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Era la segunda noche de playoffs en el Garden y Chicago el rival. Corría el segundo cuarto cuando Leon Powe supo que algo no iba bien. Otra vez la rodilla. Al banquillo. Al vestuario. Casi al hospital. Había que operar. Adiós a la temporada.

 

Pero la importancia del momento hizo que la baja de Powe no fuera comprendida como la baja de Powe. Sino como parte residual de la desgracia en que repentinamente parecían haber caído los Celtics. Seguía sin haber nada más relevante, prioritario y decisivo que:

 

  • La ausencia de Garnett.
  • Y la supervivencia del equipo en una postemporada a la que la historia nunca debería perdonar que los Campeones no pudieran disponer de sí mismos para la reválida.

 

Garnett y la plantilla en vivo. Nada más importaba entonces que ese doble pulso. Y por ello el infortunio de Powe quedó como en un tercer plano.

 

O más al fondo aún. Porque nadie en Boston imaginaba que Leon Powe acababa de sellar su lápida allí. Otra de esas crueldades que el deporte lamina en calidad profesional. Un año antes había sido James Posey el desechado. Y sin uno ni otro resulta difícil concebir el primer anillo verde en el presente siglo.

 

Que Powe no llorase públicamente no significa que no padeciera en silencio aquella salida por la trasera de servicio. Es que Powe aprendió demasiado pronto a extirpar el llanto de su repertorio vital.

 

 

 

 

 

 

 

Nada más vicioso en la literatura deportiva que esas figuras malditas que algún día remontaron las peores cordilleras de la vida. Pero de tan comunes y recurrentes muchas fueron objeto de abuso y exageración. Con Powe, muy en cambio, la vida real supera toda ficción y tragedia. Es sobradamente conocida su historia. Pero no por ello pierde un ápice de fuerza.

 

Nacido en la suburbia de Oakland su madre fue abandonada cuando Leon contaba dos años. A los siete el pequeño nido familiar fue pasto de las llamas sin más alternativa que precipitarse al nomadismo durante los siguientes seis años de homeless en los que malvivieron en una veintena de cloacas. Madre se vio obligada a robar comida y, como no sabía robar, tuvo que hacer frente a una condena de cárcel. A los 14 años, cuando Leon hacía las de niñera con sus dos hermanos perdiéndose hasta todo un año de escuela, los tres fueron internados en un centro de acogida. Cuatro días antes de disputar el título estatal de High School, su madre fallecía a la tierna edad de 40 años.

 

Pero la naturaleza es caprichosa. Un crío que nunca supo lo que era un desayuno americano terminó dando en un mocetón de dos metros y una fuerza física como mil veces inferior a su voluntad, de auténtico acero. El robusto tronco de Leon encarnaba, como los anillos del árbol, todas y cada una de las traiciones de la vida.

 

Para entonces Powe era uno de los mejores prospectos nacionales como alero fuerte. Calidad que años después, tras su periplo en la Universidad de California, no terminó de refrendar el draft NBA, receloso de su condición de undersized. Sin mayor interés en él que un intercambio de rondas, Denver lo empaquetó camino de Boston, el único hogar profesional que Leon Powe había conocido hasta ahora.

 

Dos años después se convertía en una pieza absolutamente clave en el 17º título de los Celtics. Lo fue durante todo el curso. Pero sus prodigiosos 21 puntos en 15 minutos incandescentes durante el segundo partido de las Finales le hicieron tocar la cima del mundo sin que nunca fuera consciente de ello. Porque Powe sigue siendo niñera y obrero, infantería de trincheras, un mandado y esclavo, una eterna wild card.

 

Sobra abundar en la multitud de pequeñas exhibiciones ofrecidas por ese jugador de nombre honesto. Cuando a falta de Garnett, Davis y Scalabrine en una velada ante Memphis, Rivers le pidió ayuda inmediata, Powe respondió con 30 puntos (10/14), 11 rebotes y 5 tapones. Ni fue la primera ni la última vez que valía preguntarse: "Is this man really a role player?". Él mismo respondía agradeciendo al destino haberle concedido la compañía -"Sabes a quien defiendo en todos los entrenamientos"- de Kevin Garnett.

 

Leon Powe, esa fiera imposible de retorcer que no puede lanzar si no se le resisten seis brazos, lleva siendo en los dos últimos años el cuatro con mejor ratio de rebotes ofensivos de toda la NBA y sólo Dwight Howard renta más faltas que él en la pintura. En el caos bajo el aro, cuando combaten los cuerpos a empujones, codazos y dentelladas, Leon no tiene rival ni mal gesto.

 

Tampoco sabe lo que es promediar una mitad de partido en juego. De haber nacido en otro tiempo Powe bailaría a gusto junto a Luke Jackson, Tom Hoover o Wayne Embry, la vieja raza de enforcers con un inesperado rendimiento ofensivo.

 

Y sin embargo su precio es de saldo. Las rodillas le han saqueado.

 

Un artículo de esta traza podría perfectamente haber sido escrito este verano. En realidad en cualquier momento de los últimos dos años si de justicia se trata. Pero esta pasada semana Leon Powe se reencontraba con sus ex compañeros y la fotografía merecía la pena.

 

Sus palabras, recogidas prioritariamente por la prensa de Boston, rezumaban la honesta sinceridad de un alma noble que nada quiere saber de negocios. "Todos se alegraron mucho de verme, tanto como yo a ellos". Tocaba después confesar. "Al principio estuve muy dolido. No entendía el porqué. (...) No por parte de Doc, sino por parte de los directivos. Uno de ellos me dijo que no podían esperar. El otro que no había suficiente dinero. Diferentes razones pero ninguna válida". Aunque la precaución llevó a Leon a poner en marcha a su agente su sentimiento era bien distinto. "Pensaba que volvería al equipo. No me quitaba la idea de la cabeza de que volvería al equipo". Donde equipo significa realmente familia

 

Pero no volvió. Y ahora Leon Powe es jugador de los Cavaliers, quienes están dispuestos a esperarle cuatro o cinco meses para el tramo decisivo de la temporada. Aguardan al jugador que en enfrentamientos directos mayor daño les había causado: 18 de 23 en tres partidos el año pasado incluyendo el 20/11 del pasado 6 de marzo y un 71.4 por ciento en el total de siete disputados.

 

Shaquille, Ilgauskas, Varejao, Powe, Hickson y Jackson. Una tonelada de artillería interior en torno a LeBron con la que los Cavs se arrojan de cabeza a un nuevo asalto al anillo. Una gloria que Powe ya conoce.

 

Los Celtics vuelven a ser candidatos a todo. Sobreviven. Pero en dos años se han deshecho de dos de los jugadores que la historia recordará con fuerza si es que el anillo verde queda a solas en el actual ciclo. No es posible comprender lo ocurrido en 2008 sin la presencia de ambos.

 

Tal vez por ello advertía Tas Melas que habrá un momento de la temporada 2010 en que los Celtics se acordarán de Powe tras una derrota decisiva ante los Cavaliers.

 

Bonita apuesta.

Corren días un tanto judíos. Primero era Pini Gershon haciendo de Bobby Knight en el Madison. Apenas sol y medio después un mito como Moni Fanan se quitaba la vida protagonizando una tragedia, ironía cultural, mucho menos hebrea que griega.

 

La vida y obra de Fanan en el baloncesto israelí pesa tanto como el Quijote en la literatura española. Fanan se quitó de en medio porque le habían quitado de en medio. Pero poco antes de morir vio cumplido un sueño. No era suyo únicamente. Era el de todo un pueblo. Y una vez cumplido, era como si su destino tocara también a su fin.

 

Moni Fanan hizo llegar a Omri Casspi a Maccabi en 2005. El espigado muchacho contaba con 17 años. Al término de su primer entrenamiento su compañero Yaniv Green le agarró por los hombros y mirándole fijamente a los ojos le espetó: "Tú vas a ser el primero".

 

Cuatro años después Casspi lo fue.

 

 

 

 

 

El joven alero, natural de Yavne, terminó siendo elegido por Sacramento Kings en el draft de 2009. Primera ronda. Número 23. Tres años y tres y millones y medio de dólares. El debut, ante Portland, fue un escándalo. Entró en el último cuarto y en 16 segundos ya había capturado dos rebotes antes de encadenar cuatro aciertos consecutivos de canasta. Un primer flash.

 

Es pronto. Demasiado pronto para disipar dudas. Pero Casspi ya ha hecho historia. Es el primer jugador israelí en jugar en la NBA. Y podría también llegar a ser el primero en desplazar al Maccabi de la corona de atenciones deportivas en la entusiasta Israel.

 

Es curioso si uno se formula la más lógica pregunta. Por qué tanto tiempo para ver a un hebreo debutar en la mejor liga del mundo.

 

Quien haya estudiado a fondo la historia del baloncesto en los Estados Unidos sabe de la crucial importancia de la comunidad judía en su prosperidad y desarrollo. Pero al mismo tiempo cabe recordar el proceso inverso. La importancia de lo norteamericano en el baloncesto judío.

 

Oportunamente remontamos el tiempo hasta situarnos en los recién iniciados años setenta.

 

En sentido diametralmente opuesto a la fractura del mundo entre las dos superpotencias enfrentadas (USA/URSS) y como ejemplo sobradamente revelador de cómo las relaciones políticas ejercían un influjo directo en la escena deportiva, asomaba entonces como un vértice de enorme significado el caso de Israel y su cada vez más estrecha relación con los Estados Unidos.

 

En el albor de aquella década revolucionaria la Administración Nixon incorporó a su ofensiva diplomática en el tablero mundial las graves dificultades que los ciudadanos judíos padecían para poder abandonar la Unión Soviética. En 1968 únicamente se había permitido emigrar del país a un total de 400 judíos. Con el objetivo de mejorar su imagen exterior el gobierno comunista moderó gradualmente esta situación y para 1973 la cifra anual de emigrantes judíos alcanzó los 35 mil. No obstante, el verano anterior el Kremlin decidió cobrar un impuesto de salida a estos emigrantes, conocidos como refuseniks, con el fin de que el Estado reembolsara el gasto por haber educado a los ciudadanos que decidían salir del país. Esta circunstancia no sólo detuvo la presumible sangría sino que en años posteriores la redujo casi a cero sin que se observaran cambios considerables hasta el ocaso de la URSS. Entre finales de los años ochenta y principios de los noventa más de 500 mil judíos abandonaron el país soviético. De aquel contingente humano, en torno a 350 mil se dirigieron a Israel y los restantes 150 mil lo hicieron con destino a los Estados Unidos. Irónicamente en 1976, con los refuseniks otra vez impedidos a emigrar, el baloncesto soviético había vuelto a otorgar el mando de su selección absoluta al judío Alexander Gomelsky.

 

Aquel gesto norteamericano favoreció aún más las ya de por sí amistosas relaciones con el estado de Israel y favoreció en adelante el flujo de jugadores estadounidenses hacia la nación hebrea. Para finales de los años setenta varios de aquellos fraternales visitantes habían obtenido la nacionalidad israelí y pasado a integrar la mejor selección de baloncesto que Israel había conocido en su corta historia. Casos como los de Tal Brody, Barry Leibowitz, Steve Kaplan, Lou Silver o el seleccionador Ralph Klein refrendan una implicación para la que resultaba difícil encontrar parangón. De ese formidable grupo tan sólo Tal Brody estaría ausente de la medalla de plata obtenida por Israel en el Europeo de Turín de 1979.

 

Aquella relación cada vez más estrecha entre Estados Unidos e Israel tendría su máximo exponente en el Maccabi de Tel Aviv. El equipo más poderoso y emblemático de la nación hebrea se había proclamado campeón de Europa en 1977 con una plantilla en la que el número de miembros de origen americano (Aulcie Perry, Eric Minkin, Bob Griffin, Jim Boatwright, Tal Brody, Lou Silver y el entrenador Ralph Klein) era incluso superior al número de los nacidos en Israel (Motti Aroesti, Yehoshua Schwartz y Miki Berkowitz). Con una proporcion algo más moderada el Maccabi repetiría corona europea cuatro años después, en 1981, bajo la dirección de un técnico también americano, el neoyorquino Rudy D'Amico. 

 

A raíz del fichaje el verano de 1976 del pívot Aulcie Perry merced a la presencia del director deportivo del equipo macabeo, Shmuel Maharovsky, en el campus de verano de los Knicks, y tras convertirse el propio Perry en uno de los jugadores mejor pagados del circuito europeo, el Maccabi se convertirá en adelante en uno de los destinos más apetecibles para el mercado europeo de jugadores americanos. Junto a estadounidenses nacionalizados como Brody o Silver, protagonistas de las gestas israelíes en la escena continental, Perry encabezó la apertura de una vía deportiva entre ambos países que redujo considerablemente aquellos prejuicios que identificaban a Israel con un permanente y peligroso escenario de guerra.

 

No menos cierto era que la transacción de jugadores parecía moverse en una única dirección. El nivel del baloncesto israelí, como ocurría en Grecia, aumentaba aprisa debido principalmente a las adquisiciones procedentes de los Estados Unidos. Pero aquel crecimiento general no corría paralelo al que podían experimentar los jugadores nacidos y crecidos en Israel. Tan sólo hubo una excepción, la de una figura natural de Kfar Saba de enorme personalidad que respondía al nombre de Mickey Berkowitz.

 

Como suele ocurrir con los condenados al éxito la precocidad fue su primera condición. La tutela deportiva del Maccabi le amparó desde los 11 años. A los 15 pasaba a formar parte del equipo junior y a los 17 debutaba con el senior. El verano de 1972 se convertía con 19 puntos en el hombre clave de la histórica victoria israelí (70-63) sobre la escuadra soviética en la fase previa del Europeo junior de Zadar. En los siguientes catorce años Berkowitz será un fijo en la selección hebrea, su líder natural. Nada extraño para quien no tardaría mucho en convertirse en el mejor jugador del mejor equipo de Israel. El Maccabi se alzaría con sendas Copas de Europa en 1977 y 1981. Berkowitz resultaría decisivo en ambas y crucial con la última canasta del segundo título.

 

Berkowitz fue el primer jugador israelí en materializar un sentido inverso en aquella vía abierta con Norteamérica. En 1975 ingresaba en la Universidad de Nevada-Las Vegas donde jugará un año con los Rebels -un grueso apenas testimonial de once partidos- antes de que la directiva macabea solicite su regreso por motivos obvios. No sería la única ocasión. Cuatro años después el peso de Berkowitz en el equipo de Tel Aviv y la selección de Israel era ya tan grande que difícilmente se le concebía un futuro lejos del baloncesto hebreo. En pocos años se había convertido en un emblema en el seno de una nación que concedía un valor demasiado importante a sus símbolos. El verano de 1979 Israel conquistaba su mayor gloria deportiva en la plata del Europeo de Turín. Berkowitz (33 puntos a España, 26 a Checoslovaquia) terminó siendo considerado el mejor jugador del torneo.

 

 

 Tal Brody y Mickey Berkowitz

 

Inteligente y rápido, en torno al 1.92 y diestro en las tres primeras posiciones del juego, de creciente fuerza debido a su permanente obsesión por la forma física, gran defensor, tan hábil en el juego estático como en el contraataque, con muy buen lanzamiento y un sensacional manejo del tempo de juego, Berkowitz representaba en sí mismo lo mejor de la fina evolución del baloncesto llamado europeo. Un valor específico al que añadía un cierto bagaje propiamente americano aun a pesar de su corta estancia allí.

 

Una de sus cualidades más descollantes era el dominio de situaciones de juego que presumiblemente atemorizaban a muchos otros jugadores. Ese valor eterno de las grandes estrellas que sugiere la idea de crecerse ante situaciones adversas.

 

En septiembre de 1978 los vigentes campeones de la NBA, Washington Bullets, aterrizaban en Tel Aviv para disputar un partido de exhibición ante el Maccabi. Lo que otras naciones ni habían soñado con presenciar lo disfrutó Israel con una facilidad únicamente entendible a través del sólido vínculo político antedicho entre ambos países aliados. El equipo israelí se acabó imponiendo sorprendentemente (98-97) a los Bullets con 26 puntos de Berkowitz, cinco de los cuales tuvieron lugar en los instantes cruciales de partido para tomar una ventaja (96-91) que a la postre fue definitiva. La historia ocultó durante muchos años aquel partido así como una segunda cita, acaecida dos años después cuando un combinado NBA que incluía a jugadores del calibre de Julius Erving, Moses Malone y Micheal Ray Richardson volvió a morder el polvo (114-112) en Tel Aviv otra vez ante el Maccabi. El concurso de Berkowitz en aquel encuentro volvió a resultar tan decisivo que a pesar de disputar únicamente la segunda mitad terminó anotando 20 puntos. Era como si Berkowitz no sólo no tuviera el menor problema ante los profesionales americanos, sino que incluso gustara de incrementar su valor frente a ellos.

 

A pesar de los años de oscuridad ambas citas han pasado a la historia como las primeras derrotas de equipos NBA en territorio FIBA. En un formidable trabajo de investigación publicado en 2002 bajo el insuperable título Expedientes X, Javier Gancedo arrojaba luz sobre estos y otros episodios futuros que no sólo ponían fecha a desenlaces sin precedentes, sino que radiografiaban aquella progresión geométrica del baloncesto de vanguardia fuera de los Estados Unidos. Un baloncesto de valores y estructuras que aproximaban a equipos y jugadores en infinito mayor grado que la peregrina condición amateur que postulaba la FIBA. Nadie lo expresó mejor que el técnico de los Bullets, Dick Motta, tras la derrota del 78. "El Maccabi mereció ganar porque jugaron mejor que nosotros. No jugamos contra amateurs, sino contra profesionales como nosotros".

 

En sentido contrario pero dentro de semejante relación deportiva vale recordar otras dos citas en aquella segunda mitad de los setenta. En junio de 1976, días antes de iniciarse el preolímpico de Hamilton (Ontario) con vista a los Juegos de Montreal, la selección de Israel jugaba un amistoso ante la potente selección norteamericana en el Cole Field de Maryland. Los hebreos fueron un auténtico sparring ante los americanos y la paliza (123-69) se fraguó con un espectacular 54 de 66 tiros de campo para los hombres de Dean Smith. La escuadra hebrea contaba con hasta tres nacionalizados: Tal Brody, Steve Kaplan y Ya'akov Eisner (anteriormente Jack Aizner). En el equipo israelí tan sólo el base Avigdor Moskowitz anotó más puntos (16) que Berkowitz (12), a quien correspondió la difícil papeleta de marcar a un Adrian Dantley que también se quedó en la docena.

 

Tres años después el Maccabi seguía estrechando relaciones norteamericanas. Pero por aquel entonces nadie lo haría en mayor grado que el propio Berkowitz. En la primera semana de julio se erigía como el máximo anotador (20 puntos) en un partido de exhibición que un combinado NBA disputaba en Tel Aviv con cómoda victoria americana (108-79) en la que destacaron Steve Mix (16) y Randy Smith (14). En las siguientes semanas el vínculo estadounidense de la estrella israelí se estrechó como nunca. 

 

Para finales de mes Berkowitz se encontraba en Atlanta. El motivo no era otro que probar con los Hawks en su campus de verano. Su técnico, Hubie Brown, había estado presente en Turín durante el Europeo y gustó lo suficiente de las cualidades del israelí como para concederle una invitación. Cortesía que Berkowitz aceptó encantado.

 

El programa previsto era intensivo. Cinco sesiones de entrenamiento en tres días para un total de 26 jugadores entre novatos y agentes libres. El propio Brown reconocía que era un tiempo más que suficiente para que el ojo clínico de un entrenador supiera separar el grano de la paja. No tan expresa era la realidad, ya que la plantilla definitiva abriría a lo sumo dos plazas. Y cualquier operación correspondía al técnico de manera unilateral. El nuevo mánager general, Lewis Schaffel, procedente de New Orleans, acababa de aterrizar en su nuevo empleo hacía escasamente dos semanas, por lo que Hubie Brown quedaba al mando de toda nueva contratación.

 

Terminadas las pruebas era innegable que Berkowitz contaba con virtudes que ratificaban la invitación. Su seriedad, buen hacer defensivo y una manifiesta aversión a cometer errores, si bien no sirvieron inicialmente para recibir una oferta en firme sí al menos para que Brown no lo eliminara de su libreta de opciones. Y algo así suponía su traslado a otros campus NBA; su continuidad por unas semanas en el circuito de verano de la liga profesional. Así a mediados de agosto el hebreo viajó a Nueva York con una agenda de citas muy concreta.

 

Primeramente fue invitado a disputar un partido entre profesionales, la edición número 21 del Maurice Stokes Charity Game, celebrado en Monticello, y que dio con la victoria del Blue Team sobre el Yellow Team por 109 a 106. Red Holzman, técnico de los Knicks, dirigía a los azules, liderados por Bob McAdoo y Ray Williams. A los amarillos, otro veterano de los banquillos como Red Auerbach. Berkowitz formó parte de estos últimos junto a Cedric Maxwell, el prometedor novato de Duke Jim Spanarkel y M.L. Carr, un alero fuerte que estaba a punto de firmar por los Celtics y que curiosamente había jugado en la temporada de 1975 en la liga israelí con los Sabers. Berkowitz no desentonó. Anotó cuatro puntos en un partido disputado hasta el último segundo. Un encuentro cuyo carácter amistoso no contravenía la normativa FIBA y por ello preservaba intacta la condición amateur del invitado extranjero.

 

Dos días después Berkowitz formaba parte del campus de verano de New Jersey Nets dirigido por su técnico Kevin Loughery y su director deportivo, Charlie Theokas. Durante el fin de semana entre el 16 y 18 de agosto el pabellón Montclair State College fue testigo de la dura pugna de 26 jugadores por ganarse un hueco en la plantilla. Berkowitz era el único extranjero de los presentes en un campus cuyo coste, en torno a los 12 mil dólares, había sido financiado por los dos nuevos propietarios de la franquicia, Joe Taub y Alan Cohen. Incluso el director deportivo de los Knicks, Eddie Donovan, tuvo acceso en la jornada del viernes a las evoluciones de Berkowitz y el resto de novatos y agentes libres.

