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31/01/2009

Uno de los errores más perversos de nuestro tiempo ha instalado a Jordan en el Baloncesto como al mono en la Evolución del hombre. Como si cada nuevo destacado ejemplar de cercana estatura hubiera de descender directamente de él. Como si toda nueva promesa en esa misma posición no pudiera abrir un espacio reservado para ella y completamente a salvo del mito.

 

 

 

 

 

 

La figura de Jordan -'metafigura' en los términos descritos por Halberstam- sigue fresca en la memoria. Se halla muy presente en el presente y, es de temer, en el futuro. A falta de bases dominantes tan sólo los equipos y los grandes interiores consiguen escapar a ella. Nadie enfrentó a Shaq con Jordan. Tampoco se hará con estos Celtics campeones como no se haría con Chris Paul si elevara a los suyos a la gloria.

 

Es en cuanto despunta un anotador fuera de las posiciones extremas que enseguida colisiona con el llamado "mejor jugador de la historia". Toda herencia del mito, simple (acciones) o conjunta (anillos), valdrá entonces para enfrentar a esos nuevos talentos a un espejo que no les reflejará a ellos sino a una amenazante sombra que parece vigilar a sus espaldas. Una sombra, o como ilustra el genial Drew Litton en esa viñeta, una magnitud que empequeñece al menor aspirante, incluso si éste se llama Kobe Bryant, atesora ya tres anillos y un volumen de gestas cercano.

 

Ese género de jugadores, que bien podríamos llamar aleros anotadores de resolución atlética, cuentan con muchos listones que superar. Pero sobre todos ellos predomina con especial crueldad uno solo. Un listón de oro y diamantes situado a kilómetros del suelo que condena a los aspirantes al fracaso y nubla la perspectiva desde la que tal vez debiéramos observar a cada nuevo jugador.

 

 

"The best there ever was.

The best there ever will be".

 

Así reza el monumento más emblemático erigido a un deportista en el mundo. El primer verso puede ser cierto. El segundo es ya mitología y religión. Un portazo a la realidad y una absurda renuncia a los hechos futuros. Una versión deportiva del Fin de la Historia.

 

Valdría pararse a pensar qué inmensa tiranía encierra todo esto. Una cerrada visión de este tipo obliga a dos preguntas muy arriesgadas y seguramente excluyentes:

 

1) ¿Tan grande fue la figura de Jordan que atrapa incluso el futuro?

2) ¿Tan estrechas son las posibilidades de juego en esa posición que toda excelencia debe ser jordaniana?

 

Esta segunda cuestión es muy peligrosa. Una respuesta afirmativa hablaría en términos muy pobres del Baloncesto, como si una de sus ramas no fuera más que un nivel de juego que alguien ha completado ya en su totalidad.

 

Este curioso fenómeno no acontece con otros jugadores, con otras posiciones. Shaq y Duncan han abierto sus particulares tronos en la historia, igual que lo hizo Olajuwon cuando el mito de Brooklyn decidió tomarse un descanso. A la prodigiosa actuación de Dwayne Wade en 2006, responsable principal del único anillo de Miami, acompañaban subrepticiamente la beneficiosa presencia de O'Neal y su promesa cumplida, y también la sombra de Jordan, por una vez algo más luminosa (su sola comparativa elogiaba a Wade). A Kobe Bryant, tal vez por su propia elección, la figura de Jordan no sólo grava cada minuto de carrera desde que llegó a la NBA, sino que jamás podrá desprenderse de ella. El caso de Kobe es especialmente sangrante. En las décadas venideras no habrá juicio en su causa que pueda escapar a Jordan. Haga lo que haga. 

 

Desde su primer minuto de juego en el instituto LeBron James demostró ser algo bien distinto al tipo de jugador que Jordan fue. Y sin embargo no le caben listones distintos que sortear. Nadie le enfrenta a Magic o Barkley. Es también Jordan el peaje que a la postre juzgará su vida deportiva. Y lo que es peor: lo hará siendo un jugador completamente distinto.

 

Antes de que Vince Carter decidiera inclinar su juego al lanzamiento exterior parecía una plena reencarnación de Dominique Wilkins. A su presunta caída Jordan aparecía como su cruel devorador. Con Grant Hill estábamos ante un all around de menor predación de aro. Su desgracia física, como ocurrió con McGrady, acabó con él y con toda posible analogía. Incluso no parece ser posible el examen final a Pippen sin su Caín particular.

 

En suma, es como si Jordan no sólo humillara a todo rival en su época, sino que lo siguiera haciendo hoy, mañana y siempre.

 

El mito de Brooklyn ha abierto una grieta en la Historia que sepulta a todo jugador anterior en el museo del pasado (allí dormitan cómodos Baylor, Erving, Gervin o Bird) y cierra las puertas de ese mismo museo a todo jugador posterior. Como si él decidiera quién habrá de ingresar y, en caso de hacerlo, en una sala inferior a la suya.

 

Todo esto da cuenta de que la figura de Jordan no conoce parangón en el mundo del deporte. Pero al mismo tiempo puede no haber peor ni más inesperada consecuencia de su brillantísima carrera que este incesante genocidio. Nadie sabe cuándo llegará su final. Si hemos de creer la lectura de su estatua, nunca.

Parece el título de una película de aventuras pero no lo es. Se trata del órgano vital de un joven jugador australiano que hasta hace unos días dormitaba en la información más subterránea de la NBA. 

 

 

 

Tal vez pocos lo recuerden. Pero antes de arrancar la temporada de 1989 Clippers y Pistons se medían en Springfield en el tradicional encuentro de pretemporada, uno de esos partidos casi estivales que el público entiende como exhibición y los equipos como rodaje. No había en aquella velada mayor aliciente. No hasta la esperada reaparición de un auténtico monstruo. Un jugador que, con permiso de O'Neal, ostenta el trono de fuerza bruta en la historia de la NBA.

 

En los minutos finales Chuck Daly daba entrada al titánico Darryl Dawkins ante el delirio del público presente, que poco después caía extasiado por consumar Dawkins precisamente lo que la gente esperaba: uno de aquellos descomunales mates que hacían temblar la canasta como si fuera un juguete. Desde mucho tiempo atrás la gente adoraba a Dawkins por su grotesca forma de entender el juego. Por ser un auténtico 'freak' y un veterano dinosaurio. Y por una cosa más: la muerte de su esposa un año antes le había sumido en una depresión que aprontó el final de su carrera.

 

Puede sonar extraño. Pero la entrada a pista de Nathan Jawai en el Air Canada este pasado domingo en el partido que medía a Toronto y Sacramento remonta con esotérica precisión aquellos minutos de hace ahora dos décadas. El público canadiense ardía en deseos de ver a la única elección efectiva (vía Indiana como parte del traspaso de Jermaine) que los Raptors consumaron en el último draft. Y movía al escalofrío el increíble parecido del joven Jawai con el último Dawkins y con el mastodóntico aspecto que calzaba éste en aquella testimonial reaparición. Con un cuerpo demoledor en torno a los 130 kilos y visiblemente nervioso, 'Aussie Shaq' saltó a pista con miedo.

 

Se sabía además, como Dawkins entonces, protagonista de todas las miradas. Y las abusivas consignas de Voskuhl y Solomon tras el tiempo muerto tampoco ayudaban. Así, cada vez que la bola se le acercaba el rumor estallaba en rugido. En los menos de dos minutos que estuvo en pista saltó a por un rebote sin éxito, cometió una falta ingenua, no se enteró de que tocaba a Salmons un solo tiro libre y su único lanzamiento terminó a medio metro del aro.

 

En realidad Jawai ya había estrenado carrera hace una semana en Detroit, cuando a los 17 segundos de saltar a pista le señalaron pasos y el resto fue un deambular de aquí para allá como un espontáneo. La noche anterior el chaval ya había estrenado chándal en Atlanta. Un apremio al que las ausencias de Jermaine y Humphries obligaban. Pocos minutos antes de empezar el partido Triano trataba de disiparle los nervios. Y al cazarle hablando por teléfono en un aparte del Philips bromeó reprochándole que no había nadie despierto en Australia a esas horas. Y Jawai, al parecer de carácter algo pueril y bonachón, le contestó sonriendo que era su novia, que vivía en Denver y que difícilmente la chica habría tenido tiempo de llegar a la cita. Menos mal. El novato no jugaría un segundo.

 

Jawai es uno de esos raros fenómenos que se ganan enseguida el cariño del público NBA, sensible a los problemas de corazón que le han impedido no sólo jugar sino simplemente entrenar con normalidad en los últimos meses. Su corazón ya parece estar listo. Pero todo aquello que lo recubre, aprisionado en clínicas y gimnasios desde que le fue detectada la anomalía, está ahora a prueba, la más importante que hasta ahora le ha tocado vivir. 

 

La carrera del primer aborigen australiano en el baloncesto profesional americano aún no ha comenzado. Pero él y su familia, naturales de la remota Bamaga, lo que un día fue tribu y hoy sigue sin llegar al millar de habitantes, alucinan con tan sólo verle ahí. El chico está verde. La verdad, casi amarillo. Así que no queda más que desearle suerte. Porque la va a necesitar. 

 

Artículo publicado en Eurosport

Perdimos la cuenta de las veces que Mourning dijo basta. Pero ya no hace falta seguir contando. Porque esta vez se va para siempre.

 

mourning

 

Su adiós pone fin a una era que creyó poder seguir pariendo pívots de la vieja escuela, de una academia que de Georgetown a UCLA defendía unos principios platónicos que Shaquille mandó al carajo a las primeras de cambio. No es que Alonzo prometiera. Es que, como Mutombo, se vio de repente entre dos aguas de la historia: la terna intocable formada por Ewing, Olajuwon y Robinson, y la nueva era abierta por su coetáneo Shaquille O’Neal, que tan sólo aguardaba la muerte de Jordan.

 

Era como si Mourning, estrenado al mundo con el fracaso mundialista de 1990, quedara ya vetado a cualquier hegemonía. Y Mourning eligió entonces la utilidad, el papel de contributor al equipo que le ofreciera un destino. Ese primer destino tuvo lugar en los desaparecidos Hornets de Charlotte, junto a Larry Johnson y el inolvidable Tyronne Bogues. Su primera postemporada, la primera en la historia del equipo, asomó cimas que a la postre no se alcanzaron. Mourning fue el autor de la puñalada a los Celtics en primera ronda y el principal problema de Ewing a la siguiente. Tal fue así que Pat Riley quedaría enamorado de aquella joven fiera prometiendo en su fuero interno hacerse con él en algún momento del futuro. Parecía imposible que la pareja Mourning-Johnson quedara rota. Como Webber y Howard, habían nacido juntos y parecía unirles un compromiso que iba más allá del juego. Pero el juego no sabe de amigos y años después resultaría doloroso contemplar cómo Mourning y Johnson acababan a puñetazo limpio en un partido del Madison, cuando Johnson ya era de los Knicks y Mourning el mástil de los Miami Heat.

 

Hasta Wade no es posible encontrar en la trayectoria de los de Florida una personalidad más relevante que la de Mourning. Su papel en la gran Historia no ha sido prioritario. Y sin embargo no se puede entender el periodo más crudo que haya conocido el baloncesto NBA sin su figura. Cuando la pintura se hizo trinchera, el baloncesto batalla y los jugadores armamento muscular, Mourning encontró su sitio. Un cuerpo de roca, unos brazos como coníferas y la imposibilidad de sustraerle el balón, eran suficientes para que Riley siguiera en activo creyendo poder repetir su gesta inacabada en la Gran Manzana.

