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La noche había caído sobre Harrisonburg cuando la joven Valerie, ataviada con un suéter negro y unos ajustados pantalones campana de tela color beige, abrió la puerta. En otras circunstancias Valerie vestiría ropa más adecuada a su dormitorio que a la recepción de una cita. Pero no era una tarde normal. Había visita. Unos tipos importantes, de esos que ella no conocía y siempre terminaban revoloteando el hogar a causa de su hermano. 

 

Bajo el porche del número 530, en una de esas casas sureñas de madera blanca, Terry Holland presentó a sus acompañantes. Volvería a hacerlo unos segundos después, cuando Ralph y Sarah, salieron al vestíbulo al encuentro de los invitados. Eran cinco. "El señor Auerbach, presidente de Boston Celtics". Pero sólo dos convenía ser presentados. "Y el señor Mangurian, su propietario".

 

El resto era bien conocido por la familia.  

 

-Pasen, por favor -invitó Sarah, con aquella destreza adquirida en los dos últimos años como la mejor representante de su hijo, mucho más que el marido.

 

Todos tomaron acomodo en el amplio living. Flanqueaban a Red Auerbach y Harry Mangurian en sendos sillones Terry Holland, entrenador de Virginia, y Roger Bergey, técnico del instituto Harrisonburg. A su lado, el profesor de Derecho Sam Thompson. La presencia de este último cuidaría de que los dos hombres de Boston no rebasaran sus pretensiones vulnerando la estricta normativa NCAA. Aquella tarde Thompson no era sólo el agente del jugador elegido por la familia. También notario y censor.

 

 

 

 

Valerie sirvió sobre la mesa café suficiente para que los invitados mantuvieran su mente despejada y Sarah abrió la velada.

 

-Ustedes dirán.

 

Hasta entonces Auerbach no dejó el maletín a sus pies. Pero ninguno de los invitados se quitó la chaqueta, cargando el ambiente de una solemnidad seguramente indeseada.

 

-Señora Sampson -inició Mangurian-, el motivo por el que estamos aquí es evidente y ustedes lo conocen. En primer lugar déjenme agradecer personalmente a usted y su marido que hayan accedido a esta cita.

 

El ademán aprobatorio de Ralph padre fue bien recibido por los presentes. Tal vez porque sabían que en realidad había sido Sarah la que posibilitó la reunión.

 

-Venimos -prosiguió el dueño- en representación del mejor equipo de baloncesto del mundo. Estamos aquí para dejar claras nuestras intenciones hacia su hijo. Le ofrecemos la posibilidad de sumarse a nuestra organización. Le procuramos el mejor destino y le prometemos su cuidado como si fuera nuestro hijo.  

 

Era un comienzo esperado. Como lo fue la suave réplica de Sarah.

 

-Pero ustedes saben que esa decisión le corresponde tomarla a él.

 

-Y por eso estamos aquí -repuso aprisa el propietario-. Porque queremos hacérselo saber a ustedes, sus padres, como máximos responsables que son del chico. Comprendemos que está en una edad -Ralph tenía 19 años- y nos hacemos cargo. Respetamos los pasos que debemos seguir como siempre hicimos con nuestros mejores jugadores.

 

Perfectamente podría haber terminado todo allí, en una confirmación oficial del interés de los Celtics por Ralph Sampson y la esperada respuesta de Sarah afirmando una vez más que era decisión de su hijo.

 

Durante unos minutos Mangurian prosiguió su alocución, trufada de continuos parabienes al jugador y loas al equipo y organización de las que era su máximo representante. Thompson, reclinado convenientemente, hizo sus primeras anotaciones en un elegante cuaderno. El gesto parecía estrechar todavía más las fronteras de la conversación.

 

-Supongo que sabrán que hace un año -informó Ralph padre-, terminando mi hijo el instituto... Roger, tú lo sabes mejor que nadie -dirigió hacia el entrenador de Harrisonburg mientras éste asentía-, dos equipos profesionales ofrecieron a mi hijo la posibilidad de incorporarse a sus filas.

 

-Nosotros no actuamos así -intervino por fin Auerbach-. Nosotros no prometemos cifras que no podamos cumplir ni utilizamos a la prensa como cebo. Nosotros estamos aquí para decirles a ustedes lo que queremos ofrecer. Nuestras intenciones reales hacia su hijo.

 

En eso el viejo tenía razón. Y sólo porque sabía muy bien de lo que hablaba.

 

El asunto se remontaba a un año atrás, en la primavera de 1979, cuando Spurs y Pistons ejercieron de asaltantes al entorno de un adolescente que acababa de elevar a su instituto al segundo título estatal consecutivo aplastando a Suffolk con 26 puntos y 26 rebotes. Era lo de menos. A Sampson lo conocía ya todo el mundo. Profesional y universitario.

 

En aquella atrevida caza fue Detroit quien llegó más lejos.

 

Dick Vitale terminaba su primera temporada como técnico sin ningún éxito. Y ordenó a su asistente, Mike Brunker, una llamada directa, agresiva, irrechazable a su objetivo. La familia Sampson había depositado toda las labores de recruit en Roger Bergey, su entrenador en Harrisonburg, hombre serio y paciente. El recruit de Ralph Sampson se convertiría en la mayor operación en torno a un jugador en la historia del college. De los cientos de candidatos se estableció un primer filtro que dejaba todavía vivos a más de 180 centros, de ellos 50 entrenadores de visita, hasta llegar a una Final Four formada por Virginia, Virginia Tech, North Carolina y Kentucky.

 

El fin de semana anterior a la llamada Vitale había estado en Landover, en las gradas del Capital asistiendo al McDonald's. En la víspera de aquel partido Sam Bowie anunció su marcha a Kentucky. Las siguientes 24 horas nadie escapó a la tentación de pensar que Sampson jugaría junto a él. Sobre todo después de ser nombrado MVP con 23 puntos, 21 rebotes y 4 tapones, tres de ellos a Bowie, a quien dejó aquella noche en 6 puntos.

 

Para Vitale fue suficiente. Y Brunker sólo era un mandado. Un mandado sin apenas recorrido que enseñó aprisa sus cartas. "Muy bien, ¿de cuánto dinero hablamos? ¿Seis cifras?" -preguntó Bergey al teléfono. "No, señor. ¡De siete! Y como usted sabrá -los apremios eran muy mal recibidos por su interlocutor- el plazo es de 45 días antes del draft para enviar la carta al comisionado O'Brien. Necesitamos una respuesta ¡ya!". La trama saltó enseguida a la prensa y hasta la propia NBA tuvo que recordar públicamente el reglamento universitario. "Once you apply, you're a pro", sentenció un portavoz.

 

A Sampson le asustó todo aquello. Podía ser mucho dinero. Pero enviar aquella carta suponía que ningún centro universitario podría reclutarle. La renuncia era grande. Su formación estaba en juego.

 

Había además un temor más profundo. El chaval había visto recientemente a los Bullets. Y quedó impresionado con Wes Unseld. Cada una de sus piernas era como su cuerpo. No podía, se convenció, no estaba preparado para algo así.

 

Sampson dijo no.

 

Vitale sería despedido a poco de iniciada la competición. Fueron sus últimos días como técnico NBA. Aquella negativa se la cobraría a título personal en años de ofensiva mediática contra Sampson. A menudo como el único enemigo público.

 

-No es nuestro estilo -insistía Auerbach-. Y con el debido respeto esos equipos no son comparables a nosotros.

 

-¿Por qué? -formuló con astucia Sarah.

 

Auerbach se quedó con la palabra en la boca. ¿Cómo por qué? ¿Acaso tenía que explicar una evidencia? El viejo había peleado con los más terribles monstruos imaginables. Pero una mujer le superaba. Hacía poco más de un año que su llamada a Bobby Knight para ofrecerle el cargo de entrenador en Boston había durado cinco minutos. Y aun así, se sentía más cómodo que ahora. Lamentó en su fuero interno que no fuese Ralph padre quien llevara el mando. Al menos era un hombre. Alguien que sólo por eso entendía su lenguaje.

 

-Porque no están en una situación como la nuestra. No pueden ofrecer el futuro que nosotros ofrecemos a su hijo. Recuerde, señora -a su lado Mangurian tragó saliva-, que fue su propio hijo quien prometió escucharnos.

 

Volvía a tener razón. Y bien fresca además. Seis días atrás, en la jornada siguiente de obtener los Celtics la primera elección en el draft de 1980, el hijo de los Sampson cuestionó por primera vez su continuidad en Virginia. "Puede que cambie de idea. Pero para que algo así ocurra tendrían que ponerme sobre la mesa un buen contrato, en duración y cifras. Si Utah hubiese ganado ni siquiera habría considerado esta opción. Lo importante será lo que los Celtics sientan por mí. Esperaré a ver qué me dicen".

 

-Lo sé -repuso Sarah muy segura-. Por eso están ustedes aquí.

 

Era como volver a empezar.

 

-Perdonen -interrumpió oportunamente Thompson, que no había vuelto a tomar notas-, ¿podrían hablar un poco del aspecto deportivo?

 

-Sí, eso es -resopló aliviado Mangurian.

 

Un alivio algo ingenuo de quien pensaba que la firma Boston Celtics era suficiente para convencer a cualquier jugador en el mundo. Auerbach, en cambio, era mucho más consciente de las dificultades a pesar de las bondades del momento.

 

Porque el momento era inmejorable.

 

Los Celtics acababan de sellar su mejor temporada desde 1973. De hecho habían sido el mejor equipo de la NBA (61-21). La llegada de Larry Bird había incrementado en 32 victorias el registro de temporada, el mayor salto que había conocido la liga. Pero saltaba a la vista la necesidad de un interior, de un nuevo referente. Cowens estaba muy gastado. Había insinuado su retirada en un año. Y los otros dos pívots, Fernsten y Robey, no eran más que relleno.

 

Auerbach no las tenía, pues, todas consigo. Porque no era un proyecto lo que tenía que ofrecer a Sampson. Era Sampson quien le ofrecía en realidad el proyecto. Y el viejo lo sabía.

 

Y con serenidad pasó entonces a explicar lo mejor que pudo sus intenciones, que básicamente orbitaban sobre el colosal proyecto de construir una década en torno a la pareja formada por Sampson y Bird. El directivo se explayó a gusto cayendo, como de costumbre, en cierta reiteración y simbolismo, pero con la inestimable ayuda de algún "I love him" por parte de Ralph padre hacia la joya Bird. Auerbach apeló incluso a cierta premonición al recordar a los presentes que dos veranos atrás el chico había aparecido en el campus del equipo. Obvió que lo había acercado un alumno de la Universidad de Massachusets, su primo Ray. Allí fue presentado a Heinsohn y Auerbach, impresionados por su estatura. "No lo pierdas de vista", había sugerido el primero.

 

Al terminar un molesto silencio se había instalado en la sala. Y ni siquiera los sinceros "interesante, muy interesante" de Ralph padre disiparon la pesadez. Pero allí estaba el mejor negociador del mundo, el que acto seguido liberó algo el ambiente forzando de manera sutil la intervención de los dos jóvenes técnicos allí presentes. Con astucia arrojó la pregunta al aire:

 

-Por cierto, ¿qué hay de verdad en eso de que le gustaría ser un alero?

 

La cuestión ponía en juego toda la habilidad de los dos hombres, especialmente de Bergey, quien había padecido aquella circunstancia más tiempo que Holland y con menores molestias. Si había alguien en todo el país que pudiese de veras intervenir en aquella cuestión yugular ése era Roger Bergey.

 

-Bueno -arrancó tímidamente-, el chico estaba bajo mi responsabilidad. Y... Terry, tú lo sabes, intenté que no se criara como el resto de hombres altos. Quiero decir, que el chico tenía cualidades para explotarlas más allá de estar permanentemente bajo el aro.

 

-Pero ¿fue cosa suya? ¿Fue el chico quien se lo pidió a usted?

 

-Mire, si yo le hubiera dejado hacer -repuso- ahora mismo estaría jugando de base. Nada le gustaba más que coger el rebote y salir corriendo para llevar el contraataque. No le voy a engañar. No era sólo cosa de un chiquillo. Le gustan bien poco los golpes. No soy Howie Garfinkel pero creo que hice lo correcto.  

 

Había infinidad de capítulos personales bajo aquellas palabras. Pero todos con un punto en común.

 

Desde el principio, antes de definirse como jugador, Sampson era un visible disgusto si el baloncesto le obligaba a vivir bajo el aro. Terminando 1975 el entrenador del varsity, Len Mosser, fue el primer testigo de los naturales impulsos de un Sampson en pubertad que parecía poder crecer hasta el infinito. Era una caricatura, un hombre araña sin uniforme, una grotesca equis de huesos que le granjeó el apodo de Sticks.

 

La primera vez que le vio con un balón, en un partidillo en el pequeño gimnasio de Lexington, se recreó en todo lo que un hombre alto no estaba destinado a hacer. Mosser se sintió escandalizado. Se enfadó tanto que pidió a un árbitro que le castigara con técnica. "¿Por qué motivo, coach?". En aquel preciso instante Ralph machacaba el balón vulnerando la prohibición del instituto. "Por eso mismo".

 

Su cuerpo siguió creciendo. Hasta doce centímetros en pocos meses. Pero cuanto más alto, más débil. Jugadores mucho más pequeños le desplazaban de la pintura con facilidad. Y Ralph reforzó así su idea de alejarse del aro practicando el tiro entre los cuatro y cinco metros. Un tiro que no sabía lo que era un tapón.

 

Y en poco tiempo Mosser le dejó hacer. Era como si proyectara en él una introspección. Como si tuviera algo entre manos que, tal vez, pudiese cambiar la historia. En el equipo mayor Bergey tampoco reprimió aquellas cosas. También él imaginó en Ralph un potencial infinito, una estrella desconocida. Bergey incluso fue más allá.

 

Comenzó a ejercitar al equipo en reiterados one-on-one a toda pista. Una coartada para el gigante, cuyo trabajo técnico, cómo pivotar y tirar, dejó en manos de Tim Meyers, su asistente. Ralph abusó así sin ningún miedo de sus carreras con balón. O al ala, valiéndose de Joe Stock para atrapar la bola donde no llegaba nadie, como el Chamberlain de Kansas.

 

Nadie sabía con exactitud qué clase de monstruo tenían entre manos. Porque no era posible calificar de otro modo a un jugador que con aquella increíble estatura no realizó su primer mate hasta seis semanas después de iniciado el campeonato.

 

Bergey confió todo aquello a los presentes, concluyendo con un encendido reconocimiento de que jamás tuvo ni tendría a sus órdenes un jugador como él. Era al mismo tiempo una honesta forma de justificar todo lo hecho.

 

-Bueno, nosotros intentamos algo parecido con Finkel... pero no nos salió del todo bien -sólo Mangurian pareció captar la broma y Auerbach volvió a cambiar hábilmente de tercio-. Señora Sampson, perdone la inconveniencia... ¿Ha tenido el chico algún problema médico?

-No -contestó ella aprisa.

-¿Y anteriormente?

-...

-Perdón, me refiero a algo relacionado con el crecimiento, alguna debilidad ósea... en fin, comprenda que...

 

Sarah tomó aire como recordando algo íntimo, no muy grato y por ello ya sepultado.

 

-Lo tuvo cuando era casi un bebé. Su padre y yo oramos mucho entonces. Conseguimos detener su crecimiento. Era excesivo. Lo hacía a un ritmo tres veces mayor de lo normal. Pero no se preocupe. Pasó hace mucho tiempo. Ralph está sano.

-Claro. Tiene un aspecto inmejorable -repuso Mangurian con alguna torpeza.

 

Valerie sirvió más café. Para entonces no hacía ninguna falta. 

 

-¿Usted qué piensa, señor Holland? -insistió Red.

 

-Que agradezco mucho el trabajo de Roger con el chico -e hizo una pausa-. Pero no es mi estilo de juego. Ralph lo sabe y ha tenido que adaptarse. Tiene muchas virtudes por explotar y, la verdad, ojalá pueda cambiar algún día la historia de este juego pero no voy a apostar mi carrera ni la de mis jugadores por algo así -Holland respondía así en la privacidad de una salita a la infinidad de críticas recibidas-. El 99 por ciento de entrenadores en este país habría puesto a jugar a Ralph de pívot. No seré yo el loco que haga lo contrario. Tengo entre manos un magnífico jugador de baloncesto. Y creo que un buen equipo. No un experimento.

 

Holland estaba siendo coherente. No cambiaría un ápice su postura táctica salvo en el ritmo. Los dos primeros años de Sampson en Virginia fueron de juego lento, ideal para un poste bajo y el dentro-fuera hacia Raker y Lamp. La incorporación de Othell Wilson y Ricky Stokes daría al equipo otro aire los dos años siguientes. Pero con Holland, Sampson habría sido un cinco hasta el final de sus días.

 

-Yo habría hecho lo mismo de estar en su caso -añadió Bergey, animando así a Holland a extenderse.

 

-Ralph ha tenido serios problemas este año con las zonas. Es algo que hemos hablado mucho. Y creo sinceramente que cuando llegue a la NBA esos problemas desaparecerán por completo. Tiene que aprender todavía mucho. No sé el tiempo que estará con nosotros -nadie había apostado por que Sampson cumpliría su ciclo universitario-. Pero no voy a esperar a que se vaya para enseñarle cómo defenderse de una zona agresiva.

 

Holland decía la verdad. Pero ni remotamente había sido aquel su mayor quebradero de cabeza. Buena parte de la temporada el gran problema del freshman era su selección de tiro. Si ya de por sí miraba poco al aro, hacerlo a menudo como un alero, saliendo a recibir a cuatro o cinco metros para lanzar desde su particular cielo pero renunciando visiblemente a la pintura, era algo que despertaba perplejidad contando con verdaderos tiradores en el equipo.

 

Pese a todo, el joven Sampson firmó aquel curso casi 15 puntos, 11 rebotes y cerca de 5 tapones. En el último tramo de campaña y de cara al NIT que Sampson acabó sellando para Virginia, Holland había conseguido acercarle al aro y sus puntos subieron hasta los 19. Ralph daba así razón a los detractores de su entrenador.

 

-Así que le gustaría jugar de alero -pensó el directivo en voz alta esbozando una cínica sonrisa.

 

Porque Auerbach no quería ni oír hablar de algo así. Pero estaba tranquilo. Fitch le pondría en su sitio.

 

Para muchos el problema de Sampson no era ese personal capricho. Sino su excesiva inclinación al equipo, algo por lo que Holland había recibido lo suyo. "No voy a hacer de él un jugador egoísta", se defendía.

 

En sus tres primeras temporadas, un total de 99 partidos, Ralph tiraba una media de 12 veces. Algo más de 16 puntos que no satisfacían a nadie. Una producción intolerable para colegas y analistas, que más que cargar contra él lo hacían contra la tiránica democracia de Holland. La sentencia era que Sampson estaba completamente desaprovechado.

 

Quien más lejos llegó en la acusación fue el editor jefe del Roanoke, Bill Brill, quien literalmente creía que de haber dado Sampson en North Carolina, el sistema de Dean Smith le habría permitido multiplicar sus tiros con un 90 por ciento de acierto, aunque sólo fueran mates. Sólo así Virginia no dejaría escapar ningún título. Todo a imagen y semejanza del matrimonio Wooden-Alcindor. En el fondo no sólo aquel editor lo pensaba. No eran pocos los que imaginaban al Sampson que llegó a promediar 39 puntos y 23 rebotes alcanzado un techo contra Albemarle de 50 y 30 acertando 22 de sus 27 tiros a canasta. 

 

Todo era mucho más complejo. Tal vez tuvieran razón en que Virginia no fuera el mejor nido. Pero un año después de ingresar allí sólo parecía cierto que Sampson, en aquel tímido balbuceo que cortó la respiración de millones de almas, había dicho la verdad. Tan sólo deseaba estar cerca de la familia, del hogar y amigos. Pero deportivamente había estado a minutos de elegir Kentucky tan sólo porque Sam Bowie le brindaría esa libertad soñada. La quimera de ser un alero.

 

Quimera que no olvidaría nunca y que no dejaría de repetir en sus años de college.

 

El problema era que aquella elección hogareña desnudaba también la mentalidad del chico. Y que siendo un atleta excéntrico parecía no poder comprender el baloncesto más que como dentro de un sistema común, sin que él despuntara al grado que su cuerpo hacía presumir. Sus prolongados vacíos y desaires, la comisión de faltas estúpidas, un frío desinterés y la acusación de pereza no le abandonarían nunca.

 

Pero entonces era muy pronto. Tanto como que se hacía imposible no darlo todo por aquel increíble ejemplar de 2.24 y su sobrehumano centro de gravedad. Era capaz de recoger un bolígrafo del suelo agachándose como un chiquillo de siete años. Y todo a pesar de que quedara ya algo lejos aquel escuálido mozalbete de dos metros que a duras penas superaba los 70 kilos de peso.

 

 

 

 

-Vamos a ponerle en manos de Bill Dunn y John Gamble -informó Holland-. Harán con él un buen trabajo. Está ganando músculo aprisa.

 

Hasta ocho kilos en los tres primeros cursos. Gamble y Dunn eran fisios. Pero provenían del subterráneo mundo del culturismo. Años más tarde Dunn fallecería prematuramente. Los indicios apuntaban a un descontrolado abuso de esteroides.

 

-Van a trabajar su técnica de salto -zanjó el técnico.

 

Y con éxito. Batiendo a dos piernas lograrían hacerle mover con facilidad por encima de los 70 centímetros y en algunas sesiones llegaron a registrarle saltos de 89. Así se explicaría la aplastante acción sobre Worthy casi dos años después de aquella cita. Un partido en el que Sampson se fue hasta los 30 puntos y 19 rebotes. Pero con derrota. Porque él sólo no podía contra el imperio de North Carolina. Una visión que el Washington Post compartía abriendo líricamente su crónica: "Se podría escribir un poema con cada una de las 20 jugadas realizadas por Sampson".

 

La reunión se acercaba a las dos horas cuando Sarah volvió a elogiar las cualidades del hijo como un buen chico que no daría problemas a nadie. "Y muy aplicado", añadió el padre, contando que tras el McDonald's de 1979 había regresado a casa a las tres de la mañana teniendo clase a las 8:30.

 

Auerbach no se sintió impresionado. Se preguntó qué otra opción cabía a un chico de su edad. Eso sin que nadie en la sala sacara a colación la criticada decisión de la Universidad de descender el nivel académico de acceso a la altura del Sampson estudiante.

 

-Pero es un hombre -volvió a repetir la mujer-. Y tiene que decidir él.

 

La cita había tocado a su fin. Los presentes se incorporaron con la pesadez de la tarde transcurrida.

 

-Háganle por favor llegar nuestros mejores deseos y todo nuestro interés en que forme parte de este proyecto -se despidió Auerbach.

 

De vuelta a casa, como enseguida confirmarían los rotativos, la pareja de Boston sentía verdadero optimismo sobre la decisión del chico.

 

Aquella misma noche Ralph, que había pasado la tarde en el instituto disfrutando de una jornada festiva en su nombre, recibía de su madre todo lo que el hijo debía saber. "¿Nada más? ¿Eso es todo?". Seguramente no todo lo que habría querido.

 

Sampson dio vueltas a todo aquello. Y lo hizo como acostumbraba, en solitario.

 

Al día siguiente, víspera de anunciar su decisión, una llamada telefónica a su entrenador iluminaría tenuemente la parte más oscura de un desenlace todavía incierto. Era de noche cuando Ralph apuraba aquella conversación. Por encima de todo, se había imaginado jugando en la NBA. Y lo que vio no le gustó demasiado:

 

-No sé, Terry. Creo que no estoy preparado para medirme a esos tipos.

-Y lo entiendo. Y creo que haces bien. Pero dime, ¿hay algo más?

- (Respiró y tomó una pausa larga) No sé, no me dan buenas sensaciones. Creo que Auerbach no ha sido limpio con mis padres. O no demasiado claro. Si dijera que sí no sé lo que me espera. Me pondría en sus manos sin saber de qué contrato estamos hablando. De cuánto tiempo, de qué dinero...

-Ralph -le recordó-, no podían.

-Por favor, Terry. Me hubiese enterado de otra manera.

-Pero...

-¿Y sabes una cosa más?

-Boston no es buen sitio para un negro.

 

Esto último lo creía de veras. No sólo por toda esa extendida idiosincrasia sobre la ciudad y los Celtics. Sino porque tenía muy fresca la lectura del Second Wind de Bill Russell. Los tiempos podían haber cambiado. Pero Ralph encontró en esa coartada la puntilla final.

 

No esperó más. Al día siguiente, 11 de abril, anunció su intención de continuar en Virginia. Los Celtics se quedaban así con un palmo de narices.  

 

 

 

 

La respuesta no se hizo esperar. Esa misma jornada las palabras de Auerbach desde las oficinas del Garden no desprendían el mejor humor: "La gente que le ha aconsejado quedarse en la escuela no debería conciliar bien el sueño por las noches. (...) La lógica está del lado de los Celtics. (...) Es ridículo. Él y sus padres han sido estafados".

 

La prensa verde arropó al directivo acusando de ‘reinona' a Sarah Blakey, la culpable de todo, la diva encantada con ocupar aquel papel preponderante mientras su hijo continuara en Virginia.

 

Boston seguía desde hace tiempo a Joe Barry Carroll, de Purdue, Mike Gminski, de Duke, Roosevelt Bouie, de Syracuse, y a un alero alto de Minnesota de nombre Kevin McHale. El primero no era del gusto de Auerbach. El resto, abría brecha. Y los Celtics querían a Sampson. Al precio que fuese. A toda costa.

 

Así el viejo lobo no desistió. No podía hacerlo viendo el disgusto que arrastraba desde Cowens. Las sucesivas elecciones de Steve Downing, Glenn McDonald, Tom Boswell y Norm Cook no habían salido precisamente bien. Pero la de Bird en 1978 invitaba a dar el salto definitivo. Y eso se lo brindaría el joven gigante. Dueño y directivo pusieron todo su empeño en mantener una segunda reunión esta vez con el chico presente.

 

Pero una vez más se toparían con el incierto muro que representaba su madre. Hablaron con ella, con Holland y con el profesor Thompson. Todo en vano. Hicieron lo no escrito para conseguirlo. Hasta que el mismo Sampson abrió la puerta. "Mamá, no te preocupes. Quiero verles. Diles que sí".

 

El 23 de abril, antes del tercer partido de playoffs ante Philadelphia, Auerbach y Mangurian volvían a la casa de los Sampson a quemar el último cartucho. Thompson estaría allí nuevamente como vigía. Y esta vez los señores de verde estaban dispuestos a todo. Faltaban menos de 48 horas para que terminara el plazo. Su condición de elegible agonizaba aprisa.

 

Ralph prefirió escuchar y como temía no recibió nada en claro. O no todo lo claro que él deseaba. Sabía perfectamente de aquellos cinco años y 3.2 millones que Boston había pagado por Bird. Y Mangurian temió mucho más que la primera vez las pretensiones económicas del chico. Como si supiera que sólo aceptaría abandonar Virginia por una cantidad desorbitada. Una cantidad nunca antes ofrecida a un jugador de esa edad.

 

Transcurrida hora y media nada importante ocurrió, lo que terminó poniendo nervioso a Red Auerbach y disgustando a Sampson, que seguía sin conocer con exactitud qué era lo que le ofrecían. Durante toda la reunión Mangurian había temido el momento de entrar en negociación, con cifras arriba y abajo, allá donde él tendría que improvisar.

 

Así el momento culminante de la noche, cuando no importaba siquiera traspasar algún límite, tuvo lugar en la despedida, con todos en pie próximos a la puerta.

 

-Hijo -la mano de Red no llegaba al hombro del chico-, te he hablado del proyecto. Tú sabes quiénes somos, lo que somos. Pero quiero que sepas que nosotros te ofrecemos un contrato que nadie en su sano juicio podría rechazar.

Era su ocasión.

-¿Cuánto?

-¡Ralph! -quiso cortar Thompson.

-Más de lo que hemos pagado a Bird. Más de lo que los Lakers han pagado a Johnson. Queremos que seas uno de los nuestros.

Otra vez el silencio.

 

Que Sarah vulneró abriendo la puerta. "Señores, ha sido un placer".

 

No era posible hacer más. No más allá de lo dicho.

 

Ralph no movió un ápice su postura y la respuesta volvió a ser la misma. Se quedaría, pues, en la universidad que había tenido el honor de fortalecer la figura de Thomas Jefferson.

 

Se amparó en su formación. Pero su fuero interno temía no alcanzar ni de lejos las exigencias de aquel hombre. No había más que leer la ambición que irradiaban sus ojos. Era como si los Celtics no estuvieran dispuestos a perder un solo anillo. La presión sería mil veces mayor. Y Ralph seguía llevando muy mal ser el centro de las miradas, el tormento que le suponía la prensa, como terminaría confirmando a uno de sus miembros al preguntarle qué era lo mejor de un final de curso: "Perderos de vista unos meses".