 

El campus finalizó sin mayores sorpresas para el hebreo. No al menos procedentes de los Nets. Sí en cambio del equipo por el que había probado en primera instancia. Los Hawks volvieron a contactar con Berkowitz ofreciéndole la posibilidad de quedarse y disputar con ellos la pretemporada. Una operación que podía suponer un principio de acuerdo para firmar un contrato.

 

El reclamo de Atlanta se había mantenido sospechosamente en secreto. El 30 de julio Hubie Brown había comunicado a la prensa que de los 26 jugadores del campus un total de 13 pasaría a ingresar en septiembre al campus de veteranos de pretemporada. Brown incluso daba la lista de los elegidos. James Bradley, Larry Wilson y Don Marsh -sus tres primeras elecciones de draft- además de Dedrick Reffigee, T.J. Robinson, Keith Herron, Ricky Brown, Sam Pellman -el único pívot puro- y los exteriores Phil Walker, Art Collins, Kevin Woods y Tim Claxton. Una lista de doce y no trece como había anunciado.

 

Faltaba uno. Y no era otro que Mickey Berkowitz.

 

Era evidente que había un problema. Berkowitz tenía contrato en vigor con el Maccabi y sus dirigentes no estaban por la labor de perder no sólo a su principal jugador sino al líder natural de la selección hebrea cuya afición le refería como Rey de Israel. Un emblema del país convertido en el primer extranjero en ingresar en la NBA podía ser un motivo de orgullo nacional. Pero el precio a pagar tal vez era demasiado alto. Prueba de ello fue que desde el primer momento en que el equipo macabeo supo de la aventura americana de Berkowitz, hizo llegar a las oficinas de la NBA en Nueva York una notificación que informaba del contrato vigente que vinculaba al jugador con el club de Tel Aviv.

 

La NBA obró en consecuencia y para finales de julio, mientras Berkowitz estaba probando con el equipo de Atlanta, hizo llegar a todas las franquicias el aviso de aquella información remitida. Las intenciones de Hubie Brown de quedarse con Berkowitz eran del todo plausibles. Con una oferta en firme tal vez todo se redujera a entablar una negociación con el Maccabi. Pero no hubo ocasión. La negativa del club israelí partía como un presupuesto inamovible bajo la velada amenaza de acudir a los tribunales. Una circunstancia que inhibió en Berkowitz todo ánimo de emprender una escapada por su cuenta y riesgo. Se añadía además que su presencia en el campus de pretemporada tampoco era garantía de un contrato en firme. Y ello a pesar de que Brown buscaba efectivamente reforzar el backcourt del equipo. No en vano Atlanta firmaría a finales de agosto a Andre McCarter, que ni siquiera llegó a debutar con el equipo, y más tarde a Ron Lee vía traspaso con los Jazz. 

 

Todo quedó en nada. Berkowitz regresó a Israel. Y lo hizo con la doble satisfacción de saberse valorado incluso por un equipo NBA al tiempo que ratificaba su condición de héroe por haber elegido seguir debiéndose a su club y selección.

 

En Tel Aviv respiraron tranquilos.

 

Pero de aquella tranquilidad acabaron hartos.

 

Pocos imaginaban que en los siguientes treinta años, cuando la NBA había acogido a más de sesenta nacionalidades distintas, Berkowitz mantendría su espectral condición de pionero. Habría que esperar hasta 1999 para que otro jugador israelí estuviera muy cerca de ingresar en la NBA. Unos años atrás Nadav Hanefeld y Doron Sheffer, jugadores en distintos periodos de la Universidad de Connecticut, tampoco lo consiguieron. El también macabeo Oded Katash lo tuvo todo a su favor para convertirse en jugador de los Knicks. Todo salvo la huelga de la propia competición que impidió que aquella operación llegara a buen término. Lior Eliyahu y Yotam Halperin fueron los siguientes en 2006. Pero a su doble elección en aquel draft no sucedió la garantía de un contrato. Tres años después Omri Casspi es el elegido del pueblo elegido.

 

Y en éstas que Israel, uno de esos extraños países con el baloncesto por bandera, estalla de júbilo.

 

Un júbilo que irónicamente se ha teñido estos días de luto.


 

Cuando apaga una década es momento de mirar atrás. No tanto por la desazón que nos produce el cambio de dígitos como como por la humana costumbre de medir la vida histórica a palmos de diez, cincuenta o cien años. Inercia que el deporte hace suya como el libro sus páginas. Toca ahora pasar una. Una de esas páginas que en el futuro revisarán los cirujanos del tiempo.

 

Del gremio de curiosos que se asoman a radiografiar la década es difícil superar la quirurgia operada estas semanas por el doctor Haubs recogiendo lo suyo y lo de otros. Aquí se ofrece menos un exhaustivo recuento que una ligera memoria y un obligado reclamo a los lectores cercanos. 

 

 

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2000 Los Angeles Lakers

2001 Los Angeles Lakers

2002 Los Angeles Lakers

2003 San Antonio Spurs

2004 Detroit Pistons

2005 San Antonio Spurs

2006 Miami Heat

2007 San Antonio Spurs

2008 Boston Celtics

2009 Los Angeles Lakers

 

 

Sobre una panorámica muy general, como a cien órbitas del suelo, podría decirse que los años dos mil, contrariamente a los años sesenta y ochenta, nos han legado un precioso desfile de superjugadores y no tanto de superequipos. Suena extraño cuando a la tesis se oponen enseguida Los Angeles Lakers ('00, '01, '02, '09) y San Antonio Spurs ('03, '05, '07). Los primeros, como acostumbra su eterna aristocracia, protagonistas de una trilogía de incontestable dominio más un glorioso cierre de década. Los segundos, acaso el más fiable paradigma de equipo que quepa concebir. Pero en ambos casos tal vez proceda más hablar de dinastía, gestión de franquicia o extensión del éxito.

 

Lo que se quiere decir es que los años dos mil no nos dejan unos Lakers del 72, unos Celtics del 86, unos Lakers del 87 o unos Bulls del 96. No nos dejan un superequipo de temporada de cabo a rabo. Nos los dejan. Pero no de corona histórica. De celebrarse hoy un 75 aniversario de la NBA resultaría difícil elegir uno solo de los diez equipos campeones que nos han brindado estos diez años. Uno por encima de todos. Uno como el más dominante.

 

Los Celtics de 2008 (66-16), con el mayor diferencial de puntos a favor de toda la década, forman ya elenco de los mejores modelos defensivos habidos. Pero incorporaron a su postemporada una inesperada carga (4-3/4-3/4-2/4-2) de la que por ejemplo carecieron los Lakers de 2001 (15-1), cuya Regular (56-26) no brilló en exceso. De este último modelo de dos velocidades al que nos habituaron los Pistons de Daly nadie ha bebido en mayor grado que San Antonio. Sin un curso inferior a las 53 victorias los Spurs acostumbraron a disparar el acelerón a cada nuevo mes de abril. De hecho, el detonado entre mayo y junio de 2007 ante Jazz y Cavaliers podría ser considerado como el de mayor excelencia táctica de toda la década con permiso de los Pistons de junio de 2004. 

 

Porque precisamente el brutal acelerón de Detroit entonces tuvo lugar en plenas Finales. Como algo menos intenso pero más prolongado fue el de la sorprendente Miami en 2006, uno de esos raros títulos que la historia contempla en solitario.

 

Esta ausencia de un año verdaderamente hegemónico -lo más próximo son los Lakers de 2000- permite hablar de diez años de una bonita y diversa igualdad bajo los equipos campeones, más recurrentes de lo que la realidad hizo presumir. Por debajo del anillo desfiló una corte de equipos (Sacramento, New Jersey, Detroit, Dallas, Phoenix) que ha enriquecido enormemente la década. Una sólida corte que permite afirmar que el nivel de competición en la parte alta de la liga se vio incrementado en estos diez años respecto de las dos décadas anteriores. Que los segundos y terceros de turno figuran en definitiva modelos mucho más definidos y avanzados, más poderosos y competitivos que sus homólogos del decenio anterior.

 

Diez años no es nada. Pero tanto a la vez pueden ser que entre dos subcampeones como la Indiana de 2000 y el Orlando de 2009 hay un siglo de distancia. Aquellos Pacers son lejana historia. Estos Magic radiante presente. Es el seductor juego que permite aprisionar una década.

 

Una década marcada en exceso por un defecto de estructura. En este tiempo la NBA pareció articulada entre un Tercer Mundo (Este) y un Primero (Oeste). Una tendencia algo ingrata que el tiempo ha tendido a reparar del mismo modo que lo hizo a principios de los setenta (entre 1959 y 1971 ningún equipo del Oeste conoció el anillo). En pleno desequilibrio dos candidatos del Este, Detroit y Miami, lograron vulnerar la corriente. Lo que venía a significar que por encima de sus miserias el Este podía ofrecer un último representante que vengara la diferencia.

 

Para cuando Boston conquista su 17º cetro el desnivel había comenzado a remitir y tres de los más sólidos representantes del lado fuerte -Spurs, Mavs y Suns- iniciado su ocaso.

 

Es fácil revisar el decenio a través de sus campeones. El futuro se ocupará únicamente de ellos. Pero algo más adentro, ahora que el recuerdo es cercano, la década presta también su memoria al resplandor de varios patrones de juego, acaso los más valientes, genuinos y encantadores que nos legaron estos diez años:

 

 

Sacramento (2000-03): Sellaron un quinteto a fuego (Bibby-Christie-Stojakovic-Webber-Divac) y un estilo brillante y novedoso que rescataba la media pintura como riquísimo espacio de circulación que remontaba a los mejores Celtics de los años ochenta. Murieron en reiterada cercanía a la meta por carecer de suficiente potencial interior con que hacer frente a los Lakers de O'Neal así como por una desventaja final en recursos de desgaste. Su delicada exuberancia en el uso del balón, con frecuentes secuencias de pase corto a través de líneas defensivas aparentemente cerradas, situaron su intención táctica muy por encima del panorama general de la década, donde ocupan el trono en el llamado juego de memoria.

 

Dallas (2000-04): El perímetro abierto más fértil de principios de siglo terminó aceptando con el tiempo la necesidad de fortaleza interior. Preservando en lo básico la táctica abierta al perímetro sumó más backcourt de resolución anotadora hasta prescindir de Steve Nash, el eje director de una circulación que invertía de manera firme y limpia el balón entre postes altos. El adiós de Don Nelson en favor de Avery Johnson integró gradualmente el modelo en el seno de aquella política de bloques que, como San Antonio, acumulaba resortes de amenaza en todos los puntos del juego. Así los Mavericks se hicieron más poderosos sin perder aquel ataque saneado con el perímetro abierto como eje medular. En apenas dos años -Dallas (2005-07)- el equipo fue redefinido defensiva y posicionalmente hasta convertirse en el modelo más versátil del mundo. Pero aquel radiante The All Tempo Team (127-37) sufrió dos sucesivos golpes de muerte (Finales 2006 / 1ª Ronda 2007) cuyas terribles consecuencias, especialmente mentales, se prolongan hasta el día de hoy.

 

Phoenix (2004-07): Sin duda la mayor conquista formal sin título que embolsar. Todo se resumía en director y alas proyectivos. La continua interacción de estos cinco recursos ofensivos en permanente agresión y estado de urgencia produjo como resultado una pronunciada silueta de verticalidad, de voluntad de ataque, de afán de aro, como no había conocido el baloncesto desde los mejores años del Showtime angelino (1985-1988), una diferente interpretación del fast break que optimizaba las posibilidades de la circulación vertical a través de una brillante economía del pase. Por la importancia de su jugador más emblemático: ver más abajo Steve Nash.

 

Golden State (2006-07): Como heredando lo mejor del modelo PHX los Warriors volvieron a ser laboratorio de la vanguardista interpretación del más genial Don Nelson. Si en 1991 el motor de aquel experimento llamado TMC corrió a cargo de Tim Hardaway dieciseis años después tomaría el relevo Baron Davis. Desaforado juego en transición, agresivos ataques de cinco y un brutal shuffle a toda pista que acabaron por rematar a los mejores Mavericks de la historia (67-15). El problema de los equipos de Nelson desde que abandonara Milwaukee es que tanto agradaban la vista y reventaban cuadros de playoffs como terminaban muriendo enseguida. Nelson y Warriors: iconos del baloncesto suicida de corto recorrido.

 

L.A. Lakers (nov. dic. 2003): Vale rescatar de la memoria el espléndido inicio de temporada de aquel radiante experimento referido en sus días como Big Four gracias a la pomposa unión de Shaquille O'Neal, Kobe Bryant, Karl Malone y Gary Payton. Durante apenas una veintena de partidos a salvo de lesiones los Lakers parecían un equipo sencillamente imbatible con el privilegio de agradar. Siete meses después la humillación en las Finales hizo trizas el vestuario y sepultó aquel ensayo como pieza de museo.

 

 

 

Orlando (mayo 09): Fue una serie (ECF). Pero bien valió la pena. Su estructura radicalmente perimetral remitía a los Mavericks de principios de década sólo que las cuerdas de circulación, de nítida factura e inagotable extra-pass, retrasaban los pies hasta el anillo del triple ganando un precioso espacio que trastornó la defensa de los Cavs como lo habrían hecho con cualquier otra en el mundo. Nunca los estáticos habían exhibido semejante fractura entre un jugador interior (Dwight Howard) y el exterior, por momentos de hasta cuatro hombres abiertos de lanzamiento mortífero.

 

 

Todo ello formalmente. Porque en lo que al factor de competición concierne equipos como los Timberwolves (2004), Clippers (2006), Hornets (2008), Cavaliers (2007), Magic (2009), Nets (2002/2003) y Nuggets (2009) -ambos no ABA-, alcanzaron su cima histórica en esta década. Diez años de pizarra presidida por el mismo nombre que en los años noventa, Phil Jackson. Y a la par, un insobornable Gregg Popovich. Bajo la comandancia de ambos se agitaron a ratos Larry Brown y Mike D'Antoni, Byron Scott y Pat Riley, Mike Brown y Doc Rivers, Rick Adelman y George Karl. Y apurando, hasta el mismísimo Larry Bird. 

 

 

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En este subrayar lo hegemónico nos salen en cambio jugadores a manadas. Tanto los principales culpables de que diez equipos conquistaran la gloria como aquellos que sin lograrlo opusieron resistencia haciendo de paso más grandes a los primeros. A lo generoso son muchos. Tal vez demasiados. Por eso urge cortar desde arriba y elegir lo mejor entre lo más selecto.

 

 

 

 

El primero de todos, Tim Duncan. Nunca será posible revisar este decenio sin la honorífica, prioritaria y casi monárquica referencia a Duncan como el jugador más decisivo de todos, el secreto perfecto. Sólo uno de sus cuatro anillos escapa a esta década. Incluso cuando creímos vista su obra al completo, como eternamente igual, nos volvió a postrar con un lanzamiento para el que sus manos no parecían hechas. Su último acierto desde aquella distancia lo había logrado más de un año atrás. Y cuatro en circunstancias algo parejas, cuando brindó a los Lakers cuatro décimas para el milagro de Fisher.

 

No vale extenderse. Duncan es el jugador de la década.

 

Y sin embargo cabe insistir con la misma fuerza que la cima más alta conquistada por un jugador en algún momento de este mismo periodo pertenece sin duda a Shaquille O'Neal.

 

De no haber existido Wilt Chamberlain, de no hacerlo además en un siglo que no le correspondía, bien podría asegurarse que el Shaq del primer tercio de década (2000-03) es el jugador más complicado de defender en la historia de la NBA. El más poderoso, la más óptima combinación de tamaño, velocidad y fuerza que haya podido conocer el inmenso continente del Deporte. Recordando ahora lo que Shaq fue, incluso la trilogía se antoja corta. En un tiempo en que la estructura del Baloncesto NBA se creía ya producto acabado la emergencia de la Gran Bestia obligó tanto a refundar la matemática del espacio y la consideración de las faltas como a evidenciar el absurdo de la defensa al hombre y en un sentido no tan retórico, la justicia misma del reglamento.

 

Duncan y Shaq. Siete de los diez anillos tienen su sello. Ambos escapan al estrecho cerco de un decenio.

 

Pero no son los únicos.

 

Por encima de ellos Sporting News concedía el galardón del jugador de la década a Kobe Bryant. Una concesión valiente y como airada a la que subyace ese pérfido simbolismo que seguiría instalando en el imaginario a Michael Jordan como el hegemónico paradigma del que derivar todo lo demás. Para Sporting News la elección de Kobe responde a una formulación mental de expresión muy gráfica:

 

- El imaginario dictaba: "Pasará mucho tiempo antes de que alguien se aproxime a Michael Jordan".

- La realidad objeta: "No creas que es tan huidiza esa sombra. Kobe Bryant la ha llegado a tocar con la mano".

 

Si lo que se pretende es que Kobe Bryant forme podio la idea no puede ser más acertada. Flanqueado por Duncan y Shaq, de quienes parecía provenir todo anillo, Kobe ha extendido en estos últimos diez años el total de sus poderes. Poderes que ningún otro jugador salvo Duncan ha exhibido de manera más regular y compacta. Por una simple cuestión cronológica los años dos mil trazan un cuadro más preciso de Kobe que de Shaq.

 

Hace nueve años era un jovencito con infinitas ansias de protagonismo cuando sus 8 puntos resolvían la prórroga del cuarto partido de las Finales de 2000 sin Shaquille. Transcurrido el verano Kobe comenzaba a reclamar de veras su sitio:

 

"Arrancando el curso de 2001 Phil Jackson no encontraba cómodo a su escolta y le preguntó qué era lo que le ocurría. "No sé, este sistema es tan simple que no le deja demasiado hueco a mi talento ofensivo". Jacko no alteró el sistema. Kobe se encargaría de ello. En el mes de mayo Bryant asesinaba a los Kings en semifinales del Oeste con 48 puntos y 16 rebotes. Contaba con 22 años, 8 meses y 21 días. Ni un solo partido dejó transcurrir para burlar nuevamente las presuntas fronteras de la edad. En el estreno de las Finales del Oeste masacró a los Spurs con 45 puntos y 10 rebotes. Las crónicas titulaban "Jordanesque" y Shaq tuvo que subrayar a la prensa que en absoluto bromeaba al rendirse a Kobe como "el mejor jugador de esta liga de largo"". (Edades de blasfemia, Basket Life, enero '09).

 

Kobe ha cerrado la década igual que la abrió: con un anillo. Siendo este cuarto el que más ansiaba. Haters Beware!, ironizaba SLAM. Y en esa brecha de tiempo no dejó de ser nunca protagonista en mil escenarios tres de los cuales -ruptura con Shaq, tribunales y trade me- no ensombrecen algunas de las proezas anotadoras más extremas desde Wilt Chamberlain. El completo mes de febrero de 2003 se fue hasta los 40.6 por partido. Del 16 al 23 de marzo de 2007 encadenaría un total de 225 puntos en cuatro noches: un promedio alienígena de 56.2. Un año atrás, el 22 de enero de 2006, apenas un mes después de endosarle 60 en tres cuartos a Dallas, firmaba la mayor hazaña individual de los tiempos modernos: la mágica velada de los 81 puntos, una sobrenatural migración al aro que una noche Tracy McGrady fragmentó en 35 segundos y 13 puntos para liquidar a San Antonio.

 

Kevin Garnett, Dirk Nowitzki y Jason Kidd completan un círculo que ampliar por sectores de tiempo junto a Allen Iverson, Paul Pierce, Chauncey Billups o Dwayne Wade. Y muy especialmente con la más poderosa irrupción de la década: LeBron James, el jugador de mayor potencial que haya podido conocer este juego.

 

Ahora que el siglo es joven, James, Garnett, Shaq y Nowitzki llevan tiempo insinuando tal que embriones cómo será el común de la fauna NBA para mediados del XXI.

 

Con todo, en lo referente a las irrupciones, acaso nunca se deba omitir la más inesperada y como hermosa de todas. Por espontánea y subversiva.

 

La década arrancó prolongando algunos de los peores vicios heredados de la anterior. Emprendió el camino marcada por un colosal tonelaje defensivo que delineó el imperio de los bloques de acero. De repente un modelo radical de juego y muy en especial su jugador emblema venían como a quebrar el curso de los acontecimientos. Por eso cabe aquí formular la pregunta sobre qué es lo que verdaderamente importa en el Steve Nash del ecuador de la década. De los Suns a su mano entregados. De aquella locura que parecía salir de unos animados Cartoons. La respuesta nunca debería ser otra:

 

"Importa su conquista absoluta de una de esas parcelas que muy rara vez la historia concede a las novedades verdaderamente reseñables. Su radiante Baloncesto clarividente, que dotaba de alas al balón y compañeros y arrojaba por la borda las medidas de tiempo, que hacía del juego una inagotable creación de energías vivas, irrumpió en una escena NBA que no aguardaba cambios de guión en su previsible política de bloques. Nash es el principal culpable de cuestionar muy seriamente el sustrato ideológico que había promovido la NBA durante más de una década hacia una colisión generalizada de las potencias defensivas y su paralela devaluación anotadora. Nash vino a abrir un nuevo destino y así lo premió la Liga, que por primera vez no lo hacía con los números sino con el espíritu que observa al Baloncesto como algo bello, inteligente y eternamente joven". (Una mente maravillosa, Basket Life, mayo '08).

 

 

 

 

De repente Steve Nash abrió puertas y ventanas y una fragante corriente de aire fresco invadió el completo panorama NBA. Su legado forma parte de todas aquellas conquistas que nunca reflejarán el palmarés.

