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Corren días un tanto judíos. Primero era Pini Gershon haciendo de Bobby Knight en el Madison. Apenas sol y medio después un mito como Moni Fanan se quitaba la vida protagonizando una tragedia, ironía cultural, mucho menos hebrea que griega.

 

La vida y obra de Fanan en el baloncesto israelí pesa tanto como el Quijote en la literatura española. Fanan se quitó de en medio porque le habían quitado de en medio. Pero poco antes de morir vio cumplido un sueño. No era suyo únicamente. Era el de todo un pueblo. Y una vez cumplido, era como si su destino tocara también a su fin.

 

Moni Fanan hizo llegar a Omri Casspi a Maccabi en 2005. El espigado muchacho contaba con 17 años. Al término de su primer entrenamiento su compañero Yaniv Green le agarró por los hombros y mirándole fijamente a los ojos le espetó: "Tú vas a ser el primero".

 

Cuatro años después Casspi lo fue.

 

 

 

 

 

El joven alero, natural de Yavne, terminó siendo elegido por Sacramento Kings en el draft de 2009. Primera ronda. Número 23. Tres años y tres y millones y medio de dólares. El debut, ante Portland, fue un escándalo. Entró en el último cuarto y en 16 segundos ya había capturado dos rebotes antes de encadenar cuatro aciertos consecutivos de canasta. Un primer flash.

 

Es pronto. Demasiado pronto para disipar dudas. Pero Casspi ya ha hecho historia. Es el primer jugador israelí en jugar en la NBA. Y podría también llegar a ser el primero en desplazar al Maccabi de la corona de atenciones deportivas en la entusiasta Israel.

 

Es curioso si uno se formula la más lógica pregunta. Por qué tanto tiempo para ver a un hebreo debutar en la mejor liga del mundo.

 

Quien haya estudiado a fondo la historia del baloncesto en los Estados Unidos sabe de la crucial importancia de la comunidad judía en su prosperidad y desarrollo. Pero al mismo tiempo cabe recordar el proceso inverso. La importancia de lo norteamericano en el baloncesto judío.

 

Oportunamente remontamos el tiempo hasta situarnos en los recién iniciados años setenta.

 

En sentido diametralmente opuesto a la fractura del mundo entre las dos superpotencias enfrentadas (USA/URSS) y como ejemplo sobradamente revelador de cómo las relaciones políticas ejercían un influjo directo en la escena deportiva, asomaba entonces como un vértice de enorme significado el caso de Israel y su cada vez más estrecha relación con los Estados Unidos.

 

En el albor de aquella década revolucionaria la Administración Nixon incorporó a su ofensiva diplomática en el tablero mundial las graves dificultades que los ciudadanos judíos padecían para poder abandonar la Unión Soviética. En 1968 únicamente se había permitido emigrar del país a un total de 400 judíos. Con el objetivo de mejorar su imagen exterior el gobierno comunista moderó gradualmente esta situación y para 1973 la cifra anual de emigrantes judíos alcanzó los 35 mil. No obstante, el verano anterior el Kremlin decidió cobrar un impuesto de salida a estos emigrantes, conocidos como refuseniks, con el fin de que el Estado reembolsara el gasto por haber educado a los ciudadanos que decidían salir del país. Esta circunstancia no sólo detuvo la presumible sangría sino que en años posteriores la redujo casi a cero sin que se observaran cambios considerables hasta el ocaso de la URSS. Entre finales de los años ochenta y principios de los noventa más de 500 mil judíos abandonaron el país soviético. De aquel contingente humano, en torno a 350 mil se dirigieron a Israel y los restantes 150 mil lo hicieron con destino a los Estados Unidos. Irónicamente en 1976, con los refuseniks otra vez impedidos a emigrar, el baloncesto soviético había vuelto a otorgar el mando de su selección absoluta al judío Alexander Gomelsky.

