre de 2007 todo lo publicado en ACB.COM se recoge en este blog. A cada final de página la pestaña 'antiguos' dirige sucesivamente a las entregas anteriores hasta el principio.

Houston, sexto partido por la corona del Oeste (29 de mayo de 1997). Con un triple en el último segundo John Stockton lograba el milagro. Los Jazz accedían por primera vez a unas Finales de la NBA. Poco después Jerry Sloan, nunca dado a las citas de libro, resumía entre micrófonos su credo: "Let this be an example of what it means to say it's never over".

 

“It’s never over”.

 

El credo, sustentado por principios innegociables, equivale al acero. Eso explica que catorce años después, como podrían haber sido treinta, la realidad siguiera sin desmentirlo. Entre el 31 de octubre y el 1 de diciembre pasados los Jazz disputaron 18 partidos. Ganaron 15. En ese periodo el equipo de Sloan conquistaba el inédito plano de las portadas. Los Jazz se convertían en el primer equipo de la historia en remontar tres desventajas de al menos 10 puntos al descanso de manera consecutiva. 18 a los Clippers, 22 a Miami, 18 a Orlando. Parecía un hechizo que cada noche conjurase pedacitos de gloria en propiedad. Los Jazz de Sloan eran interminables. La otra NBA. El vivo ejemplo del tesón, la creencia, la fe, el milagro. “The Kings of Comebacks”, titulaban en honor. Semanas después habían desaparecido del continente informativo. Ocupaban su acostumbrado lugar. Como Alberta en un mapamundi.

 

Entretanto lo mismo algún despistado esperaba alegrías por parte del técnico responsable del grupito de gladiadores. “Todavía tenemos problemas con el primer equipo. Es la segunda unidad la que nos está dando esa ayuda. (…) Hemos tenido suerte. (…) No puedes estar preocupándote de dónde juegas o dejas de jugar. Juega y punto. (…) Es tu trabajo. Hazlo lo mejor que puedas. Si tienes que jugar cuatro partidos en cinco días juégalos. Lo demás son excusas que mucha gente emplea. Juega y punto”. Earl Watson, Ronnie Price, C.J. Miles, Francisco Elson, Kyrylo Fesenko.

 

"Just go play basketball. Go play and do the job you can".

 

Su credo era simple. Su credo era duro. Su credo era él.

 

 

 

 

La figura de Jerry Sloan nunca cupo en la política del palo y la zanahoria. No conocía la segunda. O no supo hacerla suya. Sloan pertenece a ese misterioso género de hombre incapaz de decir “te quiero”.

 

No es la descripción de un ogro ni un hombre atormentado. Tampoco la del hijo que proyecta la represión del padre hacia él. Porque cuando su padre murió Jerry contaba cuatro años. Era el último, el menor de diez hermanos consagrados a la vida rural.

 

Jerry vino al mundo en el profundo sur de Illinois, en medio de las inmensas praderas donde en invierno el mercurio puede caer a plomo diez o doce grados en una hora. A las cuatro y media de la mañana ya estaba arriba, entre aperos y labranzas, cargando el cereal, hollando la tierra con paso rudo, firme, terco, calentando las manos que a las siete se apostaban en un pequeño pupitre de la escuela, atentas a lo que la tierra no contaba.

 

Jerry Sloan nunca experimentó la inversión de valores de Phil Jackson. No se aventuró en experiencias psicodélicas porque después de salir del condado no había más. No un universo de asfalto, cristal y ambición. Sloan era lo que el navajo a la tierra. Un pedacito de ella. Un hombre de piso firme. Así fueron sus primeras páginas y así serán sus últimas.

 

Su primera experiencia universitaria, como estudiante en Illinois, duró cinco semanas. Demasiado grande. Demasiada gente. Su escapada no tuvo, como en Larry Bird, origen en un técnico insoportable. Pero su destino fue paralelo al escoger otro centro más pequeño. Y mientras fue estudiante alternó tareas en los campos de extracción de petróleo y la fabricación de neveras. Había que trabajar con las manos.

 

En Evansville conoció a su primer entrenador de verdad, Arad McCutchan. El primer hombre en avistarle alma de pastor deportivo. “Algún día saldrás de aquí. Pero tienes que volver. Si lo haces dentro de diez años éste será tu equipo”. Sloan cumplió la promesa. Volvió al de once años y vistió su primer cargo de entrenador. Pero algún oscuro designio que morirá con él le hizo abandonar a los cinco días de estreno. El 13 de diciembre de 1977 el equipo entero de Evansville, donde debiera haber estado Jerry de no marchar a tiempo, falleció en un accidente de avión.

 

Como jugador, de los más relevantes que legaron los confusos años setenta, Jerry Sloan no puede entenderse más que transfiriendo sus rudezas del campo a la pista. El baloncesto explica su legado dentro de los estrechos límites de su lenguaje, entre la vasta defensa y el manido hustle. Sin comprender que no eran ni virtudes ni fortalezas. Sino el simple acto reflejo de entender su trabajo de manera natural.

 

El resultado de sus once años de carrera, y muy especialmente en Chicago, le concede algún trono defensivo en la selección de aguerridos blancos de todas las épocas y en el primer jugador de la historia en rentar con tozuda regularidad faltas en ataque aun a riesgo de sangre. La ‘no lay-up rule’ de aparente modernidad instalada por Pat Riley en los años noventa era recurso frecuente en Sloan sin despegar los pies del suelo, algo que popularizó el joven Rodman de Detroit.

 

Jerry Sloan no conocía el miedo ni la debilidad. Nunca cedió a temores ni tampoco se supo de ellos. Siendo novato en Baltimore el fornido Gus Johnson le hizo suyo a la manera del primogénito. “No te alejes de mí. Nadie te va a tocar”. Sloan podía agradecer un gesto que en realidad no hacía falta. Porque su temperamento ya había cerrado como el granito.

 

Contaba su compañero en Chicago Bob Love, que comparaba a Sloan con los clavos, que en un partido ante los Knicks Willis Reed previno a Jerry de intentar detenerle. “No te acerques. Ya te lo aviso”. A la siguiente ocasión el encontronazo entre ambos dio con Reed en el suelo, desde donde aún pudo escuchar: “A mí no me vas a asustar”.

 

En su cuarta temporada de rojo, con dos costillas rotas por un codazo del joven Alcindor, Sloan fue apartado del partido que decidía el pase a playoffs. Jerry se negó a aceptarlo, insistiendo a Motta hasta la súplica encendida. “Si yo fuera tú, me dejaría jugar”. El técnico le dio finalmente entrada y los Bulls se alzaron con la victoria en Cincinnati. Durante un último tiempo muerto de la prórroga Sloan empezó a chistar incoherencias. Pensó que perdían por 33 cuando en realidad lo hacían por 3 puntos. “¡Hay que remontar esto, vamos!”. No hablaba él. Era el tormento por las costillas rotas cuando el juego se detenía.

 

Los compañeros le querían y temían a partes iguales. A veces era demasiado bruto. Así llegaron a pedir a su entrenador que Sloan saliera el primero en las presentaciones en lugar del último. A la entrada a pista Jerry golpeaba las manos del resto con tanta fuerza que hacía verdadero daño, hasta perder alguno el tacto durante minutos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Size doesn't make any difference; heart is what makes a difference".

 

Sloan formó parte crucial de los primeros Bulls de la historia. Johnny Kerr era un motivador. Un jugador disfrazado de técnico y oratoria a empellones que compartía las rudezas propias del nativo de Illinois. Un señor que funcionó de primeras por el ardor del grupo en una competición de apenas dos manos. Pero Sloan no comprendió el baloncesto como juego de tablero hasta la llegada de un pequeño y frenético hombre de Utah de nombre Dick Motta.

 

Motta no había jugado al baloncesto en ninguna categoría. Pero compensaba esa carencia (protocolaria) con el sesudo estudio de estrategias de pizarra. Y encontró la suya en un sistema de continuidad, de gran auge en los años setenta, llamado Flex Offense.

 

Los mejores Bulls de la historia sin Michael Jordan por medio se forjaron en torno a aquel sistema de juego, simple, igualitario y firme, sobre unos principios tácticos muy básicos que se repetían con eficacia.

 

Motta supo además rodearse de un ramillete de jugadores que anteponían el sacrificio al talento. Especialmente dos: Norm Van Lier y Jerry Sloan. Jugar ante los Bulls era pasar un mal rato por estos dos perros de presa en permanente estado de garras. Otros como Chet Walker, Bob Love o sucesivamente Clifford Ray y Nate Thurmond terminaron por vertebrar, con permiso de los anteriores Knicks, el mejor equipo defensivo de una década disparatada.

 

“Yo no tenía talento. Por eso hacía lo que hacía”.

 

Jerry nunca tuvo conciencia de jugador, no al modo que demasiadas ciencias refieren como ego. Para Sloan el baloncesto era un producto de pequeños engranajes ninguno de los cuales debía superar en importancia al resto. Versiones de cuatro y cinco hombres absorbidos por igual en la matriz conocida como Flex Continuity, que involucraba a todos en la repetición y repetición de esquemas tan básicos como eficaces. Lo allí aprendido bastaba. No sería otra su doctrina. Y la grabó a fuego en su cabeza.

 

Cuatro años después de llegar a Utah Sloan ocupaba el asiento del dimitido Frank Layden (11-6). Lo haría un 9 de diciembre de 1988. Perdió en su estreno en casa ante Dallas. Perdió seis de sus primeros nueve partidos, incluyendo el último en Miami, sede del peor equipo de la liga.

 

La línea entre quedarse o ser sustituido era muy fina aquella noche de Navidad en que los Jazz recibían a los vigentes campeones Lakers. Y se logró. Fue su primera victoria de entidad. De tanta como que una línea imaginaria fue trazada en el suelo marcando un punto de salida, olvidando para siempre la llegada.

 

De pronto Sloan era exactamente lo que la familia Miller, el propietario ya fallecido, que había llorado a la dimisión de Layden, precisaba para la calma general.

 

Aguardaban quince temporadas seguidas con balance positivo.

 

En adelante podrían cambiar las caras, los apellidos y dorsales. Pero poco más. El sustrato de los Jazz se fue haciendo más y más singular, más y más específico, como un bastión comunista que resistiera las vorágines del tiempo y sus temporales. No sólo era un doctrinario táctico. Lo era instrumental, deportivo, ambiental, económico, político y hasta religioso. Una Sloanology en un entorno mormón que la voz baja de la liga desdeñaba como secta y que sólo Rodman tuvo la desvergüenza de denunciar.

 

Sloan supervisaba todas y cada una de las elecciones del draft, negociaba los contratos y extensiones de los jugadores, y gustaba de hacerlo con los agentes ya que no podía directamente con los jugadores. El mánager general que caía en Utah sabía de esta situación sin oponer resistencia. Lo supieron todos, desde Layden a Checketts pasando por el actual O’Connor. Porque transcurrido el tiempo, las eras geológicas, hasta la figura del mánager general pasaba también por su filtro.

 

El técnico de Illinois acabó trascendiendo con mucho la idea del largo plazo y el modelo de entrenador, haciendo de sí un patrón universitario en la NBA más profesionalizada de la historia. Utah Jazz y Jerry Sloan acabaron siendo la misma cosa. Una identidad y un poder omnímodo que en nada distaban de la UCLA de Wooden o la Kentucky de Rupp.

 

En los últimos años gravitaba en la cabeza del viejo guardián la quimera de replicar el colosal proyecto de tres lustros en torno a la pareja formada por John Stockton y Karl Malone. Durante un tiempo Deron Williams y Carlos Boozer hicieron pensar que algo así fuera posible. Pero no lo era a pesar del intento. La nave hacía aguas en silencio y, tratándose de Utah, a la espalda de todos. Primero fue Boozer, nacido y terminado en divorcio con la entidad y su cultura. Y finalmente Deron el principal cabecilla de la disidencia interna.

 

Sorprende la ramplona lectura posterior a su renuncia culpando a Williams de su baja. A Jerry Sloan no lo tumbó nunca un jugador. Sus encontronazos se cuentan por centenares con la aparente naturalidad no sólo de su cargo sino de un carácter de yunque a salvo de concesiones.

 

Su primer enfrentamiento con Reggie Theus en Chicago marcaría la línea de cuantos seguirían después. Prohibido sacar la cabeza. O los tatuajes. O las cintas del pelo.  O las salidas de tono. O cualesquiera formas de llamar la atención como ejemplos que Sloan nunca permitió que cundieran.

 

Un enfurecido Greg Ostertag, uno de sus más genuinos discípulos, llegó a arrojarle una bolsa de hielo a la cabeza sin que Sloan, una vez desahogado, se inmutara. El viejo código de las peleas dicta paz ya después.

 

En otra ocasión, y no fue la única, desafío en un corrillo del equipo a Karl Malone. El técnico se arremangó adoptando la posición de púgil. “Vamos, pégame. ¡Venga, pégame! ¡Usa tus puños!”. En muchos de estos altercados, posteriores a una derrota, estaba presente Larry Miller, el dueño, que intentaba mediar sin conseguirlo. “Lo arreglaríamos y punto. Eso lo sabíamos todos”, aclaraba el Cartero. Y ese mismo temperamento de roca caliza unido a la rigidez de sus patrones explica disidencias mucho más insalvables posteriores a John Stockton. De Carlos Arroyo a Deron Williams, como hubiera sucedido con Magic Johnson de haber caído en la Utah de Sloan.

 

Ningún patrón de banquillo semejante por inmovilismo. Con resultados difícilmente igualables.

 

En términos positivos, el monumento de Utah ha sido el único motivo por el que los Jazz han vivido (deportivamente) las dos últimas décadas por encima de sus posibilidades. Al otro extremo la carrera de Sloan ha estado igualmente marcada por un excedente de represión que el resplandor Stockton-Malone mantuvo en estado latente.

 

Mucho más tarde de lo previsto, y tan sólo a causa de una obra de incuestionable solidez, esa inmunidad a los cambios acabaría fracturando el viejo proyecto por algún sitio. Sin escándalos. Como así ha sido. Y Sloan, vetado a sí mismo a las luces del público tributo, ha cortado por lo sano saliendo por la puerta de atrás sin esperar a nadie más que a su sombra, Phil Johnson.

 

Sloan vivió en la terca custodia del baloncesto sin lujos. El mismo motivo que acabó con él.

 

En unas condiciones eficazmente feudales podría haber continuado en el cargo eternamente. Salvo que sus constantes vitales dijeran basta porque en la balanza de equilibrios algo pudiera empezar a pesar más que él. “Mi energía ha decaído un poquito”. La mínima dosis que cuestionara sus dominios de padre y juez único, aun siendo una tiranía noble, le era suficiente para abandonar.

 

El caso Sloan no es más que otro paradigma de la eterna dialéctica entre el pasado y el futuro. La vieja colisión de la juventud y su permanente proyección hacia delante y la condición reaccionaria de un técnico que iba a seguir aplicando su escuela secular sin reparar un ápice en la realidad circundante. Principios, formas y diagramas algunos de los cuales databan de hacía 40 años. Para Sloan el tiempo no conocía de pulsos. A las seis de la mañana se haría lo mismo que ayer antes de hacer lo mismo mañana.

