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Tenía las manos empantanadas. Justo el tarro que le faltaba estaba empaquetado en la estantería de arriba, donde no llegaba. Un poco de ayuda bastaría.

 

- ¿Billy? –llamó.

 

Desde el salón llegaban unas risas vagas, mohosas, vacías como el par de latas que había echado al cubo de la basura preparando la cena.

 

- ¡Billy! –gritó.

 

Nada. Tendría que hacerlo ella. Billy estaba en otro mundo, hipnotizado por la tele.

 

Al rato se abría la puerta de casa. Era Bill padre, puntual, agotado. Besó a su mujer después de retirar la escalera a la que se había subido para alcanzar los tarros.

- ¿No te puede ayudar? ¿No sabes cómo tienes la espalda?

Betty retorció un gesto de hastío, como de maternal resignación y siguió a lo suyo. Bill dejó en una silla su bolso de mano y se deslizó hasta la sala, que desprendía un aire cargado, hogareño, soñoliento. Se detuvo bajo el marco de la puerta. Las risas seguían saliendo de la pantalla a intervalos absurdos.

 

Billy ocupaba un rincón en el sofá, hundido a su medida, junto a un paquete de patatas vacío y la expresión momificada. Parecía una cáscara. La escena era diaria, automática, eterna.

- Aprovecha porque la tele se va a acabar. Mañana vas a venir conmigo.

Billy movió por fin la cabeza.

- Adónde.

 

Era un mocetón algo orondo de 17 años. Buen chaval, muy normal y generoso. Pero no se le conocían grandes ambiciones fuera de su habitación. A veces, de una mesa. Gustaba del ajedrez y el backgammon entre largos ratos de lectura. También de cocinar a solas y hasta hacer sus pinitos con una vieja réflex que de vez en cuando reclamaba un paseo. Su virtud más resistente era la musical. Tenía oído sensible y se había procurado en casa que así fuera. Mamá había sido violinista. Billy tocaba la trompeta desde los seis años y lo hacía realmente bien. Mejor que sus hermanos el clarinete. Y a diferencia de ellos, no salía a la calle hasta finalizada su clase instrumental.

 

La música le haría ganarse alguna gira. Largos viajes por países sudamericanos –hasta siete-, Europa y Japón. Era miembro de la Honor Youth Orchestra local, una de esas cosas orgullo de madre. “Un consumado solista, señora”, encendía algún profesor. A edad escolar las preguntas son pocas y las respuestas frágiles. “Oye, Billy, ¿qué estudiarás en la Universidad?”, le habían preguntado alguna vez los amigos. “Pues no sé, ¿música?”. Porque Billy, lo que se dice seguro, no estaba de nada.

 

Tal vez por eso, por el retraso en decidir algo, Bill, su padre, recelaba de la excesiva confianza de su mujer hacia el crío. Del ciego amor de madre. Donde ella seguía viendo un niño él empezaba a ver un hombre. Con mucho por hacer. Era ojo pragmático. El dinero no cae del cielo. Y el talento se lo lleva el viento. “¿Música? ¿Y eso da para vivir?”, incordiaba el preguntón de turno.

 

A las preocupaciones de un padre había contribuido también el chaval. O en justicia, un serio varapalo. No habían pasado ni dos años. En la Navidad del 68 Billy era el trompetista elegido para una breve gira sin grandes distancias. Se despistó y perdió el tren que le llevaría hasta el aeropuerto O’Hare. Tuvo que tomar el siguiente. Sus compañeros aguardaron en un hangar, donde un pequeño bus lanzadera le llevaría. Desde su asiento pudo verlo todo. La luz, el estallido. La prensa lo explicó mejor que los perplejos ojos de un crío. Un pequeño bimotor con 45 pasajeros a bordo fue a estrellarse contra la nave donde en ese macabro momento practicaba la joven orquesta. Hubo decenas de muertos. Ronnie, su amigo Ronnie (Lee Pappas), fallecía a los pocos días. No soportó las quemaduras. Tenía 14 años.  De no haber perdido aquel tren Billy habría estado a su lado.

 

Desde entonces Billy se había apagado. Sus giras y premios parecían ahora sepultados entre los miles de vinilos que atiborraban las estanterías del dormitorio. Era un chico irreprochable. Pero necesitaba un empujón hacia algo que brillara más a la luz del día.

Bill apagó la tele. Un ligero gruñido volvió desde el sofá.

- A cenar.

 

Aquella mañana padre e hijo iban de corto. Al balón le faltaba un hervor. Llevaba demasiado tiempo dormido. Seguramente desde las últimas veces que Bill y algunos amigos, viejos compañeros en DePaul, se echaban unas canastas. Cómo había pasado el tiempo.

- Así no. ¡Otra vez! -ordenaba.

