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09/12/2010

Ahora que han templado algo las voces se escucha mejor. Porque volverán a alzarse más pronto que tarde y otra vez con sobradas razones.

 

Decía J.A. Adande que el baloncesto de Blake Griffin podría resumirse en un sumarísimo manual de tres pasos:

 

Go to rim.

Get ball.

Dunk ball.

 

En igual sentido Chris Mannix iba un poco más allá recordando que mientras la ejecución en la mayoría de los jugadores vive de tres tiempos:

 

Catch.

Control.

Finish.

 

…el novato de los Clippers, aseguraba, lo reduce todo a uno, “in a single, Matrix-like motion”. Como si Griffin fuera al baloncesto lo que Bud Spencer al razonamiento. A guantazo limpio con la duda.

 

Pareciendo exagerada, la reducción se ajusta lo suyo a la realidad. A la que este Griffin recién nacido ha puesto sobre la mesa. Porque realidad es aquí el único fenómeno que importa. No thinking, le titulan los analistas. Como una burla a la teoría. Y más que a las leyes del juego, a sus legisladores. El rayo no es la tormenta. Pero no hay tormenta sin esos poderosos resplandores de luz. Griffin es, pues, rayo y tormenta.

 

Vivimos tiempos agotados de novedad. Tiempos de sobra de medios, de información viral y de retorcidas teorías del baloncesto que engordan hasta la obesidad entre la presunta ciencia de los numeristas (Hollinger), la religiosa vuelta a la técnica (Europa), la poética de la filosofía (Ballard), la sociología iracunda (LeBrongate) y hasta el grafismo estético del Pop Art (Marvel). Rivaliza cada corriente por sacar la cabeza en la red y hacerse visible a través de cuentas y giros que duran, en este mundo de hoy, lo que un suspiro, lo que dura un Tweet.

 

Por eso encierra una cierta ironía, más que la fulminante irrupción de Blake Griffin y su demoledora, aplastante y superlativa realidad, la reacción general a una cosa tan bruta. A un producto tan animal y tan remoto por ello al misal de la palabra.

 

Llegó con un año de retraso. Se sabía entonces que llegaba. Que por fin estaba ahí, junto con otra perla (Wall) que concentró también sus focos. Inicialmente así fue. Pero en cuanto los Highlights comenzaron a inundar la red no hubo nadie que no girara la cabeza hacia los Clippers, hacia ese desierto rojo del que no importaba –ni importa- nada más que una cosa. Y el ‘analismo’ se detuvo embobado viendo al muchacho prender fuego a todos esos papeles y sus rollizos dictados, confirmando la hegemonía de la imagen en Internet. Como si al final lo que más moviera al asombro no fuera más que esas demostraciones de fuerza.

 

Y valdría preguntarse por qué el porno duro funciona también aquí.

 

Qué divertidos ratos debieron pasar los cronistas estas últimas semanas ante el blanco y a veces árido vacío de las páginas a rellenar. Ellos también han jugado, imaginado, alumbrado mates con las palabras. Ellos también querían reducir a Griffin a un sopapo de lenguaje. Redunkulous (Tichelor), Dunk-a-thon / Dunkfest (NBAE), Dunktacular (Howard-Cooper) y hasta técnicos de probada sobriedad -Gladiator (Popovich), Explosive (Dunleavy), My Goodness (Sloan)- entraron en juego.

 

El significado es bien sencillo. El mate es el símbolo Griffin en este primer mes y medio de carrera.

 

Y el mate es, dicho en claro, un tortazo. Y no sólo al hierro ni a los rivales.

 

El mate encarna, representa, sigue siendo el mayor atentado contra todo ese formalismo de palabra hueca que pretende adocenar el juego diciendo cómo hay que jugarlo. Para John Wooden, por ejemplo, Griffin sería una aberración. Esa doctrina arrugada que de vez en cuando asoma con su vara de castigo gastándose humos bíblicos sostiene, por resumir, que la distancia más corta entre dos puntos no es la línea recta y que el baloncesto será más incivilizado cuanto menos manoseado.

 

Contra esa ética del juego Blake Griffin se declara en rebeldía sin saberlo. De manera natural. No es el primero, por mucho que Adande le bautizara como “el nuevo paradigma”. Tan sólo el último en dejar a la finesse en pañales.