 

A lo largo y ancho de la década merecen también especial atención por muy diversos motivos jugadores tales como Chris Webber, Vince Carter, Peja Stojakovic, Reggie Miller, Tracy McGrady, Ray Allen, Jermaine O'Neal, Stephon Marbury, Ben Wallace, Sam Cassell, Robert Horry, Baron Davis, Yao Ming, Manu Ginobili, Tony Parker, Gilbert Arenas, Shawn Marion, Rasheed Wallace, Amare Stoudemire, Carmelo Anthony, Dwight Howard, Pau Gasol, Chris Paul, Deron Williams o Brandon Roy. Una diversa y riquísima generación que la revisión del decenio encorseta torpemente. Porque buena parte de ella escapa ya hacia el futuro.

 

 

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Los dos mil fueron generosos. Se abrieron con la mejor noche de mates que el mundo haya podido conocer (Oakland, 2000) y sin darnos cuenta volvimos a contemplar a Michael Jordan de corto, ahora lo sabemos, como un sereno last dance de dos años. Vimos el milagro de Fisher y el fracaso de Portland. El triunfo de lo internacional (Nowitzki y Parker) y la revisión de lo nacional (Redemption Team). A un jugador de 22 años, LeBron James, abismándose a la historia al derribar a solas (25 últimos puntos de su equipo) a una de las mejores defensas colectivas del mundo. La pantalla universal fue innumerables veces paralizada por hazañas y glorias de los únicos protagonistas que verdaderamente merecen la pena.

 

Pero la década, como todas, fue también cruel y tramposa. Seattle falleció traicionada. El desdichado Livingston nos recordó de manera espantosa que el hombre no es invertebrado, como Jay Williams que el destino puede ser el peor enemigo, triste condición que terminó alcanzando Isiah Thomas.

 

En noviembre de 2004 el Palace de Detroit asistió al más deplorable capítulo que haya escrito esta liga. En medio de un anodino Pistons-Pacers, que meses atrás habían protagonizado la serie más árida nunca vista, estalló el polvorín que algunos alarmistas tanto tiempo llevaban advirtiendo. La NBA había conocido batallas de todo calibre. Pero todas juntas pasaban por travesuras en relación a lo ocurrido aquella fatídica noche, testigo no de una pelea de jugadores. Sino, aún cuesta creerlo, de jugadores y público. Y Ron Artest se convirtió en el chivo expiatorio de una pesadilla que nadie habría podido imaginar.

 

 

 

 

El verano de 2007 otro gravísimo escándalo salpicó a la NBA en su más profundo seno. El árbitro Tim Donaghy, con 13 años de experiencia a sus espaldas, era encontrado culpable de las acusaciones de conspiración y fraude en el ejercicio de su cargo por una trama de apuestas. El riesgo era demasiado grande. Estaba en juego la credibilidad misma del campeonato.

 

Dos peligrosas transgresiones que David Stern, siempre Stern, logró sepultar como hechos aislados. Al primero sucedió el código de vestimenta y entretanto el establecimiento de un límite mínimo de edad para ingresar en la liga. Al segundo responde el final de la década con un irónico desenlace: la ruptura total entre la liga y el colectivo arbitral.

 

La década tampoco fue menos trágica que otras. Se llevó también su buen ramillete de almas. Almas jóvenes como Bobby Phills, Malik Sealy, Eddie Griffin, Jason Collier o Wayman Tisdale. Almas pretéritas como Paul Arizin, George Yardley, Al McGuire, Guy Rodgers, Larry Costello, Happy Hairston, Jimmy Walker, Norm Van Lier, Phil Smith, Marvin Webster o Bill Musselman. Y hasta porciones enteras de historia en Alex Hannum, Red Auerbach, Pete Newell, Chuck Daly, Darell Garretson, George Mikan o Dennis Johnson. Se llevó a otros muchos. Pero tratándose de baloncesto, seguro que no muy lejos.

 

 

 

 

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Y como este juego, por muy grande el universo que lo rodee, está forzosamente articulado en partidos, de entre los miles y miles de encuentros que jalonaron esta década próxima a fallecer ahí va una simple docena que recordar eternamente:

 

2000 WCF Game 7 - L.A. Lakers-Portland T. Blazers

2001 Finals Game 1 - L.A. Lakers-Philadelphia 76ers

2002 WCF Game 7 - Sacramento Kings-L.A. Lakers

2003 West SF Game 3 - Sacramento Kings-Dallas Mavericks

2004 West SF Game 5 - San Antonio Spurs-L.A. Lakers

2005 West SF Game 6 - Dallas Mavericks-Phoenix Suns

2005 Finals Game 5 - Detroit Pistons-San Antonio Spurs

2006 West SF Game 7 - San Antonio Spurs-Dallas Mavericks

2007 ECF Game 5 - Detroit Pistons-Cleveland Cavaliers

2008 Round I - Game 1 - San Antonio Spurs-Phoenix Suns

2008 Finals Game 4 - L.A. Lakers-Boston Celtics

2009 Round I - Game 6 - Chicago Bulls-Boston Celtics

 

 

El tiempo pasa. Pero lo hace felizmente para quien haya podido disfrutar otros diez años de belleza que llevarse a la tumba.

 

La década agoniza. Y con ella una preciosa parte de nosotros.

02/10/2009

Del reciente desfile de presentaciones a la prensa muy poco ha sobresalido de la anodina formalidad. Y tampoco sería el caso de los Wizards, el segundo peor equipo el pasado curso y, de creer a James Morris (SLAM), el más frustrante de toda la NBA, de no haber vuelto a la palestra, a su espacio natural, el extravagante sujeto de los 111 millones de dólares.

 

Gilbert Arenas ha vuelto a hablar. Y no parece él. Luego por fin es noticia de verdad. Noticia por prometer poner fin precisamente a todo aquello que le hacía ser noticia. Si hemos de creerle se acabaron el blog, el twitter, la comedia y toda esa patulea de jeringuillas mediáticas que le hacían ser un adicto a la notoriedad. "Ya sólo quiero dedicarme a jugar".

 

Pero mal va el asunto si los primeros escépticos son quienes bien le conocen. "Lo creeré cuando lo vean mis ojos", puntualizaba Brendan Haywood. "Gilbert dice una cosa y acostumbra a hacer otra. Si queréis creerle, perfecto", ironizaba DeShawn.

 

El peor favor que Arenas se ha podido hacer como profesional es convertirse en hombre noticia. Serlo es un drama cuando los primeros y loables motivos que conducen a la celebridad se difuminan y, en su lugar, emergen otros bien distintos cuando no diametralmente opuestos a lo admirable. Cuando la procacidad, la extravangacia, el egotismo y la incoherencia suplantan a todo lo demás, el daño causado es grande; en su peor versión irreparable. Porque un jugador que sale a pista 15 veces en los últimos dos años difícilmente habría sido noticia de no proyectarse un reality mediante el cual, y esto es lo peor, aniquilarse uno mismo el respeto en gigantescas porciones de público. 

 

Y no hay nada peor para alguien que merece ser tomado en serio en algún momento. Un tipo que durante el último tercio del año 2006 estuvo en condiciones de convertirse en el mejor jugador del mundo. Una fulgurante ascensión que el infortunio, todo hay que decirlo, detuvo de raíz.

 

Desde abril de 2007, cuando quebró su menisco, tres lesiones serias en su rodilla izquierda y tres intervenciones quirúrgicas de igual severidad han marcado la vida deportiva de Gilbert Arenas, quien ahora reconoce que incluso contempló la retirada el pasado enero cuando llegó a temer una cuarta intervención. "Hasta habría ahorrado dinero al equipo", satirizaba contra quienes luego terminó cargando.

 

En julio Arenas tomó rumbo a Chicago para ponerse por fin en manos del doctor Tim Grover, cuyos servicios había rechazado varias veces en los últimos dos años. A su cargo el trabajo diario giró en torno a sesiones intensivas de seis y siete horas. Entretanto Arenas ha guardado un verano de silencio. Hasta estos días que se ha apresurado a ofrecer su primer gran titular: "Grover ha salvado mi carrera".

 

Pero como Arenas no puede escapar a su sombra tardó nada en criticar al equipo por dos motivos el segundo de los cuales le hace flaco favor. Primero sugiere que los métodos de recuperación del equipo médico en Washington fracasaron. Y segundo que nadie le protegió de sí mismo. Con una supina puerilidad denuncia que en plena ebullición del Arenas más desaforado mediáticamente ningún miembro de la organización intentase siquiera ponerle freno, como si gracias a su figura de showman pretendieran vender billetes en el Verizon aun al precio de convertirle en víctima. Un papel en el que adora reconocerse.

 

 

 

 

Confeso de su mala relación con Eddie Jordan, convencido de que Arenas fue un convaleciente temerario, le atribuye parte de culpa en su mala recuperación al emplearle a destiempo e incluso forzarle a jugar. Y de paso, no del todo sin razón, cargar contra el público permanentemente crítico con él: "Herido como estaba oía decir: ‘El equipo carece de un auténtico director'. Y yo pensaba que tal vez era eso lo que necesitaba ser. Pero ¿qué es un auténtico director? ¿qué un base puro? Al final uno no es capaz de saber si está o no en lo correcto. Si promedio 10 puntos y 10 asistencias acabarán diciendo: ‘¿Ves? Ya no es el que era'. Si firmo 45 puntos y 4 asistencias entonces no seré un base de los de verdad".

 

Nada verifica mejor estas palabras y el espíritu beligerante de Arenas que la sobrenatural ratio de 20-1 en asistencias por pérdida en sus dos testimoniales apariciones al término de la pasada temporada. Sólo los más privilegiados jugadores son capaces de cumplir en pista lo que un carácter vengativo se ha propuesto acometer. Un retrato del carácter que Arenas inició con su dorsal.

 

Así no extraña que el recién llegado Flip Saunders -"Coach, can Arenas be governed?"-, intuyendo los disparos de la prensa en el acto de bienvenida al curso, templara el semblante como acostumbra e insinuara por dónde pretende orientar las líneas matrices del equipo en los próximos meses. Un equipo que desde Washington apuntan como el de mayor profundidad de los últimos años. A la formación veterana de Arenas, Stevenson, Butler, Jamison y Haywood, se suma la llegada de Mike Miller, Randy Foye y Fabricio Oberto, el único miembro de la actual plantilla que el año pasado conoció la postemporada. La rotación se completa con Javaris Crittenton, Dominic McGuire, el insondable Andray Blatche y dos explosivos todavía por detonar: Nick Young y JaVale McGee. Un roster que recitado de seguido suena de maravilla. 

 

De inicio Saunders prefiere la paz que la autoridad. Su mejor noticia, no dejó de insistir, es que Arenas está sano. Y matiza importarle mucho menos sus incontinencias mediáticas -"Que hable, que nunca deje de hacerlo. Yo le escucharé"- que su ética de trabajo. Agradece que a la entrega del playbook responda Arenas presentándose al día siguiente con unas páginas manuscritas que debatir abiertamente, lo que sin duda concentrará los mayores esfuerzos del Sam Cassell asistente. Pero todo ello sobre un manifiesto reforzamiento de su poder: "Tendrá el balón un 80 por ciento del tiempo. Más poder que el que haya conocido nunca".

 

Poca duda resta del Arenas que está por venir. Posiblemente el mismo que conocimos. Un jugador rápido, agresivo, ofensivamente asesino. Un anotador tan salvaje que se arroga los puntos que ni sus manos consuman. Un exterior de una técnica depuradísima y un entendimiento del juego muy superior al que luego su práctica verifica. Y ahí residirá el punto crítico por el que será nuevamente sometido a examen: como distributor. Porque no será él quien únicamente goce de salud.

 

De cuantos asuntos de interés despierte el nuevo curso en la NBA uno de ellos recaerá sin duda en la capital. Y mucho más en la nueva promesa de Gilbert Arenas. Se quiera o no él son los Wizards. "Nadie podía defenderme antes y tampoco nadie podrá ahora". Arenas está sano.

 

Físicamente.

Esta última semana ocupaba marginalmente la información NBA una fugaz reseña que recordaba el trigésimo aniversario de un episodio curioso, extraño, único. Un episodio seguramente observado hoy con esa testimonial morbosidad de lo anecdótico, lo efímero y como carente de cuerpo. Y sin embargo puede valer al entramado teórico de aquel capítulo una vigencia eterna. Eterna mientras haya deporte en el mundo y lo practiquen hombres y mujeres.

 

Tuve la fortuna de conocer en persona a Ann Meyers en septiembre de 2007 durante la Gala del Salón de la Fama FIBA. Reconozco que presté una especial atención a aquella mujer, de seguro la mayor atención de los muchos presentes en la inmensa sala, infinitamente más perplejos con Bill Russell, Dean Smith, Drazen Dalipagic, Sergei Belov o Nikos Galis. De principio a fin de la velada, como si antes que gesto fuera su auténtico rostro, Meyers no dejó de esgrimir una enorme sonrisa, incluso frente a los que antes que acudir a saludarla simplemente tropezaban con ella, tal era su condición de anónima entre la multitud. Esta circunstancia me terminó por convencer de que cualquier batalla que aquella mujer hubiera librado en la vida estaba coronada por la victoria. Y aquella cálida sonrisa levantada al vacío, plenamente justificada.

 

Me prometí entonces que su memoria merecía extraer cierto asunto de las estúpidas líneas de Trivial. Es el lugar y momento.

 

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De entrada la cosa se explica a velocidad de titular: el 5 de septiembre de 1979 los Pacers de Indiana anunciaban el fichaje de Ann Meyers. Una mujer.

 

En las semanas siguientes su nombre ocuparía infinidad de páginas a lo largo y ancho de la nación. Páginas que ninguna de sus proezas anteriores le habían procurado.

 

Contrariamente a lo ocurrido en 1968 con la tierna Penny Ann Early, un año después con la elección en el draft de una adolescente Denise Long por Golden State, o de Lusia Harris por los Jazz en la primavera de 1977, daba la impresión de que el caso de Ann Meyers iba completamente en serio. Una multitudinaria rueda de prensa en el lujoso Century Plaza de Los Angeles, la firma de un contrato por un año a razón de 50 mil dólares más la exhibición de su camiseta con el número 15, flanqueada por propietario y entrenador, verificaban el espíritu de aquella operación.

 

Espíritu porque en lo sustancial ocurrió cosa bien distinta.

 

 

 

 

Ann Meyers era una jovencita de 24 años a salvo de trazos románticos. Una atleta excepcional, de las que un país gigantesco puede permitirse a dedo en una o dos décadas. Se había graduado en UCLA el invierno anterior después de elevar al equipo al trono de la nación. Desde su posición de base Meyers jugaba al baloncesto con una clarividencia suprema. Era mucho más rápida y hábil que sus coetáneas y obligaba a escudriñar el pasado para encontrar algo cercano a su completísima resolución en pista. Había formado con la selección nacional cuando aún era alumna de instituto. Cuatro años después, a poco de conquistar el título universitario, se convirtió en la única jugadora de la historia capaz de firmar un cuádruple doble en la máxima categoría universitaria.

 

Deportivamente Meyers era una figura impecable. Pero su género no era masculino.

 

Es posible relatar lo ocurrido en aquellas dos semanas de septiembre dentro de siete grandes categorías:

 

 

De tipo publicitario:

 

La explicación más aceptada y seguramente la más plausible de todas. Aquella historia carecía en realidad de trama y pasado.

 

Ese mismo verano el multimillonario californiano Sam Nassi se había hecho con la franquicia a golpe de talonario y otorgado todos los poderes a su entrenador y también director deportivo Bobby Leonard. Todos salvo aquel improvisado capricho.

 

A nadie escapaba en Indianapolis la gradual decadencia del equipo. La edad dorada de los Pacers ABA se había esfumado hacía ya demasiado tiempo. En un año el aforo del pabellón había visto más de tres mil asientos vacíos por noche, no se había llenado ni una sola vez y los Pacers, que aún no conocían la postemporada en la NBA, ocupaban el puesto 18 de 23 en asistencia de público.

 

Qué mejor respuesta que una operación de marketing y un motivo de visibilidad nacional: la integración de una mujer en la plantilla y, al órdago, en una liga de hombres.

 

Es sencillo advertir los pilares de esta explicación. Que antes de ser sometida a prueba Nassi resolviera un contrato para ella, que tomara la decisión sin consulta técnica y que todo el operativo, incluida una rueda de prensa de las de bombo y platillo, fuera organizado desde su domicilio de Los Angeles, a casi tres mil kilómetros de la sede del equipo, ratifican poderosamente la opción publicitaria.

 

 

De tipo emocional:

 

Derivada de la anterior, imposible omitirla.

 

Ann Meyers tenía la absoluta convicción de que su presencia allí era estrictamente profesional. Su natural entusiasmo, acaso la ingenuidad de los 24 años, le hacían sentir a salvo de creerse un objeto empleado por un interés no propiamente deportivo. Un serio riesgo para la estima de una mujer que en el fondo creía legítima aquella prueba. Que era su capacidad y no su singularidad el motivo por el que estaba allí, rodeada de hombres en una batalla de la que sentía poder salir viva, feliz, orgullosa y pionera. En resumen, de ser Historia conquistando la última frontera y alejándose hasta lo remoto de la floritura cheerleader o del afectado lirismo del caso Penny Ann.

 

Meyers no sólo estaba convencida. Aspiraba a demostrar que, siendo también mujer, no era una de ellas.

 

 

Penny Ann Early momentos antes de ingresar en el Colonels-Stars. 

 

 

Las Floridians y su célebre estética nudie, el extremo ornamental de la mujer en la historia del baloncesto profesional americano.

 

 

 

Una persona muy cercana, su hermano Dave, a punto de emprender su quinto curso como profesional en los Bucks tras un año en blanco por la traición de la espalda, no ocultó su disgusto al recibir la noticia, un asunto que la prensa deportiva abordó a dentelladas.

 

Aconsejada por su entorno más familiar Ann se prohibió prensa, radio y televisión mientras durasen las pruebas. Algo comprensible avistando el panorama.

 

El dueño de los Knicks, Sonny Werblin, calificó la noticia de "vergonzosa parodia que la NBA no debería permitir". Su homólogo en los Sonics, Sam Schulman, tildó el asunto de "montaje y chifladura" llegando a comparar la operación con el fichaje del enano Eddie Gaedel por los Browns de St. Louis en la liga mayor de béisbol en 1951 (Gaedel medía 1.09 y pesaba 29 kilos).

 

 

 

 

Barry Lieberman, presidente de la WBL femenina, despachó aquel affaire como "burla al espíritu de competición" añadiendo que él jamás tendría la desfachatez de fichar a un hombre. Desde las oficinas de los Stars neoyorquinos (WBL) se arremetía contra la NBA acusándola de dar un paso más "para socavar nuestra liga". Especialmente duras pudieron sonar las palabras del portavoz de UCLA, Mike Sondheimer, quien había compartido centro con Meyers, reconociendo que la joven ni siquiera habría integrado con éxito el equipo masculino de la universidad.

 

Incluso desde los propios Pacers por cuya adhesión Meyers se prometió luchar las cosas no fueron mejores. El alero Mike Bantom resumía el ánimo que podía haber calado en el seno de la plantilla: "Si tengo que competir con ella por mi trabajo, lo siento, no va a recibir de mí ningún trato preferente. Voy a ser lo más duro que pueda con ella. Lo peor es que todo esto le puede hacer daño. (...) Esto se ha decidido desde Los Angeles. No entiendo cómo puede ayudarnos algo así. Si de lo que se trata es de construir un proyecto ganador no sé cómo es posible convencer a nuestra afición de que vamos en serio".

 

Por lógica no sería ella quien manifestara algún temor. Fue su hermano el encargado de hacerlo: "Me preocupan sus emociones para abordar una situación como ésta y cuál será su reacción ante lo que se le viene encima. Tan sólo deseo que no salga herida". Algo todavía más difícil cuando su mismo entrenador estaba tratando de convencerla de que tirase la toalla.

 

Ella se negó.

 

 

De tipo político:

 

Por alguna extraña razón sobrevivió a los años una explicación del asunto que dejaba en un feo lugar a la liga. Al parecer los Pacers habrían recibido del alto mando NBA una advertencia en voz baja. La liga no permitiría alinear a una mujer en un partido oficial. Una teoría atractiva pero infundada.

 

En una sociedad abierta como la americana, ávida por el debate, una prohibición de ese tipo habría suscitado una controversia que emplear como munición acusatoria contra la liga. Incluso un riesgo discriminatorio que terminar en los tribunales para regocijo de papel y pantalla.

 

Y no era momento de cometer errores. Corrían tiempos de cambio en la NBA desde arriba. La preocupación en los despachos se manifestaba a través de interminables reuniones siendo la problemática de fondo muy superior a lo que la inclusión en pocas semanas de la línea de tres puntos hacía presumir.

 

En medio de tanta reserva el caso Meyers podía resultar incluso molesto. Había que solventarlo aprisa de cara a los medios. Así la NBA se adelantó a disipar cualquier sospecha, primero, a través de las declaraciones del portavoz de la liga, Ed Falk, aclarando que la competición no iba a interferir en aquel asunto. Y más tarde mediante una segunda aclaración, ésta a cargo de un joven David Stern, asegurando que no había una sola línea en el código interno NBA que prohibiera aquella operación.

 

A riesgo de que las palabras se las llevara el viento y de que la oleada mediática amenazara con banderas de esmalte feminista dada la perfecta fragilidad de la chica, la liga se vio obligada a pronunciarse oficialmente, por escrito.

 

En la mañana del 6 de septiembre, menos de 24 horas después de las palabras de Falk y Stern, la NBA hacía pública una misiva con la firma del comisionado Larry O'Brien y probablemente redactada por el brillante abogado Stern y mano derecha de aquél. El pasaje no dejaba lugar a la duda:

 

"The NBA does not discriminate against athletes on any basis, including sex. If and when a contract from Ms. Meyers is filed with the league office by Indiana, it will be reviewed in the ordinary course and approved if it meets NBA requirements. I wish Ms. Meyers luck in her attempt to play in the NBA".