Billy era algo torpe. Inexperto. Lo normal para quien hasta esa edad había dado la espalda a la actividad más popular del instituto, el centro Wendell Phillips, uno de tantos en el área urbana de Chicago, plagada de canastas heridas como aquel par, morboso testigo de la madrugona, entre tierna y dura lección de un padre a un hijo.

- No puedo. No me dejas.

- Sí puedes.

 

Y era extraña esa ausencia en su corta vida. Porque Billy, adolescente negro en Chicago, presentaba además un tamaño inconfundible. El del muchacho grandote y fortachón que acabaría rebasando los dos metros.

 

Ahora sudaba. Jadeaba. Le faltaba forma. Daba tres o cuatro botes antes de chocar sin remedio con su padre, que sólo tenía que levantar la mano para frustrar la confusión del hijo. Le hizo entrar a canasta, por un lado y por otro. Salir de ella, bailar pegados, tirar de aquí y de allá, pujar con un cuerpo menor pero mil veces más experimentado. Le hizo aprender.

 

Aquella mañana tan sólo fue la primera. Le siguieron muchas. Muchísimas. El verano allanaba además el camino.

 

La sensibilidad de Billy dio sus frutos fuera de cuatro paredes. En pocos meses era un deportista, un jugador. Y lo que más agradeció su padre, un luchador. “Escúchame bien –le cogió por los hombros una jornada cercana al llanto-. Fracasarás muchas veces. Sentirás dolor, como ahora. Pero nunca dejes de jugar duro. Tan sólo por eso te respetarán”. Billy había leído eso en algún sitio. Su padre, en cambio, en la vida.

 

Billy estaba lejos de ser un virtuoso, de las finuras propias del talento. Pero tenía corazón. Lo que unido a la tremenda fuerza de su tamaño le abrió un hueco en la cursante DePaul de Ray Meyer, chef de gladiadores. Padre tuvo mucho que ver. Había jugado como alero para Meyer mediados los años cincuenta. Había sido su capitán. “Ray, mira a ver si puedes hacer algo por él”. Y pasó la prueba. No fue fácil. Y tras cada entreno Meyer se quedaba con él un par de horas. “Si eres capaz de dar la mitad de lo que daba tu padre jugarás para mí”.

 

Meyer tenía un aire cercano. Confiaba todo a sus jugadores, a los que prefería de hierro: “Mira, hay algo que odio más que perder. Hacerlo contra Marquette y no destrozar a Notre Dame. Es algo que necesito hacer cada año. Sólo dime si quieres ayudarme”. Casualmente un fuerte golpe en la boca lastimó la dentadura de Billy y el diagnóstico del médico estrechó un poco más el destino. “Me temo que vas a tener que dejar la trompeta un largo periodo”.

 

Al segundo año ya era titular. Y no dejaría de serlo durante los tres siguientes. Meyer lo adoraba por su obediencia. Y el único motivo para una fuerte regañina fue enterarse de que había jugado un partido con la mano rota.

 

Una tarde junto a su compañero Jim Marino, una de esas tardes que confirman o alejan una amistad, acabó hablando de tantas cosas menos de baloncesto que Jimmy no tuvo más remedio: “Tiene gracia que el que menos lo desea de todo el equipo vaya a acabar en la NBA”.

- ¿Qué?

 

Graduado finalmente en la primavera de 1975 en Educación Física Billy era, con todo, un auténtico desconocido. Para el Pizza Hut Classic de Las Vegas, que medía a dos combinados de estrellas universitarias de ambos lados del país, tuvieron que echar mano de él por una ausencia de última hora. “¡Vamos!”, apresuró entusiasmado su padre a que hiciera las maletas.

 

Nadie lo esperaba. Pero aquella noche de abril Billy se fue hasta los 22 puntos en una serie de 11 de 18, clave para la victoria del Este (101-86) y fue nombrado MVP del partido. En los prolegómenos su nombre no había sido ni mencionado para informar al gran público de los mejores prospectos del país. Billy acabó haciéndolo mejor que la estrella de North Carolina, David Thompson, y mucho mejor que otras promesas presentes como Gus Williams, Rickey Sobers, Steve Green o Mel Utley. Al término los cronistas, alguno de los cuales tituló por ‘unknown’, revisaban la hoja antes de ilustrar su apellido, Robinzine, no fueran a escribirlo mal.

 

Así los vaivenes del ojo clínico tuvieron en Billy al mejor pretexto para el draft. Los Kings de Kansas City emplearon en él su primera ronda (10º). Billy había terminado el año dominando su equipo en puntos y rebotes. Y como el quinto reboteador universitario del país con más de trece por partido, a lo que añadía más de 18 puntos con una fiabilidad superior al 50 por ciento. De repente Billy era lo mejor que podía ser nadie supo si fuera de la música. Tan sólo dentro del baloncesto.

