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De los miles de enviados a Pekín el pasado verano pocos tan intrigados como los americanos en descubrir a esa joven perla blanca sobre la que circulaban fantásticas historias y sobre todo una que hablaba de cierta similitud. Uno de ellos, Scott Ostler, del San Francisco Gate, incluso reconoció experimentar una especie de visión en cuanto Ricky Rubio hizo acto acto de presencia ante sus ojos: "¡Dios mío, es Pistol!". Pero ni Ostler había sido el primero ni el único en exclamar algo así.

 

De un tiempo para acá domina el espacio siempre vivo de las comparaciones una que vincula a Ricky Rubio con Pistol Pete Maravich. Esta analogía nació de un irresistible parecido físico y se extendió como la pólvora convirtiéndose en un fenómeno que ratifica la velocidad a la que se desliza hoy la información sin encontrar ninguno de esos muros de resistencia que añoraba Umberto Eco y cuyo objetivo sería separar el grano de la paja, la anécdota de lo importante, la realidad de lo aparente y en última instancia la verdad de la mentira.

 

La literatura deportiva americana, tan rica y extensa que centuplica por sí sola en volumen a la del resto del planeta, gustó especialmente siempre de tres grandes campos de emoción: la glorificación de la épica, la mitología de la tragedia y la analogía. Este último campo, el más especulativo pero igual de fascinante que los otros dos, consiste en una primera fase en averiguar los precedentes y semejanzas de los deportistas que antes comienzan a despuntar. En una fase más madura y numérica el juego de la analogía se acerca algo más a la ciencia que busca enfrentar a los mejores en interminables y complejas listas. Marty Blake es un digno ejemplo de lo primero y Neil Paine de lo segundo.

 

Sin embargo el maridaje Rubio-Maravich no pertenece en rigor a ninguno de esos campos. Y si no fuera porque los niveles de obsesión incluso complican encontrar referencias a Rubio sin la compañía del mito de Louisiana despacharíamos el asunto como parecido razonable. Pero es que el fenómeno se ha escapado de las manos y forma ya viva parte de toda esa esotérica iconografía que tanto seduce a la industria de la información. Al extremo de haberse instalado cómodamente una metáfora que observaría a Ricky Rubio como la reincarnation (Ostler) de Pistol Pete o directamente como el Spanish Pistol (Michael Lee, Washington Post).

 

Suponiendo que la prensa de cada lado del mundo conozca bien a lo suyo da la impresión de que los americanos suspenden en el conocimiento de la figura española del mismo modo que la europea lo hace en el recuerdo de Maravich. Por eso se viene a denunciar aquí precisamente lo contrario: que Ricky Rubio y Pete Maravich no guardan el menor parecido, o mejor sería decir, que representan dos patrones bien diferentes de juego cuando no directamente opuestos.

 

En el origen está el problema. El inmenso atractivo de los dos pilares que han sustentado y favorecido la metáfora se resume en:

 

  • La semejanza física. La sorpresa de Ostler es universal y nadie sería capaz de encontrar las siete diferencias en el cuadro que él mismo describía: "Same long (Maravich was 6'5", Rubio 6'4"), skinny, loose-jointed frame; same slouchy, lazy-shuffle walk; same dark, mop-top hair, same prominent nose".

 

  • El componente mágico del juego. Todo ese espíritu irracional que en términos creativos separa a los jugadores cotidianos de los jugadores geniales. Acertaba Travis Heath (Hoopsworld) al decir que ambos comparten la propiedad de instintos que no pueden ser enseñados.

 

De la primera nada que objetar. Seduce hasta la fantasía que un adolescente de origen remoto con pintas de revolucionarlo todo guarde tan increíble parecido con un revolucionario maldito muerto joven y sido leyenda. Pero incluso el segundo punto resulta, para suerte del baloncesto, demasiado disperso. Las acrobacias de Michael Jordan, la enigmática sensibilidad visual de Larry Bird o el resplandor en los subterráneos del juego de Dennis Rodman tampoco pertenecen al terreno de la academia. Y sin embargo todos ellos fueron bien distintos; emplearon un idioma diferente en el lenguaje del baloncesto.  

