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Si uno levanta la vista al techo del AT&T Center observará cómo junto a las banderas que exhiben el ya dorado palmarés de San Antonio cuelgan otras que recuerdan a los mejores jugadores que vistieron la negra texana. Incluso puede que le sorprenda un 00 (doble cero) junto al 6 de Avery Johnson, el 13 de James Silas, el 32 de Sean Elliot, el 44 de George Gervin y el 50 de David Robinson.

 

La sorpresa tiene su explicación y aquí venimos a contarla.

 

Cerca de una hora después de que Magic Johnson alzara los brazos como número uno del draft de 1979, el viejo Larry O'Brien hacía sonar en la sala el nombre de un joven llamado Johnny Moore. "¿Quién?", preguntó algún despistado. "Sí, Moore, el base de Texas. Los dos últimos NIT han sido suyos, el mejor de largo de ese equipo. Pero algo bajo, la verdad".

 

No había otra razón. Porque hundido en la segunda ronda Moore fue elegido por los Sonics, entonces vigentes campeones, minutos antes de que lo enviaran por un puñado de dólares a San Antonio. Y aun menos luego del trato dispensado en el training camp de verano por Doug Moe, dicho en los mejores términos, de tibia indiferencia hacia las virtudes del chaval.

 

El técnico decretó su adiós en la segunda semana de octubre cerrándole el paso a debutar con el equipo. Y Johnny regresó apenado a su Altoona natal, en Pennsylvania, allí donde muchos vecinos creyeron tener razón por su vuelta, dado que siempre habían pensado que los sueños del más pequeño de los Moore por alcanzar la NBA no pasaban de delirios típicos de juventud. "Bill, el mayor de los cuatro hermanos, era el bueno, ya te lo dije yo", supuraba aún algún vecino.

 

Sin embargo, a poco de arrancar el verano siguiente, y ya sin Moe en el banquillo, los Spurs le reclamarían otra vez. Era su oportunidad y Johnny respondió dando lo mejor de sí. Se convirtió de inmediato en el mejor pasador del equipo. Y con él como segundo base, el recambio de James Silas, San Antonio sellaba entonces el primero de sus tres títulos consecutivos de la Midwest.

 

San Antonio no era entonces lo que es hoy. Nunca antes lo fue. Pero asomaba en el Oeste como el más firme aspirante a tomar el relevo de los Nuggets como el equipo ABA mejor situado para hincar el diente a la NBA. Tanto convenció Moore al nuevo técnico Stan Albeck que el veterano Silas fue traspasado después de nueve años en el equipo. En julio del 82 llegaba procedente de Chicago Artis Gilmore y el equipo, con un quinteto titular encomiable (Moore, Banks, Gervin, Mitchell y Gilmore), firmaría su mejor temporada de la historia antes de caer en seis partidos en la final del Oeste ante los Lakers.

 

Moore seguía a lo suyo: crear juego y defender como nadie. En apenas dos años se había convertido no sólo en el alma del equipo sino en el mejor pasador de toda la NBA. Moore era uno de los bases más completos de la liga y, en ese lustro que abría la década, tan sólo Isiah Thomas y Magic Johnson repartieron más asistencias que él. Su nivel de juego alcanzó tal extremo que el día 8 de enero de 1985, en la victoria de su equipo ante los Warriors por 139 a 94, se fue hasta los 26 puntos, 11 rebotes, 13 asistencias y 9 robos de balón, quedándose a tan sólo uno de protagonizar el que habría sido segundo cuádruple doble de la historia tras el de Nate Thurmond en 1974. 

 

Johnny Moore era entonces el segundo mejor base de todo el Oeste, el director ideal para un equipo que aspiraba a todo. Pero aquellas navidades de 1985 le tenían reservada una inesperada traición, una de esas traiciones que recuerdan el absurdo de la vida contra el que nadie está realmente a salvo.

