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La noche había caído sobre Harrisonburg cuando la joven Valerie, ataviada con un suéter negro y unos ajustados pantalones campana de tela color beige, abrió la puerta. En otras circunstancias Valerie vestiría ropa más adecuada a su dormitorio que a la recepción de una cita. Pero no era una tarde normal. Había visita. Unos tipos importantes, de esos que ella no conocía y siempre terminaban revoloteando el hogar a causa de su hermano. 

 

Bajo el porche del número 530, en una de esas casas sureñas de madera blanca, Terry Holland presentó a sus acompañantes. Volvería a hacerlo unos segundos después, cuando Ralph y Sarah, salieron al vestíbulo al encuentro de los invitados. Eran cinco. "El señor Auerbach, presidente de Boston Celtics". Pero sólo dos convenía ser presentados. "Y el señor Mangurian, su propietario".

 

El resto era bien conocido por la familia.  

 

-Pasen, por favor -invitó Sarah, con aquella destreza adquirida en los dos últimos años como la mejor representante de su hijo, mucho más que el marido.

 

Todos tomaron acomodo en el amplio living. Flanqueaban a Red Auerbach y Harry Mangurian en sendos sillones Terry Holland, entrenador de Virginia, y Roger Bergey, técnico del instituto Harrisonburg. A su lado, el profesor de Derecho Sam Thompson. La presencia de este último cuidaría de que los dos hombres de Boston no rebasaran sus pretensiones vulnerando la estricta normativa NCAA. Aquella tarde Thompson no era sólo el agente del jugador elegido por la familia. También notario y censor.

 

 

 

 

Valerie sirvió sobre la mesa café suficiente para que los invitados mantuvieran su mente despejada y Sarah abrió la velada.

 

-Ustedes dirán.

 

Hasta entonces Auerbach no dejó el maletín a sus pies. Pero ninguno de los invitados se quitó la chaqueta, cargando el ambiente de una solemnidad seguramente indeseada.

 

-Señora Sampson -inició Mangurian-, el motivo por el que estamos aquí es evidente y ustedes lo conocen. En primer lugar déjenme agradecer personalmente a usted y su marido que hayan accedido a esta cita.

 

El ademán aprobatorio de Ralph padre fue bien recibido por los presentes. Tal vez porque sabían que en realidad había sido Sarah la que posibilitó la reunión.

 

-Venimos -prosiguió el dueño- en representación del mejor equipo de baloncesto del mundo. Estamos aquí para dejar claras nuestras intenciones hacia su hijo. Le ofrecemos la posibilidad de sumarse a nuestra organización. Le procuramos el mejor destino y le prometemos su cuidado como si fuera nuestro hijo.  

 

Era un comienzo esperado. Como lo fue la suave réplica de Sarah.

 

-Pero ustedes saben que esa decisión le corresponde tomarla a él.

 

-Y por eso estamos aquí -repuso aprisa el propietario-. Porque queremos hacérselo saber a ustedes, sus padres, como máximos responsables que son del chico. Comprendemos que está en una edad -Ralph tenía 19 años- y nos hacemos cargo. Respetamos los pasos que debemos seguir como siempre hicimos con nuestros mejores jugadores.

 

Perfectamente podría haber terminado todo allí, en una confirmación oficial del interés de los Celtics por Ralph Sampson y la esperada respuesta de Sarah afirmando una vez más que era decisión de su hijo.

 

Durante unos minutos Mangurian prosiguió su alocución, trufada de continuos parabienes al jugador y loas al equipo y organización de las que era su máximo representante. Thompson, reclinado convenientemente, hizo sus primeras anotaciones en un elegante cuaderno. El gesto parecía estrechar todavía más las fronteras de la conversación.

 

-Supongo que sabrán que hace un año -informó Ralph padre-, terminando mi hijo el instituto... Roger, tú lo sabes mejor que nadie -dirigió hacia el entrenador de Harrisonburg mientras éste asentía-, dos equipos profesionales ofrecieron a mi hijo la posibilidad de incorporarse a sus filas.

 

-Nosotros no actuamos así -intervino por fin Auerbach-. Nosotros no prometemos cifras que no podamos cumplir ni utilizamos a la prensa como cebo. Nosotros estamos aquí para decirles a ustedes lo que queremos ofrecer. Nuestras intenciones reales hacia su hijo.

 

En eso el viejo tenía razón. Y sólo porque sabía muy bien de lo que hablaba.

 

El asunto se remontaba a un año atrás, en la primavera de 1979, cuando Spurs y Pistons ejercieron de asaltantes al entorno de un adolescente que acababa de elevar a su instituto al segundo título estatal consecutivo aplastando a Suffolk con 26 puntos y 26 rebotes. Era lo de menos. A Sampson lo conocía ya todo el mundo. Profesional y universitario.

 

En aquella atrevida caza fue Detroit quien llegó más lejos.

 

Dick Vitale terminaba su primera temporada como técnico sin ningún éxito. Y ordenó a su asistente, Mike Brunker, una llamada directa, agresiva, irrechazable a su objetivo. La familia Sampson había depositado toda las labores de recruit en Roger Bergey, su entrenador en Harrisonburg, hombre serio y paciente. El recruit de Ralph Sampson se convertiría en la mayor operación en torno a un jugador en la historia del college. De los cientos de candidatos se estableció un primer filtro que dejaba todavía vivos a más de 180 centros, de ellos 50 entrenadores de visita, hasta llegar a una Final Four formada por Virginia, Virginia Tech, North Carolina y Kentucky.