 

El tiempo es el principal enemigo del cuerpo. A excepción de Alonzo Mourning. Porque a cada nueva reaparición, como si burlase el riñón que su hermano tuvo que prestarle para salvar la vida, exhibía una anatomía más monstruosa, una fuerza mayor, una intensidad más incandescente y una actitud en el parqué que le hacía enemigo de todos. Si el paso de los años hace perder entusiasmo a la mayoría, ahí Mourning también resultó una excepción. No había acción de juego en la que sus venas no parecieran querer reventar. Un exceso que despertaba temor y uno de esos paradójicos ejemplos que como Mahorn o Petrovic terminan diciendo: “Es un auténtico caballero fuera de pista”.

 

De quién era en realidad este sujeto dan prueba los últimos minutos de las Finales de 2006, cuando Zo, a sus 35 mil años y por unos instantes cruciales, fue el jugador más importante de cuantos estaban en pista. Porque era su momento. Y habría sido capaz de matar por que nadie se lo arrebatara. Allí acabó su carrera y de repente todo había tenido sentido.

 

Mourning debiera aparecer en toda antología que recogiese a los jugadores más duros que haya dado el baloncesto sin el uso de la violencia. Uno de esos tipos con los que acudir a toda guerra. Su presencia nunca fue testimonial. Hasta el punto que de haber acabado en los Celtics por unos meses como se venía insinuando, no habría rival este año para ellos.

 

Descanse ahora quien nunca conoció la paz.

Ya es oficial. Rudy Fernández estará presente en el concurso de mates de la NBA. Si hace veinte años, o mismamente diez, alguien nos lo hubiese adelantado le habríamos tomado por loco.

 

Una cosa está clara. De los emigrados españoles allí Rudy parece el más cómodo en su papel, el más integrado en toda esa parafernalia propiamente americana que sustenta el espectáculo NBA. O tal vez sea al revés. Porque desde un principio fueron los aficionados, y no sólo de Oregon, los que hicieron automáticamente suyo a Rudy Fernández. El célebre mate sobre Howard en la final olímpica no fue su nacimiento como jugador, pero sí el escenario donde su figura se hizo de repente universal. Una vez allí su presencia casi natural en los 'Top 10' semanales de la liga avaló, al menos inicialmente, su invitación a participar en un torneo históricamente diseñado para los jugadores de raza negra.

 

Este año una NBA que no termina de sellar el formato definitivo del concurso de mates dejó una plaza abierta en manos de la votación popular. De los tres candidatos Westbrook era sin duda quien más ganas tenía de estar allí. Las ganas se traducen en una declaración de intenciones (por la victoria) y el desarrollo de un repertorio para la gran noche. Alexander, el otro blanco, se acabó haciendo a la idea y, al margen de la comicidad de los videos, presentó el recurso (deportivo) de mayor valor: golpear su cabeza con el aro batiendo a dos piernas. Rudy, en cambio, parecía el invitado original, la nota de exotismo y pluralidad que la obstinación internacional de Stern acaba ideando en su despacho. Y la idea le ha salido bien.

 

 

Lejos queda la testimonial presencia de Kurtinaitis en el concurso de triples de 1989. Sin embargo ya no serían nada testimoniales las de Stojakovic y Nowitzki en sucesivas ediciones. Porque serbio y alemán eran ya jugadores NBA, como lo es Rudy ahora, ocupando el papel que tal vez debiera haber correspondido a Marko Milic en los dos años (98 y 99) en los que no hubo concurso.

 

Rudy será el sexto matador blanco en disputar un Slam Dunk. La historia no ha sido hasta ahora muy generosa con ellos. Chambers (1987) acudió a Seattle para cumplir con su público. Chapman pasó con relativa dignidad sus dos intervenciones (1990 y 1991) y tanto Sura (1997) como Andersen (2004 y 2005) exhibieron un nivel inferior al previsto. Tan sólo Brent Barry rompió en 1996 el curso histórico del certamen aprovechando el bajo nivel de su edición en San Antonio y demostrando, eso sí, que un blanco podía realizar el mate desde la línea del tiro libre. Pero en lo que a blancos respecta, poco más.

 

Como ya apuntamos en otra ocasión Rudy pertenece a esa selecta fuente de jugadores que se caracterizan, primerísimamente, por su ingravidez y facilidad para manejarse en las cercanías del hierro. Avalan al español sus embates al aire en 'alley oops' de alto voltaje y todo ensayo disparado a la carrera. Pero siendo sinceros Rudy Fernández es un jugador diseñado para el mate de partido y todo vuelo disparado a una pierna sin el balón en las manos (la compañía de Roy así lo ratifica). Carece de la suficiente destreza en el mate a dos piernas, y en consecuencia, de una suspensión lo bastante monstruosa como para el recreo de atributos que se precisan en las rondas altas del concurso. Rudy no es, en definitiva, un matador versátil. Pero tampoco es de esperar que acuda como aspirante.

 

Si la NBA supiera de verdad lo que hacer con estos concursos la puja de las tres plazas habría debido ir a parar a:

 

1. Henry Bekkering: posiblemente el mejor matador blanco nunca visto.

 

2. James White: el único capaz de un 'cross' desde el tiro libre.

 

3. Taurian Fontenette: autor de un 720º y próximo al 'double cross'.

 

En realidad hay un largo etcétera de aspirantes que podrían convertir el 'NBA Slam Dunk' en un verdadero y definitivo 'World Championship'. Entretanto debemos conformarnos con la cita que anualmente y cada vez con más retales se ofrece en el escenario ideal. 

 

No obstante Rudy lo tiene fácil para al menos salir airoso de la experiencia. A falta de condiciones para inscribir su nombre en la antología de los campeones, el español debiera optar por la siempre útil originalidad para meterse a público y jurado en el bolsillo. Su popularidad, tal y como muestran las votaciones, corre además a su favor. En el mejor escenario imaginable, podría incluso alcanzar la final por dos de sus tres rivales. Considerando que Dwight Howard resultará un año más inalcanzable (también dispone de sorpresa esta vez), vale recordar que Rudy Gay fue un témpano de hielo el año pasado mientras que el pequeño Nate Robinson, vencedor en 2006, corre el riesgo de acumular errores sin retorno. Esa suma de circunstancias más dos mates suyos de poderoso estreno, podrían mantenerle con vida inesperadamente y añadir un interés muy especial al tramo final del concurso.

 

Técnicamente el concurso ha experimentado desde su inicio dos crestas y una prolongada depresión. La primera cima toca a su fin con Dee Brown en 1991 antes de que el certamen perdiera referentes y calidad hasta su desaparición en 1998. La segunda cima tiene lugar en su rescate por Vince Carter en el año 2000 y desde entonces el listón se ha situado muy alto. Ya no sirve cualquier cosa para ganar y el nivel de exigencia se hace cada año mayor. Pero al menos tiene Rudy la magnífica ocasión de hacernos pasar a todos un buen rato y, por supuesto, popularizar aún más su figura a lo largo y ancho del mundo. El 'All Star Game' es el gran escaparate para ello.

 

Artículo publicado en Eurosport

Tal vez fue que subió muy arriba demasiado pronto, que aquella divina noche de Oakland iluminara su figura por todo el planeta o que al año siguiente pareciera en condiciones de conducir a su equipo a las Finales. Seguramente fueron aquellas efervescencias y su inesperada condición de jugador franquicia -'The Accidental Superstar' le llamaba la SLAM- lo que al cabo resultó una exigencia muy grande, una carga excesiva para alguien que lleva demasiado tiempo ocupando un doloroso segundo plano en la NBA.

 

 

 

Y sin embargo muy pocos están jugando este año al nivel de Vince Carter.

 

Mal día para salir en su defensa. En Boston firmó una de sus peores noches. Pero que los médicos le previnieran de jugar para que los dolores de cadera no fueran a más y él decidiera hacerlo, no es mala forma de iniciar un elogio.

 

No sólo canadienses. Muchos otros jamás le perdonaron que reconociera haber forzado su salida de Toronto insinuando incluso la peor traición, casi difícil de creer: jugar mal aposta o directamente no jugar. Los duros abucheos a cada regreso al Air Canada echaban por tierra aquella presunción de que Carter "había sido para Toronto lo que Michael Jordan a Chicago". Carter se ganó mala fama mientras su tendón de Aquiles, su rodilla izquierda y hasta su hermano Chris, con sus devaneos de cárcel, le daban cruelmente la espalda. Los propios compañeros ponían en seria duda sus lesiones. Y hasta la liga pareció renunciar a él como icono. Ya no era otro sucesor de Jordan.

 

A finales de 2004 el destino unió dos malestares: el de Kidd con su equipo y el de Carter con el suyo. Unidos en New Jersey volvieron a empezar. Había razones para que la tripleta formada por Kidd, Jefferson y Carter prometiera buenos tiempos al otro lado del Hudson. Tiempos que tan sólo su primera temporada al completo y el título de la Atlantic parecieron aproximar. Carter no pudo con los futuros campeones, Miami Heat, pero firmó en once partidos el tercer mejor promedio anotador (29.6) de todas las series. Volvieron a caer al año siguiente en las semifinales del Este y aquel presunto 'Big Three' quedaría roto para siempre, poniendo el año pasado un punto y aparte en New Jersey. Y otro más para Carter.

 

Cuando se ha querido dar cuenta está inmerso en un equipo completamente nuevo. Joven y como en viva reconstrucción las alegrías de Devin Harris y el rocoso Brook López se antojan insuficientes. New Jersey será una vez más carne de cañón, un postre que devorar alguno de los tres ogros del Este (Boston, Cleveland u Orlando). No hay mayores esperanzas allí de momento. Y eso a pesar de que Frank no quiera ni oír hablar de algo que no sea jugar la postemporada. Carter tampoco. Como lo prueba estar desatando el baloncesto más completo de su carrera (22.3 / 6.8 / 9.5 en enero). Hasta las 12 y 14 asistencias se fue ante Memphis y Milwaukee en ausencia de Harris. Y juntos, además de garantizar 46 puntos por noche, hacen de los Nets uno de los equipos más interesantes de contemplar en la actual NBA. Por imprevisibles (tanto pueden ganar en Utah como caer en casa ante los Warriors), descarados y peligrosos.

 

Para Carter el tiempo se ha esfumado aprisa. A punto de cumplir los 32 años está comprometido con un grupo de jóvenes a quienes asiste y lidera como veterano. Aun al precio de ser expulsado (en Detroit) por discutir la pérdida de una posesión o de hacerse pesado. Sus visibles instrucciones a Yi y López, a Anderson y Boone, casi de mayor volumen que las de Frank, no cesan en los más de 37 minutos que gasta por velada. Forma junto a Harris uno de los dúos más atractivos de toda la liga. Porque para el espectador ya va siendo hora de recordar que a Vince Carter da sencillamente gusto verle jugar. Habiendo perdido dos o tres grados de potencia conserva intacto todo su sentido plástico del juego. Es natural. Nunca supo hacerlo de otra manera. Y cuando elude volar al aro con recursos de tacto que remontan al mejor Julius Erving, cada uno de sus lanzamientos, disparados sin posible defensa, resultan un auténtico placer a la vista.

 

Pero puede que ahí se resuma todo y que Vinsanity no sea más que un bello riesgo.

 

A Carter no pocos le habían dado por muerto. Tal vez su carrera, o su mismo nombre, parezcan condenados a no alcanzar el anillo, a simplemente reproducirse una y otra vez en los 'Highlights' por tanto vuelo o por esa prodigiosa capacidad para decidir partidos en forma de 'buzzer beater', terreno donde no tiene rival este año. Pero a estas alturas resulta difícil creer que Carter no esté dando lo mejor de sí mismo. Lo mejor que cabe esperar de cualquier estrella. De ahí que Matthew McQueeny insistiera en recordar que contra los peores abismos de su pasado "Vince has shown the professional responsibility to honor the team that took him in at a down time, resurrected his renaissance, and guaranteed him a contract for years to come". Sencillamente Carter no tuvo la misma suerte que Ray Allen.