 

El segundo domingo de julio el revuelo en el hogar de los Robinzine estaba justificado. Los Kings le extendieron un contrato por cuatro años y cifras superiores al medio millón de dólares, cinco mil de los cuales fueron a parar a la Universidad en señal de gratitud. Eso era algo que Billy, no mucho tiempo atrás, ni siquiera había soñado. De repente era un hombre. Se llamaba Bill, como su padre. Pero a diferencia de lo vivido por él eran tiempos donde la raza no era ya barrera.

 

Bill se entregó a nuevas órdenes, las de mayor entidad que había conocido en vida. Pasó a formar parte de un equipo profesional. Un equipo que desde el traslado de Cincinnati parecía condenado a la eterna formación con la salvedad de la primavera anterior, cuando disputaron las semifinales del Oeste de manos de un joven técnico, Phil Johnson, al que premiaron como el mejor del año.

 

Bill disfrutó de minutos. Lo normal en un equipo que pretendía levantar cabeza, que confiaba en una rotación de ocho hombres y que seguía creyendo en el genial hacer de Tiny Archibald. Bill era uno más. Y lo sería en adelante junto al joven Scott Wedman, Jimmy Walker, Ollie Johnson, Sam Lacey, Larry McNeill y Glenn Hansen.

 

Su tarea quedó pronto muy clara: dar descanso a Sam Lacey como obrero de interiores y sus habituales cometidos de naturaleza aguerrida. Defensivos, de rebote, de contención. De todo aquello que parece estar hecho de hierro. Porque a Bill nunca tocaría ocupar los áticos de la gloria. Estaría debajo levantándola a hombros.

 

Por eso los cambios no le afectarían mucho. Cambios que en tres años vieron el adiós de Archibald y la sucesiva llegada de Ron Boone y Brian Taylor, de Phil Ford, de Tom Burleson, Otis Birdsong y Lucius Allen. De un equipo que antes de lo previsto se iba a convertir en inesperado aspirante a grandes cosas.

 

Mientras todo a su alrededor cambiaba Bill no lo haría. En febrero del 77 su espíritu combativo, de hombre noble, salía en defensa del noqueado Jim Eakins por sendos guantazos del ciclópeo Bob Lanier, a quien Bill se enfrentó a solas como quien espera con los brazos abiertos la caída de una montaña. En abril sufría su primer contratiempo serio cuando driblando en salida rápida, cosa que tenía prohibida, tropezó hundiendo su peso sobre su tobillo derecho doblándoselo hacia el exterior y rompiéndoselo por dos partes. Otra vez un médico le hablaba de privaciones: “Se acabó la temporada, Bill”. A lo que siguió una de esas sonrisas que nunca brillan para convencer. “Tampoco quedaba tanto. A descansar y esto se curará solo”.

 

La juventud de Bill aprontó su recuperación trabajando el resto del verano. Sus partidos eran cada vez más sólidos y se podía marcar alguna noche, poco antes de Navidad, de 21 puntos y 13 rebotes. Pero el equipo fracasó un año más. Urgían cambios mayores y el principal se dio en la dirección. Cotton Fitzsimmons asumió las riendas de un equipo que, a su juicio, suspendía por dormir el juego. Había que correr. Espabilar pista arriba.

 

Bill también lo hizo. De hecho se había lanzado a la vida. Aun a costa de algún serio disgusto.

 

- Es diez años mayor que yo.

- ¿Cómo?

- Y tiene un hijo.

- ¿¡Qué!?

- Lo quiero como si fuera mío.

-

- Es… es hija de un detective de policía –desesperaba-. Mamá, es la mujer de mi vida. ¿Lo entiendes?

- ¿Qué vas a hacer?

 

Claudia era divorciada. Steve, su hijo, tenía doce años cuando Bill y ella se conocieron. Bill había sucumbido a los encantos de una mujer el doble de hecha a la vida que él. Claudia había sobrevivido como contable en una empresa, trabajo que abandonó en cuanto contrajeron matrimonio. Un matrimonio que la víspera de la boda estalló en una brutal discusión. Un matrimonio que los padres de Bill no aceptarían nunca. Suegra y nuera no tendrían relación.

 

Más de un año antes Ollie Johnson no podía conciliar el sueño en el hotel. No era calor de primavera en la costa Oeste. Era fuego. Se levantó a la máquina de refrescos y vio la puerta de la habitación de Bill entreabierta. Era tardísimo. “¿Qué haces?”. Bill no podía dormir. Hablaba nervioso, a trompicones. “¿Sabes? Yo la quiero pero… no sé. Tengo que casarme, ¿sabes?”. Y sacudía la cabeza. Era como una urgencia. Alguna presión insoportable.

