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El amarre de los caballos era fuerte y seguro. No así la capa de hielo que cubría el Misiwaka al despuntar la primavera por encima de los rápidos que nunca terminaban de cerrar. A las riendas de los caballos y a paso lento por la pesada carga de heno, el pequeño Jimmy pretendía cruzar el río eludiendo el tramo acostumbrado, el que le había enseñado tío Peter y que conservaba intactas aun a esas alturas de estación las herraduras en la nieve, una hilera de huellas oscuras que cortaba el río en dos. "Por debajo de las corrientes, Jim. Ahí el hielo es seguro".

 

A punto de alcanzar la otra orilla el muchacho escuchó un fuerte crujido a su espalda seguido de un atroz relincho que rajó el aire de las montañas. Uno de los corceles había abierto un agujero de su tamaño. Y arrastrado también al siguiente. Jim no podía llorar. No tenía tiempo ni para saber qué hacer. Sólo sintió un miedo infinito a perderlo todo por aquella boba osadía de ganar un par de millas al río. "Deja siempre correa. Nunca sabes cuándo te hará falta". Y Jim corrió a los primeros árboles suplicando al nudo que sujetara antes de que él también fuera arrastrado. Porque por nada del mundo soltaría las correas, de las que tiraba con su minúscula fuerza mientras los dos caballos cabeceaban desesperados por salir de allí.

 

Nunca supo muy bien de dónde vino la ayuda. Pero finalmente las bestias pudieron remontar y ganar la orilla. Jamás volvió a desobedecer. Había pasado mucho más miedo que cuando su hermana Annie le gritaba camino de casa -"¡Corre, Jim, corre!"- porque un oso les perseguía ladera abajo.

 

Se preguntaba por qué razón le asolaban estos recuerdos aquella noche de invierno, una más ahincado en su escritorio. Y por qué lo hacían todos con la misma intensidad. Sin discriminar desventuras. Y ninguna grabada en su alma con igual fuerza que el terrible verano de 1870, cuando Jim contaba tan sólo nueve años. 

 

A mitad de julio el abuelo fallecía de repente, dejando a John Naismith, padre de familia, a cargo de su suegra, su esposa y tres hijos. Apenas tres años antes se habían mudado de Almonte a un pequeño desfiladero junto al río Ottawa porque padre pensó que era el mejor emplazamiento para levantar un aserradero. John acumulaba encargos para la construcción de casas en las localidades vecinas. Y allí soñó con establecer el futuro de la familia.

 

Pero la muerte del abuelo trajo consigo la desgracia. Como un conjuro. Pocos días después, aún en duelo por el adiós del viejo, el aserradero sería pasto de las llamas sin que pudieran hacer nada más que contemplar el terrible espectáculo en mitad de la noche. Jim recordaba sus ojos llenos de lágrimas y la visión borrosa de aquellas luces malditas. Sin saber si era a causa del fuego o de la infinita angustia de que fue víctima viendo a sus padres, abrazados impotentes porque no había otro amparo.

 

Antes de poder recobrar la cordura John Naismith contrajo la fiebre tifoidea. No había cura. Cayó en cama y desde Almonte su cuñado William realizó el peor viaje de su vida. Tenía decidido llevarse a su hermana y los niños. Sólo que ella no dejaría morir allí solo a su marido.

 

Jim recordaba a su madre entre sollozos despidiéndose de él y sus hermanos. No volvería a verla. En menos de tres semanas John Naismith y su esposa perdían también la vida.

 

Suspiró entonces a la media luz de la lámpara.

 

Los niños quedarían así a cargo de tío Peter. La tragedia conmocionó Almonte, adonde regresaron al calor de la fraternal comunidad escocesa. Porque eso era Almonte. Un pedacito de Escocia al sureste de Canadá.

 

Desde que David Shepherd recibiera de manos de la Corona Británica un total de 200 acres para levantar un molino de grano a partir del que extender la tierra, una nutrida comunidad de colonos escoceses se había instalado allí en perfecta armonía con otras familias irlandesas sin más lugar en el mundo.

 

Al igual que tantos otros John Naismith había llegado como adolescente. Y como Jim, el mediano de sus hijos, había dejado de ser un niño con apenas diez años.

