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15/06/2009

Cuando un deportista alcanza la cima y no se avista cerca la retirada, el ojo analítico se mueve entre dos cuestiones que rivalizan casi a golpes por ocupar la hegemonía del momento. Una mira al pasado y se pregunta por qué todo esto. La otra, escapa a la fugacidad de la gloria y mira hacia adelante. Busca adentrarse en el qué será, o coloquialmente, el ahora qué.

 

Más que cruciales, las dos cuestiones son sencillamente apasionantes.

 

La primera tiene sin embargo mucho más recorrido. Porque permite observar la película de una vida y preguntarse si aquello que se apuntaba en un principio ha correspondido sucesivamente hasta llegar a hoy. Si ha habido coherencia entre lo que se esperaba y lo sido.

 

Y hoy, hoy más que nunca, el titular es tan abrumador -PAU GASOL CONQUISTA EL ANILLO DE LA NBA- que parece no haber hueco para otro tipo de análisis. Ni siquiera para el análisis, tal es la absoluta y masiva admiración que despierta el logro. Y sin embargo puede no haber momento más ideal que éste para asomarse a la panorámica de su biografía técnica.

 

Ocho años después de llegar a la NBA, Pau Gasol, el jugador de baloncesto, sigue siendo desde un punto de vista técnico un enigma. Un absoluto y fascinante enigma. Para tratar de comprenderlo bastaría con hacer un simple ejercicio de memoria. 

 

Con Gasol sigue siendo inevitable formularse algunas preguntas: ¿Es Gasol el mejor Gasol posible? ¿Hay coherencia entre su principio y su hoy? Si es tan bueno y valioso, ¿por qué tan recurrentes algunas críticas? Y finalmente: ¿es más ambicioso el gran público que él? ¿O soñaba Gasol con ser esto mismo que ahora es?

 

Todavía hoy rodea a la figura de Gasol un enorme material difuso, no definido, como si el mismo Gasol estuviera inacabado. En el fondo asoma una poderosa razón para ello. Objetivamente Pau Gasol carece de precedente. No hay en todo el pasado un jugador con quien enfrentarlo directamente. Esto significa, de entrada, que es más único de lo que pensábamos.

 

 

Gasol. Fase 1.

 

El perfil técnico inicial de Pau se nos fue escapando aprisa de las manos. En aquella temporada de 2001, todavía aquí en España, el mayor de los Gasol alcanzó tal cima de juego que no había posibilidad de análisis más allá de la perplejidad. No sabíamos si era un tres, un cuatro o un cinco. Parecía que Bob Pettit se había reencarnado en un jovencito de Sant Boi tantos años después como su mejora genética aparentaba. Más alto, más rápido, más poderoso y mejor.

 

Aquel espigado mástil de 2.15 que merodeaba unos ridículos 100 kilos gustaba de moverse en todo espacio con igual éxito y soltura. Vimos a Pau desequilibrar iniciando sus entradas desde fuera del triple. Rebotear a una altura que ahorraba incluso el salto a los rivales. Tirar o intentarlo desde toda posición imaginable y dominar el interior, ofensiva y defensivamente, como el joven Sabonis soviético. Vimos a un tipo tan abrumadoramente superior que cuando nos quisimos dar cuenta se lo habían llevado. Porque de tan insólito no parecía un deportista español.

 

La altura de aquella cima, la Fase 1, fue un absoluto espejismo.

 

Era falso, como lo había sido con Sampson, que estuviésemos ante el tres más alto de la historia.

 

 

 

Gasol. Fase 2.

 

Llegado a la NBA la primera resistencia fue su peso. Un hombre tan alto no podía ser tan flaco. Ello supuso un proceso que difícilmente negar. Aquella supernova versátil sin límite aparente fue concentrándose paulatinamente en márgenes de seguridad cada vez más pequeños y dando con sus pasos cada vez más cerca del hierro, al que empezó a dar la espalda con cada vez mayor frecuencia. Y cuanto menos miraba al aro más lo hacía con los compañeros.