- Pero… tú la quieres. ¿Quieres casarte con ella, sí o no?

Bill tragaba saliva a duras penas.

- Toma –le acercó la lata-. ¿No es un poco pronto? Es ella, ¿verdad?

 

Bill compró una casa al sudeste de Kansas City. Por valor de casi 120 mil dólares. Un área residencial blanca para que Steve creciera en un ambiente como más privilegiado sin tener en cuenta el retraso en edades de pubertad. La protección, el cuidado, la vigilancia del muchacho consumieron a Bill en adelante más tiempo del conveniente.

 

Ella, más dinero. Lo reclamara o no el volumen de gastos a partir de entonces se triplicaría. Bill pretendía colmar demasiados vacíos con joyas, abrigos y alta bisutería con que poder exclamar alguna noche: “Estás preciosa”. Tampoco él quedaba atrás. Empezó a lucir trajes de seda, colgantes de oro y hasta gemelos empastados con diamantes.

 

Todo ello podía calmar la vista. Pero mucho antes las numerosas riñas en que se batía el matrimonio. Él era jugador. Ella, esposa. Y algunas reclamaciones eran de difícil cumplido.

 

- Cariño, mi hermana no puede llevar a su niño al cine. ¿Te importaría…?

- Claro. ¿Dónde es?

Terminada la película le llevaba al Boys Club de la 43, donde Bill parecía otro muchacho más. No harto, en cuanto veía a Bob Cohen, el relaciones de los Kings, le repetía: “Oye, Bobby, cualquier cosa que necesitéis en esto de los chavales, ya sabes, esas campañas de ayuda y todo eso, contad conmigo”.

- Pero Bill, ¿de dónde vas a sacar el tiempo?

- ¿Tiempo? ¿Pero no necesitan dinero?

Y Bob se quedaba sin saber qué decir.

 

Cerca de iniciar su cuarta temporada en el equipo llegaba desde la prensa alguna caricia. “¿Has leído esto, hijo?”. Su padre siempre estaba pendiente. “Si hay un equipo y un jugador hechos el uno para el otro estos son los Kings de Kansas City y Bill Robinzine”.

- Guau, ¿quién lo escribe?

 

Menos de tres meses después Bill endosaba 28 puntos a los Nets, el máximo de su carrera. Y pocos días más tarde su tope de capturas, 18 (más 20 puntos), con victoria en Detroit. No lo pedía. Nunca pidió nada. Pero su titularidad era cuestión inminente. Fitzsimmons lo quiso además así. Los Kings del 79 eran una rareza dorada. Partían con Phil Ford como base, Otis Birdsong de escolta, Scott Wedman de alero, Bill Robinzine como alero fuerte y Sam Lacey como pívot. Todos habían sido primera ronda local. Eso hacía únicos a los Kings.

 

El equipo firmó una temporada fantástica. Su mejor de la década. Líderes de la Midwest y segundos de todo el Oeste tras Seattle. Pero fueron apeados por Phoenix en semifinales de conferencia. Los Suns seguían siendo más hechos. Como mejor preparados para mejores metas. Pero los Kings crecían. Y cuando se crece se observa todo desde más arriba y así se exige.

 

Bill había firmado su mejor año. Titular. Más de 13 puntos y casi 8 rebotes. Segurísimo en las inmediaciones del aro. Pero había detalles que hacían flaquear según qué condición. No llegar a 27 minutos no era lo más habitual para un titular. Y presentaba algún problema que dejar caer en conversaciones privadas, lejos de él y sus bromas con los compañeros. Porque Bill era la viva imagen de la camaradería. El calor de un vestuario.  

 

Su principal problema seguían siendo las faltas. Cometió más que nadie nunca antes: un total de 367, muy por encima de las cuatro de media por partido y desajustando muchas veces las rotaciones antes de tiempo. “Me pone de los nervios”, masculló más de una vez el técnico. Eso y que a veces se creía mejor de lo que era permitiéndose botar a mitad de pista y perdiendo el balón.

- Pero qué hace –lamentaba Joe Axelson con la mano en la frente.

- Nada, se debe creer Dr. J o algo así –soplaba por lo bajo Larry Staverman.

Fitz ya había volado a pedir tiempo.

 

Staverman salía a su paso en pista. Se escudaba en el brazo al hombro para que sólo le escuchara él. “Quieres enfadar a Cotton, ¿no es eso?”. Porque Cotton le quería para todo aquello que se explica una gran limitación. Lo demás, ni probarlo.

