ACBBlogs
07/05/2009

Han pasado ya unos días y qué difícil olvidar. De las miles de lecturas abiertas al término de la serie entre Boston y Chicago, bien vale la pena rescatar una muy personal que toca al grupo de jugadores eliminados. Tal vez al menos eliminado de todos.

 

En un periodo muy corto de tiempo pocas cosas tan atractivas como lo inesperado. Y sobre ello nada más fascinante que asistir al despertar, posiblemente el nacer de un jugador que de repente sugiere maneras de único y que responde al nombre de Joakim Noah.

 

Un espectador que se asomara a Noah por primera vez en esa serie estaría completamente engañado. Y también lo estaría quien le hubiese perdido de vista tras la Final Four universitaria de 2007 que coronaba un doblete para Florida. Uno y otro estarían engañados. Y mucho. Porque hasta hace nada Joakim Noah encarnaba como nadie la más peligrosa de las incertidumbres. La misma que asola a Adam Morrison y que insinúa el estigma No NBA Player.

 

Decía Jon Greenberg que el deporte profesional padece de cierta laminación que lo convierte en monótono, previsible y hasta aburrido. Que faltan protagonistas de cierto resplandor personal y genuino. Esto lo decía al quedar, como quien suscribe, completamente erotizado por el despliegue mortal de energía y baloncesto de Noah en este final de temporada. De cómo ha sido posible no importa. Únicamente importa el sido. Y mucho.

 

Primero fue la etiqueta. Noah llegó a la NBA como doble campeón universitario. Después el perfil. Lo hizo como complemento interior. Y ya por último como enigma. Porque Noah era la ecuación cuya incógnita nadie sabía resolver. Uno de esos jugadores que parecen representar, más que el baloncesto de college, la vida universitaria y su ingenua creencia de eternidad. Así no eran pocos los que anunciaban su fracaso. El vaciado de su utilidad en la jungla profesional.

 

La realidad no los desmintió. Antes de poder hablar del deportista se hacía de ese extraño joven de pelo ingobernable. Porque Noah pasó a formar prioritaria parte del malogrado grupo de jugadores que incendió un vestuario y que acabó sucesivamente con Scott Skiles y Jim Boylan. Un equipo que venía de barrer a los campeones y del que se esperaba todo. Pero que bien al contrario se precipitó a la dinámica de la derrota y terminó condenado a la autodestrucción. Unos meses de disturbios donde la imagen peor parada era la del inclasificable Noah. Fue suspendido por un calentón verbal con el asistente Ron Adams. También lo tuvo con Ben Wallace. Y cuando el vestuario votó lo hizo en su contra. Culpable. Sólo su condición de novato salió en su ayuda. Pero la temporada roja había resultado un fracaso y Noah el perfecto ejemplo de inadaptado.

 

Un amigo personal lo definió con acierto: Joakim es una anomalía social. Hijo de una díscola estrella del tenis y una mujer de pasarela su existencia está marcada por el crisol cultural del New York que lo vio nacer y la incesante itinerancia de sus progenitores. Por sus venas corre sangre francesa, sueca y camerunesa. Por su carácter, una educación de altos pagos todavía más ecléctica que une tradición europea y alegría americana, jazz y rap, libros y juego. Y sobre todo, viajes. El pasado verano Noah puso los pies en Hawai, Las Vegas, Miami, Francia y Suecia. Noah devora el mundo como quien coge el metro. Aunque tal vez se tratara de olvidar un mal curso. Y algo todavía peor. Una fiesta, un poco de alcohol, otro de marihuana y un poli que lo descubre. Él creía estar haciendo algo normal, como si aún siguiera apostado entre amigos en el césped del campus. El mundo no. Y así Noah volvía a las portadas de infamia y su futuro al borde del precipicio.

 

Tras el verano Vinny Del Negro era la nueva oportunidad de relanzar el equipo. Y sobre todo un explosivo novato número uno del draft llamado Derrick Rose. La temporada rodó con otros aires y todo calmó notablemente a pesar de ciertos altibajos. Sólo que en enero un último episodio, esta vez en Cleveland y con una acción de lo más cotidiana terminó con un salvaje "¡Qué cojones dices!" a cargo del Txapu Nocioni que resonó en todo el Quickens y que tenía por destino al propio Noah, otra vez suspendido. Era como si una vez más el joven alero estuviera en el disparadero de los males de vestuario. Como si el respeto de los suyos le eludiera una vez más poniéndole de nuevo bajo sospecha.

 

 

 

 

Una sospecha que por fin comenzaría a disipar la silenciosa y creciente solidez de su juego. Un papel como más definido que terminó de encontrar barra libre en el traspaso del argentino a Sacramento y la llegada a Illinois de Brad Miller y John Salmons.

 

En las ultimísimas semanas de regular, cuando Chicago enfilaba 12 victorias de 16 posibles, Noah ya venía avisando. 11 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias a Charlotte; 11 puntos y 13 rebotes a Detroit y, sobre todo, un increíble 20 de 26 en tiros de campo. Al poco reconocía sentirse cómodo en un sistema de juego que parecía por fin entenderle. Todo encajaba.

 

Pero tal vez nadie esperaba una orgía ni remotamente similar a su estallido ante los vigentes campeones en siete partidos que no olvidar jamás. De repente Noah se incendió como jugador, encarnó el alma más visible de la batalla roja e incluso parecía suspirar por la presencia de Powe y Garnett. Pese a promediar por momentos más de un rebote por minuto su producción de juego quedaba fuera de la estadística que no terminara reflejada en el marcador del pabellón. Noah protagonizó planos de gloriosa emoción, instantes de superlativa épica y coronando todo ello la jugada de la serie. A tal extremo alcanzó su influjo que el segundo cuarto del partido decisivo fue una súplica desesperada del perímetro de Chicago por enviarle balones que no le correspondían camino de su hábitat ideal, los aledaños del aro.

 

Fue como si en pocas semanas Noah hubiese alcanzado un nivel por el que tanto tiempo luchó Varejao. Un rendimiento extraordinario. Un grado diez sobre diez y un nivel que de mantener -señalaba Bob Horse- haría del desgarbado francófono uno de los diez mejores defensores de pintura del mundo. Incluso el siempre controvertido Sam Smith se sumaba a la fiesta sorprendido de que sus Bulls hubiesen resucitado una figura que renovara el recuerdo de Tom Boerwinkle, Clifford Ray o Nate Thurmond.

 

No es que la prensa se rindiera por fin a Noah. Es que Noah ha rendido a todos a la evidencia que él mismo ha disparado más allá de todo límite previsto.

 

Chicago entonces está de enhorabuena. Y Noah aparece como uno de los principales motivos. Un motivo todavía enigmático porque de tan extraordinario el nivel cabe preguntarse cuál será su continuidad en los Bulls de 2010 y siguientes.

 

Decía el mismo Greenberg que ver jugar a Noah era como lamentar las torpes carreras detrás de un balón de un aprendiz de futbolista. Y es que Noah, en su carácter como involuntariamente rebelde, huye de principio a fin de cánones estéticos. Su aspecto no es hermoso. Su baloncesto tampoco. Y sin embargo nada más hermoso que un jugador absolutamente genuino a quien Derrick Rose definió con genial sinceridad: "That's Jo. All energy, giving his all".

 

Porque con Noah tiene uno la sospechosa impresión de no caber término medio. Y que sólo le valdría el elogio mayúsculo sobre el precepto 'giving his all'.

 

Por eso lo que ahora cuenta no es lo que Noah ha sido. Lo que cuenta es lo que por fin parece que quiere ser. Ese es el jugador que acaba de nacer. El espíritu libre y genuino que Greenberg añoraba. Un ejemplar único en su especie.

Ningún equipo ha consumado mejor curso que los Cavaliers y ninguno lo ha terminado con menos dudas. Ellos mismos han respondido a aquella incómoda pregunta que a finales de noviembre formulaba si eran los de Ohio el mejor equipo del mundo. Cinco meses después nadie ha acumulado más méritos para responder con un rotundo sí. Pero un sí, mucho ojo, hasta la fecha.

 

Las cifras del grupo formado en torno a LeBron James asustan: 66 victorias, 39 de ellas en casa con un promedio a favor en torno a los 14 puntos. El mejor registro frente a equipos del Oeste es suyo (26-4) así como el mejor diferencial y el menor número de puntos encajados de toda la liga. Más allá de los poderes numéricos, de una fortaleza aplastante, el equipo de Mike Brown ha logrado encontrar una perfecta armonía que arranca en el vestuario y alcanza a la práctica totalidad de aspectos del juego. A la espera de sumar de una vez a Ben Wallace tienen al equipo al completo y sobre todo, muy sobre todo, cuentan con el jugador más decisivo del planeta.

 

De las cientos de lecturas habituales tras 82 partidos convendría destacar una abrumadora. Los Cavs acumulan un 55-3 cuando lideran el marcador al término del tercer cuarto. Algo que no tendría una importancia desmedida de no haber sellado buena parte de esos triunfos en un tiempo récord, como si les sobrara partido. Así los veteranos, incluido un LeBron con el menor minutaje de su vida, llegan frescos al momento de la verdad.

 

Cleveland reúne en conjunto tres valores impagables: estructura, armonía y, como destacaba John Krolik, muy por encima de ambas, hungry

 

Los Cavs no son nuevos en su candidatura al anillo. Desde 2006 representan el alumno más tozudo en esa aspiración hacia el título, un camino que históricamente hace de antesala a la gloria final. Alcanzaron las Finales de 2007 y el año pasado fueron el más duro rival de los vigentes campeones. Si no fuera por el prudente respeto que merecen los Celtics, se diría sin pudor que son los Cavs el principal favorito y el verdadero equipo a batir. Un equipo plenamente maduro para el anillo. Y eso incluye la prudencia de recordar el desgraciado ejemplo de Dallas hace ahora dos años. 

 

Todo lo que esté por encima del 85 por ciento de la regularidad ofrecida hasta ahora debería bastarles para culminar el camino con éxito, un camino que no se inició el pasado verano con la incorporación de Mo Williams, sino hace exactamente seis años en una noche del draft. Es como si los Cavs estuvieran a pocos peldaños de su primera cima, exactamente la misma alcanzada por los Bulls de 1991, los Rockets de 1994 o los Spurs de 1999.

 

Un momento decisivo que sólo el anillo puede ratificar.

 

 

 

 

 

 

Son días, horas, que se repiten como un rito año tras año. El momento en que las páginas de prensa de todo el mundo corren a ser invadidas por previas y más previas de lo que, al parecer, ofrecerán los playoffs. Y convendría esta vez rescatar aquella acusación de Joey Litman hacia la NBA como una de las competiciones deportivas de solución más conservadora. Mucho partido de fogueo para que al final unas pocas balas disparen de verdad al anillo. Y muy posiblemente este año, especialmente este año, haya menos balas que nunca y el anillo sea cosa de tres. Salvo sorpresa, y mayúscula, todo indica que uno de estos tres equipos alzará el trofeo de campeones a mediados de junio (orden al azar):

 

 

Boston Celtics

Cleveland Cavaliers

Los Angeles Lakers

 

 

El Oeste ha decepcionado un año más. Decepción porque el curso pasado, por la sola razón de que separaban al primero y octavo únicamente siete victorias, se aguardaba una postemporada poco menos que histórica. Una esperanza frustrada en apenas dos semanas. La superioridad exhibida por los Lakers en su trayecto hacia las Finales y la falta de un rival de entidad que les opusiera resistencia hizo de la batalla del Oeste una mera formalidad de un mes de duración.

 

Este año la igualdad en ese lado vuelve a rescatar su rostro más aparente.

 

Un aficionado angelino debería estar seguro del camino abierto para que los Lakers repitan presencia en las Finales. Pese a los últimos tropiezos (especialmente dolorosa la noche de Portland) no hay en todo el Oeste un volumen de recursos comparable al que concentra el Staples. Lo curioso del segundo mejor equipo del año es que, tal y como apuntaba Mark Heisler, aún no conocen estos Lakers su pico de competición, su cien por cien de potencial. Ni siquiera en el 11-1 tras la lesión de Andrew Bynum, con el que ahora vuelven a contar, supuestamente, a jornada completa. De ahí el oportuno subrayado de Hollinger al decir que nada más importante ahora que una plantilla sana. Y tarde o no, la angelina lo está. Incluso más que Cavs y Celtics, a quienes derrotaron en la gira más fantástica que haya realizado equipo alguno este curso.

 

Otra cosa es el tan trillado cansancio de la terna formada por Kobe, Pau y Fisher. Una acusación de la que el primer descreído es el propio Phil Jackson.

 

Tampoco deja de ser cierto que sigue contando el Oeste con equipos que pueden dificultar ese camino de los Lakers hacia la última serie del año. Pero dificultades que se adivinan en última instancia menores; equipos, en los términos empleados por Hollinger, "good enough to make some noise" y poco más.

 

Un equipo joven como Portland puede dar el año por cerrado con lo hecho hasta ahora. Los Blazers han cumplido al modo de los Sonics de McMillan de 2005: una Regular sobresaliente para soñar con logros futuros y no presentes. Igualmente los mejores Nuggets desde 1976 no parecen aún capacitados para liquidar a los Lakers en una serie a siete partidos. El caso de los Spurs es, de todos, el más desolador. El adiós de Ginobili grava todavía más a un sobrecargado Parker y deja en manos de un Duncan mermado el milagro de convertirse en el rival de entidad que hasta ahora se creía único en el Oeste. Dicho en claro: San Antonio sano era la única alternativa real a Los Angeles.

 

Los Hornets, a la espera de sumar a Chandler y Posey al cien por cien, pasan por una irregularidad manifiesta y quedan a un nivel remoto al del año pasado. Finalmente Rockets, Mavericks y Jazz constituyen la tríada de "tapados" que podrían reventar una ronda de apuestas. Pero difícilmente tres.

 

En definitiva, no han conocido los Lakers post-Shaquille un año más favorable para alcanzar las Finales que éste de 2009. Todo lo que no sea estar vivos en el mes de junio habrá resultado un fracaso.

 

Entretanto los aficionados de Boston andan algo preocupados. Razón por la que escribanos verdes como Robb o Spears han tratado estos días de levantarles la moral recordándoles, entre otras, que la desastrosa noche de Cleveland:

 

  • Tuvo lugar sin Garnett ni Powe.
  • Que una debacle de ese tipo es imposible que se repita.
  • Que los Cavs sufrieron algo parecido hace bien poco ante Orlando.
  • Y que la forma (algo humillante) en que la derrota se produjo es la mejor motivación que pueden encontrar estos Celtics.

 

Habría también que recordarles más cosas. Ante todo el mayor símbolo de todos, al que se aferran como un mantra: el título es suyo mientras nadie lo arrebate. Tal y como reconocía LeBron James: "Until you knock off the NBA champs, that's the team to beat".

 

No vale olvidar el mayor valor de los Celtics: ser una armadura tozudamente diseñada para estos dos meses de batalla. Su mentalización y recursos, aun sin estar al completo, les convierte en el equipo más difícil de batir en una serie a siete partidos. Sin duda el más peligroso. Y que hasta la última colisión prevista ante los Cavs contarán con la ventaja campo. Ganar en Boston en plenos playoffs sigue siendo, para cualquier equipo del mundo, una de las tareas más complicadas.

 

Ahora bien, los aficionados verdes tampoco son ingenuos. Saben, como apunta estos días todo análisis, que cualquier posibilidad de reválida pasa de principio a fin por Kevin Garnett. Por contar con él en unas condiciones que alejen de una maldita vez ese espectro que ha dado apenas ochenta minutos de pista desde el All Star.   