 

De eso no se libraría en el futuro. Pero dinero, exigencia y atención podían ser diferidas. "Soy muy joven aún -pensó-. No perderé valor y cuando decida dar el salto estaré en mejores condiciones".

 

Sólo la historia sabía cómo se cobraba el viejo una negativa de aquel calibre. Auerbach sintió encontrarse en la misma situación que en 1956 y 1970. Era momento de atrapar la liga con sus propias manos.

 

Nunca tanto se haría en tan poco.

 

Todo se remontaba al verano anterior. Auerbach envió a Bob McAdoo a Detroit como compensación por la llegada del agente libre M.L. Carr. McAdoo fue un fracaso en Boston. Reconoció públicamente su descontento. Pero su valor era muy alto. Tanto que Boston sacó a Detroit por el traspaso sus dos primeras rondas en aquel draft de 1980 (una suya, otra vía Washington). "Un robo", había calificado en privado un cargo de la propia liga.

 

En condiciones normales Detroit se habría jugado la primera elección de aquel año con Utah. Pero Detroit ya no estaba allí. Eran los Celtics. Y Auerbach ganó el salto a Frank Layden. No tenían a Sampson. Pero elegirían primeros. Y la primera posición era el valor más alto.

 

-¿Qué vas a hacer? Podemos elegir a quien queramos.

 

Auerbach quería más. Necesitaba de alguien a quien lanzar el cebo. Y lo encontró aprisa en los Warriors. Allí había un pívot que mejoraba aprisa. Un tipo que el año anterior se había travestido de Chamberlain ante los Knicks anotando 30 puntos y capturando 32 rebotes. Un jugador descontento por lo que tenía alrededor y que le pondría las cosas difíciles a los suyos para renovar. Era la situación perfecta.

 

-¿Qué piden por él? -volvió a preguntar Mangurian.

-Nuestra primera elección.

-Si se la damos ¿qué nos queda?

-Ellos tienen la tercera. Eso nos queda.

-¿Y eso es suficiente?

-Sí.

-¿Por qué?

-Porque Golden State va a elegir a Carroll. Y si Utah lo pierde irán a por Griffith. Me lo ha dicho el propio Layden. Y le creo.

-¿Y por qué no elegimos a Carroll?

-No me gusta.

-Pero entonces, Red, ¡qué es lo que nos queda!

-Harry, el año que viene tendremos un ‘frontcourt' a nuestra altura. Uno será Robert Parish. El otro, Kevin McHale. Confía en mí.

 

Tal fue prometido así ocurrió.

 

Golden State eligió primero (J.B. Carroll). Boston sacó por ello a Robert Parish. Utah eligió segundo de acuerdo a la confesión de Layden (Darrell Griffith). Y Boston empleó su tercera posición en el alero alto de Minnesota de nombre Kevin McHale.

 

Ya nada más importaba.

 

Auerbach tenía lo que quería.

 

Once meses después los Celtics alzaban su 14º título de la NBA. El proyecto daría como resultado cinco Finales -cuatro de ellas consecutivas- y tres anillos.

 

Auerbach tardó así muy poco en borrar de su inmenso libro de memorias el nombre de aquel gigante que quería ser alero.

 

Pero por muy importante que fuera, no era más que un olvido. Uno solo.

 

 

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Un año después de aquel affaire los dos peores equipos de la liga, Pistons y Mavericks, enfrentados por la moneda al aire para hacerse con la primera elección, anunciaron públicamente sus intenciones de hacerse con Sampson. Como para evitar que ocurriera lo mismo que con Boston, NBA y NCAA acordaron un comunicado que recordaba que no se iban a permitir negociaciones con un amateur. El asunto era más complejo. Dean Smith había aplaudido la decisión, bautizada como Sampson Rule, de que los jugadores universitarios deberían declarar su condición de hardship antes de resolverse la lotería del draft.

 

Norm Sonju, director de los Mavs, actuó con discreción porque su mensaje ya estaba dado.

 

Sin embargo Jack McCloskey, remordido por lo regalado un año atrás, tenía vuelo a Virginia cuando Holland le previno de hacerlo. Pero no de emplear el teléfono.  

 

-Ralph no está cerrado a algo así, señor McCloskey.

-Pero entonces, si no puedo verle ni hablar con él, usted dirá...

-Le confío los deseos de Ralph de que tanto ustedes como los Mavericks nos hagan llegar por escrito un informe detallado de cuál es la situación de la compañía y equipo. Dónde se incorporaría Ralph y en qué condiciones.

-¿Y la cuestión económica?

-Cíñase al aspecto deportivo. Será más sencillo para todos.

 

Así lo hicieron y nada varió finalmente la decisión de Ralph Sampson de continuar en Virginia y afrontar su año junior.

 

Dallas se llevó en primera posición a Mark Aguirre y Detroit como segundo a Isiah Thomas. Juntos ganarían dos campeonatos de la NBA.

 

 

 

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Una temporada más tarde el valor de Sampson se vería incrementado. El título NCAA se le resistía. Pero la superioridad exhibida ante el freshman Pat Ewing en el partido más cotizado por TV en la historia del college y que ningún otro equipo acumulara en todo el país más victorias que Virginia en los últimos tres años, seguiría proyectando fantásticos futuros para aquel cuerpo insólito que parecía seguir fortaleciéndose.

 

Así al término de la regular NBA de 1982 el propietario de Los Angeles Lakers, Jerry Buss, pensó en Ralph Sampson para acortar el ocaso de Abdul-Jabbar y suplirlo en su futura concepción de la década junto a Magic Johnson.

 

Cuando la prensa supo de sus intenciones rechazó de plano el prematuro adiós de Kareem inclinándose con cierta lógica a la increíble pareja que formaría con Sampson, en la posibilidad real de levantar unas Twin Towers en Los Angeles.

 

Nada más saberlo Sampson tuvo una sensación similar a la que había vivido con el interés de Boston, sólo que ahora con muchas menos dudas.

 

Pero había un problema: San Diego. Ellos y los Lakers se jugarían la primera elección en el draft de 1982.

 

El jugador acudió a Los Angeles a recibir el Wooden Award y el domingo 11 de abril fue invitado por los Lakers a presenciar el crucial duelo por la Pacific frente a los Sonics. Ralph tendría el placer además de compartir unas horas a solas con Abdul-Jabbar en su mansión de Bel Air.

 

-¿Cuál es el problema entonces?

-Por nada del mundo quiero ir a San Diego -confesó a Kareem.

 

Los Clippers eran el peor equipo del Oeste. Los Lakers, el mejor. Y el día 20 de mayo ambas franquicias se jugarían la primera carta.

 

Buss conocía el temor de Sampson y pasó a negociar directamente el asunto con su homólogo en los Clippers, Donald Sterling, el peor hueso que roer, el hombre al que el comité de propietarios había intentado expulsar de la liga. Con él tan sólo había clara una cosa. Cuanto más agresivo fuera Buss mayores ambiciones despertaría en Sterling.

 

El propietario de los Lakers llegó a ofrecer la nada despreciable cantidad de 6 millones de dólares por comprar a los Clippers su 50 por ciento en el draft. Sterling dijo no. Buss añadió a la cantidad el jugador que Sterling libremente eligiera. Pero éste lo rechazó por segunda vez y sin mencionar ningún nombre.

 

Conocidas las intenciones de Buss de unir a Sampson con Abdul-Jabbar, el dueño de San Diego renunció a ser el hazmerreír de la liga al facilitar a los Lakers el diseño de una plantilla que dominaría la NBA a placer. Sterling no quería pasar a la historia como una nota a pie de página, hundido allí como el hombre que se vendió a los Lakers.

 

Buss lo arriesgó todo en su última oferta. Hasta perder la noción de la realidad. Seis millones de dólares, tres jugadores y tres primeras rondas. Una locura.

 

Y Sterling dijo no por tercera vez. Pero aquí la negativa encerraba un decisivo matiz en la última conversación entre ambos:

 

-Uno de los jugadores que quiero es Abdul-Jabbar.

-Donald, este punto es innegociable.

-Pues no hay nada más que hablar.

 

Buss tampoco desistió. Inició conversaciones a la desesperada con Jazz y Knicks. Utah tenía la tercera elección. Si los Jazz estaban de acuerdo en recibir a Bill Cartwright, los Clippers tendrían para ellos la segunda y la tercera elección cediendo así a los Lakers la carta Sampson.

 

Llegados a este punto Sterling ya no quería nada con los Lakers. Tan sólo y por orgullo jugarse con ellos el primer pick. El desenlace fue todo lo irónico que cabría esperar. Ralph dejó pasar el plazo y los Lakers ganaron la posición número 1 adquiriendo al alero de North Carolina, James Worthy.

 

Sampson volvería a ver cómo el equipo que llamaba con mayor fuerza a su puerta se haría, y hasta por tres veces, con el título de la NBA.

 

 

 

 

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En abril de 1983 ya no era posible el retraso. A dos meses del draft, Ralph Sampson anunciaba que nada le gustaría más que jugar allí de alero. Que tan sólo le hacía falta ganar algo de peso. Que incluso contemplaba la posibilidad de recurrir a Pete Newell para aprender cuando, en realidad, el viejo maestro acostumbraba a realizar el camino inverso.

 

Ralph fue el número 1 del draft. Lo habría sido siempre. Tenía a toda la NBA a sus pies. Y firmaría con Houston Rockets por los siguientes cuatro años y algo más de cinco millones y medio de dólares.

 

Cumplió el primer paso. Ya era millonario. 

 

En octubre de aquel año el Inquirer pondría el dedo en la llaga asegurando que era imposible que Sampson ocupara su posición soñada y que no importaban en absoluto las ambiguas declaraciones de Fitch en sentido contrario.

 

La presunta posición de ala-pívot que ocuparía en su temporada de novato junto a Caldwell Jones no sólo no facilitaría el sueño de Ralph, sino que su compañero, el veteranísimo Elvin Hayes, que había prometido retirarse al cumplir su minuto de juego número 50 mil, se ocupó personalmente en la instrucción del chico. La instrucción de un pívot o, a lo sumo, de un interior. Hayes hizo de Holland. Y Bill Fitch, el hombre con quien Sampson habría dado de aceptar tres años antes a los Celtics, no quiso saber nada de experimentos.  

 

Sampson terminó siendo el mejor novato del año. Pero el equipo no pasó de las 29 victorias.

 

Houston volvió a ganar la primera elección al año siguiente. Se sumaba a los Rockets un poderoso interior de nombre Akeem Olajuwon. Con la mejor de sus intenciones el nigeriano declararía en agosto que jugar al lado de Sampson le haría parecer un alero.

 

Esta vez sí habían nacido las Twin Towers. Y la unión de ambas fuerzas generó una apasionante controversia. Unos auguraban el fracaso, como dos gigantes condenados a absorberse. Otros, el producto de dos fuerzas nunca sidas en un mismo equipo.

 

Ray Patterson, el director deportivo que había logrado esa unión, seguía encantado con declarar que si había un base de 2.06 -por Magic Johnson- por qué no un alero de 2.24.

 

En febrero de 1985 la pareja promediaba más de 42 puntos y 22 rebotes por partido. Sampson se convirtió por una noche en el mejor jugador del mundo si acaso el MVP del All Star Game desprendiera esa fugaz condición.

 

Su relación con Bill Fitch no fue nunca sencilla. Si los interiores que iba sumando el equipo se nombraban por James Bailey, Hank McDowell, Jim Petersen, Granville Waiters, Richard Anderson o Dave Feitl, los delirios de Ralph se esfumaban sistemáticamente.

 

El inicio de la temporada de 1986 estuvo cerca de provocar un cisma. Ralph venía tocado en una de sus piernas cuando un par de malos encuentros de pretemporada provocaron unas declaraciones de Fitch -"Tiene que mejorar"- que pretendían actuar como estímulo. Ralph desató una sospechosa frustración a esas alturas de año: "Si no le gusta mi juego, que me traspase". Un conflicto que marcaría el primer tercio de temporada.

 

No habría sin embargo mejor año para ambos.

 

La cima de su carrera deportiva, aquel buzzer en el Forum que impidió a los Lakers su cuarta final consecutiva, tuvo lugar desde el interior, como un interior y marcado como tal por Abdul-Jabbar. En las Finales, como había ocurrido en los tres años anteriores, Sampson dejó momentos de alerismo futuro. El empate a 27 en el segundo partido de aquellas series vino propiciado por un rebote en el cielo, un envío a Robert Reid y una devolución de éste a la carrera que terminó en un mate de Ralph en el mismísimo techo del Garden. Como si por un solo instante el mundo presenciara cómo sería la fisonomía de un jugador medio en el siglo XXII.

 

Pero brindaba un destello soñado por cada cien acciones. Y a cada uno de sus intentos, con acierto o no, Fitch torcía el gesto contrariado.

 

Cuando en febrero de 1988 salió de los Rockets camino de Oakland su cuerpo estaba ya diezmado a pesar de que su aspecto presentara una apariencia intacta. A su llegada a Sacramento era imposible ocultarlo. Le habían aguardado tres intervenciones quirúrgicas y en adelante la disputa de menos de la mitad de los partidos posibles.

 

Con 32 años era un anciano de más  de 7 pies. Apenas podía correr y saltar. Sus rodillas se inflamaban de tal manera que los vendajes, además de paliar, ocultaban monstruosas deformaciones que no convenía dejar a la vista.

 

 

 

 

 

No parecía cierto que hubiese pasado tan poco tiempo de tantas y tantas promesas ajenas. Infinita mayor movilidad que Bill Russell, mayor potencial reboteador que Wilt Chamberlain y mejor lanzamiento que Abdul-Jabbar. No fueron pocos, en suma, quienes vaticinaron que revolucionaría la historia del baloncesto. No era posible calcular el volumen de esperanzas escritas sobre él.

 

Ralph Sampson no cumpliría jamás las expectativas. Y sin embargo sufrió menos por ello que por no haber podido consumar aquel sueño juvenil de jugar, de ser, en realidad, un alero. El alero más alto del mundo.

 

Preso de su increíble estatura nunca lo fue.  

 

Una frustración que no vino sola. Porque entre aquella reunión con los Celtics y su retirada del baloncesto tuvo la desconcertante sensación de haber transcurrido un suspiro.

 

 

El primer partido de las Finales de 1979 se cerró con un extraño episodio. Con empate a 97 una penetración de Larry Wright (Washington) se saldó con falta de Dennis Johnson (Seattle). Eddie Rush no tuvo ningún reparo en señalar la falta cuando el tiempo había expirado. De manera que Wright dispondría de tres tiros libres -normativa vigente- para conseguir la victoria. Wright, que hasta entonces firmaba una inmaculada serie de 19 de 19 en playoffs, falló el primero.

 

Ninguno de sus compañeros se acercó a él.

 

Anotó el siguiente y tampoco. De hecho celebró a solas el triunfo hasta acabar acertando también el tercero (99-97).

 

Aquella imagen, su soledad tras el fallo, sería impensable hoy en día.

 

Es un ejemplo. Uno solo de los cientos de miles posibles. Uno muy significativo, tal vez el más para explicar lo que se pretende. Un compañero se juega sobre la línea de tiros libres una victoria en plenas Finales y acierte o falle nadie de los suyos acude a tocarle.

 

Esto era así no hace mucho.

 

El jugador que tiraba los libres estaba solo. Completamente. El balón, el aro y esos segundos como de patíbulo solitario eran toda su compañía.

 

Nadie sabe exactamente cuándo y quién fue el primero de ellos en acercarse al tirador.

 

De hecho para cifrar el origen de este uso habría que utilizar el mismo truco de que se valió Rousseau para explicar el principio de la propiedad privada: "El primer hombre al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir 'Esto es mío' y encontró a gentes lo bastante simples como para hacerle caso".

 

Así nace un uso. Nadie sabe cuándo ni por qué. Sólo, y sin completa certeza, cómo pudo ocurrir.

 

En algún remoto partido y momento uno de esos compañeros que aguardan el rebote buscó el sincero consuelo del tirador seguramente después de fallar su primer tiro (el segundo no habría permitido ese contacto). ¿Cómo? Ofreciéndole la mano. Acudiendo así a su amparo. Un gesto tan simple que en algún otro lugar y momento otro compañero vino a hacer lo mismo. Y un tercero a sumarse después. Así fue extendiéndose la cosa hasta que el error o el acierto importaban menos que el contacto de los compañeros con el tirador. El de cada vez más. El de todos, a ser posible.

 

Y así llegamos a hoy. A lo que ocurre en los tiros libres. A ese episodio que se repite sistemáticamente y que consiste en chocar la mano al tirador, tocarle al menos, iniciar el gesto o simularlo aunque no se produzca el contacto.

 

Sorprende que nadie lo haya hecho notar. Este uso se ha extendido por completo al baloncesto mundial. Se ha colado con sigilo por la historia e instalado con tanta fuerza que si un jugador no recibiera ese contacto inmediato la sospecha sería grande. Incluso gracias a Bogut sabemos que el ritual ha adquirido ya carácter de reflejo condicionado.

 

Y tampoco sabemos muy bien si es el tirador el que precisa del contacto de los compañeros o éstos de tocar al tirador. El caso es que parece necesario y grato a todos ellos.

 

El caso es que ya no hay vuelta atrás.

 

 

Éste de los tiros libres no es más que un peldaño en el que apoyarnos para explicar algo mucho mayor y general. Un fenómeno que surge, como tantos otros, de algo muy pequeño.

 

El New York Times se hacía eco recientemente de los últimos estudios realizados en el campo del lenguaje táctil y su vital importancia en la transmisión de emociones. Estudios que continuaban los trabajos llevados a cabo hace más de una década por investigadores del departamento de medicina de las universidades de Miami y Nova. Los resultados demostraban que el tacto como terapia aliviaba la ansiedad y los síntomas de depresión, reducía los niveles de hidrocortisona y aumentaba la atención y la actividad. Resultados que al fin y al cabo verificaban algo ya intuido.

 

El siguiente paso es mucho más reciente. Y más sorprendente también.

 

Se trataba de saber si el tacto ejercía algún tipo de influjo en los sujetos receptores. Y al parecer así es. Los llamados momentary touches pueden actuar de manera positiva en quienes los reciben. Como si hubiera una estrecha relación entre el tacto y el éxito en un plazo inmediato.

 

Para comprobarlo investigadores de la Universidad de Berkeley realizaron un estudio apoyándose en un muestrario fascinante, decisivo, un terreno ideal para una investigación de estas características: la NBA. O lo que es lo mismo, el baloncesto. Porque no hay un escenario igual. No un continente donde la frecuencia y volumen del contacto, amable u hostil, tenga parangón en el mundo del deporte.

 

El tipo de contacto estudiado era el táctil. Y como su objetivo era empático podríamos darlo en llamar contacto amable.

 

Así el equipo formado por los doctores Michael W. Kraus, Cassy Huang y Dacher Keltner sometió a estudio un periodo temprano de la temporada de 2009 llegando a la conclusión, con escasas salvedades, de que los mejores equipos de la liga tendían al contacto recíproco en mucho mayor grado que los peores.

 

Los resultados arrojaban el contundente saldo de que los equipos cuyos jugadores mostraban una mayor interacción táctil eran Celtics y Lakers, mientras que en el extremo opuesto, los equipos cuyos miembros apenas se tocaban o lo hacían en el menor grado eran BobcatsKings.

 

Una deducción que no conduce a resultados concluyentes cuando parece claro que los aciertos favorecen mucho más el contacto que los errores. Y que un buen equipo dará muchas más oportunidades de contacto amable que uno malo. Pero al mismo tiempo esa correlación invita a pensar en qué grado puede influir el factor táctil en la reproducción de esos aciertos. Cómo el clima táctil afecta al marcador.

 

La incertidumbre, pues, residiría en saber si el acierto precede al tacto en una proporción muy superior a la inversa: que el tacto conduzca a un mayor éxito de las acciones. Y posiblemente ninguna respuesta más adecuada que la del circuito de reproducción que muestra la figura inferior, uno de los procesos más visibles y manifiestos a lo largo de un partido de baloncesto.

 

Lo que sí demostraba el estudio son cambios hormonales en sentido positivo. Que esos contactos disparan los niveles de oxitocina, la llamada hormona generosa que contribuye a reforzar la sensación de confianza y reduce los índices de estrés. Al parecer el cerebro interpreta los contactos amables como una "distribución del problema" (James A. Coan, Univ. Virginia), un reparto de la carga que ayuda a relajar la tensión emocional y a una mejor disposición en la resolución de conflictos y responsabilidades.

 

Un debate teórico que en la práctica resulta apasionante.

 

 

 

 

 

Sin haber índices ni estudios que lo verifiquen el baloncesto NBA de los años cuarenta y cincuenta figuraba un escenario de caballeros sin apenas ejemplos de contactos amables. Aquel baloncesto no estaba a salvo de ellos pero en ningún caso habían adquirido el sentido ceremonial y automático que poseen hoy en día. 

 

Basta la observación para comprobarlo. A sus escasos 21 años, de seguro Derrick Rose ha sido ya tocado en los libres mucho más de lo que Bird fue de manos de Parish y McHale en toda su carrera. Porque entre el primer y segundo tiro libre Bird estaba solo. Era un paréntesis del juego. Y así lo fue para todos sus contemporáneos y precedentes. Así hasta hoy.

 

 Vivimos actualmente una sobrecarga táctil como no había conocido este juego. Sobre el escenario de pista son incontables los ejemplos.

 

No hay partido que no vea decenas, tal vez cientos, de pequeños contactos amables que arrancan ya mucho antes del salto inicial y no terminan con la bocina. Contactos de una escala cada vez mayor que incluso abren distintas categorías genéricas. Categorías que van, entre otras muchas, del High Five (mano-mano) al Fist Pound (puño-puño) al Belly Bump (pecho-pecho) al Hug (cuerpo-cuerpo) al simbólico Ubuntu (cuerpos-cuerpos).

 

Lo más sorprendente es que este riquísimo universo gestual avanza tan aprisa que empiezan a fortalecerse las relaciones entre el gesto y la acción que lo precede. Así el suave contacto de los dedos al tiro libre parece poder darse únicamente en ese caso y no en el cruce de compañeros que intercambian la salida a pista. Como en este caso la intensidad del Down Five será menor que su réplica tras el tapón de un compañero que ha dado con el balón fuera.

 

No es posible descifrar el origen de todo esto como no es posible hacerlo con el saludo.

 

Pero al desarrollo de este lenguaje táctil hubo jugadores y equipos verdaderamente decisivos.

 

Tal vez ninguno como Magic Johnson. El High Five no es una invención suya. Pero probablemente ningún otro jugador en la historia contribuyó en mayor medida a su automatismo y extensión por todas las pistas de la NBA. Y tampoco podía ser otro modo. Porque su baloncesto era de tal absoluta generosidad, tal grado de proyección desprendía, que sus emociones materiales no se veían detenidas con las detenciones del juego, prolongando así esa viva comunicación que suponía el tacto y contacto permanente con los suyos. La relación táctil de Magic Johnson con sus compañeros no representa más que una pequeña parte de un incesante caudal expresivo.

 

Un caudal especialmente desatado en el Johnson más joven. Acuden sus interminables segundos colgado de Abdul Jabbar tras su primer partido como profesional. Un abrazo que acabó enfadando al gigante, infinitamente menos dado al contacto. Tres años después, en el partido que abría la temporada de 1982, un triple suyo desde doce metros enviaba a los Rockets a la prórroga. Camino del tiempo muerto Magic entró en fase de acting out cuando Mark Landsberger salió a su encuentro ofreciendo arriba su mano derecha para recibir la de Johnson. Éste inició el movimiento con tanta fuerza que Landsberger retiró la mano al saludo.

 

De haber un imposible índice de contacto fraternal nadie lo habría replicado mayor número de veces que el genial jugador angelino. No se explica de otro modo que el Dream Team de 1992 siga siendo uno de los equipos más táctiles de la historia. Y a través de su ejemplo se explica también el notable incremento del tacto en las selecciones presentes en los Juegos Olímpicos. Porque se da un significativo valor de unidad en esas citas.

 

Hoy día ningún jugador es comparable en ese sentido a Kevin Garnett.

 

La investigación de Berkeley, en el terreno destinado a los jugadores, arrojó precisamente un podio presidido por Kevin Garnett y seguido de Chris Bosh y Carlos Boozer.

 

En particular el doctor Keltner realizó una curiosa observación sobre el jugador de los Celtics al comprobar que en un lapso de apenas un segundo fue capaz de tocar a todos sus compañeros tras un lanzamiento libre. Una circunstancia que no sólo confirma el alma proyectiva del jugador sino la abrumadora cercanía física del grupo de Boston.

 

 

 

 

Con Garnett la exploración alcanza incluso un nuevo grado.

 

Su voluntad de expresión es tan grande que a través de él se explica otra sorprendente categoría: el touch oneself. Porque Garnett aplaude y golpea su pecho, se motiva a sí mismo como si el resto de compañeros fuera insuficiente. Así no es de extrañar que durante el fabuloso curso de 2008 Garnett apareciera como el gran líder por la sola apariencia de motor del tacto, de tótem del que todo partía y en el que todo terminaba. Un compañero no podía consumar un acierto sin haberle tocado. Garnett era, en suma, el centro de toda unión. El corazón del Ubuntu.

 

La semántica se muestra especialmente rica en este terreno. El touch oneself contrasta enormemente con el being in touch with oneself, referente al universo interior de la meditación. Las dos caras de una misma moneda.

 

Esa primera categoría, la del autocamiento o tacto reflexivo, es al mismo tiempo una de las más genuinas y expresivas de cuantas el baloncesto proporciona. Porque es ahí donde cabe incorporar al masivo yacimiento de pequeños rituales y gestos que adquieren en determinados jugadores sentido de ceremonia y rango de manía.  

 

Es como si el jugador se reconociera a sí mismo a través de esos gestos, una identidad que necesita tocarse para verse fortalecida. Es lo que Nowitzki exhibe cada vez que tira de su camiseta  y hombros arriba, lo que Shaq pasándose cuatro dedos por las sienes aguardando el balón de los árbitros o Kobe secándolos bajo sus axilas, lo que Bird hacía pasándose los dedos por las suelas o Nash por su lengua o lo que el propio Garnett golpeando el balón contra su frente. Todas son formidables suertes de tacto reflexivo.

 

A falta de una obra de título El jugador dactilar el campo es, pues, demasiado fértil y grande como para no caer en la tentación de agrupar.

 

De todos los jugadores que gustan de la relación táctil con los suyos se podrían establecer amplios grupos que irían de:

 

- los jugadores de contacto natural o meramente empático: Tim Duncan, Pau Gasol, Vince Carter, James Harden o Tony Parker;

 

- a los que sienten a cada segundo su importancia de apoyo en pista, el llamado supportive teammate, un tipo de jugador de segunda fila que incrementa por ello su valor de asistencia: Marcin Gortat, Sasha Vujacic, Keyon Dooling, Anthony Johnson o Brian Scalabrine;

 

- a los que necesitan ese constante contacto como control de situación, de suyo los más proclives al tacto en toda circunstancia: Carlos Boozer, Kevin Garnett, José Calderón o Chris Paul;

 

- a los que se sirven del contacto amable como visible barrera al rival, curiosa conducta donde el contacto es instrumento de hostilidad y delimitación del territorio: Kenyon Martin, Anderson Varejao, Joakim Noah o Quentin Richardson;

 

- a un grupo final que, contrariamente a los anteriores, son de costumbre receptores del contacto ajeno, de suyo grandes estrellas de altísimo ego (Carmelo Anthony, LeBron James, Kobe Bryant, Dwayne Wade), y en un sentido muy distinto, el grupo de receptores que lo son por su naturaleza algo fría: Yi Jianlian, Brandon Roy, Ersan Ilyasova, O.J. Mayo o Delonte West.

 

 

Curiosamente el grupo de los receptores integraría al más célebre jugador en la historia del baloncesto, Michael Jordan.

  

Cuando el contacto amable se había extendido ya lo suficiente como para estimarlo general había de costumbre jugadores muy reacios a ello. Y por su importancia tal vez ninguno más llamativo que Jordan. Su economía del tacto con los demás es digna de estudio.

 

Resumidamente el contacto amable para Jordan era otra de sus gigantescas restricciones de piedad. Guardaba una estricta relación con factores de ánimo y los procuraba milimétricamente en los dos modos posibles:

 

1. Recibirlos. Con automática corrección y sin excesos o grandes réplicas.

2. Darlos. En una pequeñísima proporción que iba en consonancia con el valor que él concedía al acierto consumado. De este modo llama la atención que uno de los jugadores que más recibió la mano de Jordan fuera Steve Kerr.

 

La relación táctil de fraternidad no era el fuerte de Jordan. Y muy en especial si venía precedida de un fallo, suyo o ajeno.

 

Pruebas dio a miles. Pero pocas más claras como en el partido disputado en Utah el 1 de febrero de 1993. Motivado siempre ante un público tan hostil Jordan cerró el segundo cuarto con un triple desde media pista, se aplaudió a sí mismo en el centro de la escena (tacto reflexivo), y fue el jugador clave en la remontada de 20 puntos de Chicago en la segunda mitad.

