- Ha sido alucinante.
- ¿De veras?
- Ha sido la mejor prueba que he visto en mi vida.
Tellem sonrió por dentro.
- Vaya, Jerry, me alegra que lo digas.
- Tenemos que encontrar la manera de traerlo aquí.
El auricular pareció saturarse durante unos instantes. Arn Tellem había resoplado, como esperando que aquella honda respiración reflejara a su interlocutor las tremendas dificultades para cumplir ese deseo. West aguardaba una respuesta. Pero en su lugar recibió una pregunta.
- Elegís en el número veinticuatro, ¿verdad?
De las que molestan sin querer.
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Era un niño café, inquieto y vivaracho. Un niño espabilado que a la hora de la cena daba un ligero respiro a su madre, con la cuchara llena esperando y atenta a la pequeña pantalla a la que el crío pegaba su dedito cada dos por tres antes de volver la mirada buscando la aprobación. "Sííí, es papá -decía en tono paciente- ¿Quieres venir?". Entonces volvía a coger la pelota y con la punta de la lengua entre los labios avanzaba azaroso hasta la cesta de plástico junto a la ventana del salón y la llevaba tras su cabeza antes de intentarlo otra vez o caer de espaldas sobre la alfombra. "¿Sabes, mamá?". Cada noche que papá salía en la tele repetía la misma canción. "Yo algún día jugaré en la...". Y a veces mezclaba las letras.
Otra cucharada.
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Joe Bryant era un prodigio en el instituto John Bartram de Philadelphia. Le cortejaron después Maryland y Notre Dame. Pero prefirió no moverse de casa y jugar para La Salle.
Atlético y fino como una estaca no sólo rebasaba los 2.06 de estatura. También creía estar por encima de la tradición de jugar cerca del aro y hasta de la aparente vida normal de un estudiante. Él siempre quería algo más. Así durante su segundo año universitario tomó la decisión de su vida. Ya casado presentó su financial hardship porque su mujer esperaba una niña y el draft de 1975 lo acogió con los brazos abiertos. Pero Joe no quiso a los Warriors por muy campeones que fueran y Dirk Vertleib, responsable de su apuesta, se quedó con un palmo de narices.
Joe quería más pasta. Y a ser posible, en su natal Philadelphia. Con femenino cálculo obró su cometido hasta lograr que los Sixers le ofrecieran siete años y un millón y cuarto de dólares. Objetivo cumplido. El siguiente era justificar su temprana solicitud con más familia. Y enseguida llegó al mundo Sharia, un año después Shaya y al siguiente, por fin, un niño, al que llamaron Kobe.
- Pam, no me digas que no suena de maravilla.
- No sé, es un nombre tan raro... ¿tú crees?
- Es un nombre único para un chico único. Nuestro hijo. Brinda conmigo.
Su seductora sonoridad le atraía mucho más que el sabor de aquella tierna carne nipona que el matrimonio se daba el gusto de vez en cuando de cenar.
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Desde mucho antes del verano la estrategia de Jerry West tenía un único objetivo que el paso de las semanas convirtió en obsesión: hacerse con Shaquille O'Neal. Pero no iba a ser fácil. El equipo adolecía de obesidad salarial y urgía una reducción de gastos que obligaba a acometer una limpieza de arriba a abajo.
Para cuando los Lakers cayeron en primera ronda ante Houston la limpieza cobró forma en la agenda personal del director deportivo. Si uno abría la página indicada encontraría una lista escrita a mano que presidía Magic Johnson -"He cumplido un deseo y ha sido maravilloso. Pero se acabó"- y Sam Bowie, un envase defectuoso a punto de caducar. Esas dos eran bajas seguras, de las que fulminar cómodamente un solo tachón. Dos dedos más abajo se iniciaba otra columnita: George Lynch, Anthony Peeler, Derek Strong, Frankie King, Fred Roberts, Sedale Threatt y Anthony Miller. Con gusto habría arrancado esa página.
West hizo cuentas sin ellos y aún era insuficiente. Torció el gesto algo contrariado. Había que tocar algo más gordo.
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- Nos vamos.
- ¿Qué?
- Que nos vamos a Italia. Todos.
Era una decisión que Pam esperaba pero no por ello el momento de tomarla perdía fuerza.