 

El verano del 79 la mesa de los Kings presentaba dos grandes informes: uno, la elección en el draft de Reggie King, la mula de Alabama, alero de grandes posibles. Y dos, la agencia libre de Sam Lacey, Tom Burleson, Bob Nash y Bill. En la segunda semana de julio los Kings renuevan a Sam Lacey y Bob Nash más el fichaje de Mike Green como reserva de Lacey hasta que Burleson estuviera sano. A Billy se le firman tres años. 600 mil dólares. “No sé, yo esperaba más”.

 

La prensa se cobraba los favores de Bill con gratitud. En la previa del curso de 1980 Alex Sachare le dedicaba una perla que podía definir hasta entonces su carrera: “Uno de los más eficaces pero menos promocionados jugadores de la liga”. El vistazo general agradaba. El doméstico no tanto. Cotton Fitzsimmons quedó tan impresionado por la pretemporada de Reggie King que maquinó para el traspaso urgente de Bill.

- ¿No deberíamos decírselo?

- No. Si no lo conseguimos lo quiero entero.

 

No lo consiguieron y el curso empezó como si nada para el alero. Pero no para el equipo, extrañamente hundido en un comienzo pésimo que dio en 11 derrotas en 16 partidos. Todo cambiaría un 13 de noviembre con la recepción en el Auditorium de los poderosos Sixers de Julius Erving.

 

Poco después del descanso, y con 49-45 para los Kings, Mo Cheeks descifraba perfectamente la salida de un bloqueo con un pase interior a Darryl Dawkins, liberado del marcaje de Lacey. Dawkins se levantó de inmediato estampando brutalmente su fuerza en un mate de terror. Bill quedó a solas bajo el aro cuando de súbito el mundo se hizo añicos. El tablero estalló en mil pedazos. Trizas que llovieron sobre Bill, que reaccionó a la velocidad del nervio pero no pudo evitar un corte en la mano. Cuando Cotton vio la sangre fue expeditivo, como siempre era con él.

- Vete al vestuario. Cámbiate. Pégate una ducha. Lo que sea. Pero límpiate enterito.

Y Bill obedeció. Para la desinfección tendría tiempo de sobra. Cerca de hora y media.

 

Sin saberlo Bill acababa de perpetuarse como un daño colateral. Una imagen para la eternidad de la que él era simple decorado. O una víctima que huye. “Mira ése cómo corre”. Su nombre no importaría jamás. 

 

Los Sixers perdieron y el autor del atentado se explicó en cachonda lírica funk:

 

“The Chocolate Thunder flying, Robinzine crying, teeth shaking, glass breaking, rump roasting, bun toasting, wham, bam, glass breaker, I am jam”.

 

Tenía su gracia.

 

“Robinzine crying”.

 

 

 


 

 

 

A partir de esa noche el equipo invirtió el curso de las cosas pasando de un 5-11 a un 21-14 en pocas semanas.   

 

Todo marchaba sobre ruedas. Hasta los contratiempos. En la mañana siguiente al día de Navidad Billy se dirigía al entreno en su coche cuando otro vehículo se saltó un semáforo en rojo embistiéndole con violencia. Billy acabó en el hospital. Nada serio. Contusiones por el cuerpo y, eso sí, el agravamiento de una lesión en las costillas por un fuerte golpe que había recibido ante los Bucks la semana anterior.

 

Fitzsimmons vio la suya sin él. Dio entrada a Reggie King como titular. Los Kings ganaron después de dos derrotas. Y a los Lakers.

 

Billy tardó un partido en reaparecer. Deberían amputarle las piernas para evitarlo. Pero ya nunca como titular. Reggie King crecía. O le querían hacer crecer.

 

En realidad Cotton ya le había avisado: “Puede que este año salgas más desde el banco. ¿Qué te parece?”. Bill se encogió de hombros. “Lo que usted mande”. Y el coach se rascaba la barbilla. Lo tenía sentenciado.

 

Bill aguantaría como sexto hombre. De poco valdrían los 18 puntos en 29 minutos a Denver, los 28 a Atlanta, o la victoria de su mano, un palmeo a un fallo de Wedman, en Milwaukee. Seguía liderando la tabla de faltas. Y era el primero en la lista del técnico. Una lista de mudanzas.

 

El año terminó. De nuevo Phoenix como verdugo. Y esta vez en primera ronda.

 

Una mañana de agosto su nombre salió volando entre los ventiladores de un despacho. Bill Robinzine no volvería a vestir la única camiseta que había conocido.

 

El verano multiplicaba las citas y favores. Una bancada de noble madera para la iglesia del reverendo Tom Jones. “Gracias, hijo. Que Dios te lo pague”. Y también los amigos, que salían de todas partes. Algunos ni salían. Bastaba una llamada de teléfono y el oportuno retraso de un motivo que se repetía demasiadas veces: “Verás, Billy, me da apuro decírtelo. Pero… no atravieso un buen momento. Quería pedirte…”.