 

Aquel gesto norteamericano favoreció aún más las ya de por sí amistosas relaciones con el estado de Israel y favoreció en adelante el flujo de jugadores estadounidenses hacia la nación hebrea. Para finales de los años setenta varios de aquellos fraternales visitantes habían obtenido la nacionalidad israelí y pasado a integrar la mejor selección de baloncesto que Israel había conocido en su corta historia. Casos como los de Tal Brody, Barry Leibowitz, Steve Kaplan, Lou Silver o el seleccionador Ralph Klein refrendan una implicación para la que resultaba difícil encontrar parangón. De ese formidable grupo tan sólo Tal Brody estaría ausente de la medalla de plata obtenida por Israel en el Europeo de Turín de 1979.

 

Aquella relación cada vez más estrecha entre Estados Unidos e Israel tendría su máximo exponente en el Maccabi de Tel Aviv. El equipo más poderoso y emblemático de la nación hebrea se había proclamado campeón de Europa en 1977 con una plantilla en la que el número de miembros de origen americano (Aulcie Perry, Eric Minkin, Bob Griffin, Jim Boatwright, Tal Brody, Lou Silver y el entrenador Ralph Klein) era incluso superior al número de los nacidos en Israel (Motti Aroesti, Yehoshua Schwartz y Miki Berkowitz). Con una proporcion algo más moderada el Maccabi repetiría corona europea cuatro años después, en 1981, bajo la dirección de un técnico también americano, el neoyorquino Rudy D'Amico. 

 

A raíz del fichaje el verano de 1976 del pívot Aulcie Perry merced a la presencia del director deportivo del equipo macabeo, Shmuel Maharovsky, en el campus de verano de los Knicks, y tras convertirse el propio Perry en uno de los jugadores mejor pagados del circuito europeo, el Maccabi se convertirá en adelante en uno de los destinos más apetecibles para el mercado europeo de jugadores americanos. Junto a estadounidenses nacionalizados como Brody o Silver, protagonistas de las gestas israelíes en la escena continental, Perry encabezó la apertura de una vía deportiva entre ambos países que redujo considerablemente aquellos prejuicios que identificaban a Israel con un permanente y peligroso escenario de guerra.

 

No menos cierto era que la transacción de jugadores parecía moverse en una única dirección. El nivel del baloncesto israelí, como ocurría en Grecia, aumentaba aprisa debido principalmente a las adquisiciones procedentes de los Estados Unidos. Pero aquel crecimiento general no corría paralelo al que podían experimentar los jugadores nacidos y crecidos en Israel. Tan sólo hubo una excepción, la de una figura natural de Kfar Saba de enorme personalidad que respondía al nombre de Mickey Berkowitz.

 

Como suele ocurrir con los condenados al éxito la precocidad fue su primera condición. La tutela deportiva del Maccabi le amparó desde los 11 años. A los 15 pasaba a formar parte del equipo junior y a los 17 debutaba con el senior. El verano de 1972 se convertía con 19 puntos en el hombre clave de la histórica victoria israelí (70-63) sobre la escuadra soviética en la fase previa del Europeo junior de Zadar. En los siguientes catorce años Berkowitz será un fijo en la selección hebrea, su líder natural. Nada extraño para quien no tardaría mucho en convertirse en el mejor jugador del mejor equipo de Israel. El Maccabi se alzaría con sendas Copas de Europa en 1977 y 1981. Berkowitz resultaría decisivo en ambas y crucial con la última canasta del segundo título.

 

Berkowitz fue el primer jugador israelí en materializar un sentido inverso en aquella vía abierta con Norteamérica. En 1975 ingresaba en la Universidad de Nevada-Las Vegas donde jugará un año con los Rebels -un grueso apenas testimonial de once partidos- antes de que la directiva macabea solicite su regreso por motivos obvios. No sería la única ocasión. Cuatro años después el peso de Berkowitz en el equipo de Tel Aviv y la selección de Israel era ya tan grande que difícilmente se le concebía un futuro lejos del baloncesto hebreo. En pocos años se había convertido en un emblema en el seno de una nación que concedía un valor demasiado importante a sus símbolos. El verano de 1979 Israel conquistaba su mayor gloria deportiva en la plata del Europeo de Turín. Berkowitz (33 puntos a España, 26 a Checoslovaquia) terminó siendo considerado el mejor jugador del torneo.