 

Se suma a ello la aparente dificultad que puede encontrar ahora Doc Rivers para seleccionar la rotación con que afrontar estos dos meses, mucho más compacta y definida por estas mismas fechas el año pasado. Pero incluso sin Garnett, o al menos a ese 75 por ciento que suplicaba Paul Pierce, el producto acumulado por Powe, Davis y Moore puede ser suficiente para alcanzar las Finales del Este. De esta previsión se ausenta a los Magic por dos razones: una, la desventaja campo, y dos, el principal y casi único agujero por el que hacen aguas. Entre ese brillantísimo perímetro y Howard sigue sin haber, como acertaba a recordar Zach McCann, un solo enforcer. Orlando muere, como Toronto estos años, por exceso de ecología.

 

Con Boston ocurre que a medida que avancen las semanas se irán haciendo más fuertes. Conocerles a fondo obliga a pensar que ganarán en confianza hasta alcanzar el punto culminante que podría atestiguar un séptimo partido para la historia en el Quickens. Un momento tan decisivo que abriría de repente tres cuestiones sencillamente apasionantes:

 

 

¿Arranca la Era James en 2009?

¿Sobreviven los Celtics campeones?

¿Cumplirá Kobe el sueño del anillo sin Shaq?

 

 

En definitiva, es como si el anillo de 2009 no abriera ninguna otra pregunta.

 

Ninguna salvo sorpresa.

 

Pero no una cualquiera. Sino una de las que abren página dorada en la Historia de la NBA.

 

De los miles de enviados a Pekín el pasado verano pocos tan intrigados como los americanos en descubrir a esa joven perla blanca sobre la que circulaban fantásticas historias y sobre todo una que hablaba de cierta similitud. Uno de ellos, Scott Ostler, del San Francisco Gate, incluso reconoció experimentar una especie de visión en cuanto Ricky Rubio hizo acto acto de presencia ante sus ojos: "¡Dios mío, es Pistol!". Pero ni Ostler había sido el primero ni el único en exclamar algo así.

 

De un tiempo para acá domina el espacio siempre vivo de las comparaciones una que vincula a Ricky Rubio con Pistol Pete Maravich. Esta analogía nació de un irresistible parecido físico y se extendió como la pólvora convirtiéndose en un fenómeno que ratifica la velocidad a la que se desliza hoy la información sin encontrar ninguno de esos muros de resistencia que añoraba Umberto Eco y cuyo objetivo sería separar el grano de la paja, la anécdota de lo importante, la realidad de lo aparente y en última instancia la verdad de la mentira.

 

La literatura deportiva americana, tan rica y extensa que centuplica por sí sola en volumen a la del resto del planeta, gustó especialmente siempre de tres grandes campos de emoción: la glorificación de la épica, la mitología de la tragedia y la analogía. Este último campo, el más especulativo pero igual de fascinante que los otros dos, consiste en una primera fase en averiguar los precedentes y semejanzas de los deportistas que antes comienzan a despuntar. En una fase más madura y numérica el juego de la analogía se acerca algo más a la ciencia que busca enfrentar a los mejores en interminables y complejas listas. Marty Blake es un digno ejemplo de lo primero y Neil Paine de lo segundo.

 

Sin embargo el maridaje Rubio-Maravich no pertenece en rigor a ninguno de esos campos. Y si no fuera porque los niveles de obsesión incluso complican encontrar referencias a Rubio sin la compañía del mito de Louisiana despacharíamos el asunto como parecido razonable. Pero es que el fenómeno se ha escapado de las manos y forma ya viva parte de toda esa esotérica iconografía que tanto seduce a la industria de la información. Al extremo de haberse instalado cómodamente una metáfora que observaría a Ricky Rubio como la reincarnation (Ostler) de Pistol Pete o directamente como el Spanish Pistol (Michael Lee, Washington Post).

 

Suponiendo que la prensa de cada lado del mundo conozca bien a lo suyo da la impresión de que los americanos suspenden en el conocimiento de la figura española del mismo modo que la europea lo hace en el recuerdo de Maravich. Por eso se viene a denunciar aquí precisamente lo contrario: que Ricky Rubio y Pete Maravich no guardan el menor parecido, o mejor sería decir, que representan dos patrones bien diferentes de juego cuando no directamente opuestos.

 

En el origen está el problema. El inmenso atractivo de los dos pilares que han sustentado y favorecido la metáfora se resume en:

 

  • La semejanza física. La sorpresa de Ostler es universal y nadie sería capaz de encontrar las siete diferencias en el cuadro que él mismo describía: "Same long (Maravich was 6'5", Rubio 6'4"), skinny, loose-jointed frame; same slouchy, lazy-shuffle walk; same dark, mop-top hair, same prominent nose".

 

  • El componente mágico del juego. Todo ese espíritu irracional que en términos creativos separa a los jugadores cotidianos de los jugadores geniales. Acertaba Travis Heath (Hoopsworld) al decir que ambos comparten la propiedad de instintos que no pueden ser enseñados.

 

De la primera nada que objetar. Seduce hasta la fantasía que un adolescente de origen remoto con pintas de revolucionarlo todo guarde tan increíble parecido con un revolucionario maldito muerto joven y sido leyenda. Pero incluso el segundo punto resulta, para suerte del baloncesto, demasiado disperso. Las acrobacias de Michael Jordan, la enigmática sensibilidad visual de Larry Bird o el resplandor en los subterráneos del juego de Dennis Rodman tampoco pertenecen al terreno de la academia. Y sin embargo todos ellos fueron bien distintos; emplearon un idioma diferente en el lenguaje del baloncesto.  

 

 

 

 

 

 

Pete Maravich era, ante todo, un anotador compulsivo y un sujeto tocado por una divina relación con el aro, lo que relegaba a su entorno a un segundo e incluso tercer plano. En el caso de Rubio parece haber también una relación divina. Pero no con el aro, sino precisamente con su entorno, al que sitúa en un absoluto primer plano. Por eso Rubio no es ni un anotador ni un jugador especialmente dotado para el tiro a canasta, aspecto por el que Maravich pasaría a la historia como Pistol. Es la decisiva diferencia entre el que dispara y el que suministra fusiles.

 

Sorprende igualmente que la segunda analogía más vinculada a la figura de Rubio, de especial gusto en la Europa no española, sea la de Drazen Petrovic, como si también se le buscara en el viejo continente un replicante de Maravich, lo que duplicaría los mismos errores en los dos espejos. Y no deja de ser curioso que fuera un cronista americano, Alexander Wolff, quien despachara con mayor acierto el asunto Petrovic insinuando que lo único que tal vez compartan ambas figuras en su sangre deportiva sea la "mediterranean expresiveness" explotada a edades muy tiernas. El mismo Wolff fue autor de un trazo genial al sugerir que las siglas ESP que calzaba Ricky en la camiseta en Pekín no correspondían a España sino a su principal huella dactilar: Extra-Sensory Perception.

 

Es indudable que Maravich y Petrovic tenían mucho de ESP. Pero el pacto que ambos mantenían miraba exclusivamente al aro y rara vez a los compañeros. No así el joven Rubio, comprometido casi antes que con los compañeros con las ventajas. De hecho Pistol y Drazen, figuras algo sociópatas, compartían en el superlativo dominio de balón y esa terca vanidad de los que se saben superiores, un pequeño espacio reservado para el pase terminal o dramatic pass, mejor cuanto más brillante. Es decir: compartiendo los tres una formidable capacidad de pase la realidad de aquellos dos exhibía un manifiesto desequilibrio. Un pase genial por cada cien canastas.

 

Pero en ningún área se observa una brecha mayor que en el instinto defensivo, aspecto completamente esterilizado en Maravich (y el croata) cuando en Rubio puede ser una de sus virtudes más sobresalientes. Ninguna cualidad sorprendió más al ojo americano que la precocidad de Rubio para molestar con éxito el ataque rival. De ahí que Wolff recordase la figura de Walt Frazier y Bill Simmons la de Scottie Pippen.

 

Sorprende más la persistencia de la imagen cuando Lang Whitaker, el pionero en universalizar la figura de Rubio, fuese el primero en objetar la comparativa con Pistol. Para mejor situar a sus lectores Whitaker esbozó un perfil de Rubio mediante analogías mucho más honestas. A su juicio la visión de juego de Ricky remite a Jason Kidd, su dribbling a Steve Nash, su defensa a Gary Payton, la longitud de sus brazos a Rajon Rondo, su fisonomía atlética a Rip Hamilton, su distancia con los bases rivales a Steve Smith y, en conjunto, el genio del joven Magic Johnson. Un cuadro, en definitiva, más acertado pero mucho menos comercial que la cosmética referencia a Pete Maravich.

 

Y puede que en el fondo no haya ninguna diferencia mayor que la más simple de todas: por definición Rubio pertenece a la rara estirpe de jugadores -y no posiciones- capaces de dominar un partido sin lanzar a canasta. Algo así era sencillamente imposible en Pete Maravich, un absoluto genio de todo ese baloncesto que arranca y termina en las mismas manos. Maravich era una pasión técnica. Rubio, una pasión táctica.

 

De acuerdo en lo bonito de las referencias a Maravich. Pero no más allá de un bonito parecido razonable.

 

Pensar lo contrario es hacer flaco favor al chaval. Y de seguir inflando las cosas, las expectativas que América podría situar sobre los endebles hombros de Ricky Rubio podrían acabar en mayúscula decepción. Y todo porque se le confundió con la persona equivocada.

De la fascinante terminología del mundo del misterio maravillan los llamados ooparts (out-of-place artefacts), literalmente objetos fuera de lugar y tiempo, pruebas que no parecen pertenecer al hogar cronológico en el que fueron descubiertas. Piezas que vulneran la delicada línea evolutiva y burlan el sentido de la Historia. Un reloj suizo dentro de un sarcófago egipcio o la huella de un homínido en un estrato de unos sesenta millones de años forman parte ejemplar del universo oopart. Ampliando las miras tal vez el vuelo de Bob Beamon en México siga siendo lo más cercano a un oopart que el mundo del deporte haya conocido.

 

Para que en la arqueología del baloncesto encontrásemos ooparts tendríamos que incendiar el imaginario a extremos fantásticos: el hallazgo en un gimnasio de la YMCA de una canasta retráctil de soporte hidráulico y tablero de fibra de vidrio fechada en 1915, o un mate similar al que sirvió a Jason Richardson para hacerse con el título de 2003 atribuido en 1927 al alero de los Arcadians, Joe Wallace. Incluso no es necesaria la fantasía. Para no pocos Wilt Chamberlain bien pudo ser un oopart.

 

Se supone que el deporte vive de una sucesión de acontecimientos escritos en sentido ascendente. Lo primero que la Historia enseña es que los diversos cuadrantes tienden a ser superados en el curso del tiempo. Un tiempo que nunca es poco. Hasta llegar a la robótica precisión de Korver o Kapono fueron necesarias sacrificadas generaciones de brazos aplicados, billones de tiros y calorías y sobre todo tiempo, mucho tiempo, todo el tiempo necesario para ir derribando barreras y conquistar los territorios no sidos. 

 

Así la noción de lo prodigioso ha variado con el paso de los años. En la década de los veinte un par de aciertos seguidos de Barney Sedran desde seis o siete metros era suficiente. En los sesenta los vuelos al mate de Elgin Baylor o Cazzie Russell se creían atléticamente insuperables, como hoy pueden observarse los 13 puntos en 35 segundos de Tracy McGrady. Lo prodigioso es un listón que el tiempo no deja de elevar.

 

Sin embargo en el otoño de 1967 el pequeño Memorial Auditorium de Dallas fue testigo de un episodio que, en rigor, no pertenece a esta lógica de acontecimientos. No al lento ascender de las cosas increíbles. Uno de esos sucesos que de tan inesperados e improbables sólo pueden calificarse, con toda la fuerza original del lenguaje, de milagros. La competición en la que tuvo lugar no fue la NBA, sino la entonces recién nacida ABA, un experimento arrojado a la Historia completamente desnudo.

 

En la práctica la ABA nunca terminará de escribirse. Pero sobre el papel nació con muy pocas prendas, la más innovadora de las cuales era eso que hoy conocemos de sobra y llamamos triple.

 

La canasta de tres puntos había sido idea recurrente en pequeños sectores de vanguardia durante los años cincuenta. Un trasunto de salón del que Howard Hobson, entonces técnico de Yale, se confesaba casi en privado abiertamente devoto. Una idea que tan sólo la audacia de Abe Saperstein pudo materializar en la experimental ABL de 1961. Pero una idea que hasta la aparición de la ABA no vino para quedarse y alterar el curso del baloncesto para siempre.

 

Aquel lunes 13 de noviembre el triple contaba con un mes de vida, un tiempo demasiado corto para verle salir los dientes. Pero al menos despuntó uno, el primer triplista que pudo conocer el mundo: el pequeño base de Anaheim Les Selvage. En aquellas primeras semanas sólo él anotaría más triples (4+4+5+6) que el resto de equipos de la liga, lo que indicaría que aun en la ABA el triple no era inicialmente más que una anécdota, o como creía Gottlieb, el suicida recurso de los perdedores por la remontada.

 

Aquel día los Chaparrals de Dallas recibían a uno de los mejores equipos de la competición, Indiana Pacers. El partido respondió al habitual guión de aquella liga durante sus nueve años de vida: ataques ligeros, muchos puntos y poco público. Pero de repente, sin que terminara el partido, el guión abandonó el mundo real.

 

Todo sucedió muy rápido. En los últimos segundos y con empate a 116 atacaba el equipo de casa hasta que Johnny Beasley anotó una suspensión corta desde un lateral que puso el 118 a 116 para los Chaps. El reloj reflejaba un segundo. Pero en esos momentos que suceden al acierto decisivo a nadie parecía importar aquel residuo del crono. Un segundo no era entonces más que eso. Así que público y jugadores, en especial Cliff Hagan (capitán y entrenador de los Chaps) y Charlie Beasley, celebraban abiertamente la victoria.

 

El instinto movió entonces a Oliver Darden a capturar el balón y acudir cabizbajo a la línea de fondo para realizar un último saque que agotara el tiempo y sellara la derrota. Igual impulso movió a Jerry Harkness, casi pegado a Darden para recibir el saque de la nada. De hecho únicamente les separaba una cosa: la línea de fondo.

 

Harkness ocupaba entonces una posición intermedia entre la línea y el tablero, que el jugador observaba a su izquierda. De manera que, más que pasar el balón, lo que hizo Darden fue entregárselo en mano. En el mismo instante en que lo hizo, Harkness giró sobre sí mismo y con su brazo derecho describió una parábola al modo de los lanzadores de disco arrojando el balón hacia el otro lado del pabellón con anárquica rabia y toda la fuerza de que fue capaz. Mientras el balón no había alcanzado su máxima altura el clamor de la bocina invadió el recinto, un recinto todavía presidido por un objeto volante de órbita imprevista.

 

Una órbita que parecía escrita en el aire. Porque mil años después aquel balón acabó golpeando el tablero rival y colándose en la canasta con increíble violencia.

 

Era imposible. Pero el lanzamiento de Harkness había entrado.

 

Los apenas dos mil espectadores del oscuro Auditorium formaron un silencio repentino, como si algo extraño, ajeno al mundo conocido, hubiese descendido de los cielos.

 

Acto seguido, la confusión.

