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20/10/2011

La puerta devolvió un par de golpes gastados.

 

- Adelante.

 

Bill cruzó el marco agachándose. No podía precisar las veces que había entrado allí. Sólo que cada vez que lo hacía refunfuñaba contra el responsable de aquellas puertas enanas. Siempre pensó en algún tipo de los Bruins.

 

- Hey, Russ, pasa, hombre, cómo te va. Siéntate, haz el favor.

 

El despacho de Red era más bien pequeño y opresivo. El aire se había pegado a los cientos de cosas que reposaban en paredes y estanterías, como si no quisiera salir. Trofeos y recuerdos que hacían de aquel rincón un museo entabacado. La chaqueta de Red, como contrapunto, colgaba del perchero anunciando un año más la primavera. Bill tomó asiento separando a ambos hombres una mesa de roble repleta de papeles.

 

- Tú dirás.

 

Siempre cruzaba los dedos sobre las rodillas. Era su postura de escucha.

- Bien, Russ. Te he hecho venir por algo que quiero confesarte. Llevamos diez años juntos. Sabes que nunca te oculté nada, que fuiste siempre el primero en saber cualquier decisión que tomara. Eres mi capitán, sí, pero sobre todo tú y yo somos viejos amigos, ¿no es así?

 

Con un tímido recelo Bill asintió levemente.

- Iré al grano, hijo. Lo dejo.

- ¿Qué?

- Que lo dejo. Es mi último año.

Red esperó paciente una reacción.

- ¿Te vas?

- No –subrayó además con la mano–. Quiero seguir aquí. Ésta es mi casa. Pero no como entrenador.

Bill guardó silencio.

 

Un principio que había prevalecido intacto entre ambos aseguraba que ninguno de los dos forzaría al otro a cambiar de opinión. Era una muestra de respeto. Aun así Bill lo intentó. No podía hacer otra cosa.

 

- No lo veo claro, Red. ¿Por qué… por qué no aguantas un año más? ¿Por qué ahora?

- No, Russ. Ya he tenido suficiente. Lo he meditado y es mi decisión.

- ¿Y qué pasa si perdemos?

Restaban pocos días para los playoffs y los Celtics abrían fuego ante Cincinnati.

- Nada. No tiene nada que ver con eso –y añadió una larga pausa–. Además, no vamos a perder.

 

Bill apretaba los labios contrariado. Era su única respuesta. Red se incorporó ligeramente, abrió la vieja cigarrera y extrajo un puro al que cortó la boquilla con hábito de veterano fumador. “Discúlpame”. Al cabo el despacho se llenaba de humo, de un humo blanco y denso que no iba a aflojar la fuerza de la pregunta, el único motivo de la cita.

 

- Russ, ¿quieres el trabajo?

No lo podía creer.

- No, no y no.

- ¿Seguro?

- Seguro.

No había que explicar más. Otra larga bocanada.

- Bien, pues no me queda más remedio que buscar a un entrenador. Pero quiero garantizarte algo más. No voy a contratar a nadie que no sea de tu gusto. Es el primer riesgo que quiero evitar.

- No sé qué voy a hacer sin ti. No se me ocurre ningún otro entrenador para el que yo quiera jugar.

Red lo agradeció con una suave sonrisa.

- Vamos a hacer una cosa. Vete a casa y piénsalo. Pero hazme un favor. El próximo día que vuelvas ven con una lista de cinco entrenadores. Cinco opciones. Yo haré lo mismo y los discutiremos aquí. ¿Te parece?

Bill bajó la mirada negando con la cabeza.

- No sé qué voy a hacer sin ti –repitió.

 

 

Bill Russell decía la verdad. Su verdad. Nunca pensó que Auerbach pudiera marcharse. No mientras él estuviera allí. En un segundo se había desbaratado la seguridad de que ambos estarían juntos hasta el último día. Red le era al baloncesto lo que su esposa a la vida. Mientras Marilyn había sido la única persona en hacerle creer en el amor, Auerbach fue el único entrenador que le hizo entender la necesidad de ese cargo, aceptar esa jerarquía. El único en lograrlo en toda su vida.