- Cariño, ¿estás seguro?
- Completamente. No quiero esperar más tiempo.
Había algo de despecho en sus palabras. Un año en blanco era demasiado para un tipo que aún no había cumplido los treinta años.
- Tengo un contrato -añadió-. Allí ganaré algún dinero. Los niños estarán bien. Aprenderán muchas cosas. Después volveremos. Tendré un ojo puesto en lo que pueda llegar desde aquí.
Porque Joe seguía esperando una llamada. Reincorporarse a la NBA. Una NBA que le había dado la espalda por su fama de jugador aburguesado. Nadie entendía su alergia a la pintura, su falta de rebote, sus pocas ganas de pegarse con hombres de su talla. Porque los centímetros obligaban a cosas que Joe eludía, habiendo dejado ese mismo sabor algo agrio en Philadelphia, San Diego y Houston.
- Estaremos mucho más tiempo juntos -aseguró al abrazarla-. Son... unos treinta partidos. Sólo uno cada semana.
Pam bajó la mirada, como si al hacerlo el futuro se le aclarase algo más.
- Y... ¿dónde?
- Es una ciudad. Podría ser Philadelphia. Tengo un contrato. Nos darán una casa, un coche y hasta un buen colegio para los niños. Ellos se ocupan de todo. No te preocupes. No nos faltará de nada.
Al tomar el avión, aquel mes de septiembre de 1984, los Bryant tan sólo conocían su destino al noreste de Roma. Pero absolutamente nada de las cuatro ciudades -Rieti, Reggio Calabria, Pistoya y Reggio Emilia- que les harían de hogar en los siguientes siete años.
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A medida que se acercaba el draft West haría lo propio con distintos equipos. También había lista para ellos. No parecía año de hacer mucho trato. Y no porque él no quisiera. Sino porque nada de lo que había en el equipo parecía despertar mucho entusiasmo fuera. Así lo probaba la desbandada de interlocutores y aquellos tres únicos equipos sin tachar -Atlanta, Sacramento y Charlotte- a los que daba vueltas sin sacar nada en claro.
Acabando mayo West sintió cierto alivio por la debacle de Orlando a manos de Chicago y vio con buenos ojos la aparente ruptura de Shaq con su entrenador Brian Hill. Como si otros le allanaran un poco más el camino.
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El equipo entrenaba en el pequeño Palaloniano de Rieti. Si la cosa era por la tarde Joe solía llevarse al crío. Sabía que le hacía ilusión, que observaba el mundo del padre con ojillos de inocente admiración.
Como de costumbre le libró de entrar con los hombres a los vestuarios dejándolo a su aire por las instalaciones. Pero luego, al pisar despreocupado la pista no dio crédito a lo que vio.
- ¿¡Se puede saber qué estás haciendo!? -le reprendió a grito limpio.
En aquel preciso instante Kobe acababa de caer al suelo, de pie, mirando fijamente a su padre con esa cara de pasmo del niño que sabe haber cometido una imprudencia. El chaval había conseguido arrastrar un trampolín de gimnasio bajo la canasta y había machacado el balón de espaldas.
Joe se adelantó mientras Grattoni y Londero, tras él, se miraron algo sorprendidos preguntando el más joven qué edad tenía el chaval.
- Otto anni -contestó su padre mientras quitaba aquel armatoste de allí.
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Durante los meses de mayo y junio y hasta poco antes de celebrarse el draft de 1996 Kobe realizaría pruebas para más de la mitad de equipos de la liga. Su número ante los Lakers fue especialmente brillante. Y sin embargo ninguna de las pruebas le satisfizo tanto como aquel permiso concedido un año antes en el pabellón de St. Joseph's para entrenar con los Sixers.
Con toda la idea John Lucas empleó a Jerry Stackhouse en una sesión privada de 1x1 que dejó boquiabierto al cuerpo técnico, prometiendo no airear demasiado lo ocurrido.
Lo ocurrido se resumía en que un chaval de 16 años se había merendado al número 3 del último draft. Al día siguiente el teléfono devolvió una llamada: "Joe, ¿podemos hablar de tu hijo?". Era Dean Smith. A los deseos de North Carolina no tardaron en sumarse los de Duke, Michigan, Kentucky, Arkansas y por supuesto, la doméstica, la paterna La Salle.