Una vez que prestaba el dinero, nunca lo reclamaba.

 

A finales de septiembre Bill era enviado a los Cavs como parte de un traspaso acordado también por Knicks y Kings, que se hacían con Joe Meriweather como tercer interior a Lacey y Leon Douglas. Cotton añadía: “Siempre quise ese tercer hombre”. Que era como decir ‘nunca’ al vendido.

 

Para el alero quedarían atrás amistades de verdad. Un presente que de pronto se travestía en pasado. “No… no sabría describir cómo me siento. Esperaba quedarme en los Kings”.

 

Los Cavaliers atravesaban de manos de Ted Stepien una gestión tan desastrosa que hasta la liga tuvo que intervenir para detener una sangría de traspasos sin fuste. Preguntado, el técnico Bill Musselman, recién incorporado con casco de bombero, despachó aprisa: “Bill puede darnos mucho bajo los tableros, puntos valiosos y faltas importantes”.

 

Bill sería víctima de uno de esos engaños apelados como business. Los Cavs querían en realidad liberarse del salario de Campy Russell, que se había perdido medio año por lesión y ya no daba para más. Bill pasaba por allí. “¿Qué tengo que hacer?”. Nadie le contestó. O no claramente.  

 

Un mes después, ocho partidos en total y sin apenas promediar diez minutos de juego, era enviado a Dallas, un proyecto embrión, una franquicia nueva, un cajón desastre.

 

El alero sintió de pronto que su carrera se escurría como el agua de las manos.

 

La llamada de algún compañero tampoco ayudaba en exceso.

- Bill, ¿sabes que acaban de echar a Begzos?

John Begzos era el mánager general de los Kings. El presidente, Paul Rosenberg, lo despidió sin miramientos por la dudosa dirección de sus operaciones.

- Pues ya ves que de poco me sirve.

Habría matado por volver.

 

Bill se sumó como pudo al proyecto de Dallas, donde la permisividad era grande. Recuperó su minutaje y hasta tuvo alguna gran noche. En marzo hizo 26 puntos y 10 rebotes a los Lakers. Pero durante 70 partidos pesaba mucho el poco valor del trabajo, la sepultura de cualquier cosa importante y el jugar por jugar en una plantilla de la que entraron y salieron hasta 21 jugadores.

 

Lejos de su esposa Bill encontró rápido amparo estrechando lazos de amistad con Clarence Kea. Pasaban largos ratos en el apartamento, Bill cocinaba para ambos y hasta le compraba algo de ropa porque se empecinaba en hacerlo. “Te sentará bien, ya verás”.

 

Claudia seguía haciendo vida en Kansas mientras en la vida de Bill empezaron a entrar mujeres. Con tan poca discreción que aparecían en los entrenos.

- Hazme un favor –le confiaba entonces a Kea-. Si alguien dice algo, si pregunta alguien por ella, es un ligue tuyo, ¿de acuerdo? No quiero problemas.

Kea era soltero. Bill casado.

- ¿No quieres problemas y te las traes a entrenar? Estás loco. ¿Y tu mujer?

 

Dallas quemó el primer año como arde una hoja caduca. Bill sabía perfectamente lo que estaban haciendo sus Kings, a punto de meterse en las Finales. Se maldecía por verlo.

 

Durante el año el contacto con Claudia había corrido riesgo de enfriar demasiado. Hasta que trató de solucionarlo aprisa.

- Cariño, voy a comprar algo aquí, al norte de la ciudad. Dallas no me trata mal, ¿sabes? Viviremos juntos otra vez. ¿Qué tal Steve?

Les había costado Dios y ayuda ingresar a Steve en otro instituto. Y por fin en julio se metió en la compra de otra casa. Una entrada importante. Un buen dinero. “Bueno, aquí comenzaré otra vez”, se repetía.

 

No contó con nada más. No contó con que en agosto lo enviarían a Utah.

 

“¿A Utah? ¿Y qué hace una familia negra en Utah?”. Bill no pensaba en arrastrar a la familia. “Se ha roto la mano Scott Lloyd. ¿Y en qué te afecta a ti eso? Si quieren a Cooper y Bristow que larguen a otro. No lo entiendo”. De poco servían a Bill aquellos consuelos cercanos.   

 

Se marchó a Utah. Se hundió en un nuevo pozo.

 

Hasta diciembre le acompañó una aparatosa rodillera. Porque tenía dañada una pierna. Tal vez por eso jugara tan poco, llegó a creer. Menos que nunca. “Al diablo con ella”.

 

Nada cambió.

 

En un equipo desastroso Bill no llegaba ni a doce minutos. Ni con Nissalke ni con Layden, dos técnicos a rellenar un año basura. Se daba prioridad a Ben Poquette y hasta al novato Danny Schayes. Nunca había jugado menos.