 

 

 

 

Suspiró de nuevo. Como si hacerlo le ayudara a disipar aquellas negruras y regresar al trabajo, esparcido en hojas y apuntes sobre la mesa.

 

Tal vez fuera que el insomnio de las dos últimas semanas se estaba cobrando lo suyo. No podía evitarlo. Tratando de encontrar lo que buscaba, escarbando en su pasado, la cabeza se perdía irremediablemente en las mayores provincias de su memoria. Y entretanto se llevaba una y otra vez los dedos a los ojos. Unos ojos entumecidos por la falta de sueño.

 

Afuera nevaba. Diciembre cubría Springfield con un manto blanco.

 

Apagó la luz creyendo que volver a la cama sería la solución. Pero enseguida volvió a encenderla. Aún no había terminado. Y tampoco albergaba esperanzas de hacerlo aquella noche. La última de que disponía.

 

Jim sabía perfectamente que no estaría allí quebrándose los sesos si aquella mañana, en la oficina de la Policía Montada de Montreal, su amigo Tait McKenzie y él no hubieran recibido la negativa por respuesta. "Venimos a alistarnos", se adelantó Naismith. "¿Cuántos años tienes, hijo?". Ambos tenían diecinueve. "Lo siento, pero no podéis ingresar hasta el año que viene". McKenzie aguardaría. Pero para entonces Jim ya tenía otros planes. Los que la vida le ponía por delante.

 

Tiempo atrás había abandonado el instituto porque era imposible estudiar cuando la salvaguarda de la familia obligaba a interminables jornadas de trabajo que arrancaban a las cuatro de la mañana y se prolongaban hasta más allá de las diez de la noche. Y los inviernos tampoco sabían de piedad al cuidado de la pequeña granja propiedad de su tío, el sustento de todos.

 

"Tío, quiero regresar a la escuela, terminar lo que debo". Cada vez que ambos se pronunciaban palabras de peso el hombro de Jim recibía la reconfortante mano derecha de Peter. "¿No es muy tarde ya para eso?". Y el sobrino bajaba la vista algo avergonzado.

 

Pero Jim cumplió su promesa y regresó al instituto. Lo haría cerca de cumplir los veinte años, cinco más que sus compañeros de clase. Un retraso que apremiaba un sacrificio mucho mayor. Tanto como que completó en dos años los cuatro cursos restantes. Y empezó a creer en sí mismo como nunca antes. El siguiente paso sería la universidad.

 

En realidad había vuelto a los estudios por una sola razón: cumplir el expreso deseo familiar de convertirse en ministro de la Iglesia. Su hermana Annie encarnaría en vida una promesa que por convicciones religiosas asignaba a unos padres ya muertos. Jim debía ser sacerdote. Y a todos menos a él correspondía esa decisión.

 

Por ello emprendió el viaje que marcaría su vida. Montreal. Porque allí podía estudiar Teología en la universidad fundada en 1813 por un célebre escocés de nombre James McGill. Desde su ingreso la clausura en su dormitorio entre libros resumía su completa existencia. Y así fue hasta que dos alumnos irrumpieron una noche en su habitación. Eran Jim McFarland, célebre en el centro por sus cualidades atléticas, y Donald Dewar, por farfullar lemas como un eco. Portaban consigo un mensaje que al parecer desconcertaba a más estudiantes:

 

- Oye, Naismith -se adelantó McFarland-, te hemos estado observando desde que llegaste. Y nunca participas con nadie en ningún deporte. No juegas a nada con ninguno de nosotros. Pasas demasiado tiempo aquí dentro. ¿No crees que va siendo hora de dejarte ver en el gimnasio?

- Hazle caso -repuso Dewar-. Así nadie hablará más de la cuenta.

Jim se encogió de hombros articulando a duras penas una sencilla pero rotunda verdad.

-Pero... yo nunca he pisado un gimnasio.

 

Lo haría a partir de aquel día. No pretendía ser descortés ni comidilla de nadie. Y tampoco figurar como un pasmarote. Así que para comprenderlo todo aprisa puso en práctica todas sus dotes de observador.

 

Le llamaron la atención las barras y demás aparatos del gimnasio. También la noble práctica del boxeo. De toda una vida dedicada al trabajo en el campo su cuerpo nunca se había hecho preguntas. Tan sólo se sentía en plena forma y no había imaginado que en la universidad tuviera que ponerlo a prueba. Emplearlo de manera distinta. Eso era el deporte por lo visto.