Un año después los Sixers, el equipo de casa del chico, contaban en realidad con la información más fiel de todas. Pero Brad Greenberg, su mánager general, optó por la diplomacia -"Entendemos perfectamente la clase de jugador que tenemos delante, el proyecto que realmente es". Porque nada les iba a privar del pequeño Allen Iverson.
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Los sábados también había colegio. Pero después de la comida, si uno bajaba pronto, muy pronto, con el bocado todavía en la boca, encontraba las canastas vacías, unas canastas viejas, torcidas, de las de tablero de madera herida. Y él botaba y tiraba con prisa, como sabiendo que tenía muy poco tiempo. Y así era. Porque enseguida se escuchaba el primer balonazo y acto seguido doblaba la esquina un grupo de unos diez o doce chavales. Era como si no le vieran. En un abrir y cerrar de ojos un par de prendas en el suelo hacían las porterías. Y si no se quitaba de allí se iba a llevar algún golpe. Antes de empezar los tres o cuatro de siempre le rodeaban con ojos de lechuza curiosa. "Parlare, Kobe, dai parlare". Lo mismo que en los recreos. No era meterse con él. Era que más que con su piel negra alucinaban con aquel lenguaje enrevesado, como de otro mundo. "Lasciami... in pace", se resistía. Era hora de irse. Le invitaban como otras veces a hacer de portero. Y alguna vez accedía. Pero otras muchas no.
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Cuando Sacramento retiró su apoyo West empezó a fruncir el ceño más de lo que deseaba. No tenía un plan alternativo claro. Había arreglos y hasta algún escorzo. Pero se alejaban demasiado del objetivo principal, el único en realidad.
Por si acaso tendió la red sobre la estrella de los Pacers, Reggie Miller. Que lo supiera al menos. Total, de serlo no sería antes de julio y con Tellem, su agente, guardaba buena relación.
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Las cintas se apilaban junto al televisor. Las mandaba el abuelo desde Pennsylvania. El inglés salía por fin de algún sitio que no fuera la boca de sus padres y hermanas. Terminados los deberes Kobe disfrutaba más el show de Bill Cosby que los videoclips de Michael y Janet Jackson que ponía alguna vez su madre para darse un gusto. Le divertían los avatares de la familia Huxtable y Theo era su personaje favorito. Tal vez porque como él, Theo era el único varón de la familia y adoraba el baloncesto.
"¡Ya ha terminado!" -gritaba entusiasmado. Porque entonces llegaba lo mejor. Las cintas de baloncesto. Y su padre se sentaba junto a él y le iba explicando todo lo que veían. "Mira, ¿ves como utiliza su mano izquierda? Se llama John Battle". Era en los partidos cuando Joe más hablaba. Y en las cintas de jugadores históricos dejaba que las imágenes fluyeran y hablaran por sí solas. Elgin Baylor. "Cómo salta". Oscar Robertson. "Tira a una mano". Jerry West. "Cómo tira". Y así con todos. Larry Bird le dejaba un poco callado, rato en que Joe solía quedarse dormido mientras Kobe era incapaz de pegarse al respaldo del sofá, tieso y concentrado. Magic Johnson se convirtió en su jugador favorito. "Cómo pasa. ¿Has visto eso, papá?". Y Joe se desperezaba.
Pero con el tiempo el jugador que más fascinación le producía era Michael Jordan. Con él alucinaba. Verle jugar le hacía adoptar la misma postura de memorizar los poemas del colegio sin ninguna obligación.
Y como papá le había puesto una canasta a 2.90 a la espalda de casa él trataba de copiar todo lo que Jordan hacía. Y nada de lo que hacía le era imposible copiar. Y no necesitaba a nadie para comprobarlo.
Porque su baloncesto se jugaba a solas. A solas. Siempre a solas.
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Realmente le había impresionado. Una corazonada. Había algo en él que no era producto del aprendizaje. Y nada más barato que una elección en el draft. Sí. West quería a Kobe Bryant.
Pero el problema era casi más peliagudo que el de la compra de Shaq. Temía que no fuera el único en percibirlo, que el revuelo organizado en torno al chaval le hubiera hecho cotizar lo suficiente para que algún equipo le escogiera antes que ellos, un poco a voleo, un poco por marketing, o por exactamente las mismas razones que le llevaban a él a pensar que estaban ante un jugador único, una futura estrella.