 

Cayó al décimo lugar de la rotación. Y el final del contrato tocaba a la vista. “Tienes que entender que llegará el día en que todo esto se acabe y te toque poner los pies en el suelo”. Las llamadas de su padre empezaron a ser más frecuentes. Él y Betty habían roto. “Una vida normal, hijo”.

 

En noviembre los Jazz habían jugado en Chicago, momento que Bill aprovechó para visitar a su madre. Y hacerlo en compañía de su esposa, que vería a su suegra por segunda vez en más de tres años. Bill había dejado de ver a su madre con la costumbre que una madre desea. Y con las formas que de un hijo se esperan. “Mamá, ¿te importa pagarme el viaje a Chicago? No te preocupes. Claudia te enviará un cheque”. Claudia no enviaba nada. Y la vez que lo hizo, sin fondos. La madre siempre callaba. Su hijo había mandado ya mucho dinero a su familia, a sus hermanos pequeños.

 

La cena fue un rato terrible. Bill estaba en medio. El intento resultó un fracaso.

 

A finales de enero hasta la prensa pareció darle la espalda. Incluso se demandaba su venta para dar minutos al novato Howard Wood, cerca de recuperarse de una aparatosa lesión en un ojo.

 

Bill siguió buscando refugio en jovencitas. En un par de galas del equipo se presentó con distintas acompañantes. Una de las esposas de la plantilla, en grupo aparte, bramaba a las demás: “Nos está poniendo a todas en un compromiso. No podremos mirarla a la cara cuando aparezca. Qué vergüenza”.  

 

Una mañana, cerca de terminar la temporadad, Bill se presentó en la oficina de Laura Herlovich, consultora, relaciones y administrativa en los Jazz.

- Discúlpame, Laura. Pero ¿podría ver mi contrato?

- Si tú también lo tienes.

- Lo sé, lo sé, pero… verás… quiero preguntar cosas. Cosas que no entiendo. Laura, necesito que me ayudes. Que me informes de todo.

- Claro, Bill, siéntate y lo vemos.

Laura extrajo de una cajonera una carpeta cuyo contenido, varias hojas archivadas, extendió sobre la mesa. Bill vio su nombre en el anverso de la carpeta. Era lo único que reconocía.

- Tú dirás.

- Bueno, ¿qué me falta por cobrar?

- ¿Qué?

 

Nada cambió en adelante. Bill ya era un espectro al que nadie echaba en falta. Los Jazz cerraron la Midwest con 57 derrotas.

 

Su contrato había expirado.

 

Frank Layden se despidió de él con cruda franqueza. “Bill, te soy sincero. No sé cuál es ahora mismo tu valor en el mercado. No puedo hacer mucho por ti. A lo sumo tráeme noticias de qué te ofrecen y veremos en septiembre”.

No se volverían a ver.

 

Bill se acordó de Larry Staverman, que había ocupado todos los cargos posibles en los Kings. El verano anterior Larry había pasado a ser asistente de Art Modell, dueño de los Cleveland Browns de la NFL.

- Larry, qué hay de los Cavaliers. Necesitan a alguien como yo.

- No sé, Bill, déjame que lo mire. Sí, tal vez puedo recomendarte. Creo que podrías serles útil desde el banco.

(Silencio)

- ¿Bill?

- Oye, puede que tengas razón. Pero… no me refiero a eso. No valgo eso. Creo que allí puedo hacer algo más. No sé si me explico. Volver a mi situación anterior. Lo que yo era hasta hace poco –y elevó la voz-. ¡Lo que yo sigo siendo!

- Bill, tu situación es la que es. Acéptalo. Puedo tratar de…

- No, Larry –interrumpió bruscamente-. Yo no valgo eso. 

 

Tres años antes era titular en un campeón de División. Ahora estaba en el paro. Y los días pasaban. Las semanas también. Nadie llamaba ni preguntaba por él.

 

Sam Lacey era su amigo. Años juntos en Kansas contemplaban una amistad verdadera. Seguían charlando a menudo. Sam acababa de terminar su contrato con los Nets y buscaba algo nuevo. Sabía que no le ofrecerían mucho. Estaba mayor y achacoso. Pero con suficiente sentido para aceptar un puestito de reserva en cualquier sitio. La conversación se acercaba a la media hora cuando Billy escuchó de fondo una voz firme, de mujer. Era Arlene, esposa de Lacey.

- Oye, dile que no sea tan orgulloso. Que mañana llame a algún equipo. Que sea él el que llame…

Sam sonrió. Billy no.

 

Poco después salió algo y su agente, Robert Mann, corrió a informarle. Porque Mann andaba a otras cosas y compraría cualquier salida a su caso.

