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Trecet y Salaner en el plató de Cerca de las Estrellas

En estos últimos días de octubre se cumplen veinte años de un fenómeno que no me perdonaría olvidar. Un fenómeno cuyo alcance, para la generación de que formo parte, la primera de la pequeña pantalla, no es posible describir en su totalidad. En lo sustancial, se cumplen veinte años de la emisión periódica de Baloncesto NBA en España. En lo público, se cumplen veinte años de un fenómeno sociológico esencialmente juvenil que durante un tiempo elevó al Baloncesto a las cotas de popularidad más altas jamás alcanzadas en nuestro país. En lo personal, se cumplen veinte años de algo que cambió mi vida para siempre. Es más, me alegra saber que una parte de mí sigue allí, en el cálido sofá de madrugada, con el alma encendida y la insobornable mirada de un muchacho que cada viernes noche sentía estar Cerca de las Estrellas.

 

Seguramente a los más jóvenes no les diga mucho este título que parece remontar a una gala del Moreno. Lo aclaro entonces. Cerca de la Estrellas fue el primer programa de televisión en España de contenido NBA. Los primeros escarceos de la cadena nacional con aquel mundo perdido databan de cinco años atrás, emitiendo en el Estadio 2 de los tiernos Viza y Prats, de aspecto marxista como todo presentador de entonces, entre otros, el último partido de las Finales de 1983, el decisivo séptimo del año siguiente, el sexto de 1985 o el All Star Game de 1987. Hasta el nacimiento del programa, los partidos NBA emitidos en España podían contarse con los dedos y éramos muy afortunados si una fast movie que rara vez colaba la cadena como relleno nos cogía desprevenidos delante del televisor. Eran unos pocos segundos. Pero suficientes para instalarse en la memoria eterna del alma impresionable. Éramos testigos entonces de un Baloncesto irreal como mil veces superior a cuanto hubiéramos conocido o imaginado.

 

El nacimiento de Cerca de las Estrellas no fue algo casual. El Baloncesto en España atravesaba momentos de imprevista efervescencia. La plata de Nantes y sobre todo la de Los Angeles despertaron la nueva conciencia que el Mundobasket de nuestro país mantuvo alerta. Nombres como Sabonis, Petrovic, Oscar o Galis rivalizaban con la fama de cualquier otro futbolista en el mundo. Fernando Martín hizo realidad algo que el deporte español ni había soñado y un domingo de junio de 1987 España entera se hizo griega en un partido, posiblemente el mejor en la historia de Europa, que causó verdaderos estragos entre los muchos que entregábamos la suerte del examen a su víspera. Poco después un combinado NBA aterrizaba en España entre gran expectación mientras las radios vociferaban sin pudor las canastas y la prensa pujaba por lanzar la mejor revista al mercado. El compacto oleaje atropelló incluso al fútbol, que expiaba sus pecados de gestión atravesando un serio periodo de incertidumbre. Todo corría a favor. Cuando por el mes de mayo Luis Enciso sugirió a Ramón Trecet la idea original junto a la máquina de café de la sexta planta del Ente, el destino estaba escrito porque el presente se empeñaba en demostrar que Baloncesto y Opio podían ser también la misma cosa. Y no pasó mucho tiempo antes de comprobarlo. La audiencia de la final de la Recopa de 1989 ridiculizaría a cualquiera de las retransmisiones deportivas más vistas en nuestro país hoy día.

 

Cerca de las Estrellas ha pasado a la historia como un programa de culto que no es posible comprender sino en un contexto mayor, solidario y muy favorable, a cuya realidad contribuyó como quizá ningún otro producto de la época. Su poderosa irrupción terminó por representar todo un fenómeno social en una época en que la TV apuraba su edad de los dos botones. El tiempo demostró que Cerca de las Estrellas no era únicamente un programa. Era el último episodio de una prolongada serie de dibujos animados a lo largo de la década que define a toda una generación, la última capaz de asombrarse ante la pequeña pantalla y trasladar apasionadamente su contenido a la calle. Para no pocos jóvenes, esos que hace unos veranos superaron la treintena, Cerca de las Estrellas significó el paso entre el último esplendor de la niñez y el despertar de una juventud condenada a esfumarse. La militante adhesión hacia aquel programa consiguió trascender las fronteras de la caja tonta haciéndose visibles sus consecuencias en infinidad de lugares de recreo a lo largo y ancho de la piel de toro. El fenómeno conocido como Cerca de las Estrellas llegó a invadir nuestro tiempo de recreo con la misma poderosa atracción que no mucho después usurparía el sexo ajeno y su infame ratonera de bares. Como centro de gravedad es difícil concebir algo igual.

 

Mi particular ruta del bakalao comenzaba en la noche del viernes y continuaba a la mañana, calzándome apresuradamente las zapatillas, la muñequera, el balón, y un aluvión de entusiasmo que me hacía correr y correr para llegar cuanto antes allí donde los demás habían seguido mi mismo ritual para desatar el fragor en comunión. Jugando, el tiempo se detenía, no había dolor y la guerra era la cosa más maravillosa del mundo. Nos movía a todos la ardiente ilusión de que cada uno de nuestros gestos y cestas emulaba a los dioses de la noche. Si durante el programa nos sentíamos cerca de las estrellas, al día siguiente éramos las estrellas mismas. Detenerse era una herejía que sólo la obligada cita con el mantel hacía posible. Por la tarde el ritual proseguía con la reserva intacta, hasta que la luz se apagaba del todo y sentías, ya muy tarde bajo las mantas, la quemazón de los pies y las manos, y un cuerpo de verdad agotado. El domingo todo podía repetirse con igual felicidad. Y el lunes, de regreso a clase, competíamos por que nuestra carpeta, un objeto hasta entonces hostil y vacío, fuera la más reluciente, la más colorida, la que mejor colección de fotos exhibiera. Era nuestro carné de identidad y así dejamos de esconderla en la mochila como señal de que aguárdabamos inquietos la llegada de otro viernes, mientras a diario, en el recreo, las porterías seguían cediendo al inmenso poder de los aros.

 

Qué grandes jugadores fuimos todos. Los mejores de nuestra vida, cuando la vida no parecía encerrar más misterio. No conozco a nadie de mi generación -y digo bien, a nadie- que no haya experimentado, de algún modo, la intensa realidad de aquellos hechos a cuyo abrigo llegamos a sentir el auténtico sentido vital de nuestro juego. A tal punto fue así que tengo la sensación de que todo aquello sucedió en otra vida, sin duda la mejor que he conocido.

 

Veinte años. Todo ha cambiado mucho. Demasiado. Declarar hoy devoción por aquel otro Baloncesto no es la mejor forma de ganarse amistad. Lo que un día fue hoy ya no es. Pero puede serlo momentáneamente y por eso voy a terminar con una invitación.

 

Con motivo de este aniversario tan especial el programa de radio Basketaldia ofrece la oportunidad de quedar a solas con Ramón Trecet. En la noche del 9 de noviembre quien escribe tendrá el inmenso placer de abrir en canal al principal culpable de aquellos años dorados. Por ello invito a toda una generación a remontar veinte años atrás, detener el tiempo y tratar de recobrar, siquiera por un rato, el calor y sentido perdidos.

 

 

"Todos los que amamos el baloncesto, a partir de este momento, vamos a empezar a disfrutar como enanos por cosas que hacen personas que hacen cosas que nosotros nunca haremos. Por eso los admiramos tanto" (Ramón Trecet, Cerca de las Estrellas, 6 de febrero de 1988).