La única ventaja con la que creía contar era la mala imagen que de él estaba vendiendo la prensa por todo el país. Pero elegir tan atrás era el mayor inconveniente. Se jugaba el pescuezo que para entonces Kobe habría volado. "Veintitrés antes que nosotros", se repetía.
Intuyó entonces la solución allá donde menos parecía estar. Bob Bass, su homólogo en los Hornets, despreciaba tanto el nombre de aquel chaval que ni siquiera reclamó una prueba suya y a la mínima ocasión dejó clara su postura. "Odiaría tener que elegir a un jugador de instituto porque tienes que esperar demasiado tiempo a que se desarrolle. Además, Kevin Garnett es una excepción".
West cogió el teléfono.
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En el instituto Bala Cynwyd Junior de Philadelphia, de mayoría blanca, de tradición en fúbol europeo y lacrosse, Kobe era otra vez el centro de atención. En octavo grado causaba cierta sorpresa que un alumno negro, fino y apuesto, hablara inglés con un acento muy acusado y extraño, italiano decían. "¿Has vivido en Italia"?, le preguntaba directamente alguna de las no pocas jovencitas a las que su diferencia ejercía un gran encanto.
Eso no le disgustaba. Lo que le hacía mucho más reservado era encontrarse de repente en pandilla con los demás chicos. Cada vez que esto ocurría perdía mucho de lo que decían. No entendía buena parte de aquel lenguaje caliente.
Pero nada en comparación a sentir que si no hablabas como ellos tampoco serías capaz de jugar. "No les hagas caso". Eso ponía a prueba su orgullo, su pequeña gran vanidad. Un par de minutos le habrían bastado para demostrarlo. Pero Kobe no soportaba la idea de mezclarse con ellos entre canastas. Nunca disfrutaba esa experiencia. Le faltaba el hábito.
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- Necesitan un hombre alto, un cinco -informó-. Tenemos que darles a Vlade.
En el habitual escenario de necesidades antes del draft pocas cosas había más seguras. Los Hornets no podían seguir sin un referente interior. "No tengo muchas opciones, Jerry, no te voy a engañar", le había confiado Bass. En realidad no tenía ninguna.
El responsable del equipo con mayor afluencia de público en toda la liga había iniciado una carrera de medidas drásticas para relanzar el proyecto. Para hacerlo presente. Había traspasado a Mourning y despedido a Bristow. Y lo iba a apostar todo por el nuevo técnico, Dave Cowens, al que tenía que dar algo sólido para no fracasar juntos.
- Están desesperados -añadió West-. Y me huelo que Larry Johnson es el siguiente en salir.
La situación de los Hornets era casi opuesta a la de los Lakers. Charlotte formaba junto a Miami, Indiana, Minnesota, New York y Vancouver el ramillete de equipos que tenían dinero. Dinero que emplear en algo en un verano fértil en agentes libres. Liberarse del pesado contrato de Kenny Anderson aumentaba todavía más su margen de maniobra. Pero todo ello sobre la dura convicción de que con Geiger, Parish y Zidek no iban a ningún lado como probaba su enorme abismo defensivo y de rebote. Necesitaban un hombre alto que sin ser una estrella no precisara tiempo para aportar.
- Nos ha dado mucho. Y no va a ser fácil. Pero hay que hacerlo.
Era ese delicado momento en que su cargo obligaba a no ver un rostro familiar. Sino más de cuatro millones de dólares abultando inertes el bolsillo.
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De trato fácil y aspecto familiar Gregg Downer era el joven técnico de Lower Marion, donde el programa de baloncesto hacía mucho tiempo que no gobernaba ninguna mesa ni presidía ningún tablón. Así no había el menor inconveniente en acceder a la petición de Joe para que echara un vistazo a su hijo. "No te preocupes. Tráelo mañana y lo pruebo con los chicos".