 

En la universidad de San Francisco el técnico Phil Woolpert no contó nunca con su impresión. Woolpert no era mal tipo y combatió por él toda la carga de odio recibida por integrar en el equipo a uno de los nueve únicos negros de todo el centro. Pero le obligaba a jugar de otra forma que no era la suya. Lo supo desde el primer momento. En su estreno Bill taponó los seis primeros tiros del rival y su reacción lo decía todo: “Oye, Russell, no puedes defender así. ¡Eso no se hace!”.

 

El siguiente en conocer, Gerald Tucker en los Juegos de Melbourne, era otro tipo que imponía su criterio. Sin matices. Al final la victoria lo cubría todo. Pero todo aquel velado desdén era algo que Bill llevó muy adentro durante años en un carácter también moldeado por las crudas renuncias de raza que la América sureña había estampado en su alma. Aquel venal recelo hacia los señores de traje, sus jefes, terminó el día que conoció a Red Auerbach.

 

La primera vez que Russell y Auerbach se vieron acompañaba al técnico en la grada Walter Brown, el dueño de los Celtics. Ambos fueron a verle jugar a Maryland, donde el equipo olímpico preparaba su cita australiana. En aquel partido Bill lo hizo tan rematadamente mal que al término se disculpó ante ellos prometiéndoles que jamás volvería a ocurrir. “Estoy impresionado, Walter –le confesó de vuelta–. Ningún jugador me había dicho jamás algo así. Cuando juegan mal todo son excusas. No sé, puede que el viejo tenga razón”.

 

El viejo era Bill Reinhart, el técnico de Auerbach en George Washington. Tan pronto vio jugar a Russell cogió el teléfono con destino a su pupilo y amigo. “Hazme caso, Red. Ese chico os hará campeones”. Y Red, más que de consejos, entendía de consejeros. Russell se convirtió así en su principal objetivo. El problema, y no flaco, era que la restricción territorial del draft no facilitaba las cosas. Y St. Louis y Rochester tenían prioridad. Por lo que Red maniobró un plan de acción que reclamaba de Brown una buena cuota de poder. “Sin tu ayuda, Walter, no podré conseguirlo”.

 

Ed Macauley, un hombre de la casa, atravesaba una honda crisis personal. Su hijo estaba muy enfermo y anhelaba volver a su St. Louis natal para estar a su lado. Auerbach empleó a Macauley como cebo prometiendo a Ben Kerner, el dueño de los Hawks, cederle también a Cliff Hagan.

 

Eso agotaba los cartuchos para, seguidamente, convencer a Rochester. Era ingenuo creer que los Royals dejarían pasar de largo a Russell por contar ya en sus filas con Maurice Stokes. “Walter, lo que sea. Ofréceles lo que sea”. Y Walter Brown accedió. Como hombre de negocios trataría personalmente el asunto con Les Harrison, el dueño de los Royals. “Les, vamos a hacer una cosa. Sabes que soy presidente de los Ice Capades. Bien. Déjanos a Russell y busca una fecha. Te enviaré a los Capades a tu pabellón durante dos semanas. Tendrás hockey las noches que tú quieras”. Aquello era un buen monto de pasta y Harrison mordió el anzuelo. Vía libre.

 

Así los Celtics se hicieron con Russell. Y al momento de su elección ningún miembro de la organización le había visto jugar en realidad.

 

La vuelta de Melbourne y la firma del contrato retrasaron su incorporación al equipo un total de 25 partidos. Bill era el único negro de la plantilla. Y tan pronto aterrizó en Boston tuvo la impresión de que también de la ciudad entera.

 

El joven Russell debutaría ante los Hawks, a los que el Garden recibía luego de dos derrotas seguidas. Antes del comienzo Red le había llevado a un aparte.

- Oye, he oído que no sabes tirar. ¿Es eso cierto?

El joven estaba hecho un manojo de nervios.

- No mucho. Todo está en la cabeza.

- Bien, sal ahí y haz lo tuyo. Yo no contraté un anotador. Me importan un comino esos tipos. Sólo quiero que hagas lo que sepas y que todo cuanto hagas nos ayude a ganar, ¿de acuerdo?

 

Bill asintió. Ningún entrenador se le había dirigido nunca así. No en términos de libertad.