 

 

 

 

 

 

El árbitro principal del encuentro, Joe Belmont, a caballo entre la formalidad y el instinto, acudió a la mesa de anotadores consciente de que él era el único juez de lo que todos acababan de contemplar. Cabía a todos ellos la pasiva perplejidad. A él en cambio el incómodo turno de la decisión. Al cabo dio media vuelta y de cara a los jugadores hizo un gesto de validez acompañado por un simple: "It's over". Su camino a la mesa había servido al menos para que alguien informara de la sentencia a todos los presentes. Lo hizo el speaker del pabellón en unos términos hoy en día impensables: "The basket is good. Because it was from behind the three-point line, it counts as three points. Pacers win, 119-118".

 

Los ecos recogidos en la prensa en los días siguientes remitían con increíble precisión a las informaciones UFO, nunca portadas ni abriendo página. Sino en reseñas que hallar a vistazo, con titular de cuerpo medio y a doble columna corta. Era como si sólo faltaran aquellas grotescas ilustraciones de la Marvel que exhibían a los ciudadanos dirigiendo asustados sus brazos al cielo. 

 

 

 

 

 

 

 

THE SHOT WHICH TRAVELLED THE LENGTH OF THE EARTH / HE'LL NEVER MAKE A LONGER ONE / UNBELIEVABLY IT WAS ON TARGET / THE LONGEST FIELD GOAL IN HISTORY

 

 

Ninguno de los presentes olvidaría jamás lo ocurrido. Era imposible salir del pabellón, acostarse o despertar sin hablar de ello. Hasta el punto de que poco después del milagro alguien tuvo la idea de trazar con pintura acrílica azul una pequeña línea en el suelo, en el punto desde el que había sido disparado el misil.

 

Sólo que no era exacto. Cuando los Pacers regresaron al Auditorium fue el propio Harkness quien denunció que había un error. No era aquél el lugar. Sino cuatro pies atrás. Uno de los testigos de la hazaña, el hoy editor de la NBA Jan Hubbard, entonces un jovenzuelo de 19 años, ocupaba uno de los asientos del fondo desde el que partió el lanzamiento. Y desde entonces su testimonio, además del de otros presentes, ha servido para perpetuar la veracidad del milagro.

 

En una competición que ha visto el mayor número de long shots o bombs away en la historia del baloncesto debería sorprender hasta la parálisis que la mayor de todos los tiempos y para colmo decisiva en términos de victoria tuviera lugar en el primer mes de nacimiento del triple.

 

Hoy, más de cuarenta años después, el baloncesto profesional en la era de la imagen sigue sin ser testigo de nada igual. Porque nunca nadie igualó la magnitud de aquel prodigio. No sería hasta finales de los setenta que la liga universitaria comenzó a ver meteoritos de un calibre aproximado. No hasta 1986 que Herb Williams se acercaría a aquella distancia en la poderosa NBA.

 

Jerry Harkness, el pequeño negro nacido en el Bronx, el héroe de Loyola de 1963 y fallido proyecto de los Knicks, fue incluso condecorado por la Marina de los Estados Unidos con la Sharpshooter's Medal. Como Beamon, Harkness había completado el juego sin pretenderlo en su primera partida. Y como Beamon jamás repitió algo parecido. Dos años después su carrera terminó. En 1969 fue contratado como comentarista en el área de Indianápolis antes de dedicar todo su tiempo como miembro de dos fundaciones a defender los derechos civiles de los negros. Había sido invadido por una corazonada que él entendió como mensaje providencial.

 

Llámenlo oopart o como quieran. La NBA tiene su Roswell particular en aquel lanzamiento que, ante pocos testigos, cayó del cielo. Y desde entonces aquel remoto capítulo tiene su vitrina especial en el Hall of Fame bajo la inscripción: "Jerry Harkness hits a 92-FOOTER".

 

Casi sobra añadir que nunca ha sido superado. Porque para serlo deberían incluso ampliarse las dimensiones del campo, de 94 pies para ser exactos.

 

A finales de agosto de 1997 Michael Jordan había decidido seguir un año más por el módico precio de 36 millones de dólares (a casi 440 mil por partido). Entrado el otoño y con una nueva temporada encima la prensa nacional se preguntaba a diario si serían los Bulls capaces de sellar una segunda trilogía y Jordan un sexto anillo; y por supuesto, dónde encontrar la mayor resistencia. Una fórmula suficiente para arropar de poderosa atracción al nuevo curso.

 

Bien al contrario poca atención despertaban los subterráneos de la liga, un oscuro fondo donde parecía estar sumergido el equipo de Golden State. Un año más no pintaban bien las cosas en San Francisco. La principal novedad era la llegada de P.J. Carlesimo en lugar de Rick Adelman y el nombramiento de Garry St. Jean como nuevo director deportivo. Despedido todo el equipo asistente de Adelman, de quien por lo visto no querían ni huellas, Carlesimo fue rodeado por Ed Gregory, Paul Westhead, Gary Fitzsimmons y Bob Staak. Era como si desde arriba todo se resumiera en una fuerte inyección de disciplina.

 

Si a la espera de resultados estas novedades podían suscitar indiferencia la siguiente medida era directamente impopular. En agosto Chris Mullin, el jugador más emblemático del equipo en sus últimos doce años, abandonaba Oakland por la puerta de atrás. Y el elenco de incorporados se resumía en Brian Shaw y Tyrone Bogues.

 

En suma, mucho humo para tan poca hoguera y apenas nada para satisfacer a Latrell Sprewell, la solitaria estrella del equipo, tal y como parecía haber quedado claro el verano anterior cuando renovó por cuatro años y un total de 32 kilos.

 

Sprewell era un jugador explosivo. Pero al mismo tiempo un explosivo de mecha corta.

 

 

 

 

 

 

De lo complicado de su carácter ya había demasiados testigos. Y algunos muy directos, como Don Nelson y Bob Lanier, sus dos primeros entrenadores. Y también compañeros como Tim Hardaway y Byron Houston. Este último despertaba temor en el grupo por su monstruosa anatomía y extraña seriedad. No así a Sprewell. Durante un entrenamiento desató tres puñetazos sobre Houston antes de que éste supiera qué demonios pasaba.

 

Lo que pasaba era que el paso del tiempo no había favorecido la paz de Latrell. Antes bien el alero parecía chamuscarse partido tras partido, derrota tras derrota y año tras año. Dos operaciones ajenas a su voluntad marcarían la distorsión de su carácter en una pira inflamable. En junio del 94 el equipo permitía la marcha de Chris Webber y, en noviembre, la de Billy Owens. En cinco meses sus dos compañeros y amigos habían desaparecido a cambio de nada. Sprewell despreció profundamente su solitaria condición de jugador franquicia y durante un tiempo jugaría con zapatillas en las que había manuscrito el nombre de los dos fugados. Nada parecía poder hacerle sonreír. Ni siquiera sus cada vez más frecuentes incursiones en las noches de la Bay Area. Muy pronto el número de multas por faltar a entrenamientos, retrasos y conducta inadecuada excedería los dedos de las manos.

 

En el verano del 95 la policía detuvo su vehículo. No era la primera vez que corría demasiado. Pero en aquella ocasión Sprewell hizo lo posible por terminar arrestado. Molesto con la detención amenazó a un agente en términos algo suicidas: "¿Sabes? Puedes recibir un disparo por hacer esto. Por aquí hay gente que lo haría". A la temporada siguiente el volumen de incidentes con su compañero Jerome Kersey alcanzó tal extremo que en un entrenamiento ambos terminaron a puñetazos antes de que Sprewell abandonara el pabellón y volviera para tratar de rematarle.  

 

Puede que uno de los episodios más reveladores de su extraña personalidad acaeciera en su propia casa y en el seno de su propia familia, a la que años más tarde haría mundialmente famosa con la célebre sentencia "Tengo que alimentar a mi familia" después de rechazar por humillante la cantidad de 21 millones de dólares por tres años cuando él ya contaba 34. El incidente ocurrió en octubre del 94 cuando la menor de sus dos hijas, de cuatro años, fue atacada por uno de los cuatro 'pit bull' propiedad de Latrell que campaban a sus anchas en su casa de Hayward, a las afueras de Oakland. La niña fue intervenida de urgencia. Presentaba serios daños en el rostro y una de sus orejas había quedado destrozada. Afortunadamente salvó la vida.

 

El cronista Phil Taylor rescataría en Sports Illustrated una entrevista concedida por Latrell al reportero del San Francisco Chronicle, Tim Keown, dos meses después de aquel incidente que bien pudo terminar en tragedia.

 

Keown: No parece que aquello te afectara demasiado.

Spree: No. ¿Acaso debería?

- Es... tu hija.

- Esas cosas suceden sin más.

- Pero no en casa.

- Mira, todos los días muere un montón de gente. Si la cosa hubiese sido más seria, podría haberme afectado...

- ¿Te deshiciste de los perros?

- No. Los sigo teniendo y cuido de ellos.

- ¿Después de algo así?

- No fue nada.

 

Nacido en Milwaukee pero criado en la durísima Flint, Sprewell no conoció el baloncesto organizado hasta su último año de instituto. Tanto allí como en sus dos cursos en Alabama, donde coincidió con Robert Horry, se le ignoraban altercados de entidad. Ya como profesional era muy celoso de su vida privada y, a lo sumo, circulaban rumores que le acusaban de haber olvidado a su familia y amigos, a su Milwaukee natal.

 

Desde su ingreso en la NBA Sprewell no dejó de mejorar. Pero el equipo parecía correr en la dirección opuesta. Y ya desde aquel doble episodio de traición los Warriors no volvieron a pisar los playoffs y su promedio de derrotas en tres años superaba las cincuenta.

 

Así fue que al inicio de la temporada del 98, y a pesar de estrenar pabellón, nada hacía prometer buenos tiempos en la Bahía. Carlesimo era algo célebre por su dureza verbal y Sprewell por su inestabilidad. No había por dónde coger aquel matrimonio y enseguida la realidad se encargó de demostrarlo. El equipo perdió sus nueve primeros partidos y en uno de ellos la mala sangre asomaría ya sin pudor.

 

Durante un tiempo muerto en Los Angeles, siendo apalizados por los Lakers, Carlesimo comprobó atónito cómo Latrell se estaba riendo a mandíbula batiente mientras daba las instrucciones. El técnico tuvo cuidado en dirigirse a él cuando dijo: "Por favor, vamos a ponernos serios". Y apuntando con su dedo a Duane Ferrell añadió: "Duane, sales ahora por Latrell". Acto seguido Sprewell redobló su carcajada antes de detenerla y proferir delante de todos: "You're a fuck joke!".

 

Nada fue igual en adelante. El día 22 el equipo salía escaldado de Houston. En el autobús, camino del aeropuerto, se podía escuchar perfectamente a Latrell, sentado atrás, criticar abiertamente al entrenador y su sistema de juego. Vociferar mientras todos callaban.

 

Para entonces alguien estaba filtrando a la prensa que Latrell hacía huelga de brazos caídos en los entrenamientos hasta el punto de renunciar a tirar en los partidillos. Días después se ganaba otra multa por perder el vuelo a Salt Lake City. El siguiente partido, en casa ante Houston, sumaría la derrota número trece. Un número fatal. Pero no tanto como para pensar que una camiseta podría haber desaparecido para siempre.

 

Aquel lunes primero de diciembre no era víspera de partido. Hasta el miércoles no llegaban los Cavaliers y era una jornada perfecta para entrenar. Presente en el Convention Center, la práctica totalidad de jugadores. Además de Sprewell, allí estaban Donyell Marshall, Joe Smith, Erick Dampier, Bimbo Coles, Tyronne Bogues, Brian Shaw, Todd Fuller, Felton Spencer, David Vaughn, Tony Delk y Adonal Foyle. El programa era sencillo. Un poco de carrera, sesión de tiro y un partidillo en el que limar asperezas.

 

En la sesión de tiro se abrían dos o tres jugadores para ejercitar mientras otros tantos se colocaban al rebote. Uno de éstos era Sprewell y como receptor de sus pases el pequeño Tyrone Bogues.

 

La actitud de Sprewell era algo desalentadora. Diríase que estaba allí a la fuerza. Carlesimo fijó entonces su mirada en él. Y acto seguido espetó:

 

- Venga, un poco más de ganas en los pases.

 

Era como si lo estuviera esperando. Sin dirigir la mirada a ningún sitio replicó a cierto volumen:

 

- Hoy... paso de escucharle...

 

 

El entrenador congeló su rostro antes de apresurar sus pasos a la posición que Sprewell ocupaba bajo el aro. Inmediatamente todos los demás se movieron en la misma dirección, como con intenciones de interponerse sin llegar a hacerlo del todo. Era como si adivinaran que algo estaba muy próximo a estallar.

 

Como a dos metros del jugador Carlesimo se detuvo. Y por dos veces repitió: "No me rechistes".

 

No hubo tiempo para más. Un segundo después Sprewell era pasto de la ira. "¡Te voy a matar, hijo de puta!". Acto seguido se abalanzó sobre su entrenador agarrándole fuertemente del cuello y arrojándole al suelo como a un guiñapo. Durante unos diez o quince segundos, interminables para la víctima -¿¡Me oyeeess!? ¡Te voy a matarrrrr...!-, Carlesimo creyó que no volvería a respirar jamás.

 

En medio de la confusión reinante sorprendía la diversa reacción del resto de jugadores. Al cabo todos estaban allí para despegar a Latrell de su jefe, pero algunos de ellos sin aparente prisa.

 

Los compañeros sacaron a Sprewell rápidamente de allí antes de que se sacudiera de aquellas manos y abandonara por su propio pie el pabellón. Tenía que largarse. Pero era imposible conducir en esas condiciones. Caminó a ciegas por el parking. Pero lejos de dominar los nervios redobló su furia y al cuarto de hora regresó a la escena. Corrió hacia Carlesimo y volvió a prenderle, desatando esta vez sobre él tres puñetazos uno de los cuales impactó en el rostro de su víctima. Nuevamente se le echaron encima.

 

Spree había ido demasiado lejos.

 

Minutos antes se había iniciado una conversación telefónica en la primera planta del Convention. El mánager general, Garry St. Jean, visiblemente nervioso, informaba del gravísimo incidente al agente del jugador, Arn Tellem. De repente la puerta del despacho se abrió violentamente. Como si lo estuviera intuyendo, Latrell había llegado hasta allí.

 

- ¿¡Con quién estás hablando!? -interpuso.

Algo asustado el directivo respondió:

- Con... tu agente.

Sprewell avanzó firme y le arrancó el teléfono de las manos.

- ¡Arn, ¿eres tú!? ¡Sácame de aquí ahora mismo! ¿¡Me oyes!? ¡Ahora!

 

No haría falta. Sprewell había allanado el camino. De repente no había equipo ni baloncesto. Era turno de la empresa, de la compañía y los gigantes ante los que palidece cualquier empleado en el mundo. Primero fue una señal automática. Diez días de suspensión que ni siquiera la Asociación de Jugadores iba a recusar. Un espejismo. Porque acto seguido le sería remitida una carta en la que los Warriors resolvían unilateralmente el despido acogiéndose a una cláusula en la 16ª sección del contrato que prohibía terminantemente "acts of moral turpitude". Aquel mismo día Converse se sumó a la fiesta. La firma rompió todo vínculo con el jugador y las pérdidas entre una y otra sanciones superaban los 25 millones de dólares.

 

En la noche del miércoles Sprewell aparecía unos minutos en una televisión local de San Francisco: "Lo admito. Cometí un error". Pero en ningún momento asomó disculpa hacia Carlesimo.

 

Al día siguiente David Stern anunciaba la sentencia final: un año de suspensión total de empleo y sueldo durante el cual Sprewell no podría recibir ni un solo dólar de franquicia alguna perteneciente a la NBA. Era la sanción más grave hacia un deportista profesional en la historia del país. Un castigo que ridiculizaba los destinados a Kermit Washington y Lenny Randle, ambos negros, veinte años atrás.

