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En el baloncesto hubo siempre jugadores a los que el repentino, como improvisado encendido de pequeños, a veces invisibles y hasta retorcidos artificios en mitad del juego saldaban con sospechosa frecuencia a su favor. Si algo puede vincular a ejemplares tan variopintos como Dino Meneghin, Zoran Cutura, Danny Ainge, Bill Laimbeer, Dennis Rodman o Vlade Divac es la idea de astucia a través de artimañas, maniobras y argucias. O cómo sumergir el baloncesto, también, en una sucesión de altercados de los que salir casi continuamente victorioso. Ya fuera en un rebote, un balón suelto, una colisión de espacios o la rifa de una falta, estos jugadores parecían encerrar algo que marcaba continuamente sus cartas sin visos de trampa. Primero astutos. Luego jugadores.

 

Si estos sumergían, en un plano bien distinto y de superior altura, como levantados a la mesa de juego para disponer de una panorámica completa, otro género de jugadores de costumbre directores exhibió una superlativa capacidad para comprender la estrategia del tablero y descifrar y hasta anticipar sus movimientos. Estos ordenadores del juego, de John Stockton a Deron Williams, de Juan Antonio Corbalán a Chauncey Billups, participan conjuntamente de una habilidad natural basada en la lógica, cuyo preludio es la imagen arquetípica de verles consumiendo quietos balón. Para unos, control del juego. Para ellos tiempo de razonamiento.

 

Paralelamente a estos últimos orbitan otros a los que el orden sabe a poco y precisan de trascender la lógica, como si les supiera aburrida. Cuentan con las mismas facultades para controlar el juego. Pero añaden una irresistible potencia creativa que encuentra su sentido en el desorden. Bob Cousy, Nate Archibald, Magic Johnson, Carmelo Cabrera, Isiah Thomas o Steve Nash representan el componente irracional del juego en equipo. Como una frecuencia de onda más allá de la lógica.

 

A veces este dominio de la proyección espacial se da también en jugadores de gran tamaño (Bill Walton, Kareem Abdul-Jabbar, Tim Duncan). Pero si además escapan al cometido habitual de su posición y añaden potencia creativa y componente irracional, abrimos un género transgresor donde reposan figuras como Magic Johnson, Kresimir Cosic, Toni Kukoc, Arvidas Sabonis o LeBron James. De uno u otro modo todos escaparon a los presupuestos de su talla.

 

En términos formales la perfección técnica ajustada a canon forma otra categoría de jugadores que por alguna razón resultan especialmente armónicos con el orden académico. Si los libros recogen cómo hacer las cosas ellos son el mejor modelo. Ejemplares como Drazen Petrovic, Arijan Komazec, Dejan Bodiroga o Kobe Bryant destacan por elevar la técnica al misterio fundamental del baloncesto, como una ciencia del método.

 

Algunos de estos jugadores interpretaron la técnica superior de manera tan personal, íntima y artística que es posible abrir otro plano, a caballo entre el canon y la transgresión, que se inclina por suavizar las formas y desprender sutileza en sus movimientos dotándolos de ritmo, cadencia y un conjunto de valores estéticos dominados por la elegancia. Símbolos de la finesse fueron en distintas posiciones y épocas Walt Frazier, Kareem Abdul-Jabbar, Alex English, Mirza Delibasic, Julius Erving o Clyde Drexler.

 

En términos de rendimiento la misteriosa relación con el aro de los grandes anotadores, especialmente de los ligeros como George Gervin, Oscar Schmidt o Kevin Durant sugieren el poder de alguna destreza natural, un pacto de repetición, que va más allá del trabajo, que no es propiamente mecánica rutina.

 

Dentro de este género subyace otro más escaso para los que la anotación parecía favorable cuanto peores fueran las condiciones y especialmente de tiempo. Jerry West, John Havlicek, Larry Bird, Michael Jordan, Reggie Miller o Kobe Bryant fortalecen la existencia de algún tipo de agudeza concentrada en la anotación terminal donde sólo unos pocos encuentran comodidad.

 

Es suficiente.

 

Estos y otros muchos campos de la sensibilidad, como la plástica figurativa de los atletas del aire (Julius Erving, Michael Jordan, Vince Carter, Kobe Bryant), la comprensión espacial de los mejores pasadores, el control de situación de astutos de mayor cobertura (Dragan Kikanovic, Dennis Johnson, Jason Kidd) o la coordinación psicomotriz en grandes estaturas y tamaños (Kevin McHale, Hakeem Olajuwon, Shaquille O’Neal), no aparecen reflejados en ningún sitio. Escapan al campo estadístico, a la narración de sucesos y con frecuencia a la percepción visual.

 

Y sin embargo existen. Incluso con mayor poder que ninguna otra cosa.

 

 

 

 

 

El baloncesto, contrariamente a la ciencia, apenas se ha preguntado por la inteligencia.

 

En realidad lo ha hecho. Pero tan pronto formulaba la pregunta ponía los pies en terreno más pequeño, mensurable.

 

Tal vez porque en nuestro juego no sea tan importante definirla como admitir su existencia. Saber que está ahí y que de costumbre reina. Que se declara con éxito por sí sola. Que se manifiesta sin necesidad de aprobación igual que la luz ilumina aunque no haya nadie para comprobarlo.

 

A diario el baloncesto inscribe volúmenes de información. Pero apenas se verán líneas en torno a la inteligencia. De vez en cuando se califica a tal o cual jugador como inteligente sin añadir más, dándose por sentada la cualidad como el color de su camiseta, lo que a veces convierte al adjetivo en un acto de fe.

 

Cuando el baloncesto no puede explicar determinados fenómenos se apela a la inteligencia y hasta se emplean términos de difícil cobertura como los intangibles. Si en 2007 alguien se hubiera preguntado qué diferencia habría entre el titular Jorge Garbajosa (28.5 min. / 8.5 puntos / 4.9 rebotes) y el novato de rotación Tyrus Thomas (13.4 / 5.2 / 3.7) la respuesta más fiable vendría de manos de sus entrenadores, uno de los cuales zanjaba cualquier discusión apelando continuamente al primero como inteligente.

 

Lo que debería ser una puerta de entrada sirve a veces como portazo.

 

Contrariamente a los números, que vemos y manoseamos, la inteligencia se escabulle. Y lo hace a menudo entre los números. Por eso se sospecha de toda inteligencia que no sea estadística.

 

Algunas de las más hermosas discusiones del baloncesto, todas de carácter teórico, habrían girado en torno a la inteligencia en caso de darse. No a su definición, esfuerzo de costumbre baldío, sino a su expresión en el juego. A formular dónde se manifiesta y cómo. Y no tanto por qué. Lejos de ser así se han señalado, a lo sumo, a los jugadores inteligentes. Y no a muchos sino a más bien pocos. Como si la inteligencia fuera sólo cosa de superdotados y el fenómeno inteligente más bien raro.

 

Y llama la atención que siendo el debate tan marginal, la noción tan imprecisa y tan pocos los premiados sea la inteligencia la cualidad que goza de más alto prestigio. No hay jugador a quien amargue ese dulce. Al extremo de cuando algunos matizan “no sólo soy un tirador” o “no sólo soy capaz de defender” o “puedo hacer más cosas que rebotear” se está queriendo decir que se es más inteligente que eso. Aunque no se demuestre.

 

Un jugador podrá ser un gran anotador, otro un gran reboteador, otro un gran pasador, otro un gran defensor y muchos de ellos luchadores. Pero describir a un jugador como inteligente equivale a decir que prácticamente todo lo hará bien.

 

Y aquí surge un primer error muy común. Y por partida doble además: creer que el jugador inteligente domina por definición el baloncesto equivale a suponer que 1) la inteligencia es necesariamente un dominio total y, en consecuencia, que 2) el baloncesto es un juego pequeño.

 

Como si la inteligencia sólo pudiera manifestarse como un enorme manto que lo cubriera todo dejando las pequeñas cosas en manos de particulares destrezas.

 

Ésta es la razón de que los nombres que la inteligencia parece haber legado a la Historia sean tan pocos que incluso al especialismo resulte incómoda su enumeración.

 

Hay una gran paradoja en simplificar la noción de inteligencia como un campo muy vasto que se derrama por todas las esferas del juego. De manera que si alguna flaquea (técnica individual, tiro exterior, calidad de pase) el jugador se desarma como un conjunto inteligente.

 

Una visión que conceda tal magnitud a la inteligencia deriva en gravísimos errores de percepción en los que rara vez se ha reparado.

 

El principal consiste en una inercia muy tóxica que ha instalado en el imaginario una especie de automática oposición entre inteligencia y cuerpo. Como si fueran entes separados y, en su peor expresión, como si las mejores anatomías en términos atléticos estuvieran inhabilitadas para los brillos del cerebro.

 

Esta terrible falacia que opone materia atlética a materia gris resulta aun más absurda en el mundo del deporte. Condena a las naturalezas más fuertes (Shaquille O’Neal, LeBron James) por serlo. Como si en la inteligencia cupiera todo menos la fuerza y en la jerarquía genética ocupara ésta el último lugar.

 

 

 

 

 


El ejemplo más recurrente de todos lo encarna la persistente figura de Larry Bird. Su caso define casi por sí solo qué es la inteligencia aplicada en el baloncesto. Pero preside con tal empeño esa monarquía de inteligentes que pudiera parecer que Magic Johnson brillara por otra cosa que no fuera inteligencia pura. Se atribuyen eternamente a Bird incapacidades del cuerpo. Pero nunca a Magic Johnson. A pesar del nulo atletismo de ambos, que uno fuera negro y el otro blanco inclina de modo inconsciente a Bird la percepción pública de la inteligencia. Tan sólo de ella.

 

En el fondo este arbitrario desequilibrio fue exactamente lo denunciado por Isiah Thomas en 1987. Conveniente o no, no era otro el motivo.

 

Con Michael Jordan tampoco ocurre cosa distinta. Del infinito yacimiento de adjetivos que se le adscriben rara es la vez que alguno de ellos lo ilustra como inteligente. Como si uno de los más grandes deportistas de la historia lo hubiera sido por competencia, atletismo, destreza, voluntad y entorno pero no por el sustrato inteligente.

 

Esa misma inercia, que no suele sentirse a sí misma, conduce a pensar antes en Manu Ginobili que en Joe Dumars, en Dejan Bodiroga que en Carmelo Anthony. Como si los primeros brillaran por inteligencia y los otros por algo distinto. Así la sutileza en Pau Gasol es inteligente y la agresiva condición en Kevin Garnett es, a lo sumo, eficaz.

 

Una óptica de esta naturaleza, mucho más generalizada de lo que se presume, nos enseña que la percepción de la inteligencia, aun pudiendo ser correcta, está tercamente vinculada al etnocentrismo, las pulsiones culturales y los silencios de raza.

 

Y va siendo hora de incorporar como certeza que el cuerpo es indisoluble de la mente, incapaz de operar sin aquél y mucho menos en el mundo del deporte.

 

Incluso ocurrió en los peores casos que esta relación actuó como una terrible prisión. El gigantismo encerró grandes inteligencias en barrotes que el tiempo hacía más y más gruesos. Como una pena que arrastrar de por vida tal y como dieron cuenta Muresan, Tkachenko o Dueñas.

 

Otro ejemplo claro de esta dramática relación lo ofrece el caso de Anfernee Hardaway (1994-1997), al que su primer gran contratiempo físico acabó por vaciar de todas las cualidades que le habían hecho brillar, haya discusión o no, como una inteligencia pura.

 

Una versión menos anotadora de su modelo la representa Ricky Rubio.

 

 

 

 

 

Si Rubio se quedara donde está, si no ascendiera más peldaños en su escalera del tiempo, valdría formular su caso como ejemplar, en términos de José Antonio Marina, de inteligencia fracasada. Una suposición de este tipo se apoyaría en una doble experiencia:

 

1) Que su trayectoria ha trazado hasta ahora una línea ascendente en forma de progresión.

2) Que algo en su juego, algo muy poderoso, admite casi por encima de cualquier otra consideración la realidad del talento.

 

De las innumerables maneras en que se expresa el talento de un jugador joven la más firme de todas indicaría que ese jugador es cada vez mejor. No por intuición. Sino por haber demostrado de sobra el avance.

 

Si ese ascenso se detuviera tempranamente, si el avance sufriese un repentino parón, más que caer en el simplismo del fracaso o deducir que algo ha fallado valdría concluir que el camino ha tomado una dirección imprevista.

 

Y nada más curioso que observar lo que ocurre ante el talento detenido. Greg Oden se explica entero a través de su tragedia física. El cuerpo ha fallado. No hay más discusión ni exigencia. Si en cambio se diera el parón en Ricky Rubio y no mediara lesión el desconcierto resultante sería obra de una sola propiedad que él mismo se ha empeñado en demostrar cierta: la inteligencia.

 

Con ella no se es indulgente. Una vez aparece, las demandas son muy grandes y la tregua inadmisible. Si un jugador ha encendido la luz no podrá ya apagarla.

 

Esta exigencia de continuidad, de igual magnitud al rendimiento dado (expectativa) explica por sí sola la confusión actual en torno al [genio] del Masnou.

 

En el baloncesto no se ha definido la inteligencia porque no puede haber diferencias con la visión múltiple que de ella admite la ciencia. Por eso es mucho menos acertada la noción de inteligencia total que la de inteligencia parcial, dado que el juego se fragmenta en mil cuadrantes donde los jugadores derraman sus capacidades. Unos en pocas, otros en muchas. Pero allá donde haya éxito, acierto, destreza, por muy pequeño el campo, habrá inteligencia.

 

Uno de los ensayos más comunes de computar sus magnitudes es obra del scouting en la noción, igualmente fragmentada, de Basketball IQ.

 

 

 

 

 

 

La BIQ es un conjunto de variables que al igual que el CI (cociente intelectual) opera también en términos numéricos. Como una psicometría aplicada al baloncesto.

 

Esos trabajos son necesarios para los ingenieros de la prospección del talento y pese al razonable margen de error son lecturas de relativa solidez y precisión. Pero el Basketball IQ equivale a un producto asociativo que basa su presunta verdad en la medición de los llamados skills.

 

La complejidad de lo inteligente y su múltiple expresión con frecuencia no mensurable la convierte en una realidad escurridiza. Una cualidad que percibir y no una cantidad que comprobar. De ahí que la noción de intangibles no sea, pues, más que una pobre coartada lingüística para referir lo inexplicable.

 

Y de lo inexplicable el baloncesto está tan repleto que ninguna otra cosa explica mejor la naturaleza inteligente del juego.

 

Hecha la aclaración seguirá ocurriendo un fenómeno muy común. Que cada vez que toque a la Historia rescatar sus ejemplos de inteligencia saldrán únicamente a colación los genios. Contra eso ni cabe ni conviene hacer gran cosa. Salvo recordar todo lo que bajo ellos brilla. Al fin y al cabo ninguna inteligencia mayor que admirarse por ella.

Tenía las manos empantanadas. Justo el tarro que le faltaba estaba empaquetado en la estantería de arriba, donde no llegaba. Un poco de ayuda bastaría.

 

- ¿Billy? –llamó.

 

Desde el salón llegaban unas risas vagas, mohosas, vacías como el par de latas que había echado al cubo de la basura preparando la cena.

 

- ¡Billy! –gritó.

 

Nada. Tendría que hacerlo ella. Billy estaba en otro mundo, hipnotizado por la tele.

 

Al rato se abría la puerta de casa. Era Bill padre, puntual, agotado. Besó a su mujer después de retirar la escalera a la que se había subido para alcanzar los tarros.

- ¿No te puede ayudar? ¿No sabes cómo tienes la espalda?

Betty retorció un gesto de hastío, como de maternal resignación y siguió a lo suyo. Bill dejó en una silla su bolso de mano y se deslizó hasta la sala, que desprendía un aire cargado, hogareño, soñoliento. Se detuvo bajo el marco de la puerta. Las risas seguían saliendo de la pantalla a intervalos absurdos.

 

Billy ocupaba un rincón en el sofá, hundido a su medida, junto a un paquete de patatas vacío y la expresión momificada. Parecía una cáscara. La escena era diaria, automática, eterna.

- Aprovecha porque la tele se va a acabar. Mañana vas a venir conmigo.

Billy movió por fin la cabeza.

- Adónde.

 

Era un mocetón algo orondo de 17 años. Buen chaval, muy normal y generoso. Pero no se le conocían grandes ambiciones fuera de su habitación. A veces, de una mesa. Gustaba del ajedrez y el backgammon entre largos ratos de lectura. También de cocinar a solas y hasta hacer sus pinitos con una vieja réflex que de vez en cuando reclamaba un paseo. Su virtud más resistente era la musical. Tenía oído sensible y se había procurado en casa que así fuera. Mamá había sido violinista. Billy tocaba la trompeta desde los seis años y lo hacía realmente bien. Mejor que sus hermanos el clarinete. Y a diferencia de ellos, no salía a la calle hasta finalizada su clase instrumental.

 

La música le haría ganarse alguna gira. Largos viajes por países sudamericanos –hasta siete-, Europa y Japón. Era miembro de la Honor Youth Orchestra local, una de esas cosas orgullo de madre. “Un consumado solista, señora”, encendía algún profesor. A edad escolar las preguntas son pocas y las respuestas frágiles. “Oye, Billy, ¿qué estudiarás en la Universidad?”, le habían preguntado alguna vez los amigos. “Pues no sé, ¿música?”. Porque Billy, lo que se dice seguro, no estaba de nada.

 

Tal vez por eso, por el retraso en decidir algo, Bill, su padre, recelaba de la excesiva confianza de su mujer hacia el crío. Del ciego amor de madre. Donde ella seguía viendo un niño él empezaba a ver un hombre. Con mucho por hacer. Era ojo pragmático. El dinero no cae del cielo. Y el talento se lo lleva el viento. “¿Música? ¿Y eso da para vivir?”, incordiaba el preguntón de turno.

 

A las preocupaciones de un padre había contribuido también el chaval. O en justicia, un serio varapalo. No habían pasado ni dos años. En la Navidad del 68 Billy era el trompetista elegido para una breve gira sin grandes distancias. Se despistó y perdió el tren que le llevaría hasta el aeropuerto O’Hare. Tuvo que tomar el siguiente. Sus compañeros aguardaron en un hangar, donde un pequeño bus lanzadera le llevaría. Desde su asiento pudo verlo todo. La luz, el estallido. La prensa lo explicó mejor que los perplejos ojos de un crío. Un pequeño bimotor con 45 pasajeros a bordo fue a estrellarse contra la nave donde en ese macabro momento practicaba la joven orquesta. Hubo decenas de muertos. Ronnie, su amigo Ronnie (Lee Pappas), fallecía a los pocos días. No soportó las quemaduras. Tenía 14 años.  De no haber perdido aquel tren Billy habría estado a su lado.

 

Desde entonces Billy se había apagado. Sus giras y premios parecían ahora sepultados entre los miles de vinilos que atiborraban las estanterías del dormitorio. Era un chico irreprochable. Pero necesitaba un empujón hacia algo que brillara más a la luz del día.

Bill apagó la tele. Un ligero gruñido volvió desde el sofá.

- A cenar.

 

Aquella mañana padre e hijo iban de corto. Al balón le faltaba un hervor. Llevaba demasiado tiempo dormido. Seguramente desde las últimas veces que Bill y algunos amigos, viejos compañeros en DePaul, se echaban unas canastas. Cómo había pasado el tiempo.

- Así no. ¡Otra vez! -ordenaba.

Billy era algo torpe. Inexperto. Lo normal para quien hasta esa edad había dado la espalda a la actividad más popular del instituto, el centro Wendell Phillips, uno de tantos en el área urbana de Chicago, plagada de canastas heridas como aquel par, morboso testigo de la madrugona, entre tierna y dura lección de un padre a un hijo.

- No puedo. No me dejas.

- Sí puedes.

 

Y era extraña esa ausencia en su corta vida. Porque Billy, adolescente negro en Chicago, presentaba además un tamaño inconfundible. El del muchacho grandote y fortachón que acabaría rebasando los dos metros.

 

Ahora sudaba. Jadeaba. Le faltaba forma. Daba tres o cuatro botes antes de chocar sin remedio con su padre, que sólo tenía que levantar la mano para frustrar la confusión del hijo. Le hizo entrar a canasta, por un lado y por otro. Salir de ella, bailar pegados, tirar de aquí y de allá, pujar con un cuerpo menor pero mil veces más experimentado. Le hizo aprender.

 

Aquella mañana tan sólo fue la primera. Le siguieron muchas. Muchísimas. El verano allanaba además el camino.

 

La sensibilidad de Billy dio sus frutos fuera de cuatro paredes. En pocos meses era un deportista, un jugador. Y lo que más agradeció su padre, un luchador. “Escúchame bien –le cogió por los hombros una jornada cercana al llanto-. Fracasarás muchas veces. Sentirás dolor, como ahora. Pero nunca dejes de jugar duro. Tan sólo por eso te respetarán”. Billy había leído eso en algún sitio. Su padre, en cambio, en la vida.

 

Billy estaba lejos de ser un virtuoso, de las finuras propias del talento. Pero tenía corazón. Lo que unido a la tremenda fuerza de su tamaño le abrió un hueco en la cursante DePaul de Ray Meyer, chef de gladiadores. Padre tuvo mucho que ver. Había jugado como alero para Meyer mediados los años cincuenta. Había sido su capitán. “Ray, mira a ver si puedes hacer algo por él”. Y pasó la prueba. No fue fácil. Y tras cada entreno Meyer se quedaba con él un par de horas. “Si eres capaz de dar la mitad de lo que daba tu padre jugarás para mí”.

 

Meyer tenía un aire cercano. Confiaba todo a sus jugadores, a los que prefería de hierro: “Mira, hay algo que odio más que perder. Hacerlo contra Marquette y no destrozar a Notre Dame. Es algo que necesito hacer cada año. Sólo dime si quieres ayudarme”. Casualmente un fuerte golpe en la boca lastimó la dentadura de Billy y el diagnóstico del médico estrechó un poco más el destino. “Me temo que vas a tener que dejar la trompeta un largo periodo”.

 

Al segundo año ya era titular. Y no dejaría de serlo durante los tres siguientes. Meyer lo adoraba por su obediencia. Y el único motivo para una fuerte regañina fue enterarse de que había jugado un partido con la mano rota.

 

Una tarde junto a su compañero Jim Marino, una de esas tardes que confirman o alejan una amistad, acabó hablando de tantas cosas menos de baloncesto que Jimmy no tuvo más remedio: “Tiene gracia que el que menos lo desea de todo el equipo vaya a acabar en la NBA”.

- ¿Qué?

 

Graduado finalmente en la primavera de 1975 en Educación Física Billy era, con todo, un auténtico desconocido. Para el Pizza Hut Classic de Las Vegas, que medía a dos combinados de estrellas universitarias de ambos lados del país, tuvieron que echar mano de él por una ausencia de última hora. “¡Vamos!”, apresuró entusiasmado su padre a que hiciera las maletas.

 

Nadie lo esperaba. Pero aquella noche de abril Billy se fue hasta los 22 puntos en una serie de 11 de 18, clave para la victoria del Este (101-86) y fue nombrado MVP del partido. En los prolegómenos su nombre no había sido ni mencionado para informar al gran público de los mejores prospectos del país. Billy acabó haciéndolo mejor que la estrella de North Carolina, David Thompson, y mucho mejor que otras promesas presentes como Gus Williams, Rickey Sobers, Steve Green o Mel Utley. Al término los cronistas, alguno de los cuales tituló por ‘unknown’, revisaban la hoja antes de ilustrar su apellido, Robinzine, no fueran a escribirlo mal.

 

Así los vaivenes del ojo clínico tuvieron en Billy al mejor pretexto para el draft. Los Kings de Kansas City emplearon en él su primera ronda (10º). Billy había terminado el año dominando su equipo en puntos y rebotes. Y como el quinto reboteador universitario del país con más de trece por partido, a lo que añadía más de 18 puntos con una fiabilidad superior al 50 por ciento. De repente Billy era lo mejor que podía ser nadie supo si fuera de la música. Tan sólo dentro del baloncesto.

 

El segundo domingo de julio el revuelo en el hogar de los Robinzine estaba justificado. Los Kings le extendieron un contrato por cuatro años y cifras superiores al medio millón de dólares, cinco mil de los cuales fueron a parar a la Universidad en señal de gratitud. Eso era algo que Billy, no mucho tiempo atrás, ni siquiera había soñado. De repente era un hombre. Se llamaba Bill, como su padre. Pero a diferencia de lo vivido por él eran tiempos donde la raza no era ya barrera.

 

Bill se entregó a nuevas órdenes, las de mayor entidad que había conocido en vida. Pasó a formar parte de un equipo profesional. Un equipo que desde el traslado de Cincinnati parecía condenado a la eterna formación con la salvedad de la primavera anterior, cuando disputaron las semifinales del Oeste de manos de un joven técnico, Phil Johnson, al que premiaron como el mejor del año.

 

Bill disfrutó de minutos. Lo normal en un equipo que pretendía levantar cabeza, que confiaba en una rotación de ocho hombres y que seguía creyendo en el genial hacer de Tiny Archibald. Bill era uno más. Y lo sería en adelante junto al joven Scott Wedman, Jimmy Walker, Ollie Johnson, Sam Lacey, Larry McNeill y Glenn Hansen.

 

Su tarea quedó pronto muy clara: dar descanso a Sam Lacey como obrero de interiores y sus habituales cometidos de naturaleza aguerrida. Defensivos, de rebote, de contención. De todo aquello que parece estar hecho de hierro. Porque a Bill nunca tocaría ocupar los áticos de la gloria. Estaría debajo levantándola a hombros.

 

Por eso los cambios no le afectarían mucho. Cambios que en tres años vieron el adiós de Archibald y la sucesiva llegada de Ron Boone y Brian Taylor, de Phil Ford, de Tom Burleson, Otis Birdsong y Lucius Allen. De un equipo que antes de lo previsto se iba a convertir en inesperado aspirante a grandes cosas.

 

Mientras todo a su alrededor cambiaba Bill no lo haría. En febrero del 77 su espíritu combativo, de hombre noble, salía en defensa del noqueado Jim Eakins por sendos guantazos del ciclópeo Bob Lanier, a quien Bill se enfrentó a solas como quien espera con los brazos abiertos la caída de una montaña. En abril sufría su primer contratiempo serio cuando driblando en salida rápida, cosa que tenía prohibida, tropezó hundiendo su peso sobre su tobillo derecho doblándoselo hacia el exterior y rompiéndoselo por dos partes. Otra vez un médico le hablaba de privaciones: “Se acabó la temporada, Bill”. A lo que siguió una de esas sonrisas que nunca brillan para convencer. “Tampoco quedaba tanto. A descansar y esto se curará solo”.

 

La juventud de Bill aprontó su recuperación trabajando el resto del verano. Sus partidos eran cada vez más sólidos y se podía marcar alguna noche, poco antes de Navidad, de 21 puntos y 13 rebotes. Pero el equipo fracasó un año más. Urgían cambios mayores y el principal se dio en la dirección. Cotton Fitzsimmons asumió las riendas de un equipo que, a su juicio, suspendía por dormir el juego. Había que correr. Espabilar pista arriba.

 

Bill también lo hizo. De hecho se había lanzado a la vida. Aun a costa de algún serio disgusto.

 

- Es diez años mayor que yo.

- ¿Cómo?

- Y tiene un hijo.

- ¿¡Qué!?

- Lo quiero como si fuera mío.

-

- Es… es hija de un detective de policía –desesperaba-. Mamá, es la mujer de mi vida. ¿Lo entiendes?

- ¿Qué vas a hacer?

 

Claudia era divorciada. Steve, su hijo, tenía doce años cuando Bill y ella se conocieron. Bill había sucumbido a los encantos de una mujer el doble de hecha a la vida que él. Claudia había sobrevivido como contable en una empresa, trabajo que abandonó en cuanto contrajeron matrimonio. Un matrimonio que la víspera de la boda estalló en una brutal discusión. Un matrimonio que los padres de Bill no aceptarían nunca. Suegra y nuera no tendrían relación.

 

Más de un año antes Ollie Johnson no podía conciliar el sueño en el hotel. No era calor de primavera en la costa Oeste. Era fuego. Se levantó a la máquina de refrescos y vio la puerta de la habitación de Bill entreabierta. Era tardísimo. “¿Qué haces?”. Bill no podía dormir. Hablaba nervioso, a trompicones. “¿Sabes? Yo la quiero pero… no sé. Tengo que casarme, ¿sabes?”. Y sacudía la cabeza. Era como una urgencia. Alguna presión insoportable.

- Pero… tú la quieres. ¿Quieres casarte con ella, sí o no?

Bill tragaba saliva a duras penas.

- Toma –le acercó la lata-. ¿No es un poco pronto? Es ella, ¿verdad?

 

Bill compró una casa al sudeste de Kansas City. Por valor de casi 120 mil dólares. Un área residencial blanca para que Steve creciera en un ambiente como más privilegiado sin tener en cuenta el retraso en edades de pubertad. La protección, el cuidado, la vigilancia del muchacho consumieron a Bill en adelante más tiempo del conveniente.

 

Ella, más dinero. Lo reclamara o no el volumen de gastos a partir de entonces se triplicaría. Bill pretendía colmar demasiados vacíos con joyas, abrigos y alta bisutería con que poder exclamar alguna noche: “Estás preciosa”. Tampoco él quedaba atrás. Empezó a lucir trajes de seda, colgantes de oro y hasta gemelos empastados con diamantes.

 

Todo ello podía calmar la vista. Pero mucho antes las numerosas riñas en que se batía el matrimonio. Él era jugador. Ella, esposa. Y algunas reclamaciones eran de difícil cumplido.

 

- Cariño, mi hermana no puede llevar a su niño al cine. ¿Te importaría…?

- Claro. ¿Dónde es?

Terminada la película le llevaba al Boys Club de la 43, donde Bill parecía otro muchacho más. No harto, en cuanto veía a Bob Cohen, el relaciones de los Kings, le repetía: “Oye, Bobby, cualquier cosa que necesitéis en esto de los chavales, ya sabes, esas campañas de ayuda y todo eso, contad conmigo”.

- Pero Bill, ¿de dónde vas a sacar el tiempo?

- ¿Tiempo? ¿Pero no necesitan dinero?

Y Bob se quedaba sin saber qué decir.

 

Cerca de iniciar su cuarta temporada en el equipo llegaba desde la prensa alguna caricia. “¿Has leído esto, hijo?”. Su padre siempre estaba pendiente. “Si hay un equipo y un jugador hechos el uno para el otro estos son los Kings de Kansas City y Bill Robinzine”.

- Guau, ¿quién lo escribe?

 

Menos de tres meses después Bill endosaba 28 puntos a los Nets, el máximo de su carrera. Y pocos días más tarde su tope de capturas, 18 (más 20 puntos), con victoria en Detroit. No lo pedía. Nunca pidió nada. Pero su titularidad era cuestión inminente. Fitzsimmons lo quiso además así. Los Kings del 79 eran una rareza dorada. Partían con Phil Ford como base, Otis Birdsong de escolta, Scott Wedman de alero, Bill Robinzine como alero fuerte y Sam Lacey como pívot. Todos habían sido primera ronda local. Eso hacía únicos a los Kings.

 

El equipo firmó una temporada fantástica. Su mejor de la década. Líderes de la Midwest y segundos de todo el Oeste tras Seattle. Pero fueron apeados por Phoenix en semifinales de conferencia. Los Suns seguían siendo más hechos. Como mejor preparados para mejores metas. Pero los Kings crecían. Y cuando se crece se observa todo desde más arriba y así se exige.

 

Bill había firmado su mejor año. Titular. Más de 13 puntos y casi 8 rebotes. Segurísimo en las inmediaciones del aro. Pero había detalles que hacían flaquear según qué condición. No llegar a 27 minutos no era lo más habitual para un titular. Y presentaba algún problema que dejar caer en conversaciones privadas, lejos de él y sus bromas con los compañeros. Porque Bill era la viva imagen de la camaradería. El calor de un vestuario.  

 

Su principal problema seguían siendo las faltas. Cometió más que nadie nunca antes: un total de 367, muy por encima de las cuatro de media por partido y desajustando muchas veces las rotaciones antes de tiempo. “Me pone de los nervios”, masculló más de una vez el técnico. Eso y que a veces se creía mejor de lo que era permitiéndose botar a mitad de pista y perdiendo el balón.

- Pero qué hace –lamentaba Joe Axelson con la mano en la frente.

- Nada, se debe creer Dr. J o algo así –soplaba por lo bajo Larry Staverman.

Fitz ya había volado a pedir tiempo.

 

Staverman salía a su paso en pista. Se escudaba en el brazo al hombro para que sólo le escuchara él. “Quieres enfadar a Cotton, ¿no es eso?”. Porque Cotton le quería para todo aquello que se explica una gran limitación. Lo demás, ni probarlo.

 

El verano del 79 la mesa de los Kings presentaba dos grandes informes: uno, la elección en el draft de Reggie King, la mula de Alabama, alero de grandes posibles. Y dos, la agencia libre de Sam Lacey, Tom Burleson, Bob Nash y Bill. En la segunda semana de julio los Kings renuevan a Sam Lacey y Bob Nash más el fichaje de Mike Green como reserva de Lacey hasta que Burleson estuviera sano. A Billy se le firman tres años. 600 mil dólares. “No sé, yo esperaba más”.

 

La prensa se cobraba los favores de Bill con gratitud. En la previa del curso de 1980 Alex Sachare le dedicaba una perla que podía definir hasta entonces su carrera: “Uno de los más eficaces pero menos promocionados jugadores de la liga”. El vistazo general agradaba. El doméstico no tanto. Cotton Fitzsimmons quedó tan impresionado por la pretemporada de Reggie King que maquinó para el traspaso urgente de Bill.

- ¿No deberíamos decírselo?

- No. Si no lo conseguimos lo quiero entero.

 

No lo consiguieron y el curso empezó como si nada para el alero. Pero no para el equipo, extrañamente hundido en un comienzo pésimo que dio en 11 derrotas en 16 partidos. Todo cambiaría un 13 de noviembre con la recepción en el Auditorium de los poderosos Sixers de Julius Erving.

 

Poco después del descanso, y con 49-45 para los Kings, Mo Cheeks descifraba perfectamente la salida de un bloqueo con un pase interior a Darryl Dawkins, liberado del marcaje de Lacey. Dawkins se levantó de inmediato estampando brutalmente su fuerza en un mate de terror. Bill quedó a solas bajo el aro cuando de súbito el mundo se hizo añicos. El tablero estalló en mil pedazos. Trizas que llovieron sobre Bill, que reaccionó a la velocidad del nervio pero no pudo evitar un corte en la mano. Cuando Cotton vio la sangre fue expeditivo, como siempre era con él.

- Vete al vestuario. Cámbiate. Pégate una ducha. Lo que sea. Pero límpiate enterito.

Y Bill obedeció. Para la desinfección tendría tiempo de sobra. Cerca de hora y media.

 

Sin saberlo Bill acababa de perpetuarse como un daño colateral. Una imagen para la eternidad de la que él era simple decorado. O una víctima que huye. “Mira ése cómo corre”. Su nombre no importaría jamás. 

 

Los Sixers perdieron y el autor del atentado se explicó en cachonda lírica funk:

 

“The Chocolate Thunder flying, Robinzine crying, teeth shaking, glass breaking, rump roasting, bun toasting, wham, bam, glass breaker, I am jam”.

 

Tenía su gracia.

 

“Robinzine crying”.

 

 

 


 

 

 

A partir de esa noche el equipo invirtió el curso de las cosas pasando de un 5-11 a un 21-14 en pocas semanas.   

 

Todo marchaba sobre ruedas. Hasta los contratiempos. En la mañana siguiente al día de Navidad Billy se dirigía al entreno en su coche cuando otro vehículo se saltó un semáforo en rojo embistiéndole con violencia. Billy acabó en el hospital. Nada serio. Contusiones por el cuerpo y, eso sí, el agravamiento de una lesión en las costillas por un fuerte golpe que había recibido ante los Bucks la semana anterior.

 

Fitzsimmons vio la suya sin él. Dio entrada a Reggie King como titular. Los Kings ganaron después de dos derrotas. Y a los Lakers.

 

Billy tardó un partido en reaparecer. Deberían amputarle las piernas para evitarlo. Pero ya nunca como titular. Reggie King crecía. O le querían hacer crecer.

 

En realidad Cotton ya le había avisado: “Puede que este año salgas más desde el banco. ¿Qué te parece?”. Bill se encogió de hombros. “Lo que usted mande”. Y el coach se rascaba la barbilla. Lo tenía sentenciado.

 

Bill aguantaría como sexto hombre. De poco valdrían los 18 puntos en 29 minutos a Denver, los 28 a Atlanta, o la victoria de su mano, un palmeo a un fallo de Wedman, en Milwaukee. Seguía liderando la tabla de faltas. Y era el primero en la lista del técnico. Una lista de mudanzas.

 

El año terminó. De nuevo Phoenix como verdugo. Y esta vez en primera ronda.

 

Una mañana de agosto su nombre salió volando entre los ventiladores de un despacho. Bill Robinzine no volvería a vestir la única camiseta que había conocido.

 

El verano multiplicaba las citas y favores. Una bancada de noble madera para la iglesia del reverendo Tom Jones. “Gracias, hijo. Que Dios te lo pague”. Y también los amigos, que salían de todas partes. Algunos ni salían. Bastaba una llamada de teléfono y el oportuno retraso de un motivo que se repetía demasiadas veces: “Verás, Billy, me da apuro decírtelo. Pero… no atravieso un buen momento. Quería pedirte…”.

Una vez que prestaba el dinero, nunca lo reclamaba.

 

A finales de septiembre Bill era enviado a los Cavs como parte de un traspaso acordado también por Knicks y Kings, que se hacían con Joe Meriweather como tercer interior a Lacey y Leon Douglas. Cotton añadía: “Siempre quise ese tercer hombre”. Que era como decir ‘nunca’ al vendido.

 

Para el alero quedarían atrás amistades de verdad. Un presente que de pronto se travestía en pasado. “No… no sabría describir cómo me siento. Esperaba quedarme en los Kings”.

 

Los Cavaliers atravesaban de manos de Ted Stepien una gestión tan desastrosa que hasta la liga tuvo que intervenir para detener una sangría de traspasos sin fuste. Preguntado, el técnico Bill Musselman, recién incorporado con casco de bombero, despachó aprisa: “Bill puede darnos mucho bajo los tableros, puntos valiosos y faltas importantes”.

 

Bill sería víctima de uno de esos engaños apelados como business. Los Cavs querían en realidad liberarse del salario de Campy Russell, que se había perdido medio año por lesión y ya no daba para más. Bill pasaba por allí. “¿Qué tengo que hacer?”. Nadie le contestó. O no claramente.  

 

Un mes después, ocho partidos en total y sin apenas promediar diez minutos de juego, era enviado a Dallas, un proyecto embrión, una franquicia nueva, un cajón desastre.

 

El alero sintió de pronto que su carrera se escurría como el agua de las manos.

 

La llamada de algún compañero tampoco ayudaba en exceso.

- Bill, ¿sabes que acaban de echar a Begzos?

John Begzos era el mánager general de los Kings. El presidente, Paul Rosenberg, lo despidió sin miramientos por la dudosa dirección de sus operaciones.

- Pues ya ves que de poco me sirve.

Habría matado por volver.

 

Bill se sumó como pudo al proyecto de Dallas, donde la permisividad era grande. Recuperó su minutaje y hasta tuvo alguna gran noche. En marzo hizo 26 puntos y 10 rebotes a los Lakers. Pero durante 70 partidos pesaba mucho el poco valor del trabajo, la sepultura de cualquier cosa importante y el jugar por jugar en una plantilla de la que entraron y salieron hasta 21 jugadores.

 

Lejos de su esposa Bill encontró rápido amparo estrechando lazos de amistad con Clarence Kea. Pasaban largos ratos en el apartamento, Bill cocinaba para ambos y hasta le compraba algo de ropa porque se empecinaba en hacerlo. “Te sentará bien, ya verás”.

 

Claudia seguía haciendo vida en Kansas mientras en la vida de Bill empezaron a entrar mujeres. Con tan poca discreción que aparecían en los entrenos.

- Hazme un favor –le confiaba entonces a Kea-. Si alguien dice algo, si pregunta alguien por ella, es un ligue tuyo, ¿de acuerdo? No quiero problemas.

Kea era soltero. Bill casado.

- ¿No quieres problemas y te las traes a entrenar? Estás loco. ¿Y tu mujer?

 

Dallas quemó el primer año como arde una hoja caduca. Bill sabía perfectamente lo que estaban haciendo sus Kings, a punto de meterse en las Finales. Se maldecía por verlo.

 

Durante el año el contacto con Claudia había corrido riesgo de enfriar demasiado. Hasta que trató de solucionarlo aprisa.

- Cariño, voy a comprar algo aquí, al norte de la ciudad. Dallas no me trata mal, ¿sabes? Viviremos juntos otra vez. ¿Qué tal Steve?

Les había costado Dios y ayuda ingresar a Steve en otro instituto. Y por fin en julio se metió en la compra de otra casa. Una entrada importante. Un buen dinero. “Bueno, aquí comenzaré otra vez”, se repetía.

 

No contó con nada más. No contó con que en agosto lo enviarían a Utah.

 

“¿A Utah? ¿Y qué hace una familia negra en Utah?”. Bill no pensaba en arrastrar a la familia. “Se ha roto la mano Scott Lloyd. ¿Y en qué te afecta a ti eso? Si quieren a Cooper y Bristow que larguen a otro. No lo entiendo”. De poco servían a Bill aquellos consuelos cercanos.   

 

Se marchó a Utah. Se hundió en un nuevo pozo.

 

Hasta diciembre le acompañó una aparatosa rodillera. Porque tenía dañada una pierna. Tal vez por eso jugara tan poco, llegó a creer. Menos que nunca. “Al diablo con ella”.

 

Nada cambió.

 

En un equipo desastroso Bill no llegaba ni a doce minutos. Ni con Nissalke ni con Layden, dos técnicos a rellenar un año basura. Se daba prioridad a Ben Poquette y hasta al novato Danny Schayes. Nunca había jugado menos.

 

Cayó al décimo lugar de la rotación. Y el final del contrato tocaba a la vista. “Tienes que entender que llegará el día en que todo esto se acabe y te toque poner los pies en el suelo”. Las llamadas de su padre empezaron a ser más frecuentes. Él y Betty habían roto. “Una vida normal, hijo”.

 

En noviembre los Jazz habían jugado en Chicago, momento que Bill aprovechó para visitar a su madre. Y hacerlo en compañía de su esposa, que vería a su suegra por segunda vez en más de tres años. Bill había dejado de ver a su madre con la costumbre que una madre desea. Y con las formas que de un hijo se esperan. “Mamá, ¿te importa pagarme el viaje a Chicago? No te preocupes. Claudia te enviará un cheque”. Claudia no enviaba nada. Y la vez que lo hizo, sin fondos. La madre siempre callaba. Su hijo había mandado ya mucho dinero a su familia, a sus hermanos pequeños.

 

La cena fue un rato terrible. Bill estaba en medio. El intento resultó un fracaso.

 

A finales de enero hasta la prensa pareció darle la espalda. Incluso se demandaba su venta para dar minutos al novato Howard Wood, cerca de recuperarse de una aparatosa lesión en un ojo.

 

Bill siguió buscando refugio en jovencitas. En un par de galas del equipo se presentó con distintas acompañantes. Una de las esposas de la plantilla, en grupo aparte, bramaba a las demás: “Nos está poniendo a todas en un compromiso. No podremos mirarla a la cara cuando aparezca. Qué vergüenza”.  

 

Una mañana, cerca de terminar la temporadad, Bill se presentó en la oficina de Laura Herlovich, consultora, relaciones y administrativa en los Jazz.

- Discúlpame, Laura. Pero ¿podría ver mi contrato?

- Si tú también lo tienes.

- Lo sé, lo sé, pero… verás… quiero preguntar cosas. Cosas que no entiendo. Laura, necesito que me ayudes. Que me informes de todo.

- Claro, Bill, siéntate y lo vemos.

Laura extrajo de una cajonera una carpeta cuyo contenido, varias hojas archivadas, extendió sobre la mesa. Bill vio su nombre en el anverso de la carpeta. Era lo único que reconocía.

- Tú dirás.

- Bueno, ¿qué me falta por cobrar?

- ¿Qué?

 

Nada cambió en adelante. Bill ya era un espectro al que nadie echaba en falta. Los Jazz cerraron la Midwest con 57 derrotas.

 

Su contrato había expirado.

 

Frank Layden se despidió de él con cruda franqueza. “Bill, te soy sincero. No sé cuál es ahora mismo tu valor en el mercado. No puedo hacer mucho por ti. A lo sumo tráeme noticias de qué te ofrecen y veremos en septiembre”.

No se volverían a ver.

 

Bill se acordó de Larry Staverman, que había ocupado todos los cargos posibles en los Kings. El verano anterior Larry había pasado a ser asistente de Art Modell, dueño de los Cleveland Browns de la NFL.

- Larry, qué hay de los Cavaliers. Necesitan a alguien como yo.

- No sé, Bill, déjame que lo mire. Sí, tal vez puedo recomendarte. Creo que podrías serles útil desde el banco.

(Silencio)

- ¿Bill?

- Oye, puede que tengas razón. Pero… no me refiero a eso. No valgo eso. Creo que allí puedo hacer algo más. No sé si me explico. Volver a mi situación anterior. Lo que yo era hasta hace poco –y elevó la voz-. ¡Lo que yo sigo siendo!

- Bill, tu situación es la que es. Acéptalo. Puedo tratar de…

- No, Larry –interrumpió bruscamente-. Yo no valgo eso. 

 

Tres años antes era titular en un campeón de División. Ahora estaba en el paro. Y los días pasaban. Las semanas también. Nadie llamaba ni preguntaba por él.

 

Sam Lacey era su amigo. Años juntos en Kansas contemplaban una amistad verdadera. Seguían charlando a menudo. Sam acababa de terminar su contrato con los Nets y buscaba algo nuevo. Sabía que no le ofrecerían mucho. Estaba mayor y achacoso. Pero con suficiente sentido para aceptar un puestito de reserva en cualquier sitio. La conversación se acercaba a la media hora cuando Billy escuchó de fondo una voz firme, de mujer. Era Arlene, esposa de Lacey.

- Oye, dile que no sea tan orgulloso. Que mañana llame a algún equipo. Que sea él el que llame…

Sam sonrió. Billy no.