 

El fin de semana anterior a la llamada Vitale había estado en Landover, en las gradas del Capital asistiendo al McDonald's. En la víspera de aquel partido Sam Bowie anunció su marcha a Kentucky. Las siguientes 24 horas nadie escapó a la tentación de pensar que Sampson jugaría junto a él. Sobre todo después de ser nombrado MVP con 23 puntos, 21 rebotes y 4 tapones, tres de ellos a Bowie, a quien dejó aquella noche en 6 puntos.

 

Para Vitale fue suficiente. Y Brunker sólo era un mandado. Un mandado sin apenas recorrido que enseñó aprisa sus cartas. "Muy bien, ¿de cuánto dinero hablamos? ¿Seis cifras?" -preguntó Bergey al teléfono. "No, señor. ¡De siete! Y como usted sabrá -los apremios eran muy mal recibidos por su interlocutor- el plazo es de 45 días antes del draft para enviar la carta al comisionado O'Brien. Necesitamos una respuesta ¡ya!". La trama saltó enseguida a la prensa y hasta la propia NBA tuvo que recordar públicamente el reglamento universitario. "Once you apply, you're a pro", sentenció un portavoz.

 

A Sampson le asustó todo aquello. Podía ser mucho dinero. Pero enviar aquella carta suponía que ningún centro universitario podría reclutarle. La renuncia era grande. Su formación estaba en juego.

 

Había además un temor más profundo. El chaval había visto recientemente a los Bullets. Y quedó impresionado con Wes Unseld. Cada una de sus piernas era como su cuerpo. No podía, se convenció, no estaba preparado para algo así.

 

Sampson dijo no.

 

Vitale sería despedido a poco de iniciada la competición. Fueron sus últimos días como técnico NBA. Aquella negativa se la cobraría a título personal en años de ofensiva mediática contra Sampson. A menudo como el único enemigo público.

 

-No es nuestro estilo -insistía Auerbach-. Y con el debido respeto esos equipos no son comparables a nosotros.

 

-¿Por qué? -formuló con astucia Sarah.

 

Auerbach se quedó con la palabra en la boca. ¿Cómo por qué? ¿Acaso tenía que explicar una evidencia? El viejo había peleado con los más terribles monstruos imaginables. Pero una mujer le superaba. Hacía poco más de un año que su llamada a Bobby Knight para ofrecerle el cargo de entrenador en Boston había durado cinco minutos. Y aun así, se sentía más cómodo que ahora. Lamentó en su fuero interno que no fuese Ralph padre quien llevara el mando. Al menos era un hombre. Alguien que sólo por eso entendía su lenguaje.

 

-Porque no están en una situación como la nuestra. No pueden ofrecer el futuro que nosotros ofrecemos a su hijo. Recuerde, señora -a su lado Mangurian tragó saliva-, que fue su propio hijo quien prometió escucharnos.

 

Volvía a tener razón. Y bien fresca además. Seis días atrás, en la jornada siguiente de obtener los Celtics la primera elección en el draft de 1980, el hijo de los Sampson cuestionó por primera vez su continuidad en Virginia. "Puede que cambie de idea. Pero para que algo así ocurra tendrían que ponerme sobre la mesa un buen contrato, en duración y cifras. Si Utah hubiese ganado ni siquiera habría considerado esta opción. Lo importante será lo que los Celtics sientan por mí. Esperaré a ver qué me dicen".

 

-Lo sé -repuso Sarah muy segura-. Por eso están ustedes aquí.

 

Era como volver a empezar.

 

-Perdonen -interrumpió oportunamente Thompson, que no había vuelto a tomar notas-, ¿podrían hablar un poco del aspecto deportivo?

 

-Sí, eso es -resopló aliviado Mangurian.

 

Un alivio algo ingenuo de quien pensaba que la firma Boston Celtics era suficiente para convencer a cualquier jugador en el mundo. Auerbach, en cambio, era mucho más consciente de las dificultades a pesar de las bondades del momento.

 

Porque el momento era inmejorable.

 

Los Celtics acababan de sellar su mejor temporada desde 1973. De hecho habían sido el mejor equipo de la NBA (61-21). La llegada de Larry Bird había incrementado en 32 victorias el registro de temporada, el mayor salto que había conocido la liga. Pero saltaba a la vista la necesidad de un interior, de un nuevo referente. Cowens estaba muy gastado. Había insinuado su retirada en un año. Y los otros dos pívots, Fernsten y Robey, no eran más que relleno.

 

Auerbach no las tenía, pues, todas consigo. Porque no era un proyecto lo que tenía que ofrecer a Sampson. Era Sampson quien le ofrecía en realidad el proyecto. Y el viejo lo sabía.

 

Y con serenidad pasó entonces a explicar lo mejor que pudo sus intenciones, que básicamente orbitaban sobre el colosal proyecto de construir una década en torno a la pareja formada por Sampson y Bird. El directivo se explayó a gusto cayendo, como de costumbre, en cierta reiteración y simbolismo, pero con la inestimable ayuda de algún "I love him" por parte de Ralph padre hacia la joya Bird. Auerbach apeló incluso a cierta premonición al recordar a los presentes que dos veranos atrás el chico había aparecido en el campus del equipo. Obvió que lo había acercado un alumno de la Universidad de Massachusets, su primo Ray. Allí fue presentado a Heinsohn y Auerbach, impresionados por su estatura. "No lo pierdas de vista", había sugerido el primero.