 

Ahora sí, su agente, la Asociación de Jugadores e innumerables think tanks a lo largo y ancho de la nación acudieron en apoyo del acusado. Tras conocer la noticia el director ejecutivo de la NBPA, Billy Hunter, anunció que volaría junto a Sprewell a Nueva York para entrevistarse con el politburó de la NBA. La respuesta de su vicepresidente Russ Granik fue inmediata y tampoco mejoraba las cosas: "Ni te molestes. Ya hemos tomado la decisión".

 

En adelante hubo dos temporadas. La deportiva y la mediática, detonante esta última de uno de los debates más encendidos en la prensa deportiva y generalista nunca abiertos en los Estados Unidos. Y con cuestiones tales como el racismo, la disciplina, la crisis de valores, la relación de poderes y el concepto de ciudadanía, seguramente nunca cerrados.

 

El 21 de enero de 1999, a dos semanas de remontar la crisis más grave en la historia de la NBA, Sprewell regresó al mundo de la mano de New York Knicks. En apenas cinco meses vivieron con él sus últimos días de gloria. Y también con Sprewell disfrutaría Minnesota tiempo después de los días más dorados de su historia.

 

La de Sprewell, en cambio, estaba abocada a terminar de manera abrupta y destructiva, como si nunca hubiera terminado de pronunciar su última palabra.

 

 

No deja de ser curioso que de las veintiuna Finales que uno ha podido ver en directo ningunas igualen en impresión y recuerdo a las primeras de todas ellas. Y la convicción, tan poderosa hoy como entonces, de que a medida que discurría la serie la temperatura de competición era cada vez mayor, como si todo se dispusiera a encontrarse en algún final explosivo, algo lo bastante poderoso como para poder escribir todavía hoy sin que la idea, la imagen, resulte reiterativa o haya perdido fuerza. 

 

Pues eso es precisamente lo que hoy se trae aquí a colación.

 

Agolpada, muy emocional y resumidamente, tal cual se comporta el recuerdo, paso pues a relatar la secuencia de aquel momento que sigue sin abandonarme como decisivo ni permite la calma a cada nuevo revisado.

 

Antes de nada es necesario visualizar este video y elevar el volumen a ese exceso que nos traslade imaginariamente allí mismo.  No tanto verlo de golpe como descorrerlo poco a poco para comprender el texto del que es motivo, como si fuéramos leyendo juntos el guión hasta llegar al clímax de lo que finalmente se quiere destacar con mayor fuerza.

 

 

1988 NBA Finals / Game 7

 

Obviemos todo lo anterior, las toneladas de prolegómenos que preceden al momento en que irrumpe la imagen. Pongamos que todo empieza cuando la policía de Los Angeles bajó a pista en cuanto el minutero del Forum quedó a cero y el segundero a treinta.

 

 

30 segundos

 

Detroit pone el balón en juego desde la banda con 105 a 100 en contra. Tres segundos después de hacerlo Isiah Thomas el pase invertido de Laimbeer es demasiado arriesgado y Joe Dumars pierde el equilibrio y finalmente el balón. El bramido del pabellón, colmado hasta su tope histórico, basta para entender la importancia del momento. Pero el juego sigue. Y cuando Magic escapa con la posesión bajo el aro acude una remota impresión que recuerda los diez segundos (ahora ocho) para pasar de medio campo. No es necesario. Dumars comete falta sobre Cooper. Sobreviene entonces el primer decisivo delirio porque el Forum entiende que esa acción equivale al momentum de la temporada.

 

Nada para comprobarlo como todo lo que ocurre a continuación. Son tantos los puntos de atención que colman la pantalla que la CBS decuplica el desfile de planos a partir de ese momento, inflamado por el inmenso rugido de un pabellón, una ciudad y un estado que se saben cerca de la gloria, de seguro la más importante de los últimos 20 años. La muerte de The Jinx estaba más próxima que nunca. 

 

Magic Johnson es tal vez el más consciente de lo que se viene encima. El espacio circundante torna hacia su lado más amenazador, aquel que cuatro años antes movió a Larry Bird en el Garden a barrer literalmente con sus antebrazos a cuantos espectadores le salían al paso. Johnson pide calma al público (0:45-47) y se dirige al creciente número de individuos que comienza a ocupar uno de los fondos antes de que también lo haga con el del otro lado (1:01).

 

 

 

 

Cuando Johnson envía el balón hacia el árbitro principal, Earl Strom, varios espectadores invaden la pista por el ala derecha (0:33).

 

El cámara de la CBS, que ocupaba la posición que ahora toma la policía, se ve obligado a abandonar el centro de la pista y acude a confundirse con el mismísimo banquillo angelino (2:31 - 2:41). La toma es privilegiada para el espectador. Pero la prueba más insobornable del creciente caos que se está apoderando de la escena.

 

Michael Cooper yerra los dos tiros libres.

 

 

19 segundos

 

Chuck Daly agota su cupo de tiempos muertos. Se acabaron las instrucciones. La suerte está echada.  

 

La mesa resta el segundo de petición de tiempo muerto a Detroit y deja el reloj en 20 segundos. Enmienda un error ya que fue Daly quien solicitó el tiempo y no los jugadores.

 

Ahora es Rodman quien pone el balón en juego para que el máximo de receptores de tiro (Isiah, Dumars, Vinnie) esté disponible.

 

Vinnie falla el triple. Pero el rebote bajo es aprovechado por Dumars para poner el 105 a 102. Laimbeer comete falta rápida sobre Worthy con 14 segundos en el reloj. La CBS dispara (2:23) un riquísimo plano de Adrian Dantley completamente desencajado. "Y Dantley en el banquillo con una cara asesina, Ramón", sentenciaba a gusto Salaner en TVE cuando ya había despuntado el día aquí en España. No le faltaba razón. Eran las primeras Finales de Dantley desde que ingresara en la NBA en el ya remoto 1976. Ni antes ni después dispondría de una oportunidad semejante.

 

Dick Stockton, la VOZ, queda lejos de entibiar el ambiente. Aprovecha para insinuar a toda la nación que aquellos dos tiros libres de Worthy pueden ser los más importantes en la historia de la franquicia.

 

El caos prosigue su curso y por tercera vez Magic Johnson pide orden bajo la canasta que los Lakers atacan (2:35). Worthy falla el primero. Durante una décima de segundo el instinto mueve a Riley a dirigir su mirada (2:49) hacia el banquillo rival. Sabe que Daly moverá ficha.

 

Y Daly sienta a Rodman regresando Isiah a pista. Urge calidad de tiro. Nada se detiene. Worthy acaba de fallar su primer intento desde la línea. Es momento de sobreimpresionar en pantalla sus increíbles cifras (35 puntos, 16 rebotes, 10 asistencias). Worthy anota el segundo. 106-102. El Forum aumenta un grado su rugido.

 

No es ocioso el asunto del pabellón como entidad prioritaria y colosal figura protagonista. Si hubiera un termómetro que indicara la temperatura ambiente en los instantes finales de una temporada, de 1988 a nuestros días ninguna alcanzaría el fragor de aquellos momentos en el Forum. Incluso el caso de Boston del pasado junio resulta muy distinto al resolverse el anillo demasiado pronto y repartirse el calor a lo largo y ancho de la noche sin una única cima.

 

 

14 segundos

 

Sobreviene la última gran acción del año, un ejemplo fugaz del porqué los Pistons están aquí a estas alturas. Dumars amaga el tiro, cede a Isiah que inmediatamente envía a Laimbeer para un triple desde ocho metros que entra como un obús en la canasta angelina. 106-105. ¡Los Pistons a uno! El tiempo se detiene en uno de esos momentos exclusivos que invitan a lo sobrenatural. Pero sólo para el espectador. Porque los Lakers, estos Lakers, aquellos Lakers de toda la década, jamás se detuvieron.

 

 

6 segundos

 

Corre Byron Scott a sacar de fondo. Magic se ha abierto hacia su izquierda. Sólo su genio es capaz de ver en medio segundo que A.C. Green ha escapado arriba completamente solo. Hacia él va la última asistencia del año, de 22 metros de longitud. Bandeja de Green. 108-105.

 

 

2 segundos

 

2 segundos por jugar.

Los últimos 2 segundos del partido número 1966 de la temporada de 1988

2 segundos de un séptimo partido de unas Finales NBA con tres puntos de diferencia

 

El delirio es tan abrumador que en esos momentos de irrealidad parece que todo valga. Ya no quedan tiempos muertos y los cinco segundos reglamentarios para poner el balón en juego aplastan la decisión de Laimbeer, que figura entonces la urgencia del portero de fútbol cuyo equipo está eliminado en pleno descuento.

 

Todo el banquillo angelino está dentro de la pista. No sólo sus integrantes. Varios espectadores y personal angelino ocupan la esquina opuesta a cámara. Observando la escena, estremece pensar que todo lo que ha conducido a la más poderosa organización deportiva del planeta a ese momento cumbre equivalga en realidad a cualquier noche de verano en la Rucker o en la barriada ateniense de Nikea. No hay diferencias entre una y otra escenas. La imagen más impresionante la ofrece el fotógrafo que está apostado en plenas letras de la bombilla (donde los jugadores aguardan el rebote en los tiros libres), de espaldas al saque de fondo y como un integrante más del juego.

 

 

 

 

 

La pregunta es, por supuesto, retórica: ¿Por qué Strom no decide pararlo todo? ¿Ordenar un simple desalojo de pista e iniciar el juego?

 

¿Por qué?

 

Eran mis primeras Finales en vivo. Y aunque algo me convenciera de que aquel maravilloso caos formaba parte de la pornografía NBA que tan ingenuamente había concebido, algo al mismo tiempo me decía que Detroit no podía poner el balón en juego en esas condiciones. Que si ya era difícil anotar, hacerlo así sería directamente imposible.

 

¿Tan poco valían dos segundos con tres abajo en el marcador?

 

En ese mismo escenario, 18 años atrás, Jerry West había enviado el partido a la prórroga después de anotar una canasta desde 16 metros también con dos segundos por jugar. Dos segundos. En ese lapso ridículo para la vida normal fueron anotados decenas, centenares de milagros. Y otros tantos lo serían después.

 

Daba igual. El saque de Laimbeer era irreversible. Así lo realiza penosamente entre el cuarto y quinto segundo.  

 

Con el barrido de cámara que sigue al pase, esto es, con la oportunidad de descubrir el cuadrante de pista que no veíamos, se observa una situación infinitamente más deplorable y cómo parte de las primeras filas de grada han ocupado el escenario, tal y como muestra el sur del encuadre en esta segunda captura.

 

 

 

 

 

De hecho, en esos instantes en que narra el instinto del ojo y no la cabeza dijo Ramón: "¡Invasión de la pista...!". E inmediatamente después: "Isiah Thomas se cae...". En ese preciso orden y no al revés.

 

Cuando recibe Isiah Thomas, si es que lo hace, y con un segundo en el reloj... ¡suena el silbato! Pero el siguiente segundo ya es el 00:00 y el inmediato asalto a la pista, la huida de Riley a vestuarios, la explosión del desorden y el undécimo título angelino forman entonces una onda expansiva imparable.

 

Se acabó.

 

La historia es la que es. Mejor, la que fue. Y nada puede hacerse salvo recordar. Pero nunca comprendí cómo fue posible despreciar de aquel modo aquellos dos segundos. Veintiún años después, no hago más que poner letra a ese viejo y martilleante recuerdo. Aunque no sirva para nada.

 

Nadie jamás hizo referencia alguna a este episodio, lo que sin duda ha contribuido a reprimir la redacción de este texto durante todo este tiempo.

 

Lo más que asomó tuvo lugar dos días después, cuando el cronista del L.A. Times Scott Ostler, en modo excusatio non petita a no ser por el artículo publicado cinco días antes en el Bee ('Officials Having Big Impact'), formulaba una pregunta con Strom y O'Donnell como fondo y la dirigía incuestionablemente hacia el otro lado del país: "Didn't they call a clean game, and keep it under control?". Ostler prevenía una posible herida bajo el título Questions Remain. Pero precisamente "clean" era un verbo que podría, que debería haber sido empleado con los dos segundos por jugar.

 

Desde Michigan nadie dijo nada porque tal vez nada había que decir.

 

El minutero acariciaba las siete de la mañana cuando se nos ofreció la increíble experiencia de entrar en el vestuario de los Campeones.

 

En Prado del Rey la locuacidad de Salaner tomaba el mando sobre un tiernísimo Esteban Gómez que parecía aguardar una despedida de Ramón, todavía enfrascado en la algarada de pista y ciego a lo que ocurría en el vestuario. En plena celebración del anillo tan sólo el abrazo entre Julius Erving y Billy Cunnhingham cinco años atrás podía resultar más emotivo que el que estrecharon Riley y Magic Johnson entonces. El momento fue sencillamente maravilloso. Salaner proseguía con su habitual grandilocuencia recordando que crecían gigantes en el Oeste a una velocidad mucho mayor que los Lakers, y que de alcanzar las Finales por tercera vez consecutiva con ese mismo equipo estaríamos ante una de las hazañas más grandes en la historia de la NBA.

 

Pues aquella hazaña tuvo lugar. Aunque la traición del azar nos dejara sin Finales.

 

El sol entraba con fuerza por las persianas aquella mañana del miércoles 22 de junio de 1988. Madre había preparado el desayuno en la cocina. Aunque el colegio ya no esperaba yo había prometido que aquella era la última noche.

 

Nunca lo fue.

En el invierno de 1982, terminado el instituto, Steve Kerr no sabía cuál era su lugar exacto en el mundo. Tan sólo tenía claro querer seguir jugando al baloncesto. Y poder hacerlo en buenas condiciones.

 

Recibió entonces una llamada de la universidad de Gonzaga. Cuando se presentó al campus le aguardaba un partidillo de prueba con algunos miembros del equipo. Durante casi dos horas el tipo con el que fue emparejado humilló a Steve a tal extremo que los responsables académicos tardaron nada en devolverle a su casa. De vuelta maldecía su mala suerte y el nombre de aquel tipo, un tal John Stockton, no dejaría de martillearle hasta mucho tiempo después.

 

Casi el mismo en que volvió a recibir otra llamada. La universidad de Arizona buscaba completar la plantilla del equipo con algún jugador de rotación. Pensaron en Steve Kerr y, ahora sí, el muchacho tuvo ocasión de cumplimentar la beca ofrecida.

 

Fue un momento de inmensa alegría, uno de esos momentos que compartir aprisa con el entorno más cercano y querido. Para ello tenía que hacer una llamada antes de que sus tres hermanos e incluso su madre se enterasen de la noticia.

 

- Padre, me quedo en Arizona. Me han ofrecido una beca y formaré parte del equipo. Estudiaré Historia y Sociología. ¿No es fantástico?

 

Padre no era un hombre normal. Malcolm Kerr era el presidente de la Universidad Americana de Beirut y uno de los más consumados expertos del país en política árabe. En 1954, cursando estudios donde entonces impartía docencia, conoció a Ann Zwicker, y con ella contrajo matrimonio dos años después. Madre tampoco era una mujer normal. Sus padres, profesores del centro, habían discutido hasta la extenuación qué hacer con ella, adónde enviar a su hija. Ellos querían enviarla a estudiar a Europa, tal vez Oxford o Cambridge. Y ella estaba empeñada en hacerlo en la India. Finalmente Líbano fue el acuerdo de paz entre ambas partes. Fruto de aquella relación vendría al mundo en 1965 y allí mismo en Beirut el tercero de sus cuatro hijos, al que llamaron Steve.