 

Poco después salió algo y su agente, Robert Mann, corrió a informarle. Porque Mann andaba a otras cosas y compraría cualquier salida a su caso.

- Bill, Italia. Es seguro.

- Cuánto.

- 65 mil.

- Pero eso…

- Eso es lo que hay, Bill. Abre los ojos.

Ya no era el dinero. Era Claudia. Otra pelea más. No aceptaría ni muerta.

 

Pocos días después recibió una llamada. No muy normal. Le pedían un favor. Otro más. Una de las reuniones entre la NBA y la Asociación de Jugadores en la negociación del nuevo convenio tendría lugar en Chicago. “¿Te importa acudir, Bill? Ya que estás allí…”. Lo haría en calidad de representante de los Jazz, con quienes no le unía nada. Bill ocuparía un asiento anónimo en una de las filas del auditorio, donde temía caer dormido. “Esto de la compensación no sé yo si va a dar resultado”, masculló el tipo que tenía al lado. Bill hizo como que seguía atendiendo.

 

En Chicago pasó días con su familia y hermanos. Con sus amigos de la infancia y juventud. Volvió a coger la trompeta. Tanto tiempo después. “Qué te pasa, hijo. Hazla sonar con fuerza”. Todo era como un sueño. A la mañana despertaría y todos se habrían ido. Porque él ya no formaba parte de ellos. Había perdido los lazos con su pasado. Hacía mucho que así era. Tal vez no formaba ya parte de nada. ¿Qué había hecho mal?

 

Al poco, de regreso a Kansas City, quedaron una noche Sam Lacey, Ernie Grunfeld y él. Era noche cálida y estrellada de septiembre. Se contaron mucho. Se contaron todo.

- Eeeeyy, estás en forma –le abrazó Lacey.

En la mejor de su vida. Bill no había faltado ni un solo día a su entrenamiento personal. Horas y horas en solitario.

- Ernie, ya he visto lo tuyo con los Knicks.

- Sí, espero firmar esta semana. ¿Y tú?

Pasaron unas horas fantásticas.

 

Al momento de la despedida Bill fue el único de los tres que parecía no bromear. O no querer hacerlo.

- Bueno, pues nos veremos en algún rincón de la calle como vagabundos. Para entonces beberemos en latas ¿eh?

- No, Ernie, este invierno nos vamos a atiborrar de mantequilla de cacahuete, ya verás.

 

Hasta pasaría de puntillas entonces la minúscula, casi absurda noticia de que Pizza Hut ponía fin al patrocinio del partido anual entre estrellas de college que había supuesto el nacimiento de Billy como jugador. “Buscamos nuevos horizontes y…”. Se acabó.

 

Aquella segunda semana de septiembre, semana que apagaba un verano muerto, Billy desapareció para todos. 

 

La noche del miércoles 15 Claudia encontró la casa vacía. Llevaba todo el día sin saber nada de Bill y el coche tampoco estaba afuera. Podría haber pasado otra noche sola. Pero lo que encontró sobre la cama de ambos le hizo telefonear aprisa.

 

- Tranquila, se habrá ido a cualquier cine de las afueras. Ya sabes cómo es.

- No, Bill. Ha dejado una nota. Son dos hojas.

- ¿Una nota? Y qué dice.

Resopló.

- Cosas, cosas absurdas, no sé –sollozaba-, cosas sin sentido, que te deja el coche, que…

Claudia leyó al azar cuatro líneas. Repetía demasiadas veces la palabra “deudas”.

- Llama a la policía. Voy a para allá.

 

Claudia se quedó inmóvil apretando la nota entre sus dedos y sus ojos congelados en la despedida:

 

“I always did love you, but you never believed it”.

 

A la mañana siguiente el vigilante de un parking de alquiler en las afueras se sorprendió de que una de las taquillas estuviera abierta. Su cochera tenía la persiana echada sin llave. La levantó fácilmente. Pero de inmediato se echó hacia atrás. Una bocanada tóxica salió de golpe.

 

En el opresivo interior, de poco más de un coche de tamaño, el motor de un Oldsmobile Toronado rugía sordo, incesante, monótono. La matrícula decía: ROBY-1. El hombre no quiso entrar. Era aprensivo. Era prudente.

 

No mucho después la patrulla de policía cedió su paso a Bill padre, que caminaba como un hombre al que acaban de arrancar el alma. Claudia quedó unos metros afuera. El garaje estaba oscuro. Las puertas del coche cerradas. Billy yacía inerte en el asiento de atrás, como cuando de chaval se apretujaba a un lado del sofá.

 

Se había quitado de en medio. Tenía 29 años.

 

Tiempo atrás un rival, alguien que nunca pasó por su vida, sabía más de él que todos los demás. “Robinzine crying”.

 

El teléfono nunca sonó.

 

 

 

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Especial agradecimiento a Steve Marantz

 

 

 

 

09/12/2010

Ahora que han templado algo las voces se escucha mejor. Porque volverán a alzarse más pronto que tarde y otra vez con sobradas razones.

 

Decía J.A. Adande que el baloncesto de Blake Griffin podría resumirse en un sumarísimo manual de tres pasos:

 

Go to rim.

Get ball.

Dunk ball.

 

En igual sentido Chris Mannix iba un poco más allá recordando que mientras la ejecución en la mayoría de los jugadores vive de tres tiempos:

 

Catch.

Control.

Finish.

 

…el novato de los Clippers, aseguraba, lo reduce todo a uno, “in a single, Matrix-like motion”. Como si Griffin fuera al baloncesto lo que Bud Spencer al razonamiento. A guantazo limpio con la duda.

 

Pareciendo exagerada, la reducción se ajusta lo suyo a la realidad. A la que este Griffin recién nacido ha puesto sobre la mesa. Porque realidad es aquí el único fenómeno que importa. No thinking, le titulan los analistas. Como una burla a la teoría. Y más que a las leyes del juego, a sus legisladores. El rayo no es la tormenta. Pero no hay tormenta sin esos poderosos resplandores de luz. Griffin es, pues, rayo y tormenta.

 

Vivimos tiempos agotados de novedad. Tiempos de sobra de medios, de información viral y de retorcidas teorías del baloncesto que engordan hasta la obesidad entre la presunta ciencia de los numeristas (Hollinger), la religiosa vuelta a la técnica (Europa), la poética de la filosofía (Ballard), la sociología iracunda (LeBrongate) y hasta el grafismo estético del Pop Art (Marvel). Rivaliza cada corriente por sacar la cabeza en la red y hacerse visible a través de cuentas y giros que duran, en este mundo de hoy, lo que un suspiro, lo que dura un Tweet.

 

Por eso encierra una cierta ironía, más que la fulminante irrupción de Blake Griffin y su demoledora, aplastante y superlativa realidad, la reacción general a una cosa tan bruta. A un producto tan animal y tan remoto por ello al misal de la palabra.

 

Llegó con un año de retraso. Se sabía entonces que llegaba. Que por fin estaba ahí, junto con otra perla (Wall) que concentró también sus focos. Inicialmente así fue. Pero en cuanto los Highlights comenzaron a inundar la red no hubo nadie que no girara la cabeza hacia los Clippers, hacia ese desierto rojo del que no importaba –ni importa- nada más que una cosa. Y el ‘analismo’ se detuvo embobado viendo al muchacho prender fuego a todos esos papeles y sus rollizos dictados, confirmando la hegemonía de la imagen en Internet. Como si al final lo que más moviera al asombro no fuera más que esas demostraciones de fuerza.

 

Y valdría preguntarse por qué el porno duro funciona también aquí.

 

Qué divertidos ratos debieron pasar los cronistas estas últimas semanas ante el blanco y a veces árido vacío de las páginas a rellenar. Ellos también han jugado, imaginado, alumbrado mates con las palabras. Ellos también querían reducir a Griffin a un sopapo de lenguaje. Redunkulous (Tichelor), Dunk-a-thon / Dunkfest (NBAE), Dunktacular (Howard-Cooper) y hasta técnicos de probada sobriedad -Gladiator (Popovich), Explosive (Dunleavy), My Goodness (Sloan)- entraron en juego.

 

El significado es bien sencillo. El mate es el símbolo Griffin en este primer mes y medio de carrera.

 

Y el mate es, dicho en claro, un tortazo. Y no sólo al hierro ni a los rivales.

 

El mate encarna, representa, sigue siendo el mayor atentado contra todo ese formalismo de palabra hueca que pretende adocenar el juego diciendo cómo hay que jugarlo. Para John Wooden, por ejemplo, Griffin sería una aberración. Esa doctrina arrugada que de vez en cuando asoma con su vara de castigo gastándose humos bíblicos sostiene, por resumir, que la distancia más corta entre dos puntos no es la línea recta y que el baloncesto será más incivilizado cuanto menos manoseado.

 

Contra esa ética del juego Blake Griffin se declara en rebeldía sin saberlo. De manera natural. No es el primero, por mucho que Adande le bautizara como “el nuevo paradigma”. Tan sólo el último en dejar a la finesse en pañales.

 

Cuentan las crónicas, al estilo de las viejas líneas, que cuando Spencer Haywood aterrizó en la ABA una pantera humana andaba suelta por aquellas pistas tugurio de la vieja liga. Y que tan pequeña le quedaba, tan de juguete canastas y prójimos, que más que al novato del año aspiraba al MVP de la temporada, como así fue.

 

Lo que ha impresionado de Griffin no es su condición, todavía embrionaria, de jugador de baloncesto. Lo que ha impresionado de Griffin es precisamente lo contrario: su condición salvaje. O de otro modo: no ser, de momento, un jugador de baloncesto. Ser más bien una fuerza a la vez bruta e inocente no domesticada aún. No es una hipérbole inventada. “Es un atleta jugando a baloncesto –aclaraba su técnico Vinny Del Negro-. Queremos que primero sea un jugador de baloncesto”.

  

Para encontrar analogías algo menos carteleras que a mix of LeBron and Tim Duncan” (Joe McVeigh), mejor atrapar trazos al vuelo de algunos pocos precedentes. Y hacerlo con cuidado tan sólo donde Griffin más se ha reconocido hasta ahora. Uno de los más dignos beneficios de las analogías honestas reside en desempolvar de las vitrinas del museo algunas piezas que dormitan a oscuras, condenadas al olvido o disfrazadas de anécdota.

 

Para empezar qué poco se ha mencionado a un jugador que vino a instalar en el imaginario NBA la bizarra concepción del barbarismo. Ya que a Michael Hentz o Herman Knowings se los perdió la pantalla, Blake Griffin tiene mucho de Darryl Dawkins. De su infantil baloncesto expeditivo. De llegar a comprender cómo actuaría el increíble Hulk –ninguna portada Marvel más acertada- de recibir el balón en órbitas cercanas al aro, de cómo inutilizar toda resistencia y conceder a la fuerza toda esa supremacía que, contra el purismo de los bíblicos, ofende en línea recta, como un proyectil.   

 

Físicamente Griffin guarda además junto a Dawkins, al joven Charles Barkley o a ejemplares algo ambiguos como Clarence Weatherspoon, Rodney Rogers o Byron Houston esa anatomía perezosa al recorte muscular, esa fisonomía halterófila de Wes Unseld que oculta la mayor de las fuerzas mayor bajo un manto más grueso que dactilar. Mostrencos de enormes manos que imaginar sobre un cuadrilátero, cabezas montañosas y pómulos de granito, gemelos como cetáceos y piernas de conífera. Se antojan sujetos que debieron concebir otra vida anterior en la selva bajo alguna forma animal, como eslabones humanos del primate superior.

 

De niño, Griffin adoraba trepar a los árboles. De hombre, es imposible eludir su extraño cruzado genético entre la raza negra del padre y la blanca pelirroja, rutilista, la más caucásica de todas, de la madre.   

 

 

 

 

Lo que vincula exactamente a Dawkins y Griffin no es que apenas un mes después de pisar Dawkins una pista NBA por última vez viniera al mundo un bebé en Oklahoma. Ni siquiera el gesto coincidente en ambos de atrapar su mano unos instantes el balón como una naranja al momento de penalizarles el silbato. O que uno se llevara a la boca una cadena de oro y el otro un protector. Lo que les une de verdad es la ejecución. Fulminar toda idea en torno a ella. Suprimir giros y distancias cuando el hierro queda a mano. Sin ninguna otra intención ni mayor razonamiento. El placer del poder subraya en ambos la autoridad del baloncesto bárbaro y su natural encanto.

 

En eso tampoco han sido los únicos. Motivo de estar muy bien traída la figura de Shawn Kemp y, por qué no, a escala más fina, Dominique Wilkins, siempre y cuando se rescate con ello a la poderosa especie de los matadores enfáticos, caracterizados por hacer del mate su prioridad y desatar colosales dosis de energía en cada uno de ellos, como pequeñas explosiones nucleares.

 

Kemp no fue siempre un matador enfático. No lo fue ni al principio por retraimiento ni al final por ocaso. Pero lo dado por Griffin hasta ahora guarda una atractiva semejanza, más intencional que formal, con el Kemp más bravío de 1992 a 1995. Y asimismo Shaquille O’Neal, el recién nacido Shaq, era por encima de cualquier otra consideración, un matador enfático.

 

Esta enérgica condición se expresa a través del 1) acto:

 

“The unbridled power

The majestic glory

The sheer audaciousness

Of the act”.

(Fran Blinebury, sobre D. Dawkins)

 

Y 2) su fuerza:

 

“Juega cada partido como si fuera el último” (aforismo atribuido a Michael Jordan por una corporación deportiva que va colgando a sus representados citas que nunca pronunciaron). En lo que nos concierne, la idea “Mata cada vez como si fuera la última” nos colorea ya a más de la mitad del Griffin novato.

 

Así también se entiende que a falta de otros recursos cierto Kenyon Martin pareciera entregar su vida a cada nueva embestida o Shawn Marion, el adolescente Dwight Howard y hasta Nene, figurasen en algún momento morteros de repetición (“Dunking Machine”, según Tom Ziller). De ahí que George Karl aventurara sin mayores juicios que Griffin “probablemente liderará la liga en mates los próximos diez años”. Ya lo hizo en college. Lo que puede sugerir algún dominio. Pero a lo peor no más que el dominio del acto más silvestre de todos.

 

- Any goal?

- Getting better.

 

De manera tan sencilla se explica el siguiente paso.

 

Mientras el entorno de la canasta es cada vez más propicio a las complejidades, la realidad del baloncesto, indiferente a esas ambiciones, persiste en su regresión al principio más simple, el más enamoradizo, el baile agarrado del pick-and-roll. No pasa día que no sea tema central de innumerables artículos. Piezas de actualidad.

 

Prueba su importancia que equipos como los Knicks remonten vuelo sobre tan básico eje o una de las mejores cosechas de bases de la historia tenga altamente priorizado gobernar a partir de ese jaque ofensivo. Y mientras Griffin no sea más que un proyectil sin tallar Del Negro asegura que el pick-and-roll preside obsesivamente sus entrenamientos.

 

Qué se pretende con algo así es evidente. Dar una mano al martillo. Porque parece darse entre técnicos y analistas un acuerdo generalizado que no deja en buen lugar a los Clippers. Se suplica, a pesar del madrugón, una mano para Griffin. No una mano cualquiera. Un Steve Nash, un Chris Paul, un Deron Williams o un Rajon Rondo. Una mano dadora que descifre bien esa suerte y haga de Griffin el martillo supremo.

 

Los más críticos con su actual entorno no tienen tapujos en asegurar que jamás veremos un anillo de Griffin en los Clippers y que tampoco conoceremos su mejor versión allí. Les mueve, más que la historia del equipo, una triste tradición.  

 

El ejemplo de los Knicks, de los Knicks más felices de los últimos tiempos, viene a colación precisamente por alguien con el que también se le ha medido: Amar’e Stoudemire (durante más de un lustro otro matador enfático). El actual interior de New York denunciaba, en medio de la breve crisis de noviembre, que mientras no funcionara el pick-and-roll, que mientras no viera cerca a su otra mano (Felton), le estaba costando anotar más que nunca. Y que urgía ponerle el pase al punto, el balón a gusto, la canasta hecha, como Nash hizo durante años con él.

 

Además de la idea de eficacia Stoudemire venía también a indicar algo que de costumbre se olvida en el arte del P&R: evitar el desgaste del ejecutor, dosificar sus energías.

 

Como difícilmente un jugador estelar puede vivir tan sólo del P&R Stoudemire desarrolló con el tiempo dos recursos principales: el tiro de media distancia (y su posible ampliación) y alguna pequeña maniobra con la que penetrar a solas las defensas, referida por él como double dribble.

 

Esta simple argumentación de otro compañero ha calado también en Griffin.

 

Griffin es, como LeBron James, Kobe Bryant o Luis Scola, un verdadero amante del juego que practica. De modo que sus escasos ratos de ocio están repletos de observación y video. De selecto aprendizaje. Por ahí reconocía que ese recorrido técnico en Stoudemire es un objetivo material para él. “Si puedo hacerlo funcionaría. Quiero añadirlo a mi arsenal”. Porque aún no lo tiene.

 

Lograrlo supondría un segundo o tercer paso en esa obligada progresión. De momento ni siquiera ese pilar táctico termina de funcionar realmente en su equipo. Y tanto el novato Bledsoe, como el distante Foye como el rescatado Davis, siguen sin incorporar mayor orden en pista. Tan sólo a pequeños tragos que Griffin sorbe aprisa.

 

Así el mate sobre Mozgov, más que un P&R, era una intención para una ejecución monstruosa.

 

Aquella acción, aquella noche que Royce Young subtituló The Destruction of New York, Griffin ocupó esa hegemónica portada del mundo NBA que muy pocos jóvenes logran conquistar (como Brandon Jennings hace poco más de un año). Porque su partido contra los Knicks se fue sumergiendo gradualmente en una realidad de dibujos animados, en una violenta sucesión de videoconsola. Un banquete hacia el público que ansía más y más bocados como esas comuniones populares y festivas del Streetball.

 

Aquella noche no importaba la derrota. Nunca parece hacerlo con los Clippers por medio y tampoco a las crónicas importó la victoria rival. Fue la noche que consagra a una estrella del futuro. No fueron tanto las cifras como las formas. Un enfrentamiento convertido en un particular concurso de mates.

 

Griffin está en torno a los 95 centímetros de batida en estático con todas las condiciones para ascender por encima del metro ante la posible resistencia defensiva. “No logró saltar sobre mí porque le hice falta”, apostillaba el ruso Timofey Mozgov, la víctima a cuyo entorno, de los compañeros a la prensa, suplicó Mike D’Antoni no recordar la experiencia.

 

Un abuso que, vale destacar, pertenece al rarísimo subgénero de mates monstruosos que se permiten el lujo de despreciar el tacto del hierro y descargan como la balística de los satélites con que soñaba Reagan. Portentos que frecuentaba el joven Olajuwon y alguna vez nos enseñó Dwight Howard. Griffin ya se golpeó la cabeza contra el tablero en Okahoma. Da la impresión de poder hacerlo algún día con el mismísimo aro. 

 

 

 

 

La ligereza de los matadores ingrávidos nunca deja de sorprender. Pero más lo hace cuanto más gruesa la anatomía. Blake Griffin es ligero porque toda su potencia muscular se concentra de manera natural en el tronco inferior. Y aún no en el superior. Al momento de hacerlo asomará, con toda seguridad, Karl Malone y un descenso notable de acrobacias atómicas. Por eso toca disfrutar ahora esos fuegos de artificio. Antes de que la gravedad lo apisone. Porque lo hará.

 

Sorprende todavía más cuando Griffin ya sabe lo que es lesionarse ambas rodillas, especialmente la izquierda, que le birló un año entero de vida deportiva. Y sin embargo nada de eso le importa. Griffin está en esa ciega edad que no conoce la fatiga y aplica además esa inteligencia que sabe que mucho peor que las lesiones es temerlas. “No pienso en ello”. No desmiente así una posible participación en el próximo concurso de mates, evento del que ya conoce la victoria (McDonalds ’07) y que seguramente no le favorezca en exceso. Porque como ocurre en LeBron James, Griffin necesita para la grandiosidad de sus mates el traffic y el fragor del juego, como un matador de partidos, sin ribetes ni sutilezas artísticas.

 

Hay en Griffin además un adulto ordenado. Fue estrictamente educado por su madre hasta tomar el relevo su padre, cuando su futuro se abría claro, atándolo en corto como entrenador en la Oklahoma Christian School, donde quedaba prohibido perder algún título estatal.

 

En edad universitaria el chico había desarrollado la autonomía suficiente para gobernarse a sí mismo. Y elegir la hogareña Oklahoma sobre Connecticut, Duke, Florida, Illinois, Kansas, Michigan State o North Carolina. Su técnico, Jeff Capel, reconocía haber combatido el poder de esos programas gigantes y la ofensiva abierta hacia él con una curiosa forma de recruit. Durante la entrevista el tema central de la charla, sin orden ni concierto, fue la música. “We got to know each other”. Nada de súplicas ni lujosas presentaciones.

 

Presidía después su valioso prospecto para el scout profesional un encabezado que calmaba mucho los ánimos: “Terrific work ethic”. Pero lo que encendía de veras la libido eran otros factores. Volúmenes de peso en press de banca impensables incluso para ejemplares acabados en la NBA o esprintar tres cuartos de pista en 3 segundos y 28 centésimas.  

 

En Playa Vista, el área deportiva de casa Clippers, conocen ya de su estricta dedicación y el propio Vinny Del Negro reconoce estar dejando la progresión del novato en sus propias manos, sin la menor presión ni una dirección específica que lo enrarezca.

 

Como si pasados los primeros resplandores, los más sanguíneos y groseros, Griffin se esté esforzando en ser tomado, si cabe, más en serio. Recibiendo de Suns, Nuggets o Lakers las ayudas propias de un poste veterano o comenzando a entenderse con quien debe de veras hacerlo. A la ausencia de Eric Gordon Griffin rebajó sus prestaciones a los 11 puntos y 7 rebotes. Y empieza también a resonar el murmullo de liberarle de la compañía de Chris Kaman y, cómo no, Baron Davis, hundido en el índice más impopular de su carrera.

 

Sin Kaman estalló Griffin (Vs Knicks) hasta los 44 puntos, 15 rebotes y 7 asistencias, como aquella noche de febrero con los Sooners cuando se fue (Vs Texas Tech) hasta los 40 puntos (16/22) y 23 rebotes en 31 minutos de juego. Sin Kaman resolvió consecutivamente cifras de 44-24-25-20-35 puntos y 15-13-15-14-14 rebotes, como ecos del Haywood adolescente o, según Alex Siskin, como su primer golpe de autoridad en solitario. Un ejemplo de producción cuando su pareja interior ni le resta balón ni protagonismo.

 

Su perfil se aproxima, pues, a algo infinitamente mejor o más exacto de lo que hasta ahora conocemos. Sus fortalezas son demasiado grandes y escapan con mucho a las simples demostraciones de fuerza. Gráficamente Blake Griffin:

 

- Encarna condiciones ideales de reboteador.

- Ha comprendido aprisa el pase en las ayudas.

- A campo abierto acaricia posiciones más bajas (de small-forward e incluso guard).

- Trabaja su tiro de media distancia incidiendo en el modelo bank-shot de Duncan.

- No teme el contacto interior.

- Incorpora al resto de compañeros.

- Parece de ego controlado.

 

Griffin supera con creces las primarias. Todo ese examen que se le venía también encima. Pero lo hace en una franquicia dolorosamente marcada por maldecir a sus más jóvenes, casi el único yacimiento de que ha vivido desde que a mitad de los ochenta figurara un cementerio donde ir veteranos a morir (Wilkes, Nixon, Maxwell, Bridgeman, Catchings, Marques Johnson).

 

Entre 2000 y 2010 los Clippers incorporaron un total de 323 titularidades rookies (los Lakers, 13). Y han sido muchas, demasiadas las veces que el equipo parecía comenzar una nueva y prometedora era de futuro a través de sus novatos. Algunas temporadas eran el vivo ejemplo de la juventud.

 

En 1988: Ken Norman, Joe Wolf, Reggie Williams, Norris Coleman y Eric White.

En 1989: Charles Smith, Gary Grant, Tom Garrick y Danny Manning.

En 2001: Quentin Richardson, Darius Miles y Keyon Dooling.

En 2009: Eric Gordon, DeAndre Jordan y Mike Taylor. 

En lo que llevamos de año: Blake Griffin, Eric Bledsoe y Al-Farouq Aminu.

 

El estigma de Portland con las lesiones es generalizado en los Clippers como una histórica sangría que no escapa a ningún contratiempo. Los Clippers han conocido todos los males y su propietario, Donald Sterling, goza de una de las peores famas en el espectro dirigente del deporte profesional.

 

Intuyendo entonces lo que tienen ahora entre manos sería mínimamente exigible a la credibilidad de la franquicia angelina un periodo dorado de cierta semejanza al vivido en Cleveland de 2003 a 2010. Exigible a Donald Sterling como lo fue a Dan Gilbert. A Neil Olshey como lo fue a Danny Ferry. Y por supuesto, a Blake Griffin como lo fue a LeBron James.

 

Siendo esta última, tal vez, la más verdadera de todas las varas de medir. Los resultados del equipo agraciado.

 

Griffin es la prueba más reciente de que el baloncesto es muy joven. Y que por alguna razón exclusivamente derivada de este deporte la NBA termina incorporando a la más selecta genética de todo el planeta. Y tampoco es ocioso el verde que eligió Marvel para representarlo en forma de Hulk. Porque no es otro el color del recién nacido.   

La alarma pudo encenderse horas antes del cuarto partido, mientras Holzman y McGuire, acompañados por Whelan, el preparador, y Blauschild y Wergeles, los publicistas, aprovechaban entre butacas las horas de sobremesa charlando distendidamente en el amplio vestíbulo del hotel. Afuera, el sol de Los Angeles mostraba su agradable rostro de mayo.

 

Danny Whelan era un sabueso del dolor. Veinticuatro años de profesión habían deformado su olfato. Tal vez por eso giró la cabeza antes de que Willis apareciera. El capitán regresaba de un suave paseo. Antes de alcanzar la puerta giratoria Whelan hizo un gesto con la cabeza y todos miraron a la salida.

- Pero... ¿qué hace?

Holzman parecía el menos contrariado.

- ¿No lo ves? -repuso con algo de hastío, como si conociera de sobra aquella conducta.

Willis cojeaba ostensiblemente. Y cuando camino del ascensor vio de reojo que le observaban trató de disimular alterando su paso. Con torpeza.

Pasó de largo.

 

Los Knicks perdieron aquel partido en Los Angeles. La serie empataba a dos.

 

Antes de cumplir los treinta años Willis Reed ya era un cristo. Un cristo negro y grande. El problema de sus rodillas era irresoluble. Un día una, otro día otra, al siguiente las dos. Era algo crónico, como una parte más de la plantilla. Por forzosa prudencia le libraron de entrenar antes del quinto partido. En el primero estuvo cerca de romperse el hombro. Informado de todos los detalles sobre el estado de su cuerpo Holzman lo tuvo fácil: "Oye, ¿hay algo en él que esté sano?".

 

Tres días después, de vuelta en Nueva York, restaban tan sólo unos minutos a la primera parte. El vestuario estaba vacío. Pero no la sala contigua, la de los preparadores. Allá adentro clamaba la rabia. La rabia del impedido que ha sido descubierto.

Willis se incorporó en la camilla sin llegar a posar los pies.

- Déjame volver.

- ¿Estás loco?

Whelan se secó la frente. Sudaba. Amagó con contenerle sin que fuera necesario. No podría tenerse en pie.

- A ver, levanta la pierna.

Willis lo intentó en vano. A la segunda vez se estremeció de dolor. Callaba, como siempre. Pero unos ojos fuera de las órbitas delataban el tormento.

En ese instante entraron los doctores Patterson y Parkes.

 

Al descanso no hacía falta preguntar. Entrar en el vestuario y no ver al capitán no era buena señal. Hosket, Bowman y Warren, los más rezagados, habían escuchado salir de algún sitio la moscosa voz de Cosell. "¡Los Knicks 13 abajo!". Poco para cómo habían empezado los Lakers, anotando 12 de sus 15 primeras posesiones.

 

En un abrir y cerrar de ojos la vida se desparramó por las taquillas. Algunos cayeron a plomo, como en señal de cansancio, lo último que Holzman quería ver. Un sordo silencio inundó la sala, uno de esos silencios de presagio, de que algo no está en orden. El viejo no ocupaba además el centro de la estancia como era costumbre. Había entrado a la otra sala,  junto a Willis y los médicos. La repentina tos de Barnett impedía oír nada. Bowman y Hosket estaban tiesos, como asustados. Era el precio de marcar a Chamberlain.

 

Adentro, tendido en una camilla, Willis se tapaba el rostro con la mano. "¿Aquí?". El doctor James Parkes apretaba los dedos contra su pierna derecha, a la altura del muslo. Whelan sostenía una toalla que Willis había rechazado. Una toalla no calma el dolor. Holzman sólo hizo una pregunta. "¿La rodilla?". Whelan negó con la cabeza antes de que Parkes añadiera lo que nadie quería oír: "No va a poder".

 

Era difícil de creer. Porque no parecía haber ocurrido nada esta vez. A los ocho minutos de partido, con diez abajo, Willis había recibido el balón junto a Chamberlain en la frontal del aro. Giró a su lado bueno y de pronto, sin que nadie le tocara, cayó al suelo, derrumbado, abatido como por un disparo de bala allá donde se echaba mano, en su pierna derecha, en algún otro resorte sublevado.

 

 

 

 

 

Ya eran muchas las heridas. Todos lo sabían. Willis llevaba años aguantándolo todo y nadie a esas alturas creía que no fuera indestructible. Pero nadie contaba con que fuera a romperse precisamente ahora, a dos pasos del final. Pensándolo bien parecía mentira que hubiese llegado hasta allí. Pero mucho más que algo pudiera con él.

 

De entre las muchas impresiones que asediaban la cabeza de Holzman la más molesta insistía en haber abusado de él. Willis acumulaba 191 minutos en cuatro partidos, la mayoría contra el deportista más indefendible del mundo. Pero no había otro remedio.

 

Tal vez le había creído demasiado. El hombro, la rodilla, los tobillos, la cadera. Daba igual. Su respuesta nunca variaba. "No me pasa nada". Las señales no decían lo mismo. A medida que avanzaron las series su rodilla izquierda se le había ido inflamando. Más y más. "Estoy bien, déjame". Sin embargo todos fueron testigos de su reacción en el vestuario de Los Angeles al término del cuarto partido. "¡Ni la toques!". Un periodista simplemente había señalado con el dedo su rodilla, hinchada como una pelota.

 

El cuerpo médico hacía su trabajo. Pero Willis era tozudo como una mula. Era entonces cuando revelaba de verdad sus raíces en las granjas de Louisiana. Holzman había dejado de creerle aunque no le llevara la contraria. Porque salía ahí afuera y jugaba. Por alguna extraña razón ajena al resto de los mortales lo hacía. Sin que ninguna herida de guerra lo impidiera.

 

A veces daba la impresión de que se tomaba su cargo de capitán muy a pecho. Nada había cambiado desde que ocupara su posición natural de cinco a la salida de Bellamy del equipo. Sólo que ahora Willis Reed parecía sentirse el capitán de toda la liga, de la que fue nombrado su jugador más valioso aquel año 1970.

 

Holzman dio media vuelta y ocupó el centro del vestuario. Pero tardó en hablar, como si estuviera pensando qué decir después de dar la noticia.

- Bien -y miró a su alrededor para que todos lo supieran-, Willis no va a estar con nosotros.

Los que estaban quietos se mantuvieron quietos. Los que secaban su sudor también. Frazier y Barnett alzaron la mirada. Pero nadie dijo nada. El viejo continuó y sus primeras palabras sonaron como un zumbido en los oídos de todos. Incluso en él mismo pudieron sonar así. Porque aludir al espíritu colectivo, al sacrificio que ahora era más necesario que nunca, era algo con lo que hacía ya demasiado que todos contaban. Porque eso eran los Knicks. Una democracia perfecta. A la que hasta entonces nada había asestado un golpe mortal.

 

Bradley tomó la palabra. Solía hacerlo cuando las ideas goteaban. Salir de Princeton era hacerlo con la cabeza bien llena.

- ¿Por qué no les cazamos con una 1-3-1? Si no está Willis nos veremos más sueltos para poder hacerlo. Se trata de que no puedan salir fácilmente, de molestarles en lo posible.

Se levantó como para dar más fuerza a sus palabras. No era un gesto baldío. Señalaba a uno y a otro, espoleaba los ánimos y desvanecía las dificultades. Sonaba como de costumbre convincente.

Holzman tomó el testigo. Los siguientes minutos volaron a ras de suelo. No se escuchó más que su voz, salpicada por ademanes firmes que encargaban a cada cual su tarea. Una tarea de todos.

 

Dos vigorosas palmadas pusieron en pie el vestuario. Ya no había tiempo para más. Tan sólo para un detalle del jefe, como un amuleto. "Podéis pasar a verle". Acto seguido entraron en tromba y formaron un corro en torno a Willis, sentado sin camiseta sobre la camilla, cabizbajo y con su colgante de oro a un palmo del pecho. No tenía nada que decir. Tal vez los demás tampoco. No hasta que Frazier bromeó. "Eh, señorita, ya no eres más nuestro capitán, ¿sabes?". La amistosa mano de Bradley se posó sobre aquel titánico hombro ahora inútil. "Sólo lo serás si vuelves". Willis levantó la mirada hacia ellos. DeBusschere tenía pegada al rostro su habitual mueca de payaso triste. Willis esbozó una agria sonrisa. "¡Vamos!", ordenaban al fondo. Todos salieron corriendo.

 

El capitán quedó a solas, abriendo así una frontera insalvable entre dos mundos. Un par de puertas y pasillos más allá se libraba una batalla todavía sin nombre. Adentro se libraba otra en silencio. Pero Whelan tuvo el certero gesto de abrir la megafonía interna para que llegara a Willis la narración de Johnny Condon, su voz confortable y austera. El gigante sabría así cómo iban las cosas.  

 

En aquella segunda parte los Knicks obraron el milagro.  Pudieron disputar los mejores 24 minutos de su historia. Forzaron a los Lakers a perder 19 balones. Ahogaron a Jerry West y Wilt Chamberlain a un pozo desconocido. Entre los dos pudieron lanzar únicamente cinco veces, diecisiete menos que los Lakers en conjunto. Fue tal vez la mayor demostración defensiva vista hasta entonces.

 

El suelo del vestuario tembló cuando después de 41 minutos y 19 segundos un tiro de Bradley desde la esquina puso a los Knicks por delante por primera vez. El Madison rugía. Y desde allá adentro parecía hacerlo a lo lejos, como en otro lugar. Willis perdió por momentos la sensación de estar allí. Le parecía estar soñando. Y sólo los nervios finales le hicieron ver que efectivamente estaba allí. "It's gonna be all over! Frazier steals again! Frazier's shot is good!". La emoción hacía desaparecer el dolor.

 

Los Knicks se adelantaban 3 a 2 en la serie.

 

Cuando el bramido de la multitud se colaba por todos los rincones una manada de prendas blancas se abría paso a golpes. Entraron en tropel dando saltos de júbilo, electrizados, extasiados. Poco antes Willis se había incorporado y dado unos pasos hasta su taquilla. Quería recibirlos en pie, como merecían. Apoyaba su mano izquierda en la pared cuando la puerta se abrió de golpe. En un segundo el vestuario estaba lleno y al siguiente se le echaron encima. "¡Qué grande!". Le empujaban. "Yeeeeesss!". Gritaban y le zarandeaban. Willis sonreía. Parecía un abuelo gozoso por el revoloteo de los nietos a su alrededor. "Ha sido increíble". Por poco le tiran. Cazzie Russell le agarró por las sienes y le estampó un sonoro beso en la mejilla. "We did it for you, big fella!". ‘Caz' tenía motivos de alegría. Su ayuda había sido inestimable. Veinte puntos desde el banquillo, seis de ellos seguidos para abrir brecha en los últimos minutos.

 

En un rincón Holzman no olvidaría jamás aquella escena, la más importante en su carrera como entrenador. Y nada de lo que viniera después cambiaría su elección.

 

Pero cuando todo pasó el problema seguía estando ahí.

 

El viaje a Los Angeles se hizo muy largo. Nadie sabía si Willis podría jugar. Tan sólo que viajaría con los demás. Porque Holzman no quería dejarle a solas en Nueva York. De haber estado en cama se lo habría llevado a cuestas.

 

Nada más aterrizar Parkes y Willis tomaron un taxi aparte. El doctor había previsto la visita a una clínica. Que el capitán pasara allí todo el tiempo necesario. Ultrasonidos, hidromasaje, calor y baños de hielo. Lo que fuese. Pero no hubo nada que hacer. "No va a poder jugar".

 

Jerry West y Wilt Chamberlain se desquitaron con 78 puntos. El base, al que una lesión en el pulgar izquierdo no había disuadido de jugar, se fue hasta los 33. El pívot, hasta los 45 fallando tan sólo siete de sus veintisiete lanzamientos. El agujero era muy grande. Y los Lakers lo acababan de recordar a gritos.

 

Habría un séptimo. Y tan sólo jugarlo en casa asomaba tiernamente como ventaja.

 

Nada más terminar el partido Willis y Whelan salieron disparados hacia el aeropuerto. Volarían solos. No había tiempo que perder. Aterrizaron en el Kennedy a las siete menos cuarto de la mañana. Cerca de las siete y media un taxi les dejaba en la 33, junto al Garden. A esa misma hora, a casi cuatro mil kilómetros de allí, partía desde Los Angeles el resto de la expedición neoyorquina.

 

Si el viaje de ida fue largo el de vuelta se hizo eterno. La situación no era nada sencilla de digerir. Unos días antes todos habían acariciado la oportunidad que tenían delante. Ahora no podían verla. Había en medio un muro demasiado grande.

 

Holzman era hombre curtido en mil batallas. Antes pragmático que optimista. No creía en la mala suerte. Había formado el equipo perfecto. Lo demostraba aquella dentellada a la liga de 23 victorias y 1 derrota de inicio. Y una racha de 18 alegrías, la más prolongada que había conocido el campeonato para un total de 60. Pero entrado el curso irrumpieron otras señales menos gratas. En marzo Eddie Donovan, el arquitecto de lo que tenía entre manos, había abandonado el cargo para aceptar dirigir el proyecto de Buffalo. Red Holzman se hizo cargo de todo. Ned Irish aceptó. El dueño confiaba demasiado en Holzman como para no hacerlo.

 

Unas semanas antes la muerte de Kazuo Yanagisawa, el veterano trainer de Knicks y Rangers, había cogido a todos por sorpresa. El verdadero sentido de Yana, como todos le conocían, equivalía al del santero en la tribu. Era el único al que se permitía fumar en el vestuario cuando un jugador precisaba su atención y cuidado. Porque parecía entrar en trance. Su tacto detectaba y sanaba. Era el hombre con rayos x en las manos que había sanado la rodilla de Hosket y preservado intacta la fuerza de Russell. Pero que se fue antes de hacerlo con la espalda de Phil Jackson. La mañana del funeral Tom Hoover, Nate Bowman y Dave Stallworth fueron detenidos por la policía porque el coche prestado a Hoover por un amigo había sido robado once meses atrás. Un abandono, un funeral, una comisaría, algunos heridos y ahora Willis. El destino interponía obstáculos absurdos, como con malvada intención de minar una construcción muy delicada.

 

Holzman hacía recuento y nada era comparable a jugar sin Willis.

 

Dick McGuire era a los Knicks lo que Auerbach a los Celtics. Dos años atrás, cuando Holzman dirigía el despacho y McGuire el banquillo éste le propuso un cambio de roles. Holzman aceptó y ahí estaban ahora los dos, cruzando el país a una altura que nunca imaginaron tan grande.

 

McGuire gozaba siempre de buen ánimo. Nunca le faltaba una sonrisa. Una confianza ciega que ejercía gran ayuda en Holzman. Tal vez por eso tardó horas de vuelo en dejar caer la cuestión más importante, en hacerlo con prudente suavidad.  

- Qué vas a hacer.

El técnico giró hacia él la cabeza antes de bajar la mirada.

- No lo sé.

- ¿Le vas a forzar?

- ¿Yo? -ironizó- En caso de obligarle a algo será a que no juegue. Ya sabes cómo es.

- Pero ¿y si no puede?

- ¿Cómo?

- ¿Y si no puede jugar?

Holzman se giró de cuerpo entero. Ahora todo en él desprendía severidad.  

- Dick, no puede jugar. Y más vale que nos hagamos a la idea.

- Pero...

- Escúchame bien -cortó en seco-. No voy a mover un dedo si no puede jugar. Aunque fuese la última oportunidad que tuviera delante. No quiero ponerle en riesgo. No me importa el campeonato. No si eso supone acabar con su carrera. No voy a ser un verdugo.

 

Los masajes no lograban ningún efecto. El desgarro muscular era muy serio. Y el dolor, que afectaba a pierna y cadera, no remitía. "Vete a casa y descansa. Que sea lo que Dios quiera", fue lo último que escuchó Willis del especialista. La víspera había volado y con ella la esperanza.

 

A primera hora de la mañana del viernes, día de partido, el país entero respiraba un aire tenso. La presión popular asediaba a Richard Nixon días después de que cuatro estudiantes de Kent State fallecieran por disparos de la Guardia Nacional en medio de las protestas generalizadas por la invasión de Camboya. Entretanto, en un cuadrante mucho más pequeño de la realidad otro ánimo de combate se traducía en palabras durante una consulta, la última de la temporada.

 

Parkes observaba aquella pierna con cruda resignación. Hasta un médico llega a creer que las horas de sueño pudieran obrar un milagro. "Estoy bien, podré jugar". Si no fuera por Willis parecían palabras pronunciadas por un loco. Whelan se había sumado a la cita y seguía masajeando la zona.

No contestaron. Poco después el preparador se detuvo.

- Muy bien, ponte de pie y sal ahí fuera a ver qué tal.

Quería verle caminar, si es que podía hacerlo. "Cuidado". Los primeros pasos estaban cargados de patetismo. Su inmenso cuerpo daba pequeños empellones, como si aprendiera a andar.

- ¿Puedes?

Le siguieron hasta la pista, a cuya entrada se hizo con un balón. Con él en las manos caminar era más engañoso. Fingía mejor la cojera. Calentó los brazos con unos cuantos lanzamientos y empezó a repetir consignas que sonaban a órdenes.

- Puedo jugar.

Willis hablaba solo. Su voz se perdía entre la inmensa resonancia de un Madison todavía dormido.

- Mira, vamos a ponernos en lo peor. ¿Qué es lo peor que me puede pasar? ¿Lesionarme? -era la lógica de un chiquillo-. He jugado otras muchas veces con dolor.

- ¿Puedes doblarla?

Afligía hasta la compasión ver su pierna derecha completamente rígida, como un bastón, evitando cualquier movimiento que diera al traste con lo que él, tan sólo él, había decidido.

- Voy a jugar.

 

Al poco James Parkes puso fin a aquella farsa.

- Willis, vete a casa, come y descansa. A la tarde estaré por aquí.

El capitán desapareció penosamente por el túnel. Parkes y Whelan se quedaron a solas en la banda.

- ¿Sabes, Jimmy? Haría lo que fuese por cumplir su deseo.

El doctor se había quedado mirando el vacío dejado por el capitán. Como embobado -"¿Jimmy?"- y con aire enigmático.

- Él también -murmuró finalmente.  

Tenía que hacer una llamada.

 

- ¿Estás completamente seguro?

Holzman era hombre de palabra.

- No quiero ponerle en peligro -añadió-. No quiero ningún riesgo, ¿de acuerdo?

 

 

Cerca de dos horas antes de comenzar aquel séptimo y definitivo partido de las Finales de 1970 los alrededores del Madison ofrecían la agitación habitual. Acaso más temprana por el número de gente congregada. Adentro, todavía a puerta cerrada, Willis, en chándal, practicaba tiros libres. Viéndole no parecía lesionado. Porque no se movía. Soltaba los brazos, metía los tiros, calentaba a gusto. Era como si estuviese sano. Y lo estaba si no se movía de allí.

 

Cuando los Lakers salieron por primera vez a pista se sorprendieron al verlo. "¿Pero no estaba lesionado?". Joe Mullaney, su técnico, no le quitó ojo hasta respirar aliviado. "Y lo está, ¿o no lo ves?". Tenía que ser alguna treta. Saltaba a la vista que Reed estaba demasiado dañado para poder jugar.

 

El tiempo volaba. Las gradas se fueron llenando y de Willis ya no quedó ni rastro.

 

El reloj marcaba las siete y veinticinco de la tarde cuando Holzman daba las últimas instrucciones. Instrucciones a puerta cerrada. Willis tenía puesto el chándal. Apoyaba pesadamente su cuerpo contra el marco que separaba las dos salas. Las palabras del viejo eran perfectamente las mismas de mil veces atrás. Pero esta vez sonaban distintas. Asestaban golpes certeros, encendían el alma de los allí presentes. Tenían algo de manifiesto, de religiosa fuerza. Durante un instante la cabeza de Willis remontó muchos años atrás, cuando aquel simple asistente de instituto, Duke Fields se llamaba, grabó en su memoria una cita -"In the game of life, you should always try"- que ahora tenía ocasión de hacer realidad.

 

Holzman reiteraba una y otra vez el trabajo atrás. Lo hizo muy por encima del ataque. Como si de atacar ya supieran todos demasiado. Bradley acudió a calmar a Stallworth, al borde del derrumbe. Todos no llevaban los nervios igual. "¿Y Willis?", preguntó Frazier antes de que se levantaran. "Salid fuera. ¡Vamos!". Era la última orden y acto seguido todos formaron una sagrada fila que abriría la batalla de sus vidas.

 

Walt Frazier, Bill Bradley, Dave DeBusschere, Dick Barnett, Cazzie Russell, Dave Stallworth, Mike Riordan y Nate Bowman salieron a recibir al invitado y sus fauces de monstruo. No había más que ver a Wilt Chamberlain, Jerry West y Elgin Baylor. Sabían mucho más de estar allí que cualquiera de ellos. Tan sólo Dick Barnett lo sabía. Había visitado con los Lakers las Finales de 1963 y 1965, un lugar que los Knicks no alcanzaban desde diecisiete años atrás.  

 

Abarrotado y con sus mejores galas el Madison daba perfecta cuenta del momento. Pero Willis no estaba allí.