 

Al terminar un molesto silencio se había instalado en la sala. Y ni siquiera los sinceros "interesante, muy interesante" de Ralph padre disiparon la pesadez. Pero allí estaba el mejor negociador del mundo, el que acto seguido liberó algo el ambiente forzando de manera sutil la intervención de los dos jóvenes técnicos allí presentes. Con astucia arrojó la pregunta al aire:

 

-Por cierto, ¿qué hay de verdad en eso de que le gustaría ser un alero?

 

La cuestión ponía en juego toda la habilidad de los dos hombres, especialmente de Bergey, quien había padecido aquella circunstancia más tiempo que Holland y con menores molestias. Si había alguien en todo el país que pudiese de veras intervenir en aquella cuestión yugular ése era Roger Bergey.

 

-Bueno -arrancó tímidamente-, el chico estaba bajo mi responsabilidad. Y... Terry, tú lo sabes, intenté que no se criara como el resto de hombres altos. Quiero decir, que el chico tenía cualidades para explotarlas más allá de estar permanentemente bajo el aro.

 

-Pero ¿fue cosa suya? ¿Fue el chico quien se lo pidió a usted?

 

-Mire, si yo le hubiera dejado hacer -repuso- ahora mismo estaría jugando de base. Nada le gustaba más que coger el rebote y salir corriendo para llevar el contraataque. No le voy a engañar. No era sólo cosa de un chiquillo. Le gustan bien poco los golpes. No soy Howie Garfinkel pero creo que hice lo correcto.  

 

Había infinidad de capítulos personales bajo aquellas palabras. Pero todos con un punto en común.

 

Desde el principio, antes de definirse como jugador, Sampson era un visible disgusto si el baloncesto le obligaba a vivir bajo el aro. Terminando 1975 el entrenador del varsity, Len Mosser, fue el primer testigo de los naturales impulsos de un Sampson en pubertad que parecía poder crecer hasta el infinito. Era una caricatura, un hombre araña sin uniforme, una grotesca equis de huesos que le granjeó el apodo de Sticks.

 

La primera vez que le vio con un balón, en un partidillo en el pequeño gimnasio de Lexington, se recreó en todo lo que un hombre alto no estaba destinado a hacer. Mosser se sintió escandalizado. Se enfadó tanto que pidió a un árbitro que le castigara con técnica. "¿Por qué motivo, coach?". En aquel preciso instante Ralph machacaba el balón vulnerando la prohibición del instituto. "Por eso mismo".

 

Su cuerpo siguió creciendo. Hasta doce centímetros en pocos meses. Pero cuanto más alto, más débil. Jugadores mucho más pequeños le desplazaban de la pintura con facilidad. Y Ralph reforzó así su idea de alejarse del aro practicando el tiro entre los cuatro y cinco metros. Un tiro que no sabía lo que era un tapón.

 

Y en poco tiempo Mosser le dejó hacer. Era como si proyectara en él una introspección. Como si tuviera algo entre manos que, tal vez, pudiese cambiar la historia. En el equipo mayor Bergey tampoco reprimió aquellas cosas. También él imaginó en Ralph un potencial infinito, una estrella desconocida. Bergey incluso fue más allá.

 

Comenzó a ejercitar al equipo en reiterados one-on-one a toda pista. Una coartada para el gigante, cuyo trabajo técnico, cómo pivotar y tirar, dejó en manos de Tim Meyers, su asistente. Ralph abusó así sin ningún miedo de sus carreras con balón. O al ala, valiéndose de Joe Stock para atrapar la bola donde no llegaba nadie, como el Chamberlain de Kansas.

 

Nadie sabía con exactitud qué clase de monstruo tenían entre manos. Porque no era posible calificar de otro modo a un jugador que con aquella increíble estatura no realizó su primer mate hasta seis semanas después de iniciado el campeonato.

 

Bergey confió todo aquello a los presentes, concluyendo con un encendido reconocimiento de que jamás tuvo ni tendría a sus órdenes un jugador como él. Era al mismo tiempo una honesta forma de justificar todo lo hecho.

 

-Bueno, nosotros intentamos algo parecido con Finkel... pero no nos salió del todo bien -sólo Mangurian pareció captar la broma y Auerbach volvió a cambiar hábilmente de tercio-. Señora Sampson, perdone la inconveniencia... ¿Ha tenido el chico algún problema médico?

-No -contestó ella aprisa.

-¿Y anteriormente?

-...

-Perdón, me refiero a algo relacionado con el crecimiento, alguna debilidad ósea... en fin, comprenda que...

 

Sarah tomó aire como recordando algo íntimo, no muy grato y por ello ya sepultado.

 

-Lo tuvo cuando era casi un bebé. Su padre y yo oramos mucho entonces. Conseguimos detener su crecimiento. Era excesivo. Lo hacía a un ritmo tres veces mayor de lo normal. Pero no se preocupe. Pasó hace mucho tiempo. Ralph está sano.

-Claro. Tiene un aspecto inmejorable -repuso Mangurian con alguna torpeza.

 

Valerie sirvió más café. Para entonces no hacía ninguna falta. 

 

-¿Usted qué piensa, señor Holland? -insistió Red.

 

-Que agradezco mucho el trabajo de Roger con el chico -e hizo una pausa-. Pero no es mi estilo de juego. Ralph lo sabe y ha tenido que adaptarse. Tiene muchas virtudes por explotar y, la verdad, ojalá pueda cambiar algún día la historia de este juego pero no voy a apostar mi carrera ni la de mis jugadores por algo así -Holland respondía así en la privacidad de una salita a la infinidad de críticas recibidas-. El 99 por ciento de entrenadores en este país habría puesto a jugar a Ralph de pívot. No seré yo el loco que haga lo contrario. Tengo entre manos un magnífico jugador de baloncesto. Y creo que un buen equipo. No un experimento.