 

Artículo publicado en Eurosport

La reacción general que sucedió al traspaso entre Iverson y Billups, el primer gran titular del curso, elevó a portada a Joe Dumars, al próximo verano (por una vez no al siguiente) y a repensar una vez más a Iverson. Pero muy poco a los Nuggets y, por el enorme contraste de piezas, nada al análisis de juego. Todo se resumía en 1) Incertidumbre en Detroit, y 2) Poco cambiará en Denver.

 

BASKETBALL Chauncey Billups - 0

 

Ha pasado el tiempo suficiente para comprobar que tan sólo se ha cumplido el primer punto. El segundo, pudiera intuirse o no, ha escapado a todo pronóstico e incluso ha dejado corto al primer optimismo en Colorado. Los Nuggets han cambiado. No parecen otro equipo. Son otro equipo.

 

Remontemos al pasado mes de abril. El Oeste se adivinaba más fuerte que nunca. Entre el primero (L.A.) y el octavo (Denver) se abrían únicamente siete victorias. Estábamos, concibieron muchos, ante la más interesante edición de playoffs de los últimos tiempos en el Oeste. El estreno de la serie entre Phoenix y San Antonio ratificó un supuesto que duró 24 horas. Después todo se vino abajo. La primera ronda se esfumó con un apabullante 16-3 y ninguno de los eliminados contribuyó en mayor grado a la decepción que los Nuggets. Descabezados, anárquicos y como indiferentes a la derrota, los de Colorado parecían tener prisa por hacer las maletas. Las de Camby tomaron rumbo a Los Ángeles y con el nuevo año encima el equipo invitaba a la deriva.

 

De hecho el arranque fue desolador. Jazz, Lakers y ¡Warriors! daban cuenta de ellos. Tres derrotas en los cuatro primeros partidos y una única victoria sudando tinta ante los Clippers anticipaban otro año de inane carrera y, a lo peor, sin postemporada. No había más futuro en Colorado.

 

En éstas tuvo lugar el traspaso y pocos dirigieron la atención al Pepsi Center. Antes bien la marcha de Billups, traicionado, se percibió como una puñalada decisiva al corazón de Detroit e incluso al de McDyess, que renunció a vestir la azul como reforzando la idea de equipo irrelevante y hasta maldito. Hasta daba la impresión de que Billups, natural de Denver, era enviado de vuelta a su casa, un pozo que abismaría sus últimos años de carrera.

 

Nada más lejos de la realidad. Los Nuggets resucitaron al instante. El 14 a 4 con Chauncey en el equipo lo dice todo. Y si no, lo explicamos.

 

El efecto más inmediato obra de Billups ha sido ralentizar la orgía de carreras sin fuste que era Denver el año pasado. Y no es que Karl haya renunciado a ellas. Es que su autoridad táctica, más indiferente que nunca en 2008, rivalizaba con resignación al producto de contar con Melo y Iverson en el equipo. A ese baloncesto que ellos hacían mientras los demás miraban. Las noches de estreno ante Indiana, Washington y Dallas, Karl se limitó a observar. Enseguida percibió el dulce sabor que apenas recordaba de los Sonics del 96 cuando Payton era su "coach on the floor". Hasta Mark Jackson, desde su butaca de ESPN, dirigió a Karl una nostálgica mirada mientras decía: "Todo es más sencillo cuando tienes en el equipo un base de verdad".

 

Es sobre todo que Billups no sabe ni puede ni quiere jugar un baloncesto sin empaque de tantos puntos como puertas abiertas y pérdidas de balón. "Únicamente juega para ganar" , reconocía Doc Rivers tras sufrir los campeones su única derrota en casa. Billups ha puesto orden, sentido y tiempo, dotando a cada posesión de la importancia que merece. Desplazó a Carter del quinteto titular y ahora Carter, con el minutaje y rol que le pertenecen -el de base suplente-, está dando mejores prestaciones como hombre de continuidad, un papel que remite a Howard Eisley como segundo de Stockton.

 

El año pasado Denver era un coladero. Fuera y dentro. Sin Camby se adivinaba una crisis todavía mayor. Y sin embargo ha ocurrido lo contrario. Su marcha ha detonado al mejor Nene conocido. A salvo de la rodilla y el cáncer testicular, el brasileño parece ser por fin el interior animal que apuntaba desde Sao Carlos. Fresco, sano y ahora destino privilegiado de muchos balones Nene exhibe virtudes taponadoras, mantiene a raya sus faltas y es el jugador que menos errores de tiro comete en toda la NBA al modo, escribía Tom Ziller, "dunking machine".

 

La llegada de Billups ha brindado a Melo su versión de juego más inteligente. Como ocurrió con Gasol, Melo ha sido desalojado de la sorda presión del jugador franquicia y convertido en un alero con menor consumo de posesión, menor urgencia anotadora (por debajo de los 20) y lo que por fin es real: de mejor rendimiento defensivo (sus pares han pasado de acertar el 50.9 por ciento de sus tiros al 45.6) y sorprendentes virtudes reboteadoras (tan sólo Marion le adelanta entre los aleros titulares). La fuerte presencia de Nene y Martin, alternando pintura con Andersen y Balkman, ha liberado a Melo de buena parte de su juego de pintura y, en consecuencia, se le ve más fresco y generoso para su juego de tres, va menos a su aire y aparece integrado en una circulación de balón completamente nueva.

 

Billups ha templado incluso las batallas en solitario de ejemplares realmente capaces como J.R. Smith y Linas Kleiza. Ya no atacan por su cuenta y riesgo. Aguardan el momento de prudente protagonismo que Billups les proporciona. Hasta Dahntay Jones, el replicante defensivo de Nene en el perímetro, está siendo involucrado por el recién llegado en la siempre difícil tarea de abrir el pase con tal de que éste llegue a los interiores.

 

En resumen, firmaba Chris Tomasson en la Rocky Mountain, los frutos de Billups se cifran en cinco puntos básicos:

 

1. Running the team with confidence

2. Leadership

3. Experience in big games

4. Defense

5. Clutch shooting

 

Producto de todo ello Denver es otro equipo. O por fin, un equipo. Ya no es un agregado de talentos dispersos sino un producto que de entrada (Billups, Jones, Melo, Martin y Nene) ha ganado de repente un respeto desconocido. El respeto "se lo ha traído puesto" , reconocía Melo. Quintos en anotación y diferencial de puntos a favor, ocupan la sagrada cabeza del Oeste. Ahora Karl vuelve a ser un entrenador y ha cambiado su discurso. Mejor aún, lo ha recuperado (como a su hijo Coby). "Podemos ganar a cualquiera".

 

Cierto que es pronto. Pero los Nuggets, estos Nuggets, parecen en disposición de adelantarse en la cola de entrada a los rivales dubitativos (Phoenix, Dallas, Houston), los recién llegados Blazers y mirar de cara a Hornets, Jazz y Spurs.

 

Pocas veces se presentan cambios tan radicales. Y de haberlos, pocas un responsable tan directo. A ese responsable se ha referido el propio Karl como "general floor", su mariscal de campo.

 

Desde luego ya sabíamos quién era Chauncey Billups: la primera acepción del término profesional, un cerebro de juego artesano, un motor de seguridad y un alma de hacer equipo. Y ahora, la prueba perfecta de que los Nuggets corrían sin saber a dónde ir, de que la adicción a la victoria puede resultar contagiosa y que rara vez un traspaso es la respuesta.

 

Bajo una de sus geniales viñetas, donde los brazos exaltados de un aficionado hacían las de LL de Billups, el artista gráfico Drew Litton escribía: "What a huge difference one player can make. Thank goodness the Nuggets finally found a piece of the puzzle that fits. I've always been a believer in Billups. I'm glad he's back".

 

Por Denver han pasado bases de la talla de Al Smith, Chuck Williams, Fat Lever, Michael Adams, Nick Van Exel, Mark Jackson o Andre Miller. Puede que ninguno de la talla de Chauncey Billups. Al menos es el único con un anillo. El único de la actual plantilla que ha saboreado la gloria.

 

No deja de ser curioso que Billups llegara para ocupar el puesto de quien llaman The Answer.

 

Artículo publicado en Eurosport

Por resultados, por la juventud de su plantilla, por la frescura de Rudy o Aldridge, por la imponente presencia de Oden y hasta por esa equipación de doble franja eternamente fiel, los Blazers, además de atractivos, son una de las gratas sorpresas en lo que llevamos de temporada. Pero nada puede decirse de ellos sin pasar por el peaje de ese jugador erecto, elegante y calmo que es Brandon Roy. En poco más de un mes los elogios se han multiplicado a tal extremo que obligan a detenerse un poco en su figura y preguntarse el porqué de tanta alabanza.

 

Lo primero que de Roy destacaba McMillan es la poderosa serenidad que desprende y, lo que es más importante, un grado de atención defensiva en los rivales que remite a jugadores como Kobe o Wade. El nuevo técnico de los Wizards, Ed Tapscott, incluso le comparaba con Walt Frazier por su exquisito manejo del balón con ambas manos. Y yendo unas cuantas leguas más allá Ian Thomsen le refería en Sports Illustrated como "the backcourt version of Tim Duncan".

 

 

 

 

Es curioso el caso de Roy. Aparenta ser un ejemplar fuerte, resistente y compacto. Y sin embargo precedieron a su elección en el draft de 2006 serios temores sobre su propensión a las lesiones y una espalda delicada. Terminando el verano Roy se propuso un programa de fortalecimiento a base de pesas y bicicleta con el objetivo de prevenir lesiones y aumentar su resistencia a los contactos. No en vano buena parte de su juego se basa en resolver hasta el abuso los apuros de posesión buscando la falta en las penetraciones.

 

Roy dice eludir el baloncesto atlético. Reitera que su juego es primordialmente mental. "En especial -decía- esas noches en que mis piernas no están. (...) Puede que no esté saltando y corriendo, pero estaré procesando el juego". Así la imagen más gráfica que desprende es la de un baloncesto lento, rehogado, barroco, y poderosamente dominado por unas manos por las que pasa, a menudo entera, toda posesión. El equipo al completo se somete a lo que Jason Quick refería como "the methodical tempo of his play". Y esto le permite que incluso aquellas noches de partido malo, de actuación discreta, se le siga refiriendo como decisivo. Porque nada de lo que hagan los Blazers escapa a su control.

 

Pero si el poder de Roy en pista es grande, parece serlo más fuera de ella. Reconocía el propio McMillan que donde sus palabras no llegan, lo hacen las de Roy. Y los compañeros, a quienes continuamente se dirige en el banquillo y vestuario, lo aceptan como jefe hasta el punto de aguardar escuchando sus comparecencias a la prensa tras cada partido. Más que un capitán y el líder del equipo, Roy está empezando a ser lo que apuntaba el Oregonian: "The face and soul of the franchise".

 

Salvando a James y Howard, es difícil concebir un jugador de su edad en toda la NBA con semejante carta blanca para dirigir los destinos de toda una franquicia. Hasta el muro de Boston los Blazers sumaban seis victorias seguidas y catorce en sus veinte primeros partidos. Como los resultados brillan y no hay alternativa, con los Blazers ocurre que no se sabe muy bien si Roy es la coartada perfecta para McMillan o es éste quien simplemente se oculta a través de Roy. El caso es que uno y otro remontan al anterior matrimonio D'Antoni-Nash como responsables de un estilo de juego definido, efectivo y seguro.

