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De entre las pertenencias del sudanés Dud Tongal, primer recruit africano en la NCAA, en sus años de Fordham llamó especialmente la atención de su técnico Tom Penders una arrugada fotografía, como de otro tiempo, en la que aparecía un muchacho de increíble estatura que con una mano agarraba el aro de una canasta sin despegar los pies del suelo. Un sorprendido Penders se interesó por aquel joven y Tongal aclaró que era su primo, el más alto de sus innumerables familiares -el propio Tongal contaba con trece hermanos-, que a él mismo le sacaba una o dos cabezas y que vivía a la manera tribal en alguna remota región del país.

 

Penders terminó contrariado. No había dinero para ir en su búsqueda.

 

Pero no pasaría mucho tiempo antes de darse a conocer la identidad de aquella extraña figura.

 

El personaje en cuestión era nieto de Bol Chol, uno de los jefes tribales del pueblo dinka, apostado al sur del Sudán. Un pueblo que carecía de leyes escritas y convertía a sus jefes en únicos depositarios de la autoridad. Un pueblo muy primitivo en el que prevalecía la poligamia. Así Bol Chol contaba un total de cuarenta esposas, más de ochenta hijos y un sinfín de nietos, uno de los cuales había heredado el rasgo más distintivo de su antecesor, de una estatura en torno a los 239 centímetros. Ese nieto tenía por nombre Manute Bol. Y además de una estatura gigantesca había heredado un defecto en las manos por el cual sus larguísimos dedos se retorcían hacia dentro.

 

Con una población en torno al millón de miembros los dinkas representaban la etnia mayoritaria en el sur de Sudán. Dinkas, nuers, shilluks y otras etnias descendían del antiguo pueblo nilótico que, en sus interminables batidas en busca del pasto para el ganado, fue alejándose cada vez más de sus orígenes y con el tiempo dio lugar a otras etnias, como los masais en Kenia o los tutsis en Ruanda y Burundi. Aislados por la guerra que enfrentó al norte y al sur del país los dinkas eran una de las tribus de más difícil acceso para los turistas, lo que contrarió aún más las ensoñaciones de Tom Penders dejando la historia por poco menos que imposible.

 

Manute había nacido y crecido en una aldea llamada Turalei. La vida del dinka adolescente era sencilla y silvestre a un extremo que el mundo occidental sólo podía concebir a través de la literatura o los documentales. Los dinkas vivían en estrecha y perfecta armonía con su entorno natural. Un entorno radicalmente salvaje. Jirafas, cocodrilos, hipopótamos, elefantes, leopardos y toda la fauna imaginable del África negra formaban parte de la vida diaria. Eran peligros a los que los dinkas estaban acostumbrados. Pero no por ello protegidos. A menudo el peor de esos peligros podía venir del aire. Así el padre de Manute, Madut Chol -de 2.03 de estatura-, falleció a causa de la malaria poco después de que también lo hiciera su madre, Okwok, que hacía de segunda de las siete esposas de Madut. Y es que en la aldea no había medicinas. No al modo de la medicina occidental. La mayoría de remedios contra los males del cuerpo provenía de las vacas. "Todas las mañanas los dinkas recogen sus orines y los usan para lavarse la cara y verterlos en una vasija con la leche recién ordeñada, antes de beberla. La boñiga de vaca secada al sol se enciende durante la noche para proteger a hombres y animales de los mosquitos, y utilizan la ceniza de la boñiga para frotarse la piel y esterilizarla contra las picaduras de mosquitos y parásitos, así como el orín para teñir el pelo de rojo" (Rovira&Salgado, Supervivientes de 5000 años. Los dinkas). De niño Manute también contrajo la malaria. Pero fue afortunado de que le cogiera en Jartum, donde pudo combatirla a tiempo en un hospital.

 

Ningún elemento más central en la vida de los dinkas que la vaca. La vida del pueblo dependía prioritariamente del ganado vacuno, que proporcionaba alimento y leche, así como del trigo y los cereales que molían las mujeres. Como el resto de jóvenes Manute estaba al cuidado del ganado. En su caso, de una parte correspondiente a la propiedad familiar: una decena de vacas y un pedazo de tierra. Una de las prácticas a que eran sometidos los adolescentes consistía en agrupar a un puñado de jóvenes de la misma edad y recibir exclusivamente como alimento leche durante unos siete meses. Los muchachos, a menudo tan exhaustos por el exceso que caían desmayados o incluso se veían impedidos para caminar, competían por engordar todo lo posible y el premio era el reconocimiento de la tribu.

 

Como todo joven dinka Manute experimentó su desarrollo hacia la vida adulta a través de los ritos típicos de la tribu, algunos gratos y otros muy dolorosos. De los primeros formaba parte el cortejo a su primera novia, una muchacha que vivía a unos once kilómetros de Turalei. Para poder verla el joven tenía que hacer el trayecto a pie por la noche, un trayecto infestado de fieras. A la menor señal de peligro Manute se ocultaba en los campos de trigo. El trayecto de vuelta a la aldea se hacía en la misma noche que el de ida. El dinka estaba habituado a realizar a pie largos recorridos.

 

Los ritos más ingratos arrancaban en la pubertad, en torno a los catorce años. Uno de ellos ponía a prueba la resistencia al dolor. Un total de ocho dientes inferiores debían ser arrancados de cuajo sin que el joven derramara una sola lágrima. A ello se sumaba una práctica aún peor. Les rapaban la cabeza y recibían cuatro cortes de navaja a cada lado de la frente durante unos quince minutos. La sangre manaba en abundancia pero los muchachos tenían prohibido llorar. El premio siempre era el mismo. El reconocimiento de la tribu y la aparente normalidad en su camino por alcanzar la vida adulta.

 

Una vida que ignoraba por completo la educación escolar. Un dinka estaba destinado a reproducir los patrones de la vida tribal, como eran contraer matrimonio con muchas mujeres y cuidar de la tierra y el ganado. La escuela quedaba en el fondo mucho más lejos que los tres días a pie que separaban Turalei de la llamada civilización. De ahí que Manute nunca conociera un aula. Tan sólo a los nueve años y gracias a un amigo de su abuelo acudió durante una semana a una pequeña escuela en Abyei, a dos días a pie en dirección norte. La experiencia le marcó lo suficiente como para que tres años después escapara a Babanusa, a unos 240 kilómetros de la aldea, todavía algo fascinado por aquel desconocido mundo prohibido. Pero su ingreso fue rechazado debido a su deficiente manejo en el árabe. Aquellos fueron los días en que su madre falleció sin que se pudiera determinar con claridad la causa.