 

Con el paso del tiempo ya apenas importaba si era un cuatro o un cinco. Tan sólo que nada en él figuraba un tres y todo, en cambio, una referencia interior.

 

Pau renunció a la aventura exterior y con ello se disolvía una buena parte de aquellas fortalezas que mucho antes que él, el gran público había imaginado. Rápidamente Gasol fue incorporado a un destino colectivo: los Grizzlies de rotacion y playoffs. Su ascenso puramente individual empezó a detenerse y en su lugar lo hizo la carrera colectiva. Como Bill Walton, pero sin un anillo ni lesión de por medio.

 

Con todo, Gasol seguía sin tener precedente. Se habían alejado ya por completo quimeras futuristas que remitían a un gigantesco Tom Chambers del siglo XXI. Incluso fue haciéndose menos Alvan Adams y más Kevin McHale. Como a caballo entre uno y otro. Y tan sólo porque parecía eludir la mirada al hierro de cara, dado que ni tenía el tiro de Adams ni el barroquismo de pintura de McHale. Pero concentraba, y a mayor estatura además, algunas de las mejores virtudes de ambos. 

 

 

 

 

 

 

 

Gasol. Fase 3.

 

Para cuando Pau aterriza en Los Angeles, el viaje de su vida, es ya un jugador que viene tozudamente a sumar mucho antes que a ser la suma entera. A lo largo de siete años había demostrado que cuanto más pesara el entorno menos lo haría él. Y el peso del entorno en los Lakers era incomparablemente superior al que había experimentado en Memphis.

 

Con Kobe Bryant de monarca anotador, incluso Lamar Odom de alternativa, del Gasol ofensivo, aquel que bobamente concebimos como si estuviera solo en pista, empezaron a no quedar más que los restos. Pero sobre ellos emergió con un poder de transformación admirable el jugador que domina, en silencio, todas aquellas facetas del juego más sumergidas a ojos del espectador. Desde la defensa no numérica a la extremada generosidad del desplazamiento sin balón. O lo que es lo mismo, todo aquello que permite al resto brillar y a él sumergirse cómodamente en el fondo por donde todos caminan.

 

No deja de ser curioso su carácter. Porque al mismo tiempo que demandaba balones no hacía más que doblarlos en cuanto disponía de ellos. El hecho de ser tiránicamente generoso ha favorecido tanto al equipo como a él perjudicado para determinadas ópticas, tan críticas como estrechas.

 

Y aún en Los Angeles sigue sin tener precedente. Porque su extremada sensibilidad como hombre interior, cuyo estándar histórico corresponde al ejemplar fuerte, rudo y a menudo violento, le hace parecer más volátil y suave que todos aquellos interiores del pasado hasta Tim Duncan.

 

Y todavía se le exige más. Por eso Pau sigue siendo un enigma. Porque figura una contradicción que Norbert Bilbeny atribuía a otro género de hombre. "Pedirle que represente el papel contrario equivale a exigirle que ejecute el papel que ha aprendido a rechazar".

 

El enigma es de tal calibre que aún hay quienes, ingenuamente, aguardan de su perfil individual nuevas conquistas. Y no las hay. Como no existe lo individual en su cabeza. No más allá de lo colectivo, el exclusivo terreno para el que nació este jugador de baloncesto silencioso.

 

Los Angeles y este anillo de 2009 son el techo para su perfil. El techo de su vida deportiva. Y así queda respondida aquella segunda pregunta que formulaba el ahora qué. Hasta es posible que mermando poco a poco su atletismo en favor de un baloncesto cada vez más intuitivo, seamos testigos aún de una fase terminal de jugador que remita a un plano incluso superior al del Vlado Divac maduro. 

 

Un perfil tan enigmático como sagrado. Es lo que en el descanso del quinto partido vino a asegurar el mayor mito en la historia de los Lakers, Magic Johnson, como corolario a un video sublime que la propia ABC había decidido emitir como si Gasol fuera el verdadero motivo de una nueva gloria angelina.

 

Y en el fondo lo es. Un fondo del que ni quiere ni tal vez haya deseado nunca salir como jugador de baloncesto.