 

En un rincón del pabellón, mucho más al fondo de lo que la realidad hacía presumir, se vivía una escena de muy distinto signo. La seguridad vigilaba estrechamente la entrada. Tampoco nadie lo hubiera intentado. Porque todo estaba ya listo. Todo a punto de comenzar. Pero parecían proteger algún recóndito secreto, un misterioso acto que encerrase algo de prohibido, que consumar a espaldas de toda luz.

 

- No te muevas. Será un momento.

Willis estaba en pie. Vio salir la aguja del maletín con un repentino malestar. Era la más grande que había visto nunca. "Pero eso es... para un caballo". La miró por última vez. Brillaba en silencio. Desprendía un misterioso brillo afilado. Parkes, de rodillas, apuntó con ella al techo muy cerca de sus ojos asegurándose de que una gota asomaba en su filo. Cuando acercó la espada al muslo Willis giró la cabeza. Sintió el pinchazo. Apretó los dientes y entornó la mirada. Sobre la camilla, junto al maletín, un pequeño bolso a medio abrir dejaba a la vista unos botecitos con nombres extraños -Xylocaine, Carbocaine, Cortisone- y de siniestra fuerza -Decadron. Él sabía lo que cualquier otro mortal. Absolutamente nada de corticosteroides. Parkes le había dicho que eso le ayudaría. Pero por qué tardaba tanto, se preguntó mientras vaciaba la mirada en el techo. Fueron dos pinchazos. Del segundo ya ni supo.

- Listo.

Willis no sintió nada más que el alivio de verse libre.  

- Anda -ordenó el doctor con aire bíblico.

 

Holzman lo sabía todo. Aguardaba afuera impaciente. Pero tan sólo por verlo aparecer. Había hablado con él. Fue el último en salir antes de los pinchazos. "No quiero que corras, no quiero que saltes. Sólo quiero que molestes a Chamberlain todo cuanto puedas. Eres el único que puede hacerlo". Y no había aclarado nada a Cosell ante las cámaras de la ABC. "Cuando haya tiros libres no te pongas al rebote. Los demás ya lo saben. Vete al otro lado y espera allí". El viejo, como el resto del grupo, sabía que en aquella situación un Willis cojo era más valioso que cualquier otro de sus jugadores.

- ¿Sientes algo?

- No sé, como un pequeño cosquilleo.

- ¡Sal, vamos!

No había tiempo para más y Willis enfiló hacia la puerta, donde dio media vuelta antes de pronunciar un último grito de guerra: "There's no tomorrow!".

 

Eran las siete y media cuando un brutal restallido concentró la atención de la multitud hacia el túnel. "Here comes Willis!", se apresuró Marv Albert desde su posición poco antes de que él mismo dejara de oírse.

 

Durante su avance a pista Willis sintió un peso inconcebible echársele encima. Y una brizna de locura como el último golpe de unos segundos que sabían a sueño. El Madison se había dado la vuelta. Y no redujo la ovación hasta los acordes del órgano. Durante la presentación Willis pareció realizar una reverencia al público. No lo era. Estaba saboreando aquel extraño brebaje circular por su pierna, que levantó un par de veces palmeándola para reconocer que era suya. Los doscientos cincuenta miligramos de carbocaína empezaban a obrar su cometido.

 

La primera acción de partido resumió a la perfección lo que estaba ocurriendo. El primer tiro de Baylor no alcanzó el aro. Bradley salió disparado hacia delante como un proyectil. Hizo llegar el balón a Frazier que aguardó un segundo la entrega a Willis. Sin mediar palabra el capitán lanzó a canasta y puso en llamas el recinto. Jack Twyman tuvo que elevar la voz al micrófono. "He's not running!". Willis aguantó al rebote el primer tiro libre de Bradley por primera y última vez. La siguiente canasta en juego también fue suya. Todo lo era. Su mensaje había sido inscrito en el aire. Y ni un solo renglón iba a torcerse en adelante.

 

Aguantó en pie poco más de veinte minutos. Veinte veces más de lo que un hombre normal hubiera soportado.

 

 

 

 

El marcador no daba explicaciones. 69 a 42 para los Knicks.

 

Al descanso el caos se apoderó del vestuario. Willis ocupaba otra vez su otro lado, recostado sobre la camilla. Combatía el dolor un poco fuera de sí.  "Os lo dije, os lo dije". Parkes y Whelan le miraban sorprendidos. Como si la droga le hubiera subido también a la cabeza. Repetía frases de manera inconexa. Palabras inflamadas y que mezclaba con gruñidos de furia. Whelan le estrechó la mano en señal de calma. "¿¡Me habéis oído!?". Holzman irrumpió en la sala. "Red, estoy listo". El viejo asintió con la cabeza. No dijo nada porque en realidad ya había planeado la segunda mitad sin él.

Pero Willis tenía otros planes.  

- Ponme otro.

- ¿Qué?

- Que me pongas otro. No tengo ningún miedo. Pínchame otra vez.

La escena tenía algo de grotesca.

- Vamos.

Una mirada de Holzman convenció a Parkes al instante.

- No, Willis, ya es suficiente.

 

Todos salieron afuera. Todos salvo el capitán, una vez más a solas. Del maletín no había ni rastro. No tenía sentido seguir allí. Parkes no supo qué hacer -"Adelante"- porque ya no había que hacer nada.

 

Hasta la posición de comentarista que ocupaban Jack Twyman y Chris Schenkel llegó una información equivocada. O tal vez la que era preferible hacer correr, tal y como probaba la reacción de Twyman a micro cerrado: "No me sorprende. Odia las agujas".

 

Holzman puso de salida a Bowman, que había estrechado ya la mano de Chamberlain aguardando el salto. Pero de repente el pabellón se vino abajo otra vez. Willis Reed volvía a encender el recinto saliendo en el último momento del túnel de vestuarios. "Maldito liante". Cualquier otro entrenador rival habría pensado lo mismo. Aquella parafernalia hedía a trama psicológica, a cartas marcadas, a encerrona.

 

Con todo listo Holzman reclamó la atención de Mendy Rudolph, el árbitro principal. Quería a Willis adentro. Rudolph accedió. Desde el centro Chamberlain reaccionó a disgusto. Aplastaba a los Lakers una opresiva atmósfera de preciso y hasta malvado control. Y poco podían ellos hacer.

 

Willis aguantó vivo otros seis minutos. Abandonó la pista como un viejo rey con 78 a 52 a favor. "Métele el codo en la espalda", confió a Bowman antes de caer rendido al banquillo. Había algo de sobrehumano en sus últimos pasos, de heroica tragedia de final feliz, de historia mayúscula que los segundos devoraban con prisa. En su fuero interno Holzman sentía alivio de verlo a ratos en pie y no allí sentado, como si alejara así la aterradora imagen de una silla de ruedas.

 

Ahora el viejo podía hacerles correr a gusto. Y todos lo hicieron. Y la segunda parte fue coser y cantar. Una fiesta que espera el comienzo de otra.

 

 

 

 

Cuando todo terminó una alegría desbordante lo inundó todo. Una de esas alegrías vírgenes que se saborean mejor la primera vez.  Por eso en el vestuario se vivieron momentos que llevarse como tesoros a la tumba. Y todos quisieron tocar al capitán. Los hombres también lloran. Era el final del camino. De un camino trazado antes por alguna mano invisible.

 

Aquella noche Nueva York resplandecía. Desde entonces todos los viernes lo hace. A eso de las diez puede verse un brillo afilado y fugaz en la punta de algún rascacielos.
28/10/2010

- Ha sido alucinante.

- ¿De veras?

- Ha sido la mejor prueba que he visto en mi vida.

Tellem sonrió por dentro.

- Vaya, Jerry, me alegra que lo digas.

- Tenemos que encontrar la manera de traerlo aquí.

El auricular pareció saturarse durante unos instantes. Arn Tellem había resoplado, como esperando que aquella honda respiración reflejara a su interlocutor las tremendas dificultades para cumplir ese deseo. West aguardaba una respuesta. Pero en su lugar recibió una pregunta.

- Elegís en el número veinticuatro, ¿verdad?

De las que molestan sin querer.

 

 

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Era un niño café, inquieto y vivaracho. Un niño espabilado que a la hora de la cena daba un ligero respiro a su madre, con la cuchara llena esperando y atenta a la pequeña pantalla a la que el crío pegaba su dedito cada dos por tres antes de volver la mirada buscando la aprobación. "Sííí, es papá -decía en tono paciente- ¿Quieres venir?". Entonces volvía a coger la pelota y con la punta de la lengua entre los labios avanzaba azaroso hasta la cesta de plástico junto a la ventana del salón y la llevaba tras su cabeza antes de intentarlo otra vez o caer de espaldas sobre la alfombra. "¿Sabes, mamá?". Cada noche que papá salía en la tele repetía la misma canción. "Yo algún día jugaré en la...". Y a veces mezclaba las letras.

 

Otra cucharada.

 

 

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Joe Bryant era un prodigio en el instituto John Bartram de Philadelphia. Le cortejaron después Maryland y Notre Dame. Pero prefirió no moverse de casa y jugar para La Salle.

 

Atlético y fino como una estaca no sólo rebasaba los 2.06 de estatura. También creía estar por encima de la tradición de jugar cerca del aro y hasta de la aparente vida normal de un estudiante. Él siempre quería algo más. Así durante su segundo año universitario tomó la decisión de su vida. Ya casado presentó su financial hardship porque su mujer esperaba una niña y el draft de 1975 lo acogió con los brazos abiertos. Pero Joe no quiso a los Warriors por muy campeones que fueran y Dirk Vertleib, responsable de su apuesta, se quedó con un palmo de narices.

 

Joe quería más pasta. Y a ser posible, en su natal Philadelphia. Con femenino cálculo obró su cometido hasta lograr que los Sixers le ofrecieran siete años y un millón y cuarto de dólares. Objetivo cumplido. El siguiente era justificar su temprana solicitud con más familia. Y enseguida llegó al mundo Sharia, un año después Shaya y al siguiente, por fin, un niño, al que llamaron Kobe.

- Pam, no me digas que no suena de maravilla.

- No sé, es un nombre tan raro... ¿tú crees?

- Es un nombre único para un chico único. Nuestro hijo. Brinda conmigo.

Su seductora sonoridad le atraía mucho más que el sabor de aquella tierna carne nipona que el matrimonio se daba el gusto de vez en cuando de cenar.

 

 

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Desde mucho antes del verano la estrategia de Jerry West tenía un único objetivo que el paso de las semanas convirtió en obsesión: hacerse con Shaquille O'Neal. Pero no iba a ser fácil. El equipo adolecía de obesidad salarial y urgía una reducción de gastos que obligaba a acometer una limpieza de arriba a abajo.

 

Para cuando los Lakers cayeron en primera ronda ante Houston la limpieza cobró forma en la agenda personal del director deportivo. Si uno abría la página indicada encontraría una lista escrita a mano que presidía Magic Johnson -"He cumplido un deseo y ha sido maravilloso. Pero se acabó"- y Sam Bowie, un envase defectuoso a punto de caducar. Esas dos eran bajas seguras, de las que fulminar cómodamente un solo tachón. Dos dedos más abajo se iniciaba otra columnita: George Lynch, Anthony Peeler, Derek Strong, Frankie King, Fred Roberts, Sedale Threatt y Anthony Miller. Con gusto habría arrancado esa página.

 

West hizo cuentas sin ellos y aún era insuficiente. Torció el gesto algo contrariado. Había que tocar algo más gordo.

 

 

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- Nos vamos.

- ¿Qué?

- Que nos vamos a Italia. Todos.

Era una decisión que Pam esperaba pero no por ello el momento de tomarla perdía fuerza.

- Cariño, ¿estás seguro?

- Completamente. No quiero esperar más tiempo.

Había algo de despecho en sus palabras. Un año en blanco era demasiado para un tipo que aún no había cumplido los treinta años.

- Tengo un contrato -añadió-. Allí ganaré algún dinero. Los niños estarán bien. Aprenderán muchas cosas. Después volveremos. Tendré un ojo puesto en lo que pueda llegar desde aquí.

Porque Joe seguía esperando una llamada. Reincorporarse a la NBA. Una NBA que le había dado la espalda por su fama de jugador aburguesado. Nadie entendía su alergia a la pintura, su falta de rebote, sus pocas ganas de pegarse con hombres de su talla. Porque los centímetros obligaban a cosas que Joe eludía, habiendo dejado ese mismo sabor algo agrio en Philadelphia, San Diego y Houston.

- Estaremos mucho más tiempo juntos -aseguró al abrazarla-. Son... unos treinta partidos. Sólo uno cada semana.

Pam bajó la mirada, como si al hacerlo el futuro se le aclarase algo más.

- Y... ¿dónde?

- Es una ciudad. Podría ser Philadelphia. Tengo un contrato. Nos darán una casa, un coche y hasta un buen colegio para los niños. Ellos se ocupan de todo. No te preocupes. No nos faltará de nada.

 

Al tomar el avión, aquel mes de septiembre de 1984, los Bryant tan sólo conocían su destino al noreste de Roma. Pero absolutamente nada de las cuatro ciudades -Rieti, Reggio Calabria, Pistoya y Reggio Emilia- que les harían de hogar en los siguientes siete años.

 

 

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A medida que se acercaba el draft West haría lo propio con distintos equipos. También había lista para ellos. No parecía año de hacer mucho trato. Y no porque él no quisiera. Sino porque nada de lo que había en el equipo parecía despertar mucho entusiasmo fuera. Así lo probaba la desbandada de interlocutores y aquellos tres únicos equipos sin tachar -Atlanta, Sacramento y Charlotte- a los que daba vueltas sin sacar nada en claro.

 

Acabando mayo West sintió cierto alivio por la debacle de Orlando a manos de Chicago y vio con buenos ojos la aparente ruptura de Shaq con su entrenador Brian Hill. Como si otros le allanaran un poco más el camino.

 

 

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El equipo entrenaba en el pequeño Palaloniano de Rieti. Si la cosa era por la tarde Joe solía llevarse al crío. Sabía que le hacía ilusión, que observaba el mundo del padre con ojillos de inocente admiración.

 

Como de costumbre le libró de entrar con los hombres a los vestuarios dejándolo a su aire por las instalaciones. Pero luego, al pisar despreocupado la pista no dio crédito a lo que vio.

- ¿¡Se puede saber qué estás haciendo!? -le reprendió a grito limpio.

En aquel preciso instante Kobe acababa de caer al suelo, de pie, mirando fijamente a su padre con esa cara de pasmo del niño que sabe haber cometido una imprudencia. El chaval había conseguido arrastrar un trampolín de gimnasio bajo la canasta y había machacado el balón de espaldas.

Joe se adelantó mientras Grattoni y Londero, tras él, se miraron algo sorprendidos preguntando el más joven qué edad tenía el chaval.

- Otto anni -contestó su padre mientras quitaba aquel armatoste de allí.

 

 

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Durante los meses de mayo y junio y hasta poco antes de celebrarse el draft de 1996 Kobe realizaría pruebas para más de la mitad de equipos de la liga. Su número ante los Lakers fue especialmente brillante. Y sin embargo ninguna de las pruebas le satisfizo tanto como aquel permiso concedido un año antes en el pabellón de St. Joseph's para entrenar con los Sixers. 

 

Con toda la idea John Lucas empleó a Jerry Stackhouse en una sesión privada de 1x1 que dejó boquiabierto al cuerpo técnico, prometiendo no airear demasiado lo ocurrido.

 

Lo ocurrido se resumía en que un chaval de 16 años se había merendado al número 3 del último draft. Al día siguiente el teléfono devolvió una llamada: "Joe, ¿podemos hablar de tu hijo?". Era Dean Smith. A los deseos de North Carolina no tardaron en sumarse los de Duke, Michigan, Kentucky, Arkansas y por supuesto, la doméstica, la paterna La Salle.

 

Un año después los Sixers, el equipo de casa del chico, contaban en realidad con la información más fiel de todas. Pero Brad Greenberg, su mánager general, optó por la diplomacia -"Entendemos perfectamente la clase de jugador que tenemos delante, el proyecto que realmente es". Porque nada les iba a privar del pequeño Allen Iverson.

 

 

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Los sábados también había colegio. Pero después de la comida, si uno bajaba pronto, muy pronto, con el bocado todavía en la boca, encontraba las canastas vacías, unas canastas viejas, torcidas, de las de tablero de madera herida. Y él botaba y tiraba con prisa, como sabiendo que tenía muy poco tiempo. Y así era. Porque enseguida se escuchaba el primer balonazo y acto seguido doblaba la esquina un grupo de unos diez o doce chavales. Era como si no le vieran. En un abrir y cerrar de ojos un par de prendas en el suelo hacían las porterías. Y si no se quitaba de allí se iba a llevar algún golpe. Antes de empezar los tres o cuatro de siempre le rodeaban con ojos de lechuza curiosa. "Parlare, Kobe, dai parlare". Lo mismo que en los recreos. No era meterse con él. Era que más que con su piel negra alucinaban con aquel lenguaje enrevesado, como de otro mundo. "Lasciami... in pace", se resistía. Era hora de irse. Le invitaban como otras veces a hacer de portero. Y alguna vez accedía. Pero otras muchas no.

 

 

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Cuando Sacramento retiró su apoyo West empezó a fruncir el ceño más de lo que deseaba. No tenía un plan alternativo claro. Había arreglos y hasta algún escorzo. Pero se alejaban demasiado del objetivo principal, el único en realidad.

 

Por si acaso tendió la red sobre la estrella de los Pacers, Reggie Miller. Que lo supiera al menos. Total, de serlo no sería antes de julio y con Tellem, su agente, guardaba buena relación.

 

 

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Las cintas se apilaban junto al televisor. Las mandaba el abuelo desde Pennsylvania. El inglés salía por fin de algún sitio que no fuera la boca de sus padres y hermanas. Terminados los deberes Kobe disfrutaba más el show de Bill Cosby que los videoclips de Michael y Janet Jackson que ponía alguna vez su madre para darse un gusto. Le divertían los avatares de la familia Huxtable y Theo era su personaje favorito. Tal vez porque como él, Theo era el único varón de la familia y adoraba el baloncesto.

 

"¡Ya ha terminado!" -gritaba entusiasmado. Porque entonces llegaba lo mejor. Las cintas de baloncesto. Y su padre se sentaba junto a él y le iba explicando todo lo que veían. "Mira, ¿ves como utiliza su mano izquierda? Se llama John Battle". Era en los partidos cuando Joe más hablaba. Y en las cintas de jugadores históricos dejaba que las imágenes fluyeran y hablaran por sí solas. Elgin Baylor. "Cómo salta". Oscar Robertson. "Tira a una mano". Jerry West. "Cómo tira". Y así con todos. Larry Bird le dejaba un poco callado, rato en que Joe solía quedarse dormido mientras Kobe era incapaz de pegarse al respaldo del sofá, tieso y concentrado. Magic Johnson se convirtió en su jugador favorito. "Cómo pasa. ¿Has visto eso, papá?". Y Joe se desperezaba. 

 

Pero con el tiempo el jugador que más fascinación le producía era Michael Jordan. Con él alucinaba. Verle jugar le hacía adoptar la misma postura de memorizar los poemas del colegio sin ninguna obligación.

 

Y como papá le había puesto una canasta a 2.90 a la espalda de casa él trataba de copiar todo lo que Jordan hacía. Y nada de lo que hacía le era imposible copiar. Y no necesitaba a nadie para comprobarlo. 

 

Porque su baloncesto se jugaba a solas. A solas. Siempre a solas.

 

 

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Realmente le había impresionado. Una corazonada. Había algo en él que no era producto del aprendizaje. Y nada más barato que una elección en el draft. Sí. West quería a Kobe Bryant.

 

Pero el problema era casi más peliagudo que el de la compra de Shaq. Temía que no fuera el único en percibirlo, que el revuelo organizado en torno al chaval le hubiera hecho cotizar lo suficiente para que algún equipo le escogiera antes que ellos, un poco a voleo, un poco por marketing, o por exactamente las mismas razones que le llevaban a él a pensar que estaban ante un jugador único, una futura estrella.

 

La única ventaja con la que creía contar era la mala imagen que de él estaba vendiendo la prensa por todo el país. Pero elegir tan atrás era el mayor inconveniente. Se jugaba el pescuezo que para entonces Kobe habría volado. "Veintitrés antes que nosotros", se repetía.

 

Intuyó entonces la solución allá donde menos parecía estar. Bob Bass, su homólogo en los Hornets, despreciaba tanto el nombre de aquel chaval que ni siquiera reclamó una prueba suya y a la mínima ocasión dejó clara su postura. "Odiaría tener que elegir a un jugador de instituto porque tienes que esperar demasiado tiempo a que se desarrolle. Además, Kevin Garnett es una excepción".

 

West cogió el teléfono.

 

 

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En el instituto Bala Cynwyd Junior de Philadelphia, de mayoría blanca, de tradición en fúbol europeo y lacrosse, Kobe era otra vez el centro de atención. En octavo grado causaba cierta sorpresa que un alumno negro, fino y apuesto, hablara inglés con un acento muy acusado y extraño, italiano decían. "¿Has vivido en Italia"?, le preguntaba directamente alguna de las no pocas jovencitas a las que su diferencia ejercía un gran encanto.

 

Eso no le disgustaba. Lo que le hacía mucho más reservado era encontrarse de repente en pandilla con los demás chicos. Cada vez que esto ocurría perdía mucho de lo que decían. No entendía buena parte de aquel lenguaje caliente.

 

Pero nada en comparación a sentir que si no hablabas como ellos tampoco serías capaz de jugar. "No les hagas caso". Eso ponía a prueba su orgullo, su pequeña gran vanidad. Un par de minutos le habrían bastado para demostrarlo. Pero Kobe no soportaba la idea de mezclarse con ellos entre canastas. Nunca disfrutaba esa experiencia. Le faltaba el hábito.

 

 

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- Necesitan un hombre alto, un cinco -informó-. Tenemos que darles a Vlade.

 

En el habitual escenario de necesidades antes del draft pocas cosas había más seguras. Los Hornets no podían seguir sin un referente interior. "No tengo muchas opciones, Jerry, no te voy a engañar", le había confiado Bass. En realidad no tenía ninguna.

 

El responsable del equipo con mayor afluencia de público en toda la liga había iniciado una carrera de medidas drásticas para relanzar el proyecto. Para hacerlo presente. Había traspasado a Mourning y despedido a Bristow. Y lo iba a apostar todo por el nuevo técnico, Dave Cowens, al que tenía que dar algo sólido para no fracasar juntos.

- Están desesperados -añadió West-. Y me huelo que Larry Johnson es el siguiente en salir.

 

La situación de los Hornets era casi opuesta a la de los Lakers. Charlotte formaba junto a Miami, Indiana, Minnesota, New York y Vancouver el ramillete de equipos que tenían dinero. Dinero que emplear en algo en un verano fértil en agentes libres. Liberarse del pesado contrato de Kenny Anderson aumentaba todavía más su margen de maniobra. Pero todo ello sobre la dura convicción de que con Geiger, Parish y Zidek no iban a ningún lado como probaba su enorme abismo defensivo y de rebote. Necesitaban un hombre alto que sin ser una estrella no precisara tiempo para aportar.

- Nos ha dado mucho. Y no va a ser fácil. Pero hay que hacerlo.  

Era ese delicado momento en que su cargo obligaba a no ver un rostro familiar. Sino más de cuatro millones de dólares abultando inertes el bolsillo.

 

 

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De trato fácil y aspecto familiar Gregg Downer era el joven técnico de Lower Marion, donde el programa de baloncesto hacía mucho tiempo que no gobernaba ninguna mesa ni presidía ningún tablón. Así no había el menor inconveniente en acceder a la petición de Joe para que echara un vistazo a su hijo. "No te preocupes. Tráelo mañana y lo pruebo con los chicos".

 

Ninguno de ellos había llegado aún cuando Joe apareció en el gimnasio con un chiquillo, algo flaco y asustado, al que parecía presentar como para una foto, con esa tierna distancia que la mano del padre sobre su hombro permitía. "Así que tú eres Kobe". Como para no perder tiempo Downer le invitó a un partidillo. Ellos dos solos. Que el chico entrara en calor y, de paso, saber a qué nivel habría que empezar con él. Joe tomó asiento en el banquillo vacío. No era la primera vez que la presencia de un padre le impedía delatar la verdad de primeras. Pero la verdad era bien distinta esta vez.

 

Unos minutos después el técnico bromeaba algo sorprendido con Joe. "No cuentes esto a nadie, ¿vale? -jadeaba- Acabo de perder con un chico de... ¿14 años?".

 

Al rato Kobe se había incorporado a un entrenamiento con los muchachos del varsity. Lo que allí ocurrió no era en absoluto normal. "God, this guy is a pro!".

 

La vida de Downer cambiaría para siempre.

 

 

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- Pero... ¿y si no lo quieren? ¿Y si eligen directamente?

- ¿Y qué pueden elegir? ¿Fuller? ¿Potapenko? A esas alturas no tendrán nada de valor. Divac es nuestro cebo. Éste es el acuerdo.

El jefe cerró la carpeta.

 

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El freshman era la única razón de que en un solo curso el equipo pasara del 4-20 al 16-6 y a competir de verdad en la Central League. Y no había más alternativas. En todas y cada una de las posesiones la primera opción de ataque era él. Y Downer lo sabía. Y quería tratarle como a uno más. Pero no era uno más y nadie rechistaba. Monsky, Stewart, Griffin, Lawson, Fedderman y Pangrazio aportaban lo suyo muy por detrás de lo prioritario. Y lo prioritario era que Kobe resolviera.

 

Esto no era fruto de nadie. Era que sus facultades superaban por demasiado a todos los jugadores de la liga. Ni tampoco de lo divino. Porque una vez terminada no hubo día de aquel verano del 94 en que Kobe no se encerrara entre canastas de las 9 de la mañana a las 9 de la noche con una pequeña paradita para comer. "Hijo, tienes que estar agotado". Y tragaba sin apenas masticar.

 

El resultado no podía ser otro. El equipo firmaría un 26-5 y subiendo. Hasta que a finales de marzo Hazelton les privó del título. Kobe había dado 33 puntos y 15 rebotes. Pero esto no evitó que de pronto se pusiera en pie en pleno vestuario -"Perdonadme, perdonadme por no haber hecho más"- antes de ocultar su rostro en una toalla y romper a llorar.

 

Poco después se presentó en el ABCD Camp de New Jersey con su obsesivo arsenal al rojo. Acabó siendo nombrado el jugador más valioso y la final fue sólo suya con 47 puntos anotados.

 

Para cuando finalizaba su último curso había crecido más de veinte centímetros y ganado casi ocho kilos de músculo en apenas año y medio. Desde el primer día supo que era su última oportunidad. Y Kobe no falló.

 

Lower Merion dominó a placer la temporada. Sumó hasta 27 victorias consecutivas haciéndose con el primer título del estado desde 1943. Kobe alcanzó los 50 puntos hasta en tres ocasiones. Para entonces la única duda de que estaban ante el mejor proyecto adolescente de todo el país tenía el nombre de Tim Thomas.

 

Era la traca final. Kobe levantó el trofeo orgulloso, bromeó con Downer ante las cámaras y toreó como un veterano a la prensa que quiso morder el gran anzuelo.

- Y dinos, Kobe, ¿qué vas a hacer ahora?

- Me voy a duchar.

 

 

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El martes 25 de junio era víspera del draft. En torno a la mesa, Bob Bass, Dave Cowens y el jefe de ojeadores del equipo, Bill Branch.

- Tengo su palabra -informó Bass-. Tan sólo tenemos que elegir al chico.

Branch volvió a poner cara de riesgo.

- Es la única forma de hacernos con Divac -repuso aprisa-. Nosotros no queremos al chaval, ¿está claro?

 

Los Hornets jugaban una doble carta en aquella primera ronda. Elegían una segunda vez como el pago atrasado de Miami por Mourning. Pero el temor de Branch no se debía a la elección del muchacho. Incluso le había visto un par de veces en Ardmore, a la última de las cuales fulminó la debida información como un trámite -"Es bueno, sí. Apunta maneras"- porque de sobra conocía a su jefe. Era porque iban a emplear una primera elección en algo para otro equipo. Y lo menos que podía hacer era torcer el gesto.

 

- ¿Qué te ha dicho? -cortó Cowens.

Sobre la mesa se apilaban en desorden algunas fichas. Roy Rogers, de Alabama, Priest Lauderdale, de Central State, Travis Knight, de Connecticut, Steve Hamer, de Tennessee y algunas otras que ocupaban el fondo por algo y entre las que todavía se podía leer los nombres de Walter McCarty y Jermaine O'Neal. Y apartada del centro reposaba junto a la carpeta de Branch la ficha de Tony Delk, con el que Bass y su subalterno habían hablado antes de la llegada de Cowens.

- Que mañana llamará. Esperamos su llamada poco antes de elegir al muchacho. Sin cambios. No será más que confirmar que estamos de acuerdo.

Cuando casualmente la mirada de Bass reparó una vez más en el regazo de Cowens reconoció una vez más las fichas de Jerome Williams y Malik Rose. Fue entonces cuando tuvo más claro que nunca que, efectivamente, había pactado con los Lakers.

- Y por supuesto, nadie sabrá nada.

 

 

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- Tú decides, hijo. Es tu decisión.

Decir lo contrario, por difícil que pudiera ser no hacerlo, habría despertado en la conciencia de Joe algún remordimiento. Porque se veía en su hijo veinte años atrás, cuando fue libre para elegir.

- Pero en cuanto lo sepas, por favor háznoslo saber.

Cuando Kobe se ponía algo tenso solía abultar con la lengua la boca cerrada.

- No sé, papá. Mi deseo es presentarme. Quiero jugar cuanto antes en la NBA. Sé que puedo.  

No lo sacó a colación. Pero el ejemplo de Garnett y su temprana titularidad le habían animado mucho. También habló con él.

- Dime sólo una cosa. Si no pudieras ¿qué harías?

Kobe le miró un segundo antes de responder con firmeza.

- Elegiría Duke.

 

En casa todo era transparente. Pero los deseos más profundos de un adolescente suelen ser de difícil explicación. Y uno de ellos no había salido aún de su boca. Dos de sus jugadores favoritos, de los que tanto video le había hecho idolatrar, estaban todavía muy vivos en la NBA. Había fantaseado muchas veces con cruzar pista con Michael Jordan y Charles Barkley. Era como si sólo tuviera que abrir una puerta al alcance de su mano.   

 

 

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Bob Bass no imaginó que las diez primeras elecciones se le harían tan largas. Parecían caer a cuentagotas. Marcus Camby en el dos. Lorenzen Wright en el siete. Samaki Walker en el nueve. Y aunque con él no tuvieran que ver sentía como una pequeña molestia cada vez que subía al estrado otro hombre alto. Lo compensaba saber que efectivamente no habría pescado gran cosa.

 

Erick Dampier en el diez, Todd Fuller en el once y una eternidad entre cada una. "With the twelfth pick...". West ya estaba al teléfono. "...Vitaly Potapenko", esputaba.

 

 

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Era el último lunes de abril. Pasaban unos minutos de las dos y media y el gimnasio de Ardmore estaba abarrotado de gente. Era también su casa. Y pese a haberla visto tantas veces llena le pareció más repleta que nunca. Tal vez fueran las cámaras o los micros sobre el pequeño púlpito o los integrantes de Boyz II Men al fondo. Pero estaba de los nervios y sólo lo sabía él.

 

Porque viéndolo daba la impresión de todo lo contrario. Contrastaba con la corbata y el traje de elegante oscuro magenta el toque casual de unas gafas de sol caladas en la frente. Eso y la bromita de hacer rogar la decisión como amnésico dotarían a su imagen del toque arrogante y casi malvado que tanta venenosa tinta deseaba emplear. Disparó entonces un par de teatrales sonrisas y se acabó. "I've decided to skip college and take my talent to the NBA". Y estalló entonces ese júbilo al que ninguna decisión importa para estallar.

 

Kobe tan sólo hizo lo que aquella mañana decidió que tendría que hacer. Y el resultado no gustó a algunos que casualmente coincidían todos en saber poco o nada de él. "¿Pero quién coño se ha creído ese niñato que es? ¿Michael Jordan?". Y el fuego a discreción no se hizo esperar. La maquinaria conservadora puso el motor en marcha saltando las alarmas al conocer su contrato con Adidas y verlo deslumbrar en el show de Jay Leno o junto a la joven cantante Brandy.

 

"Qué inmenso error -advertía Jon Jennings, el director de personal de los Celtics, en Sports Illustrated-. Kobe Bryant no es Kevin Garnett". En Sporting News Mike DeCourcy iba mucho más lejos en un durísimo editorial que terminaba acusando a su familia. "No sé por qué la gente se pregunta si está o no preparado para la vida real cuando son sus padres los que parece que no lo estén". Mark Heisler lo llevaba a título desde Los Angeles: "Estos críos deberían pasar más tiempo en la cuna". Y el Telegram ordenaba: "Quédate en la escuela, Kobe".

 

Durante meses no aflojó la artillería. Y rara era la reseña que le echaba también su valor. "Lo que esos hipócritas tienen no es más que envidia", firmaba Carl Chancellor desde Akron.

 

Joe Bryant no esperaba nada de aquello. Se defendió como pudo mediante declaraciones de infinita mayor fragilidad que la cruzada padecida. "Conozco a mi hijo. De lo que estoy seguro es que mientras los demás saldrán por ahí después de los partidos él volverá a su habitación de hotel a jugar a la Nintendo o leer un libro". Queriendo responder a todos hasta ignoró algunas tretas de las grabadoras. "Pues claro que me habría gustado ver a mi hijo cuatro años en la universidad. Y en Harvard, a ser posible. Pero ¿de qué estamos hablando? (...) Se trata de su sueño y ha ido a por él".

 

 

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- Bob, vamos con lo acordado -aliviaba escuchar la voz de West-. Divac es vuestro con la única condición de haceros con Kobe.

 

Arn Tellem se estaba haciendo polvo las uñas. Su estructura mental era la de un agente. Mataría a los Hornets si algo saliera mal. Ya sólo quería ver a su representado en Los Angeles. 

 

Cuando Stern retomó la palabra -"With the thirteenth pick..."- cruzó la cabeza de Bass uno de esos delirios de última hora. Si pudiese hablar con el chico le diría que no se pusiera la gorra. "...Kobe Bryant, from Lower Merion HS, in Pennsylvania". Una gran agitación inundó el Continental de New Jersey, que en segundos imaginaba ya al chico en el Coliseum con la camiseta blanca rayada.

 

Aun con la gorra puesta Bass observó las evoluciones del muchacho sobre el estrado como algo distante, algo ajeno. Y en menos de diez minutos volvían a elegir, esta vez sí, algo suyo. Tenía gracia que el siguiente en salir fuera aquel Stojakovic. Motivo para recordarse una vez más que Divac les brindaría unas 25 victorias. 

 

Entre las mesas de tiburones una sospecha corrió como la tinta. Bob Bass era un tipo con cierta alergia a las apuestas jóvenes y los Hornets uno de los pocos equipos que no habían puesto a prueba a Bryant. "No tiene ningún sentido", musitó un directivo. "Lo van a mover de ahí enseguida", respondió otro.

 

Ahora le parecía todo mucho más acelerado. El draft más joven de la historia quemaba cartuchos a gran velocidad y antes de terminar la noche ninguno de los presentes había evitado preguntarse si Kobe Bryant sería traspasado. Bass no lo desmintió. Pero no dijo adónde. "No puedo comentar nada".

 

 

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No era una discusión. "¿¡Y qué pasa con mi carrera!?". Era más bien una bronca. Ana estaba enfurecida. Se negaba a abandonar Hollywood, el castillo donde las actrices redoblan sus sueños de serlo.

 

Cuando Vlade habló después con Fleisher el agente lamentó que su representado hubiera hablado antes con su esposa. "No pienso jugar allí, díselo a todos".

 

A Obradovic, junto a Divac en Alemania preparando los inminentes Juegos de Atlanta, no le hizo ninguna gracia aquella información. Tampoco a Fleisher ejercer de repente un papel tan complicado: "Si lo traspasan el lunes él anunciará su retirada definitiva del baloncesto el martes".

 

El traspaso era así inviable.

 

Merced a la moratoria extendida por la firma del nuevo convenio los Hornets tenían hasta el 9 de julio para convencer al jugador. "Vaya -lamentó Cowens públicamente-. Esto no nos lo anunció la bola de cristal".

 

Bass no podía ni hablar.

 

 

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En las siguientes horas los excesos de Tellem harían mucho daño a su representado. "Es imposible. Y aquí no hay más posibilidades porque no va a ocurrir. Va a ser un ‘laker' y ése es el único equipo donde Kobe jugará". Todo era cosa suya.

 

Pero la opinión pública no lo entendió así. Era el chaval quién despreciaba a los Hornets. Quien los estaba saboteando. Quien exigía jugar en los Lakers, como se llegó a titular. Y de nada parecían servir las inocentes declaraciones del chico antes de desvelarse la operación: "Estaré encantado de jugar con los Hornets y hacerlo junto a su estrella, Larry Johnson".

 

Costaría muchos años desmentir aquel embuste.

 

 

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Cuando Atlanta se interpuso ofreciéndose como destino para Divac urgía hacer algo. El sábado una conversación telefónica a cuatro -Bass, Cowens, Fleisher, Divac- puso fin al atasco. El domingo Fleisher comunicaba a la prensa que Divac había dado el sí. Bass no supo cómo agradecer a Cowens lo que él no habría podido hacer.

 

En unos días el joven Kobe sería jugador de los Lakers, que de repente liberaban más de ocho millones de dólares para los siguientes dos años a la espera de vender a Peeler y Lynch. A mitad de mes Shaq ya era también amarillo y sus cifras, 120 millones, no tenían precedente.  

 

El pacto de caballeros había terminado con éxito.

 

 

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- ¿Otra vez? -se sorprendió a pocos días de su cumpleaños.

- -respondió Tellem-. La ley en California establece que si firmaste un contrato antes de cumplir los 18 una vez que los cumplas te asiste el derecho de anularlo.

- Pero yo no quiero...

- Calla -sonrió-, lo vamos a mejorar.

 

Tres millones y medio daban para algún capricho. Y Kobe quería regalar un coche a cada miembro de su familia. 

 

 

 

 

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Dos lesiones antes de empezar / "Es muy joven y frágil" / "Ahí le tienen, Kobe Bryant, el jugador más joven de la historia en disputar un partido..." / Será el último balón que pierdo / "Tiene demasiadas ganas de impresionar enseguida. Ya aprenderá" (E. Jones) / ¿Por qué aquí no me entran? / "Y cierta tendencia al uno contra cinco" (N. Van Exel) / Esto es más duro de lo que pensaba / "Va a ser grande, pero tiene que aprender demasiado" (K. Rambis) / Qué buen final de enero / Campeón del concurso de mates / Por fin una alegría / "Asusta pensar cuando tenga 25 o 26 años" (S. O'Neal) / ¿Por qué ahora no juego? / "Entrenador, me gustaría postear dentro" (K. Bryant) / "Para eso ya tenemos a Shaq" (D. Harris) / Me aplauden / "Supongo que me verá como el primer gran obstáculo en su vida. El primer adulto que le corrige, que le dice que está equivocado" (D. Harris) / "¿Por qué lloras? Ten paciencia, hijo" / 24 puntos a los Warriors. ¡Por fin! / Ahora 3 de 12. No entiendo. / "Es que no sabe. Juega para divertirse y claro que querrá ganar un campeonato, pero no sé si imagina todo lo que eso conlleva" (B. Scott) - Cada vez juego menos - Y ahora playoffs - Se acabó mi primer año.

 

 

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El Delta Center de Utah ensordecía a cualquiera. Y terminar así ponía a prueba lo soportable.

 

De entre la confusión destacaba una escena algo sorprendente. Uno de los jugadores más duros de toda la NBA, Antoine Carr, corrió en plena pista a consolar a un chaval, completamente hundido, que en los seis últimos minutos había firmado cuatro air balls. Los Lakers jugaron la prórroga sin Shaq y Del Harris creyó que el descaro del chico -"El único de todos con cojones para lanzar" (O'Neal)- podría obrar el milagro. Porque sólo un milagro habría permitido cumplir la extraña idea de Harris, técnico, padre y verdugo durante meses, de hacerle jugarse esos tiros.

 

La temporada del novato, mucho más que difícil, llegaba así a su fin. Y no eran pocos los que durmieron tranquilos creyendo que eran otros los que se habían equivocado.

Todos los jugadores anotan. Pero muy pocos lo hacen muchas veces. Se les conoce como anotadores, un selecto grupo al que la historia no trató demasiado bien. Porque lo que alguna vez pudo ser el mayor valor de todos no lo refrendó el tiempo con tronos y campeonatos.

 

Si el baloncesto fuera únicamente una partida de puntos los títulos se los habrían repartido los anotadores a tortazo limpio. Y no sólo no fue así. Sino que cuanto más versátil el juego, cuanto más enredado y complejo, más relativo el valor de todos ellos. De ahí que la figura misma del anotador haya perdido fuerza en nuestros días.

 

Y sin embargo ese valor existe. Sigue siendo sagrado como prueba que entre los mejores jugadores habidos encontramos muchos anotadores o casi ninguno que alguna vez no lo fuera. El problema reside en la pobreza misma de un término que un día parecía explicarlo todo y hoy apenas nada. En lo escaso de un adjetivo que permite sentar juntos a jugadores opuestos por compartir cifras en torno a 25 o 30 puntos.

 

Por el capricho de cuestionar convendría entonces manejar algo que permitiera discriminar. Algo que tampoco atienda a posición porque ya sabemos que los puntos de Oscar y de Shaq eran manifiestamente distintos. Una idea, entonces, que impida la torpeza de arrimar a Bryant y Durant, a Galis y Machado, por el simple caudal anotador. Y esa idea la encontramos en el concepto de carga técnica, reducido a la mínima expresión, la cantidad de recursos que emplean los jugadores para anotar.

 

Coloquialmente, para que un jugador anote es necesario que realice algo, que interprete un particular número en su escena y despliegue un volumen de recursos y tiempo. Que disponga, en suma, de un material técnico como herramienta. No nos importa aquí la forma. Nos importa la cantidad, la carga o masa -Technical Mass-; la respuesta a cuánto pesa su cuerpo técnico.

 

Para hacer posible algo así no validamos las canastas por separado (de infinita variedad). Lo hacemos con el llamado espectro de anotación, un promedio dilatado en el tiempo, una frecuencia formal, una costumbre. De otro modo: qué suelen hacer para anotar.

 

La carga técnica es una variable muy sencilla que no atiende a precisiones. Sino a sensaciones. No formula números. Sino actos. Se exige del espectador una impresión de lo que cada jugador suele poner en juego. Eso sitúa a los ojos en una privilegiada posición que permite intuir qué pasará cuando tal o cual reciban la bola. La carga técnica es una huella dactilar por la que reconocemos aprisa el quehacer y perfil de los jugadores. Prácticamente de todos.

 

El espectador avezado se anticipa a la acción de Zach Randolph recibiendo al poste bajo o a Kyle Korver abierto en el triple. En uno y otro caso se adivina una probabilidad mucho mayor de que: 1) tiren, pero 2) uno va a tardar más que el otro; va a poner algo más en juego: va a imprimir a su acto, en definitiva, una mayor carga activa.

 

Eso que arrastran consigo los delata.

 

He aquí el fantástico motivo: disponemos como espectadores habituados de un registro inconsciente que nos permite reconocer el metraje técnico de los jugadores antes incluso de exhibirlo. Porque reconocemos en cada uno de ellos un estilo de actuación y un aporte de masa en su patrón de ataque. Esto último es la carga técnica, que actúa en nosotros como un identificador general y lo hace al margen de la posición que los jugadores ocupen.  

 

Gracias a ella podemos, por ejemplo, abrir una triple categoría entre los anotadores, entender por qué muchos pasan desapercibidos y comprobar cómo algunos alteran su masa técnica con los años y la razón de que lo hagan.

 

La cantidad técnica, urge precisar, no equivale a calidad técnica. La creencia de que el trabajo en los fundamentos mejora la calidad técnica de los jugadores es cierta. Si uno observa al Michael Jordan de 1985 y lo enfrenta a su versión de 1993 comprobará que su material de uso habrá aumentado exponencialmente. Pero si en cambio lo hace con Drazen Petrovic en ese mismo periodo se sorprenderá de la diferencia en sentido inverso. En apariencia su carga técnica había desaparecido. ¿Significa que el croata no trabajara? Más bien todo lo contrario. Es el ejemplo perfecto para distinguir calidad de cantidad. Para esclarecer que una hipotética estatura técnica nada tiene que ver con el concepto de carga técnica.

 

Para empezar nuestra idea permite adoptar tres tipologías básicas de anotadores: ligeros, medios y pesados. Vemos cada uno de ellos.

 

 

Jugadores de técnica infusa o anotadores ligeros

 

La más elemental y acaso valiosa de las tres. Se diría que el anotador, más que nacer, se hace. Y sin embargo asoman en el baloncesto, rara vez, jugadores con una inusitada facultad para anotar, para ver aro con sorprendente facilidad, como sin aparente esfuerzo ni prolegómeno, de manera natural. Son los anotadores ligeros, depredadores de canastas de acción despejada.

 

A la vez que se reconoce ese don -su talento ofensivo- vale matizar que tienen poco de casual o fortuito. Que esos jugadores tan especiales sustentan su fortaleza en un silencioso trabajo de rutina y repetición. Y que en caso contrario esa relación natural con el aro se difumina o pierde del todo (Quique Villalobos, DaJuan Wagner, Nick Young).

 

Haciendo gala de una finísima técnica su principal virtud reside en ocultarla. Son jugadores de costumbre muy rápidos que ven el aro en línea recta y desplazan hacia el fondo del plano visual la resistencia defensiva. No conocen el miedo y son, de todos, los más confiados. De ahí su apariencia fría y distante. Han logrado vaciar de peso la dificultad.

 

Kevin Durant y Derrick Rose despuntaron la pasada temporada por su prodigiosa relación con el aro. Pero sobre todo, como los dos anotadores con menos carga técnica de toda la NBA. Siendo diferentes en el trato del balón y posesión -Rose tiende a consumir algo más por su posición- coinciden ambos en salir airosos de innumerables problemas de ataque sin apenas lastre, empleando a gran velocidad formas muy básicas y veniales.

 

 

 

 

No es otra la mayor virtud de la especie ligera: resolver situaciones de atasco que ni la táctica ni el grupo han logrado solventar. Pero a diferencia de otros, sin apenas tiempo ni reflexión. En la ecuación de ataque despejan la incógnita más aprisa que nadie.  

