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A menudo las cosas más simples son las más hermosas.

 

Desde mediados de diciembre salpican los grandes canales americanos de TV, especialmente los deportivos, dos pequeñas joyas para la pantalla que merecen por lo poco unas líneas. Y las merecen porque encierran un misterio que tal vez sólo la sensibilidad de los verdaderamente apasionados por el baloncesto esté en condiciones de descifrar.

 

En estas semanas de enero, que anualmente actúan como preludio a la fiesta del All Star Game, no hay emisión NBA en las grandes cadenas que no arranque con ese par de deliciosas promos, de una impecable factura artística parte de cuyo fondo se viene hoy aquí a explicar.

 

A idea original del NBA Entertainment como nueva campaña con que potenciar el Concurso de Mates de 2010, la realización de los dos spots fue solicitada por el gigante Coca Cola a la agencia de publicidad Bartle Bogle Hegarty. Esbozada la idea sobre el papel, un nutrido casting dirigido por Ellen Lucey (directora de negocio de Coca Cola para Norteamérica) culminó con la elección el pasado verano de los protagonistas y el encargo de su realización a la prestigiosa compañía de post-producción británica Absolute, acreedora a varios galardones internacionales a pesar de que su oficina en New York lleva operando apenas tres años. El diseño elaborado por el equipo de asesores y creativos afincado en la Gran Manzana resultó crucial para el resultado final del producto.

 

La filial de la compañía para la que todo estaba elaborado se valía de un escueto pero honesto mensaje a modo de sinopsis: "...spots that showcase the art of Spoken Word with artists Marcus and Kessed from New York City. In each spot, the artists deliver messages meant to inspire great, creative performances from the soon-to-be-announced dunkers of the NBA Slam Dunk Contest".

 

No se trata del primer ensayo que vincula Baloncesto y Poesía Urbana. Pero tal vez nunca con resultados tan singularmente brillantes sin contar con una sola imagen del juego. Se supone que fueron creados para publicitar otro concurso más, trufarlo de referencias recientes (la capa que pende del aro, la cabina...) o como simple elogio del mate. Y sin embargo trascienden de largo esos pequeños motivos. Mediante un magistral uso de la elipsis y el metalenguaje, es tal el volumen de guiños y reflejos recogidos en esos 60 segundos que bien podría hablarse de obra maestra.

 

El primero de los spots es de factura abrumadoramente simple.

 

Sitúa la escena en un cuadro cotidiano que ilumina una pequeña estancia privada y casi oculta de cualquier apartamento del Harlem negro. No hay fecha ni concreta estación. Se trata de una época indeterminada que podría situarse en cualquier punto de los últimos cuarenta años. La presencia de un microondas, el sórdido emparedado y una atmósfera como perteneciente a los encantadores años setenta, tampoco ayudan demasiado. Ni falta que hace. Porque es evidente que al margen del bote de Sprite, de presencia espectral, la intención pasa por penetrar allá donde el paso del tiempo apenas ha cambiado las cosas.

 

Esa indeterminación afecta incluso a la edad del protagonista, un joven negro de rasgos convexos que tan próximos puede tener los veinte como los cuarenta años.

 

 

 

 

Imaginando, todo arranca supuestamente con su despreocupado regreso de la calle, de no muy lejos, seguramente del porche mismo de casa, aburrido de vulnerar esos carteles que inútilmente avisan NO LOITERING.

 

Dentro, allá donde las colmenas de los Projects se humanizan al gusto femenino y se cierra la puerta al peligro, en una estancia comedor donde la madre prepara un socorrido almuerzo -son las dos menos cinco de la tarde-, y luego de sacar de la nevera un Sprite que actúa como detonante, nuestro hombre toma pausado asiento en el centro de la escena para dar paso al verbo, de una dicción seductora, cadente, serena, de poderoso contraste con el espíritu de lo que está contando al extremo de liquidar de la expresión cualquier gesto del cuerpo, detenido y completamente entregado a la declamación.

 

Con ese indolente aplomo que sólo las miles de horas de calle cicatrizan, todo aflora de la boca y el rostro se verá únicamente alterado con ese ceño fruncido ("Man, I mean..." - 0:20) que impone una convicción inamovible y que han heredado como rasgo genético los negros suburbanos. En tan mínimo ademán, a salvo de edades, reposan el espíritu y la memoria de figuras de tan diverso pelaje como Isaac Hayes, Bill Cosby, Malcolm X o Rufus Thomas. Y sin embargo, no hay menos que Basketball en el mensaje. De ahí su enigmática belleza.

 

 

The Show

 

We came to see a show.

 

A creative display that will remind you

of the battles from back in the day

that icons like Spudd and Clyde the Glyde

pulling tricks too vivid to describe.

 

Man, I mean,

dunks that break so many laws of physics

that the cops'll demand to see your poetic license.