 

En los últimos minutos Jordan dispuso de hasta ocho tiros libres, fallando un total de tres. A cada uno de estos fallos (el primero de cada par) Pippen y Grant acudieron a su tacto obteniendo por respuesta en los dos primeros la más absoluta indiferencia. Al tercero Jordan rechazó incluso su cercanía con hermética frialdad mandándoles a su sitio. Jordan erró aquella noche cuatro de sus catorce tiros libres. Suficiente para mostrarse hostil ante cualquier acto de consuelo.

 

De poder hacerlo y no ser el baloncesto de dominio público, Jordan habría rechazado el contacto amable en una proporción mucho mayor de lo que su carrera demostró. Como si padeciera una particular atrofia en este sentido o lo interpretara como un signo de debilidad incompatible con el ardor de la batalla, con el espíritu de la competencia.

 

De la sobrecarga táctil que se vive hoy día ningún ejemplo más revelador que los Cavaliers. Tal vez sólo los Celtics de 2008 rivalicen con ellos. Su ritual de contacto comienza, como el de la mayoría de equipos, en los vestuarios y se prolonga hasta lo grotesco en festivas ceremonias antes del salto inicial que no cesarán (en el caso de victoria) hasta bien entrado el grupo en duchas.

 

 

 

 

El contacto refuerza, pues, los vínculos y la camaradería. Pocas leyes más universales que ésta. Y trasladando todas estas relaciones táctiles a la actualidad, es posible afirmar que nunca como ahora los jugadores se habían tocado tanto unos a otros. Nunca el baloncesto fue más táctil.

 

Resulta difícil apoyarse en este argumento para sostener que el baloncesto es también mejor que nunca. Pero si hubiéramos de creer los argumentos científicos que favorecen la creencia de que el tacto persigue al éxito y a la inversa, hallaríamos aquí otra fantástica prueba más para ello.

 

O al menos para ampliar infinitamente el significado de ese principio que dice "el baloncesto es un deporte de contacto".  Y como ningún otro además.

"Right now, I am preliminary putting my name in the 2010 dunk contest Saturday night".

 

Estas palabras, no supimos entonces de su poco fuste, fueron pronunciadas por LeBron James en la noche del 14 de febrero de 2009 durante el Slam Dunk Contest de Phoenix. Esta especie de promesa al mundo acabó siendo más relevante que el propio concurso, necesitado un año más de algo grande sin que la NBA, en este caso no, siga mostrando algún interés en hallarlo.

 

No era una entrevista. Era una de tantas improvisadas declaraciones que Cheryl Miller desenrosca a pie de pista. Pero tampoco una encerrona. Sólo que la viva animación del momento, lo que el público parecía querer escuchar y el claro objetivo del micrófono, hicieron el resto: que LeBron más o menos insinuara su presencia, como esa soñada sola vez, en la gala de los mates de 2010.

 

Así no habría más que esperar a una nueva edición del All Star Game para conocer la respuesta.

 

A medida que éste se acercaba, en medio de ese habitual revuelo promocional del evento, la posible presencia de LeBron en el Slam Dunk fue salpicando algunos artículos en la prensa, animando ciertos círculos de opinión y moviendo a preguntas a terceros. Pero todo ello sin la fuerza suficiente como para que el protagonista sintiera la menor presión.

 

Preguntado él directamente antes del partido en Utah de mitad de enero, su respuesta no variaba demasiado de aquel primer anuncio: "I'm still 50/50".

 

Algunas -pocas- personalidades del mundo NBA tampoco ayudaron en sus declaraciones, como si el asunto careciera de relevancia pero moviera a la unanimidad, uno de esos estrictos sentires que dan la espalda al gran público y que resumió a la perfección Phil Jackson: "No veo que tenga ninguna necesidad de hacer algo así". Como ratificando esa gélida teoría de lo mucho que LeBron tendría que perder y lo poco que ganar en una prueba de la que, por lo visto, no podría salir perdiendo. De poco servirían entonces deseos en sentido opuesto, el principal de los cuales salió del admirablemente pueril Dominique Wilkins: "Me encantaría poder verlo ahí".

 

Templando algo el frío de sus declaraciones Jackson añadía como ejemplo la cita de 1988, que vio la presencia conjunta de Jordan, Wilkins, Drexler y Webb, justificando que "entonces el concurso tenía más lustre que ahora". Olvidaba el viejo maestro que el lustre lo brindan precisamente los nombres a concursar. Que ellos son la causa del brillo y no al revés.

 

En realidad nada de esto importa ahora. Porque finalmente nada ha habido y aquellas bobas palabras se las llevó el mismo viento que las trajo.

 

Y sin embargo todo esto obliga a una pequeña reflexión.

 

Datando el NBA Slam Dunk del hoy lejano 1984 el completo de su trayectoria ha visto el concurso de varias generaciones que van de Julius Erving a Dwight Howard pasando por Michael Jordan, Dominique Wilkins, Clyde Drexler, Kobe Bryant o Vince Carter. Quiere esto decir que, a pesar los altibajos y al margen de juicios de calidad, las llamadas estrellas de la NBA que exhibían además fabulosas cualidades para el mate acabaron acudiendo al concurso. Una cita que contempló con sentido placer el paso de todas ellas.

 

La NBA se aboca a perder su primera gran batalla en este sentido.

 

Uno de sus jugadores emblema, el más perfecto ejemplo hoy día de ese matrimonio entre Star System y Human Highlight, empieza a mostrar todos los síntomas de que el Concurso de Mates nunca contará con su presencia. Con la participación de un ejemplar como nacido para ese visual escaparate.

 

Seguramente nada de esto tenga importancia. Por lo que parece, es la propia liga la primera indiferente a esa ausencia. Un paso más en un proceso por el que hace tiempo que el cuidado de esa última cita del sábado noche dejó de importar a quienes precisamente la exportaron al mundo con el mayor éxito imaginable.

 

Son demasiadas las pruebas que fortalecen esta renuncia. Sucesiva y principalmente la NBA:

 

  • No supo reaccionar a la desbandada posterior a 2001.

 

  • Parcheó torpemente el nuevo escenario con la norma Rising Stars, una inexplicable represión candidata que prohibía la presencia de matadores más allá de su año sophomore (norma que acabó quebrantando Ricky Davis).

 

  • Perdió la hegemonía mundial frente a las nuevas generaciones de matadores amateur, cuya posible invitación al NBA Slam Dunk proporcionaría, además de contar con los mejores dunkers del mundo, un escenario de apasionante rivalidad que ofrecer la noche del sábado al mundo entero. Esta última se explica a través de lo que universalmente se conoce como Copyright, esto es, nada que no pertenezca a nuestra marca.

 

  • Conformándose con invitaciones de rango débil. Sin mayores incentivos que una publicidad juvenil que en su día favoreció a jugadores como Dee Brown o Harold Miner y que incluso estos días confirmaba Phil Jackson sobre Shannon Brown. Una máxima algo vil según la cual "el concurso te hará célebre".

 

Por todo ello nada importa, de momento, a instancias oficiales. Nada relacionado con el incentivo de un honesto evento que tan grandes momentos brindó.

 

Nada de esto supone novedad y hasta diríase que relevancia. Pero la tiene. Y aquí es donde reside la verdadera cuestión y motivo del presente texto que bien podría llevar por título un recordatorio en modo denuncia:

 

Lo mejor que ha dado el mundo del Deporte lo dieron siempre sus mejores.

 

 

En el baloncesto hay, como en todos los demás deportes, terrenos por lo general inalcanzables que rara vez fueron conquistados. Están ahí y dormitan en silencio. Son límites, barreras invisibles. Y como tal, hicieron alguna vez acto de presencia quedando entonces poderosamente grabados en la retina.

 

Y la retina no sabe de registros.

 

Una de estas fronteras se expresa en el baloncesto al hipnótico momento en que la cabeza de un jugador alcanza la altura del aro.

 

Un acto exactamente definido como prodigio atlético que todavía hoy sigue siendo objeto de rarísimo dominio y, por ello, de asombro.

 

Un asombro que permanece intacto al margen incluso de la estatura del protagonista. Como si esa extraña imagen resultante tanto moviera a la perplejidad en el mate de Ralph Sampson que abría el All Star de 1985 como en alguno de los extraordinarios follow up's de Shannon Brown.

 

Es como si la costumbre visual del juego hubiera habituado al ojo a establecer una frontera que los cauces normales no pueden todavía rebasar.

 

Y sin embargo esa frontera, rara y huidiza incluso a las diferentes tomas de cámara (motivo que enciende además su atractivo), ese cielo que parece delimitar la línea del hierro, se ha alcanzado un buen número de veces en la NBA. De Lew Alcindor a Gerald Green son ya muchos en acumulado. Pero muy pocos en proporción histórica. No es otra la razón de que el milagro Chambers no haya perdido un ápice de fuerza.

 

De esos pocos se cuentan con los dedos de una mano los que fueron capaces de incluso rebasarlo.

 

Es casi seguro que a día de hoy la mayor altura alcanzada por un jugador de baloncesto en la historia de la NBA siga perteneciendo a Larry Nance en la irrepetible noche del 28 de enero de 1984.

 

Desde entonces, más de un cuarto de siglo después, y a pesar de la rápida evolución de las genéticas NBA, no se ha dado tal vez un biotipo tan ideal como el de Nance (2.08) no ya para contravenir las leyes de la gravedad, sino para situar ese techo (3.12 con la cabeza / 3.80 con su mano) por encima suyo.

 

No hasta ese prodigio sobrehumano conocido como LeBron James.

 

Pruebas de esa capacidad las ha exhibido en numerosas ocasiones en los últimos tres años. Ni las mayores de esas pruebas parecían sin embargo suficientes para validar esa teoría de romper un récord que, en rigor, tenemos que calificar de invisible.

 

Sin embargo no parece haber año en que la plenitud atlética de LeBron James parezca haber llegado a su tope. Al contrario, por si ya parecía imposible, su velocidad y fuerza siguen aumentando hasta extremos que en particular el baloncesto no había conocido.

 

Después de todo lo dicho, y relacionarlo estrechamente porque nada de ello va separado, toca entonces pasar a la acción.

 

El brevísimo video final, con todo ese encanto de lo inexplorado, lo explica todo. Pero procede antes una descripción. Merecida en este caso por la insólita naturaleza de la imagen, acaecida el pasado 11 de enero en el Rose Garden de Portland.

 

A 10:50 del final de partido, acumulando LeBron cerca de 30 minutos de juego (más de 1500 de temporada), Mo Williams disponía del balón en la esquina izquierda del ataque cuando vio cortar al proyectil desde la diagonal opuesta del triple.

 

Fueron apenas cuatro metros de carrera. Una distancia suficiente para que alguien, por si no lo estuviera ya, escapara a nuestro mundo durante unas décimas de segundo.

 

Sorprende cómo actúa la mente en el baloncesto. Hay tantos tipos de salto, de magnitudes y direcciones, como las inmediatas circunstancias obligan al cerebro a poner en juego. En ésta LeBron intuye que la distancia del pase, que ya ha formado Mo en modo alley oop es demasiado grande como para no ganar una diferencia de altura en relación a la defensa. Como para no arriesgar a un salto mayor de lo habitual, a un despegue superlativo.

 

Esto le conduce a disparar sus condiciones físicas por encima -he aquí lo increíble del resultado- del 90 por ciento. Que a día de hoy LeBron James emplee su naturaleza por encima de ese nivel es el equivalente a poner al rojo una prensa hidráulica o pisar a fondo un Fórmula 1.

 

Una vez LeBron resolvió que la fuerza a emplear en el salto fuera de grado máximo todos sus resortes actuarían al unísono, como un mecanismo articulado de perfecta sincronía.

 

La secuencia de lo que apenas dura un segundo puede explicarse tal que así:

 

1. Va a batir en carrera (no en estático), su terreno ideal. 

 

2. Al momento de la batida James resuelve magistralmente las sinergias de toda su energía cinética. Libre del balón se encuentra en condiciones ideales para ello, como el saltador de altura.

 

3. Brazos y pierna derecha, más la fuerza del tronco, constituyen una masa suficiente para levantar el resto del cuerpo, al que suma, y aquí la fuerza principal, la pierna de batida, su izquierda, en poderosa torsión de alzado. El completo de su cuerpo constituye entonces una poderosa pértiga.  

 

4. Tiene lugar entonces EL SALTO.

 

5. En una décima de segundo LeBron James sitúa su cuerpo a una altura no razonable en los vectores del deporte actual. Su centro de gravedad supera entonces los 2.50. El centro de gravedad de un supercuerpo de 2.03 de estatura de más de 120 kilos de peso. 

 

6. La altura de su cabeza supera la horizontal del aro en seis o siete centímetros, situándola sin estar el cuello completamente estirado, en torno a los 3.11 o 3.12.

 

7. Los ojos de Martell Webster (2.01), que también ha saltado con él, quedan incluso por debajo del ombligo de James. Los de Brandon Roy (1.98) apenas si superan sus rodillas. 

 

El momento no pasó desapercibido -no era posible- al revisado habitual de imágenes a cargo del NBAE.

 

LeBron James legaba así una imagen completamente monstruosa. Una escena fuera de los márgenes físicos que nuestro tiempo conoce.

 

Por encima entonces de ver a LeBron James en el Concurso de Mates, se trata muy especialmente de que una de las anatomías más prodigiosas del planeta pudiera hallar el más exacto lugar donde verse y sentirse liberada, encendida al rojo y destinada a alcanzar su cénit absoluto a los 25 años de edad.

 

 

 

 

 

 

Se trata más concretamente de que en los cinco eternos factores del mate artístico (altura, volumen, trazado, atributos y plástica) se pudiera materializar como nunca esa vieja quimera de ver dos dieces (10) absolutos en los dos primeros.

 

La experiencia indica que LeBron no parece mentalmente diseñado para enriquecer sus ejercicios de grandes atributos. Estando sobradamente dotado para ello, conoce el cross a la vez que se le ignoran ejemplos de un simple windmill en estático. No parece, pues, destinado al ornamento milimétrico de ejemplares como Terence Stansbury o Jason Richardson.

 

Su terreno es bien otro. El de las magnitudes brutas. Como Tyson en pegada o Bolt en velocidad. Así de proponérselo, tan sólo de proponérselo, James conquistaría muy seguramente la mayor altura registrada por un jugador de baloncesto en 120 años de Historia. Y hacerlo además ante cámaras de altísima resolución que exprimir el momento hasta sus últimas consecuencias.

 

Algo de lo que acaso tan sólo fue testigo Jay Carty en privado hace ya demasiado tiempo. Algo que seguirá destinado a la vieja leyenda o entregado a la especulación del futuro, uno de cuyos hijos está aquí ahora.

 

Eso es lo que la ausencia de LeBron en un concurso de mates supone.

 

Eso es lo que el mundo se pierde. La más poderosa prueba actual contra esa mentira que dice "We've seen it all".

 

 

Reconociendo la absoluta singularidad de cada jugador en nuestro deporte, de todos y cada uno de ellos, es realmente difícil encontrar a estas alturas del tiempo ejemplares que aparenten una diferencia mayor de lo común sobre el resto. Jugadores presentados al mundo con su camino bajo el brazo y sobre los que resulte muy complicado establecer analogías.

 

De la actual hornada de novatos hay uno que apenas concentra atención. Y esto es debido principalmente a dos razones: jugar este terrible año en New Jersey y no destacar en ninguna tabla estadística.

 

Si alguien quisiera saber algo más del joven Terrence Williams probablemente acudiría a sus números. Se encontraría con algo como 6.8 puntos, 3.9 rebotes y 1.9 asistencias con un discreto 37 por ciento de acierto en apenas 20 minutos por noche. O sea, una fulminante invitación a pasar a otra cosa.

 

Y sin embargo esos fast finders no saben lo que se pierden.

 

 

 

 

Imaginemos, de entrada, un jugador en torno al 1.96 con unas cualidades atléticas prodigiosas que gusta además de ratificar a la menor ocasión. Lo que de costumbre se conoce por un matador.

 

Ocurre hoy día que términos como matador, tirador o taponador acumulan tal carga histórica consigo que automáticamente se tiende a imaginar el perfil físico -y casi técnico- de cada uno de ellos.

 

Un taponador figura enseguida la imagen del clásico hombre alto de brazos alienígenas. Un tirador al alero algo perezoso de sobresaliente lanzamiento lejano. Y un matador, a esa posición intermedia de anatomía estilizada que se reconoce, y a menudo exclusivamente, por las felinas predaciones al hierro.

 

Se da entonces un interesantísimo caso en el novato Terrence Williams. Porque, reuniendo todas y cada una de las propiedades del matador, y gustando además de ellas, carece en prioridad de todo lo que suele acompañar a ese perfil.

 

A la pregunta de si es Terrence Williams un matador la respuesta es rotundamente sí. Gusta en especial de los salvajes embates en carrera a una mano valiéndose de un vertical en torno al metro. Pero con él se enfrenta uno de entrada al paradójico caso de un matador que parece disfrutar mucho más con todo aquello que el matador no es.

 

Cada vez que sale a pista lo primero que se observa es un jugador que gusta del balón tan sólo para entregarlo. O mejor, con una acusada obsesión de crear juego. Williams posee unas cualidades innatas para el pase que le hacen disfrutar por igual un envío de circulación y uno terminal. Toda la vanidad que podría exhibir con los mates se ve satisfecha con los pases.

 

Ni mucho menos se detiene ahí. Ninguna de sus acciones está a salvo de un convincente sentido espectacular del juego, de forma que cualquiera de sus rebotes (20/10 en Milwaukee, 24 defensivos en dos noches seguidas) tiene lugar siempre a más de tres metros del suelo y a veces de manera innecesaria, con ese natural exceso de algunos guardametas en el fútbol a quienes se acusa de palomiteros.

 

Con el balón en las manos en el juego estático repliega todo su tronco recortando el bote al máximo y manteniendo la cabeza erguida. Adopta entonces la exacta posición de los cambios de ritmo en jugadores como Wade o Rose. Y sin embargo no lo hace. Simplemente está decidiendo a quién pasar el balón.

 

A ello se añade unas fabulosas virtudes para la reacción defensiva. Su velocidad de desplazamiento y una firme voluntad de molestar el ataque rival le convierten en un jugador defensivo de enorme versatilidad.

 

Y nada de lo que hace consiste en ornamento inútil. Se trata al contrario de un impulso natural que resulta técnicamente acertado. Todo ello le hace acreedor a un sentido plástico del juego que remite al primer Michael Jordan y hasta a memorias de culto como Edgar Jones o David Thompson.

 

Terrence Williams es, por todo ello, una extraña forma de shooting guard que traiciona sobre todo el primer término.

 

Cuatro años a las órdenes de Rick Pitino, Williams no ha estado libre de ciertos problemas relacionados con su entrenabilidad. Pero ninguno de ellos tan importante como su definición final como jugador. Porque gustando tanto de las fortalezas de un base no lo es. Delineado su perfil físico hacia un clásico shooting guard se lleva muy mal con el lanzamiento exterior y hasta se diría, como en James Harden, que con todo lanzamiento (su peor racha fue de 33 errores en 44 tiros). Le ocurre, como a Ricky Rubio, que facilitándose todos los accesos al hierro de manera muy favorable suspende en esa cualidad milimétrica conocida como touch.

 

Y sin embargo todas las discusiones que precedieron a su elección en el draft de 2009, que involucraron a responsables de New Jersey, Detroit o Golden State, no pusieron en duda su preciosa condición de all around. Y aquí reside su mayor valor de mercado. Un valor que su falta de minutos no le permite todavía ratificar en forma de números.

 

Williams es el único jugador en la historia de Louisville en recolectar conjuntamente 1500 puntos, 900 rebotes, 500 asistencias y 200 robos. Tras un partido ante Syracuse que le vio firmar 11 puntos, 7 rebotes, 6 asistencias y 7 robos Pitino resumió lo visto bajo el titular: "His normal brilliance". Dos de los cuatro triples-dobles en la historia de Louisville son suyos. 

 

Quienes más lejos han llevado la teoría con él le atribuyen la valiosísima y rara condición de Point Forward, como si estuviésemos ante los mismos poderes de un Pippen o un Turkoglu de menor tamaño.

 

No parecen haber reparado en un problema. Un point, en cualquiera de sus formas, sabe subir el balón en condiciones ligeras y rápidas, como un acto inconsciente. Terrence, en cambio, parece haberse saltado esa lección y ni se encuentra cómodo en ella ni es de su especial interés dirigir el juego desde la propia canasta. Prefiere hacerlo como un segundo base que recibiera el balón de un primero. Otra de sus extrañas características.

 

Así ocurre que el cuerpo técnico de New Jersey, de arriba a abajo, de Thorn a Vandeweghe, está intentando descifrarle tácticamente, lo que que en determinados momentos ofrece capítulos de un interés que difícilmente encontrar con algún otro jugador en la liga.

 

No hay noche sin prueba de ello.

 

En el tercer cuarto del partido ante Philadelphia se dio una curiosa circunstancia que verifica el sumo cuidado que siguen teniendo con su caso. Al término del descanso Del Harris y Kiki Vandeweghe estaban cerca de tomar una decisión, confirmada luego de consultar al propio jugador. Dado el OK, Terrence ejerció de base durante unos minutos sobrados de curiosidad. Para no dejarle a solas, el técnico le arropó con Keyon Dooling y Courtney Lee. A 4:05 la entrada de Hayes a pista dejó únicamente a Williams con Dooling. A 2:31 la entrada de Chris Quinn devolvió a Williams a su posición aparentemente natural. Pero hasta entonces el equipo, atascado de costumbre a mitad de pizarra, salió ileso de varias posesiones apuradas gracias precisamente a la extraña claridad de lectura del joven novato.

 

En el último cuarto volvió a ejercer de base unos minutos con incluso algún visible experimento. Durante un tiempo muerto el técnico ordenó la siguiente acción a ejecutar. TWill como base aguardaría unos segundos en la frontal del triple, se abriría después a un lado con el balón, desplazaría la defensa, enviaría un pase a su izquierda (Dooling) continuado hacia la esquina donde aguardaba Hayes para el triple. La jugada, una media cuerda nacida de Williams, salió perfecta. Esa misma acción fue la orden para la jugada decisiva del partido sin éxito. TWill ya no estaba en pista.

 

Un panorama de este tipo, con un peso inesperado hacia él, no se dio en realidad hasta el 44º partido de temporada. Noche contra los Clippers saldada con victoria, tan sólo la cuarta en la joven carrera del rookie. Terrence disputó el último cuarto al completo, movió al equipo cómo y cuando quiso y acabó siendo decisivo en los 31 minutos que estuvo en pista (7 puntos, 8 rebotes y 9 asistencias). No alcanzaba los 30 minutos desde el mes de noviembre.

 

Es hasta estos últimos partidos, y todavía con sumo cuidado, que parte del cuerpo técnico en New Jersey seguía pensando en su fuero interno por qué no fueron a por Tyler Hansbrough en el último draft. Un lamento que ha podido por fin esfumarse al completo.

 

Y nunca fue la calidad el motivo. Sino lo verdaderamente difíciles que Williams llegó a poner las cosas durante unas semanas. En ese periodo, el más doloroso del equipo, el joven se empeñó en hacerse daño. Tuvo salidas de tono con el mismo poco tacto en los medios que en su año senior en Louisville. Arremetía en el Twitter contra su falta de minutos, desafiaba seguir tirando si su par no estaba encima, perdió un par de autobuses y alguna sesión de tiro, y hasta llegó a asegurar públicamente qué distintas serían las cosas de no haber caído en New Jersey. Como resultado TWill perdió presencia en la rotación. "Durante casi un mes -firmaba Dave D'Alessandro- el novato pareció dominado por la impaciencia, la indiferencia, la frustración y, lo más curioso, el egoísmo". Tildando esta última de curiosa porque en pista Terrence ignora por completo esa conducta.

 

Y también fuera de ella. En los largos ratos de banquillo es el más alegre de todos y no deja de contagiar esa alegría, muy especialmente, a los cadáveres Josh Boone, Tony Battie, Bobby Simmons, hasta hace bien poco Devin Harris y ahora al cada vez más irreconocible Douglas-Roberts. Es, pues, ese tipo de compañero que resulta muy grato al entorno por su espíritu optimista y positivo.

 

Ahora por fin lo es.

 

 

 

 

Consciente de la nueva situación Vandeweghe le va ofreciendo minutos con cada vez mayor exigencia y, sobre todo, le ha desafiado asegurando que no emitirá un juicio sobre él hasta transcurrido un mes de esta aparente mejoría.

 

Una prueba que el chaval debiera tomar muy en serio. Ahora que los Nets parecen ser únicamente noticia por el peligroso récord negativo y el próximo draft. Ahora que no hay partido en casa que no vea sonar en el entorno los nombres de Wall, Henry, Turner, Favor o Wesley Johnson con mayor frecuencia que la propia plantilla actual, es momento para abrir camino al novato y que él decida qué hacer con esa confianza.

 

Así pues, de la dolorosa sobra de tareas que asolan a los Nets -a la que acaba de sumarse la dimisión de Del Harris- una de las más delicadas apunta a descifrar de una vez a un jugador que titula esta pieza como esbozo en paralelo al pensar del cuerpo técnico. Porque de momento, a sus 21 años, no es posible hacer otra cosa con él.

 

Constituyen el 90 por ciento de las monografías sobre jugadores de actualidad los más grandes y los más prometedores. Del 10 por ciento restante cabe sitio tanto para las decepciones como para el eventual rescate de algún jugador que aún no lo es del todo, de un embrión con el que soñar, incluso de un nonato. Pero en todo caso, de un jugador completamente diferente.

 

Aquí es donde a día de hoy cabe incorporar a Terrence Williams.

A menudo las cosas más simples son las más hermosas.

 

Desde mediados de diciembre salpican los grandes canales americanos de TV, especialmente los deportivos, dos pequeñas joyas para la pantalla que merecen por lo poco unas líneas. Y las merecen porque encierran un misterio que tal vez sólo la sensibilidad de los verdaderamente apasionados por el baloncesto esté en condiciones de descifrar.

 

En estas semanas de enero, que anualmente actúan como preludio a la fiesta del All Star Game, no hay emisión NBA en las grandes cadenas que no arranque con ese par de deliciosas promos, de una impecable factura artística parte de cuyo fondo se viene hoy aquí a explicar.

 

A idea original del NBA Entertainment como nueva campaña con que potenciar el Concurso de Mates de 2010, la realización de los dos spots fue solicitada por el gigante Coca Cola a la agencia de publicidad Bartle Bogle Hegarty. Esbozada la idea sobre el papel, un nutrido casting dirigido por Ellen Lucey (directora de negocio de Coca Cola para Norteamérica) culminó con la elección el pasado verano de los protagonistas y el encargo de su realización a la prestigiosa compañía de post-producción británica Absolute, acreedora a varios galardones internacionales a pesar de que su oficina en New York lleva operando apenas tres años. El diseño elaborado por el equipo de asesores y creativos afincado en la Gran Manzana resultó crucial para el resultado final del producto.

 

La filial de la compañía para la que todo estaba elaborado se valía de un escueto pero honesto mensaje a modo de sinopsis: "...spots that showcase the art of Spoken Word with artists Marcus and Kessed from New York City. In each spot, the artists deliver messages meant to inspire great, creative performances from the soon-to-be-announced dunkers of the NBA Slam Dunk Contest".

 

No se trata del primer ensayo que vincula Baloncesto y Poesía Urbana. Pero tal vez nunca con resultados tan singularmente brillantes sin contar con una sola imagen del juego. Se supone que fueron creados para publicitar otro concurso más, trufarlo de referencias recientes (la capa que pende del aro, la cabina...) o como simple elogio del mate. Y sin embargo trascienden de largo esos pequeños motivos. Mediante un magistral uso de la elipsis y el metalenguaje, es tal el volumen de guiños y reflejos recogidos en esos 60 segundos que bien podría hablarse de obra maestra.

 

El primero de los spots es de factura abrumadoramente simple.

 

Sitúa la escena en un cuadro cotidiano que ilumina una pequeña estancia privada y casi oculta de cualquier apartamento del Harlem negro. No hay fecha ni concreta estación. Se trata de una época indeterminada que podría situarse en cualquier punto de los últimos cuarenta años. La presencia de un microondas, el sórdido emparedado y una atmósfera como perteneciente a los encantadores años setenta, tampoco ayudan demasiado. Ni falta que hace. Porque es evidente que al margen del bote de Sprite, de presencia espectral, la intención pasa por penetrar allá donde el paso del tiempo apenas ha cambiado las cosas.

 

Esa indeterminación afecta incluso a la edad del protagonista, un joven negro de rasgos convexos que tan próximos puede tener los veinte como los cuarenta años.

 

 

 

 

Imaginando, todo arranca supuestamente con su despreocupado regreso de la calle, de no muy lejos, seguramente del porche mismo de casa, aburrido de vulnerar esos carteles que inútilmente avisan NO LOITERING.