 

El primer Richard Hamilton representa uno de los anotadores más ligeros que ha conocido el baloncesto moderno, condición subrayada por un cuerpo liviano. Percutía el aro con una radiante facilidad, economizando recursos al extremo de hacer figurar al resto como obeso de material sobrante. Algo similar puede atribuirse al joven Paul Pierce o a las versiones más prolíficas de George Gervin, Drazen Dalipagic, Bernard King, Bob McAdoo o Carmelo Anthony.

 

Ese enorme ahorro de material en absoluto significa que el material no exista. Pese al escaso capital que a menudo ofrecen, los anotadores ligeros pueden resultar muy distintos. Hay una gran brecha formal entre las agresivas ráfagas de Marcelinho Machado y la cadente suavidad de Alex English. Siendo ambos ligeros lo son de muy diferente modo.

 

Al mismo tiempo los anotadores ligeros lo son, como veremos, mientras lo son. Pueden mantener su condición durante toda una carrera o hacerlo en periodos mucho más cortos.

 

En esta categoría podría darse un problema teórico con los tiradores puros, especialistas en esa única faceta del juego. Este tipo de jugador puede ser, a momentos, anotador ligero dado que cumple la premisa de producir puntos a muy bajo coste. Sin embargo la cosa se resuelve en su contra cuando rara vez los mejores anotadores viven únicamente del tiro exterior. Y a la inversa, tiradores de precisión digital -Kerr, Cvjetičanin, Curry, Kapono- no fueron grandes anotadores. Las únicas excepciones válidas derivan de tiradores puros de alto rango de anotación en modo ligero: Pedja Stojakovic, Ray Allen, y muy por encima del resto, Oscar Schmidt.

 

El anotador ligero es, en definitiva, un prodigio que subraya la existencia de dones naturales (técnica infusa) y una prueba más de que el baloncesto encierra potencias que escapan a toda medida. Pese a no ser la porción más irracional del juego, en favor de la llamada técnica de caos, la sola presencia de anotadores ligeros formula la incomprensible cuestión de por qué unos conquistan el aro con muchísima más facilidad que otros pudiendo compartir un presupuesto técnico similar.

 

Sin anotadores ligeros esta pregunta carecería de sentido.

 

 

Jugadores de técnica aleatoria o anotadores medios

 

De largo el más poblado de los tres grupos. Al punto de ser casi generalizado, lo que convierte a la carga técnica en una simple coartada para realmente distinguir a los anotadores ligeros y pesados.

 

La inmensa mayoría de jugadores despliega lo suyo en forma de técnica aleatoria o variada. No extreman hacia ninguno de los dos lados y tanto pueden gustar de añadir muy poca cosa como mucha. Su espectro de anotación promedia una diversidad de carga moderada. Aquí podría finiquitarse el asunto.

 

Pero resulta interesante referir dos factores decisivos que permiten a este grupo integrar a algunos de los más selectos anotadores que conoció la historia: la versatilidad y la lógica posicional.

 

La primera se explica a través de una pequeña incongruencia que está mucho más extendida de lo que parece. En la temporada de 2010 Durant y James distaron cuatro décimas por la corona de puntos en la NBA. Tan sólo cuatro décimas. Sin embargo parece darse un general acuerdo sobre la condición de anotador del primero. La sensación de facilidad, de ligereza, es mucho mayor en Durant debido precisamente a la poca carga técnica que parece incorporar a su caudal anotador. Los puntos apenas arrastran, como hemos dicho, ningún peso. Pero sobre todo: ninguna otra función.

 

Eso explicaría una impresión tan distinta en promedios anotadores tan similares.

 

La versatilidad influye negativamente en la sensación de fluencia anotadora. Si se hacen muchas otras cosas la anotación desplaza su jerarquía. Si en cambio sólo se anota la carga técnica incrementa su importancia visual. Ésta es la razón de que jugadores como Oscar Robertson, John Havlicek, Larry Bird, Scottie Pippen o LeBron James difícilmente sean considerados como anotadores en propiedad.

 

El segundo factor que desvanece el perfil anotador reside en la llamada lógica posicional y conduce a preguntarse la aparente inexistencia de pívots en toda esta escala. Como si los interiores no mostraran grandes diferencias de carga.

 

La razón es simple: los jugadores interiores dispusieron históricamente de un espacio mucho menor. Su repertorio ofensivo aparece naturalmente recortado, urgido y como en permanente fase terminal, una circunstancia tan decisiva que podría explicar por sí sola la carrera al completo de Abdul-Jabbar o Wilt Chamberlain como postes de finalización.

 

Ello condiciona a los interiores y el concepto mismo de carga técnica en las posiciones más cercanas al hierro. Los pequeños, en cambio, gozan de suficiente espacio y tiempo para extenderse, para recrearse de manera más visible. Pero esta fractura entre unos y otros en absoluto impide a los interiores incorporar CT y acusar grandes diferencias entre ellos.

 

Precisamente por las dificultades que entraña jugar en un espacio más reducido y hostil es en la órbita de los hombres altos donde calidad y cantidad prácticamente se rozan. Ejemplares como Walton, McHale, Magnifico, Norris, Olajuwon o Duncan fueron prolíficos en carga técnica mientras que Mikan, Chamberlain, Moses, Shaq o Howard fueron más bien escasos. La experiencia demuestra que la fuerza física bruta reduce la carga técnica por innecesaria. Y cuando aquélla flaquea ésta aumenta. La carrera de Shaq verifica claramente esta relación inversa.

 

De regreso a los anotadores puros Michael Jordan forma parte de este masivo grupo si hemos de tener en cuenta la constante fluctuación de sus dosis de carga técnica.

 

Si en sus primeros años fue uno de los anotadores más ligeros que conoció el baloncesto su progresión técnica le condujo a  recrearse en mayor grado durante el periodo, más o menos abierto, entre 1989 y 1993. Intervalo que más tarde (1995-1998) preservará intacto para vaciarse casi al completo en sus dos años con los Wizards y sobrevivir casi exclusivamente del mid range shot.

 

Pero Jordan nunca terminó por incorporar un exceso de CT. Como si la prisa ocupara un plano demasiado prioritario en su relación con el aro.

 

Un caso de oscilación algo parejo al de Jordan lo representa uno de los anotadores más asombrosos habidos: Pete Maravich, que también resiste aquí su compleja clasificación. Dotado de las más prodigiosas facultades para la anotación ligera renunció a ella por simple suficiencia en su periodo universitario para rescatarla en Atlanta, sobrecargarse después en Utah y acabar marginado en Boston como jugador cotidiano, sin mayor rango que el de jugador intermedio.

 

Pero la insólita idea de suficiencia en Maravich basta para hacer de la CT una variable fascinante  y, en su caso, una elección personal que le condujo tanto en LSU como en Utah a momentos de técnica experimental, un misterio que sólo una mente extraña y genial puede en realidad explicar.  

 

 

Jugadores de técnica conativa o anotadores pesados

 

A diferencia de los dos grupos anteriores el baloncesto presenta también un rango de jugadores que imprimen a su labor ofensiva -en relación a la media- un abuso de material técnico. Una carga, necesaria o no, muy superior al resto.

 

En su versión anotadora se trata de ejemplares complejos y visualmente abundantes, que rara vez observan el aro en línea recta y que discurren completamente atados a todo su lastre técnico, como si la falta de una sola pizca de ello les hiciera perder su sentido. Son, antes que nada, jugadores absorbentes.

 

Dwayne Wade y Brandon Roy coinciden exactamente en despertar una sensación cercana a la sobrecarga, al consumo de tiempo y balón, a una preparación abultada y despaciosa de sus puntos. Un rehogado que -urge matizar- nada tiene que ver con la velocidad de ejecución.

 

En su favor estos jugadores suelen atesorar unas condiciones técnicas extraordinarias, como libros abiertos de manual. En su contra, pueden resultar excesivos, enrevesados y confusos.

 

En términos positivos hablamos de jugadores técnicamente deliciosos que gustan de su repertorio al completo como la filarmónica de su instrumental. No presentan tregua. Lo mejor de figuras como Drazen Petrovic, Dejan Bodiroga o Kobe Bryant se representa de mil y una maneras distintas. Pero esencialmente a través de un ritmo acompasado de innumerables recursos y gestos que son, por definición, carga técnica pura. Su baloncesto psíquico (técnica conativa) necesita de una exuberante puesta en escena y sin ella simplemente no son. Entre sus más insólitas capacidades destaca la de alargar los segundos con el balón en las manos.

 

En términos algo más negativos la tendencia excesiva al empleo de carga técnica puede terminar en abuso y llegar a convertir a determinados jugadores en una representación engorrosa y apelmazada.

 

A menudo, según el día, se mueven entre una y otra valoración si bien algunos integran un exacto término medio como fue el caso de Michael Anderson.

 

Y como prueba -aquí también- de que la carga técnica no tiene por qué equivaler a calidad acude el ejemplo de Nikos Galis, una sobrecarga pura y dura que contravenía sin el menor riesgo infinidad de técnicas de manua y aun con eso -encorvado y sin mano izquierda- preservaba sus poderes intactos.

 

Gracias a estos jugadores se hace visible el infinito repertorio que encierra el baloncesto individual. Con el balón en sus manos un reverso o un simple cross pasan completamente desapercibidos entre un caudal demasiado voluminoso para ser medido.  

 

Los años noventa y principios de los dos mil vieron el florecimiento de una serie de pequeños que compartían todos un gusto excesivo, casi narcisista, por el balón. A ejemplares como Tim Hardaway, Gary Payton, Chris Jackson, Nick Van Exel, Allen Iverson, Stephon Marbury, Rafer Alston, Jason Williams, Steve Francis o Baron Davis les quedaban demasiado lejos en el tiempo pioneros como Earl Monroe o Dave Bing y sucesores como W.B. Free o Vinnie Johnson. Pero no el común origen de toda esa filosofía técnica, una versión moderna y alambicada del express yourself que había remasterizado la nueva era del streetball y su principal diferencia con la old school, aquello que Pete Vecsey denunció como el abuso del hombre que tiene el balón y la conversión del juego en una interminable sucesión de números malabares de naturaleza individual.

 

Describir a toda esa hornada de jugadores y su baloncesto umbilical se podría lograr precisamente a través de la CT. Se trata al fin y al cabo de un estilo personal sin una relación directa con el mero consumo de balón, una matriz táctica que tantos ejemplos dio Europa -de D'Antoni a Rodilla- como la NBA -de Cousy a Billups o Anthony Johnson.

 

Una vez expuestas genéricamente las tres categorías el siguiente paso ofrece casi un mayor interés y se formula a través de la tendencia de algunos anotadores a variar su carga técnica con el paso del tiempo. Por qué algunos alteran este aspecto del juego de manera más acusada que otros y lo hacen ganando o perdiendo carga.

 

Son, por definición, dos tendencias opuestas:

 

 

Carga técnica declinante

 

Esta tendencia consiste en un gradual desalojo del surtido técnico empleado en algún periodo anterior. Suele ser a causa de un doble motivo: el declive físico y la búsqueda de la eficacia.

 

El primer caso se comprende fácilmente. La decadencia del cuerpo provoca entre otras cosas que el empleo de la técnica no goce de la fortaleza sobre la que antes se sustentaba. Que lo que anteriormente se hacía con éxito porque el cuerpo lo permitía ahora no.

 

Jordan acertó a definir la importancia de esa sensación en su segundo regreso: "Entonces me di cuenta de que estaba listo cuando al estar con el balón fuera, penetraba mentalmente por el hueco y sin darme cuenta lo estaba haciendo de cuerpo entero hasta lograr la canasta". Cuando esto no es posible no pocos jugadores optan por vaciarse técnicamente.

 

Hay un momento decisivo en la carrera de todo jugador en que lo que está bajo los ojos empieza a cuestionar lo que está sobre ellos, una dura postración que bien conocieron Ewing y Olajuwon. De entre los métodos de supervivencia destacan el especialismo defensivo (Charles Jones), el posteo de circulación (Bill Walton) o el tiro exterior (Chuck Person). Pero los tres métodos sobre el común de evacuar toda carga técnica anterior.  

 

Esta violenta pérdida no siempre responde a edad. Un fatídico bajón de forma puede hacerla desaparecer. El peor momento en la carrera de Chris Mullin, a causa del alcoholismo, vio cómo durante unas semanas perdía balones y era incapaz de superar a sus pares respondiendo antes de ser apartado con un brutal vaciado técnico.

 

En los casos más críticos se renuncia incluso al balón como consecuencia de una repentina inseguridad o un miedo accidental. Experiencia que han llegado a saborear jugadores tan distintos como LeBron James o Rudy Fernández.   

 

El caso de la eficacia resulta algo más complejo. Para entenderlo nada como el rescate del caso probablemente más diáfano de la historia: Drazen Petrovic.

 

 

 

 

 

Antes de emigrar a la NBA Drazen era técnicamente superior a todo lo que había dado Europa hasta entonces. Una cima de mayor altura a la ofrecida antes por Delibasic y después Bodiroga.

 

Su barroquismo en Europa, una querencia por el empleo de recursos hasta la sobrecarga técnica, resultaba útil porque el juego se cocinaba a fuego lento. Pero al llegar a la NBA experimentó un violento colapso de todo aquel excedente previo. Allí percibió que sus cross, sus fintas y toda su increíble mímica, no movían al defensor, no lo sorteaban, no eran suficientes. Su carga técnica resultaba inútil.  Aquel fue su primer gran shock: comprobar que todo su armamento, que tanto le había gustado exhibir, era de fogueo.

 

Tres años después Petrovic estaba limpio. No había ornamento ni sobra. Había una ejecución técnica típica de un escolta NBA. Ya era un tirador. Había conseguido adaptarse al medio. Su figura anterior había muerto y su carga técnica desaparecido.

 

Esta alteración de uno de los mejores jugadores que dio Europa sigue representando a día de hoy un triunfo admirable. La posibilidad de vaciar un pasado técnico por completo -de dejar de ser sí mismo- y convertirse en un nuevo jugador. Y todo ello con éxito. La diferencia entre uno y otro se explica también a través de la masa técnica. 

 

 

Carga técnica ascendente

 

En sentido contrario el tiempo inclina a determinados jugadores a exhibir un repertorio que antes no mostraban. No se trata de simple progresión de fundamentos. Sino de una propensión a cargarse de recursos para alcanzar los mismos fines que antes obtenían sin ellos.

 

También aquí la idea de eficacia juega un papel esencial. El máximo anotador de la NBA en 1986, Dominique Wilkins, se bastaba y sobraba con un baloncesto salvaje de percusión (mates) y disparos (suspensiones muy altas). A finales de década, cuando la opulencia trajo también consigo el aumento de prensa especializada, fue objeto de crítica por su falta de muchas cosas -fundamentos básicamente.

 

Y Nique se empeñó en buscar algo que no era propiamente suyo. Terminó por desarrollar un insistente posteo interior y un magistral uso de la tabla de un nivel no alcanzado por nadie hasta Tim Duncan. Alargó también su rango de tiro. En efecto, había ganado cosas. Pero ello le hizo creer más propietario del balón, asumiendo innecesariamente una mayor carga técnica para hacer lo mismo que hacía antes: anotar. Y ya no tanto.

 

Y también aquí el declive físico actúa. Pero lo hace en sentido opuesto al anterior grupo. A medida que el cuerpo agota su combustible el jugador acude a la reserva técnica. La destreza que los años permite desarrollar los hace más artesanos de sus aciertos, más dueños de su producto. Sólo así se explica la longevidad de Joan Creus, Dino Meneghin o Arvydas Sabonis.

 

Sin embargo el paso del tiempo no sólo provoca la pérdida de la frescura física. En algunos casos, algunos sangrantes, también de frescor técnico. Jermaine O'Neal, Tracy McGrady o Dirk Nowitzki han aumentado considerablemente su CT haciéndose gradualmente más y más pesados.

 

Y con todo, nada de todo lo expuesto iguala a los extremos más superlativos, casi enfermizos, que representan los ejemplos de Arijan Komazec y los tardíos Adrian Dantley y Paul Pierce, de un retorcido barroquismo que en el caso de Pierce sorprende dado que en su juventud fue uno de los anotadores más ligeros del mundo.

 

Los tres describen a la perfección un factor psicológico de riesgo que podríamos denominar neurosis ritual y que se explica a través de una irresistible dependencia de ciertos ceremoniales mucho antes psíquicos que técnicos. Incapaces de dar dos pasos sin saturarlo todo en sucesivos bucles sin aparente ventaja -se enmiendan a sí mismos- estos jugadores acaban convirtiéndose en adictos a su propia carga técnica.

 

 

 

 

Una vez conocida la idea central figurada por el seductor concepto de Technical Mass se comprende fácilmente que ningún jugador está libre de ella y que su influjo afecta de uno u otro modo a todos, y en paralelo a los espectadores, los principales depositarios de una impresión visual que se pregunta si sudan los cañones gotas de plomo, o lo que es lo mismo, quién necesita poco para mucho y quién mucho para poco.

Decía Mike Acker que a estas alturas cualquier debate sobre Rudy Fernández nada tiene que ver ya con el baloncesto. Que lo que está ocurriendo con él -más bien en él- concierne a aspectos mucho más psicológicos que deportivos. A día de hoy, subrayaba.

 

Y puede que en el fondo así sea.

 

La situación de Rudy Fernández está copando estos días líneas nada sencillas de digerir para los innumerables aficionados que creyeron su mensaje de querer jugar en la NBA. De triunfar allí. Una decisión por la que aceptó un compromiso laboral que ahora pretende cortar de raíz de manera unilateral. El debate sobre su conveniencia o no es rico y morboso. Pero irrelevante. Porque en última instancia, agotadas las vías legales y respetando una crisis muy personal, asiste al jugador un derecho que hacer valer. Y tampoco Rudy es el primero -ni el último- en declararse en rebelión. O mejor, en quiebra técnica.

 

 

 

 

El asunto de fondo tal vez sea otro.  

 

El público conoce de sobra el problema. No por intuición ni rumorología. Sino porque nadie mejor que Rudy se ha encargado de hacer de portavoz de sí mismo. A mano está su desfile de declaraciones que básicamente coinciden en mostrarse disconforme con su situación en Portland. Muy disconforme.

 

Todo esto se sabe hace tiempo. Pero bien vale este caso una escueta cronología.

 

A poco de comenzar el verano, y disipando cualquier duda en el trato de sus compañeros -un detalle muy a valorar-, él mismo lo resumía mejor que nunca: "No me he sentido desplazado por mi equipo para nada, más bien al contrario. Me han ayudado muchísimo durante el año a crecer mentalmente y me han ayudado en los momentos más bajos de ánimo, aunque sí que es cierto que, deportivamente, he notado que mi rol ha sido abrir espacios a Brandon Roy y estar preparado siempre para recibir abierto el pase de Andre Miller para tirar. Son roles... el primer año no tenía ese rol, pero en este segundo he tenido que convivir con esto y realmente no he estado a gusto, aunque no me queda otra".

 

Su presunto encasillamiento ha sido, de todas, su principal batalla. Ante una situación así, de serio disgusto por la función asignada, cabe al jugador la toma de dos posturas: adaptarse o renunciar.  

 

La primera legitima al jugador a publicitar sus demandas. Tanto a nivel interno -la calidad exhibida podría cuestionar la decisión del entrenador- como a nivel externo -el jugador cotiza al alza en el mercado. Cumplir con el papel asignado, aun no siendo el deseado, fortalece la figura del jugador a todos los efectos.

 

La segunda en cambio, la de la renuncia sin paliativos, sitúa al jugador en una posición difícil de defender, una solicitud de baja voluntaria por un desacuerdo.

 

Mientras Rudy estuvo tocado no estuvo bien. Las semanas de relativa convalecencia recuperándose de la lesión en la espalda hicieron que su rendimiento, algo bajo, estuviera justificado. Pero a finales de febrero el mismo Rudy aseguraba estar en perfectas condiciones: "No tengo ningún problema. Físicamente me encuentro muy bien. Puede que mejor que nunca". Sin embargo a medida que transcurría la temporada, a medida que los Blazers ajustaban su carrera hacia los playoffs, el rendimiento de Rudy no presentó mejora alguna. Antes bien aparecía pobre, errático y, aún peor, como falto de ganas, de voluntad. Aparentemente así fue.

 

Sus porcentajes apenas variaron. Seguía siendo un buen triplista y no era mala opción concederle tiros el equipo. Pero su principal fortaleza, el papel por el que fue alabado como novato, su condición de game changer, se había apagado del todo. Sus puntos y su discurso en la pista apenas tenían incidencia.

 

En su contra, no presentó una ambición personal. No mostró el menor síntoma de, incluso, contravenir algo su rol entrando a canasta o renovando su sacrificio defensivo, un par de cosas que ningún entrenador en el mundo prohíbe. A su favor, Rudy podía ser el enésimo caso de jugador que verifica que la segunda temporada de un novato prometedor es muy difícil. Esta última circunstancia es completamente normal en una NBA que asume y comprende una situación así. Ahí están los terceros años para tratar de enmendarlo.  

 

Pero no ha dado ocasión. Entrado el verano la información encendió otra vez las alarmas. Rudy anunciaba su expreso deseo de abandonar Portland y, llegado el caso, la misma NBA. Una amenaza por la que fue multado. Su agente, Andy Miller, no podía mostrarse más contundente: "La relación es irreparable. La situación se encamina hacia un choque de trenes porque la perspectiva que tiene Rudy de lo que quiere ser y hacer es lo diametralmente opuesto a lo que los Blazers piensan".

 

Nate McMillan, viéndoselas llegar, reconoció por su parte haber tratado de contactar con Rudy desde que terminó la temporada. Y todos los intentos, según él, en vano.

 

Y el agente apostillaba. Haciendo de portavoz de lo que podía estar atormentándole y al parecer contra lo que aseguraba la prensa, Miller dejó claro: "Lo que menos preocupa a Rudy son los minutos que juegue o deje de jugar".

 

Durante el Mundial el mallorquín tenía de nuevo -como en Pekín- una magnífica ocasión de resarcirse. De reencontrarse como jugador y hasta aprovechar el escenario internacional para hacerse entender. Su papel en la selección no fue malo. Volvió a cortar la defensa buscando los balones altos -eso que añoraba sin Sergio- y sobre todo, se mostró como nunca al rebote.

 

Su papel en Turquía no sirvió tanto para reforzar su figura en la NBA -denunciando a McMillan como equivocado. Mucho antes sirvió para que, de nuevo con sus compañeros y amigos, con un baloncesto donde se sentía más importante, y todo ello después de un tiempo en su Mallorca natal -"aquí me siento muy bien"- fortalecer su deseo de regresar, de quedarse y no volver nunca. Si chasqueando los dedos Rudy pudiera haber hecho desaparecer su contrato y con ello no tomar el avión de vuelta, lo habría hecho sin dudar. No hubo momento más crítico en su relación con la otra liga que ése. Hasta esta semana.

 

A mediados de septiembre, a pocos días de arrancar la pretemporada, Rudy mandaba todas las dudas al carajo asegurando que tenía "muchas ganas" de volver y empezar. "Yo creo -aseguraba- que si Portland sigue con mis derechos es que confía en  mí y tengo muchas ganas de poder empezar la pretemporada con ellos y  poder demostrar que tengo un sitio en este equipo para poder tener  minutos. Lo más importante es que vaya creciendo como jugador y como persona. Soy jugador de la NBA y esto no lo puede decir todo el  mundo. (...) Estoy muy agradecido de poder seguir en la NBA y competir con los mejores"

 

Tan sólo unos días después, durante la presentación del equipo a los medios para el nuevo curso, las declaraciones daban un giro radical y de lógica totalmente inesperada, como un portazo final: "No quiero jugar más en la NBA. Pediré que me liberen para volver a España con mi familia. (...) Prefiero el estilo de juego europeo".

 

No había un órdago mayor. Los Blazers, conociendo esta difícil situación, habían intentado traspasar a Rudy sin éxito a lo largo del verano. El jugador cambiaba ahora su discurso asegurando que el problema no eran los Blazers. Lo era la liga entera no queriendo un traspaso ni ningún otro equipo o ciudad. Queriendo únicamente que lo dejaran libre.

 

En estos dos años, y especialmente este último, los términos de lo ocurrido entre McMillan -"A ti lo que te jode es que en Europa eras una estrella y aquí un cualquiera"-  y Rudy -"Este tío por mis huevos que no va a poder conmigo"- han sido mucho menos suaves de lo publicado. No dejan de ser calentones puntuales fruto de un desencuentro ascendente. Pero siendo el fondo algo irrespirable, irrecuperable en términos de Miller, el problema más personal de Rudy reside en que ha llegado un punto, tristemente rápido, en que para él la NBA es McMillan y su enojo y pesadumbre en Portland. Se crea o no su visión de las cosas ha funcionado así.

 

Y la salida a todo eso es España. La órbita mental del mallorquín liquida cualquier otra posibilidad.

 

En paralelo, y buscando una explicación a todo esto, hay suficientes indicios para asegurar que Fernández no se ha hecho en absoluto a la vida en los Estados Unidos. Entre la soledad y los habituales encuentros de ocio con el resto del grupo hay demasiadas pruebas de que Rudy ha estado eligiendo la primera a pesar de los constantes intentos del resto por integrarlo mejor. Una situación delicada que, en última instancia, pertenece a la persona. Pero que inevitablemente revela su estado personal y determina por completo su condición (social) en el equipo.   

 

Todo ello, además de perplejidad, mueve un poco a la desolación por el enorme cariño que despierta Rudy en todos los pabellones -durante el calentamiento los niños se agrupan coreando su nombre- y la personal predilección desde su llegada por parte del dueño, Paul Allen -"Y de qué me sirve a mí eso"-, declarando a sus subordinados que en su proyecto Rudy era intransferible. Rudy ha sido, en muy poco tiempo, un icono juvenil en Portland y ese tipo de jugador que por alguna razón conecta con el cariño público. De un tiempo a esta parte, y por todo lo ocurrido, esa relación se ha venido abajo y patético es el adjetivo más suave que la masa social le dedica estos días en la red.

 

Con todo, nada de esto es precisamente nuevo y cabría desmontar la teoría de que el disgusto de Rudy corresponde a un cambio en su papel en esta última temporada. Rudy ya cuestionó ese mismo papel al término de su año rookie e incluso advirtió al equipo que si, como pretendían, llegaba Hedo Turkoglu, no tendría ningún reparo en cambiar de aires.  

 

Por lo que se puede leer estos días el baloncesto español se frota las manos alfombrando la posible llegada de Fernández. No es para menos por recibir al determinante joven que se marchó. Pero todo cuerpo técnico que se atreva, y más cuanto más poderoso el equipo, debería pensar en todo lo ocurrido y qué podría suceder ante una situación futura que no satisfaga al recién fichado. Porque nada hace pensar que su vuelta libere a Rudy de Rudy. De cierta propensión a expresar disgusto en toda la escala posible, de una falta a una sustitución a un estilo de juego. Una conducta demasiado impaciente y visible, melancólica y rendida a una libertad de depresión que está esgrimiendo ahora mismo -y aquí sí es difícil el precedente- razones humanitarias para dejarle marchar.

 

Una verdadera pena.

El amarre de los caballos era fuerte y seguro. No así la capa de hielo que cubría el Misiwaka al despuntar la primavera por encima de los rápidos que nunca terminaban de cerrar. A las riendas de los caballos y a paso lento por la pesada carga de heno, el pequeño Jimmy pretendía cruzar el río eludiendo el tramo acostumbrado, el que le había enseñado tío Peter y que conservaba intactas aun a esas alturas de estación las herraduras en la nieve, una hilera de huellas oscuras que cortaba el río en dos. "Por debajo de las corrientes, Jim. Ahí el hielo es seguro".

 

A punto de alcanzar la otra orilla el muchacho escuchó un fuerte crujido a su espalda seguido de un atroz relincho que rajó el aire de las montañas. Uno de los corceles había abierto un agujero de su tamaño. Y arrastrado también al siguiente. Jim no podía llorar. No tenía tiempo ni para saber qué hacer. Sólo sintió un miedo infinito a perderlo todo por aquella boba osadía de ganar un par de millas al río. "Deja siempre correa. Nunca sabes cuándo te hará falta". Y Jim corrió a los primeros árboles suplicando al nudo que sujetara antes de que él también fuera arrastrado. Porque por nada del mundo soltaría las correas, de las que tiraba con su minúscula fuerza mientras los dos caballos cabeceaban desesperados por salir de allí.

 

Nunca supo muy bien de dónde vino la ayuda. Pero finalmente las bestias pudieron remontar y ganar la orilla. Jamás volvió a desobedecer. Había pasado mucho más miedo que cuando su hermana Annie le gritaba camino de casa -"¡Corre, Jim, corre!"- porque un oso les perseguía ladera abajo.

 

Se preguntaba por qué razón le asolaban estos recuerdos aquella noche de invierno, una más ahincado en su escritorio. Y por qué lo hacían todos con la misma intensidad. Sin discriminar desventuras. Y ninguna grabada en su alma con igual fuerza que el terrible verano de 1870, cuando Jim contaba tan sólo nueve años. 

 

A mitad de julio el abuelo fallecía de repente, dejando a John Naismith, padre de familia, a cargo de su suegra, su esposa y tres hijos. Apenas tres años antes se habían mudado de Almonte a un pequeño desfiladero junto al río Ottawa porque padre pensó que era el mejor emplazamiento para levantar un aserradero. John acumulaba encargos para la construcción de casas en las localidades vecinas. Y allí soñó con establecer el futuro de la familia.

 

Pero la muerte del abuelo trajo consigo la desgracia. Como un conjuro. Pocos días después, aún en duelo por el adiós del viejo, el aserradero sería pasto de las llamas sin que pudieran hacer nada más que contemplar el terrible espectáculo en mitad de la noche. Jim recordaba sus ojos llenos de lágrimas y la visión borrosa de aquellas luces malditas. Sin saber si era a causa del fuego o de la infinita angustia de que fue víctima viendo a sus padres, abrazados impotentes porque no había otro amparo.

 

Antes de poder recobrar la cordura John Naismith contrajo la fiebre tifoidea. No había cura. Cayó en cama y desde Almonte su cuñado William realizó el peor viaje de su vida. Tenía decidido llevarse a su hermana y los niños. Sólo que ella no dejaría morir allí solo a su marido.

 

Jim recordaba a su madre entre sollozos despidiéndose de él y sus hermanos. No volvería a verla. En menos de tres semanas John Naismith y su esposa perdían también la vida.

 

Suspiró entonces a la media luz de la lámpara.

 

Los niños quedarían así a cargo de tío Peter. La tragedia conmocionó Almonte, adonde regresaron al calor de la fraternal comunidad escocesa. Porque eso era Almonte. Un pedacito de Escocia al sureste de Canadá.

 

Desde que David Shepherd recibiera de manos de la Corona Británica un total de 200 acres para levantar un molino de grano a partir del que extender la tierra, una nutrida comunidad de colonos escoceses se había instalado allí en perfecta armonía con otras familias irlandesas sin más lugar en el mundo.

 

Al igual que tantos otros John Naismith había llegado como adolescente. Y como Jim, el mediano de sus hijos, había dejado de ser un niño con apenas diez años.

 

 

 

 

Suspiró de nuevo. Como si hacerlo le ayudara a disipar aquellas negruras y regresar al trabajo, esparcido en hojas y apuntes sobre la mesa.

 

Tal vez fuera que el insomnio de las dos últimas semanas se estaba cobrando lo suyo. No podía evitarlo. Tratando de encontrar lo que buscaba, escarbando en su pasado, la cabeza se perdía irremediablemente en las mayores provincias de su memoria. Y entretanto se llevaba una y otra vez los dedos a los ojos. Unos ojos entumecidos por la falta de sueño.

 

Afuera nevaba. Diciembre cubría Springfield con un manto blanco.

 

Apagó la luz creyendo que volver a la cama sería la solución. Pero enseguida volvió a encenderla. Aún no había terminado. Y tampoco albergaba esperanzas de hacerlo aquella noche. La última de que disponía.

 

Jim sabía perfectamente que no estaría allí quebrándose los sesos si aquella mañana, en la oficina de la Policía Montada de Montreal, su amigo Tait McKenzie y él no hubieran recibido la negativa por respuesta. "Venimos a alistarnos", se adelantó Naismith. "¿Cuántos años tienes, hijo?". Ambos tenían diecinueve. "Lo siento, pero no podéis ingresar hasta el año que viene". McKenzie aguardaría. Pero para entonces Jim ya tenía otros planes. Los que la vida le ponía por delante.

 

Tiempo atrás había abandonado el instituto porque era imposible estudiar cuando la salvaguarda de la familia obligaba a interminables jornadas de trabajo que arrancaban a las cuatro de la mañana y se prolongaban hasta más allá de las diez de la noche. Y los inviernos tampoco sabían de piedad al cuidado de la pequeña granja propiedad de su tío, el sustento de todos.

 

"Tío, quiero regresar a la escuela, terminar lo que debo". Cada vez que ambos se pronunciaban palabras de peso el hombro de Jim recibía la reconfortante mano derecha de Peter. "¿No es muy tarde ya para eso?". Y el sobrino bajaba la vista algo avergonzado.

 

Pero Jim cumplió su promesa y regresó al instituto. Lo haría cerca de cumplir los veinte años, cinco más que sus compañeros de clase. Un retraso que apremiaba un sacrificio mucho mayor. Tanto como que completó en dos años los cuatro cursos restantes. Y empezó a creer en sí mismo como nunca antes. El siguiente paso sería la universidad.

 

En realidad había vuelto a los estudios por una sola razón: cumplir el expreso deseo familiar de convertirse en ministro de la Iglesia. Su hermana Annie encarnaría en vida una promesa que por convicciones religiosas asignaba a unos padres ya muertos. Jim debía ser sacerdote. Y a todos menos a él correspondía esa decisión.

 

Por ello emprendió el viaje que marcaría su vida. Montreal. Porque allí podía estudiar Teología en la universidad fundada en 1813 por un célebre escocés de nombre James McGill. Desde su ingreso la clausura en su dormitorio entre libros resumía su completa existencia. Y así fue hasta que dos alumnos irrumpieron una noche en su habitación. Eran Jim McFarland, célebre en el centro por sus cualidades atléticas, y Donald Dewar, por farfullar lemas como un eco. Portaban consigo un mensaje que al parecer desconcertaba a más estudiantes:

 

- Oye, Naismith -se adelantó McFarland-, te hemos estado observando desde que llegaste. Y nunca participas con nadie en ningún deporte. No juegas a nada con ninguno de nosotros. Pasas demasiado tiempo aquí dentro. ¿No crees que va siendo hora de dejarte ver en el gimnasio?

- Hazle caso -repuso Dewar-. Así nadie hablará más de la cuenta.

Jim se encogió de hombros articulando a duras penas una sencilla pero rotunda verdad.

-Pero... yo nunca he pisado un gimnasio.

 

Lo haría a partir de aquel día. No pretendía ser descortés ni comidilla de nadie. Y tampoco figurar como un pasmarote. Así que para comprenderlo todo aprisa puso en práctica todas sus dotes de observador.

 

Le llamaron la atención las barras y demás aparatos del gimnasio. También la noble práctica del boxeo. De toda una vida dedicada al trabajo en el campo su cuerpo nunca se había hecho preguntas. Tan sólo se sentía en plena forma y no había imaginado que en la universidad tuviera que ponerlo a prueba. Emplearlo de manera distinta. Eso era el deporte por lo visto.

 

Fuera del recinto encontró un mundo incluso más rico. Los deportes de césped. El fútbol europeo, el lacrosse, el rugby inglés y el béisbol completaban el círculo que Naismith trató de descifrar en adelante. Y como el resto de cosas, a gran velocidad. Su categoría como observador y hombre de iniciativa se pusieron de manifiesto una tarde de entrenamiento de rugby, al término de las clases.

 

Matthewson, el centro del equipo, se rompió la nariz y Sack Elder, uno de los capitanes, se dirigió al grupo de espectadores entre los que se encontraba Naismith. "¿Alguien para ocupar el puesto de Mat?". No contestaba nadie. "Os necesitamos. ¿Es que no hay nadie que se atreva?". Sin saber muy bien por qué, acaso porque precisaban ayuda, Jim se quitó el abrigo y dio un paso adelante. Él lo haría.

 

Con tal inesperado éxito que en los siguientes seis años no se perdería ni un solo partido. Y aun más, se haría imprescindible. Un referente en el equipo y el alumno más involucrado en las actividades deportivas de toda la universidad.

 

Jim no renunció a su graduación. Pero sí al sacerdocio. Encontró en el deporte una misión mucho más cristiana que la oración. Junto a compañeros y amigos, desconocidos y rivales, experimentó multitud de vivencias reveladoras en un sentido que él entendía bello y noble. Y ya no había vuelta atrás.

 

El cambio fue terrible para la familia, consolada por una comunidad de indelebles convicciones que también interpretó como un gravísimo error la renuncia del joven.

 

Su hermana Annie no le perdonaría. A sus ojos era una traición. Y la vida tampoco ayudaba a aliviar lamentos. Cumplido el primer año en McGill, Jim viviría el peor capítulo de su existencia, una escena y unas palabras que nunca jamás olvidaría.

 

La Nochevieja de 1884 su hermano Robbie se disculpó ante la mesa. "No me encuentro bien. Voy a la cama. El estómago. No sé qué es". Y nadie lo sabría. Jim acudió a su lecho sobrecogido por los espantosos gestos de dolor de su hermano pequeño. Gestos que a la presencia de Annie reprimía para no hacerla sufrir. Ella, sin saber gran cosa, le aplicaba paños calientes de agua con sal, el último de los cuales dejó a los varones a solas. "Jim, no puedes hacerte una idea de esto. Si de verdad me quieres, por favor, te lo ruego, mátame". Mientras pronunciaba estas palabras apretaba su mano con una fuerza imposible. Menos de una hora después Robbie fallecía. Su apéndice había reventado. Tenía dieciocho años.

 

De todas las tragedias sufridas, volvió a convencerse, nada como aquella noche de siete años atrás. Recordarlo una vez más le paralizó durante unos segundos, nuevamente inmóvil sobre la oscura madera de nogal que apilaba notas donde los garabatos comenzaban a ganar terreno a las palabras.

 

La muerte de Robbie redobló el sentimiento de culpa que el entorno más rígido de Jim se encargaba de avivar por aquella renuncia. Annie no aceptaba otra vida para su hermano que no fuera el hábito eterno. Y muchos de sus compañeros seminaristas compartían el sentir de su hermana. Sobre todo cuando el imaginario religioso, común a escoceses, irlandeses y no pocos americanos, recelaba del deporte como una práctica del diablo.

 

Naismith era la excusa perfecta. Nadie como él encarnaba el ideal del reproche. Porque sus heridas no parecían tener fin.

 

Sus compañeros de seminario se sintieron indignados la mañana siguiente a un durísimo partido ante Ottawa en que Naismith hubo de subir al púlpito para oficiar una ceremonia y sus ojos y pómulos, hinchados por los golpes, estaban negros como el carbón. Una escena que se repitió al día siguiente y que en muchas otras ocasiones presentaba peores consecuencias. En una cena del equipo Jim perdió de repente toda la energía del cuello y su cabeza se comportó como la de un guiñapo teniéndosela que sujetar con las manos. Años después de batallas sobre el césped uno de sus oídos presentaba una pérdida irreparable.

 

Para la parroquia no eran estigmas. Sino sucias heridas del deporte. 

 

Para Jim, en cambio, el mal no sabía disfrazarse. Se presentaba igual en todas partes. Un compañero de equipo, un tipo rudo y borracho al que llamaban ‘Drunken' Donegan, la emprendió con su virilidad por leer la Biblia. Jim se vio obligado a tumbarle de un puñetazo. Tampoco era raro tomarla con él por ser abstemio, condición de difícil cumplimiento entre universitarios pero promesa hecha a sus hermanos, uno de los cuales ya no estaba entre ellos cuando decidió pasar un verano entero en Manitoba en calidad de misionero.

 

A diferencia del recogimiento que profesaba su hermana, Jim encarnaba el ofrecimiento.

 

 

 

 

En la primavera de 1887 ya era un licenciado. Pero decidió proseguir todo el trayecto que conducía al sacerdocio. Ahora estudios como seminarista presbiteriano. Mientras fuera así creía poder atenuar la presión en su contra. Lo que no podría atenuar era otra de muy distinto signo que empezaba a cobrar forma.

 

Naismith fue solicitado para ocupar el cargo de instructor en educación física de la universidad que había dejado vacante la repentina muerte de Frederick Barnjum. No podía negarse. Si quería completar sus estudios en McGill debía pagar un dinero que su empleo estival para tío Peter no alcanzaba a cubrir.

 

Para entonces había entablado amistad con Daniel Andrew Budge, el director de una institución londinense que se había extendido ampliamente por Norteamérica desde su origen en 1844 y una de cuyas sedes más antiguas residía en Montreal. Era la Asociación de Jóvenes Cristianos (YMCA). Y algunas de las conversaciones de mayor peso filosófico se las había procurado su relación con aquel hombre. El día menos pensado Budge le ofreció algo. "Oye, Jim. Tenemos una escuela que necesita a alguien como tú. Puedo recomendarte, aunque en realidad debería ser al revés". Naismith tan sólo preguntó dónde. "No está en Canadá".

 

En abril de aquel año 1890 el doctor James completaba sus estudios pudiendo optar, si así lo deseaba, por ejercer como sacerdote. Pero la oferta de Budge le rondaba desde hacía tiempo la cabeza. Si no el destino extranjero, sí la organización religiosa, que armonizaba perfectamente las dos cosas que gobernaban con firmeza su vida. Empleó el verano visitando varios centros dejando para el final su viaje a Springfield.

 

Allí le sorprendió su director y la inmediata química generada entre ambos. Luther Gulick contravenía la imagen de vieja flema británica que James sin duda esperaba encontrar. "Le imaginaba mayor, señor Gulick". Rápido y firme, el director, hijo de un misionero destinado en Hawaii, demostró que la concepción del entrevistado no distaba mucho de la realidad. "Puede llamarme Luther, pero no cometa más errores". El caso es que ambos se dispensaron una magnífica impresión. "Tengo muy buenas referencias suyas. Así que usted decide".

 

No hubo que esperar. Naismith regresó a Almonte al calor de los suyos. Era un verano de despedida. Lo había decidido. A pesar de que los reproches no cesaban. "No puedes hacer esto". A los lamentos de Annie se sumaban los de tío Peter, convencido de que aquel tardío regreso a los estudios se debía únicamente al cumplimiento de una promesa que nunca hizo.

 

En septiembre tomaba rumbo al sur. Al siguiente nuevo mundo.

 

Qué rápido había pasado todo, pensó. Lo hizo sin reparar en que él mismo había contribuido a ello. Durante la primera cita Gulick le informó de que debía completar dos años de instrucción. Naismith lo haría en uno. Y sin dejar de jugar. En Springfield seguiría siendo el centro del equipo de rugby.  

 

Apoyándose en la madera se incorporó pesadamente y estiró algo las piernas por la habitación. Su cama estaba intacta. Y él demasiado desvelado para deshacerla.

 

En unas horas debía presentar la solución para la que había sido reclamado. Y no la tenía. Tantos días después seguía sin tenerla. Y temía lo peor. En pie junto a la ventana maldijo aquella parálisis. Hasta llegó a creer que fuera a causa del fuerte golpe recibido poco tiempo atrás ante un equipo de Connecticut, cuando perdió el conocimiento y despertó sin memoria. Aquel sábado se lo llevaron a su habitación -"Descansa, amigo. Mañana estarás mejor. Jim, ¿nos oyes?"- y no sería hasta el domingo que la cabeza volvió a su sitio. Ahora casi añoraba la serenidad de aquel sueño profundo.

 

Se preguntó cuánto tiempo llevaba divagando, cuánto extraviado del único motivo por el que seguía allí despierto. Una razón que no se había movido del sitio. Como una sombra implacable.

  

Todo se remontaba a trece días atrás. Cuando fue reclamado por Gulick para una cita en su despacho. Era la primera a solas después de una serie de reuniones con más instructores de la escuela y todas con el mismo desenlace, coronado por el disgusto del director. "Seguimos igual. Aquí no hay nada nuevo bajo el sol". Aquella mañana el rostro de Gulick había empeorado visiblemente. "Jim, esto no puede seguir así". Naismith conocía el problema. Todo el mundo lo sabía. Pero no acertaba a intuir qué podía pedirle esta vez su superior. Y aun menos la urgencia. "Tienes dos semanas. Ni un día más ni uno menos". Inventar algo nuevo era una posibilidad. Pero que además funcionara dificultaba las cosas a un grado que el profesor desconocía. "Confío en ti".

 

No era que Gulick la hubiese tomado con él, como llegó a creer. Era su certeza de que si alguien podía hallar una solución ése era Naismith. Y el muestrario de Gulick era, como la misma YMCA, mucho más amplio que las paredes del centro.

 

El problema era evidente. Lo venía siendo durante años. Todos los deportes podían ser practicados al aire libre los largos meses de tregua. Pero al precipitarse el frío y los alumnos dentro del recinto, del pequeño gimnasio de la escuela, el problema era crítico. La gimnasia de suelo y los aparatos aburrían a todos por igual. La motivación rehuía a profesores y alumnos y los dos o tres juegos que a ratos practicaban -three deep, line ball y una variante del cricket- no despertaban gran entusiasmo.

 

Los meses de invierno hacían así hibernar el deporte perdiendo la red escolar de la YMCA buena parte de su sentido. Hacía falta algo nuevo que incorporar a las muchas horas de instrucción en el gimnasio.

 

Recibida la orden Naismith no pensaría ya en otra cosa. Pero no hallaba nada. Y a cada jornada infructuosa su desasosiego era mayor, lo que provocaba largas noches de insomnio en la última de las cuales, a cuatro días de la Navidad de 1891, se hallaba apresado. Era el día en que el plazo expiraba.

 

Jim lo había pensado todo. Sin reparar en recursos. En busca de inspiración acudió a la Universidad de Yale e incluso visitó la pequeña isla de Martha's Vineyard, en cuya escuela se impartía el llamado método sueco de entrenamiento. Rellenó libretas enteras. Pero ninguna solución a la vista.

 

 

 

 

Los numerosos intentos de trasladar los grandes deportes al gimnasio se habían saldado, como era de esperar, en rotundo fracaso. El fútbol tendía al destrozo de mobiliario y ventanas. El rugby al de crismas. Y el lacrosse a una intrincado enjambre de arcos en mutuo apaleamiento. Ningún ensayo evitaba el disgusto de los veteranos y el desconcierto de los novatos, muchos de los cuales terminaban lastimados.

