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Lesionarse es una mala pasada. Hacerlo cuando estás en tu mejor momento es doblemente peor. Pero repetir esa experiencia en un equipo que opta al anillo es caer gafado por algún tipo de providencia hostil. En dos años no puede haber nada peor. Una tragedia que las rodillas de Bynum se han empeñado de hacer realidad.

 

Se abren muchos interrogantes ahora. Tal vez demasiados. Por eso mejor escoger uno solo: Jackson y su papel en adelante.

 

Una pequeña anécdota antes de buscar respuesta.

 

Les pongo en situación: se miden los dos mejores equipos de la NBA. Los dos del Oeste. Los dos con 45 victorias y 11 derrotas. Los dos además se presentan en el mejor momento: una racha de 11 victorias consecutivas. Phil Jackson dirige a los Lakers. Dunleavy, a los Blazers. El escenario, el Rose Garden de Portland. No hay billetes.

 

- Chicos, éste puede ser el mejor partido con el que me haya encontrado en mis 33 años de carrera.

 

Arranca el encuentro y los dos equipos se tantean con respeto pero con acierto. Tanto que intercambian canastas hasta dejar el marcador en 8 a 6 a favor de los Blazers. Nada invitaba a pedir tiempo muerto. Pero tampoco Phil Jackson fue nunca un entrenador normal.

 

Los jugadores angelinos, con Shaq y Kobe a la cabeza, se miran contrariados. "¿Qué es lo que ocurre? ¿Qué hemos hecho mal?", se preguntan mientras inquieren con sus miradas a que hable Brian Shaw, el cabecilla y preferido de Jackson para descifrar las sorpresas al resto de la plantilla.

 

- Perdona, Phil, ¿por qué el tiempo muerto?, pregunta Shaw finalmente.

 

Jackson parece ausente. Le domina esa misteriosa serenidad mientras sus ojos no se despegan del suelo. Al cabo de unos segundos habla:

 

- Por nada... Simplemente me divierto.

 

Acto seguido levanta la mirada hacia los abarrotados graderíos. Rugen. La masa entiende que el tiempo muerto equivale a un primer asalto ganado por los suyos. Dunleavy también. Y Jackson responde con una suave sonrisa. Si no fuera quien es, si en los pocos meses que lleva en Los Angeles los Lakers no fueran el mejor equipo de la liga, si no fuese porque Jackson atesora más anillos que nadie de los miles de presentes en el pabellón, diríase que aquel tipo está loco. Hasta que vuelve a romper su silencio:

 

- Todo esto que veis está bajo control. Mío. Vuestro. Recordad. Tan sólo tenéis que salir ahí a divertiros. Y el espectáculo lo damos nosotros, no ellos. It's just a game.

 

Al volver a pista Brian Shaw anotaba una bandeja, los Lakers se llevaban el encuentro, prolongarían su racha hasta las 19 victorias seguidas y en junio el anillo regresaba a Los Angeles doce años después, el primero de tres consecutivos.

 

Del innumerable anecdotario del que han sido testigos algunos de los más grandes jugadores de la historia, de Jordan a Shaq, de Pippen a Kobe, todos ellos en algún momento declarados amantes de Phil Jackson, puede que este episodio -relatado hace unos años en el Times por David Shields- valga para retratar con cierta precisión la majestuosa atracción que el Maestro Zen ejerció siempre sobre sus pupilos, el juego y hasta el campeonato.

 

 

 

 

 

Tal vez porque desde 2002 no volvió a ganar, porque dos años después perdiera sus primeras Finales o porque no supo, pudo o quiso atajar la fractura entre Bryant y O'Neal, hace tiempo que Jackson no ocupa prioritarias portadas en la mejor liga del mundo. Hace unos días anunciaba su inminente retirada. Pero de momento sigue ahí. En el mismo trono que no abandonará hasta el último día.

 

Buena parte de culpa de que estos Lakers hayan vuelto al lugar que históricamente les corresponde continúa siendo suya. Es evidente que el producto que forma esa plantilla es de auténtico lujo. Cuenta con el mejor o al menos el más maduro Kobe Bryant de toda su carrera. Un fresco Gasol al que cada vez cuesta más encontrar precedente. Una profundidad de banquillo sin parangón en la liga. Y con Bynum, Jacko había encontrado la suma perfecta para hacer de la pareja interior una reminiscencia de O'Neal. Con Bynum este equipo daba noches de terrorífica suficiencia. Noches que complicaban el sueño de cualquier cuerpo técnico.

 

 

Ahora Bynum ya no está. Vuelve a no estar. Y con seguridad su baja no se dejará notar especialmente en lo que resta de Regular. Será a partir de abril que su ausencia calibre la verdadera importancia del joven pívot en los actuales Lakers, que habían diseñado por completo esta temporada en la recuperación de Andrew Bynum. Al otro lado, en el Este, no miran ni pueden mirar a Los Angeles. Allí asoma ya la terrible batalla que deberán librar los Campeones ante LeBron James y Dwight Howard. Pero en el Oeste puede que nadie se esté frotando su fuero interno con el mismo regocijo que Gregg Popovich. Nadie más consciente de que este accidente ajeno le abre de verdad las puertas a una nueva oportunidad. La última de la era Duncan.

 

Jackson tiene un problema. Ha sido maestro en resolverlos de manera indirecta, cuando resultaba más fácil de lo previsto por contar en cada trilogía con los dos mejores jugadores del mundo. Ahora puede que no basten las palabras, los hechizos de un just a game. Como no bastaron el año pasado. De la terna que forman Kobe, Gasol y Jackson, parece este último el menos importante y no es así. A nadie como a él corresponde solventar este mazazo. Porque dispone de exactamente el mismo equipo, más Ariza, que el pasado mes de junio. Como los Celtics el mismo equipo menos Posey. Una balanza tan simple que ahora no sirve.

 

Una de las preguntas más recurrentes desde el año pasado formula cuán importante es Bynum. Si lo es o no. Si ha sido inflado a conciencia. Y la respuesta es bien sencilla. Se ofrece ahora mismo: sin él todo el mapa de fuerzas en la NBA varía sin saber muy bien a dónde. Puede que al repentino nuevo panorama que refería Mark Heisler como Wild Wild East. De algo así es capaz la ausencia de Bynum.  

 

Jackson debería saber qué hacer. O qué es posible hacer sin el mejor jugador angelino en lo que llevábamos de 2009. Por el bien de los Lakers cabría esperar que los necesarios adjustments que sugería Kobe no equivalgan a su primera parte del Madison, un monólogo que desplaza a un tercer plano a compañeros y técnico, por muy legendario que sea. Un peligroso monólogo que los angelinos felizmente habían olvidado.