 

- Naturalmente, hijo mío. Estoy muy orgulloso.

 

Cuando el matrimonio finalizó sus estudios en Líbano la familia se mudó a Los Angeles. Durante veinte años el doctor Kerr impartiría magisterio en UCLA antes de regresar a Beirut, vivir los años más duros de la guerra civil y ocupar la presidencia del organismo que combatía ideológicamente los principios más rígidos del Islam.

 

Malcolm Kerr era un hombre muy respetado. El mismísimo Kissinger estaba al corriente de su cargo y algunos de los extractos más relevantes de sus obras -Lebanon in the Last Years of Feudalism, Islamic Reform y la más influyente de todas: The Arab Cold War, todo un preludio de lo que se avecinaba en aquel polvorín- llegaron a ocupar en algún momento las estratégicas manos de Nixon y Ford en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

 

El joven Steve inició en otoño su vida universitaria. No era uno más. Era el novato más tímido que imaginar. Y como tal se comportó durante aquellas primeras semanas. Sin apenas hacer ruido.

 

Aquel miércoles de enero, su primer enero en Arizona, era otro día lectivo. Y si uno quería estar bien despierto tocaba acostarse pronto, más aún en pleno invierno. Así que cuando dieron las tres de la mañana Steve Kerr dormía profundamente en su dormitorio de la universidad. En aquel preciso instante el silencio de la noche se vio roto por el repentino clamor del teléfono. Steve tuvo la impresión de tardar horas en descolgar el aparato. Cuando lo hizo no sabía si aún soñaba por la especie de agitado jadeo que llegaba desde el otro lado.

 

- ...¿quién?

 

- ¡Steve!, ¿eres tú?

 

- Dios mío, Vake... ¿cómo me llamas a estas horas?

 

Vake Simonian era un viejo amigo de la familia Kerr. Un hombre demasiado hecho y derecho como para llamar de madrugada donde no correspondía.

 

- Steve, escúchame -Vake hizo una pausa-. ¡Han disparado a tu padre!

 

Como un resorte Steve se incorporó a ciegas en medio de la oscuridad.

 

- ¿¡Qué!?

 

- Han disparado... a tu padre.

 

Una indescriptible confusión dominó entonces al joven. Tenía que tratarse de una pesadilla. Tal vez por eso pasó violentamente su otra mano por el rostro como queriendo desperezar el aturdimiento o probar que en efecto había despertado.

 

- Pero ¡qué dices, Vake! Que han disparado...

 

- Sí.

 

- Pero él... ¿¡dónde está!? ¿¡se encuentra bien!?

 

Ahora la pausa se hizo de verdad interminable.

 

- Steve, tu padre era un gran hombre...

 

 

Malcolm Kerr había sido asesinado. La noticia corrió como la pólvora. En la prensa había muerto un alto cargo americano. Un buen titular para arrancar la mañana. En aquella habitación, en cambio, lo había hecho el sentido mismo de la vida.

 

Como todos los días el profesor se dirigía a su despacho en la universidad cuando dos hombres irrumpieron en el edificio siguiendo sus pasos. Uno de ellos disparó a bocajarro dos balas que atravesaron la cabeza del padre de Steve. La única huella del asesino era la traza que las balas habían dejado en la pared de las escaleras. Al cabo de unas horas una llamada al centro en nombre de Hezbolá se atribuyó la autoría del atentado. Pero nunca sería descubierta la identidad del terrorista. Tan sólo la certeza de que un extremista pretendía así causar daño al enemigo americano. Malcolm Kerr contaba entonces con 52 años. Steve, con 18.

 

 

 

 

"La terrible ironía -escribiría su esposa años más tarde- fue que mataron a un hombre que comprendía y amaba Oriente Próximo mucho más que cualquier otro ciudadano extranjero".

 

Dos días después de su muerte Steve se sintió aplastado por el minuto de silencio rendido en el McKale Center. En el primer balón que tocó anotó un triple. Se fue hasta los 12 puntos, su máximo hasta entonces. Cuando días más tarde llegó a escuchar desde la grada "Eh, Steve, ¿dónde está tu papá?" la sangre le hirvió lo suficiente como para matar. Pero se prometió tributar a su padre el único homenaje que podía brindarle: luchar en su nombre por algún tipo de gloria que le hiciera justicia.

 

En 1986 sufrió una grave lesión de rodilla que le apartó un año entero del equipo. Una de esas lesiones que retiraron a no pocos jugadores. Pero no podía rendirse. Luchó como un poseso por su recuperación y cuando reapareció era otro hombre. Era un hombre. Steve pasó de ser el blanco frágil y lento con las horas contadas a convertirse en uno de los emblemas de aquel equipo que alcanzó la Final Four de 1988.

 

Hoy, veinticinco años después, Steve Kerr es el director deportivo de Phoenix Suns. Pero eso apenas importa. Cuenta en su haber con nada menos que cinco anillos de la NBA y ha pasado a la historia, por una u otra razón, como uno de los secundarios más importantes que haya conocido equipo campeón y tal vez el mejor tirador que haya formado con Michael Jordan.

 

Si lo que pretendía era superar aquel terrible episodio brindando el mejor tributo posible a su padre, pocos ejemplos acuden con igual fuerza que el suyo. No era texto para entrar en detalles de sus cinco anillos, uno por cada familiar vivo. Sino de asomarse desde lo más arriba posible a una carrera deportiva que tuvo como eterno fondo aquella maldita noche de invierno algo desconocida para el gran público.

Si uno levanta la vista al techo del AT&T Center observará cómo junto a las banderas que exhiben el ya dorado palmarés de San Antonio cuelgan otras que recuerdan a los mejores jugadores que vistieron la negra texana. Incluso puede que le sorprenda un 00 (doble cero) junto al 6 de Avery Johnson, el 13 de James Silas, el 32 de Sean Elliot, el 44 de George Gervin y el 50 de David Robinson.

 

La sorpresa tiene su explicación y aquí venimos a contarla.

 

Cerca de una hora después de que Magic Johnson alzara los brazos como número uno del draft de 1979, el viejo Larry O'Brien hacía sonar en la sala el nombre de un joven llamado Johnny Moore. "¿Quién?", preguntó algún despistado. "Sí, Moore, el base de Texas. Los dos últimos NIT han sido suyos, el mejor de largo de ese equipo. Pero algo bajo, la verdad".

 

No había otra razón. Porque hundido en la segunda ronda Moore fue elegido por los Sonics, entonces vigentes campeones, minutos antes de que lo enviaran por un puñado de dólares a San Antonio. Y aun menos luego del trato dispensado en el training camp de verano por Doug Moe, dicho en los mejores términos, de tibia indiferencia hacia las virtudes del chaval.

 

El técnico decretó su adiós en la segunda semana de octubre cerrándole el paso a debutar con el equipo. Y Johnny regresó apenado a su Altoona natal, en Pennsylvania, allí donde muchos vecinos creyeron tener razón por su vuelta, dado que siempre habían pensado que los sueños del más pequeño de los Moore por alcanzar la NBA no pasaban de delirios típicos de juventud. "Bill, el mayor de los cuatro hermanos, era el bueno, ya te lo dije yo", supuraba aún algún vecino.

 

Sin embargo, a poco de arrancar el verano siguiente, y ya sin Moe en el banquillo, los Spurs le reclamarían otra vez. Era su oportunidad y Johnny respondió dando lo mejor de sí. Se convirtió de inmediato en el mejor pasador del equipo. Y con él como segundo base, el recambio de James Silas, San Antonio sellaba entonces el primero de sus tres títulos consecutivos de la Midwest.

 

San Antonio no era entonces lo que es hoy. Nunca antes lo fue. Pero asomaba en el Oeste como el más firme aspirante a tomar el relevo de los Nuggets como el equipo ABA mejor situado para hincar el diente a la NBA. Tanto convenció Moore al nuevo técnico Stan Albeck que el veterano Silas fue traspasado después de nueve años en el equipo. En julio del 82 llegaba procedente de Chicago Artis Gilmore y el equipo, con un quinteto titular encomiable (Moore, Banks, Gervin, Mitchell y Gilmore), firmaría su mejor temporada de la historia antes de caer en seis partidos en la final del Oeste ante los Lakers.

 

Moore seguía a lo suyo: crear juego y defender como nadie. En apenas dos años se había convertido no sólo en el alma del equipo sino en el mejor pasador de toda la NBA. Moore era uno de los bases más completos de la liga y, en ese lustro que abría la década, tan sólo Isiah Thomas y Magic Johnson repartieron más asistencias que él. Su nivel de juego alcanzó tal extremo que el día 8 de enero de 1985, en la victoria de su equipo ante los Warriors por 139 a 94, se fue hasta los 26 puntos, 11 rebotes, 13 asistencias y 9 robos de balón, quedándose a tan sólo uno de protagonizar el que habría sido segundo cuádruple doble de la historia tras el de Nate Thurmond en 1974. 

 

Johnny Moore era entonces el segundo mejor base de todo el Oeste, el director ideal para un equipo que aspiraba a todo. Pero aquellas navidades de 1985 le tenían reservada una inesperada traición, una de esas traiciones que recuerdan el absurdo de la vida contra el que nadie está realmente a salvo.

 

El día 17 de diciembre los Spurs se ventilaban en casa a los Blazers antes de tomar el avión con destino a Los Angeles para medirse a los Clippers tres días después. Soplaba entonces un extraño y pesado aire en el sur de Texas, una de aquellas inhóspitas brisas que hacían entrar el desierto en plena ciudad y que Moore, como todo habitante del estado, respiraba a pulmón seco. 

 

 

JMoore SLAM

 

 

En la víspera del partido Moore se vio invadido por repentinos escalofríos. No le dio mayor importancia y, a lo sumo, pensó que acaso estuviera incubando uno de esos tradicionales catarros de invierno. Ya de noche, a los escalofríos se añadió un terrible dolor de cabeza que dio con él en la cama antes de lo previsto. Daba igual. Un sueño reconfortante bastaría para estar listo ante los Clippers. Así fue y un 119 a 104 selló aquella velada en la que sintió que por momentos le flaqueaban las piernas. No había tiempo para pensar. Al día siguiente también tocaba jugar. 

 

De nuevo el avión y otro destino, esta vez Denver. Aquella jornada los escalofríos redoblaron su frecuencia, se hicieron más intensos y Johnny, en pleno partido, empezó a desconfiar de su visión periférica. Las gradas del McNichols tornaban por momentos borrosas mientras su respiración se hacía cada vez más pesada, casi estertórea. El partido, otra victoria cómoda, pasó aprisa pero Moore supo que algo extraño, lento pero seguro, estaba tomando posesión de su cuerpo. No dijo nada a nadie. Y una vez más buscó otra coartada. Se hizo a la ingenua idea de que la altitud y sequedad de Colorado le habían pasado factura. Pero no se preguntó por qué tan sólo a él.

 

Transcurrirían cinco días antes de tener que volver a vestir de corto, de nuevo en Los Angeles y esta vez ante los Lakers. En ese tiempo las molestias no desaparecieron. Antes bien se recrudecieron. La noche anterior al partido su cama fue un infierno. Perdía todo el agua que ingería, los escalofríos dieron paso a fuertes temblores y violentas náuseas se apoderaron de él. Al despertar se hizo fuerte creyendo que un buen desayuno y una sólida comida despejarían su malestar. Eso le ayudó a afrontar como si nada el nuevo partido llegando al Forum a la hora prevista.  

 

Pero en el precalentamiento Johnny empezó a tener serios problemas para mantenerse en pie. De repente el mundo se le hizo inexplicablemente borroso y lo último que contempló antes de desfallecer fueron sombras que se le acercaban. "¿Eh, Johnny, qué te ocurre? ¡Johnny!"

 

Ya después, la oscuridad.

 

Johnny Moore fue inmediatamente trasladado a un hospital. El equipo médico reconoció todas y cada una de sus dolencias. Eran demasiado evidentes. Pero no fue hasta la segunda semana del nuevo año que los médicos elaboraron un diagnóstico firme. El día 15 de enero los Spurs anunciaron que Moore no volvería a jugar en lo que restaba de temporada. "¿Se trata de alguna lesión?". Ahora había que explicar aquella extraña cosa. 

 

Más que extraña, insólita. Johnny Moore había estado expuesto al traicionero viento del desierto. Y en algún momento fue víctima de un hongo invisible, una bacteria cuyo nido eran las tierras más áridas del sudoeste de los Estados Unidos y el noroeste de México. La extraña enfermedad que le asolaba era técnicamente una coccidioidomicosis, más conocida como Fiebre del Desierto.

 

Ingresado y aislado del mundo los síntomas no disminuyeron. Moore sufría de escalofríos, fiebre y dolor de cabeza, una violenta tos acompañada de fuertes dolores en garganta, pecho y articulaciones, presentaba sarpullidos por diversas partes del cuerpo y toda su energía había desaparecido. Si no se le trataba aprisa, el desenlace podría ser fatal. Su sangre estaba infectada.

 

No había ninguna fecha. El tratamiento duraría semanas, tal vez meses. Y la terapia posterior, rara vez era inferior a un año. Le fue decretado un tratamiento a base de anfotericina B, un antibiótico que le era inyectado directamente a la médula espinal por entre las vértebras. La enfermedad era tan rara como su combate, cuyo principio activo se había obtenido originalmente en los fondos del río Orinoco. En dos semanas Moore perdió diez kilos y no ya su condición de deportista sino de hombre. El doctor de los Spurs Richard Thorner, convertido en portavoz y apartado del cuerpo médico que le trataba, tan sólo podía dictaminar leves mejoras. Pero el paciente, un jugador profesional de baloncesto, había desaparecido de repente para el mundo. Y casi mejor. Porque las escasas noticias que llegaban asomaban detalles tan sórdidos como que en una nueva fase la hipodérmica atravesaba la base del cráneo para inyectar el antibiótico directamente al cerebro. "Era terrible. Porque los efectos secundarios del tratamiento eran casi peores que los males de la enfermedad". Ingresado la mayor parte del tiempo en el Health Science Center de la Universidad de Texas, Johnny se convirtió en un valioso conejillo de indias para el futuro combate de una enfermedad sobre la que no había una ciencia exacta.

 

Cuando Moore fue apartado del equipo en Los Angeles las crónicas referían a San Antonio como "the hottest team in the NBA right now". A partir de entonces todo se vino abajo y los Spurs cerrarían el año como últimos de la Midwest. El desastre costó el cargo a Cotton Fitzsimmons. Y si algo tenía claro el nuevo técnico, Bob Weiss, era que en sus planes no entraría ningún enfermo, por muy bueno que hubiera sido.

 

El verano del 87, casi dos años después, Moore había completado presuntamente el tratamiento. Incluso inició la temporada con San Antonio pero tras cuatro partidos con el equipo quedaba claro que ya no era ni una sombra de lo que había sido. Visiblemente delgado y contraído, el momento más duro se producía cada noche cuando Weiss se dirigía a él para decirle: "Mira, no creo que te pueda dar muchos minutos. Tengo que ir probando a los demás". Demasiado probado estaba que ejemplares jóvenes como Alvin Robertson, Johnny Dawkins e incluso Jon Sunvold se habían antepuesto a cualquier regreso de Moore. Robertson era una estrella de la liga y hasta había completado el cuádruple doble que a Moore el destino le negó. Con la excusa de abrir hueco en la plantilla al recién llegado Charles Davis, el equipo daría boleto a Moore el 19 de noviembre.

