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31/01/2009

Uno de los errores más perversos de nuestro tiempo ha instalado a Jordan en el Baloncesto como al mono en la Evolución del hombre. Como si cada nuevo destacado ejemplar de cercana estatura hubiera de descender directamente de él. Como si toda nueva promesa en esa misma posición no pudiera abrir un espacio reservado para ella y completamente a salvo del mito.

 

 

 

 

 

 

La figura de Jordan -'metafigura' en los términos descritos por Halberstam- sigue fresca en la memoria. Se halla muy presente en el presente y, es de temer, en el futuro. A falta de bases dominantes tan sólo los equipos y los grandes interiores consiguen escapar a ella. Nadie enfrentó a Shaq con Jordan. Tampoco se hará con estos Celtics campeones como no se haría con Chris Paul si elevara a los suyos a la gloria.

 

Es en cuanto despunta un anotador fuera de las posiciones extremas que enseguida colisiona con el llamado "mejor jugador de la historia". Toda herencia del mito, simple (acciones) o conjunta (anillos), valdrá entonces para enfrentar a esos nuevos talentos a un espejo que no les reflejará a ellos sino a una amenazante sombra que parece vigilar a sus espaldas. Una sombra, o como ilustra el genial Drew Litton en esa viñeta, una magnitud que empequeñece al menor aspirante, incluso si éste se llama Kobe Bryant, atesora ya tres anillos y un volumen de gestas cercano.

 

Ese género de jugadores, que bien podríamos llamar aleros anotadores de resolución atlética, cuentan con muchos listones que superar. Pero sobre todos ellos predomina con especial crueldad uno solo. Un listón de oro y diamantes situado a kilómetros del suelo que condena a los aspirantes al fracaso y nubla la perspectiva desde la que tal vez debiéramos observar a cada nuevo jugador.

 

 

"The best there ever was.

The best there ever will be".

 

Así reza el monumento más emblemático erigido a un deportista en el mundo. El primer verso puede ser cierto. El segundo es ya mitología y religión. Un portazo a la realidad y una absurda renuncia a los hechos futuros. Una versión deportiva del Fin de la Historia.

 

Valdría pararse a pensar qué inmensa tiranía encierra todo esto. Una cerrada visión de este tipo obliga a dos preguntas muy arriesgadas y seguramente excluyentes:

 

1) ¿Tan grande fue la figura de Jordan que atrapa incluso el futuro?

2) ¿Tan estrechas son las posibilidades de juego en esa posición que toda excelencia debe ser jordaniana?

 

Esta segunda cuestión es muy peligrosa. Una respuesta afirmativa hablaría en términos muy pobres del Baloncesto, como si una de sus ramas no fuera más que un nivel de juego que alguien ha completado ya en su totalidad.

 

Este curioso fenómeno no acontece con otros jugadores, con otras posiciones. Shaq y Duncan han abierto sus particulares tronos en la historia, igual que lo hizo Olajuwon cuando el mito de Brooklyn decidió tomarse un descanso. A la prodigiosa actuación de Dwayne Wade en 2006, responsable principal del único anillo de Miami, acompañaban subrepticiamente la beneficiosa presencia de O'Neal y su promesa cumplida, y también la sombra de Jordan, por una vez algo más luminosa (su sola comparativa elogiaba a Wade). A Kobe Bryant, tal vez por su propia elección, la figura de Jordan no sólo grava cada minuto de carrera desde que llegó a la NBA, sino que jamás podrá desprenderse de ella. El caso de Kobe es especialmente sangrante. En las décadas venideras no habrá juicio en su causa que pueda escapar a Jordan. Haga lo que haga. 

 

Desde su primer minuto de juego en el instituto LeBron James demostró ser algo bien distinto al tipo de jugador que Jordan fue. Y sin embargo no le caben listones distintos que sortear. Nadie le enfrenta a Magic o Barkley. Es también Jordan el peaje que a la postre juzgará su vida deportiva. Y lo que es peor: lo hará siendo un jugador completamente distinto.

 

Antes de que Vince Carter decidiera inclinar su juego al lanzamiento exterior parecía una plena reencarnación de Dominique Wilkins. A su presunta caída Jordan aparecía como su cruel devorador. Con Grant Hill estábamos ante un all around de menor predación de aro. Su desgracia física, como ocurrió con McGrady, acabó con él y con toda posible analogía. Incluso no parece ser posible el examen final a Pippen sin su Caín particular.

 

En suma, es como si Jordan no sólo humillara a todo rival en su época, sino que lo siguiera haciendo hoy, mañana y siempre.

 

El mito de Brooklyn ha abierto una grieta en la Historia que sepulta a todo jugador anterior en el museo del pasado (allí dormitan cómodos Baylor, Erving, Gervin o Bird) y cierra las puertas de ese mismo museo a todo jugador posterior. Como si él decidiera quién habrá de ingresar y, en caso de hacerlo, en una sala inferior a la suya.

 

Todo esto da cuenta de que la figura de Jordan no conoce parangón en el mundo del deporte. Pero al mismo tiempo puede no haber peor ni más inesperada consecuencia de su brillantísima carrera que este incesante genocidio. Nadie sabe cuándo llegará su final. Si hemos de creer la lectura de su estatua, nunca.