 

Cuando a ojos de la tribu Manute había alcanzado la edad adulta contaba con una estatura en torno a los 231 centímetros.

 

En 1979 Manute Bol jamás había oído hablar de baloncesto. Así fue hasta que uno de sus tíos, residente en Wau, la ciudad más grande del sur, trató de convencerle de que viajara hasta allí porque se practicaba un juego donde la altura era muy importante. Anteriormente el familiar había informado al cuerpo de policía de Wau de la existencia de su sobrino. La policía de Wau contaba con un equipo de baloncesto que formaba parte de la pequeña liga nacional. Manute fue convencido para viajar hasta allí. Fueron tres días de trayecto a pie. De un trayecto que terminó en fracaso. Cuando le hablaron del baloncesto le pareció estar siendo objeto de una broma, renunció a la aventura y regresó a casa. Pero no todo terminó allí.

 

El siguiente en tratar de convencerle fue uno de sus muchos primos, piloto de las líneas aéreas sudanesas y de nombre Joseph Victor Bol Bol. Como hombre algo viajado Victor fue mucho más prolijo en detalles. Le habló de América, de dinero y de una vida afortunada. Manute accedió de nuevo y los dos regresaron a Wau, esta vez para quedarse. Fue el momento en que el gigante vio por primera vez en su vida un balón, una canasta y aquello que llamaban baloncesto. Sus primeros pasos entre estos elementos completamente nuevos fueron los previsibles. Pero tal vez fuera cuestión de tiempo.

 

A los pocos días de iniciación Victor pidió a su primo que machacara el balón en el cesto. Absolutamente ignorante de la fuerza que precisaba aquella maniobra atlética y seguramente en una canasta de menor altura que las convencionales, el joven dinka se excedió en su intento mordiendo accidentalmente la red. Perdió dos dientes de su hilera superior y a punto estuvo de abandonar aquella locura para siempre.

 

No se lo iban a permitir.

 

Superado el mal trago Manute siguió entrenando hasta que otro primo suyo, Nyoul Makwag Bol, que jugaba como base en la selección sudanesa, facilitó los trámites para que Manute pudiera jugar en su mismo equipo, el Catholic Club de Jartum, la capital del país, a la que viajarían juntos en tren unas semanas después.

 

Nyoul no era el único primo de Manute miembro del Catholic. También lo era Michael Malouk Wiet, quien posteriormente trabajaría en la embajada sudanesa en Estados Unidos durante ocho años. Los responsables del Catholic y especialmente su entrenador, Tony Amin, sudanés de ascendencia griega, no recelaron del pobre nivel de juego de Manute. Antes bien quedaron tan encantados de poder contar con el hombre tal vez más alto de todo el país que mientras el resto de jugadores cobraba dos libras al mes ofrecerían a Manute un total de quince. Los resultados no se hicieron esperar. El Catholic Club dominó a placer el flojo campeonato sudanés y seis meses después Manute ya estaba en el equipo nacional.

 

A partir de ese momento tan sólo una favorable serie de avatares y casualidades podía sacar a Manute de un país próximo al estallido de una cruenta segunda guerra civil, en el que no había ni un solo gimnasio cerrado donde entrenar a baloncesto y donde incluso el seleccionador desconfiaba de los viajes al extranjero por temor a perder a Manute para siempre.

 

En la primavera de 1982, a miles de kilómetros de allí, se incorporan a esta historia dos nuevos personajes. El primero de ellos era Don Feeley, un joven emprendedor que ejercía como técnico en Fairleigh Dickinson, un pequeño centro universitario de New Jersey. El segundo, Elias Stratias, infatigable hombre de negocios, conocedor del país sudanés donde residía su hermano y con quien Feeley tenía amistad a través de las labores de contable y coordinador de programas de intercambido que Stratias ejercía en el centro. Uno de esos programas subvencionaba el viaje y estancia de un entrenador americano para dirigir a la selección de baloncesto de Sudán durante los meses de verano. En un principio Feeley se mostró remiso a ser el elegido. Pero Stratias insistió en que debía aprovechar la ocasión y enriquecer su currículo con una aventura de aquel calibre. Una aventura que incluso podía descubrirle algún jugador interesante al que ofrecer una beca para hacerlo suyo. Feeley accedió y a finales de junio ya estaba en Jartum.

 

Contaba el joven técnico que sus primeras horas en la capital fueron difíciles. Indudablemente era otro mundo. Una sensación que rozó el pánico cuando al encender la luz de su pequeña estancia en el hotel Excelsior, a la que llegó de madrugada, halló un murciélago muerto sobre su cama. Pocos días después Feeley estaba plenamente integrado en su tarea.

 

Para entonces hacía semanas que Manute había regresado a Turalei. Eran días de incertidumbre. El baloncesto le había cortejado lo suficiente para plantearse qué clase de vida quería llevar en adelante. Si acceder a las peticiones de su padre de vivir en la aldea como un dinka o soñar con algo diferente, algo que aunque frágilmente había empezado a conocer. Era el momento de que un pequeño estímulo le moviera a tomar una decisión. Y ese estímulo llegó. La noticia de la venida a la capital de un entrenador americano no se hizo esperar y Manute obedeció a su instinto. Fueron seis días de viaje en tren con parada en Wau hasta verse de nuevo en Jartum.

 

El plan diario de Feeley era minucioso. A las cinco y media de la mañana sonaba el despertador. El traslado hasta la cancha de entrenamiento tenía lugar con desesperante lentitud en un vehículo conducido por un militar que no hablaba ni una sola palabra en inglés. Las sesiones arrancaban a las nueve y no se prolongaban más allá de las dos horas debido al fuerte calor que asolaba la zona en aquellas fechas. La pista estaba situada en lo alto de una colina y era una de las escasísimas de cemento que había en Sudán. Al momento de presentarse Feeley el grupo de jugadores se encontraba siempre lanzando a canasta con aquellos lujosos balones recién llegados de América.

