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Brandon Jennings es un encendido debate. Una controversia política y deportiva que su nombre ya tiene por condena. Future shock, titulaba con acierto aquella portada de SLAM. Porque shock es la sensación y la idea. El perfecto reflejo de la irrupción de Jennings en esta NBA que sabe ya a 2010.

 

El fenómeno merece una atención muy especial. A sus 20 años Jennings ha derramado más tinta que infinidad de carreras al completo y burlado en dos semanas la lógica de lo ascendente. Cuando todo recién llegado brega por subir, se presenta Jennings a tal altura que da vértigo remontar el pasado para encontrar algo parecido.

 

Se ha contado ya de mil maneras. Pero la noche de Golden State, su séptima de carrera, Jennings alcanzó esa indescifrable migración al aro, conocida como zone, que millares de jugadores ni pudieron imaginar en vida. Jennings lo metía todo (12 de 13 para 29 sin pérdidas en un tercer cuarto de 223.1 en Offensive Rating / 45 en la segunda mitad). De triples en carrera a largos tablazos frontales, como si hubiera hecho falta una carambola al suelo. Estaba tocado. Y lo sabía. No precisaba de tiempo ni reflexión. Cuanto antes pisara ataque antes consumaba el acierto. Jennings hizo carne aquella sobrehumana sensación que Jordan definió como anhelo. Anhelo de que los partidos "no terminaran nunca".

 

Moneda de Vaccaro y las presuntas mafias que mercantilizan infantes, Jennings se ha convertido en sinónimo de subversión. Se vino a Europa porque Arizona no aceptaba su deficiente índice académico. Eludió la tarima de presentación en el draft y maldijo en silencio su posición, contra la que ahora libra batalla cada noche. Y tanto burla protocolos como aspira a derribar mitos. Del artificial límite de edad ordenado por el último Stern al desesperado grito universitario por preservar privilegios, Jennings emerge como icono del camino inverso, "with modern lead guard skills -añadía Ryan Jones- and a healthy ego".

 

Esto es Jennings. Un ansia de triunfo en lo único que tal vez sepa hacer. Un hijo de nuestro tiempo. Del difícil tiempo americano.

 

Con él es inevitable otra sorpresa. Una sorpresa en forma de incoherencia entre el Jennings de Roma y el Jennings de Milwaukee. No pocos aprovechan el presunto fiasco del chaval aquí para sacralizar la dificultad del baloncesto europeo, que lo es al más alto nivel. Pero no es una razón suficiente.

 

A los 19 años, inoculado de repente en un mundo completamente nuevo, de idioma y cultura desconocidas, resulta muy difícil no ya brillar sino simplemente desatar a gusto todas las cualidades que uno encierra. Sin un minutaje amplio, incorporado a la grave arquitectura de una escuadra europea (sumida en problemas de orden interno), sobre un baloncesto de tempo mucho más lento y diseño en estáticos, sin apenas espacios ni carreras, bien vale apreciar en el joven su silenciosa integración en ese mundo igual que vale hacerlo con el Childress de Grecia. "Es un estilo muy distinto. (...) -elogiaba el chaval en Roma-. Un tipo de juego mucho más en equipo y por eso comparto minutos. (...). Estoy aprendiendo y creo que es una gran situación". Tanto como que su temporada de novato no existe. Porque ya pasó.

 

La severa experiencia de Jennings en Europa le ha servido de mucho. De muchísimo. Igual que su viaje de Compton a Oak Hill -"por fin mi vida no se distrae con nada que no sea baloncesto y escuela"- Europa puso freno a todo ese peligroso excedente que su ego podía observar como ilimitado. Libre ahora de esos férreos correajes Jennings ha explotado todo lo que, en la intimidad, ha seguido trabajando. Igual que Saras dejó de extrañarse a su regreso, Jennings ha vuelto a casa y así lo siente todo su potencial. Potencial que Dejan Bodiroga no tuvo reparo en alabar cuando otros sólo atendían a la pobreza de los números: "Es uno de los mejores talentos que he visto en mi vida".

 

Más allá del escepticismo, de la lógica sorpresa generada por un jugador que en lugar de aspirar pesadamente a la cima parece arrancar de ella, cierto ideario conservador, típico de nuestra vieja Europa, parece recelar y temer de su repentina explosión, como si al hacerlo el baloncesto como juego perdiera consistencia, credibilidad, razón de ser. 

 

Y una vez más, es de hacer notar la deplorable devaluación mental a que ha conducido el largo siglo de progreso en nuestro juego, especialmente a este lado del mundo.

