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Ningún equipo ha consumado mejor curso que los Cavaliers y ninguno lo ha terminado con menos dudas. Ellos mismos han respondido a aquella incómoda pregunta que a finales de noviembre formulaba si eran los de Ohio el mejor equipo del mundo. Cinco meses después nadie ha acumulado más méritos para responder con un rotundo sí. Pero un sí, mucho ojo, hasta la fecha.

 

Las cifras del grupo formado en torno a LeBron James asustan: 66 victorias, 39 de ellas en casa con un promedio a favor en torno a los 14 puntos. El mejor registro frente a equipos del Oeste es suyo (26-4) así como el mejor diferencial y el menor número de puntos encajados de toda la liga. Más allá de los poderes numéricos, de una fortaleza aplastante, el equipo de Mike Brown ha logrado encontrar una perfecta armonía que arranca en el vestuario y alcanza a la práctica totalidad de aspectos del juego. A la espera de sumar de una vez a Ben Wallace tienen al equipo al completo y sobre todo, muy sobre todo, cuentan con el jugador más decisivo del planeta.

 

De las cientos de lecturas habituales tras 82 partidos convendría destacar una abrumadora. Los Cavs acumulan un 55-3 cuando lideran el marcador al término del tercer cuarto. Algo que no tendría una importancia desmedida de no haber sellado buena parte de esos triunfos en un tiempo récord, como si les sobrara partido. Así los veteranos, incluido un LeBron con el menor minutaje de su vida, llegan frescos al momento de la verdad.

 

Cleveland reúne en conjunto tres valores impagables: estructura, armonía y, como destacaba John Krolik, muy por encima de ambas, hungry

 

Los Cavs no son nuevos en su candidatura al anillo. Desde 2006 representan el alumno más tozudo en esa aspiración hacia el título, un camino que históricamente hace de antesala a la gloria final. Alcanzaron las Finales de 2007 y el año pasado fueron el más duro rival de los vigentes campeones. Si no fuera por el prudente respeto que merecen los Celtics, se diría sin pudor que son los Cavs el principal favorito y el verdadero equipo a batir. Un equipo plenamente maduro para el anillo. Y eso incluye la prudencia de recordar el desgraciado ejemplo de Dallas hace ahora dos años. 

 

Todo lo que esté por encima del 85 por ciento de la regularidad ofrecida hasta ahora debería bastarles para culminar el camino con éxito, un camino que no se inició el pasado verano con la incorporación de Mo Williams, sino hace exactamente seis años en una noche del draft. Es como si los Cavs estuvieran a pocos peldaños de su primera cima, exactamente la misma alcanzada por los Bulls de 1991, los Rockets de 1994 o los Spurs de 1999.

 

Un momento decisivo que sólo el anillo puede ratificar.

 

 

 

 

 

 

Son días, horas, que se repiten como un rito año tras año. El momento en que las páginas de prensa de todo el mundo corren a ser invadidas por previas y más previas de lo que, al parecer, ofrecerán los playoffs. Y convendría esta vez rescatar aquella acusación de Joey Litman hacia la NBA como una de las competiciones deportivas de solución más conservadora. Mucho partido de fogueo para que al final unas pocas balas disparen de verdad al anillo. Y muy posiblemente este año, especialmente este año, haya menos balas que nunca y el anillo sea cosa de tres. Salvo sorpresa, y mayúscula, todo indica que uno de estos tres equipos alzará el trofeo de campeones a mediados de junio (orden al azar):

 

 

Boston Celtics

Cleveland Cavaliers

Los Angeles Lakers

 

 

El Oeste ha decepcionado un año más. Decepción porque el curso pasado, por la sola razón de que separaban al primero y octavo únicamente siete victorias, se aguardaba una postemporada poco menos que histórica. Una esperanza frustrada en apenas dos semanas. La superioridad exhibida por los Lakers en su trayecto hacia las Finales y la falta de un rival de entidad que les opusiera resistencia hizo de la batalla del Oeste una mera formalidad de un mes de duración.

 

Este año la igualdad en ese lado vuelve a rescatar su rostro más aparente.

 

Un aficionado angelino debería estar seguro del camino abierto para que los Lakers repitan presencia en las Finales. Pese a los últimos tropiezos (especialmente dolorosa la noche de Portland) no hay en todo el Oeste un volumen de recursos comparable al que concentra el Staples. Lo curioso del segundo mejor equipo del año es que, tal y como apuntaba Mark Heisler, aún no conocen estos Lakers su pico de competición, su cien por cien de potencial. Ni siquiera en el 11-1 tras la lesión de Andrew Bynum, con el que ahora vuelven a contar, supuestamente, a jornada completa. De ahí el oportuno subrayado de Hollinger al decir que nada más importante ahora que una plantilla sana. Y tarde o no, la angelina lo está. Incluso más que Cavs y Celtics, a quienes derrotaron en la gira más fantástica que haya realizado equipo alguno este curso.