Ninguno de ellos había llegado aún cuando Joe apareció en el gimnasio con un chiquillo, algo flaco y asustado, al que parecía presentar como para una foto, con esa tierna distancia que la mano del padre sobre su hombro permitía. "Así que tú eres Kobe". Como para no perder tiempo Downer le invitó a un partidillo. Ellos dos solos. Que el chico entrara en calor y, de paso, saber a qué nivel habría que empezar con él. Joe tomó asiento en el banquillo vacío. No era la primera vez que la presencia de un padre le impedía delatar la verdad de primeras. Pero la verdad era bien distinta esta vez.
Unos minutos después el técnico bromeaba algo sorprendido con Joe. "No cuentes esto a nadie, ¿vale? -jadeaba- Acabo de perder con un chico de... ¿14 años?".
Al rato Kobe se había incorporado a un entrenamiento con los muchachos del varsity. Lo que allí ocurrió no era en absoluto normal. "God, this guy is a pro!".
La vida de Downer cambiaría para siempre.
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- Pero... ¿y si no lo quieren? ¿Y si eligen directamente?
- ¿Y qué pueden elegir? ¿Fuller? ¿Potapenko? A esas alturas no tendrán nada de valor. Divac es nuestro cebo. Éste es el acuerdo.
El jefe cerró la carpeta.
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El freshman era la única razón de que en un solo curso el equipo pasara del 4-20 al 16-6 y a competir de verdad en la Central League. Y no había más alternativas. En todas y cada una de las posesiones la primera opción de ataque era él. Y Downer lo sabía. Y quería tratarle como a uno más. Pero no era uno más y nadie rechistaba. Monsky, Stewart, Griffin, Lawson, Fedderman y Pangrazio aportaban lo suyo muy por detrás de lo prioritario. Y lo prioritario era que Kobe resolviera.
Esto no era fruto de nadie. Era que sus facultades superaban por demasiado a todos los jugadores de la liga. Ni tampoco de lo divino. Porque una vez terminada no hubo día de aquel verano del 94 en que Kobe no se encerrara entre canastas de las 9 de la mañana a las 9 de la noche con una pequeña paradita para comer. "Hijo, tienes que estar agotado". Y tragaba sin apenas masticar.
El resultado no podía ser otro. El equipo firmaría un 26-5 y subiendo. Hasta que a finales de marzo Hazelton les privó del título. Kobe había dado 33 puntos y 15 rebotes. Pero esto no evitó que de pronto se pusiera en pie en pleno vestuario -"Perdonadme, perdonadme por no haber hecho más"- antes de ocultar su rostro en una toalla y romper a llorar.
Poco después se presentó en el ABCD Camp de New Jersey con su obsesivo arsenal al rojo. Acabó siendo nombrado el jugador más valioso y la final fue sólo suya con 47 puntos anotados.
Para cuando finalizaba su último curso había crecido más de veinte centímetros y ganado casi ocho kilos de músculo en apenas año y medio. Desde el primer día supo que era su última oportunidad. Y Kobe no falló.
Lower Merion dominó a placer la temporada. Sumó hasta 27 victorias consecutivas haciéndose con el primer título del estado desde 1943. Kobe alcanzó los 50 puntos hasta en tres ocasiones. Para entonces la única duda de que estaban ante el mejor proyecto adolescente de todo el país tenía el nombre de Tim Thomas.
Era la traca final. Kobe levantó el trofeo orgulloso, bromeó con Downer ante las cámaras y toreó como un veterano a la prensa que quiso morder el gran anzuelo.
- Y dinos, Kobe, ¿qué vas a hacer ahora?
- Me voy a duchar.
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El martes 25 de junio era víspera del draft. En torno a la mesa, Bob Bass, Dave Cowens y el jefe de ojeadores del equipo, Bill Branch.
- Tengo su palabra -informó Bass-. Tan sólo tenemos que elegir al chico.
Branch volvió a poner cara de riesgo.
- Es la única forma de hacernos con Divac -repuso aprisa-. Nosotros no queremos al chaval, ¿está claro?
Los Hornets jugaban una doble carta en aquella primera ronda. Elegían una segunda vez como el pago atrasado de Miami por Mourning. Pero el temor de Branch no se debía a la elección del muchacho. Incluso le había visto un par de veces en Ardmore, a la última de las cuales fulminó la debida información como un trámite -"Es bueno, sí. Apunta maneras"- porque de sobra conocía a su jefe. Era porque iban a emplear una primera elección en algo para otro equipo. Y lo menos que podía hacer era torcer el gesto.