 

El técnico no observó lo habitual aquella mañana. Contempló perplejo a un extraño individuo de impensable estatura que en ese preciso instante estaba enganchando al aro unas de las redes sin la ayuda de ningún soporte. Feeley quedó anonadado con aquella presencia al extremo de alterar todo su plan de entrenamiento. En los días siguientes trabajó especialmente con Manute y trabó muy buena relación con él. Era fácil hacerlo dado el carácter afable y sencillo del joven gigante, del que llamaba enormemente la atención su pobre dentadura, la serie de cicatrices simétricas que presentaba en las sienes y cómo los dedos de sus pies aparecían retorcidos y deformados a causa de no haberse calzado jamás unas zapatillas de su talla. En su fuero interno Feeley reconocía las carencias técnicas del jugador pero al mismo tiempo valoraba en su justa medida la increíble capacidad taponadora de aquellos brazos, los más largos que había visto en su vida.

 

Con el paso de las semanas el técnico gustó también del aparente potencial de otros dos jugadores altos: Akila Shokai y un compañero y amigo de Manute en el Catholic, Deng Nihal. Ambos habían recibido una buena educación en la capital y se manejaban bien en inglés, especialmente Nihal, que hacía de intérprete entre el técnico y los jugadores.

 

Antes de su regreso a New Jersey, en septiembre, Feeley había hablado muy seriamente con Manute sobre la posibilidad de viajar a Estados Unidos y materializar allí un futuro brillante como jugador de baloncesto. También lo había hecho con Shokai al punto de pelear una beca para él en Fairleigh. El jugador llegaría allí en el mes de enero y sería presentado en rueda de prensa con todos los honores. Pero extrañamente aquella operación fue considerada por la dirección del centro como una temeridad y Feeley acabó siendo despedido a pesar de que Shokai terminaría jugando varios años en el equipo de la escuela.

 

El técnico se había quedado en la calle. Pero siguió adelante en solitario. Creyó tener un increíble as en la manga que poder ofrecer a la persona adecuada en el momento oportuno. Un as que poder utilizar como moneda de cambio para ganarse un nuevo empleo.

 

Terminando el invierno de 1983 Kevin Mackey acababa de ser nombrado nuevo entrenador del equipo de Cleveland State. Feeley conocía a Mackey de sus tiempos como asistente en Boston College y sabía de su capacidad para hacerse con jugadores académicamente desastrosos. Suyos eran los descubrimientos de Michael Adams o John Bagley. Feeley no esperó más. Propuso a su amigo recibir el cargo de asistente a cambio de llevarle al equipo a dos jugadores, Deng Nihal y lo que él contemplaba como el secreto mejor guardado del mundo. Mackey accedió. Los quería allí cuanto antes. Feeley tan sólo tenía que tramitar un par de billetes de avión con origen en Jartum y para ello se valió del hermano de Elias Stratias.

 

Así el 23 de mayo de aquel año 1983 tres hombres aguardaban nerviosos en el aeropuerto Logan de Boston la llegada de un avión procedente de Zurich que hacía de escala en el largo trayecto desde Sudán. Esos tres individuos eran Don Feeley, Kevin Mackey y un hombre de confianza de éste, Frank Catapano, versado en la representación de jugadores. Antes de producirse el esperado encuentro tuvo lugar otro francamente curioso. En aquel avión viajaba otro hombre de baloncesto y conocedor de los allí presentes. El sujeto en cuestión era Rick Pitino, que estaba a punto de cerrar cinco años al frente de la Universidad de Boston como entrenador jefe para convertirse en asistente de los Knicks. "No me vais a creer", fueron las primeras palabras de un Pitino absolutamente perplejo por el increíble individuo con el que había coincidido en el avión. Sus interlocutores guardaron un incómodo silencio figurando sorpresa por lo que Pitino contaba. Por fortuna para cuando los llegados por fin aparecieron Pitino ya se había marchado.

 

Manute Bol ya estaba en los Estados Unidos. Tanto él como Nihal llegaron sin un centavo. Quedaban al amparo de aquellos hombres. No así Don Feeley, quien al cabo se sintió traicionado cuando Kevin Mackey renunció a ofrecerle el cargo de asistente. Creyendo aún que Manute era el secreto de su propiedad Feeley cambió entonces de estrategia. Se lo jugaría todo a una carta.

 

A cinco días del draft de 1983 el técnico de los Clippers, Jim Lynam, recibió una llamada en su domicilio de San Diego. Su autor era Don Feeley, amigo suyo desde los tiempos en que Lynam entrenaba al equipo universitario de Fairfield y Feeley al de Sacred Heart, ambos centros muy próximos en Connecticut. "Tengo para ti una sorpresa, una auténtica sorpresa". A esas alturas de año y con el draft tan cercano era realmente difícil encontrar algo que un técnico NBA no supiera de antemano. Al informar de la estatura del jugador que Feeley decía tener entre manos el entrenador de los Clippers redobló su atención algo incrédulo.

 

Jim Lynam estaba dispuesto a prácticamente cualquier cosa con tal de invertir la pobre dinámica de San Diego, equipo que le acababa de conceder su primera oportunidad como técnico jefe en la NBA después de abandonar su cargo de asistente en los Blazers de Portland. Lynam confiaba en recuperar a un Bill Walton lastrado por las lesiones y hacer girar la plantilla en torno a la calidad de Terry Cummings, el mejor novato del año. Pero sabía que aquello era insuficiente. Necesitaba algo más para remontar el vuelo de un equipo muy joven que había cerrado la Pacific con 57 derrotas. Estaba por ello dispuesto a escuchar cualquier cosa, por peregrina que pudiera parecer. Feeley le puso al corriente de aquel secreto que parecía sacado de una película de Disney. Con todo, la llamada le supo a gloria.

 

- ¿Dónde está ahora? -preguntó Lynam.

- En Cleveland. No sabe ni una palabra de inglés y el técnico de Cleveland State está haciendo lo posible para que ingrese en el centro.

- ¿Lo sabe alguien más?

Feeley le fue sincero.

- Bueno, llamé antes a Frank Layden -entrenador de Utah Jazz-, pero él ya cuenta con Mark Eaton y dice no necesitar otro gigante en el equipo y menos aún totalmente desconocido.

- Está bien. No hables con nadie más. Voy a elegirle.

 

La noche del draft Jim Lynam se encontraba en San Diego y al otro lado del teléfono, en Nueva York, Howie Garfinkel iba tomando minuciosa nota de todas y cada una de las elecciones. Llegada la quinta ronda, en la elección número 97, el extravagante nombre de Manute Bol salió a colación seguido por las referencias a su estatura (2.31) y peso (81 kilos). El resultado fue un murmullo de confusión. Parecía una broma.