 

Otra cosa es el tan trillado cansancio de la terna formada por Kobe, Pau y Fisher. Una acusación de la que el primer descreído es el propio Phil Jackson.

 

Tampoco deja de ser cierto que sigue contando el Oeste con equipos que pueden dificultar ese camino de los Lakers hacia la última serie del año. Pero dificultades que se adivinan en última instancia menores; equipos, en los términos empleados por Hollinger, "good enough to make some noise" y poco más.

 

Un equipo joven como Portland puede dar el año por cerrado con lo hecho hasta ahora. Los Blazers han cumplido al modo de los Sonics de McMillan de 2005: una Regular sobresaliente para soñar con logros futuros y no presentes. Igualmente los mejores Nuggets desde 1976 no parecen aún capacitados para liquidar a los Lakers en una serie a siete partidos. El caso de los Spurs es, de todos, el más desolador. El adiós de Ginobili grava todavía más a un sobrecargado Parker y deja en manos de un Duncan mermado el milagro de convertirse en el rival de entidad que hasta ahora se creía único en el Oeste. Dicho en claro: San Antonio sano era la única alternativa real a Los Angeles.

 

Los Hornets, a la espera de sumar a Chandler y Posey al cien por cien, pasan por una irregularidad manifiesta y quedan a un nivel remoto al del año pasado. Finalmente Rockets, Mavericks y Jazz constituyen la tríada de "tapados" que podrían reventar una ronda de apuestas. Pero difícilmente tres.

 

En definitiva, no han conocido los Lakers post-Shaquille un año más favorable para alcanzar las Finales que éste de 2009. Todo lo que no sea estar vivos en el mes de junio habrá resultado un fracaso.

 

Entretanto los aficionados de Boston andan algo preocupados. Razón por la que escribanos verdes como Robb o Spears han tratado estos días de levantarles la moral recordándoles, entre otras, que la desastrosa noche de Cleveland:

 

  • Tuvo lugar sin Garnett ni Powe.
  • Que una debacle de ese tipo es imposible que se repita.
  • Que los Cavs sufrieron algo parecido hace bien poco ante Orlando.
  • Y que la forma (algo humillante) en que la derrota se produjo es la mejor motivación que pueden encontrar estos Celtics.

 

Habría también que recordarles más cosas. Ante todo el mayor símbolo de todos, al que se aferran como un mantra: el título es suyo mientras nadie lo arrebate. Tal y como reconocía LeBron James: "Until you knock off the NBA champs, that's the team to beat".

 

No vale olvidar el mayor valor de los Celtics: ser una armadura tozudamente diseñada para estos dos meses de batalla. Su mentalización y recursos, aun sin estar al completo, les convierte en el equipo más difícil de batir en una serie a siete partidos. Sin duda el más peligroso. Y que hasta la última colisión prevista ante los Cavs contarán con la ventaja campo. Ganar en Boston en plenos playoffs sigue siendo, para cualquier equipo del mundo, una de las tareas más complicadas.

 

Ahora bien, los aficionados verdes tampoco son ingenuos. Saben, como apunta estos días todo análisis, que cualquier posibilidad de reválida pasa de principio a fin por Kevin Garnett. Por contar con él en unas condiciones que alejen de una maldita vez ese espectro que ha dado apenas ochenta minutos de pista desde el All Star.   

 

Se suma a ello la aparente dificultad que puede encontrar ahora Doc Rivers para seleccionar la rotación con que afrontar estos dos meses, mucho más compacta y definida por estas mismas fechas el año pasado. Pero incluso sin Garnett, o al menos a ese 75 por ciento que suplicaba Paul Pierce, el producto acumulado por Powe, Davis y Moore puede ser suficiente para alcanzar las Finales del Este. De esta previsión se ausenta a los Magic por dos razones: una, la desventaja campo, y dos, el principal y casi único agujero por el que hacen aguas. Entre ese brillantísimo perímetro y Howard sigue sin haber, como acertaba a recordar Zach McCann, un solo enforcer. Orlando muere, como Toronto estos años, por exceso de ecología.

 

Con Boston ocurre que a medida que avancen las semanas se irán haciendo más fuertes. Conocerles a fondo obliga a pensar que ganarán en confianza hasta alcanzar el punto culminante que podría atestiguar un séptimo partido para la historia en el Quickens. Un momento tan decisivo que abriría de repente tres cuestiones sencillamente apasionantes:

 

 

¿Arranca la Era James en 2009?

¿Sobreviven los Celtics campeones?

¿Cumplirá Kobe el sueño del anillo sin Shaq?

 

 

En definitiva, es como si el anillo de 2009 no abriera ninguna otra pregunta.

 

Ninguna salvo sorpresa.

 

Pero no una cualquiera. Sino una de las que abren página dorada en la Historia de la NBA.