- ¿Qué te ha dicho? -cortó Cowens.
Sobre la mesa se apilaban en desorden algunas fichas. Roy Rogers, de Alabama, Priest Lauderdale, de Central State, Travis Knight, de Connecticut, Steve Hamer, de Tennessee y algunas otras que ocupaban el fondo por algo y entre las que todavía se podía leer los nombres de Walter McCarty y Jermaine O'Neal. Y apartada del centro reposaba junto a la carpeta de Branch la ficha de Tony Delk, con el que Bass y su subalterno habían hablado antes de la llegada de Cowens.
- Que mañana llamará. Esperamos su llamada poco antes de elegir al muchacho. Sin cambios. No será más que confirmar que estamos de acuerdo.
Cuando casualmente la mirada de Bass reparó una vez más en el regazo de Cowens reconoció una vez más las fichas de Jerome Williams y Malik Rose. Fue entonces cuando tuvo más claro que nunca que, efectivamente, había pactado con los Lakers.
- Y por supuesto, nadie sabrá nada.
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- Tú decides, hijo. Es tu decisión.
Decir lo contrario, por difícil que pudiera ser no hacerlo, habría despertado en la conciencia de Joe algún remordimiento. Porque se veía en su hijo veinte años atrás, cuando fue libre para elegir.
- Pero en cuanto lo sepas, por favor háznoslo saber.
Cuando Kobe se ponía algo tenso solía abultar con la lengua la boca cerrada.
- No sé, papá. Mi deseo es presentarme. Quiero jugar cuanto antes en la NBA. Sé que puedo.
No lo sacó a colación. Pero el ejemplo de Garnett y su temprana titularidad le habían animado mucho. También habló con él.
- Dime sólo una cosa. Si no pudieras ¿qué harías?
Kobe le miró un segundo antes de responder con firmeza.
- Elegiría Duke.
En casa todo era transparente. Pero los deseos más profundos de un adolescente suelen ser de difícil explicación. Y uno de ellos no había salido aún de su boca. Dos de sus jugadores favoritos, de los que tanto video le había hecho idolatrar, estaban todavía muy vivos en la NBA. Había fantaseado muchas veces con cruzar pista con Michael Jordan y Charles Barkley. Era como si sólo tuviera que abrir una puerta al alcance de su mano.
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Bob Bass no imaginó que las diez primeras elecciones se le harían tan largas. Parecían caer a cuentagotas. Marcus Camby en el dos. Lorenzen Wright en el siete. Samaki Walker en el nueve. Y aunque con él no tuvieran que ver sentía como una pequeña molestia cada vez que subía al estrado otro hombre alto. Lo compensaba saber que efectivamente no habría pescado gran cosa.
Erick Dampier en el diez, Todd Fuller en el once y una eternidad entre cada una. "With the twelfth pick...". West ya estaba al teléfono. "...Vitaly Potapenko", esputaba.
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Era el último lunes de abril. Pasaban unos minutos de las dos y media y el gimnasio de Ardmore estaba abarrotado de gente. Era también su casa. Y pese a haberla visto tantas veces llena le pareció más repleta que nunca. Tal vez fueran las cámaras o los micros sobre el pequeño púlpito o los integrantes de Boyz II Men al fondo. Pero estaba de los nervios y sólo lo sabía él.
Porque viéndolo daba la impresión de todo lo contrario. Contrastaba con la corbata y el traje de elegante oscuro magenta el toque casual de unas gafas de sol caladas en la frente. Eso y la bromita de hacer rogar la decisión como amnésico dotarían a su imagen del toque arrogante y casi malvado que tanta venenosa tinta deseaba emplear. Disparó entonces un par de teatrales sonrisas y se acabó. "I've decided to skip college and take my talent to the NBA". Y estalló entonces ese júbilo al que ninguna decisión importa para estallar.
Kobe tan sólo hizo lo que aquella mañana decidió que tendría que hacer. Y el resultado no gustó a algunos que casualmente coincidían todos en saber poco o nada de él. "¿Pero quién coño se ha creído ese niñato que es? ¿Michael Jordan?". Y el fuego a discreción no se hizo esperar. La maquinaria conservadora puso el motor en marcha saltando las alarmas al conocer su contrato con Adidas y verlo deslumbrar en el show de Jay Leno o junto a la joven cantante Brandy.