 

Dos semanas después Lynam viajaba hasta Cleveland para poder conocer por fin al gigante africano. Aquella mañana Manute se encontraba en el gimnasio entrenando junto a Darren Tillis, el pívot que había sido elegido el año anterior por los Celtics en primera ronda y que había terminado el curso jugando para los Cavaliers. Al verle Lynam quedó profundamente impresionado. Era todavía más alto de lo que había imaginado. También le sorprendió que no tuviera dientes. El técnico se presentó. Efectivamente Manute no sabía ni una palabra de inglés. Pero contaba con un intérprete. Nihal Deng estaba permanentemente junto a él y cuando se dirigía a Manute para traducir lo hacía en una lengua muy extraña que ambos compartían, el swahili.

 

Lo primero que Lynam comprobó, como lo hubiera hecho cualquier otro entrenador en el mundo, fue que Manute tenía mucho camino por recorrer. Lo segundo, una de esas corazonadas propias del soñador convencido. Creyó estar ante el robo de los robos del draft, como si su hombre fuera el secreto mejor guardado de la historia. Pero lamentablemente también parecía un secreto para los compañeros. Porque en los días siguientes el campus de los Clippers fue la perfecta demostración del sálvese quien pueda. Era como si Manute les fuera invisible. Los novatos rivalizaban de manera salvaje por ganarse un hueco en la plantilla y el último destino del balón era el africano en las pocas ocasiones en que Lynam le liberó de las sesiones aparte.

 

Poco duró la alegría. La NBA se apresuró a declarar nula aquella exótica elección. La negativa oficial no fue sin embargo todo lo clara que cabía esperar. De un lado se decía que Manute no se había declarado elegible en el plazo prescrito. De otro, que el joven tenía menos de 21 años. O tal vez el producto de ambas. Manute era demasiado joven como para haber permitido su elección sin haber declarado siquiera sus intenciones. El caso es que la NBA había solicitado su pasaporte. Se ignoraba su fecha de nacimiento dado que el pueblo dinka carecía de registro civil. El pasaporte decía que la edad de Manute era de 19 años pero al mismo tiempo que su estatura era de 158 centímetros. Preguntado por esta cuestión Manute aclaró que los oficiales sudaneses le habían medido sentado.

 

Lynam vio así derrumbarse su castillo de naipes y Feeley una vez más el propósito de su confesión. Su intención había sido la misma que con Mackey. Obtener como contrapartida un empleo como asistente en los Clippers, cargo que finalmente fue a parar a Don Chaney.

 

Sin una residencia prevista Manute y Nihal fueron alojados en un hotel de Cleveland hasta el 17 de junio, fecha en la que pasarían a ocupar uno de los pequeños apartamentos que empleaban alumnos y jugadores del centro durante el curso universitario. La estancia era sin embargo el menor de los problemas. Mackey no sabía cómo enrolar a Manute en la universidad. Deng Nihal era un caso diferente. Su educación y manejo en el idioma eran suficientes para hacer una excepción. Pero la tarea con Manute, más que difícil se presentaba imposible. El presidente de la universidad lamentó no poder hacer nada y Mackey trató de hacer lo posible para apresurar en el gigante el aprendizaje del inglés. Fue enviado a la Case Western Reserve, una academia especial para inmigrantes. Arleen Bialic sería su profesora particular, a quien Mackey suplicó que para septiembre el alumno debería poder entender y hablar el idioma. Bialic había conocido casos difíciles pero ninguno como aquel. No sabía leer ni escribir y todos los elementos propios de la civilización occidental le eran completamente desconocidos. Fue la extraña y fascinante sensación de tratar con un salvaje lo que motivó a la profesora a tomar aquella empresa como un personal desafío. Con el paso de las semanas Manute le despertó además un enorme cariño. Salvo para los viandantes, sorprendidos por su increíble estatura, la presencia del gigante africano se mantuvo en secreto.

 

Fueron momentos difíciles. Una profunda sensación de soledad, de enajenación y destierro, asolaron al sudanés aquellos días. Días en que la nostalgia de su vida anterior y el deseo de regresar a la aldea estuvieron a punto de dar al traste con la aventura. Nihal le previno de cometer el error de volver allá donde no le aguardaba ningún futuro. Y Manute confió en los consejos de su amigo.

 

 

 

 

Entretanto el hombre que completaba la recepción a Manute en el aeropuerto Logan, Frank Catapano, se había convertido en su representante. Sumaba así a su estrambótica lista de representados, la mayoría jugadores desconocidos de la CBA, ligas menores y alguno emigrado a Europa, al jugador más singular imaginable, el que tal vez pudiera abrirle las puertas del éxito o bien añadir algún que otro problema a su agenda. Se daba sin embargo la curiosa circunstancia de que Manute no era el más alto de sus jugadores. Lo era el gigantesco George Bell, un proyecto en torno a los 236 centímetros de estatura cuyos graves problemas físicos llevaban tiempo abocándole al fracaso tras pasar por centros de Atlanta, Los Angeles e incluso los Globetrotters. Catapano sabía del lugar testimonial que ocupaba en su agenda el monstruoso Bell. Pero no había nada que le hiciera ver algún paralelismo con su nueva joya.

 

Y eso a pesar de que no empezaran bien las cosas. La universidad de Cleveland State formalizó aprisa los trámites que incorporaban al centro al recién llegado. Pero tan pronto fue propuesta la solicitud fue denegada. La NCAA estimó como no reglamentarias las operaciones que dieron con Manute allí. A ojos del comité un responsable de Cleveland State más un agente habían pagado los billetes de avión y la posterior estancia a dos jugadores. La NCAA estableció los 6100 dólares de las facturas como un pago inaceptable a su normativa vigente y de nada sirvieron las alegaciones de Catapano explicando la situación de los dos inmigrantes, matizando que los gastos no llegaban ni a 5000 dólares y que no procedía confundir la hospitalidad con retribuciones que en el fondo no habían tenido lugar. Personado en el asunto el propio Manute declaró no saber nada del pago de su viaje. Todo fue en vano. Cleveland State fue sancionada con dos años fuera de la competición. La NCAA estimó que la universidad había reclutado jugadores con dinero de por medio.

 

Mackey fue despedido y no volvería a firmar como entrenador hasta el verano de 1990. Quedó tan profundamente afectado por aquel incidente que para entonces se había convertido en alcohólico. Al poco de regresar a su antiguo cargo fue detenido por la policía cuando escapaba de un prostíbulo objeto de una redada. Conducía borracho y bajo los efectos de la cocaína. El tremendo escándalo terminó con su carrera en Cleveland y Mackey acabó ingresando en el centro de rehabilitación para toxicómanos que dirigía John Lucas.