 

El día 17 de diciembre los Spurs se ventilaban en casa a los Blazers antes de tomar el avión con destino a Los Angeles para medirse a los Clippers tres días después. Soplaba entonces un extraño y pesado aire en el sur de Texas, una de aquellas inhóspitas brisas que hacían entrar el desierto en plena ciudad y que Moore, como todo habitante del estado, respiraba a pulmón seco. 

 

 

JMoore SLAM

 

 

En la víspera del partido Moore se vio invadido por repentinos escalofríos. No le dio mayor importancia y, a lo sumo, pensó que acaso estuviera incubando uno de esos tradicionales catarros de invierno. Ya de noche, a los escalofríos se añadió un terrible dolor de cabeza que dio con él en la cama antes de lo previsto. Daba igual. Un sueño reconfortante bastaría para estar listo ante los Clippers. Así fue y un 119 a 104 selló aquella velada en la que sintió que por momentos le flaqueaban las piernas. No había tiempo para pensar. Al día siguiente también tocaba jugar. 

 

De nuevo el avión y otro destino, esta vez Denver. Aquella jornada los escalofríos redoblaron su frecuencia, se hicieron más intensos y Johnny, en pleno partido, empezó a desconfiar de su visión periférica. Las gradas del McNichols tornaban por momentos borrosas mientras su respiración se hacía cada vez más pesada, casi estertórea. El partido, otra victoria cómoda, pasó aprisa pero Moore supo que algo extraño, lento pero seguro, estaba tomando posesión de su cuerpo. No dijo nada a nadie. Y una vez más buscó otra coartada. Se hizo a la ingenua idea de que la altitud y sequedad de Colorado le habían pasado factura. Pero no se preguntó por qué tan sólo a él.

 

Transcurrirían cinco días antes de tener que volver a vestir de corto, de nuevo en Los Angeles y esta vez ante los Lakers. En ese tiempo las molestias no desaparecieron. Antes bien se recrudecieron. La noche anterior al partido su cama fue un infierno. Perdía todo el agua que ingería, los escalofríos dieron paso a fuertes temblores y violentas náuseas se apoderaron de él. Al despertar se hizo fuerte creyendo que un buen desayuno y una sólida comida despejarían su malestar. Eso le ayudó a afrontar como si nada el nuevo partido llegando al Forum a la hora prevista.  

 

Pero en el precalentamiento Johnny empezó a tener serios problemas para mantenerse en pie. De repente el mundo se le hizo inexplicablemente borroso y lo último que contempló antes de desfallecer fueron sombras que se le acercaban. "¿Eh, Johnny, qué te ocurre? ¡Johnny!"

 

Ya después, la oscuridad.

 

Johnny Moore fue inmediatamente trasladado a un hospital. El equipo médico reconoció todas y cada una de sus dolencias. Eran demasiado evidentes. Pero no fue hasta la segunda semana del nuevo año que los médicos elaboraron un diagnóstico firme. El día 15 de enero los Spurs anunciaron que Moore no volvería a jugar en lo que restaba de temporada. "¿Se trata de alguna lesión?". Ahora había que explicar aquella extraña cosa. 

 

Más que extraña, insólita. Johnny Moore había estado expuesto al traicionero viento del desierto. Y en algún momento fue víctima de un hongo invisible, una bacteria cuyo nido eran las tierras más áridas del sudoeste de los Estados Unidos y el noroeste de México. La extraña enfermedad que le asolaba era técnicamente una coccidioidomicosis, más conocida como Fiebre del Desierto.

 

Ingresado y aislado del mundo los síntomas no disminuyeron. Moore sufría de escalofríos, fiebre y dolor de cabeza, una violenta tos acompañada de fuertes dolores en garganta, pecho y articulaciones, presentaba sarpullidos por diversas partes del cuerpo y toda su energía había desaparecido. Si no se le trataba aprisa, el desenlace podría ser fatal. Su sangre estaba infectada.