"Qué inmenso error -advertía Jon Jennings, el director de personal de los Celtics, en Sports Illustrated-. Kobe Bryant no es Kevin Garnett". En Sporting News Mike DeCourcy iba mucho más lejos en un durísimo editorial que terminaba acusando a su familia. "No sé por qué la gente se pregunta si está o no preparado para la vida real cuando son sus padres los que parece que no lo estén". Mark Heisler lo llevaba a título desde Los Angeles: "Estos críos deberían pasar más tiempo en la cuna". Y el Telegram ordenaba: "Quédate en la escuela, Kobe".
Durante meses no aflojó la artillería. Y rara era la reseña que le echaba también su valor. "Lo que esos hipócritas tienen no es más que envidia", firmaba Carl Chancellor desde Akron.
Joe Bryant no esperaba nada de aquello. Se defendió como pudo mediante declaraciones de infinita mayor fragilidad que la cruzada padecida. "Conozco a mi hijo. De lo que estoy seguro es que mientras los demás saldrán por ahí después de los partidos él volverá a su habitación de hotel a jugar a la Nintendo o leer un libro". Queriendo responder a todos hasta ignoró algunas tretas de las grabadoras. "Pues claro que me habría gustado ver a mi hijo cuatro años en la universidad. Y en Harvard, a ser posible. Pero ¿de qué estamos hablando? (...) Se trata de su sueño y ha ido a por él".
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- Bob, vamos con lo acordado -aliviaba escuchar la voz de West-. Divac es vuestro con la única condición de haceros con Kobe.
Arn Tellem se estaba haciendo polvo las uñas. Su estructura mental era la de un agente. Mataría a los Hornets si algo saliera mal. Ya sólo quería ver a su representado en Los Angeles.
Cuando Stern retomó la palabra -"With the thirteenth pick..."- cruzó la cabeza de Bass uno de esos delirios de última hora. Si pudiese hablar con el chico le diría que no se pusiera la gorra. "...Kobe Bryant, from Lower Merion HS, in Pennsylvania". Una gran agitación inundó el Continental de New Jersey, que en segundos imaginaba ya al chico en el Coliseum con la camiseta blanca rayada.
Aun con la gorra puesta Bass observó las evoluciones del muchacho sobre el estrado como algo distante, algo ajeno. Y en menos de diez minutos volvían a elegir, esta vez sí, algo suyo. Tenía gracia que el siguiente en salir fuera aquel Stojakovic. Motivo para recordarse una vez más que Divac les brindaría unas 25 victorias.
Entre las mesas de tiburones una sospecha corrió como la tinta. Bob Bass era un tipo con cierta alergia a las apuestas jóvenes y los Hornets uno de los pocos equipos que no habían puesto a prueba a Bryant. "No tiene ningún sentido", musitó un directivo. "Lo van a mover de ahí enseguida", respondió otro.
Ahora le parecía todo mucho más acelerado. El draft más joven de la historia quemaba cartuchos a gran velocidad y antes de terminar la noche ninguno de los presentes había evitado preguntarse si Kobe Bryant sería traspasado. Bass no lo desmintió. Pero no dijo adónde. "No puedo comentar nada".
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No era una discusión. "¿¡Y qué pasa con mi carrera!?". Era más bien una bronca. Ana estaba enfurecida. Se negaba a abandonar Hollywood, el castillo donde las actrices redoblan sus sueños de serlo.
Cuando Vlade habló después con Fleisher el agente lamentó que su representado hubiera hablado antes con su esposa. "No pienso jugar allí, díselo a todos".
A Obradovic, junto a Divac en Alemania preparando los inminentes Juegos de Atlanta, no le hizo ninguna gracia aquella información. Tampoco a Fleisher ejercer de repente un papel tan complicado: "Si lo traspasan el lunes él anunciará su retirada definitiva del baloncesto el martes".
El traspaso era así inviable.
Merced a la moratoria extendida por la firma del nuevo convenio los Hornets tenían hasta el 9 de julio para convencer al jugador. "Vaya -lamentó Cowens públicamente-. Esto no nos lo anunció la bola de cristal".