 

Mackey no fue el único de los hombres involucrados en el caso Manute en caer extrañamente en el infortunio. Feeley saboreó aquella amargura varias veces hasta emigrar nueve meses después a Egipto a dirigir a su selección. Pero el caso más triste de todos fue sin duda el de Elias Stratias, fallecido en el atentado terrorista sobre el Boeing 747 de la Pan Am que cayó sobre la localidad escocesa de Lockerbie en diciembre de 1988 y que acabó con la vida de 270 personas.

 

Llegó el mes de septiembre. Y los progresos del alumno africano eran considerables. Incluso satisfacían personalmente a la maestra Bialic. Pero como cabía esperar aquellos progresos eran en conjunto insuficientes. Manute no podía ser becado para ingresar en la universidad. Su pequeño entorno estimó que lo más conveniente era dedicar un año entero a mejorar su inglés mientras se trabajaba intensivamente su juego al margen de toda competición. Junto al apartamento y la academia, el Woodling Gymnasium se convertiría en su tercera residencia. Y compañeros como Sean Hood o Warren Bradley una gran ayuda para él.

 

En febrero Manute sufrió un serio varapalo. La noticia de la muerte de su padre le había llegado con dos semanas de retraso. Volvió inmediatamente a Sudán. Con arreglo a las leyes del pueblo dinka correspondía ahora a Manute la casi total responsabilidad de la familia y su patrimonio. De nuevo la incertidumbre se apoderó del joven. Una incertidumbre agravada con el estallido de la segunda guerra civil en el país africano. El gobierno musulmán del norte liderado por Jaafer Al Nimeiri pretendía imponer su ley a las tribus sureñas del Nilo, que comenzaban a correr un serio peligro. Manute resolvió abandonar Sudán cuanto antes, cosa que finalmente lograría con serias dificultades dos meses después de su improvisado regreso.

 

Aquellos dos meses pasaron factura a su tierna formación. Su inglés seguía siendo tan frágil que era difícil no creer que le haría falta como mínimo otro año más de educación. Cleveland State solicitó una tramitación especial de su caso para que pudiera jugar al baloncesto. Una solicitud que la NCAA volvió a desestimar.

 

Era momento de tomar una decisión. A diferencia de las anteriores esta decisión tocaba por fin a Manute. Si el cometido de su estancia en América era jugar al baloncesto y su entorno no terminaba de hacerlo realidad tal vez fuera momento de cambiar de aires. El extranjero recurrió una vez más a Don Feeley. Ambos desaparecieron del centro que les había acogido. Manute pasó unos días con Bill Musselman, el técnico que llevaba tiempo enrolado en la CBA y con quien el jugador mejoró algunos aspectos de su juego. Una liga profesional como la CBA podía ser la antesala de algo más grande. Incluso era una competición lo bastante extravagante como para dar la bienvenida a Manute. Pero siendo honesto Musselman consideró que aún no era el momento.

 

Feeley aprovechó aquellos días para escrutar un nuevo destino para su hombre, al que una vez más quería junto a él. Ambos terminaron en la pequeña universidad de Bridgeport, en Washington, cuyo equipo militaba en la segunda categoría de la NCAA y donde por fin Don Feeley había encontrado su cargo de asistente a las órdenes de Bruce Webster.

 

Al entrenador de Bridgeport no le cabía reacción distinta a la que Manute había despertado en todos y cada uno de sus descubridores. Webster estaba impresionado por su increíble estatura y encantado de poder contar con algo para lo que no había parangón en todo el país. Manute pasó sus primeros cinco días en el domicilio personal del técnico, durmiendo en dos camas contiguas en forma de T. Como hiciera Mackey en Cleveland el entrenador de Bridgeport pidió a la dirección del centro algún tipo de beca con la que poder ingresar a Manute como alumno. La solicitud de ingreso para un analfabeto en cualquier universidad del país seguía siendo una tarea condenada al fracaso. Pero en Bridgeport las cosas iban a ser diferentes. Cuando el director del centro pudo contemplar en vivo a Manute en el gimnasio supo que tenía en sus manos algo sumamente exclusivo, acaso uno de esos inesperados golpes de suerte que podían brindar a la universidad un motivo de admiración. El ingreso de Manute sólo podría tener lugar a través de una beca especial diseñada excepcionalmente para él. No hubo que esperar más. Eso fue lo que ocurrió.

 

Manute ya era alumno de Bridgeport. Parecía por fin abrirse el camino y fijarse un inicio a partir del que emprender el itinerario correcto. Un motivo de enorme alegría que sin embargo no parecía compartir el agente de Manute. Para entonces Frank Catapano había invertido en su hombre unos diez mil dólares, demasiado dinero como para permitirle largarse de Cleveland a las primeras de cambio. Catapano no rechazaba cambios de destino. Únicamente temía perder el mando de las operaciones. El agente organizó una reunión en un restaurante de Washington. En ella le acompañarían Don Feeley, Bruce Webster y Leo Papile, un asistente de Cleveland State. Al igual que Catapano, Papile era de ascendencia italiana. Y cuando en un momento de la reunión aquellos dos hombres pidieron a Feeley ausentarse para quedar a solas con Webster, éste llegó a creer que estaba tratando con algún grupo mafioso. Especialmente cuando escuchó la consigna principal: "Si Manute no vuelve a Cleveland tendrás problemas".

 

Webster no se amedrentó y obró con fina estrategia. No quería perder a Manute ni tampoco contrariar a su representante, con quien llegaría finalmente a un acuerdo. El gigante jugaría en Bridgeport, escenario poco después de una concurrida rueda de prensa. En ella se dieron multitud de detalles de la vida del nativo africano, de su llegada a los Estados Unidos, de la desgarradora situación de su país y de la profunda dimensión humana que la pequeña institución estaba dispuesta a poner en juego con aquella insólita admisión.

 

Todo salió a pedir de boca. Antes de que pasaran 24 horas se contaban por decenas los profesionales de toda índole dispuestos a colaborar en la educación y bienestar de Manute Bol. Dos de los grupos más entregados a la causa fueron dentistas y fabricantes de camas. En las semanas siguientes le fueron implantadas prótesis en la boca y se le hizo llegar una gigantesca cama de ocho pies de longitud por el módico precio de 50 dólares. La escuela necesitaba también una partida de nacimiento y en pocos días su compañero y amigo Deng Nihal la hizo efectiva.