 

Fuera del recinto encontró un mundo incluso más rico. Los deportes de césped. El fútbol europeo, el lacrosse, el rugby inglés y el béisbol completaban el círculo que Naismith trató de descifrar en adelante. Y como el resto de cosas, a gran velocidad. Su categoría como observador y hombre de iniciativa se pusieron de manifiesto una tarde de entrenamiento de rugby, al término de las clases.

 

Matthewson, el centro del equipo, se rompió la nariz y Sack Elder, uno de los capitanes, se dirigió al grupo de espectadores entre los que se encontraba Naismith. "¿Alguien para ocupar el puesto de Mat?". No contestaba nadie. "Os necesitamos. ¿Es que no hay nadie que se atreva?". Sin saber muy bien por qué, acaso porque precisaban ayuda, Jim se quitó el abrigo y dio un paso adelante. Él lo haría.

 

Con tal inesperado éxito que en los siguientes seis años no se perdería ni un solo partido. Y aun más, se haría imprescindible. Un referente en el equipo y el alumno más involucrado en las actividades deportivas de toda la universidad.

 

Jim no renunció a su graduación. Pero sí al sacerdocio. Encontró en el deporte una misión mucho más cristiana que la oración. Junto a compañeros y amigos, desconocidos y rivales, experimentó multitud de vivencias reveladoras en un sentido que él entendía bello y noble. Y ya no había vuelta atrás.

 

El cambio fue terrible para la familia, consolada por una comunidad de indelebles convicciones que también interpretó como un gravísimo error la renuncia del joven.

 

Su hermana Annie no le perdonaría. A sus ojos era una traición. Y la vida tampoco ayudaba a aliviar lamentos. Cumplido el primer año en McGill, Jim viviría el peor capítulo de su existencia, una escena y unas palabras que nunca jamás olvidaría.

 

La Nochevieja de 1884 su hermano Robbie se disculpó ante la mesa. "No me encuentro bien. Voy a la cama. El estómago. No sé qué es". Y nadie lo sabría. Jim acudió a su lecho sobrecogido por los espantosos gestos de dolor de su hermano pequeño. Gestos que a la presencia de Annie reprimía para no hacerla sufrir. Ella, sin saber gran cosa, le aplicaba paños calientes de agua con sal, el último de los cuales dejó a los varones a solas. "Jim, no puedes hacerte una idea de esto. Si de verdad me quieres, por favor, te lo ruego, mátame". Mientras pronunciaba estas palabras apretaba su mano con una fuerza imposible. Menos de una hora después Robbie fallecía. Su apéndice había reventado. Tenía dieciocho años.

 

De todas las tragedias sufridas, volvió a convencerse, nada como aquella noche de siete años atrás. Recordarlo una vez más le paralizó durante unos segundos, nuevamente inmóvil sobre la oscura madera de nogal que apilaba notas donde los garabatos comenzaban a ganar terreno a las palabras.

 

La muerte de Robbie redobló el sentimiento de culpa que el entorno más rígido de Jim se encargaba de avivar por aquella renuncia. Annie no aceptaba otra vida para su hermano que no fuera el hábito eterno. Y muchos de sus compañeros seminaristas compartían el sentir de su hermana. Sobre todo cuando el imaginario religioso, común a escoceses, irlandeses y no pocos americanos, recelaba del deporte como una práctica del diablo.

 

Naismith era la excusa perfecta. Nadie como él encarnaba el ideal del reproche. Porque sus heridas no parecían tener fin.

 

Sus compañeros de seminario se sintieron indignados la mañana siguiente a un durísimo partido ante Ottawa en que Naismith hubo de subir al púlpito para oficiar una ceremonia y sus ojos y pómulos, hinchados por los golpes, estaban negros como el carbón. Una escena que se repitió al día siguiente y que en muchas otras ocasiones presentaba peores consecuencias. En una cena del equipo Jim perdió de repente toda la energía del cuello y su cabeza se comportó como la de un guiñapo teniéndosela que sujetar con las manos. Años después de batallas sobre el césped uno de sus oídos presentaba una pérdida irreparable.

 

Para la parroquia no eran estigmas. Sino sucias heridas del deporte. 