 

Hasta este año muchas de las broncas recibidas por Sergio provenían del menor intento del chaval por acelerar el ritmo o resolver un amago de contraataque a media pista. Sin embargo resulta difícil creer que ejemplares como Aldridge, Outlaw, Rudy, Batum, Sergio y ahora Webster, no estén diseñados si no para correr sí para escapar con mayor frecuencia al paciente paso militar impuesto por Roy. Por ello no sorprende que el único contraataque de los Blazers en Toronto que dio en el 52-58 (a 9:01 en el tercero) no pasara por las manos de Roy. El robo de Blake sobre Bosh motivó una sucesión de pases sin bote que pasó por las manos de Blake, Oden, Blake, Batum y Aldridge para el mate. Durante cuatro segundos dio la impresión de que el resto escapaba a los barrotes. Y aún más: de manera sospechosamente magistral.

 

Nominalmente le llaman escolta. En la práctica, en cambio, no responde a una posición. Con el balón en las manos ejerce de base, alero e interior ante el obediente silencio de todos. Su paciente absorción de juego en los Blazers remite a la de Kobe en la transición de los Lakers entre Shaq y Gasol. Así el ritmo del partido es suyo, las victorias se le apuntan y todo logro en Oregon parece partir de sus manos.

 

Formular una alternativa de juego diferente con estos resultados se hace complicado. Marc Stein jugaba con viento favorable cuando decía: "McMillan es muy bueno. Todos dicen que deberían correr más, pero son muy jóvenes. Él tiene todo bajo control y enfatiza la defensa. Y si no pierden balones es precisamente porque no corren". Cierto que este equipo está creciendo. Pero sobre un único modelo. Tal vez válido para la temporada regular. Pero resulta inevitable anticipar un escenario de postemporada en el que los rivales pongan en práctica la misma asfixia defensiva que Spurs o Celtics ejercieron sobre LeBron James. Y será entonces cuando quepa preguntarse si la falta de versatilidad de los Blazers habrá sido el motivo de muerte prematura. Si jugadores como Oden, Aldridge o Rudy no habrán carecido de suficiente autonomía como para sobrevivir sin Brandon Roy. Al fin y al cabo todo está en sus manos.

 

Artículo publicado en Eurosport.es el 8 de diciembre.

02/12/2008

El objetivo de Kevin Garnett nunca fue ser el máximo anotador o el mejor jugador de la temporada. El objetivo de Kevin Garnett, su único sueño, fue siempre el mismo: el anillo. A medida que transcurrían sus años en Minnesota, doce nada menos, la consecución del sueño se esfumaba y parecía llenar de razón a quienes le consideraban un fake franchise player.

 

Se equivocaban. Y sin embargo Garnett es el mismo jugador de siempre. Ni ahora es la solución de los Celtics ni antes el culpable de que los Wolves no alcanzaran cotas mayores. Su importancia ha sido tal que sin él Minnesota seguiría ignorando la postemporada y Boston la bandera número 17.

 

 

Fueron tantos los años de criba y derrota, de decepción y sentencia, que ahora Garnett se encuentra en la situación soñada y no ve manera de ocultarlo. Si su nombre apareciese en el diccionario de antónimos lo haría junto a términos como calma, silencio, discreción y mesura. Alardea su corona por todos los pabellones. Y ya no hay partido que uno de sus pares, a ser posible joven y prometedor, no le sufra en toda su crudeza. Suspendido por el tortazo a Bogut, protagonista en la vacilada a toda a pista a Calderón o de mirada asesina al novato Randolph, que simplemente se atrevió a taponarle el mate, Garnett pone en juego el arte de la intimidación como recordando a sus rivales cada segundo de juego que ahora él es el monarca, y habrá de matarle quien pretenda ocupar su trono. El resto del equipo, contagiado de su energía, asume con naturalidad esa batalla mental. Incluso Ray Allen, antaño denunciante de las malas artes de Bowen, se suma sin pudor a ella: "I like the agression". En descargo de todos Kendrick Perkins y su ceño fruncido se valían de una coartada: "Guys are trying to get at us, so we're going to try to get at them first". El resultado habla por sí solo. Los vigentes campeones parecen incluso más fuertes que el año pasado y hostigan dos veces más al rival.

 

A su llegada Tom Thibodeau propuso un modelo defensivo que el equipo elevó durante el pasado curso a los mejores de la historia. De acuerdo a la Basketball Prospectus los Celtics recibieron el menor porcentaje efectivo de tiro (distinto del porcentaje simple) y provocaron el mayor número de pérdidas de balón, algo jamás igualado anteriormente por ningún otro equipo. Sin embargo, toda esa geometría defensiva habría resultado imposible sin la explosión de intensidad que los jugadores protagonizan cada noche. Una inflamación del carácter que además de victorias proporciona técnicas (19 en los 15 primeros partidos) y comienza a despertar la misma hostilidad pública que en su día suscitaron los Pistons. Lejos de poner freno Doc Rivers alienta esos fuegos que él mismo denomina emotional sabotage.

 

Ningún jugador personaliza a mayor grado ese sabotaje emocional que Kevin Garnett. Al precio de ser tan adorado por los aficionados verdes como repudiado por quienes no lo son. Pero al mismo tiempo al precio más caro de todos: la victoria. Que Garnett trata de desequilibrar mentalmente a sus rivales es una evidencia tan grande como que Jordan, Bird o el mismísimo Barkley hacían exactamente lo mismo. Pero a diferencia de ellos la fiera verde prefiere los gestos a las palabras, una agitación que lo inflama todo con esos simiescos golpes al pecho antes del salto inicial. Toda esa obscena teatralidad pasa luego factura pública. Pero entre el desprecio y la victoria Garnett tiene claro con qué quedarse.

 

Contemplar las evoluciones de Kevin Garnett cada noche no es sólo asistir al encendido teatro de un sujeto arrogante a salvo de gentilezas. Es hacerlo con el mejor defensor del planeta. Un verdadero espectáculo que degustar con morbosa fascinación. Rozando los siete pies su posición defensiva equivale a la de un felino que sitúa sus ojos a la altura del bote rival. Ya sólo esto, comportarse en defensa como un uno y un cinco, bastaría para conceder a Garnett un trono en algún punto de la historia. Ejemplos para ello, a decenas cada noche. Muy gráficamente acude una jugada en el primer cuarto ante Charlotte cuando Sean May recibía en el poste alto y sus dos segundos de visualización eran aprovechados por Garnett para ocupar su cilindro y obligarle a botar. Acto seguido recibía el tapón y May moría entonces para el resto del partido.

 

La defensa tiene reflejo estadístico. Pero la actitud defensiva no se puede medir con números. Los de Garnett apenas si han variado, y de hacerlo, incluso han descendido. La actitud, en cambio, sigue al rojo cada segundo de juego y está instalada en esa camiseta. Hay un pequeño Garnett en todos ellos, lo que en conjunto permite que sin Posey el equipo preserve sus poderes intactos. Cuentan con un líder en ataque, Paul Pierce, y otro en todo lo demás: Kevin Garnett. Si los Celtics salen a morder lo hacen siguiendo a la fiera. Si Thibodeau se hizo un genio el año pasado, lo fue por Garnett. Si los Celtics fueron campeones, que lo aclare el propio Rivers: "Seamos honestos. Sin Kevin esto no funciona".

 

A un mes de arrancar la pretemporada Garnett ya entrenaba en solitario. Repetía su recurso más común el año pasado, el tiro a media distancia. Y algo por lo que lloró en el avión tras el quinto partido de las Finales: los tiros libres (su dos errores a 2:31 habrían empatado el choque). "He changed the culture around here". Señalaba Paul Pierce a la prensa mientras Garnett, a su lado, le interrumpía para aclarar: "We changed it. We" .

 

Mientras Garnett apareció siempre derrotado en la dolorosa comparativa con Duncan, como si aquél hubiera contado alguna vez a su alrededor con jugadores como Parker, Ginobili, Robinson, Elliot, Bowen, Horry o Kerr, el economista David Berri publicaba en 2006 una curiosa obra titulada The Wages of Wins. En ella el autor elaboraba una compleja ecuación estadística a través de la que formulaba el llamado Wins Produced. El estudio concluía que en el periodo comprendido entre 2002 y 2006 el jugador que había provocado mayor número de victorias sin un apoyo equivalente no era Kobe Bryant o Tim Duncan.

 

Era Kevin Garnett.

 

Artículo publicado en Eurosport.es el 2 de diciembre.

Que Shaquille O'Neal siga en activo es una buena noticia. Que se le vea motivado, parezca en forma y suelte alguna bravata como que no le gustaría retirarse sin uno o dos anillos más, lo es todavía más. Está vivo, como siempre.

 

BASKETBALL bestia - 0

 

Hay en Shaq algo fuera de toda duda: cerca de cumplir los 37 años su sola presencia en pista sigue concentrando uno de los puntos de atención más fabulosos que las cámaras del deporte mundial pueden hoy día recoger. Sus evoluciones y gestos, la agitada relación que involuntariamente establece con árbitros, rivales y público, su monstruoso tamaño y esa gracia natural que desprende, son en suma un espectáculo riquísimo en matices. Tantos como que en cada partido valdría firmarle una crónica paralela. Shaq es uno de esos pocos individuos condenados a ser protagonistas. No pasaron ni tres segundos de competición cuando ya ocupó su primer plano. Recibió un Hack por decreto de Popovich, a quien había llamado cobarde, y los espectadores de la anécdota se contaron por millones. Fue expulsado por chocar en el cielo con Stuckey sin mayor culpa que pesar casi el doble de su víctima y corrieron ríos de tinta. Pronunció cuatro cosas de Jacko y Kobe y la prensa global corrió a hacerse eco. En sus mejores tiempos toda esa atención se medía en términos de tamaño y dominio. Por tamaño sigue siendo el más grande. Pero que asome el menor atisbo de dominio invita a saborearlo de manera muy especial. Porque es como si a cuentagotas le recuperásemos en esplendor.

 

Aquella noche de estreno en San Antonio (15/13) o los partidos con Milwaukee (29/11), Sacramento (29/13) o Portland (19/13) incluso nos han remontado, si no a sus mejores días, sí por lo menos a la estrella que aterrizó en Miami prometiendo un anillo. Shaq lucha por no diluirse. Tras un mes de competición es el segundo anotador del equipo, su mejor reboteador y su tirador más acertado (58.7), el segundo de toda la NBA. Terry Porter, el hombre que tiene la difícil misión de hacer olvidar a D'Antoni, es consciente de su importancia y como queriendo conservarlo entre algodones ha decidido someterle a un programa de descansos. Shaq no jugará dos noches seguidas.

 

No participó en Chicago y tampoco en Oklahoma. Los Suns perdieron uno y a punto estuvieron de hacerlo en el otro. Cuando Shaq ha disfrutado de dos días de descanso sus números se han ido a los 19.3 puntos y 9.8 rebotes con un 65.2 de acierto. Jugar en cambio dos noches seguidas es reducirle a 6.7 y 5.0. En Minnesota cumplió otra vez el pronóstico. El equipo ganó y él se fue a los 19 y 10. Decía Paul Coro que a todo jugador vendría bien esa doble jornada de descanso, pero si ese jugador acaricia los 150 kilos, ha cumplido los 36 largos y lleva 17 en plena batalla, la cosa es de vital importancia.

 

De hasta qué punto puede estar siéndolo nada como el sorprendente capítulo vivido ante los Lakers. A 5:24 para el descanso Boris Diaw anotaba el punto número 39 para los Suns. Entrado el tercer cuarto (9:36) Matt Barnes ponía el 50. Entre una y otra transcurrieron 7:48 minutos de juego. En ese periodo ningún otro jugador de Phoenix que no fuera O'Neal sumó algún punto. "Amazingly -exclamaba el Republic-, Nash was on the floor for all of it" . El canadiense ha sido uno de los principales afectados por el bajón de ritmo que Porter ha decidido imponer. No al grado de marginación que denunciaba Johhny Ludden en Yahoo. Pero el suficiente como para que Nash, con menor enfado que Raja Bell, pidiera tiempo para reinventarse. Al menos una décima parte del que lleva corriendo. No se olvide que Nash nunca había jugado -a excepción de Shawn Bradley- con un cinco puro. Pero tampoco que con el marcador apretando no hay situación del juego que se le resista. Nada le aleja en ese sentido de los Kobe, Bron o Pierce.