 

Todo estaba listo. El pequeño pabellón Harvey Hubbell se convirtió para Manute en su primer hogar deportivo. Con capacidad para 1800 espectadores los partidos de casa no daban abasto para las peticiones de entrada. El gigante africano se convertiría enseguida en la mayor atracción de un equipo que concitó una atención más propia de una universidad de primera fila.

 

Manute Bol debutó por fin ante Stonehill y firmó una impresionante estadística de 20 puntos, 20 rebotes y 6 tapones. En adelante Bridgeport contaría con el mejor intimidador de todo el campeonato. Webster empleaba una táctica bien sencilla. Manute era un mástil que situar en los aledaños del aro tanto en ataque como en defensa. Y como cabía esperar era en este último terreno donde Manute alcanzaba su mayor efectividad. Dadas sus increíbles facultades taponadoras muchos de los equipos rivales comenzaron a renunciar al lanzamiento. Un método más propio de los años cuarenta que servía para preservar ligeras ventajas, especular con el marcador favorable y sellar así alguna que otra victoria.

 

Allá donde viajaba el equipo de Bridgeport se levantaba una enorme expectación. En Quinnipiac incluso organizaron una fiesta en honor del extranjero bajo el cartel Manute Bol Party Fans. Bridgeport se llevó allí la victoria con 22 puntos y nada menos que 15 tapones del gigante. El equipo de Bruce Webster cerró el curso con un esperanzador registro de 26 victorias y 5 derrotas. Perderían no obstante en la final regional ante el equipo de Sacred Heart por 42-40, al que habían derrotado hasta en tres ocasiones en la fase regular. Manute Bol había finalizado el año con unos promedios de 22.5 puntos y 13.5 rebotes.

 

A poco de comenzar su segundo curso Manute había mejorado considerablemente su inglés. Pero algunos hubiesen preferido lo contrario cuando un buen día de abril sorprendió a todos anunciando sus nuevas intenciones. Manute quería hacerse profesional. No prefería esperar ni seguir los mismos pasos que todos aquellos chavales a los que veía tan por debajo de sus ojos. Tan consciente era entonces de su privilegio físico que pretendía de una vez empezar a ganarse la vida por sí mismo. Hacer dinero y hacérselo llegar a su familia. Todo Bridgeport se opuso. Incluso Webster pidió a Catapano que tratara de convencerle para permanecer un tiempo prudencial en la universidad. Pero no había nada que hacer. Manute ya había tomado una decisión. Y aunque en un principio Catapano se mostró algo remiso finalmente tampoco se opondría. De hecho era momento de avistar el panorama tal y como su representado le exigía.

 

Por aquel entonces un ex jugador de Boston Celtics, Kevin Stacom, que venía ocupando el cargo de segundo asistente en Northeastern University, recibió una oferta para dirigir al equipo de Rhode Island Gulls, uno de los pocos clubes en incorporarse a una nueva liga profesional de corte menor, la USBL (United States Basketball League), que había decidido fundar un emprendedor comerciante de nombre Dan Meisenheimer. La idea de crear el equipo provenía de los dólares que algunos inversores estaban dispuestos a emplear en el lujoso área de Newport entre los largos periodos de ocio abiertos para turistas y aficionados al deporte marítimo y la America's Cup.

 

Alquilado el pequeño pabellón del instituto Rogers quedaba lo más importante: la confección de la plantilla. Siempre y cuando estuviera al mando de todo el diseño deportivo de los Gulls, Stacom aceptó la oferta y pasó de inmediato a la búsqueda de jugadores.

 

Así tardaría muy poco en verse las caras con Frank Catapano y su extraña agenda de jugadores. Stacom tenía interés en Stu Primus, un escolta muy fuerte de Boston College cuya incorporación agradaría a las dos partes. Lo siguiente era sacar a colación a Manute Bol. Catapano pondría al corriente a su posible comprador de todas las circunstancias que rodeaban al africano, la mayor de las cuales seguía siendo el enorme poder de atracción de un jugador que garantizaba completar el aforo del pabellón.

 

En realidad movía al representante una doble intención. Los pocos partidos que Manute disputara en aquella corta liga estival, además de proporcionarle unos primeros ingresos, serían una magnífica carta de presentación para Manute de cara al draft de la NBA. La USBL arrancaba el 25 de mayo y el draft de la NBA tendría lugar el 17 de junio. Y entre ambas fechas unos ocho partidos a disputar. El entrenador aceptó y los Gulls presentaron a Manute Bol en una rueda de prensa celebrada en un restaurante propiedad de Stacom. Un evento que a punto estuvo de truncarse cuando el propietario del equipo, un joven financiero de 27 años llamado Phil Stillman, abandonó el proyecto al poco de nacer. Por fortuna en Newport no faltaban hombres adinerados que tomaran el testigo de Stillman.

 

Así pues el nuevo destino del extranjero seguiría instalado en el noreste del país y a menos de 200 kilómetros de Bridgeport, en un apartamento de una de las áreas residenciales de Newport, a unos veinte minutos del centro. Un marco turístico envidiable.

 

Los Gulls se harían además con John ‘Hot Rod' Williams, Owen Wells, el británico Martin Clark y un jugador de tan sólo 1.69 de estatura procedente de North Carolina State llamado Spud Webb que cumplía perfectamente los objetivos mediáticos de Stacom por el delirante contraste que brindaría junto a Manute Bol. Stacom incluso añadió a la plantilla la presencia de un enforcer, un jugador con que proteger al sudanés de las seguras embestidas rivales. Y lo encontró en Mark Halsel, un alapívot extremadamente duro procedente de Northeastern.

 

La USBL constaba de tan sólo siete equipos y un calendario de 25 partidos antes de los playoffs que verían su fin a mediados de agosto.

 

Pronto fue comprensible por qué razón Catapano no se había opuesto a la salida de su hombre de Bridgeport. El agente consiguió cerrar un contrato de 25 mil dólares para su representado. Esto suponía que Manute sería el jugador mejor pagado de toda la competición.

 

Con apenas cinco días de rodaje el equipo de Rhode Island debutó en Springfield y lo hizo con victoria. Pero sobre todo con una extraordinaria actuación defensiva de Bol, que firmó nada menos que 16 tapones en su estreno. Stacom sabía perfectamente de las discutibles cualidades técnicas de su hombre. Pero su fortaleza taponadora, el poderoso influjo que ejercía sobre las penetraciones rivales y los lanzamientos de corta y media distancia, le impresionaron profundamente. El técnico era consciente de que su relación con el gigante no se extendería más allá de dos meses. Pensó por ello que podía favorecer a alguno de sus amigos en la NBA. Y especialmente a uno, Don Nelson, con quien guardaba una honesta relación de sus dos años compartiendo vestuario en los Celtics, el último de los cuales terminó en el anillo de 1976. Stacom incluso le podía deber un favor de cuando fichó como agente libre en los Bucks del 82 que dirigía Nelson, última estación en la carrera del entonces entrenador de los Gulls.