 

Dos semanas después recibía una llamada de los Nets. Moore vio abrirse el cielo sin intuir que con ellos jugaría un total de diez minutos antes de ser despedido.

 

El teléfono no sonaría más. Y Johnny tuvo que emigrar a México, a jugar con los Tacos de Guadalajara sin que en ningún momento le abandonara su sensación de apestado. Una sensación que se prolongó durante dos años incluso en el equipo de Tulsa de la pobre CBA. Hasta que en noviembre de 1989, casi de manera simbólica y sabiendo que Moore había seguido trabajando duro para regresar, su equipo de toda la vida le recuperaba como agente libre. Larry Brown le concederá nueve minutos por velada, una limosna que rascar a Mo Cheeks primero y a Rod Strickland después.

 

El 23 de agosto de 1990 se acabó la agonía que unas malditas navidades de cinco años atrás le habían destinado. Moore aún sacaría voluntad para viajar a España y padecer un despido firmado por Ivanovic. Así como de experimentar las profundidades del baloncesto israelí. Pero en realidad hacía ya demasiado tiempo que todo había terminado.

 

Ocho años más tarde recibía una llamada que movilizó a toda su familia, incluido su padre, a quien la diabetes le había amputado una pierna. San Antonio Spurs, la casa donde había llegado a cumplir sus sueños de juventud, le retiraba oficialmente su camiseta para siempre en una preciosa ceremonia.

 

Era el momento de hacer cumplir una justicia que un mal día, sin saber ni cómo ni por qué, la vida le había arrebatado. 

25/02/2009
 

En el Baloncesto flaquea esa tozuda ley humana según la cual la gente no cambia. Se cuentan por demasiados los jugadores que en sus años jóvenes fueron divos y egoístas, tan solidarios consigo como hostiles al entorno. Y sin embargo, tal vez hartos de guerras a solas, de batallas sin premio, el paso del tiempo templó sus ánimos y acabó dirigiéndolos hacia la causa común. Así no pocos enfants terribles terminaron sus carreras como venerables señores de bien. Y nombres como John Brisker, Cliff Hagan o Latrell Sprewell figuran excepciones a un universal fenónemo (digno de estudio) sobre el que asomaría una doble explicación:

 

  • La experiencia ennoblece.
  • La familiaridad alimenta el aprecio.

 

 

 

 

 

 

Kobe Bryant ha cambiado. Es uno de los que lo ha hecho. No el jugador ni la persona. Sino el deportista, su imagen, eso que vemos y que nos permite un juicio real. Esa sustancia pública al alcance de todos que envilece a Garnett o dignifica a Mutombo. Además de deportistas los jugadores son actores para un público mundial sobre el que ejercen diversa influencia. Y sólo a veces, en masivas legiones enfrentadas. 

 

Kobe Bryant fue durante años un tipo engreído, soberbio y falto de empatía. Un mundo aparte. Su sonrisa era mentira y sus proezas un tipo de batalla sospechosamente personal. Bill Simmons lo resumía con su habitual lucidez: "He hasn't been the greatest teammate this decade, both on and off the court. It's been documented ad nauseam, even in books by people paid to coach him".

 

También Phil Jackson lo hizo. Pero a través de uno de sus regalos mensaje. Una novela titulada White Boy Shuffle que narra la vida de un chico negro criado entre la comunidad blanca más privilegiada, un joven presuntuoso que un buen día se dará de bruces con la realidad de los que comparten con él tan sólo el color de piel. En su autobiográfica The Last Season Jackson reconocía haber tenido que pasar por el psiquiatra porque más allá del talento no podía con el impenetrable muro narcisista de aquel muchacho crecido en la remota Italia a quien alguien hizo creer que ni Da Vinci era rival.

 

Aquellos juicios a Bryant han caducado.

 

Y por eso se insiste: Kobe ha cambiado. Y mucho. Hoy parece la más humana de las megaestrellas NBA. Pekín fue un buen ejemplo. Dialogante y cercano, cumplía a la perfección el papel de embajador en ese mundo tan extraño como pedestre para ellos. Su sonrisa es ahora refinada, generosa y sincera. Todo en él destila aristocracia y en sus declaraciones no caben sino el respeto y las buenas formas. "Es tiempo de compartir", dicta el eslógan de su tercera academia para niños. Hasta parece de repente afectado de cierta timidez y ya es hora de rendir tributo a su eterno fair play. Dicho en claro: Kobe ha desalojado de sí lo peor que arrastró durante años. Y el efecto es creíble, convincente.

 

Ahora bien, ¿cómo es esto posible? ¿Asoma únicamente el tiempo como explicación?

 

Hace ahora poco más de tres años, casualmente diez días antes del milagro 81, se publicaba un artículo de título algo extraño y contenido presuntamente descriptivo de lo que era, había sido, Kobe Bryant en el mundo hasta entonces.

 

La pieza, que no reparaba en calificarle como genio ofensivo y hasta le anticipaba como el futuro máximo anotador en la historia de la NBA, no fue bien digerida por los ultrakobistas, convencidos de que formular cuestiones críticas hacia su ídolo ni procedía ni prestaba la justicia que a su ver Kobe merecía.

 

En cualquier lugar del mundo el ultrakobismo se caracteriza, primordialmente, por nunca ver defectos deportivos en su estrella. Y aun menos, personales. Es la terrible disyuntiva que Simmons lamentaba denunciando que descifrar algún defecto en Bryant, o simplemente no rendirle ciega pleitesía, convertía automáticamente al denunciante en un Kobe Hater.

 

El pulso que sus incondicionales no aceptaron, lo que les irritó en mayor grado, fue calificarle de idiota táctico. No lo vieron como un posible trastorno o deficiencia (RAE) sino como un insulto y bajeza. Decir algo así ponía punto y final a cualquier otra interpretación, tiraba por la borda los elogios concedidos y ponía bajo sospecha al autor de la blasfemia. Más aún cuando el mismo autor no reparaba en artículos de elogio inmaculado hacia LeBron James.

 

Y sin embargo, trece años después, se hace difícil observar la carrera de Bryant de manera diferente a un tránsito de lo absolutamente individual a lo razonablemente colectivo. Más difícil negar que Kobe fue un día una incómoda batalla contra el mundo para demostrar que era el mejor y ahora, en plena madurez, con el menor número de minutos desde 1998, es el diamante perfecto para engastar un cuarto anillo. Y más difícil todavía negar que durante años Kobe Bryant fue objeto de masiva hostilidad, seguramente injusta en su intensa amplitud pero tan real como sus proezas. 

 

Muy resumidamente la pública acusación se valió de cuatro pilares, todos matizables y alguno inmerecido, pero todos juntos pruebas de un proceso abierto contra él:

 

1. Los años de idiocia táctica o, ¡cuidado!, de incómoda relación con el colectivo. Una colisión con un sistema que, según él, no permitía expresar su talento en libertad. Un sistema de juego que estimaba angosto y aburrido, no diseñado para él. Y en consecuencia, una imagen pública definida por la megalomanía. Cuesta afirmar esto cuando la realidad acumuló tres anillos y un rendimiento suyo auténticamente estelar. Pero al mismo tiempo la prematura gloria del joven Kobe fortaleció sus delirios de grandeza hasta convencerse de que la gloria era posible con él como único trono. 

 

2. La ruptura de la pareja. Nunca será rigurosamente cierto que Kobe fuera el culpable de la ruptura con Shaq. Pero como tampoco opuso la más mínima resistencia al traspaso aun consciente de lo que se venía encima, la película de la historia ha concedido a Kobe el papel de verdugo y a Shaq el de víctima. Una simplificación evitable que buena parte de la opinión pública observó en términos de tiranía y vanidad, del cumplimiento de su más expreso deseo: (again) ser el único líder del equipo.

 

3. La presunta violación. Lo que arrancó como un delito de consumo público terminó en un asunto privado de matrimonio que fue utilizado por muchos como la prueba definitiva de su condición de villano. Al caso siguieron los peores días del icono Kobe. Y como suele ocurrir el acusado terminó expiando culpas que ni siquiera le correspondían. Asunto resuelto y felizmente olvidado.

 

4. Trade me! Un culebrón exprimido hasta sus últimas consecuencias que comprometió la fortaleza angelina a extremos no recordados desde la guerra abierta entre Magic Johnson y Paul Westhead. El conflicto planteado en términos de poder no dejaba en buen lugar a Kobe Bryant, a quien el tiempo ha dado relativamente la razón. El órdago apresuró los cambios que han hecho de los Lakers una franquicia aspirante durante un periodo difícilmente inferior a cinco años.

 

En el fondo puede que el episodio de mayor erosión a su figura fuera el adiós de Shaq de los Lakers. El gigante aparecía como el principal responsable de los tres anillos consecutivos y el contraste posterior entre el sorprendente título de Miami (con Shaq) y la difícil situación angelina (sin postemporada más dos campañas grises de primera ronda) comprometía el papel elegido por Bryant en la historia. Un personalísimo papel tan cortado a su medida que hizo inevitables dos conclusiones:

 

  • Kobe pretendía demostrar que: a) era mejor y más importante que Shaquille O'Neal. Y b) que las proezas anotadoras de Jordan estaban a su alcance. De lo primero cabe todavía controversia. De lo segundo no.

 

  • Kobe no encontraría la paz hasta hacer sonar la más personal de sus sinfonías. 40 puntos o más en nueve partidos consecutivos. 50 o más en cuatro noches seguidas. 12 triples en un partido y los 81 puntos. Cifras al alcance de nadie. Su plena demostración deportiva (ya sin Shaq) y ser muy consciente de la incómoda hostilidad pública que despertaba moderaron a la larga su egotismo hasta hacerlo desaparecer. No había mejor solución para una inteligencia como la suya.

 

Kobe ha cambiado. Y vale preguntarse por qué.

 

No es que cuando los detractores cesaran su ofensiva Kobe se hiciera humano. Es que Kobe sabía, lo supo siempre, que única y exclusivamente por medio de sus proezas de pista, trasladadas por fin a un equipo en absoluto bienestar, podía alcanzar la paz que ahora exhibe a placer. Sólo cuando las circunstancias que él había imaginado le han sido finalmente favorables la sonrisa de Kobe es plena y cierta. Sólo entonces ha liquidado su disfraz de demonio.

 

Trece años de carrera dan para mucho. Kobe Bryant es uno de los tres mejores anotadores en la historia del baloncesto, y como producto ataque-defensa queda a solas junto a Jordan y Chamberlain. Pero sigue pareciendo increíble que tres anillos le supieran a poco. A tan poco que dicta su conciecia que no los tiene. Por eso sigue atormentando su figura un problema histórico no resuelto: un anillo con él como máximo responsable.

 

Esta segunda kobeopatía no excluye a la primera. Se matiza y amplía. Y no se descarta una tercera y última, el momento definitivo de echar la vista atrás y preguntarse si la kobeopatía era suya como afección personal o del público como afección de masas.

 

De momento estamos en el ecuador del trienio que juzgará a Bryant para siempre. Y él lo sabe.

Matar moscas a cañonazos. Es lo que debieron de pensar millones de telespectadores cuando Howard culminó el mate en la canasta portátil, a cuya aparición nos pusimos en pie imaginando algo verdaderamente grandioso, tal vez una nueva versión del Double Dunk. A eso añadía el atrezzo de una cabina telefónica desde la que salió tal cual estaba (con la capa en las manos). Es decir: el montaje más aparatoso en la historia del certamen para que finalmente el misterio fuera resuelto con un mate corto, frío y para colmo delicado, no fuera a caer la portátil del carro.

 

El superhombre que asombró el año pasado con un repertorio trabajado, definido y sencillamente monstruoso vino esta vez a medias. Tanto que improvisó en su último ensayo el más pobre free throw que haya visto un concurso. Incluso se hacía extraño ver a un 2.10 replegar carrera para un tipo de batida para la que su constitución no está diseñada. Howard contaba una vez más con todo de cara para ganarse fácilmente al público y contagiar al jurado. Pero se borró de la obligación que cabe a un Superman para quien la canasta no es más que un juguete.

 

No deja de ser curioso que esta edición de 2009, que incluía un ejercicio de High Dunk, haya resultado la más pobre en el factor altura desde 1997. El fenómeno cada vez más poderoso de acercar la cabeza al aro, el combustible ideal de la slow motion, se quedó en la nevera esta vez, como la barrera de los 20 puntos en el concurso de triples.

 

Igual decepción supuso el segundo ensayo de Smith. Lo inició con lo que habría sido un riquísimo añadido a su behind the back de 2005. Lástima. Le asustó el reloj y reculó pronto. Y el parche elegido, con Weems desde la grada, remitía al ejercicio de Pepe Sánchez y Pietrus en la ACB. Pero con mucho menor riesgo. Con Smith fuera de juego no fue precisamente Rudy quien hizo recordar la terrible ausencia de Joe Alexander.

 

A Robinson le sobró la tarascada (sin impulso) a las lumbares de Chandler. Los otros tres mates fueron vivos, ágiles y convincentes. No hubo nada especialmente portentoso. Pero su conjunto fue sin duda el más elevado de los cuatro matadores. Robinson no es sólo un pedazo de energía atómica. Es ante todo un matador inteligente que exhibió el finísimo detalle de apoyarse en una fracción de segundo sobre los titánicos hombros de Howard para culminar con éxito su mayor salto de la noche. 

 

Se hace difícil creer que todo espectador español no fuese Rudy Fernández desde que apareció anoche en pantalla. Una benévola empatía que nos hizo sentir el marrón de tener que improvisar unos pasos en el escenario antes de arrancar el concurso, de tardar en atreverse en el calentamiento y finalmente de acordar con Pau Gasol que no le enviara el balón por detrás de la espalda. Fue un error conjunto. Los dos minutos se esfumaron en algo que más que enriquecer el mate lo estaba directamente impidiendo.

 

 

 

 

Su estreno fue rápido, valiente. Recordaba con enorme precisión al de Rex Chapman en 1990. Y como entonces, con un mate acorde a las cualidades de su autor (entre el 42 y 45). Poco después cerraba su concurso. Pero en apenas unas décimas de segundo puede que Rudy ofreciera el momento más plástico de la noche. Y el más hermoso. Porque protegió el buen gusto en la memoria de Fernando Martín, un gesto que ni los capotes ni las djalminhadas habían alcanzado a ver. Rudy no es culpable del enorme cariño que despierta entre el público americano, el único que de verdad hizo posible que estuviera allí.

 

Para que un Slam Dunk se sume a la historia sin avergonzarse se precisa, como mínimo, un ensayo que salve la edición y encabece la memoria futura. El de 2009 no pertenece a esa estirpe y convierte a su precedente -remember Gerald Green- en el incómodo final de un ascenso del certamen que había unido técnica e imaginación a niveles de enorme atractivo. Debiera mover a la NBA la definitiva valentía de salvar la idea con todos los medios disponibles, que básicamente se resumen en que de una vez para siempre se reúnan en el concurso los mejores matadores del mundo, aunque ello suponga la presencia de algún amateur sin contrato en las tres siglas.

De unos años para acá viene afligiendo al All Star Weekend un desencanto, como una universal deserción de lo que antes despertaba asombro y ahora sospechosa indiferencia. Sin entrar en pequeños detalles, asoman grandes razones:

 

  • El tiempo pasa tan rápido que los ASW's se superponen sin digestión ni huella.
  • La indiferencia (cuando no el desprecio) hacia lo más lúdico del baloncesto corresponde a una postura cínica y esnobista muy típica de nuestro tiempo que observa lo lúdico como pueril y absurdo y lo "serio" como superior y deseable.
  • Es humanamente imposible innovar a la par del tiempo.
  • Los protagonistas han tendido a desalojar de la fiesta el valor más elevado del espectáculo: la dificultad.