 

 

 Tal Brody y Mickey Berkowitz

 

Inteligente y rápido, en torno al 1.92 y diestro en las tres primeras posiciones del juego, de creciente fuerza debido a su permanente obsesión por la forma física, gran defensor, tan hábil en el juego estático como en el contraataque, con muy buen lanzamiento y un sensacional manejo del tempo de juego, Berkowitz representaba en sí mismo lo mejor de la fina evolución del baloncesto llamado europeo. Un valor específico al que añadía un cierto bagaje propiamente americano aun a pesar de su corta estancia allí.

 

Una de sus cualidades más descollantes era el dominio de situaciones de juego que presumiblemente atemorizaban a muchos otros jugadores. Ese valor eterno de las grandes estrellas que sugiere la idea de crecerse ante situaciones adversas.

 

En septiembre de 1978 los vigentes campeones de la NBA, Washington Bullets, aterrizaban en Tel Aviv para disputar un partido de exhibición ante el Maccabi. Lo que otras naciones ni habían soñado con presenciar lo disfrutó Israel con una facilidad únicamente entendible a través del sólido vínculo político antedicho entre ambos países aliados. El equipo israelí se acabó imponiendo sorprendentemente (98-97) a los Bullets con 26 puntos de Berkowitz, cinco de los cuales tuvieron lugar en los instantes cruciales de partido para tomar una ventaja (96-91) que a la postre fue definitiva. La historia ocultó durante muchos años aquel partido así como una segunda cita, acaecida dos años después cuando un combinado NBA que incluía a jugadores del calibre de Julius Erving, Moses Malone y Micheal Ray Richardson volvió a morder el polvo (114-112) en Tel Aviv otra vez ante el Maccabi. El concurso de Berkowitz en aquel encuentro volvió a resultar tan decisivo que a pesar de disputar únicamente la segunda mitad terminó anotando 20 puntos. Era como si Berkowitz no sólo no tuviera el menor problema ante los profesionales americanos, sino que incluso gustara de incrementar su valor frente a ellos.

 

A pesar de los años de oscuridad ambas citas han pasado a la historia como las primeras derrotas de equipos NBA en territorio FIBA. En un formidable trabajo de investigación publicado en 2002 bajo el insuperable título Expedientes X, Javier Gancedo arrojaba luz sobre estos y otros episodios futuros que no sólo ponían fecha a desenlaces sin precedentes, sino que radiografiaban aquella progresión geométrica del baloncesto de vanguardia fuera de los Estados Unidos. Un baloncesto de valores y estructuras que aproximaban a equipos y jugadores en infinito mayor grado que la peregrina condición amateur que postulaba la FIBA. Nadie lo expresó mejor que el técnico de los Bullets, Dick Motta, tras la derrota del 78. "El Maccabi mereció ganar porque jugaron mejor que nosotros. No jugamos contra amateurs, sino contra profesionales como nosotros".

 

En sentido contrario pero dentro de semejante relación deportiva vale recordar otras dos citas en aquella segunda mitad de los setenta. En junio de 1976, días antes de iniciarse el preolímpico de Hamilton (Ontario) con vista a los Juegos de Montreal, la selección de Israel jugaba un amistoso ante la potente selección norteamericana en el Cole Field de Maryland. Los hebreos fueron un auténtico sparring ante los americanos y la paliza (123-69) se fraguó con un espectacular 54 de 66 tiros de campo para los hombres de Dean Smith. La escuadra hebrea contaba con hasta tres nacionalizados: Tal Brody, Steve Kaplan y Ya'akov Eisner (anteriormente Jack Aizner). En el equipo israelí tan sólo el base Avigdor Moskowitz anotó más puntos (16) que Berkowitz (12), a quien correspondió la difícil papeleta de marcar a un Adrian Dantley que también se quedó en la docena.