 

Don Nelson seguía siendo la mano rectora de Milwaukee y Stacom pensó que un jugador como Manute podía despertar su interés de cara al draft. Nelson acudió a ver al sudanés y, a pesar de sus todavía evidentes defectos, creyó estar contemplando al mejor taponador de la historia, incluso "mejor que Bill Russell", con quien Nelson había compartido años de carrera.

 

Entre otros scouts NBA el pequeño pabellón de Rogers contó también con la presencia de Dick Motta, técnico de Dallas Mavericks, y el ojeador jefe de la gran liga, Marty Blake. Motta contaba con tres elecciones en primera ronda. Acordaba con Nelson las incuestionables virtudes defensivas de Bol pero recelaba de aquella fisonomía tan monstruosa. Blake se mostró en cambio muy escéptico, contemplando a Manute menos como un jugador de baloncesto que como un fenómeno de feria.

 

Otro de los allí presentes era el director deportivo de Washington Bullets, Bob Ferry. Uno de sus hijos había jugado en Harvard junto al hijo de Bruce Webster. La noticia de la presencia de Bol en Bridgeport había llegado a oídos de Ferry semanas atrás sin que éste le diera excesiva importancia. Ahora que se acercaba el draft y Newport quedaba cerca llamó a Webster para consultar su opinión. "Vete a verlo, hazme caso. Es una máquina de taponar". Ferry pudo contemplar así el estreno de Manute y sus 16 tapones. En el segundo partido colocaría 15. El mánager estaba perplejo.

 

Hacía cinco años que Bob Ferry había fichado como entrenador jefe de los Bullets a Gene Shue. Enseguida Ferry solicitó su presencia en Newport para que pudiera ver al gigante. Shue no terminaba de estar convencido. No todo lo que Ferry parecía estar. El entrenador validaba los poderes defensivos de Bol, demasiado evidentes, pero tenía enormes sospechas de un cuerpo tan escuálido que apenas alcanzaba los 86 kilos. Si ese era el problema, alegaría su jefe, no había más que someter a Manute a un intensivo programa de incremento de peso.

 

Entretanto Don Nelson ya había declarado a la prensa su valoración del sudanés como el mejor taponador que había visto nunca. Los Bucks contaban con la elección número 22 en primera ronda y Nelson dudaba si emplearla en Bol. No hizo falta. Cuando la noche del draft Milwaukee dejó pasar su ocasión para hacerse con el alero de Lousiana State, Jerry Reynolds, Bob Ferry utilizó su primera elección de segunda ronda -número 31- en Manute Bol.

Y esta vez todo estaba en regla.

 

Si no ocurría nada extraño un miembro del remoto pueblo dinka terminaría ingresando en la mejor liga de baloncesto del mundo. Y felizmente nada sucedió. Nada salvo la suspensión de la USBL debido a la masiva pérdida de jugadores que escapaban a probar en los rookie camp de la NBA. En aquel corto periodo con los Gulls Manute había promediado la increíble cifra de 13 tapones por partido.

 

Enseguida los Bullets enviaron a Newport a Fred Carter, uno de sus técnicos asistentes, con el propósito de emprender un férreo trabajo técnico con el extranjero. También añadieron a un asistente personal, Chuck Douglas, un joven de 23 años recién licenciado en marketing que trataría de enseñar a Manute todos y cada uno de los quehaceres cotidianos en un ciudadano americano. Y mientras tanto firmaría los cheques y facturas por él.

 

Si el propósito de Manute era ganar dinero por fin lo había conseguido. Firmaría tres años con los Bullets cobrando en el primero de ellos un total de 130 mil dólares a los que sumar otros 100 mil en conceptos publicitarios con firmas tales como Coca Cola, Nike o Kodak.

 

Tal y como Gene Shue deseaba Manute fue sometido a un programa de incremento muscular, tarea verdaderamente complicada para un metabolismo como el suyo.

 

Cuando el 9 de octubre de 1985 debutó por fin en un partido de exhibición contra los Celtics en el Centrum de Worcester Manute Bol había ganado unos nueve kilos de peso y era, por supuesto, la principal atracción del evento. Ante la curiosa mirada de todos los presentes Manute salió del banquillo a 2:54 del final del primer cuarto. Su par directo era Robert Parish pero su objetivo todos y cada uno de los rivales que se acercaran a uno o dos metros de su rango defensivo. En los 26 minutos que estuvo en pista el gigante negro endosó nueve tapones, incluyendo uno a Bill Walton, sorprendido por la distancia y altura a que era capaz de interceptar los tiros; y otro a Kevin McHale, que al término reconocía haber sufrido por primera vez en su vida un tapón en uno de sus ganchos salidos de finta y fade away.

 

Manute parecía condenado a ser el centro de atención. No sólo fue el principal objeto de curiosidad para el público. También para los jugadores. Los miembros de la plantilla de Boston, la mayoría de los cuales descubrieron a Manute por primera vez, propusieron una apuesta entre ellos. Con 50 dólares por cabeza, 600 en total, ganaría aquel jugador que consiguiera realizar un mate sobre el gigante. Indudablemente midieron mal el cometido del desafío y el montante quedó sin ganador.

 

Ya entonces la prensa apuntaba a los Bullets como una especie de circo ambulante, circunstancia que al cabo de un año se vería agravada con la adquisición vía draft de Tyrone Bogues, el jugador más bajo (1.59) en la historia de la NBA.

 

El inicio de carrera de Bol estuvo incluso por encima de las expectativas. El 25 de octubre los Bullets se estrenaban en Atlanta. Manute firmó la insólita cifra de 15 tapones, la segunda mejor marca de la historia. Al siguiente encuentro, esta vez en Cleveland, el gigante se fue hasta los 12 en una sola mitad. Algo intermitente en el minutaje Shue le fue permitiendo una mayor presencia con el paso del tiempo hasta que el pívot titular, Jeff Ruland, sufrió una lesión en la segunda semana de diciembre que le apartaría del equipo y, en consecuencia, concedería la titularidad al africano. Manute debutó como titular el 11 de diciembre en casa ante Milwaukee firmando un partido formidable. Gene Shue le dejaría en pista un total de 48 minutos. Los Bullets lograrían la victoria en la prórroga (110-108) y Manute se fue hasta los 18 puntos, 9 rebotes y 12 tapones, 11 de ellos en una mitad y 8 en un cuarto.