 

Todas tienen su parte de verdad. 

 

 

 

 

 

Hace poco más de una semana que la ESPN abría un coloquio digital con el ASW como encausado. Hasta once analistas arrojaban sus impresiones sobre el gran fetiche y, en el mejor de los casos, propuestas para mejorarlo. El coloquio tuvo su interés y hasta algún momento de lucidez. Pero una vez terminado, invadía la desoladora impresión de que los organizadores de la fiesta están todavía más perdidos que los millones de telespectadores invitados a disfrutarla.

 

Por encima de las soluciones hubo acuerdo general en tres ofensivas básicas:

 

  • Abajo la democracia.
  • Deben estar los mejores.
  • Por dinero que no sea.

 

Con ello se pretendía cerrar el paso a la numerocracia china y a jugadores de momento decepcionante (Iverson) así como presentar a los mejores en el Concurso de Mates.

 

Precisamente uno de los apartados más interesantes del proceso concernía a ese concurso. A juicio de Rob Mahoney el Slam Dunk era el perfecto ejemplo del declive que padece el ASW. Mahoney no atacaba a la idea ni al idealismo del concurso. Ninguno lo hizo. Se atacaba a la pobre realidad de cada nueva edición, que según él podía verse bobamente satisfecha con los preliminares circenses de un Dwight Howard cualquiera. Mahoney exigía un renacimiento. Pero no aportaba solución alguna.

 

Al menos sí lo haría Jeremy Wagner. En su intervención proponía la creación de la High Dunk Competition. Un concurso que elevara el listón del aro a sucesivas alturas para diferentes grupos de matadores según su estatura. De modo que viéramos rivalizar a Dwayne Wade y Derrick Rose en la talla inferior al 1.95 y a LeBron James y Dwight Howard en la mayor.

 

La idea de Wagner era compartida por M. Haubs con el añadido de que éste proponía la existencia conjunta de los dos concursos: High y Artistic. Sobre este último liberaba a los matadores de rondas para concederles de dos a cuatro minutos de libre ejercicio donde pudieran dar rienda suelta a sus ensayos. El autor del mejor mate de la noche alzaría el trofeo de campeón.

 

Con ello liquidaba:

 

  • El desfile de fallos sin castigo.
  • La vieja suma de puntuaciones que permitía a un último matador atrapar el título con un mate de seguridad, cualquier simpleza que superara los 40 puntos.

 

Desde Ohio John Krolik recelaba del actual sistema de selección, muy pobre a su gusto. Krolik formulaba la idea de preseleccionar a un total de 10 matadores un mes antes de la competición. Y que cada cual presentara un ramillete de mates que fueran sometidos a examen público y dieran en los cuatro mejores, los únicos presentes en la noche del sábado.

 

Krolik arremetía contra la democracia a la vez que reconocía haber cometido un error al votar a Rudy Fernández en lugar de a Joe Alexander. Lo hizo, según decía, antes de saber que el alero de Milwaukee había prometido ofrecer en el concurso dos mates nunca vistos.

 

Abría sin embargo una interesante vía: "Yo no quiero ver grandes nombres. Tan sólo mates asombrosos". Algo así invitaría a pensar que el objetivo del Slam Dunk sería dar con los mejores matadores del mundo y no con cuatro participantes NBA elegidos sin demasiado fuste. El problema es que una selección de rango universal contraviene dos principios que la propia liga se ve incapaz de cuestionar:

 

  • La obsesión por popularizar decisiones.
  • La renuncia a participantes de otras ligas, incluso su propia filial NBDL.

 

Huelga decir que quien suscribe no tuvo ocasión de participar en el debate. Pero de haberla tenido, la cosa se resumiría en las siguientes objeciones y propuestas:

 

  • A los tres años del High Dunk la competición estaría muerta. Si se ataca a la Artistic por agotada y reiterativa, qué no pensar de ensayos cuyo único objetivo fuese la altura. Un ensayo de Howard culminado con éxito a 3.75 o 3.80 del suelo daría con años y años de certamen menor. Algo así como la longitud tras el milagro de Beamon.

 

  • El H-O-R-S-E, rescatado de las cavernas, es un concurso de ritmo lento y tono gris. O los jugadores se animan y apresuran aciertos, o se corre el riesgo de asistir a un desfile de tiros sin fundamento ni gracia.

 

  • Sonroja la incoherencia de la liga con los tres candidatos a los mates por votación cuando una baja no es sustituida por uno de los dos candidatos restantes (Alexander o Westbrook) sino por un tercero (J.R. Smith) que se antoja improvisado.

 

  • Se propone organizar de una vez para siempre una Operación Triunfo del mate. No sólo en Estados Unidos, sino a nivel internacional. La tecnología de Youtube permite hacerlo sin apenas coste. Un comité técnico sería el encargado de evaluar y seleccionar finalmente a los participantes, muchos de los cuales darían la vida por aparecer en la Gran Pantalla.

 

  • Finalmente la endogamia NBA de hacer participar exclusivamente a los suyos genera un enorme problema. Nunca estarán los mejores. Y de haberse fundado el concurso hace cuarenta o cincuenta años el mundo se habría perdido a Jackson y Manigault como hoy se pierde a Fontenette y White. Un desperdicio absurdo.

 

 

Sobre el partido del domingo únicamente cabe reseñar un problema endémico. El partido como competición falleció a finales de los años noventa. No cabe solución por imposición. Pero a lo sumo cabría proponer del alto mando una sugerencia en los siguientes términos:

 

- D. Stern: "Señores, tienen ustedes que competir desde el primer minuto hasta el último. Imaginen que es un partido de playoffs. Jueguen por favor a ganar".

- Stars: "Pero, ¿no habíamos quedado que primaba el espectáculo?".

- Stern: "Naturalmente. Pero el espectáculo sin dificultad es una pantomima". 

 

No conviene terminar sin hacer mención a una de las propuestas más interesantes de aquella velada. Desde Michigan Dan Feldman proyectaba rescatar del olvido el Old-Timer's Game con un añadido crucial. No se trata de vestir de corto a legendarios abuelos que despierten aplausos por compasión. Sino de rescatar a un ramillete de jugadores recientemente retirados pero todavía en forma para enfrentarles en un partido que seguramente humillara al del mismo domingo.

 

Feldman abría una lista formada por Michael Jordan, Reggie Miller, Karl Malone, Dennis Rodman, David Robinson, Hakeem Olajuwon, Glen Rice, Scottie Pippen, Rik Smits, Antoine Walker, Mitch Richmond, Nick Van Exel,, Terrell Brandon, Alonzo Mourning, P.J. Brown, Robert Horry, Kevin Willis, Toni Kukoc, Jon Barry o Clifford Robinson. "A good mix of two groups would provide the best game". Tal vez incluso mejor que el de jugadores activos por una sencilla razón: algo muy poderoso invita a pensar que, devueltos a las cámaras, pondrían el orgullo en juego mucho antes que el banal espectáculo sin resistencia.

 

Pese a todo lo dicho el ASW tiene algo sagrado que conviene mantener vivo y que se traduce en ideales tales como la fiesta, la unidad, la familia y la hermosa materialización del componente irracional del juego.

 

Con sus defectos, larga vida a la fiesta.

10/02/2009

La pregunta tenía por objeto a Lamar Odom. Fue formulada por Karl Malone en la TNT en la noche que se medían Celtics y Lakers, y enseguida se extendió como la pólvora. Era una cuestión retórica. Pero explícita como pocas. Una de esas preguntas decisivas que tienen tanto de alabanza como de acusación: "How much talent can God bless one guy with?".

 

Hace ya muchos años que el Baloncesto perdió la cuenta de los talentos perdidos. Pero de los que todavía hay y despiertan a venir en gana, pocos igualan en misterio al de Lamar Odom.

 

 

 

 

El "enigma angelino". Así le refirió Kurt Streeter sin tener muy en cuenta que también Odom lo había sido en Clippers y Heat. Que lo había sido siempre desde que saliera de Queens. Porque Odom parecía primero venir a hacer de Magic Johnson, más tarde de Pippen y ya después, eludiendo lo uno y lo otro, de carne de trueque para pagar el traspaso de O'Neal. Diez años después nadie sabe muy bien qué define a este jugador más allá del enigma y de comportarse como un eterno adolescente.

 

Diez años es tiempo suficiente para una rápida evaluación. Una de grandes términos que se resume en que los dos problemas que hasta ahora han hecho de Odom un Derrick Coleman y no un Kevin Garnett -la analogía es de John McMullen- atañen a su concentración y su compromiso. O mejor decir, a la irritante falta de ambas.

 

Odom fue una de las fisuras por las que los Lakers hicieron aguas en las pasadas Finales. Una fisura más incomprensible cuando Odom venía de firmar una fabulosa serie ante Utah. Pero la forma en que los amarillos fracasaron en el asalto al anillo, la terrible humillación del sexto partido, pasó factura a un equipo que observó con enorme recelo el último año de contrato de Odom, de repente convertido en patito feo.

 

En octubre, a poco de arrancar el nuevo curso, un curso marcado por el cartel de transferible de Odom, Jackson tuvo un aparte con él. Era necesario por la paz de un equipo que debería aspirar a todo en pocos meses. Con Bynum recuperado y Radmanovic elegido como alero titular, Odom supo que le tocaría partir desde el banquillo. Que debería hacerlo por primera vez en su vida. Temió entonces cotizar a la baja en un posible intercambio que su agente sospechaba y rechazó de plano la decisión. Pero lo hizo mal. En lenguaje inoportuno y ante los medios. Y Jackson reaccionó cuestionando a Odom como jugador de baloncesto. Al poco de la reunión llegó la paz. En un principio aparente. Un mes después real. Y transcurrida esta última semana, una semana que ha visto la caída de Bynum, la gripe de Bryant y el peor trayecto posible, una paz sencillamente perfecta.

 

A un extremo tal que puede que Odom nunca se haya definido mejor como jugador que hasta ahora. Una semana que ha visto, aseguraba Jackson, "the total package of his game".

 

Una repentina explosión que materializa por fin su eterno potencial de all around. Pero con reservas. Porque como alero fuerte debiera tener muy claro que es preferible mirar hacia adentro y suplir a Bynum que al perímetro donde estorbar y perderse. De su auténtico banquete en Cleveland hablan muy a las claras los dos miserables lanzamientos que probó fuera de la pintura. Y más aún, su destrozo bajo tableros.

 

Cinco años de amarillo bastan para referir a Odom como uno de los alumnos más complicados que hayan tocado a Phil Jackson a lo largo y ancho de su carrera. Odom no flaquea en pereza como Stacey King, tampoco en delito como Isaiah Rider ni en desequilibrio como Dennis Rodman. Pero anida en su haber el subterráneo de aquellos tres: un misterioso defecto que impedía a Odom un efectivo progreso en las prestaciones que siempre ofrecieron bajo Jackson sus jugadores más importantes. 

 

El técnico de Dakota, consciente de que sin Lamar no se puede aspirar en serio a nada, está más cerca suyo que nunca. Al descanso del Madison, cuando Kobe acumulaba 34 puntos, Jackson exigió involucrar a Odom más en el juego angelino, temeroso de un monólogo que corría el riesgo de tirar por la borda la filosofía del team work y que tenía en Odom a su mayor riesgo. Y el equipo respondió a pesar de los 61 de Kobe. 

 

La respuesta a la pregunta formulada por Malone habría de llegar enseguida.

 

El talento es un término demasiado disperso. En el caso de Odom mejor hacerlo con la astucia. Buena parte de la derrota verde en el Garden y de que Garnett acabara desquiciado se explica a través de ella; de la versátil agresividad que fue capaz de trastornar al frontcourt más temido y ordenado de toda la liga. Pero la auténtica exhibición, el sorprendente disfraz de jugador total, llegaría en Cleveland. Más allá de sus 17 rebotes y 28 puntos, 15 de ellos en el tercer cuarto, resultaba insólito contemplar cómo a cada nuevo intento de penetración de James emergía Odom bajo el aro como burlando a placer los tres segundos defensivos e instalando un eje impenetrable que oscureció el ataque ‘cavalier' hasta hundirlo. Algo que ningún otro equipo había conseguido hasta ahora.

 

Al mazazo de Bynum era imposible una mejor respuesta angelina. Pero en sorpresa y magnitud,  ninguna iguala a la ofrecida por Odom. Una respuesta perfecta a la bofetada que pedía para él Kenny Smith como estímulo. Bofetada que sumar a la sutil de Jackson cuando se refirió a él como "a spontaneous defender" antes del partido de Boston, la noche en que Odom demostró a la NBA que desafiar las bravuconadas de Garnett podía saldarse con éxito. Una actitud que dista mucho de la ofrecida por él en ese mismo escenario hace ahora siete meses.  

 

Este inmaculado trayecto angelino por el Este remite al que los Celtics completaron por el triángulo texano el año pasado. Un golpe de autoridad que hizo las de preámbulo del anillo. Pero de momento el enigma sigue intacto a pesar de esta inesperada odomanía, el renovado fenómeno de un jugador fascinante cuyo éxito, ya es hora de decirlo, depende tan sólo de sí mismo, de la voluntad sin la cual el talento enmudece.  

No se puede decir que Kupchak lo haya hecho mal. No esta vez. Cuando un cuerpo técnico ha decidido que sobra un jugador de la rotación tiene dos opciones: banquillo o traspaso. Cuando ese jugador es caro y sus prestaciones se estiman irrecuperables o superadas por otros, únicamente queda el traspaso. Y eso es lo que ha ocurrido. No es que Radmanovic no vaya a jugar más con los Lakers. Es que ya no estaba.

 

 

 

 

A veces el mercado es más transparente de lo que parece. El único equipo capaz de derrotar en los últimos diez partidos a los Lakers -su derrota más sorprendente de la temporada-  fueron los Bobcats. Una semana después Kupchak establecía contacto con su homólogo Rod Higgins. A nadie escapaba la frágil situación de Adam Morrison, un jugador falsamente rescatado por Larry Brown. El jueves se aclaraban los términos y el viernes se llegaba al acuerdo, anunciado al día siguiente. Se añadía además al intercambio un jugador que en la velada del Staples gustó a los técnicos angelinos, especialmente a Hamblen y Cleamons. El pequeño Shannon Brown podría aportar desde el banquillo un ingrediente defensivo, de marcaje y asfixia a exteriores, de mayor velocidad incluso que el que Jackson había precisado en su día de Tyronne Lue. Y de no funcionar de aquí a final de curso, queda libre sin coste alguno.

 

El caso de Morrison es mucho más interesante. Para empezar arranca en tragedia. El máximo anotador universitario de 2006, el chaval que se descompuso al cerrarle UCLA las puertas a la Final Four, llenó de razón a quienes adivinaban un hundimiento inmediato como profesional por su absoluta fragilidad defensiva. No sólo eso. Sus principales fortalezas, basadas en el tiro y la circulación de rehogado táctico, se vinieron abajo en un sistema cuyo equipo titular Bickerstaff modificó hasta en 28 ocasiones para permitirle, principalmente, explotar. Todo fue en vano.