 

Pero también subyacía a ese paso una oscura lógica. El fuero interno de O'Brien sabía perfectamente del poderoso estímulo que supondría el concurso de una mujer en la liga. 

 

 

De tipo deportivo:

 

El único que en rigor importa.

 

Tras el anuncio del fichaje, Ann Meyers (1.75 m / 61 kg) se incorporó al campus de novatos y agentes libres de Indiana Pacers. Lo hizo junto a otros nueve jugadores de muy diverso pelaje entre los que se encontraban Dudley Bradley y Tony Zeno -los preferentes draft del equipo-, James Lee, Neil Traub y el base de tercer año John Kuester. Este último fue el par elegido para marcar a Meyers. De estatura algo pareja Kuester ya pesaba en torno a 23 kilos más que ella.

 

El primer día de pruebas se concitaron en el pequeño pabellón Hinkle de la Universidad Butler hasta diez cámaras de televisión. Lo recogido por ellas no engañaba. Al menor contacto Meyers salía despedida y esta circunstancia fue motivo de continua atención por parte del técnico Leonard, excesivamente preocupado por que la chica pudiera salir lastimada.

 

Un par de sesiones después ella misma se mostraba admirablemente sincera: "Soy un pelín más lenta que ellos. Son mucho más poderosos físicamente que todas las jugadoras contra las que me he enfrentado. Y muchas de las cosas que hacía contra ellas no puedo hacerlas ahora. (...) Tal vez no sea lo bastante buena, pero voy a dar lo mejor de mí. Eso sí, va a ser más duro de lo que había previsto".

 

Meyers demostró estar a la altura en atención, velocidad de reacción, lectura del juego e incluso manejo técnico. Pero al mismo tiempo era incuestionable su derrota física en todas y cada una de las batallas individuales, como si estuviera dos o tres grados por debajo del resto.

 

La californiana ya sabía lo que era disputar partidos entre hombres. Lo había hecho anteriormente en Los Angeles y Las Vegas ante ejemplares como Wilt Chamberlain, Julius Erving o Calvin Murphy. Pero aquello eran veladas de exhibición y nadie rivalizaba por un contrato.

 

En lo sucesivo nada hizo variar lo ocurrido en el estreno. Tan sólo seis días después los Pacers calificaban la operación de fallida y dejaban a Meyers fuera de juego. No había sitio para ella. Como seguramente no lo había antes ni para ocupar el undécimo puesto de una plantilla NBA, abundante en jugadores a cuyo nombre en los Box sucedía un DNP. De 1967 a nuestros días únicamente tres jugadores fueron active roster en los Pacers -Scott English (1975-76), Damon Bailey (1994-95) y Mate Skelin (1999)- sin disputar ni un solo minuto de juego. Ann Meyers no merecía ni eso.

 

Conocido el desenlace arreció la tinta. Uno de los artículos más explícitos fue el firmado por Wayne Lockwood en el Daily News bajo un título lapidario: "El sitio de una mujer está en el banquillo". Lockwood desdramatizaba aquella historia mandando al carajo toda posible especulación esgrimiendo como único argumento válido que la NBA no era sitio para una jugadora, ni siquiera la mejor del mundo. Algo más suave se mostró la revista TIME preguntándose qué pintaba en realidad una jovencita, por muy andrógina que pareciese, en un lugar como aquel. Excusánsola, Wrong League y no Wrong Girl fue el titular que concluía que "el territorio que anida bajo los tableros es uno de los más violentos de la escena deportiva". Ni siquiera el incisivo Times, que había tenido el tacto de cubrir el asunto con dos profesionales de distinto sexo (Jim Naughton y Sharon Johnson), se veía con fuerza para arremeter contra aquel absurdo.

 

Entretanto había removido la conciencia americana la eterna pregunta de qué nivel podría alcanzar una mujer en el baloncesto masculino. Se trata de una formulación muerta. Porque el imaginario público la responde en silente intimidad. Poco. Tal vez nada. Y ello es debido única y exclusivamente a que las condiciones de hombre y mujer, lejos de aproximarse en los deportes de equipo y contacto, resultan simplemente remotas y hasta la ciencia establece su ecuador bajo el vocablo genética.

 

La opinión pública ponía así fin a su propia aventura.

 

 

De tipo protocolario:

 

En su ambición por adornarse Nassi equivocó el perímetro formal de su propuesta. Como queriendo anticiparse a la crítica garantizó a Meyers la vigencia del contrato a toda costa. Esto es: si no era elegida para integrar la plantilla sí lo sería para la empresa. Como relaciones públicas o comentarista local se le aseguraba un despacho, un empleo cuya apariencia de limosna Ann Meyers no había reclamado de aquel hombre. Con esa deplorable petulancia del poderoso, Nassi creía poder cumplir su cometido y hacer al mismo tiempo un favor a la chica. Tropezaba así en una flagrante paradoja: premiar a una atleta por su condición de mujer. Olvidar que el único objetivo de aquella joven de 24 años era desplegar su profesión plenamente y no acogerse a una protección que en ningún caso había solicitado.

 

No es de extrañar que tan pronto Meyers fue descartada ocupó de inmediato sus planes en encontrar otro equipo, cosa que logró enseguida con los Gems de New Jersey de la WBL femenina. 

 

Antes el propietario había cometido otra torpeza. Contrariamente al bombo de su anuncio Nassi no hizo pública la negativa del equipo a quedarse con ella. Fue un fotógrafo el encargado de filtrarlo a la prensa mientras Leonard se lo comunicaba a Meyers en un aparte del pabellón, con el sudor todavía vivo por las últimas carreras y golpes.

 

El entrenador no tuvo entonces reparos en reconocer que jamás había visto jugar a la chica antes de que se la plantaran allí y que no había recibido presiones para quedarse con ella.

 

Un desastre que remite nuevamente al plano emocional de la protagonista.

 

 

De tipo masculino:

 

No se trata de valorar si nuestro mundo es o no esencialmente masculino (un término mucho más justo que machista). Sino de observar la reacción del grupo de hombres a quienes tocó la insólita experiencia de pelear su puesto con un no igual.

 

Tal vez las palabras no sean suficientes para profundizar en una realidad -el simple jugar en pista con ella- simplemente fascinante. Tanto como que cualquier lector puede proponerse el ejercicio de situarse allí con ellos. La postura es fundamentalmente incómoda y así lo resumía ella: "Para mis compañeros era algo desafortunado. ¡Taponaste su tiro! Menuda hazaña taponar el lanzamiento de una chica. ¿Y si yo robaba un balón? ¡Te ha robado el balón una tía! La verdad, tenía que ser duro para ellos".

 

Lo fascinante es que con seguridad este género anímico, propiamente masculino, habría prevalecido en cualquier liga del mundo a la que Meyers se hubiera incorporado.

 

Siete años después la débil USBL, que en algunas operaciones remitía al viejo circo ABA, derribó esa última frontera sexual al permitir a los Springfield Fame de Henry Bibby integrar en su plantilla a Nancy Lieberman (ver foto inferior), harta de ser más conocida como preparadora física de Martina Navratilova que como jugadora de baloncesto. El cronista Franz Lidz, enviado por Sports Illustrated para cubrir su estreno, no omitía en su escrito la sospechosa defensa del equipo rival, Staten Island, ante las penetraciones de Lieberman. Como los probables abucheos del público al autor de un tapón sobre ella.

 

 

 

 

El caso Lieberman llegó incluso al cine en el subproducto Perfect Profile (Jim C. Harris, 1989). Su argumento era sencillo: un atrevido propietario buscaba al jugador perfecto a través de una aplicación computerizada dando como resultado Teri Williams, una mujer. A ella tocaba ahora travestirse para ocultar su identidad al ofertante.

 

En el caso de Meyers, de haber logrado la hazaña, incluso mueve a la curiosidad preguntarse cómo habría gestionado la liga su vestuario. No tanto una sencilla estructura de ducha personal como su púdica marginación del grupo un total de 164 veces en liga regular. Dos por cada partido. Una al desverstirse y otra a las duchas. O quizá sólo en las últimas.

 

 

De tipo literario:

 

Con unos cuantos moratones de más Ann Meyers recogió sus cosas y se marchó sin hacer ruido.

 

Tal vez nadie coronara de manera más gráfica toda esta morbosa historia que el entonces asistente de Leonard en el banquillo de los Pacers, Jack McCloskey: "Me dio un besito en la mejilla y un abrazo. Menuda sorpresa. Nunca he recibido un beso de un jugador despedido".

 

Mujer hasta las últimas consecuencias.

Pasado jueves. Despedida ante los medios. Preguntado por qué tipo de sentimiento creía despertar su retirada Bowen esbozó una sonrisa mordaz antes de proclamar: "I'm sure a lot of people are happy". Pudieron ser las palabras más verdaderas de toda la rueda de prensa, a cuyo fin Steve Nash recibió en el móvil un simpático mensaje de disculpa anunciando una pesadilla que llegaba a su fin. No sería el único. Y valdría preguntarse qué clase de jugador puede suscitar un tipo de mezquina alegría pareja a la que por ejemplo despertó Michael Jordan a su primer adiós en octubre de 1993.

 

Es lo que vamos a tratar de responder.

 

Si Bruce Bowen fuera un malvado personaje de novela negra su fuero interno debería estar riendo a carcajada limpia. Nadie habría burlado con igual impunidad el código penal. Nadie adaptado la fechoría a la legalidad y los legisladores a su terreno. Un terreno fuera de la ley donde Bowen se movió como pez en el agua, dotando a su figura de una hipnótica condición de proscrito indemne.

 

Es complicado transitar estos días la figura de Bruce Bowen librando una sola línea de su fama de villano, como si todo lo ofrecido por este jugador no hubiese sido más que un desfile de crímenes sin castigo. Es complicado. Pero vale la pena abstraerse a un juicio tan estrecho como equivocado.

 

La vida cargó a Bowen un papel fugitivo a muy tierna edad. Contaba 13 años cuando llegó de la escuela y vio que el televisor de casa había desaparecido. Mamá lo había vendido para comprar cocaína mientras papá seguía ausente, borracho en algún rincón de la calle. Tío Darryl acudió en su ayuda. Para siempre. Y Bowen se hizo hombre a edad adolescente.

 

Pudo ser Mike Wise el primero en sugerir que aquella infancia frustrada inflamó en su carácter un potencial agresor condenado a expresarse en alguna actividad. Algo que sepultara lo sufrido a base de hostias tan sibilinas como el silencio que guardaba padeciendo a unos padres completamente perdidos.

 

Un cuarto de siglo después es sencillo explicar el porqué de la risa que Bowen sabe ganada. Una risa que compartió su hogar texano cuando el verano de 2001 llegaron Parker, Jackson y él a un coste de dos millones de dólares. Con 30 años Bowen era lo que Art García acertó a definir como "pro basketball vagabond". Así su verdadera carrera arrancó donde la de muchos otros terminan. Una carrera extraña, de ocho años increíblemente compactos con una camiseta cuyo color era el que verdaderamente le correspondía. Porque Bruce Bowen parecía nacido para la más absoluta negrura.

 

 

 

 

 

 

Titular indiscutible de una Dinastía, valdría repetir, undrafted titular indiscutible de una Dinastía, Bruce Bowen burló como nadie el glamour del NBA Star-system, sembró el camino de cadáveres y mandó al carajo el imperio de la estadística, un argumentario estúpidamente orgulloso de condenar la anemia numérica. Es como si Bowen hubiese orinado durante años en la filosofía Box Score. Como si gracias a él supiéramos que baloncesto y cuadro estadístico guardan una relación a menudo indescifrable y opuesta. En esas lápidas conocidas como Box Score Bruce Bowen fue un espectro revelado mucho antes en el equipo rival que en sí mismo. Porque la vanidad le fue de todos el defecto más remoto.

 

Resumiendo un sentir casi universal señalaba Kevin Pelton que Bowen "crossed the line into dangerous if not dirty play". No fue el único. Pero su profunda y eterna presencia en el lado oscuro del juego le ha concedido una parcela única en la historia de la NBA.

 

Efectivamente Bruce Bowen escribió su historia en líneas de novela negra. Tal vez hasta bélica. Como una batalla personal entre las dos canastas que flanquean la escena de guerra. Como soldado de infantería debería ser el más premiado si el genocidio tuviera premio. Como destructor no ha tenido parangón. 

 

La condición de esclavo táctico que pudieron alcanzar ejemplares como Morlon Wiley, Charles Jones o Dennis Rodman palidecen ante los niveles de sadismo (en apariencia inocente) exhibidos por Bowen. Resulta difícil convencer a sus detractores de que Bowen elevó más que nadie la defensa al arte de la molestia. Pero la persuasión pública es un asunto menor cuando se trata de validar la asombrosa eficacia de un hombre capaz de martirizar con igual éxito a biotipos tan dispares como Jason Kidd, Steve Nash, Kobe Bryant, Tracy McGrady, Shaw Marion, Vince Carter, Dirk Nowitzki, LeBron James o Chris Paul.

 

Ocho veces en los equipos defensivos del año. Su auténtico nido. Pero del juicio americano yerra esa parte que le concede un trono exclusivo como defensor de perímetro. Si la defensa es la sombra que persigue al ataque, que alguien pudiera elevarla desde el ras de suelo de Chris Paul a los devaneos interiores de Marion a los cielos del lanzamiento de Nowitzki debería ser suficiente para erigirle un monumento. El monumento al genocida más versátil que haya podido conocer este juego.

 

Poco antes de que Bowen reflejara en pista el lado más siniestro de la conciencia táctica de Popovich, Pat Riley aseguraba que sus cualidades "podían ser enseñadas". Como si formaran parte de un manual de artesanía, de un libreto del juego que impartir en formación. El tiempo le contradijo. Porque si bien parecían darse en Bowen virtudes trabajadas para un presunto idiota técnico, muy por encima de todo ello orbitaba una finísima inteligencia que Buck Harvey recogió al decir que Bowen consiguió arrastrar consigo a árbitros y legisladores. Situar a "the refs into his on-the-ball aggression". Podía ser un cerdo para 29 franquicias, decenas de jugadores y millones de espectadores. Pero no para el silbato general. Y un hechizo de tal calibre no forma parte de lo enseñable. Tiene que haber una destreza muy especial para darse un engaño tan grande. Un instinto al alcance de muy pocos. Tal vez de nadie hasta Bowen.

 

Sobraron a su carrera muchas escenas de terror. La patada en la cara a Wally, en la espalda a Ray Allen, en el hombro a Paul, el rodillazo a los testículos de Nash, las trabas a las suspensiones de Amare, Francis, Crawford, Carter y un largo etcétera. Le sobró todo aquel tenebroso excedente del kamikaze a su obra entregado. Pero nada de eso puede erosionar la verdadera naturaleza de su legado.

 

Su infatigable desplazamiento de piernas -aun superior al de Jordan y Dumars-, el cirujano manejo del timing, sus manos en eterna posición de garra y una felina actitud defensiva que ni siquiera cesaba a la detención del juego le convierten en el mayor enemigo que haya podido conocer la fauna universal del baloncesto. Nadie logró invadir más espacio al atacante. Como perro de presa es difícil concebir un rendimiento superior.

 

Al margen de juicios éticos que un jugador alumbrara el lado más oscuro del juego, un gigantesco terreno de destrucción, con semejante impunidad y eficacia le convierte de facto en un amplificador del baloncesto. A partir de Bowen el terrorismo podía tener cabida. Ningún jugador trasladó la licencia defensiva más lejos que él. Ni Hagan ni Rodman ni los peores enforcers habidos. Bowen llegó a hacer de la subversión una página personal que sumar a la Antología del Juego.

 

De ahí que la acusación criminal flaquee por simple ante una realidad infinitamente más laboriosa y compleja, mucho mayor en definitiva. Y todo ello omitiendo su papel como uno de los triplistas más fiables de la última década, la única verdaderamente técnica de sus conquistas.

 

En el futuro, templada la hostilidad y trascendida la parodia del YouTube, no se podrá observar a Bowen más que como uno de los mejores defensores que haya dado nunca la historia de la NBA. Palabras mayores para una alimaña. Sin ella tal vez la historia reciente fuera bien distinta.

 

"I'm sure a lot of people are happy".

 

Y a nadie extraña.

03/08/2009

La literatura y el arte, la ciencia y la música, veneran a sus mitos en calidad centenaria. A su debida hora celebran aniversarios, rinden homenajes y hasta renuevan la memoria de sus figuras. El mundo del deporte debería hacer lo mismo. Y también sólo con sus más grandes nombres. Con aquellos que trazaron un camino por nadie más intuido, por nadie más recorrido. Y éste es nuestro caso de hoy. Tal vez nuestro caso de siempre.

 

En unos días se cumplen 50 años de la venida al mundo de Magic Johnson. Caerán, pues, un sinfín de cumplidos que tendrán en común el rescate de su biografía, sus anillos y conquistas, la nostalgia de una edad perdida, su huella por el mundo del baloncesto y por lo que conocemos por mundo. En resumen, el rescate de su semblanza. 

 

Aquí en cambio se pretende algo distinto. Algo menos formal y estructurado. Algo como él. Acaso una pequeña inmersión en su profundidad de significado.

 

De la innumerable colección de sobrenombres que nos ha legado la historia del deporte puede no haber ninguno más acertado y preciso, más gráfico y solidario a la figura representada que el suyo. Su origen es de sobra conocido. Con 15 años un espigado muchacho de Lansing (Michigan) paralizaba a rivales, compañeros y presentes en una anónima velada de instituto. Los 36 puntos, 18 rebotes y 16 asistencias no eran lo importante. Como tampoco lo sería el monstruoso 54-35-20 que haría poco después a unos chicos de Detroit. Lo importante era el cómo. Tan decisivo era que el entonces reportero del Lansing State Journal, Fred Stabley, fue tocado por la varita divina no para alumbrar un apelativo. Sino para bautizar a un genio para la posteridad.

 

Cinco años después, con el primero de sus cinco anillos a la ridícula edad de 20 años, la portada de L.A. Times sancionaba ya universalmente su nombre: It's Magic! Y así ha llegado hasta nosotros. Y así lo hará a perpetuidad. Porque esas cinco letras le pertenecen ya para siempre.

 

 

 

 

 

 

Curiosamente la fuerza fonética de su nombre iguala a la de otros dos de similares siglas: Michael Jordan y Michael Jackson. Y como con ellos, se precisa poner en juego demasiadas cosas para comprender la magnitud de su figura. Por fortuna el tiempo ha permitido ordenarlas y extraer una conclusión algo remota al ras del suelo. Se trataría de concentrar nuestro deporte en una pequeña bola de cristal y atender a sus puntos más brillantes. Lo que podríamos observar bien podría ser esto:

 

De la misma manera que Michael Jordan fue el galardón individual que el Baloncesto se concedió tras un siglo de vida, Magic Johnson fue la recompensa colectiva del juego durante el mismo largo trayecto. Dicho de otro modo: uno y otro completaban el círculo del todos para uno y uno para todos. Como la tendencia posterior a ambos se decantó sensiblemente a favor de replicar al primero, es posible asegurar que a nadie ha favorecido más el paso del tiempo que a Magic Johnson. Porque sigue sin haber nada como él.

 

Cierta perspectiva histórica nos permite aventurar que tal vez su figura se viera venir. El descenso de la tensión táctica en los años setenta más el rápido desarrollo del universo small ball delinearon un trayecto a representar sucesivamente por ejemplares tales como Monroe, Maravich, Archibald o Thomas. De no haber existido Johnson, tal pudiera haber sido la antología más fiel al proceso iniciado. Pero no fue así. Inesperadamente emergió a mitad de camino una figura para la que no cabía precedente. Un ejemplar de talla incluso superior a la pareja pívot titular de los Bullets campeones que se arrogó tareas históricamente ignoradas a su tamaño. Tareas que el tiempo elevó a un plano nunca sido por ningún otro director de juego.

 

Johnson no invertía el curso lógico de las cosas. Que un Sumo Creador apareciera de repente era concebible. Pero no al precio de quebrar la métrica del juego y su eterna lógica posicional, aquella curva ascendente de estaturas que tan honestamente habían ilustrado las fotografías de los Rens y hasta las viñetas de Goscinny en sus Dalton Brothers.

 

No obstante la talla de Johnson era un accidente. Suficiente, hoy lo sabemos, para abrir brecha con pares tan distantes en el tiempo como Cousy o Nash. Pero no lo verdaderamente crucial. Muy por encima de su estatura orbitaban su quehacer y pensar: su interpretación del Baloncesto como un ajedrez a cámara rápida. Un ajedrez donde las piezas, antes que detenidas, bullían agitadas en incesante danza. Un riesgo tan grande que nadie perdería más balones que él en toda la década de los ochenta. Un peaje irrisorio para quien no supo más que crear juego.

 

Johnson había crecido erotizado por la obra de tres nombres. Prendado por la ágil resolución de Dave Bing, el hechizo técnico de Earl Monroe y la orgía creadora de Marques Haynes, tanto bebió de los tres que para cuando se hizo hombre la mezcla representaba una centésima parte de su talento. Genuino, abrumador y promiscuo, era mil veces más grande que sus fuentes de inspiración.

 

De su insobornable relación con el balón son varias y comunes las pruebas que se manejan, la más recurrente de las cuales refiere sus trayectos de niño al mercado para hacer la compra con la bolsa en una mano y el balón en la otra. Dominado hasta convertirlo en el sexto dedo, que el cuerpo creciera hasta los 2.05 no sería un problema. Antes bien una ventaja sin parangón. 