- Bill, Italia. Es seguro.

- Cuánto.

- 65 mil.

- Pero eso…

- Eso es lo que hay, Bill. Abre los ojos.

Ya no era el dinero. Era Claudia. Otra pelea más. No aceptaría ni muerta.

 

Pocos días después recibió una llamada. No muy normal. Le pedían un favor. Otro más. Una de las reuniones entre la NBA y la Asociación de Jugadores en la negociación del nuevo convenio tendría lugar en Chicago. “¿Te importa acudir, Bill? Ya que estás allí…”. Lo haría en calidad de representante de los Jazz, con quienes no le unía nada. Bill ocuparía un asiento anónimo en una de las filas del auditorio, donde temía caer dormido. “Esto de la compensación no sé yo si va a dar resultado”, masculló el tipo que tenía al lado. Bill hizo como que seguía atendiendo.

 

En Chicago pasó días con su familia y hermanos. Con sus amigos de la infancia y juventud. Volvió a coger la trompeta. Tanto tiempo después. “Qué te pasa, hijo. Hazla sonar con fuerza”. Todo era como un sueño. A la mañana despertaría y todos se habrían ido. Porque él ya no formaba parte de ellos. Había perdido los lazos con su pasado. Hacía mucho que así era. Tal vez no formaba ya parte de nada. ¿Qué había hecho mal?

 

Al poco, de regreso a Kansas City, quedaron una noche Sam Lacey, Ernie Grunfeld y él. Era noche cálida y estrellada de septiembre. Se contaron mucho. Se contaron todo.

- Eeeeyy, estás en forma –le abrazó Lacey.

En la mejor de su vida. Bill no había faltado ni un solo día a su entrenamiento personal. Horas y horas en solitario.

- Ernie, ya he visto lo tuyo con los Knicks.

- Sí, espero firmar esta semana. ¿Y tú?

Pasaron unas horas fantásticas.

 

Al momento de la despedida Bill fue el único de los tres que parecía no bromear. O no querer hacerlo.

- Bueno, pues nos veremos en algún rincón de la calle como vagabundos. Para entonces beberemos en latas ¿eh?

- No, Ernie, este invierno nos vamos a atiborrar de mantequilla de cacahuete, ya verás.

 

Hasta pasaría de puntillas entonces la minúscula, casi absurda noticia de que Pizza Hut ponía fin al patrocinio del partido anual entre estrellas de college que había supuesto el nacimiento de Billy como jugador. “Buscamos nuevos horizontes y…”. Se acabó.

 

Aquella segunda semana de septiembre, semana que apagaba un verano muerto, Billy desapareció para todos. 

 

La noche del miércoles 15 Claudia encontró la casa vacía. Llevaba todo el día sin saber nada de Bill y el coche tampoco estaba afuera. Podría haber pasado otra noche sola. Pero lo que encontró sobre la cama de ambos le hizo telefonear aprisa.

 

- Tranquila, se habrá ido a cualquier cine de las afueras. Ya sabes cómo es.

- No, Bill. Ha dejado una nota. Son dos hojas.

- ¿Una nota? Y qué dice.

Resopló.

- Cosas, cosas absurdas, no sé –sollozaba-, cosas sin sentido, que te deja el coche, que…

Claudia leyó al azar cuatro líneas. Repetía demasiadas veces la palabra “deudas”.

- Llama a la policía. Voy a para allá.

 

Claudia se quedó inmóvil apretando la nota entre sus dedos y sus ojos congelados en la despedida:

 

“I always did love you, but you never believed it”.

 

A la mañana siguiente el vigilante de un parking de alquiler en las afueras se sorprendió de que una de las taquillas estuviera abierta. Su cochera tenía la persiana echada sin llave. La levantó fácilmente. Pero de inmediato se echó hacia atrás. Una bocanada tóxica salió de golpe.

 

En el opresivo interior, de poco más de un coche de tamaño, el motor de un Oldsmobile Toronado rugía sordo, incesante, monótono. La matrícula decía: ROBY-1. El hombre no quiso entrar. Era aprensivo. Era prudente.

 

No mucho después la patrulla de policía cedió su paso a Bill padre, que caminaba como un hombre al que acaban de arrancar el alma. Claudia quedó unos metros afuera. El garaje estaba oscuro. Las puertas del coche cerradas. Billy yacía inerte en el asiento de atrás, como cuando de chaval se apretujaba a un lado del sofá.

 

Se había quitado de en medio. Tenía 29 años.

 

Tiempo atrás un rival, alguien que nunca pasó por su vida, sabía más de él que todos los demás. “Robinzine crying”.

 

El teléfono nunca sonó.

 

 

 

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Especial agradecimiento a Steve Marantz