 

Decía Jack McCallum que lo más sorprendente no era la repentina renuncia, sino que Sloan se mantuviera todavía en pie sin haber dado un solo paso adelante desde los años sesenta.

 

El cronista daba cuenta también de la simpática acritud de Jerry entre bastidores. Respondía “bien” a la vacía pregunta del “cómo estás”. Si en cambio lo preguntado era el equipo la ironía, la insatisfacción permanente, el estado de un temperamento incorregible, volcaba entero en un simple “We’re terrible”.

 

Bajo el sombrero John Deere de un genuino farmer Sloan vivió también acompañado del alcohol y el tabaco durante demasiado tiempo. Con gran causa además cuando su Bobbye de toda la vida sucumbió al cáncer el verano de 2004. El hombre incluso se sorprendía de que sus malos hábitos se tuvieran en cuenta. Como si fueran importantes. Un reflejo de no hablar nunca de sí mismo. De hacerlo por obligación de su trabajo y hogar. Pero nunca en particular de ninguno de sus jugadores.

 

Cuando Sloan aterrizó en Utah como ojeador a cuenta del distante Sam Battistone, Deron Williams contaba con cuatro meses de vida. Mucho tiempo después Williams no tiene mayor culpa que la del talento al que arde la ambición de escapar a los moldes. Moldes rígidos, angostos, blindados. Deron dispensaba un respeto intocable a su entrenador. Pero su entrenador era su cárcel. Sin Boozer ni un referente a su lado, un buen brazo armado, Deron ya no soportaba el juego a media pista, el desfile de bloqueos autómatas, ciegos como su nombre.

 

Durante estas dos décadas el baloncesto de los Jazz incluso podía mirar con circense recelo al europeo. Era mil veces más tradicional.

 

Su falta de condecoraciones, de galardones de los que pueden dar cuenta Sam Mitchell , Mike Dunleavy o Del Harris, arrancaba en la banda. Donde un hombre en permanente estado de enojo las tuvo muy serias con los jueces del juego. Ningún otro entrenador de la historia recibió más técnicas que él ni rebasó más veces la línea. Lo había hecho ya con Bob Delaney. Pero el incidente en 2003 con Courtney Kirkland, que le acarreó una suspensión de siete partidos, fue el más grave de su carrera. A partir de entonces cada una de sus centenares de salidas de tono veía a Phil Johnson incorporarse como un resorte, como una esposa, por si acaso.

 

De puertas hacia dentro Sloan no era distinto a lo que las cámaras recogían.

 

En estado de reposo, vedado a la sonrisa, Sloan dejaba la boca a medio abrir y la mirada ingrávida. No es otro el arquetipo que ha legado la férrea imagen de su cargo. Un cargo que, él mismo decía, nunca tuvo nada que ver con el cultivo de amistades.

 

 

 

 

No es posible explicar la insólita longevidad de Sloan en Utah sin hacer referencia a su doble cima deportiva en 1997 y 1998. Seguramente de anillo de no haber estado enfrente los Bulls de Michael Jordan. Pero al mismo tiempo sin mostrar la menor innovación, por pequeña que fuera, cuando las circunstancias podían también exigirlo. Aquellos Jazz de las Finales y The Kings of Comebacks de hace un par de meses distan tácticamente un cabello cano de Sloan, cuyo baloncesto nunca supo de cintura.

 

Estirado en 23 largos años, a jugadores como Jeff Hornacek, John Stockton, Matt Harpring, Erick Leckner, Delaney Rudd, John Crotty, Larry Krystkowiak, Tom Chambers, Jay Humphries, Bryon Russell, Felton Spencer, Antoine Carr, Adam Keefe, James Donaldson, Greg Foster, Howard Eisley, Greg Ostertag, Andy Toolson, Shandon Anderson, Todd Fuller, Jacque Vaughn, Pete Chilcutt, Scott Padgett, Olden Polynice, John Starks, John Amaechi, Rusty LaRue, Jarron Collins, Andrei Kirilenko, Tony Massenburg, Curtis Borchardt, Raja Bell, Gordan Giricek, Tom Gugliotta, Ben Handlogten, Raul Lopez, Sasha Pavlovic, Michael Ruffin, DeShawn Stevenson, Kris Humphries, Mehmet Okur, Milt Palacio, Rafael Araujo, Louis Amundson, Derek Fisher, Paul Millsap, Kyle Korver, Kosta Koufos o Gordon Hayward, los vincula una mayoritaria tendencia a la raza blanca. Porque la camiseta de los Jazz era la más blanca de toda la NBA. Un blanco ártico, siberiano, gulag.

 

A todos esos jugadores, en distinto grado y postura, los une el concepto gris, sacrificado, sobrio, obediente y raso bajo la irónica etiqueta de Flex. A todos ellos los agrupa un denominador común: una logia poderosa presidida durante todo este tiempo por el abuelo de la granja.

 

Pasará demasiado, si es que ocurre, antes de volver a ver a una franquicia en perfecta simbiosis con el alma de un entrenador.

 

En la profunda NBA, la de los corrillos en torno a mesas relajadas de distendida confidencia, Jerry Sloan era una figura venerada. Apreciada por todos por lo familiar. Pero venía ya sucediendo, como con Deron, que era imposible abstraerse a la metáfora del tractor en medio de Indianápolis.

 

Mucho se ha escrito estos días a la espera de futuras cuentas biográficas. Pero apenas se ha reparado en la única y más simple verdad de todas. Expresada, cómo no, a la genuina manera del hombre de campo que abrocha un asunto para siempre.

 

"My time is out".

En el baloncesto hubo siempre jugadores a los que el repentino, como improvisado encendido de pequeños, a veces invisibles y hasta retorcidos artificios en mitad del juego saldaban con sospechosa frecuencia a su favor. Si algo puede vincular a ejemplares tan variopintos como Dino Meneghin, Zoran Cutura, Danny Ainge, Bill Laimbeer, Dennis Rodman o Vlade Divac es la idea de astucia a través de artimañas, maniobras y argucias. O cómo sumergir el baloncesto, también, en una sucesión de altercados de los que salir casi continuamente victorioso. Ya fuera en un rebote, un balón suelto, una colisión de espacios o la rifa de una falta, estos jugadores parecían encerrar algo que marcaba continuamente sus cartas sin visos de trampa. Primero astutos. Luego jugadores.

 

Si estos sumergían, en un plano bien distinto y de superior altura, como levantados a la mesa de juego para disponer de una panorámica completa, otro género de jugadores de costumbre directores exhibió una superlativa capacidad para comprender la estrategia del tablero y descifrar y hasta anticipar sus movimientos. Estos ordenadores del juego, de John Stockton a Deron Williams, de Juan Antonio Corbalán a Chauncey Billups, participan conjuntamente de una habilidad natural basada en la lógica, cuyo preludio es la imagen arquetípica de verles consumiendo quietos balón. Para unos, control del juego. Para ellos tiempo de razonamiento.

 

Paralelamente a estos últimos orbitan otros a los que el orden sabe a poco y precisan de trascender la lógica, como si les supiera aburrida. Cuentan con las mismas facultades para controlar el juego. Pero añaden una irresistible potencia creativa que encuentra su sentido en el desorden. Bob Cousy, Nate Archibald, Magic Johnson, Carmelo Cabrera, Isiah Thomas o Steve Nash representan el componente irracional del juego en equipo. Como una frecuencia de onda más allá de la lógica.

 

A veces este dominio de la proyección espacial se da también en jugadores de gran tamaño (Bill Walton, Kareem Abdul-Jabbar, Tim Duncan). Pero si además escapan al cometido habitual de su posición y añaden potencia creativa y componente irracional, abrimos un género transgresor donde reposan figuras como Magic Johnson, Kresimir Cosic, Toni Kukoc, Arvidas Sabonis o LeBron James. De uno u otro modo todos escaparon a los presupuestos de su talla.

 

En términos formales la perfección técnica ajustada a canon forma otra categoría de jugadores que por alguna razón resultan especialmente armónicos con el orden académico. Si los libros recogen cómo hacer las cosas ellos son el mejor modelo. Ejemplares como Drazen Petrovic, Arijan Komazec, Dejan Bodiroga o Kobe Bryant destacan por elevar la técnica al misterio fundamental del baloncesto, como una ciencia del método.

 

Algunos de estos jugadores interpretaron la técnica superior de manera tan personal, íntima y artística que es posible abrir otro plano, a caballo entre el canon y la transgresión, que se inclina por suavizar las formas y desprender sutileza en sus movimientos dotándolos de ritmo, cadencia y un conjunto de valores estéticos dominados por la elegancia. Símbolos de la finesse fueron en distintas posiciones y épocas Walt Frazier, Kareem Abdul-Jabbar, Alex English, Mirza Delibasic, Julius Erving o Clyde Drexler.

 

En términos de rendimiento la misteriosa relación con el aro de los grandes anotadores, especialmente de los ligeros como George Gervin, Oscar Schmidt o Kevin Durant sugieren el poder de alguna destreza natural, un pacto de repetición, que va más allá del trabajo, que no es propiamente mecánica rutina.

 

Dentro de este género subyace otro más escaso para los que la anotación parecía favorable cuanto peores fueran las condiciones y especialmente de tiempo. Jerry West, John Havlicek, Larry Bird, Michael Jordan, Reggie Miller o Kobe Bryant fortalecen la existencia de algún tipo de agudeza concentrada en la anotación terminal donde sólo unos pocos encuentran comodidad.

 

Es suficiente.

 

Estos y otros muchos campos de la sensibilidad, como la plástica figurativa de los atletas del aire (Julius Erving, Michael Jordan, Vince Carter, Kobe Bryant), la comprensión espacial de los mejores pasadores, el control de situación de astutos de mayor cobertura (Dragan Kikanovic, Dennis Johnson, Jason Kidd) o la coordinación psicomotriz en grandes estaturas y tamaños (Kevin McHale, Hakeem Olajuwon, Shaquille O’Neal), no aparecen reflejados en ningún sitio. Escapan al campo estadístico, a la narración de sucesos y con frecuencia a la percepción visual.

 

Y sin embargo existen. Incluso con mayor poder que ninguna otra cosa.

 

 

 

 

 

El baloncesto, contrariamente a la ciencia, apenas se ha preguntado por la inteligencia.

 

En realidad lo ha hecho. Pero tan pronto formulaba la pregunta ponía los pies en terreno más pequeño, mensurable.

 

Tal vez porque en nuestro juego no sea tan importante definirla como admitir su existencia. Saber que está ahí y que de costumbre reina. Que se declara con éxito por sí sola. Que se manifiesta sin necesidad de aprobación igual que la luz ilumina aunque no haya nadie para comprobarlo.

 

A diario el baloncesto inscribe volúmenes de información. Pero apenas se verán líneas en torno a la inteligencia. De vez en cuando se califica a tal o cual jugador como inteligente sin añadir más, dándose por sentada la cualidad como el color de su camiseta, lo que a veces convierte al adjetivo en un acto de fe.

 

Cuando el baloncesto no puede explicar determinados fenómenos se apela a la inteligencia y hasta se emplean términos de difícil cobertura como los intangibles. Si en 2007 alguien se hubiera preguntado qué diferencia habría entre el titular Jorge Garbajosa (28.5 min. / 8.5 puntos / 4.9 rebotes) y el novato de rotación Tyrus Thomas (13.4 / 5.2 / 3.7) la respuesta más fiable vendría de manos de sus entrenadores, uno de los cuales zanjaba cualquier discusión apelando continuamente al primero como inteligente.

 

Lo que debería ser una puerta de entrada sirve a veces como portazo.

 

Contrariamente a los números, que vemos y manoseamos, la inteligencia se escabulle. Y lo hace a menudo entre los números. Por eso se sospecha de toda inteligencia que no sea estadística.

 

Algunas de las más hermosas discusiones del baloncesto, todas de carácter teórico, habrían girado en torno a la inteligencia en caso de darse. No a su definición, esfuerzo de costumbre baldío, sino a su expresión en el juego. A formular dónde se manifiesta y cómo. Y no tanto por qué. Lejos de ser así se han señalado, a lo sumo, a los jugadores inteligentes. Y no a muchos sino a más bien pocos. Como si la inteligencia fuera sólo cosa de superdotados y el fenómeno inteligente más bien raro.

 

Y llama la atención que siendo el debate tan marginal, la noción tan imprecisa y tan pocos los premiados sea la inteligencia la cualidad que goza de más alto prestigio. No hay jugador a quien amargue ese dulce. Al extremo de cuando algunos matizan “no sólo soy un tirador” o “no sólo soy capaz de defender” o “puedo hacer más cosas que rebotear” se está queriendo decir que se es más inteligente que eso. Aunque no se demuestre.

 

Un jugador podrá ser un gran anotador, otro un gran reboteador, otro un gran pasador, otro un gran defensor y muchos de ellos luchadores. Pero describir a un jugador como inteligente equivale a decir que prácticamente todo lo hará bien.

 

Y aquí surge un primer error muy común. Y por partida doble además: creer que el jugador inteligente domina por definición el baloncesto equivale a suponer que 1) la inteligencia es necesariamente un dominio total y, en consecuencia, que 2) el baloncesto es un juego pequeño.

 

Como si la inteligencia sólo pudiera manifestarse como un enorme manto que lo cubriera todo dejando las pequeñas cosas en manos de particulares destrezas.

 

Ésta es la razón de que los nombres que la inteligencia parece haber legado a la Historia sean tan pocos que incluso al especialismo resulte incómoda su enumeración.

 

Hay una gran paradoja en simplificar la noción de inteligencia como un campo muy vasto que se derrama por todas las esferas del juego. De manera que si alguna flaquea (técnica individual, tiro exterior, calidad de pase) el jugador se desarma como un conjunto inteligente.

 

Una visión que conceda tal magnitud a la inteligencia deriva en gravísimos errores de percepción en los que rara vez se ha reparado.

 

El principal consiste en una inercia muy tóxica que ha instalado en el imaginario una especie de automática oposición entre inteligencia y cuerpo. Como si fueran entes separados y, en su peor expresión, como si las mejores anatomías en términos atléticos estuvieran inhabilitadas para los brillos del cerebro.

 

Esta terrible falacia que opone materia atlética a materia gris resulta aun más absurda en el mundo del deporte. Condena a las naturalezas más fuertes (Shaquille O’Neal, LeBron James) por serlo. Como si en la inteligencia cupiera todo menos la fuerza y en la jerarquía genética ocupara ésta el último lugar.

 

 

 

 

 


El ejemplo más recurrente de todos lo encarna la persistente figura de Larry Bird. Su caso define casi por sí solo qué es la inteligencia aplicada en el baloncesto. Pero preside con tal empeño esa monarquía de inteligentes que pudiera parecer que Magic Johnson brillara por otra cosa que no fuera inteligencia pura. Se atribuyen eternamente a Bird incapacidades del cuerpo. Pero nunca a Magic Johnson. A pesar del nulo atletismo de ambos, que uno fuera negro y el otro blanco inclina de modo inconsciente a Bird la percepción pública de la inteligencia. Tan sólo de ella.

 

En el fondo este arbitrario desequilibrio fue exactamente lo denunciado por Isiah Thomas en 1987. Conveniente o no, no era otro el motivo.