 

Red le dio entrada en el primer cuarto y al poco un tapón de Bill fue anulado por goaltending. Auerbach estalló como de costumbre. “¡Eh, pero qué coño pitas!”, profirió entre una retahíla de insultos que le valieron una técnica. “Jajaja, venga, deja de arbitrar y ponte a tocar en una banda, muchacho”.

 

Cuando todo terminó y los Celtics ganaron Bill abordó a su nuevo entrenador en un rincón del vestuario.

- Gracias por defenderme.

- No me des las gracias –le advirtió–. Es mi trabajo. No puedo esperar de vosotros que luchéis por mí si yo no lo hago antes por vosotros. Sólo hago saber a esos bastardos que cada vez que nos castiguen voy a estar apretándoles el culo.

 

Bill aprendió rápido que con razón o sin ella Red era el azote de los árbitros. Especialmente de Sid Borgia, al que ahumaba con el puro a su paso por el banquillo verde alejándole pista adentro, lo que divertía a los muchachos. Pero en el fondo Russell seguía sorprendido. Aun a su tosca manera ningún hombre blanco le había defendido antes. Entrada la relación le fue inevitable descubrir a Red los reveses raciales sufridos por él y su familia. Para quitar hierro al asunto y demostrar que compartían muchas más cosas de las que el novato imaginaba, el técnico le hacía ver que su juventud no había sido mucho más gratificante.

- ¿Sabes? Me alegra que tu pellejo no sepa lo que era ser judío en Brooklyn. [“I got to deal with the same shit”].

 

Los primeros once partidos Russell salía desde el banquillo. A la duodécima vez, de visita en St. Louis, Red le dio la alternativa. “Eh, Russ, hoy saldrás en el cinco titular”. Era su gran oportunidad. Pero sin que el joven lo supiera Bob Cousy, el capitán, cruzó un par de ideas con Auerbach antes del comienzo. “Oye, Red, creo que puedo llevar a Martin al poste. Sí, déjame. Les confundirá”. Al rato Bill Sharman vino a reclamar poco menos que lo mismo. “Creo que hoy puedo hacer daño ahí abajo. Tommy y Loscy [Heinsohn y Loscutoff] tienen buena mano y yo opciones de hacerles llegar el balón”.

 

Así cuando todo comenzó Sharman y Cousy ocupaban continuamente los aledaños del aro, obligando al novato Russell a permanecer fuera y sentirse, con qué pavor lo sufrió, terriblemente inútil. En el segundo cuarto los Celtics perdían por 18 puntos y Red mordió la mesa con otro tiempo muerto. Era tradición formar corro en torno a él y hacerlo en pie, como los hombres. Pero el novato no lo hizo. Se deslizó cabizbajo hasta el fondo del banquillo y allí se dejó caer a plomo cubriéndose la cara con una toalla. Su ausencia saltaba demasiado a la vista.

- Eh, Russell, ¿¡se puede saber qué demonios haces!?

 

Para Bill era, como ganarse el respeto, ahora o nunca.

 

- Yo juego de pívot. Siempre lo hice. Juego ahí adentro, ¿sabéis? –y enardecido señalaba a los pies del aro–. No necesito ningún corro para saber cómo quitarme del medio.

Un silencio glacial se hizo en el grupo. ¿Un novato negro hablando así? En un segundo Bill se convenció de que su carrera en Boston había terminado. Pero Red era una caja de sorpresas y su pupilo le había arreglado el tiempo muerto.

 

- Ok, nadie va a jugar ahí adentro salvo Russell. ¿Habéis oído bien? Nadie.

 

Russell nunca olvidaría aquel gesto ni la noche en que nació como jugador en la NBA. El momento exacto en que ocuparía su sitio. No era sólo jugar adentro. Era hacerlo además de principio a fin.

 

La relación entre ambos maduró muy aprisa. Incluso peligrosamente, por encima del resto. Porque en el fondo aquel partido dio también vida a una nueva jerarquía en el grupo. Y todos lo sabrían en adelante.

