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Parece el título de una película de aventuras pero no lo es. Se trata del órgano vital de un joven jugador australiano que hasta hace unos días dormitaba en la información más subterránea de la NBA. 

 

 

 

Tal vez pocos lo recuerden. Pero antes de arrancar la temporada de 1989 Clippers y Pistons se medían en Springfield en el tradicional encuentro de pretemporada, uno de esos partidos casi estivales que el público entiende como exhibición y los equipos como rodaje. No había en aquella velada mayor aliciente. No hasta la esperada reaparición de un auténtico monstruo. Un jugador que, con permiso de O'Neal, ostenta el trono de fuerza bruta en la historia de la NBA.

 

En los minutos finales Chuck Daly daba entrada al titánico Darryl Dawkins ante el delirio del público presente, que poco después caía extasiado por consumar Dawkins precisamente lo que la gente esperaba: uno de aquellos descomunales mates que hacían temblar la canasta como si fuera un juguete. Desde mucho tiempo atrás la gente adoraba a Dawkins por su grotesca forma de entender el juego. Por ser un auténtico 'freak' y un veterano dinosaurio. Y por una cosa más: la muerte de su esposa un año antes le había sumido en una depresión que aprontó el final de su carrera.

 

Puede sonar extraño. Pero la entrada a pista de Nathan Jawai en el Air Canada este pasado domingo en el partido que medía a Toronto y Sacramento remonta con esotérica precisión aquellos minutos de hace ahora dos décadas. El público canadiense ardía en deseos de ver a la única elección efectiva (vía Indiana como parte del traspaso de Jermaine) que los Raptors consumaron en el último draft. Y movía al escalofrío el increíble parecido del joven Jawai con el último Dawkins y con el mastodóntico aspecto que calzaba éste en aquella testimonial reaparición. Con un cuerpo demoledor en torno a los 130 kilos y visiblemente nervioso, 'Aussie Shaq' saltó a pista con miedo.

 

Se sabía además, como Dawkins entonces, protagonista de todas las miradas. Y las abusivas consignas de Voskuhl y Solomon tras el tiempo muerto tampoco ayudaban. Así, cada vez que la bola se le acercaba el rumor estallaba en rugido. En los menos de dos minutos que estuvo en pista saltó a por un rebote sin éxito, cometió una falta ingenua, no se enteró de que tocaba a Salmons un solo tiro libre y su único lanzamiento terminó a medio metro del aro.

 

En realidad Jawai ya había estrenado carrera hace una semana en Detroit, cuando a los 17 segundos de saltar a pista le señalaron pasos y el resto fue un deambular de aquí para allá como un espontáneo. La noche anterior el chaval ya había estrenado chándal en Atlanta. Un apremio al que las ausencias de Jermaine y Humphries obligaban. Pocos minutos antes de empezar el partido Triano trataba de disiparle los nervios. Y al cazarle hablando por teléfono en un aparte del Philips bromeó reprochándole que no había nadie despierto en Australia a esas horas. Y Jawai, al parecer de carácter algo pueril y bonachón, le contestó sonriendo que era su novia, que vivía en Denver y que difícilmente la chica habría tenido tiempo de llegar a la cita. Menos mal. El novato no jugaría un segundo.

 

Jawai es uno de esos raros fenómenos que se ganan enseguida el cariño del público NBA, sensible a los problemas de corazón que le han impedido no sólo jugar sino simplemente entrenar con normalidad en los últimos meses. Su corazón ya parece estar listo. Pero todo aquello que lo recubre, aprisionado en clínicas y gimnasios desde que le fue detectada la anomalía, está ahora a prueba, la más importante que hasta ahora le ha tocado vivir. 

 

La carrera del primer aborigen australiano en el baloncesto profesional americano aún no ha comenzado. Pero él y su familia, naturales de la remota Bamaga, lo que un día fue tribu y hoy sigue sin llegar al millar de habitantes, alucinan con tan sólo verle ahí. El chico está verde. La verdad, casi amarillo. Así que no queda más que desearle suerte. Porque la va a necesitar. 

 

Artículo publicado en Eurosport