 

El mismo Gulick había probado lo suyo. Un par de juegos sin excesivo fuste de continuidad. Uno era el battle ball, obra de un profesor de Harvard, que buscaba hacer diana sobre los rivales al lanzamiento del balón. El otro, evitar que los balones medicinales tocaran el suelo una vez eran arrojados por los rivales con mala idea.

 

Todo en vano.

 

Como penúltima prueba Gulick había contratado los servicios de un tipo, Robert Clark, célebre por sus ejercicios anaeróbicos en Williams College. La novedad en Springfield consistió en unas carreras de patatas que más que al entusiasmo movieron a la burla. Desesperado, el director optó por encargar la solución a Naismith.

 

No bastaría el papel. Para que la presumible invención no corriera riesgos debía probarse ante la clase más difícil del centro, un grupo de veteranos conocido como los incorregibles. Antes que convencer a muchos Naismith sabía que bastaba con hacerlo con dos estudiantes: su compatriota T.D. Patton y un descarado irlandés de Memphis de nombre Frank Mahan. Los dos líderes del aula. Cualquier cosa que dijeran era seguida por el resto a pies juntillas. Convencidos ellos, convencidos todos.

 

Era lo de menos. Le azuzaban más otras advertencias, una de las cuales tampoco facilitaba las cosas. "Y nada de juegos con pelota pequeña. Necesitan una equipación extra que no estamos en condiciones de sufragar". Desde el principio Naismith había desechado versiones reducidas del béisbol, el tenis, el squash, el cricket, el lacrosse o el hockey. Pensó que no servían. Y hasta aprobaba la suspicacia de Gulick. "Ten por seguro además que esos truhanes esconderán la bola a la menor ocasión".

 

Teniendo todo esto muy presente un repentino fulgor de la lámpara le devolvió a la relectura de sus líneas maestras. Como a mitad de hoja una de ellas rezaba a trazo más grueso: "They can't run with the ball". Acto seguido tuvo claro que si no podían correr con el balón tendrían dos opciones. No. Tachó. Obligaciones. Debían pasar el balón a un compañero o bien enviarlo directamente hacia algún destino objetivo del juego.

 

Instintivamente volvió a dibujar una portería. Era la enésima vez que lo hacía. Había imaginado el depósito del fútbol y el lacrosse bajo techo. Pero de repente aquella simple boca presidiendo una nueva  hoja le hizo imaginarla flotando. A cierta altura. En algún sitio por encima del suelo. A la vez, se convenció, era una portería mucho más pequeña. 

 

Naismith apretó la pluma entre los dedos y escribió: "Elevated above the defenders' heads".

 

Imaginó entonces a los muchachos arrojando la bola con todas sus fuerzas en esa dirección. Y de nuevo Gulick y sus malditas advertencias se interpusieron. "No quiero pelotazos. Acabarán con todo".

 

Su memoria remontó entonces con fotográfica precisión al juego de infancia que llamaban Duck on the Rock. Jim y sus amigos situaban sobre el borde de una gran roca una pequeña piedra que habían de desplazar con el lanzamiento de otras. Todos obraban de igual manera. Todos menos él. Lo que llevaba al pequeño Tait a hacerle siempre la misma pregunta:

- Jim, ¿por qué tiras tan suave?

- Así no tengo que ir a recogerla tan lejos.

Mientras los demás ponían todas sus fuerzas en los disparos, todos en línea recta, Jim los realizaba con una suave parábola. Para que el contacto, caso de darse, se produjera de arriba abajo.

 

Ahora la pluma escribía sola: "Throw the ball in an arc". La más simple consecuencia de imaginar dos mundos: uno, de entrada horizontal, como en el fútbol o el lacrosse, y otro, de entrada vertical: que la bola cayera del cielo habiendo sido arrojada unos palmos por encima del suelo, acaso a la altura del jugador. Y añadió: "Force will be of no value".

 

Los siguientes minutos fueron de una cadencia lógica perfecta. Un efecto estimulante y extraño, obra de una insólita lucidez cuya naturaleza, escribiría años más tarde, sólo podía ser explicada "from the philosophical side". Las dos semanas de enquistamiento habían llegado repentinamente a su fin. Derribado el dique las aguas rompían por el canal más blanco de sus hojas.

 

Naismith coronó el esbozo con una última consigna que abriría fuego: "Throwing the ball up between the two teams". Y eso le correspondería a él.

 

Pasó a limpio éstas y otras valiosas líneas que su cabeza había tramado en secreta intimidad antes de acostarse. Era tarde. Pero nunca como entonces tenía tantos motivos para poder dormir en paz.

 

Era la mañana del 15 de diciembre. El frío apretaba. Pero lo hacía fuera.

 

-Pop, necesito tu ayuda.

Robert Stebbins, el conserje, daba una última barrida al vestíbulo a poco de iniciarse otra jornada.

-Usted dirá, señor.

-Necesito un par de cajas de madera. Que sean sólidas. Y como de un tamaño de medio metro de lado.

Stebbins no disponía de ellas y acarició su barbilla en señal de duda. Una duda que el mismísimo Descartes habría celebrado. Porque de haberse empeñado en cumplir la orden habría acudido a por ellas a alguno de los institutos cercanos.

-Lo lamento, señor, pero... ¿no le valdrían un par de cestos de melocotones que hay en el almacén?

-No sé... ¿podría verlos?

-Naturalmente. Venga conmigo. Son de más o menos este tamaño -y a paso firme abría las manos en torno a las 18 pulgadas que el profesor le había sugerido.

 

Naismith abrió los ojos en cuanto los tuvo a la vista. No eran más que unos cestos. Los mismos de siempre. Y sin embargo creía estar viéndolos por primera vez en su vida.

-¿Le valen?

-¡Son perfectos! -repuso radiante-. Coge uno. Yo llevaré el otro. Coge también la escalera, un martillo y unos clavos grandes. ¡Vamos!

-¿Adónde?

 

De un solo golpe Naismith abrió la doble puerta del gimnasio.

 

Se apresuró al otro extremo mirando hacia arriba, a un punto intermedio bajo el balaustre finamente torneado que circundaba el recinto como una corona.

-¿A qué altura está el raíl? -preguntó.

-No sabría decirle, pero en torno a los diez pies.

 

Diez. Diez era un número mágico. Perfecto. Por alguna razón estaba ahí, dormitando a la espera de ser despertado.

-¿Tiene usted una cinta métrica?

No quería perder ni una pulgada.

 

Unos minutos después los cestos estaban colgados. Uno bajo el centro mismo de la balaustrada. El segundo sobre la puerta, al otro extremo de la estancia.

 

Naismith corrió a su despacho y tomó un par de hojas vírgenes. Empleó la siguiente media hora en redactar un total de trece reglas que concibió aprisa como innegociables. Dirigió entonces sus pasos al despacho de la secretaria.

-Señorita Lyons. Le ruego pase a máquina estas notas.

-¿Ahora?

-Ahora.

 

En cuanto dejó listas las dos hojas sobre el tablón de anuncios, junto a la entrada del gimnasio, las agujas del reloj acariciaban las once y media. Los muchachos estaban a punto de llegar.

 

Su último viaje fue hacia el almacén. De allí trajo consigo un espléndido balón de fútbol, el más robusto y reluciente de cuantos encontró. Le invadía un creciente nerviosismo que se obligó a moderar sin mucho éxito. De vuelta al gimnasio supo que todo estaba en regla. Tan sólo necesitaba una prueba real.

 

Escrutaba por última vez el cesto del interior cuando una voz le hizo girar en el acto.

-¡Ey, esto es nuevo¡ -exclamó Mahan, al que siguieron todos descubriendo las dos hojas impresas.

 

Allí estaban los 18 incorregibles.

 

Con morbosa curiosidad Mahan alcanzó la posición del cesto bajo el pasillo. Le siguieron los demás. Lo hicieron lentamente, como escolares que ingresaran con sigilo en la sala principal de un museo. "¿Qué es esto?". Naismith tragó saliva. "Bien -resopló-. Os voy a explicar en qué consiste este nuevo juego". Que no tenía ni nombre.

 

Se hizo otra vez con las reglas y a mitad de alocución hizo entrega de ellas a los estudiantes para que fueran cambiando de manos.

 

A excepción de Ruggles y Macdonald, todos lucían ese presuntuoso bigote de la Nueva Inglaterra finisecular. Vestían la indumentaria habitual de gimnasia mientras la luz de la mañana entraba generosa por los ventanales, dotando al piso de madera de un extraño brillo que figuraba un salón de baile. Stebbins había evacuado oportunamente aparatos y enseres, apilados junto a uno de los fondos. No había líneas. Sólo muros que delimitaban una estancia de unos 18 por 10 metros que, a pesar de conocida por todos, desprendía un irresistible aire renovado aquella mañana por la poderosa presencia de dos elementos.

 

Naismith separó el aula en dos grupos y eligió dos capitanes. El californiano Eugene Libby y el canadiense T.D. Patton fueron los encargados de seleccionar a los otros ocho con que completar los dos equipos. Acto seguido el profesor encargó a los capitanes que perfilaran en sus grupos tres líneas de juego: tres defensores atrás, tres medios y tres delanteros.

 

-¿No podemos movernos? -preguntó Davis.

-Podéis hacerlo libremente. Pero es mejor preservar un cierto orden.

El mismo que obedecían en los otros deportes.

 

El silbato puso fin al murmullo y el balón de fútbol se elevó al aire por primera vez.

 

Todo pasaría volando. Tal vez porque para todos resultaba una experiencia completamente nueva.

 

Una primera impresión, diametralmente opuesta a todos los ensayos anteriores, desprendía entusiasmo. Un abandono de todos los jugadores al fragor del nuevo juego. Un interés natural por encima incluso de las mejores expectativas.

 

Era difícil mantener a los chicos en sus líneas de campo, pero por alguna razón conservaban ligeramente la posición asignada, evitando así las melés que Naismith tanto había temido. Había de hecho como un cuidado especial en no tocar a los rivales, o no hacerlo como en el rugby. Insistir en el castigo de la expulsión estaba dando resultado.

 

Todo sucedía con aire lúdico. Pero nadie sabía qué hacer. El instinto movía a quien tuviera el balón a salir corriendo. Y nada materializaba la idea del trabajo en equipo. Tan sólo que a medida que los minutos discurrían los pases parecían aumentar en intención y con mayor acierto que los tiros, muchos de ellos tan disparatados como -bastaba contemplarles- divertidos. 

 

Sin más orden que el caos ni más destino que el azar la bola fue a parar a las manos del reservado estudiante de New Bedford, William R. Chase, uno de los pocos nativos de la clase. Ocupaba una posición algo más retrasada de la mitad del gimnasio, como a unos ocho metros del cesto. Chase elevó allí su mirada mientras su mano derecha formó con el balón un trazado que semejaba un anzuelo y que dio con aquella parábola que Naismith había soñado. Un instante después un golpe seco, como de sordo tambor, provocaba el silencio. Todos miraron a Naismith, que reaccionó señalando uno de los campos al grito de: "¡One goal!", mientras Chase recibió con orgullo los atolondrados cumplidos.

 

Entretanto Stebbins, atento como siempre, subía fatigosamente la escalera portátil y devolvía el balón a su sitio.

 

Aquello encendió los ánimos del equipo rival, que multiplicó sus lanzamientos al otro cesto sin éxito hasta el final del partido, momento en que Naismith hizo sonar con fuerza el silbato mientras se esforzaba en repetir "It's over!".

- ¿¡Ya!? -corearon indiscriminadamente.

 

Nada como aquella última reacción para maravillar a un hombre que, ahora sí, entendió que había cumplido su trabajo. Acaso su lugar en el mundo.

 

Los muchachos tenían otra clase y Naismith que comunicar algo importante al director de la escuela. El alumbramiento de un recién nacido. Pequeño, retorcido y sangriento. Pero una nueva vida que su mismo padre debía dar a conocer.

 

 

 

 

Dos semanas después una epidemia había invadido el centro y corría a expandirse por otros a gran velocidad. El juego había resultado un completo éxito.

 

Naismith cerraba la puerta de su dormitorio cuando vio subir escalera arriba a un alumno muy familiar.

-Mahan, ¿qué te trae por aquí?

-Verá, señor, como usted sabe estas hojas desaparecieron hace ya unos cuantos días.

 

Las reglas mecanografiadas por Miss Lyons habían sido robadas y ya se daban por perdidas. Mahan extendió su mano con ellas.

-Vaya, las has encontrado.

-No, señor. Fui yo. Lo siento, de veras. Pensé que eran muy importantes. De hecho así lo creo. Estoy convencido de que esto es algo muy valioso, un pedacito de historia que el futuro pagará en su justa medida. Y le corresponden a usted. Usted es su dueño -alzó la voz con su inconfundible acento de Tennessee-. Por eso se las traigo. Le ruego sepa disculparme. Obré mal.

 

Naismith era muy indulgente y no vio mayor delito en aquella acción. Antes bien apreció el valor del joven, que en señal de compensación venía dispuesto a añadir algo más.

 

-Todavía no tiene nombre. ¿Por qué no llamarlo ‘Naismith ball'? Usted es el inventor y así se le recordará siempre.  

-No, Frank, eso nunca.

Pero Mahan era rápido. Y nunca desfallecía.

-Pues entonces, señor, si tenemos un balón y un cesto... ¿por qué no llamarlo baloncesto?

 

Una radiante sonrisa iluminó el pasillo. Mahan era un chico listo. Y Naismith un buen hombre.

De haber seguido la trayectoria de las dos anteriores esta tercera entrega debería haber sido escrita a la eliminación de los Cavaliers a manos de los Celtics el pasado mes de mayo. Pero la derrota no ofrecía nada nuevo. Era exactamente la misma película. Una película que a cada sucesiva entrega reforzaba más el título de la saga: No Rings For LeBron.

 

Un año más. Y hacían siete.

 

Lo que ha venido después ha resultado, mejor que interesante, mucho más acorde al sentido y material de que se viene nutriendo esta serie de carácter anual y cierto aire de tragedia. Por ello se elude esta vez el aspecto deportivo para recaer, si cabe, en un territorio de difícil tránsito: eso que el genial autor austríaco refirió como psicología de las masas.  

 

Para empezar todo podría resumirse de modo sencillo. Tan sólo bastaría una gigantesca cabecera: el verano de 2010.

 

En términos moderados, la casual coincidencia en el tiempo del ramillete más importante de agentes libres que nunca vio la NBA. Una simple cresta en el mercado. Pero la más alta. Y por ello, en términos de discurso deportivo, el fenómeno más recurrente en los medios de comunicación en los dos últimos años. Un monstruo de proporciones colosales venerado por quienes durante todo ese tiempo procuraron que no le faltara alimento.

 

De manera que la idea 2010 se instalara en el imaginario público con la misma intensidad que el 2012 en términos milenaristas.

 

Dicho de otro modo, o al modo en que fue anunciado el terremoto, se darían o podrían dar transacciones que hacer tambalear el escenario NBA en sus mismos cimientos y aventurar a la competición al inicio de una Nueva Era. Se añadía así una inconcebible dosis de suspense que haría contar los días, horas y minutos en llegar a la hora cero.

 

Sobre ese panorama predominaba una figura hegemónica: LeBron James. De hecho nada hubo más unánime que esto. LeBron sería el epicentro. Podía abandonar su equipo de siempre y la NBA al completo inclinaría sus poderes allá donde recalara el Elegido. Todo estaba preparado para algo así. Y hasta su abrupta caída en Boston anticipaba como nunca esa posibilidad.

 

Y la fecha llegó. El 1 de julio se abría la caza mayor y las piezas se avistaban con mucha claridad. Se lanzaron los cebos y en una semana LeBron puso fin a la fiesta. Una semana. Destino Miami. Junto a Dwayne Wade y Chris Bosh.

 

Un destino que como el resto de equipos reforzados habrá hora de abordar.

 

Aquí procede valorar, más que la decisión, la más general de sus consecuencias: el rechazo. Se abría una vez más la fractura que parece separar a LeBron del mundo. No valen sorpresas. El escenario no era otro: LeBron James ha cometido, al parecer, algo terrible. Un crimen que excede todo crimen anterior.

 

Tal vez mejor sea enunciar la premisa de la que parte todo: LeBron James no puede hacer nada que no sea motivo de universal reproche.

 

Cabe aquí señalar la primera y más grande incoherencia: durante años este jugador ya podía estar desatando el mejor baloncesto del mundo que sus críticos más feroces aguardaban cada final de temporada a esgrimir una cínica sonrisa en la tranquilidad que les procuraba su fracaso. Uno más.

 

Durante años los argumentos contra él se han multiplicado a todos los extremos concebibles. Con el paso del tiempo ya sólo restaba el mayor y principal de todos. En rigor el único y último: el anillo.

 

Y sin anillo LeBron no tenía ningún sentido. Ninguno salvo enfrentarlo con la consiguiente humillación a los anillados pretéritos. A todos. Cualquiera valía para ello.

 

Esa presión de tonelaje mundial llegaba a LeBron personalmente. "Él solo desea el título más que todos nosotros juntos" (A. Varejao). Había dominado los apartados estadísticos como nadie desde Oscar Robertson, Wilt Chamberlain o Earvin Johnson. Había también liderado a su equipo a dos títulos de la Regular. Pero el objetivo final del campeonato era la barrera que año a año se resistía. La de este último especialmente dolorosa, dado que por fin parecía contar con algo más.

 

James era muy consciente de ese presumible fracaso que llevarse a la tumba. A él se le atribuye sin atenuante. Sin anillo no hay gloria.

 

Llegado a este punto el deportista decide, pues, que su mayor urgencia histórica es precisamente la que le exigen: el título.

 

Y así decide obrar. Incluso en perjuicio de su imagen de referente absoluto y esa ficticia leyenda de que haría campeón a un equipo sin un Pippen, un Worthy, un Gasol o un Ginobili. Se aduce incluso una distancia definitiva con Kobe Bryant, como si los tres primeros títulos de éste se debieran a él como el líder de aquella plantilla angelina.

 

De modo que, dispuesta siempre a renovarse, la oposición acusa ahora con abrumador acuerdo: LeBron James es un cobarde que, por extensión, ha cometido crímenes contra la humanidad de Cleveland.

 

Gracias a él se conocen ahora los terribles problemas económicos que atraviesa el condado del Cuyahoga (Ohio), del vacío dejado en New York por un sueño frustrado -al día siguiente su imagen aparecía maldita en numerosos puntos de la ciudad- así como del resto de destinos a pesar de que sólo uno era posible materializar.

 

James eligió el suyo. Pero se pretende hacer creer que alguna otra decisión, cualquiera que el lector imagine, iba a ser aplaudida, aprobada, o aun más improbable, no criticada.

 

En tan feroz intransigencia orbitan sus detractores que, por previsibles, era muy sencillo imaginar por dónde se moverían las consecuencias de haber elegido otro destino.

 

  • L.A. Clippers. Su presencia en Los Angeles no tendría motivo distinto que enfrentar su ego a Kobe Bryant.

 

  • New York. Ningún destino peor para su imagen. Por lo visto no habría elegido el deporte. Sino el dinero. Forbes le daba allí nada menos que el 46.6 por ciento de posibilidades de hacerse billonario respecto a los otros destinos.

 

  • New Jersey. Alguna oscura trama junto a su amigo ‘el rapero' para tomar un destino tan incomprensible a la masa. De haber elegido ese camino Cleveland y New York arderían en su contra con mayor intensidad si cabe.

 

  • Chicago. Siendo éste muy razonable se habría dado con total seguridad el mismo caso que L.A. Si allí era contra Kobe aquí lo sería contra Jordan.

 

  • Cleveland. Tan sólo sus aficionados habrían aplaudido una decisión así. El programa de televisión serviría a sus detractores para inflamar sus iras contra él por el universal teatro organizado para nada. Para quedarse en casa.

 

 

Ese inmenso continente detractor, el más persistente de todo el espectro público, encontrará siempre una coartada a la que aferrarse como si hubiera alguna decisión, incluso su negativa, que fuese aprobada por legítima. De modo que unos han aludido al fondo (debía el total de su existencia a la ciudad de Cleveland), otros a la forma (el programa de TV), y por supuesto, una tercera legión dispuesta a condenarlo todo.

 

Casi huelga valorar la misiva vomitada por Dan Gilbert, el dueño de los Cavs, como el más burdo acto de despecho en la historia de la liga. Un acto que se retrata a sí mismo. Mientras James formaba parte de la empresa, mientras era su gran acción financiera, su gallina de los huevos de oro, el jugador no mereció crítica alguna. Al minuto siguiente de salir, era el peor sujeto en la historia del estado.

 

Son de alabar en este sentido las declaraciones, libres de interés, de una leyenda como Chet Walker. ''Gilbert ought to be grateful, if anything, because for seven years LeBron was the team's cash cow". Un volumen de dinero extendido en años muy superior a los 120 millones de dólares en que tan sólo su presencia había revalorizado la franquicia. Un valor con principio y fin en los bolsillos del dueño.

 

Tampoco merece omitirse el proceso acontecido en buena parte de la prensa neoyorquina, víctima en algún caso de rabietas al modo Gilbert. La razón asoma también aquí con claridad. Dado que James no aterriza en la Gran Manzana, los firmantes no elevarán su condición profesional al nivel de reconocimiento e ingresos que su presencia les habría procurado en años venideros.

 

Imaginemos que se validara el derecho de LeBron a marcharse de la empresa donde ha finiquitado, y mejor que ningún otro empleado jamás, un contrato. Como tantos miles hicieron antes o como lo que simplemente significa la Free Agency: libertad.

 

La ofensiva mayor acudió entonces a la forma: el programa de televisión.

 

Nunca como en los últimos días se empleó el término ‘show' en un sentido tan despectivo como a la aparición de James en ESPN para dar a conocer su decisión.

 

Indica la RAE tres cosas sobre el término: Espectáculo de variedades / Acción realizada por motivo de exhibición / Producción de un escándalo.

 

Suponiendo que el acto de James -que nadie refirió como programa- se acogiera a la segunda acepción, valdría preguntarse de una vez qué es una estrella mundial y qué es lo que supuestamente debe y no debe hacer.

 

Mucho antes que villano James asoma como la perfecta víctima propiciatoria del mundo contemporáneo y la desorbitada relevancia que concede a sus deportistas más excelsos. Es el mundo quien convierte a estos en dioses y no al revés.

 

Ese mismo mundo que ha entronizado a un deportista incluso antes de su mayoría de edad se escandaliza cuando el deportista decide actuar por sí mismo, escapando al protocolo que al parecer también dicta la masa.

 

Pues ya puede ir acostumbrándose el mundo del siglo XXI a entidades globales como Cristiano Ronaldo o LeBron James. Ya puede empezar a asimilar que ellos son los nuevos Michael Jackson o Madonna. Y como tales comenzarán a actuar y comportarse. Porque empieza a ser una forzosa exigencia del guión. Ellos son la firma y el total. Ellos el negocio.  

 

Con un ensañamiento sin precedentes sobre el programa de TV, nada concentró con mayor claridad la ofensiva que el artículo de Bill Simmons, sobrado siempre de audacia, brillante acidez y plástico sentido del humor a sospechosa excepción de este caso.

 

Por una vez el autor no tuvo reparos en enfundarse la sotana populista de un predicador, asegurando haberse visto obligado a apagar el televisor y acostar a los niños dada la presumible condición tóxica de las imágenes.

 

Sin embargo no había el menor problema en que los chiquillos leyeran algún día la columna de su padre y entendieran que lo que James había hecho a Cleveland era equivalente, literal, a lo que el Enola Gay hizo con Hiroshima.

 

Dado que James había decidido que los ingresos por TV fueran a parar a una fundación benéfica, Simmons le acusaba ahora de emplear demagógicamente a los niños en su propio interés. Pero en cambio no veía nada reprobable en emplear a sus hijos sobre el enternecedor acto de acostarles ante semejante espectáculo contra su recta moral.

 

Nadie describió al día siguiente que lejos de la condición de ‘show', el programa no fue más que un simple pastiche de clásica estructura de coloquio en torno a un eje: la entrevista, de sobria puesta en escena y escasa duración. Un programa de TV que una anodina noche de julio animó inesperadamente la parrilla televisiva a unos índices de audiencia acordes con el asunto.

 

Asunto que durante más de 24 meses los mismos críticos, Simmons incluido, habían vendido al mundo como el acontecimiento más importante del orbe NBA en lustros a la redonda. Los mismos que habían elevado el evento a la categoría de Historia se llevaban ahora las manos a la cabeza por un simple programa en la pequeña pantalla que justificara en esencia la importancia del momento. En la Era de la Imagen algo así de repente no tenía sentido. Era un acto imperdonable.

 

De nada servía aquella honesta apertura de Brett Cyrgalis en el Post señalando que "nunca en la historia la decisión de alguien sobre dónde jugar al baloncesto había acarreado tal importancia económica".

 

Daba igual. James no podía hacer eso.

 

 

 

 

En medio de esa oposición sistemática no deja de llamar la atención otro curioso fenómeno. Se adora a toda figura pretérita tan sólo por inercia comparativa, esto es, por el placer de enfrentarla ahora por cuestiones éticas a LeBron James. Si ya se hizo anteriormente por razones técnicas (es todo físico), tácticas (no sabe leer el juego) o psíquicas (egomaníaco), estos nuevos guardianes ingresan ahora de pleno en ese difuso universo de la ética. Ética diseñada a golpe de coartadas.

 

Se adora por ejemplo a un adicto al sexo en grupo -mientras él era el único varón- como Magic Johnson, el mismo que amenazó a los Lakers con largarse si no despedían al entrenador porque el sistema de juego no era de su gusto. Una amenaza del mismo corte que la de Kobe Bryant el esperpéntico verano de 2007.

 

Sorprende cómo buen número de aficionados angelinos actúan desde hace tiempo contra James. Durante los duros años en que Kobe Bryant fue objeto de odio ellos no terminaban de entender el porqué y, por supuesto, rechazaban de plano una situación de ese tipo.

 

Han pasado pocos años y en lugar de haber aprendido la lección, la toman ahora con LeBron. Pudiendo alinearse con una figura que padece igual o peor infierno que el sufrido entonces por la suya, adquieren de repente la misma condición que antaño denunciaban. Han pasado de víctimas por Kobe a verdugos con James. Al extremo de hacer oídos sordos incluso a la amistad que une a ambos jugadores. "As a friend, I'm happy that he's happy", subraya Kobe con la elegancia que falta a muchos de sus fieles.

 

En igual sentido se adora ciegamente a figuras como Bird, Olajuwon, Barkley o Shaq sin tener ni la más mínima idea de que, en términos de ética deportiva, ni fueron santos ni modelos de nadie. Y con frecuencia, su propio entorno los sufrió con toda su sádica crudeza. Se obvia deliberadamente que hasta la fecha no se conocen víctimas en el entorno de James.

 

Quizá lo más asombroso de este fenómeno hater sea que adora hasta la aniquilación mental a Michael Jordan. Lo que James está haciendo con su figura en nombre de sí misma, como unidad independiente de negocio, no supone de momento ni una pequeña sombra de lo que Jordan hizo de sí mismo, pasando por encima del mundo, la ética o cualesquiera principios que no fueran su propio interés. Y todo ello mucho antes de conquistar título alguno.

 

Es como si no se quisiera ver que cualquier manifestación de deportista-business en el siglo XXI tendrá a Jordan no sólo a su figura pionera, sino también al Gran Maestro al que incluso tanto tiempo después cuesta siquiera emular.

 

En los términos en que se acusa a James, todos en torno a una peregrina cuestión de egolatría, no hay nada que se acerque al fenómeno Jordan en toda su extensión, incluidas cuestiones de respeto a compañeros y rivales.

 

Con su habitual honestidad Henry Abbott se preguntaba cuáles podían ser, efectivamente, los delitos de LeBron James para despertar mayor y más inquebrantable odio que ningún otro jugador habido.

 

No es que cueste enunciarlos. Es que hay que rebajar la legislación a extremos que remiten a órbitas totalitarias.

 

Un deportista cuyos delitos se pueden resumir en haberse tatuado en la espalda el sobrenombre con que fue bautizado, largarse sin felicitar al rival una sola vez en su carrera, expresar un tanto ingenuamente su satisfacción mediante pequeños bailes en la banda uno de los cuales dio en un pequeño incidente con el ‘pacífico' Joachim Noah, sucumbir junto a responsables de Nike a la burda tentación de ocultar un mate recibido o finiquitar el verano más esperado en la historia de la NBA con una entrevista por televisión.

 

Es hora de preguntarse si esa terrible secuencia de crímenes es digna, merecedora en conjunto, de esta masiva y casi unánime condena pública que está alcanzando, si no lo hizo ya, límites insoportables. Formulación mucho más sangrante cuando buena parte de ella parte precisamente de las plumas y medios de millonaria condición que le encumbraron a ese trono sin reinado.

 

Inmediatamente después de caer en Boston, cuando ya LeBron estaba más preocupado por saldar esa cuenta pública saludando a sus rivales -lo que nadie exigió a Celtics y Lakers-, una gigantesca oleada en su contra amaneció al día siguiente en grandes y pequeños medios. Se excedía, como siempre ocurre con él, lo estrictamente deportivo. Se excedía cualquier contención y límite.

 

En medio de esa terrible vorágine llegó a la redacción de ESPN un pequeño correo, expuesto con la honesta claridad de un chiquillo, consumidor de medios y redes, que simplemente no daba crédito a lo que veía y se preguntaba el porqué. Llevaba por título On the criticism of LeBron James.

 

 

 

 

La oleada de rechazo a su figura promueve, como acostumbra el pensamiento unívoco, lapidario y aplastante de las corrientes al amparo del rencor, una silenciosa y como automática adhesión. Se observa en la prensa de otros países una filiación ideológica al fenómeno, como si en lugar de actuar de manera independiente, lo hicieran como medios sucedáneos de segunda fila al modo de un megáfono. Ahora que Internet permite el feedback se alienta a toda una generación de jóvenes sin gran preparación y crédulos de aquello que procede del otro lado a promover y reproducir un resentimiento global.

 

Tales están siendo los extremos superados en esta brutal cruzada que en las últimas horas comienzan a multiplicarse artículos en sentido contrario. Autores un tanto perplejos que se preguntan, con toda la fuerza de la cuestión, qué es lo que ha cometido este deportista para merecer todo esto. Dónde encontrar en su carrera el punto exacto del crimen. "It's tough for a 25 year old basketball player who has done nothing but follow the rules", se preguntaba Ron Hart.

 

Durante siete años LeBron James situó a Cleveland no sólo en el mapa. También en su cima histórica. Dio como deportista lo mejor de sí mismo sin alcanzar la gloria final. Históricamente un periodo que quedará profundamente marcado bajo su responsabilidad. Más allá de su carrera deportiva son incontables las obras a su nombre con la ciudad como depositaria. Horas después de decidir su marcha ardían sus camisetas en las calles. Acción aprobada por una parte de la prensa y la universal masa social del deporte en nombre de una curiosa postulación ética.

 

Visto el nuevo panorama, ahora en Miami, ese mundo abismal respira tranquilo. Dado que todo aquello que no termine en título -nuevamente la prisión del anillo- será brutalmente empleado en su contra. Volando bajo, agazapados a la espera de carroña, lo harán de nuevo con ‘sentido ético'. Como si ese insobornable sentimiento que no puede referirse en justicia más que como odio, fuese moralmente superior a la aparición de James en un programa de televisión.

 

Uno de los más perplejos con la situación creada, Ben Steigerwalt, formulaba un escenario público de rechazo en el que enfrentaba la marcha de LeBron a Miami ante los casos de violación de Ben Roethlisberger y Lawrence Taylor, así como el escándalo Tiger Woods. LeBron ganaba en esa hipótesis por goleada. El analista se veía obligado entonces: "If athletes committing crimes against other people isn't the biggest driver of vitriol, we have a problem as a society".

 

Separar al digno crítico, cada vez más escaso, del masivo orbe de haters es bien sencillo. Estos últimos, aun a estas alturas, jamás pronunciaron una sola buena palabra sobre James. Están completamente incapacitados para ello. Ni una sola línea ni letra tanto tiempo después. Nada.

 

Si James no puede dar un solo paso que no sea motivo de condena es precisamente gracias a ellos, todo un ejemplo de la humanidad, ética y justicia que al parecer el mundo del Deporte precisa.

 

Y urge más que nunca preguntarse qué sentido tiene el Deporte si éste es el trato que merece uno de sus mejores vástagos.

 

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Riqueza y miseria en LBJ (I) / 19 de mayo de 2008

Riqueza y miseria en LBJ (II) / 31 de mayo de 2009

Desde su origen la NBA había seguido una línea sucesoria por la que explicar también su historia a través del ejemplar dominio de sus mejores pívots. Como si la cadena biológica hubiese trazado ininterrumpidamente una secuencia a seguir por George Mikan, Bill Russell, Wilt Chamberlain y Abdul-Jabbar. En esas cuatro largas décadas los hubo más. Pero no mejores.

 

Al nacer los años noventa aquella monárquica sucesión se abría de pronto en tres figuras: Pat Ewing, Hakeem Olajuwon y el recién llegado David Robinson. El escenario tenía su interés. Porque encerraba también una bonita carrera por tomar ventaja uno de los tres. Por conquistar como un aparente trono vacío.

 

Siendo los mejores pívots del momento aquella aparente igualdad no lo era del todo. Orbitaban sobre los tres nombres distintas variables que permitían delinear un podio. Como si a falta de un claro dominio la jerarquía entre ellos se diera por otros motivos.

 

Robinson era un juguete muy deseado. Todo lo que se había hecho esperar aumentaba la expectativa que su año de novato no hizo sino acentuar. A su irrupción los Spurs pasaron de 61 derrotas a 56 victorias y una segunda ronda. Por ello y su fresca condición de novedad gravitaba sobre el Almirante una ambición que le convertía en el más mimado de los tres, como The Next Big Thing.

 

Ewing aún no sufría desgaste. Seguía representando la figura más codiciada en salir del draft desde Alcindor y su hogar era el mercado más grande del país. Una fortaleza que el jamaicano debía reinscribir en la historia. No era otro su cometido. Se le seguía disculpando por la presunta torpeza en su gestión desde el banquillo. Como si se aguardase de una vez la venida de una autoridad que pusiera a los Knicks en orden y a Ewing en la órbita que al parecer le correspondía.

 

Aunque ligera, abrían ambos una ventaja relativa sobre Olajuwon. Como un índice algo mayor de popularidad, una velada preferencia en que ejercieran su dominio de una vez. Una ecuación que rezagaba al nigeriano como el más subestimado de los tres.

 

En la nación del libre mercado esto se traducía, como siempre, en números. En valor y dinero. Sobre otras consideraciones no había más fiable medida del reconocimiento. De aquella cada vez menos sutil diferencia.

 

New York y San Antonio estaban dispuestos a todo por sus dos mástiles. En noviembre del 91 los Knicks le habían ofrecido a Ewing su extensión soñada: más de 33 millones de dólares por seis años. Una suma que le convertía en el deportista mejor pagado del país. Entretanto Robinson era todavía el novato de 26 millones por ocho años. Ni siquiera habían pasado dos de su debut y ya se estaba renegociando lo suyo. Una presión a la que San Antonio no opondría resistencia.

 

Ewing y Robinson eran, pues, la punta de lanza de la nueva era. Una era iniciada abruptamente con la rotura del dique salarial por Atlanta y el extraño caso Koncak.

 

Los años de bonanza anticipaban excesos que la liga interpretaba como el ascenso a un nuevo nivel. Y en aquellos pasos iniciales por pelear cada estrella su pedazo del pastel el reparto no llegaba a todos por igual. O no al menos en deportiva armonía.

 

Olajuwon sintió esto con mucha fuerza. Contempló su contrato desfasado, su final muy próximo (1993) y la indiferencia de la organización a la que se debía. En suma, un agravio comparativo con sus otros dos alter egos.

 

De ahí que entrada la temporada del 92 estuviese convencido de que era el momento de abrir la boca. Sentía además la conciencia tranquila. Como si hasta entonces no hubiera hecho valer para sí mismo la magnífica relación que guardaba con el dueño del equipo, Charlie Thomas, una de las amistades más estrechas de toda la liga.

 

Dueño y jugador cenaban a menudo juntos. Y tan común era la presencia de Hakeem en los cumpleaños de los niños como en las más privadas y selectas reuniones de negocios que Thomas celebraba en su mansión californiana, donde más de un verano pasó allí semanas. No eran pocas las veces que el dueño acudía a verle en su avión privado si la gestión de la plantilla estaba en juego. Olajuwon era como uno más de la familia.

 

Pero curiosamente, mientras el jugador sentía no haberse aprovechado de aquella relación, tampoco había callado públicamente sus críticas.

 

Desde tiempo atrás eran de sobra conocidas sus demandas a la directiva para mejorar el equipo. Demandas que no pocas veces se producían de manera directa o sin el menor protocolo. Eliminados por los Mavericks en primera ronda de 1988, el pívot no tendría reparos en acusar a Sleepy Floyd de egoísta y a Joe Barry Carroll de falta de sangre. Toda una invitación a una nueva limpieza.

 

La convicción del líder permitía alzarse en la jerarquía obligándose a la vez a la exigencia de mejoras. Olajuwon había pedido para todos. Ahora sentía que nunca lo había hecho para él. Era, pues, el momento de marcarse un objetivo: renegociar su contrato.

 

Sobre todo porque se sentía feliz en Houston. No deseaba jugar para ningún otro equipo que no fueran los Rockets. Más claramente: era el sitio exacto donde quería estar.

 

Hacía tiempo que se había largado aquel maestro del miedo llamado Bill Fitch. "No sé cómo tengo que deciros que me da igual a quién le guste y a quién no. Aquí mando yo". Y también quedaba atrás el extremo opuesto, Don Chaney, obsesionado por ser amigo de todos. Olajuwon había conocido así, antes que a dos entrenadores, a dos individuos remotos en la escala del carácter.

 

Que Rudy Tomjanovich asumiera el cargo le satisfacía plenamente. Ocupaba el perfecto medio. "No voy a imponeros un estilo. Vais a ser vosotros quienes lo hagáis. Éste va a ser vuestro equipo". Aquella libertad ordenada gustaba mucho al nigeriano.

 

Así al llegar el mes de marzo Hakeem se sintió muy seguro y obró al margen de su agente. Se valió de aquella confianza presuntamente familiar y decidió actuar a solas. Aprovechó un encuentro casual con Thomas para abordarlo con la coartada de alguna charla anterior.

 

- Bueno, Charlie, ¿qué hay de tu promesa? Es hora de cumplirla.

- ¿Qué promesa?

- Ya sabes a lo que me refiero.

- Ehhh... ah, sí -improvisó sin mucha convicción-, mira, mejor llámame a la oficina y lo hablamos.

 

Hakeem no haría otra cosa. Como buen yoruba creía a ciegas en la palabra de un hombre.

 

Llamó una vez. No hubo respuesta. Llamó otra vez y tampoco. A la tercera ocasión dejaría un mensaje muy claro a su secretaria. "Hágale saber que le he llamado. Que se ponga en contacto conmigo cuanto antes, por favor. Es urgente".

 

Esta vez el dueño devolvió la llamada. Un mensaje muy breve. Tanto que en realidad le estaban enviando a otra ventanilla. "Mira, Hakeem, habla con Steve. Él está al corriente de todo. Algo haremos".

 

Steve Patterson contaba entonces con 33 años. Era el mánager general más joven de toda la NBA. Había heredado directamente de Ray Patterson, su padre, el cargo que había ocupado desde 1972. La juventud del directivo actuaba en él a modo de barrera. Como si tuviera que defenderse de su edad reclamando respeto a golpe de negativas. En muchos jóvenes la idea de heredar un imperio congela el carácter como si el refrigerante fuera el mejor combustible del ascenso. Más en claro, Steve Patterson era la peor puerta a la que llamar para pedir un aumento de sueldo. Aunque se tratara del mejor empleado.

 

Así el encuentro entre ambos se saldó con un rotundo fracaso. Y aun peor, en términos más que de tensión, de riesgo:

 

- Vamos a ver, estás ganando más que ningún otro aquí. Eres el mejor pagado del equipo.

- ¿Y?

La pausa se hizo eterna.

- Que no hay más que hablar.

 

Un portazo era lo último que esperaba el jugador, tremendamente desconcertado por el desplante y porque al mirar al otro lado no encontraba a Charlie Thomas, desaparecido de repente.

 

Si la directiva quería dar largas lo tenía bien fácil. La temporada se encontraba en su punto culminante y el equipo se estaba jugando entrar en playoffs. Lo delicado del momento y el trepidante ritmo de partidos eran la excusa perfecta para eludir aquella molesta reclamación que de pronto hizo sentir a Hakeem como un chiquillo.

 

De las muchas cosas que podían ocurrir nadie esperaba la que efectivamente ocurrió.

 

En la noche del 17 de marzo los Rockets recibían en casa a los Clippers. El partido salía de cara para los texanos cuando en el último cuarto Hakeem se dirigió al preparador físico, Ray Melciorre: "Algo le pasa a mi pierna izquierda. Me duele y no sé si voy a poder". Por lo visto algo había sucedido. Algo que nadie vio.

 

No parecía importante porque Hakeem terminó el partido sin aparente novedad. Y además ganaron. Era su octava victoria seguida en casa, lo que les situaba en séptima posición del Oeste con ventaja sobre Lakers y Clippers y dejando que ambos rivalizaran juntos por ser octavos. La situación era, pues, saludable.

 

Pero al parecer no para Hakeem. Al término del partido insistió en que sentía una fuerte molestia en la parte trasera de su muslo izquierdo, como una sobrecarga que le causaba dolor. Dos días después recibían a Seattle y el jugador tenía que estar listo. El primer examen médico no detectó nada raro. Pero Hakeem aseguró que en esas condiciones no podía jugar. Y no lo haría.

 

Los Rockets perdieron.

 

Al día siguiente había entrenamiento. Steve Patterson no sabía lo que era pisar uno. Ni tampoco el vestuario. Pero aquella mañana allí estaba, erecto y con semblante poco amistoso. Sin importarle interrumpir nada. "¿Dónde está?". Tomjanovich apuntó a la sala de fisios, donde Patterson abrió la puerta y la boca sin miramientos para sorpresa de Olajuwon, sentado sobre la camilla, y su preparador. "Ray, haz el favor, déjanos solos". Melciorre salió fuera y el directivo no dio lugar a la réplica. "¿Qué es lo que pasa aquí? ¿De qué va todo esto?".

 

A continuación alzó su dedo índice a la altura de la cara y advirtió:

 

- Mira, Hakeem, más vale que termines con esta historia ahora mismo.

- ¿Perdona?

- Que acabes con todo esto ya.

- ¿De qué estás hablando?

Patterson era muy seguro de sí. Pero templó ligeramente cuando el jugador se incorporó de repente.

- Sé lo que intentas y ya te advierto que no va a funcionar. He hablado con Charlie y me ha dicho que si depones tu actitud y juegas resolveremos el problema de tu contrato en verano. Tienes su palabra y la mía. Si quieres lo haremos por escrito.

Olajuwon sacudió la cabeza incrédulo.

- Pero... cómo puedes estar diciendo algo así. No puedes estar hablando en serio. ¿O sea que creéis que me estoy inventando una lesión como medida de fuerza para renegociar mi contrato?

- No somos chiquillos.

- ¡Pero qué estás diciendo! -interpuso a un volumen que excedía lo conveniente- Sabes dónde me dejo la piel para eso. Sabes lo que me corresponde y no lo estás cumpliendo. Estoy lesionado de una pierna y tú... ¿me vienes con esas? ¿¡Me estás acusando de mentir!?

 

Patterson resopló. Iba a decir su última palabra.

 

- Muy bien, tú lo has querido. Saldrá en los periódicos. Vamos a hacer público todo esto -amenazó.

 

Patterson dio media vuelta y se largó. Haría bien. Hakeem estaba furioso y el diálogo había iniciado una peligrosa escalada.

 

El pívot fue sometido a una resonancia magnética a cargo de Charles Baker, el médico del equipo. No le fue sencillo exponer el resultado. "Mira, Hakeem, te voy a ser honesto. No veo nada. No hay nada que me permita darte la baja. Y lo tengo que comunicar". De entrada algo así obligaba al jugador a vestir el chándal ante Sacramento.

 

De nada sirvió. Hakeem lo haría de calle. No jugaría. Y los Rockets volvieron a perder. La mesa de anotadores rescató una rarísima posibilidad -"Refused To Suit Up"- que registrar en el acta oficial del partido.

 

Patterson cumplió su amenaza. Y por partida doble. El día 23 Hakeem sería suspendido de empleo y sueldo. Y fue inútil que acudiera por su propio pie a una clínica privada donde recibió un diagnóstico favorable: una lesión muscular que afectaba al área femoral de su pierna izquierda.

 

Prescindir del mejor jugador un equipo en lucha directa por una plaza de playoffs era un riesgo demasiado grande. Por lo que la suspensión se limitó a tres partidos, a razón de casi 47 mil dólares de pérdida para el nigeriano por cada uno de ellos.

 

Pero muy por encima de la suspensión o el dinero, nada peor que la publicidad del asunto por los términos expuestos. Thomas fue implacable. "Si un cuerpo de médicos le observa y nos comunican que no le encuentran nada, que está completamente sano, y todo esto justo después de que él amenazara con no jugar porque quiere un contrato nuevo, señores, no es difícil llegar a una conclusión", declaró abiertamente a la prensa después de revisar de nuevo el partido ante los Clippers, esta vez con lupa, sin ver nada que le hiciera cambiar de opinión.

 

El jugador no daba crédito. Ahora sí, era un escenario de guerra.

 

 

 

 

Visiblemente afectado Olajuwon buscó amparo en Leonard Armato, su agente. "Lenny, esto no puede ser legal. Necesito que hables con la Asociación". El convenio establecía que para que un jugador fuera suspendido de empleo y sueldo debía preceder a la medida alguna base jurídica. "No me van a quitar ni un solo centavo. ¿Me has oído? Ni uno". Armato elevó una protesta formal a la liga a través de la Asociación de Jugadores.