 

Dentro, allá donde las colmenas de los Projects se humanizan al gusto femenino y se cierra la puerta al peligro, en una estancia comedor donde la madre prepara un socorrido almuerzo -son las dos menos cinco de la tarde-, y luego de sacar de la nevera un Sprite que actúa como detonante, nuestro hombre toma pausado asiento en el centro de la escena para dar paso al verbo, de una dicción seductora, cadente, serena, de poderoso contraste con el espíritu de lo que está contando al extremo de liquidar de la expresión cualquier gesto del cuerpo, detenido y completamente entregado a la declamación.

 

Con ese indolente aplomo que sólo las miles de horas de calle cicatrizan, todo aflora de la boca y el rostro se verá únicamente alterado con ese ceño fruncido ("Man, I mean..." - 0:20) que impone una convicción inamovible y que han heredado como rasgo genético los negros suburbanos. En tan mínimo ademán, a salvo de edades, reposan el espíritu y la memoria de figuras de tan diverso pelaje como Isaac Hayes, Bill Cosby, Malcolm X o Rufus Thomas. Y sin embargo, no hay menos que Basketball en el mensaje. De ahí su enigmática belleza.

 

 

The Show

 

We came to see a show.

 

A creative display that will remind you

of the battles from back in the day

that icons like Spudd and Clyde the Glyde

pulling tricks too vivid to describe.

 

Man, I mean,

dunks that break so many laws of physics

that the cops'll demand to see your poetic license.

So as you ballers set your sights,

on Saturday night,

there's one thing you should know.

 

We came to see a show.

 

 

El segundo, más pretencioso, supera en complejidad artística al primero.

 

Sobre una bicicleta el muchacho se presenta estéticamente incorporado a ese bosque de cemento entre Hamilton y Washington Heights. Contrariamente al primero la expresión es aquí más rica y viva. Diríase que hasta plena. Intervienen no sólo sus gestos, jóvenes, enérgicos y honestos, sino todos los aderezos que hacen de esos treinta segundos una sucesión de sonidos e imágenes que habrían pefectamente ilustrado, como un prólogo visual, la City Game de Axthelm, la Asphalt Gods de Mallozzi y los años dorados de Thelander (Heaven is a Playground) y su oculta memoria fotográfica. De fondo no es otra cosa lo que se escucha que la profunda respiración de la New York City.

 

 

 

 

Insalubre y blanquinegra, enigmática y postmoderna, a ratos sórdida a fogonazos elegante, la gloriosa historia al completo del baloncesto negro sobre el asfalto, de Jackson a Alston, de Sellers a Matthias, sin nadie quedar fuera, aparece recogida en ese breve desfile de imágenes que el muchacho embellece con melódica oratoria y finaliza con agresivo orgullo en ese holgado before, como si una sola palabra tuviera la fuerza suficiente para sostener medio siglo.

 

 

Seen It

 

You seen it all.

 

Tomahawks, superhero capes.

Backboard stickers, measuring tapes.

 

Blowing out candles, jumping blind.

You seen every dunk of every kind.

 

But now that the legends have done their thing,

a new batch of heavyweight are entering the ring

and we wanna know what 2010 will bring.

 

You see there's been history made on our hardwood floor.

So show us something we ain't ever seen before.

 

 

 

 

Para mejor entender el precio de esos segundos, su verdadera profundidad de significado, conviene recordar que musical y artísticamente el baloncesto negro bebe de dos grandes corrientes en el último siglo.

 

Una nace al calor de la Black Expression iniciada en los ballrooms de Harlem y Chicago en los años veinte y está dominaba completamente por el jazz y sus derivados. Hasta los años setenta y la poderosa entrada del funk que arropa la Blaxploitation y la posterior deriva hacia el disco que delinea una futura escisión, la práctica totalidad melódica del mundo negro equivale a la hegemonía del jazz y el swing de altísima calidad. De Washington Jr a Gillespie a Marsalis había como una perfecta identidad entre baloncesto y música dentro de la cultura negra instalada especialmente en la New York City. Una armonía que sabía mucho de cuerda y viento y poco de percusión.

 

Así fue hasta la irrupción de la segunda corriente cuyo inicio es posible datar a partir de MC Hammer y su premonitorio Let's Get It Started (a cuya estética guiña ahora Brandon Jennings). Desde entonces y en creciente oleada, el rap y el hip-hop lo dominan absolutamente todo.

 

Veinte años después la primera corriente ha quedado tan desplazada que casi se da por desaparecida mientras que la segunda ha crecido mucho, demasiado. Tanto como que ha dominado el baloncesto NBA hasta la tiranía, como un movimiento racial y excluyente del que terminó huyendo incluso el hombre blanco. 

 

Lo que consiguen en cambio estos dos spots, de minuciosos arte y metraje, es precisamente liberar a la corriente dominante de todo cuanto la gravó en el paso de los años, remontar a los orígenes y desnudar la voz tal cual musicalmente es. En suma, volver al principio de todo.

 

Seen it y The Show no son más que dos preciosas muestras de la lírica que el baloncesto negro, exclusivamente el baloncesto negro, encierra como rito tribal.

 

Así no pocos de los artistas underground, y sobre todo, sus adoradores como arte de culto, andan molestos por ver incorporarse estas pequeñas muestras de Spoken Words a eso que con despectiva ilustración se conoce comúnmente como Mainstream. Exageran y envidian en el fondo esta salida de la caverna. Pero en su ofensiva reside precisamente la gran verdad de este asunto. Que esa poesía urbana, recogida en unos pocos fotogramas, ha llegado ahora a mucha gente a través de un gigante comercial y su libre exposición al mundo.

 

Y no es mala cosa. Bien al contrario el resultado es sencillamente delicioso y, es de temer, muy superior a la razón comercial que les da motivo, esto es, muy superior a la realidad que nos depare una nueva edición del NBA Slam Dunk, un año más de pobre y descabezado casting.

 

De hecho no es otro el motivo del texto que denunciar el deplorable proceso iniciado según el cual las campañas superan con creces al producto, la traición cometida al espíritu grandilocuente y sagrado de esos versos y lamentar -Show us something we ain't ever seen before- otra ocasión perdida.

Decía Brian Windhorst, con menos razón que intención, que Antawn Jamison podía haber cumplido ya un ciclo en los Wizards, equipo al que en los últimos seis años ha dado todo sin obtener gran cosa a cambio más allá de sumas acordes a su valor.

 

Debido profesionalmente a los Cavaliers el autor trataba así de aprovechar la nefasta coyuntura en la capital para proponer abiertamente a Danny Ferry la adquisición de Jamison, convirtiendo el traspaso en un tercer capítulo de la morbosa serie Winter's Pelotazos precedida por la llegada a Detroit de Rasheed Wallace o de Pau Gasol a los Lakers.

 

 

 

 

Sobre la actual coyuntura en Washington, que DeShawn Stevenson titula "Black Cloud", salta a la vista que es de río revuelto. La reciente muerte del propietario, Abe Pollin, abuelo de todos y muy en especial del propio Jamison, y el lamentable caso Arenas, que nadie sabe dónde puede terminar, han tirado por la borda buena parte de las ilusiones que ganaron al equipo hace un par de meses. Lejos queda la promesa de Arenas que hacía pensar que los Wizards venían a incendiar el Este. Nada de eso queda ahora. Es como si de repente no hubiera futuro en la capital. O no al menos el prometido. Y Saunders, como si no estuviera.

 

Ello ha provocado el descontento de la prensa capitalina, que tampoco se corta en animar al adiós de las vacas sagradas. Matthew Brown, encantado con el destierro de Arenas, apunta el rápido renacimiento sin él de jóvenes como Randy Foye o Nick Young. Y con similar influencia a la que Windhorst pretende en las oficinas de Cleveland invoca: "Los Wizards cuentan con un ramillete de jóvenes que están esperando su momento, pero con el equipo tal y como está ahora eso es imposible. (...) Jamison y Butler son lo más valioso que los Wizards pueden ofrecer. El tiempo del ‘Big Three' ha terminado".

 

Para colmo el propio Jamison ha podido solicitar su marcha.

 

Así las cosas, Windhorst trata de colarse por entre las ruinas, sumarse al calor de los rumores y espolear a la directiva de los Cavs a un (grande) esfuerzo para hacerse con los servicios de un jugador que ha demostrado a lo largo de su carrera que, estando sano, es altamente recomendable no sólo para los Cavaliers sino para cualquier fortaleza con aspiraciones de anillo.

 

Jamison es caro. Le restan dos años en proporción de (11)-13-15 millones. Sus 33 años le convierten en una de esas piezas de mercado de valor inmediato, de las que incorporar a una situación de "aquí y ahora". Y sin embargo nadie duda de que a Jamison le pueden restar aún tres años de óptimo rendimiento.

 

Preguntado Mike Brown por la posibilidad de un traspaso antes de la deadline, el técnico de los Cavs demostró que seguramente no podía dar otra respuesta. Según él este equipo está maduro para el anillo. Esencialmente no precisa de nada externo. Mo Williams se sumaba a decir lo mismo. Uno y otro deben una lógica diligencia en público que, por ejemplo, se saltaron Shaq y LeBron renunciando cucamente a hablar esa misma jornada. Alguien diría entonces que no es posible saber la verdad. Y la verdad es que hay movimiento real en las oficinas de Ohio.

 

Los dos nombres que no hay manera de sacar de la apuesta son Troy Murphy, vía Indiana, y Antawn Jamison, vía Washington. Une a los dos un factor técnico evidente: son falsos interiores con amplio rango de tiro y natural gusto por el ataque.

 

Mientras ellos suenan para llegar, desde casa para salir lo hacen Zydrunas Ilgauskas (expiring) y un J.J. Hickson de interesante progresión más inevitables rondas del draft que ningún equipo como los Wizards pediría con mayor interés. Porque los Wizzs no solamente no se niegan a mover ficha. Es que su directiva, comandada por Ernie Grunfeld, se ha mostrado abierta en la actual situación tanto a posibles intercambios como a una limpieza general que abra una nueva era en la capital. Ahora bien, no a cambio de nada.

 

Pese a su edad Antawn Jamison todavía es una perla. Siendo nominalmente un cuatro su amplísima  cobertura de actuación, su inquebrantable rendimiento anotador (sumará 20 puntos donde esté) y unas condiciones muy ligeras en pista le dotaron siempre de un bonito perfil de alero. Como tweener es un rotundo éxito y la única incertidumbre que asoma es venir a sumarse a una fortaleza defensiva, aspecto en el que nunca destacó. Su valor humano es altísimo y se da la curiosa circunstancia de que Jamison fue de los pocos que quedó fuera del Bron Attack emprendido por los Wizzs en los playoffs de 2008, tal vez como vendetta a lo ocurrido entre ambos equipos los dos años anteriores. Pudiendo, pues, tenerse ganas no parece haberlas en el terreno de los negocios.

 

 

Jamison y Haywood sorprendidos ante la flagrante cometida por DeShawn Stevenson sobre LeBron James en las series de 2008 

 

 

El hecho de que Murphy y Jamison salgan a colación para llegar a Cleveland se puede resumir bajo la compra de un shooting power-forward. Pero un poco más allá ratifica el deseo de los Cavs de hacerse con un interior que abra más espacios en la pintura y, de paso, distorsione la defensa rival.

 

En principio no es mala idea. Powe carece de ello y Varejao, aun mejorando ese aspecto, nunca será una amenaza exterior. Pero con todo, vale preguntarse si es exactamente eso lo que los Cavaliers necesitan con mayor urgencia. Y a la vez, esbozar el cuadro general.

 

Danny Ferry, mánager general, apura su último año de contrato. El proyecto LeBron, que cumple este 2010 el mismo séptimo capítulo que inició el hexanillaje de Michael Jordan, toca ya de una vez al asalto a la gloria. De hecho todo parecía marchar sobre ruedas a la sorprendente aparición de los Cavaliers en las Finales de 2007. El tiempo ha demostrado que aquello no fue más que un hachazo individual a la historia y que los Cavs no eran dignos todavía del subcampeonato. Aquella prematura presencia en las Finales pudo hacer confiar en exceso sobre las posibilidades de James y retrasar ciertos movimientos que desde el verano se apresuran en Cleveland para evitar la marcha de su estrella.

 

Pero los dos años siguientes sí tienen mucho que decir: la derrota en el séptimo partido de las semifinales del Este ante Boston, futuro campeón, comenzó a delinear el bocetto de por dónde podían ir las cosas. Y ese bocetto quedó ratificado en las últimas Finales del Este ante Orlando.

 

Desde entonces los Cavs han venido a sumar tonelaje interior con que hacer frente a la artillería pesada de los Celtics a la vez que ejercer de contrapeso a Dwight Howard. Aun con eso, sumaron a Anthony Parker y Jamario Moon como perros de perímetro con virtudes de ataque, en especial del fino Parker. Integrar ahora a Antawn Jamison supondría ganar en fortaleza allá donde no la tienen Hickson, Varejao y Leon Powe, esto es, dotarían al frontcourt de lanzamiento exterior aun a riesgo de perder el de Ilgauskas.

 

Pero el problema principal que pueden tener los Cavaliers, problema que otros muchos equipos desearían por su solitaria condición, lo pudo subrayar esta pasada semana su partido en Denver. Un backcourt rápido y agresivo puede causarles mucho daño si Delonte West no está en pista.

 

En la primera parte fue sentarse Delonte y anotar Billups 8 puntos. Volvió a pista y Chauncey no anotó. Brown volvió a sentar a West y Billups lo celebró anotando 12 puntos en 5 minutos. Todo ello por no hablar de J.R. Smith. En suma, el papel de Delonte West en este equipo es mucho más importante de lo que pudiera parecer. Y no tanto por su aportación ofensiva como por ser el único capaz de hacer de sombra a pequeños anotadores y directores de juego. No es otra la razón de que Mike Brown esté dando mayor entrada a Jawad Williams y experimentando con él, como en Portland, incluso para defender a estaturas menores. Un riesgo que probaría una flaqueza muy localizada.

 

Cleveland ha podido ver cumplidas sus aspiraciones de pintura. Son el segundo equipo de mejor diferencial reboteador en toda la liga y defensivamente están al nivel esperado. Fuerzan al equipo rival al peor porcentaje de tiro pero no así en su defensa al triple, allá donde tantas veces los asesinaron los Magic. Equipos como Knicks, Celtics o Clippers lo hacen mejor que ellos.

 

Y vale recordar además que algunas derrotas sufridas (Chicago, Dallas, Memphis y unos Bobcats muy abiertos por partida doble) invitan a pensar una vez más en la solitaria condición defensiva de Delonte.

 

De los tres equipos en los que estos Cavaliers pueden estar pensando -Celtics, Lakers y Magic- son estos últimos los que motivan devanarse los sesos con mayor razón. Con los otros dos, a una presunta igualdad interior, vale batallar el exterior con lo puesto. Pero con Orlando en mayo el problema de la defensa al backcourt podría seguir terriblemente vivo para el grupo de James.

 

David Falk, una sombra de lo que fue, asistió al partido que enfrentó en el Quickens a Wizards y Cavs. Falk sigue siendo el agente de Danny Ferry, a quien proporcionó en su día un pucherazo de 37 millones. Es de sobra conocido el recelo del propietario de los Cavaliers, Dan Gilbert, a largas extensiones contractuales (que se lo digan a Mike Brown). Por todo ello el órdago para Danny Ferry está claro: éste debe ser el año.

 

Y la adición de Jamison como última pieza garantizaría, hasta junio por lo menos, la configuración de una plantilla para la que, por fin, no puede haber queja en lo que al James Supporting Cast respecta. Pero sólo hasta junio. Y si hay anillo. Más allá todo es misterio. Porque perder a James es hacer desaparecer a Ferry del mapa, y lo que es más importante, a los Cavaliers al completo.

 

No habrá una razón superior si finalmente Antawn Jamison aterriza en Ohio.

A cerca de dos horas del inicio una expectación inusual domina el interior del Izod. Centenares de aficionados llegaron mucho antes que de costumbre y ya se apiñan tras de la canasta que ocuparán los Cavaliers. Allí calientan Ilgauskas, Hickson, Jackson, Gibson y Powe junto a parte del staff técnico. Al otro lado sorprende el vacío que rodea a los pocos Nets que ya han salido a rodar.

 

Es obligado mirar a donde el todo el mundo lo hace. Obligado acudir allí si es posible.

 

Porque a esa hora el tramo que va de la pista hasta el vestuario rival, de unos treinta metros, es un hervidero de gente muy difícil de controlar. Los miembros de seguridad se concentran allí sin aparente orden. Sólo sus chaquetas granates y las incesantes consignas que sin mucho éxito van profiriendo sirven para reconocerlos. No les será una jornada fácil.

 

De pronto se abre paso Shaquille O'Neal. A su aparición nadie parpadea. Es como si todos compartieran la misma sensación: difícilmente puede haber una criatura de mayor tamaño en todo el planeta. Cuesta creer que un simple corazón sea capaz de bombear sangre a los confines de ese colosal cuerpo que aparenta pesar toneladas.

 

La distracción dura muy poco. Porque de pronto un grito da la señal. "Here he isssss!". El revuelo torna entonces oleada. Todos miran a esa dirección y allá que corre parte de la masa. La de grada se apelotona peligrosamente en las vallas. Dentro, son inútiles hoy las cintas de protección. Ni se ven.

 

Está llegando. Lo hace por la amplia nave trasera de acceso al pabellón.

 

Al fondo, sobre la marea de cabezas, lo primero que se observa son luces, como un resplandor que se acerca. No menos de siete cámaras le rodean. El resto no se puede contar. No hay duda. Es él. Tan sólo sus andares, sueltos y decididos, con esa inconfundible supinación de los pies, le hacen brutalmente reconocible.

 

Se acerca. La reacción general es de pasmo. Al fondo se escucha repetidamente su nombre. Y eso que ni lo pueden ver. Los que están más cerca, en cambio, no pueden pronunciar palabra. Sólo ansían contemplarlo.

 

Calza unos vaqueros cómodos y un generoso plumas negro de amplio gorro que le cubre por entero la cabeza. Es como si no viera lo que ocurre a su alrededor. De tal muralla de gente debiera chocar contra ella. Y sin embargo la muralla le abre paso como a un monarca. Sale Mo Williams del vestuario y bromea con él. Se agarran y a punto están de caer al suelo. De repente la seguridad se interpone. Hasta ahí vale pisar. Desaparece en el vestuario.

 

La corriente vira entonces 180 grados. El regreso a la pista sobrecoge. Tan sólo han pasado unos minutos y el cambio es sorprendente. Una nutrida multitud, de pronto triplicada, rodea el rectángulo en toda su extensión formando un anillo de entre cinco (en la canasta de los Nets) y veinte filas (en el fondo de los Cavs). La muchedumbre espera algo que está a punto de aparecer. Finalmente lo hace. Parece un trueno. El rugido aumenta cien grados. Los que estaban más lejos descienden grada abajo para una mejor visión.

 

Ahí está. El griterío es la respuesta. Ha acelerado para llegar cuanto antes. Lleva la sudadera del chándal y unos cascos que parecen adheridos a la piel. Parece mentira que no se muevan. Con la música a tope deben de actuar como escudos, estableciendo así una extraña relación con la escena que le rodea, de la que se aísla tanto como se convierte en ella. Porque LeBron James es entonces la escena, el poderoso vórtice de todo cuanto allí ocurre.

 

Sus evoluciones, cada uno de sus movimientos, por pequeño que sea, resultan un espectáculo visual sin parangón en el mundo. No tiene que buscar el balón. Le llegan a razón de uno cada dos o tres segundos. Lanza desde toda posición a tal ritmo que en pocos minutos ha completado tiros en toda la superficie de ataque.  

 

Es momento de algo más. Un regalo.

 

Inicia la carrera a ocho metros en diagonal, desata un reverso a su mitad y culmina el número con un mate salvaje que deja el pabellón temblando y eleva a todos los presentes al paroxismo. La fuerza con la que entra el balón habría matado a quien recibiera ese proyectil. "Hey, Bron, do it again! I miss it!", se escucha. Así no tarda ni medio minuto en batir nuevamente, esta vez desde mucho más lejos sin apenas carrera y soltarse un windmill tan sobrado que podían haber sido tres. Los flashes no cesan.

 

Ha durado una centésima de segundo. Suficiente para grabar de por vida en la retina de los privilegiados una imagen imborrable. Tal vez la que ha formado en el aire antes del estallido final. O acaso esos ojos inyectados a la altura del hierro que, de proponérselo, destrozaría de una sola dentellada. Tras la acción abre la boca en señal de orgasmo mientras brama algo tan sólo descifrable como potencia. Eso no es un hombre. Son diez o veinte en uno.

 

Despide calor, su fuerza no tiene límite y hasta el aire en torno a él se rinde. Es, cómo decirlo, es aterradoramente perfecto. Millones de años de evolución han dado en esa anatomía superlativa que aparenta ser de acero. Una bala contra eso no haría fluir sangre. Seguramente magma, como un pedazo de energía que pudiera alimentar una estrella durante eones.

 

Nada como la expresión de la gente: domina a todos una mueca de asombrada satisfacción, de felicidad instantánea. LeBron James es un narcótico público. Un peligro real.

 

Los dos equipos regresan a vestuarios y la gente ocupa sus asientos. Todo se reordena en un abrir y cerrar de ojos. Durante el himno, interpretado por James Taylor, todos permanecen quietos. Todos salvo él como prueba de que alguna clase de fuego prende en su interior.

 

Todo está a punto de comenzar.

 

El primer rugido del público coge a toda la grada de prensa desprevenida. "What is it?", grita uno. "Half court shot!", responde otro. "Why he does that, mum?", pregunta un niño. "'Cause he can", responde con impecable precisión la mujer, que en ese momento ignora el significado real de ciertos rituales y que a su tercera venida al mundo Michael Jordan resumió con admirable lucidez: "Nunca imaginé que necesitara tanto esa sensación de dominio que sólo allí obtenía".

 

Han terminado las presentaciones de las que han sobrado nueve. Toca el número de la foto al banquillo y, por supuesto, los polvos al espacio exterior. Allá van. Fiuuuuu... Dos palmadas de fuego y listo. Acaba de conectar con el Olimpo. Ambos ritos logran su propósito. Han calentado al público de tal forma que cuando los diez se dan cita en pista hay algo en ella que ninguno de los miles allí presentes no desea ver estallar.

 

 

 

 

Sucede al salto inicial una primera calma. Está emparejado con Douglas Roberts, la mitad de su cuerpo.

 

James empieza como es habitual: suave, haciendo entrar a los suyos con pases de confianza, de calor, ofreciéndose al rebote defensivo para que todos corran y se sientan cómodos, libres.

 

Viéndole manejarlo todo, de principio a fin, sorprende que exista en el primitivo baloncesto de hoy, cuando aún se manejan las posiciones. ¿Es un base? ¿Un alero? Acaba de subir el balón, ha dispuesto a los suyos y en un abrir y cerrar de ojos está abajo recibiendo como un pívot. La bola no entra y es el primero en llegar a defensa. ¿Qué es entonces?

 

Los Nets empiezan bien. Prometen demasiado como de costumbre. Pero ganan una ventaja que no cederán hasta bien entrada la noche.

 

A un tiro libre de Shaq, que acaba de culminar un alley oop como diez años antes, Bron se estira la camiseta desde las axilas dejando entrever otra interior en forma de malla dorada que cubre un torso titánico.

 

Cuando no tiene el balón también es el juego. O el eje sobre el que todo gira. No hay en él un solo segundo de quietud. Y cuando lo aparenta es que está hablando con los árbitros, o con el banquillo, o con los suyos, o consigo mismo. Su rostro no es una expresión. Es otro músculo más. Una bomba de mil tendones en constante agitación. Se come las uñas incluso en pista.

 

Restan poco más de cuatro minutos para el final del primer cuarto cuando Varejao ve cortar a la bestia a la velocidad de la luz y allá que envía el balón. El mate es suyo en toda su extensión. El público alcanza el éxtasis. Todo entonces ha tenido sentido. Nadie de los que allí están lo están para ver algo que no fuera exactamente eso.

 

 

 

 

LeBron gusta de mirar a la grada de arriba abajo. No son miradas perdidas, sin fondo. Tienen destino y miran a los ojos. Hasta escucha y responde a las primeras filas. Parece mentira que la concentración resulte así posible.

 

De entre el hoy marginal resto de cosas llama la atención un constante movimiento de Shaq que repite una y otra vez. Precisa de un saltito de impulso para iniciar la carrera de un lado a otro de la pista. La edad y su enorme tamaño le obligan a ello. Hace no demasiado, o tal vez mucho, él era también un pedazo de energía que se adivinaba inagotable.

 

Ahora mismo es lo que parece James. Va más rápido que todos y le ocurre con su movimiento táctico lo mismo que a Magic Johnson con su velocidad de pase. Va demasiado aprisa. Atraviesa varias veces el reverso del tablero pidiendo el balón arriba. Pero no da tiempo al envío. No para jugadores de hoy.

 

Un descanso. No le hace la menor falta pero Brown lo decide así. Enseguida vuelve, a 7:10 con 26-32 en contra. Le espera Terrence Williams, todavía más menudo que Roberts. Lo va a destrozar.

 

Nadie le puede seguir. Gusta tanto de moverse, de exhibirse, que tras recibir una falta termina su desplazamiento más allá de media pista. No tiene ninguna vergüenza.

 

Si gana el rebote de manera clara, al caso de un tiro libre, desata un manotazo al balón como en señal de poder. Todo es una continua demostración de fuerza, de energía, de plenitud.

 

A 5:25 remonta la línea de fondo, falla pero captura su propio rebote. De proponérselo podría repetir esa acción cuanto quisiera.

 

Llega después uno de tantos pases abiertos. Otra asistencia al triple de Mo. Qué bien se lleva con él y con Parker. En realidad con todos los jugadores abiertos. De tan habituado a las defensas de cierre (todos a él) podría enviar esos pases a ciegas.

 

Mo le devuelve el favor aprisa a una penetración. Acto seguido Varejao recibe una asistencia suya. James se está calentando. Todos lamentan que llegue el descanso. A él se va con 15 puntos para 7 tiros, 6 rebotes y 3 asistencias. No hay números que le hagan justicia.

 

A la reanudación entra en pista galopando y llega a uno de sus fondos. Remite el acto a ese Garnett desafiante que llega a los fondos de público hostil con un par de golpes al pecho. Bron no se golpea. Pero es como si cada uno de sus pasos, frenéticos, hipermotivados, buscara aplastar toda resistencia.

 

Pronto el público vuelve a estallar. Parece mentira que a costa de uno de los suyos. Douglas Roberts no se confía a la entrada. Pero nada puede evitar el taponazo que recibe con la mano izquierda. El mundo ha perdido la cuenta de los salvajes tapones que James acumula remontando la pista.

 

Minutos después un pase inverso a Parker y una fantástica dejada a Hickson ratifican, por si hacía falta, su increíble condición de pasador. Es un jugador total. Una bestia a cuyo juicio perjudica su condición de Terminator. Nada de la porción física del juego le es inalcanzable. Nada de la táctica tampoco. Pero sólo parece irradiar la primera. 

 

A 3:53 vueve a colocar otro sin validez. A 1:08 escapa libre a canasta pero Dooling lo evita zarpándole por detrás como un quarterback. James pudo con él como un guiñapo pero el silbató actuó. El público la emprende una vez más con un suyo.

 

A un triple de ocho metros que queda a un palmo del aro responde con otro que clava. Nada le está desafiando en ese momento. Pero se comporta como si así fuera. Si la actitud, si la voluntad de juego pudiera medirse en grado 100, la de James no bajaría ni un solo segundo del 114.

 

Brown le da descanso al inicio del último cuarto. El marcador refleja un 61-71, pero nadie se moverá de aquí sin volver a verlo.

 

La terrible falta de Yi sobre Shaq a 6:19 da con el gigante en una bonita charla con Derrick Collins, uno de los árbitros. Cuántos aprendieron rápido a golpear a Shaquille. Para eso no hace falta ninguna escuela.

 

A 6:19 regresa a pista con el marcador engañoso. 73-79. Dos minutos después Gibson se deshace de un balón que recoge James hiriendo seriamente el aro al rematarla a dos manos. Qué fácil jugar con alguien así. El pase no tiene que ser ni preciso. Tan sólo basta que atrape la bola.

 

A 2:40 James escapa libre de nuevo y se arrojan a él Harris y Lee con todo. No es posible cruzar la pista más rápido. Derribaría un muro de cemento de chocar con él. Hay no menos de tres faltas en la acción y de nada sirven. La bandeja termina con el dos más uno. Ahora sí, se golpea el pecho repetidas veces y desata uno de sus movimientos reflejos más característicos: sacudir los hombros. Es un acto natural, como un instinto atávico. Pero viéndole hacerlo daría la impresión de ser la criatura más arrogante del planeta.

 

A poco más de un minuto dispensa una última ofrenda. El pase a Varejao remite al mejor Magic Johnson. Su último tacto en el picado deja su mano derecha inerte para subrayar el acto. Tiene que hacerlo porque nadie parece reclamarle sutilezas. No es su primera de la noche pero pasa completamente inadvertida ante una nueva demostración de fuerza bruta. El taponazo a Devin Harris despide el balón directamente a la grada.