 

Holland estaba siendo coherente. No cambiaría un ápice su postura táctica salvo en el ritmo. Los dos primeros años de Sampson en Virginia fueron de juego lento, ideal para un poste bajo y el dentro-fuera hacia Raker y Lamp. La incorporación de Othell Wilson y Ricky Stokes daría al equipo otro aire los dos años siguientes. Pero con Holland, Sampson habría sido un cinco hasta el final de sus días.

 

-Yo habría hecho lo mismo de estar en su caso -añadió Bergey, animando así a Holland a extenderse.

 

-Ralph ha tenido serios problemas este año con las zonas. Es algo que hemos hablado mucho. Y creo sinceramente que cuando llegue a la NBA esos problemas desaparecerán por completo. Tiene que aprender todavía mucho. No sé el tiempo que estará con nosotros -nadie había apostado por que Sampson cumpliría su ciclo universitario-. Pero no voy a esperar a que se vaya para enseñarle cómo defenderse de una zona agresiva.

 

Holland decía la verdad. Pero ni remotamente había sido aquel su mayor quebradero de cabeza. Buena parte de la temporada el gran problema del freshman era su selección de tiro. Si ya de por sí miraba poco al aro, hacerlo a menudo como un alero, saliendo a recibir a cuatro o cinco metros para lanzar desde su particular cielo pero renunciando visiblemente a la pintura, era algo que despertaba perplejidad contando con verdaderos tiradores en el equipo.

 

Pese a todo, el joven Sampson firmó aquel curso casi 15 puntos, 11 rebotes y cerca de 5 tapones. En el último tramo de campaña y de cara al NIT que Sampson acabó sellando para Virginia, Holland había conseguido acercarle al aro y sus puntos subieron hasta los 19. Ralph daba así razón a los detractores de su entrenador.

 

-Así que le gustaría jugar de alero -pensó el directivo en voz alta esbozando una cínica sonrisa.

 

Porque Auerbach no quería ni oír hablar de algo así. Pero estaba tranquilo. Fitch le pondría en su sitio.

 

Para muchos el problema de Sampson no era ese personal capricho. Sino su excesiva inclinación al equipo, algo por lo que Holland había recibido lo suyo. "No voy a hacer de él un jugador egoísta", se defendía.

 

En sus tres primeras temporadas, un total de 99 partidos, Ralph tiraba una media de 12 veces. Algo más de 16 puntos que no satisfacían a nadie. Una producción intolerable para colegas y analistas, que más que cargar contra él lo hacían contra la tiránica democracia de Holland. La sentencia era que Sampson estaba completamente desaprovechado.

 

Quien más lejos llegó en la acusación fue el editor jefe del Roanoke, Bill Brill, quien literalmente creía que de haber dado Sampson en North Carolina, el sistema de Dean Smith le habría permitido multiplicar sus tiros con un 90 por ciento de acierto, aunque sólo fueran mates. Sólo así Virginia no dejaría escapar ningún título. Todo a imagen y semejanza del matrimonio Wooden-Alcindor. En el fondo no sólo aquel editor lo pensaba. No eran pocos los que imaginaban al Sampson que llegó a promediar 39 puntos y 23 rebotes alcanzado un techo contra Albemarle de 50 y 30 acertando 22 de sus 27 tiros a canasta. 

 

Todo era mucho más complejo. Tal vez tuvieran razón en que Virginia no fuera el mejor nido. Pero un año después de ingresar allí sólo parecía cierto que Sampson, en aquel tímido balbuceo que cortó la respiración de millones de almas, había dicho la verdad. Tan sólo deseaba estar cerca de la familia, del hogar y amigos. Pero deportivamente había estado a minutos de elegir Kentucky tan sólo porque Sam Bowie le brindaría esa libertad soñada. La quimera de ser un alero.

 

Quimera que no olvidaría nunca y que no dejaría de repetir en sus años de college.

 

El problema era que aquella elección hogareña desnudaba también la mentalidad del chico. Y que siendo un atleta excéntrico parecía no poder comprender el baloncesto más que como dentro de un sistema común, sin que él despuntara al grado que su cuerpo hacía presumir. Sus prolongados vacíos y desaires, la comisión de faltas estúpidas, un frío desinterés y la acusación de pereza no le abandonarían nunca.

 

Pero entonces era muy pronto. Tanto como que se hacía imposible no darlo todo por aquel increíble ejemplar de 2.24 y su sobrehumano centro de gravedad. Era capaz de recoger un bolígrafo del suelo agachándose como un chiquillo de siete años. Y todo a pesar de que quedara ya algo lejos aquel escuálido mozalbete de dos metros que a duras penas superaba los 70 kilos de peso.

 

 

 

 

-Vamos a ponerle en manos de Bill Dunn y John Gamble -informó Holland-. Harán con él un buen trabajo. Está ganando músculo aprisa.

 

Hasta ocho kilos en los tres primeros cursos. Gamble y Dunn eran fisios. Pero provenían del subterráneo mundo del culturismo. Años más tarde Dunn fallecería prematuramente. Los indicios apuntaban a un descontrolado abuso de esteroides.

 

-Van a trabajar su técnica de salto -zanjó el técnico.