 

Decíamos el otro día de la transformación de juego en los Cavs. La verdad, ni la mitad de la que han sufrido los Suns. El modelo D'Antoni se demostró insuficiente para alcanzar el anillo. Ahora Porter propone un ritmo de posicionales relativamente flexibles donde O'Neal parece regresar al eje primordial que casi habíamos olvidado. El técnico destacaba la gran atención defensiva que todavía concentra. Lo mucho que aprendió en sus años angelinos a doblar pases bajo la peor presión al mejor destino. Con O'Neal presente, ése es el cuadro elegido. Sin él y con Barbosa recuperado, Porter da vía libre a la carrera. Por ello el gigante podría ser a la vez solución y problema. Pero de momento no les va mal. A más de 100 puntos los Suns acumulan un 9-0 y tan sólo los Lakers cuentan con mayor número de victorias en el Oeste.

 

Si en lo que llevamos de competición no hubiésemos visto a este Shaq, el más sólido desde su cuarto anillo, su protagonismo tampoco habría resultado pequeño. Hace nada se despachaba a gusto culpando a Jackson de su enemistad con Kobe, no cerraba la puerta a una retirada en Los Angeles y declaraba sin tapujos que de haber seguido allí, todos juntos, los anillos ganados no cabrían en una mano. Mediado noviembre O'Neal pasaba a formar parte de una selecta corte. Ingresaba en el Top 10 anotador en la historia de la liga. Su reacción fue, como siempre, brutalmente sincera: "Debería haber estado ahí mucho antes". Lamentaba sus no pocas ausencias y, con razón, los más de seis mil tiros libres desperdiciados en 17 años.

 

Nadie sabe muy bien dónde llegarán estos Suns. Pero con seguridad nada de lo bueno que obtengan quedará al margen de Shaq. No sería de recibo, pensó Kerr y cree firmemente Porter, contar con él como en un segundo plano, al modo de Dampier en los Mavs o Mutombo en los Rockets. Tampoco él quiere ser reserva de nadie. Si Phoenix ha de morir lo hará con un Shaq prioritario. Ése es el titular este año en Arizona.

 

Por una o por otra O'Neal seguirá siendo protagonista hasta el último día. Su magnitud histórica así lo exige. La mejor noticia es que de momento no ha caído en aquel último pozo agusanado donde vimos morir a Ewing y Olajuwon. De ahí que nadie se oponga a que ahora lo mimen entre algodones, que no es lo mismo que prolongar la vida de un cadáver de forma artificial.

 

Artículo publicado en Eurosport.es el 28 de noviembre.

Quienes hayan podido seguir el inicio de temporada de los Cavaliers habrán podido comprobar la visible transformación de su juego. En los tres últimos años el equipo de Ohio ha sido uno de los más difíciles de batir. Pero a un alto coste. La aridez de su juego ofensivo, basado en la fuerza de James y la consiguiente lotería de lados débiles, convertían a los Cavs en eficaces pero altamente previsibles. En el panorama NBA había consenso sobre lo que John Krolik definía como "one of the League's most maligned offenses and miserable teams to watch". Algo ha cambiado. Y no es aparente.

 

La llegada de Mo Williams despertó inicialmente dudas razonables sobre si era eso lo que precisaban los Cavs. ¿Un nuevo base? ¿Un director de juego junto a James? ¿No necesitaban un segundo anotador? A mitad de agosto Williams fue intervenido de una hernia. Contra prescripción médica saltó a pista antes de tiempo. Ahora su osadía se ha demostrado un acierto. Está al noventa por ciento y subiendo. Pero es que da la impresión de que el resto del equipo también. De hecho bromeaba Brian Windhorst con la idea de que habían adquirido en verano dos piezas: Mo Williams y Delonte West, esto es, 30 puntos más por noche. El escolta de Washington dejó atrás sus depresiones por su mejor versión conocida que acaricia el 50 por ciento de acierto en los triples.

 

 

Los lados débiles más descubiertos de toda la competición, cubiertos hasta el pasado mes de mayo por Delonte, Gibson y apenas Pavlovic y Wally, han dejado de ser meros espacios de tiro. Con Mo Williams los Cavs han dado paso a un ataque notablemente más ventilado y con mayores destinos para el balón. Por fin se ofrecen jugadores en media pintura y se abandona el desierto que invitaba a James a penetrar contra todos. Los interiores, algo abandonados antes a su suerte o concentrados en barrer para James, ya no aguardan pasivos el rebote ofensivo. Varejao, Ilgauskas, Wallace y Wright son ahora destinos válidos y, entre todos, se agradece el menor consumo de balón de James porque la realidad ya no lo exige.

 

Todo ello ha permitido liberar a LeBron de la parte de su juego más arriesgada: el tiro exterior. Ahora los lanzamientos se reparten eficazmente entre un backcourt menos definido pero más extenso y los interiores acceden con regularidad al balón sin que resten cinco segundos de posesión. El ataque ha dejado de estar fragmentado y las asistencias, de ser tan sólo cosa de uno.

 

El cambio es tan grande que el propio Mike Brown reconocía no sentirse ya tan encima de sus jugadores, abrir el sistema, relajarlo y dejarles jugar. El resultado se ha traducido en un incremento anotador que nadie adivinaba para un equipo de Brown. Defendiendo como siempre, Cleveland acumula de repente el cuarto mejor ataque (101.2) de la liga cuando ocupaban su pozo (24º) el año pasado; el segundo mejor diferencial (+8.1, sólo por detrás de L.A.), el mejor porcentaje de tiro en la pintura (68.6) siendo además el conjunto que menos rebotes (37.3) y tapones (3.3) permite al rival. El contagio positivo es tan general que el acierto desde la línea ha pasado del 71 al 78 por ciento. Los números reflejan la eficacia conocida. Pero precede a esas cifras una realidad más crucial. Los Cavs han dejado de ser predecibles, su ataque es más versátil y resultan ahora mucho más difíciles de defender.

 

Sobre todo ello gravita el factor más determinante: LeBron James. No anda lejos de acertar quien le refiera, ahora mismo, como el mejor jugador del mundo. El progreso de su juego parece haberse multiplicado. La nueva seguridad del perímetro ha permitido a James inclinarse a los postes bajo y medio, desprenderse antes del balón, aumentar su rango de pase y abandonar el habitual cuadro de cinco tíos encima. Y aunque el ritmo de los Cavs sigue siendo de los más bajos de la liga, ya no rehusan correr cuando hay espacio libre. Comparado ahora con el mejor Barkley, LeBron ha liberado con ello todas sus potencias como nunca antes. No se trata de números, más o menos similares. Se trata de una madurez que consigue involucrar a todos. "LeBron is basically dominating without a jumper right now" , proseguía Krolik. ¿No era éste el valor más sagrado en Jordan, Magic o Bird?

 

Hace un mes los pronósticos se inclinaban a una final entre Celtics y Lakers. Puede que no hayan variado mucho. Pero tal vez el obstáculo principal para que los Campeones revaliden no esté al otro lado del país. El titular del artículo formula una cuestión exagerada. Pero ahora mismo nadie sabe cuánto.

 

Artículo publicado en Eurosport.es el 24 de noviembre.

08/09/2008

De las incontables biografías con nuestro juego por testigo confieso que ninguna me ha dado mayores quebraderos de cabeza que la de John Brisker. Bucear en su vida sigue siendo tarea condenada al fracaso. De ella se sabe muy poco. Pero lo suficiente para tener la certeza de que se trata de uno de los más inescrutables deportistas profesionales de la historia, tal vez el más inquietante de todos y con seguridad el jugador más violento que el Baloncesto haya conocido jamás. 

 

Hace unos años, en la entrañable serie de la ABA, me atreví a perfilar su figura. Bien, ha pasado el tiempo suficiente para reconocer que aquel artículo es a la realidad lo que la copia de un niño que trataría de dibujar el Gernika, no más que una ingenua caricatura. Articulaban aquella pieza un ramillete de pequeños episodios. Juntos aproximaban una honrada silueta del personaje. Pero de un vaso de agua el artículo no era más que una gota.

 

De haber una lista que computara la cantidad de veces que un jugador hiciera sangrar a colegas de profesión, rivales o compañeros, la suma conjunta de los miembros que fueran del segundo al décimo puesto no alcanzaría ni de lejos el volumen total de fechorías y atentados cometidos por John Brisker. Si la lista registrara actos de violencia sin motivo aparente, Brisker se quedaría ya solo. Como atestiguaba Billy Knight: "Sin venir a cuento me dio un terrible puñetazo. Se quedó mirando, esperando a que yo hiciera algo. No hice nada". ¿Cómo hacerlo si hemos de creer a Mack Calvin? "Atemorizaba a todo el mundo. Incluso sus propios compañeros sentían miedo de él". En el caso de que lo hicieras, apostillaba Charlie Williams, "estabas muerto".

 

Lo que quiero decir es que desde un punto de vista psíquico no hay posible comparación con aquel hombre y su tozuda vida animal. Todas las demás bestias que el Baloncesto haya conocido, aun las peores que quepa imaginar, palidecen enfrentadas a su figura.

 

De los actos tan sólo conocidos, de aquellos de los que hay registro, Brisker protagonizó un sinfín de episodios que, vistos hoy día, parecen concebidos para otro mundo que no fuera el nuestro. Que acudiera a entrenar con pistola, que en ocasiones la empuñara y en una de ellas frente a su entrenador Nissalke -Is John starting tonight?-, quien había puesto precio a su cabeza un año antes; que se negara repetidamente a ser cambiado, que en caso de serlo se largara del pabellón, que no apareciera tras el descanso por estar apalizando a un compañero en el vestuario, que galopara grada arriba en busca del comisionado Jack Dolph para cobrar allí mismo la prima prometida, que atizara a varios miembros de los Stars tras un mal partido, que amenazara con matar a su GM si no le permitían emigrar a la NBA o que fuera el motivo de que toda una franquicia contratara un mercenario para contenerle, representan un breve trazo de síntomas que en conjunto figuran una personalidad abrumadoramente atroz, un carácter con seguridad atormentado, profundamente hostil a toda forma de convivencia y, más arriesgadamente, algún género de psicopatía irreversible.

 

Uno de los episodios nunca relatados en toda su extensión, por citar no más que otro ejemplo, lo protagonizó en diciembre del 71 en un partido ante los Rockets. A los dos minutos de juego fue expulsado por propinar un brutal codazo a su par, el alero blanco -Brisker era declaradamente racista- Art Becker. Cuando Earl Strom hizo sonar el silbato que decretaba su expulsión Brisker corrió de nuevo hacia Becker y logró volver a golpearle. Acto seguido ambos banquillos al completo saltaron a pista pero la intención de los Condors, de sus propios compañeros, era detener a Brisker, de quien sabían que era capaz de cometer lo peor. Consiguieron detenerle y a duras penas largarlo de allí. Pero antes de llegar a vestuarios Brisker logró zafarse de sus captores y regresó a pista logrando alcanzar de nuevo la posición de Becker, que ya se disponía a lanzar los tiros libres. La policía irrumpió de inmediato en la pista llevándose a Brisker detenido ante la perpleja mirada de los no más de millar y medio de espectadores del Civic. Se insiste. No se habían cumplido ni dos minutos de juego. En octubre ya había sido arrestado por agredir a un taxista. Dos de los tres policías que lo redujeron tuvieron que ser hospitalizados.