 

Con Michael Jordan tampoco ocurre cosa distinta. Del infinito yacimiento de adjetivos que se le adscriben rara es la vez que alguno de ellos lo ilustra como inteligente. Como si uno de los más grandes deportistas de la historia lo hubiera sido por competencia, atletismo, destreza, voluntad y entorno pero no por el sustrato inteligente.

 

Esa misma inercia, que no suele sentirse a sí misma, conduce a pensar antes en Manu Ginobili que en Joe Dumars, en Dejan Bodiroga que en Carmelo Anthony. Como si los primeros brillaran por inteligencia y los otros por algo distinto. Así la sutileza en Pau Gasol es inteligente y la agresiva condición en Kevin Garnett es, a lo sumo, eficaz.

 

Una óptica de esta naturaleza, mucho más generalizada de lo que se presume, nos enseña que la percepción de la inteligencia, aun pudiendo ser correcta, está tercamente vinculada al etnocentrismo, las pulsiones culturales y los silencios de raza.

 

Y va siendo hora de incorporar como certeza que el cuerpo es indisoluble de la mente, incapaz de operar sin aquél y mucho menos en el mundo del deporte.

 

Incluso ocurrió en los peores casos que esta relación actuó como una terrible prisión. El gigantismo encerró grandes inteligencias en barrotes que el tiempo hacía más y más gruesos. Como una pena que arrastrar de por vida tal y como dieron cuenta Muresan, Tkachenko o Dueñas.

 

Otro ejemplo claro de esta dramática relación lo ofrece el caso de Anfernee Hardaway (1994-1997), al que su primer gran contratiempo físico acabó por vaciar de todas las cualidades que le habían hecho brillar, haya discusión o no, como una inteligencia pura.

 

Una versión menos anotadora de su modelo la representa Ricky Rubio.

 

 

 

 

 

Si Rubio se quedara donde está, si no ascendiera más peldaños en su escalera del tiempo, valdría formular su caso como ejemplar, en términos de José Antonio Marina, de inteligencia fracasada. Una suposición de este tipo se apoyaría en una doble experiencia:

 

1) Que su trayectoria ha trazado hasta ahora una línea ascendente en forma de progresión.

2) Que algo en su juego, algo muy poderoso, admite casi por encima de cualquier otra consideración la realidad del talento.

 

De las innumerables maneras en que se expresa el talento de un jugador joven la más firme de todas indicaría que ese jugador es cada vez mejor. No por intuición. Sino por haber demostrado de sobra el avance.

 

Si ese ascenso se detuviera tempranamente, si el avance sufriese un repentino parón, más que caer en el simplismo del fracaso o deducir que algo ha fallado valdría concluir que el camino ha tomado una dirección imprevista.

 

Y nada más curioso que observar lo que ocurre ante el talento detenido. Greg Oden se explica entero a través de su tragedia física. El cuerpo ha fallado. No hay más discusión ni exigencia. Si en cambio se diera el parón en Ricky Rubio y no mediara lesión el desconcierto resultante sería obra de una sola propiedad que él mismo se ha empeñado en demostrar cierta: la inteligencia.

 

Con ella no se es indulgente. Una vez aparece, las demandas son muy grandes y la tregua inadmisible. Si un jugador ha encendido la luz no podrá ya apagarla.

 

Esta exigencia de continuidad, de igual magnitud al rendimiento dado (expectativa) explica por sí sola la confusión actual en torno al [genio] del Masnou.

 

En el baloncesto no se ha definido la inteligencia porque no puede haber diferencias con la visión múltiple que de ella admite la ciencia. Por eso es mucho menos acertada la noción de inteligencia total que la de inteligencia parcial, dado que el juego se fragmenta en mil cuadrantes donde los jugadores derraman sus capacidades. Unos en pocas, otros en muchas. Pero allá donde haya éxito, acierto, destreza, por muy pequeño el campo, habrá inteligencia.

 

Uno de los ensayos más comunes de computar sus magnitudes es obra del scouting en la noción, igualmente fragmentada, de Basketball IQ.

 

 

 

 

 

 

La BIQ es un conjunto de variables que al igual que el CI (cociente intelectual) opera también en términos numéricos. Como una psicometría aplicada al baloncesto.

 

Esos trabajos son necesarios para los ingenieros de la prospección del talento y pese al razonable margen de error son lecturas de relativa solidez y precisión. Pero el Basketball IQ equivale a un producto asociativo que basa su presunta verdad en la medición de los llamados skills.

 

La complejidad de lo inteligente y su múltiple expresión con frecuencia no mensurable la convierte en una realidad escurridiza. Una cualidad que percibir y no una cantidad que comprobar. De ahí que la noción de intangibles no sea, pues, más que una pobre coartada lingüística para referir lo inexplicable.

 

Y de lo inexplicable el baloncesto está tan repleto que ninguna otra cosa explica mejor la naturaleza inteligente del juego.

 

Hecha la aclaración seguirá ocurriendo un fenómeno muy común. Que cada vez que toque a la Historia rescatar sus ejemplos de inteligencia saldrán únicamente a colación los genios. Contra eso ni cabe ni conviene hacer gran cosa. Salvo recordar todo lo que bajo ellos brilla. Al fin y al cabo ninguna inteligencia mayor que admirarse por ella.

Tenía las manos empantanadas. Justo el tarro que le faltaba estaba empaquetado en la estantería de arriba, donde no llegaba. Un poco de ayuda bastaría.

 

- ¿Billy? –llamó.

 

Desde el salón llegaban unas risas vagas, mohosas, vacías como el par de latas que había echado al cubo de la basura preparando la cena.

 

- ¡Billy! –gritó.

 

Nada. Tendría que hacerlo ella. Billy estaba en otro mundo, hipnotizado por la tele.

 

Al rato se abría la puerta de casa. Era Bill padre, puntual, agotado. Besó a su mujer después de retirar la escalera a la que se había subido para alcanzar los tarros.

- ¿No te puede ayudar? ¿No sabes cómo tienes la espalda?

Betty retorció un gesto de hastío, como de maternal resignación y siguió a lo suyo. Bill dejó en una silla su bolso de mano y se deslizó hasta la sala, que desprendía un aire cargado, hogareño, soñoliento. Se detuvo bajo el marco de la puerta. Las risas seguían saliendo de la pantalla a intervalos absurdos.

 

Billy ocupaba un rincón en el sofá, hundido a su medida, junto a un paquete de patatas vacío y la expresión momificada. Parecía una cáscara. La escena era diaria, automática, eterna.

- Aprovecha porque la tele se va a acabar. Mañana vas a venir conmigo.

Billy movió por fin la cabeza.

- Adónde.

 

Era un mocetón algo orondo de 17 años. Buen chaval, muy normal y generoso. Pero no se le conocían grandes ambiciones fuera de su habitación. A veces, de una mesa. Gustaba del ajedrez y el backgammon entre largos ratos de lectura. También de cocinar a solas y hasta hacer sus pinitos con una vieja réflex que de vez en cuando reclamaba un paseo. Su virtud más resistente era la musical. Tenía oído sensible y se había procurado en casa que así fuera. Mamá había sido violinista. Billy tocaba la trompeta desde los seis años y lo hacía realmente bien. Mejor que sus hermanos el clarinete. Y a diferencia de ellos, no salía a la calle hasta finalizada su clase instrumental.

 

La música le había ganarse alguna gira. Largos viajes por países sudamericanos –hasta siete-, Europa y Japón. Era miembro de la Honor Youth Orchestra local, una de esas cosas orgullo de madre. “Un consumado solista, señora”, encendía algún profesor. A edad escolar las preguntas son pocas y las respuestas frágiles. “Oye, Billy, ¿qué estudiarás en la Universidad?”, le habían preguntado alguna vez los amigos. “Pues no sé, ¿música?”. Porque Billy, lo que se dice seguro, no estaba de nada.

 

Tal vez por eso, por el retraso en decidir algo, Bill, su padre, recelaba de la excesiva confianza de su mujer hacia el crío. Del ciego amor de madre. Donde ella seguía viendo un niño él empezaba a ver un hombre. Con mucho por hacer. Era ojo pragmático. El dinero no cae del cielo. Y el talento se lo lleva el viento. “¿Música? ¿Y eso da para vivir?”, incordiaba el preguntón de turno.

 

A las preocupaciones de un padre había contribuido también el chaval. O en justicia, un serio varapalo. No habían pasado ni dos años. En la Navidad del 68 Billy era el trompetista elegido para una breve gira sin grandes distancias. Se despistó y perdió el tren que le llevaría hasta el aeropuerto O’Hare. Tuvo que tomar el siguiente. Sus compañeros aguardaron en un hangar, donde un pequeño bus lanzadera le llevaría. Desde su asiento pudo verlo todo. La luz, el estallido. La prensa lo explicó mejor que los perplejos ojos de un crío. Un pequeño bimotor con 45 pasajeros a bordo fue a estrellarse contra la nave donde en ese macabro momento practicaba la joven orquesta. Hubo decenas de muertos. Ronnie, su amigo Ronnie (Lee Pappas), fallecía a los pocos días. No soportó las quemaduras. Tenía 14 años.  De no haber perdido aquel tren Billy habría estado a su lado.

 

Desde entonces Billy se había apagado. Sus giras y premios parecían ahora sepultados entre los miles de vinilos que atiborraban las estanterías del dormitorio. Era un chico irreprochable. Pero necesitaba un empujón hacia algo que brillara más a la luz del día.

Bill apagó la tele. Un ligero gruñido volvió desde el sofá.

- A cenar.

 

Aquella mañana padre e hijo iban de corto. Al balón le faltaba un hervor. Llevaba demasiado tiempo dormido. Seguramente desde las últimas veces que Bill y algunos amigos, viejos compañeros en DePaul, se echaban unas canastas. Cómo había pasado el tiempo.

- Así no. ¡Otra vez! -ordenaba.

Billy era algo torpe. Inexperto. Lo normal para quien hasta esa edad había dado la espalda a la actividad más popular del instituto, el centro Wendell Phillips, uno de tantos en el área urbana de Chicago, plagada de canastas heridas como aquel par, morboso testigo de la madrugona, entre tierna y dura lección de un padre a un hijo.

- No puedo. No me dejas.

- Sí puedes.

 

Y era extraña esa ausencia en su corta vida. Porque Billy, adolescente negro en Chicago, presentaba además un tamaño inconfundible. El del muchacho grandote y fortachón que acabaría rebasando los dos metros.

 

Ahora sudaba. Jadeaba. Le faltaba forma. Daba tres o cuatro botes antes de chocar sin remedio con su padre, que sólo tenía que levantar la mano para frustrar la confusión del hijo. Le hizo entrar a canasta, por un lado y por otro. Salir de ella, bailar pegados, tirar de aquí y de allá, pujar con un cuerpo menor pero mil veces más experimentado. Le hizo aprender.

 

Aquella mañana tan sólo fue la primera. Le siguieron muchas. Muchísimas. El verano allanaba además el camino.

 

La sensibilidad de Billy dio sus frutos fuera de cuatro paredes. En pocos meses era un deportista, un jugador. Y lo que más agradeció su padre, un luchador. “Escúchame bien –le cogió por los hombros una jornada cercana al llanto-. Fracasarás muchas veces. Sentirás dolor, como ahora. Pero nunca dejes de jugar duro. Tan sólo por eso te respetarán”. Billy había leído eso en algún sitio. Su padre, en cambio, en la vida.

 

Billy estaba lejos de ser un virtuoso, de las finuras propias del talento. Pero tenía corazón. Lo que unido a la tremenda fuerza de su tamaño le abrió un hueco en la cursante DePaul de Ray Meyer, chef de gladiadores. Padre tuvo mucho que ver. Había jugado como alero para Meyer mediados los años cincuenta. Había sido su capitán. “Ray, mira a ver si puedes hacer algo por él”. Y pasó la prueba. No fue fácil. Y tras cada entreno Meyer se quedaba con él un par de horas. “Si eres capaz de dar la mitad de lo que daba tu padre jugarás para mí”.

 

Meyer tenía un aire cercano. Confiaba todo a sus jugadores, a los que prefería de hierro: “Mira, hay algo que odio más que perder. Hacerlo contra Marquette y no destrozar a Notre Dame. Es algo que necesito hacer cada año. Sólo dime si quieres ayudarme”. Casualmente un fuerte golpe en la boca lastimó la dentadura de Billy y el diagnóstico del médico estrechó un poco más el destino. “Me temo que vas a tener que dejar la trompeta un largo periodo”.

 

Al segundo año ya era titular. Y no dejaría de serlo durante los tres siguientes. Meyer lo adoraba por su obediencia. Y el único motivo para una fuerte regañina fue enterarse de que había jugado un partido con la mano rota.

 

Una tarde junto a su compañero Jim Marino, una de esas tardes que confirman o alejan una amistad, acabó hablando de tantas cosas menos de baloncesto que Jimmy no tuvo más remedio: “Tiene gracia que el que menos lo desea de todo el equipo vaya a acabar en la NBA”.

- ¿Qué?

 

Graduado finalmente en la primavera de 1975 en Educación Física Billy era, con todo, un auténtico desconocido. Para el Pizza Hut Classic de Las Vegas, que medía a dos combinados de estrellas universitarias de ambos lados del país, tuvieron que echar mano de él por una ausencia de última hora. “¡Vamos!”, apresuró entusiasmado su padre a que hiciera las maletas.

 

Nadie lo esperaba. Pero aquella noche de abril Billy se fue hasta los 22 puntos en una serie de 11 de 18, clave para la victoria del Este (101-86) y fue nombrado MVP del partido. En los prolegómenos su nombre no había sido ni mencionado para informar al gran público de los mejores prospectos del país. Billy acabó haciéndolo mejor que la estrella de North Carolina, David Thompson, y mucho mejor que otras promesas presentes como Gus Williams, Rickey Sobers, Steve Green o Mel Utley. Al término los cronistas, alguno de los cuales tituló por ‘unknown’, revisaban la hoja antes de ilustrar su apellido, Robinzine, no fueran a escribirlo mal.

 

Así los vaivenes del ojo clínico tuvieron en Billy al mejor pretexto para el draft. Los Kings de Kansas City emplearon en él su primera ronda (10º). Billy había terminado el año dominando su equipo en puntos y rebotes. Y como el quinto reboteador universitario del país con más de trece por partido, a lo que añadía más de 18 puntos con una fiabilidad superior al 50 por ciento. De repente Billy era lo mejor que podía ser nadie supo si fuera de la música. Tan sólo dentro del baloncesto.

 

El segundo domingo de julio el revuelo en el hogar de los Robinzine estaba justificado. Los Kings le extendieron un contrato por cuatro años y cifras superiores al medio millón de dólares, cinco mil de los cuales fueron a parar a la Universidad en señal de gratitud. Eso era algo que Billy, no mucho tiempo atrás, ni siquiera había soñado. De repente era un hombre. Se llamaba Bill, como su padre. Pero a diferencia de lo vivido por él eran tiempos donde la raza no era ya barrera.

 

Bill se entregó a nuevas órdenes, las de mayor entidad que había conocido en vida. Pasó a formar parte de un equipo profesional. Un equipo que desde el traslado de Cincinnati parecía condenado a la eterna formación con la salvedad de la primavera anterior, cuando disputaron las semifinales del Oeste de manos de un joven técnico, Phil Johnson, al que premiaron como el mejor del año.