 

Cuentan las crónicas, al estilo de las viejas líneas, que cuando Spencer Haywood aterrizó en la ABA una pantera humana andaba suelta por aquellas pistas tugurio de la vieja liga. Y que tan pequeña le quedaba, tan de juguete canastas y prójimos, que más que al novato del año aspiraba al MVP de la temporada, como así fue.

 

Lo que ha impresionado de Griffin no es su condición, todavía embrionaria, de jugador de baloncesto. Lo que ha impresionado de Griffin es precisamente lo contrario: su condición salvaje. O de otro modo: no ser, de momento, un jugador de baloncesto. Ser más bien una fuerza a la vez bruta e inocente no domesticada aún. No es una hipérbole inventada. “Es un atleta jugando a baloncesto –aclaraba su técnico Vinny Del Negro-. Queremos que primero sea un jugador de baloncesto”.

  

Para encontrar analogías algo menos carteleras que a mix of LeBron and Tim Duncan” (Joe McVeigh), mejor atrapar trazos al vuelo de algunos pocos precedentes. Y hacerlo con cuidado tan sólo donde Griffin más se ha reconocido hasta ahora. Uno de los más dignos beneficios de las analogías honestas reside en desempolvar de las vitrinas del museo algunas piezas que dormitan a oscuras, condenadas al olvido o disfrazadas de anécdota.

 

Para empezar qué poco se ha mencionado a un jugador que vino a instalar en el imaginario NBA la bizarra concepción del barbarismo. Ya que a Michael Hentz o Herman Knowings se los perdió la pantalla, Blake Griffin tiene mucho de Darryl Dawkins. De su infantil baloncesto expeditivo. De llegar a comprender cómo actuaría el increíble Hulk –ninguna portada Marvel más acertada- de recibir el balón en órbitas cercanas al aro, de cómo inutilizar toda resistencia y conceder a la fuerza toda esa supremacía que, contra el purismo de los bíblicos, ofende en línea recta, como un proyectil.   

 

Físicamente Griffin guarda además junto a Dawkins, al joven Charles Barkley o a ejemplares algo ambiguos como Clarence Weatherspoon, Rodney Rogers o Byron Houston esa anatomía perezosa al recorte muscular, esa fisonomía halterófila de Wes Unseld que oculta la mayor de las fuerzas mayor bajo un manto más grueso que dactilar. Mostrencos de enormes manos que imaginar sobre un cuadrilátero, cabezas montañosas y pómulos de granito, gemelos como cetáceos y piernas de conífera. Se antojan sujetos que debieron concebir otra vida anterior en la selva bajo alguna forma animal, como eslabones humanos del primate superior.

 

De niño, Griffin adoraba trepar a los árboles. De hombre, es imposible eludir su extraño cruzado genético entre la raza negra del padre y la blanca pelirroja, rutilista, la más caucásica de todas, de la madre.   

 

 

 

 

Lo que vincula exactamente a Dawkins y Griffin no es que apenas un mes después de pisar Dawkins una pista NBA por última vez viniera al mundo un bebé en Oklahoma. Ni siquiera el gesto coincidente en ambos de atrapar su mano unos instantes el balón como una naranja al momento de penalizarles el silbato. O que uno se llevara a la boca una cadena de oro y el otro un protector. Lo que les une de verdad es la ejecución. Fulminar toda idea en torno a ella. Suprimir giros y distancias cuando el hierro queda a mano. Sin ninguna otra intención ni mayor razonamiento. El placer del poder subraya en ambos la autoridad del baloncesto bárbaro y su natural encanto.

 

En eso tampoco han sido los únicos. Motivo de estar muy bien traída la figura de Shawn Kemp y, por qué no, a escala más fina, Dominique Wilkins, siempre y cuando se rescate con ello a la poderosa especie de los matadores enfáticos, caracterizados por hacer del mate su prioridad y desatar colosales dosis de energía en cada uno de ellos, como pequeñas explosiones nucleares.

 

Kemp no fue siempre un matador enfático. No lo fue ni al principio por retraimiento ni al final por ocaso. Pero lo dado por Griffin hasta ahora guarda una atractiva semejanza, más intencional que formal, con el Kemp más bravío de 1992 a 1995. Y asimismo Shaquille O’Neal, el recién nacido Shaq, era por encima de cualquier otra consideración, un matador enfático.