 

Para Jim, en cambio, el mal no sabía disfrazarse. Se presentaba igual en todas partes. Un compañero de equipo, un tipo rudo y borracho al que llamaban ‘Drunken' Donegan, la emprendió con su virilidad por leer la Biblia. Jim se vio obligado a tumbarle de un puñetazo. Tampoco era raro tomarla con él por ser abstemio, condición de difícil cumplimiento entre universitarios pero promesa hecha a sus hermanos, uno de los cuales ya no estaba entre ellos cuando decidió pasar un verano entero en Manitoba en calidad de misionero.

 

A diferencia del recogimiento que profesaba su hermana, Jim encarnaba el ofrecimiento.

 

 

 

 

En la primavera de 1887 ya era un licenciado. Pero decidió proseguir todo el trayecto que conducía al sacerdocio. Ahora estudios como seminarista presbiteriano. Mientras fuera así creía poder atenuar la presión en su contra. Lo que no podría atenuar era otra de muy distinto signo que empezaba a cobrar forma.

 

Naismith fue solicitado para ocupar el cargo de instructor en educación física de la universidad que había dejado vacante la repentina muerte de Frederick Barnjum. No podía negarse. Si quería completar sus estudios en McGill debía pagar un dinero que su empleo estival para tío Peter no alcanzaba a cubrir.

 

Para entonces había entablado amistad con Daniel Andrew Budge, el director de una institución londinense que se había extendido ampliamente por Norteamérica desde su origen en 1844 y una de cuyas sedes más antiguas residía en Montreal. Era la Asociación de Jóvenes Cristianos (YMCA). Y algunas de las conversaciones de mayor peso filosófico se las había procurado su relación con aquel hombre. El día menos pensado Budge le ofreció algo. "Oye, Jim. Tenemos una escuela que necesita a alguien como tú. Puedo recomendarte, aunque en realidad debería ser al revés". Naismith tan sólo preguntó dónde. "No está en Canadá".

 

En abril de aquel año 1890 el doctor James completaba sus estudios pudiendo optar, si así lo deseaba, por ejercer como sacerdote. Pero la oferta de Budge le rondaba desde hacía tiempo la cabeza. Si no el destino extranjero, sí la organización religiosa, que armonizaba perfectamente las dos cosas que gobernaban con firmeza su vida. Empleó el verano visitando varios centros dejando para el final su viaje a Springfield.

 

Allí le sorprendió su director y la inmediata química generada entre ambos. Luther Gulick contravenía la imagen de vieja flema británica que James sin duda esperaba encontrar. "Le imaginaba mayor, señor Gulick". Rápido y firme, el director, hijo de un misionero destinado en Hawaii, demostró que la concepción del entrevistado no distaba mucho de la realidad. "Puede llamarme Luther, pero no cometa más errores". El caso es que ambos se dispensaron una magnífica impresión. "Tengo muy buenas referencias suyas. Así que usted decide".

 

No hubo que esperar. Naismith regresó a Almonte al calor de los suyos. Era un verano de despedida. Lo había decidido. A pesar de que los reproches no cesaban. "No puedes hacer esto". A los lamentos de Annie se sumaban los de tío Peter, convencido de que aquel tardío regreso a los estudios se debía únicamente al cumplimiento de una promesa que nunca hizo.

 

En septiembre tomaba rumbo al sur. Al siguiente nuevo mundo.

 

Qué rápido había pasado todo, pensó. Lo hizo sin reparar en que él mismo había contribuido a ello. Durante la primera cita Gulick le informó de que debía completar dos años de instrucción. Naismith lo haría en uno. Y sin dejar de jugar. En Springfield seguiría siendo el centro del equipo de rugby.  

 

Apoyándose en la madera se incorporó pesadamente y estiró algo las piernas por la habitación. Su cama estaba intacta. Y él demasiado desvelado para deshacerla.

 

En unas horas debía presentar la solución para la que había sido reclamado. Y no la tenía. Tantos días después seguía sin tenerla. Y temía lo peor. En pie junto a la ventana maldijo aquella parálisis. Hasta llegó a creer que fuera a causa del fuerte golpe recibido poco tiempo atrás ante un equipo de Connecticut, cuando perdió el conocimiento y despertó sin memoria. Aquel sábado se lo llevaron a su habitación -"Descansa, amigo. Mañana estarás mejor. Jim, ¿nos oyes?"- y no sería hasta el domingo que la cabeza volvió a su sitio. Ahora casi añoraba la serenidad de aquel sueño profundo.