 

La victoria está servida. Es hora de sentarse. El pabellón entero responde con una sonora ovación en rendido pie. La gente está plena y feliz. Lo ha visto en vivo. Es cierto. No puede haber nada más monstruoso. Ni lo monstruoso más bello.  

 

James sonríe camino del banquillo, donde se deja caer luego de desatar unos rápidos pasecitos de baile. De esos que indignan a los que no están aquí. Le sale de dentro. Y es difícil imaginar a otro dios de 25 años que no fuera él que no bailara tan sólo por los dones recibidos del cielo.

 

Cuando todo termina la impresión es exacta. El partido, todo lo que supone una velada NBA, la maquinaria que incorpora con milimétrica precisión a centenares de personas, esa colosal organización, incluso el baloncesto mismo, todo, no ha sido más que una coartada. Porque nada importaba allá adentro salvo él.

 

Es como si bajo el estrato deportivo se comprendiera la NBA como un cuerpo gigantesco diseñado única y exclusivamente para alimentar y reproducir esa relación sexual entre masa y estrella. Como una ecuación física que rezara NBA=me2.

 

Es momento de correr al túnel a coger sitio. Es inútil. Sobreviene una vez más el desorden y cuando hay permiso para pasar adentro se forma un embudo de gente que, una vez dentro del vestuario, quintuplica en número a la expedición de los Cavaliers al completo. Una nube de periodistas se arremolina en torno a él. Es imposible verlo. Pero se le escucha. "Yeahh, I'm happy". Cómo no estarlo. "Step by step the team's improving". Alguien le recuerda sus cifras: 28 puntos, 9 rebotes, 7 asistencias. "It's all about the team". Le preguntan si podrá venir aquí. Elogia al joven equipo de New Jersey. No vendrá.

 

Allá adentro es tal el número de gente en torno a él que parte de sus compañeros no pueden ocupar su taquilla y acuden a vestirse de pie en un rincón opuesto. Nadie les presta atención. Deben de estar acostumbrados. 

 

De pronto se escucha: "Finished!". Y acto seguido, chocando unos con otros, los cinco anillos de gente se abren. Se acaba de incorporar y sólo lleva una toalla. Su visión estremece. De haberlo visto Miguel Ángel su Adán sería negro.

 

La prensa se ha dado un festín y sin embargo nadie abandona, como si esperaran algo más de Titán. La seguridad interviene. Vacían el vestuario.

 

Unos metros más allá la nave posterior de salida es otro caos. Familias enteras con los niños por delante como señuelo, jugadores del equipo de casa (Battie, Douglas Roberts, Dooling...), cheerleaders con sus mejores galas. Hay tanta gente con alguna presunta ventaja para cazar foto o autógrafo que la credencial pierde todo su valor y la prensa es enviada más allá del área de seguridad.

 

Sólo la picardía puede burlar el asunto. Pegarse al cuerpo de marines, al joven minusválido habitual del Izod, a quien su guía ha abandonado para buscar también su premio, o hacer de familiar lejano de Douglas Roberts permite la cercanía cuando James vuelve a salir.

 

Da la impresión que hiciera un minuto que llegó al pabellón. Salpica a unos y otros con alguna sonrisa y lo que parecen saludos cuando al cabo enfila camino del autobús. Todos se mueven en la dirección en que él lo hace. De quererlo, podría amagar y volverlos locos a todos. Ya lo están en realidad.

 

Tiene antes que pasar un control de seguridad. El joven encargado del detector casi le suplica el perdón por hacer su trabajo. Más que pasarle el detector simplemente se lo enseña y automáticamente le abre su mano. James se la estrecha y dirige sus pasos, como si flotara, al autobús.

 

Ha desaparecido.

 

Pero en el pabellón, ya casi vacío, flota todavía como un residuo general de ese soma que alguien derramó durante las tres últimas horas allí y que ninguna televisión del mundo puede recoger en centésima realidad.

 

Todo se repetirá en pocas horas. En algún otro lugar. Da igual. Todo volverá a ser lo mismo una y otra vez. Allá donde pise.

 

Extraña vida la de los dioses. De los que han sido dados a la felicidad de la gente.

El fenómeno está pasando algo desapercibido. Pero el jugador blanco nacido en los Estados Unidos atraviesa su momento más crítico en la historia de la NBA.

 

Sólo uno de cada diez jugadores, el diez por ciento del total, es americano de raza blanca, el menor porcentaje que nunca haya conocido la gran liga. Precisando algo más, el 71.8 de los jugadores es de raza negra, el 18.3 de origen no americano y tan sólo un 9.9 blancos de origen estadounidense. Y este último dato, se insiste, pertenece al fondo del registro histórico.

 

Ni es información prioritaria ni ha movido por ello al debate. Pero la pasada semana Mark Schwarz elaboraba un revelador reportaje bajo el título White Out que subrayaba el momento especialmente crítico para las actuales generaciones que en un tiempo ya muy lejano coparon por completo la entera fauna de la liga.

 

Tal vez ningún indicador más claro que las plantillas elegidas para disputar el All Star Game, un evento que, guste o no, sigue siendo el mejor termómetro para tomar el pulso a lo más granado que va legando el curso de la liga. Y en ese pulso anual los datos arrojados por la última década resultan mortíferos para un sector de población al que hace tiempo empieza a faltar el aire.

 

Aún hoy la titularidad de John Stockton en el All Star de 1997 sigue siendo la última para un blanco americano. Y el último en simplemente disputar un All Star fue Brad Miller en 2004. Entretanto las últimas diez ediciones han visto pasar un precioso desfile de nombres también de color blanco pero de origen extranjero. Vlade Divac, Pedja Stojakovic, Zydrunas Ilgauskas, Steve Nash, Dirk Nowitzki, Andrei Kirilenko, Yao Ming, Mehmet Okur, Manu Ginobili y Pau Gasol apalizan en presencia desde el año 2000 a John Stockton (2000), Wally Szczerbiak (2002) y Brad Miller (2003 y 2004).

 

La poca relevancia dada a un hecho históricamente tan relevante expresa mejor que nada la profunda crisis de un género de jugador al que nadie parece echar en falta. Porque hoy día resulta tan automática la mención a Dirk Nowitzki, Steve Nash, Manu Ginobili o Pau Gasol como emblemas de la más brillante fauna blanca en la reciente NBA que se olvida que bajo ellos, muy bajo ellos, se encuentra una familia desintegrada y cada vez como más marginal que trata de sobrevivir a base de golpes y nombres que puntualmente, una noche de cada diez, reclaman su atención. 

 

La proporción de drafteados tampoco mejora las cosas. Es de hecho otro cruel indicador de una situación que no avista retorno. En los últimos cinco drafts fueron elegidos 195 jugadores afroamericanos, 80 jugadores internacionales y únicamente 25 nativos blancos.

 

Esta situación se ha instalado con aparente normalidad en el panorama actual. A tal extremo que preguntado Jerry West por el mejor jugador americano de raza blanca actualmente en la liga contestó entre incómodo e irónico: "Ah, no sabía que hubiera. Me vas a tener que ayudar porque no me viene ninguno a la cabeza". Se da la morbosa circunstancia de que Jerry West recibió no pocas cartas de aficionados durante sus años de director deportivo en los Lakers. Cartas que le acusaban de racista por no elegir en el draft a ningún jugador blanco.

 

 

 

 

 

El sistema que subyace a la NBA no ha variado sustancialmente. El modelo universitario se reproduce a la misma proporción y velocidad de siempre. La NCAA no se ha movido del sitio. Lo que en efecto ha cambiado son los criterios de selección y los canales de abastecimiento. Respecto a los primeros tampoco se da una excesiva variación. Tan sólo se han reforzado los criterios que priorizan los valores atléticos. Es en los segundos donde el cambio resulta dramático. La globalización ha inclinado la mirada hacia fuera en detrimento de lo interno. Y muy en especial de determinado modelo de jugador, dicho en claro, de raza blanca.

 

Entre los responsables de seleccionar jugadores para el mundo profesional, desde ojeadores a directores deportivos, de entrenadores al capricho de algún propietario, hay un juicio general, cada vez menos disimulado, que dice preferir a los internacionales sobre los americanos porque trabajan más duro, comienzan antes su formación y se entregan con una mayor dedicación que los nativos. Como si en términos generales fueran más coachables o llegaran mucho más jóvenes a la comprensión del juego. Hacia el otro lado, en cambio, West empleaba con cierta ambigüedad el término estigma.

 

Preguntado por esta cuestión Mark Price reconocía sin ambages los estrechos valores que parecen primar en esta selección nadie sabe cuánto de natural. Price hablaba de atletismo y velocidad, esa fortaleza que siempre se conoció por lo físico.

 

Jon Barry se mostraba en cambio más crítico. A su juicio lo que los nuevos esclavistas han conseguido con esta masiva compra de anatomías es convertir al baloncesto en atletismo y a éste en religión. "Athleticism has trumped fundamentalism in the NBA", decía. Curiosamente su hermano Brent en una primera etapa, Bob Sura o el más aguerrido Dan Majerle parecieron importar esos atributos de la otra raza. Un tipo de energía que en estaturas algo mayores permite la digna supervivencia a ejemplares como David Lee o Chris Andersen.

 

A la inevitable barrera física se añade otra no menos implacable, más novedosa y de muy difícil publicidad. De por qué Goran Dragic cuenta con las oportunidades que parecieron no darse con J.J. Redick es algo que entra en un terreno más difuso y delicado, una mentalidad más próxima a la que concedió a Bargnani el número 1 del draft, y que siempre podrá justificar algún entrenador omitiendo el radical erotismo actual por lo internacional y su masivo contagio por cabezas y despachos de la gran liga. Una situación que alcanza incluso al aficionado cuando el Madison vuela diez veces más alto con un acierto de Gallinari que con otro de David Lee y con la que algunos empiezan a mostrarse críticos.

 

Porque empieza a ocurrir con los extranjeros lo mismo que en su momento sucedió con los highschoolers. Que en el exceso reside también la trampa. La trampa que no comprende que Dirk Nowitzki es a lo extranjero tan poco común como Kobe Bryant a la edad.  

 

Es como si, en términos de raza blanca, el proceso actual de internacionalización y la vieja tradición americana se negaran rotundamente. Como si fueran incompatibles.

 

Y no habiendo ninguna razón para que esto ocurra la realidad se empeña en arrojar que mientras la preferencia por lo negro no sólo no cesa sino que parece aumentar, el espacio antaño ocupado por las nuevas generaciones blancas ha estrechado drásticamente su cerco. De las tres fuentes de que beber una discurre ya a gotas.

 

El cambio no es baladí. A caballo entre la vieja liga blanca y la confusa globalización de hoy el mundo conoció no hace mucho una NBA uno de cuyos principales símbolos era Larry Bird. Al extremo de no ser posible explicar la Edad de Oro sin él. Como tampoco porciones enteras de historia reciente sin el rescate de casos dispares pero bien presentes como los de Rick Barry, Chris Mullin, Danny Ainge, Kiki Vandeweghe, Bill Walton, Kevin McHale, Dan Issel, John y Jim Paxson, Bobby Jones, Mike Newlin, Scott Wedman, Tom Chambers, Jeff Hornacek, John Stockton, Christian Laettner, Mark Price, Jack Sikma, Rex Chapman o Dan Majerle.

 

Aquella clásica fisonomía de la liga, con una presencia nativa blanca de relativa importancia, ha desaparecido casi por completo. Y el resultado no es una Era del Vacío. Sino algo completamente distinto, una proporción desconocida, una especie de ajedrez sin blancas. Sin aquellas blancas que ocupaban orgullosas la primera fila del tablero.

 

Así ahora sólo vemos peones y un espacio vacío que nadie parece añorar. Un vacío que no pueden satisfacer Ryan Anderson, Steve Blake, Chris Kaman, Troy Murphy o Luke Walton.

 

Es como si los profesionales que observan y eligen hubieran visto su paciencia agotada. Como si estuvieran muy desencantados con el resultado de las promesas que nunca terminan de explotar.  Promesas que fueron de Keith Van Horn a Mike Dunleavy, de Kirk Hinrich a Nick Collison, de Jason Kapono a Kyle Korver. Por no mencionar el cadavérico capítulo abierto por Adam Morrison.

 

Por eso cualquier sorpresa en el otro sentido mueve enseguida al contento y despierta un exagerado interés. Así se aplaude el nuevo papel de Redick o se pone una fresca atención en las evoluciones de Chase Budinger. Se aguarda la explosión -una más- de Kevin Love o Spencer Hawes o se espera a poder hablar por fin de Tyler Hansbrough.

 

Pero con todo, el panorama general resulta algo desolador. Sin referentes que llevarse a la boca el gran público prefiere a menudo moverse entre la honesta benevolencia que despierta un Matt Bonner al casi cómico aprecio de Brian Scalabrine, una mascota de carne y hueso.

 

No parece haber intención de veto. No voluntad de exclusión. Pero la realidad indica que la crisis profesional del jugador blanco americano se ha convertido en poco tiempo en un uso. Y los usos, como el saludo, no tienen nombre ni culpa. Son actos terriblemente automáticos de los que el baloncesto siempre supo lavarse las manos.
15/12/2009
Al quebrar el dedo índice de la mano derecha un jugador diestro pierde su principal sustento. Ocurrido esto Kobe puso en marcha su mano izquierda con un fabuloso pase alto a Shannon Brown, siguió lanzando con aparente normalidad y ni remotamente figuró por un instante la invalidez de un lisiado. Habría que mutilarle las cuatro extremidades para lograr algo así.

 

El tiempo debería haberse detenido la noche del buzzer a Miami, una de esas acciones sobrehumanas que trasladar a laboratorio. Porque, no ya para anotar. Sino simplemente para poder lanzar en carrera (sobre un solo pie) Kobe burló la cinética contraria a su mano de lanzamiento, el desequilibrio de un cuerpo arrojado al aire en desplazamiento lateral y el tiempo de reacción. Burló en suma tal volumen de factores físicos en contra que al calificar después aquel milagro de "afortunado" mentía por pura inmodestia.

 

La calidad técnica de una obra semejante escapa al difuso campo de la fortuna. Aunque hubiese sido su primera vez. Pero como a estas alturas ha logrado hacer de la fortuna costumbre convendría empezar a tener muy seriamente en cuenta la apreciación de J.A. Adande sobre Kobe como "the best option for a last-second shot in the history of the NBA".

 

Y sin embargo no es éste el debate. Ni tampoco su definitivo ingreso en la pulsión de juego, el último estadio a conquistar por un deportista de equipo. Lo que se presenta como tal guarda mayor relación con las palabras que recientemente le dedicaba también Larry Coon al decir que Kobe ofrece momentos de inspiración y destreza similares a los que Picasso o Beethoven destilaron en sus artes. Porque el virtuosismo, alabado sea para los amantes del deporte, no conoce límites de aplicación.

 

No hay por qué esperar a su retirada. Es tiempo suficiente y demasiado lo volcado ya para poder afirmar, y con especial rotundidad ahora mismo, que hay algo muy próximo a la perfección formal en el actual número 24 de los Lakers. Una excelencia de tal calibre que la sorpresa y el elogio no safisfacen en justicia lo que su baloncesto proporciona. Es necesario ya inscribir a Kobe en algún tipo de sagrada antología, enfrentarlo al curso histórico de nuestro juego y coronarlo allí por motivos cada vez más precisos que también va siendo hora de exponer.

 

Vamos a intentarlo.

 

 

 

 

Empieza a ser frecuente referir a Bryant como el jugador con mayor número de recursos ofensivos en la historia de la NBA. Una conclusión de este tipo induce a error. Porque Kobe Bryant no dispone de mayor repertorio que Michael Jordan como éste tampoco en relación a él. Y esto es debido a que en ese plano superior que los hace exclusivos, tan sólo allá arriba, se movió cada uno en un terreno distinto que es saludable discriminar. No sólo por ellos dos sino por todos aquellos jugadores pretéritos de técnica sobresaliente que mantuvieron con el aro un tipo de relación muy próxima a lo sexual.

 

Afortunadamente el baloncesto es demasiado rico como para computar la creación de canastas en una línea de cuenta aritmética. Lo formal no pertenece a cuenta ni plano único. Lo formal es un espacio multidimensional que se hincha como cuentan los astrónomos que sucede al Universo.

 

Contra lo que se suele presumir distingue a Kobe Bryant y Michael Jordan un terreno formal que pertenece al ultimísimo tramo de la técnica y que distinguía también a Drazen Petrovic de Pete Maravich, a Bodiroga de George Gervin o a Delibasic de Kudelin.

 

Desde un punto de vista teórico la diferencia se antoja fascinante y arranca de la base formal que conocemos como técnica. Para empezar se la presupone muy avanzada a todos los supremos creadores de canasta. Pero en su progresiva conquista unos prefirieron seguirla a rajatabla, tomarla como dogma de fe y perfeccionar su manual hasta las últimas consecuencias y otros hacerse a un lado en su misma cima.

 

Para comprender esto con facilidad nada mejor que abrir una doble categoría entre jugadores de orden y jugadores de caos. Kobe Bryant pertenece de raíz al primer grupo. De hecho podemos estar asistiendo al más excelente prototipo técnico que haya dado nunca el baloncesto.

 

Los jugadores de orden comprenden desde un principio el increíble yacimiento formal que brinda la técnica conocida y convierten su carrera en un progresivo refinamiento de los recursos llamados de manual. No hay lugar en ellos a lo indómito o desordenado. Toda acción, aun la más compleja, debe venir precedida de protocolo y geometría. Debe ser técnica en sentido radical. Así Kobe Bryant se entregará tan religiosamente a la técnica de orden que al lanzar por detrás del tablero ajustará su mecánica a canon. Y antes muerto que no hacerlo.

 

Los jugadores de caos comprenden igualmente ese vasto repertorio. Pero a diferencia de los de orden no quieren ni oír hablar de patrones y prefieren exhibir su talento mediante formas no fijadas, modos de interpretación natural que no pertenecen al campo de lo escrito o domesticable. Prefieren dotar a lo suyo de formas que siendo técnicas se expresan libres como en espontánea combustión. Este tipo de repertorio o técnica de caos en el que domina lo inconsciente y reflejo, repertorio de personal hegemonía en Michael Jordan, está a salvo de copia. 

 

De ahí que mientras los jugadores de orden tienden hacia la perfección formal los jugadores de caos nacen y mueren en su especialísimo original. Este último rasgo distintivo permite abrazar casos tan dispares como Dennis Rodman y Orlando Woolridge. 

 

 

 

 

En un artículo de papel quien suscribe venía a decir algo que debiera tenerse muy en cuenta cada vez que Kobe y Jordan compartan la misma frase. Se afirmaba allí que "sobre un inquebrantable acuerdo de formas, tan sólo les separa el abuso de ellas. Así Kobe es más barroco: acentúa el recreo de los recursos que adora replicar porque llegó antes a comprenderlos. Esto le hace técnicamente más perfecto pero menos imprevisible y salvaje que su maestro, hasta el último día a salvo de los modos que registrar en los libros. Uno es aprendizaje. El otro no es posible enseñarlo".

 

Es crucial este último punto. Lo que no es posible enseñar es todo aquello que derivando de la técnica escapa simultáneamente de ella. Magic Johnson y Michael Jordan rebosaron de actos y obras en este genial sentido.

 

Esto no quiere decir que Jordan no fuera ordenado. Su carrera no fue otra cosa que un progresivo ordenarse. Pero conservó hasta el último día esa decisiva porción del juego, exclusiva de sus acciones terminales, donde el orden no tenía cabida. Allá donde lo salvaje, lo improvisado y lo radicalmente propio de su naturaleza única, ocupaban el primer plano. Kobe sabe lo que va a ejecutar ante seis brazos (un orden técnico perfecto). Jordan se enfrentaba a ellos en instante y forma (caos de creación). Y ambos paréntesis resumen a la perfección la mayor diferencia abierta entre ellos.

 

Los jugadores de caos, más proclives a la consideración de genio, no son por ello superiores en ningún sentido a quienes eligen el camino de la técnica y a ella se aferran de por vida. El caos en Isiah Thomas no vale más que el orden en John Stockton. La diferencia debería abrirse en otros terrenos, como en este caso pueda ser la resolución de partidos a lanzamientos decisivos. Pero en lo formal sería justo no abrir jerarquía entre ellos.

 

Como tampoco procede hacerlo técnicamente entre Jordan y Bryant.   

 

 

 

 

Kobe Bryant es a la técnica lo que el diamante a los materiales preciosos. Difícilmente puede concebirse un nivel de excelencia superior.

 

Como jugador ha llegado a convertir cada uno de sus segundos con balón en un delicioso desfile de actos que van de la mímica microscópica a los más visibles aciertos. Y no hay parte del cuerpo, por pequeña que sea, que no termine poniendo simétricamente en juego. No es entonces que Kobe resulte técnico. Es que agotado el manual incorpora a cada uno de sus gestos semejante caudal de órdenes que incluso uno de sus fallos es capaz de incertidumbres físicas que sólo es posible explicar a través de una destreza superlativa, un caudal técnico casi excesivo y al alcance de nadie.

 

Donde el orden alcanza el barroquismo y éste resulta además útil, allá se mueven ejemplares como Kobe Bryant, Drazen Petrovic o Dejan Bodiroga. Donde la técnica llega a su fin y en su lugar emerge el caos de lo natural, lo espontáneo y ajeno a la métrica, allá se mueve el genio de Pete Maravich, Michael Jordan o Dwayne Wade. Y a caballo entre orden y caos, donde la técnica se retuerce plástica y generosa, es lugar para Julius Erving, Isiah Thomas, Clyde Drexler o Tim Hardaway.

 

Hoy interesa especialmente el caso de Kobe Bryant.

 

Y lo hace por una razón muy poderosa: actualmente es tal la diferencia abierta con el resto de jugadores que hasta se diría que Kobe juega a otra cosa. Algo distinto a lo que piensan, procesan y ejecutan los demás.

 

Con el balón en las manos hay una representación común a la práctica totalidad de jugadores. Una fisonomía general. Si en cambio está en manos de Kobe la secuencia se fragmenta en oportunos, cadentes y milimétricos episodios ninguno de los cuales escapa a intención técnica. Donde en otros parece darse un irregular discurso hay en Kobe como una insobornable y permanente composición (musical).

 

Europa conoció este tipo de rarísima pulsación en el joven Drazen Petrovic y de manera casi enfermiza, en Arijan Komazec.  

 

Un error muy común tiende a identificar técnica y manos. Como si todo se redujera a ellas. Y es precisamente mediante los mejores jugadores de orden que descubrimos que la técnica se desprende de cualquier parte del cuerpo, incluso por separado.

 

Nada explica esto mejor que los pies. Es costumbre atribuir el mejor juego de pies en la historia de la NBA a Hakeem Olajuwon, Kevin McHale o el joven Bill Walton. Como si el juego de pies fuera exclusivo de los hombres altos o recurso privado a los aledaños del aro. Pensar así liquida de un plumazo a los jugadores exteriores y al mayor espacio de pista. Y va siendo hora de señalar la mecánica inferior de Kobe Bryant como una de las más avanzadas y perfectas exhibidas nunca por un jugador. Y no porque ahora postee abajo con mayor frecuencia. Sino porque todo en él parte de los pies.

 

En suma Bryant, su actual exponente al cubo, puede haber conquistado ya el más absoluto trono de los jugadores de orden, allá donde la técnica alcanza su cumbre maestra y el jugador su condición magistral. De haber un tope, es como si estuviese ahora mismo allí pegado.

 

Por todo ello, mientras siempre será razonable oponerse a estimaciones de Kobe como el mejor clutch o el mayor yacimiento ofensivo conocido, empieza a ser conveniente no hacerlo si lo que se afirma es que nadie alcanzó nunca mayor excelencia técnica que él. Porque tal vez sea cierto.

07/12/2009
Me vais a perdonar. No hay deporte en esta entrada ni esa habitual tercera persona del periodismo neutro. Muy al contrario soy yo, Gonzalo, quien escribe esta vez. Son días demasiado delicados como para que una sola palabra escape a la personalísima profundidad de esta increíble experiencia. Nada de lo que haya vivido anteriormente guarda la menor relación con esta dimensión en la que, todavía no sé muy bien cómo, me he sumergido. Parece mentira que sólo haya pasado una semana.

 

Era noche cerrada cuando a través de la ventanilla del avión se abrió de repente un inmenso océano de luces. Del tropel de sensaciones una era la dominante: un minúsculo granito de arena estaba a punto de caer sobre ese infinito Sáhara de cemento y destellos al que llaman, sigo sin creerlo, Nueva York.  

 

En el JFK los taxistas no ven a nadie. Tan sólo esperan recibir una voz a su espalda y un puñado de dólares. El mío, un negro cerrado fundido al asiento, al ver que yo no pronunciaba palabra en los primeros segundos balbuceó algo en un inglés indescifrable, por lo que decidí que el papelito hablara por mí aguardando un pequeño ademán de aquel hombre con la esperanza de que comprendiera mi dirección.

 

Hubo suerte. En media hora llegué a mi primer destino, un pequeño albergue situado al norte del Adam Clayton Powell Boulevard, en los confines de Harlem. Allí se hospedan a diario jóvenes del mundo noble, la mayoría nórdicos y algún brasileño de aspecto escandinavo. El albergue era una especie de frontera entre un pequeño enjambre de occidentales acomodados y la cruda realidad cotidiana de Harlem, al que cada fin de jornada me entregué con una fascinación que no puedo en justicia describir.  

 

Porque Harlem es tal y como lo había imaginado. Sus paredes y gentes son indisolubles. Y sólo el frío reinante impide que los centenares de negros que salpican las aceras se arracimen en esos peldaños adocenados que presiden cada portal. Digamos que mi primera experiencia allí se limita al área comprendida entre la 116 y la 120 y sus eternas avenidas de raza negra: la Lenox, la Frederick Douglass y la Malcolm X.

 

 

 

 

 

Sí, Harlem sigue siendo negro. Completamente negro. Y ni siquiera la abundante presencia de hispanos consigue vulnerar un color que en esencia le pertenece. Miles de fotos de Obama empapelan cada escaparate y rincón. "Vote for hope", rezan. 

 

Una noche, al salir de una cafetería de la 116 por cuya decoración habría matado cualquier garito chic en Madrid, comprobé que yo era el único blanco en demasiados metros de calle, sospechosamente atestada a esas horas. Un resorte muy profundo, podridamente cultural, me hizo acelerar el paso. Las sombras se dirigían a mí. Y pronto supe por qué. Iba fumando un cigarrillo (Marlboro a 9.75 $) y de haber correspondido a todas las peticiones habría vaciado la cajetilla en tres calles. Conmueve la gratitud que los homeless muestran a quien les da un cigarrillo y rechaza las monedas que ofrecen a cambio. "Me something?". No, hombre, no, qué coño voy a pedirte si en una mano llevas una manta y en la otra un carro de supermercado con toda tu vida dentro.

 

Sorprende lo mucho que puede llegar a reconfortar el resplandor de una dentadura en mitad de la noche. Es como si Harlem, mi tan soñado Harlem, no fuera agresivo conmigo. Antes bien supiera todo cuanto de corazón le dediqué.

 

Por eso la 155 me espera. Sé que enjuagaré los ojos cuando pise el Rucker Park. Porque fue hacerlo con el Marcus Garvey y no pude contener la emoción.

 

Un tipo de emoción muy distinto me despertó Queens. Las calles son allí cicatrices, como rajas en mitad de la ciudad. Queens y el Bronx hablan castellano o algo que se le acerca. Acudí hasta la 48 del distrito a visitar una de las miles de habitaciones que se ofrecen en NY. Pero la experiencia terminó siendo surreal. Me aguardaba Marcos, un brasileño de avanzada edad y de aspecto juro que similar al zombi de Tourneur. Su abismática voz resonaba como si proviniera del mismísimo centro de algo muy antiguo y sagrado. "Gonsalo, tengo algo muy desagradable que contarte. Siéntate acá conmigo que paso a explicarte con detalle tan lamentable insidente". Era un magnífico orador como correspondía al arte que decía dominar -"siensias esotéricas"- y el caso merecía para mi credibilidad de aquella larga media hora de alocucion en una minúscula cocina en penumbra. Un italiano despechado le había reventado la cerradura de la habitación a que yo aspiraba y el hombre no podía enseñarme el motivo por el que yo había cruzado toda la ciudad. Para entrar en la habitación había que salir a las escaleras del bloque, como si después de ducharte tuvieras que cruzarte con los vecinos camino de ella. "No te preocupes, mañana un buen amigo que deserraja...". Me apenó aquel hombre, la verdad. Porque parecía valorar la palabra ajena y yo no tenía tiempo ni ganas para volver allí.

 

Queens tiene algo de marginal. Una familia mexicana que regentaba una pequeña cafetería sintió tanta curiosidad por mi entrada como yo por su insistencia en rellenarme el café en cuanto la taza quedaba a medias. "Así que viene usted de Madrid. ¿Pues no fue allá que trataron mal al vasco Aguirre en ese equipo de chingosos?". Había que tener mucha hambre para animarse a pedir algo de allí. Las estanterías presentaban sin pudor lo que parecía comida disecada.