 

 

 

 

 

 

Pete Maravich era, ante todo, un anotador compulsivo y un sujeto tocado por una divina relación con el aro, lo que relegaba a su entorno a un segundo e incluso tercer plano. En el caso de Rubio parece haber también una relación divina. Pero no con el aro, sino precisamente con su entorno, al que sitúa en un absoluto primer plano. Por eso Rubio no es ni un anotador ni un jugador especialmente dotado para el tiro a canasta, aspecto por el que Maravich pasaría a la historia como Pistol. Es la decisiva diferencia entre el que dispara y el que suministra fusiles.

 

Sorprende igualmente que la segunda analogía más vinculada a la figura de Rubio, de especial gusto en la Europa no española, sea la de Drazen Petrovic, como si también se le buscara en el viejo continente un replicante de Maravich, lo que duplicaría los mismos errores en los dos espejos. Y no deja de ser curioso que fuera un cronista americano, Alexander Wolff, quien despachara con mayor acierto el asunto Petrovic insinuando que lo único que tal vez compartan ambas figuras en su sangre deportiva sea la "mediterranean expresiveness" explotada a edades muy tiernas. El mismo Wolff fue autor de un trazo genial al sugerir que las siglas ESP que calzaba Ricky en la camiseta en Pekín no correspondían a España sino a su principal huella dactilar: Extra-Sensory Perception.

 

Es indudable que Maravich y Petrovic tenían mucho de ESP. Pero el pacto que ambos mantenían miraba exclusivamente al aro y rara vez a los compañeros. No así el joven Rubio, comprometido casi antes que con los compañeros con las ventajas. De hecho Pistol y Drazen, figuras algo sociópatas, compartían en el superlativo dominio de balón y esa terca vanidad de los que se saben superiores, un pequeño espacio reservado para el pase terminal o dramatic pass, mejor cuanto más brillante. Es decir: compartiendo los tres una formidable capacidad de pase la realidad de aquellos dos exhibía un manifiesto desequilibrio. Un pase genial por cada cien canastas.

 

Pero en ningún área se observa una brecha mayor que en el instinto defensivo, aspecto completamente esterilizado en Maravich (y el croata) cuando en Rubio puede ser una de sus virtudes más sobresalientes. Ninguna cualidad sorprendió más al ojo americano que la precocidad de Rubio para molestar con éxito el ataque rival. De ahí que Wolff recordase la figura de Walt Frazier y Bill Simmons la de Scottie Pippen.

 

Sorprende más la persistencia de la imagen cuando Lang Whitaker, el pionero en universalizar la figura de Rubio, fuese el primero en objetar la comparativa con Pistol. Para mejor situar a sus lectores Whitaker esbozó un perfil de Rubio mediante analogías mucho más honestas. A su juicio la visión de juego de Ricky remite a Jason Kidd, su dribbling a Steve Nash, su defensa a Gary Payton, la longitud de sus brazos a Rajon Rondo, su fisonomía atlética a Rip Hamilton, su distancia con los bases rivales a Steve Smith y, en conjunto, el genio del joven Magic Johnson. Un cuadro, en definitiva, más acertado pero mucho menos comercial que la cosmética referencia a Pete Maravich.

 

Y puede que en el fondo no haya ninguna diferencia mayor que la más simple de todas: por definición Rubio pertenece a la rara estirpe de jugadores -y no posiciones- capaces de dominar un partido sin lanzar a canasta. Algo así era sencillamente imposible en Pete Maravich, un absoluto genio de todo ese baloncesto que arranca y termina en las mismas manos. Maravich era una pasión técnica. Rubio, una pasión táctica.

 

De acuerdo en lo bonito de las referencias a Maravich. Pero no más allá de un bonito parecido razonable.

 

Pensar lo contrario es hacer flaco favor al chaval. Y de seguir inflando las cosas, las expectativas que América podría situar sobre los endebles hombros de Ricky Rubio podrían acabar en mayúscula decepción. Y todo porque se le confundió con la persona equivocada.