 

Se preguntó cuánto tiempo llevaba divagando, cuánto extraviado del único motivo por el que seguía allí despierto. Una razón que no se había movido del sitio. Como una sombra implacable.

  

Todo se remontaba a trece días atrás. Cuando fue reclamado por Gulick para una cita en su despacho. Era la primera a solas después de una serie de reuniones con más instructores de la escuela y todas con el mismo desenlace, coronado por el disgusto del director. "Seguimos igual. Aquí no hay nada nuevo bajo el sol". Aquella mañana el rostro de Gulick había empeorado visiblemente. "Jim, esto no puede seguir así". Naismith conocía el problema. Todo el mundo lo sabía. Pero no acertaba a intuir qué podía pedirle esta vez su superior. Y aun menos la urgencia. "Tienes dos semanas. Ni un día más ni uno menos". Inventar algo nuevo era una posibilidad. Pero que además funcionara dificultaba las cosas a un grado que el profesor desconocía. "Confío en ti".

 

No era que Gulick la hubiese tomado con él, como llegó a creer. Era su certeza de que si alguien podía hallar una solución ése era Naismith. Y el muestrario de Gulick era, como la misma YMCA, mucho más amplio que las paredes del centro.

 

El problema era evidente. Lo venía siendo durante años. Todos los deportes podían ser practicados al aire libre los largos meses de tregua. Pero al precipitarse el frío y los alumnos dentro del recinto, del pequeño gimnasio de la escuela, el problema era crítico. La gimnasia de suelo y los aparatos aburrían a todos por igual. La motivación rehuía a profesores y alumnos y los dos o tres juegos que a ratos practicaban -three deep, line ball y una variante del cricket- no despertaban gran entusiasmo.

 

Los meses de invierno hacían así hibernar el deporte perdiendo la red escolar de la YMCA buena parte de su sentido. Hacía falta algo nuevo que incorporar a las muchas horas de instrucción en el gimnasio.

 

Recibida la orden Naismith no pensaría ya en otra cosa. Pero no hallaba nada. Y a cada jornada infructuosa su desasosiego era mayor, lo que provocaba largas noches de insomnio en la última de las cuales, a cuatro días de la Navidad de 1891, se hallaba apresado. Era el día en que el plazo expiraba.

 

Jim lo había pensado todo. Sin reparar en recursos. En busca de inspiración acudió a la Universidad de Yale e incluso visitó la pequeña isla de Martha's Vineyard, en cuya escuela se impartía el llamado método sueco de entrenamiento. Rellenó libretas enteras. Pero ninguna solución a la vista.

 

 

 

 

Los numerosos intentos de trasladar los grandes deportes al gimnasio se habían saldado, como era de esperar, en rotundo fracaso. El fútbol tendía al destrozo de mobiliario y ventanas. El rugby al de crismas. Y el lacrosse a una intrincado enjambre de arcos en mutuo apaleamiento. Ningún ensayo evitaba el disgusto de los veteranos y el desconcierto de los novatos, muchos de los cuales terminaban lastimados.

 

El mismo Gulick había probado lo suyo. Un par de juegos sin excesivo fuste de continuidad. Uno era el battle ball, obra de un profesor de Harvard, que buscaba hacer diana sobre los rivales al lanzamiento del balón. El otro, evitar que los balones medicinales tocaran el suelo una vez eran arrojados por los rivales con mala idea.

 

Todo en vano.

 

Como penúltima prueba Gulick había contratado los servicios de un tipo, Robert Clark, célebre por sus ejercicios anaeróbicos en Williams College. La novedad en Springfield consistió en unas carreras de patatas que más que al entusiasmo movieron a la burla. Desesperado, el director optó por encargar la solución a Naismith.

 

No bastaría el papel. Para que la presumible invención no corriera riesgos debía probarse ante la clase más difícil del centro, un grupo de veteranos conocido como los incorregibles. Antes que convencer a muchos Naismith sabía que bastaba con hacerlo con dos estudiantes: su compatriota T.D. Patton y un descarado irlandés de Memphis de nombre Frank Mahan. Los dos líderes del aula. Cualquier cosa que dijeran era seguida por el resto a pies juntillas. Convencidos ellos, convencidos todos.