 

Una semana es tiempo más que suficiente para entender el poco valor que tiene aquí el ritual que nosotros entendemos como la hora de la comida. A cada esquina el olor a frito seduce la boca tanto como traiciona el estómago. Tuve que tirar cinco piezas de pollo porque aquella salsa roja portorriqueña me hizo arder la boca como mil guindillas juntas.

 

La gente come además en cualquier sitio. Vi gente comer corriendo, en una cabina de teléfonos, sobre un coche o junto a un escaparate. El colmo lo vi en el metro. Una joven de rasgos indios sacó de su bolso un huevo duro y allí sentada lo peló antes de tragarlo en tres bocados. El huevo tenía pinta de haberse cocido la noche anterior.

 

El metro de Nueva York es una ratonera humana. Un interminable subterráneo vivo. Acaso la primera prueba de que Wells acabará teniendo razón y la especie se escindirá entre seres bajo tierra y hombres de superficie. Allá abajo malviven ya los primeros morlocks. Uno de ellos era una mujer de aspecto torturado que hincó sus rodillas en uno de los vagones pidiendo a gritos una limosna y lo único que recibió fue una respuesta que jamás olvidaré: "Lo siento pero sólo llevo tarjetas de crédito". Es difícil no estremecerse ante escenas así. No para un alma todavía no inmune.

 

Harlem, Queens, el Bronx. Nada que ver con lo que me aguardaba poco después. El universal Nueva York de las postales.

 

Cuando me vi en Times Square tuve la increíble sensación de haber sido transportado al futuro. El escenario es sencillamente indescriptible. Caída la noche hay gigantescas porciones de asfalto más iluminadas que a pleno sol. La nota dominante es allí la confusión. Era tal el número de viandantes, vehículos (la mayoría tanques a cuatro ruedas), policía, comercios, pantallas gigantes y megafonía, todo ello en plenitud de actividad y aprisionado por rascacielos sin fin, que es imposible que un hombre normal pueda razonar. Todo ataca principalmente a tres sentidos: la vista, el oído y el olfato.

 

No había espacio circundante que no estuviera absolutamente dominado por el dólar. Allá donde posara uno la vista tenía lugar algún tipo de transacción. Quedaba prohibida la inactividad, aparentar quietud o no estar camino de alguna compra o venta.

 

Esto era la Roma del siglo XXI.

 

 

 

 

 

En cualquier dirección se veía uno envuelto en algo grande, imparable y poderoso. Sin yo saberlo me fui a enredar en medio de una multitud frente al Rockefeller Center porque tenía lugar el encendido del árbol de Navidad. Un coro de gospel que no necesitaba altavoces sobre una grada instalada en la pista de patinaje y todo ello frente a la catedral de St. Patricio inundaron el momento de irrealidad. Un completo absurdo de un resplandor demasiado convincente.

 

Algo abrumado di con mis pasos en un museo de oddities y agradecí aquella paz instantánea. Una joven se dirigió a mí con una sonrisa. Era Nadia, marroquí residente en New Jersey que en pocos minutos acabó dándome su teléfono. Sus rasgos respondían a la genética de su geografía. Pero su cultura iba mil millas por delante de su país de origen. Había estudiado empresariales y vivido en varios países. Su expresión revelaba que estar en aquel mostrador expendiendo entradas a chiquillos con ganas de risas no era exactamente lo que esperaba de la vida. A mí sólo se me ocurrió preguntarle: "¿Vendrás conmigo al Izod?". Precisamente el Daily News había dedicado una doble página ese día a los derrumbados Nets. Y ella asintió.

 

Es de hacer notar la incuestionable cortesía con la que me he encontrado. No hay una sola persona que se acerque a medio metro de uno sin excusarse o directamente pedir perdón. Es un tipo de educación tan común en un Deli del Bronx como en el Tiffany's de Wall Street. Dicen por aquí que todo hombre es una posible venta. Aunque Gustavo, un mexicano que conocí en una bolera de la 42, sugiere otra cosa: "Aquí todos quieren ser ‘celebrities'. Por eso funsionan cada minuto como ‘public relations'". Gustavo se excedió conmigo. Me invitó a quedar cuando quisiera y, de paso, conseguirme un trabajo si me hiciera falta. "Si tú nesesitas yo llamo a mis contactos. Acá siempre dólares hasen falta".

 

Otra de las impresiones que rápidamente acuden es que los inmigrados hispanos aprenden tan rápido el inglés como olvidan su lengua materna. "Hablan muy mal. Pero no sólo ellos. Yo una vez abandoné un taxi porque el muy sinverguenza no abría la boca para dirigirse a mí, no vocalizaba. No lo habría entendido ni su madre y yo soy una señora". La señora en cuestión es Paulina, una veterana exiliada chilena de la que ahora soy vecino. Porque ahora toca lo bueno, lo que sigo sin asimilar del todo, lo que el destino me tenía deparado como entrada a este otro mundo.

 

Seré rápido. La noche del jueves recibí una llamada de vuelta. Una de las decenas que yo había enviado a fotógrafos, bohemios y usureros en mi desesperada búsqueda de nido. Era cerca de la medianoche cuando al otro lado del teléfono una mujer se dirigía a mí en ese castellano herido por demasiados años aquí. "Si quieres puedes venir a verlo ahora. Es la única hora que puedo enseñarlo. Apunta la dirección: Central Park West / 108th Street". Salí del albergue de cabeza y tomé un taxi. En pocos minutos estaba allí hablando con una mujer de aspecto jovial y nacionalidad chilena que trabajaba en una ONG internacional. Según me dijo pasaba meses fuera embarcada en grandes proyectos en África, Sudamérica y la India. El precio que pedía no era normal. No allí. Digamos que se ajustaba entonces a ese tipo de persona que parecía representar.

 

La habitación era amplia y sencilla. Una cama y un armario. "Pero... ¿si digo que me gusta y que me quedaría aquí?". No podía creer que me estuviera ofreciendo quedarme. Imaginaba a cientos por delante de mí. "Entonces es tuya". De vuelta al albergue sabía que no pegaría ojo. Lo había conseguido.

 

En la noche del domingo me instalé. Es de hecho el primer momento en que me detengo un par de horas, horas que por fin he empleado en contar algo y volver a sentirme el que todavía creo ser. Todavía no consigo creerlo. Me lo repito una y mil veces sin éxito. Vivo en Manhattan. Joder. ¡Vivo en Manhattan!

 

 

 

 

 

Además de Mónica, la dueña, comparto piso con una hermosa joven taiwanesa de formas hipnóticas que enseña mandarín a altos cargos de Wall Street. "Slowly, Li-Lei, slowly", le digo cada vez que me avasalla con su perfecto inglés. Más quisiera decírselo en otras circunstancias. Porque he dicho hermosa y bien que lo es. Como hermosas me resultan el ochenta por ciento de las mujeres de piel café. Tiene que ser algo seguramente relacionado también con mi enfermedad. Como si viera en ellas una especie de sexual enebeá.

 

Debo reconocerlo. El destino me ha sido de momento muy grato.

 

Si subo la 108 camino de Amsterdam Avenue dejo a mi izquierda el Booker T. Washington Junior High School, donde el rechinar de las zapatillas sobre el parqué llega hasta la calle. Un poco más al norte me esperan la universidad de Columbia y el City College of New York. Y a tiro de piedra Broadway y el Hudson.

 

Pero lo más increíble, mucho más que estar a pocos metros de Central Park, que abre su inmenso verde bajo mi ventana, es que el C Train, cuya estación queda a 30 metros del portal, me lleva directamente y en menos de 20 minutos a la 34 de Penn Station, esto es, al Madison Square Garden.

 

Y aquí es exactamente donde empieza mi nueva vida, el únivo y verdadero motivo por el que estoy aquí. Porque para mí Nueva York no es la capital del mundo. Para mí Nueva York es exactamente el corazón de lo que Pete Axthelm definió como The City Game. Y juro que ya lo huelo desde aquí.

 

Así que vamos a ello. Me aguarda una soledad astronómica. Pero cueste lo que cueste, allá vamos.

 

Porque esta minúscula unidad invisible que soy aquí y ahora tiene ante sí una colosal batalla que comenzar a librar. Dios me asista.

Revelar a estas alturas ciertos pasajes en la vida de Phil Jackson es como mover un Picasso a cualquier museo. Brillará en todos, como si se pone del revés.

 

El técnico más laureado en la historia del baloncesto profesional americano ha alcanzado ese estadio de invulnerabilidad exclusivo de las leyendas de verdad. Nada negativo le afecta y hasta quedó atrás aquella molesta etiqueta de aristócrata. Por lo visto ya no son los jugadores quienes le hicieron grande. Sino él quien permitió a los más grandes simplemente serlo.

 

Jackson goza hoy de un respeto sagrado. Hasta sabe a poco pensarle como entrenador. Porque sugiere ya la reverente condición de maestro, guía, docente, psicólogo, escritor, intelectual y al paso, un icono de la alta canasta, como un Christian Dior del baloncesto. Toda aquella aureola que a no pocos irritaba -incluido Auerbach-, esa sobredimensión de su figura, ha adquirido ya una condición de realidad que nadie se atreve a cuestionar, aunque en una de sus habituales boutades asegure que Abdul Jabbar no responde a su ideario de líder.

 

La prensa, incluso la más habitual y convecina, se dirige a él en actitud que mezcla súplica, temor y connivencia, a lo que Jackson, eludiendo los ojos de los periodistas, pequeñas sombras que le llegan como un zumbido, responde con cada vez mayores dosis de ironía y desprecio. Hace tiempo que ganó todas las batallas. Y demasiado que ganó la guerra.

 

Hasta hay algo en su porte de vieja majestad. Con una planta envidiable y palabras que parecen salmos, rebosa de esa insondable posición que el gusto femenino observa como irresistiblemente interesante. Cuando camina, pesadamente por la fascitis y una espalda doblada, lo hace como aquellos viejos maestros que aguardaban el fin de jornada para caer a plomo en su sillón de biblioteca. A Jackson le aguarda un trono en cada pabellón.

 

 

 

 

 

Y todo esto parece mentira recordando lo que Jackson fue, dónde creció y a qué parecía destinada su existencia. El castellano refiere vulgarmente a esos individuos como paletos de pueblo.

 

Criado en las profundidades de la América rural, fronteriza entre Montana y Dakota del Norte, la vida del joven Phil no era sino estricta vida religiosa. En el seno de una familia entregada al Pentecostalismo ninguna aspiración superior a la santidad del creyente.

 

En Williston un chico aprendía a conducir con siete u ocho años. Todo para que a los diez supiera manejar el tractor. Allí no había tele, ni fiestas ni bailes, ni alcohol ni cigarrillos, ni chicas ni tebeos. Y tampoco música que no fuera el coro evangélico de los domingos, donde Phil, a juicio de los feligreses, apuntaba maneras de tenor o barítono. La misa era diaria. Como la lectura de la Biblia al acostarse. Si practicaba algún deporte, nada de violencia o ensañamiento con los derrotados. Y entre aquellos tiernos sudores, clases de piano y trombón así como pequeños papeles en obras teatrales de la escuela, con los clásicos y apóstoles por bandera.

 

A pocos días de cumplir Phil los 17 años, desdentado por la embestida de un buey al que tocaba alimentar a diario, su hermano mayor, Joe, recibió permiso para llevarle al cine. La película, Siete Novias Para Siete Hermanos. Hasta entonces el muchacho no sabía ni lo que era una película ni lo que era el cine. Y tan maravillado debió quedar que Joe quiso repetir la experiencia de sorprender a su hermano. Pero esta vez sin permiso. Montó al pequeño en el coche y lo condujo hasta fuera del estado. "Te voy a llevar a ver mundo", bromeaba. Y en su inocencia Phil lo creía a pies juntillas, como si aquellas otras montañas, carreteras y piedras fueran todo el mundo que había de conocer.

 

 

 

 

Como suele, fue su estatura lo que llamó la atención del entonces técnico jefe en la Universidad de Dakota del Norte, Bill Fitch, y su asistente Jimmy Rodgers. Era fácil reclutar a un mozo allí. Y tres años de educación universitaria bastaron para abrazar el darwinismo y granjearse el interés de los Knicks a través de su técnico Dick McGuire, que poco después dejaría su sitio a Red Holzman abriendo así el periodo más brillante -el único en realidad- en la historia de New York.

 

Deportivamente Phil Jackson era un joven desgarbado sin trazas de atleta. Su única virtud era el gancho, que formaba lenta y pesadamente a la zurda. Su facilidad para cometer faltas no tenía parangón y cada vez que le llegaba el balón un nervioso murmullo inundaba el Madison. "Podía oírles perfectamente. Comencé a ocultarme, a estar lo más lejos posible de él". Pero ya no fue posible cuando tocó suplir al lesionado Reed en la campaña del 72, en la que llegó a recibir una carta que deseaba su muerte. Jackson fue el primer jugador de la historia en reclamar de la liga que el seguro médico incluyera tratamiento psiquiátrico. 

 

Pero había algo misterioso en él que gustaba a Holzman. Era un tipo sacrificado, generoso y alegre. "Te prohibo driblar -le ordenó-. Ya aprenderás todo aquello donde seas útil". Holzman habría acogido como un hijo a aquel joven meditabundo de apariencia confusa. Pero al momento de conocerse respondían a perfiles diametralmente opuestos. Conservador uno, libertario ya el otro, un incidente vino a unir sus percepciones y materializarlas sobre el papel.

 

La temporada de 1970, la del feliz título, la perdió Jackson entera por lesión. Pero ganó algo cuyo verdadero valor entonces desconocía. "Ver los partidos desde fuera -recordaba- me convirtió en un tipo mucho más crítico sobre lo que en realidad ocurre ahí dentro. Comencé a ver equipos en lugar de simples jugadores y desarrollé una percepción más precisa de qué es lo que necesita realmente un equipo y qué no". Y el viejo Holzman comenzó a reclamar su opinión como scout de los equipos rivales, tarea en la que Jackson se sentía muy cómodo. "Yo no era lo que se dice un buen deportista. Pero sí valía en situaciones de tensión. Sabía reaccionar en escenarios difíciles". El suyo con el Madison acabó en la feliz temporada del 73.

 

Nada hay aquí de Sacred Hoops ni la manida filosofía Zen. Son demasiados los decepcionados con una obra cuyas intenciones mejor satisfacen otros autores. Cierto que su fondo está reflejado en multitud de episodios y conductas a lo largo y ancho del Jackson entrenador. Pero interesa mucho más su recorrido anterior, un trayecto perfectamente trazado en el periodo comprendido entre los últimos sesenta y los primeros setenta en la capital del mundo. Una mezcla explosiva.

 

En apenas una década (1965-1975) el bandazo de Jackson fue total. De la granja a la urbe, del catecismo al mentalismo y de los aperos del campo a la túnica del alma. 

 

New York hizo de Jackson un hippie moderado. Abrazó sus causas pero no renunció al orden material de la vida. Y tanto desaliñó su aspecto como engalanó su ideario. El joven Jackson se sumergió plenamente en las vivencias psicodélicas de la época. Vivencias que transitaban de lo político a lo artístico, de lo ecológico a lo sexual. Y entre tanta agitación hundiría sus retinas entre páginas de Huxley, Pirsig, Castaneda, Whitman y Leary. Especialmente en este último, a cuyo recordado eslogan -"Sintoniza, despierta, descuélgate"- se entregó en cuerpo y alma con la debida discreción.

 

Jackson nunca ocultó su experimentación con las drogas. No con todas. Tan sólo con las llaves que descifraban aquel recurrente misterio que Huxley y Morrison universalizaron como The Doors. No eran de su interés ni los estimulantes ni los narcóticos. Tampoco el alcohol por su corto recorrido. Con aquella poderosa obsesión por el psiquismo, se vio inevitablemente seducido por los amplificadores. Consumado el anillo de 1973 Jackson se embarcó en un desfile de vivencias introspectivas marcadas por el LSD, la mescalina y la marihuana, con la que llevaba tiempo conviviendo como jugador. Hoy alarma lo que entonces era el vórtice juvenil de la época. Con gusto Jackson habría aprobado aquella fantasía de Leary de contaminar con LSD los depósitos de agua de una gran ciudad.

 

Aquel verano del 73, verano de noches lisérgicas junto a una actriz de segunda fila en las playas de Malibú, "resultó personalmente algo tan dramático como ganar el título con los Knicks. (...) El LSD me brindó una de las experiencias cumbre de mi vida. (...) Aprendí a amarme a mí mismo y me convertí en un jugador completamente orientado a la filosofía de equipo".

 

Publicada en su primera obra autobiográfica -la extraviada Maverick (1975)-, aquella honesta confesión equivalía también a un material delicado y al riesgo de que los medios abusaran de su lado más vulgar y morboso. Contrariamente al bizarro caso de Dock Ellis, Jackson sabía lo que hacía. En sus viajes al centro del alma nunca dejó de pactar con el mundo real. Tan sólo sumirse en su más allá y transferir a su conducta toda aquella profundidad de conocimiento.

 

 

 

 

No dejan de ser curiosas algunas consecuencias de sus memorias. Al poco de iniciar Jackson su desfile de anillos Pat Riley no tuvo reparos en elogiar su figura: "Es un hombre de amplia perspectiva y nuevas dimensiones que aplicar al significado de ser entrenador". Pero cuando Jackson anticipó el anillo del 99 como un punto débil en la historia la reacción de Riley fue de muy distinto signo: "Creo que son los efectos del LSD que todavía le duran. Qué coño sabrá él. Debería cerrar la boca ahora que no está en la liga. El problema es que no quiere conceder ningún crédito a nadie". Para entonces hacía demasiado que Jackson conocía el valor de una sonrisa como escudo.

 

Cuando colgó las botas en 1980 después de codirigir los Nets junto a Kevin Loughery su futuro como técnico estaba escrito. Pero previsiblemente no más allá de una cuarta fila.

 

Tras su paso como comentarista para los Nets desapareció del mapa. Como si el baloncesto no fuera ya con él. Y de hecho así fue hasta que la CBA llamó a sus puertas para darle una oportunidad. En Albany puso una insólita doble condición basada en el más absoluto igualitarismo:

 

- Todos jugarán y descansarán los mismos minutos.

- ¿¡Qué!?

- Y también ganarán lo mismo. No voy a romper el equilibrio de este equipo por unos cuantos dólares. Sólo los casados ganarán un suplemento de 25 pavos más a la semana -advirtió al directivo de los Patroons y presidente de la liga, Jim Coyne, que también accedió a su segunda petición-. Y por favor, sabes que yo valgo más.  

- De acuerdo. Treinta mil. Ni más ni menos.

- Te prometo que el año que viene ganaremos el título.

 

Y la promesa  fue cumplida.

 

En adelante serían innumerables los episodios reflejo de su personalidad. Es célebre la primera -y fracasada- cita con Chicago Bulls. Presentado por Jerry Krause a Stan Albeck por un puesto de asistente, el técnico tardó dos segundos en disolver la cita. "¿Qué clase de tipo se presenta con esas pintas?". Vaqueros anchos, gruesos tirantes y un enorme sombrero panameño que el candidato había adquirido en Puerto Rico para protegerse del sol. "Lo siento, Phil", se disculpó Krause antes de Jackson ironizar: "Y esto me lo hace un tío que se riza el pelo".

 

La siguiente fue la buena. Aunque hiciera falta algo más.

- Esta vez -advirtió Krause- haz el favor de presentarte en condiciones.

 

El resto es historia. Una historia que arranca pasando por encima de Collins y que culmina con el anillo de 1991, tras del cual Jacko aceptó a regañadientes acudir a la tradicional cita con el presidente. Como las lejanas noches bíblicas George Bush encarnaba todo aquello de lo que había huido.

 

Su madre, Elizabeth, abrazaría de buen grado la fortaleza económica de Phil. No hay religión que lo resista. Pero no dejaba de presentarle sus dudas acerca de su deriva espiritual, ante lo que Jackson respondía con esa magistral ambigüedad inmune al engaño: "Madre, sigo siendo lo mismo: tu hijo".

 

Phil Jackson no es mentira. Su vida le avala. Pero desde un punto de vista estrictamente humano, resulta mil veces más interesante escrutar su camino hacia la madurez que su gloriosa carrera en la NBA. De aquel andar de juventud se hace obligado rescatarle para comprender parte de su hermosa complejidad.

 

La muerte de Timothy Leary cogió a Jackson en plenas Finales del 96. Lejos de separar su profesión de la rendida admiración hacia un sacerdote de juventud, Jackson actúo con la coherencia de un hombre para quien profesión y vida fueron siempre la misma cosa. Antes de un entrenamiento tributó junto al equipo un minuto de silencio que coronó con estas palabras: "Creedme, fue un tipo impresionante. Pero terminó demonizado por la prensa cuando había causado una profunda impresión a toda la gente de mi edad. Fue un verdadero portavoz de mi generación".

 

Se comprende así más fácilmente su habitual proceder: las ofrendas de libros, personalizadas al carácter de cada jugador, sus entrenamientos sin balón, sus sesiones de video con música adecuada, sus películas mensaje o sus tiempos muertos de silencios y burlas a la ciencia táctica: "Hay que anotar y como hay que anotar ya sabéis quién lo tiene que hacer", repetía no pocas veces en sus tiempos de Chicago. Donde otros muchos técnicos blindaron su persona bajo el acero del cargo, Jackson hizo de sus jugadores depositarios de sus inquietudes, ejerciendo, y la metáfora es obligada, el papel de padre maestro de hijos alumnos. Con tal éxito que Michael Jordan o Shaquille O'Neal pondrían la condición de seguir con él o no seguir.

 

 

 

 

 

A su mano Rodman funcionó. Artest lleva camino. Es como si Jackson fuera capaz de enderezar a Manson, Chikatilo o toda alma perdida. Su epitafio bien podría firmar: "Aquí yace un hombre al que la vida devolvió la sonrisa". Esa finísima mueca, no olvide el espectador, encierra a estas alturas demasiadas cosas que torpemente hemos aquí perfilado.

 

Diez veces campeón de la NBA. Y cabe preguntarse si eso es suficiente para descifrar su legado.  

 

Brandon Jennings es un encendido debate. Una controversia política y deportiva que su nombre ya tiene por condena. Future shock, titulaba con acierto aquella portada de SLAM. Porque shock es la sensación y la idea. El perfecto reflejo de la irrupción de Jennings en esta NBA que sabe ya a 2010.

 

El fenómeno merece una atención muy especial. A sus 20 años Jennings ha derramado más tinta que infinidad de carreras al completo y burlado en dos semanas la lógica de lo ascendente. Cuando todo recién llegado brega por subir, se presenta Jennings a tal altura que da vértigo remontar el pasado para encontrar algo parecido.

 

Se ha contado ya de mil maneras. Pero la noche de Golden State, su séptima de carrera, Jennings alcanzó esa indescifrable migración al aro, conocida como zone, que millares de jugadores ni pudieron imaginar en vida. Jennings lo metía todo (12 de 13 para 29 sin pérdidas en un tercer cuarto de 223.1 en Offensive Rating / 45 en la segunda mitad). De triples en carrera a largos tablazos frontales, como si hubiera hecho falta una carambola al suelo. Estaba tocado. Y lo sabía. No precisaba de tiempo ni reflexión. Cuanto antes pisara ataque antes consumaba el acierto. Jennings hizo carne aquella sobrehumana sensación que Jordan definió como anhelo. Anhelo de que los partidos "no terminaran nunca".

 

Moneda de Vaccaro y las presuntas mafias que mercantilizan infantes, Jennings se ha convertido en sinónimo de subversión. Se vino a Europa porque Arizona no aceptaba su deficiente índice académico. Eludió la tarima de presentación en el draft y maldijo en silencio su posición, contra la que ahora libra batalla cada noche. Y tanto burla protocolos como aspira a derribar mitos. Del artificial límite de edad ordenado por el último Stern al desesperado grito universitario por preservar privilegios, Jennings emerge como icono del camino inverso, "with modern lead guard skills -añadía Ryan Jones- and a healthy ego".

 

Esto es Jennings. Un ansia de triunfo en lo único que tal vez sepa hacer. Un hijo de nuestro tiempo. Del difícil tiempo americano.

 

Con él es inevitable otra sorpresa. Una sorpresa en forma de incoherencia entre el Jennings de Roma y el Jennings de Milwaukee. No pocos aprovechan el presunto fiasco del chaval aquí para sacralizar la dificultad del baloncesto europeo, que lo es al más alto nivel. Pero no es una razón suficiente.

 

A los 19 años, inoculado de repente en un mundo completamente nuevo, de idioma y cultura desconocidas, resulta muy difícil no ya brillar sino simplemente desatar a gusto todas las cualidades que uno encierra. Sin un minutaje amplio, incorporado a la grave arquitectura de una escuadra europea (sumida en problemas de orden interno), sobre un baloncesto de tempo mucho más lento y diseño en estáticos, sin apenas espacios ni carreras, bien vale apreciar en el joven su silenciosa integración en ese mundo igual que vale hacerlo con el Childress de Grecia. "Es un estilo muy distinto. (...) -elogiaba el chaval en Roma-. Un tipo de juego mucho más en equipo y por eso comparto minutos. (...). Estoy aprendiendo y creo que es una gran situación". Tanto como que su temporada de novato no existe. Porque ya pasó.

 

La severa experiencia de Jennings en Europa le ha servido de mucho. De muchísimo. Igual que su viaje de Compton a Oak Hill -"por fin mi vida no se distrae con nada que no sea baloncesto y escuela"- Europa puso freno a todo ese peligroso excedente que su ego podía observar como ilimitado. Libre ahora de esos férreos correajes Jennings ha explotado todo lo que, en la intimidad, ha seguido trabajando. Igual que Saras dejó de extrañarse a su regreso, Jennings ha vuelto a casa y así lo siente todo su potencial. Potencial que Dejan Bodiroga no tuvo reparo en alabar cuando otros sólo atendían a la pobreza de los números: "Es uno de los mejores talentos que he visto en mi vida".

 

Más allá del escepticismo, de la lógica sorpresa generada por un jugador que en lugar de aspirar pesadamente a la cima parece arrancar de ella, cierto ideario conservador, típico de nuestra vieja Europa, parece recelar y temer de su repentina explosión, como si al hacerlo el baloncesto como juego perdiera consistencia, credibilidad, razón de ser. 

 

Y una vez más, es de hacer notar la deplorable devaluación mental a que ha conducido el largo siglo de progreso en nuestro juego, especialmente a este lado del mundo.

 

No hace tanto tiempo que aquí mismo los dioses se nombraban a golpe de Galis, Petrovic u Oscar. Los dioses eran los que veían aro con misteriosa facilidad. Ahora, en cambio, se hace trono de cualquier cosa que no implique directamente canasta. Dos pases certeros, cuatro robos en defensa, manejarse en el poste alto, "innovar" cociendo el juego, ser joven y centroeuropeo de apellido impronunciable o esa ridícula coartada de los intangibles valen, en suma, mucho más que anotar. Es como si el viejo aficionado, sobrado de medios y años, hubiera perdido toda frescura, y lo que es peor, el sentido original que lo aficionó al baloncesto para terminar convencido de que las canastas son lo último que celebrar y sus autores lo primero que condenar.

 

 

 

 

Así Jennings cumple con esos requisitos que hacen del negro un negrata, del desafío soberbia, del talento sospecha y del tatuaje delito, esto es, todo ese maléfico orbe de cosas del que el viejo europeo, por puro esnobismo, sale disparado.

 

Tal vez todo resultara más sencillo de no estar Ricky Rubio por medio. Ninguno de los dos tiene la culpa. No están enfrentados. Mucho antes hermanados por la histórica circunstancia de que los dos mejores bases adolescentes estaban fuera de los EE UU. Pero el gran público ha caído en la morbosa trampa de enemistar lo que representan observando, en un lado, a Rubio como la quintaesencia del genio generoso y a Jennings como el millonario egoísta. Y en el otro, al overrated huido frente a una valiente realidad.

 

Porque Jennings batalla también analogías por allí. No deja de ser curiosa la observación de Kurt Rambis en la maliciosa comparativa que la prensa corrió a establecer con Jonny Flynn, cuatro posiciones por encima de Brandon en la noche del draft. Objetaba Rambis con razón que Flynn está sometido al aprendizaje del triángulo incorporado ahora a los jóvenes Wolves. Se siente por ello menos libre que Jennings en el nuevo grupo de Skiles. Y siendo cierto, no deja de resultar sumamente interesante que el vocablo libertad aparezca en la misma frase que Scott Skiles. Así de imposible resultaba hasta ahora. Así hasta que Skiles no ha querido oponerse a lo que el novato, muy por encima de tácticas, está resolviendo por sí mismo.

 

"Y Milwaukee ¿qué está ganando?", me preguntaba con sorna un buen amigo cuando la pregunta correcta sería qué ganaría Milwaukee sin él. Porque los Bucks no están para ganar mucho este año. Y ése suele ser terreno abonado para el aprendizaje, el rodar y madurar de jóvenes recién llegados, tal y como experimentó Calderón a su llegada a Toronto.