 

Bill disfrutó de minutos. Lo normal en un equipo que pretendía levantar cabeza, que confiaba en una rotación de ocho hombres y que seguía creyendo en el genial hacer de Tiny Archibald. Bill era uno más. Y lo sería en adelante junto al joven Scott Wedman, Jimmy Walker, Ollie Johnson, Sam Lacey, Larry McNeill y Glenn Hansen.

 

Su tarea quedó pronto muy clara: dar descanso a Sam Lacey como obrero de interiores y sus habituales cometidos de naturaleza aguerrida. Defensivos, de rebote, de contención. De todo aquello que parece estar hecho de hierro. Porque a Bill nunca tocaría ocupar los áticos de la gloria. Estaría debajo levantándola a hombros.

 

Por eso los cambios no le afectarían mucho. Cambios que en tres años vieron el adiós de Archibald y la sucesiva llegada de Ron Boone y Brian Taylor, de Phil Ford, de Tom Burleson, Otis Birdsong y Lucius Allen. De un equipo que antes de lo previsto se iba a convertir en inesperado aspirante a grandes cosas.

 

Mientras todo a su alrededor cambiaba Bill no lo haría. En febrero del 77 su espíritu combativo, de hombre noble, salía en defensa del noqueado Jim Eakins por sendos guantazos del ciclópeo Bob Lanier, a quien Bill se enfrentó a solas como quien espera con los brazos abiertos la caída de una montaña. En abril sufría su primer contratiempo serio cuando driblando en salida rápida, cosa que tenía prohibida, tropezó hundiendo su peso sobre su tobillo derecho doblándoselo hacia el exterior y rompiéndoselo por dos partes. Otra vez un médico le hablaba de privaciones: “Se acabó la temporada, Bill”. A lo que siguió una de esas sonrisas que nunca brillan para convencer. “Tampoco quedaba tanto. A descansar y esto se curará solo”.

 

La juventud de Bill aprontó su recuperación trabajando el resto del verano. Sus partidos eran cada vez más sólidos y se podía marcar alguna noche, poco antes de Navidad, de 21 puntos y 13 rebotes. Pero el equipo fracasó un año más. Urgían cambios mayores y el principal se dio en la dirección. Cotton Fitzsimmons asumió las riendas de un equipo que, a su juicio, suspendía por dormir el juego. Había que correr. Espabilar pista arriba.

 

Bill también lo hizo. De hecho se había lanzado a la vida. Aun a costa de algún serio disgusto.

 

- Es diez años mayor que yo.

- ¿Cómo?

- Y tiene un hijo.

- ¿¡Qué!?

- Lo quiero como si fuera mío.

-

- Es… es hija de un detective de policía –desesperaba-. Mamá, es la mujer de mi vida. ¿Lo entiendes?

- ¿Qué vas a hacer?

 

Claudia era divorciada. Steve, su hijo, tenía doce años cuando Bill y ella se conocieron. Bill había sucumbido a los encantos de una mujer el doble de hecha a la vida que él. Claudia había sobrevivido como contable en una empresa, trabajo que abandonó en cuanto contrajeron matrimonio. Un matrimonio que la víspera de la boda estalló en una brutal discusión. Un matrimonio que los padres de Bill no aceptarían nunca. Suegra y nuera no tendrían relación.

 

Más de un año antes Ollie Johnson no podía conciliar el sueño en el hotel. No era calor de primavera en la costa Oeste. Era fuego. Se levantó a la máquina de refrescos y vio la puerta de la habitación de Bill entreabierta. Era tardísimo. “¿Qué haces?”. Bill no podía dormir. Hablaba nervioso, a trompicones. “¿Sabes? Yo la quiero pero… no sé. Tengo que casarme, ¿sabes?”. Y sacudía la cabeza. Era como una urgencia. Alguna presión insoportable.

- Pero… tú la quieres. ¿Quieres casarte con ella, sí o no?

Bill tragaba saliva a duras penas.

- Toma –le acercó la lata-. ¿No es un poco pronto? Es ella, ¿verdad?

 

Bill compró una casa al sudeste de Kansas City. Por valor de casi 120 mil dólares. Un área residencial blanca para que Steve creciera en un ambiente como más privilegiado sin tener en cuenta el retraso en edades de pubertad. La protección, el cuidado, la vigilancia del muchacho consumieron a Bill en adelante más tiempo del conveniente.

 

Ella, más dinero. Lo reclamara o no el volumen de gastos a partir de entonces se triplicaría. Bill pretendía colmar demasiados vacíos con joyas, abrigos y alta bisutería con que poder exclamar alguna noche: “Estás preciosa”. Tampoco él quedaba atrás. Empezó a lucir trajes de seda, colgantes de oro y hasta gemelos empastados con diamantes.

 

Todo ello podía calmar la vista. Pero mucho antes las numerosas riñas en que se batía el matrimonio. Él era jugador. Ella, esposa. Y algunas reclamaciones eran de difícil cumplido.

 

- Cariño, mi hermana no puede llevar a su niño al cine. ¿Te importaría…?

- Claro. ¿Dónde es?

Terminada la película le llevaba al Boys Club de la 43, donde Bill parecía otro muchacho más. No harto, en cuanto veía a Bob Cohen, el relaciones de los Kings, le repetía: “Oye, Bobby, cualquier cosa que necesitéis en esto de los chavales, ya sabes, esas campañas de ayuda y todo eso, contad conmigo”.

- Pero Bill, ¿de dónde vas a sacar el tiempo?

- ¿Tiempo? ¿Pero no necesitan dinero?

Y Bob se quedaba sin saber qué decir.

 

Cerca de iniciar su cuarta temporada en el equipo llegaba desde la prensa alguna caricia. “¿Has leído esto, hijo?”. Su padre siempre estaba pendiente. “Si hay un equipo y un jugador hechos el uno para el otro estos son los Kings de Kansas City y Bill Robinzine”.

- Guau, ¿quién lo escribe?

 

Menos de tres meses después Bill endosaba 28 puntos a los Nets, el máximo de su carrera. Y pocos días más tarde su tope de capturas, 18 (más 20 puntos), con victoria en Detroit. No lo pedía. Nunca pidió nada. Pero su titularidad era cuestión inminente. Fitzsimmons lo quiso además así. Los Kings del 79 eran una rareza dorada. Partían con Phil Ford como base, Otis Birdsong de escolta, Scott Wedman de alero, Bill Robinzine como alero fuerte y Sam Lacey como pívot. Todos habían sido primera ronda local. Eso hacía únicos a los Kings.

 

El equipo firmó una temporada fantástica. Su mejor de la década. Líderes de la Midwest y segundos de todo el Oeste tras Seattle. Pero fueron apeados por Phoenix en semifinales de conferencia. Los Suns seguían siendo más hechos. Como mejor preparados para mejores metas. Pero los Kings crecían. Y cuando se crece se observa todo desde más arriba y así se exige.

 

Bill había firmado su mejor año. Titular. Más de 13 puntos y casi 8 rebotes. Segurísimo en las inmediaciones del aro. Pero había detalles que hacían flaquear según qué condición. No llegar a 27 minutos no era lo más habitual para un titular. Y presentaba algún problema que dejar caer en conversaciones privadas, lejos de él y sus bromas con los compañeros. Porque Bill era la viva imagen de la camaradería. El calor de un vestuario.  

 

Su principal problema seguían siendo las faltas. Cometió más que nadie nunca antes: un total de 367, muy por encima de las cuatro de media por partido y desajustando muchas veces las rotaciones antes de tiempo. “Me pone de los nervios”, masculló más de una vez el técnico. Eso y que a veces se creía mejor de lo que era permitiéndose botar a mitad de pista y perdiendo el balón.

- Pero qué hace –lamentaba Joe Axelson con la mano en la frente.

- Nada, se debe creer Dr. J o algo así –soplaba por lo bajo Larry Staverman.

Fitz ya había volado a pedir tiempo.

 

Staverman salía a su paso en pista. Se escudaba en el brazo al hombro para que sólo le escuchara él. “Quieres enfadar a Cotton, ¿no es eso?”. Porque Cotton le quería para todo aquello que se explica una gran limitación. Lo demás, ni probarlo.

 

El verano del 79 la mesa de los Kings presentaba dos grandes informes: uno, la elección en el draft de Reggie King, la mula de Alabama, alero de grandes posibles. Y dos, la agencia libre de Sam Lacey, Tom Burleson, Bob Nash y Bill. En la segunda semana de julio los Kings renuevan a Sam Lacey y Bob Nash más el fichaje de Mike Green como reserva de Lacey hasta que Burleson estuviera sano. A Billy se le firman tres años. 600 mil dólares. “No sé, yo esperaba más”.

 

La prensa se cobraba los favores de Bill con gratitud. En la previa del curso de 1980 Alex Sachare le dedicaba una perla que podía definir hasta entonces su carrera: “Uno de los más eficaces pero menos promocionados jugadores de la liga”. El vistazo general agradaba. El doméstico no tanto. Cotton Fitzsimmons quedó tan impresionado por la pretemporada de Reggie King que maquinó para el traspaso urgente de Bill.

- ¿No deberíamos decírselo?

- No. Si no lo conseguimos lo quiero entero.

 

No lo consiguieron y el curso empezó como si nada para el alero. Pero no para el equipo, extrañamente hundido en un comienzo pésimo que dio en 11 derrotas en 16 partidos. Todo cambiaría un 13 de noviembre con la recepción en el Auditorium de los poderosos Sixers de Julius Erving.

 

Poco después del descanso, y con 49-45 para los Kings, Mo Cheeks descifraba perfectamente la salida de un bloqueo con un pase interior a Darryl Dawkins, liberado del marcaje de Lacey. Dawkins se levantó de inmediato estampando brutalmente su fuerza en un mate de terror. Bill quedó a solas bajo el aro cuando de súbito el mundo se hizo añicos. El tablero estalló en mil pedazos. Trizas que llovieron sobre Bill, que reaccionó a la velocidad del nervio pero no pudo evitar un corte en la mano. Cuando Cotton vio la sangre fue expeditivo, como siempre era con él.

- Vete al vestuario. Cámbiate. Pégate una ducha. Lo que sea. Pero límpiate enterito.

Y Bill obedeció. Para la desinfección tendría tiempo de sobra. Cerca de hora y media.

 

Sin saberlo Bill acababa de perpetuarse como un daño colateral. Una imagen para la eternidad de la que él era simple decorado. O una víctima que huye. “Mira ése cómo corre”. Su nombre no importaría jamás. 

 

Los Sixers perdieron y el autor del atentado se explicó en cachonda lírica funk:

 

“The Chocolate Thunder flying, Robinzine crying, teeth shaking, glass breaking, rump roasting, bun toasting, wham, bam, glass breaker, I am jam”.

 

Tenía su gracia.

 

“Robinzine crying”.

 

 

 


 

 

 

A partir de esa noche el equipo invirtió el curso de las cosas pasando de un 5-11 a un 21-14 en pocas semanas.   

 

Todo marchaba sobre ruedas. Hasta los contratiempos. En la mañana siguiente al día de Navidad Billy se dirigía al entreno en su coche cuando otro vehículo se saltó un semáforo en rojo embistiéndole con violencia. Billy acabó en el hospital. Nada serio. Contusiones por el cuerpo y, eso sí, el agravamiento de una lesión en las costillas por un fuerte golpe que había recibido ante los Bucks la semana anterior.

 

Fitzsimmons vio la suya sin él. Dio entrada a Reggie King como titular. Los Kings ganaron después de dos derrotas. Y a los Lakers.

 

Billy tardó un partido en reaparecer. Deberían amputarle las piernas para evitarlo. Pero ya nunca como titular. Reggie King crecía. O le querían hacer crecer.

 

En realidad Cotton ya le había avisado: “Puede que este año salgas más desde el banco. ¿Qué te parece?”. Bill se encogió de hombros. “Lo que usted mande”. Y el coach se rascaba la barbilla. Lo tenía sentenciado.

 

Bill aguantaría como sexto hombre. De poco valdrían los 18 puntos en 29 minutos a Denver, los 28 a Atlanta, o la victoria de su mano, un palmeo a un fallo de Wedman, en Milwaukee. Seguía liderando la tabla de faltas. Y era el primero en la lista del técnico. Una lista de mudanzas.

 

El año terminó. De nuevo Phoenix como verdugo. Y esta vez en primera ronda.

 

Una mañana de agosto su nombre salió volando entre los ventiladores de un despacho. Bill Robinzine no volvería a vestir la única camiseta que había conocido.

 

El verano multiplicaba las citas y favores. Una bancada de noble madera para la iglesia del reverendo Tom Jones. “Gracias, hijo. Que Dios te lo pague”. Y también los amigos, que salían de todas partes. Algunos ni salían. Bastaba una llamada de teléfono y el oportuno retraso de un motivo que se repetía demasiadas veces: “Verás, Billy, me da apuro decírtelo. Pero… no atravieso un buen momento. Quería pedirte…”.

Una vez que prestaba el dinero, nunca lo reclamaba.

 

A finales de septiembre Bill era enviado a los Cavs como parte de un traspaso acordado también por Knicks y Kings, que se hacían con Joe Meriweather como tercer interior a Lacey y Leon Douglas. Cotton añadía: “Siempre quise ese tercer hombre”. Que era como decir ‘nunca’ al vendido.

 

Para el alero quedarían atrás amistades de verdad. Un presente que de pronto se travestía en pasado. “No… no sabría describir cómo me siento. Esperaba quedarme en los Kings”.

 

Los Cavaliers atravesaban de manos de Ted Stepien una gestión tan desastrosa que hasta la liga tuvo que intervenir para detener una sangría de traspasos sin fuste. Preguntado, el técnico Bill Musselman, recién incorporado con casco de bombero, despachó aprisa: “Bill puede darnos mucho bajo los tableros, puntos valiosos y faltas importantes”.

 

Bill sería víctima de uno de esos engaños apelados como business. Los Cavs querían en realidad liberarse del salario de Campy Russell, que se había perdido medio año por lesión y ya no daba para más. Bill pasaba por allí. “¿Qué tengo que hacer?”. Nadie le contestó. O no claramente.  

 

Un mes después, ocho partidos en total y sin apenas promediar diez minutos de juego, era enviado a Dallas, un proyecto embrión, una franquicia nueva, un cajón desastre.

 

El alero sintió de pronto que su carrera se escurría como el agua de las manos.

 

La llamada de algún compañero tampoco ayudaba en exceso.

- Bill, ¿sabes que acaban de echar a Begzos?

John Begzos era el mánager general de los Kings. El presidente, Paul Rosenberg, lo despidió sin miramientos por la dudosa dirección de sus operaciones.

- Pues ya ves que de poco me sirve.

Habría matado por volver.

 

Bill se sumó como pudo al proyecto de Dallas, donde la permisividad era grande. Recuperó su minutaje y hasta tuvo alguna gran noche. En marzo hizo 26 puntos y 10 rebotes a los Lakers. Pero durante 70 partidos pesaba mucho el poco valor del trabajo, la sepultura de cualquier cosa importante y el jugar por jugar en una plantilla de la que entraron y salieron hasta 21 jugadores.

 

Lejos de su esposa Bill encontró rápido amparo estrechando lazos de amistad con Clarence Kea. Pasaban largos ratos en el apartamento, Bill cocinaba para ambos y hasta le compraba algo de ropa porque se empecinaba en hacerlo. “Te sentará bien, ya verás”.