 

Era lo de menos. Le azuzaban más otras advertencias, una de las cuales tampoco facilitaba las cosas. "Y nada de juegos con pelota pequeña. Necesitan una equipación extra que no estamos en condiciones de sufragar". Desde el principio Naismith había desechado versiones reducidas del béisbol, el tenis, el squash, el cricket, el lacrosse o el hockey. Pensó que no servían. Y hasta aprobaba la suspicacia de Gulick. "Ten por seguro además que esos truhanes esconderán la bola a la menor ocasión".

 

Teniendo todo esto muy presente un repentino fulgor de la lámpara le devolvió a la relectura de sus líneas maestras. Como a mitad de hoja una de ellas rezaba a trazo más grueso: "They can't run with the ball". Acto seguido tuvo claro que si no podían correr con el balón tendrían dos opciones. No. Tachó. Obligaciones. Debían pasar el balón a un compañero o bien enviarlo directamente hacia algún destino objetivo del juego.

 

Instintivamente volvió a dibujar una portería. Era la enésima vez que lo hacía. Había imaginado el depósito del fútbol y el lacrosse bajo techo. Pero de repente aquella simple boca presidiendo una nueva  hoja le hizo imaginarla flotando. A cierta altura. En algún sitio por encima del suelo. A la vez, se convenció, era una portería mucho más pequeña. 

 

Naismith apretó la pluma entre los dedos y escribió: "Elevated above the defenders' heads".

 

Imaginó entonces a los muchachos arrojando la bola con todas sus fuerzas en esa dirección. Y de nuevo Gulick y sus malditas advertencias se interpusieron. "No quiero pelotazos. Acabarán con todo".

 

Su memoria remontó entonces con fotográfica precisión al juego de infancia que llamaban Duck on the Rock. Jim y sus amigos situaban sobre el borde de una gran roca una pequeña piedra que habían de desplazar con el lanzamiento de otras. Todos obraban de igual manera. Todos menos él. Lo que llevaba al pequeño Tait a hacerle siempre la misma pregunta:

- Jim, ¿por qué tiras tan suave?

- Así no tengo que ir a recogerla tan lejos.

Mientras los demás ponían todas sus fuerzas en los disparos, todos en línea recta, Jim los realizaba con una suave parábola. Para que el contacto, caso de darse, se produjera de arriba abajo.

 

Ahora la pluma escribía sola: "Throw the ball in an arc". La más simple consecuencia de imaginar dos mundos: uno, de entrada horizontal, como en el fútbol o el lacrosse, y otro, de entrada vertical: que la bola cayera del cielo habiendo sido arrojada unos palmos por encima del suelo, acaso a la altura del jugador. Y añadió: "Force will be of no value".

 

Los siguientes minutos fueron de una cadencia lógica perfecta. Un efecto estimulante y extraño, obra de una insólita lucidez cuya naturaleza, escribiría años más tarde, sólo podía ser explicada "from the philosophical side". Las dos semanas de enquistamiento habían llegado repentinamente a su fin. Derribado el dique las aguas rompían por el canal más blanco de sus hojas.

 

Naismith coronó el esbozo con una última consigna que abriría fuego: "Throwing the ball up between the two teams". Y eso le correspondería a él.

 

Pasó a limpio éstas y otras valiosas líneas que su cabeza había tramado en secreta intimidad antes de acostarse. Era tarde. Pero nunca como entonces tenía tantos motivos para poder dormir en paz.

 

Era la mañana del 15 de diciembre. El frío apretaba. Pero lo hacía fuera.

 

-Pop, necesito tu ayuda.

Robert Stebbins, el conserje, daba una última barrida al vestíbulo a poco de iniciarse otra jornada.

-Usted dirá, señor.

-Necesito un par de cajas de madera. Que sean sólidas. Y como de un tamaño de medio metro de lado.

Stebbins no disponía de ellas y acarició su barbilla en señal de duda. Una duda que el mismísimo Descartes habría celebrado. Porque de haberse empeñado en cumplir la orden habría acudido a por ellas a alguno de los institutos cercanos.