 

Esta enérgica condición se expresa a través del 1) acto:

 

“The unbridled power

The majestic glory

The sheer audaciousness

Of the act”.

(Fran Blinebury, sobre D. Dawkins)

 

Y 2) su fuerza:

 

“Juega cada partido como si fuera el último” (aforismo atribuido a Michael Jordan por una corporación deportiva que va colgando a sus representados citas que nunca pronunciaron). En lo que nos concierne, la idea “Mata cada vez como si fuera la última” nos colorea ya a más de la mitad del Griffin novato.

 

Así también se entiende que a falta de otros recursos cierto Kenyon Martin pareciera entregar su vida a cada nueva embestida o Shawn Marion, el adolescente Dwight Howard y hasta Nene, figurasen en algún momento morteros de repetición (“Dunking Machine”, según Tom Ziller). De ahí que George Karl aventurara sin mayores juicios que Griffin “probablemente liderará la liga en mates los próximos diez años”. Ya lo hizo en college. Lo que puede sugerir algún dominio. Pero a lo peor no más que el dominio del acto más silvestre de todos.

 

- Any goal?

- Getting better.

 

De manera tan sencilla se explica el siguiente paso.

 

Mientras el entorno de la canasta es cada vez más propicio a las complejidades, la realidad del baloncesto, indiferente a esas ambiciones, persiste en su regresión al principio más simple, el más enamoradizo, el baile agarrado del pick-and-roll. No pasa día que no sea tema central de innumerables artículos. Piezas de actualidad.

 

Prueba su importancia que equipos como los Knicks remonten vuelo sobre tan básico eje o una de las mejores cosechas de bases de la historia tenga altamente priorizado gobernar a partir de ese jaque ofensivo. Y mientras Griffin no sea más que un proyectil sin tallar Del Negro asegura que el pick-and-roll preside obsesivamente sus entrenamientos.

 

Qué se pretende con algo así es evidente. Dar una mano al martillo. Porque parece darse entre técnicos y analistas un acuerdo generalizado que no deja en buen lugar a los Clippers. Se suplica, a pesar del madrugón, una mano para Griffin. No una mano cualquiera. Un Steve Nash, un Chris Paul, un Deron Williams o un Rajon Rondo. Una mano dadora que descifre bien esa suerte y haga de Griffin el martillo supremo.

 

Los más críticos con su actual entorno no tienen tapujos en asegurar que jamás veremos un anillo de Griffin en los Clippers y que tampoco conoceremos su mejor versión allí. Les mueve, más que la historia del equipo, una triste tradición.  

 

El ejemplo de los Knicks, de los Knicks más felices de los últimos tiempos, viene a colación precisamente por alguien con el que también se le ha medido: Amar’e Stoudemire (durante más de un lustro otro matador enfático). El actual interior de New York denunciaba, en medio de la breve crisis de noviembre, que mientras no funcionara el pick-and-roll, que mientras no viera cerca a su otra mano (Felton), le estaba costando anotar más que nunca. Y que urgía ponerle el pase al punto, el balón a gusto, la canasta hecha, como Nash hizo durante años con él.

 

Además de la idea de eficacia Stoudemire venía también a indicar algo que de costumbre se olvida en el arte del P&R: evitar el desgaste del ejecutor, dosificar sus energías.

 

Como difícilmente un jugador estelar puede vivir tan sólo del P&R Stoudemire desarrolló con el tiempo dos recursos principales: el tiro de media distancia (y su posible ampliación) y alguna pequeña maniobra con la que penetrar a solas las defensas, referida por él como double dribble.

 

Esta simple argumentación de otro compañero ha calado también en Griffin.

 

Griffin es, como LeBron James, Kobe Bryant o Luis Scola, un verdadero amante del juego que practica. De modo que sus escasos ratos de ocio están repletos de observación y video. De selecto aprendizaje. Por ahí reconocía que ese recorrido técnico en Stoudemire es un objetivo material para él. “Si puedo hacerlo funcionaría. Quiero añadirlo a mi arsenal”. Porque aún no lo tiene.

 

Lograrlo supondría un segundo o tercer paso en esa obligada progresión. De momento ni siquiera ese pilar táctico termina de funcionar realmente en su equipo. Y tanto el novato Bledsoe, como el distante Foye como el rescatado Davis, siguen sin incorporar mayor orden en pista. Tan sólo a pequeños tragos que Griffin sorbe aprisa.