 

Tres años después el Maccabi seguía estrechando relaciones norteamericanas. Pero por aquel entonces nadie lo haría en mayor grado que el propio Berkowitz. En la primera semana de julio se erigía como el máximo anotador (20 puntos) en un partido de exhibición que un combinado NBA disputaba en Tel Aviv con cómoda victoria americana (108-79) en la que destacaron Steve Mix (16) y Randy Smith (14). En las siguientes semanas el vínculo estadounidense de la estrella israelí se estrechó como nunca. 

 

Para finales de mes Berkowitz se encontraba en Atlanta. El motivo no era otro que probar con los Hawks en su campus de verano. Su técnico, Hubie Brown, había estado presente en Turín durante el Europeo y gustó lo suficiente de las cualidades del israelí como para concederle una invitación. Cortesía que Berkowitz aceptó encantado.

 

El programa previsto era intensivo. Cinco sesiones de entrenamiento en tres días para un total de 26 jugadores entre novatos y agentes libres. El propio Brown reconocía que era un tiempo más que suficiente para que el ojo clínico de un entrenador supiera separar el grano de la paja. No tan expresa era la realidad, ya que la plantilla definitiva abriría a lo sumo dos plazas. Y cualquier operación correspondía al técnico de manera unilateral. El nuevo mánager general, Lewis Schaffel, procedente de New Orleans, acababa de aterrizar en su nuevo empleo hacía escasamente dos semanas, por lo que Hubie Brown quedaba al mando de toda nueva contratación.

 

Terminadas las pruebas era innegable que Berkowitz contaba con virtudes que ratificaban la invitación. Su seriedad, buen hacer defensivo y una manifiesta aversión a cometer errores, si bien no sirvieron inicialmente para recibir una oferta en firme sí al menos para que Brown no lo eliminara de su libreta de opciones. Y algo así suponía su traslado a otros campus NBA; su continuidad por unas semanas en el circuito de verano de la liga profesional. Así a mediados de agosto el hebreo viajó a Nueva York con una agenda de citas muy concreta.

 

Primeramente fue invitado a disputar un partido entre profesionales, la edición número 21 del Maurice Stokes Charity Game, celebrado en Monticello, y que dio con la victoria del Blue Team sobre el Yellow Team por 109 a 106. Red Holzman, técnico de los Knicks, dirigía a los azules, liderados por Bob McAdoo y Ray Williams. A los amarillos, otro veterano de los banquillos como Red Auerbach. Berkowitz formó parte de estos últimos junto a Cedric Maxwell, el prometedor novato de Duke Jim Spanarkel y M.L. Carr, un alero fuerte que estaba a punto de firmar por los Celtics y que curiosamente había jugado en la temporada de 1975 en la liga israelí con los Sabers. Berkowitz no desentonó. Anotó cuatro puntos en un partido disputado hasta el último segundo. Un encuentro cuyo carácter amistoso no contravenía la normativa FIBA y por ello preservaba intacta la condición amateur del invitado extranjero.

 

Dos días después Berkowitz formaba parte del campus de verano de New Jersey Nets dirigido por su técnico Kevin Loughery y su director deportivo, Charlie Theokas. Durante el fin de semana entre el 16 y 18 de agosto el pabellón Montclair State College fue testigo de la dura pugna de 26 jugadores por ganarse un hueco en la plantilla. Berkowitz era el único extranjero de los presentes en un campus cuyo coste, en torno a los 12 mil dólares, había sido financiado por los dos nuevos propietarios de la franquicia, Joe Taub y Alan Cohen. Incluso el director deportivo de los Knicks, Eddie Donovan, tuvo acceso en la jornada del viernes a las evoluciones de Berkowitz y el resto de novatos y agentes libres.

 

El campus finalizó sin mayores sorpresas para el hebreo. No al menos procedentes de los Nets. Sí en cambio del equipo por el que había probado en primera instancia. Los Hawks volvieron a contactar con Berkowitz ofreciéndole la posibilidad de quedarse y disputar con ellos la pretemporada. Una operación que podía suponer un principio de acuerdo para firmar un contrato.

