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En el invierno de 1982, terminado el instituto, Steve Kerr no sabía cuál era su lugar exacto en el mundo. Tan sólo tenía claro querer seguir jugando al baloncesto. Y poder hacerlo en buenas condiciones.

 

Recibió entonces una llamada de la universidad de Gonzaga. Cuando se presentó al campus le aguardaba un partidillo de prueba con algunos miembros del equipo. Durante casi dos horas el tipo con el que fue emparejado humilló a Steve a tal extremo que los responsables académicos tardaron nada en devolverle a su casa. De vuelta maldecía su mala suerte y el nombre de aquel tipo, un tal John Stockton, no dejaría de martillearle hasta mucho tiempo después.

 

Casi el mismo en que volvió a recibir otra llamada. La universidad de Arizona buscaba completar la plantilla del equipo con algún jugador de rotación. Pensaron en Steve Kerr y, ahora sí, el muchacho tuvo ocasión de cumplimentar la beca ofrecida.

 

Fue un momento de inmensa alegría, uno de esos momentos que compartir aprisa con el entorno más cercano y querido. Para ello tenía que hacer una llamada antes de que sus tres hermanos e incluso su madre se enterasen de la noticia.

 

- Padre, me quedo en Arizona. Me han ofrecido una beca y formaré parte del equipo. Estudiaré Historia y Sociología. ¿No es fantástico?

 

Padre no era un hombre normal. Malcolm Kerr era el presidente de la Universidad Americana de Beirut y uno de los más consumados expertos del país en política árabe. En 1954, cursando estudios donde entonces impartía docencia, conoció a Ann Zwicker, y con ella contrajo matrimonio dos años después. Madre tampoco era una mujer normal. Sus padres, profesores del centro, habían discutido hasta la extenuación qué hacer con ella, adónde enviar a su hija. Ellos querían enviarla a estudiar a Europa, tal vez Oxford o Cambridge. Y ella estaba empeñada en hacerlo en la India. Finalmente Líbano fue el acuerdo de paz entre ambas partes. Fruto de aquella relación vendría al mundo en 1965 y allí mismo en Beirut el tercero de sus cuatro hijos, al que llamaron Steve.

 

- Naturalmente, hijo mío. Estoy muy orgulloso.

 

Cuando el matrimonio finalizó sus estudios en Líbano la familia se mudó a Los Angeles. Durante veinte años el doctor Kerr impartiría magisterio en UCLA antes de regresar a Beirut, vivir los años más duros de la guerra civil y ocupar la presidencia del organismo que combatía ideológicamente los principios más rígidos del Islam.

 

Malcolm Kerr era un hombre muy respetado. El mismísimo Kissinger estaba al corriente de su cargo y algunos de los extractos más relevantes de sus obras -Lebanon in the Last Years of Feudalism, Islamic Reform y la más influyente de todas: The Arab Cold War, todo un preludio de lo que se avecinaba en aquel polvorín- llegaron a ocupar en algún momento las estratégicas manos de Nixon y Ford en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

 

El joven Steve inició en otoño su vida universitaria. No era uno más. Era el novato más tímido que imaginar. Y como tal se comportó durante aquellas primeras semanas. Sin apenas hacer ruido.

 

Aquel miércoles de enero, su primer enero en Arizona, era otro día lectivo. Y si uno quería estar bien despierto tocaba acostarse pronto, más aún en pleno invierno. Así que cuando dieron las tres de la mañana Steve Kerr dormía profundamente en su dormitorio de la universidad. En aquel preciso instante el silencio de la noche se vio roto por el repentino clamor del teléfono. Steve tuvo la impresión de tardar horas en descolgar el aparato. Cuando lo hizo no sabía si aún soñaba por la especie de agitado jadeo que llegaba desde el otro lado.

 

- ...¿quién?

 

- ¡Steve!, ¿eres tú?

 

- Dios mío, Vake... ¿cómo me llamas a estas horas?

 

Vake Simonian era un viejo amigo de la familia Kerr. Un hombre demasiado hecho y derecho como para llamar de madrugada donde no correspondía.

 

- Steve, escúchame -Vake hizo una pausa-. ¡Han disparado a tu padre!

 

Como un resorte Steve se incorporó a ciegas en medio de la oscuridad.

 

- ¿¡Qué!?

 

- Han disparado... a tu padre.

 

Una indescriptible confusión dominó entonces al joven. Tenía que tratarse de una pesadilla. Tal vez por eso pasó violentamente su otra mano por el rostro como queriendo desperezar el aturdimiento o probar que en efecto había despertado.

 

- Pero ¡qué dices, Vake! Que han disparado...

 

- Sí.

 

- Pero él... ¿¡dónde está!? ¿¡se encuentra bien!?

 

Ahora la pausa se hizo de verdad interminable.

 

- Steve, tu padre era un gran hombre...

 

 

Malcolm Kerr había sido asesinado. La noticia corrió como la pólvora. En la prensa había muerto un alto cargo americano. Un buen titular para arrancar la mañana. En aquella habitación, en cambio, lo había hecho el sentido mismo de la vida.

 

Como todos los días el profesor se dirigía a su despacho en la universidad cuando dos hombres irrumpieron en el edificio siguiendo sus pasos. Uno de ellos disparó a bocajarro dos balas que atravesaron la cabeza del padre de Steve. La única huella del asesino era la traza que las balas habían dejado en la pared de las escaleras. Al cabo de unas horas una llamada al centro en nombre de Hezbolá se atribuyó la autoría del atentado. Pero nunca sería descubierta la identidad del terrorista. Tan sólo la certeza de que un extremista pretendía así causar daño al enemigo americano. Malcolm Kerr contaba entonces con 52 años. Steve, con 18.

 

 

 

 

"La terrible ironía -escribiría su esposa años más tarde- fue que mataron a un hombre que comprendía y amaba Oriente Próximo mucho más que cualquier otro ciudadano extranjero".

 

Dos días después de su muerte Steve se sintió aplastado por el minuto de silencio rendido en el McKale Center. En el primer balón que tocó anotó un triple. Se fue hasta los 12 puntos, su máximo hasta entonces. Cuando días más tarde llegó a escuchar desde la grada "Eh, Steve, ¿dónde está tu papá?" la sangre le hirvió lo suficiente como para matar. Pero se prometió tributar a su padre el único homenaje que podía brindarle: luchar en su nombre por algún tipo de gloria que le hiciera justicia.

 

En 1986 sufrió una grave lesión de rodilla que le apartó un año entero del equipo. Una de esas lesiones que retiraron a no pocos jugadores. Pero no podía rendirse. Luchó como un poseso por su recuperación y cuando reapareció era otro hombre. Era un hombre. Steve pasó de ser el blanco frágil y lento con las horas contadas a convertirse en uno de los emblemas de aquel equipo que alcanzó la Final Four de 1988.

 

Hoy, veinticinco años después, Steve Kerr es el director deportivo de Phoenix Suns. Pero eso apenas importa. Cuenta en su haber con nada menos que cinco anillos de la NBA y ha pasado a la historia, por una u otra razón, como uno de los secundarios más importantes que haya conocido equipo campeón y tal vez el mejor tirador que haya formado con Michael Jordan.

 

Si lo que pretendía era superar aquel terrible episodio brindando el mejor tributo posible a su padre, pocos ejemplos acuden con igual fuerza que el suyo. No era texto para entrar en detalles de sus cinco anillos, uno por cada familiar vivo. Sino de asomarse desde lo más arriba posible a una carrera deportiva que tuvo como eterno fondo aquella maldita noche de invierno algo desconocida para el gran público.