 

Su vida es de cabo a rabo una victoria. Primero en el instituto de blancos (Everett) que presagiaban su fracaso, seguido en la Universidad de Michigan State e inmediatamente después en los Lakers, a quienes devolvería a la gloria a su primera ocasión (1980). En adelante entre él y el horizonte tan sólo se interpondría un obstáculo; el único serio problema a que Johnson tuvo que hacer frente exactamente diez años antes de su inesperado final. Superados Westhead y su paradójica idea del juego estático -de la que más tarde huirá como endemoniado-, Pat Riley asumiría las riendas de unos Lakers que jamás tendrían su firma. Porque a Johnson nadie podía adelantarse. Nunca sería posible un equipo que no fuera hecho a su alrededor, que no tuviera en él su máxima identidad. "Yo no sé seguir a nadie". Y Riley, en la decisión más inteligente de su vida, no pudo más que asentir: "Es hora de que los Lakers se conviertan en tu equipo".

 

Y así fue. Magic Johnson tardó nada en irradiar su modelo y hacer de ello el patrón de juego más personal nunca conocido. Pero no únicamente en los Lakers. La misma década de los ochenta quedaría inundada por la basketball party que Magic Johnson había decidido derramar por toda la liga. Al hombre más tarde referido como el director "of the most entertaining basketball symphony of all time" le restaban así otras ocho finales, cuatro anillos y una orgía de juego y victorias que parecía no tener fin. Porque su baloncesto, mil veces menos físico que mental, estaba a salvo del tiempo.

 

Más allá de los Lakers y aquella brillante economía del juego conocida como Showtime, Johnson contribuye como nadie a explicar el concepto de espectáculo y su diversa interpretación en los quince años en que la historia se aceleró como nunca antes. Lo que Julius Erving había perfilado con tanta insistencia se materializó finalmente en la figura de Jordan, su homólogo Wilkins y una legión de herederos. Eran años en que el concepto de espectáculo parecía derivar exclusivamente del aire y sus monstruosos embates al hierro. La rápida saturación de aquel desahogo del juego más el adiós de sus mejores representantes abrirían una nueva versión de lo espectacular. Una versión más sobria que remitía a cierta nostalgia en la precisión de Bird y los valores tácticos y que no tardaría en verse alentada por el nuevo esnobismo europeo y su entronización del baloncesto ario. Entre medias nada ni nadie lograron oponerse a un sentido del espectáculo inmortalizado en la figura de Magic Johnson. Su obra sigue intacta. No ha sufrido la menor erosión. Antes bien se ha dilatado. Y hasta erigido en ideal.

 

Nombrar a Magic Johnson en cualquier paraje del baloncesto despierta automáticamente una imagen mental entregada al concepto de equipo, a la lírica del juego y a la alquimia del pase. Y sin embargo, siendo todo eso cierto, no es suficiente. Son demasiados los jugadores que comparten esa descripción.

 

Se trata de que nadie ha conseguido replicar el estadio superior en el que el pase se producía en manos del genio. Un estadio donde el movimiento del juego y la transición del balón, la comunicación del uno para todos, alcanzaban la mayor expresión de inteligencia.

 

Con Magic Johnson el baloncesto disolvía sus barrotes. Despertaba continuamente la sensación de que un nuevo límite estaba por derribar. Johnson hacía del juego una radical liberación. En sus manos la táctica se desvanecía y vaciaba de todo su peso y sentido. No parecía suceder nada que no saliera de sus manos, adornando lo que en otras parecía serio fruto del trabajo. Tal vez no haya mayor diferencia que ésa. En la escala lúdica del juego Magic Johnson ocupa un trono absoluto. Gracias a él sabemos cómo sería el Baloncesto en estado ebrio.

 

 

 

 

 

 

En lo particular nadie ha interpretado el no look pass con igual precisión y profundidad. En Johnson la renuncia a observar directamente al receptor no era un gesto de galería. Era exactamente el mismo impulso natural que mueve al volador a desatar la plástica refleja. "Todos debían estar preparados... aun cuando yo mirara en una dirección totalmente distinta". La cantidad de envíos directamente al rostro de sus compañeros no era más que la prueba de que Johnson anticipaba cosas a una velocidad como mil veces superior al resto. Todo ello sobre su más sagrado principio: "Que las jugadas no fueran predecibles". Un instinto de creación muy superior al lenguaje de la técnica que hacía del Baloncesto un alegre ritual de comunión, una fiesta interminable y en última instancia una forma de arte.

 

No se explica de otro modo que las Finales de 1980 fueran diferidas a la madrugada y en apenas cinco años su rivalidad con Larry Bird alcanzara en el mismo lugar audiencias sin precedentes. Más allá de Lakers y Celtics, por encima incluso de la escena deportiva, la rivalidad entre Johnson y Bird parecía encarnar, como las dos costas extremas del país, la sima entre dos Américas: la negra y la blanca, la urbe y la colonia, la magia y la ciencia.

 

Igual que no es posible entender la figura de Magic Johnson sin la sombra de Larry Bird -Walton aseguraba que eran el mismo jugador-, tampoco sin los dos compañeros que mayor brillo y sentido procuraron a su carrera. Abdul Jabbar lo tituló como My Liberation. Porque no hubo jugador que mejor supiera descifrar su misterio. "Nadie podía entrar en su mundo -reconocía el genio-. No me fue fácil, pero creo que logré hacerle ver que el baloncesto puede ser divertido y que él podía jugar con un poco más de alegría". [Al margen del dinero perdido] no fue otra la razón de que Kareem prolongara su carrera más allá de lo previsto.

 

El segundo no era un compañero. Era un apéndice. James Worthy fue la herramienta más primordial en la vida deportiva de Magic Johnson. Su proyección espacial. No cabe imaginar una fusión más perfecta entre la mano y el martillo. No el uno sin el otro. Al punto de que todavía hoy cabría debate sobre quién de los dos fue más importante para el otro. De aquel matrimonio valía extraer un principio hegemónico en toda Biblia del juego: que la velocidad, mucho antes que de las piernas, deriva del balón.

 

De entre su infinito yacimiento de pases tal vez ninguno más brillante y genuino que el picado en todas sus versiones imaginables. Algunos de ellos forman parte de lo más hermoso que ha legado la historia del deporte. En sus manos el balón carecía de gravedad.

 

En The NBA's 100 Greatest Plays Larry Weitzman concede un envío de Johnson a Byron Scott en Phoenix (1985) como la mejor acción de pase de la historia. Un trono que en realidad no hacía más que rendir un simbólico tributo a su figura. Porque elegir una de sus más de diez mil asistencias tal vez no sea ni procedente. Varios centenares de ellas bien podrían engrosar un robusto volumen.

 

Pero a juicio de quien suscribe, de seleccionar una que recogiera todo lo que Magic Johnson era, una de esas acciones de factura vedada al resto de los mortales, bien podría ser una acontecida en el Forum ante los Warriors el 13 de abril de 1990, en medio de ese aparente desorden donde el genio alcanzaba su mayor sentido.

 

Al momento de recibir el balón Magic se encuentra en la diagonal derecha del triple. Se interponen Rod Higgins y Chris Welp con el aro. Hasta allí acaba de penetrar Worthy. Un pase recto de pecho se antoja inútil. Y levantar el balón concedería tiempo a la defensa para ahogar al receptor. La solución elegida por 99 de cada 100 jugadores sería esperar. Pero Johnson acaba de abrir una de sus puertas y avista un picado imposible. En una décima de segundo, sin siquiera mirar su objetivo, anticipa espacio entre las piernas del gigante Welp, que dista de él no menos de cuatro metros. Johnson envenena el gesto de las manos a tal extremo que cuando el balón cruza los pies de Welp, éste incluso cae en un engaño excedente levantando su pie derecho y cediendo aún más espacio al balón. La acción escapa al ojo humano. Tal vez alguno pudiera haberlo visto. Pero sólo Dios consumado con éxito. No es el balón lo que llega a Worthy finalmente. Es, como en cada uno de sus pases, Magic Johnson al completo. Y aquél sólo tiene que culminar la acción con un mate a dos manos.

 

El sentido de algo así es mucho mayor de lo que parece. Hoy en día se sobredimensiona la técnica. Como si ésta fuera un fin en sí mismo y los jugadores tuvieran que mostrarnos todo un barroco discurso para consumar un acierto. En cambio Magic Johnson enseñó al mundo que hay un plano muy superior a la técnica. Un plano que se vale de ella. Pero que al mismo tiempo la oculta. Se trata de un terreno vedado a la mayoría de jugadores. Un plano de ejecución al alcance exclusivo de la condición del genio.

 

Cuando en 1996 la NBA tenía ya listo su más perfecto producto audiovisual, el NBA at 50, Magic Johnson no se propuso ser el centro de atención ni ocupar el trono de las múltiples entrevistas realizadas. Y sin embargo lo fue. En su tramo final reconocía que los años de rivalidad ante los Celtics concentran la cima épica de nuestro deporte. Y con un éxtasis contagioso manifestaba el deseo de que todo jugador de baloncesto debería haber podido estar allí para comprender "WHAT-BAS-KET-BALL-REALLY-IS". Y al pronunciar con sobrehumana fuerza estas palabras no pudo contener la emoción. Y difícilmente la del espectador.

 

Porque más allá de la pista Magic Johnson fue, sigue siendo, uno de los deportistas mejor dotados para la comunicación. No debería extrañar. El genio ratifica su condición en otras muchas esferas de la vida. Y la expresión fue siempre el mayor de sus dominios. Por eso rescatar las Finales de 1988, tal vez el último y más completo despliegue de su poder, equivale a presenciar en pantalla a una figura majestuosa -las últimas horas de su reconocible perilla- extremadamente adorada por la incipiente Super Slow Motion. La querencia de aquella cámara no sólo valía para los voladores. También para deleitarse con la sublime escenificación de miradas, palabras y gestos del Johnson maduro iniciando una nueva transición, anticipando una nueva canasta para otras manos.

 

El mundo fue muy afortunado de que su genio cayera en manos del Baloncesto. Pocas veces se puede concebir igual grado de armonía entre el autor y su obra. Como si hubiera nacido exactamente para hacer lo que hizo y dar lo que dio. Él mismo ratificaba la extremada suerte de su destino cuando el destino se oscureció. "Si muriera mañana no os preocupéis por mí. He tenido la vida más maravillosa que ser humano pueda imaginar".

 

El legado de Magic Johnson es demasiado grande. Tanto como que no deja de aumentar. De ahí que su figura persista viva en toda controversia sobre quién haya podido ser el mejor jugador de la historia. Tal vez sea el único que poder enfrentar al más recurrente y hegemónico nombre en ese eterno debate. El único de verdad.

 

Sólo son 50 años de vida. Pero incluso se antoja posible que dentro de otros 50 estas líneas sigan teniendo el mismo valor.

 

 

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"Por esta cosa tonta de ganar y como que la vida vaya en ello, qué a menudo se olvida el Baloncesto como juego, como desenfreno y diversión, como altruismo y como arte, como alegría y primavera de la vida, como la felicidad al sencillo alcance de la mano.

 

 

Deberíamos haber conseguido el modo de hacer a Magic Johnson verdaderamente inmortal".

 

(Psicobasket, XII)

¿Sabes, Josean? A veces la página en blanco te lo pone realmente difícil. Te sientes incapaz de contar lo que debes porque no quieres contar algo así. Ni siquiera sabes por dónde empezar. Pero le echaré arrestos. Y más que ir al grano, iré directamente al corazón, como una puñalada, que es precisamente lo que sentí cuando el otro día recibí tu llamada.

 

No te lo dije. Pero mientras el teléfono sonaba tuve una extraña sensación. No llamabas a las horas acostumbradas, a esas horas en que todos duermen para que tú y yo pudiéramos charlar. Eran siempre nuestras horas, como la noche que las envolvía. Pero esta vez ni era noche ni dormían ni las horas tenían magia. Y tardaste poco en darme la noticia.

 

- Este viernes el tren de Basketaldia llega a su última estación.

- ¿¡Qué!?

- Sí, amigo, Basketaldia dice adiós. Se acabó.

 

¿Sabes, Josean? No te lo había dicho, pero los minutos siguientes no te escuché. No me entiendas mal, no es que no lo hiciera. Es que no podía. De repente no supe o pude pronunciar palabra. Se me había encogido el alma y oleadas de sensaciones y recuerdos se me vinieron encima agolpada, cruel, absurdamente. Y tu voz me llegaba entonces como un zumbido. Era indescifrable. Las razones lo eran. Porque no había razones, nunca las hay, para anunciar el adiós de un ser querido. Sí, Josean, eso es lo que sentí.

 

Me aplastaron entonces nueve años, nueve de tus años, de los que yo, ya lo sabes, tan sólo he conocido la segunda mitad. Pero como si hubiese sido una décima. Porque ya Basketaldia formaba parte de mi vida. Y ni me acuerdo de cómo era todo antes, antes de ser yo también, permíteme, Basketaldia.

 

Antes de que sonara aquel maldito teléfono muchas cosas me habías contado. Demasiadas para darles aquí línea. Pero fíjate que me vino enseguida la primera. Que Basketaldia no nació así, que lo hizo con otro nombre. NBA, el programa, lo llamaste con sencilla puntería aquel 20 de octubre de 2000. Y cómo habías tenido que pelear su parto en la emisora, junto a Óscar Araujo, mano a mano, como dos pioneros allá en la pequeña Segura, en mitad de la nada entre los montes del bucólico Goierri. Pocos invitados, algún entrenador, alguna vieja gloria... y vosotros dos. "La clave del invento era la química", me repetías una y otra vez.

 

Cuántos nombres me diste, Josean. Cuántos de los que forjaron el programa. Ni tú mismo lo sabes. A todos ellos tuviste siempre la manía de llamarles amigos. Porque tú eres así. Llamas amigo al que mucho antes tendría que hacerlo contigo. Gentes que entraron y se quedaron. Otras que pasaron. Pero gentes todas del baloncesto. Gentes que nunca reclamaron su premio. Y tenías razón. Amigos todos. Amigos que prolongaron la llama de eso que una vez uno de ellos, de nosotros, el romántico Rem, refirió como "ese proyecto imposible, acaso el último desván de juegos en el panorama mediático del basket". Cuántos, dime. Tú les habías puesto nombre a todos. David Rodríguez, Iurgi Caminos, Rubén Gazapo, Asier Urteaga, Nicolás Iparragirre, Fran Herrera, Manu Moreno, Xabier Añúa, Moncho Monsalve, Bob Arrillaga, Iñigo Goñi, Joseba Sánchez, Santiago Juárez... ¿Cuántos, Josean?

 

¿Sabes? Le di muchas vueltas a qué escribir en esta maldita carta. Y me dije que debería ser honesto y hacerlo en primera persona. No suelo. Pero tampoco puedo hacerlo de otra manera. Porque no conozco experiencia más íntima que Basketaldia. O lo que yo entendía que era. 

 

Basketaldia, te lo dije muchas veces, era mi Dulcinea. El programa de radio con el que me habría gustado acostarme todas y cada una de las noches de mi vida. Porque no concibo mejor ni más dulce preludio al sueño. El baloncesto no ya tratado como merece, sino de la forma más cercana a como siempre lo comprendí yo. Una experiencia ética, estética y romántica. El juego de la inteligencia. La vida pasar entre dos aros. Siempre iguales, siempre distintos. Basketaldia era la paz. La feliz armonía de quien te escribe. Y esa ilusa quimera de que lo bueno no tendrá jamás su final. 

 

Un proyecto imposible, decía Rem. Y qué razón tenía. Cómo si no entender a cuatro locos abriendo en canal a la vetusta ABA aquella noche de abril. ¿Acaso no tuvo nadie el valor de rescatar a Xabier más que tú? Sí, Josean. Y no sólo a él. Llevábamos camino de poner voz a los más grandes. A los de verdad. A los que nadie más prestaba voz y carta blanca. Tú mismo me lo repetías con sereno orgullo. "Aquí no vienen caras, nombres o ventas. Aquí vienen los que de verdad tienen algo que decir". Y así nos juntábamos todos, como en un teatrillo de sueños.

 

Pero ¿sabes, Josean? Me has dejado ahora sin muchas cosas. Tú me conoces. Y sabes que la tertulia era mi plato favorito. Que a lento paladar adoraba saborear a Iñigo García, ese genial gruñón con el insoportable privilegio de siempre acertar. A Edgar Paz, nuestro gallego infinito que tiene por apellido su nombre. Y a Agustín, al gran Hernández Paniagua y su hospitalaria cadencia de viejo maestro de escuela.

 

Me dejas sin el acogedor verbo de Sergio Azurmendi y el simpático contraste que rato después me brindaba frente a él nuestro agitado Salva Navarro. Me dejas sin la eterna sonrisa de Alfredo de la Fuente, y hasta sin el indomable Natxo Mendaza. Me dejas sin la lucidez histórica de José Manuel García, el mejor y único heredero de nuestro Santiago Juárez, por ti conocido como El Viajero. Y me dejas sin la envidiable bohemia de un artista de la vida como Enrique Zaldua. 

 

Me dejas también sin la dulzura femenina de Naia Fernández, sin la joven perspicacia de Matías Castañón y Fran Guillén, sin la nostalgia soviética de Iñigo Goñi, sin la serena claridad de Fernando Ruiz y sin los esporádicos fogonazos de Javi Gancedo o Pablo Malo. Me pierdo a mi hermano del aire Igor Murillo y hasta a mi tierno Iker Sagasti. Me dejas sin tantas cosas como tenías, Josean. Porque por tener, hasta versos en el poeta Iñaki Apalategi.

 

¿Sabes, Josean? Hace ya muchos años, tal vez demasiados, había un programa en la televisión cuando la televisión era algo importante. Lo llamaban A Fondo. Y la cosa era sencilla. Un hombre, y cuando digo hombre pronuncio todas las letras, era entrevistado hasta sus últimas consecuencias. No había prisa. Ni vacío. Todo era saber. Todo placer. Y por allí pasaron Borges, Cortázar o Dalí. Te lo cuento, amigo mío, porque acaso sin darte cuenta rescataste aquella butaca en otra de tus nuevas ideas. Tú lo llamaste Segundos Fuera. Y así pudimos, en unas pocas entregas, disfrutar del baloncesto en la práctica totalidad de su sabia extensión. Eran también hombres, ¿recuerdas? José Luis Rubio, Franco Pinotti, Xabier Añúa, Jordi Robirosa, Santxon, Mario Pesquera, Antonio Rodríguez, Jordi Román, Ramón Trecet (a éste lo tuve entero para mí y cumplía con ello un viejo sueño de juventud). Del torrencial saber al torrencial vivir. Y entre todos ellos el sagrado juego del baloncesto. La vida del juego y el juego de la vida. Conservo esos diálogos y conmigo permanecerán para siempre. Pero dime, cuántos otros hombres nos quedaban por conocer.

 

Uno de ellos formaba feliz parte de la familia. Incluso tal vez era el más basketáldico de todos. Su nombre lo decía todo: Remember. He de decir, por si no lo sabías, que Juan Carlos Garnica comparte conmigo la incurable enfermedad del pretérito. Del inveterado sabor a lo añejo, del amor por lo romántico y el baloncesto en blanco y negro. Rem hacía de la nostalgia virtud y de la belleza razón de ser. Cuando toca desnudar a un jugador como hombre, hacerlo de arriba abajo, con su vida en un puño y el alma en el otro, créeme, nadie como él. Magee, Roberts, Sugar Ray o Spencer Haywood colmaron de lúcido sentido esa vieja estación en el camino eterno que el propio Rem bautizó como Calle Melancolía.

 

¿Sabes, Josean? Alguna vez pude disfrutar de lo que tú mismo llamabas El Tercer Tiempo. Cerrabas el programa pero mantenías las líneas abiertas para que los que allí todavía estuviéramos pudiéramos gracias a ti proseguir la conversación. Qué ingenuos éramos. Porque teníamos pegado el auricular cuando ni siquiera hacía falta, de lo cercanos, casi pegados, que estábamos siempre todos a tu alrededor.

 

Qué ironía el momento del adiós. O es que acaso sea muy grande tu destino. ¿No te das cuenta? Es como si Gasol decidiera ahora mismo dejarlo.

 

Supongo también, amigo mío, que ahora tendré que decírtelo.

 

En el mismísimo centro de todos nosotros, como un cálido Sol alrededor del que siempre girar, estabas tú. Sé que no quieres leer esto. Nunca quisiste para ti el menor elogio. Pero ¿sabes, Josean? Sin ti estas líneas no tendrían sentido. Nada lo tendría. Porque Basketaldia eras tú. Su corazón y latido. Todos lo sabíamos pero nunca te lo dijimos. Esa dulce y profunda parsimonia fonética, esa vaga letanía de voz, era el fuego lento del programa y su divina burla del tiempo.

 

¿Te lo dije alguna vez? Durante todos estos años has orquestado la sinfonía de radio con el baloncesto por coartada más perfecta y hermosa que uno pueda imaginar. Si te digo la verdad Basketaldia puso voz como experiencia a ese atávico sueño mío de alumbrar, algún día, Le Cahiers Du Basket.

 

Josean, ahora lo entiendo todo. Cada viernes había aquelarre. Basketaldia era la noche. Tú la hoguera. Y los demás, su abrazo.

 

Por eso no estoy triste. Porque no, amigo, por mucho que te empeñes esa hoguera, aunque hoy decida dormir, no se apagará nunca.

 

En el nombre de todos, Josean, me toca darte las gracias. No puedo decir más.

 

Gracias, Basketaldia.

 

Su hechizo, espíritu y memoria permanecerán con nosotros para siempre.

22/06/2009

- Usted ha sido campeón olímpico, usted de Euroliga y usted de la NBA. Pasen, pasen... ¿Y usted? ¿Ganó algún título?

- No, pero yo...

- Entonces apártese y deje pasar.