 

En aquel viejo artículo se insinuaba que "algún tipo de fuego" debía de prender en las venas de aquel hombre salvaje para no conocer en vida más que dos tipos de ánimo: el enfado y la furia, una furia sin límite que a menudo acrecía la cocaína, inyectándole los ojos en sangre y despertándole un famélico estado de agresividad que recuerda a los mismísimos zombis de 28 días. "Se lo notábamos todos -recordaba un Walter Szczerbiak que tuvo que sufrirle en los Condors del 72-. Era terrible, terrible".

 

Terminada la temporada del 75 y con múltiples dolencias físicas en su haber el propietario de los Sonics, Sam Schulman, se deshizo de Brisker mientras permanecía bien lejos del despedido. La nota que hizo pública el equipo alegaba un eufemístico "dissension". Sin haber cumplido los 29 años nada ni nadie en el Baloncesto profesional quisieron saber de él. Aún en Seattle y en alguno de los tugurios que frecuentaba -y de uno de los cuales era propietario- hizo saber que se dedicaría a los negocios de la importación y la exportación, y que Liberia sería su primer destino. De aquellos negocios no existe cuenta alguna. Antes bien varias fuentes apuntan a que las deudas le asfixiaron.

 

En la primavera de 1978 desapareció sin dejar rastro. Pero no del todo. Cuando su vida social se limitaba a un número indeterminado de amantes Brisker confió vagamente sus intenciones. Primero fue su principal pareja en Seattle, Khalilah I. Rashad, la madre de su última hija y representada después por el abogado Lem Howell en el juicio para su manutención. En abril aquella mujer recibió varias llamadas de Brisker. Fue a ella a quien confió el nombre del extraño país al que emigraba. Una noche de aquel mismo mes, el antiguo relaciones públicas de los Condors, Fred Cranwell, descubrió un mensaje en el contestador de su teléfono. Era la voz de Brisker sobre un deplorable fondo de escucha, suficiente para descifrar que Brisker pretendía luchar y que estaba dispuesto a todo con tal de hacerlo. Nada sabía el sorprendido Cranwell de una guerra civil que se libraba en algún país remoto.

 

 

 

 

Parte de las fuentes que barajó el FBI exponían un asunto extraño. Como un capricho más el dictador ugandés Idi Amin Dada habría reclamado su presencia. El corpulento Dada, de 1.93 y más de 100 kilos de peso, campeón de todos los pesos de boxeo durante diez años en su país, se decía amante de aquel juego de los aros que se practicaba en su repudiado Occidente. Brisker no lo pensó dos veces y se unió a la corte del golpista, tirano, sanguinario, genocida, analfabeto, antisemita y caníbal que se hacía llamar Su Excelencia el Presidente Vitalicio, Mariscal de Campo AlHadji Doctor Idi Amin, Señor de todas las bestias de la Tierra y de los peces del Mar y Conquistador del Imperio Británico en África y Uganda y Rey de Escocia. Brisker habría tomado un avión en dirección al aeropuerto de Entebbe y poco después realizaría las llamadas, presuntamente desde Kampala. La familia había perdido contacto con él en las navidades de 1976. Aquella fue la última comunicación que John Brisker mantuvo con el mundo de los mortales. Nada más se sabría de él.

 

Nunca.

 

Son tres las hipótesis barajadas sobre lo que pudo ocurrir con John Brisker.

 

Una de ellas sostiene que en realidad Brisker no partió a Uganda sino hacia la Guyana, entre Surinam y Venezuela, donde encontró la muerte el 18 de noviembre de 1978 en la masacre de Jonestown, en la que más de 900 personas perdieron la vida como consecuencia del mayor suicidio colectivo de que se tiene registro. Según esta teoría Brisker se habría unido aquel mismo año a la secta Templo del Pueblo, gobernada por el reverendo Jim Jones. A una posible sugestión de aquella doctrina en la atormentada alma de John Brisker se añadiría que en Jonestown había equipo de baloncesto, del que el hijo del reverendo formaba parte activa y con quien Brisker podría haber entablado relación. Sin embargo el FBI descartó esta línea de investigación cuando en 1995 se hizo pública la lista definitiva de los 918 fallecidos en Jonestown. Sujeta aún a posibles errores, el nombre de John no aparecía en el macabro listado.

 

 

 

 

La segunda hipótesis es la más aceptada por los investigadores. Según ella Brisker habría viajado a Uganda en calidad de mercenario. Durante los meses que precedieron a la deposición en 1979 del gobierno militar de Idi Amin, Brisker habría sido ajusticiado en alguna remota zona del país por uno de los escuadrones revolucionarios de oposición al gobierno o de fuerzas procedentes de Tanzania.

 

La tercera línea, acaso la más peregrina de todas pero recurrente en este tipo de historias, sugeriría la apasionante posibilidad de que Brisker siguiera aún con vida, bajo una nueva identidad, oculto del mundo en algún rincón del país africano o bien emigrado a un país árabe, convertido al Islam y en ignotas circunstancias. Movido por esta fascinante posibilidad el cronista del Seattle Post-Intelligencer, Robert Jamieson, viajó a principios de 2004 a Uganda. Durante ocho semanas Jamieson dio en diferentes ciudades y poblaciones, adentrándose incluso en las remotas áreas selváticas del país africano. Jamieson encontraría allí dos tipos de respuesta: el silencio y el imaginable "seguramente lo mataron". Todo ello encendía el imaginario a tales extremos que la expedición sugería la concebida por Ruggero Deodato en su delirante Holocausto Caníbal. Más aún, el cronista Tom Keegan insinuaba en el Lawrence Journal que Brisker podría haber sido asesinado por el mismísimo Idi Amin y devorado después por su verdugo. Son numerosas las fuentes que apuntan a que el tirano hacía suyo el ritual de devorar el corazón de sus infieles más próximos. Un altercado entre ambos monstruos habría dado con ese fatal desenlace. En verdad algo digno, tal y como sobre ello escribía Pete Jackson, de una "adventurer-narrative of a lost soul journeying to a lost land".

 

Sin rastro desde su desaparición, en 1985 el Censo de Población (Tribunal Forense) del estado de Washington le dio por fallecido a la edad que hubiese tenido entonces: 38 años. Hacía siete que no se sabía nada de él, pero aun sin cuerpo presente era momento de sellar oficialmente la defunción de un alma errante y en pena que respondía al nombre de Jonathan Brisker.

 

El año pasado quien escribe tuvo el inmenso placer de formar parte del pequeño auditorio al que se dirigió Bill Russell en la gala de la FIBA. Fue al término cuando un cierto revuelo sobre el mito condujo a los organizadores a improvisar en la salita de la Fundación Ferrándiz un encuentro con los pocos periodistas allí presentes. Hubo varios turnos de preguntas. Todas ellas, por qué no decirlo, anodinos lugares de común autocomplacencia que concernían a Gasol y Calderón, los extranjeros en la NBA y el nivel del baloncesto FIBA. A día de hoy sigo maldiciendo mi cobardía. Porque durante aquella media hora mantuve viva en la punta de la lengua la pregunta que tanto añoraba formular. Brisker fue su discípulo en los Sonics (1973-75) y con seguridad uno de los motivos por los que Russell terminaría por alejarse eternamente de los banquillos. Las preguntas se sucedían mientras yo aguardaba inseguro mi turno. Pero de pronto, con fortuna o sin ella, me invadió la sensación de que irrumpir en medio de aquella ola uniforme con una demanda del tipo "Mr. Russell, ¿recuerda usted a Jonathan Brisker?" podría haber resultado al ponente algo tan imprevisto, tan remoto e incómodo, tan extraño y violento, que finalmente decliné el intento. La intuición de un rostro congelado y un silencio cortante me pesaron demasiado.

 

Era como si la figura de Brisker siguiera despertando miedo tanto tiempo después.

12/05/2008

Concéntricos cuatro pies a los aros reposan sobre la pista dos semicírculos ovalados que definen un área conocida como restringida o Restricted Area. Su incorporación al reglamento NBA data del verano de 1997 junto a otras cuatro modificadiones entre las que destacaban el regreso a la medida original del triple o la prohibición de solicitar tiempo muerto a los jugadores en pleno salto o a punto de dar con el cuerpo fuera de las dimensiones de pista. Durante cuatro temporadas el dibujo de la Restricted Area mantuvo la silueta discontinua de cinco trazos y desde el otoño de 2001 preserva su actual diseño de un solo trazo con el objeto de que los árbitros dispongan de la visión más clara posible sobre la situación de los pies de los jugadores (a pesar de que los resultados no siempre sean los deseados).

 

La Restricted Area supuso un paso más en el avance de las gradaciones defensivas por contacto renovadas al término de la temporada del 94 con la prohibición del hand-checking fuera de la zona que tuvo como detonante principal a los Knicks de Pat Riley y, muy en especial, a un Charles Oakley cuyos antebrazos operaban de igual manera en la pintura que fuera de ella para contener el avance de los exteriores. Tres años después la RA venía a sumarse a las nuevas restricciones defensivas y de nuevo Riley, ya en Miami, aparecía sobre el mar de fondo con una maniobra táctica conocida coloquialmente como No-lay up rule según la cual las bandejas podían encarecerse al extremo de casi desaparecer. Básicamente la RA penalizaba a todos aquellos jugadores habituados a detener el último tramo de penetración de un atacante obstruyendo su trayectoria con el cuerpo y forzando un contacto fatídico para el portador del balón incluso cuando éste podía haberlo doblado.

 

 

 

En el fondo la norma pretendía poner fin al abuso de otra norma legítima. Esta norma establecía que si el defensor contaba con los dos pies en el suelo y el atacante contactaba con él derribándole la acción era penada sistemáticamente con falta de ataque. Para distinguir uso de abuso y poner freno a este último la NBA se valió de una sencilla coartada que diferenciaba pares defensivos -par 1 y par 2- al momento del contacto.

 

Con ello se conseguía una interpretación mucho más precisa que contaba con un ejemplo arquetípico: si un atacante iniciaba la penetración logrando superar a su par (1) y en su trayectoria hacia el aro un segundo par (2), quieto con los dos pies sobre el suelo, obstruía con el cuerpo su avance, cabían dos posibilidades sobre el nuevo área restringida:

 

1)     Que el contacto se produjese fuera de la RA: FALTA EN ATAQUE.

2)     Que el contacto se produjese dentro de la RA: FALTA EN DEFENSA.

 

En los dos casos se estimaba como punible una acción que operaba dentro de las Charges o cargas defensor-atacante. La razón por la que se señala este campo reside en la diferenciación de su campo hermano, que hablaba también en términos de contacto pero con resultados bien distintos: los Blocks o bloqueos en juego. Y en este segundo campo el ejemplo arquetípico y la RA adquirían otro significado:

 

Si el atacante (sin balón) trata de escapar de su par (1) por medio de los bloqueos y en su avance bajo canasta topa con un segundo par (2), quieto con los dos pies en el suelo sobre la RA y en el contacto es derribado, la RA deja de ser operativa y la falta personal será sancionada como si tuviera lugar en cualquier otro lugar de pista. De la misma manera la RA deja de ser operativa en los contactos fortuitos entre jugadores que atraviesan la zona o luchan por un rebote o un balón dividido.

 

Legal Guarding Position

 

 

Para atemperar las consecuencias de lo que podía entenderse como un abuso de las restricciones defensivas en favor de los atacantes la nueva normativa puso un gran empeño en subrayar las siempre prácticas excepciones:

 

1)              Si el atacante recibe el balón dentro de la LDB y en su avance contacta con cualquier par defensivo, la RA deja de tener validez.

2)             Si el atacante recibe el balón dentro de la LDB el contacto, caso de punible, lo será indistintamente para defensor o atacante con arreglo a las prescripciones defensivas que rigen en la LDB (no en la RA) y que permiten a los defensores contener el avance atacante con el uso de los antebrazos por encima de la cintura.