So as you ballers set your sights,

on Saturday night,

there's one thing you should know.

 

We came to see a show.

 

 

El segundo, más pretencioso, supera en complejidad artística al primero.

 

Sobre una bicicleta el muchacho se presenta estéticamente incorporado a ese bosque de cemento entre Hamilton y Washington Heights. Contrariamente al primero la expresión es aquí más rica y viva. Diríase que hasta plena. Intervienen no sólo sus gestos, jóvenes, enérgicos y honestos, sino todos los aderezos que hacen de esos treinta segundos una sucesión de sonidos e imágenes que habrían pefectamente ilustrado, como un prólogo visual, la City Game de Axthelm, la Asphalt Gods de Mallozzi y los años dorados de Thelander (Heaven is a Playground) y su oculta memoria fotográfica. De fondo no es otra cosa lo que se escucha que la profunda respiración de la New York City.

 

 

 

 

Insalubre y blanquinegra, enigmática y postmoderna, a ratos sórdida a fogonazos elegante, la gloriosa historia al completo del baloncesto negro sobre el asfalto, de Jackson a Alston, de Sellers a Matthias, sin nadie quedar fuera, aparece recogida en ese breve desfile de imágenes que el muchacho embellece con melódica oratoria y finaliza con agresivo orgullo en ese holgado before, como si una sola palabra tuviera la fuerza suficiente para sostener medio siglo.

 

 

Seen It

 

You seen it all.

 

Tomahawks, superhero capes.

Backboard stickers, measuring tapes.

 

Blowing out candles, jumping blind.

You seen every dunk of every kind.

 

But now that the legends have done their thing,

a new batch of heavyweight are entering the ring

and we wanna know what 2010 will bring.

 

You see there's been history made on our hardwood floor.

So show us something we ain't ever seen before.

 

 

 

 

Para mejor entender el precio de esos segundos, su verdadera profundidad de significado, conviene recordar que musical y artísticamente el baloncesto negro bebe de dos grandes corrientes en el último siglo.

 

Una nace al calor de la Black Expression iniciada en los ballrooms de Harlem y Chicago en los años veinte y está dominaba completamente por el jazz y sus derivados. Hasta los años setenta y la poderosa entrada del funk que arropa la Blaxploitation y la posterior deriva hacia el disco que delinea una futura escisión, la práctica totalidad melódica del mundo negro equivale a la hegemonía del jazz y el swing de altísima calidad. De Washington Jr a Gillespie a Marsalis había como una perfecta identidad entre baloncesto y música dentro de la cultura negra instalada especialmente en la New York City. Una armonía que sabía mucho de cuerda y viento y poco de percusión.

 

Así fue hasta la irrupción de la segunda corriente cuyo inicio es posible datar a partir de MC Hammer y su premonitorio Let's Get It Started (a cuya estética guiña ahora Brandon Jennings). Desde entonces y en creciente oleada, el rap y el hip-hop lo dominan absolutamente todo.

 

Veinte años después la primera corriente ha quedado tan desplazada que casi se da por desaparecida mientras que la segunda ha crecido mucho, demasiado. Tanto como que ha dominado el baloncesto NBA hasta la tiranía, como un movimiento racial y excluyente del que terminó huyendo incluso el hombre blanco. 

 

Lo que consiguen en cambio estos dos spots, de minuciosos arte y metraje, es precisamente liberar a la corriente dominante de todo cuanto la gravó en el paso de los años, remontar a los orígenes y desnudar la voz tal cual musicalmente es. En suma, volver al principio de todo.

 

Seen it y The Show no son más que dos preciosas muestras de la lírica que el baloncesto negro, exclusivamente el baloncesto negro, encierra como rito tribal.

 

Así no pocos de los artistas underground, y sobre todo, sus adoradores como arte de culto, andan molestos por ver incorporarse estas pequeñas muestras de Spoken Words a eso que con despectiva ilustración se conoce comúnmente como Mainstream. Exageran y envidian en el fondo esta salida de la caverna. Pero en su ofensiva reside precisamente la gran verdad de este asunto. Que esa poesía urbana, recogida en unos pocos fotogramas, ha llegado ahora a mucha gente a través de un gigante comercial y su libre exposición al mundo.

 

Y no es mala cosa. Bien al contrario el resultado es sencillamente delicioso y, es de temer, muy superior a la razón comercial que les da motivo, esto es, muy superior a la realidad que nos depare una nueva edición del NBA Slam Dunk, un año más de pobre y descabezado casting.

 

De hecho no es otro el motivo del texto que denunciar el deplorable proceso iniciado según el cual las campañas superan con creces al producto, la traición cometida al espíritu grandilocuente y sagrado de esos versos y lamentar -Show us something we ain't ever seen before- otra ocasión perdida.