 

Y con éxito. Batiendo a dos piernas lograrían hacerle mover con facilidad por encima de los 70 centímetros y en algunas sesiones llegaron a registrarle saltos de 89. Así se explicaría la aplastante acción sobre Worthy casi dos años después de aquella cita. Un partido en el que Sampson se fue hasta los 30 puntos y 19 rebotes. Pero con derrota. Porque él sólo no podía contra el imperio de North Carolina. Una visión que el Washington Post compartía abriendo líricamente su crónica: "Se podría escribir un poema con cada una de las 20 jugadas realizadas por Sampson".

 

La reunión se acercaba a las dos horas cuando Sarah volvió a elogiar las cualidades del hijo como un buen chico que no daría problemas a nadie. "Y muy aplicado", añadió el padre, contando que tras el McDonald's de 1979 había regresado a casa a las tres de la mañana teniendo clase a las 8:30.

 

Auerbach no se sintió impresionado. Se preguntó qué otra opción cabía a un chico de su edad. Eso sin que nadie en la sala sacara a colación la criticada decisión de la Universidad de descender el nivel académico de acceso a la altura del Sampson estudiante.

 

-Pero es un hombre -volvió a repetir la mujer-. Y tiene que decidir él.

 

La cita había tocado a su fin. Los presentes se incorporaron con la pesadez de la tarde transcurrida.

 

-Háganle por favor llegar nuestros mejores deseos y todo nuestro interés en que forme parte de este proyecto -se despidió Auerbach.

 

De vuelta a casa, como enseguida confirmarían los rotativos, la pareja de Boston sentía verdadero optimismo sobre la decisión del chico.

 

Aquella misma noche Ralph, que había pasado la tarde en el instituto disfrutando de una jornada festiva en su nombre, recibía de su madre todo lo que el hijo debía saber. "¿Nada más? ¿Eso es todo?". Seguramente no todo lo que habría querido.

 

Sampson dio vueltas a todo aquello. Y lo hizo como acostumbraba, en solitario.

 

Al día siguiente, víspera de anunciar su decisión, una llamada telefónica a su entrenador iluminaría tenuemente la parte más oscura de un desenlace todavía incierto. Era de noche cuando Ralph apuraba aquella conversación. Por encima de todo, se había imaginado jugando en la NBA. Y lo que vio no le gustó demasiado:

 

-No sé, Terry. Creo que no estoy preparado para medirme a esos tipos.

-Y lo entiendo. Y creo que haces bien. Pero dime, ¿hay algo más?

- (Respiró y tomó una pausa larga) No sé, no me dan buenas sensaciones. Creo que Auerbach no ha sido limpio con mis padres. O no demasiado claro. Si dijera que sí no sé lo que me espera. Me pondría en sus manos sin saber de qué contrato estamos hablando. De cuánto tiempo, de qué dinero...

-Ralph -le recordó-, no podían.

-Por favor, Terry. Me hubiese enterado de otra manera.

-Pero...

-¿Y sabes una cosa más?

-Boston no es buen sitio para un negro.

 

Esto último lo creía de veras. No sólo por toda esa extendida idiosincrasia sobre la ciudad y los Celtics. Sino porque tenía muy fresca la lectura del Second Wind de Bill Russell. Los tiempos podían haber cambiado. Pero Ralph encontró en esa coartada la puntilla final.

 

No esperó más. Al día siguiente, 11 de abril, anunció su intención de continuar en Virginia. Los Celtics se quedaban así con un palmo de narices.  

 

 

 

 

La respuesta no se hizo esperar. Esa misma jornada las palabras de Auerbach desde las oficinas del Garden no desprendían el mejor humor: "La gente que le ha aconsejado quedarse en la escuela no debería conciliar bien el sueño por las noches. (...) La lógica está del lado de los Celtics. (...) Es ridículo. Él y sus padres han sido estafados".

 

La prensa verde arropó al directivo acusando de ‘reinona' a Sarah Blakey, la culpable de todo, la diva encantada con ocupar aquel papel preponderante mientras su hijo continuara en Virginia.

 

Boston seguía desde hace tiempo a Joe Barry Carroll, de Purdue, Mike Gminski, de Duke, Roosevelt Bouie, de Syracuse, y a un alero alto de Minnesota de nombre Kevin McHale. El primero no era del gusto de Auerbach. El resto, abría brecha. Y los Celtics querían a Sampson. Al precio que fuese. A toda costa.

 

Así el viejo lobo no desistió. No podía hacerlo viendo el disgusto que arrastraba desde Cowens. Las sucesivas elecciones de Steve Downing, Glenn McDonald, Tom Boswell y Norm Cook no habían salido precisamente bien. Pero la de Bird en 1978 invitaba a dar el salto definitivo. Y eso se lo brindaría el joven gigante. Dueño y directivo pusieron todo su empeño en mantener una segunda reunión esta vez con el chico presente.

 

Pero una vez más se toparían con el incierto muro que representaba su madre. Hablaron con ella, con Holland y con el profesor Thompson. Todo en vano. Hicieron lo no escrito para conseguirlo. Hasta que el mismo Sampson abrió la puerta. "Mamá, no te preocupes. Quiero verles. Diles que sí".

 

El 23 de abril, antes del tercer partido de playoffs ante Philadelphia, Auerbach y Mangurian volvían a la casa de los Sampson a quemar el último cartucho. Thompson estaría allí nuevamente como vigía. Y esta vez los señores de verde estaban dispuestos a todo. Faltaban menos de 48 horas para que terminara el plazo. Su condición de elegible agonizaba aprisa.

