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02/12/2008

El objetivo de Kevin Garnett nunca fue ser el máximo anotador o el mejor jugador de la temporada. El objetivo de Kevin Garnett, su único sueño, fue siempre el mismo: el anillo. A medida que transcurrían sus años en Minnesota, doce nada menos, la consecución del sueño se esfumaba y parecía llenar de razón a quienes le consideraban un fake franchise player.

 

Se equivocaban. Y sin embargo Garnett es el mismo jugador de siempre. Ni ahora es la solución de los Celtics ni antes el culpable de que los Wolves no alcanzaran cotas mayores. Su importancia ha sido tal que sin él Minnesota seguiría ignorando la postemporada y Boston la bandera número 17.

 

 

Fueron tantos los años de criba y derrota, de decepción y sentencia, que ahora Garnett se encuentra en la situación soñada y no ve manera de ocultarlo. Si su nombre apareciese en el diccionario de antónimos lo haría junto a términos como calma, silencio, discreción y mesura. Alardea su corona por todos los pabellones. Y ya no hay partido que uno de sus pares, a ser posible joven y prometedor, no le sufra en toda su crudeza. Suspendido por el tortazo a Bogut, protagonista en la vacilada a toda a pista a Calderón o de mirada asesina al novato Randolph, que simplemente se atrevió a taponarle el mate, Garnett pone en juego el arte de la intimidación como recordando a sus rivales cada segundo de juego que ahora él es el monarca, y habrá de matarle quien pretenda ocupar su trono. El resto del equipo, contagiado de su energía, asume con naturalidad esa batalla mental. Incluso Ray Allen, antaño denunciante de las malas artes de Bowen, se suma sin pudor a ella: "I like the agression". En descargo de todos Kendrick Perkins y su ceño fruncido se valían de una coartada: "Guys are trying to get at us, so we're going to try to get at them first". El resultado habla por sí solo. Los vigentes campeones parecen incluso más fuertes que el año pasado y hostigan dos veces más al rival.

 

A su llegada Tom Thibodeau propuso un modelo defensivo que el equipo elevó durante el pasado curso a los mejores de la historia. De acuerdo a la Basketball Prospectus los Celtics recibieron el menor porcentaje efectivo de tiro (distinto del porcentaje simple) y provocaron el mayor número de pérdidas de balón, algo jamás igualado anteriormente por ningún otro equipo. Sin embargo, toda esa geometría defensiva habría resultado imposible sin la explosión de intensidad que los jugadores protagonizan cada noche. Una inflamación del carácter que además de victorias proporciona técnicas (19 en los 15 primeros partidos) y comienza a despertar la misma hostilidad pública que en su día suscitaron los Pistons. Lejos de poner freno Doc Rivers alienta esos fuegos que él mismo denomina emotional sabotage.

 

Ningún jugador personaliza a mayor grado ese sabotaje emocional que Kevin Garnett. Al precio de ser tan adorado por los aficionados verdes como repudiado por quienes no lo son. Pero al mismo tiempo al precio más caro de todos: la victoria. Que Garnett trata de desequilibrar mentalmente a sus rivales es una evidencia tan grande como que Jordan, Bird o el mismísimo Barkley hacían exactamente lo mismo. Pero a diferencia de ellos la fiera verde prefiere los gestos a las palabras, una agitación que lo inflama todo con esos simiescos golpes al pecho antes del salto inicial. Toda esa obscena teatralidad pasa luego factura pública. Pero entre el desprecio y la victoria Garnett tiene claro con qué quedarse.

 

Contemplar las evoluciones de Kevin Garnett cada noche no es sólo asistir al encendido teatro de un sujeto arrogante a salvo de gentilezas. Es hacerlo con el mejor defensor del planeta. Un verdadero espectáculo que degustar con morbosa fascinación. Rozando los siete pies su posición defensiva equivale a la de un felino que sitúa sus ojos a la altura del bote rival. Ya sólo esto, comportarse en defensa como un uno y un cinco, bastaría para conceder a Garnett un trono en algún punto de la historia. Ejemplos para ello, a decenas cada noche. Muy gráficamente acude una jugada en el primer cuarto ante Charlotte cuando Sean May recibía en el poste alto y sus dos segundos de visualización eran aprovechados por Garnett para ocupar su cilindro y obligarle a botar. Acto seguido recibía el tapón y May moría entonces para el resto del partido.

 

La defensa tiene reflejo estadístico. Pero la actitud defensiva no se puede medir con números. Los de Garnett apenas si han variado, y de hacerlo, incluso han descendido. La actitud, en cambio, sigue al rojo cada segundo de juego y está instalada en esa camiseta. Hay un pequeño Garnett en todos ellos, lo que en conjunto permite que sin Posey el equipo preserve sus poderes intactos. Cuentan con un líder en ataque, Paul Pierce, y otro en todo lo demás: Kevin Garnett. Si los Celtics salen a morder lo hacen siguiendo a la fiera. Si Thibodeau se hizo un genio el año pasado, lo fue por Garnett. Si los Celtics fueron campeones, que lo aclare el propio Rivers: "Seamos honestos. Sin Kevin esto no funciona".

 

A un mes de arrancar la pretemporada Garnett ya entrenaba en solitario. Repetía su recurso más común el año pasado, el tiro a media distancia. Y algo por lo que lloró en el avión tras el quinto partido de las Finales: los tiros libres (su dos errores a 2:31 habrían empatado el choque). "He changed the culture around here". Señalaba Paul Pierce a la prensa mientras Garnett, a su lado, le interrumpía para aclarar: "We changed it. We" .

 

Mientras Garnett apareció siempre derrotado en la dolorosa comparativa con Duncan, como si aquél hubiera contado alguna vez a su alrededor con jugadores como Parker, Ginobili, Robinson, Elliot, Bowen, Horry o Kerr, el economista David Berri publicaba en 2006 una curiosa obra titulada The Wages of Wins. En ella el autor elaboraba una compleja ecuación estadística a través de la que formulaba el llamado Wins Produced. El estudio concluía que en el periodo comprendido entre 2002 y 2006 el jugador que había provocado mayor número de victorias sin un apoyo equivalente no era Kobe Bryant o Tim Duncan.

 

Era Kevin Garnett.

 

Artículo publicado en Eurosport.es el 2 de diciembre.