 

Así el mate sobre Mozgov, más que un P&R, era una intención para una ejecución monstruosa.

 

Aquella acción, aquella noche que Royce Young subtituló The Destruction of New York, Griffin ocupó esa hegemónica portada del mundo NBA que muy pocos jóvenes logran conquistar (como Brandon Jennings hace poco más de un año). Porque su partido contra los Knicks se fue sumergiendo gradualmente en una realidad de dibujos animados, en una violenta sucesión de videoconsola. Un banquete hacia el público que ansía más y más bocados como esas comuniones populares y festivas del Streetball.

 

Aquella noche no importaba la derrota. Nunca parece hacerlo con los Clippers por medio y tampoco a las crónicas importó la victoria rival. Fue la noche que consagra a una estrella del futuro. No fueron tanto las cifras como las formas. Un enfrentamiento convertido en un particular concurso de mates.

 

Griffin está en torno a los 95 centímetros de batida en estático con todas las condiciones para ascender por encima del metro ante la posible resistencia defensiva. “No logró saltar sobre mí porque le hice falta”, apostillaba el ruso Timofey Mozgov, la víctima a cuyo entorno, de los compañeros a la prensa, suplicó Mike D’Antoni no recordar la experiencia.

 

Un abuso que, vale destacar, pertenece al rarísimo subgénero de mates monstruosos que se permiten el lujo de despreciar el tacto del hierro y descargan como la balística de los satélites con que soñaba Reagan. Portentos que frecuentaba el joven Olajuwon y alguna vez nos enseñó Dwight Howard. Griffin ya se golpeó la cabeza contra el tablero en Okahoma. Da la impresión de poder hacerlo algún día con el mismísimo aro. 

 

 

 

 

La ligereza de los matadores ingrávidos nunca deja de sorprender. Pero más lo hace cuanto más gruesa la anatomía. Blake Griffin es ligero porque toda su potencia muscular se concentra de manera natural en el tronco inferior. Y aún no en el superior. Al momento de hacerlo asomará, con toda seguridad, Karl Malone y un descenso notable de acrobacias atómicas. Por eso toca disfrutar ahora esos fuegos de artificio. Antes de que la gravedad lo apisone. Porque lo hará.

 

Sorprende todavía más cuando Griffin ya sabe lo que es lesionarse ambas rodillas, especialmente la izquierda, que le birló un año entero de vida deportiva. Y sin embargo nada de eso le importa. Griffin está en esa ciega edad que no conoce la fatiga y aplica además esa inteligencia que sabe que mucho peor que las lesiones es temerlas. “No pienso en ello”. No desmiente así una posible participación en el próximo concurso de mates, evento del que ya conoce la victoria (McDonalds ’07) y que seguramente no le favorezca en exceso. Porque como ocurre en LeBron James, Griffin necesita para la grandiosidad de sus mates el traffic y el fragor del juego, como un matador de partidos, sin ribetes ni sutilezas artísticas.

 

Hay en Griffin además un adulto ordenado. Fue estrictamente educado por su madre hasta tomar el relevo su padre, cuando su futuro se abría claro, atándolo en corto como entrenador en la Oklahoma Christian School, donde quedaba prohibido perder algún título estatal.

 

En edad universitaria el chico había desarrollado la autonomía suficiente para gobernarse a sí mismo. Y elegir la hogareña Oklahoma sobre Connecticut, Duke, Florida, Illinois, Kansas, Michigan State o North Carolina. Su técnico, Jeff Capel, reconocía haber combatido el poder de esos programas gigantes y la ofensiva abierta hacia él con una curiosa forma de recruit. Durante la entrevista el tema central de la charla, sin orden ni concierto, fue la música. “We got to know each other”. Nada de súplicas ni lujosas presentaciones.

 

Presidía después su valioso prospecto para el scout profesional un encabezado que calmaba mucho los ánimos: “Terrific work ethic”. Pero lo que encendía de veras la libido eran otros factores. Volúmenes de peso en press de banca impensables incluso para ejemplares acabados en la NBA o esprintar tres cuartos de pista en 3 segundos y 28 centésimas.  