 

Ralph prefirió escuchar y como temía no recibió nada en claro. O no todo lo claro que él deseaba. Sabía perfectamente de aquellos cinco años y 3.2 millones que Boston había pagado por Bird. Y Mangurian temió mucho más que la primera vez las pretensiones económicas del chico. Como si supiera que sólo aceptaría abandonar Virginia por una cantidad desorbitada. Una cantidad nunca antes ofrecida a un jugador de esa edad.

 

Transcurrida hora y media nada importante ocurrió, lo que terminó poniendo nervioso a Red Auerbach y disgustando a Sampson, que seguía sin conocer con exactitud qué era lo que le ofrecían. Durante toda la reunión Mangurian había temido el momento de entrar en negociación, con cifras arriba y abajo, allá donde él tendría que improvisar.

 

Así el momento culminante de la noche, cuando no importaba siquiera traspasar algún límite, tuvo lugar en la despedida, con todos en pie próximos a la puerta.

 

-Hijo -la mano de Red no llegaba al hombro del chico-, te he hablado del proyecto. Tú sabes quiénes somos, lo que somos. Pero quiero que sepas que nosotros te ofrecemos un contrato que nadie en su sano juicio podría rechazar.

Era su ocasión.

-¿Cuánto?

-¡Ralph! -quiso cortar Thompson.

-Más de lo que hemos pagado a Bird. Más de lo que los Lakers han pagado a Johnson. Queremos que seas uno de los nuestros.

Otra vez el silencio.

 

Que Sarah vulneró abriendo la puerta. "Señores, ha sido un placer".

 

No era posible hacer más. No más allá de lo dicho.

 

Ralph no movió un ápice su postura y la respuesta volvió a ser la misma. Se quedaría, pues, en la universidad que había tenido el honor de fortalecer la figura de Thomas Jefferson.

 

Se amparó en su formación. Pero su fuero interno temía no alcanzar ni de lejos las exigencias de aquel hombre. No había más que leer la ambición que irradiaban sus ojos. Era como si los Celtics no estuvieran dispuestos a perder un solo anillo. La presión sería mil veces mayor. Y Ralph seguía llevando muy mal ser el centro de las miradas, el tormento que le suponía la prensa, como terminaría confirmando a uno de sus miembros al preguntarle qué era lo mejor de un final de curso: "Perderos de vista unos meses".

 

De eso no se libraría en el futuro. Pero dinero, exigencia y atención podían ser diferidas. "Soy muy joven aún -pensó-. No perderé valor y cuando decida dar el salto estaré en mejores condiciones".

 

Sólo la historia sabía cómo se cobraba el viejo una negativa de aquel calibre. Auerbach sintió encontrarse en la misma situación que en 1956 y 1970. Era momento de atrapar la liga con sus propias manos.

 

Nunca tanto se haría en tan poco.

 

Todo se remontaba al verano anterior. Auerbach envió a Bob McAdoo a Detroit como compensación por la llegada del agente libre M.L. Carr. McAdoo fue un fracaso en Boston. Reconoció públicamente su descontento. Pero su valor era muy alto. Tanto que Boston sacó a Detroit por el traspaso sus dos primeras rondas en aquel draft de 1980 (una suya, otra vía Washington). "Un robo", había calificado en privado un cargo de la propia liga.

 

En condiciones normales Detroit se habría jugado la primera elección de aquel año con Utah. Pero Detroit ya no estaba allí. Eran los Celtics. Y Auerbach ganó el salto a Frank Layden. No tenían a Sampson. Pero elegirían primeros. Y la primera posición era el valor más alto.

 

-¿Qué vas a hacer? Podemos elegir a quien queramos.

 

Auerbach quería más. Necesitaba de alguien a quien lanzar el cebo. Y lo encontró aprisa en los Warriors. Allí había un pívot que mejoraba aprisa. Un tipo que el año anterior se había travestido de Chamberlain ante los Knicks anotando 30 puntos y capturando 32 rebotes. Un jugador descontento por lo que tenía alrededor y que le pondría las cosas difíciles a los suyos para renovar. Era la situación perfecta.

 

-¿Qué piden por él? -volvió a preguntar Mangurian.

-Nuestra primera elección.

-Si se la damos ¿qué nos queda?

-Ellos tienen la tercera. Eso nos queda.

-¿Y eso es suficiente?

-Sí.

-¿Por qué?

-Porque Golden State va a elegir a Carroll. Y si Utah lo pierde irán a por Griffith. Me lo ha dicho el propio Layden. Y le creo.

-¿Y por qué no elegimos a Carroll?

-No me gusta.

-Pero entonces, Red, ¡qué es lo que nos queda!

-Harry, el año que viene tendremos un ‘frontcourt' a nuestra altura. Uno será Robert Parish. El otro, Kevin McHale. Confía en mí.

 

Tal fue prometido así ocurrió.

 

Golden State eligió primero (J.B. Carroll). Boston sacó por ello a Robert Parish. Utah eligió segundo de acuerdo a la confesión de Layden (Darrell Griffith). Y Boston empleó su tercera posición en el alero alto de Minnesota de nombre Kevin McHale.

 

Ya nada más importaba.

 

Auerbach tenía lo que quería.

 

Once meses después los Celtics alzaban su 14º título de la NBA. El proyecto daría como resultado cinco Finales -cuatro de ellas consecutivas- y tres anillos.

 

Auerbach tardó así muy poco en borrar de su inmenso libro de memorias el nombre de aquel gigante que quería ser alero.

 

Pero por muy importante que fuera, no era más que un olvido. Uno solo.