3)             Al margen de donde reciba el balón el atacante, si éste establece un contacto con la defensa "in a no-basketball manner" (con el pie o la rodilla por delante) el reglamento aplicable a la RA y la LDB deja de ser operativo castigando la acción con falta en ataque.

 

Las excepciones garantizaban así la continuidad bajo el aro de la legal guarding position. Sobre el punto 2 la normativa añadía un supuesto real: si había contradicción entre la señalización de un árbitro (que indica falta de ataque) y otro (que indica falta en defensa), podía 1) prevalecer el criterio del principal previa reunión inmediata de los tres colegiados o 2) castigarse la acción con falta doble y salto entre dos desde el centro de la pista.

 

El espíritu que movía al establecimiento de la Restricted Area era el mismo que poco después dará con el nacimiento de la Defensive Three-second Rule y que tenía como objeto desalojar en lo posible la pintura de jugadores y contactos parásitos. La RA tenía como objeto usurpar los enormes beneficios derivados de los contactos bajo el aro que terminaban forzando la falta de ataque en una proporción devastadora para los penetradores. Para ello el comité situó sobre los platos de la balanza dos esfuerzos:

 

1)     Driving to the basket. Un atacante inicia el camino desde el frontcourt hacia el aro. Su sola llegada a él presupone el sorteo de su par y parte del resto defensivo. Esfuerzo mayor.

2)     Forcing the charge. Uno de los pares, habitualmente el más próximo al hierro, abandona su hombre para con un ligero paso irrumpir con su cuerpo en la trayectoria del penetrador forzando un contacto que con el reglamento en la mano y los pies en el suelo supone falta del atacante. Esfuerzo menor.

 

Hasta el establecimiento de la RA el defensor y su esfuerzo rentaban en proporción muy superior. A partir de ella se propuso un equilibrio que consistía en un juego de espacios: el par defensivo 2 podía seguir rentando su maniobra siempre y cuando ésta no se produjera en el tramo final definido por el semicírculo.

 

En sentido figurado el aro disponía por primera vez en la historia de una fortaleza ofensiva, un anillo inmune a los contactos de suelo y la trampa del flopping. El Baloncesto, en ese pequeño espacio donde tienden a concentrarse la mayoría de las colisiones, no puede clasificar todas ellas de manera meridiana, razón por la que la RA seguirá perteneciendo a las denominadas Block/Charge Clarifications. Pero contribuye a ello como ninguna otra regla anterior, y muy en especial, trasciende el significado de su precedente, la dispersa No-charge Area, un pequeño rectángulo de 2x6 pies que proyectaba el tablero dos palmos por delante del aro y entregaba a la percepción del ojo arbitral el área restringida para rentar el contacto con falta de ataque.

 

La RA poco ha cambiado el Baloncesto. Tampoco lo pretendía por sí sola. Pero abría una puerta más al arrojo ofensivo tantas veces reprimido con éxito por la contención parásita bajo el hierro. "Básicamente -declaraba el entonces vicepresidente de operaciones de la liga, Rod Thorn- buscamos potenciar las penetraciones a canasta con la esperanza de que los equipos cuenten con más oportunidades de tiro. (...) Queremos forzar a los implicados a desarrollar el juego de la media pintura". Pesaban en la mente del comité, reunido a los pocos días de terminar las Finales, los cerca de 79 tiros a canasta por equipo la temporada anterior y el hecho, no muy alentador, de que en aquellas últimas series, que enfrentaban a Utah y Chicago -curiosamente los dos equipos más anotadores de la liga- tan sólo los Jazz lograran superar en una ocasión la barrera de los 100 puntos.

 

Diez años después y con la inestimable ayuda de los tres segundos defensivos, el tramo terminal de la pintura ha desarrollado mil y un recursos defensivos, nuevos o viejos, que no se agotan en hincar los pies bajo el aro para apuñalar al intruso. Al menos el recurso psicológico que la RA supone funciona, lo que es suficiente para aplaudir una de las normas menos comprendidas en su totalidad y por ello más denostadas de las últimas décadas.

Cada vez que un jugador acude al tiro libre el Baloncesto se convierte, de repente, en un juego de mesa. Pero ojo, sólo para el apostante” (Psicobasket, LVI).

Chuck Hayes es la prueba más rotunda de que algunos jugadores lo pasan muy mal en la línea de tiros libres. Al principio natural de inseguridad sucede el enorme peso que ejerce la soledad vigilada. Erigirse de repente en diana de miríadas de ojos en nada ayuda a que el balón obedezca. Para el mal tirador de libres se trata de un círculo vicioso que encuentra su explicación en la psique y que adquiere, en algún caso, tintes de tortura.

Preguntarnos por los peores lanzadores de libres de la historia invita a agrupar un pequeño ramillete de nombres. Bastaría revisar el archivo histórico de porcentajes para encontrar casos verdaderamente asombrosos. Se cuentan por decenas los jugadores que abandonaron la NBA con un 0 por ciento de acierto habiendo lanzado, al menos, una vez. Es un grupo poco reseñable formado por jugadores de carrera esporádica que no alcanza a la decena de partidos. A la cabeza de este grupo vale recordar el desdichado caso del pequeño Ralph Wells que, jugando para los Zephrys de 1963, únicamente para ellos, lanzó siete veces desde la línea para no anotar ni una sola. No volvió a jugar. El verano de 1968 falleció ahogado a la tierna edad de 27 años. Vaya, pues, para él nuestro recuerdo.

Cierto que por recurrentes nos acuden enseguida nombres como O’Neal, Rodman o Wallace. El último Chamberlain, harto de probaturas, terminó por tirarlos desde cinco metros sin mucho éxito. Pero los hubo peores. Bien peores. Uno de ellos fue el pívot blanco Kim Hughes, pieza clave en el título de la ABA de 1976 un año después de hacer podio en Italia con el Innocenti Milano del inolvidable Renzo Bariviera. Su problema con los libres se hizo tan evidente que acabaron por condicionar su juego. Los evitaba a toda costa con mucho juego sin balón o devolviéndolo aprisa y eludiendo ser la última opción. Así solía tirar libre de marca. Eso le hizo ser un tipo muy seguro de cara al aro (por encima siempre del 50 por ciento). Pero cuando tocaba la línea, adiós. Para verle lanzar dos tiros libres eran necesarios dos partidos, algo raro para un pívot de 2.11 y minutaje real. En el caso de Hughes los números lo dicen todo. Entre 1975 y 1981 dio en el patíbulo un total de 395 veces. En tan sólo un 33 por ciento de ellas el balón terminaba dentro.

Más que reseñables son también los casos de Eric Montross (25.8% en 2001) y Chris Dudley. Era un dolor verles tirar. El tacto de ambos flaqueaba a tal extremo que a un air ball podía suceder perfectamente un sangrante tablazo mediando entre ambos tiros no más de diez segundos. Dudley tocó fondo en New Jersey el 14 de abril de 1990. Aquella noche, ante Indiana, visitó la línea un total de 18 veces. Anotó uno. Pero es que en el último cuarto falló los 13 intentos de que dispuso.

Sin embargo es más que posible que el peor lanzador de tiros libres en la historia de la NBA responda al nombre de Garfield Smith. Hablamos de un interior que prometía en Eastern Kentucky (33 rebotes ante Marshall), más de lo que apuntó su tercera ronda y como a la altura de su elección para el combinado americano que se pegó el trastazo en el Mundial de Ljubljana de 1970. Elegido por los Celtics en el draft del 68 no hubo nunca jugador al que la línea infligiera iguales disgustos. En Smith los tiros libres no eran un premio. Eran una condena. Aquí también valdrían los números. ¿6 de 31 en toda una temporada? ¿50 de 149 en dos? ¿56 de 180 en tres? Pues sí, todos ciertos.



Pero en este caso, tal vez sólo en este caso, los números no bastan. Es necesario ir más allá para comprender la enorme deficiencia de sus brazos. Smith fue protagonista de uno de los episodios más humillantes que un profesional haya tenido que soportar en la pista de juego. Ocurrió el 17 de noviembre de 1971, cómo no, en el templo donde todo ocurría, el viejo Boston Garden, visitado aquella noche por Phoenix Suns. En un momento de partido Smith recibió una falta de tiro. En aquel entonces prevalecía la regla del 3x2, por la que un jugador que fallara uno de los dos primeros tiros tenía opción a un tercero. Smith erró el primero. Pero no fue un fallo cualquiera. El balón escoró por la izquierda como a medio metro del aro. Para el segundo Smith aguardó más tiempo como si fuera el tiempo de preparación la clave del acierto. El resultado fue el mismo. Tampoco esta vez el balón tocó hierro. Invadido entonces por un temblor ingobernable, como queriendo huir de allí cuanto antes, el tercero fue el peor ensayo de todos. El balón quedó más lejos del aro, red y tablero que los dos anteriores. En suma, Smith había lanzado tres tiros libres seguidos... ¡¡sin tocar aro!! Y no fue nada grato escuchar la reacción de la grada. De tu grada.

Los Celtics cortaron a Smith aquella misma temporada. Ningún equipo de la NBA ofreció nada por él y el jugador hubo de emigrar al otro lado del país, nada menos que a San Diego, en la hermanastra ABA. Allí jugó cinco veces más que en los Celtics –como solían los emigrados–, pero tan sólo por un año. Después no volvió a saberse.

No hasta veinte años después.

¿Recuerdan la ceremonia de despedida a Larry Bird en el Garden de 1993? De entre los innumerables invitados a la cita se contaban tres tipos que no fue sencillo encontrar. La organización se había empeñado en reunir aquella noche a cuantos jugadores de los Celtics hubiesen portado el 33 como dorsal. Finalmente se logró, no sin algunos problemas otra vez con Smith como protagonista. Y hubieron de salir a escena Ben Clyde, Steve Kuberski y nuestro amigo Garfield Smith, quien al fin y al cabo se asemejaba a Bird en dos cosas: el dorsal y no tocar hierro en los tiros libres. Tal vez la atronadora ovación que resonó en el pabellón compensó las muchas veces de sordo sufrimiento padecido en silencio cuando uno era joven y vestía de corto, y sabía a jugar a esto pero no apostar en soledad, en la insoportable soledad del patíbulo.
Se empeñaba un buen amigo en convencerme de que no había registro más inalcanzable para un jugador hoy día que el célebre triple-doble de Oscar Robertson en la temporada del 62. La historia le asiste de razón. Es uno de esos peajes nunca repetidos. Me parece aquélla una de las gestas individuales más solidarias con su autor. Robertson materializó con aquellas cifras el ideal de jugador total. Pero me sorprende que siga siendo tan oculto al público el contexto en el que aquella gesta de produce. La prensa americana lo ha explicado en incontables ocasiones. Así que no haré más que trasladar esa explicación aquí.

 

Con o sin reloj de posesión no ha habido jamás un repunte estadístico como el que conoció el periodo comprendido entre 1960 y 1963. El mismo año que incorpora los 24 segundos de posesión el Baloncesto NBA incrementa sus cifras de creación dramáticamente. Cada equipo lanza once tiros más a canasta (más de veintidós en total), el número de rebotes aumenta así como el de asistencias, y la anotación pasa de 79.5 a nada menos que 93.1 por velada. Ese crecimiento se ve acentuado en los años siguientes a 1954 hasta alcanzar en el periodo 1960-63 su máximo apogeo.

 

En la temporada de 1962 cada equipo lanza a canasta un total de 107.7 veces. Ello provoca que el número de rebotes supere los 71 y las asistencias merodeen las 24. La anotación de un equipo cualquiera superaba los 118 puntos por partido. Para hacernos una idea del brutal incremento del ritmo de juego que aquello supone, en 2004 cada equipo lanzaba a canasta un total de 79.8 veces, el número de rebotes estaba en torno a 42 y el de pases en 21. Dicho de un modo más gráfico:

 

        

 

1962

2004

Lanzamientos

107.7

79.8

Rebotes

71.4

42.2

Asistencias

23.9

21.3

Puntos

118.8

93.4

 

Luego la gesta sigue intacta, por supuesto. Pero es preciso relativizarla en su justa medida. Robertson fue el jugador que mayor rendimiento extrajo al repunte numérico que experimentó aquel periodo por razones entre las que destacar el propio papel del playmaker de los Royals, tan distinto al muy posterior de los Bucks como el Horry de los Rockets lo era de su perfil actual en los Spurs.