Bass no podía ni hablar.
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En las siguientes horas los excesos de Tellem harían mucho daño a su representado. "Es imposible. Y aquí no hay más posibilidades porque no va a ocurrir. Va a ser un ‘laker' y ése es el único equipo donde Kobe jugará". Todo era cosa suya.
Pero la opinión pública no lo entendió así. Era el chaval quién despreciaba a los Hornets. Quien los estaba saboteando. Quien exigía jugar en los Lakers, como se llegó a titular. Y de nada parecían servir las inocentes declaraciones del chico antes de desvelarse la operación: "Estaré encantado de jugar con los Hornets y hacerlo junto a su estrella, Larry Johnson".
Costaría muchos años desmentir aquel embuste.
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Cuando Atlanta se interpuso ofreciéndose como destino para Divac urgía hacer algo. El sábado una conversación telefónica a cuatro -Bass, Cowens, Fleisher, Divac- puso fin al atasco. El domingo Fleisher comunicaba a la prensa que Divac había dado el sí. Bass no supo cómo agradecer a Cowens lo que él no habría podido hacer.
En unos días el joven Kobe sería jugador de los Lakers, que de repente liberaban más de ocho millones de dólares para los siguientes dos años a la espera de vender a Peeler y Lynch. A mitad de mes Shaq ya era también amarillo y sus cifras, 120 millones, no tenían precedente.
El pacto de caballeros había terminado con éxito.
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- ¿Otra vez? -se sorprendió a pocos días de su cumpleaños.
- Sí -respondió Tellem-. La ley en California establece que si firmaste un contrato antes de cumplir los 18 una vez que los cumplas te asiste el derecho de anularlo.
- Pero yo no quiero...
- Calla -sonrió-, lo vamos a mejorar.
Tres millones y medio daban para algún capricho. Y Kobe quería regalar un coche a cada miembro de su familia.

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Dos lesiones antes de empezar / "Es muy joven y frágil" / "Ahí le tienen, Kobe Bryant, el jugador más joven de la historia en disputar un partido..." / Será el último balón que pierdo / "Tiene demasiadas ganas de impresionar enseguida. Ya aprenderá" (E. Jones) / ¿Por qué aquí no me entran? / "Y cierta tendencia al uno contra cinco" (N. Van Exel) / Esto es más duro de lo que pensaba / "Va a ser grande, pero tiene que aprender demasiado" (K. Rambis) / Qué buen final de enero / Campeón del concurso de mates / Por fin una alegría / "Asusta pensar cuando tenga 25 o 26 años" (S. O'Neal) / ¿Por qué ahora no juego? / "Entrenador, me gustaría postear dentro" (K. Bryant) / "Para eso ya tenemos a Shaq" (D. Harris) / Me aplauden / "Supongo que me verá como el primer gran obstáculo en su vida. El primer adulto que le corrige, que le dice que está equivocado" (D. Harris) / "¿Por qué lloras? Ten paciencia, hijo" / 24 puntos a los Warriors. ¡Por fin! / Ahora 3 de 12. No entiendo. / "Es que no sabe. Juega para divertirse y claro que querrá ganar un campeonato, pero no sé si imagina todo lo que eso conlleva" (B. Scott) - Cada vez juego menos - Y ahora playoffs - Se acabó mi primer año.
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El Delta Center de Utah ensordecía a cualquiera. Y terminar así ponía a prueba lo soportable.
De entre la confusión destacaba una escena algo sorprendente. Uno de los jugadores más duros de toda la NBA, Antoine Carr, corrió en plena pista a consolar a un chaval, completamente hundido, que en los seis últimos minutos había firmado cuatro air balls. Los Lakers jugaron la prórroga sin Shaq y Del Harris creyó que el descaro del chico -"El único de todos con cojones para lanzar" (O'Neal)- podría obrar el milagro. Porque sólo un milagro habría permitido cumplir la extraña idea de Harris, técnico, padre y verdugo durante meses, de hacerle jugarse esos tiros.
La temporada del novato, mucho más que difícil, llegaba así a su fin. Y no eran pocos los que durmieron tranquilos creyendo que eran otros los que se habían equivocado.



