 

No hace tanto tiempo que aquí mismo los dioses se nombraban a golpe de Galis, Petrovic u Oscar. Los dioses eran los que veían aro con misteriosa facilidad. Ahora, en cambio, se hace trono de cualquier cosa que no implique directamente canasta. Dos pases certeros, cuatro robos en defensa, manejarse en el poste alto, "innovar" cociendo el juego, ser joven y centroeuropeo de apellido impronunciable o esa ridícula coartada de los intangibles valen, en suma, mucho más que anotar. Es como si el viejo aficionado, sobrado de medios y años, hubiera perdido toda frescura, y lo que es peor, el sentido original que lo aficionó al baloncesto para terminar convencido de que las canastas son lo último que celebrar y sus autores lo primero que condenar.

 

 

 

 

Así Jennings cumple con esos requisitos que hacen del negro un negrata, del desafío soberbia, del talento sospecha y del tatuaje delito, esto es, todo ese maléfico orbe de cosas del que el viejo europeo, por puro esnobismo, sale disparado.

 

Tal vez todo resultara más sencillo de no estar Ricky Rubio por medio. Ninguno de los dos tiene la culpa. No están enfrentados. Mucho antes hermanados por la histórica circunstancia de que los dos mejores bases adolescentes estaban fuera de los EE UU. Pero el gran público ha caído en la morbosa trampa de enemistar lo que representan observando, en un lado, a Rubio como la quintaesencia del genio generoso y a Jennings como el millonario egoísta. Y en el otro, al overrated huido frente a una valiente realidad.

 

Porque Jennings batalla también analogías por allí. No deja de ser curiosa la observación de Kurt Rambis en la maliciosa comparativa que la prensa corrió a establecer con Jonny Flynn, cuatro posiciones por encima de Brandon en la noche del draft. Objetaba Rambis con razón que Flynn está sometido al aprendizaje del triángulo incorporado ahora a los jóvenes Wolves. Se siente por ello menos libre que Jennings en el nuevo grupo de Skiles. Y siendo cierto, no deja de resultar sumamente interesante que el vocablo libertad aparezca en la misma frase que Scott Skiles. Así de imposible resultaba hasta ahora. Así hasta que Skiles no ha querido oponerse a lo que el novato, muy por encima de tácticas, está resolviendo por sí mismo.

 

"Y Milwaukee ¿qué está ganando?", me preguntaba con sorna un buen amigo cuando la pregunta correcta sería qué ganaría Milwaukee sin él. Porque los Bucks no están para ganar mucho este año. Y ése suele ser terreno abonado para el aprendizaje, el rodar y madurar de jóvenes recién llegados, tal y como experimentó Calderón a su llegada a Toronto.

 

De momento ganar es lo único que ha conocido el joven Jennings. Sin su concurso aquel 45-0 con el quinteto intacto (Jennings - Hackett - Story - King - Love) no habría sido posible. Igual que rivales como Derrick Rose y Eric Gordon no sabrían lo que es perder ante un equipo liderado por él. De tan brutalmente joven no es posible tirar muy atrás en su vida sin caer en la niñez.

 

Si el debate fuera simplemente deportivo, la reacción debería ser otra. No es un hecho diario descubrir a un jugador que, a la espera de detonar potencias de pase -cosa que ya hizo con suficiencia en HS-, tiene algo de Tiny Archibald y Isiah Thomas, un descaro anotador que rescata por lo menudo del cuerpo la memoria de Calvin Murphy o hasta lo mejor de Allen Iverson antes de enfermar de sí mismo; una zurda tan eléctrica y tan del gusto del balón que sus días en Oak Hill remitían al recuerdo de Kenny Anderson. Igual que disparando suspensiones vivas tiene mucho de aquel Elliot Perry que burló en Phoenix diez miserables días de contrato.

 

Jennings tiene algo de todos y nada de nadie.

 

Nunca mejor noticia que la irrupción de un jugador joven que parece no serlo. De algo así nada hay que temer. Acaso únicamente, advertía Hollinger, determinado establishment muy localizado que habla en forma de siglas (NBA/NCAA). Porque el debate más profundo allí es esencialmente político. Como política parecía la maniobra que pudo hundirle la noche del draft.

 

De hacerse Jennings con el Rookie of the Year la amenaza de fuga juvenil a Europa tendría en él su punto de partida. Igual que Rubio (#5) ha abierto la espera como una posibilidad. Hasta eso los une, como avisaba Lang Whitaker en nombre de ambos: "The quo has lost status".

 

El único riesgo plausible en Brandon Jennings, su única culpa, es haberse presentado en la cumbre. Cosa con la que todo joven ha soñado alguna vez.