 

Claudia seguía haciendo vida en Kansas mientras en la vida de Bill empezaron a entrar mujeres. Con tan poca discreción que aparecían en los entrenos.

- Hazme un favor –le confiaba entonces a Kea-. Si alguien dice algo, si pregunta alguien por ella, es un ligue tuyo, ¿de acuerdo? No quiero problemas.

Kea era soltero. Bill casado.

- ¿No quieres problemas y te las traes a entrenar? Estás loco. ¿Y tu mujer?

 

Dallas quemó el primer año como arde una hoja caduca. Bill sabía perfectamente lo que estaban haciendo sus Kings, a punto de meterse en las Finales. Se maldecía por verlo.

 

Durante el año el contacto con Claudia había corrido riesgo de enfriar demasiado. Hasta que trató de solucionarlo aprisa.

- Cariño, voy a comprar algo aquí, al norte de la ciudad. Dallas no me trata mal, ¿sabes? Viviremos juntos otra vez. ¿Qué tal Steve?

Les había costado Dios y ayuda ingresar a Steve en otro instituto. Y por fin en julio se metió en la compra de otra casa. Una entrada importante. Un buen dinero. “Bueno, aquí comenzaré otra vez”, se repetía.

 

No contó con nada más. No contó con que en agosto lo enviarían a Utah.

 

“¿A Utah? ¿Y qué hace una familia negra en Utah?”. Bill no pensaba en arrastrar a la familia. “Se ha roto la mano Scott Lloyd. ¿Y en qué te afecta a ti eso? Si quieren a Cooper y Bristow que larguen a otro. No lo entiendo”. De poco servían a Bill aquellos consuelos cercanos.   

 

Se marchó a Utah. Se hundió en un nuevo pozo.

 

Hasta diciembre le acompañó una aparatosa rodillera. Porque tenía dañada una pierna. Tal vez por eso jugara tan poco, llegó a creer. Menos que nunca. “Al diablo con ella”.

 

Nada cambió.

 

En un equipo desastroso Bill no llegaba ni a doce minutos. Ni con Nissalke ni con Layden, dos técnicos a rellenar un año basura. Se daba prioridad a Ben Poquette y hasta al novato Danny Schayes. Nunca había jugado menos.

 

Cayó al décimo lugar de la rotación. Y el final del contrato tocaba a la vista. “Tienes que entender que llegará el día en que todo esto se acabe y te toque poner los pies en el suelo”. Las llamadas de su padre empezaron a ser más frecuentes. Él y Betty habían roto. “Una vida normal, hijo”.

 

En noviembre los Jazz habían jugado en Chicago, momento que Bill aprovechó para visitar a su madre. Y hacerlo en compañía de su esposa, que vería a su suegra por segunda vez en más de tres años. Bill había dejado de ver a su madre con la costumbre que una madre desea. Y con las formas que de un hijo se esperan. “Mamá, ¿te importa pagarme el viaje a Chicago? No te preocupes. Claudia te enviará un cheque”. Claudia no enviaba nada. Y la vez que lo hizo, sin fondos. La madre siempre callaba. Su hijo había mandado ya mucho dinero a su familia, a sus hermanos pequeños.

 

La cena fue un rato terrible. Bill estaba en medio. El intento resultó un fracaso.

 

A finales de enero hasta la prensa pareció darle la espalda. Incluso se demandaba su venta para dar minutos al novato Howard Wood, cerca de recuperarse de una aparatosa lesión en un ojo.

 

Bill siguió buscando refugio en jovencitas. En un par de galas del equipo se presentó con distintas acompañantes. Una de las esposas de la plantilla, en grupo aparte, bramaba a las demás: “Nos está poniendo a todas en un compromiso. No podremos mirarla a la cara cuando aparezca. Qué vergüenza”.  

 

Una mañana, cerca de terminar la temporadad, Bill se presentó en la oficina de Laura Herlovich, consultora, relaciones y administrativa en los Jazz.

- Discúlpame, Laura. Pero ¿podría ver mi contrato?

- Si tú también lo tienes.

- Lo sé, lo sé, pero… verás… quiero preguntar cosas. Cosas que no entiendo. Laura, necesito que me ayudes. Que me informes de todo.

- Claro, Bill, siéntate y lo vemos.

Laura extrajo de una cajonera una carpeta cuyo contenido, varias hojas archivadas, extendió sobre la mesa. Bill vio su nombre en el anverso de la carpeta. Era lo único que reconocía.

- Tú dirás.

- Bueno, ¿qué me falta por cobrar?

- ¿Qué?

 

Nada cambió en adelante. Bill ya era un espectro al que nadie echaba en falta. Los Jazz cerraron la Midwest con 57 derrotas.

 

Su contrato había expirado.

 

Frank Layden se despidió de él con cruda franqueza. “Bill, te soy sincero. No sé cuál es ahora mismo tu valor en el mercado. No puedo hacer mucho por ti. A lo sumo tráeme noticias de qué te ofrecen y veremos en septiembre”.

No se volverían a ver.

 

Bill se acordó de Larry Staverman, que había ocupado todos los cargos posibles en los Kings. El verano anterior Larry había pasado a ser asistente de Art Modell, dueño de los Cleveland Browns de la NFL.

- Larry, qué hay de los Cavaliers. Necesitan a alguien como yo.

- No sé, Bill, déjame que lo mire. Sí, tal vez puedo recomendarte. Creo que podrías serles útil desde el banco.

(Silencio)

- ¿Bill?

- Oye, puede que tengas razón. Pero… no me refiero a eso. No valgo eso. Creo que allí puedo hacer algo más. No sé si me explico. Volver a mi situación anterior. Lo que yo era hasta hace poco –y elevó la voz-. ¡Lo que yo sigo siendo!

- Bill, tu situación es la que es. Acéptalo. Puedo tratar de…

- No, Larry –interrumpió bruscamente-. Yo no valgo eso. 

 

Tres años antes era titular en un campeón de División. Ahora estaba en el paro. Y los días pasaban. Las semanas también. Nadie llamaba ni preguntaba por él.

 

Sam Lacey era su amigo. Años juntos en Kansas contemplaban una amistad verdadera. Seguían charlando a menudo. Sam acababa de terminar su contrato con los Nets y buscaba algo nuevo. Sabía que no le ofrecerían mucho. Estaba mayor y achacoso. Pero con suficiente sentido para aceptar un puestito de reserva en cualquier sitio. La conversación se acercaba a la media hora cuando Billy escuchó de fondo una voz firme, de mujer. Era Arlene, esposa de Lacey.

- Oye, dile que no sea tan orgulloso. Que mañana llame a algún equipo. Que sea él el que llame…

Sam sonrió. Billy no.

 

Poco después salió algo y su agente, Robert Mann, corrió a informarle. Porque Mann andaba a otras cosas y compraría cualquier salida a su caso.

- Bill, Italia. Es seguro.

- Cuánto.

- 65 mil.

- Pero eso…

- Eso es lo que hay, Bill. Abre los ojos.

Ya no era el dinero. Era Claudia. Otra pelea más. No aceptaría ni muerta.

 

Pocos días después recibió una llamada. No muy normal. Le pedían un favor. Otro más. Una de las reuniones entre la NBA y la Asociación de Jugadores en la negociación del nuevo convenio tendría lugar en Chicago. “¿Te importa acudir, Bill? Ya que estás allí…”. Lo haría en calidad de representante de los Jazz, con quienes no le unía nada. Bill ocuparía un asiento anónimo en una de las filas del auditorio, donde temía caer dormido. “Esto de la compensación no sé yo si va a dar resultado”, masculló el tipo que tenía al lado. Bill hizo como que seguía atendiendo.

 

En Chicago pasó días con su familia y hermanos. Con sus amigos de la infancia y juventud. Volvió a coger la trompeta. Tanto tiempo después. “Qué te pasa, hijo. Hazla sonar con fuerza”. Todo era como un sueño. A la mañana despertaría y todos se habrían ido. Porque él ya no formaba parte de ellos. Había perdido los lazos con su pasado. Hacía mucho que así era. Tal vez no formaba ya parte de nada. ¿Qué había hecho mal?

 

Al poco, de regreso a Kansas City, quedaron una noche Sam Lacey, Ernie Grunfeld y él. Era noche cálida y estrellada de septiembre. Se contaron mucho. Se contaron todo.

- Eeeeyy, estás en forma –le abrazó Lacey.

En la mejor de su vida. Bill no había faltado ni un solo día a su entrenamiento personal. Horas y horas en solitario.

- Ernie, ya he visto lo tuyo con los Knicks.

- Sí, espero firmar esta semana. ¿Y tú?

Pasaron unas horas fantásticas.

 

Al momento de la despedida Bill fue el único de los tres que parecía no bromear. O no querer hacerlo.

- Bueno, pues nos veremos en algún rincón de la calle como vagabundos. Para entonces beberemos en latas ¿eh?

- No, Ernie, este invierno nos vamos a atiborrar de mantequilla de cacahuete, ya verás.

 

Hasta pasaría de puntillas entonces la minúscula, casi absurda noticia de que Pizza Hut ponía fin al patrocinio del partido anual entre estrellas de college que había supuesto el nacimiento de Billy como jugador. “Buscamos nuevos horizontes y…”. Se acabó.

 

Aquella segunda semana de septiembre, semana que apagaba un verano muerto, Billy desapareció para todos. 

 

La noche del miércoles 15 Claudia encontró la casa vacía. Llevaba todo el día sin saber nada de Bill y el coche tampoco estaba afuera. Podría haber pasado otra noche sola. Pero lo que encontró sobre la cama de ambos le hizo telefonear aprisa.

 

- Tranquila, se habrá ido a cualquier cine de las afueras. Ya sabes cómo es.

- No, Bill. Ha dejado una nota. Son dos hojas.

- ¿Una nota? Y qué dice.

Resopló.

- Cosas, cosas absurdas, no sé –sollozaba-, cosas sin sentido, que te deja el coche, que…

Claudia leyó al azar cuatro líneas. Repetía demasiadas veces la palabra “deudas”.

- Llama a la policía. Voy a para allá.

 

Claudia se quedó inmóvil apretando la nota entre sus dedos y sus ojos congelados en la despedida:

 

“I always did love you, but you never believed it”.

 

A la mañana siguiente el vigilante de un parking de alquiler en las afueras se sorprendió de que una de las taquillas estuviera abierta. Su cochera tenía la persiana echada sin llave. La levantó fácilmente. Pero de inmediato se echó hacia atrás. Una bocanada tóxica salió de golpe.

 

En el opresivo interior, de poco más de un coche de tamaño, el motor de un Oldsmobile Toronado rugía sordo, incesante, monótono. La matrícula decía: ROBY-1. El hombre no quiso entrar. Era aprensivo. Era prudente.

 

No mucho después la patrulla de policía cedió su paso a Bill padre, que caminaba como un hombre al que acaban de arrancar el alma. Claudia quedó unos metros afuera. El garaje estaba oscuro. Las puertas del coche cerradas. Billy yacía inerte en el asiento de atrás, como cuando de chaval se apretujaba a un lado del sofá.

 

Se había quitado de en medio. Tenía 29 años.

 

Tiempo atrás un rival, alguien que nunca pasó por su vida, sabía más de él que todos los demás. “Robinzine crying”.

 

El teléfono nunca sonó.

 

 

 

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Especial agradecimiento a Steve Marantz

 

 

 

 

09/12/2010

Ahora que han templado algo las voces se escucha mejor. Porque volverán a alzarse más pronto que tarde y otra vez con sobradas razones.

 

Decía J.A. Adande que el baloncesto de Blake Griffin podría resumirse en un sumarísimo manual de tres pasos:

 

Go to rim.

Get ball.

Dunk ball.

 

En igual sentido Chris Mannix iba un poco más allá recordando que mientras la ejecución en la mayoría de los jugadores vive de tres tiempos:

 

Catch.

Control.

Finish.

 

…el novato de los Clippers, aseguraba, lo reduce todo a uno, “in a single, Matrix-like motion”. Como si Griffin fuera al baloncesto lo que Bud Spencer al razonamiento. A guantazo limpio con la duda.

 

Pareciendo exagerada, la reducción se ajusta lo suyo a la realidad. A la que este Griffin recién nacido ha puesto sobre la mesa. Porque realidad es aquí el único fenómeno que importa. No thinking, le titulan los analistas. Como una burla a la teoría. Y más que a las leyes del juego, a sus legisladores. El rayo no es la tormenta. Pero no hay tormenta sin esos poderosos resplandores de luz. Griffin es, pues, rayo y tormenta.

 

Vivimos tiempos agotados de novedad. Tiempos de sobra de medios, de información viral y de retorcidas teorías del baloncesto que engordan hasta la obesidad entre la presunta ciencia de los numeristas (Hollinger), la religiosa vuelta a la técnica (Europa), la poética de la filosofía (Ballard), la sociología iracunda (LeBrongate) y hasta el grafismo estético del Pop Art (Marvel). Rivaliza cada corriente por sacar la cabeza en la red y hacerse visible a través de cuentas y giros que duran, en este mundo de hoy, lo que un suspiro, lo que dura un Tweet.

 

Por eso encierra una cierta ironía, más que la fulminante irrupción de Blake Griffin y su demoledora, aplastante y superlativa realidad, la reacción general a una cosa tan bruta. A un producto tan animal y tan remoto por ello al misal de la palabra.

 

Llegó con un año de retraso. Se sabía entonces que llegaba. Que por fin estaba ahí, junto con otra perla (Wall) que concentró también sus focos. Inicialmente así fue. Pero en cuanto los Highlights comenzaron a inundar la red no hubo nadie que no girara la cabeza hacia los Clippers, hacia ese desierto rojo del que no importaba –ni importa- nada más que una cosa. Y el ‘analismo’ se detuvo embobado viendo al muchacho prender fuego a todos esos papeles y sus rollizos dictados, confirmando la hegemonía de la imagen en Internet. Como si al final lo que más moviera al asombro no fuera más que esas demostraciones de fuerza.

 

Y valdría preguntarse por qué el porno duro funciona también aquí.

 

Qué divertidos ratos debieron pasar los cronistas estas últimas semanas ante el blanco y a veces árido vacío de las páginas a rellenar. Ellos también han jugado, imaginado, alumbrado mates con las palabras. Ellos también querían reducir a Griffin a un sopapo de lenguaje. Redunkulous (Tichelor), Dunk-a-thon / Dunkfest (NBAE), Dunktacular (Howard-Cooper) y hasta técnicos de probada sobriedad -Gladiator (Popovich), Explosive (Dunleavy), My Goodness (Sloan)- entraron en juego.

 

El significado es bien sencillo. El mate es el símbolo Griffin en este primer mes y medio de carrera.

 

Y el mate es, dicho en claro, un tortazo. Y no sólo al hierro ni a los rivales.

 

El mate encarna, representa, sigue siendo el mayor atentado contra todo ese formalismo de palabra hueca que pretende adocenar el juego diciendo cómo hay que jugarlo. Para John Wooden, por ejemplo, Griffin sería una aberración. Esa doctrina arrugada que de vez en cuando asoma con su vara de castigo gastándose humos bíblicos sostiene, por resumir, que la distancia más corta entre dos puntos no es la línea recta y que el baloncesto será más incivilizado cuanto menos manoseado.