 

El reclamo de Atlanta se había mantenido sospechosamente en secreto. El 30 de julio Hubie Brown había comunicado a la prensa que de los 26 jugadores del campus un total de 13 pasaría a ingresar en septiembre al campus de veteranos de pretemporada. Brown incluso daba la lista de los elegidos. James Bradley, Larry Wilson y Don Marsh -sus tres primeras elecciones de draft- además de Dedrick Reffigee, T.J. Robinson, Keith Herron, Ricky Brown, Sam Pellman -el único pívot puro- y los exteriores Phil Walker, Art Collins, Kevin Woods y Tim Claxton. Una lista de doce y no trece como había anunciado.

 

Faltaba uno. Y no era otro que Mickey Berkowitz.

 

Era evidente que había un problema. Berkowitz tenía contrato en vigor con el Maccabi y sus dirigentes no estaban por la labor de perder no sólo a su principal jugador sino al líder natural de la selección hebrea cuya afición le refería como Rey de Israel. Un emblema del país convertido en el primer extranjero en ingresar en la NBA podía ser un motivo de orgullo nacional. Pero el precio a pagar tal vez era demasiado alto. Prueba de ello fue que desde el primer momento en que el equipo macabeo supo de la aventura americana de Berkowitz, hizo llegar a las oficinas de la NBA en Nueva York una notificación que informaba del contrato vigente que vinculaba al jugador con el club de Tel Aviv.

 

La NBA obró en consecuencia y para finales de julio, mientras Berkowitz estaba probando con el equipo de Atlanta, hizo llegar a todas las franquicias el aviso de aquella información remitida. Las intenciones de Hubie Brown de quedarse con Berkowitz eran del todo plausibles. Con una oferta en firme tal vez todo se redujera a entablar una negociación con el Maccabi. Pero no hubo ocasión. La negativa del club israelí partía como un presupuesto inamovible bajo la velada amenaza de acudir a los tribunales. Una circunstancia que inhibió en Berkowitz todo ánimo de emprender una escapada por su cuenta y riesgo. Se añadía además que su presencia en el campus de pretemporada tampoco era garantía de un contrato en firme. Y ello a pesar de que Brown buscaba efectivamente reforzar el backcourt del equipo. No en vano Atlanta firmaría a finales de agosto a Andre McCarter, que ni siquiera llegó a debutar con el equipo, y más tarde a Ron Lee vía traspaso con los Jazz. 

 

Todo quedó en nada. Berkowitz regresó a Israel. Y lo hizo con la doble satisfacción de saberse valorado incluso por un equipo NBA al tiempo que ratificaba su condición de héroe por haber elegido seguir debiéndose a su club y selección.

 

En Tel Aviv respiraron tranquilos.

 

Pero de aquella tranquilidad acabaron hartos.

 

Pocos imaginaban que en los siguientes treinta años, cuando la NBA había acogido a más de sesenta nacionalidades distintas, Berkowitz mantendría su espectral condición de pionero. Habría que esperar hasta 1999 para que otro jugador israelí estuviera muy cerca de ingresar en la NBA. Unos años atrás Nadav Hanefeld y Doron Sheffer, jugadores en distintos periodos de la Universidad de Connecticut, tampoco lo consiguieron. El también macabeo Oded Katash lo tuvo todo a su favor para convertirse en jugador de los Knicks. Todo salvo la huelga de la propia competición que impidió que aquella operación llegara a buen término. Lior Eliyahu y Yotam Halperin fueron los siguientes en 2006. Pero a su doble elección en aquel draft no sucedió la garantía de un contrato. Tres años después Omri Casspi es el elegido del pueblo elegido.

 

Y en éstas que Israel, uno de esos extraños países con el baloncesto por bandera, estalla de júbilo.

 

Un júbilo que irónicamente se ha teñido estos días de luto.