 

Y Hakeem decidió responder a su manera. Tampoco él se quedaría callado. Haría exactamente lo mismo que Patterson aprovechando la megafonía de la prensa. No sólo debía aclarar su postura. Mucho antes defender su imagen, nunca antes tan ofendida. "Es un embustero. Cuestionar mi integridad como profesional está lejos de lo que es tener clase. No me van a llevar a su terreno. Nadie quiere jugar más que yo. Pero no voy a salir ahí fuera a arriesgar mi carrera si no estoy sano. Y no lo estoy. Aquí quieren que juegues estando lesionado. Cuando esté listo jugaré. No antes".

 

Olajuwon calificó de "estúpida" la gestión de Patterson, al que acusó de no estar capacitado para ejercer el cargo.

 

En realidad no sería el único. La liga entera recibía con sorpresa lo sucedido. Que un director deportivo acusara públicamente a su estrella de fingir una lesión era muy grave. Los Rockets parecían así estar actuando contra sus propios intereses. Como estrategia era un desastre que el resto de equipos no pasaría por alto en el caso de ruptura.

 

En defensa del pívot salieron sin temor alguno sus compañeros Kenny Smith y Othis Thorpe. "Si él pudiera jugar -manifestó el primero- lo haría como siempre ha hecho. Es impensable que esté tratando de aprovecharse de algo así en perjuicio de todos nosotros". A lo que añadía un revelador matiz. "Mi relación con él es más cercana que con la otra parte".

 

No todas las acusaciones del nigeriano tenían el mismo destinatario. Hakeem no tuvo reparos en acusar de "cobarde" al propietario por haberse ocultado tras la cortina de Patterson, a quien parecía haber encargado el trabajo sucio. La decepción hacia quien estimaba como amigo era muy grande.

 

En suma todo estaba dicho.

 

Sin Hakeem el equipo se desangraba. Lo perdía todo. En el momento más delicado de la temporada encadenaron seis derrotas consecutivas.

 

Pagarían muy caro lo ocurrido. Los Rockets quedaron fuera de los playoffs por primera vez en ocho años. Lo harían en favor de los Lakers en la última jornada de liga. O más bien antes: perdiendo cuatro de los cinco últimos partidos.

 

La imagen del equipo texano quedó muy dañada y la prensa percutió sin piedad.

Sports Illustrated recogió de manera anónima las declaraciones de un directivo que cargaba contra los Rockets rozando la calumnia, o de otro modo, que nada distinto se podía esperar de ellos. "Estos son los mismos que en 1984 perdieron partidos deliberadamente para poder elegir al número uno del draft". Precisamente el que dio con Olajuwon allí.

 

Así otros se sumaron a la línea conspiratoria insinuando que Hakeem y los Rockets estaban interpretando un sainete para quedarse fuera de los playoffs y ganar prioridad en el draft. Una teoría sin mucho crédito dadas las no pocas veces que el jugador había cuestionado la política de la directiva en los últimos años. Y sobre todo, que la intensidad del conflicto abierto era esta vez desconocida.

 

Llegada la noche del draft los Rockets elegirían en la undécima posición a un alero atlético de Alabama de nombre Robert Horry. Pese al buen aspecto, no dejaba de ser una incógnita.

 

A Olajuwon el draft le dio exactamente igual. Ya había tomado una decisión. La más drástica de su vida deportiva. "No quiero jugar aquí más. ¿Lo haríais vosotros después de esto? Muchos otros se fueron antes. Adoro la ciudad, los aficionados y mis compañeros. Pero no siento lo mismo hacia los que dirigen esto. El daño ya está hecho. Prefiero empezar de nuevo en otro sitio".

 

En las semanas siguientes no hubo nada relacionado con los Rockets que no disparase escenarios de traspaso. A los Clippers por Manning y Charles Smith, a Miami por Seikaly, Steve Smith y Harold Miner. Knicks y Magic se sumarían a un intercambio a tres bandas que llegaría a incluir al número uno del draft, Shaquille O'Neal. Y sobre todo, un intercambio de cartas marcadas: Hakeem Olajuwon por Charles Barkley. El alero de Philadelphia había roto definitivamente con el equipo de toda su vida a la espera de destino.

 

Justo antes de arrancar el verano las últimas palabras de Hakeem a su directiva subrayaban su última voluntad: "Sólo quiero que me llaméis para decirme dónde jugaré el año que viene. Quiero irme".

 

No había vuelta atrás. Estaba completamente seguro de que no volvería a vestir esa camiseta.

 

Hizo las maletas con una sola intención. Salir del país durante el tiempo necesario para desconectar por completo. Necesitaba un largo viaje. El camino hacia la meditación que tanto añoraba. Su deseo, la oración y el recogimiento. Y su destino, la Meca.

 

Durante las primeras horas de vuelo era inevitable revisar aquel sórdido panorama. Se preguntaba cómo era posible haber llegado a una situación así. Desde su llegada a Estados Unidos no había conocido otro hogar que no fuera Houston. Y como profesional eran incontables las veces que se había prometido conquistar el título para una ciudad que sentía como suya.

 

De cuanto le contrariaba dos episodios martilleaban con especial intensidad su cabeza. En enero del año anterior un codazo de Bill Cartwright le había fracturado la cavidad ósea que aloja los ojos dejándole fuera de juego durante dos meses. Volvio con gafas y la ilusión renovada por remontar la posición del equipo.

 

Y a principios de esa última maldita campaña le fueron detectados síntomas de arritmia que le tuvieron hospitalizado durante semanas sin comprender a qué se debía algo que podía ser muy serio.

 

Estos dos episodios le acudían por una razón: si él hubiese sido el tipo de persona que la directiva denunció que era, perfectamente podía haberse tomado los dos años libres. Había poderosas razones médicas que habrían avalado esa decisión. Y sin embargo no lo hizo. No pasaba por su cabeza algo así.

 

Cuando despertó ya estaba en otro mundo. Allá donde recobrar la paz deseada. Tan sólo un molesto incidente en una mezquita, donde un tipo abusó del tiempo de oración destinado a los fieles venidos de todas partes del mundo que hacían cola tras él, logró ponerle nervioso de nuevo. Cuando no estaba permitido interrumpir al orador en tiempo de oración Hakeem acabó cogiendo a aquel tipo por los hombros largándole de allí. Como un último residuo de furia.

 

El verano volaba y antes de darse cuenta estaba en Los Angeles para pasar unas semanas con su hija Abisola, fruto del matrimonio frustrado con su primera esposa.

 

Completamente renovado ocuparía sus siguientes jornadas en entrenar de la manera más dura que hubiese conocido. Contrató a un reputado preparador físico que lo primero que hizo fue inyectarle sesiones intensivas en el célebre Gold's Gym angelino, atestado de culturistas de ambos sexos que impresionaron al recién llegado. En pocos días Hakeem manejó fuerzas y pesos que nunca había conquistado. Y por las tardes carrera continua por la arena de la playa.

 

Dentro de aquellas enormes instalaciones una pequeña pista de juego le dejaría a solas para practicar con balón. Armato acudió a verle y a los pocos días ya tenía a un grupo de jugadores de instituto jugando y reboteando para su representado. El agente se vio sorprendido por el estado de forma que presentaba Hakeem. Y decidió aprovechar la ocasión de la mejor manera posible. "Te voy a traer algo. Te sorprenderá".

 

El Gold's Gym tenía música por todas partes. Sus gestores sabían del perfecto matrimonio que une la música con la motivación gimnástica. Hakeem no acostumbraba a entrenar con ella.

 

Pero una mañana, embriagado por la cadencia, sintió que sus piernas se movían solas, al ritmo de seductoras melodías del Hollywood más superfluo. Le gustaba. Le fascinaba. Se sentía cómodo y descubrió que se podía jugar bailando. O bailar jugando. Se fintaba a sí mismo, se deslizaba en mitad de un estribillo y culminaba a golpe de percusión. Descubrió un sentido delicioso del ritmo. Hasta entonces, y esto le causó una fuerte impresión, no había advertido la facilidad de sus pies para descifrar movimientos no sidos. No desde que siendo un chaval en Lagos abandonaba la portería para salir driblando a quienes le salían al paso.

 

Hakeem sintió verdadero entusiasmo en profundizar aquella experiencia. De sobra conocía su medio gancho y su tiro tras reverso, un repertorio a partir del que cocinar sus variantes de juego ofensivo. Lo que descubrió entonces, y en un tiempo récord, era que podía improvisar muchas más cosas. Y repetirlas hasta que perdieran parte de su improvisación.

 

Y aún faltaba el mejor regalo. "Lo prometido, Hakeem. Te presento a Shaquille O'Neal". Aquella joven presencia le resultó de entrada impresionante. Armato se había agenciado a la perla más valiosa imaginable. Y qué mejor manera de empezar que confiarles juntos aquel espacio cerrado, como un valioso secreto. Juntos trabajaron muchas horas en jornadas interminables. Un periodo increíblemente edificante para ambos. Hakeem probó con el joven sus nuevas armas. Contrariamente no todo valía para detener a aquella fuerza. "Te voy a decir lo que muchas veces me decía a mí Moses Malone. Aquí adentro, simplemente, ¡Be a Man!". Y Shaq asentía, como imaginando en su cabeza lo mucho que esas pocas letras significaban.

 

Fueron días maravillosos. En fuerte contraste con el regreso a Houston.

 

No le habían llamado. Ni una sola vez. La razón le fue expuesta a las claras. "Mira, Hakeem, lo hemos intentado. Pero a cambio no hemos obtenido lo que queríamos". Patterson estaba diciendo la verdad. Los demás equipos se habían cobrado el grave error cometido por el directivo. Pretendían aprovecharse de una situación crítica en términos nada ventajosos para el futuro texano.

 

Y con el jugador de vuelta, el gerente supo aprovechar la ocasión en su interés. Como si no haberle traspasado fuera una prueba de reconocimiento hacia él.

 

Sólo que Hakeem seguía deseando ese reconocimiento en forma de nuevo contrato. Y no pudieron empezar peor las cosas. La pretemporada fue un absoluto desastre. Y eso incluía el vacío de las gradas y los abucheos de los pocos presentes. No se avistaba luz para el nuevo curso.

 

El fuero interno del jugador seguía teniéndolo claro. No quería jugar en los Rockets. Y no detendría su cruzada hasta conseguirlo. "Lenny, haz lo que sea. Quiero irme de aquí", reclamó por última vez a su agente.

 

Pero el calendario se echaba encima. Como parte del programa internacional de la NBA, Rockets y Sonics tenían previsto disputar sus dos primeros partidos de temporada en la localidad nipona de Yokohama. Eran catorce horas de vuelo que horrorizaban al jugador.

 

Hakeem tomó asiento en el avión dejando vacía a su izquierda la ventanilla. Por el pasillo fue pasando la expedicion texana al completo y entre los gigantes dos chiquillos en torno a diez años que le saludaron efusivamente. Eran los hijos del dueño, a quienes conocía y adoraba por igual. Los seguía su madre. "Hola, Hakeem, cómo estás", exclamó sonriente la mujer. "Qué tal, Kittsie, me alegro de verte".

 

Era una situación incómoda. Pero aún más lo sería cuando al fondo venía acercándose a paso ligero el cabeza de familia, Charlie Thomas. A ojos de Hakeem, el principal responsable de su calvario. "¿Hay alguien sentado ahí?", preguntó señalando a su lado. Era imposible ocultarse en un avión. "No".

 

Para bien o mal iban a compartir vuelo. Y ninguno de los dos rompería el silencio hasta bien entrada la velocidad de crucero. Con más torpeza que tino lo haría finalmente el propietario.

 

- Mira, creo que todo esto se nos ha ido de las manos. Pero piénsalo bien. Ha sido más culpa de los medios que nuestra...

- Déjalo, Charlie -le interrumpió-. Es demasiado tarde. No vamos a solucionar nada. Ya sabes lo que quiero. Irme. Punto.

- ¿Acaso crees que no lo he intentado? Y no porque yo quiera sino porque tú...

 

Así empezó todo mientras cruzaban el cielo del globo. Las intenciones de Thomas eran sinceras. Tan sólo había que aprovechar el declarado amor de Hakeem al equipo para el que llevaba jugando ocho años. Se trataba de tomar ambos la frágil cuerda en común que aún podía unirles.

 

Horas después tomaron aquel cabo suelto. El dueño posó su mano sobre la de su acompañante en un gesto que iba mucho más allá de la confidencia.

 

- Hakeem, tienes mi palabra. Somos amigos. No me gustaría perderte.

 

Catorce horas daban para mucho. Tal vez demasiado. Muchas batallas habían firmado la rendición en minutos.

 

- Dile a Leonard que me llame -prosiguió-. Vamos a cerrar esto por escrito.

 

 

A mediados de marzo de 1993, exactamente un año después del comienzo de todo, la directiva de los Rockets cumplió la promesa de llegar a un acuerdo con el jugador firmándole una extensión hasta 1999 que le reportaría entre 26 y 30 millones de dólares facilitándole incluso la salida al mercado sin restricciones al término de la temporada de 1997.

 

Y por fin Hakeem respiró tranquilo.

 

Curiosamente para cuando fue firmado aquel nuevo contrato Charlie Thomas tenía ya firmado otro. La venta del equipo a un millonario procedente de Wall Street, un tal Leslie Alexander. De manera que de cualquier modificación en las cuentas de los Rockets se debería hacer cargo el recién llegado. Y de su bolsillo saldría hasta el último centavo a cobrar por el jugador nigeriano.

 

 

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El inicio del curso siguiente algo muy poderoso había cambiado. Los Rockets ganaron sus 15 primeros partidos del año, lo que suponía el mejor inicio de la historia. Y aquello terminaría como empezó. Formando un equipo incontestable, Houston se alzaría en dos años con dos títulos de la NBA, estableciendo un corte justo y dorado en una década dominada por Chicago Bulls. Una década de color rojo.

 

A título individual Olajuwon se desharía sucesivamente de Pat Ewing, David Robinson y Shaquille O'Neal, triturando aquel panorama inicial de aparente igualdad entre los tres grandes pívots de la época. De hecho lo haría para siempre. Zanjando la discusión eternamente a su favor.

 

Durante sus dos años de gloria, que tan cerca estuvieron de no existir, la música seguía además sonando en su cabeza cuando vestía de corto. Como si su juego, antes que técnico, fuera musical y terminara bailando a sus pares.

 

Cosa que no aparecía en ningún contrato.

De entre las pertenencias del sudanés Dud Tongal, primer recruit africano en la NCAA, en sus años de Fordham llamó especialmente la atención de su técnico Tom Penders una arrugada fotografía, como de otro tiempo, en la que aparecía un muchacho de increíble estatura que con una mano agarraba el aro de una canasta sin despegar los pies del suelo. Un sorprendido Penders se interesó por aquel joven y Tongal aclaró que era su primo, el más alto de sus innumerables familiares -el propio Tongal contaba con trece hermanos-, que a él mismo le sacaba una o dos cabezas y que vivía a la manera tribal en alguna remota región del país.

 

Penders terminó contrariado. No había dinero para ir en su búsqueda.

 

Pero no pasaría mucho tiempo antes de darse a conocer la identidad de aquella extraña figura.

 

El personaje en cuestión era nieto de Bol Chol, uno de los jefes tribales del pueblo dinka, apostado al sur del Sudán. Un pueblo que carecía de leyes escritas y convertía a sus jefes en únicos depositarios de la autoridad. Un pueblo muy primitivo en el que prevalecía la poligamia. Así Bol Chol contaba un total de cuarenta esposas, más de ochenta hijos y un sinfín de nietos, uno de los cuales había heredado el rasgo más distintivo de su antecesor, de una estatura en torno a los 239 centímetros. Ese nieto tenía por nombre Manute Bol. Y además de una estatura gigantesca había heredado un defecto en las manos por el cual sus larguísimos dedos se retorcían hacia dentro.

 

Con una población en torno al millón de miembros los dinkas representaban la etnia mayoritaria en el sur de Sudán. Dinkas, nuers, shilluks y otras etnias descendían del antiguo pueblo nilótico que, en sus interminables batidas en busca del pasto para el ganado, fue alejándose cada vez más de sus orígenes y con el tiempo dio lugar a otras etnias, como los masais en Kenia o los tutsis en Ruanda y Burundi. Aislados por la guerra que enfrentó al norte y al sur del país los dinkas eran una de las tribus de más difícil acceso para los turistas, lo que contrarió aún más las ensoñaciones de Tom Penders dejando la historia por poco menos que imposible.

 

Manute había nacido y crecido en una aldea llamada Turalei. La vida del dinka adolescente era sencilla y silvestre a un extremo que el mundo occidental sólo podía concebir a través de la literatura o los documentales. Los dinkas vivían en estrecha y perfecta armonía con su entorno natural. Un entorno radicalmente salvaje. Jirafas, cocodrilos, hipopótamos, elefantes, leopardos y toda la fauna imaginable del África negra formaban parte de la vida diaria. Eran peligros a los que los dinkas estaban acostumbrados. Pero no por ello protegidos. A menudo el peor de esos peligros podía venir del aire. Así el padre de Manute, Madut Chol -de 2.03 de estatura-, falleció a causa de la malaria poco después de que también lo hiciera su madre, Okwok, que hacía de segunda de las siete esposas de Madut. Y es que en la aldea no había medicinas. No al modo de la medicina occidental. La mayoría de remedios contra los males del cuerpo provenía de las vacas. "Todas las mañanas los dinkas recogen sus orines y los usan para lavarse la cara y verterlos en una vasija con la leche recién ordeñada, antes de beberla. La boñiga de vaca secada al sol se enciende durante la noche para proteger a hombres y animales de los mosquitos, y utilizan la ceniza de la boñiga para frotarse la piel y esterilizarla contra las picaduras de mosquitos y parásitos, así como el orín para teñir el pelo de rojo" (Rovira&Salgado, Supervivientes de 5000 años. Los dinkas). De niño Manute también contrajo la malaria. Pero fue afortunado de que le cogiera en Jartum, donde pudo combatirla a tiempo en un hospital.

 

Ningún elemento más central en la vida de los dinkas que la vaca. La vida del pueblo dependía prioritariamente del ganado vacuno, que proporcionaba alimento y leche, así como del trigo y los cereales que molían las mujeres. Como el resto de jóvenes Manute estaba al cuidado del ganado. En su caso, de una parte correspondiente a la propiedad familiar: una decena de vacas y un pedazo de tierra. Una de las prácticas a que eran sometidos los adolescentes consistía en agrupar a un puñado de jóvenes de la misma edad y recibir exclusivamente como alimento leche durante unos siete meses. Los muchachos, a menudo tan exhaustos por el exceso que caían desmayados o incluso se veían impedidos para caminar, competían por engordar todo lo posible y el premio era el reconocimiento de la tribu.

 

Como todo joven dinka Manute experimentó su desarrollo hacia la vida adulta a través de los ritos típicos de la tribu, algunos gratos y otros muy dolorosos. De los primeros formaba parte el cortejo a su primera novia, una muchacha que vivía a unos once kilómetros de Turalei. Para poder verla el joven tenía que hacer el trayecto a pie por la noche, un trayecto infestado de fieras. A la menor señal de peligro Manute se ocultaba en los campos de trigo. El trayecto de vuelta a la aldea se hacía en la misma noche que el de ida. El dinka estaba habituado a realizar a pie largos recorridos.

 

Los ritos más ingratos arrancaban en la pubertad, en torno a los catorce años. Uno de ellos ponía a prueba la resistencia al dolor. Un total de ocho dientes inferiores debían ser arrancados de cuajo sin que el joven derramara una sola lágrima. A ello se sumaba una práctica aún peor. Les rapaban la cabeza y recibían cuatro cortes de navaja a cada lado de la frente durante unos quince minutos. La sangre manaba en abundancia pero los muchachos tenían prohibido llorar. El premio siempre era el mismo. El reconocimiento de la tribu y la aparente normalidad en su camino por alcanzar la vida adulta.

 

Una vida que ignoraba por completo la educación escolar. Un dinka estaba destinado a reproducir los patrones de la vida tribal, como eran contraer matrimonio con muchas mujeres y cuidar de la tierra y el ganado. La escuela quedaba en el fondo mucho más lejos que los tres días a pie que separaban Turalei de la llamada civilización. De ahí que Manute nunca conociera un aula. Tan sólo a los nueve años y gracias a un amigo de su abuelo acudió durante una semana a una pequeña escuela en Abyei, a dos días a pie en dirección norte. La experiencia le marcó lo suficiente como para que tres años después escapara a Babanusa, a unos 240 kilómetros de la aldea, todavía algo fascinado por aquel desconocido mundo prohibido. Pero su ingreso fue rechazado debido a su deficiente manejo en el árabe. Aquellos fueron los días en que su madre falleció sin que se pudiera determinar con claridad la causa.

 

Cuando a ojos de la tribu Manute había alcanzado la edad adulta contaba con una estatura en torno a los 231 centímetros.

 

En 1979 Manute Bol jamás había oído hablar de baloncesto. Así fue hasta que uno de sus tíos, residente en Wau, la ciudad más grande del sur, trató de convencerle de que viajara hasta allí porque se practicaba un juego donde la altura era muy importante. Anteriormente el familiar había informado al cuerpo de policía de Wau de la existencia de su sobrino. La policía de Wau contaba con un equipo de baloncesto que formaba parte de la pequeña liga nacional. Manute fue convencido para viajar hasta allí. Fueron tres días de trayecto a pie. De un trayecto que terminó en fracaso. Cuando le hablaron del baloncesto le pareció estar siendo objeto de una broma, renunció a la aventura y regresó a casa. Pero no todo terminó allí.

 

El siguiente en tratar de convencerle fue uno de sus muchos primos, piloto de las líneas aéreas sudanesas y de nombre Joseph Victor Bol Bol. Como hombre algo viajado Victor fue mucho más prolijo en detalles. Le habló de América, de dinero y de una vida afortunada. Manute accedió de nuevo y los dos regresaron a Wau, esta vez para quedarse. Fue el momento en que el gigante vio por primera vez en su vida un balón, una canasta y aquello que llamaban baloncesto. Sus primeros pasos entre estos elementos completamente nuevos fueron los previsibles. Pero tal vez fuera cuestión de tiempo.

 

A los pocos días de iniciación Victor pidió a su primo que machacara el balón en el cesto. Absolutamente ignorante de la fuerza que precisaba aquella maniobra atlética y seguramente en una canasta de menor altura que las convencionales, el joven dinka se excedió en su intento mordiendo accidentalmente la red. Perdió dos dientes de su hilera superior y a punto estuvo de abandonar aquella locura para siempre.

 

No se lo iban a permitir.

 

Superado el mal trago Manute siguió entrenando hasta que otro primo suyo, Nyoul Makwag Bol, que jugaba como base en la selección sudanesa, facilitó los trámites para que Manute pudiera jugar en su mismo equipo, el Catholic Club de Jartum, la capital del país, a la que viajarían juntos en tren unas semanas después.

 

Nyoul no era el único primo de Manute miembro del Catholic. También lo era Michael Malouk Wiet, quien posteriormente trabajaría en la embajada sudanesa en Estados Unidos durante ocho años. Los responsables del Catholic y especialmente su entrenador, Tony Amin, sudanés de ascendencia griega, no recelaron del pobre nivel de juego de Manute. Antes bien quedaron tan encantados de poder contar con el hombre tal vez más alto de todo el país que mientras el resto de jugadores cobraba dos libras al mes ofrecerían a Manute un total de quince. Los resultados no se hicieron esperar. El Catholic Club dominó a placer el flojo campeonato sudanés y seis meses después Manute ya estaba en el equipo nacional.

 

A partir de ese momento tan sólo una favorable serie de avatares y casualidades podía sacar a Manute de un país próximo al estallido de una cruenta segunda guerra civil, en el que no había ni un solo gimnasio cerrado donde entrenar a baloncesto y donde incluso el seleccionador desconfiaba de los viajes al extranjero por temor a perder a Manute para siempre.

 

En la primavera de 1982, a miles de kilómetros de allí, se incorporan a esta historia dos nuevos personajes. El primero de ellos era Don Feeley, un joven emprendedor que ejercía como técnico en Fairleigh Dickinson, un pequeño centro universitario de New Jersey. El segundo, Elias Stratias, infatigable hombre de negocios, conocedor del país sudanés donde residía su hermano y con quien Feeley tenía amistad a través de las labores de contable y coordinador de programas de intercambido que Stratias ejercía en el centro. Uno de esos programas subvencionaba el viaje y estancia de un entrenador americano para dirigir a la selección de baloncesto de Sudán durante los meses de verano. En un principio Feeley se mostró remiso a ser el elegido. Pero Stratias insistió en que debía aprovechar la ocasión y enriquecer su currículo con una aventura de aquel calibre. Una aventura que incluso podía descubrirle algún jugador interesante al que ofrecer una beca para hacerlo suyo. Feeley accedió y a finales de junio ya estaba en Jartum.

 

Contaba el joven técnico que sus primeras horas en la capital fueron difíciles. Indudablemente era otro mundo. Una sensación que rozó el pánico cuando al encender la luz de su pequeña estancia en el hotel Excelsior, a la que llegó de madrugada, halló un murciélago muerto sobre su cama. Pocos días después Feeley estaba plenamente integrado en su tarea.

 

Para entonces hacía semanas que Manute había regresado a Turalei. Eran días de incertidumbre. El baloncesto le había cortejado lo suficiente para plantearse qué clase de vida quería llevar en adelante. Si acceder a las peticiones de su padre de vivir en la aldea como un dinka o soñar con algo diferente, algo que aunque frágilmente había empezado a conocer. Era el momento de que un pequeño estímulo le moviera a tomar una decisión. Y ese estímulo llegó. La noticia de la venida a la capital de un entrenador americano no se hizo esperar y Manute obedeció a su instinto. Fueron seis días de viaje en tren con parada en Wau hasta verse de nuevo en Jartum.

 

El plan diario de Feeley era minucioso. A las cinco y media de la mañana sonaba el despertador. El traslado hasta la cancha de entrenamiento tenía lugar con desesperante lentitud en un vehículo conducido por un militar que no hablaba ni una sola palabra en inglés. Las sesiones arrancaban a las nueve y no se prolongaban más allá de las dos horas debido al fuerte calor que asolaba la zona en aquellas fechas. La pista estaba situada en lo alto de una colina y era una de las escasísimas de cemento que había en Sudán. Al momento de presentarse Feeley el grupo de jugadores se encontraba siempre lanzando a canasta con aquellos lujosos balones recién llegados de América.

 

El técnico no observó lo habitual aquella mañana. Contempló perplejo a un extraño individuo de impensable estatura que en ese preciso instante estaba enganchando al aro unas de las redes sin la ayuda de ningún soporte. Feeley quedó anonadado con aquella presencia al extremo de alterar todo su plan de entrenamiento. En los días siguientes trabajó especialmente con Manute y trabó muy buena relación con él. Era fácil hacerlo dado el carácter afable y sencillo del joven gigante, del que llamaba enormemente la atención su pobre dentadura, la serie de cicatrices simétricas que presentaba en las sienes y cómo los dedos de sus pies aparecían retorcidos y deformados a causa de no haberse calzado jamás unas zapatillas de su talla. En su fuero interno Feeley reconocía las carencias técnicas del jugador pero al mismo tiempo valoraba en su justa medida la increíble capacidad taponadora de aquellos brazos, los más largos que había visto en su vida.

 

Con el paso de las semanas el técnico gustó también del aparente potencial de otros dos jugadores altos: Akila Shokai y un compañero y amigo de Manute en el Catholic, Deng Nihal. Ambos habían recibido una buena educación en la capital y se manejaban bien en inglés, especialmente Nihal, que hacía de intérprete entre el técnico y los jugadores.

 

Antes de su regreso a New Jersey, en septiembre, Feeley había hablado muy seriamente con Manute sobre la posibilidad de viajar a Estados Unidos y materializar allí un futuro brillante como jugador de baloncesto. También lo había hecho con Shokai al punto de pelear una beca para él en Fairleigh. El jugador llegaría allí en el mes de enero y sería presentado en rueda de prensa con todos los honores. Pero extrañamente aquella operación fue considerada por la dirección del centro como una temeridad y Feeley acabó siendo despedido a pesar de que Shokai terminaría jugando varios años en el equipo de la escuela.

 

El técnico se había quedado en la calle. Pero siguió adelante en solitario. Creyó tener un increíble as en la manga que poder ofrecer a la persona adecuada en el momento oportuno. Un as que poder utilizar como moneda de cambio para ganarse un nuevo empleo.

 

Terminando el invierno de 1983 Kevin Mackey acababa de ser nombrado nuevo entrenador del equipo de Cleveland State. Feeley conocía a Mackey de sus tiempos como asistente en Boston College y sabía de su capacidad para hacerse con jugadores académicamente desastrosos. Suyos eran los descubrimientos de Michael Adams o John Bagley. Feeley no esperó más. Propuso a su amigo recibir el cargo de asistente a cambio de llevarle al equipo a dos jugadores, Deng Nihal y lo que él contemplaba como el secreto mejor guardado del mundo. Mackey accedió. Los quería allí cuanto antes. Feeley tan sólo tenía que tramitar un par de billetes de avión con origen en Jartum y para ello se valió del hermano de Elias Stratias.

 

Así el 23 de mayo de aquel año 1983 tres hombres aguardaban nerviosos en el aeropuerto Logan de Boston la llegada de un avión procedente de Zurich que hacía de escala en el largo trayecto desde Sudán. Esos tres individuos eran Don Feeley, Kevin Mackey y un hombre de confianza de éste, Frank Catapano, versado en la representación de jugadores. Antes de producirse el esperado encuentro tuvo lugar otro francamente curioso. En aquel avión viajaba otro hombre de baloncesto y conocedor de los allí presentes. El sujeto en cuestión era Rick Pitino, que estaba a punto de cerrar cinco años al frente de la Universidad de Boston como entrenador jefe para convertirse en asistente de los Knicks. "No me vais a creer", fueron las primeras palabras de un Pitino absolutamente perplejo por el increíble individuo con el que había coincidido en el avión. Sus interlocutores guardaron un incómodo silencio figurando sorpresa por lo que Pitino contaba. Por fortuna para cuando los llegados por fin aparecieron Pitino ya se había marchado.

 

Manute Bol ya estaba en los Estados Unidos. Tanto él como Nihal llegaron sin un centavo. Quedaban al amparo de aquellos hombres. No así Don Feeley, quien al cabo se sintió traicionado cuando Kevin Mackey renunció a ofrecerle el cargo de asistente. Creyendo aún que Manute era el secreto de su propiedad Feeley cambió entonces de estrategia. Se lo jugaría todo a una carta.

 

A cinco días del draft de 1983 el técnico de los Clippers, Jim Lynam, recibió una llamada en su domicilio de San Diego. Su autor era Don Feeley, amigo suyo desde los tiempos en que Lynam entrenaba al equipo universitario de Fairfield y Feeley al de Sacred Heart, ambos centros muy próximos en Connecticut. "Tengo para ti una sorpresa, una auténtica sorpresa". A esas alturas de año y con el draft tan cercano era realmente difícil encontrar algo que un técnico NBA no supiera de antemano. Al informar de la estatura del jugador que Feeley decía tener entre manos el entrenador de los Clippers redobló su atención algo incrédulo.

 

Jim Lynam estaba dispuesto a prácticamente cualquier cosa con tal de invertir la pobre dinámica de San Diego, equipo que le acababa de conceder su primera oportunidad como técnico jefe en la NBA después de abandonar su cargo de asistente en los Blazers de Portland. Lynam confiaba en recuperar a un Bill Walton lastrado por las lesiones y hacer girar la plantilla en torno a la calidad de Terry Cummings, el mejor novato del año. Pero sabía que aquello era insuficiente. Necesitaba algo más para remontar el vuelo de un equipo muy joven que había cerrado la Pacific con 57 derrotas. Estaba por ello dispuesto a escuchar cualquier cosa, por peregrina que pudiera parecer. Feeley le puso al corriente de aquel secreto que parecía sacado de una película de Disney. Con todo, la llamada le supo a gloria.

 

- ¿Dónde está ahora? -preguntó Lynam.

- En Cleveland. No sabe ni una palabra de inglés y el técnico de Cleveland State está haciendo lo posible para que ingrese en el centro.

- ¿Lo sabe alguien más?

Feeley le fue sincero.

- Bueno, llamé antes a Frank Layden -entrenador de Utah Jazz-, pero él ya cuenta con Mark Eaton y dice no necesitar otro gigante en el equipo y menos aún totalmente desconocido.

- Está bien. No hables con nadie más. Voy a elegirle.

 

La noche del draft Jim Lynam se encontraba en San Diego y al otro lado del teléfono, en Nueva York, Howie Garfinkel iba tomando minuciosa nota de todas y cada una de las elecciones. Llegada la quinta ronda, en la elección número 97, el extravagante nombre de Manute Bol salió a colación seguido por las referencias a su estatura (2.31) y peso (81 kilos). El resultado fue un murmullo de confusión. Parecía una broma.

 

Dos semanas después Lynam viajaba hasta Cleveland para poder conocer por fin al gigante africano. Aquella mañana Manute se encontraba en el gimnasio entrenando junto a Darren Tillis, el pívot que había sido elegido el año anterior por los Celtics en primera ronda y que había terminado el curso jugando para los Cavaliers. Al verle Lynam quedó profundamente impresionado. Era todavía más alto de lo que había imaginado. También le sorprendió que no tuviera dientes. El técnico se presentó. Efectivamente Manute no sabía ni una palabra de inglés. Pero contaba con un intérprete. Nihal Deng estaba permanentemente junto a él y cuando se dirigía a Manute para traducir lo hacía en una lengua muy extraña que ambos compartían, el swahili.

 

Lo primero que Lynam comprobó, como lo hubiera hecho cualquier otro entrenador en el mundo, fue que Manute tenía mucho camino por recorrer. Lo segundo, una de esas corazonadas propias del soñador convencido. Creyó estar ante el robo de los robos del draft, como si su hombre fuera el secreto mejor guardado de la historia. Pero lamentablemente también parecía un secreto para los compañeros. Porque en los días siguientes el campus de los Clippers fue la perfecta demostración del sálvese quien pueda. Era como si Manute les fuera invisible. Los novatos rivalizaban de manera salvaje por ganarse un hueco en la plantilla y el último destino del balón era el africano en las pocas ocasiones en que Lynam le liberó de las sesiones aparte.

 

Poco duró la alegría. La NBA se apresuró a declarar nula aquella exótica elección. La negativa oficial no fue sin embargo todo lo clara que cabía esperar. De un lado se decía que Manute no se había declarado elegible en el plazo prescrito. De otro, que el joven tenía menos de 21 años. O tal vez el producto de ambas. Manute era demasiado joven como para haber permitido su elección sin haber declarado siquiera sus intenciones. El caso es que la NBA había solicitado su pasaporte. Se ignoraba su fecha de nacimiento dado que el pueblo dinka carecía de registro civil. El pasaporte decía que la edad de Manute era de 19 años pero al mismo tiempo que su estatura era de 158 centímetros. Preguntado por esta cuestión Manute aclaró que los oficiales sudaneses le habían medido sentado.

 

Lynam vio así derrumbarse su castillo de naipes y Feeley una vez más el propósito de su confesión. Su intención había sido la misma que con Mackey. Obtener como contrapartida un empleo como asistente en los Clippers, cargo que finalmente fue a parar a Don Chaney.

 

Sin una residencia prevista Manute y Nihal fueron alojados en un hotel de Cleveland hasta el 17 de junio, fecha en la que pasarían a ocupar uno de los pequeños apartamentos que empleaban alumnos y jugadores del centro durante el curso universitario. La estancia era sin embargo el menor de los problemas. Mackey no sabía cómo enrolar a Manute en la universidad. Deng Nihal era un caso diferente. Su educación y manejo en el idioma eran suficientes para hacer una excepción. Pero la tarea con Manute, más que difícil se presentaba imposible. El presidente de la universidad lamentó no poder hacer nada y Mackey trató de hacer lo posible para apresurar en el gigante el aprendizaje del inglés. Fue enviado a la Case Western Reserve, una academia especial para inmigrantes. Arleen Bialic sería su profesora particular, a quien Mackey suplicó que para septiembre el alumno debería poder entender y hablar el idioma. Bialic había conocido casos difíciles pero ninguno como aquel. No sabía leer ni escribir y todos los elementos propios de la civilización occidental le eran completamente desconocidos. Fue la extraña y fascinante sensación de tratar con un salvaje lo que motivó a la profesora a tomar aquella empresa como un personal desafío. Con el paso de las semanas Manute le despertó además un enorme cariño. Salvo para los viandantes, sorprendidos por su increíble estatura, la presencia del gigante africano se mantuvo en secreto.

 

Fueron momentos difíciles. Una profunda sensación de soledad, de enajenación y destierro, asolaron al sudanés aquellos días. Días en que la nostalgia de su vida anterior y el deseo de regresar a la aldea estuvieron a punto de dar al traste con la aventura. Nihal le previno de cometer el error de volver allá donde no le aguardaba ningún futuro. Y Manute confió en los consejos de su amigo.

 

 

 

 

Entretanto el hombre que completaba la recepción a Manute en el aeropuerto Logan, Frank Catapano, se había convertido en su representante. Sumaba así a su estrambótica lista de representados, la mayoría jugadores desconocidos de la CBA, ligas menores y alguno emigrado a Europa, al jugador más singular imaginable, el que tal vez pudiera abrirle las puertas del éxito o bien añadir algún que otro problema a su agenda. Se daba sin embargo la curiosa circunstancia de que Manute no era el más alto de sus jugadores. Lo era el gigantesco George Bell, un proyecto en torno a los 236 centímetros de estatura cuyos graves problemas físicos llevaban tiempo abocándole al fracaso tras pasar por centros de Atlanta, Los Angeles e incluso los Globetrotters. Catapano sabía del lugar testimonial que ocupaba en su agenda el monstruoso Bell. Pero no había nada que le hiciera ver algún paralelismo con su nueva joya.

 

Y eso a pesar de que no empezaran bien las cosas. La universidad de Cleveland State formalizó aprisa los trámites que incorporaban al centro al recién llegado. Pero tan pronto fue propuesta la solicitud fue denegada. La NCAA estimó como no reglamentarias las operaciones que dieron con Manute allí. A ojos del comité un responsable de Cleveland State más un agente habían pagado los billetes de avión y la posterior estancia a dos jugadores. La NCAA estableció los 6100 dólares de las facturas como un pago inaceptable a su normativa vigente y de nada sirvieron las alegaciones de Catapano explicando la situación de los dos inmigrantes, matizando que los gastos no llegaban ni a 5000 dólares y que no procedía confundir la hospitalidad con retribuciones que en el fondo no habían tenido lugar. Personado en el asunto el propio Manute declaró no saber nada del pago de su viaje. Todo fue en vano. Cleveland State fue sancionada con dos años fuera de la competición. La NCAA estimó que la universidad había reclutado jugadores con dinero de por medio.

 

Mackey fue despedido y no volvería a firmar como entrenador hasta el verano de 1990. Quedó tan profundamente afectado por aquel incidente que para entonces se había convertido en alcohólico. Al poco de regresar a su antiguo cargo fue detenido por la policía cuando escapaba de un prostíbulo objeto de una redada. Conducía borracho y bajo los efectos de la cocaína. El tremendo escándalo terminó con su carrera en Cleveland y Mackey acabó ingresando en el centro de rehabilitación para toxicómanos que dirigía John Lucas.

 

Mackey no fue el único de los hombres involucrados en el caso Manute en caer extrañamente en el infortunio. Feeley saboreó aquella amargura varias veces hasta emigrar nueve meses después a Egipto a dirigir a su selección. Pero el caso más triste de todos fue sin duda el de Elias Stratias, fallecido en el atentado terrorista sobre el Boeing 747 de la Pan Am que cayó sobre la localidad escocesa de Lockerbie en diciembre de 1988 y que acabó con la vida de 270 personas.

 

Llegó el mes de septiembre. Y los progresos del alumno africano eran considerables. Incluso satisfacían personalmente a la maestra Bialic. Pero como cabía esperar aquellos progresos eran en conjunto insuficientes. Manute no podía ser becado para ingresar en la universidad. Su pequeño entorno estimó que lo más conveniente era dedicar un año entero a mejorar su inglés mientras se trabajaba intensivamente su juego al margen de toda competición. Junto al apartamento y la academia, el Woodling Gymnasium se convertiría en su tercera residencia. Y compañeros como Sean Hood o Warren Bradley una gran ayuda para él.

 

En febrero Manute sufrió un serio varapalo. La noticia de la muerte de su padre le había llegado con dos semanas de retraso. Volvió inmediatamente a Sudán. Con arreglo a las leyes del pueblo dinka correspondía ahora a Manute la casi total responsabilidad de la familia y su patrimonio. De nuevo la incertidumbre se apoderó del joven. Una incertidumbre agravada con el estallido de la segunda guerra civil en el país africano. El gobierno musulmán del norte liderado por Jaafer Al Nimeiri pretendía imponer su ley a las tribus sureñas del Nilo, que comenzaban a correr un serio peligro. Manute resolvió abandonar Sudán cuanto antes, cosa que finalmente lograría con serias dificultades dos meses después de su improvisado regreso.

 

Aquellos dos meses pasaron factura a su tierna formación. Su inglés seguía siendo tan frágil que era difícil no creer que le haría falta como mínimo otro año más de educación. Cleveland State solicitó una tramitación especial de su caso para que pudiera jugar al baloncesto. Una solicitud que la NCAA volvió a desestimar.

 

Era momento de tomar una decisión. A diferencia de las anteriores esta decisión tocaba por fin a Manute. Si el cometido de su estancia en América era jugar al baloncesto y su entorno no terminaba de hacerlo realidad tal vez fuera momento de cambiar de aires. El extranjero recurrió una vez más a Don Feeley. Ambos desaparecieron del centro que les había acogido. Manute pasó unos días con Bill Musselman, el técnico que llevaba tiempo enrolado en la CBA y con quien el jugador mejoró algunos aspectos de su juego. Una liga profesional como la CBA podía ser la antesala de algo más grande. Incluso era una competición lo bastante extravagante como para dar la bienvenida a Manute. Pero siendo honesto Musselman consideró que aún no era el momento.

 

Feeley aprovechó aquellos días para escrutar un nuevo destino para su hombre, al que una vez más quería junto a él. Ambos terminaron en la pequeña universidad de Bridgeport, en Washington, cuyo equipo militaba en la segunda categoría de la NCAA y donde por fin Don Feeley había encontrado su cargo de asistente a las órdenes de Bruce Webster.

 

Al entrenador de Bridgeport no le cabía reacción distinta a la que Manute había despertado en todos y cada uno de sus descubridores. Webster estaba impresionado por su increíble estatura y encantado de poder contar con algo para lo que no había parangón en todo el país. Manute pasó sus primeros cinco días en el domicilio personal del técnico, durmiendo en dos camas contiguas en forma de T. Como hiciera Mackey en Cleveland el entrenador de Bridgeport pidió a la dirección del centro algún tipo de beca con la que poder ingresar a Manute como alumno. La solicitud de ingreso para un analfabeto en cualquier universidad del país seguía siendo una tarea condenada al fracaso. Pero en Bridgeport las cosas iban a ser diferentes. Cuando el director del centro pudo contemplar en vivo a Manute en el gimnasio supo que tenía en sus manos algo sumamente exclusivo, acaso uno de esos inesperados golpes de suerte que podían brindar a la universidad un motivo de admiración. El ingreso de Manute sólo podría tener lugar a través de una beca especial diseñada excepcionalmente para él. No hubo que esperar más. Eso fue lo que ocurrió.

 

Manute ya era alumno de Bridgeport. Parecía por fin abrirse el camino y fijarse un inicio a partir del que emprender el itinerario correcto. Un motivo de enorme alegría que sin embargo no parecía compartir el agente de Manute. Para entonces Frank Catapano había invertido en su hombre unos diez mil dólares, demasiado dinero como para permitirle largarse de Cleveland a las primeras de cambio. Catapano no rechazaba cambios de destino. Únicamente temía perder el mando de las operaciones. El agente organizó una reunión en un restaurante de Washington. En ella le acompañarían Don Feeley, Bruce Webster y Leo Papile, un asistente de Cleveland State. Al igual que Catapano, Papile era de ascendencia italiana. Y cuando en un momento de la reunión aquellos dos hombres pidieron a Feeley ausentarse para quedar a solas con Webster, éste llegó a creer que estaba tratando con algún grupo mafioso. Especialmente cuando escuchó la consigna principal: "Si Manute no vuelve a Cleveland tendrás problemas".

 

Webster no se amedrentó y obró con fina estrategia. No quería perder a Manute ni tampoco contrariar a su representante, con quien llegaría finalmente a un acuerdo. El gigante jugaría en Bridgeport, escenario poco después de una concurrida rueda de prensa. En ella se dieron multitud de detalles de la vida del nativo africano, de su llegada a los Estados Unidos, de la desgarradora situación de su país y de la profunda dimensión humana que la pequeña institución estaba dispuesta a poner en juego con aquella insólita admisión.

 

Todo salió a pedir de boca. Antes de que pasaran 24 horas se contaban por decenas los profesionales de toda índole dispuestos a colaborar en la educación y bienestar de Manute Bol. Dos de los grupos más entregados a la causa fueron dentistas y fabricantes de camas. En las semanas siguientes le fueron implantadas prótesis en la boca y se le hizo llegar una gigantesca cama de ocho pies de longitud por el módico precio de 50 dólares. La escuela necesitaba también una partida de nacimiento y en pocos días su compañero y amigo Deng Nihal la hizo efectiva.

 

Todo estaba listo. El pequeño pabellón Harvey Hubbell se convirtió para Manute en su primer hogar deportivo. Con capacidad para 1800 espectadores los partidos de casa no daban abasto para las peticiones de entrada. El gigante africano se convertiría enseguida en la mayor atracción de un equipo que concitó una atención más propia de una universidad de primera fila.

 

Manute Bol debutó por fin ante Stonehill y firmó una impresionante estadística de 20 puntos, 20 rebotes y 6 tapones. En adelante Bridgeport contaría con el mejor intimidador de todo el campeonato. Webster empleaba una táctica bien sencilla. Manute era un mástil que situar en los aledaños del aro tanto en ataque como en defensa. Y como cabía esperar era en este último terreno donde Manute alcanzaba su mayor efectividad. Dadas sus increíbles facultades taponadoras muchos de los equipos rivales comenzaron a renunciar al lanzamiento. Un método más propio de los años cuarenta que servía para preservar ligeras ventajas, especular con el marcador favorable y sellar así alguna que otra victoria.