 

Contra esa ética del juego Blake Griffin se declara en rebeldía sin saberlo. De manera natural. No es el primero, por mucho que Adande le bautizara como “el nuevo paradigma”. Tan sólo el último en dejar a la finesse en pañales.

 

Cuentan las crónicas, al estilo de las viejas líneas, que cuando Spencer Haywood aterrizó en la ABA una pantera humana andaba suelta por aquellas pistas tugurio de la vieja liga. Y que tan pequeña le quedaba, tan de juguete canastas y prójimos, que más que al novato del año aspiraba al MVP de la temporada, como así fue.

 

Lo que ha impresionado de Griffin no es su condición, todavía embrionaria, de jugador de baloncesto. Lo que ha impresionado de Griffin es precisamente lo contrario: su condición salvaje. O de otro modo: no ser, de momento, un jugador de baloncesto. Ser más bien una fuerza a la vez bruta e inocente no domesticada aún. No es una hipérbole inventada. “Es un atleta jugando a baloncesto –aclaraba su técnico Vinny Del Negro-. Queremos que primero sea un jugador de baloncesto”.

  

Para encontrar analogías algo menos carteleras que a mix of LeBron and Tim Duncan” (Joe McVeigh), mejor atrapar trazos al vuelo de algunos pocos precedentes. Y hacerlo con cuidado tan sólo donde Griffin más se ha reconocido hasta ahora. Uno de los más dignos beneficios de las analogías honestas reside en desempolvar de las vitrinas del museo algunas piezas que dormitan a oscuras, condenadas al olvido o disfrazadas de anécdota.

 

Para empezar qué poco se ha mencionado a un jugador que vino a instalar en el imaginario NBA la bizarra concepción del barbarismo. Ya que a Michael Hentz o Herman Knowings se los perdió la pantalla, Blake Griffin tiene mucho de Darryl Dawkins. De su infantil baloncesto expeditivo. De llegar a comprender cómo actuaría el increíble Hulk –ninguna portada Marvel más acertada- de recibir el balón en órbitas cercanas al aro, de cómo inutilizar toda resistencia y conceder a la fuerza toda esa supremacía que, contra el purismo de los bíblicos, ofende en línea recta, como un proyectil.   

 

Físicamente Griffin guarda además junto a Dawkins, al joven Charles Barkley o a ejemplares algo ambiguos como Clarence Weatherspoon, Rodney Rogers o Byron Houston esa anatomía perezosa al recorte muscular, esa fisonomía halterófila de Wes Unseld que oculta la mayor de las fuerzas mayor bajo un manto más grueso que dactilar. Mostrencos de enormes manos que imaginar sobre un cuadrilátero, cabezas montañosas y pómulos de granito, gemelos como cetáceos y piernas de conífera. Se antojan sujetos que debieron concebir otra vida anterior en la selva bajo alguna forma animal, como eslabones humanos del primate superior.

 

De niño, Griffin adoraba trepar a los árboles. De hombre, es imposible eludir su extraño cruzado genético entre la raza negra del padre y la blanca pelirroja, rutilista, la más caucásica de todas, de la madre.   

 

 

 

 

Lo que vincula exactamente a Dawkins y Griffin no es que apenas un mes después de pisar Dawkins una pista NBA por última vez viniera al mundo un bebé en Oklahoma. Ni siquiera el gesto coincidente en ambos de atrapar su mano unos instantes el balón como una naranja al momento de penalizarles el silbato. O que uno se llevara a la boca una cadena de oro y el otro un protector. Lo que les une de verdad es la ejecución. Fulminar toda idea en torno a ella. Suprimir giros y distancias cuando el hierro queda a mano. Sin ninguna otra intención ni mayor razonamiento. El placer del poder subraya en ambos la autoridad del baloncesto bárbaro y su natural encanto.

 

En eso tampoco han sido los únicos. Motivo de estar muy bien traída la figura de Shawn Kemp y, por qué no, a escala más fina, Dominique Wilkins, siempre y cuando se rescate con ello a la poderosa especie de los matadores enfáticos, caracterizados por hacer del mate su prioridad y desatar colosales dosis de energía en cada uno de ellos, como pequeñas explosiones nucleares.

 

Kemp no fue siempre un matador enfático. No lo fue ni al principio por retraimiento ni al final por ocaso. Pero lo dado por Griffin hasta ahora guarda una atractiva semejanza, más intencional que formal, con el Kemp más bravío de 1992 a 1995. Y asimismo Shaquille O’Neal, el recién nacido Shaq, era por encima de cualquier otra consideración, un matador enfático.

 

Esta enérgica condición se expresa a través del 1) acto:

 

“The unbridled power

The majestic glory

The sheer audaciousness

Of the act”.

(Fran Blinebury, sobre D. Dawkins)

 

Y 2) su fuerza:

 

“Juega cada partido como si fuera el último” (aforismo atribuido a Michael Jordan por una corporación deportiva que va colgando a sus representados citas que nunca pronunciaron). En lo que nos concierne, la idea “Mata cada vez como si fuera la última” nos colorea ya a más de la mitad del Griffin novato.

 

Así también se entiende que a falta de otros recursos cierto Kenyon Martin pareciera entregar su vida a cada nueva embestida o Shawn Marion, el adolescente Dwight Howard y hasta Nene, figurasen en algún momento morteros de repetición (“Dunking Machine”, según Tom Ziller). De ahí que George Karl aventurara sin mayores juicios que Griffin “probablemente liderará la liga en mates los próximos diez años”. Ya lo hizo en college. Lo que puede sugerir algún dominio. Pero a lo peor no más que el dominio del acto más silvestre de todos.

 

- Any goal?

- Getting better.

 

De manera tan sencilla se explica el siguiente paso.

 

Mientras el entorno de la canasta es cada vez más propicio a las complejidades, la realidad del baloncesto, indiferente a esas ambiciones, persiste en su regresión al principio más simple, el más enamoradizo, el baile agarrado del pick-and-roll. No pasa día que no sea tema central de innumerables artículos. Piezas de actualidad.

 

Prueba su importancia que equipos como los Knicks remonten vuelo sobre tan básico eje o una de las mejores cosechas de bases de la historia tenga altamente priorizado gobernar a partir de ese jaque ofensivo. Y mientras Griffin no sea más que un proyectil sin tallar Del Negro asegura que el pick-and-roll preside obsesivamente sus entrenamientos.

 

Qué se pretende con algo así es evidente. Dar una mano al martillo. Porque parece darse entre técnicos y analistas un acuerdo generalizado que no deja en buen lugar a los Clippers. Se suplica, a pesar del madrugón, una mano para Griffin. No una mano cualquiera. Un Steve Nash, un Chris Paul, un Deron Williams o un Rajon Rondo. Una mano dadora que descifre bien esa suerte y haga de Griffin el martillo supremo.

 

Los más críticos con su actual entorno no tienen tapujos en asegurar que jamás veremos un anillo de Griffin en los Clippers y que tampoco conoceremos su mejor versión allí. Les mueve, más que la historia del equipo, una triste tradición.  

 

El ejemplo de los Knicks, de los Knicks más felices de los últimos tiempos, viene a colación precisamente por alguien con el que también se le ha medido: Amar’e Stoudemire (durante más de un lustro otro matador enfático). El actual interior de New York denunciaba, en medio de la breve crisis de noviembre, que mientras no funcionara el pick-and-roll, que mientras no viera cerca a su otra mano (Felton), le estaba costando anotar más que nunca. Y que urgía ponerle el pase al punto, el balón a gusto, la canasta hecha, como Nash hizo durante años con él.

 

Además de la idea de eficacia Stoudemire venía también a indicar algo que de costumbre se olvida en el arte del P&R: evitar el desgaste del ejecutor, dosificar sus energías.

 

Como difícilmente un jugador estelar puede vivir tan sólo del P&R Stoudemire desarrolló con el tiempo dos recursos principales: el tiro de media distancia (y su posible ampliación) y alguna pequeña maniobra con la que penetrar a solas las defensas, referida por él como double dribble.

 

Esta simple argumentación de otro compañero ha calado también en Griffin.

 

Griffin es, como LeBron James, Kobe Bryant o Luis Scola, un verdadero amante del juego que practica. De modo que sus escasos ratos de ocio están repletos de observación y video. De selecto aprendizaje. Por ahí reconocía que ese recorrido técnico en Stoudemire es un objetivo material para él. “Si puedo hacerlo funcionaría. Quiero añadirlo a mi arsenal”. Porque aún no lo tiene.

 

Lograrlo supondría un segundo o tercer paso en esa obligada progresión. De momento ni siquiera ese pilar táctico termina de funcionar realmente en su equipo. Y tanto el novato Bledsoe, como el distante Foye como el rescatado Davis, siguen sin incorporar mayor orden en pista. Tan sólo a pequeños tragos que Griffin sorbe aprisa.

 

Así el mate sobre Mozgov, más que un P&R, era una intención para una ejecución monstruosa.

 

Aquella acción, aquella noche que Royce Young subtituló The Destruction of New York, Griffin ocupó esa hegemónica portada del mundo NBA que muy pocos jóvenes logran conquistar (como Brandon Jennings hace poco más de un año). Porque su partido contra los Knicks se fue sumergiendo gradualmente en una realidad de dibujos animados, en una violenta sucesión de videoconsola. Un banquete hacia el público que ansía más y más bocados como esas comuniones populares y festivas del Streetball.

 

Aquella noche no importaba la derrota. Nunca parece hacerlo con los Clippers por medio y tampoco a las crónicas importó la victoria rival. Fue la noche que consagra a una estrella del futuro. No fueron tanto las cifras como las formas. Un enfrentamiento convertido en un particular concurso de mates.

 

Griffin está en torno a los 95 centímetros de batida en estático con todas las condiciones para ascender por encima del metro ante la posible resistencia defensiva. “No logró saltar sobre mí porque le hice falta”, apostillaba el ruso Timofey Mozgov, la víctima a cuyo entorno, de los compañeros a la prensa, suplicó Mike D’Antoni no recordar la experiencia.

 

Un abuso que, vale destacar, pertenece al rarísimo subgénero de mates monstruosos que se permiten el lujo de despreciar el tacto del hierro y descargan como la balística de los satélites con que soñaba Reagan. Portentos que frecuentaba el joven Olajuwon y alguna vez nos enseñó Dwight Howard. Griffin ya se golpeó la cabeza contra el tablero en Okahoma. Da la impresión de poder hacerlo algún día con el mismísimo aro. 

 

 

 

 

La ligereza de los matadores ingrávidos nunca deja de sorprender. Pero más lo hace cuanto más gruesa la anatomía. Blake Griffin es ligero porque toda su potencia muscular se concentra de manera natural en el tronco inferior. Y aún no en el superior. Al momento de hacerlo asomará, con toda seguridad, Karl Malone y un descenso notable de acrobacias atómicas. Por eso toca disfrutar ahora esos fuegos de artificio. Antes de que la gravedad lo apisone. Porque lo hará.

 

Sorprende todavía más cuando Griffin ya sabe lo que es lesionarse ambas rodillas, especialmente la izquierda, que le birló un año entero de vida deportiva. Y sin embargo nada de eso le importa. Griffin está en esa ciega edad que no conoce la fatiga y aplica además esa inteligencia que sabe que mucho peor que las lesiones es temerlas. “No pienso en ello”. No desmiente así una posible participación en el próximo concurso de mates, evento del que ya conoce la victoria (McDonalds ’07) y que seguramente no le favorezca en exceso. Porque como ocurre en LeBron James, Griffin necesita para la grandiosidad de sus mates el traffic y el fragor del juego, como un matador de partidos, sin ribetes ni sutilezas artísticas.

 

Hay en Griffin además un adulto ordenado. Fue estrictamente educado por su madre hasta tomar el relevo su padre, cuando su futuro se abría claro, atándolo en corto como entrenador en la Oklahoma Christian School, donde quedaba prohibido perder algún título estatal.

 

En edad universitaria el chico había desarrollado la autonomía suficiente para gobernarse a sí mismo. Y elegir la hogareña Oklahoma sobre Connecticut, Duke, Florida, Illinois, Kansas, Michigan State o North Carolina. Su técnico, Jeff Capel, reconocía haber combatido el poder de esos programas gigantes y la ofensiva abierta hacia él con una curiosa forma de recruit. Durante la entrevista el tema central de la charla, sin orden ni concierto, fue la música. “We got to know each other”. Nada de súplicas ni lujosas presentaciones.

 

Presidía después su valioso prospecto para el scout profesional un encabezado que calmaba mucho los ánimos: “Terrific work ethic”. Pero lo que encendía de veras la libido eran otros factores. Volúmenes de peso en press de banca impensables incluso para ejemplares acabados en la NBA o esprintar tres cuartos de pista en 3 segundos y 28 centésimas.  

 

En Playa Vista, el área deportiva de casa Clippers, conocen ya de su estricta dedicación y el propio Vinny Del Negro reconoce estar dejando la progresión del novato en sus propias manos, sin la menor presión ni una dirección específica que lo enrarezca.

 

Como si pasados los primeros resplandores, los más sanguíneos y groseros, Griffin se esté esforzando en ser tomado, si cabe, más en serio. Recibiendo de Suns, Nuggets o Lakers las ayudas propias de un poste veterano o comenzando a entenderse con quien debe de veras hacerlo. A la ausencia de Eric Gordon Griffin rebajó sus prestaciones a los 11 puntos y 7 rebotes. Y empieza también a resonar el murmullo de liberarle de la compañía de Chris Kaman y, cómo no, Baron Davis, hundido en el índice más impopular de su carrera.

 

Sin Kaman estalló Griffin (Vs Knicks) hasta los 44 puntos, 15 rebotes y 7 asistencias, como aquella noche de febrero con los Sooners cuando se fue (Vs Texas Tech) hasta los 40 puntos (16/22) y 23 rebotes en 31 minutos de juego. Sin Kaman resolvió consecutivamente cifras de 44-24-25-20-35 puntos y 15-13-15-14-14 rebotes, como ecos del Haywood adolescente o, según Alex Siskin, como su primer golpe de autoridad en solitario. Un ejemplo de producción cuando su pareja interior ni le resta balón ni protagonismo.

 

Su perfil se aproxima, pues, a algo infinitamente mejor o más exacto de lo que hasta ahora conocemos. Sus fortalezas son demasiado grandes y escapan con mucho a las simples demostraciones de fuerza. Gráficamente Blake Griffin:

 

- Encarna condiciones ideales de reboteador.

- Ha comprendido aprisa el pase en las ayudas.

- A campo abierto acaricia posiciones más bajas (de small-forward e incluso guard).

- Trabaja su tiro de media distancia incidiendo en el modelo bank-shot de Duncan.

- No teme el contacto interior.

- Incorpora al resto de compañeros.

- Parece de ego controlado.

 

Griffin supera con creces las primarias. Todo ese examen que se le venía también encima. Pero lo hace en una franquicia dolorosamente marcada por maldecir a sus más jóvenes, casi el único yacimiento de que ha vivido desde que a mitad de los ochenta figurara un cementerio donde ir veteranos a morir (Wilkes, Nixon, Maxwell, Bridgeman, Catchings, Marques Johnson).