 

 

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Un año después de aquel affaire los dos peores equipos de la liga, Pistons y Mavericks, enfrentados por la moneda al aire para hacerse con la primera elección, anunciaron públicamente sus intenciones de hacerse con Sampson. Como para evitar que ocurriera lo mismo que con Boston, NBA y NCAA acordaron un comunicado que recordaba que no se iban a permitir negociaciones con un amateur. El asunto era más complejo. Dean Smith había aplaudido la decisión, bautizada como Sampson Rule, de que los jugadores universitarios deberían declarar su condición de hardship antes de resolverse la lotería del draft.

 

Norm Sonju, director de los Mavs, actuó con discreción porque su mensaje ya estaba dado.

 

Sin embargo Jack McCloskey, remordido por lo regalado un año atrás, tenía vuelo a Virginia cuando Holland le previno de hacerlo. Pero no de emplear el teléfono.  

 

-Ralph no está cerrado a algo así, señor McCloskey.

-Pero entonces, si no puedo verle ni hablar con él, usted dirá...

-Le confío los deseos de Ralph de que tanto ustedes como los Mavericks nos hagan llegar por escrito un informe detallado de cuál es la situación de la compañía y equipo. Dónde se incorporaría Ralph y en qué condiciones.

-¿Y la cuestión económica?

-Cíñase al aspecto deportivo. Será más sencillo para todos.

 

Así lo hicieron y nada varió finalmente la decisión de Ralph Sampson de continuar en Virginia y afrontar su año junior.

 

Dallas se llevó en primera posición a Mark Aguirre y Detroit como segundo a Isiah Thomas. Juntos ganarían dos campeonatos de la NBA.

 

 

 

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Una temporada más tarde el valor de Sampson se vería incrementado. El título NCAA se le resistía. Pero la superioridad exhibida ante el freshman Pat Ewing en el partido más cotizado por TV en la historia del college y que ningún otro equipo acumulara en todo el país más victorias que Virginia en los últimos tres años, seguiría proyectando fantásticos futuros para aquel cuerpo insólito que parecía seguir fortaleciéndose.

 

Así al término de la regular NBA de 1982 el propietario de Los Angeles Lakers, Jerry Buss, pensó en Ralph Sampson para acortar el ocaso de Abdul-Jabbar y suplirlo en su futura concepción de la década junto a Magic Johnson.

 

Cuando la prensa supo de sus intenciones rechazó de plano el prematuro adiós de Kareem inclinándose con cierta lógica a la increíble pareja que formaría con Sampson, en la posibilidad real de levantar unas Twin Towers en Los Angeles.

 

Nada más saberlo Sampson tuvo una sensación similar a la que había vivido con el interés de Boston, sólo que ahora con muchas menos dudas.

 

Pero había un problema: San Diego. Ellos y los Lakers se jugarían la primera elección en el draft de 1982.

 

El jugador acudió a Los Angeles a recibir el Wooden Award y el domingo 11 de abril fue invitado por los Lakers a presenciar el crucial duelo por la Pacific frente a los Sonics. Ralph tendría el placer además de compartir unas horas a solas con Abdul-Jabbar en su mansión de Bel Air.

 

-¿Cuál es el problema entonces?

-Por nada del mundo quiero ir a San Diego -confesó a Kareem.

 

Los Clippers eran el peor equipo del Oeste. Los Lakers, el mejor. Y el día 20 de mayo ambas franquicias se jugarían la primera carta.

 

Buss conocía el temor de Sampson y pasó a negociar directamente el asunto con su homólogo en los Clippers, Donald Sterling, el peor hueso que roer, el hombre al que el comité de propietarios había intentado expulsar de la liga. Con él tan sólo había clara una cosa. Cuanto más agresivo fuera Buss mayores ambiciones despertaría en Sterling.

 

El propietario de los Lakers llegó a ofrecer la nada despreciable cantidad de 6 millones de dólares por comprar a los Clippers su 50 por ciento en el draft. Sterling dijo no. Buss añadió a la cantidad el jugador que Sterling libremente eligiera. Pero éste lo rechazó por segunda vez y sin mencionar ningún nombre.

 

Conocidas las intenciones de Buss de unir a Sampson con Abdul-Jabbar, el dueño de San Diego renunció a ser el hazmerreír de la liga al facilitar a los Lakers el diseño de una plantilla que dominaría la NBA a placer. Sterling no quería pasar a la historia como una nota a pie de página, hundido allí como el hombre que se vendió a los Lakers.

 

Buss lo arriesgó todo en su última oferta. Hasta perder la noción de la realidad. Seis millones de dólares, tres jugadores y tres primeras rondas. Una locura.

 

Y Sterling dijo no por tercera vez. Pero aquí la negativa encerraba un decisivo matiz en la última conversación entre ambos:

 

-Uno de los jugadores que quiero es Abdul-Jabbar.

-Donald, este punto es innegociable.

-Pues no hay nada más que hablar.

 

Buss tampoco desistió. Inició conversaciones a la desesperada con Jazz y Knicks. Utah tenía la tercera elección. Si los Jazz estaban de acuerdo en recibir a Bill Cartwright, los Clippers tendrían para ellos la segunda y la tercera elección cediendo así a los Lakers la carta Sampson.

 

Llegados a este punto Sterling ya no quería nada con los Lakers. Tan sólo y por orgullo jugarse con ellos el primer pick. El desenlace fue todo lo irónico que cabría esperar. Ralph dejó pasar el plazo y los Lakers ganaron la posición número 1 adquiriendo al alero de North Carolina, James Worthy.

 

Sampson volvería a ver cómo el equipo que llamaba con mayor fuerza a su puerta se haría, y hasta por tres veces, con el título de la NBA.