 

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Esta ridícula viñeta no lo es tanto. De hecho así funciona la lógica mayor del espectador universal. Una lógica simple y poderosa que ejerce de convicción y se impone cada vez con mayor fuerza y rudeza. Basta comprobar esos listados de jugadores que de vez en cuando instituciones y medios sacan a colación y la encendida controversia que despiertan. No habrá pasado un minuto de debate antes de que asome sin pudor una de las preguntas más recurrentes y estúpidas que el presunto aficionado, nunca sin vivo desprecio, puede formular: "Y éste, ¿qué fue lo que ganó?"

 

Dicta la costumbre que no hay conquistas más elevadas en el baloncesto que esas cimas periódicas que llevan la etiqueta de títulos. Anualmente hay en juego uno nacional y otro continental de clubes. Cada dos, otro continental de naciones. Y cada cuatro uno mundial y otro olímpico. Entretanto se ofrecen títulos de rango menor pero títulos a fin de cuentas. Por haber, hay hasta títulos por edades. Y entre unos y otros, entre trofeos y torneos, hay en suma títulos a porrillo.

 

Los títulos son cosa de equipos. Pero los equipos, lo son de jugadores. Y cuando esta delirante carrera por conquistar algún título llega a su fin, cuando el jugador ha cubierto su vida deportiva, no es otro su triste final que desaparecer. Y a nadie importa si pasa a ser ciudadano o padre. En adelante su nombre importará, quedará con mayor o menor fuerza y prestigio grabado a la memoria colectiva, en tanto haya sido acto y parte de títulos. A tal extremo que en algunos casos el nombre de un jugador suele automáticamente ir ligado a un número. Tal jugador, tres anillos. Tal otro, dos copas y dos Euroligas.

 

A ese gigantesco cementerio donde se agolpan nombres y números en lápidas vacías y todo lo que verdaderamente importa ha desaparecido lo llaman palmarés. Y al parecer nada más grande y deseable que inscribirse allí para el resto de los tiempos.

 

De ese voluminoso palmarés, el de la exclusiva gloria ganadora, forman parte, y esto sí es seguro, los mejores equipos habidos. Pero ocurre que del registro histórico, el más superficial pero también el más visible, quedan ausentes infinidad de jugadores. A bote pronto, de cuarenta años para acá, emergen nombres en la NBA tales como Walt Bellamy, Gus Johnson, Nate Thurmond, Lou Hudson, Bob Lanier, Dave Bing, Pete Maravich, David Thompson, George Gervin, Walter Davis, Alex English, Bernard King, Adrian Dantley, Dominique Wilkins, John Stockton, Charles Barkley, Chris Mullin, Karl Malone, Pat Ewing, Kevin Johnson, Mark Price, Reggie Miller, Chris Webber, Allen Iverson, Jason Kidd o Steve Nash. Une a todos ellos un denominador común: No Rings.

 

De no haber existido quienes les privaron de la gloria final, bastaría su producto conjunto para firmar un fabuloso capítulo en la Historia del Baloncesto de igual calibre al de sus peores enemigos. Sin embargo no preside el titular de sus biografías ningún aspecto formal del juego, por muy brillante que pueda ser. Mucho antes lo hará, como una condena eterna, la ausencia de anillo.

 

Los ejemplos a ras de suelo resultan mucho más gráficos.

 

Rajon Rondo obtuvo a los 22 años aquello que en 19, casi toda la vida de aquel, nunca pudo alcanzar John Stockton. La más necia de las conclusiones establecería que acaso contara el joven con virtudes que en el otro brillaban por su ausencia. El sentido común dictaría que Rondo disfrutó de equipo y circunstancia más favorables que Stockton. Pero nunca faltarán quienes observando a ambos en uno de esos listados, con uno por encima del otro, crean que la distancia abierta resida en justicia en el anillo.

 

 

 

 

 

 

Tras catorce años de carrera, catorce años de trabajo a la altura de los más grandes, Mitch Richmond salió a pista en los últimos minutos del cuarto partido de las Finales de 2002, justo en el momento en que los Lakers tenían ya sellado su 14º anillo. El rostro de aquel veterano de guerra lo decía todo. Ni necesitaba aquella maldita limosna ni ese anillo espectral merecía más que todo lo batallado en su vida profesional anterior. Viene a colación el caso del más infeliz de los ganadores, como acude el de Steve Smith en San Antonio o las lágrimas de Dennis Hopson en los Bulls de 1991, no por la alegría del título sino por todo lo contrario: su nula contribución a la conquista.

 

Estremece imaginar el día que alguno de sus nietos dirija su dedo a la vitrina y señale: "Abuelo, tú ganaste un anillo. Cuéntame cómo fue". Y el abuelo no tendrá nada que contar o, por el contrario, tendrá que contar todo aquello que el anillo no fue. Ellos son el perfecto ejemplo del absoluto vacío que puede suponer un anillo en los dedos, el mismo que abrumaría a un montañero que coronó el Everest alzado en un ataúd por el resto de la expedición.

 

El ejemplo de los jugadores vale con igual crueldad para los técnicos. Phil Jackson cuenta con diez anillos en su haber por ninguno Jerry Sloan. La lógica selectiva podría asegurar entonces que entre Jackson y Sloan hay una diferencia equivalente a la de un rascacielos y una chabola. Como si las facultades de uno ridiculizaran por completo a las del otro. Y sin embargo todos lo sabemos. Nada más lejos de la realidad.

 

De una realidad que acumula cada vez más adeptos en la corriente que desestima la idea de fortuna en la incesante película del Deporte. Como si todo su argumento no fuera más que selección natural quedando el azar para la fabulación de los lunáticos.

 

Por eso a los propietarios de manos vacías asola siempre el mismo peligro. A la hora de enfrentarlos a los titulados no se les suele aplicar la atenuante sino la eximente de gloria. Ello significa que si mañana muriera LeBron James, al tiempo que se le convierte en mito por la no menos estúpida necrofilia social, se le privará de la gloria mayor bajo un epílogo cruel que siempre estará dispuesto a asomar: "Nunca ganó nada. No pertenece, pues, a la estirpe de los elegidos".

 

No debería restarse la menor importancia a la selecta especie de los ganadores, con seguridad la principal de todas. Pero entre ellos y el resto no es tanta la diferencia como se acostumbra a creer. De hecho la diferencia vive de dos pulsos: o es grande y justa, o no responderá más que a los caprichos de la propiedad asociativa. Propiedad de la que tantos ejemplares de segunda fila disfrutaron muy por encima de muchos de los mejores. Propiedad que reparte cuatro anillos a John Salley y ninguno a Karl Malone.

 

Es como si la Historia del Deporte, con la Victoria como único eje, atendiera entonces a dos visiones raramente compatibles: la épica, prioritaria hasta la tiranía, laminadora hasta consecuencias darwinistas -el derrotado merece la derrota-; y la estética, aquella que abriría capítulos de tono formal, técnico, personal o historiográfico. La que permite entrar al detalle y denunciar, llegado el caso, ejemplos de humano azar, como el que concede a Mark Aguirre un anillo en detrimento de Adrian Dantley. O a Dikoudis un Europeo en perjuicio de Nowitzki, de quien el palmarés lo callará todo.

 

Contra esta cruel memoria ciega urge incorporar al imaginario colectivo una concepción menos agresiva y aristocrática de la justicia deportiva. No se trata de aprobar aquel ingenuo sueño de Borges de inventar un juego en el que nadie ganara. Se trata de trascender de una vez la titulación como único dogma de fe y hacer algo más compatibles victoria y derrota en la memoria histórica. Comprender que el ganador no será únicamente quien finalmente lo sea, sino también quien lo dio todo por la victoria, tanto o más que aquel.

 

Contra la totalitaria condición del palmarés debiera alzarse orgulloso el cementerio feliz de los derrotados. Acaso los mejores que la historia conoció.

 

En realidad la demanda no es más que una quimera. El problema es mucho mayor. En un orden social esencialmente depredador no es que el éxito se abra paso. Es que parece hacerlo únicamente a través de los cadáveres que deja a su paso. Y a mayor genocidio, mayor gloria. "Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo", reclamaba el sabio. Pero el palmarés, el gran tótem a que rendir culto, no sabe de sabios ni puntos de apoyo. Tan sólo precisa un nombre que inscribir en la placa y salir corriendo.

 

La mentalidad que desde aquí se invoca sí debiera, en cambio, saber algo. Saber del camino y sus transeúntes. Del largo camino y la inagotable belleza que precede a su final. Y si así fuera esos ridículos listados verían incluidos a Champions y Contributors en igual medida. Y no sólo a los primeros.

15/06/2009

Cuando un deportista alcanza la cima y no se avista cerca la retirada, el ojo analítico se mueve entre dos cuestiones que rivalizan casi a golpes por ocupar la hegemonía del momento. Una mira al pasado y se pregunta por qué todo esto. La otra, escapa a la fugacidad de la gloria y mira hacia adelante. Busca adentrarse en el qué será, o coloquialmente, el ahora qué.

 

Más que cruciales, las dos cuestiones son sencillamente apasionantes.

 

La primera tiene sin embargo mucho más recorrido. Porque permite observar la película de una vida y preguntarse si aquello que se apuntaba en un principio ha correspondido sucesivamente hasta llegar a hoy. Si ha habido coherencia entre lo que se esperaba y lo sido.

 

Y hoy, hoy más que nunca, el titular es tan abrumador -PAU GASOL CONQUISTA EL ANILLO DE LA NBA- que parece no haber hueco para otro tipo de análisis. Ni siquiera para el análisis, tal es la absoluta y masiva admiración que despierta el logro. Y sin embargo puede no haber momento más ideal que éste para asomarse a la panorámica de su biografía técnica.

 

Ocho años después de llegar a la NBA, Pau Gasol, el jugador de baloncesto, sigue siendo desde un punto de vista técnico un enigma. Un absoluto y fascinante enigma. Para tratar de comprenderlo bastaría con hacer un simple ejercicio de memoria. 

 

Con Gasol sigue siendo inevitable formularse algunas preguntas: ¿Es Gasol el mejor Gasol posible? ¿Hay coherencia entre su principio y su hoy? Si es tan bueno y valioso, ¿por qué tan recurrentes algunas críticas? Y finalmente: ¿es más ambicioso el gran público que él? ¿O soñaba Gasol con ser esto mismo que ahora es?

 

Todavía hoy rodea a la figura de Gasol un enorme material difuso, no definido, como si el mismo Gasol estuviera inacabado. En el fondo asoma una poderosa razón para ello. Objetivamente Pau Gasol carece de precedente. No hay en todo el pasado un jugador con quien enfrentarlo directamente. Esto significa, de entrada, que es más único de lo que pensábamos.

 

 

Gasol. Fase 1.

 

El perfil técnico inicial de Pau se nos fue escapando aprisa de las manos. En aquella temporada de 2001, todavía aquí en España, el mayor de los Gasol alcanzó tal cima de juego que no había posibilidad de análisis más allá de la perplejidad. No sabíamos si era un tres, un cuatro o un cinco. Parecía que Bob Pettit se había reencarnado en un jovencito de Sant Boi tantos años después como su mejora genética aparentaba. Más alto, más rápido, más poderoso y mejor.

 

Aquel espigado mástil de 2.15 que merodeaba unos ridículos 100 kilos gustaba de moverse en todo espacio con igual éxito y soltura. Vimos a Pau desequilibrar iniciando sus entradas desde fuera del triple. Rebotear a una altura que ahorraba incluso el salto a los rivales. Tirar o intentarlo desde toda posición imaginable y dominar el interior, ofensiva y defensivamente, como el joven Sabonis soviético. Vimos a un tipo tan abrumadoramente superior que cuando nos quisimos dar cuenta se lo habían llevado. Porque de tan insólito no parecía un deportista español.

 

La altura de aquella cima, la Fase 1, fue un absoluto espejismo.

 

Era falso, como lo había sido con Sampson, que estuviésemos ante el tres más alto de la historia.

 

 

 

Gasol. Fase 2.

 

Llegado a la NBA la primera resistencia fue su peso. Un hombre tan alto no podía ser tan flaco. Ello supuso un proceso que difícilmente negar. Aquella supernova versátil sin límite aparente fue concentrándose paulatinamente en márgenes de seguridad cada vez más pequeños y dando con sus pasos cada vez más cerca del hierro, al que empezó a dar la espalda con cada vez mayor frecuencia. Y cuanto menos miraba al aro más lo hacía con los compañeros.

 

Con el paso del tiempo ya apenas importaba si era un cuatro o un cinco. Tan sólo que nada en él figuraba un tres y todo, en cambio, una referencia interior.

 

Pau renunció a la aventura exterior y con ello se disolvía una buena parte de aquellas fortalezas que mucho antes que él, el gran público había imaginado. Rápidamente Gasol fue incorporado a un destino colectivo: los Grizzlies de rotacion y playoffs. Su ascenso puramente individual empezó a detenerse y en su lugar lo hizo la carrera colectiva. Como Bill Walton, pero sin un anillo ni lesión de por medio.

 

Con todo, Gasol seguía sin tener precedente. Se habían alejado ya por completo quimeras futuristas que remitían a un gigantesco Tom Chambers del siglo XXI. Incluso fue haciéndose menos Alvan Adams y más Kevin McHale. Como a caballo entre uno y otro. Y tan sólo porque parecía eludir la mirada al hierro de cara, dado que ni tenía el tiro de Adams ni el barroquismo de pintura de McHale. Pero concentraba, y a mayor estatura además, algunas de las mejores virtudes de ambos. 

 

 

 

 

 

 

 

Gasol. Fase 3.

 

Para cuando Pau aterriza en Los Angeles, el viaje de su vida, es ya un jugador que viene tozudamente a sumar mucho antes que a ser la suma entera. A lo largo de siete años había demostrado que cuanto más pesara el entorno menos lo haría él. Y el peso del entorno en los Lakers era incomparablemente superior al que había experimentado en Memphis.

 

Con Kobe Bryant de monarca anotador, incluso Lamar Odom de alternativa, del Gasol ofensivo, aquel que bobamente concebimos como si estuviera solo en pista, empezaron a no quedar más que los restos. Pero sobre ellos emergió con un poder de transformación admirable el jugador que domina, en silencio, todas aquellas facetas del juego más sumergidas a ojos del espectador. Desde la defensa no numérica a la extremada generosidad del desplazamiento sin balón. O lo que es lo mismo, todo aquello que permite al resto brillar y a él sumergirse cómodamente en el fondo por donde todos caminan.

 

No deja de ser curioso su carácter. Porque al mismo tiempo que demandaba balones no hacía más que doblarlos en cuanto disponía de ellos. El hecho de ser tiránicamente generoso ha favorecido tanto al equipo como a él perjudicado para determinadas ópticas, tan críticas como estrechas.

 

Y aún en Los Angeles sigue sin tener precedente. Porque su extremada sensibilidad como hombre interior, cuyo estándar histórico corresponde al ejemplar fuerte, rudo y a menudo violento, le hace parecer más volátil y suave que todos aquellos interiores del pasado hasta Tim Duncan.

 

Y todavía se le exige más. Por eso Pau sigue siendo un enigma. Porque figura una contradicción que Norbert Bilbeny atribuía a otro género de hombre. "Pedirle que represente el papel contrario equivale a exigirle que ejecute el papel que ha aprendido a rechazar".

 

El enigma es de tal calibre que aún hay quienes, ingenuamente, aguardan de su perfil individual nuevas conquistas. Y no las hay. Como no existe lo individual en su cabeza. No más allá de lo colectivo, el exclusivo terreno para el que nació este jugador de baloncesto silencioso.

 

Los Angeles y este anillo de 2009 son el techo para su perfil. El techo de su vida deportiva. Y así queda respondida aquella segunda pregunta que formulaba el ahora qué. Hasta es posible que mermando poco a poco su atletismo en favor de un baloncesto cada vez más intuitivo, seamos testigos aún de una fase terminal de jugador que remita a un plano incluso superior al del Vlado Divac maduro. 

 

Un perfil tan enigmático como sagrado. Es lo que en el descanso del quinto partido vino a asegurar el mayor mito en la historia de los Lakers, Magic Johnson, como corolario a un video sublime que la propia ABC había decidido emitir como si Gasol fuera el verdadero motivo de una nueva gloria angelina.

 

Y en el fondo lo es. Un fondo del que ni quiere ni tal vez haya deseado nunca salir como jugador de baloncesto. 

Era pretemporada y era en Detroit. Podía ser por ingenuidad o simplemente por miedo. Pero la primera vez que Randy Smith puso pie en una pista NBA tuvo una extraña sensación de ridículo. De pie en la banda Dolph Schayes se había dado media vuelta y dirigido a él. "¡Eh, Randy!". Y Randy se levantó como un resorte y del manojo de nervios que era casi chocó contra el técnico. "Coges a Jimmy Walker, ¡vamos!". Y al novato no se le ocurrió otra cosa que dirigirse a la mesa de anotadores y hacer el gesto del cambio balbuceando a los presentes: "Smith for Walker!".

 

Aunque acaso la explicación más plausible fuera que, sencillamente, Randy no se lo creía aún. 

 

Es habitual recurrir al tópico de la superación cada vez que toca retrospectiva. Sobre todo si a ésta la mueve la muerte. Pero en el caso especial de Randy Smith tal vez sea justo hablar de superación. No por ninguna tragedia en particular. Sino por la fuerza que conduce a salir de la nada.

 

Para empezar era mala señal que su nombre no apareciera en el draft de la ABA de 1970 cuando la ABA se arrojaba de cabeza a por todo bicho viviente. Y tampoco al año siguiente, fecha en la que su nombre apareció finalmente en la séptima ronda del draft de la NBA. La elección número 104 no era más que la dolorosa prueba de que Randy no tenía futuro como jugador profesional, que ningún ojeador NBA había pisado jamás la pequeña universidad de Buffalo State y que aquella nueva franquicia de expansión, Buffalo Braves, tenía reservada alguna de sus plazas marginales como mero acto de cortesía hacia alguno de los jugadores crecidos en el estado de Nueva York. En el fondo nada más había. Y cabía preguntarse por qué.

 

 

 

 

 

 

Criado en Bellport, Long Island, Randy se hizo célebre en la pequeña Buffalo State por ser tal vez el mejor jugador de soccer de todo el estado. O por convertirse en el mejor saltador de altura a edad junior en aquel mismo área. O por ser el joven más callado del mundo por temor a demostrar su tartamudez. O por ser al cabo y en el mismo centro el mejor jugador de baloncesto, deporte a cuya inclinación tuvo que ser convencido por Howie MacAdam, su técnico en la escuela de Brookhaven, cuando Randy no era más que un chiquillo. "Eso del fútbol está bien, pero aquí no tiene futuro".

 

Randy había coronado cuatro años en la universidad que le hacían soñar más a él que a su entorno. Sobre todo tras su último año, sembrado de dudas. Había pasado todo el curso anotando sus puntos a base de penetraciones olvidando fortalecer el lanzamiento, su auténtico punto débil. Hasta su año junior había jugado de alero. Pero en aquel último curso fue obligado a hacerlo de base, creyendo Randy que por su estatura, un 1.90 raspado, estaba obligado a dirigir el juego antes que a cualquier otra cosa.

 

Y ése era el problema. Ni creían en su talla ni en su tiro. Y aún peor: era un absoluto desconocido para el circuito pre-profesional.

 

Ser elegido en el draft abría una invitación automática para el training camp de julio. Pero Randy se olía su destino. Que hiciera lo que hiciera la decisión con respecto a él ya estaba tomada de antemano. Que acudiría a las pruebas más como sparring de algún otro jugador preferido que como candidato real a quedarse.

 

Por eso aceptó la única otra invitación recibida. Ahora la ABA le entreabría una puerta a través de Indiana Pacers y lo hacía un mes antes de la cita con Buffalo. Randy no lo hizo allí nada mal. De hecho lo hizo tan bien que de los 30 jugadores en liza él fue uno de los seis elegidos para integrar la pretemporada. Pero esta vez tampoco estaba satisfecho. Él quería demostrar su valía en el equipo de su estado. El que le había dedicado una elección para que su nombre apareciera en la prensa del día siguiente y la familia guardara el rotativo en algún cajón que abrir cada vez menos.

 

Entretanto Randy había decidido trabajar su lanzamiento a diario. Y hacerlo hasta que sus brazos no pudieran levantar el balón.

 

El chico tenía razón. Comenzado el campus de verano el cuerpo técnico de los Braves le tenía reservado el papel de sparring ante Fred Hilton, la segunda elección del equipo. Pasados unos días el juego de papeles se había invertido. Hilton no podía con Smith. En realidad nadie podía con él. El desconocido era rapidísimo, contaba con un bote diestro infranqueable y con un tiro en movimiento en estado de gracia. Siempre estaba abierto y hasta machacaba sobradamente a dos manos. Había impresionado a todos pero especialmente al trainer Jerry McCann. Era de largo el mejor atleta de los presentes.

 

Schayes lo tuvo claro. Randy formaría parte de la plantilla. No así el técnico, despedido tras el primer partido del curso. Su sustituto, Johnny McCarthy, concedió la primera titularidad a Randy en su tercera noche, en casa ante los poderosos Lakers y con la tarea de marcar a una leyenda viva como Elgin Baylor. Randy flotaba. Fue el momento en que por fin supo dónde estaba.

 

Dos semanas después llegó su momento. Su primer momento como profesional. El 5 de noviembre los Braves visitaban Atlanta y entre los presentes el cronista del Courier Express, Jim Baker, a quien un periodista local, sorprendido de aquel titular desconocido, preguntó quién era exactamente ese tal Smith. Dos horas después el propio jugador se había encargado de responderle. Randy anotaría 15 de sus 21 lanzamientos a canasta, destrozado a la defensa de Atlanta con 35 puntos y sumado ocho en la prórroga para salir de allí con victoria por 117 a 122.