 

Entre 2000 y 2010 los Clippers incorporaron un total de 323 titularidades rookies (los Lakers, 13). Y han sido muchas, demasiadas las veces que el equipo parecía comenzar una nueva y prometedora era de futuro a través de sus novatos. Algunas temporadas eran el vivo ejemplo de la juventud.

 

En 1988: Ken Norman, Joe Wolf, Reggie Williams, Norris Coleman y Eric White.

En 1989: Charles Smith, Gary Grant, Tom Garrick y Danny Manning.

En 2001: Quentin Richardson, Darius Miles y Keyon Dooling.

En 2009: Eric Gordon, DeAndre Jordan y Mike Taylor. 

En lo que llevamos de año: Blake Griffin, Eric Bledsoe y Al-Farouq Aminu.

 

El estigma de Portland con las lesiones es generalizado en los Clippers como una histórica sangría que no escapa a ningún contratiempo. Los Clippers han conocido todos los males y su propietario, Donald Sterling, goza de una de las peores famas en el espectro dirigente del deporte profesional.

 

Intuyendo entonces lo que tienen ahora entre manos sería mínimamente exigible a la credibilidad de la franquicia angelina un periodo dorado de cierta semejanza al vivido en Cleveland de 2003 a 2010. Exigible a Donald Sterling como lo fue a Dan Gilbert. A Neil Olshey como lo fue a Danny Ferry. Y por supuesto, a Blake Griffin como lo fue a LeBron James.

 

Siendo esta última, tal vez, la más verdadera de todas las varas de medir. Los resultados del equipo agraciado.

 

Griffin es la prueba más reciente de que el baloncesto es muy joven. Y que por alguna razón exclusivamente derivada de este deporte la NBA termina incorporando a la más selecta genética de todo el planeta. Y tampoco es ocioso el verde que eligió Marvel para representarlo en forma de Hulk. Porque no es otro el color del recién nacido.   

La alarma pudo encenderse horas antes del cuarto partido, mientras Holzman y McGuire, acompañados por Whelan, el preparador, y Blauschild y Wergeles, los publicistas, aprovechaban entre butacas las horas de sobremesa charlando distendidamente en el amplio vestíbulo del hotel. Afuera, el sol de Los Angeles mostraba su agradable rostro de mayo.

 

Danny Whelan era un sabueso del dolor. Veinticuatro años de profesión habían deformado su olfato. Tal vez por eso giró la cabeza antes de que Willis apareciera. El capitán regresaba de un suave paseo. Antes de alcanzar la puerta giratoria Whelan hizo un gesto con la cabeza y todos miraron a la salida.

- Pero... ¿qué hace?

Holzman parecía el menos contrariado.

- ¿No lo ves? -repuso con algo de hastío, como si conociera de sobra aquella conducta.

Willis cojeaba ostensiblemente. Y cuando camino del ascensor vio de reojo que le observaban trató de disimular alterando su paso. Con torpeza.

Pasó de largo.

 

Los Knicks perdieron aquel partido en Los Angeles. La serie empataba a dos.

 

Antes de cumplir los treinta años Willis Reed ya era un cristo. Un cristo negro y grande. El problema de sus rodillas era irresoluble. Un día una, otro día otra, al siguiente las dos. Era algo crónico, como una parte más de la plantilla. Por forzosa prudencia le libraron de entrenar antes del quinto partido. En el primero estuvo cerca de romperse el hombro. Informado de todos los detalles sobre el estado de su cuerpo Holzman lo tuvo fácil: "Oye, ¿hay algo en él que esté sano?".

 

Tres días después, de vuelta en Nueva York, restaban tan sólo unos minutos a la primera parte. El vestuario estaba vacío. Pero no la sala contigua, la de los preparadores. Allá adentro clamaba la rabia. La rabia del impedido que ha sido descubierto.

Willis se incorporó en la camilla sin llegar a posar los pies.

- Déjame volver.

- ¿Estás loco?

Whelan se secó la frente. Sudaba. Amagó con contenerle sin que fuera necesario. No podría tenerse en pie.

- A ver, levanta la pierna.

Willis lo intentó en vano. A la segunda vez se estremeció de dolor. Callaba, como siempre. Pero unos ojos fuera de las órbitas delataban el tormento.

En ese instante entraron los doctores Patterson y Parkes.

 

Al descanso no hacía falta preguntar. Entrar en el vestuario y no ver al capitán no era buena señal. Hosket, Bowman y Warren, los más rezagados, habían escuchado salir de algún sitio la moscosa voz de Cosell. "¡Los Knicks 13 abajo!". Poco para cómo habían empezado los Lakers, anotando 12 de sus 15 primeras posesiones.

 

En un abrir y cerrar de ojos la vida se desparramó por las taquillas. Algunos cayeron a plomo, como en señal de cansancio, lo último que Holzman quería ver. Un sordo silencio inundó la sala, uno de esos silencios de presagio, de que algo no está en orden. El viejo no ocupaba además el centro de la estancia como era costumbre. Había entrado a la otra sala,  junto a Willis y los médicos. La repentina tos de Barnett impedía oír nada. Bowman y Hosket estaban tiesos, como asustados. Era el precio de marcar a Chamberlain.

 

Adentro, tendido en una camilla, Willis se tapaba el rostro con la mano. "¿Aquí?". El doctor James Parkes apretaba los dedos contra su pierna derecha, a la altura del muslo. Whelan sostenía una toalla que Willis había rechazado. Una toalla no calma el dolor. Holzman sólo hizo una pregunta. "¿La rodilla?". Whelan negó con la cabeza antes de que Parkes añadiera lo que nadie quería oír: "No va a poder".

 

Era difícil de creer. Porque no parecía haber ocurrido nada esta vez. A los ocho minutos de partido, con diez abajo, Willis había recibido el balón junto a Chamberlain en la frontal del aro. Giró a su lado bueno y de pronto, sin que nadie le tocara, cayó al suelo, derrumbado, abatido como por un disparo de bala allá donde se echaba mano, en su pierna derecha, en algún otro resorte sublevado.

 

 

 

 

 

Ya eran muchas las heridas. Todos lo sabían. Willis llevaba años aguantándolo todo y nadie a esas alturas creía que no fuera indestructible. Pero nadie contaba con que fuera a romperse precisamente ahora, a dos pasos del final. Pensándolo bien parecía mentira que hubiese llegado hasta allí. Pero mucho más que algo pudiera con él.

 

De entre las muchas impresiones que asediaban la cabeza de Holzman la más molesta insistía en haber abusado de él. Willis acumulaba 191 minutos en cuatro partidos, la mayoría contra el deportista más indefendible del mundo. Pero no había otro remedio.

 

Tal vez le había creído demasiado. El hombro, la rodilla, los tobillos, la cadera. Daba igual. Su respuesta nunca variaba. "No me pasa nada". Las señales no decían lo mismo. A medida que avanzaron las series su rodilla izquierda se le había ido inflamando. Más y más. "Estoy bien, déjame". Sin embargo todos fueron testigos de su reacción en el vestuario de Los Angeles al término del cuarto partido. "¡Ni la toques!". Un periodista simplemente había señalado con el dedo su rodilla, hinchada como una pelota.

 

El cuerpo médico hacía su trabajo. Pero Willis era tozudo como una mula. Era entonces cuando revelaba de verdad sus raíces en las granjas de Louisiana. Holzman había dejado de creerle aunque no le llevara la contraria. Porque salía ahí afuera y jugaba. Por alguna extraña razón ajena al resto de los mortales lo hacía. Sin que ninguna herida de guerra lo impidiera.

 

A veces daba la impresión de que se tomaba su cargo de capitán muy a pecho. Nada había cambiado desde que ocupara su posición natural de cinco a la salida de Bellamy del equipo. Sólo que ahora Willis Reed parecía sentirse el capitán de toda la liga, de la que fue nombrado su jugador más valioso aquel año 1970.

 

Holzman dio media vuelta y ocupó el centro del vestuario. Pero tardó en hablar, como si estuviera pensando qué decir después de dar la noticia.

- Bien -y miró a su alrededor para que todos lo supieran-, Willis no va a estar con nosotros.

Los que estaban quietos se mantuvieron quietos. Los que secaban su sudor también. Frazier y Barnett alzaron la mirada. Pero nadie dijo nada. El viejo continuó y sus primeras palabras sonaron como un zumbido en los oídos de todos. Incluso en él mismo pudieron sonar así. Porque aludir al espíritu colectivo, al sacrificio que ahora era más necesario que nunca, era algo con lo que hacía ya demasiado que todos contaban. Porque eso eran los Knicks. Una democracia perfecta. A la que hasta entonces nada había asestado un golpe mortal.

 

Bradley tomó la palabra. Solía hacerlo cuando las ideas goteaban. Salir de Princeton era hacerlo con la cabeza bien llena.

- ¿Por qué no les cazamos con una 1-3-1? Si no está Willis nos veremos más sueltos para poder hacerlo. Se trata de que no puedan salir fácilmente, de molestarles en lo posible.

Se levantó como para dar más fuerza a sus palabras. No era un gesto baldío. Señalaba a uno y a otro, espoleaba los ánimos y desvanecía las dificultades. Sonaba como de costumbre convincente.

Holzman tomó el testigo. Los siguientes minutos volaron a ras de suelo. No se escuchó más que su voz, salpicada por ademanes firmes que encargaban a cada cual su tarea. Una tarea de todos.

 

Dos vigorosas palmas pusieron en pie el vestuario. Ya no había tiempo para más. Tan sólo para un detalle del jefe, como un amuleto. "Podéis pasar a verle". Acto seguido entraron en tromba y formaron un corro en torno a Willis, sentado sin camiseta sobre la camilla, cabizbajo y con su colgante de oro a un palmo del pecho. No tenía nada que decir. Tal vez los demás tampoco. No hasta que Frazier bromeó. "Eh, señorita, ya no eres más nuestro capitán, ¿sabes?". La amistosa mano de Bradley se posó sobre aquel titánico hombro ahora inútil. "Sólo lo serás si vuelves". Willis levantó la mirada hacia ellos. DeBusschere tenía pegada al rostro su habitual mueca de payaso triste. Willis esbozó una agria sonrisa. "¡Vamos!", ordenaban al fondo. Todos salieron corriendo.

 

El capitán quedó a solas, abriendo así una frontera insalvable entre dos mundos. Un par de puertas y pasillos más allá se libraba una batalla todavía sin nombre. Adentro se libraba otra en silencio. Pero Whelan tuvo el certero gesto de abrir la megafonía interna para que llegara a Willis la narración de Johnny Condon, su voz confortable y austera. El gigante sabría así cómo iban las cosas.  

 

En aquella segunda parte los Knicks obraron el milagro.  Pudieron disputar los mejores 24 minutos de su historia. Forzaron a los Lakers a perder 19 balones. Ahogaron a Jerry West y Wilt Chamberlain a un pozo desconocido. Entre los dos pudieron lanzar únicamente cinco veces, diecisiete menos que los Lakers en conjunto. Fue tal vez la mayor demostración defensiva vista hasta entonces.

 

El suelo del vestuario tembló cuando después de 41 minutos y 19 segundos un tiro de Bradley desde la esquina puso a los Knicks por delante por primera vez. El Madison rugía. Y desde allá adentro parecía hacerlo a lo lejos, como en otro lugar. Willis perdió por momentos la sensación de estar allí. Le parecía estar soñando. Y sólo los nervios finales le hicieron ver que efectivamente estaba allí. "It's gonna be all over! Frazier steals again! Frazier's shot is good!". La emoción hacía desaparecer el dolor.

 

Los Knicks se adelantaban 3 a 2 en la serie.

 

Cuando el bramido de la multitud se colaba por todos los rincones una manada de prendas blancas se abría paso a golpes. Entraron en tropel dando saltos de júbilo, electrizados, extasiados. Poco antes Willis se había incorporado y dado unos pasos hasta su taquilla. Quería recibirlos en pie, como merecían. Apoyaba su mano izquierda en la pared cuando la puerta se abrió de golpe. En un segundo el vestuario estaba lleno y al siguiente se le echaron encima. "¡Qué grande!". Le empujaban. "Yeeeeesss!". Gritaban y le zarandeaban. Willis sonreía. Parecía un abuelo gozoso por el revoloteo de los nietos a su alrededor. "Ha sido increíble". Por poco le tiran. Cazzie Russell le agarró por las sienes y le estampó un sonoro beso en la mejilla. "We did it for you, big fella!". ‘Caz' tenía motivos de alegría. Su ayuda había sido inestimable. Veinte puntos desde el banquillo, seis de ellos seguidos para abrir brecha en los últimos minutos.

 

En un rincón Holzman no olvidaría jamás aquella escena, la más importante en su carrera como entrenador. Y nada de lo que viniera después cambiaría su elección.

 

Pero cuando todo pasó el problema seguía estando ahí.

 

El viaje a Los Angeles se hizo muy largo. Nadie sabía si Willis podría jugar. Tan sólo que viajaría con los demás. Porque Holzman no quería dejarle a solas en Nueva York. De haber estado en cama se lo habría llevado a cuestas.

 

Nada más aterrizar Parkes y Willis tomaron un taxi aparte. El doctor había previsto la visita a una clínica. Que el capitán pasara allí todo el tiempo necesario. Ultrasonidos, hidromasaje, calor y baños de hielo. Lo que fuese. Pero no hubo nada que hacer. "No va a poder jugar".

 

Jerry West y Wilt Chamberlain se desquitaron con 78 puntos. El base, al que una lesión en el pulgar izquierdo no había disuadido de jugar, se fue hasta los 33. El pívot, hasta los 45 fallando tan sólo siete de sus veintisiete lanzamientos. El agujero era muy grande. Y los Lakers lo acababan de recordar a gritos.

 

Habría un séptimo. Y tan sólo jugarlo en casa asomaba tiernamente como ventaja.

 

Nada más terminar el partido Willis y Whelan salieron disparados hacia el aeropuerto. Volarían solos. No había tiempo que perder. Aterrizaron en el Kennedy a las siete menos cuarto de la mañana. Cerca de las siete y media un taxi les dejaba en la 33, junto al Garden. A esa misma hora, a casi cuatro mil kilómetros de allí, partía desde Los Angeles el resto de la expedición neoyorquina.

 

Si el viaje de ida fue largo el de vuelta se hizo eterno. La situación no era nada sencilla de digerir. Unos días antes todos habían acariciado la oportunidad que tenían delante. Ahora no podían verla. Había en medio un muro demasiado grande.

 

Holzman era hombre curtido en mil batallas. Antes pragmático que optimista. No creía en la mala suerte. Había formado el equipo perfecto. Lo demostraba aquella dentellada a la liga de 23 victorias y 1 derrota de inicio. Y una racha de 18 alegrías, la más prolongada que había conocido el campeonato para un total de 60. Pero entrado el curso irrumpieron otras señales menos gratas. En marzo Eddie Donovan, el arquitecto de lo que tenía entre manos, había abandonado el cargo para aceptar dirigir el proyecto de Buffalo. Red Holzman se hizo cargo de todo. Ned Irish aceptó. El dueño confiaba demasiado en Holzman como para no hacerlo.