-Lo lamento, señor, pero... ¿no le valdrían un par de cestos de melocotones que hay en el almacén?

-No sé... ¿podría verlos?

-Naturalmente. Venga conmigo. Son de más o menos este tamaño -y a paso firme abría las manos en torno a las 18 pulgadas que el profesor le había sugerido.

 

Naismith abrió los ojos en cuanto los tuvo a la vista. No eran más que unos cestos. Los mismos de siempre. Y sin embargo creía estar viéndolos por primera vez en su vida.

-¿Le valen?

-¡Son perfectos! -repuso radiante-. Coge uno. Yo llevaré el otro. Coge también la escalera, un martillo y unos clavos grandes. ¡Vamos!

-¿Adónde?

 

De un solo golpe Naismith abrió la doble puerta del gimnasio.

 

Se apresuró al otro extremo mirando hacia arriba, a un punto intermedio bajo el balaustre finamente torneado que circundaba el recinto como una corona.

-¿A qué altura está el raíl? -preguntó.

-No sabría decirle, pero en torno a los diez pies.

 

Diez. Diez era un número mágico. Perfecto. Por alguna razón estaba ahí, dormitando a la espera de ser despertado.

-¿Tiene usted una cinta métrica?

No quería perder ni una pulgada.

 

Unos minutos después los cestos estaban colgados. Uno bajo el centro mismo de la balaustrada. El segundo sobre la puerta, al otro extremo de la estancia.

 

Naismith corrió a su despacho y tomó un par de hojas vírgenes. Empleó la siguiente media hora en redactar un total de trece reglas que concibió aprisa como innegociables. Dirigió entonces sus pasos al despacho de la secretaria.

-Señorita Lyons. Le ruego pase a máquina estas notas.

-¿Ahora?

-Ahora.

 

En cuanto dejó listas las dos hojas sobre el tablón de anuncios, junto a la entrada del gimnasio, las agujas del reloj acariciaban las once y media. Los muchachos estaban a punto de llegar.

 

Su último viaje fue hacia el almacén. De allí trajo consigo un espléndido balón de fútbol, el más robusto y reluciente de cuantos encontró. Le invadía un creciente nerviosismo que se obligó a moderar sin mucho éxito. De vuelta al gimnasio supo que todo estaba en regla. Tan sólo necesitaba una prueba real.

 

Escrutaba por última vez el cesto del interior cuando una voz le hizo girar en el acto.

-¡Ey, esto es nuevo¡ -exclamó Mahan, al que siguieron todos descubriendo las dos hojas impresas.

 

Allí estaban los 18 incorregibles.

 

Con morbosa curiosidad Mahan alcanzó la posición del cesto bajo el pasillo. Le siguieron los demás. Lo hicieron lentamente, como escolares que ingresaran con sigilo en la sala principal de un museo. "¿Qué es esto?". Naismith tragó saliva. "Bien -resopló-. Os voy a explicar en qué consiste este nuevo juego". Que no tenía ni nombre.

 

Se hizo otra vez con las reglas y a mitad de alocución hizo entrega de ellas a los estudiantes para que fueran cambiando de manos.

 

A excepción de Ruggles y Macdonald, todos lucían ese presuntuoso bigote de la Nueva Inglaterra finisecular. Vestían la indumentaria habitual de gimnasia mientras la luz de la mañana entraba generosa por los ventanales, dotando al piso de madera de un extraño brillo que figuraba un salón de baile. Stebbins había evacuado oportunamente aparatos y enseres, apilados junto a uno de los fondos. No había líneas. Sólo muros que delimitaban una estancia de unos 18 por 10 metros que, a pesar de conocida por todos, desprendía un irresistible aire renovado aquella mañana por la poderosa presencia de dos elementos.

 

Naismith separó el aula en dos grupos y eligió dos capitanes. El californiano Eugene Libby y el canadiense T.D. Patton fueron los encargados de seleccionar a los otros ocho con que completar los dos equipos. Acto seguido el profesor encargó a los capitanes que perfilaran en sus grupos tres líneas de juego: tres defensores atrás, tres medios y tres delanteros.

 

-¿No podemos movernos? -preguntó Davis.

-Podéis hacerlo libremente. Pero es mejor preservar un cierto orden.

El mismo que obedecían en los otros deportes.

