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Era la segunda noche de playoffs en el Garden y Chicago el rival. Corría el segundo cuarto cuando Leon Powe supo que algo no iba bien. Otra vez la rodilla. Al banquillo. Al vestuario. Casi al hospital. Había que operar. Adiós a la temporada.

 

Pero la importancia del momento hizo que la baja de Powe no fuera comprendida como la baja de Powe. Sino como parte residual de la desgracia en que repentinamente parecían haber caído los Celtics. Seguía sin haber nada más relevante, prioritario y decisivo que:

 

  • La ausencia de Garnett.
  • Y la supervivencia del equipo en una postemporada a la que la historia nunca debería perdonar que los Campeones no pudieran disponer de sí mismos para la reválida.

 

Garnett y la plantilla en vivo. Nada más importaba entonces que ese doble pulso. Y por ello el infortunio de Powe quedó como en un tercer plano.

 

O más al fondo aún. Porque nadie en Boston imaginaba que Leon Powe acababa de sellar su lápida allí. Otra de esas crueldades que el deporte lamina en calidad profesional. Un año antes había sido James Posey el desechado. Y sin uno ni otro resulta difícil concebir el primer anillo verde en el presente siglo.

 

Que Powe no llorase públicamente no significa que no padeciera en silencio aquella salida por la trasera de servicio. Es que Powe aprendió demasiado pronto a extirpar el llanto de su repertorio vital.

 

 

 

 

 

 

 

Nada más vicioso en la literatura deportiva que esas figuras malditas que algún día remontaron las peores cordilleras de la vida. Pero de tan comunes y recurrentes muchas fueron objeto de abuso y exageración. Con Powe, muy en cambio, la vida real supera toda ficción y tragedia. Es sobradamente conocida su historia. Pero no por ello pierde un ápice de fuerza.

 

Nacido en la suburbia de Oakland su madre fue abandonada cuando Leon contaba dos años. A los siete el pequeño nido familiar fue pasto de las llamas sin más alternativa que precipitarse al nomadismo durante los siguientes seis años de homeless en los que malvivieron en una veintena de cloacas. Madre se vio obligada a robar comida y, como no sabía robar, tuvo que hacer frente a una condena de cárcel. A los 14 años, cuando Leon hacía las de niñera con sus dos hermanos perdiéndose hasta todo un año de escuela, los tres fueron internados en un centro de acogida. Cuatro días antes de disputar el título estatal de High School, su madre fallecía a la tierna edad de 40 años.

 

Pero la naturaleza es caprichosa. Un crío que nunca supo lo que era un desayuno americano terminó dando en un mocetón de dos metros y una fuerza física como mil veces inferior a su voluntad, de auténtico acero. El robusto tronco de Leon encarnaba, como los anillos del árbol, todas y cada una de las traiciones de la vida.

 

Para entonces Powe era uno de los mejores prospectos nacionales como alero fuerte. Calidad que años después, tras su periplo en la Universidad de California, no terminó de refrendar el draft NBA, receloso de su condición de undersized. Sin mayor interés en él que un intercambio de rondas, Denver lo empaquetó camino de Boston, el único hogar profesional que Leon Powe había conocido hasta ahora.

 

Dos años después se convertía en una pieza absolutamente clave en el 17º título de los Celtics. Lo fue durante todo el curso. Pero sus prodigiosos 21 puntos en 15 minutos incandescentes durante el segundo partido de las Finales le hicieron tocar la cima del mundo sin que nunca fuera consciente de ello. Porque Powe sigue siendo niñera y obrero, infantería de trincheras, un mandado y esclavo, una eterna wild card.

 

Sobra abundar en la multitud de pequeñas exhibiciones ofrecidas por ese jugador de nombre honesto. Cuando a falta de Garnett, Davis y Scalabrine en una velada ante Memphis, Rivers le pidió ayuda inmediata, Powe respondió con 30 puntos (10/14), 11 rebotes y 5 tapones. Ni fue la primera ni la última vez que valía preguntarse: "Is this man really a role player?". Él mismo respondía agradeciendo al destino haberle concedido la compañía -"Sabes a quien defiendo en todos los entrenamientos"- de Kevin Garnett.

 

Leon Powe, esa fiera imposible de retorcer que no puede lanzar si no se le resisten seis brazos, lleva siendo en los dos últimos años el cuatro con mejor ratio de rebotes ofensivos de toda la NBA y sólo Dwight Howard renta más faltas que él en la pintura. En el caos bajo el aro, cuando combaten los cuerpos a empujones, codazos y dentelladas, Leon no tiene rival ni mal gesto.

 

Tampoco sabe lo que es promediar una mitad de partido en juego. De haber nacido en otro tiempo Powe bailaría a gusto junto a Luke Jackson, Tom Hoover o Wayne Embry, la vieja raza de enforcers con un inesperado rendimiento ofensivo.

 

Y sin embargo su precio es de saldo. Las rodillas le han saqueado.

 

Un artículo de esta traza podría perfectamente haber sido escrito este verano. En realidad en cualquier momento de los últimos dos años si de justicia se trata. Pero esta pasada semana Leon Powe se reencontraba con sus ex compañeros y la fotografía merecía la pena.

 

Sus palabras, recogidas prioritariamente por la prensa de Boston, rezumaban la honesta sinceridad de un alma noble que nada quiere saber de negocios. "Todos se alegraron mucho de verme, tanto como yo a ellos". Tocaba después confesar. "Al principio estuve muy dolido. No entendía el porqué. (...) No por parte de Doc, sino por parte de los directivos. Uno de ellos me dijo que no podían esperar. El otro que no había suficiente dinero. Diferentes razones pero ninguna válida". Aunque la precaución llevó a Leon a poner en marcha a su agente su sentimiento era bien distinto. "Pensaba que volvería al equipo. No me quitaba la idea de la cabeza de que volvería al equipo". Donde equipo significa realmente familia

 

Pero no volvió. Y ahora Leon Powe es jugador de los Cavaliers, quienes están dispuestos a esperarle cuatro o cinco meses para el tramo decisivo de la temporada. Aguardan al jugador que en enfrentamientos directos mayor daño les había causado: 18 de 23 en tres partidos el año pasado incluyendo el 20/11 del pasado 6 de marzo y un 71.4 por ciento en el total de siete disputados.

 

Shaquille, Ilgauskas, Varejao, Powe, Hickson y Jackson. Una tonelada de artillería interior en torno a LeBron con la que los Cavs se arrojan de cabeza a un nuevo asalto al anillo. Una gloria que Powe ya conoce.

 

Los Celtics vuelven a ser candidatos a todo. Sobreviven. Pero en dos años se han deshecho de dos de los jugadores que la historia recordará con fuerza si es que el anillo verde queda a solas en el actual ciclo. No es posible comprender lo ocurrido en 2008 sin la presencia de ambos.

 

Tal vez por ello advertía Tas Melas que habrá un momento de la temporada 2010 en que los Celtics se acordarán de Powe tras una derrota decisiva ante los Cavaliers.

 

Bonita apuesta.