 

Unas semanas antes la muerte de Kazuo Yanagisawa, el veterano trainer de Knicks y Rangers, había cogido a todos por sorpresa. El verdadero sentido de Yana, como todos le conocían, equivalía al del santero en la tribu. Era el único al que se permitía fumar en el vestuario cuando un jugador precisaba su atención y cuidado. Porque parecía entrar en trance. Su tacto detectaba y sanaba. Era el hombre con rayos x en las manos que había sanado la rodilla de Hosket y preservado intacta la fuerza de Russell. Pero que se fue antes de hacerlo con la espalda de Phil Jackson. La mañana del funeral Tom Hoover, Nate Bowman y Dave Stallworth fueron detenidos por la policía porque el coche prestado a Hoover por un amigo había sido robado once meses atrás. Un abandono, un funeral, una comisaría, algunos heridos y ahora Willis. El destino interponía obstáculos absurdos, como con malvada intención de minar una construcción muy delicada.

 

Holzman hacía recuento y nada era comparable a jugar sin Willis.

 

Dick McGuire era a los Knicks lo que Auerbach a los Celtics. Dos años atrás, cuando Holzman dirigía el despacho y McGuire el banquillo éste le propuso un cambio de roles. Holzman aceptó y ahí estaban ahora los dos, cruzando el país a una altura que nunca imaginaron tan grande.

 

McGuire gozaba siempre de buen ánimo. Nunca le faltaba una sonrisa. Una confianza ciega que ejercía gran ayuda en Holzman. Tal vez por eso tardó horas de vuelo en dejar caer la cuestión más importante, en hacerlo con prudente suavidad.  

- Qué vas a hacer.

El técnico giró hacia él la cabeza antes de bajar la mirada.

- No lo sé.

- ¿Le vas a forzar?

- ¿Yo? -ironizó- En caso de obligarle a algo será a que no juegue. Ya sabes cómo es.

- Pero ¿y si no puede?

- ¿Cómo?

- ¿Y si no puede jugar?

Holzman se giró de cuerpo entero. Ahora todo en él desprendía severidad.  

- Dick, no puede jugar. Y más vale que nos hagamos a la idea.

- Pero...

- Escúchame bien -cortó en seco-. No voy a mover un dedo si no puede jugar. Aunque fuese la última oportunidad que tuviera delante. No quiero ponerle en riesgo. No me importa el campeonato. No si eso supone acabar con su carrera. No voy a ser un verdugo.

 

Los masajes no lograban ningún efecto. El desgarro muscular era muy serio. Y el dolor, que afectaba a pierna y cadera, no remitía. "Vete a casa y descansa. Que sea lo que Dios quiera", fue lo último que escuchó Willis del especialista. La víspera había volado y con ella la esperanza.

 

A primera hora de la mañana del viernes, día de partido, el país entero respiraba un aire tenso. La presión popular asediaba a Richard Nixon días después de que cuatro estudiantes de Kent State fallecieran por disparos de la Guardia Nacional en medio de las protestas generalizadas por la invasión de Camboya. Entretanto, en un cuadrante mucho más pequeño de la realidad otro ánimo de combate se traducía en palabras durante una consulta, la última de la temporada.

 

Parkes observaba aquella pierna con cruda resignación. Hasta un médico llega a creer que las horas de sueño pudieran obrar un milagro. "Estoy bien, podré jugar". Si no fuera por Willis parecían palabras pronunciadas por un loco. Whelan se había sumado a la cita y seguía masajeando la zona.

No contestaron. Poco después el preparador se detuvo.

- Muy bien, ponte de pie y sal ahí fuera a ver qué tal.

Quería verle caminar, si es que podía hacerlo. "Cuidado". Los primeros pasos estaban cargados de patetismo. Su inmenso cuerpo daba pequeños empellones, como si aprendiera a andar.

- ¿Puedes?

Le siguieron hasta la pista, a cuya entrada se hizo con un balón. Con él en las manos caminar era más engañoso. Fingía mejor la cojera. Calentó los brazos con unos cuantos lanzamientos y empezó a repetir consignas que sonaban a órdenes.

- Puedo jugar.

Willis hablaba solo. Su voz se perdía entre la inmensa resonancia de un Madison todavía dormido.

- Mira, vamos a ponernos en lo peor. ¿Qué es lo peor que me puede pasar? ¿Lesionarme? -era la lógica de un chiquillo-. He jugado otras muchas veces con dolor.

- ¿Puedes doblarla?

Afligía hasta la compasión ver su pierna derecha completamente rígida, como un bastón, evitando cualquier movimiento que diera al traste con lo que él, tan sólo él, había decidido.

- Voy a jugar.

 

Al poco James Parkes puso fin a aquella farsa.

- Willis, vete a casa, come y descansa. A la tarde estaré por aquí.

El capitán desapareció penosamente por el túnel. Parkes y Whelan se quedaron a solas en la banda.

- ¿Sabes, Jimmy? Haría lo que fuese por cumplir su deseo.

El doctor se había quedado mirando el vacío dejado por el capitán. Como embobado -"¿Jimmy?"- y con aire enigmático.

- Él también -murmuró finalmente.  

Tenía que hacer una llamada.

 

- ¿Estás completamente seguro?

Holzman era hombre de palabra.

- No quiero ponerle en peligro -añadió-. No quiero ningún riesgo, ¿de acuerdo?

 

 

Cerca de dos horas antes de comenzar aquel séptimo y definitivo partido de las Finales de 1970 los alrededores del Madison ofrecían la agitación habitual. Acaso más temprana por el número de gente congregada. Adentro, todavía a puerta cerrada, Willis, en chándal, practicaba tiros libres. Viéndole no parecía lesionado. Porque no se movía. Soltaba los brazos, metía los tiros, calentaba a gusto. Era como si estuviese sano. Y lo estaba si no se movía de allí.

 

Cuando los Lakers salieron por primera vez a pista se sorprendieron al verlo. "¿Pero no estaba lesionado?". Joe Mullaney, su técnico, no le quitó ojo hasta respirar aliviado. "Y lo está, ¿o no lo ves?". Tenía que ser alguna treta. Saltaba a la vista que Reed estaba demasiado dañado para poder jugar.

 

El tiempo volaba. Las gradas se fueron llenando y de Willis ya no quedó ni rastro.

 

El reloj marcaba las siete y veinticinco de la tarde cuando Holzman daba las últimas instrucciones. Instrucciones a puerta cerrada. Willis tenía puesto el chándal. Apoyaba pesadamente su cuerpo contra el marco que separaba las dos salas. Las palabras del viejo eran perfectamente las mismas de mil veces atrás. Pero esta vez sonaban distintas. Asestaban golpes certeros, encendían el alma de los allí presentes. Tenían algo de manifiesto, de religiosa fuerza. Durante un instante la cabeza de Willis remontó muchos años atrás, cuando aquel simple asistente de instituto, Duke Fields se llamaba, grabó en su memoria una cita -"In the game of life, you should always try"- que ahora tenía ocasión de hacer realidad.

 

Holzman reiteraba una y otra vez el trabajo atrás. Lo hizo muy por encima del ataque. Como si de atacar ya supieran todos demasiado. Bradley acudió a calmar a Stallworth, al borde del derrumbe. Todos no llevaban los nervios igual. "¿Y Willis?", preguntó Frazier antes de que se levantaran. "Salid fuera. ¡Vamos!". Era la última orden y acto seguido todos formaron una sagrada fila que abriría la batalla de sus vidas.

 

Walt Frazier, Bill Bradley, Dave DeBusschere, Dick Barnett, Cazzie Russell, Dave Stallworth, Mike Riordan y Nate Bowman salieron a recibir al invitado y sus fauces de monstruo. No había más que ver a Wilt Chamberlain, Jerry West y Elgin Baylor. Sabían mucho más de estar allí que cualquiera de ellos. Tan sólo Dick Barnett lo sabía. Había visitado con los Lakers las Finales de 1963 y 1965, un lugar que los Knicks no alcanzaban desde diecisiete años atrás.  

 

Abarrotado y con sus mejores galas el Madison daba perfecta cuenta del momento. Pero Willis no estaba allí.

 

En un rincón del pabellón, mucho más al fondo de lo que la realidad hacía presumir, se vivía una escena de muy distinto signo. La seguridad vigilaba estrechamente la entrada. Tampoco nadie lo hubiera intentado. Porque todo estaba ya listo. Todo a punto de comenzar. Pero parecían proteger algún recóndito secreto, un misterioso acto que encerrase algo de prohibido, que consumar a espaldas de toda luz.

 

- No te muevas. Será un momento.

Willis estaba en pie. Vio salir la aguja del maletín con un repentino malestar. Era la más grande que había visto nunca. "Pero eso es... para un caballo". La miró por última vez. Brillaba en silencio. Desprendía un misterioso brillo afilado. Parkes, de rodillas, apuntó con ella al techo muy cerca de sus ojos asegurándose de que una gota asomaba en su filo. Cuando acercó la espada al muslo Willis giró la cabeza. Sintió el pinchazo. Apretó los dientes y entornó la mirada. Sobre la camilla, junto al maletín, un pequeño bolso a medio abrir dejaba a la vista unos botecitos con nombres extraños -Xylocaine, Carbocaine, Cortisone- y de siniestra fuerza -Decadron. Él sabía lo que cualquier otro mortal. Absolutamente nada de corticosteroides. Parkes le había dicho que eso le ayudaría. Pero por qué tardaba tanto, se preguntó mientras vaciaba la mirada en el techo. Fueron dos pinchazos. Del segundo ya ni supo.

- Listo.

Willis no sintió nada más que el alivio de verse libre.  

- Anda -ordenó el doctor con aire bíblico.

 

Holzman lo sabía todo. Aguardaba afuera impaciente. Pero tan sólo por verlo aparecer. Había hablado con él. Fue el último en salir antes de los pinchazos. "No quiero que corras, no quiero que saltes. Sólo quiero que molestes a Chamberlain todo cuanto puedas. Eres el único que puede hacerlo". Y no había aclarado nada a Cosell ante las cámaras de la ABC. "Cuando haya tiros libres no te pongas al rebote. Los demás ya lo saben. Vete al otro lado y espera allí". El viejo, como el resto del grupo, sabía que en aquella situación un Willis cojo era más valioso que cualquier otro de sus jugadores.

- ¿Sientes algo?

- No sé, como un pequeño cosquilleo.

- ¡Sal, vamos!

No había tiempo para más y Willis enfiló hacia la puerta, donde dio media vuelta antes de pronunciar un último grito de guerra: "There's no tomorrow!".

 

Eran las siete y media cuando un brutal restallido concentró la atención de la multitud hacia el túnel. "Here comes Willis!", se apresuró Marv Albert desde su posición poco antes de que él mismo dejara de oírse.

 

Durante su avance a pista Willis sintió un peso inconcebible echársele encima. Y una brizna de locura como el último golpe de unos segundos que sabían a sueño. El Madison se había dado la vuelta. Y no redujo la ovación hasta los acordes del órgano. Durante la presentación Willis pareció realizar una reverencia al público. No lo era. Estaba saboreando aquel extraño brebaje circular por su pierna, que levantó un par de veces palmeándola para reconocer que era suya. Los doscientos cincuenta miligramos de carbocaína empezaban a obrar su cometido.

 

La primera acción de partido resumió a la perfección lo que estaba ocurriendo. El primer tiro de Baylor no alcanzó el aro. Bradley salió disparado hacia delante como un proyectil. Hizo llegar el balón a Frazier que aguardó un segundo la entrega a Willis. Sin mediar palabra el capitán lanzó a canasta y puso en llamas el recinto. Jack Twyman tuvo que elevar la voz al micrófono. "He's not running!". Willis aguantó al rebote el primer tiro libre de Bradley por primera y última vez. La siguiente canasta en juego también fue suya. Todo lo era. Su mensaje había sido inscrito en el aire. Y ni un solo renglón iba a torcerse en adelante.

 

Aguantó en pie poco más de veinte minutos. Veinte veces más de lo que un hombre normal hubiera soportado.

 

 

 

 

El marcador no daba explicaciones. 69 a 42 para los Knicks.

 

Al descanso el caos se apoderó del vestuario. Willis ocupaba otra vez su otro lado, recostado sobre la camilla. Combatía el dolor un poco fuera de sí.  "Os lo dije, os lo dije". Parkes y Whelan le miraban sorprendidos. Como si la droga le hubiera subido también a la cabeza. Repetía frases de manera inconexa. Palabras inflamadas y que mezclaba con gruñidos de furia. Whelan le estrechó la mano en señal de calma. "¿¡Me habéis oído!?". Holzman irrumpió en la sala. "Red, estoy listo". El viejo asintió con la cabeza. No dijo nada porque en realidad ya había planeado la segunda mitad sin él.

Pero Willis tenía otros planes.  

- Ponme otro.

- ¿Qué?

- Que me pongas otro. No tengo ningún miedo. Pínchame otra vez.

La escena tenía algo de grotesca.

- Vamos.

Una mirada de Holzman convenció a Parkes al instante.

- No, Willis, ya es suficiente.

 

Todos salieron afuera. Todos salvo el capitán, una vez más a solas. Del maletín no había ni rastro. No tenía sentido seguir allí. Parkes no supo qué hacer -"Adelante"- porque ya no había que hacer nada.

 

Hasta la posición de comentarista que ocupaban Jack Twyman y Chris Schenkel llegó una información equivocada. O tal vez la que era preferible hacer correr, tal y como probaba la reacción de Twyman a micro cerrado: "No me sorprende. Odia las agujas".

 

Holzman puso de salida a Bowman, que había estrechado ya la mano de Chamberlain aguardando el salto. Pero de repente el pabellón se vino abajo otra vez. Willis Reed volvía a encender el recinto saliendo en el último momento del túnel de vestuarios. "Maldito liante". Cualquier otro entrenador rival habría pensado lo mismo. Aquella parafernalia hedía a trama psicológica, a cartas marcadas, a encerrona.

 

Con todo listo Holzman reclamó la atención de Mendy Rudolph, el árbitro principal. Quería a Willis adentro. Rudolph accedió. Desde el centro Chamberlain reaccionó a disgusto. Aplastaba a los Lakers una opresiva atmósfera de preciso y hasta malvado control. Y poco podían ellos hacer.

 

Willis aguantó vivo otros seis minutos. Abandonó la pista como un viejo rey con 78 a 52 a favor. "Métele el codo en la espalda", confió a Bowman antes de caer rendido al banquillo. Había algo de sobrehumano en sus últimos pasos, de heroica tragedia de final feliz, de historia mayúscula que los segundos devoraban con prisa. En su fuero interno Holzman sentía alivio de verlo a ratos en pie y no allí sentado, como si alejara así la aterradora imagen de una silla de ruedas.

 

Ahora el viejo podía hacerles correr a gusto. Y todos lo hicieron. Y la segunda parte fue coser y cantar. Una fiesta que espera el comienzo de otra.

 

 

 

 

Cuando todo terminó una alegría desbordante lo inundó todo. Una de esas alegrías vírgenes que se saborean mejor la primera vez.  Por eso en el vestuario se vivieron momentos que llevarse como tesoros a la tumba. Y todos quisieron tocar al capitán. Los hombres también lloran. Era el final del camino. De un camino trazado antes por alguna mano invisible.

 

Aquella noche Nueva York resplandecía. Desde entonces todos los viernes lo hace. A eso de las diez puede verse un brillo afilado y fugaz en la punta de algún rascacielos.