 

Al término del curso el sudanés había cumplido sobradamente como novato además de incluir su nombre en los registros históricos de estadísticas. Ningún recién llegado había acumulado nunca mayor número de tapones que él (387) ni un promedio mayor por partido (4.97).

 

Aunque en realidad su edad exacta siempre fue un misterio su pasaporte establecía como fecha de nacimiento el 16 de octubre de 1962. Había llegado, pues, la NBA con 23 años recién cumplidos. A pesar de que su carrera allí se prolongaría hasta 1995 fueron sus ocho primeras temporadas las que permiten hablar de una relativa solidez. Se dará además la curiosa circunstancia de que a su salida de Washington en 1988 le sucederán dos equipos, Golden State y Philadelphia, dirigidos por dos de los primeros testigos de su llegada a Estados Unidos, Don Nelson y Jim Lynam.

 

En líneas generales el perfil técnico de Manute Bol fue siempre el mismo. Tal vez el que cabía esperar para un jugador de muy básica formación sin más talentos que desarrollar que la molestia específica al último tramo del ataque rival. Pero en conjunto todo él era su fisonomía. Una estatura gigantesca en un cuerpo terriblemente escuálido, un tozudo factor de su metabolismo contra el que nunca programa alguno pudo hacer gran cosa. Como la mayoría de los gigantes parecía inhabilitado para el salto vertical. Pero tanto la insólita longitud de sus brazos -tal vez la mayor en la historia del deporte- como un correcto desplazamiento de cobertura interior le conferían un diseño perfecto para un aspecto del juego tan concreto como el tapón.

 

Debido a su extremada delgadez nunca un cuerpo ni unas extremidades alcanzaron una extensión semejante a la suya, lo que concedía a su apariencia la hiperbólica figura de un dibujo de cómic. Sugerir que Manute Bol contaba con la fisonomía más singular en la historia del baloncesto no es estar del todo equivocado. Como tampoco lo es concederle el trono histórico en la especialidad de interceptar lanzamientos, lo que trascendería en justicia el simple calificativo de freak. Bol se cuenta entre los poquísimos jugadores que alguna vez alcanzaron a taponar el sky hook de Abdul Jabbar.

 

Todos estos y otros innumerables detalles provienen en su mayoría de la honesta biografía sobre Bol -The Center Of Two Worlds- a cargo de Leigh Montville, una obra inacabada por el inmenso volumen de avatares y dramas vividos por su protagonista años después de su publicación. Dramas resumidos en la ruina económica a la que Manute se vio abocado por no gestionar correctamente sus ganancias, buena parte de las cuales fueron destinadas a la reconstrucción de su aldea natal, Turalei, arrasada por la guerra, la edificación de un hospital y la inversión en programas contra el hambre.

 

Toda obra que pretenda cubrir el fenómeno de la extranjería en el baloncesto profesional americano y toda antología que registre a los pioneros de la globalización de su yacimiento humano no puede omitir el caso con seguridad más extravagante de todos. Si como apunta cierto sector de la docencia literaria todas las novelas aparecen delineadas dentro del Quijote asimismo toda la casuística de inmigración deportiva en los Estados Unidos está recogida de uno u otro modo en el caso Manute Bol, el ejemplo más representativo del difícil encuentro de dos culturas antagónicas tomando como eje el modelo de desarrollo humano. Las diferencias abiertas entre un ciudadano americano y un miembro de una tribu indígena de las más remotas áreas del África negra en el último tercio del siglo XX resultan tan manifiestas que la misma imaginación tiende a desbordarse en infinidad de minúsculos detalles. Detalles que incluso expuestos de manera prolija en la obra de Montville quedan masivamente ocultos en la más absoluta oscuridad. Detalles que en su mayoría penetran en un terreno más propio del género legendario. Leyendas para las que únicamente el protagonista de aquella aventura tenía respuesta.

 

No sólo la partida de nacimiento de Bol era un misterio. También el lugar exacto. Tantas fuentes atribuyen su venida al mundo en Turalei como en la localidad de Qaqriyal, en el estado sureño de Warab. Una y otra no omiten la insólita condición de su biografía por lo que Occidente entiende como mundo salvaje. Las raíces del muchacho indígena que aterriza en los Estados Unidos pertenecen intrínsecamente a la categoría del mito literario, tan instalado en la filosofía occidental, del buen salvaje, condición que la cultura europea había recogido en obras tales como Jungle's Book (1894) o Tarzan (1914), y el ideario deportivo trascendió posteriormente a la imaginería de subproductos cinematográficos como The World's Greatest Athlete (1973) o The Air Up There (1994). Como señalaba el subtítulo de esta última cinta: "Jimmy Dolan is bringing home a little something from Africa", concediendo al continente negro y su remoto universo de mundos perdidos todo el imaginario concebible para alumbrar oscuros rituales de superstición, salvajes episodios con fieras y multitud de fascinantes historias tan del gusto de la literatura o el cine.

 

La más célebre de esas historias acompañó a Manute en innumerables referencias durante toda su carrera. Un episodio que él mismo se encargó de repetir hasta la saciedad seguramente consciente del éxito que despertaba. Según esta narración Manute contaba con 15 años cuando en una de sus partidas a campo abierto con el ganado una de sus vacas fue devorada por un león. El incidente atemorizó al muchacho, que en los días siguientes portaría consigo una lanza por si fuera preciso el combate. Una mañana encontró muy cerca de donde se encontraba al león yaciendo dormido bajo unos arbustos. El joven dinka se acercó sigiloso a la bestia y con todas sus fuerzas arrojó la lanza contra el cuerpo el animal acabando con su vida. Al menos Manute reconocía que de no haber estado dormida la fiera con seguridad el desenlace podría haber sido bien distinto. Esta historia terminó por convertirse en el arquetipo que mejor parecía representar la leyenda en mayúsculas de Manute Bol y su origen morbosamente salvaje. Que un indígena de sus características terminara ingresando en la NBA era uno de los pasos más relevantes en la historia de la integración extranjera. De cualquier naturaleza.

 

De hecho tan sólo un alienígena podría superar su caso.

 

Descanse en paz.