 

Tras el All Star de 1958 un entrenamiento vio la ausencia de Russell. Y Auerbach nunca tuvo nada que esconder. “Bien, hoy tampoco estará Russ con nosotros”. Como no era la primera vez y Red sabía del recelo que aquel trato especial había despertado entre varios compañeros, era momento, pues, de aclarar las cosas. “Escuchad, no lo repetiré más veces. En este equipo hay dos tipos de reglas. Unas para Russell y otras para el resto. Punto”.

 

Todo venía de un año atrás, cuando Bill sufrió un repentino bajón de rendimiento. Red había abusado. Una vez supo de sus poderes Russ no tendría descanso. Jugaría todos los minutos de todos los partidos. Así que la primera vez que escuchó de boca del jugador “Estoy cansado” el técnico respondió con sentido común. Había que dosificarle. Y eso incluía también los entrenos.

 

Todo salió a las mil maravillas.

 

Pero aquel trato especial iba aún más lejos. En los partidos y entrenamientos Auerbach insultaba y arremetía contra sus muchachos con el único fin de motivarles. Sabía cómo inflamarles ardor y funcionaba. Cada uno se llevaba así su buena dosis de gritos. Todos salvo Russell, especialmente sensible a las afrentas.

 

Consciente de que algo así ponía en riesgo el equilibrio del grupo Red le pidió un favor muy simple. “Oye, Russ, sé que te molesta que alguien te hable mal. Pero lo siento, voy a tener que hacerlo. Sólo quiero que sepas que es por una razón. Por el grupo. Déjame insultarte a gusto, que vean que también lo hago contigo. Pero escúchame bien: nada de lo que diga tiene valor. ¿Lo entiendes? Y deja esto entre nosotros”. Bill lo aceptó sin problema.

 

En realidad no hacía más que corresponder a la fidelidad que Red le había dispensado desde el principio. Incluso alguna vez, en aquel profundo registro que sólo Bill parecía apreciar. En su primer año ambos salían del Garden cuando un aficionado les detuvo: “¡Eh, usted es… usted es Red Auerbach! ¡El entrenador de mis Celtics! ¿Me firmaría aquí, por favor?”. Russell, a quien el aficionado no prestó la menor atención, aguardó en silencio cuando el tipo se dirigió a él: “Aquí. Tú también”. Bill estalló: “¡Una mierda! ¡A mí no me hables así!, ¿te enteras?”. Y siguió a paso firme dejando a técnico y aficionado con un palmo de narices.

 

Red nunca haría la menor mención a aquel episodio que otro técnico habría interpretado como un desaire a él y su gente. Conocía además cuál era la difícil relación entre Russ y la ciudad de Boston, esencialmente blanca. Durante años Bill tragaría en silencio no pocas pruebas, algunas de cruda sorpresa. En una ocasión un hombre negro le abordó en el relajado ambiente de un bar: “Eh, Russell, formo parte de una familia de Boston. Soy miembro de su cuarta generación. ¿Y sabes una cosa? Nunca, ¿has oído? Nunca te aceptaré”.

 

Para estas cosas Red solía emplearse igual que K.C. Jones venía haciendo con Bill desde sus años en San Francisco. “No le des importancia. Tendrías que haber visto a esta gente cuando no elegí a Cousy”.

 

Pero donde la mutua protección más veces había sido puesta a prueba, era en plena pista. Y con especial intensidad, en los momentos calientes. Auerbach los tenía prácticamente a diario con todo rival. Desesperaba al técnico de los Lakers Fred Schaus encendiendo el puro, en señal de victoria, antes de terminar un partido en el que los Celtics podían ir por detrás. “Ese imbécil se pondrá nervioso. Los últimos minutos hará de todo menos dirigir bien a su equipo”. Bill solía pasarlo mal las noches de Chamberlain. En realidad nadie lo pasaba bien con él. Pero el de Boston debía además lidiar con la suicida manía de Red de arremeter con especial fuerza contra él incluso cuando apenas dos palmos los separaban. Wilt lo habría aplastado de un puñetazo. Y para evitarlo Russell corría siempre a ponerse en medio.