 

Había comenzado la carrera del extraño futbolista negro de Buffalo. Y con él, la de los Braves en su década de vida. Porque como ellos, o como Maravich o Van Lier, Randy Smith fue un hijo de los setenta. Con todo lo que ello supone de apelativo. Nadie lo definió mejor que el técnico llegado al equipo el verano del 72, Jack Ramsay, el hombre que mejor comprendió su perfil. Además de un hijo Randy fue para él un absoluto ballplayer, un alma de balón y cesto. Uno de aquellos pequeños y rebeldes revolucionarios del juego que dotaron de identidad a la década como originaria del small ball.

 

Tal era así que cuando Ramsay percibió que Smith abusaba de su mano derecha (nunca dejó de hacerlo) le obligó a integrar también su mano izquierda para hacer de él un ejemplar más versátil. Crecido tras el trabajo Randy suplicó al técnico que le dejara correr y liderar el contraataque. Y Ramsay se negó en redondo. Buffalo había destinado su primera elección del 1973 al base de Providence Ernie DiGregorio, un auténtico visor de juego, y el técnico expuso la cuestión a Smith de la siguiente manera: "Imagina que tú eres yo. Dime, ¿qué preferirías? ¿Que Randy condujera el contraataque y se encontrara a Ernie en el ala o al revés? Sinceramente nadie como tú en este equipo sabe culminar el juego rápido". Y Randy, con su brevedad acostumbrada, respondió: "You're right, coach".

 

Y la tenía. Ramsay consiguió hacer de los Braves uno de los mejores equipos de la NBA en el ecuador de la década. Había sellado un quinteto formado por Ernie DiGregorio, Randy Smith, Jim McMillian, Gar Heard y Bob McAdoo. Un quinteto a fuego que en los tres años siguientes sólo vio el ingreso de Jack Marin en lugar del lesionado DiGregorio y el de John Shumate por el enviado a Phoenix Gar Heard. Con Randy Smith como segundo estilete del equipo tras el inalcanzable McAdoo los Braves pasaron del fondo de la liga a disputar con los Celtics la cabeza de la Atlantic. Y sobre todo, a ser uno de los grandes animadores de la postemporada entre 1974 y 1976, trienio en el que cayeron sucesivamente ante el campeón de la NBA (Boston) en seis partidos, el subcampeón (Washington) en siete y otra vez el campeón (Boston) en seis.  

 

Ramsay se largó a Portland para el milagro del 77 y el equipo se diluyó en meses. McAdoo ya no estaba y Randy Smith se convirtió de repente en la estrella de una galaxia oscura, el jugador más destacado de una franquicia que moriría de inanición en apenas dos años. Entre 1975 y 1979 Randy nunca descendió de los 20 puntos por noche. Incluso había alcanzado el All Star de 1976 cuando ingresó en el segundo equipo ideal de la liga. Con el equipo destrozado regresaría a la fiesta en 1978 para convertirse, por una noche, en el mejor jugador del mundo. Más allá de sus 27 puntos, 7 rebotes y 6 asistencias, o su increíble 11 de 14, legó dos canastas para la historia al cierre del primer y segundo cuartos. Y como recordando viejos tiempos, había salido desde el banquillo.

 

 

 

 

 

Para entonces su posición en la liga era sobradamente conocida. "Odio jugar contra este tipo", había declarado Walt Frazier. "Es el mejor defensor contra el que he jugado en mi vida", reconocería Wolrd B. Free. "Nunca vi a alguien tan rápido como él", añadiría McAdoo. Le habían apodado Iron Man por una sencilla razón: entre 1972 y 1983 Randy había llegado a disputar 906 partidos de manera consecutiva. 906 partidos sobre 906 posibles. Proeza que el cronista del Buffalo News, Bob DiCesare, resumió en términos más humanos que deportivos: "Smith never stopped repaying his debt of gratitude".

 

El verano de 1978 la franquicia de Buffalo toca a su fin y con ella Randy Smith. En adelante su figura se difumina en medio de la cruda batalla de renovación de los equipos en los que irá tocando en desgracia. Cleveland, New York, San Diego (heredero de Buffalo) antes de una última parada en Atlanta para colgar las botas al término de la temporada de 1983.

 

Treinta años después de salir de los Clippers Randy sigue siendo el líder histórico de la franquicia en nada menos que diez categorías del juego, incluyendo puntos, partidos, asistencias y robos. Tal vez por ello Tim Wendel, autor de la obra Buffalo, Home of the Braves, elevó a su portada a la figura más representativa en la historia de aquel equipo que los Clippers parecen haber desterrado de su memoria.

 

Durante los playoffs de 2006, cuando los Clippers batallaban frente a Phoenix por las WCF, el cronista del Washington Post, David Neiman, encontró a Randy Smith apostado en el Staples como un espectador más. De hecho era un habitual de los Clippers desde hacía años. Los mismos en que ningún miembro de la franquicia se había dirigido a él. Neiman preguntó por ello al técnico de la casa, Mike Dunleavy, y éste respondió que los Clippers "carecían realmente de historia". El periodista no se detuvo en el técnico y al cabo firmaría en su artículo lo siguiente: "A Clippers spokesman declined when asked to comment about whether the team had made any effort to connect with the past players".

 

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La pasada semana Randy Smith fue encontrado muerto en su casa de Connecticut. Hacía carrera sobre una cinta cuando su corazón dijo basta. Tenía 60 años. Hacía mucho, tal vez demasiado, que su nombre se había separado del baloncesto. Pero mejor sería decir que el baloncesto NBA le había dado la espalda exactamente a como lo hizo en la primavera de 1971. Y tal vez el tiempo no debería pasar para el mejor jugador en la historia de una franquicia, conocida hoy como L.A. Clippers, que sigue sin tener un número retirado, ni siquiera el de McAdoo.

 

Y a la muerte de Randy Smith uno también se pregunta por qué. Descanse en paz.

El draft de 1998 no fue una experiencia muy grata para Rashard Lewis. Criado y crecido en Houston esperaba -le habían prometido- salir elegido por los Rockets en una de las tres elecciones de primera ronda de su propiedad. Por algo así había renunciado a ingresar en la Universidad de Houston. O en cualquier otra. Por algo así renunció a cuanto no fuera jugar en la NBA. Pero todo salió al revés. Con el número 14 los Rockets elegían a Michael Dickerson; con el 16, a Bryce Drew y con el 18 a Mirsad Turckan. Se completó la primera ronda y el adolescente, a cada rato más consolado por su madre Juanita en la green room, sintió venírsele el mundo encima antes de que los Sonics le ofrecieran cobijo en la posición número 32. Incluso habían preferido en la 27 a Vladimir Stepania.

 

Le ofrecieron dos años. Ya era jugador NBA. Pero no iba a resultar fácil. Rashard vivió los últimos estertores en Seattle de Payton y Baker mientras su panorama de juego discurrió entre la aparente anarquía de Westphal y la repentina militarización posicional de McMillan. Rashard fue gradualmente sumando un mayor protagonismo en el equipo pero nunca con una idea clara de en qué grado y hacia qué dirección exacta. Sólo la llegada de Ray Allen, según siempre reconoció, contribuyó a favorecer su progresión y sobre todo su estabilidad mental.

 

Nueve años en Seattle fueron suficientes para reconocerle sus virtudes como armador de tiro, como munición ofensiva exterior. Pero al mismo tiempo como un extravagante lujo que el equilibrio posicional de muchos equipos no se podía permitir. ¿Un 2.09 sin verdadera solvencia interior? Puede. Pero nunca a un precio de superestrella.

 

El verano de 2007 se convirtió en el verano de Rashard. Antes de que Orlando le ofreciera una cantidad que inflamaría la masa crítica de la liga (118 millones de dólares por seis años), volvieron a aparecer en escena los Rockets. Después de declarar abiertamente "Queremos a Rashard", su mánager general, Daryl Morey, le envió una camiseta roja con su nombre y número serigrafiados. Pero era insuficiente. La repentina oferta de unos Magic que habían perdido la vez para hacerse con Chauncey Billups era irrenunciable y, firmado el contrato, llovieron palos desde todos los rincones del firmamento NBA. Era demasiado dinero para un jugador todavía no definido.

 

Resumidamente las objeciones eran dos: 1) Rashard Lewis no vale ese dinero y, 2) Un equipo que cuenta con Dwight Howard no puede permitirse el lujo de sobrepagar a un segundo de la talla de Lewis. Un año después de su llegada al cargo, del bofetón que le supuso la negativa de Fran Vázquez, Otis Smith se lo había jugado todo a una carta.

 

Lejos del lenguaje de despacho Stan Van Gundy aclaró la ecuación en términos de pista: "Puede haber otras vías pero la fórmula más ensayada en esta liga, la más eficaz, consiste en contar con un gran jugador de perímetro y otro gran jugador interior". Daba igual. De poco servía aquella declaración de intenciones. Los críticos recordaban que a pesar de sus más de 22 puntos por noche, Rashard no había recibido ni un solo voto para el equipo ideal de la temporada. Que lo habían hecho Eddy Curry, Ben Gordon, Jason Terry o Tyson Chandler. Que incluso Paul Pierce, ausente 35 partidos, había recibido votos. No así Rashard Lewis. Como si ésa fuera la prueba decisiva de su condición deficitaria. Rashard arrastraba una inquebrantable fama de jugador frío, frágil y unidimensional. Fama de la que más de una vez tuvo que defenderse: "No soy uno de esos jugadores que hablan constantemente. Cuando tengo que decir algo es porque es algo verdaderamente importante".

 

Han pasado dos años de aquel órdago en Florida. Y bien o mal, sobrepagado o no, el experimento ratifica un rendimiento deportivo que toca ahora a su plenitud y que expresa un ascenso que más que lineal resulta explosivo: de 40 victorias a las Finales en tres temporadas.

 

 

 

 

 

 

Técnicamente Rashard ha cambiado entre poco y nada. Pero tácticamente muchísimo. Dwight Howard le ha dado lo que Magic Johnson a Abdul Jabbar y que éste refirió como My Liberation. La presencia de Howard en la pintura es tan sumamente grande y poderosa, tan exclusiva de su fortaleza, que Rashard puede por fin mirar al aro de cara durante porciones enteras de juego, desde y cómo le plazca.

 

Ya el año pasado, a caballo entre su naturaleza y el silencioso compromiso de demostrar su valor, se convirtió en el jugador más alto de la historia en anotar el mayor número de triples en una temporada. Van Gundy tomó buena nota a lo largo de todo el año, pero muy especialmente en el cuarto partido de primera ronda en Toronto (27 pts) cuando Rashard demostró su condición de indefendible o en la única victoria de Orlando ante Detroit a la siguiente (33 pts con un 73% en tiros de dos y un increíble 83% en triples). Era cuestión de tiempo si la progresión tocaba al cuerpo general del equipo.

 

Y así llegamos al mes de mayo de 2009. El punto álgido en la carrera de quien ha subrayado hasta la extenuación: "Puedo salir ahí fuera y jugarme 20 o 25 tiros por noche. Pero algo así no es bueno para mi equipo". Orlando se deshizo de los molestos Sixers en primera ronda, de los vigentes campeones en la segunda y de los líderes de la Regular en la batalla por el trono del Este. Lewis fue el jugador decisivo en el sexto partido en Philadelphia, la noche más difícil para unos Magic sin Howard ni Lee. Se convirtió en la pesadilla de unos Celtics que no le hallaron respuesta y replicó a mayor grado el papel de verdugo ante unos Cavaliers cuyo juego interior quedó completamente fracturado a manos de lo que precisamente Van Gundy consignaba con la llegada de Lewis al equipo. Todo había resultado perfecto.

 

Once años después Rashard Lewis ha alcanzado una condición que, de no existir Nowitzki, seguramente le correspondiera: la quintaesencia de aquel rasgo que Sporting News denunció a principios de siglo bajo el título The Shooting 4-man como una epidemia que ya se gestaba en college a través de jugadores como Shane Battier, Sam Clancy, Tayshaun Prince, Justin Reed o Tahj Holden. No es que Lewis naciera así. Es que ya en su último año de instituto su técnico Jerrel Hartfield reprimió su distribución de pase en favor del tiro exterior, mejor cuanto más lejano. Tenía demasiado talento ofensivo como para no intentarlo, venía a decir su primer maestro.  

 

Desde entonces Rashard parece haber estado buscando su sitio. Como un patito feo con plumas de oro o un extraño late bloomer a un contrato pegado. Es un alero con cuerpo de cuatro o un cuatro con cuerpo de alero. Pero es en definitiva tecnología táctica siglo XXI. El tweener por excelencia o como Michael Pina refería hace unos días: "The biggest matchup problem in the NBA". Su rango de tiro no conoce límite.

 

Ni ha perdido su apariencia de jugador frío ni su frecuente flotar por la pista con aspecto pasivo durante tres de cuatro periodos. Sólo que, contrariamente al jugador común, es perfectamente capaz de aparecer en los minutos finales para ser la respuesta, o como gusta la prensa NBA, para ser The Execution.

 

No sólo los Lakers. Cualquier equipo que ahora mismo tuviera enfrente a los Magic se habría de enfrentar a numerosos problemas. Y por lo visto hasta la fecha Rashard Lewis es uno de los dos principales. Porque no asoma actualmente en el baloncesto mundial una respuesta táctica clara a esa especie de sofisticado tecnoalero en estado de gracia que por fin, tanto tiempo después, parece haber encontrado su pleno sentido.

Hace ahora un año quien suscribe firmaba un artículo descriptivo de la extraña y paradójica situación que vivía LeBron James desde su llegada a la NBA. Comenzaba con una evidencia casi pueril: "LeBron James no puede ir contra la Historia. (...) Todos y cada uno de los mejores estiletes ofensivos que ha dado este juego fracasaron en sus intentos de alcanzar la cima a solas". La cosa fue entendida a medias. Porque lo  que parecía una acusación era en realidad una denuncia.

 

El espíritu de aquella pieza, escrita al término del séptimo partido en Boston pero inspirada a lo largo de todo un año, era dolorosamente simple. Oponía dos realidades. De un lado, LeBron James, uno de esos rarísimos factores de Historia; de otro, su entorno y circunstancia, algo más que cuestionable.

 

Ha pasado un año y la distancia abierta entre el nivel de uno y el fundamento real del resto, como proyecto y producto, puede ser la más grande que haya conocido jamás un superjugador en la historia de la Liga. Ha pasado un año y el fantasma de esta fractura ha vuelto a quedar completamente en evidencia cuando, tal vez, menos se esperaba.

 

Un año transcurre tan rápido que es posible radiografiar todo lo ocurrido en unos pocos trazos. ¿Qué se hizo de entonces acá? ¿Fue suficiente?

 

La llegada de Mo Williams despertó inicialmente dudas razonables sobre si era eso lo que precisaban los Cavs. ¿Un nuevo base? ¿Un director de juego junto a James? ¿No necesitaban un segundo anotador? En principio así era. Pero entrado el curso las dudas iniciaron un rápido desalojo. De repente Mo Williams se convirtió en ese ansiado estilete y el mundo conoció al mejor Delonte West. Los interiores se sumaron a la fiesta y el bloque exhibió sus fortalezas defensivas de siempre con el sorprendente añadido de atacar la canasta rival con una solvencia ignorada en la Era James. Hasta corrían.

 

Todo ello permitió por fin liberar a LeBron de su parte de juego más arriesgada: el tiro exterior. Los lanzamientos se repartieron eficazmente entre un backcourt menos definido pero más extenso mientras los interiores accedieron con regularidad al balón antes de apurar la posesión. El ataque dejó de estar fragmentado y las asistencias de ser tan sólo cosa de uno. Y así los Cavaliers devoraban el año como líderes.

 

Las derrotas ante equipos que adivinaban presencia en la fase terminal del año (Los Angeles, Boston, Orlando) no fueron tomadas como excesivamente relevantes y el curso prosiguió su rápido avance devolviendo el juego y moral del equipo a los cauces normales. Cauces que hablaban de la primera posición de la liga (66 victorias), el futuro MVP del año y hasta el mejor entrenador de la temporada. Cauces que aumentaron drásticamente su caudal con el arranque de los playoffs, unos playoffs que venían más de cara que nunca sin Kevin Garnett ni la esperada revancha ante los vigentes campeones Celtics. El 8-0 para plantarse en las ECF parecía responder a un divino guión que hubiese sido escrito en las oficinas del Quicken.

 

Y en éstas llegó Orlando, un equipo que había derrotado a los Cavs en siete de sus últimos diez enfrentamientos. Un equipo de muchas más letras que fue creciendo en el transcurso del mes de mayo hasta alcanzar una cota seguramente ignorada en sus veinte años de historia.

 

En el primero el susto entró en el cuerpo. LeBron se fue hasta los 49 puntos y el equipo no ganó. Cabía preguntarse por qué razón LeBron se había tenido que ir hasta los 49 pero no se hizo. Parecía un tropiezo del que salir más espabilados. Pero tampoco ocurrió en el segundo, donde otra vez asomó sin pudor la batalla de un jugador contra ocho al extremo de evitar la muerte prematura del equipo con una acción más propia de la Play Station que del mundo real.

 

Tras esos dos choques LeBron había anotado 80 puntos. Sus compañeros, 118. El primero lo hizo con un 60 por ciento de acierto. Los segundos, con un 41. Algo muy grande pero familiar estaba fallando.

 

En el tercero el producto resultante de Ilgauskas, Williams, West, Varejao, Smith, Gibson y Pavlovic fue de un espléndido 14 de 48 (29 %). LeBron no estuvo fino en el tiro. Pero anotó casi la mitad del total del equipo. Una vez más.

 

En el cuarto un abrasado Mo Williams aparentó resucitar anotando 18 puntos hasta sumergirse por completo en el cuarto periodo y la prórroga, en los que intentó únicamente dos tiros. Brown había sentado a James en el segundo cuarto y Orlando respondió con un 14-6. Tras el descanso sus compañeros hicieron un 11 de 27 sin que James encontrase manera de que sus reiterados pases al lado débil fueran respondidos con acierto. A esas alturas John Schuhmann podía ser el más rezagado de la prensa americana al insinuar que tal vez LeBron pudiera estar "empezando a perder fe en sus compañeros".

 

Pero el mencionado no hizo el menor caso y salió a la siguiente redoblando sus esfuerzos por implicar a los suyos, como había hecho siempre, en el juego colectivo. Porque precisamente en el juego colectivo los estaban matando. Y los titulares de prensa repetían por doquier la misma consigna: HELP WANTED.

 

Tras la reanudación del quinto los Cavs estaban muertos. Habían dilapidado una ventaja de 23 puntos y la temperatura del equipo rozaba el cero absoluto. Y así fue hasta que James volvió a decir basta e ingresar en ese estado que Zach McCann refirió en el Orlando Daily como "no perteneciente a este mundo". Al margen del triple doble, o partiendo de ello, fue el mejor jugador del partido en puntos, rebotes, asistencias y rebotes ofensivos. Cuando una vez más el entorno abismó por sí solo y con ello todo ese grupo llamado Cavaliers, momento situado en torno al final del tercer cuarto, LeBron resolvió que su ingenua empresa de involucrar a todos y cada uno en la acción colectiva no tenía solución. No la había tenido nunca. Y ya no es que a partir de ese entonces anotara 17 puntos. Es que el total de 32 siguientes o cayeron por sus propias manos o fueron fruto de sus pases. Finalizado el éxtasis, a 1:07 del término, la ventaja de los suyos fue de 11 y el equipo seguía vivo.

 

Hasta hubo que aplaudir la noticia: por primera vez la eliminatoria había visto a un compañero de James alcanzar los 20 puntos (Mo se fue a los 24).

 

El sexto y último, cruelmente la peor noche de James, sirvió para hacer justicia y premiar al equipo que había ejercido como tal en la serie. Porque el Baloncesto, como ingenuamente se consignaba más arriba, no premia jugadores. Sigue y seguirá premiando equipos. 

 

Y el de LeBron James no lo es.

 

 

 

 

Lo que él ha firmado en esta serie queda para los libros de estadística. Para sus páginas de oro. Porque en 62 años de historia nadie había alcanzado esas cifras. Nadie. Y busquen el nombre que quieran. Pero esas cifras sirven precisamente para recordar que ha pasado un año de aquel artículo denuncia y sin embargo nada parece haber cambiado desde entonces. De hecho nada ha cambiado y era mentira todo lo ocurrido después.

 

Y lo que es peor. Han pasado ya seis desde su llegada a la NBA y siguen valiendo como puñaladas preguntas de este calibre:

 

¿Dónde está Pippen? ¿Dónde Grant?

¿Dónde están Pippen, Rodman y Kukoc?

¿Dónde los Worthy, Scott y Abdul Jabbar de LeBron James?

¿Dónde los McHale y Parish? ¿Dónde los Walton y Archibald?

¿Dónde los Odom y Gasol? ¿Dónde está el Shaq de LeBron?

¿Dónde está ese compañero -uno solo- cuya presencia junto a James le encumbre a ese cielo que el tiempo suele llamar HOF?

 

Son preguntas retóricas. Desgraciadamente baldías. Su sentido ni siquiera reside en la ayuda general de que dotar a un jugador de las características de LeBron James. Su riqueza y miseria sigue instalada en los mismos flancos de siempre.

 

Riqueza por una cuestión a estas alturas demasiado evidente. LeBron James es el jugador no gigante más desequilibrante en la Historia de la NBA con menos de 25 años. Por sí solo lo es. Basta saber que ha engañado al mundo haciendo creer que este equipo estaba maduro para el anillo.

 

Pero su terrible miseria es como diez veces mayor. Todo lo que ingenuamente se creyó haber ganado tras el verano de 2008 -una incorporación relevante y una temporada regular de ensueño- se han venido abajo en el momento decisivo. Es como si de repente hubiese quedado demostrado que ese grupo, compacto y alegre, practicó un juego ventajoso cuando las ventajas vinieron de cara. Que todos se subieron a un carro del que bajarse en el momento de la verdad. Porque la realidad escupe con sospechosa crueldad que en cuanto el grupo se ha topado con un equipo de elevadísima democracia de juego la miseria ha vuelto a quedar literalmente en cueros. Nadie lo explicó mejor que Matt Moore hace unos días.