 

El silbato puso fin al murmullo y el balón de fútbol se elevó al aire por primera vez.

 

Todo pasaría volando. Tal vez porque para todos resultaba una experiencia completamente nueva.

 

Una primera impresión, diametralmente opuesta a todos los ensayos anteriores, desprendía entusiasmo. Un abandono de todos los jugadores al fragor del nuevo juego. Un interés natural por encima incluso de las mejores expectativas.

 

Era difícil mantener a los chicos en sus líneas de campo, pero por alguna razón conservaban ligeramente la posición asignada, evitando así las melés que Naismith tanto había temido. Había de hecho como un cuidado especial en no tocar a los rivales, o no hacerlo como en el rugby. Insistir en el castigo de la expulsión estaba dando resultado.

 

Todo sucedía con aire lúdico. Pero nadie sabía qué hacer. El instinto movía a quien tuviera el balón a salir corriendo. Y nada materializaba la idea del trabajo en equipo. Tan sólo que a medida que los minutos discurrían los pases parecían aumentar en intención y con mayor acierto que los tiros, muchos de ellos tan disparatados como -bastaba contemplarles- divertidos. 

 

Sin más orden que el caos ni más destino que el azar la bola fue a parar a las manos del reservado estudiante de New Bedford, William R. Chase, uno de los pocos nativos de la clase. Ocupaba una posición algo más retrasada de la mitad del gimnasio, como a unos ocho metros del cesto. Chase elevó allí su mirada mientras su mano derecha formó con el balón un trazado que semejaba un anzuelo y que dio con aquella parábola que Naismith había soñado. Un instante después un golpe seco, como de sordo tambor, provocaba el silencio. Todos miraron a Naismith, que reaccionó señalando uno de los campos al grito de: "¡One goal!", mientras Chase recibió con orgullo los atolondrados cumplidos.

 

Entretanto Stebbins, atento como siempre, subía fatigosamente la escalera portátil y devolvía el balón a su sitio.

 

Aquello encendió los ánimos del equipo rival, que multiplicó sus lanzamientos al otro cesto sin éxito hasta el final del partido, momento en que Naismith hizo sonar con fuerza el silbato mientras se esforzaba en repetir "It's over!".

- ¿¡Ya!? -corearon indiscriminadamente.

 

Nada como aquella última reacción para maravillar a un hombre que, ahora sí, entendió que había cumplido su trabajo. Acaso su lugar en el mundo.

 

Los muchachos tenían otra clase y Naismith que comunicar algo importante al director de la escuela. El alumbramiento de un recién nacido. Pequeño, retorcido y sangriento. Pero una nueva vida que su mismo padre debía dar a conocer.

 

 

 

 

Dos semanas después una epidemia había invadido el centro y corría a expandirse por otros a gran velocidad. El juego había resultado un completo éxito.

 

Naismith cerraba la puerta de su dormitorio cuando vio subir escalera arriba a un alumno muy familiar.

-Mahan, ¿qué te trae por aquí?

-Verá, señor, como usted sabe estas hojas desaparecieron hace ya unos cuantos días.

 

Las reglas mecanografiadas por Miss Lyons habían sido robadas y ya se daban por perdidas. Mahan extendió su mano con ellas.

-Vaya, las has encontrado.

-No, señor. Fui yo. Lo siento, de veras. Pensé que eran muy importantes. De hecho así lo creo. Estoy convencido de que esto es algo muy valioso, un pedacito de historia que el futuro pagará en su justa medida. Y le corresponden a usted. Usted es su dueño -alzó la voz con su inconfundible acento de Tennessee-. Por eso se las traigo. Le ruego sepa disculparme. Obré mal.

 

Naismith era muy indulgente y no vio mayor delito en aquella acción. Antes bien apreció el valor del joven, que en señal de compensación venía dispuesto a añadir algo más.

 

-Todavía no tiene nombre. ¿Por qué no llamarlo ‘Naismith ball'? Usted es el inventor y así se le recordará siempre.  

-No, Frank, eso nunca.

Pero Mahan era rápido. Y nunca desfallecía.

-Pues entonces, señor, si tenemos un balón y un cesto... ¿por qué no llamarlo baloncesto?

 

Una radiante sonrisa iluminó el pasillo. Mahan era un chico listo. Y Naismith un buen hombre.