 

 

 

En un partido en el Convention Hall de Philadelphia Celtics y Sixers se enzarzaron en una pelea multitudinaria que algunos aficionados aprovecharon para bajar a pista. Uno de ellos cogió a Red por la espalda donde le descargó un fuerte golpe. Bill, que lo había visto con el rabillo del ojo, abandonó la melé y se apresuró hacia el tipo, al que agarró por el cuello mientras el alero local Chet Walker avisaba a sus compañeros suyos: “¡Hey, Russell va a matar a uno de los nuestros!”. Y Bill aguardaba en guardia una embestida que no se producía.

 

Era una cuestión de fidelidad. Aunque a veces Red se lo pusiera realmente difícil. Al tercer partido de las Finales de 1957 Auerbach no presentaba de inicio su mejor versión. Aún le duraba el enfado por haber perdido el estreno en casa tras dos prórrogas. Al segundo los Celtics empataron y ahora hacían de visitantes en la hostil St. Louis. En los minutos previos al choque, antes incluso del calentamiento oficial, Red ordenó a sus muchachos una informal sesión de tiro. Al poco Bill Sharman se acercó a Auerbach con una inesperada advertencia.

 

- Oye, creo que esa canasta no está a diez pies.

 

Red no lo pensó dos veces y actuó como si estuviera en su Garden. Urgió a los árbitros a que midieran delante de sus propios ojos la altura del aro. Con un operario encaramado a lo alto de la escalera Ben Kerner, el dueño de los Hawks, bajó a pista visiblemente enfurecido.

 

- ¿Se puede saber qué demonios estáis haciendo?

- Esa canasta no mide lo que debería –respondió Auerbach con calculado aplomo.

- ¿Me estás llamando tramposo, hijo de puta?

 

Red se giró y sin mediar palabra propinó a Kerner un puñetazo en la boca que no olvidaría en su vida. Russell evitó aprisa lo que a esas alturas en el Auditorium podía terminar en tragedia. Sintió que su técnico había hecho lo mismo que hizo él en la universidad ante el tipo que decidió extender por el centro el sobrenombre de snowball.

 

La canasta, antes y después de la gresca, estaba a diez pies.

 

Los Celtics ganaron aquella serie. Era la primera victoria juntos. En 19 meses Bill Russell había encadenado el título nacional de la NCAA, la medalla de oro olímpica y el anillo de la NBA. En realidad no habían hecho más que empezar. Era el primero de los muchos que vendrían después. Al año siguiente una lesión en el tobillo de Russell permitió a St. Louis tomar la revancha. Pero en los siguientes ocho ningún otro equipo pudo hacer sombra a los Celtics en la NBA.

 

Ocho años eran demasiados para cuantos sufrieron la tiranía. Pero no para los tiranos.

 

Cuando Red citó a Bill en su despacho los Celtics estaban cerca de poner fin a un periodo donde 9 de los 10 títulos en juego habían ido a parar a la ciudad de Boston. Ya no estaban Heinsohn, Cousy, Loscutoff, Sharman, Ramsey o Lovellette. Pero se habían sumado al grupo jóvenes como Nelson y Havlicek. Y aún seguían muy vivos sus viejos amigos Sam y K.C. Jones además de Satch Sanders.

 

Bill respetaba su decisión. Pero no la compartía. Era la cosa más inoportuna del mundo. Le habría gritado allí mismo que no. Que no los dejara huérfanos ahora. Que aún quedaba gloria por disfrutar. Pero no podía. Y tampoco debía hacerlo. Habría tenido el mismo efecto que Red denunciaba en otro escenario: “¿Abroncar a los jugadores tras una derrota? Sólo a un imbécil se le podría ocurrir creer que algo de lo que les digas va a entrarles en esos momentos”.

 

Así pues, la siguiente cita en el despacho presentaría las dos listas prometidas. La de Russell ni siquiera estaba completa. Ya le costaba encontrar un solo nombre como para enunciar cinco. Red en cambio podía hacerlo con varios más. Mientras Bill buscaba un buen hombre que hacerse cargo de los Celtics, Auerbach lo haría pensando en alguien que preservara a Russell intacto, libre, líder. Pero en realidad Bill había llegado sin nada, como a un examen en blanco pensando que Red captaría así el mensaje.