 

De momento ganar es lo único que ha conocido el joven Jennings. Sin su concurso aquel 45-0 con el quinteto intacto (Jennings - Hackett - Story - King - Love) no habría sido posible. Igual que rivales como Derrick Rose y Eric Gordon no sabrían lo que es perder ante un equipo liderado por él. De tan brutalmente joven no es posible tirar muy atrás en su vida sin caer en la niñez.

 

Si el debate fuera simplemente deportivo, la reacción debería ser otra. No es un hecho diario descubrir a un jugador que, a la espera de detonar potencias de pase -cosa que ya hizo con suficiencia en HS-, tiene algo de Tiny Archibald y Isiah Thomas, un descaro anotador que rescata por lo menudo del cuerpo la memoria de Calvin Murphy o hasta lo mejor de Allen Iverson antes de enfermar de sí mismo; una zurda tan eléctrica y tan del gusto del balón que sus días en Oak Hill remitían al recuerdo de Kenny Anderson. Igual que disparando suspensiones vivas tiene mucho de aquel Elliot Perry que burló en Phoenix diez miserables días de contrato.

 

Jennings tiene algo de todos y nada de nadie.

 

Nunca mejor noticia que la irrupción de un jugador joven que parece no serlo. De algo así nada hay que temer. Acaso únicamente, advertía Hollinger, determinado establishment muy localizado que habla en forma de siglas (NBA/NCAA). Porque el debate más profundo allí es esencialmente político. Como política parecía la maniobra que pudo hundirle la noche del draft.

 

De hacerse Jennings con el Rookie of the Year la amenaza de fuga juvenil a Europa tendría en él su punto de partida. Igual que Rubio (#5) ha abierto la espera como una posibilidad. Hasta eso los une, como avisaba Lang Whitaker en nombre de ambos: "The quo has lost status".

 

El único riesgo plausible en Brandon Jennings, su única culpa, es haberse presentado en la cumbre. Cosa con la que todo joven ha soñado alguna vez.

11/11/2009

- ¿Su hermano?

- Sí. Voy hacia allá.

- No sabía que... -se sorprendió Fitzgibbon- El caso es que él no está aquí. Tal vez debería usted decírselo.

- No, no. Mejor no. Le daré una sorpresa.

 

..................................................

 

 

A lo largo de 35 años la vida de Kevin Williams transitó entre la neurosis y los celos. Tan inteligente y calculador como desconfiado, nunca terminó de soportar el éxito de su hermano pequeño, como si éste le privara constantemente de cada pequeña victoria. El cariño de mamá, la atención de las mujeres, el triunfo en los deportes, la facilidad para el dinero y la popularidad. Todo ese desigual repertorio de cosas que a ojos de Kevin, para colmo asmático, le convertían en un perfecto desgraciado.

 

Hasta los terribles abusos del padrastro parecieron concentrarse con mayor sadismo en el primogénito. Era como si el destino se hubiera ensañado con él, eligiendo al pequeño Brian para proseguir la gloria del abuelo, Calhoun Williams, pianista con Duke Ellington, y del padre, Gene Williams, cantante de los Platters, un talento admirable y un devorador de aventuras, la primera de las cuales terminó en matrimonio cuando madre, Patricia Phillips, contaba con 17 años.

 

Cinco después el divorcio.

 

A edad adolescente, cuando un mozo aguarda ser convencido para tomar un camino en la vida, los dos hermanos pasaron un año entero en Las Vegas junto a su padre, el gran artista. La vida adquirió allí una nueva dimensión. Actuaciones, grandes hoteles, night clubs y casinos. Una fascinante parafernalia que hasta palidecía ante aquellas fantásticas historias de padre y sus viajes alrededor del mundo. Kevin también lo envidiaba. Tal vez porque ya entonces se sabía vetado a ese tipo de conquistas. Brian, en cambio, había sido conquistado. En su tierno espíritu prendió la mecha de la aventura, como si no fuera otro el sentido de vivir.

 

No es que los hermanos no se quisieran. Es que los sentimientos ardían en permanente colisión. Las pequeñas riñas y reyertas forman parte de lo habitual entre chiquillos hermanos. Pero cuando el tiempo avanza lo suficiente como para hablar de dos jóvenes por encima de los veinte años y los dos metros, uno informático el otro estrella de la canasta en Arizona, el asunto escapa incluso a la pedagogía.

 

Ningún episodio más revelador que la excursión que madre quiso disfrutar con ellos el verano de 1990 en el Gran Cañon. Ni un solo instante de aquel infernal fin de semana se libró de la batalla. No bastaban los gritos y amenazas, llegando ambos a las manos y los pies sin que una mujer, fuera madre o santa, pudiera hacer nada por evitar la pelea, la vergüenza y la atónita mirada de los testigos. Patricia no entendía nada. Sobre todo en el menor de sus hijos, a cuya educación había entregado un exquisito cuidado desde que fuera niño, cuando flanqueaban sus horas de escuela el jazz y el yoga. Madre habría dado la vida por volver a aquellas tarde en casa, cuando sus dos pequeños convivían en paz enfrascados en montar aviones de miniatura, ayudándose en silencio, como si un solo cuerpo moviera las cuatro manos.

 

Y aquel primer núcleo familiar corrió una vez más a dispersarse. Padre en Nevada, madre en Phoenix con su segundo marido, Kevin en California y Brian, poco después, en Florida. Porque Orlando Magic había decidido apostar por él como número 10 del draft de 1991. La carrera profesional de Brian Williams había, pues, comenzado.

 

En los seis años siguientes fueron pocos los periodos de paz. Pocos y muy frágiles.

 

En su segundo año fue apartado del equipo por depresión. Un término demasiado flaco para describir algunos de sus extraños tormentos. Se despertaba inquieto a medianoche sin que pudiera volver a coger el sueño. Le aterraba la idea de abandonar la cama para acudir a entrenar. Una mañana, marcando a Shaquille, cayó a plomo al desmayarse en mitad de una sesión. Otra quedó dormido al volante y fue a estrellarse contra una torre de alta tensión. Al cruel insomnio, al que una noche llegó a combatir con la ingesta de 15 pastillas, se sumaba lo inconveniente de su educación vegetariana. Dos mil calorías cuando necesitaba el triple. Odiaba con todas sus fuerzas Orlando, una ciudad -solía decir- "hecha para turistas".

 

El técnico Matt Guokas creyó estar tratando con un loco cuando tras una derrota en Dallas un comentario suyo en el vestuario -"No podemos seguir así"- despertó la ira de Brian como si fuera con él. Allí se acabó la charla. Al inmediato reproche de Skiles -"¡Cállate, esto no va contigo!"- ya no hubo manera de detenerlo. Ni siquiera en los días siguientes a cuyo primer entrenamiento terminó a puñetazos con Jeff Turner. En adelante ningún componente del equipo se referiría a él sin emplear la palabra "medicación".

 

Donde otros veían glamour Brian sólo ridículo. No le impresionaba la NBA. Antes bien añoraba las andanzas con su odiado padrastro, Ron Barker, al que nunca podría pagar en gratitud haberle ingresado tiempo atrás en los hipnóticos mundos de Coltrane, Adderley o Miles Davis. 

 

 

 Miles Davis

 

 

Este último era lo único en el mundo que parecía poner de acuerdo a los dos hermanos. Ambos idolatraban hasta lo indecible su obra y figura. "Si yo tuviera por el baloncesto -reconocía el pequeño- la misma pasión que Miles Davis por la música, sería uno de los mejores jugadores de la historia".

 

Brian fue sometido a un severo tratamiento médico.

 

Para cuando despertó lo hizo en Denver, en aquellos Nuggets que una noche reventaron la liga por liquidar a los Sonics, el primer equipo de la temporada. La noche que las cámaras recogieron el éxtasis de Mutombo en el suelo de Seattle Brian Williams había sido el mejor (17 puntos y 19 rebotes). Dulce y fugaz alegría. No mucho después acabaría en el equipo pobre de Los Angeles antes de pasar la temporada del 97 casi en blanco por una intervención quirúrgica.

 

 

Seattle, 7 de mayo de 1994

 

 

Para entonces la figura de Brian Williams era la más insondable y enigmática de toda la NBA, un mundo voraz que lo observaba como un bicho raro sobre el que circulaban todo tipo de rumores, desde que fuera gay por no ceder a las veleidades sexuales comunes en la liga o atiborrarse de desodorante antes de entrenar a que, obsesionado por los nutrientes, hubiese llegado a comer tierra. Y tampoco él ayudaba:

 

- ¿Qué opinión te merece que haya mujeres árbitros?

- Soy partidario de la igualdad de derechos.

- Entonces, ¿qué te parece?

- Una absoluta memez.

 

En temporada era imposible quedar con él. Bohemio de dormitorio y autor de poesía urbana, se ocultaba del mundo entregando sus horas al saxo, la trompeta, el bajo y la guitarra o leyendo a Kant, Nietzsche y Kierkegaard. Entretanto sumergía al extremo su aislamiento buceando en el gigantesco acuario que había hecho construir en casa.

 

En una ocasión rompió a llorar amargamente para asombro de sus compañeros. ¿El motivo? Una película sobre el Apartheid. Tampoco era menor la sorpresa de quienes, antes de cada entrenamiento, le veían correr por las gradas del pabellón y, de repente, ocultarse unos segundos bajo los asientos. Una noche, volando junto a sus compañeros de Denver, Brian se incorporó súbitamente y corrió pasillo atrás antes de hacerse oír por todo el avión: "¿Y qué pasaría si abro ahora esta compuerta, eh?". Al parecer se trataba de una broma. Pero todos callaron.

 

Tampoco nadie sabía muy bien qué decir cada vez que en el autobús de Detroit se preguntaba: "Bien, ¿estamos ya todos?". Y alguien respondía: "No, falta el de siempre".

 

Era como si el baloncesto le pesara amargamente y Brian estuviera ansioso por que todo terminara para dar rienda suelta a sus ensoñaciones, como hacía cada verano. Piloto de aeroplanos, había corrido en San Fermín, alquilado camellos para perderse en Egipto, apostado dinero en los casinos de Mónaco, disfrutado de la noche en Cuba, México y Marruecos, disparado ráfagas de ametralladora en Beirut, gozado de la prostitución de lujo en el sur de Francia y recorrido en bicicleta travesías de mil trescientos kilómetros por el desierto americano.

 

El 2 de abril de 1997 el baloncesto le recuperó en el mejor lugar imaginable: Chicago Bulls. La baja por lesión de Bill Wennington rescató a Brian de la agencia libre para disputar junto a Jordan, Pippen y Rodman dos meses de auténtico ensueño y conquistar el anillo, algo por lo que muchos otros dotaban de sentido a sus vidas.

 

Jordan había sido muy claro con él: "Aquí vas a hacer esto, esto y esto. Y mientras no haya partidos, entrenamientos o viajes, al gimnasio". En apenas semanas Brian alcanzó su plenitud, la de un rocoso ala-pívot en torno a los 2.08 de hábil zurda y formidable destreza para rematar en los aledaños del hierro.

 

Y todo ello sin dejar de ser él mismo. Durante las Finales Jackson le previno de las noches con Dennis Rodman. "Ten cuidado con él. Acabará contigo". Y Brian respondió compartiendo habitación en el hotel de Utah con el vocalista y guitarra de Smashing Pumpkins, Billy Corgan, tan encantado inicialmente con la experiencia como devastado poco después por un entusiasmo y vitalidad que sentía incapaz de secundar. "Espera, espera, escucha esta otra que he compuesto". Asolado por la noche y el sueño Corgan había perdido la cuenta. "Por favor, basta ya, acuéstate y duerme". Pero Brian seguía a lo suyo.

 

Fueron días de verdad fabulosos. En Chicago, por primera y única vez, Brian experimentó algo cercano a la felicidad en esa profesión que el destino le había deparado.

 

Una profesión que aquel verano le premiará finalmente al extenderle Detroit un cheque por valor de siete años y 42 millones de dólares. De entre el mucho trabajo que urgía a Doug Collins había una pequeña parte, menos técnica que humana, que le afectaría personalmente. El cuidado de aquel enigmático muchacho que a ratos le resultaba tan brillante como frágil. "Me hizo un regalo por Navidad. Es el único jugador en toda mi carrera que ha hecho algo así conmigo". Una sensibilidad de la que no eran muy partícipes los compañeros, especialmente Christian Laettner, que no eludió acusar a Brian de ser un continuo motivo de distracción para el equipo. 

 

Una noche en Philadelphia Derrick Coleman le desafió camino de vestuarios para iniciar una pelea, a la que Brian renunció de inmediato a pesar del fuerte empujón recibido. Collins le felicitó por el gesto. A su juicio había obrado bien por el equipo. Pero el equipo no pensaba lo mismo y en el autobús Brian lamentó escuchar el murmullo de desaprobación por lo que algunos consideraban un acto indigno de un hombre. Tiempo atrás había sido multado por la liga por ingresar en pista para poner fin a una reyerta entre Chambers y Mutombo.

 

Collins fue de los pocos en agradecerle personalmente los diez mil dólares que costó invitar a cenar a todos los miembros de la plantilla.

 

Así Brian celebró la huelga del 99 como nadie. Acaso tan sólo como Rodman. Disponía por fin de tiempo para sumergirse en profundas travesías en solitario, de transfigurarse en un Kerouac africano, de alterar incluso su identidad por la de Bison Dele en honor a sus ancestros. Aquel nuevo nombre incorporaba la pureza Cherokee, la libertad del bisonte y la doliente sangre vertida por el esclavismo negro.

 

En adelante Bison perdería su rastro al pasado mientras su nombre colgaba inerte en las listas de la Free Agency.

 

Y ya nada podía detenerle. Aquel verano compró una casa flotante en Lake Powelll (Arizona) y la llenó de amigos, entre los que se encontraba una persona muy influyente en su vida, hijo de un parlamentario libanés, Ahmad El Husseini, a quien había conocido en sus años de universidad. Ambos no tardaron mucho en abandonar el lago y viajar juntos por Europa antes de terminar nuevamente en Beirut, donde se hicieron con una planta depuradora.

 

Beirut y las pocas noticias que llegaban de Brian despertaron un inquieto desfile de llamadas que culminaron con un correo que dejó completamente perplejo a su agente Dwight Manley:

 

"Estimado Dwight. No tengo intención de seguir jugando. Habla con los Pistons y haz oficial mi retirada. Es irrevocable".

 

Detroit corrió a ocupar su puesto con el fichaje de Terry Mills pero el equipo no desfalleció hasta apurar insospechados recursos.

 

- Oye, chico, soy Bill Davidson, dueño de Detroit Pistons -a petición de su amigo era Ahmad quien cogía el teléfono-. Quiero hablar con él. Es urgente.

- Lo lamento, señor Davidson. No volverá.

 

Otras comunicaciones iban incluso más allá.

 

- ¡Guau! ¡Un telegrama de Phil Jackson! Y quiere que juegues en sus Lakers.

La propuesta llegó días después de que Jacko reconociera abiertamente a la prensa que Dele había sido "uno de los alumnos más aventajados que he conocido en mi vida".

 

Aquel revuelo se debía al optimismo de Manley y a unas infundadas declaraciones en las que insinuaba que el jugador consideraba volver, momento en que un nutrido ramillete de equipos mostraron su abierto interés en contratarle. Pero Manley no tenía nada que ofrecer. Su jugador no estaba, como si no existiera, lo que despertó una corriente de rumores sobre que el jugador se hallaba metido en serios problemas.

 

- Ahmad, soy Jesse Jackson. Necesito hablar con él.

- Es inútil, reverendo. No quiere hablar con nadie.

 

Aquel fue el último recurso al que apeló su representante, incapaz de creer que un joven de 30 años pudiera renunciar a más de 30 millones de dólares.

 

- Pero... ¿qué es lo que tengo que hacer para que me dejen en paz? -repetía Bison al libanés.

 

Fueron cuatro meses de desenfreno, un ritmo que El Husseini no pudo aguantar haciéndolo saber a su amigo con la mejor de sus intenciones: "Oye, no me entiendas mal, pero ¿por qué no te vas un mes a algún sitio y luego vuelves? Tengo que trabajar, no sé, hacer una vida algo más normal". Bison se sintió menos ofendido que traicionado. Cogió sus cosas y emprendió dolido su marcha. Esta vez, se prometió, para siempre. 

 

Huyó en solitario a través de la India e Indonesia antes de instalarse en un pequeño islote de las índicas Seychelles, al noreste de Madagascar. El joven había cortado definitivamente los hilos que le unían al mundo que hasta entonces había conocido.

 

A finales de 1999 llegaba a Australia, donde en la noche del 31 de diciembre se perdía entre la jubilosa multitud congregada en Sydney para recibir al nuevo milenio. Días después compraba un camión gigantesco con el que pretendía recorrer el país. La nave contaba con cocina y dormitorio y portaba víveres, ropa, una moto, una tabla de surf, un kayak, un equipo de submarinismo y un camping. Más de lo necesario para sobrevivir.

 

Su itinerario se vio sin embargo detenido al caer hechizado de la localidad costera de Fremantle, al sudoeste de Perth. Allí se instaló por un tiempo y allí comenzó a hacer amigos que nada sabían de él.

 

De aquellas amistades la más cercana y sincera se despertó con una joven australiana de nombre Megan Moody, que un buen día le inquirió la pregunta decisiva:

 

- ¿Por qué estás aquí?

Bison respiró hondo antes de hacer un escueto retrato de su pasado.

- No me gustaba quién era en mi anterior vida. Una mañana me levanté y sentí asco de mí. Del tipo de persona en que me había convertido. No quiero fama ni dinero. Allí nunca encontraré la paz que estoy buscando.

 

Poco después el nuevo hechizo le vino del mar. Adquirió por 650 mil dólares un catamarán de 17 metros que en adelante sería su hogar, al que llamó Hakuna Matata, en suajili "no hay problema". Buscó un patrón y lo encontró en el veterano Jon Sanders.

 

El 8 de febrero de 2001 Bison Dele dejaba atrás Fremantle y la tierra firme. Emprendía una aventura sin destino. Una aventura para la que no contemplaba fin.

 

En las siguientes semanas Dele, Moody y Sanders surcarían la costa del sudoeste australiano hasta que el primer incidente vulneró la paz de aquellos días. El patrón y la chica no se tragaban y la joven no tardó mucho en confiar el malestar a su amigo.

 

- Oye, ¿qué es lo que pasa con Megan?

- Lo mismo que con tu marihuana en el barco. No me gusta.

- Lamento recordarte que el barco es mío.

- Un barco siempre es de quien lo maneja.

 

Sanders, que había dado hasta tres veces la vuelta al mundo, se comportaba como un lobo de mar, un hombre demasiado severo para tolerar determinadas cosas a bordo. Bison no quería problemas y decidió prescindir de sus servicios en favor de un nativo algo más relajado de nombre Mark Beal.

 

El Hakuna retomó la marcha por las costas del sudoeste australiano con seis personas a bordo. Bison, Megan, Mark y otros tres amigos, entre los que destacaba un alemán al que llamaban Drema y que Bison había conocido en uno de sus trayectos por el desierto.

 

Juntos pasaron semanas inolvidables. Reían y charlaban en cubierta hasta altas horas de la noche. De noches serenas y estrelladas bañadas por aquel hipnótico deep tan del gusto de Bison que embriagaba a todos y se extendía libre por el infinito. Y aunque no lo pretendiera terminaba siempre siendo él protagonista. Adoraba conversar y hacía gala de una cultura desorbitada. Pero mucho menos que de una empatía natural que ganaba aprisa a quienes le conocían. Parecía constantemente inflamado por una inagotable energía que sólo la marihuana calmaba a cada última hora del día. A veces, se retiraba largos ratos como si necesitara meditar. Y al cabo, reaparecía completamente renovado.

 

Y todos, sin excepción, caían de sueño antes de que lo hiciera él, como si quisiera coronar cada jornada como testigo solitario de toda aquella hermosa majestad.

 

 

 

 

- ¿Por qué... eres tan generoso? -se preguntaba a menudo el alemán, como si supiera de algunos pasajes en la vida de Bison. Como cuando entregaba fajos enteros en los suburbios de México a todo aquel que pareciera necesitarlo. Como si supiera que mensualmente le hacía llegar a madre cinco mil dólares o que regalaba entradas a niños, personal de limpieza y empleados en cada equipo que vistió de corto.

 

Y Bison respondía encogiéndose de hombros mientras esbozaba una cálida sonrisa.

- Te deseo mucha suerte, amigo -añadió Drema al despedirse camino de tierra firme.

 

El resto prosiguió su aventura por los mares del Sur.

 

Una mañana de febrero, a pocos días de alcanzar la costa de Melbourne, el Hakuna recibió un inesperado correo.

 

"Bison, quiero volver a jugar. Lo haré en los Wizards. Me gustaría que formaras parte de este proyecto. Quiero que volvamos a jugar juntos".

 

Para otros muchos resultaría realmente complicado negarse a la petición de aquel remitente. Para Bison era en cambio algo sencillo.

 

"Agradezco enormemente tu solicitud, Michael. Pero lo siento, me debo a mi nueva vida. Aquí soy feliz y no volveré a jugar. Gracias de todo corazón".

 

 

Bison & Michael (1997)

 

 

Aquel correo, la noticia que portaba, que de hacerse pública habría recorrido el planeta en pocos minutos, fue el último contacto que estableció el baloncesto con Bison Dele, como si éste hubiera arrojado al mar para siempe la brújula del juego.

 

Llegados a Melbourne, Megan Moody decidió poner pie en tierra. Decía adiós a la aventura no sin dolor ni motivo. Una mujer sabe exactamente dónde reside el amor del hombre al que apunta. Y su fuero interno temía caer enamorada de aquel alma libre, que sin embargo no había olvidado a su único amor, de quien precisamente tanto habló con ella. Esa chica era Serena Karlan, a quien Bison conociera en Los Angeles durante su año con los Clippers.

 

Bison no la había olvidado. Sabía que a su marcha ella había emigrado a Nueva York con el sueño de encender allí su carrera artística. Tenía que llamarla. Tal vez con ella la felicidad fuera completa.

 

Poco después tocó el turno a Mark Bears. El patrón había cumplido con creces su tarea de conducir a la tripulación camino de las costas del norte. Cerca del puerto de Brisbane su lugar lo ocupó otro navegante, Ben Fitzgibbon, y un amigo personal de éste de nombre Mark Benson. Juntos alcanzarían en abril de 2001 las exóticas tierras de Papúa Nueva Guinea.

 

Para entonces Bison parecía un hombre completamente nuevo. Había calmado visiblemente sus nervios y empleado buena parte del tiempo en las destrezas marítimas, de la navegación a la pesca.

 

- Te gusta rodearte del mar -le inquirió Fitzgibbon en alguna ocasión.

- Mucho menos que de las buenas personas.

 

Acaso faltara una de ellas.

 

Así el joven puso en adelante todo su empeño en encontrar a Serena Karlan. Lo consiguió en el mes de octubre accediendo también al favor de su patrón, Fitzgibbon, de llevar al barco a su novia, Yvonne Moore, que enseguida se mostró algo incómoda con la situación.

 

- Me haré cargo de todos los gastos.

- Pero yo no quiero que tú...

- Por favor.

 

La remota isla de Vanuatu, al norte de Nueva Caledonia, fue testigo de la cita. La nueva tripulación, compuesta por Bison Dele, Serena Karlan, Ben Fitzgibbon, Yvonne Moore y la cocinera Sheri Bromley, acabó formando en pocas semanas una confortable familia.

 

Ahora sí, la felicidad de Bison Dele era completa.

 

Pero otra vez breve. A medida que pasaron las semanas Serena Karlan se vio invadida por la melancolía. Comenzó a ver su futuro como algo incierto. Había dejado abruptamente compromisos, familia y amigos al otro lado del mundo, donde tenía una vida que acometer. Así el 24 de noviembre, igual que habían llegado, Karlan y Moore abandonaron la embarcación camino del mundo real.

 

Apenado por aquel desenlace Dele prosiguió su aventura, a la que pronto se uniría un nuevo patrón, el francés Bertrand Saldo, un adinerado joven propietario de un yate afincado en Vanuatu, donde había conocido a Bison. Saldo no era mal tipo. Y tampoco alardeaba de su curiosa condición. Era sobrino del que fuera ministro de defensa francés, Charles Hernu, dimitido de su cargo por la destrucción del Rainbow Warrior de Greenpeace.

 

Era cuestión de tiempo y Bison sucumbió a la ausencia de Serena. Ni un solo día había dejado de enviar correos y llamadas telefónicas a su amada. Su perseverancia acabó dando fruto. Serena lo dejaría todo por él. Bison le envió 50 mil dólares para que saldara sus deudas en Nueva York y ambos unieran definitivamente sus destinos. En enero de 2002 el Hakuna gozaba otra vez de la presencia de Serena Karlan.

 

La pareja voló hasta Auckland (Nueva Zelanda) para pasar allí unas semanas a solas. La embarcación quedó a cargo de cuatro tripulantes: los dos patrones, Mark Benson y la cocinera.

 

La casualidad quiso que el Hakuna recibiera entonces una inesperada llamada. Una llamada que cogió desprevenidos a todos.

 

(retoma el diálogo inicial)

- Está bien, pero creo que debería llamarle y hacérselo saber -insistió Fitzgibbon, algo confuso por lo alterado de aquel hombre.

- Preferiría que no lo supiera. Hace años que mi hermano no sabe de mí. Créeme, será una gran sorpresa para los dos.

 

Y así fue en un principio. A su encuentro Bison Dele (Brian Williams) y su hermano Miles Dabord (Kevin Williams) se fundieron en un estrecho abrazo que emocionó a todos, ignorantes del personal abismo al que desde hacía tiempo aquel hombre se había precipitado. El cambio de identidad -Miles por Miles Davis y Dabord por un familiar- apenas había mejorado su vida.

 

Sin empleo, Dabord estaba en la ruina y al borde del derrumbe cuando su hermano pequeño, otra vez él, acudió a su cabeza como una tabla de salvación. Tal vez la única. El primogénito disimuló hasta la ocultación todas aquellas circunstancias, incluyendo la deuda de cuatro mil dólares que había contraído con su novia, Deanne Heinrichs, por el alquiler del apartamento en Palo Alto.

 

Fitzgibbon desconfiaba. Aquel visitante venía para quedarse. En los ratos a solas el patrón quería llegar a la verdad del asunto.

 

- Ya te lo he dicho. Quiero hacer las paces con mi hermano. Unirme a él para siempre. (...) Han sido años difíciles. (...) Sí, éste es también mi camino. ¿Te he dicho que me encanta el mar?

 

Por sus gestos, palabras y miradas, todo ello a una velocidad desacostumbrada en aquella cubierta, era evidente que aquel hombre acababa de caer de la urbe arrastrando consigo toda su buena carga de problemas.

 

El Hakuna y su tripulación se adentraron en las profundidades del Pacífico Sur, una travesía que hasta entonces se había visto privada de todas aquellas contingencias que hacían soñar a Verne, Conrad o Melville. Fueron días de calma chicha. Días también de paz a pesar del recién llegado.

 

Dabord mostraba gran interés en aprender el funcionamiento de la embarcación. Con la ayuda de Fitzgibbon y Saldo pronto supo lo necesario.

 

Nunca había asomado la jerarquía a bordo. No hasta la llegada del aquel hombre ambicioso de conducta inestable y desaforada oratoria. Siempre tenía a su hermano en boca. Con elogios a su presencia y una fuerte carga de ironía a su ausencia. Esta última apreciación se hacía muy patente en relación a la salud de que decía gozar su hermano pequeño, dado el visible deterioro de Dabord, algo avejentado y ganado por el sobrepeso.

 

Continuamente narraba pequeñas rencillas de la infancia de ambos, riendo a mandíbula batiente cuando encontraba la anécdota que hiciera salir mal parado al pequeño. "Y se marchaba llorando, jajajaj...". Tampoco se privó de sacar a colación la carrera NBA de Bison. Algo de lo que él mismo se había guardado cuidadosamente. "¿¡Y a quién coño le importa eso!?", interrumpía molesto. Pero Dabord seguía como si nada. 

 

Así las desavenencias no tardaron en aparecer, precipitándose ambos a discusiones nacidas en torno a asuntos sin importancia. Asuntos que hasta entonces no habían despertado la menor irritación de Bison. Discusiones cada vez más frecuentes y acaloradas. Tan frecuentes como la intervención de los testigos cuando el conflicto rebasaba lo conveniente. "Venga, basta ya, por favor".

 

El mal presagio que rodeaba a Miles Dabord se materializó incluso en forma de correo. Desde California Deanne Heinrichs le reclamaba el dinero que adeudaba. La respuesta del acreedor, más que una declaración de intenciones, era todo un retrato de sí mismo:

 

 

 

 

El instinto femenino de Serena Karlan actuó entonces con discreción. Convenció a Bison para pasar unas semanas a solas en la paradisíaca isla de Moorea. Karlan sabía dónde estaba el problema. Pero Bison no podía enviar a casa a su hermano. No podría dormir en paz.