 

 

 

 

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En abril de 1983 ya no era posible el retraso. A dos meses del draft, Ralph Sampson anunciaba que nada le gustaría más que jugar allí de alero. Que tan sólo le hacía falta ganar algo de peso. Que incluso contemplaba la posibilidad de recurrir a Pete Newell para aprender cuando, en realidad, el viejo maestro acostumbraba a realizar el camino inverso.

 

Ralph fue el número 1 del draft. Lo habría sido siempre. Tenía a toda la NBA a sus pies. Y firmaría con Houston Rockets por los siguientes cuatro años y algo más de cinco millones y medio de dólares.

 

Cumplió el primer paso. Ya era millonario. 

 

En octubre de aquel año el Inquirer pondría el dedo en la llaga asegurando que era imposible que Sampson ocupara su posición soñada y que no importaban en absoluto las ambiguas declaraciones de Fitch en sentido contrario.

 

La presunta posición de ala-pívot que ocuparía en su temporada de novato junto a Caldwell Jones no sólo no facilitaría el sueño de Ralph, sino que su compañero, el veteranísimo Elvin Hayes, que había prometido retirarse al cumplir su minuto de juego número 50 mil, se ocupó personalmente en la instrucción del chico. La instrucción de un pívot o, a lo sumo, de un interior. Hayes hizo de Holland. Y Bill Fitch, el hombre con quien Sampson habría dado de aceptar tres años antes a los Celtics, no quiso saber nada de experimentos.  

 

Sampson terminó siendo el mejor novato del año. Pero el equipo no pasó de las 29 victorias.

 

Houston volvió a ganar la primera elección al año siguiente. Se sumaba a los Rockets un poderoso interior de nombre Akeem Olajuwon. Con la mejor de sus intenciones el nigeriano declararía en agosto que jugar al lado de Sampson le haría parecer un alero.

 

Esta vez sí habían nacido las Twin Towers. Y la unión de ambas fuerzas generó una apasionante controversia. Unos auguraban el fracaso, como dos gigantes condenados a absorberse. Otros, el producto de dos fuerzas nunca sidas en un mismo equipo.

 

Ray Patterson, el director deportivo que había logrado esa unión, seguía encantado con declarar que si había un base de 2.06 -por Magic Johnson- por qué no un alero de 2.24.

 

En febrero de 1985 la pareja promediaba más de 42 puntos y 22 rebotes por partido. Sampson se convirtió por una noche en el mejor jugador del mundo si acaso el MVP del All Star Game desprendiera esa fugaz condición.

 

Su relación con Bill Fitch no fue nunca sencilla. Si los interiores que iba sumando el equipo se nombraban por James Bailey, Hank McDowell, Jim Petersen, Granville Waiters, Richard Anderson o Dave Feitl, los delirios de Ralph se esfumaban sistemáticamente.

 

El inicio de la temporada de 1986 estuvo cerca de provocar un cisma. Ralph venía tocado en una de sus piernas cuando un par de malos encuentros de pretemporada provocaron unas declaraciones de Fitch -"Tiene que mejorar"- que pretendían actuar como estímulo. Ralph desató una sospechosa frustración a esas alturas de año: "Si no le gusta mi juego, que me traspase". Un conflicto que marcaría el primer tercio de temporada.

 

No habría sin embargo mejor año para ambos.

 

La cima de su carrera deportiva, aquel buzzer en el Forum que impidió a los Lakers su cuarta final consecutiva, tuvo lugar desde el interior, como un interior y marcado como tal por Abdul-Jabbar. En las Finales, como había ocurrido en los tres años anteriores, Sampson dejó momentos de alerismo futuro. El empate a 27 en el segundo partido de aquellas series vino propiciado por un rebote en el cielo, un envío a Robert Reid y una devolución de éste a la carrera que terminó en un mate de Ralph en el mismísimo techo del Garden. Como si por un solo instante el mundo presenciara cómo sería la fisonomía de un jugador medio en el siglo XXII.

 

Pero brindaba un destello soñado por cada cien acciones. Y a cada uno de sus intentos, con acierto o no, Fitch torcía el gesto contrariado.

 

Cuando en febrero de 1988 salió de los Rockets camino de Oakland su cuerpo estaba ya diezmado a pesar de que su aspecto presentara una apariencia intacta. A su llegada a Sacramento era imposible ocultarlo. Le habían aguardado tres intervenciones quirúrgicas y en adelante la disputa de menos de la mitad de los partidos posibles.

 

Con 32 años era un anciano de más  de 7 pies. Apenas podía correr y saltar. Sus rodillas se inflamaban de tal manera que los vendajes, además de paliar, ocultaban monstruosas deformaciones que no convenía dejar a la vista.

 

 

 

 

 

No parecía cierto que hubiese pasado tan poco tiempo de tantas y tantas promesas ajenas. Infinita mayor movilidad que Bill Russell, mayor potencial reboteador que Wilt Chamberlain y mejor lanzamiento que Abdul-Jabbar. No fueron pocos, en suma, quienes vaticinaron que revolucionaría la historia del baloncesto. No era posible calcular el volumen de esperanzas escritas sobre él.

 

Ralph Sampson no cumpliría jamás las expectativas. Y sin embargo sufrió menos por ello que por no haber podido consumar aquel sueño juvenil de jugar, de ser, en realidad, un alero. El alero más alto del mundo.

 

Preso de su increíble estatura nunca lo fue.  

 

Una frustración que no vino sola. Porque entre aquella reunión con los Celtics y su retirada del baloncesto tuvo la desconcertante sensación de haber transcurrido un suspiro.