 

- Qué desastre, Russ. Así no hay manera. Te diría que volvieras mañana. Pero sé que harás lo mismo –y acto seguido sacó del bolsillo de la camisa un papelito que extendió en sus manos–. Mira, yo en cambio creo que tengo a tu hombre.

 

Pronunció su nombre y Bill reaccionó aprisa, con furia, casi como si lo estuviera esperando.

 

- ¿¡Qué!? Ni loco, Red. No pienso jugar para ese tipo. Si de verdad quieres traerlo haré lo mismo que tú. Dejo de jugar ahora mismo. No estaría ni en la misma habitación con ese hijo de perra.

- Vaya, no tenía ni idea de esto. No sé muy bien por qué pero aun así creo que sabrá…

- ¡No¡ –cortó en seco– ¿Qué crees, que no sé de qué individuo me estás hablando?

 

El sureño contaba con una ventaja sobre Auerbach. Y esa ventaja se traducía en información que los jugadores negros de la liga, con quienes guardaba una estrecha relación, le hacían llegar. Y especialmente aquellos que no eran estrellas. En las jornadas de los partidos le enteraban de todo. De todo cuanto merecía ser contado.

 

Bill prosiguió su encendida objeción.

 

- Ese tipo, Red, soltó en una fiesta que no podía soportar que un negro se viera con una mujer blanca. Que él estaba casado con una de ellas y que sólo de pensarlo se le removía el estómago. ¿Sabes? A mí también individuos así. Uno de mis mejores amigos ha sido entrenado por él. Estuvo a punto de prohibirle que hablara conmigo durante la temporada. No, amigo, no jugaría para ese tipo ni por todo el oro del mundo.

 

Auerbach dejó caer el papel sobre la mesa, se reclinó y luego de resoplar añadió:

- Entonces… ¿qué quieres que haga?

Bill se encogió de hombros mirando a ambos lados de la oficina, como buscando una respuesta en vano.

- No lo sé. Déjame que lo piense y te llamo.

 

Russell tomó camino a casa incapaz de pensar en otra cosa.

- Cariño, tienes la cena lista –le informó Marilyn desde la cocina.

- No quiero cenar.

 

Lo que Red por primera vez le pedía era mucho más grave que cualquier otro reclamo anterior. Mucho más difícil de cumplir. Por muchas vueltas que le diera terminaba siempre en el mismo lugar. “No hay nadie en el mundo que pueda suplirle. Al menos para mí”.

 

Acariciando la medianoche enganchó el teléfono y al rato la voz de Red salpicaba la línea:

 

- De acuerdo. Acepto.

- ¿Que aceptas qué?

- Acepto el trabajo. Yo entrenaré al equipo.

- ¿Vas a seguir jugando?

- Sí. De eso se trata.

 

Y creyó sentir, sin equivocarse, una enorme sonrisa al otro lado.

 

- ¿Sabes, Russ? Es la decisión correcta. Nadie puede motivarte mejor que tú.

Bill callaba vagamente satisfecho.

- Ah, y una última cosa. Escribirán que eres el primer negro en entrenar a un equipo en esta liga. Cállate, no les hagas el menor caso y demuéstrales que se equivocan. Demuéstrales que eres el nuevo entrenador de los Celtics.

 

No era que Red dijera la verdad. Era que siempre se anticipaba a ella.

 

 

 

Año de la cita (1966)

 

Ambos hombres volvieron así a acertar. En los tres años siguientes sólo Wilt Chamberlain reclamó por fin su trono. Era un espejismo que murió aprisa. En 1968 y 1969 los Celtics volvieron a saborear la gloria. Era la undécima vez que lo hacían en trece años. Por alguna misteriosa razón aquel espigado negro de Louisiana no podía perder. Nada había cambiado.

 

Bill lo dejó entonces y el resto de la liga suspiró de alivio. Pero a diferencia de Red, que lo meditó largamente, Russell se inclinó al mando de una revelación espontánea: “¿Qué hago yo de esta guisa delante de toda esta gente?”.

 

Ahora sí, había envejecido. Era momento de decir adiós.

 

 

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Más en: Red and Me, B. Russell & Alan Steinberg, HarperCollins Publishers, NY, 2009.