 

Desde el hotel de la isla, Bison se puso en contacto con su amigo y asesor financiero, Kevin Porter. "Vigila las cuentas. Me preocupa mucho. Ten cuidado, por favor. No quiero gastos inútiles. Sólo yo puedo dar orden, ¿de acuerdo?".

 

Sin la pareja a bordo Miles Dabord redobló las sospechas en torno a su carácter. Su descaro no encontraba resistencia y así se arrogó el timón de la embarcación, lo único que pareció concentrar su atención en los días siguientes. Quería probar la velocidad de la nave y ponerla al máximo. Alcanzaron las costas de Tahiti el 19 de junio. Habían empleado un tiempo récord de tres semanas.

 

El 21 zarparon rumbo a Moorea para recoger a la pareja. Una semana después Mark Benson abandonaba al grupo de regreso a Australia. El sábado 6 de julio el Hakuna viraba una vez más. Lo hacía con cuatro personas a bordo. Los dos hermanos, la novia del menor y el patrón francés ponían rumbo a Honolulu desde las inmediaciones de la remota isla de Maiao.

 

Aquel destino en los confines del mundo estaba maldito.

 

 

 Maiao

 

Nadie sabe lo que ocurrió ni qué pudo pasar por la cabeza de Miles Dabord aquella luminosa mañana de domingo. Pero todo tuvo que precipitarse muy rápidamente.

 

La pelea entre los hermanos alcanzó su masa crítica cuando Serena cayó herida sobre cubierta en su empeño por intermediar, lo que inflamó a Bison a una erupción sin control. Instantes después rajaban el aire los disparos de una Glock, un arma propiedad de Bison que Miles habría encontrado a su ausencia.

 

Kevin Williams, de 35 años, disparó a bocajarro sobre su hermano Brian, de 33, acabando allí mismo con su vida. Acto seguido descerrajó otros dos, también mortales, sobre Serena Karlan (30) y Bertrand Saldo (32). El cielo azul y el inmenso océano quedaban como únicos testigos de la masacre.

 

El asesino alejó la embarcación unas millas más de la costa antes de arrojar los tres cuerpos por la borda, a merced de las corrientes del Pacífico Sur.

 

Y con la misma frialdad puso rumbo a Moorea, donde le aguardaba una vieja amiga con quien estaba citado, Erica Wiese. Meses atrás, antes de aparecer en la embarcación pero sabiendo de su ubicación, había pasado con ella una semana como turista en atolones cercanos. En aquella ocasión Dabord desapareció también de su vista.

 

- No te preocupes, nena. Tengo que arreglar algún asunto. Nos veremos aquí. Te llamaré. Vendré a buscarte en mi catamarán, pasaremos unos días juntos y volveremos a casa.

- ¿Tienes un catamarán?

 

Miles cumplió lo prometido, ocupando su regreso en borrar el sello de la embarcación, a la que llamó Aria Bella, y sobre todo las huellas de cubierta (con tal precisión que los investigadores apenas hallarían restos). Para entonces creía tener una coartada:

 

- Mi hermano y ella se quedaron en Raiatea. Y el francés salió hace un rato a buscar a unos amigos para quedarse aquí unos días con ellos.

 

El día 15 Erica Wiese volaba a California. A la mañana siguiente el club náutico de Tahiti recibía una llamada de urgencia. Un catamarán había encallado en los arrecifes con una persona a bordo. "Disculpen mi torpeza". Las autoridades lo remontaron hasta la costa. No hubo preguntas pero Dabord apresuró la maleta con destino a Palo Alto.

 

Allí se reencontró con Erica Wiese.

 

Las fechas siguientes fueron una alocada e incoherente carrera para el triple homicida. En un mes cambió tres veces de domicilio. De San Franciso a Miami, de Miami a Belice, previo paso por Phoenix, donde suplantó a su hermano con un cheque por valor de 152 mil dólares a cambiar por oro. Portaba consigo el pasaporte, la chequera y dos tarjetas de crédido de su hermano. Pero ignoró el hecho de que la desaparición de Bison Dele ya estaba en conocimiento de la policía, que arrestó a Dabord en cuanto supo de su paradero.

 

Durante el trayecto a comisaría el detenido, visiblemente nervioso, no paró de hablar:

 

- ¿Sabe, agente? Estoy orgulloso de mi hermano. Sí, de su carrera y su forma de ser... Estoy deseando volver a verle.

- Y usted, ¿no juega a baloncesto?

- No -repuso en seco-. Todo el talento de la familia se lo quedó él.

 

En las siguientes siete horas de interrogatorio Miles Dabord presentó todos los síntomas de un maníaco. Nervioso y balbuceante, pronunciaba frases inconexas antes de romper a reír o estallar en sollozos, estrechando varias veces las manos de los agentes o inflamándose de ira al minuto siguiente. Así hasta que la sargento Mary Roberts lo intentó por última vez.

 

- ¿Sabe dónde están los desaparecidos?

- No.

- ¿Ninguno de ellos?

- Ya le he dicho que no.

- Muy bien. Aguarde un momento. Hay alguien que quiere verle.

 

Era Kevin Porter, el estrecho asesor a quien oportunamente Bison advirtió del peligro. Los dos quedaron a solas.

 

- Créeme... fue... fue él mismo quien me pidió que sacara ese oro.

- Miles, él no ha extendido ni un solo cheque en diez años. No puede hacer ese tipo de operaciones. Sólo yo.

- Pero... ¡él me lo pidió! ¿Qué quieres que te diga?

- Sólo una cosa, por favor. ¿Están vivos?

- Maldita sea, lo estaban cuando yo me marché. Les dejé allí, felices y completamente libres.

 

Para entonces la policía especulaba con la posibilidad de que la tripulación hubiese sido apresada por piratas de la Polinesia. Dabord quedó libre. No había pruebas contra él.

 

Pero puede que pronto las hubiera. El tiempo corría en su contra y tan pronto volvió a reunirse con Wiese, en un motel de San Ysidro (California), ésta fue objeto de una curiosa confesión entre agitados sollozos.

 

- Él y yo forcejeamos... y ella, mierda... ella se interpuso y... cayó y se golpeó muy fuerte en la cabeza... Mi hermano se puso nervioso. Sabía que el francés hablaría y... y... también lo mató. Venía a por mí... ¿sabes? ¡Tuve que matarle! Fue en defensa propia... ¿¡me entiendes!? ¡Tengo miedo!

- Pero...

- Los tiré al mar. ¿Qué podía hacer? ¿Yo solo con tres cadáveres?

- ...

- Voy a llamar a Paul. ¡Él me creerá! ¡Sí... tengo que contárselo todo!

           

Pero su amigo Paul Davis quedó tan perplejo como Erica Wiese.

 

Cuando la conversación terminó ella se había ido.

 

Dabord estaba solo. Era momento de huir.

 

Pero antes una llamada. Necesitaba hablar con un abogado.

 

- Su historia es demasiado increíble -resopló-. Me temo que pelear algo así podría salirle por unos 200 mil pavos.

- ¿¡Qué!?

 

Era cuestión de horas que Paul o Erica largaran. Ella pasó la noche sola en el viejo apartamento. Bajo la almohada escondía un cuchillo.

 

Para entonces el cielo se había cerrado del todo sobre Dabord, que pisaba a fondo el acelerador como si eso le ayudara a escapar.

 

Cruzó la frontera de México y acabó dando con sus pasos en Tijuana, en una de cuyas calles fue encontrado poco después en estado de coma. Ni siquiera la insulina y el Valium le ayudaron a quitarse la vida.

 

Los tres días anteriores Miles había hablado con su madre. Nada extraño si en tres años la hubiera llamado alguna vez. La última todavía golpea con fuerza la memoria de Patricia Phillips: "¡Mamá, necesito que me creas! ¡Nunca haría daño a mi hermano! ¡Necesito saber que me quieres antes de morir! ¡Nadie creerá mi historia! ¡Nadie!".

 

El viernes 27 de septiembre el corazón de Miles Dabord dejaba de latir en el hospital californiano de Chula Vista.

 

A miles de kilómetros de allí una pequeña embarcación guardaría eternamente el secreto de lo ocurrido haciendo por fin honor a su nombre. Porque también ella descansaba en paz.

 

 

 

 

 Kevin y Brian (1976)

 

 

 

Con especial gratitud a Michael Bedan y Brian D. Crecente, Grant Wahl, Mark Beech, John Ed Bradley y René Radoi.

 

 

 

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De otras cavernas y tragedias:

 

 

La última noche

 

El inexplicable adiós de Ricky Berry

 

Holocausto caníbal

 

Cinco anillos para un padre

 

El extraño caso de Johnny Moore

 

 

No toca abundar en el Shannon Brown jugador, al que todo elogio sería actualmente poco. Es hoy aquí lugar y momento para rendirle otra cosa. Una razón muy poderosa por la que puede estar quedando completamente a solas en el panorama mundial de la canasta. Palabras mayores.

 

En los pocos meses que lleva vistiendo de amarillo, esto es, el compacto periodo en el que su carrera remonta aprisa desde cero, Shannon Brown ha protagonizado buen número de acciones de las que la NBA, el baloncesto o cualquier competición en el mundo incluida la olímpica, puede sentirse verdaderamente orgullosa de recoger. Y aun con eso, ni siquiera se trata de su inesperada condición de Highlight Machine. Se trata de algo más. Algo que difícilmente unas líneas pueden describir con justicia.

 

De un tiempo a esta parte la proliferación de acciones insólitas, especialmente las del aire, ha disminuido considerablemente aquellos masivos asombros que los años ochenta hicieron suyos como el rostro más universal de la NBA. El tiempo no pasa en balde y son hoy muchos los capaces y demasiadas las acrobacias verticales como para despertarnos la misma sorpresa.

 

Por eso vivimos hoy una era difícil. Porque a la saturación de las proezas se añade un factor bastante más peligroso. La tecnología se apresura a desbordar la pereza del ojo y no pasará una década antes de que seamos incapaces de distinguir la realidad virtual de la realidad a secas. Como si ésta empezara a agotar su repertorio formal y diera rendido paso al nuevo imperio del fake. De ahí que cada vez sea más complicado encontrar algo distinto o superior. Alguien que de repente sitúe sus dones atléticos como uno o dos grados por encima del panorama más selecto. 

 

Pues bien, afortunadamente lo hay. Y no es otro el caso que ese joven nativo de Maywood (Illinois) que no hace tanto dio un buen susto a su padre, el sargento de policía Chris Brown habituado a llamadas de fea urgencia, tras recibir una en tono muy severo:

 

-Señor, Brown. Acuda al instituto a la mayor brevedad posible.

-¿¡Qué ocurre!?

-Su hijo.

-Mi hijo... ¿¡qué!?

-Su hijo ha destrozado una de las canastas de la escuela.

 

En Proviso el presupuesto era bien escaso y reponer todo aquel aparataje habría de correr a cargo del bolsillo familiar. Es de imaginar la bronca y el premonitorio calado que ésta debió causar en el tierno alma del chico.

 

En adelante Shannon no renunciaría a los mates como prueba su concurso en el McDonald's de 2003. Pero pronto supo que ni eran suficientes ni su privilegiada genética habría de concentrarse únicamente en ellos. Hacer carrera era cosa bastante más seria. Michigan St., Cleveland, Chicago, Albuquerque, Rio Grande y Charlotte en apenas tres años en los que su potencial como jugador acusó una excesiva represión.

 

Represión que llega a su fin el pasado mes de febrero en los ahora vigentes campeones, cuando Shannon demuestra al dorado grupo de Phil Jackson que su sacrificio como humilde engranaje del Team Work merece la pena, un contrato y la permanencia en el mejor equipo del mundo. Y ahora sí, Shannon puede añadir algo más: detonar con sospechosa frecuencia el mayor de los dones de que está superdotado.

 

Y aquí llegamos al asunto en cuestión.

 

El asunto por el que otros jugadores, de clásico perfil estilizado en torno a los dos metros, consiguen una rápida celebridad de pantalla en la High Definition Era. Un terreno como de exclusiva propiedad de LeBron James, Dwight Howard, Josh Smith o Gerald Green, ejemplares instalados a placer en el objetivo de las cámaras gracias a sus deslumbrantes conquistas de las regiones más altas del hierro.

 

Ocurre sin embargo que este género de conquistas mayores, como inventario registrado, flaquea por el lado oficial y su reconocimiento se pierde en la masiva memoria de los aficionados. Ahora que el atletismo y sus registros se calibran en millonésimas de láser, en el baloncesto, por su infinita riqueza, todo se sigue entregando al contraste visual. Cuando el ojo asiste al increíble rebote ofensivo de Jamario Moon en San Antonio, sabe muy bien del calibre de la acción pero ignora a qué o a quién exactamente enfrentarla. 

 

 

 

 

Por eso da la impresión de que determinado material, a la desaforada velocidad a la que discurre la competición diaria, pasa desoladoramente inadvertido. O al contrario, no todo lo advertido que debiera.

 

Shannon Brown roza el 1.90 descalzo. En estos meses de amarillo ha prodigado innumerables episodios de mate o tapón que recoger prioritariamente cualquier Top Ten de temporada. Pero ni siquiera eso es suficiente.

 

Lo que verdaderamente le encumbra a lo sobrenatural pertenece a un pequeñísimo ramillete de acciones donde ha conseguido disparar en torno al 95 por ciento de su portentosa capacidad de salto vertical. En esta particular métrica, cuando Brown ha contado con todo a su favor incluida la ausencia del balón en las manos, ha demostrado poder alcanzar los 112-114 centímetros de batida en estático. O lo que es lo mismo, situarse a la altura de los mayores prodigios que ha dado este deporte.

 

Lo insólito de su capacidad movió incluso a la prensa a sondear al cuerpo de fisios angelino por si Brown seguía algún tipo de programa específico en su tronco inferior. La negativa de su director, Chip Schaefer, fue rotunda: el único misterio pertenece a su genética natural.

 

Pero todo esto mejor se comprueba a través de tres acciones que ratifican esa condición verdaderamente única en Shannon Brown. Por la magnitud de cada acción su orden desfila de menor a mayor.

 

 

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6 de mayo de 2009 / L.A. Lakers - Houston Rockets

 

Segundo partido de aquella serie de segunda ronda. El desenlace de un salto entre dos da con el balón a la carrera de Kyle Lowry. Shannon actúa como de costumbre. Reacciona al balance defensivo con mayor empeño que nadie.

 

Tiene suficiente espacio para la batida en carrera y lo demuestra con un ejercicio salvaje de un solo impulso al aire, como acostumbraba en la longitud el soviético Robert Emmiyan. Shannon no llega a tocar el balón porque su codo derecho impacta de lleno con la frontal del hierro, cosa que recoge perfectamente el micro del aro y su posterior ademán de dolor cuando Bill Spooner anula la jugada.

 

 

 

 

 

Parece mentira observando cada una de las repeticiones. Pero el salto en carrera, contrariamente a LeBron James o el primer Robert Pack, no es el fuerte de Shannon Brown, que en una décima de segundo reacciona bajando la cabeza para no golpearse contra el cristal.

 

 

 

30 de octubre de 2009 / L.A. Lakers - Dallas Mavericks

 

La más reciente y el oportuno motivo de esta pieza.

 

La jugada consiste en un rechace a dos manos donde la colosal batida a dos piernas de Shannon encuentra su sentido más pleno.

 

 

 

 

En la frenética secuencia se aprecia tanta diferencia de estatura con su compañero Josh Powell (15 cm) como de pura stamina. Al extremo que Powell sale despedido al violento contacto con Brown. En el primer frame de la imagen sorprende la increíble distancia a la que se encuentra el balón cuando Shannon ha decidido acudir a por él. En el central, momento de máxima altura, las rodillas de Shannon superan la cintura de un Powell (2.06) que está como a 20 cm del suelo. En el último instante del video, cuando el matador desprende todo su peso al hierro, se observa con precisión -la ocasión lo merece- la tecnología de los ultramodernos Total Spring-Loaded Rims, basculantes en toda su circunferencia y no sólo en la frontal como en los anteriores modelos.

 

Para encontrar un rechace de esta naturaleza, de culminación a dos manos a una altura semejante, es necesario remontar hasta 1993 cuando Stacey Augmon resolvió corregir un lanzamiento libre de Kevin Willis en Milwaukee.

 

 

 

 

La estatura de Augmon es once centímetros superior a la de Brown.

 

 

17 de febrero de 2009 / L.A. Lakers - Atlanta Hawks

 

Era la noche de su debut con los Lakers, fecha que el calendario asocia anualmente con el nacimiento de Michael Jordan. Para los locales fue una cómoda velada en el Staples, dando Jackson al recién llegado una generosa entrada en el último cuarto de un partido resuelto.

 

En medio de ese agitado desorden típico del garbage time un mal pase de Farmar permite a Mario West escapar a canasta con la automática persecución del pequeño Shannon, consciente de que aquellos minutos iniciales eran demasiado importantes como para no entregarse en cuerpo y alma. A la viva carrera ambos detonan el salto simultáneamente.

 

 

 

 

Lo siguiente escapa a toda descripción. Uno de esos sagrados momentos para la retina donde el fragor de un instante aleja hasta lo remoto a dos contendientes por mera selección natural.

 

La diferencia del salto es tan grande que en el cénit de ambos la cabeza de uno está a la altura del ombligo del otro. De forma que el tapón, y aquí tapón significa bien poco, forma un brutal colapso entre el balón, el antebrazo derecho de Brown y el tablero.

 

 

 

 

 

VIDEO.

 

El embate es tan brutal y acontece a tal velocidad que Bill Kennedy comete el error de señalar falta. Como si lo ocurrido no fuera humanamente posible o quedara al margen de la legalidad.

 

El Staples reacciona. Y su rugido mezcla la perplejidad de lo que acaba de ver y la certeza de que, en efecto, no hubo falta.

 

Especialmente en la tercera repetición se adivina una insólita ascensión, como un extraño double pump en pleno vuelo hacia una altura cuyo final tan sólo parece determinar el violento choque contra el tablero.

 

La acción es absolutamente monstruosa, de las que no agota su repetida visualización.

 

Hace cosa de dos años un equipo de especialistas del programa Sport Science llevó a cabo un interesante estudio, curiosamente con Jordan Farmar como modelo de pruebas, en el que se llegaba a la conclusión que por muy gigantesco que fuera un salto de un jugador de baloncesto jamás una suspensión podría alcanzar a durar 100 centésimas. A vuelapluma el hang time de Shannon Brown aquella noche supera con creces las 80.

 

Con la insalvable diferencia de la estatura el momento remite a un brutal rebote ofensivo de Dominique Wilkins en el Forum de Los Angeles en 1986 -irónicamente mismos rivales en la misma ciudad- donde el alero excedió su salto al extremo de ocultar bajo su entrepierna la cabeza de Magic Johnson (2.05) y detener con su brazo derecho el seguro golpe de la cabeza con el tablero.

 

 

 

 

 

Sin tener la menor idea de ello, el pequeño debutante acababa de protagonizar, en pleno año 2009, uno de los saltos de mayor dimensión en bruto en la historia de la NBA.

 

Y aquí reside precisamente su mayor fortaleza. Porque contrariamente a todo lo dicho Shannon Brown no cuenta con una destreza especial para los atributos del mate. No incorpora a sus saltos creatividad o plástica alguna. Se trata de la misma legendaria facultad en bruto que la intrahistoria atribuye a mitos como Knowings o Manigault. Brown es un matador de partido. Aprovecha la menor circunstancia favorable para hacer estallar el volumen del salto a niveles incluso superiores a los de Fontenette

 

Así el próximo mes de febrero en Dallas valdrá más la presencia de un DeRozan que de un Brown sin que ello suponga el menor perjuicio para el jugador que, a día de hoy, está consiguiendo reclamar una mayor atención gráfica a la espera de que produzca otro milagro.

 

Por eso se insiste. Hay algo sobrenatural en Shannon Brown. Una perfecta invitación a resucitar el asombro. 

Era cuestión de tiempo. En cuanto Detroit estrenara curso y Ben Gordon partiera desde el banquillo como estimulante ofensivo, tenía que salir a colación el térmico nombre de Vinnie Johnson.

 

La mención, habiendo quedado ahí, hasta tendría su punto. Porque ni es la primera ni será la última vez. Pero la cosa se afeó bastante por un titular de Dan Feldman, habitual firma digital de la Motor City, al poco de despachar a los Grizzlies (74-96) con una buena actuación del recién llegado (22 pts). Impaciente y algo entusiasmado, Feldman se apresuró a rescatar a Vinnie no se sabe si para desmontar una posible comparativa, de tanta simpleza como cabos sueltos, entre ambos jugadores. Sin atar ninguno el cronista subrayaba a Ben Gordon como mejor jugador que Vinnie Johnson. Pero todo lo cargaba al titular señalando que el nuevo escolta de Detroit no merece algo así. Como si Vinnie fuera poca vara de medir para el calibre de Gordon.

 

Rara vez un titular mueve a respuesta en este rincón. Pero la ocasión lo merece. Porque las comparativas, si se pretenden justas, deben serlo del todo.

 

Ben Gordon y Vinnie Johnson. Para empezar la analogía resulta atractiva. Y casi automática. Porque enseguida acude a la cabeza cierta importancia del banquillo en la carrera de ambos. Ahora que las rotaciones están de moda en otros deportes, en la puesta en escena del baloncesto ocurre desde hace mucho que determinados jugadores, como los relevistas, quedan a salvo del primer acto. Éste fue el caso de Vinnie y no tanto el de Gordon.

 

Si John Kuester pretende remontar a los orígenes de Gordon y que éste eleve la temperatura ofensiva de Detroit saliendo desde el banco, la comparativa con Vinnie Johnson puede valer. Mismo equipo, parecidas virtudes y mismo orden de entrada. Hasta ahí vale. Pero si la comparativa entra en profundidades, hace aguas. Y lo hace por varios motivos que interesa precisar.

 

 

 

 

En cierto modo Ben Gordon y Vinnie Johnson atienden a perfiles como nacidos para iniciar la segunda unidad de pista. La carrera de Johnson en Detroit se explica precisamente a través de su no starter condition y su valiosa utilidad ofensiva entrado el juego y como al margen de lo que estuviera ocurriendo. Johnson era todo autonomía. Y tanto podía encender un partido apagado como sumarse al calor de uno encendido. Esta circunstancia se instaló en el primer Gordon a un extremo todavía mayor. Es el único jugador de la historia en conquistar el galardón de mejor sexto hombre como novato.

 

Ambos comparten, pues, algo de esa fortaleza en la segunda línea de salida. Y sin embargo aquí reside la primera gran diferencia, de tipo táctico.

 

Vinnie Johnson formaba en un equipo donde el backcourt titular alternó, en el periodo de mayor autoridad (1987-1991), entre Thomas-Dumars-Dantley y Thomas-Dumars-Aguirre. Una tríada prioritaria que desplazaba al Johnson veterano en razón de un presunto juego de calidades. Dado el óptimo resultado Daly optó por esa jerarquía y le dio continuidad.

 

En Gordon no hubo en cambio tiempo para resultados. Aun siendo podio en el draft fue su condición de novato lo que le confinó inicialmente al banquillo. Circunstancia que el escolta aprovechó para desatar sus virtudes anotadoras en un tiempo reducido y hacerlo además con una inesperada condición de clutch. Únicamente LeBron James anotó más puntos que él en los últimos cuartos de aquella temporada.

 

Ello brindó a Gordon un extraño perfil que parecía inclinar a Skiles a retrasar su entrada a pista, a su dosificación y a un difuso papel de revulsivo. No es que la tríada Hinrich-Duhon-Deng fuera preferente por calidad. Es que Gordon se forjó enseguida el mismo tipo de jugador que en su día figuró Ricky Pierce.

 

Con el añadido de que Gordon tampoco escapó en adelante a cierta etiqueta de jugador de riesgo, a ratos desconectado y con una peligrosa tendencia a perder el balón. Un sello diametralmente opuesto a Vinnie Johnson.

 

No importó. Skiles prefirió su corte anotador a todo lo demás y empezó a olvidar su papel de banquillo. Así en cinco años de carrera el inglés ha sido más veces titular (204) que Johnson en trece (187). A partir de su segundo año Gordon vio incrementarse sucesivamente su titularidad a las 47, 51 y 76 veces de 2009. Así pues, el tiempo revocó en parte aquella primera condición de anotador de tiempo reducido y ahora Kuester, algo receloso de hacerle titular, le devuelve aquel primer papel donde más peligroso, cómodo y cercano a Vinnie Johnson se encuentra. Una cercanía que nace en realidad en el mánager general. Porque Joe Dumars busca replicar aquella 3-guard line offense de los viejos Bad Boys y así se lo confió personalmente a Gordon.

 

Esa línea se resuelve con Stuckey, Gordon y Rip Hamilton. Pero a juicio de Kuester y sin un Isiah Thomas en el equipo, no de entrada. De hecho no han sido pocas las dudas en torno a la pareja Hamilton-Gordon. Tras el infierno del año pasado Rip se sigue viendo como el líder natural del ataque. Y a la vez Gordon difícilmente como el segundo de alguien. Por eso Kuester ha optado de inicio por ese orden. Para evitar riesgos en la UConn-ection.

 

El estreno en el Palace y la derrota (83-91) ante Oklahoma ratifican este diseño del entrenador. A la primera ausencia de Hamilton, Gordon fue titular ahogándose en un exceso de minutos (39:35), responsabilidad y lanzamientos (8-20) en los que sigue sin encontrarse cómodo.

 

De vuelta a la comparativa, sale sin embargo algo más favorecida en otros apartados.

 

Físicamente incluso se hace entendible. Aunque la mayor fortaleza de Johnson residía en sus poderosas piernas, es de recibo referir el tronco superior de ambos como fuerte y desarrollado. Gordon presenta una mayor definición en brazos y dorsales -la ventaja del tiempo- pero los dos comparten proximidad de estatura -una pulgada de diferencia- y hombros anchos y robustos, de los que cuesta defender al contacto. Sí. Hay algo de cuadrilátero en la fisonomía de ambos.

 

Pero es técnicamente donde la relación gana interés. Los dos responden a ese felino patrón de grandes lanzadores en movimiento con enorme capacidad de crearse los puntos a solas. Compartiendo un primer paso decisivo Johnson podía pelear metros con su par encima mientras que Gordon gusta menos de avanzar con balón y defensor a cuestas.

 

Una diferencia pequeña cuando la enfrentamos a la mayor de todas: Vinnie perdía buena parte de sus poderes más allá de la mid-range mientras que Gordon domina todas las distancias y parece inclinarse cada vez más por la lejanía, allá donde menos se resiste la defensa y menos daña el desgaste. Cabe rescatar aquella noche de abril de 2006 en que Gordon no falló ante los Wizzs ni uno solo de los nueve triples que intentó.

 

Ambos coinciden sin embargo en ser mentalmente fríos, en compartir esa figura algo ártica del silent killer de aspecto serio y distante. Lo defensivo disgustaba algo menos a Vinnie que a Gordon, dando la impresión de que aquél, al rebote, tapón y robo, era un poco más sacrificado. Hasta es posible señalar que Vinnie Johnson resultó un tipo mucho más coachable de lo que la experiencia concede a Gordon.

 

Todo sea por la diferencia de entrenadores y la incuestionable realidad de que Ben Gordon ha formado hasta el momento en plantillas donde su importancia ha sido mucho mayor que la que tocó en suerte a Vinnie Johnson. Importancia que se traduce en minutos y puntos (21.4 / 20.7 / 23.5). Cifras que nunca estuvieron al alcance del viejo Vinnie. Y sin embargo el legado de éste sigue siendo superior al del británico no tanto por los anillos como por una mera cuestión de contexto. 

 

Johnson formó en un equipo de oro. Cumplió el mejor de sus papeles. Incluso conquistó por una noche la cima más alta de todas. Pocos jugadores entregaron a la Historia una canasta arquetipo de algún título determinado. Vinnie Johnson, el sujeto al que Danny Ainge bautizó como microwave para la eternidad, es uno de ellos. No es posible rescatar el anillo de 1990 sin la última puñalada del toro de Brooklyn, un episodio mortífero que coronaba una de aquellas remontadas que tanto caracterizaron a los mejores Pistons habidos. Un equipo que antes que jugar al baloncesto lo hacía con el rival, siendo el propio Vinnie uno de sus principales iconos. Pura vanguardia de una sobresaliente formación en su época más dorada.

 

Por algo así suspira Ben Gordon. Porque nada de eso conoce aún.

 

"Ben Gordon doesn't deserve Vinnie Johnson comparison", arrojaba el titular. Y puede que Feldman tenga razón en que Ben Gordon no lo merece. Pero infinitamente menos la figura de Vinnie Johnson un titular así. De hecho, ahora que Internet permite un rápido feedback, la cosa tampoco ha gustado demasiado en Detroit. Ni seguramente mucho más allá. Es lo que tiene hurgar en los monumentos de la memoria.