 

A la siguiente oportunidad no hubo ni estreno. La rodilla izquierda de Morrison se hizo trizas y para cuando volvió a aparecer tras una durísima recuperación Larry Brown fue el siguiente muro. El peor de todos. Que hiciera pública burla de las pintas desaliñadas que se gastaba el chaval no significaba más que, con él como entrenador jefe, o se ponía las pilas en defensa o no jugaría. Casi fue peor eso que la lesión. Porque Morrison había empleado el verano en rescatar su lanzamiento y, sobre todo, trabajar codo con codo junto a Dennis Williams, Steve Stricker y LaSalle Thompson (el cuerpo de fisios de Charlotte) con el fin de mejorar su fuerza y aplicarla a los desplazamientos laterales y el balance defensivo. Iniciado el curso todo quedó en nada. Ni él se sentía cómodo con Brown ni Brown con él. Y para colmo el técnico estaba ganando en razones. Las cinco titularidades de Morrison se habían saldado con derrota.

 

Sólo la lesión de Wallace le había abierto un minutaje algo mayor en los últimos partidos sin que ello le brindara salir de la marginalidad. Y Michael Jordan no iba a salir en su ayuda.

 

Los Lakers sí.

 

Y se abre una novísima etapa para él. Una oportunidad como no había imaginado. Un regalo que de no retribuir como debiera podría poner un triste punto y final a la carrera de un jugador que simplemente no ha comenzado. Con buen sentido Kupchak restaba importancia al hecho de que los recién llegados ignoraran por completo el Triángulo. Jackson goza de tiempo con ellos.

 

Al margen de la cuadratura económica, muy favorable a los californianos, Mike Trudell explicaba la ecuación en los siguientes términos: nos deshacemos de un jugador que al no jugar podría intoxicar la química del vestuario y acomodamos a otro verdaderamente sediento de juego. Es evidente que no va a resultar tan sencillo. Al margen de Odom, sigue habiendo tres aleros. En esa carrera por los minutos Walton y Ariza habían desplazado a Radmanovic hasta la muerte. No se supone que Morrison vaya a entrar en la puja. Tan sólo se precisa de él una aportación paralela a la calidad del ofrecimiento:

 

  • Una situación favorable de menor presión.
  • Una tarea que no va a liberarle de requerimientos defensivos pero no tan específicos como con Brown.
  • Una plantilla que va a ayudarle.
  • Un sistema que le va a brindar espacio.
  • Un cuerpo técnico que no espera un rendimiento inmediato de los recién llegados.

 

Desde sus días en Gonzaga se atribuye a Morrison una inteligencia nada despreciable, un buen entendimiento del juego y una sumisión a los deberes. Una forma de ser que contraviene su aparente rebeldía ideológica fuera del baloncesto y que remite al carácter de Jackson en sus lejanos días de jugador. No debiera haber problema entre ambos sino todo lo contrario. Se suma un nuevo Walton al equipo.

 

Sin embargo Jackson se mostraba críptico en sus primeras declaraciones. Prometía otras pero adelantaba que él no había hablado con Jordan para traer a Morrison. Hábilmente se quitaba de en medio de esta operación.

 

Hace unos días destacábamos el crucial papel que toca a Jackson sin Andrew Bynum. Menos de una semana después toca una nueva misión. En apariencia mucho más sencilla que restar a Bynum. Se trata de integrar a dos jugadores que en teoría vienen a sumar no sólo aquello que Radmanovic ya no aportaba, sino incluso más. Pero curiosamente ese añadido diferencial con el serbio no corresponde a Morrison sino a la parte menos importante del traspaso, Shannon Brown.

 

Por eso todas las ópticas angelinas, incluso las más pesimistas, coinciden en el fondo en la mayor evidencia de todas: Morrison necesita a los Lakers muchísimo más que los Lakers a él.

 

Salvo sorpresa.

¿Por qué no se grita ya a los cuatro vientos? Sergio Rodríguez no es ni una sombra del fascinante jugador que asombró a este país antes de cumplir la veintena. Parece mentira que sea la figura de Ricky Rubio la que parezca haber abierto la era nuclear en España cuando no hace ni cinco años que Sergio prometía esa misma explosión. No se compara a ambos, mucho ojo. Se dice que los resplandores de uno siguen intactos y los del otro andan hace demasiado tiempo apagados.

 

 

 

 

 

Rodríguez apuntaba alto. Tal vez demasiado. Uno de esos rarísimos jugadores pequeños capaces de invertir el sentido de un partido, abrirlo a su antojo y hacerlo -que nunca es irrelevante- a placer de la vista. Su baloncesto de creación, de improvisado capricho, se adivinaba por momentos tan brillante que sus lagunas defensivas carecían de importancia. Rápido, inteligente y descarado, la historia del baloncesto español abría con Sergio una página completamente nueva. De repente alumbraba un ejemplar que remitía a la leyenda neoyorquina de los bases pequeños de raza negra burladores del rigor táctico.

 

Su perfil era entonces muy tentador. Hasta él ningún director de juego español parecía destinado con mayor fuerza al baloncesto NBA, verdadero tutor de su educación deportiva.

 

Quien suscribe tuvo la oportunidad de charlar con él unas semanas antes de hacer las maletas. Era un crío. Con toda la admirable inocencia de un chaval de su edad. Pero sin la menor paciencia ni reflexión. Cuando Sergio se fue se alzaron voces que, con razón, recelaban de su juventud. Pero no porque fuera joven. Sino porque de tan tierno parecía imposible que pudiera decidir nada por sí mismo. Ni siquiera su baloncesto. El suyo. El que le había conducido hasta allí.

 

Sergio fue a parar a un equipo a un entrenador sometido. Contra lo que se pueda creer el carácter de Nate McMillan pertenece a la vieja tradición militar más propia de la escuela europea y universitaria que NBA. Instalado de repente en un ritmo lento, de jerarquía rígida y agria filosofía de error-castigo Sergio no tuvo ocasión de explotar libremente sus virtudes tanto como de temerlas. Nunca ha jugado sin miedo. Al ser una orden, eligió ser ordenado. Dándose entonces la terrible paradoja de que obedeciendo todas y cada una de las consignas de su cuerpo técnico se vació por completo como jugador. Y cuando ha llegado el momento de reclamar su premio, se encuentra con que es el tercer base en preferencia pública y carne de traspaso en todas las quinielas.

 

Precisamente todo lo contrario del novato Jerryd Bayless. Una alocada pasión anotadora que, por exhibirse tal y como es, a pecho descubierto, empieza a despertar pasiones en Oregon. Para Sergio tiene que ser jodidamente difícil ver que el último llegado te desplaza a empujones por hacer todo aquello que al español se le negó desde un primer momento. Michael Holton, John Canzano, Mike Barrett, Sean Meagher, Mike Rice y Matt Moore, esto es, el entorno bíblico de la prensa de Portland, ya ha declarado su absoluta preferencia por el explosivo base de Arizona, a quien curiosamente nadie reclama obligaciones de director de juego (que no lo es). Ninguno lo expuso más claramente que Canzano: "Portland needs to decide between point guards Bayless and Rodriguez. Waiting to see more is not an option. Bayless is the future, and the Blazers need to commit to him now".

 

No debiera extrañar. Sergio dio con sus pasos en una plantilla joven a la que se fueron sumando jugadores. Pero una fila en la que se iban colando todos por delante suyo. Desde su primer día la importancia de Sergio en Portland, si es que alguna vez la tuvo, ha ido menguando. Digámoslo claro: para hacer de Steve Blake los Blazers ya cuentan con Steve Blake. Y como Sergio, este Sergio, no mejora ninguna prestación del de Maryland, resulta difícil oponerse al hueco que Bayless se está abriendo a empellones. 

 

Sergio no se marchó joven. Se marchó niño. Y como tal, ha sido incapaz de oponerse, de ofrecer la más mínima resistencia, a los férreos imperativos de su entrenador. Imperativos que no parecen tan rigurosos con Bayless, que morirá siendo lo que es: un predador de aro sin excesivo miedo al desorden. Más aún cuando se le reconocen automáticamente sus aciertos, por pequeños que sean. 

 

Toda esta lamentable situación para Sergio es totalmente irrelevante al formidable momento del equipo, el mejor desde 2003. Lo que conduce a pensar que sus progresos como el jugador que McMillan pretendía -un modelo a caballo entre Anthony Johnson y José Calderón- no sirven para nada. Y de servir para algo la consecuencia ha sido la peor: Sergio se ha vaciado de todo cuanto era. Ahora es un jugador cotidiano, un base tibio, sin chispa ni gracia, un Jaric de bolsillo que se limita como Blake al "bring the ball up court and pass it to the wing", y para colmo, sin suponer decisiva amenaza exterior.

 

De entre los innumerables comentarios que es posible encontrar en la prensa digital de Portland, de abrumadora mayoría baylessiana, asoma alguno de carácter casi sentimental que arroja a Sergio un salvavidas para poder algún día llegar a tierra: "I like Sergio a lot. I think his play has improved a lot. I think eventually Sergio gets traded and hopefully he gets on a good run-n-gun team. After three years with Coach Nate, Sergio would look like a defensive genius playing with the Knicks or GSW".

 

En los casos ya clásicos de Kukoc o Petrovic hubo mestizaje, adaptación al medio. En el de Sergio completo vaciado. Que algún día este chico vuelva a sugerir alguna de las maneras que le condujeron allí, pasa hoy por hoy por un verdadero acto de fe.

Lesionarse es una mala pasada. Hacerlo cuando estás en tu mejor momento es doblemente peor. Pero repetir esa experiencia en un equipo que opta al anillo es caer gafado por algún tipo de providencia hostil. En dos años no puede haber nada peor. Una tragedia que las rodillas de Bynum se han empeñado de hacer realidad.

 

Se abren muchos interrogantes ahora. Tal vez demasiados. Por eso mejor escoger uno solo: Jackson y su papel en adelante.

 

Una pequeña anécdota antes de buscar respuesta.

 

Les pongo en situación: se miden los dos mejores equipos de la NBA. Los dos del Oeste. Los dos con 45 victorias y 11 derrotas. Los dos además se presentan en el mejor momento: una racha de 11 victorias consecutivas. Phil Jackson dirige a los Lakers. Dunleavy, a los Blazers. El escenario, el Rose Garden de Portland. No hay billetes.

 

- Chicos, éste puede ser el mejor partido con el que me haya encontrado en mis 33 años de carrera.

 

Arranca el encuentro y los dos equipos se tantean con respeto pero con acierto. Tanto que intercambian canastas hasta dejar el marcador en 8 a 6 a favor de los Blazers. Nada invitaba a pedir tiempo muerto. Pero tampoco Phil Jackson fue nunca un entrenador normal.

 

Los jugadores angelinos, con Shaq y Kobe a la cabeza, se miran contrariados. "¿Qué es lo que ocurre? ¿Qué hemos hecho mal?", se preguntan mientras inquieren con sus miradas a que hable Brian Shaw, el cabecilla y preferido de Jackson para descifrar las sorpresas al resto de la plantilla.

 

- Perdona, Phil, ¿por qué el tiempo muerto?, pregunta Shaw finalmente.

 

Jackson parece ausente. Le domina esa misteriosa serenidad mientras sus ojos no se despegan del suelo. Al cabo de unos segundos habla:

 

- Por nada... Simplemente me divierto.

 

Acto seguido levanta la mirada hacia los abarrotados graderíos. Rugen. La masa entiende que el tiempo muerto equivale a un primer asalto ganado por los suyos. Dunleavy también. Y Jackson responde con una suave sonrisa. Si no fuera quien es, si en los pocos meses que lleva en Los Angeles los Lakers no fueran el mejor equipo de la liga, si no fuese porque Jackson atesora más anillos que nadie de los miles de presentes en el pabellón, diríase que aquel tipo está loco. Hasta que vuelve a romper su silencio:

 

- Todo esto que veis está bajo control. Mío. Vuestro. Recordad. Tan sólo tenéis que salir ahí a divertiros. Y el espectáculo lo damos nosotros, no ellos. It's just a game.

 

Al volver a pista Brian Shaw anotaba una bandeja, los Lakers se llevaban el encuentro, prolongarían su racha hasta las 19 victorias seguidas y en junio el anillo regresaba a Los Angeles doce años después, el primero de tres consecutivos.

 

Del innumerable anecdotario del que han sido testigos algunos de los más grandes jugadores de la historia, de Jordan a Shaq, de Pippen a Kobe, todos ellos en algún momento declarados amantes de Phil Jackson, puede que este episodio -relatado hace unos años en el Times por David Shields- valga para retratar con cierta precisión la majestuosa atracción que el Maestro Zen ejerció siempre sobre sus pupilos, el juego y hasta el campeonato.

 

 

 

 

 

Tal vez porque desde 2002 no volvió a ganar, porque dos años después perdiera sus primeras Finales o porque no supo, pudo o quiso atajar la fractura entre Bryant y O'Neal, hace tiempo que Jackson no ocupa prioritarias portadas en la mejor liga del mundo. Hace unos días anunciaba su inminente retirada. Pero de momento sigue ahí. En el mismo trono que no abandonará hasta el último día.

 

Buena parte de culpa de que estos Lakers hayan vuelto al lugar que históricamente les corresponde continúa siendo suya. Es evidente que el producto que forma esa plantilla es de auténtico lujo. Cuenta con el mejor o al menos el más maduro Kobe Bryant de toda su carrera. Un fresco Gasol al que cada vez cuesta más encontrar precedente. Una profundidad de banquillo sin parangón en la liga. Y con Bynum, Jacko había encontrado la suma perfecta para hacer de la pareja interior una reminiscencia de O'Neal. Con Bynum este equipo daba noches de terrorífica suficiencia. Noches que complicaban el sueño de cualquier cuerpo técnico.

 

 

Ahora Bynum ya no está. Vuelve a no estar. Y con seguridad su baja no se dejará notar especialmente en lo que resta de Regular. Será a partir de abril que su ausencia calibre la verdadera importancia del joven pívot en los actuales Lakers, que habían diseñado por completo esta temporada en la recuperación de Andrew Bynum. Al otro lado, en el Este, no miran ni pueden mirar a Los Angeles. Allí asoma ya la terrible batalla que deberán librar los Campeones ante LeBron James y Dwight Howard. Pero en el Oeste puede que nadie se esté frotando su fuero interno con el mismo regocijo que Gregg Popovich. Nadie más consciente de que este accidente ajeno le abre de verdad las puertas a una nueva oportunidad. La última de la era Duncan.

 

Jackson tiene un problema. Ha sido maestro en resolverlos de manera indirecta, cuando resultaba más fácil de lo previsto por contar en cada trilogía con los dos mejores jugadores del mundo. Ahora puede que no basten las palabras, los hechizos de un just a game. Como no bastaron el año pasado. De la terna que forman Kobe, Gasol y Jackson, parece este último el menos importante y no es así. A nadie como a él corresponde solventar este mazazo. Porque dispone de exactamente el mismo equipo, más Ariza, que el pasado mes de junio. Como los Celtics el mismo equipo menos Posey. Una balanza tan simple que ahora no sirve.

 

Una de las preguntas más recurrentes desde el año pasado formula cuán importante es Bynum. Si lo es o no. Si ha sido inflado a conciencia. Y la respuesta es bien sencilla. Se ofrece ahora mismo: sin él todo el mapa de fuerzas en la NBA varía sin saber muy bien a dónde. Puede que al repentino nuevo panorama que refería Mark Heisler como Wild Wild East. De algo así es capaz la ausencia de Bynum.  

 

Jackson debería saber qué hacer. O qué es posible hacer sin el mejor jugador angelino en lo que llevábamos de 2009. Por el bien de los Lakers cabría esperar que los necesarios adjustments que sugería Kobe no equivalgan a su primera parte del Madison, un monólogo que desplaza a un tercer plano a compañeros y técnico, por muy legendario que sea. Un peligroso monólogo que los angelinos felizmente habían olvidado.