 

No había ninguna fecha. El tratamiento duraría semanas, tal vez meses. Y la terapia posterior, rara vez era inferior a un año. Le fue decretado un tratamiento a base de anfotericina B, un antibiótico que le era inyectado directamente a la médula espinal por entre las vértebras. La enfermedad era tan rara como su combate, cuyo principio activo se había obtenido originalmente en los fondos del río Orinoco. En dos semanas Moore perdió diez kilos y no ya su condición de deportista sino de hombre. El doctor de los Spurs Richard Thorner, convertido en portavoz y apartado del cuerpo médico que le trataba, tan sólo podía dictaminar leves mejoras. Pero el paciente, un jugador profesional de baloncesto, había desaparecido de repente para el mundo. Y casi mejor. Porque las escasas noticias que llegaban asomaban detalles tan sórdidos como que en una nueva fase la hipodérmica atravesaba la base del cráneo para inyectar el antibiótico directamente al cerebro. "Era terrible. Porque los efectos secundarios del tratamiento eran casi peores que los males de la enfermedad". Ingresado la mayor parte del tiempo en el Health Science Center de la Universidad de Texas, Johnny se convirtió en un valioso conejillo de indias para el futuro combate de una enfermedad sobre la que no había una ciencia exacta.

 

Cuando Moore fue apartado del equipo en Los Angeles las crónicas referían a San Antonio como "the hottest team in the NBA right now". A partir de entonces todo se vino abajo y los Spurs cerrarían el año como últimos de la Midwest. El desastre costó el cargo a Cotton Fitzsimmons. Y si algo tenía claro el nuevo técnico, Bob Weiss, era que en sus planes no entraría ningún enfermo, por muy bueno que hubiera sido.

 

El verano del 87, casi dos años después, Moore había completado presuntamente el tratamiento. Incluso inició la temporada con San Antonio pero tras cuatro partidos con el equipo quedaba claro que ya no era ni una sombra de lo que había sido. Visiblemente delgado y contraído, el momento más duro se producía cada noche cuando Weiss se dirigía a él para decirle: "Mira, no creo que te pueda dar muchos minutos. Tengo que ir probando a los demás". Demasiado probado estaba que ejemplares jóvenes como Alvin Robertson, Johnny Dawkins e incluso Jon Sunvold se habían antepuesto a cualquier regreso de Moore. Robertson era una estrella de la liga y hasta había completado el cuádruple doble que a Moore el destino le negó. Con la excusa de abrir hueco en la plantilla al recién llegado Charles Davis, el equipo daría boleto a Moore el 19 de noviembre.

 

Dos semanas después recibía una llamada de los Nets. Moore vio abrirse el cielo sin intuir que con ellos jugaría un total de diez minutos antes de ser despedido.

 

El teléfono no sonaría más. Y Johnny tuvo que emigrar a México, a jugar con los Tacos de Guadalajara sin que en ningún momento le abandonara su sensación de apestado. Una sensación que se prolongó durante dos años incluso en el equipo de Tulsa de la pobre CBA. Hasta que en noviembre de 1989, casi de manera simbólica y sabiendo que Moore había seguido trabajando duro para regresar, su equipo de toda la vida le recuperaba como agente libre. Larry Brown le concederá nueve minutos por velada, una limosna que rascar a Mo Cheeks primero y a Rod Strickland después.

 

El 23 de agosto de 1990 se acabó la agonía que unas malditas navidades de cinco años atrás le habían destinado. Moore aún sacaría voluntad para viajar a España y padecer un despido firmado por Ivanovic. Así como de experimentar las profundidades del baloncesto israelí. Pero en realidad hacía ya demasiado tiempo que todo había terminado.

 

Ocho años más tarde recibía una llamada que movilizó a toda su familia, incluido su padre, a quien la diabetes le había amputado una pierna. San Antonio Spurs, la casa donde había llegado a cumplir sus sueños de juventud, le retiraba oficialmente su camiseta para siempre en una preciosa ceremonia.

 

Era el momento de hacer cumplir una justicia que un mal día, sin saber ni cómo ni por qué, la vida le había arrebatado.