 

En Playa Vista, el área deportiva de casa Clippers, conocen ya de su estricta dedicación y el propio Vinny Del Negro reconoce estar dejando la progresión del novato en sus propias manos, sin la menor presión ni una dirección específica que lo enrarezca.

 

Como si pasados los primeros resplandores, los más sanguíneos y groseros, Griffin se esté esforzando en ser tomado, si cabe, más en serio. Recibiendo de Suns, Nuggets o Lakers las ayudas propias de un poste veterano o comenzando a entenderse con quien debe de veras hacerlo. A la ausencia de Eric Gordon Griffin rebajó sus prestaciones a los 11 puntos y 7 rebotes. Y empieza también a resonar el murmullo de liberarle de la compañía de Chris Kaman y, cómo no, Baron Davis, hundido en el índice más impopular de su carrera.

 

Sin Kaman estalló Griffin (Vs Knicks) hasta los 44 puntos, 15 rebotes y 7 asistencias, como aquella noche de febrero con los Sooners cuando se fue (Vs Texas Tech) hasta los 40 puntos (16/22) y 23 rebotes en 31 minutos de juego. Sin Kaman resolvió consecutivamente cifras de 44-24-25-20-35 puntos y 15-13-15-14-14 rebotes, como ecos del Haywood adolescente o, según Alex Siskin, como su primer golpe de autoridad en solitario. Un ejemplo de producción cuando su pareja interior ni le resta balón ni protagonismo.

 

Su perfil se aproxima, pues, a algo infinitamente mejor o más exacto de lo que hasta ahora conocemos. Sus fortalezas son demasiado grandes y escapan con mucho a las simples demostraciones de fuerza. Gráficamente Blake Griffin:

 

- Encarna condiciones ideales de reboteador.

- Ha comprendido aprisa el pase en las ayudas.

- A campo abierto acaricia posiciones más bajas (de small-forward e incluso guard).

- Trabaja su tiro de media distancia incidiendo en el modelo bank-shot de Duncan.

- No teme el contacto interior.

- Incorpora al resto de compañeros.

- Parece de ego controlado.

 

Griffin supera con creces las primarias. Todo ese examen que se le venía también encima. Pero lo hace en una franquicia dolorosamente marcada por maldecir a sus más jóvenes, casi el único yacimiento de que ha vivido desde que a mitad de los ochenta figurara un cementerio donde ir veteranos a morir (Wilkes, Nixon, Maxwell, Bridgeman, Catchings, Marques Johnson).

 

Entre 2000 y 2010 los Clippers incorporaron un total de 323 titularidades rookies (los Lakers, 13). Y han sido muchas, demasiadas las veces que el equipo parecía comenzar una nueva y prometedora era de futuro a través de sus novatos. Algunas temporadas eran el vivo ejemplo de la juventud.

 

En 1988: Ken Norman, Joe Wolf, Reggie Williams, Norris Coleman y Eric White.

En 1989: Charles Smith, Gary Grant, Tom Garrick y Danny Manning.

En 2001: Quentin Richardson, Darius Miles y Keyon Dooling.

En 2009: Eric Gordon, DeAndre Jordan y Mike Taylor. 

En lo que llevamos de año: Blake Griffin, Eric Bledsoe y Al-Farouq Aminu.

 

El estigma de Portland con las lesiones es generalizado en los Clippers como una histórica sangría que no escapa a ningún contratiempo. Los Clippers han conocido todos los males y su propietario, Donald Sterling, goza de una de las peores famas en el espectro dirigente del deporte profesional.

 

Intuyendo entonces lo que tienen ahora entre manos sería mínimamente exigible a la credibilidad de la franquicia angelina un periodo dorado de cierta semejanza al vivido en Cleveland de 2003 a 2010. Exigible a Donald Sterling como lo fue a Dan Gilbert. A Neil Olshey como lo fue a Danny Ferry. Y por supuesto, a Blake Griffin como lo fue a LeBron James.

 

Siendo esta última, tal vez, la más verdadera de todas las varas de medir. Los resultados del equipo agraciado.

 

Griffin es la prueba más reciente de que el baloncesto es muy joven. Y que por alguna razón exclusivamente derivada de este deporte la NBA termina incorporando a la más selecta genética de todo el planeta. Y tampoco es ocioso el verde que eligió Marvel para representarlo en forma de Hulk. Porque no es otro el color del recién nacido.