 

En casi medio siglo los números se han encarecido al ritmo que lo ha hecho el petróleo. Casi podrían enfrentarse ambas épocas con este único punto sobre la mesa: las cifras de creación (producto del ritmo de juego). En 1962 rara era la ocasión en que una posesión consumía más de 18 segundos. No digamos ya agotar los 24. Fue aquella una fase necesaria de crecimiento ofensivo, un periodo de transición hasta templarse nuevamente los ánimos gracias al correlativo incremento de las potencias defensivas. La entropía numérica, el equilibrio de fuerzas, representa el más importante motor de la historia que no observará cierta paridad hasta nada menos que los años noventa. 

 

 

No sólo Robertson. Revisar los números de algunos jugadores de la época equivale a representar la colosal opulencia de que todos participaron, especialmente los interiores, cuatro de los cuales (Pettit, Bellamy, Russell y Chamberlain) cerraron el año por encima de los 18 rebotes por velada. El número de rebotes es la prueba más explícita de que las oportunidades de rebote eran un 70 por ciento mayores de las que caben hoy día. ¡¡Un 70 por ciento!! Los Suns o los Warriors actuales, inoculados en aquella liga de tan sólo 9 equipos, pasarían por baloncestos de tempo lento. Lejos de ser ociosa, la comparación es oportuna.

 

En aquel quinteto formado por Oscar, Bockhorn, Twyman, Embry y Boozer, el técnico Charles Wolf practicaba una sencilla táctica ofensiva en la que Embry y Boozer, como interiores alternos, salían al bloqueo para los lanzamientos de Oscar y Twyman, antes de remontar a la carga del rebote. El pequeño Bockhorn aliviaba de bote y tiro a Robertson, que hacía -y pocas veces con tanta claridad- las de hombre libre para deslizarse por todos los espacios posibles, lanzar a canasta y prodigar el pick&roll más meridiano de la época. Robertson pisaba la pista más de 44 minutos por noche. Sus cifras, pues, son esclarecedoras de dos cosas esencialmente:

 

1) El extraordinario jugador que era como motor de producción.

2) La riqueza productiva del Baloncesto de la época, sin parangón con ninguna otra.

 

No son tan necesarias las cuentas para comprender de qué hablamos. No se trata, pues, de igualar la gesta de Robertson, como se empeñaba mi amigo. Un jugador que promediara un triple-doble a lo largo de una temporada hoy día triplicaría el valor de lo conseguido por el genial jugador de Charlotte en 1962. Un triple-doble en un partido cualquiera de nuestro tiempo adquiere un valor muy superior porque sencillamente se produce en un contexto en el que los puntos, rebotes y asistencias -los valores hegemónicos de nuestro juego- se han encarecido a su tope histórico. Me cuido de hablar del juego. Tan sólo lo hago con los registros totales que cada box score revela cada noche en nuestro Baloncesto de hoy. 

 

De todo ello no se desprende ningún demérito de Robertson. Es lo último que busca este texto. Tal vez elevar el valor de esos jugadores que, como Kidd o James, parecen abonados a ciertos valores de producción que prosiguen la línea generacional abierta por Magic Johnson, Larry Bird o el ocasional Fat Lever.

 

Nadie ha repetido la gesta de Robertson. Tan sólo dos jugadores a lo largo de la historia han logrado promediar más de 27 puntos, 7 rebotes y 7 asistencias durante tres temporadas consecutivas. James va por la cuarta. 

 

Nos hemos dotado de una óptica en la que el triple-doble es un símbolo. Harvey Pollack, su creador, puede descansar tranquilo. Pero como tal símbolo, vive de un espejismo; del estúpido erotismo histórico del doble dígito y esa fina línea que tanto parece separar al número 10 de todas sus cifras precedentes, del 9.9 hacia atrás.
01/01/2008

Bien podría presidir a todos y cada uno de los años que se esfuman el título de "se nos marcha un año interesante". Porque todos lo son. Ninguno se queda vacío. Siempre hay demasiadas cosas que recordar pero unas pocas que nunca olvidar. 2007 no quebranta este código.

 

Se fue una Copa que fue bonita mientras duró. Lo fue porque hubo rivalidad hasta la ansiada final, donde un equipo desapareció aplastado por otro que creímos entonces invencible. Por eso cuanto antes se dio por muerta a la víctima antes emergió y mayor fuerza cobraron sus gestas, que lo fueron muy por culpa, además, de un tipo que había rescatado lo mejor del mito Martín. Un título europeo nunca fue poca cosa y otro de liga ACB, saboreado en terreno del eterno rival, no tiene precio. Fue como siete años antes, pero sin Djordjevic, con celebración en la pista y la presencia de cámaras. Eso que todos ganamos.

 

Sucedió en la Copa lo contrario a la Final Four de Atenas. Allá nos quedamos sin final. Acá vivimos una fabulosa, que sucedía a dos semifinales de un juego tan sórdido que algunos creímos haber remontado a la todavía reciente Edad Media y su mezquino ajedrez de autómatas. Algún tipo de insobornable cobardía sigue acompañando a los equipos españoles cuando precisamente toca ser más valiente. Pero la final lo compensó todo. La Euroliga, con el debido respeto, bien podría haberse ahorrado sus meses de baldía competición si ésta no sirve más que para dejar vivos a los que desde el principio supimos no mejores, sino únicos dignos de un trofeo que sigue siendo el más caro.  

 

Qué importante es el marco. Y no hay Olimpo comparable en ardor al OAKA. Si me preguntaran cuál es la principal diferencia entre Europa y Estados Unidos tardaría unos segundos en encontrar el amparo de una de esas respuestas rollizas que, de ser sincero, me llevaría a contestar enseguida: ¡el sonido, la masa, lo fanático! Si a una finalísima europea le quitas el sonido la matas por completo. Ese sonido, esa brutal melodía, que no es más que el rugido de un público maldito entregado al sentido de pertenencia, es lo que dota a la Europa más clásica de la grandeza que nunca perdió. Y aquí también ganamos todos, aunque quedemos sordos.  

 

Shaun Livingston nos recordó que el deporte es también un azar peligroso, y que cuando nos quebramos, la aparente fortaleza de nuestro envoltorio desaparece y en su lugar emerge, con toda su crudeza, el vulnerable desfile de frágiles huesos que nunca dejamos de ser. La caprichosa dirección que tomó el tobillo de Garbajosa o el combado cuello de Ford nos demostraron que, aunque a veces lo parezca, el deporte no nos vuelve invertebrados.

 

No era 2007 pero sí su temporada. La temporada en que se marchó Auerbach. Y con él, uno de los océanos de nuestro planeta. No hay figura en la historia del Baloncesto sobre cuya influencia, aun sin pretenderlo, más se haya escrito. Y con todo, el volumen de lo escrito equivale en justicia a un grano de arena en el Sáhara. Este domingo el suplemento del diario El Mundo hacía las de monográfico de todas aquellas figuras relevantes que nos dejaron a lo largo de 2007. Dos de los 59 seleccionados eran hijos del Deporte: Collin McRae y Antonio Puerta. Faltaba Oerter. Faltaba Puskas. Y faltaba otro que parecía tener prisa por unirse a la divina descendencia de Auerbach, de la que todos formamos parte. Se llamaba Dennis Johnson. Y su importancia en un equipo de ensueño era tal que sin él no habría sido posible prolongar la gloria de los Celtics hasta cuando la gloria de los Celtics parecía contravenir las leyes del tiempo. Porque el equipo del año 86 encerraba un significado más propio de los años sesenta que de una era en la que todo se apresuraba a olvidar el fuego lento y levantar el Baloncesto del suelo. Auerbach también tenía la culpa. Y el año se cerró con el mejor homenaje posible de la que fuera su casa. Su Casa había sido reformada y volvía a presidir espléndida el jardín, y su verde natural, del que los Celtics habían sido amos y señores. Es como si un viejo puro aguardara ser encendido ahí arriba.

 

En la última noche de mayo, a sigilosa traición como acostumbra, la Historia decidió que era momento de añadirse una página. Una de las páginas destinadas a los muy pocos. Un adolescente con aspecto de monstruo pudo con un equipo entero como habría podido con los otros 29 de haberlos tenido aquella noche enfrente. Mientras la energía de muchos hombres, de muchos millones, del inmenso poder de toda una franquicia, decidieron que hasta ahí habían llegado, que no podían más y que todo balón fuera suyo, que el Baloncesto como deporte de equipo es un bonito principio que vulnerar cuando un jugador es el Baloncesto mismo, él demostró que había tenido sentido nacer y que, en verdad, había sido dotado con el raro don de los elegidos. Y que la historia, a pesar del ridículo empeño en detenerla al adiós de Jordan, proseguía su curso hacia nuevos nombres y metas. La temporada NBA y su imprevisible caja de sorpresas dio a su fin aquella noche. Porque a las pocas semanas el Baloncesto y su democracia irrenunciable apeló a sus principios dando a San Antonio su cuarta gloria. Poco antes también el Baloncesto, pero esta vez disputado al hectómetro, había dejado en el camino al equipo de un alemán que por primera vez había sido elegido el mejor entre los patrios. Al término de junio, de un junio muy pobre, un pequeño francés de raza negra -signo de los tiempos- contravino también el palmarés nacional de premios. Y éste sí que es el signo de los nuevos tiempos.

 

Bostezando el verano, cuando la NBA aún expiaba el daño provocado por un ludópata con silbato, todo estaba previsto para que España, la más poderosa España desde el XVII, revalidara corona en un reino esta vez más reducido. Tan reducido que algunos llegamos a pensar que la vieja majestad del Europeo que siempre contemplamos desde abajo, era una sensación del pasado y se antojaba ahora una cosa menor, como hecha a nuestra medida. Sí, era más reducido. Pero más peligroso. Y España jugaba en casa. Y según pasaban los días y caían los rivales la victoria dejó de ser el objetivo para pasar a serlo las fotos, las luces y los famosos. Así muchos, tal vez demasiados, se apresuraron a tender la alfombra a un equipo que se vio en lo más alto del podio con igual ingenuo espejismo que quienes no vieron que el tobillo de Jorge sólo estaba en perfecto estado para las partidas de pocha en la habitación del hotel. Y un ruso de raza negra -otra vez el signo de los tiempos- volvió a recordar a España que España podrá ganar, pero nunca lo hará por el nombre. Que eso sigue siendo cosa de otros, de quienes respiran ambición antes que aire.

 

Al poco nos dimos cuenta que Navarro y Scola nos dejaban, y también que tendríamos que esperar al nacimiento de un bebé de siete pies y mil futuros llamado Greg Oden. Se apagaron dos luces en la liga ACB, una liga que una tarde en Murcia alumbró la canasta más inverosímil de su joven historia. Se apagaron dos luces, pero se encendieron otras dos, jóvenes y radiantes, como lo fue siempre la fresca Badalona. Y cada minuto que pasa más sabemos de lo mucho que valen. Que nunca tuvimos nada igual. Y que cualquier parecido con la pareja Tomás&Villacampa es mera coincidencia. Pero que igual que nunca tuvimos un Ricky&Rudy, nunca dejaremos de saber que seguirán viniendo otros. Que esto es como los años, que se marcha uno pero llega otro con la maldita manía de desplazar al anterior.  

 

Por eso ningún tiempo pasado fue mejor. Tan sólo anterior.