 

La miseria reside en haber convertido a ese semental de 24 años en una especie de Santo al que exigir a cada minuto un nuevo milagro. Como si los milagros le fuesen una obligación cuando en realidad no son más que la dolorosa prueba de que nació, creció y sigue muriendo completamente solo.

 

O alguien hace algo con la carrera de este chico o habrá que empezar a escribir su biografía como la triste suma de todo aquello que hubiera sido evitable. 

 

No es momento de especular sobre si LeBron James es peor jugador que Michael Jordan o Kobe Bryant. No digamos ya Magic Johnson o Larry Bird. Es simplemente momento de denunciar con fuerza que, por ahora, ha contado con infinita menos fortuna que todos ellos. Una fortuna que en el mundo del Deporte se conoce con el preciso nombre de equipo.   

El miércoles 29 de octubre uno de los equipos más emblemáticos de la aristocracia NBA, Detroit Pistons, iniciaba un nuevo curso en el Palace, un pabellón que cumplía además veinte años de vida. Suficiente para haber sido testigo de lo más sagrado en la historia de la franquicia: Tres Anillos en dos Edades de Oro.

 

El estreno se solventó con victoria ante Indiana. Pero más cómoda resultó aún la segunda noche ante los Wizards. Los dos partidos, las dos victorias, partieron con un quinteto que salvo Amir Johnson estaba formado por cuatro jugadores de los que recitar de memoria para siempre. A esas alturas nadie sabía con exactitud cuántos minutos, horas, días y meses de juego en pista acumulaban juntos Chauncey Billups, Richard Hamilton, Tayshaun Prince y Rasheed Wallace.

 

Era momento de abandonar la ciudad. De tomar el primer avión de la temporada.

 

Días antes no era difícil percibir un aire extraño en el equipo. O más bien en su entorno. Joe Dumars, jefe de la expedición, apenas si se había dejado ver en los primeros entrenos del grupo, de los que incluso Michael Curry, el entrenador, se veía a ratos ausente en cerradas conversaciones con Darrell Walker y Pat Sullivan, dos de sus asistentes.

 

Aquellos primeros días Chauncey no notó nada especial en su rutina de trabajo de no ser que tan sólo sus compañeros habían sido destino de sus palabras. No problem. Podía tener su lógica cuando el verdadero director de operaciones de pista llevaba años en el equipo y parecía poder dirigirlo con los ojos vendados. Pero al mismo tiempo algo se estaba tramando a sus espaldas. O tal vez peor. Algo se había cerrado antes incluso de tomar el avión con destino a Charlotte para disputar allí el primer partido a domicilio, tercero de una temporada de ochenta y dos.

 

Poco antes de tomar el avión Chauncey habló con su padre:

 

- ¿Todo bien?

- No sé qué decirte, papá. Ni Joe ni ninguno de los entrenadores me han dirigido la palabra estos días. Ni siquiera me han mirado a la cara. Es como si no existiera. No sé, me huelo algo que no me gusta...

 

El vuelo a Charlotte no disipó la incertidumbre. Antes bien reinaba un extraño silencio entre todos que se vio acentuado luego de que Antonio McDyess fuera reclamado por los asientos delanteros, donde acompañaban a Joe Dumars su entrenador, el equipo de asistentes y el jefe de relaciones, Kevin Grigg. Antonio regresó al rato a su asiento con aspecto muy serio para no abrir la boca el resto del viaje. Era como si obedeciera a algún tipo de orden de acusada discreción.

 

El avión tomó tierra y antes de que el equipo se dirigiera al hotel, Antonio pegó sus pasos a los de su compañero Chauncey:   

 

- Escúchame. No digas nada. Nos traspasan. Todavía no es oficial pero tiene toda la pinta de que ya está todo hecho. Nos mandan a Denver. En realidad te envían a ti. Yo sólo formo parte del paquete. Lo único que me han dicho es que esté tranquilo. Porque no llegaré a jugar con ellos. Los Nuggets me cortarán y volveré a jugar aquí. Me lo han garantizado. Te lo cuento porque tú no sabes nada aunque me imagino que hoy mismo te lo dirán.

 

Chauncey no contestó. Apretó los labios enderezando aún más su expresión mientras proseguía paso firme en el aeropuerto. Tuvo ganas de preguntar quién llegaba a Detroit. Pero reprimió la pregunta. Qué importaba.

 

Tras la cena Chauncey no podía parar en su habitación. Decidió bajar al vestíbulo y con la cabeza bien alta apostarse unos metros a la izquierda del equipo técnico, que conversaba agitadamente en uno de los salones. En el fondo el jugador estaba esperando a que uno de ellos, de una vez, se le acercara y le diera la buena nueva. O tal vez que alguien le estrechara la mano o le diera un abrazo que, aunque hipócrita, convenía en el trato personal futuro.

 

Pero nadie lo hizo. Y al rato Chauncey subió a su habitación a pasar la noche.

 

En la mañana del lunes 3 de noviembre, día de partido, la prensa deportiva nacional se desayunaba con un titular extrañamente poderoso:

 

ALLEN IVERSON TRADED TO DETROIT

 

 

Pero el titular no había llegado a la habitación de Chauncey, al que faltaban minutos para estar listo de cara a la sesión de tiro prevista por la mañana. Al cabo llamaron a la puerta. Eran Rip Hamilton y Tayshaun Prince, sus compañeros y amigos. Sin mediar palabra comenzaron los abrazos. No había que contar más. Ya era oficial.

 

Lo siguiente fueron unos cuantos nudos en la garganta. Hacía seis años que Chauncey ignoraba el significado de un traspaso. Había conocido hasta tres. Siempre era difícil. Pero esta vez lo era infinitamente más. Y Hamilton y Prince no se lo pusieron fácil.

 

Hamilton parecía el más afectado. Acababa de firmar una extensión de contrato con el equipo y sin embargo sentía que en ese momento le habían traicionado. "Si lo llego a saber no firmo, ¿sabes? Ahora sí que no quiero seguir aquí".

 

Un rato después los tres coincidirían en hacer una llamada desde la habitación. El destinatario ya no era compañero, pero sí amigo.

 

- Ben, ¿ya lo sabes?

- Ya os dije cómo son esos tipos.

 

La siguiente llamada se produciría a solas:

 

- Vuelvo a casa, cariño.

- Estate tranquilo. Te quiero.

- Joder... -ahora sí que cabía derrumbarse- Si son como mis hermanos...

 

La sesión de tiro tuvo lugar ya sin Chauncey, para quien las horas siguientes fueron un apresurar sus cosas camino de Denver. Y hacerlo como un autómata. La despedida, como cabía esperar, fue improvisada, confusa y sobre todo dolorosa.

 

Todo allí había terminado.

 

 

 

 

 

 

 

Esta simple y algo cruel cronología de los hechos ha sido hecha pública estos días por el cronista Tom Friend. El pasado domingo el Free Press de Detroit arrojaba una encuesta entre sus lectores. La pregunta era sencilla: "¿Quién de estos cuatro jugadores desearías que volviera a Detroit?". Había cuatro opciones y tres deportes: Jair Jurrjens, Ryan Mallett, Roy Williams y Chauncey Billups. Uno de los cuatro ganó la encuesta por goleada.

 

Pocas veces los hechos hablan tan a las claras del espíritu de un traspaso. Quien haya tenido ocasión de seguir muy de cerca las evoluciones de los dos equipos implicados, su temporada y avatares, comprenderá perfectamente el porqué tan reciente este recuerdo.

 

El recuerdo de un asunto todavía inacabado.

"Mamá, voy a ser entrenador de baloncesto. Y me apuesto lo que quieras a que algún día ganaré diez mil dólares al año".

 

Así despachaba un mozalbete su futuro hará ahora un millar de años. Porque aunque parezca mentira Chuck Daly fue una vez un chaval. Uno de tantos muchachos inquietos con los ojos bien abiertos y mil pájaros en la cabeza. O tal vez diez mil. Porque más alto se vuela cuanto mayor es el peso de la realidad a la tierra que uno pisa.

 

Antes de que la barba asomara el pequeño Chuck acompañaba a su padre, vendedor ambulante, a recorrer los duros años de la Depresión en la sufrida Pennsylvania. Y cada vez que tocaba a padre soltar uno de aquellos imparables chorros de palabras para poder llevar a casa un puñado de dólares, el pequeño se le quedaba mirando hipnotizado. Un descarnado sacrificio de comunicación que marcaría a sangre y fuego el carácter del muchacho. "Antes de que te comprendan, tienes que comprenderles". Era como si ya en el colegio, donde le granjearon el apodo de Hungry, intuyera que su misión en la vida sería la de convencer a los demás. Convencerles de cosas. De algo con lo que poder avanzar.

 

Chucky jugó al baloncesto, como todos. Porque el baloncesto era el reverso de esa vida. Una vida que aunque joven tenía que ascender haciendo de lavaplatos, vigilante nocturno, cargamuebles, peón de obra, operario en una factoría de cueros y hasta portero de discoteca. Eran tiempos difíciles. Y aunque pronto el trabajo se multiplicaría bajo las piedras, sorprendía la capacidad del joven Chuck por convencer de inmediato a pequeños empresarios, chupasangres y buscavidas de que valía.

 

Lejos de todo aquello el baloncesto era encantador. Un juego también de clientes donde todas las cualidades de padre habrían encontrado sentido. Él encarnaría esa tarea.

 

Estaba decidido.

 

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Si uno observa con detenimiento la carrera de este hombre que acaba de abandonarnos para siempre comprobará cómo resulta imposible concebir una secuencia más paciente, gradual y elaborada en el lento ascender hacia eso que llaman éxito y que alguna vez se convierte en gloria y cima universal. A golpe de episodios genéricos el crono de su inmensa obra marcaría las siguientes horas:

 

 

Jugador.

Entrenador de instituto.

Entrenador de un pequeño college.

Entrenador de otro college.

Entrenador de otro college.

Entrenador asistente en la NBA.

Entrenador frustrado.

Entrenador de proyecto.

Entrenador de primera fila NBA.

Entrenador campeón.

Entrenador campeón.

Entrenador del mejor equipo en la Historia del Deporte.

Padre de banquillo.

Mito viviente.

Hombre retirado.

Muerte.

Figura histórica.

 

 

Y entre el principio y el fin de aquel camino elegido de muchacho, unos sesenta años de pasos. Unos sesenta años dedicados íntegramente a los sujetos reales del deporte de la canasta. Porque Daly, antes que cualquier otra cosa, fue un entrenador de jugadores. Y ya después, cumplido ese propósito, un organizador del juego.

 

"Antes de que te comprendan, tienes que comprenderles".

 

Por cortesía histórica suele ser ingenuamente recurrente perpetuar la memoria de aquellos técnicos a quienes se atribuye la invención de algún tipo de operación táctica con que ser recordados. El Corte de UCLA o el Triple Post son ejemplos que favorecen esta pleitesía general. Tales reconocimientos merecen un gran respeto. A veces el mayor de todos. Pero en el fondo suelen ser casos algo sobredimensionados que ocultan una enorme dispersión de contenido. Influencia sí. Pero ¿dónde? ¿Baloncesto universitario? ¿Profesional? ¿Un equipo propiamente? ¿Unos años de vida?

 

A esta escala de valores escaparía rotundamente Chuck Daly. Su caso sí que permite hablar de absoluta concreción y un destino material de su influjo. Nada menos que la Liga mayúscula. Un escenario profesional, su cuadrilátero y sus legiones. Y una duración tan indefinida como que su fondo perdura hoy y seguramente lo seguirá haciendo mañana.

 

Su trabajo no forma parte de ninguna de esas rollizas obras de vector y diagrama. Ni tampoco su lenguaje resultó nunca indescifrable al común de los mortales. De hecho no pocos recelaron de su conocimiento del juego. "Timing, not ability", decían a sus espaldas siguiendo las futuras palabras del mismísimo Laimbeer: "Sus asistentes sabían más del juego que él mismo". Y sin embargo técnicos y profanos entendieron a la perfección lo que aquel hombre estaba haciendo. Lo entendieron y admiraron en profundo silencio. A tal punto lo harían que de repente su modelo se convirtió en un modelo ejemplar. Algo que alteraría las estructuras de juego de ese Olimpo conocido como el mejor baloncesto del mundo.

 

No se exagera al decir que Chuck Daly constituye la figura de banquillo más influyente en la NBA en los últimos cuarenta años. Acaso la más decisiva desde Red Auerbach. Los entrenadores capaces de extender un misterio en el tiempo, capaces de que su visión de las cosas despierte adhesión general y mueva a la imitación automática se pueden contar con los dedos de una mano.

 

Todo el baloncesto militar de los años noventa, toda esa férrea década de atrincherada isolation, los años de músculo y reducción espacial, la reconversión del juego hacia la industria defensiva, tienen su detonante principal en el trabajo realizado por Chuck Daly en un equipo, Detroit Pistons, que llevará su firma para siempre. Una obra de tal perfección que muy pronto terminaría inundando el paisaje NBA al completo. 

 

A vista de los más críticos Daly pudo hacer del baloncesto un rugby flanqueado por aros. A la de los románticos pudo incluso ser un maldito. Su figura pone fin al sueño narcótico de los años ochenta en plenos años ochenta. Como si enterrase la monárquica bicefalia Celtics-Lakers y aplastara de un plumazo el sueño de una década que había concebido el baloncesto como algo ligero, hermoso y retórico. Un sueño que gracias a él supimos que no era eterno.

 

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Nada de esto habría sido posible de no ser rescatada su vida de un momento terrible, casi definitivo. Chuck estrenó cargo de primer técnico entrada la temporada de 1982 en unos Cavaliers a la deriva. Un equipo que habría acabado con cualquier entrenador en el mundo. Ganó 9 de 41 partidos antes de ser despedido y salir del hotel donde malvivió encerrado durante 93 días.  

 

Más de un año después un inquieto director deportivo en Detroit pensó en él.

 

"Chuck, te he traído aquí -le diría Jack McCloskey- porque confío en ti. Pero quiero que hagas algo por nosotros. Algo muy concreto. Quiero que defensivamente seamos respetados. Creo que a partir de ahí llegarán los resultados"

 

Daly volvió a encerrarse. La ocasión lo merecía. Revisó horas y horas de cintas con el trabajo que Scotty Robertson había realizado allí. Le dio vueltas al asunto y no supo muy bien por dónde empezar. "Realmente no sabía cómo mejorar aquello. Pero respiré aliviado por los dos años de contrato garantizados y la opción a uno más. Tenía tiempo. Y si lo que querían de mí era que mejorara la defensa del equipo, muy bien, I'd work on the defense".

 

Y al poco el equipo pasó de ocupar el pozo de la liga en puntos encajados a convertirse en uno de los más complicados de batir. Un ensayo inacabado que a medida que brindaba resultados era preciso proseguir.

 

La revelación alumbrada en su fuero interno fue la siguiente:

 

"He aquí una liga donde los equipos anotan un promedio en torno a los 110 puntos. Todo esto se reduce en cuanto llegan los Playoffs. Allí los equipos templan el ritmo y ocupan la mitad de la pista en lugar de correrla entera. Bien. ¿Por qué no obligo a mis rivales a replicar en Regular ese baloncesto de Playoffs? Quiero hacerlo. 'By slowing it down, we could frustrate the rest of the league. Our identity is going to be our defense. On offense we want to establish a half-court game that could produce about 100 points a night. Our goal is to play every game as if it were a playoff game'".

 

Daly se puso manos a la obra. Primero resolvió deshacerse de un anotador como Kelly Tripucka. Y trajo en su lugar a un tozudo ralentizador del juego llamado Adrian Dantley. Un extraño escolta que gustaba de postear en los aledaños de la pintura en barrocas orgías de fintas y faltas. Su abusivo número de tiros libres permitiría dosificar las piernas del resto en beneficio de la energía defensiva.

 

Isiah Thomas compensaría la baja de Tripucka. Al igual que un termostato de banquillo de nombre Vinnie Johnson. El equipo contaba además con un interior no especialmente dotado para nada, Bill Laimbeer, que encontraría su pleno sentido precisamente en la elevación al primer plano de los más viles y eficaces subterráneos del juego.  

 

Pronto se sumarían otros ejemplares que harían del proyecto el más definido de la historia. Rick Mahorn, un terrible enforcer que parecía reencarnar la figura de Mo Lucas. Joe Dumars, un silencioso perro de presa que incluso ocultó en el draft sus fabulosas virtudes ofensivas. Dennis Rodman, un inclasificable ejemplar que haría de la molestia un arte. Y finalmente James Edwards y John Salley, complementos de indefinida pero material versatilidad interior. Todos juntos  se pusieron a rodar. Y todos juntos se convirtieron en un rodillo.

 

En la primavera de 1988 la legión que Daly procesó en un sistema de incesante rotación e insultante democracia acabó definitivamente con la era Bird en el Este. En realidad el equipo de Detroit acabaría con el Este al completo durante cinco años. Los Pistons redujeron en 14 puntos a los Celtics y hasta en 23 a los Lakers en la conquista de sus primeras Finales. Primera y última derrota. Los dos años siguientes la entera NBA fue cómodo y hasta burlesco pasto de aquel equipo monstruoso. Los ochenta habían muerto.

 

 

 

 

 

 

Era el justo logro de un equipo total antes de que el baloncesto se rindiera a los pies de Michael Jordan.

 

Hasta entonces el curso de la NBA no había conocido una proposición defensiva equiparable a la de aquella escuadra de acero. Pero contra lo que la Historia se empeña en recordar, el equipo de Detroit atacaba la canasta rival con una maestría incluso superior a todo modelo precedente.

 

Era en conjunto un bloque perfecto.

 

Sin saberlo Detroit iba a cortar la Historia en dos. Una prolongada era en la que los jugadores miraban al aro y otra en la que los jugadores comenzaron a mirarse entre ellos. A recelar muy seriamente del camino que conducía a canasta. Era nada menos que el Fin de la Inocencia.

 

En adelante el principio defensivo sería ya religioso. Y la década posterior se convirtió en una batalla generalizada por emular aquel modelo, configurando en poco tiempo un panorama militar como el baloncesto no había conocido. Los Knicks del ecuador de la década o los Heat de finales replicaron de manera sinverguenza las principales fortalezas del modelo Bad Boy pero sin alcanzar ni remotamente ni el equilibrio ni la excelencia ofensiva de los muchachos de Daly.

 

Así no fue de extrañar que la más importante misión encomendada jamás a técnico alguno fuera a parar a sus manos. El ensamblaje del mejor equipo de la Historia y su exposición al mundo en unos Juegos Olímpicos era tarea de aquel hombre al que todo jugador parecía respetar.

 

El Dream Team no fue un equipo al uso. Fue la joya de la corona. La más hermosa cima del más hermoso Deporte. En el fondo tampoco interesaba la esperada secuencia de victorias ni el abultado margen de cada una de ellas. Fue la cumbre a cien años de Historia. Una fiesta universal. Y sobre aquellos doce apóstoles un padre al que ninguno cuestionó un solo minuto de juego ni una sola formación diferente. Todo rodó de tal forma que Daly no pidió un solo tiempo muerto. Bastaba una mirada fulminante de aquel hombre que siempre mantenía inclinado hacia delante el rostro y cuya visión, in situ o a través de pantalla, desprendía un irresistible calor, para entender que la fiesta tenía también su trabajo. Porque no procedía que la perfección flaqueara. Y el mundo era testigo.

 

 

 

 

"Mira, yo no estoy tratando con 12 hombres. Estoy tratando con 12 compañías. Cada uno de esos tipos es el presidente de su propia compañía. Cada uno genera centenares de millones cada año. En consecuencia te toca tratar con el presidente de cada una de esas compañías. A diario. Siempre".

 

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Sobre sus días en Detroit escribía hace unos días Krista Jahnke: "He had a collection of athletes who would frighten almost any coach working today". La reconocida adhesión que despertaba su presencia y psicología en su entorno queda incluso dramáticamente retratada en el intento de suicidio de Dennis Rodman cuando Daly, el padre que el joven nunca tuvo, ya no estaba junto a él. "He gave us the freedom to play", señalaba Isiah Thomas, a quien Daly llegó a dar un día libre por la rabia contraída por el jugador a causa de una dura columna contra él. "Si estás mal lo estás. Ellos te cubrirán". Preguntados Laimbeer, Mahorn y Thomas sobre la posibilidad de haber conseguido lo mismo sin Daly a su lado, la respuesta fue no.

 

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Un buen día Daly se retiró. Y todos sabían que era uno de los cinco únicos entrenadores de la historia en repetir título en la NBA. Y sin embargo nunca fue galardonado con el premio al mejor entrenador del año.

 

Porque su legado no cabe en un galardón. Un premio recoge lo hecho en unos meses precedentes que empaquetar como regalo. Pero no hay premio posible ni justo para quien extiende su creación en el futuro. Para quien extiende su creación sin fin.

 

El año pasado la NBA coronó a Boston Celtics. Habían pasado 18 años desde el último anillo de Daly. Pero en aquella comunión verde a lo largo y ancho del año había mucho del Daly Planet. Como también lo hubo en todos y cada uno de los anillos de San Antonio. Es como si cada vez que emergiera un bloque de acero hacia la conquista del título luego de haber desplegado al máximo nivel democracia y autoridad, sutileza y castigo, retórica y mecánica, y todo ello en fraternal armonía, remontara inextricablemente a aquel modelo original de Daly cuyo legado puede que nunca llegue a su fin.

 

"Win a championship. There's no feeling like that in sports. It lasts forever".

 

Como su memoria. Porque todos los años el baloncesto NBA contempla un nuevo campeón. Pero el día que no deba nada al legado de Daly será que el baloncesto habrá conquistado un territorio que hoy, todavía hoy, el mundo ignora.

 

Descanse en paz el hombre que lo cambió todo.