 

Allá donde viajaba el equipo de Bridgeport se levantaba una enorme expectación. En Quinnipiac incluso organizaron una fiesta en honor del extranjero bajo el cartel Manute Bol Party Fans. Bridgeport se llevó allí la victoria con 22 puntos y nada menos que 15 tapones del gigante. El equipo de Bruce Webster cerró el curso con un esperanzador registro de 26 victorias y 5 derrotas. Perderían no obstante en la final regional ante el equipo de Sacred Heart por 42-40, al que habían derrotado hasta en tres ocasiones en la fase regular. Manute Bol había finalizado el año con unos promedios de 22.5 puntos y 13.5 rebotes.

 

A poco de comenzar su segundo curso Manute había mejorado considerablemente su inglés. Pero algunos hubiesen preferido lo contrario cuando un buen día de abril sorprendió a todos anunciando sus nuevas intenciones. Manute quería hacerse profesional. No prefería esperar ni seguir los mismos pasos que todos aquellos chavales a los que veía tan por debajo de sus ojos. Tan consciente era entonces de su privilegio físico que pretendía de una vez empezar a ganarse la vida por sí mismo. Hacer dinero y hacérselo llegar a su familia. Todo Bridgeport se opuso. Incluso Webster pidió a Catapano que tratara de convencerle para permanecer un tiempo prudencial en la universidad. Pero no había nada que hacer. Manute ya había tomado una decisión. Y aunque en un principio Catapano se mostró algo remiso finalmente tampoco se opondría. De hecho era momento de avistar el panorama tal y como su representado le exigía.

 

Por aquel entonces un ex jugador de Boston Celtics, Kevin Stacom, que venía ocupando el cargo de segundo asistente en Northeastern University, recibió una oferta para dirigir al equipo de Rhode Island Gulls, uno de los pocos clubes en incorporarse a una nueva liga profesional de corte menor, la USBL (United States Basketball League), que había decidido fundar un emprendedor comerciante de nombre Dan Meisenheimer. La idea de crear el equipo provenía de los dólares que algunos inversores estaban dispuestos a emplear en el lujoso área de Newport entre los largos periodos de ocio abiertos para turistas y aficionados al deporte marítimo y la America's Cup.

 

Alquilado el pequeño pabellón del instituto Rogers quedaba lo más importante: la confección de la plantilla. Siempre y cuando estuviera al mando de todo el diseño deportivo de los Gulls, Stacom aceptó la oferta y pasó de inmediato a la búsqueda de jugadores.

 

Así tardaría muy poco en verse las caras con Frank Catapano y su extraña agenda de jugadores. Stacom tenía interés en Stu Primus, un escolta muy fuerte de Boston College cuya incorporación agradaría a las dos partes. Lo siguiente era sacar a colación a Manute Bol. Catapano pondría al corriente a su posible comprador de todas las circunstancias que rodeaban al africano, la mayor de las cuales seguía siendo el enorme poder de atracción de un jugador que garantizaba completar el aforo del pabellón.

 

En realidad movía al representante una doble intención. Los pocos partidos que Manute disputara en aquella corta liga estival, además de proporcionarle unos primeros ingresos, serían una magnífica carta de presentación para Manute de cara al draft de la NBA. La USBL arrancaba el 25 de mayo y el draft de la NBA tendría lugar el 17 de junio. Y entre ambas fechas unos ocho partidos a disputar. El entrenador aceptó y los Gulls presentaron a Manute Bol en una rueda de prensa celebrada en un restaurante propiedad de Stacom. Un evento que a punto estuvo de truncarse cuando el propietario del equipo, un joven financiero de 27 años llamado Phil Stillman, abandonó el proyecto al poco de nacer. Por fortuna en Newport no faltaban hombres adinerados que tomaran el testigo de Stillman.

 

Así pues el nuevo destino del extranjero seguiría instalado en el noreste del país y a menos de 200 kilómetros de Bridgeport, en un apartamento de una de las áreas residenciales de Newport, a unos veinte minutos del centro. Un marco turístico envidiable.

 

Los Gulls se harían además con John ‘Hot Rod' Williams, Owen Wells, el británico Martin Clark y un jugador de tan sólo 1.69 de estatura procedente de North Carolina State llamado Spud Webb que cumplía perfectamente los objetivos mediáticos de Stacom por el delirante contraste que brindaría junto a Manute Bol. Stacom incluso añadió a la plantilla la presencia de un enforcer, un jugador con que proteger al sudanés de las seguras embestidas rivales. Y lo encontró en Mark Halsel, un alapívot extremadamente duro procedente de Northeastern.

 

La USBL constaba de tan sólo siete equipos y un calendario de 25 partidos antes de los playoffs que verían su fin a mediados de agosto.

 

Pronto fue comprensible por qué razón Catapano no se había opuesto a la salida de su hombre de Bridgeport. El agente consiguió cerrar un contrato de 25 mil dólares para su representado. Esto suponía que Manute sería el jugador mejor pagado de toda la competición.

 

Con apenas cinco días de rodaje el equipo de Rhode Island debutó en Springfield y lo hizo con victoria. Pero sobre todo con una extraordinaria actuación defensiva de Bol, que firmó nada menos que 16 tapones en su estreno. Stacom sabía perfectamente de las discutibles cualidades técnicas de su hombre. Pero su fortaleza taponadora, el poderoso influjo que ejercía sobre las penetraciones rivales y los lanzamientos de corta y media distancia, le impresionaron profundamente. El técnico era consciente de que su relación con el gigante no se extendería más allá de dos meses. Pensó por ello que podía favorecer a alguno de sus amigos en la NBA. Y especialmente a uno, Don Nelson, con quien guardaba una honesta relación de sus dos años compartiendo vestuario en los Celtics, el último de los cuales terminó en el anillo de 1976. Stacom incluso le podía deber un favor de cuando fichó como agente libre en los Bucks del 82 que dirigía Nelson, última estación en la carrera del entonces entrenador de los Gulls.

 

Don Nelson seguía siendo la mano rectora de Milwaukee y Stacom pensó que un jugador como Manute podía despertar su interés de cara al draft. Nelson acudió a ver al sudanés y, a pesar de sus todavía evidentes defectos, creyó estar contemplando al mejor taponador de la historia, incluso "mejor que Bill Russell", con quien Nelson había compartido años de carrera.

 

Entre otros scouts NBA el pequeño pabellón de Rogers contó también con la presencia de Dick Motta, técnico de Dallas Mavericks, y el ojeador jefe de la gran liga, Marty Blake. Motta contaba con tres elecciones en primera ronda. Acordaba con Nelson las incuestionables virtudes defensivas de Bol pero recelaba de aquella fisonomía tan monstruosa. Blake se mostró en cambio muy escéptico, contemplando a Manute menos como un jugador de baloncesto que como un fenómeno de feria.

 

Otro de los allí presentes era el director deportivo de Washington Bullets, Bob Ferry. Uno de sus hijos había jugado en Harvard junto al hijo de Bruce Webster. La noticia de la presencia de Bol en Bridgeport había llegado a oídos de Ferry semanas atrás sin que éste le diera excesiva importancia. Ahora que se acercaba el draft y Newport quedaba cerca llamó a Webster para consultar su opinión. "Vete a verlo, hazme caso. Es una máquina de taponar". Ferry pudo contemplar así el estreno de Manute y sus 16 tapones. En el segundo partido colocaría 15. El mánager estaba perplejo.

 

Hacía cinco años que Bob Ferry había fichado como entrenador jefe de los Bullets a Gene Shue. Enseguida Ferry solicitó su presencia en Newport para que pudiera ver al gigante. Shue no terminaba de estar convencido. No todo lo que Ferry parecía estar. El entrenador validaba los poderes defensivos de Bol, demasiado evidentes, pero tenía enormes sospechas de un cuerpo tan escuálido que apenas alcanzaba los 86 kilos. Si ese era el problema, alegaría su jefe, no había más que someter a Manute a un intensivo programa de incremento de peso.

 

Entretanto Don Nelson ya había declarado a la prensa su valoración del sudanés como el mejor taponador que había visto nunca. Los Bucks contaban con la elección número 22 en primera ronda y Nelson dudaba si emplearla en Bol. No hizo falta. Cuando la noche del draft Milwaukee dejó pasar su ocasión para hacerse con el alero de Lousiana State, Jerry Reynolds, Bob Ferry utilizó su primera elección de segunda ronda -número 31- en Manute Bol.

Y esta vez todo estaba en regla.

 

Si no ocurría nada extraño un miembro del remoto pueblo dinka terminaría ingresando en la mejor liga de baloncesto del mundo. Y felizmente nada sucedió. Nada salvo la suspensión de la USBL debido a la masiva pérdida de jugadores que escapaban a probar en los rookie camp de la NBA. En aquel corto periodo con los Gulls Manute había promediado la increíble cifra de 13 tapones por partido.

 

Enseguida los Bullets enviaron a Newport a Fred Carter, uno de sus técnicos asistentes, con el propósito de emprender un férreo trabajo técnico con el extranjero. También añadieron a un asistente personal, Chuck Douglas, un joven de 23 años recién licenciado en marketing que trataría de enseñar a Manute todos y cada uno de los quehaceres cotidianos en un ciudadano americano. Y mientras tanto firmaría los cheques y facturas por él.

 

Si el propósito de Manute era ganar dinero por fin lo había conseguido. Firmaría tres años con los Bullets cobrando en el primero de ellos un total de 130 mil dólares a los que sumar otros 100 mil en conceptos publicitarios con firmas tales como Coca Cola, Nike o Kodak.

 

Tal y como Gene Shue deseaba Manute fue sometido a un programa de incremento muscular, tarea verdaderamente complicada para un metabolismo como el suyo.

 

Cuando el 9 de octubre de 1985 debutó por fin en un partido de exhibición contra los Celtics en el Centrum de Worcester Manute Bol había ganado unos nueve kilos de peso y era, por supuesto, la principal atracción del evento. Ante la curiosa mirada de todos los presentes Manute salió del banquillo a 2:54 del final del primer cuarto. Su par directo era Robert Parish pero su objetivo todos y cada uno de los rivales que se acercaran a uno o dos metros de su rango defensivo. En los 26 minutos que estuvo en pista el gigante negro endosó nueve tapones, incluyendo uno a Bill Walton, sorprendido por la distancia y altura a que era capaz de interceptar los tiros; y otro a Kevin McHale, que al término reconocía haber sufrido por primera vez en su vida un tapón en uno de sus ganchos salidos de finta y fade away.

 

Manute parecía condenado a ser el centro de atención. No sólo fue el principal objeto de curiosidad para el público. También para los jugadores. Los miembros de la plantilla de Boston, la mayoría de los cuales descubrieron a Manute por primera vez, propusieron una apuesta entre ellos. Con 50 dólares por cabeza, 600 en total, ganaría aquel jugador que consiguiera realizar un mate sobre el gigante. Indudablemente midieron mal el cometido del desafío y el montante quedó sin ganador.

 

Ya entonces la prensa apuntaba a los Bullets como una especie de circo ambulante, circunstancia que al cabo de un año se vería agravada con la adquisición vía draft de Tyrone Bogues, el jugador más bajo (1.59) en la historia de la NBA.

 

El inicio de carrera de Bol estuvo incluso por encima de las expectativas. El 25 de octubre los Bullets se estrenaban en Atlanta. Manute firmó la insólita cifra de 15 tapones, la segunda mejor marca de la historia. Al siguiente encuentro, esta vez en Cleveland, el gigante se fue hasta los 12 en una sola mitad. Algo intermitente en el minutaje Shue le fue permitiendo una mayor presencia con el paso del tiempo hasta que el pívot titular, Jeff Ruland, sufrió una lesión en la segunda semana de diciembre que le apartaría del equipo y, en consecuencia, concedería la titularidad al africano. Manute debutó como titular el 11 de diciembre en casa ante Milwaukee firmando un partido formidable. Gene Shue le dejaría en pista un total de 48 minutos. Los Bullets lograrían la victoria en la prórroga (110-108) y Manute se fue hasta los 18 puntos, 9 rebotes y 12 tapones, 11 de ellos en una mitad y 8 en un cuarto.

 

Al término del curso el sudanés había cumplido sobradamente como novato además de incluir su nombre en los registros históricos de estadísticas. Ningún recién llegado había acumulado nunca mayor número de tapones que él (387) ni un promedio mayor por partido (4.97).

 

Aunque en realidad su edad exacta siempre fue un misterio su pasaporte establecía como fecha de nacimiento el 16 de octubre de 1962. Había llegado, pues, la NBA con 23 años recién cumplidos. A pesar de que su carrera allí se prolongaría hasta 1995 fueron sus ocho primeras temporadas las que permiten hablar de una relativa solidez. Se dará además la curiosa circunstancia de que a su salida de Washington en 1988 le sucederán dos equipos, Golden State y Philadelphia, dirigidos por dos de los primeros testigos de su llegada a Estados Unidos, Don Nelson y Jim Lynam.

 

En líneas generales el perfil técnico de Manute Bol fue siempre el mismo. Tal vez el que cabía esperar para un jugador de muy básica formación sin más talentos que desarrollar que la molestia específica al último tramo del ataque rival. Pero en conjunto todo él era su fisonomía. Una estatura gigantesca en un cuerpo terriblemente escuálido, un tozudo factor de su metabolismo contra el que nunca programa alguno pudo hacer gran cosa. Como la mayoría de los gigantes parecía inhabilitado para el salto vertical. Pero tanto la insólita longitud de sus brazos -tal vez la mayor en la historia del deporte- como un correcto desplazamiento de cobertura interior le conferían un diseño perfecto para un aspecto del juego tan concreto como el tapón.

 

Debido a su extremada delgadez nunca un cuerpo ni unas extremidades alcanzaron una extensión semejante a la suya, lo que concedía a su apariencia la hiperbólica figura de un dibujo de cómic. Sugerir que Manute Bol contaba con la fisonomía más singular en la historia del baloncesto no es estar del todo equivocado. Como tampoco lo es concederle el trono histórico en la especialidad de interceptar lanzamientos, lo que trascendería en justicia el simple calificativo de freak. Bol se cuenta entre los poquísimos jugadores que alguna vez alcanzaron a taponar el sky hook de Abdul Jabbar.

 

Todos estos y otros innumerables detalles provienen en su mayoría de la honesta biografía sobre Bol -The Center Of Two Worlds- a cargo de Leigh Montville, una obra inacabada por el inmenso volumen de avatares y dramas vividos por su protagonista años después de su publicación. Dramas resumidos en la ruina económica a la que Manute se vio abocado por no gestionar correctamente sus ganancias, buena parte de las cuales fueron destinadas a la reconstrucción de su aldea natal, Turalei, arrasada por la guerra, la edificación de un hospital y la inversión en programas contra el hambre.

 

Toda obra que pretenda cubrir el fenómeno de la extranjería en el baloncesto profesional americano y toda antología que registre a los pioneros de la globalización de su yacimiento humano no puede omitir el caso con seguridad más extravagante de todos. Si como apunta cierto sector de la docencia literaria todas las novelas aparecen delineadas dentro del Quijote asimismo toda la casuística de inmigración deportiva en los Estados Unidos está recogida de uno u otro modo en el caso Manute Bol, el ejemplo más representativo del difícil encuentro de dos culturas antagónicas tomando como eje el modelo de desarrollo humano. Las diferencias abiertas entre un ciudadano americano y un miembro de una tribu indígena de las más remotas áreas del África negra en el último tercio del siglo XX resultan tan manifiestas que la misma imaginación tiende a desbordarse en infinidad de minúsculos detalles. Detalles que incluso expuestos de manera prolija en la obra de Montville quedan masivamente ocultos en la más absoluta oscuridad. Detalles que en su mayoría penetran en un terreno más propio del género legendario. Leyendas para las que únicamente el protagonista de aquella aventura tenía respuesta.

 

No sólo la partida de nacimiento de Bol era un misterio. También el lugar exacto. Tantas fuentes atribuyen su venida al mundo en Turalei como en la localidad de Qaqriyal, en el estado sureño de Warab. Una y otra no omiten la insólita condición de su biografía por lo que Occidente entiende como mundo salvaje. Las raíces del muchacho indígena que aterriza en los Estados Unidos pertenecen intrínsecamente a la categoría del mito literario, tan instalado en la filosofía occidental, del buen salvaje, condición que la cultura europea había recogido en obras tales como Jungle's Book (1894) o Tarzan (1914), y el ideario deportivo trascendió posteriormente a la imaginería de subproductos cinematográficos como The World's Greatest Athlete (1973) o The Air Up There (1994). Como señalaba el subtítulo de esta última cinta: "Jimmy Dolan is bringing home a little something from Africa", concediendo al continente negro y su remoto universo de mundos perdidos todo el imaginario concebible para alumbrar oscuros rituales de superstición, salvajes episodios con fieras y multitud de fascinantes historias tan del gusto de la literatura o el cine.

 

La más célebre de esas historias acompañó a Manute en innumerables referencias durante toda su carrera. Un episodio que él mismo se encargó de repetir hasta la saciedad seguramente consciente del éxito que despertaba. Según esta narración Manute contaba con 15 años cuando en una de sus partidas a campo abierto con el ganado una de sus vacas fue devorada por un león. El incidente atemorizó al muchacho, que en los días siguientes portaría consigo una lanza por si fuera preciso el combate. Una mañana encontró muy cerca de donde se encontraba al león yaciendo dormido bajo unos arbustos. El joven dinka se acercó sigiloso a la bestia y con todas sus fuerzas arrojó la lanza contra el cuerpo el animal acabando con su vida. Al menos Manute reconocía que de no haber estado dormida la fiera con seguridad el desenlace podría haber sido bien distinto. Esta historia terminó por convertirse en el arquetipo que mejor parecía representar la leyenda en mayúsculas de Manute Bol y su origen morbosamente salvaje. Que un indígena de sus características terminara ingresando en la NBA era uno de los pasos más relevantes en la historia de la integración extranjera. De cualquier naturaleza.

 

De hecho tan sólo un alienígena podría superar su caso.

 

Descanse en paz.

 

 

Se conoce como Celtic Pride a toda una compacta simbología fraguada durante décadas de la que es arquetipo el equipo más laureado en la historia de la NBA. No tiene origen ni final. Tampoco sustancia concreta. No es más que el resultado de lo que un imperio forjado en lo más alto ha instalado en su imaginario público como dogma sagrado. De manera que el orgullo, sentimiento en los buenos tiempos, mera idea en los malos, sea causa común entre el símbolo y lo simbolizado. Entre la bandera y su gente.

 

Allá donde suelen flaquear los iconos -principios que han perdido validez- es precisamente donde la idea del Celtic Pride adquiere su mayor fuerza. Una retrospectiva que abarcara el asunto desde los años cincuenta daría con que el volumen de capítulos arropados de esa orgullosa actitud es tal que la tarea de recogerlos por escrito alumbraría una Enciclopedia a rivalizar en extensión con la Historia misma de la NBA.

 

Por eso, para dar prueba de ello, para verificar esa seductora teoría de que los Celtics ganasen de un modo diferente al resto y acudiera siempre la misma explicación, es necesario elegir.

 

Exceptuando la figura del padre y señor Red Auerbach no hay icono más genuino y veraz de esa silenciosa arrogancia que da nombre a toda una cultura como Larry Bird.

 

Se podría tomar como muestra cualquier punto de su brillante carrera. Cualquier semana, cualquier día o cualquier partido. Porque antes que nada era esa actitud lo que definía al personaje, al equipo y al emblema. Él era esa cosa llamada Boston Celtics y por extensión el símbolo más carnal del llamado Celtic Pride.

 

Nos situamos entonces en el centro mismo de la década de los ochenta. Y más concretamente en las dos primeras semanas del mes de marzo de 1985, cuando Larry Bird era sin ningún género de dudas el mejor jugador de baloncesto del mundo.

 

Boston era el vigente campeón. Bird el vigente MVP. Y en aquel preciso entonces los Celtics ocupaban la primera posición de la liga con un margen de entre seis y ocho victorias sobre Los Angeles Lakers.

 

El equipo atravesaba además un momento muy dulce. Casi de relajación sin sufrir por ello perjuicio alguno. Bien al contrario era tal la superioridad exhibida que se daban todas las circunstancias para que el orgullo, antes que sobre los rivales, prendiera entre los integrantes de la plantilla. Como si para obtener satisfacción el mundo exterior fuera insuficiente y hubiese en cambio que encontrarla dentro de la manada.

 

En aquel entonces la relación más difícil en el quinteto elegido por K.C. Jones vinculaba a Larry Bird y Kevin McHale. Bird era muy exigente con los suyos. Sólo que su nivel de exigencia no conocía límites. Ni paz. Ni cortesías. Es más, la noción de crueldad quedaba fuera de su órbita mental.

 

La lesión en febrero de Cedric Maxwell había elevado a McHale a la titularidad. El alero estaba empleando sus minutos de manera inmejorable. Con él en primera línea el equipo estaba jugando mejor que nunca. Y su baloncesto estaba explotando a niveles que le situaban por calidad tan sólo por detrás del propio Bird.

 

No había para éste nada más gratificante que uno de sus compañeros alcanzara ese nivel de juego. Pero por su conducta daba la impresión de todo lo contrario. A ojos de Bird el premio nunca debía darse. Y tan sólo para que McHale no bajara los brazos, le ató más en corto que a nadie. Inició con él una particular batalla mental que consistía en ponerle a prueba minando su seguridad. Si eso suponía que McHale estallase de furia, Bird estaría feliz. Porque identificaba furia y rendimiento. Y con nadie como con Kevin quiso demostrar la veracidad de la fórmula. Sólo que a su manera.

 

Al extremo de que en pista no se dirigía a él para comunicarle algo. Empleaba con ese fin a un portavoz común, Danny Ainge.

 

- Danny, dile a Kevin que suba a bloquear a Dennis, y que después corte a canasta. Ya está bien de esperar ahí abajo.

Y Ainge cumplía el recado.

- Kevin, que dice Larry que...

- ¿Ah, sí? Pues dile que se pasee un poco por línea de fondo y así yo puedo hacer alguna pantalla a mitad de zona.

- Larry, que dice Kevin que...

 

En ocasiones esto se repetía hasta el absurdo.

 

Curiosamente Larry no tenía ningún reparo en recriminar a gritos cualquier cosa a sus compañeros. Lo hacía con todos. Pero con McHale la estrategia era otra. Empleaba armas mucho más finas, de tono más perverso y hasta femenino. Como el miembro de una pareja que buscara el estímulo por medio de pequeños desprecios.

 

En el fondo todo se debía a la convicción de Bird sobre el increíble potencial de McHale. Con la sutil diferencia de que mientras en Dennis Johnson veía una espléndida realidad en McHale no toda. Y no soportaba que ninguno de los suyos dejara en el vestuario el instinto asesino que, a su juicio, era innegociable a la misma condición de profesional. "Si lo tuvieses -le había reprochado- estarías luchando por el MVP".

 

Aquella relación de cierto sadismo paternal alcanzó su máxima expresión la noche que Kevin McHale conquistó inesperadamente su cima, ese espacio tan sólo al alcance, efectivamente, de los llamados MVP's. 

 

El 3 de marzo los Celtics recibían a los Pistons y desde el salto inicial McHale demostró tener algo en las manos contra lo que nada se podía hacer. Detroit puso a Laimbeer sobre Parish quedando McHale con Kent Benson. En tres minutos el destrozo causado fue tan formidable que Daly arrancó del fondo del banquillo a Major Jones como sicario. Fue inútil. El recurso dio con 22 puntos del ala-pívot en el primer cuarto, 31 al descanso. En la segunda parte no sólo la fiesta no remitió sino que McHale, como reconocería después, sintió que sus repentinos poderes "estaban durando más de lo normal". Bird ordenó entonces a los suyos cebar de balones a McHale para que éste rompiera todas las marcas. El mensaje, nada subliminal, era despertarle de una maldita vez la bestia que llevaba dentro.

 

Cuando finalmente McHale, algo exhausto, pidió el cambio en el último cuarto, acumulaba un total de 56 puntos en una prodigiosa serie de 22 de 28. Por sólo pedir el cambio Bird, que había firmado un triple doble, se molestó. Era la prueba que confirmaba su malestar.

 

McHale acababa de pasar a la historia. Ningún otro jugador de Boston había alcanzado jamás esa cifra.

 

Ya en el vestuario se sucedieron los abrazos y felicitaciones. De todos los compañeros salvo uno, que transcurrido el revuelo se acercó hasta él en el gélido tono habitual. "Tenías que haber seguido ahí adentro. Tenías que haber ido a por los 60. Que sepas -amenazó- que te va a durar muy poquito esa marca".

 

Cuando Bird recibió el cortejo de los micrófonos confirmó parte de lo que pensaba: "No se va a ver en otra como ésta". Hubo risas. Y sin embargo Bird no bromeaba.

 

 

 

 

Boston jugaba en el Madison dos días después. McHale, algo herido en su orgullo -aquello que Bird estaba buscando-, dio una nueva exhibición al poste bajo acertando 9 de sus 10 lanzamientos a canasta en la primera mitad. Los Celtics ganarían otra vez. Y McHale se iría hasta los 42 puntos en otra formidable serie, esta vez de 15 de 21. Bird se iría nuevamente al triple doble.

 

En algún rincón de su ártico cerebro la noción de amenaza actuaba con la misma firmeza de una apuesta. Ambas pertenecían al valor de su palabra. Pero el momento de materializar sus advertencias, tan sólo al misterio de sí mismo.

 

Una semana después los Celtics viajaban al pabellón universitario de New Orleans como visitantes de los prometedores Hawks. Se presentaban allí con un espléndido 50-14. Y sabiendo que jugarían ante la menor cantidad de público de toda la temporada, Bird relegó la importancia de aquel partido.

 

En la víspera se había pegado un fuerte madrugón por el capricho de echar una de esas carreras matinales de cinco millas que solía junto a Scott Wedman o Quinn Buckner. Pero Bird no corría esos tramos junto a ellos. Lo hacía siempre contra el que saliera con él. Y así con el tiempo casi todos renunciaban a la paliza.

 

No era la mejor idea. Porque hacía meses que Larry no corría sobre asfalto. Así aquel repentino esfuerzo le pasó factura. A la mañana siguiente, día del partido, sus piernas y tobillos parecían pesar diez veces más de lo normal. Las agujetas eran bastante serias. Y Bird no sólo estuvo cojeando durante la sesión de tiro matinal, sino que sugirió a K.C. Jones no jugar ese partido. "No estoy seguro de que pueda saltar esta noche". El técnico, el hombre más tranquilo del mundo, le hizo ver que sus excesos conllevaban una responsabilidad que no podía pagar el equipo. "Vas a jugar".

 

Como para tomarse a solas el pulso Bird se presentó media hora antes y empezó a calentar con una suave carrera. Se sintió algo mejor. Pero había algo en sus tendones que no terminaba de soltarse.

 

Tras el salto inicial la estrella de Boston se sintió verdaderamente mal. "Las piernas me estaban matando". Pero no las manos. "Y por alguna extraña razón me empezaron a entrar los tiros". Con una insólita facilidad.

 

A partir de algún momento Bird dejó de sentir el cuerpo y se hizo él mismo canasta en una de las migraciones ofensivas más asombrosas nunca vistas. Era su noche. Y en la segunda mitad firmaría la mayor exhibición de tiro de toda su vida yéndose a los 37 puntos y anotando los últimos 18 de su equipo. Se fue a un total de 22 de 36. Y el equipo entero había conspirado para ello, no sólo surtiéndole sistemáticamente de balones sino incluso cometiendo faltas rápidas para recuperar la posesión.

 

Los poco más de 10 mil espectadores presentes asistieron a un hito histórico y hasta lamentaron que sonara la bocina. No fueron tanto los 60 puntos de Bird como la obscena forma de producirse, que acabó con jugadores de Atlanta celebrando aquel milagro en su propio banquillo.

 

Los parabienes y abrazos arrancaron en la pista y no cesaron hasta bien entrado el equipo en vestuarios. Bird recibía esos júbilos con aquella mueca suya de póker tan habitual que le impedía cerrar la boca. Tampoco la cerró mucho ante la prensa con Kevin allí delante vistiéndose: "Todo ha sido culpa suya".

 

Bird aprovecharía su momento poco después para dirigirse a McHale. Aunque el orgullo no le cupiera dentro el tono que empleaba con él era siempre el mismo.

 

- ¿Ves? Te dije que fueras a por los 60.

- Francamente, me importa un bledo.

- Ya te importará algún día.

 

McHale era muy distinto. No sabía de ningún orgullo que excediera lo normal. Incluso jugando el mejor baloncesto de su vida había advertido: "Cuando regrese Maxwell todo volverá a la normalidad". Eso significaba volver a calentar mucho más banquillo y acomodarse en sus anteriores cifras. Lo que McHale no sabía es que nada de eso ocurriría jamás.

 

Los Celtics iban muy sobrados entonces. Se podían permitir esas rencillas de alcoba que tanto divertían a Bird. Encadenaron diez victorias consecutivas y un final de Regular casi bucólico. Con 63 victorias conquistaron la primera posición de la liga.

 

Bird ratificaría poco después su condición de mejor jugador del mundo por segunda vez, haciéndolo además de manera abrumadora. En las votaciones ocupó 73 primeros puestos de 78 posibles. Se convertía así en el primer jugador de la historia en repetir MVP sin ser pívot. 

 

Pero en aquella estrecha hoguera de vanidades, tolerable para el equilibrio del vestuario, asomaría inesperadamente la cabeza de Cedric Maxwell. El alero las había tenido tiesas con la directiva para renovar a principios de temporada. Los Celtics terminaron aceptándolo todo, a pesar de que ello suponía renunciar a dos elecciones de draft. Pero el estado de forma en que Maxwell reapareció rozaba lo patético. En febrero una lesión le apartó del equipo y al volver era una sombra. Había pasado demasiado tiempo. Y parte del vestuario le había dado la espalda en favor del McHale jugador y persona.

 

La actitud de Maxwell ayudaba menos aún. Todo se podía resumir en frases como ésta: "Bueno, panolis, yo ya me hecho con la pasta. Esto se acabó. Ahora que cada uno se preocupe de lo suyo". Maxwell había sido una vaca sagrada de aquel vestuario. Era de hecho el simpático compañero bocazas. "Pero aquello dejó de tener gracia", recordaba Ainge.

 

Era como si de repente hubiese perdido toda su gracia natural. Sólo habían pasado unos meses. Y sin embargo daba la impresión de que aquel tipo saliera del pasado, como un cadáver. Bird no aguantó ni una de sus tonterías y le retiró la palabra. En su lugar emergieron las miradas asesinas. Durante un entrenamiento con el equipo ya metido en faena ante los Cavs, Maxwell seguía a lo suyo:

 

- Alguien saltó sobre mi rodilla y me dejó seis semanas fuera de juego.

Bird no esperó ni un segundo.

- Pues trae aquí a ese hijo de puta y te lo partiré en dos.

No habría más recordatorios. Aquel sería el último.    

 

Maxwell llevaría tan lejos su actitud que Auerbach pasó a considerarle un traidor. No se lo perdonaría nunca. El viejo tardó muy poco en colocarle en los Clippers en el traspaso que daría con Bill Walton en Boston. Desde entonces Maxwell sigue convencido de que Bird rajaba a diario de él para pervertir su imagen ante el directivo, que incluso acudió a su editor para eliminar algunos párrafos de su biografía que hablaban de Maxwell en términos elogiosos.

 

El grupo seguía a ciegas a Bird porque comprendían su liderazgo. Sus exigencias, aun las peores -que todos debían soportar el dolor como él- eran legítimas. Más allá gravitaba una arrogancia natural a menudo insoportable. Pero incluso a ella se habían habituado y compartían con él la idea de que mal corral sería el que encerrara a dos gallos.

 

Los Celtics cerraron filas y despacharon en primera ronda a los Cavaliers en cuatro partidos. Acto seguido a los Pistons en seis. En las Finales del Este aguardaban una vez más los Sixers, repuestos de su debacle el año anterior.

 

Boston ganó cómodamente sus dos primeros partidos en casa. El primero en domingo, el segundo el martes. No tendrían otro hasta el sábado. Así que con buen criterio K.C. Jones eligió el jueves para dar un día libre al equipo.

 

Un precioso día de mayo que contaba con todos los alicientes para discurrir de forma tranquila. Sin embargo aquella noche de jueves no terminaría muy bien para algún miembro de la plantilla.

 

Quinn Buckner, Larry Bird y su amigo Nick Harris decidieron pasar la tarde juntos. Entre cerveza y cerveza la noche se echó encima y animados por la ocasión dieron con sus pasos en Chelsea's, un garito de copas próximo al Quincy Market. 

 

Todo transcurría con normalidad hasta que el alcohol invitaba a abrir un poco las relaciones. Cerca del grupo una mujer bastante atractiva despertó los instintos de Harris, que seducido por su presencia entendió que podía haber motivos para propasarse. Harris no dio mayor importancia a la compañía de la mujer, un hombre fornido que casualmente servía copas en Little Rascals, otro tugurio cercano. Al poco aquel encuentro mal avenido se enmarañó lo suficiente como para que de repente el ambiente del bar se viera vulnerado por el inconfundible crujido de un puñetazo. Harris cayó al suelo noqueado. Bird no lo dudó un instante. Se enfrascó con el agresor de su amigo en una pelea que terminó con ambos en la calle, como en una escena de cine negro y asfalto sucio, al fondo de un callejón sin salida. Allí fue donde Bird remató definitivamente al sujeto, de nombre Mike Harlow.

 

Bird y los suyos se largaron de allí. Harlow en cambio terminó en el Massachusets General Hospital.

 

Ya en casa el jugador sintió que a medida que pasaban las horas conspiraba contra el sueño un dolor sordo que al cabo era insoportable. El índice de su mano derecha estaba completamente deformado.

 

Aquella misma noche la víctima acabó interponiendo una denuncia.

 

El equipo tomaría rumbo a Philadelphia. Bird cubría su mano con disimulo. Su silencio encerraba también el deseo de que lo ocurrido no trascendiera. Algo verdaderamente difícil en una pequeña ciudad como Boston. Y cualquier mirada con Buckner incorporaba inevitablemente aquel molesto secreto. 

 

En realidad el problema podía ser incluso más serio y no se limitaba a aquella trifulca. El problema tenía nombre desde hacía tiempo: Nick Harris. Una de esas amistades capaz de poner de acuerdo a todo un entorno. Acuerdo sobre un rechazo absoluto.

 

Harris era un vendedor de coches de segunda mano. Tenía 39 años. Arrastraba un historial de timador de poca monta. Salpicaban su pasado pequeños delitos como el tráfico de drogas, la falsificación de cuentakilómetros en los vehículos que mal vendía y varios fraudes documentales.

 

La directiva de los Celtics no ignoraba aquel asunto. Y no bastaba con la preocupación. Se le había pedido personalmente a Bird que dejara de ver a aquel tipo o se metería en problemas. Una advertencia que el jugador se pasó por donde le salía la cerveza.

 

La desesperación llegó a tal extremo que los Celtics llegaron a cumplir una de las demandas del director deportivo, Jan Volk. Reclamaron a la policía una estrecha vigilancia sobre Harris, con el fin de que la comisión de algún delito le pusiera fuera de la órbita Bird. Hasta su propio agente, Bob Woolf, suplicó a todas y cada una de las amistades del jugador que hicieran lo posible para alejarle de Harris. Pero nada había dado resultado.

 

El domingo por la mañana, día de partido, el dedo de Bird no parecía el dedo de un hombre. Ni siquiera un dedo hinchado. Era, como llegaría a apuntar la prensa angelina, una "polish sausage".

 

La actuación de Bird en aquella cuarta velada sólo podría calificarse de patética. Un rebote en la primera parte, que terminó con 1 de 7 para un total de 4 de 15. No robó un solo balón cuando venía robando tres. Perdió ocho balones. Se manejó sistemáticamente con la mano izquierda y cada vez que bajaba a defender se pegaba su mano derecha al estómago para tratar de calmar el dolor. Y por supuesto, al término del partido, saldado con derrota, no soltaría ni prenda. "Las lesiones son parte del juego. Ningún problema. Sé convivir con el dolor". Pero ni una palabra sobre el misterioso origen del monstruo.

 

Saltaron algunas alarmas en el equipo, que cerró filas, puertas y ventanas en torno al asunto. Medida que no mejoraba el estado del dedo a la vista de todos.

 

Y así el gimnasio del Hellenic College sería un hervidero al día siguiente. Allí había sesión matinal de entrenamiento. La prensa local al completo tenía puesta su mirada en la mano de Bird. Y a medida que sentía los ojos de todos donde menos deseaba comenzó a irritarse, sabiendo que tampoco procedía combatir nada de manera inconveniente.

 

Pero cuando las insinuaciones y murmullos superaron lo soportable Bird no supo más que ejercer de sí mismo. Pasó a la acción desafiando a uno de los principales portavoces de la sospecha, Dan Shaughnessy, del Boston Globe. Lo que el jugador quería demostrar era que un dedo maltrecho no le suponía nada. Que él era muy superior a cada una de sus partes y sus poderes seguían intactos. Tal vez así lo dejaran en paz.  

 

El reto planteado lo decía todo.

 

-Yo me vendo las dos manos y meto más tiros libres que tú.

El cronista abrió los ojos en señal de sorpresa y por si acaso repuso:

-¿Tú con las dos manos... vendadas?

-Sí.

 

El periodista aceptó. Y lo hizo casi como parte de su trabajo, una fantástica oportunidad de comprobar sus presunciones de manera directa.

 

Al poco ya estaban liados. La prensa local y el resto de jugadores en torno como testigos. La trama consistía en diez rondas de diez tiros cada una. Empate a seis tras la primera. A partir de ahí un roto que dejaría temblando a uno de los dos. Bird anotaría 73 de los 90 siguientes. El plumilla no lo haría mal del todo. Con sus manos libres se fue hasta los 54. Pero acabó pagando allí mismo la bonita suma de 160 dólares.

 

Cuando todos marcharon Bird se libró de los vendajes y, según aseguraba Rick Carlisle, encadenó una serie de 161 tiros libres sin fallo. Su dedo podía estar inflamado. Pero su orgullo lo estaba mil veces más.

 

Con todo, los Celtics eran suficiente equipo como para cubrir alguna fisura y guiar el barco a buen puerto. En aquel quinto partido se desharían finalmente de los Sixers con un robo decisivo de Bird a falta de pocos segundos. La hinchazón había aflojado algo. El cuerpo médico hizo su trabajo. Pero aquel dedo seguía traicionando su habitual existencia. Bird cerró la noche con un triste 6 de 17.

 

El paso a las Finales lo cubriría todo con miel.

 

Eran pocos partidos. Pero algo estaba fallando. El mejor jugador del mundo empezaba a hundirse por debajo del 40 por ciento. Y lo que era más sorprendente. Había perdido ocho puntos y más de tres rebotes. Todo ello en el momento más importante del año y por el que tanto había luchado: la reválida.

 

Ante el peor rival posible: Los Angeles Lakers.

 

El primer partido de aquella serie, conocido para la eternidad como Memorial Day Massacre, sería un auténtico espejismo para los Celtics. Bird quedaría incluso algo marginado de aquella fiesta. Tal vez la condición pluscuamperfecta de sus compañeros aquella noche no precisara de sus mejores prestaciones. Pero acababa de encadenar, por primera vez en toda la temporada, tres partidos por debajo de los 20 puntos.

 

 

 

 

Al término del tercero, saldado con la derrota que adelantaba a Los Angeles en la serie y trece tiros errados, Bird no ocultaba su malestar: "No puedo jugar peor que hoy. Tú -señalando al periodista autor de la pregunta- lo habrías hecho esta noche mejor que yo".

 

El cuarto choque, el que vio la segunda y última victoria verde gracias a la milagrosa canasta de Dennis Johnson, tuvo una resolución curiosa. Todo estaba dispuesto para el lanzamiento de Bird, exactamente a como había ocurrido el año pasado. Pero ante la ayuda Bird resolvió el pase in extremis para Johnson. Y la jugada salió perfecta.

 

Una victoria aliviaba mucha incertidumbre. Pero sería la última. Los Lakers no dieron opción y se llevaron el anillo.

 

Las Finales de 1985 han pasado a la Historia por muchos motivos. Pero todos ellos favorables a la órbita Lakers. Era la primera vez que los Celtics perdían en unas Finales. Lo harían ante el eterno rival, concediéndoles además la ansiada vendetta por el año anterior. A sus 38 años Kareem Abdul-Jabbar sería nombrado jugador más valioso de las series. Series que vieron imponerse además a Magic Johnson sobre esa icónica rivalidad que le enfrentaba directamente a Larry Bird.

 

Las Finales de 1985 no vieron a la mejor versión de Larry Bird. No jugaría mal. Pero no lo hizo en ningún momento a su nivel. No al que su progresión presumía esperar. No al nivel exhibido antes de aquella fatídica noche secreta.

 

A partir de ella Bird descendió a un total de 63 aciertos de 156 intentos. Es decir, se había instalado en el 40 por ciento de tiro cuando venía registrando un 52.2 y un 42.7 en tiros de tres puntos. Ambas cifras suponían el máximo en sus seis años de carrera.

 

Dos días después de la debacle una rueda de prensa situaba a su codo, presumiblemente lesionado al término de la Regular, como el motivo del hundimiento. Incluso el cuerpo médico era incapaz de aclarar cuál era la lesión del codo. "No sabemos si es tendinitis o qué. Pero será sometido a pruebas y un conveniente descanso". No habría ninguna intervención. Ni una mención al dedo. Un oportuno cortinazo a cualquier sospecha.

 

No sería hasta finales de julio que el Boston Globe publicó el resultado de una investigación que contó con las declaraciones de Harlow y un testigo visual de la pelea, que Bird había negado con furia a una sola insinuación sobre ella el 30 de mayo, cuando los Lakers habían empatado la serie.

 

Al día siguiente del explosivo artículo Larry Bird, por medio de su agente y para no complicar más las cosas, reconocía por primera vez su presencia en el bar aquella noche. Era imposible ya negarlo. Pero no se daban más detalles. Salvo la ofensiva contra los denunciantes. "Supongo que habrá un interés en esa gente que no sé qué es lo que está buscando", advertía Woolf.

 

Que el verano se echara encima y el tiempo pasara aprisa era precisamente lo que el jugador buscaba. Incluso el inicio de la nueva temporada valdría para echar una bonita cantidad de tierra a lo sucedido.

 

No sería hasta la segunda semana de noviembre que ante las presiones que involucraban ya a un jugoso equipo de abogados, Bird reconoció por fin: "Todo fue por mi culpa. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado".

 

A finales de año todo quedaría resuelto. La otra parte renunció a la demanda judicial por una cantidad no publicitada que pudo oscilar entre los 16 mil y los 21 mil dólares.

 

En adelante ninguna obsesión alcanzó en Bird la misma intensidad que el silencio de aquellos hechos.  Para empezar se había cobrado el trabajo de Shaughnessy retirándole la palabra durante los siguientes siete meses.

 

El periodista captó el mensaje. Había hecho su trabajo. Pero se cuidaría muy mucho de recordárselo a Bird alguna vez. Y así lo haría durante los siguientes veinte años. Hasta que en una conversación, uno de esos momentos casuales, tuvo el valor de rescatar aquella sórdida historia, sin darle mayor importancia, como quitando el hierro que el paso del tiempo debería haber oxidado ya. Habían pasado nada menos que veinte años.

 

Y sin embargo fue mencionar el asunto y Bird puso fin a la conversación con un lapidario: "Golpeé a aquel tipo con mi mano izquierda".

 

 

 

 

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El lector que busque información sobre este incidente y sus consecuencias, y trate de hacerlo en completas obras biográficas como Drive (Bob Ryan, 1989), Bird Watching (Jackie MacMullan, 1999) o When The Game Was Ours (Jackie MacMullan, 2009), no la encontrará.

 

Porque a expresa petición del jugador se trataba de una exigencia innegociable incluso para la realización de las obras. Una fulminante terreno prohibido. Una zona muerta.

 

En ellas Bird habla abiertamente sobre el alcohol, el suicidio de su padre y multitud de claroscuros de su vida. Pero jamás sobre la pelea de Chelsea's.

 

El oscuro reverso del orgullo sabe bien lo que ocurre. Bird no ha podido limpiar su profundo sentimiento de culpa por la derrota en las Finales de 1985.  

 

Es la insobornable fuerza de la ocultación la que legitima la sospecha en grado sumo. Como si el orgulloso tuviera dos formas de decir la verdad, una de las cuales es el silencio de por vida.

La de hoy es una entrada inusual.

 

Entre los meses de febrero y marzo del año 2007 publiqué un trabajo fragmentado en diez partes bajo el pretencioso título de Crítica de la Razón Táctica. En aquel entonces la versión española de Eurosport estaba asociada a las ediciones digitales del Grupo Voz, de manera que las secciones deportivas de diversos diarios locales recogieron la publicación de la obra.

 

Al poco Eurosport España firmaría con Yahoo un contrato de colaboración por cinco años que implicaba el nacimiento de un nuevo proyecto. Pero al mismo tiempo suponía la irreparable pérdida de todos los contenidos publicados hasta la fecha con alojamiento procedente del anterior servidor. De manera que aquel trabajo se perdió para siempre.

 

Recientemente y gracias a la curiosidad de algún usuario descubrí con sorpresa que la Crítica había sido salvada por la versión central de la multinacional francesa, conservándose en un servidor matriz. Cuando me había resignado a creer que aquella tesis formaría únicamente parte del archivo personal de algún sesudo aficionado, casi como material de culto, comprobé que seguía existiendo. Aunque de manera un tanto encubierta.

 

Por todo ello lo que propongo hoy aquí es su rescate. Y un esclarecimiento de su razón de ser.

 

El origen y motivación de aquel ejercicio respondían a un fenómeno masivo que se estaba viviendo con especial intensidad en aquellos días y que resumo muy gráficamente en dos líneas de la primera entrega: "Padecen nuestro lugar y época una morbosa inclinación a estimar poco menos que nocivo el Baloncesto NBA y, muy al contrario, de una calidad incontestable el Baloncesto que se viene practicando en Europa".

 

El material que prácticamente a diario volcaban los medios de toda índole en ese sentido me condujo a reaccionar, debo reconocer, con la misma virulencia que ellos. Pero a diferencia, mediante la exposición razonada de un contenido plausible, que escapara al simple izado de carteles.

 

El problema principal es que el debate no lo era. No había ningún planteamiento teórico que promoviese posiciones abiertas o desenlaces distintos. La propuesta residía en la no aceptación de ningún escenario mental que apreciase simultáneamente el baloncesto internacional y el baloncesto NBA. Se renunciaba incluso a la idea de diversidad. Lo que se pretendía era instalar en el imaginario público la idea de que no era posible la igualdad o la coexistencia. Sino la superioridad incontestable del baloncesto europeo y su mundo sobre cualquier manifestación procedente del universo americano, contra el que se había abierto una ofensiva sin límite.

 

A ese desenlace no se llegaba por la vía de la argumentación. Las suposiciones no se sustentaban en el desarrollo de alguna construcción teórica, de algún trabajo que arropase de veracidad las convicciones y la sospechosa fortaleza con que eran expuestas. Al no encontrar obra o estudio a los que aferrarme, de ninguna procedencia además, consideré que estábamos ante una clara demostración de lo que la psicología ha estudiado como prejuicio cognitivo y sus múltiples mecanismos de actuación. Desde la generalización por muestra sesgada al llamado Efecto Bandwagon.

 

En Europa, y muy especialmente en mi pequeño país, esta creencia comenzaba a extenderse sin encontrar ninguna resistencia campando a sus anchas en un escenario que terminaría por conquistar a todas las esferas del baloncesto, desde el técnico más reputado al más humilde aficionado.

 

Al no hallar ninguna base o autor que apoyaran razonablemente alguna de aquellas convicciones resolví que a un extremo, por simple compensación, se le opusiera otro. Pero con una sutil diferencia: la aportación de bases que sustentaran no sólo los argumentos sino también sus conclusiones.

 

Por ello debo avisar al lector que la Crítica de la Razón Táctica tiene en su estilo mismo una intención clara. Ya su titular no es más que un juego de palabras tributo a Kant porque la pretendida atalaya desde la que se volcaban esos supuestos precisaba de otra situada a su misma altura.

 

Y por ello la serie al completo resulta incómoda. Está escrita con un estilo directo. Pero intencionadamente elevado, a menudo hasta lo ampuloso, como reflejo de la arrogancia que encerraban esos supuestos teóricos que la serie venía a cuestionar. Así el trabajo no ofrece concesiones. Gira en torno a círculos cerrados que oponen a cada supuesto otro de naturaleza asimétrica. Pero en su descargo el material de que se valía estaba promovido por el rigor y la veracidad de la documentación expuesta.

 

El objetivo último de la Crítica no era tanto denunciar el vacío de aquellas posturas como remover la conciencia del aficionado europeo, que no veía nada malo en su baloncesto, y que contrariamente a la naturaleza inteligente y rebelde de nuestro juego, estaba padeciendo sin darse cuenta un peligroso aburguesamiento dispuesto a digerir como bueno cualquier cosa.

 

En definitiva se presenta aquí un breve ensayo de baloncesto.

 

Que curiosamente no ha perdido actualidad. Y no lo hará mientras haya gente dispuesta a creer que el baloncesto está condenado a recorrer un solo camino, mejor cuanto más cercano a su vista.

 

 

Capítulo I

 

Capítulo II

 

Capítulo III

 

Capítulo IV

 

Capítulo V

 

Capítulo VI

 

Capítulo VII

 

Capítulo VIII

 

Capítulo IX

 

Capítulo X

No hubo escenas de sangre. Exceptuando la tímida bronca en el estreno de Boston y alguna caricia entre San Antonio y Dallas, la película no ha pasado este año del suspense al terror. Eso que Belbow resumía en el Globe de manera sencilla: "The intensity of the playoffs only amplifies the tension".

 

Una tensión que en ninguna edición remite y que ve endurecer el baloncesto y aumentar la proporción de faltas flagrantes por estas fechas. Pero una tensión cuyas consecuencias tienden inevitablemente a ser moderadas con el paso del tiempo. Basta un poco de retrospectiva para comprobar que la violencia, en sus formas más extremas, ha sufrido un serio revés después de muchos años en que su combate no era suficiente.

 

De algún modo se ha conseguido que la violencia escandalice. Con efectos sin precedentes.

 

Y donde antes el violento podía incluso proseguir en pista sería hoy conducido al estrado como un condenado más. Culpable. Sin paliativos.

 

Y valdría preguntarse cómo ha sido todo esto posible. Cómo la intervención cada vez mayor de lo físico en el juego no ha visto un paralelo desarrollo de la violencia, o al menos, de los riesgos que harían estallar la mecha con mayor facilidad. Sobre todo cuando trasladando la ecuación a la vida humana sabemos que una sociedad armada hasta los dientes encierra un potencial de asesinatos mucho mayor.

 

Es interesante asomarse a lo ocurrido.

 

La historia de la NBA es también la historia de una sucesiva y metódica represión de la violencia. No tanto de las pulsiones violentas como de su liberación.

 

Tomamos aquí la idea de violencia en el más amplio sentido. O dicho de otro modo, como todo acto contra el ordenamiento legal. De manera que una falta sería el primer paso en una escala no muy grande que acabaría hipotéticamente en la muerte.

 

Para empezar subyace al mundo del deporte una brutal hipocresía que de un lado alimenta las pasiones más bajas y de otro lamenta que estallen. Un conflicto que la experiencia ha demostrado irresoluble.

 

Lo que en cambio sí se ha conseguido es que los estallidos de violencia desciendan en número y resulten cada vez menos graves. No fue sólo el natural curso de las cosas o la civilización del deporte. Es que las peores excepciones y los periodos más críticos actuaron como estímulos. De manera que Heysel (1985) o el Palace (2004) estimularon poderosamente la inflexión o lo que se conoce como política represiva.

 

No obstante sorprende ver cómo el concepto mismo de violencia ha ido variando con el paso del tiempo.

 

La de los primeros pasos de la NBA sugiere incluso trazos de cuadro costumbrista. La violencia no era un factor desapegado ni un cuerpo extraño a combatir. Era la forma misma del deporte. El fiel retrato de una época.  

 

Se trata de un periodo donde la misma estructura social, libre, democrática, pero rígida y autoritaria, se ve reflejada en cada átomo de la competición. Los propietarios son capitalistas de cierta audacia que aprovechan los alisios de la posguerra; los técnicos, depositarios de una jerarquía tradicional; y los jugadores, ciudadanos trabajadores al servicio del equipo (comunidad), la organización (empresa) y la liga (nación). Compartir los mismos valores y desventuras en aquel principio confiere a todos la mentalidad de jugar en familia, lo que no impide un buen número de refriegas y peleas entre hombres que conocían bien el espíritu militar. Así el exceso en los contactos se asume con naturalidad y, con frecuencia, como una cuestión de honor que resarcir allí mismo, a duelo, en una suerte anacrónica de violencia noble.

 

No había en suma diferencia entre baloncesto y baloncesto violento. Todo era uno.

 

De ahí que originalmente apenas hubiera contraste entre una falta y una falta excesiva. Para que sonara el silbato no era necesaria la sangre. Pero pocas dudas había sobre su comisión y muchas de las broncas se originaban por la reiteración, el exceso o la represalia. Pero casi siempre, y en esto han cambiado poco los tiempos, como consecuencia de una falta.

 

La intervención en el reglamento como medio corrector de la violencia nace casi con la misma liga. En modos y medidas que hoy se antojan inocentes porque el objetivo no era tanto impedir las peleas como el beneficio del agresor.

 

Ya en 1950 un pequeño equipo asesor del comisionado Maurice Podoloff, que no ignoraba las virtudes comerciales de las reyertas al modo del hockey, introduce un pequeño cambio para evitar la plusvalía de los astutos.

 

En los tres últimos minutos, después que el jugador que recibiera una falta lanzara un tiro libre, la posesión no volvía a manos del infractor. Había salto entre dos, la víctima y su verdugo. Dos años después el jugador rival que intervenía en el salto ya no era el verdugo sino el hombre que defendía a la víctima antes de la falta. Esto fue debido a que los equipos que pretendían ganar ventaja de la comisión de faltas enviaban como sicarios a sus hombres más altos.

 

Nace así una bonita distinción entre la falta por error y el deliberate fouling que tantos quebraderos dará en el futuro.

 

No habría en adelante grandes cambios. 

 

La liga vivió años de relativa serenidad con una violencia tolerable hasta bien entrados los años setenta.

 

Una violencia tolerable equivalía, tal y como describía Dan Hofner en el Times, a una media de tres peleas por semana, a romperse los dientes a codazos al rebote y a la ausencia de un cuerpo reglamentario con facultades sancionadoras. Un escenario que alimentado desde la prensa -Basketball tougher than pro football? (Phil Elderkin, 1965)- despertaba un velado orgullo en un mundo de hombres que tímidamente estaba incorporando a los negros a la batalla.

 

La violencia como inconsciente juego de virilidades dio lugar a maniobras de poder típicas del cine negro. Uno de estos episodios terminó con la expulsión de Red Auerbach en 1963 al entrar a pista, enfurecido por un goaltending sobre Bill Russell, con la intención de agredir al colegiado Sid Borgia. Con Hawks y Celtics en modo polvorín tuvo que intervenir la policía y en su camino a vestuarios Auerbach las tendría tiesas con un aficionado. El recién llegado al cargo Walter Kennedy impuso al técnico la mayor multa conocida demostrando así quién era de verdad el jefe de la liga. Auerbach, intocable hasta entonces, contaría con auténticos matones a sueldo como Brannum, Loscutoff o Lovellette.

 

En ocasiones, si los matones no podían vestir de corto, eran contratados incluso para una noche por algún equipo. Fue el caso del directivo Lou Mohs para proteger a sus Lakers de la visita de los Knicks en enero de 1964. Solía preceder a estas maniobras un sentimiento de venganza por lo ocurrido en alguna velada anterior.

 

(Para un esclarecedor retrato oral de aquella época véase el cap. Twenty-five bucks for a punch, en Tall Tales: The Glory Years of the NBA, Terry Pluto, 1992).

 

 

 

 

Eran tiempos, como reconocería años más tarde el ideólogo del Flagrant Foul System, Rod Thorn, en que todo lo que ocurriera en pista quedaba en manos de los jugadores. Como si reglamento y árbitros poco pudieran hacer para evitar la explosión del desorden.

 

Pero a medida que transcurrían los años aquella violencia tolerada por todos fue gradualmente dejando de serlo. Porque los episodios y sobre todo la tendencia anunciaban cada vez peores consecuencias. Consecuencias que trascendían la anecdótica enzarzada de Bobby Dandridge y Jack Marin en las Finales de 1971.

 

No sería hasta 1975 que la suave entrada en la presidencia de Larry O'Brien duplicó las sanciones económicas por conductas de tipo antideportivo. De 50 a 100 dólares la multa (incrementada a 500 en 1984) también para los expulsados que se resistieran a abandonar la escena. El contacto físico con los árbitros pasa igualmente a ser penalizado con riesgo de suspensión.

 

Unas penas irrisorias que en el fondo estaban motivadas por el triste espejo que suponía la ABA, y por un temor todavía latente a que sanciones mayores disuadieran a las estrellas de seguir en la liga cuando obsesionaba a su comandancia asestar el golpe definitivo a la hermana pobre.

 

Poco imaginaba O'Brien el oscuro periodo que se avecinaba y que no tenía en realidad relación con la otra liga, absorbida finalmente en 1976. Para entonces la realidad había tomado una gran ventaja a su control. De manera muy tímida aquel año será el primero que penalice el empleo de los codos con riesgo para los jugadores. Costumbre que la tinta más satírica había atribuido a Wilt Chamberlain como el único y genuino elbows chain-pion.

 

Terminando la temporada de 1977 y habiéndose duplicado el número de peleas cualquier jugador implicado en una de ellas pasaría a ser castigado automáticamente con multa y suspensión.

 

Papel mojado.

 

En pleno segundo partido de aquellas Finales Darryl Dawkins y Mo Lucas convirtieron por unos segundos la pista en un cuadrilátero. Tres meses antes Bob Lanier había tumbado a Jim Eakins con un fuerte guantazo a modo de martillo que contrariamente al pisotón en la cabeza de Warren Jabali sobre Jim Jarvis (ABA) sí captaron las cámaras. Dos de muchos otros ejemplos.

 

Transcurrido el verano nunca una medida daría peor resultado.

 

A los dos minutos de iniciada la competición Abdul-Jabbar se disloca la mano derecha en Milwaukee al desatar un directo sobre el rostro de Kent Benson como represalia a un codazo en el estómago. No era más que el preludio a lo que estaba por llegar. Una temporada en que la violencia deviene en epidemia.

 

No fue nada casual. Respondía, como suelen los procesos, a un subterráneo que gradualmente acabaría conquistando la superficie.

 

En poco tiempo el baloncesto NBA había conocido el peor desarrollo de la lucha por la posición de los hombres altos. A las batallas bajo el aro se añade la manifiesta intimidación sobre los pequeños que se atrevían a penetrar.

 

Desde un punto de vista técnico la violencia soterrada alcanzó tal frecuencia e intensidad que muchos jugadores extremaron la competencia sin balón en los aledaños del aro hasta hacer del juego un particular conflicto inter pares.

 

Así el curso de 1978 experimenta un repunte que registra nada menos que 40 peleas una abrumadora mayoría de las cuales implica a los llamados enforcers. Precisamente a ellos dedicaba Sports Illustrated su portada y reportaje central en octubre, coincidiendo con el inicio de la temporada.

 

El 9 de diciembre Rudy Tomjanovich mantiene durante unos terribles instantes un pulso con la vida en lo que hasta entonces fue el peor episodio de violencia en la historia de la NBA. Kermit Washington, el autor del puñetazo, sería suspendido de empleo y sueldo durante dos meses (en realidad lo sería de por vida). Y sin embargo el 17 de diciembre, apenas una semana después, el joven alero de Buffalo Bill Willoughby desata otro puñetazo sobre Gus Gerard mientras en otro partido Adrian Dantley la había emprendido contra Dave Meyers.

 

Aún restaban otras tres docenas de incidentes de severa violencia. Las palabras de Calvin Murphy no lo podían explicar mejor: "Cualquier día vamos a ver morir a alguien".

 

La prensa nacional aprovecha el desastre para arremeter contra una NBA a la que hacía tiempo que tenía ganas. El influyente New York Times, en un durísimo editorial, se pregunta en qué clase de subversión ha dado el baloncesto. Y responde: "Bajo los tableros la fuerza y la intimidación son el único juego que hay". En enero Curry Kirkpatrick, de nuevo en Sports Illustrated, refiere la dramática situación como "escalada de violencia" y esgrime las tensiones raciales y la desigualdad salarial como detonantes. El rey de los interiores de la época, Kareem Abdul Jabbar, víctima de los excesos de la mayoría de enforcers como había ocurrido antes con Chamberlain, rompe su silencio: "Mientras la liga continúe viendo este juego como un deporte de contactos, una filosofía que a mi juicio es altamente cuestionable, las faltas violentas seguirán sin ser detectadas". Y advierte que la situación no dejará de empeorar en tanto la óptica arbitral permita "maximizar los contactos y minimizar el potencial de las reacciones violentas".

 

La epidemia multiplica las críticas y titulares por todo el país -Basketball as combat sport, Violence on the court, etc.- e incluso The Wall Street Journal se suma a la carga acusando a la NBA de haberse convertido en la National Boxing Association.

 

La dureza en el baloncesto había alcanzado su masa crítica.

 

Todo ello apremiaba un cambio drástico en la dirección de las cosas. Terminada la temporada de 1978 Larry O'Brien, a través de su director ejecutivo, Larry Fleischer, y el joven abogado David Stern, resolvió poner en marcha un grupo de trabajo liderado por el responsable del reglamento, Joe Axelson, y el presidente de la Asociación de Jugadores, Bob Lanier. Un comité que desmentía las declaraciones del técnico de los Bullets, Dick Motta, y su excesiva confianza en el papel: "The rules are clearly written in the book. The just have to be enforced".  

 

El mismo Curry Kirkpatrick había sugerido meses atrás dos ideas de carácter salvífico. La primera buscaba potenciar el factor arbitral: menor permisividad y mayor vigilancia. Propuso para ello incluir un tercer árbitro en pista y adoptar la línea de tres puntos, un experimento que ya tenía dos precedentes, la ABL de los primeros sesenta y sobre todo, la ABA, escenario donde había dado buenos resultados.

 

La inclusión del triple dilataría los espacios obligando a poner en práctica tácticas de alejamiento general del aro, despejar el interior de parásitos potencialmente peligrosos y lograr en suma una notable distensión del juego y sus más feroces intérpretes. 

 

Ambas fueron aceptadas.

 

La figura del tercer árbitro fue depuesta dos años después porque la liga no podía hacer frente a aquel gasto. En realidad a ninguno. La crisis de identidad había afectado muy seriamente al completo edificio del baloncesto profesional. 

 

Pero entre 1978 y 1980 el reglamento espabila años de sopor con la restricción del hand-checking, la protección de las mesas de anotadores y la tímida entrada del concepto flagrant que ve su primer efecto en la ventaja de que el entrenador del jugador agredido elegirá al lanzador de los libres.

 

Gradualmente el infierno irá templando.

 

La década de los años ochenta vería una Edad de Oro deportivamente hablando. La concepción de la violencia daría un curioso giro con la entrada en el cargo de David Stern. Pero la ignición de los conflictos y sobre todo la proliferación de las peleas, si bien menor, no remitieron en exceso. De hecho lo harían muy poco.

 

 

 

 

Ocurrió que la renovada veneración por una histórica rivalidad y la buena marcha del negocio desplazaron repentinamente la importancia de los sucesos violentos. Contra lo ocurrido en la era O'Brien resultaba que la violencia no repercutía negativamente en las audiencias. Y nada lo haría hasta entrados los noventa.

 

Así se suele olvidar que los años ochenta fueron esencialmente violentos.

 

Una década que asiste impávida a la agresión de Cedric Maxwell a un espectador del Spectrum en plenas ECF, a una sucesión de puñetazos de Buck Williams sobre un Lonnie Shelton tendido en el suelo, de Robert Parish a Bill Laimbeer o de Olajuwon sobre Paultz; a interminables segundos de combate entre Mark West y James Donaldson o a la legendaria refriega entre Julius Erving y Larry Bird. Incluso algunos capítulos, con especial atención a la histórica flagrante de McHale a Rambis, serían arropados de preciado carácter épico sin gran represión de las imágenes por parte de la propia liga.

 

Porque en el fondo la rivalidad entre Celtics y Lakers fue el delicatessen que todos habían añorado. Pero también la quintaesencia de lo violento. Sin grandes reproches.

 

Así pues la violencia no era el problema. Acaso su gestión de cara al gran público.

 

La llegada al cargo de David Stern no marca propiamente un antes y un después. Lo hará pasados casi diez años, cuando el negocio comience a mostrar síntomas de agotamiento. Hasta entonces podía hablarse de una intervención en el reglamento como medio corrector. En adelante Stern se marcará como objetivo la erradicación de lo violento.

 

En 1988 acercaría finalmente al cuerpo arbitral a la toma de decisiones que implicaban cambios en el reglamento al tiempo que resolvía el regreso del tercer árbitro. Esta vez para quedarse.

 

Los noventa arrancarán en 1993. Lo harán de hecho en el mes de marzo, cuando Knicks y Suns aguardan al final del partido para ajustarse las cuentas y protagonizar la peor tangana de aquella década.

 

Stern, ahora sí, toma directamente cartas en el asunto -no dejará de hacerlo en adelante- y a través de Rod Thorn se establece un nuevo código de situación, un reparto posicional de los grupos en juego que prohíbe terminantemente entrar a pista. El primer jugador en abandonar el banquillo durante una refriega será multado con 2500 dólares. Y el equipo con 5000 por cada uno de los restantes que lo haga.

 

Quedan delimitadas las acepciones de la Flagrant Foul. De tipo 1, como acción de falta innecesaria. De tipo 2, manifiestamente excesiva. Nace igualmente el sistema por puntos que sanciona la acumulación de flagrantes. No mucho después lo hará con las técnicas.

 

Lo que consiguen los perversos años noventa es soterrar la violencia bajo la alfombra. O mejor, emplear las medidas represivas y la militarización defensiva del juego en su favor, incorporando la violencia al baloncesto con una naturalidad sin precedentes, como habían hecho con incuestionable éxito los Pistons, el nuevo patrón a emular.

 

Lo ocurrido entre 1993 y 2004 es digno de estudio. Un proceso que combina magistralmente la devaluación de todas las fuerzas creativas con la absoluta normalización de las potencias violentas. Al extremo de formarse plantillas enteras de ejecutores y enforcers al modo de Knicks o  Heat, la artillería perfecta para la nueva industria pesada. Un sofisticado trayecto, como había advertido Lacan, de las reacciones emocionales de ira (peleas) a las demostraciones de finalidad intimidante.

 

Son los años del acting out, la peor versión del trash talking y la obscenidad no verbal en el lenguaje in your face. La era del baloncesto narcisista y genital. Pero también de las reyertas cobardes. De colisión de manadas sin que aparezca claro el agresor o alguno tome la delantera.

 

Eran los primeros efectos de un velado temor a las sanciones.

 

La violencia había completado, pues, un perfecto círculo de perversión. Desde las peleas entre Bulls y Knicks y Hawks y Heat, ambas en 1994, a lo ocurrido en el Palace diez años después el baloncesto NBA podía ser un juego esencialmente violento de manos limpias. Sin aparente comisión de delitos. Infestado en su misma sangre.

 

Los terribles sucesos del Palace (2004), los peores nunca habidos, se explican por sí solos. Pero también lo hacen con el tardío final de una sórdida travesía que había permitido el cultivo de demasiados ingredientes nocivos.

 

 

 

 

La gravedad de lo ocurrido trascendía esta vez los editoriales de prensa. Entre el rigor y el oportunismo se multiplicaron los estudios que hablaban en términos de violencia indispensable, de porcentajes de sospecha -el 21 por ciento de los jugadores de la NFL había sido arrestado por agresión (David Walsh, ICFI, 2004)-, y de fenómenos que atacaban a las raíces mismas de la cultura norteamericana.

 

La alarma era incluso más grave de la encendida a finales de los setenta. Aunque la teoría insinuara una tragedia similar: la ruptura entre estrellas y espectadores, el intocable star system y su principal depositario, el gran público.

 

"Soy yo quien decide", advertía con mano de hierro David Stern. A partir de Artest las sanciones podían valorarse en millones de dólares. Las salidas del banquillo acarrearían suspensiones automáticas, su equivalente en salario y multas de hasta 20 mil dólares. Dos flagrantes la misma noche conllevarían suspensión y el hand-checking quedaría definitivamente prohibido en campo abierto.

 

El reglamento pasa incluso a un segundo plano y su soberanía será suplantada por la decisión personal de los guardianes contra los unsportsmanlike acts. Cargos como Russ Granik y Stu Jackson comienzan a ocupar planos de actualidad.

 

Poco antes Jerry Colangelo había heredado la tarea iniciada por Rod Thorn y arropado por un comité de expertos establece una fina aritmética que busca equilibrar espacios y contactos. En realidad la nueva política reglamentaria no buscaba poner fin a la violencia. Sino liberar el juego de los correajes que venían sometiéndolo la década anterior. Sólo que las consecuencias serían muy favorables en el terreno de lo violento. Mayores incluso de lo esperado.

 

Como si en la misma constitución del juego residiera la solución. De modo que a mayor castigo al contacto mayor evaporación del juego duro, el caldo que conducía a los jugadores a la ebullición.

 

Sobre ello gravitó una política ilimitada que se extendió vertical y horizontalmente: implementación de la seguridad en los pabellones, prohibición de venta de alcohol en los últimos cuartos, código de vestimenta y un límite de edad de acceso a la NBA. Los árbitros tendrían incluso potestad para expulsar a espectadores.

 

Así en la segunda mitad de los dos mil, obviando la cobarde trifulca entre Nuggets y Knicks, los incidentes resultan tan aislados que el empujón de Robert Horry a Steve Nash, el baloncesto terrorista de Bruce Bowen o el discreto codazo de Garnett sobre Richardson alcanzan una relevancia excesiva, en otro tiempo impensable, y que verifica la condición escandalosa que precisamente David Stern pretendía para las llamadas acciones violentas.

 

Sprewell, Artest, Carmelo o Arenas serían colgados sucesivamente a la vista de todos.

 

La operativa de represión amplió al máximo las fronteras del control. De modo que fuera posible sancionar a jugadores, técnicos o propietarios que cargasen contra la labor arbitral. Jackson, Cuban, Van Gundy o Howard saben que la crítica ni siquiera debe producirse a micrófono abierto. Cualquier canal de las nuevas tecnologías tiene perfecta validez.

 

Los resultados de todo este gigantesco proceso histórico se viven aquí y ahora.

 

En relación a tiempos pasados la NBA actual es una bucólica pradera de juego.

 

Al extremo de que la violencia explícita de antaño ha devenido hoy en material que descifrar: enganchones al hierro con riesgo de técnica, el mismo castigo por partida doble a un ligero intercambio de malas palabras; no levantar al rival tendido en el suelo, preámbulos en los videomarcadores que enciendan los ánimos o números previos al salto inicial que marquen territorio subrayando la presencia de machos alfa, al estilo de Kevin Garnett.

 

Peligros autorizados para todos los públicos.

 

 

 

 

Erradicar la violencia del baloncesto representa un bien deseable.

 

Pero las medidas represivas en cualquier ámbito de la vida no suelen reconocer límites claros. De manera que si la intervención de lo artificial prosiguiera su camino hasta la más absoluta tiranía, daríamos en absurdos tales como la expulsión de Tim Duncan por esbozar un simple sarcasmo en el banquillo o la condena pública de un jugador que no salude a sus verdugos, un uso completamente normal en los venerados años ochenta.

 

Un panorama esclerotizado por el absurdo represivo sería incluso menos deseable que la violencia a reprimir.

 

Por dos razones:

 

  • Porque todo deporte de equipo es por naturaleza violento.

 

  • Y en consecuencia, ninguna represión conseguirá nunca librar al deporte de estallidos de violencia igual que la Sociedad de Naciones no pudo evitar la gran guerra.

 

 

No mientras sea el hombre quien esté ahí abajo.

En el mundo hay de todo. Hay autistas y gigantes, locos y guapos, ricos y obesos, pilotos y ciegos, albinos y poetas.

 

Y hay zurdos.

 

Los hay por todas partes. Los hubo siempre. Y en una proporción sospechosamente invariable. Entre ocho y trece sujetos de cada cien nacen inclinados al otro lado.

 

Hay toda una rica literatura creada en torno a esos individuos que están aquí desde el principio y, más que nadar contra corriente, ocupan uno de sus márgenes, el suyo. Sorprenden al diestro con su rareza y sugieren por ello un extraño colectivo cuyo único denominador común es eso mismo: ser zurdos. Tocar el mundo con la otra mano.

 

Son tan diversos y numerosos los estudios sobre esta suerte de vida que ni su sola mención cabría aquí ni se daría, por pequeño que fuese, un acuerdo. Parecen morir antes, fueron estigmatizados en tiempos y culturas (siniestro proviene de izquierda), ganan más dinero, su presión sanguínea es mayor y un sinfín de extrañas teorías y cosas. Son estudios que van de la genética a la ergonomía, de la demografía al arte, de la sociología a la economía o de la historia a la neurología. Estudios a menudo tan fascinantes como ese recurrente encanto que los asocia al genio (Aristóteles, Leonardo, Miguel Ángel, Newton, Einstein, Gandhi, Chaplin, Hendrix).

 

Porque la ciencia empieza a acordar con ellos una especie de pensamiento divergente (Dr. Stanley Coren) que hablaría en términos de inteligencia. Como si emplearan los dos hemisferios del cerebro en proporción muy superior a los diestros, promoviendo asociaciones de ideas nada convencionales que alumbraran territorios inexplorados.

 

Aquí el campo es mucho menor. Infinitamente más pequeño. Pero no por ello menos apasionante. Así el artículo bien podría prologar una bonita obra por título El baloncesto zurdo. Y como tal, no son más que unas líneas sin un significado preciso.

 

 

 

El zurdo más famoso del mundo

 

 

Para empezar no hay en el mundo un solo jugador diestro que no haya experimentado, a cualquier nivel de juego, la radical diferencia que supone incorporar a la escena a uno de estos tipos. Cuando el balón cae en sus manos el mundo de repente da la vuelta, gira del revés. Y esto pone en alerta a todos. Alarma: zurdo a la vista.

 

Porque lo primero que enciende la visión ante un jugador zurdo es que, por encima de cualquier otra consideración, es zurdo, radicalmente zurdo.

 

Esto, como demasiado evidente, no lo es tanto. Significa que el zurdo es más zurdo que el diestro diestro. Que el diestro usa y el zurdo abusa. Que éste hace de su diferencia un referente mientras el diestro reparte sus poderes como más moderadamente por todo el cuerpo.

 

En el fondo hay en esto mucho de ilusión óptica. El mundo está organizado de tal modo que el zurdo asoma demasiado a ojos de todos, jugadores y espectadores. Incorpora su diferencia a un plano tan cenital que la amenaza, esa mano inquietante, salta en exceso a la vista ofendiendo a la seguridad del diestro.

 

Esa sensación algo embarazosa actúa como un síndrome y se explica de modo sencillo: un jugador diestro ignora a menudo dónde se encuentra su tesoro más preciado. El suyo propio. Y sin embargo está convencido de dónde reside el peligro en los jugadores zurdos. Eso genera una ligera turbación, una molestia, una incomodidad que luego podrá ser o no apagada. Pero aflora de entrada.  

 

Otra de las típicas ilusiones ópticas es que sorprende mucho más la canasta con la mano izquierda de un jugador diestro que la cesta diestra de un jugador zurdo. La explicación es tan simple como que una -la canasta del zurdo- se adapta al orden de las cosas y la otra lo quiebra, siendo esta última como mayor motivo de aplauso. El caso más cercano al mito del ambidiestro pertenece a Larry Bird. Nadie reparó nunca en elogiar el uso de su mano izquierda. Pero al mismo tiempo muy pocos en considerar su zurdera natural, es decir, que su vida privada operaba con la mano izquierda.

 

En el baloncesto, donde las manos son el juego mismo, los zurdos han tenido siempre una presencia natural -en proporción a la estadística-. Pero su intervención tuvo siempre algo de especial. Y muy sobre todo en algunos casos. Casos que hay que decir desde ya, fueron pocos.

 

Nuestro tiempo ha superado la idea de que ser zurdo fuera un defecto. El baloncesto debiera pensar lo mismo si cree que es una ventaja. Porque no lo es más allá del factor sorpresa que supone medirse a una categoría técnica tan en minoría.

 

Cualquier estudio sobre ellos en nuestro juego debiera ser honesto empezando por alejar esa idea de que los zurdos son iguales o parecidos entre ellos. Porque no es así. A lo más, lo fueron siempre en su mecánica de lanzamiento. El célebre séptimo partido de las Finales de 1970 arranca y termina con sendas canastas de jugadores zurdos, Willis Reed y Dick Barnett. Si cortáramos el plano del torso hacia arriba en los dos tiros, observaríamos muy poca diferencia. Y sin embargo la hay. Tan grande como la estatura.

 

En nuestro deporte los zurdos no han sido ni los mejores ni los más fuertes. No han dominado nada en particular. Hay de hecho muy pocos entre los que la historia estima mejores. De ellos tan sólo siete de los cincuenta elegidos en 1997 fueron zurdos. Un catorce por ciento del total para verificar esa proporción mundial.

 

Entonces, si los zurdos no se parecen demasiado entre sí y lo hacen poco o nada con sus hermanos diestros, ¿cómo poder agruparlos por debajo de la cualidad que les da nombre?

 

Para estos casos lo más acertado suele ser alumbrar un eje muy sencillo, algo que pueda saltar a simple vista. Y ese algo lo encontramos en un concepto que podríamos denominar predominancia.

 

Siendo justos no todos los jugadores zurdos hacen de su mano izquierda su principal fortaleza. No todos se explican casi exclusivamente a través de su zurdera. La predominancia nos ayudaría a entender el grado de intervención en el juego de esa mano izquierda. De manera que podamos separar de forma natural la predominancia extrema en Toni Kukoc de la predominancia baja en Bill Russell.

 

Esta variable contribuye además a aclarar dos cuestiones cruciales:

 

- El consumo de balón. No hay factor más decisivo en el reconocimiento de un zurdo.

- Y en consecuencia, la relación inversamente proporcional entre la estatura y la predominancia de la mano izquierda. Como si a mayor altura menor fuera el abuso de una sola mano.

 

Como suele, nada mejor que los ejemplos para aclarar un campo tan amplio. Y la predominancia nos va a permitir abrir al menos cuatro grandes categorías en el género zurdo:

 

 

Zurdos de predominancia baja

 

La elección facilita mucho las cosas. Cierta observación a la demografía histórica indicaría que la estatura actúa en los zurdos reprimiendo el abuso de su mano predominante. Y más que la estatura cabría hablar de posición. Esto es, que cuanto más vencidos los jugadores al juego interior mayor fue su integración en un tipo de baloncesto que no precisaba de exhibir en exceso la mano izquierda.

 

Así ejemplares como Bill Russell, Willis Reed, Clifford Ray, Bob Lanier, Caldwell Jones o David Robinson fueron zurdos como perfectamente podrían haber sido diestros. Lanzaban, pasaban o taponaban con su mano izquierda porque eran zurdos. Pero no abusaron de ello a un extremo que los diferenciase especialmente de los interiores de su época. Y en el combate cuerpo a cuerpo, la escena ideal para el deporte zurdo, esta igualación en los hombres altos se ha venido verificando siempre.

 

Las batallas de Russell y Chamberlain y de éste con Abdul Jabbar -con especial claridad en las WCF de 1971- no se distinguían por el uso de manos sino mucho más por el combate posicional en las cercanías del hierro. Y lo mismo en el caso de Lanier y Abdul-Jabbar, y sobre todo, en el de Robinson-Olajuwon. En este último los grandes episodios brindados, y muy en especial en mayo de 1995, confirmarían que el llamado factor sorpresa de los zurdos es un asunto menor en relación a la calidad técnica de ambas manos. O cómo un gran pívot zurdo puede ser completamente anulado por su par diestro.

 

Es como si en los espacios interiores, allá donde se reducen los desplazamientos y la libertad de manos, el zurdo ahogara su distintivo sin que suponga un factor técnicamente relevante. A menor espacio mayor la distribución del juego hacia porciones del cuerpo que escapan propiamente a las manos.  

 

 

 

 

 

Zurdos de predominancia media

 

Conviene recordar que estas categorías son genéricas y, por lo tanto, más abiertas que cerradas. Permiten distinguir gráficamente tanto como integrar a unos y otros en una escala mayor o menor en función de diversos factores uno de los cuales no puede ser omitido: la conversión táctica de la edad.

 

En una primera etapa Chris Mullin, zurdo hasta los tuétanos, era un jugador en progresión hacia la condición de all around. A medida que se fue haciendo anotador fue incapaz de concentrar sus poderes en una sola mano, por muy visible que ésta fuera.

 

Con el paso del tiempo Mullin fue desnudando gradualmente todo lo demás hasta mantener intacta su mayor virtud técnica de siempre: el tiro, algo que por obligación había llevado al extremo en Barcelona ("¡Noticia! -exclamaba Barthe-. Mullin acaba de fallar"). Esto explicaría que el último Mullin de Indiana pudiera ser, en esta teoría de manos, perfectamente intercambiable por un diestro puro como Chuck Person. Porque para entonces su zurdera ya sólo se hacía visible a través del tiro.

 

En un grupo que ve la presencia de Michael Redd o Kareem Rush la cosa se explica de modo sencillo. Cuando los jugadores llamados pequeños no intervienen excesivamente en el dribbling ni se marchan de sus pares valiéndose de su zurdera, cabe hablar de predominancia media, una categoría muy generosa que permite integrar a los zurdos de bote escaso y tendencia al tiro (Dick Barnett, Derek Fisher) como a los que reprimen muy mucho su consumo de balón por bienes más generales (Lionel Hollins, Tayshaun Prince). Estos jugadores no son abusivos en ningún caso; no hay un aspecto hegemónico en ellos, ni siquiera su mano predominante. Ejemplos como Dave Twardzik o Jack Marin ratifican que ser zurdo en los años setenta no implicaba correr a bote izquierdo como locos. Las detenciones en el juego, sus esperas con el balón bien atrapado a dos manos aguardando el pase, hablarían en términos de calma zurda que permitiría incluso integrar a anotadores algo más templados como Gail Goodrich o Billy Cunningham o sujetos tácticamente más intermedios como Michael Young o Delonte West.

 

De ahí que esta categoría resulte muy amplia. Es capaz de acoger jugadores zurdos de inclinación interior por estatura (Michael Beasley, Josh Smith, David Lee, Bison Dele, Chris Bosh, Wayman Tisdale, Dave Cowens) como a ejemplares profundamente reconvertidos.

 

Un ejemplo perfecto de cómo la conversión interior reprime la zurdera natural lo ofrece el caso de Stacey Augmon, de exterior agresivo de atletismo zurdo a interior de contención sin relevancia de manos. 

 

Algo parecido ocurrió con un zurdo puro como Derrick Coleman. En una primera etapa su caso era perfectamente hermanable al de Zach Randolph. Y sólo el descenso en la proporción de lanzamientos, más desmedida en este último, termina por separarles.

 

 

Zurdos de predominancia alta

 

La más clara de las cuatro categorías. Agrupa a la inmensa mayoría de exteriores pequeños de género zurdo que ha dado la historia.

 

Es la más visible de todas porque el consumo de balón, una imagen que se traduce en decenas, centenares, miles de botes de repetición con esa mano extraña, botes tantas veces seguidos de lanzamientos zurdos, pone de manifiesto que el factor predominante en esos jugadores lo es infinitamente mayor que cualquier otro aspecto a reseñar.

 

Puede que no haya nada más reconocible a la vista en los jugadores zurdos que la reiteración, no del bote y el tiro por separado, sino de una secuencia dactilar que vincula a fuego ambos: bote y tiro. Zurda y zurda.

 

Es un aspecto tan rotundamente común en ejemplares de ancha historia como Guy Rodgers, Lenny Wilkens, Al Skinner, Kevin Porter, John Lucas, Nacho Solozábal, Johnny Dawkins, Avery Johnson, Ferdinando Gentile, Kenny Anderson, Greg Anthony, Elliot Perry, Nick Van Exel, Travis Best, Damon Stoudamire, Jalen Rose, John Crotty, Carles Marco, Cuttino Mobley, Beno Udrih, Mike Conley, James Harden o Brandon Jennings, que para definir al género zurdo en toda su extensión bastaría con esta corriente alterna de electricidad completamente zurda, el factor determinante en el más numeroso de los grupos.

 

 

 

 

 

Esta categoría incluye un tipo algo extremo de jugadores que parecían afrontar el baloncesto como una colisión directa entre su tiro zurdo y el mundo. Los casos de Zach Randolph, Kenny Simpson o el tardío Walter Berry son, casi antes que zurdos, jugadores abusivos, auténticos manirrotos.

 

Por otro lado la estatura o la posición interior no siempre actuaron reprimiendo la zurdera. Así fue en Jeff Turner, Brad Lohaus, Sam Perkins, Anthony Mason, Calbert Cheaney, Rodney Rogers, Chris Gatling o el más manco de todos, Keon Clark. Jugadores que por diversas razones no sintieron la necesidad de emplear ambas manos. El caso de Artis Gilmore es muy llamativo en este sentido. El hombre se retiró muy longevo sin descifrar el apoyo de su mano derecha al balón en los tiros libres. Su diestra era sencillamente nula.  

 

Asimismo un híbrido entre el perímetro y el interior como Lamar Odom cabe en este grupo por lo desconcertante de su mano derecha, una cualidad mucho más común en los zurdos de lo que se presume a la vista. En el alero angelino son años de costosa tendencia al apoyo de su mano y costado derechos y aun así sería muy difícil integrarlo en otra categoría que no oscureciera la mano diestra.   

 

 

Zurdos de predominancia extrema

 

El más fascinante de todos los géneros. El que invita a emplear la expresión zurdo puro y hasta a zambullirse en ese imaginario que les atribuye un cierto misterioso genio creativo.

 

Si ya sorprende el uso de esa mano falsa en el panorama general del juego la intervención de un zurdo extremo moviliza la atención y provoca una fuerte impresión en el ojo espectador. A menudo esa primera impresión, si no entra en detalles, observa a un jugador cargante, retorcido y opulento en su diferencia. Su mano izquierda es una amenaza tan visible y constante que atacando semejan disponer de un machete con que poder cortar la maleza defensiva, todo lo que les vaya saliendo al paso.

 

La tremenda dificultad de defender a estos jugadores no estriba, como se pueda pensar, en lo desacostumbrado de hacer el espejo a un zurdo. Ésta es la menor de las razones. La mayor es que por algún motivo son jugadores de proceder extremadamente imprevisible. Como si al cortar agresivos hacia dentro obligaran a los defensores a recular en una décima todo lo aprendido en la defensa al hombre.

 

Cierto que la zurda agresiva se muestra muy difícil de defender en los combates mano a mano. Y aunque la apertura del zurdo se produzca por lo general hacia el lado bueno de los jugadores diestros no resulta nada sencillo el desplazamiento extra a que obligan. Y nada más reconocible en ese sentido que la bandeja apurada de un zurdo con el hombre encima. Por alguna extraña razón y un magnífico uso del cuerpo al contacto lateral los zurdos reciben pocos tapones en sus entradas al hierro.

 

La creatividad no es un rasgo ni mucho menos exclusivo de estos jugadores. Pero la creatividad puede ser el más distintivo de los rasgos en algunos zurdos extremos. Irregulares o de corto brillo, tendentes a la dispersión y aislamiento, pero en todo caso proclives a la creación inmediata y a menudo contra la lógica, como tanto sorprendía Igor Kudelin.

 

En este mismo sentido de creación ininteligible el baloncesto de Larry Spriggs a su paso por Madrid era una constante rebelión a la forma. Así no había lanzamiento que no viniera precedido de inexplicables rectificados o pases que no tuvieran forzosamente la intención de desenlace. Como si en una novela de detectives el tipo sólo pudiera escribir la última página.

 

La historia, esa relectura que acierta en subrayar tanto como yerra en olvidar, ha concedido una importancia crucial a Earl Monroe como detonante de los llamados skills con balón que prefiguran parte del baloncesto moderno. Y sin embargo el calado directo de Nate Archibald fue mucho mayor en los jugadores pequeños, y muy especialmente, en los exteriores zurdos. De Archibald deriva no sólo un genial diestro como Isiah Thomas, sino todo ese numeroso fenotipo citado en el epígrafe anterior. Toda una masa de pequeños que resultaría informe e inclasificable de no haber sido por la continua electricidad de su mano izquierda.

 

Si hubiera de rescatar un ramillete de nombres que abriese una categoría casi exclusiva para ellos, un selecto colectivo de extrema izquierda, tal vez nada más representativo que el trío formado por Sarunas Marciulionis, Toni Kukoc y Manu Ginobili.

 

 

 

 

Sobre notables diferencias en su despliegue comparten sin embargo una misma huella dactilar. Una zurda genial. Un brutal contrapunto del juego que invitaba a pensarlos en eso que el inglés refiere como game changers.

 

Resultaría sencillo definirlos simplemente como meros abusadores de su arma principal. Pero hay algo más. Hay mucho más. Un factor de inteligencia que ocupa un primer plano precisamente a través de su gran misterio, el más visible de todos: su mano izquierda.

 

Son incontables las acciones que confirmaban no ya un gran entendimiento del juego sino una forma de comprenderlo como específicamente suya. Y a juicio de muchos rivales, seguramente endemoniada.

 

Detenido frente a su defensor, descendido el tronco al completo, la oscilante secuencia de bote bajo a zurda de Toni Kukoc antes de emprender la arrancada -lapso de confusión que Valdano refirió en Butragueño como el embrujo- era el preludio de uno de los mayores problemas que una pista de baloncesto haya conocido jamás en Europa. Un 2.08 que de inicio obligaba al defensor a descender su centro de gravedad tan a ras de suelo como la intuición defensiva. Era una de tantas maneras de jugar con el rival como con un muñeco. Una permanente sorpresa que se apagó tan pronto Kukoc salió de Europa.

 

Porque de la misma manera que Petrovic fue barrido de alardes técnicos a su paso por New Jersey, Kukoc terminó siendo en Chicago un zurdo de predominancia media. Ambos casos en nombre de la eficacia. Una eficacia real. Pero a un alto coste formal.

 

Mucho más hermanados aparecen Marciulionis y Ginobili. Contar con un tronco inferior muy poderoso permite cambios de ritmo que causan sistemáticos desequilibrios. Y con una frecuencia reveladora, irremediables. Nunca un zurdo supo abrirse de manera más imparable hacia su lado bueno que Ginobili. En este zurdear el juego es curioso que estos jugadores precisen muy poco del crossover, recurso mucho más propio de la fauna diestra.

 

De las grandes diferencias que abre el argentino con el lituano, una de las más interesantes proviene de la secuencia de bote. Uniforme en Ginobili, discontinua en Marciulionis. Éste aprovechaba un bote alto y contundente que pausaba por sistema arriba, al contacto del balón con la mano, procurando así la enorme sorpresa de arrancar en cualquier dirección desde ese punto. Y más allá, dotar al balón en los pases de una ligereza propia de los grandes pasadores. Este tipo de zurdo suele además disparar los pases al bote, sin ningún otro apoyo. Gusta de ello porque domina infinitamente su mano.

 

Cuando a un zurdo extremo como Ginobili se le añade el hustle de Rodman o Cowens el resultado es una amenaza total y la conversión de la mano izquierda más que en un apéndice del tronco, en el cuerpo mismo. Como una compacta unidad. Así se explica el violento tapón a Garnett que acaba con éste en el suelo a pesar de la diferencia de más de veinte kilos de peso.

 

Los zurdos, de cualquier tipo, enriquecen enormemente el baloncesto. Pero generan una controversia que afecta incluso al gusto. Para unos resultan encantadores. Envidian esa rara facultad. Para otros, en cambio, no son más que una perversión técnica.

 

Y sin embargo, el día que aterrice en el mundo el zurdo perfecto sabremos que deberá funcionar con igual simetría que cualquiera de los más grandes jugadores habidos. Con la misma. Porque en caso contrario, no superará el síndrome. Y de momento los zurdos siguen pecando en exceso de serlo.

 

Afortunadamente el baloncesto sigue y seguirá siendo algo tan relativo que igual que hubo zurdos extremos hubo diestros del mismo polo (Connie Hawkins, Dominique Wilkins, Rudy Fernández) sin que ello suponga mayor ventaja que la que el cerebro encierre en cada uno de ellos.

 

A fin de cuentas son dos las manos.